Por Esteban Ierardo
I.
La
expresión artística siempre danza en torno una posibilidad sin
fin: la expresión de la vida como estado inasible. Inasible en
tanto la vida siempre está ahí, como experiencia que nos
constituye, pero siempre traspasada por la ausencia de un sentido
claro, único, enjaezado a una verdad definitiva. La vida como
inestable y móvil centro, asociado a la belleza, el horror o el
caos, es continuo imán para la creación artística, más allá
de las diferencias estilísticas, o los diversos momentos de la
historia.
Podríamos
pensar-especular, meditar o avizorar que el arte, en su desafío
más hondo busca expresar un espacio sutil, vacío, genésico (que podría ser metaforizado como una "noche u oscuridad
genésicas") del que emanan, desde una enigma irreductible
para la razón, el tiempo-sucesión, el movimiento y las formas
que, en su diversidad dentro del devenir, podrían ser
recombinados en un acto infinito por una potencia artística, cuyo
modelo central acaso sería la música. Lo musical como ejemplo de
recombinaciones inagotables, de una potencia creadora, insaciable.
Y sin punto pensable de conclusión. Esta tesis sobre la relación
entre un espacio primario, sutil, axial, y la recombinación de
formas inagotables en el cambio-devenir y el espacio físico ya la
hemos ensayado en otro momento (1).
Aquí
meditaremos desde un grado de distancia, desde un aparente
alejamiento de ese espacio de la noche genésica. Aquí pensaremos
desde el misterio de lo real ya estallado en el tiempo-devenir, en
la diversidad de las formas físicas, en la vida como sucesión y
fuente material, fuente-madre, de esas formas. Partiremos de la
vida que como tiempo kairós, como vida-fuente que estalla,
se desplaza y genera nuevas posibilidades; posibilidades, formas,
que ya fluyen desde y entre la trama de un posible espacio vacío,
desde la vacuidad o noche genésica; partiremos de la vida-fuente,
fuerza-fuente, no como origen estable sino móvil centro, sin
centro, escandido en el devenir. A su vez lo vital como fertilidad
primaria es simbólicamente próxima a la materia sacralizada como
maternidad telúrica, como arcaico sitio genésico identificado
con la diosa terrestre, el enigma, en esencia femenino, de la
vitalidad como materialidad biológica, sensorial, inevitable e
incesantemente creadora de nuevas formas.
En
la tesis que ensayaremos, el arte escultórico de More-Brancusi-Giacometti,
es impulsado por una común y subyacente voluntad de expresión o
recuperación de la misteriosa vida-fuente, lo real como presencia
primaria ya estallada en la naturaleza y su multiplicidad.
Pero,
en ambos casos, en la intuición de un espacio genésico, o en el
segundo grado de la vida-fuente como lo real ya estallado en tanto
devenir o germen de lo múltiple de las formas y desde una
fertilidad material y femenino-maternal, late un secreto único.
Un secreto común.
Y
si la trilogía de los escultores mencionados es pensada desde una
afinidad subyacente, el pensar cae bajo la seducción de indagar
un silencioso vínculo de tres escultóricas independientes. Tres
caminos de la escultura que, más allá de aceptar la
impregnación vanguardista de la modernidad, confluyen,
finalmente, en el culto de un primitivismo artístico que se
alza en un borde. El borde como lo que circunda el misterio de
la vida-fuente, de la vida como fuerza fontanal, como centro
fugitivo, a-centrado, generador de formas (a-centralidad del
centro que es efecto de la vida-devenir que, en su desplazarse incesante no se cristaliza en ningún punto privilegiado de
fijación de un sentido o fundamento central inmóvil).
El
arte lanzado hacia la vida-fuente no puede habitar allí en una
imposible y constante presencia (en el sentido de alcanzar y
situarse en la inmovilidad de una veritas, eidos, un
supuesto concepto de una verdad racional privilegiada como recién
aludimos). De ahí que el arte deba expresar metafóricamente la
existencia y poder de esa fuerza-fuente desde un borde. Desde el
alzamiento en un borde. Nunca desde el imposible emplazamiento en
el centro ( en el inexistente centro) del que dimanan las fuerzas
y las formas.
La
relación alzamiento y borde podría ser trasladada a diversos
recintos de reflexión. En un pensar filosófico, si el ser es
pensado como enigma irreductible a la ratio o al concepto, el
intelecto no puede más que merodear una zona límite que bordea
el ser no conceptualizable.
Por
su alzamiento en el borde, la creación escultórica de Moore,
Brancusi o Giacometti vive en la proximidad de lo circundado: el
enigma de la vida-fuente, la matriz de las formas primarias.
Formas primarias vinculadas, en la trilogía escultórica que
pensaremos, con la materia, con lo telúrico y primitivo. La
escultura que se alza en el borde, en la cercanía de la vida-fuente
se impregna así, ineludiblemente, de un hálito primitivista, no
en tanto impulso regresivo sino como voluntad de recuperación de
energías creadoras primarias.
