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LAS
FIGURAS DEL TORNADO
Por Esteban Ierardo


Aquí les presento
un texto que supone un acercamiento simbólico, filosófico
y mitológico, al devastador remolino del aire. Además, abajo,
pueden hallar dos links hacia páginas con imágenes y consideraciones
científicas sobre los tornados.
Tornados:
vientos ebrios de furia. Círculos de turbulencia sin compasión.
Sin tolerancia ante lo que quiera balbucear alguna resistencia
a su paso. El tornado y su fuerza devastadora nos inspirará
un acercamiento simbólico, imbuido de incrustaciones mitológicas
y filosóficas.
Pero antes de nuestra libre "traducción simbólica" del
arremolinado dragón de la atmósfera comencemos desde un paraje más
plausible y cercano: la explicación científica de las propiedades y causas de los tornados.
Un tornado es un inmenso túnel de aire constituido
por vientos ciclónicos. Suele aparecer unido a una nube tormentosa (cumulonimbus).
La palabra tornado procede del latín tornare, girar. Los vientos tornádicos se mueven de una manera circular
y surgen como consecuencia del veloz
ascenso de una columna
de aire caliente muy húmedo en derredor de un área de baja presión.
La velocidad de los vientos del tornado oscilan entre los 150 a 400 k/h. Su
furia es capaz de tumbar árboles y edificios. La presión de su
aire comprimido puede demoler edificaciones cerradas. A
su vez, la fuerza que existe dentro del túnel de aire succiona
casas, carros y muchos otros objetos pesados, cargándolos por muchos
kilómetros para luego arrojarlos muy lejos de su lugar de origen.
Mientras
más grande sea el diámetro del remolino de viento que exhiba un tornado, menor será el daño que pueda
provocar. Por el contrario,
mientras más pequeño el diámetro, más mortífero.
Aunque
pueden producirse en diversas regiones del mundo, los tornados más frecuentes y
poderosos irrumpen en la región central de los Estados Unidos.
El tornado nace en cualquier momento del año. Pero generalmente se
manifiesta en abril, mayo,
junio y julio, cuando el clima comienza a cambiar de frío a caliente,
mediante temperaturas que oscilan entre 70 y 75 grados Fahrenheit (21 y 24 grados
Centígrados), con alto grado de humedad.
Los
tornados se generan de forma rápida, y su vida suele ser breve, por lo
que no pueden ser previstos con mucha anticipación. Esto aumenta
su peligro. Además, en la tierra, el movimiento del tornado es errático,
cambiante, impredecible.
En EEUU existen radares que detectan los bruscos cambios del viento. Pero
esta tecnología no puede determinar hasta dónde se moverá el
tornado y en qué lugar impactará la tierra.
La rotación destructora de
los tornados es selectiva; su acción destructiva es muy localizada. El
extremo de su cono destruye sólo lo más cercano. Así, el tornado puede
dejar intacta precarias construcciones y demoler sin misericordia muy sólidas estructuras.
Tornado: rodar del aire leve. Sin rostro. Ahora ante la columna sombría,
deseamos acercarnos desde un ejercicio de intuición simbólica, desde un filosofar preñado de fragancias
presocráticas. ¿Qué figuras
puede emanar el embudo arremolinado cuando le permitimos rodar dentro de
un pensamiento nutrido por símbolos? El tornado que se desplaza furioso nos ofrece la
fisonomía de un árbol de tronco fluctuante, coronado por ramas de nubes
oscuras, vertiginosas y enloquecidas. O también nos muestra la figura de
un volcán invertido, donde la columna de aire en rotación es una suerte de
emanación magmática que erupciona sobre un pequeño retazo de suelo. Y
también podríamos
imaginarlo como un cordón umbilical que se angosta con
la determinación de perdurar y no desaparecer. Lo que subyace a estas figuras imaginarias es el movimiento
circular. El girar de los vientos más veloces de la tierra en torno a un centro.
