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EL VIENTO SOLAR: CREADOR DE LAS
AURORAS BOREALES
Por Esteban Ierardo
El padre de la
astronáutica rusa, Kirilof, una vez se despidió de uno de
sus astronautas diciéndole: "Que el viento solar sople
en tu camino."
Desde entonces me
complace continuar el saludo del pionero ruso. Me deleita
desear el mejor viento solar. Pero lo que bulle en este
saludo no es sólo una alusión a la astrofísica del gran
disco ígneo. En este saludar late un venerar. La veneración
por la gran esfera radiante. Antes de volver sobre la pulsión
de poesía que arde en el viento del sol, recreemos la mirada
científica respecto a este fenómeno.
El sol es rodeado por una vasta atmósfera de gas caliente denominada
corona. Esta posee mayor temperatura que la fotosfera, la superficie
solar (con unos 6.000 grados kelvin). Por varios miles de kilómetros se expande la
cronosfera (con unos 30.00 k). A partir de entonces, se expande la corona con
alrededor de 1.000.000 k. La altísima temperatura de la corona exige el
acopio de una gran energía. El modo como fluye ese poder energético aún
constituye una de las incógnitas clásicas de la astrofísica. Además, la corona
no sólo dimana un ingente calor. También se propaga con generosidad en
el espacio. Su presencia se dilata hasta los confines del sistema
solar.
Cuando
aumenta la distancia de la corona respecto a la superficie del sol, su
campo magnético disminuye. Entonces, su material gaseoso caliente puede ser expelido al espacio
exterior. El torrente constante del material exhalado por el sol es el viento solar. Cada bocanada de
aquel viento se nutre de
un millón de toneladas de materia en forma de flujos de partículas
atómicas cargadas especialmente de protones y electrones.
Estas solares corrientes fueron descubiertas por la Mariner 2 cuando se
desplazaba hacia Venus. Esto ocurrió en 1962, el mismo año en que John
Glenn consumó una primera órbita alrededor de la Tierra.
El viento solar recorre nuestro sistema planetario con velocidades que
exceden los tres millones de kilómetros por hora. Puede alcanzar los
15.000 millones de kilómetros y expandirse más allá de Plutón. Al
comenzar su viaje, las partículas de oxígeno se mueven a 1,5 millones
de k. por hora. Pero en las cercanías de la Tierra, la velocidad se
duplica y alcanza unos 800 kilómetros por segundo.
Al llegar a nuestro planeta, las partículas que componen el viento
solar son interceptadas por la pantalla de la magnetosfera, a unos 60.000
kilómetros de distancia.
Cuando las partículas de la corriente solar se adentran en la magnetosfera,
generada por el campo magnético, son desviada s
hacia los polos; y, allí, provocan las auroras boreales en el Artico y
la Antártida.
Viento
solar y el bello cutis de las auroras. Hasta aquí la explicación científica. Pero
aun antes del discurso de la ciencia, las auroras vertieron sus licores
de fantasía en nuestra atmósfera. Para los pueblos germanos, tal como
lo recuerda X.B. Saintine en su Mitologías
del Rin, la aureola Boreal
"era un reflejo del Valhalla, la sombra resplandeciente de todas
aquellas radiantes fuentes divinas, el espléndido resultado de las
luces, de las chispas, de los relámpagos que surgen de las espadas en
las continuas contiendas entre héroes y dioses".
Bajo
el influjo de los viejo mitos, se nos ocurre imaginar, sospechar, otro vínculo entre los grandes vientos del fuego solar y las
auroras árticas
o australes. El más ancestral simbolismo asocia los rayos solares con la
potencia fecundante y victoriosa de lo masculino. Rayos como espada y
semen dorado. La espada con que el Astro Rey, todas las noches,
vence, corta, los tentáculos de la oscuridad, de la noche y su
invisible ejército de demonios. El rayo como luminoso esperma del dios
solar con el que fecunda a la diosa terrestre. Como espada y semen el
sol es poder modelador, fuerza que se impone y derrama. Y la tierra es
receptáculo que acoge y asimila la gran luz que la ama y fecunda. Pero
el sol, dios guerrero, posee una vasta cabellera. Torrentes de
cabellos. Cabellos que danzan por el impulso de un viento caliente.
Viento solar. Que obsequia movimiento y ondulación a la cabellera del
Señor del Gran Fuego. Y aquellos cabellos rozan la atmósfera, las
faldas del vestido de aire, sutil, etérico, de Ella, de la mujer
esférica, la Gran Tierra. Y cuando los cabellos calientes,
extensos, del guerrero del
cielo toca el vestido de aire de la Tierra, ésta mueve sus manos. Y, con gráciles movimientos de sus dedos, une, enlaza, los
cabellos sueltos, danzarines. Y dice: que sean los colores para
mi creación. Y con el color de la diosa del vestido de aire y con
los cabellos movidos por el viento solar, nacen cascadas de luces,
pinturas centelleantes de magia, serpientes y dragones de fantasía.
Auroras. Boreales. Australes.
Y también entre los rumores de la lluvia en el norte o el sur, puede
escucharse lo que un halcón una vez le dijo a una serpiente: "A
veces, de lo alto o lo bajo del gran planeta azul, desciende una ráfaga
del viento del sol. Y acompaña las huellas de algunos seres, y revela
secretas voces que viven en el corazón del fuego..."
Y el ave terminó por decir:
-Sí,
ojalá que ese viento descienda y sople en tu camino.
Y, en algunos casos, serpientes envueltas en la piel de las auroras,
deambulan entre las ramas de algún árbol de la gran ciudad. Y me
advierten que el halcón se desplaza a vuelo rasante, cerca de los
seres, entre los tornados metálicos de la urbe, para encontrarnos y
anunciarnos que una nueva ráfaga del viento del sol ha descendido. Y
para tributarnos el saludo:
¡Sí, que el
viento solar sople en nuestro camino!
Fotos
(de ariba hacia abajo): 1: Aurora
boreal (de página allthesky); 2: Imagen del sol en el momento de
la emisión del viento solar; 3: Aurora boreal sobre Island Beach; 4:
Aurora boreal en Canadá.
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