Por Esteban Ierardo
I
El ojo se alegra
al ver muchas formas. Las muchas formas de plantas y animales de una
selva, o de los edificios, ventanas o transeúntes en una gran
ciudad. La variedad deslumbra. Pero la fuerza que resplandece en
todas las formas quizá supera esas formas, y nace de un fondo
oscuro, el metafórico fondo de un río. Un lecho que es abismo, la
fuente de la que todo mana y procede. En las diversas tradiciones
místicas, el lecho es el abismo, el vacío, el fondo sin fondo del
que todo aflora desde un acto creador, divino y misterioso. Ese
lecho abismal es el tao en el taoísmo; el sunyata en
el zen; el fluir dionisíaco y universal en la Grecia Antigua; la
tiniebla luminosa en el Pseudo Dioniso el Aeropagita; el Parabrahaman
en el budismo; el Ensof en la mística cabalística. Para
Nezahualcóyotl o Meister Eckhardt, para San Juan de la Cruz o
Nagarjuna, el abismo-lecho es inefable, ajeno a toda palabra, el
supremo misterio. El rapto místico intuye una fuerza única que es
nada, vacío, no como ausencia de sentido. Por el contrario, la nada
absoluta es el fondo desde el que todo fenómeno surge y circula.
Comprender esta realidad es imposible para la razón. Sólo una
experiencia sensible, libre de las trabas de la lógica, permite el
buceo místico de ese fondo (1).
El lenguaje puede
sugerir ese fondo. Pero únicamente una experiencia especial, fuera
de los límites de la conciencia y los sentidos corrientes, concede
al místico un delicado y fugaz roce del lecho, que es a la vez un
instante excepcional de unión con la gran realidad abismal.
Por la poesía o el
simbolismo, el lenguaje muestra el camino de una sensibilidad que se
expande hacia el lecho. Pero el lenguaje no es sólo el fluir de las
palabras de la vida corriente, de la proposición científica, del
verso poético o del razonamiento filosófico. Lenguaje también es
la expresividad plástica de la pintura, la relación luz-sombra de
la fotografía, o los sonidos de la composición musical. Por eso,
en la aproximación al lecho, pueden ser descubiertos muchos
artistas del color, de la luz o el sonido; muchos exploradores de
piel sensible y mística que acaso han rozado el lecho. Pero en el
caso de este ensayo, elegimos la combinación de tres caminos: la
pintura de Turner, la fotografía de Sugimoto, y la música de Arvo
Pärt.
Tres caminos de
creación que acarician el mismo fondo.
II
Turner: la luz, la
desmaterialización y la proximidad de lo vacío.
El inglés respira
cerca de la bruma, o cerca del frescor de la hierba. Escucha a veces
las olas. Lo deslumbra el sol, el color y su variedad. Si
descubriera los secretos de la luz, quizá podría explorar lo que
oculta la materia. Y eso es lo que intenta mediante sus
pinceladas...
El origen social de
Turner (1775-1851) es muy humilde. Es hijo de una nieta de
carnicero, y de un barbero y peluquero. Sus dibujos son vendidos por
su padre desde sus doce o trece años. Durante toda su vida gusta
vagar por los campos haciendo bocetos. Así nace su primer álbum de
dibujos.
Obtiene creciente
encargos como dibujante topográfico para realizar planos de
edificios en perspectiva. Al mismo tiempo es aceptado en la Escuela
de Arte de la Royal Academy. En 1807, se convierte en socio
de número, y después se le premia con una cátedra de perspectiva.
El artista es ya muy
solicitado. Se le encargan trabajos de ilustraciones de antologías
y colecciones de poesías. Dibuja las viñetas de obras de Lord
Byron y Walter Scott. Y lo que impera en sus comienzos es la
voluntad y la excelencia en el reproducir. Para el gusto estético
de su tiempo, la reproducción de lo visible es estimada como una
forma de conocimiento del mundo real.