En las mitologías ancestrales,
lo real, el espacio, el mundo con sus polifonías de vida, surgen de un
centro creador. El lugar del origen. Luego de la creación, la escena
originaria desaparece. El universo cumple entonces su ciclo de
existencia, su destino de vida; y, al final, colapsa, se destruye,
generalmente por el fuego. Destrucción del todo que después regresa a la matriz inicial,
al vientre del centro que emanará un
nuevo universo, una nueva arquitectura vasta del mundo. Tal es lo que
acontece en el ciclo cosmogónico hindú, el maya quiché, el mataco, o la
filosofía estoica romana. El centro es así fuerza de emanación,
creación, y también poder de atracción, imperativa inhalación
que succiona las cosas y les impone la disgregación, anterior a la
recreación. Tras
el paso del tornado reina lo amorfo, la materia destruida, despedazada,
reducida a sus elementos mínimos. La ira movediza de la atmósfera induce
así el regreso a lo
sin forma, ni orden, a la situación previa a una nueva creación. Luego
de la destrucción, el tornado siempre propicia la recreación de la casa,
la arquitectura. Y la tierra arrasada, despojada de su vegetación,
también luego renacerá.
Pero el
tornado no sólo es reinstauración de la trascendencia del centro en la
geometría del espacio. Es también, en otras de su posibles figuras
simbólicas, manifestación del túnel sagrado. Pueden existir túneles en la
roca de las montañas; túneles a través de las paredes de la casa de los
hombres; túneles en el hielo; túneles dentro del propio lenguaje como
pensó el escritor fantástico Julio Cortázar.
Los túneles pueden ser horizontales. Cavidades que horadan la pesadez de
la piedra y la materia sobre el lomo plano de la tierra. La primera
identidad del túnel es actitud para comunicar dos extremos, en principio
separados. Esa comunicación puede unir pulsos de un mismo mundo, formas
que laten en el mismo odre de espacio y tiempo.
Pero el túnel puede ser también de aire.
El
tornado: túnel aéreo. Túnel, distinto del horizontal, y capaz de enlazar
seres y cielos de mundos diversos. En el simbolismo ancestral, a través
del túnel, se enlaza lo profano y lo sagrado. Comunicación entre dos
palpitaciones distintas de la realidad. Unión entre lo alto y lo bajo,
entre lo superior (cielo divino), y lo inferior (tierra humana). Esa
comunicación
entre la cima y el pie de la montaña de lo real, es sugerida por las
formas verticales: montaña, árbol, escalera, soga, o un túnel. Túnel
vertical. Túnel de aire. Aire que asciende
desde la faz del suelo hacia la cumbre del firmamento. Túnel aéreo del
tornado que une, comunica, la tierra plana con el cielo. El
tornado como comunicación de la verticalidad turbulenta.
El paso destructor del tornado no es genérico, indiscriminado. Como ya
se aclaró antes, es selectivo, preciso. El vértice inferior del túnel de aire
del tornado, puede
devastar una sólida construcción y dejar incólume una vivienda de
materiales precarios. La capacidad particular, selectiva, de destrucción
del tornado,
es semejante a la descarga de la electricidad fulminante del rayo. La
tormenta castiga la tierra mediante el viento embravecido, o las lanzas
líquidas de la lluvia. Pero su fuerza suprema es una jabalina chisporroteante, precisa, arrojada sobre un lugar particular. El rayo: la fuerza celeste que fustiga un sitio exacto
cual si fuera una espada eléctrica rematada por una punta incisiva. El arma alargada,
la espada, es, a
su vez, emblema solar, forma del dominio de un cielo ígneo, precedido
por el sol, sobre la tierra. Los embates punzantes, precisos, del
tornado, el rayo y la espada solar, son formas de una agresión precisa con las
que el cielo evidencia su superioridad y su poder sobre la tierra y sus
criaturas.
En esta asimilación del tornado-espada-rayo, el cielo se une con la
tierra. Pero desde una turbulencia rugiente, destructiva.
¿Pero acaso la altura celeste puede hermanarse con la longitud
terrestre desde un ritmo compartido semejante a la música de la
inhalación y la exhalación de nuestra respiración? Cielo y tierra componen un ritmo
común cuando el tornado asume su figura más sugestiva: la del
cordón
umbilical.
Para la mitología mesoamericana, para los mayas, desde el corazón
de la bóveda cae un cordón umbilical. Trece cielos
componen el firmamento. El dios del piso trece corresponde al Ometeotl
de los
nahuas, el dios
ombligo del mundo, el más alto de los cielos. Desde Ometeotl surge una soga o cuerda,
un cordón umbilical, que une la cúpula celeste con la tierra. Los chamanes de la tribu australiana
Wuradjeri, usaban su propio cordón umbilical como soga mágica. Estimaban que la soga
les otorgaba la facultad de subir hasta el mundo de los espíritus. Y
unían así lo terrestre con el cielo divino.