El joven Turner conoce
las doctrinas de Joshua Reynolds (vituperado por William Blake). Y
es quizá muy significativo para él, como luego observaremos, la lectura del
ensayo de Burke sobre lo bello y lo sublime (2). Reynolds, por su
parte, brega por la clara separación entre los géneros
pictóricos. El gran estilo es el de la pintura histórica (campo
exclusivo de las pinceladas de Reynolds). De forma contraria, el
paisajismo es un arte menor, por lo que puede coexistir con
licencias o relajamientos respecto a la tradición reproductiva. Es
posible así en este tipo de pintura de una mayor espontaneidad que no depende de una
observación directa del paisaje. Este hecho nutre un gradual
desapego del verismo realista en el estilo turneriano. Un estilo que
encuentra su cauce originalmente en la práctica de bocetos, y en la
ejercitación con los colores de acuarelas. La acuarela y sus
trasparencias le permiten afinar la expresión de las sombras, la
iluminación de los paisajes o de los interiores. Al principio,
Turner primero dibuja y después pinta el color. Pero, luego, invierte el
proceso: primero es el color y luego el dibujo. En la paleta del
artista británico el color se libera, de a poco, como los pasos de
un felino al acecho.
La luz y el color son
términos inseparables en la gramática de la expresión plástica.
Las nuevas posibilidades de la integración luz-color la descubrirá
Turner a través de la influencia de la teoría de los colores de
Goethe (3), o por la visión emocionante de la pintura de Claude
Lorrain, el Lorenés (1600-1682). En 1799, en la colección de
Angerstein, (luego en la National Gallery of London), Turner
contempla Un puerto marítimo. Por primera vez en la historia
del arte, El Lorenés pinta el sol y sus rayos mientras atraviesan
una sutil niebla. La expresión de la luz que centellea se torna
decisiva. La luz y el color y sus efectos deben ser sugeridos por
los recursos pictóricos para trasmitir las propagaciones luminosas
más allá de la captación inmediata del ojo.
Los varios viajes
de Turner a
Venecia son también fundamentales en su experimentación con la
luz. En la ciudad de las aguas pinta Regulus, obra en la que
plasma la radiación luminosa deslizándose sobre las aguas (motivo
que evidencia la influencia de Lorrain). En La Serenísima pinta
nuevas e importantes obras, y esconde uno de sus cuadernos de agudas
sentencias (4).
 |
| Regulus (1828),
pintura que refleja la preocupación de Turner por el poder
determinante de la composición de la luz y el color. La
centralidad de la luz acusa la influencia de Claude Lorrain,
El Lorenés. Óleo sobre tela, en Londres, The Tate Gallery. |
El pincel del artista
nacido en Covent Garden también proyecta imágenes mitológicas,
como en Odiseo se burla de Polifemo. Odisea de Homero (1829).
O una recreación de la gran lluvia bíblica en Sombra y
oscuridad. La tarde del diluvio, y Luz y color. La mañana
después del diluvio. Moisés escribe el libro del Génesis,
ambas obras de 1843. Asimismo, lo atrae la pintura de interiores del
castillo de Petworth, en el que se aloja durante largas temporadas.
En 1819 realiza su
pintura en acuarela Trama de los colores. La imagen muestra
varios campos de color superpuestos. La interpretación del tema de
la pintura no es unívoca. Frente a ella, el ojo puede descubrir una
playa de mar, o la panorámica desde lo alto de una colina que hace
visible, a lo lejos, unas montañas. Ninguna de las interpretaciones es
correcta, ni tampoco incorrecta. La pintura no entrega un sentido
determinado. El ojo debe descubrir y proyectar sobre el lienzo su
posible significado. La obra deviene cuadro abierto. Su centro es
interpretado y construido por la mirada del espectador. Turner es
así precursor de la obra abierta, de los poderes que el artista
concede a la visión y participación del observador. El artista
renuncia gradualmente a definir un tema, a cerrar un cuadro luego de
alcanzar su ejecución una madurez óptima. La obra palpita en la
sugestión no concluida de un boceto. La pintura se convierte así
en caudal donde fluyen libremente nuevas corrientes de
interpretaciones. Una situación que alientan obras como Claro de
luna (1840), Fiesta veneciana (1845), Yate aproximándose
a la costa (1840), o Crepúsculo sobre el lago (1840).
La libre variedad de
las interpretaciones de la pintura como esbozos depende de la
indefinición y la desfiguración. Dos elementos que finalmente
conducen a la materia pintada por Turner a un umbral de desmaterialización. La
indefinición es la imposibilidad ya de la determinación clara del
tema del cuadro. Las muchas posibilidades para la interpretación de
la imagen, expulsa a los objetos del reino de las formas definibles.
Pero lejos está esto aún de suponer una indefinición como disolución
del objeto mismo, como ocurre en la pintura abstracta. En Turner el
objeto se torna indefinido, y en este proceso se desfigura. La
desfiguración se vincula paralelamente a la liberación del color,
como potencia que despliega las formas en el espacio. Las líneas
del dibujo retroceden como nervio vertebrador de la composición. El
color es ahora el patente misterioso que pinta y dibuja el
baile de formas desposeídas ya del rígido trazo clásico.
Así, un barco puede
ser reconocible pero no desde su apariencia realista. Como acontece
en Barco
ardiendo, una acuarela de 1830 (5). Aquí, un fondo claro
contiene una mancha negruzca que se dilata hacia lo alto. El
título de la propia obra nos permite entrever su tema solapado. Una
embarcación que se incendia sólo es sugerida por un cúmulo
vaporoso, de una pálida tonalidad amarillenta, que se eleva y
derrama hacia un
costado.
Las formas indefinidas
o desfiguradas, mueven así a un objeto hacia una zona de desmateralización.
 |
| Yate
aproximándose a la costa (1835-49), otro de los
ejemplos
de la desmaterialiazión
turneriana; óleo sobre
tela, en Londres,
The Tate Gallery.
|
Y la desmaterialización
en Turner vive, a veces, dentro de un estado neblinoso. En la pintura
oriental, o en la pictórica romántica occidental, la niebla vela
los paisajes, y sumerge las cosas en lo incierto y misterioso. La
niebla provoca que las formas, antes nítidas y definidas, se
desvanezcan y se tornen invisibles. Por eso, la desmaterialización
del objeto es más patente en Turner cuando la cosa es envuelta por
lo neblinoso, o por una atmósfera enrarecida, o enajenada por la
furia de los elementos, como ocurre en su acaso obra fundamental: Tormenta
de nieve - Un vapor al entrar al puerto da señales de un pasaje
vadoso y avanza con sonda. El autor presencia la tormenta durante la
noche en que El Ariel partió de Harwich (1842).
En 1842 Turner navega
en El Ariel. Una tormenta estalla. El vigor de la tempestad convive
con el temor al naufragio, un tema de fuerte huella en la pictórica
romántica de la época. El artista quiere fundirse con la cólera
de los elementos en los que quizá presiente la potencia manifiesta
de lo divino. Tal vez este sentimiento se relaciona con unas de sus
anotaciones: "Viajaré sujeto a la misma tempestad que azota mi
alma. Nada detendrá mi anhelo de respirar el aliento de Dios"
(6). Y acaso por esto consigue que lo encadenen en la proa. Y sufre
la borrasca. Se maravilla con la violencia del aire y el agua. Esa
convulsión es la que luego intenta prolongar en su pintura: el
furibundo vendaval marino donde el barco no es una presencia
flotante claramente reconocible; por el contrario, la embarcación
es un espectro amenazado por las garras difuminadas de las olas y el
viento.
La potencia de la
naturaleza no sólo sacude e inhibe toda mirada serena. La
conmoción marítima justifica la radicalización de la expresión
difuminada. Y el desvanecimiento de las formas, bajo la presión de
una violencia externa, sugiere un poder ilimitado que invade el
espacio.
La forma que se
fractura y sugiere la presencia de lo ilimitado es previsible
consecuencia, quizá, de la influencia en Turner, antes mencionada,
de las reflexiones de Burke sobre lo sublime. El paisaje ya no es el
dechado de las figuras ordenadas, pulcras y bellas. El paisaje es
ahora la vastedad donde los límites se quiebran en una amplitud
poderosa que surge con la insinuación del hombre empequeñecido
ante un vasto cielo oscuro en El monje ante el mar, de Kaspar
David Friedrich; o con el barco absorbido por una fuerza
incontrolable que ablanda las formas en Tormenta de nieve...