El cordón-tornado a veces se muestra delgado, enrollado, surcado por violentas
corrientes de aire ascendentes. El cordón simula entonces una serpiente
erecta de escamas arremolinadas, furiosas. En la estela maya de Izapa se
representa a un viejo dios de cuyo ombligo sale un cordón que es una
serpiente que, tras dar una vuelta completa, sube hacia las alturas.
Muchos africanos creen que el cordón umbilical puede unir cielo y tierra y
después metamorfosearse en una serpiente. El tornado
y su figura umbilical, asociada a sogas y serpientes. Signos
de unión rítmica, danzante, entre lo celeste y lo terrenal.
En
el tornado bailan diversas figuras simbólicas. El centro, la creación y
el regreso a lo amorfo; el túnel de aire y su comunicación de lo alto y lo
bajo; el
dominio celeste de la espada y el rayo; la integración rítmica, mágica
del cielo y la tierra mediante la estampa alargada del cordón umbilical
que también es soga y serpiente. Pero el efecto más nítido del viento arremolinado, en el
pulso humano, es uno solo: el
regreso al miedo primordial del lactante y el niño. Los fenómenos
destructores retrotraen al hombre al descampado de la indefensión, a la
desorientación infantil.
En el
comienzo de la vida sensible del humano el mundo se compone de flecos
danzarines, hilos sueltos. El corazón de cada cosa es atravesado por un
hilo libre. El niño juega a entrelazar de diversas maneras esos hilos.
Para el lactante y el niño la realidad es recién nacida, recién
manifestada. Los hilos libres anhelan pertenecer a un tejido, a un
diseño de mundo. En el día, el niño intenta fraguar unos primeros
tejidos, figuras ordenables, asimilables, controlables.
Pero, en la noche, las tinturas sombrías del cielo
nocturno le arrebatan al niño sus agujas, los primeros esbozos de sus
tejidos. Y esa noche atemoriza al niño, lo ahoga en un miedo primordial
ante lo oscuro. Ante el ser que no permite ser enlazado.
En la noche.
En la noche reina la Señora Luna, y las Moiras y las Normas,
divinidades hilanderas. Dueñas del destino, hacedoras de los tejidos. Sólo ellas unen los hilos libres, sueltos, de las cosas, en diseños
misteriosos, insondables.
La civilización siempre late después del miedo y los tejidos frustrados
del niño. Toda civilización imagina que es capaz de tejer
certeza, y luego envolver, arropar, lo real, dentro del tejido de su verdad.
La conciencia adulta del ser civilizado anhela retener, sujetar, dentro
del tejido de sus creencias al mundo. Aspira a traspasar las cosas con
sus hilos. El tejedor adulto, civilizado, puede manipular algún
tramo de los hilos. Pero es incapaz de gobernar aquellos hilos que nacen de la altura del cielo, la
profundidad de la tierra y la antigüedad imprecisable del tiempo.
El humano sólo palpita entre sus redes. Puede ordenar sus propios hilos. Pero siempre dentro del gran tejido que pertenece a ellas,
las Señoras Hilanderas. Que reinan entre los nervios umbríos de la
noche.
La región más frecuentemente azotada por los tornados es el centro de
EEUU. La nación que ansía gobernar el gran tejido del orbe; la voluntad
que anhela el control de los hilos esenciales del existir.
El niño todavía atemorizado en la noche, el pequeño humano cercano al
lactante, quizá podría contemplar a las Señoras de la Noche cuando
éstas, por ejemplo en el corazón del coloso del Norte, conferencian, en secreto, con el viento y con una fuerza lejana,
que evade los arpones de toda razón. Un poder que arde por encima de la
médula etérea del viento o de la luna vestida de noche.
Y entonces las
Señoras pronuncian un nombre, una palabra con vigor; y los vientos se
anudan, enroscan y rozan sus escamas como reptiles enloquecidas.
Y el
tornado nace. Y avanza.
Cada
corazón regresa al temor anterior a todo discurso. Miedo primordial,
primero, que agobia al niño
ante la oscuridad salvaje. Oscuridad sin deseo de dar placer o
continuidad al ser con rostro humano. Y entonces lo oscuro es viento.
Viento arremolinado que propaga miles de dedos crispados, ásperos,
que retoma los hilos que le pertenecen al tiempo y la noche y al poder
que, sin que la ciencia lo alcance a comprender, se oculta en el centro
del tornado. Que gira. Gira. Gira mientras apresa todos los tejidos. Y
hace rodar sus gritos en el aire.

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