La pintura de Turner
fue denigrada en su tiempo como "aglomerado de lejía y
revoque". Pero el gran crítico de arte John Ruskin defiende al
genio, de ojos que siempre ven más allá de su horizonte histórico. En Of Turnerian mistery, Ruskin observa que la
sublimidad es el estandarte más logrado de Turner y que "lo
sublime no puede existir sin enigma".
Así, bajo la pincelada
desmaterializante turneriana, la forma parece ahora un cofre que
cede, como si la materia antes cerrada estuviera por abrirse para
insinuar su núcleo. Los objetos de trazos difuminados sugieren un
espacio vacío, la entraña secreta tal vez de de lo material. Una nada donde, luego de
completar su desmaterialización, lo único que podría quedar
sería una trama de colores puros, que no nace de las formas, sino
del lecho sin fondo.
Ese fondo que
quizá rozan las pinceladas de un genio enamorado de la sugestión
y el enigma.
III
Sugimoto, la
atemporalidad marina, y el vacío en el centro de la pantalla.
 |
| Marina
de Sugimoto
(1980 ) |
En Botes
en el mar, Turner sugiere la presencia de dos botes, bajo la
desfiguración y desmaterialización de sus formas. El mar y cielo
no aparecen enfáticamente divididos por la línea del horizonte.
Cielo y mar parecen confundirse. Insinúan una sola forma que contiene
las diminutas embarcaciones. Mar y
cielo no son reconocibles como un lugar determinado, como un
firmamento, o una extensión marina ubicables en un sitio
determinado del planeta. Es el mar y cielo como imagen arquetípica,
como una presencia esencial que no varía en el tiempo, o en
distintas latitudes.
El mar arquetipo es el de las aguas calmas,
bajo un cielo despejado. La repetición de este paisaje en distintos
lugares, en distintos tiempos, le confiere una aureola de
atemporalidad. Esto es lo que pretende hacer visible el ojo
sensitivo del japonés Hiroshi Sugimoto (Tokio, 1948) a través de
la experimentación fotográfica (7).
En 1980, Sugimoto
realiza una serie de fotografías marinas (Seascapes). Recorre
diversos mares: el Mar rojo, el Mar del Norte, el Mar Caribe, el Mar
del Japón…El fotógrafo reitera el mismo encuadre y paisaje. El
mar sereno, en reposo con sus secretos pensamientos abajo; y arriba,
el cielo esmaltado de luz diurna. Las fotografías proceden de
diferentes lugares. Sin embargo, es imposible diferenciarlas. Los
distintos mares remiten a la única imagen arquetípica: el mar que
reposa, y el cielo desnudo. El mismo paisaje que tejen el océano y
la bóveda celeste hace millones de años. La imagen así se
impregna de un aire atemporal.
El mar existe en el
tiempo. Pero su apariencia de invariabilidad parece detener o anular
el paso temporal. Algo que el hombre busca desde las lejanías de la
historia. La vida libre del tiempo degastante. La inmortalidad. La
vida inmortal como alma desencarnada en un más allá suprasensible,
o como cuerpo inmortal en la mitología taoísta de la Isla de los
Bienaventurados.
O como estatua de cera
que imita al cuerpo natural, destinado a la lenta descomposición.
Los cuerpos de cera, aun más que la artificiosidad estilizada o
esteriotipada de los maniquíes, conservan la vivacidad de un cuerpo
casi real, de un individuo determinado, y que parece inmovilizado,
en una detención del tiempo que se acerca a la impresión de
atemporalidad sin alteración de la fotografía del mar arquetípico
de Sugimoto. Lo atemporal del agua marina se complementa con la
inmutalibilidad (aparente liberación de la herida del
envejecimiento) de los cuerpos de cera que fotografía el artista
japonés
en el Wax Museums.
Pero la atemporalidad
en un museo de cera o en el mar siguen dependiendo de una figura
reconocible (el mar-cielo o el cuerpo embalsamado en cera). La
salida de las formas dominadas por el tiempo o la descomposición la
descubre el artista-fotógrafo japonés dentro de viejos cines de
estilo Art Decó, cercanos a desaparecer, y en el contexto de
su serie Theaters (1976). Allí monta su cámara frente a una
pantalla, que incluye también el entorno de muros, el techo y las
primeras butacas vacías. Se inicia la proyección de una película.
El obturador permanece largo tiempo abierto. La sucesión de la
escenas nacen de los fotogramas del celuloide, y se acumulan en la
placa fotográfica como líneas que se entremezclan, superponen,
confunden, yuxtaponen, arraciman.
Y al concluir la
proyección del film la fotografía revela un blanco desnudo. Las
formas reconocibles de la película se deslizan en el tiempo, e
impactan con su luz en la emulsión fotográfica. Y al terminar el
film, la fotografía muestra un blanco sin formas. Es el des-cubrimiento
de un blanco vacío, que remite a un infinito sin figuras limitadas, sin separaciones de escenas,
planos y secuencias; un blanco vacío que emerge del fondo-lecho antes oculto tras el
paso constante de las imágenes.
Mediante su experimento
fotográfico, Sugimoto des-cubre la luz vacía que hace visible las
distintas escenas. El vacío blanco en la
fotografía roza un fondo velado. Induce tal vez el recuerdo de la
luminosa vacuidad en la que se mueven las serpientes de todas las
figuras.
Las serpientes que trepan desde el fondo sin fondo.
IV
Arvo Pärt y el sonido
que roza el fondo silencioso.
En Estonia también
sopla el viento. Las iglesias cantan gracias al badajo de las
campanas. La música en la atmósfera y en los campanarios tal vez
expanden los primeros pentagramas en los oídos sensibles de un
niño, que a los siete años empieza a asistir a la Escuela Musical
de Rakvere.
En la Estonia bajo la
dominación rusa, Arvo Pärt (Estonia,
1935) aprende el lenguaje de los pentagramas. Se forma en el
conservatorio de Tallin, con Heino Eller, como su profesor de
composición. Y después agrega nueva música a la mucha de la
historia a través de composiciones inspiradas en grandes obras
clásicas, o en los conciertos de Shostakovich, Bartok, Prokofiev.
También asimila el serialismo y el dodecafonismo de Arnold
Schönberg. Y escribe música para películas, como Elogio del
amor (Jean Luc-Godard, 20021), El pabellón de los oficiales
(François Dupeyron, 2001), o Heaven (Tom Twyker, director de
la célebre Corre Lola, corre),
entre otras.
Pero el movimiento de
Pärt a través de las escalas musicales se detiene. Porque una
crisis lo paraliza en la época posterior a su Sinfonía N 3
(1971). Lo más temerario de la modernidad musical, los juegos
sonoros de las vanguardias, no logran transportar al músico a una
cumbre radiante. Como muchos espíritus sensibles que padecieron el
agobio de los límites de la modernidad, el artista estonio
encuentra la única salida en el regreso a la premoderno. Así,
Pärt se zambulle en un agua fértil olvidada en los
conservatorios, en los grandes salones de conciertos o en los
laboratorios de experimentación sonora. El agua todavía fértil de
la música antigua, la
música sacra, el canto gregoriano; o la música coral francesa y
franco flamenca del siglo XIV y XV, que resplandece gracias a los
compositores Machaut, Ockeghem. Y lo inspira también la polifonía
renacentista de Josquin des Prez.
Nace así el Arvo Pärt
definitivo.
En 1976 se produce su
primer contacto con la Iglesia Ortodoxa. Y a partir de entonces
Pärt no teme en unir su creatividad sonora a los vuelos espirituales de los viejos oratorios y misas. Pärt crea
así una serie de obras sacras: Frates y Tabula rasa
en 1977 (en esta obra se encuentra su emocionante Homenaje a
Benjamín Britten); La pasión según San Juan (1982); Tedeum
(1986, revisada en 1993); Miserere (1989); y obras corales
como Magnificant (1989); Beatitudes (1990), y Arbos
(1987).
La música que cultiva
en la evolución ya definitiva de su llamado minimalismo sacro es el
tintinnabulli (pequeñas campanas en latín). Sobre el
sentido de esta sonoridad el compositor manifiesta: "He
descubierto que es suficiente cuando una única nota es tocada
bellamente. Esa única nota, o un momento de silencio, me consuela.
Trabajo con muy pocos elementos y construyo con materiales
primitivos. Las tres notas de una tríada son como campanas y es esto
lo que yo llamo: Tintinnabulatio".
De forma quizá
sorpresiva, la música de Pärt, y su resonancia sacra, seduce a
numerosos y exigentes oyentes de un Occidente abrumado por el
vértigo sin reflexión, o el olvido de una fuerza o estado divino
siempre superior al latido humano. Dentro de las tersuras de su
prestigio en alza colabora con artistas occidentales como Keith
Jarret, el Kronos quartet, el coro The Hilliard Ensemble, o Dennis
Russel Davies (director de las obras de Philip Glass). Y también
ejerce una marcada influencia sobre sus compatriotas estonios Lepo
Sumera y Erkki-Sven Tüür.
Turner abre el cuadro
al goce interpretativo del espectador. La obra sólo juega como obra
en la resonancia o efecto sensible generado en su contemplador; en
un acto por tanto de sinestesia, de empatía, de sinergia. En la
concepción musical de Pärt, una composición también necesita
traspasar el diapasón del oyente para convertirse en verdadera
obra. Pärt así identifica la música con la luz. Lo luminoso es
primero lo indiferenciado, el resplandor que se expande e ilumina.
Pero al atravesar un prisma se abre en los pétalos de muchos
colores. La luz del sonido, al traspasar el prisma del oído, deviene verdadera vibración musical. El oyente,
así, potencia la obra en el acto de la escucha.
La música necesita de
una respuesta emocional e individual del oyente. Y las notas, que
estimulan las distintas respuestas, también pueden desprenderse
lentamente, como las hojas secas que caen con graciosa lentitud
desde las ramas de un árbol cuyas raíces se hunden, a su vez, en
la oscuridad profunda de la tierra.
Los sonidos que
lentamente se acallan hasta desaparecer son parte del acto de la
imaginación musical de Arvo Pärt en Tabula rasa.
En su versión original
Gidon Kremer y Tatjna Grindenko producen la magia de los violines.
Alfred Schnittke interviene con su piano. La orquestación es tejida
por la Lithuanian Chamber Orchestra. Wolfang Sander comenta sobre la
obra que las notas de piano buscan una fuga de la tierra, y los
violines una aproximación al cielo. Y además: The tonality of
this music has no mechanichal purpose. It is there to transport us
towards something that has never been heard before (La
tonalidad de esta música no responde a un propósito determinado.
Aquí se busca transportamos hacia algo que nunca ha sido escuchado
antes) (8).
La búsqueda de lo que
nunca ha sido escuchado...
Tabula rasa: una
región de vacío, de ausencia de contenidos particulares que
dividan ese vacío. Las notas resuenan plenamente en la musicalidad
de sus combinaciones. Pero, después, de a poco, el volumen decrece.
Las combinaciones sonoras antes diferentes y nítidas, liberan
susurros cada vez más tenues, vibraciones cada vez más sutiles. Y,
así, lo sonoro, progresivamente, da lugar a la suspensión del
sonido.
El espacio acústico
antes saturado de notas se despeja, y desnuda el claro de un bosque
olvidado.
Un espacio antes
poblado se desbroza.
Los sonidos audibles
desaparecen al fin, luego del último susurro.
Y el sonido reconocible
se trasforma en silencio.
En tabula rasa.
Vacío.
El vacío al que
desciende ahora no la imagen o la luz, sino la música. El vacío
donde brotan como un suspiro todos los sonidos posibles y sus
combinaciones.
El vacío misterioso,
donde la sensibilidad mística se abisma. Región donde el artista
místico suele descender para escuchar lo nunca antes escuchado...
y para rozar tal vez,
delicadamente, el lecho del gran río.
(*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "El delicado roce del lecho. Luz,
sonido y vacío en Turner, Sugimoto y Arvo Pärt
", editado aquí de forma
original.
Citas:
(1) No es nuestra meta
aquí adentrarnos específicamente en el estudio de la experiencia
mística. Señalamos que su nervio esencial consiste en una fusión
momentánea con un todo, saturado de sentido y creatividad, más
allá de la explicación racional. La unio
mystica persuade al místico sobre la condición una de la
realidad múltiple. Para el sujeto que atraviesa esta experiencia el origen de toda multiplicidad late
en el fondo abismal de una sola fuerza creadora. Cada expresión
particular así, desde el individuo hasta el átomo, el insecto, o
cualquier forma mental o física está pregnada, en mayor o menor
medida, por la impronta de un gran poder generador, vinculado, en
todas las
tradiciones místicas, con una acción divina creadora o emanantista. Para una aproximación a una fenomenología del rapto
místico puede consultarse, entre otras obras: Juan Martín Velasco,
El fenómeno místico, Madrid, Taurus; Aldous Huxley,
"La experiencia visionaria", en La experiencia
mística, Barcelona, Kairós; Hilda Graef, Historia de la
mística, Barcelona, Herder; William James, Variedades de la
experiencia religiosa, Buenos Aires, Biblioteca personal J.L
Borges; Miriama Widakowich-Weyland, La nada y su fuerza. Un
ensayo de mística comparada, Buenos Aires, Distal; Pseudo
Dioniso Aeropagita, Obras completas del Pseudo Dioniso Aeropagita,
Madrid, B.A.C.
(2) Ver E. Burke, Indagación
filosófica sobre el origen de nuestra ideas acerca de lo bello y lo
sublime, Valencia, Arte Gráficas Soler, 1985.
(3) Ver J. W.
Goethe, Teoría de los colores, Murcia, Colegio Oficial De
Aparejadores Y Arquitectos.
(4) Sólo se
conservan unas pocas notas de los quizás cientos de cuadernillos
que Turner escribió a propósito de su pintura y el arte. Luego de
veinte años de su muerte, en 1874 se hallaron uno de sus cuadernos.
Estaba muy deteriorado y se hallaba escondido en la habitación
donde el pintor se alojaba habitualmente cuando visitaba Venecia.
Por esta degradación, sólo se pudieron rescatar no más de veinte
hojas. En 1881 la Clore Gallery en Londres organizó una
retrospectiva del gran pintor inglés donde los textos
supervivientes fueron presentados por primera vez. Ver W.
Turner, "El cuaderno rescatado", recopilación de
fragmentos en Javier Cófreces-Alberto Muñoz, Venecia negra,
Buenos Aires, ediciones en Danza, pp. 183-190.
(5) El
reconocimiento nítido subsiste sí en El barco de guerra "Temeraire"
es transportado a su último ancladero para ser desmantelado
(1838). El viejo navío bélico ha cumplidos sus misiones heroicas.
Ahora, avanza hacia su muerte definitiva, hacia su triste
desmembramiento. Un indirecto homenaje a sus días de gloria épica nace
de la fibra romántica de Turner. Pero, en el terreno estricto de la
composición de la obra, la relación luz-color, los reflejos lumínicos, la atmósfera del cuadro, es
claramente espolvoreada por la típica
pátina de desfiguración turneriana de lo figurativo.
(6)Ver W. Turner,
"El cuaderno rescatado", op. cit.
(7) Sugimoto nace
en Tokio, en 1948. Radicado en Nueva York desde 1974. Su fotografía
nunca abandona el blanco y negro. Además de sus series sobre los
mares y los teatros, en Dioramas fotografía escenas de la
vida de animales salvajes reconstruidas en museos de historia
natural. Sus exposiciones se propagan por muchas galerías y museos.
Ha realizado muestras individuales en el Moderna Museet de
Estocolmo, el Museum of Contemporary Art de Tokio, el MOCA de Los
Angeles, el Metropolitan Museum y el Guggenheim Museum de Nueva York,
la Kunsthalle de Basilea, la Fundación "la Caixa" de
Barcelona, o la Foundation Cartier de París.