En
la escultura, como en cualquier otra forma de expresión
artística que repite o reactualiza el alzamiento en el borde,
nunca habrá fusión plena con la vida-fuente (o ésta será sólo
de una relampagueante brevedad). La relación permanente será de
extraña circunvalación desde el borde a la manera de una danza
circular que gira alrededor de lo real como presencia ya estallada
en su misterio.
Por
eso es pertinente distinguir la noción de borde de la de frontera
o línea demarcatoria.
Lo
fronterizo es proximidad pero a modo de un señalamiento de una
separación, de una división. El borde es lo que propende a un
encuentro nunca totalmente cristalizado. Pero que palpita siempre
en lo próximo, sin una final compenetración con la
fuerza-fuente, la vida-germen del misterioso devenir creador que
nos impide la fuga hacia cualquier verdad última consoladora (2).
En
su alzarse en el borde, los tres escultores que nos convocan
poseen sus formas icónicas características. En Moore se repite
el orificio, el agujero. Lo plegado como relación
interior-exterior; las arquetípicas figuras reclinadas; en
Brancusi, la estilización, como purificación o simplificación
del rostro humano, la forma ovoide o la estilización de lo aéreo
del animal-pájaro como ascenso y retorno a lo primario; en
Giacometti, la figura frágil, alargada, grávida de rugosidades,
como morfología particular del alzamiento en el borde que bordea
o circunda la vida-fuente, el devenir-germen.
Y
el arte escultórico que circunda lo perseguiremos ahora a través
de los tres senderos creadores...
II.
Henry
Moore procede de una familia de mineros. Su padre es dirigente
sindical y minero socialista. Logra sobrevivir en una de las
últimas grandes batallas de la Primera Guerra, la batalla de
Cambrai, en 1917. Estudia en el Royal College of Arts. En sus
clases escultóricas, al abrigo de la tradición académica,
comienza a sospechar que el cielo allí brilla sin astros. Desde
sus inicios, Moore defiende el valor de la talla directa de los
materiales en lugar del empleo de una máquina para esculpir. Algo
que luego descubrirá en Brancusi y que ratificará su amor por
este proceder creador. Así, en secreto talla. Contradice las
técnicas de la Academia.
Pero
en su años juveniles lo sorprende, como un presagio de su arte
futuro, la lectura de Visión y diseño, de Roger Fry. En sus
capítulos dedicados al arte azteca, maya o inca, siente la
electricidad de una revelación. Los ejemplos artísticos reales
de la ensayística de Fry los encuentra sin la necesidad del
viaje. El escultor recorre el Museo Británico, para encontrar
allí las estatuas que hacen presente no sólo un forma otra de
arte, sino una cosmovisión subyacente alejada, por distancias
astronómicas, de la Weltaschaung europea. Y en una revista
alemana halla una ilustración de una estatua sedente dedicada a
la deidad maya-tolteca de la lluvia, Chacmool. Frente a esta
figura experimenta un nuevo sobresalto: "Me atrajo su curiosa
postura reclinada, no recostada sobre un lado sino sobre su
espalda con la cabeza girada" (3). Asimismo, lo
influenciarán el arte egipcio y etrusco.
Moore
práctica también con esmero el dibujo. Se une por algún tiempo
al surrealismo inglés cuyo tren de la fantasía es menos
estridente que el que recorre las calles del París de
los manifiestos de Breton.
Visita
Italia y estudia intensamente el arte del Renacimiento. La
escultórica de Miguel Ángel. La admiración por el creador del David
le entrega una idea que nunca abandonará: en la roca duerme la
forma de la futura obra, como sutil potencia, como sueño de
figuras latentes, como idea o belleza ideal de un cielo platónico
que ejerce gran seducción en el Renacimiento. La obra no debe ser
inventada. Se la debe descubrir, y liberar de su inicial prisión
de piedra.
Y
surge en él un conflicto con cierto parecido al del Greco. El
Greco: primero pintor de origen cretense, formado en la tradición
bizantina del icono; que luego realiza su aprendizaje pictórico
en Venecia con el Tintoretto, o el Tiziano quizá. Pero El Greco
quiso ser europeo; es decir: renacentista, moderno. En un momento
dado, Moore no pretende ya portar ningún estandarte de
modernidad, ni tampoco lo cohíbe el no asociar su camino
artístico con un compromiso político explícito, salvo en el
caso de su vínculo con la Guerra Civil española y su apoyo a la
acción libertaria de grupos antifascistas. Una actitud que
refleja su litografía Prisionero español (1939).
Renuncia
finalmente al surrealismo, a los códigos deconstructivos propios
de las vanguardias, aunque produce una retahíla de significativas
esculturas vanguardistas (4). Se sumerge sin inhibición entonces
en la refundación de una escultórica de entonación arcaica.
Este regreso a lo primitivo no debe ser confundido con otros
antecedentes propios del tiempo del impresionismo o el proto-expresionismo
de Van Gogh, de los primeros cubistas, de Picasso, o de los fauves.
En la primera recepción de lo primitivo es muy vivo el impacto de
lo oriental, y de los fetiches o máscaras de África u Oceanía;
o el japonismo como moda de todo lo derivado del Imperio del Sol
Naciente. En aquellos casos, el arte primitivo es una influencia
estilística real, pero principalmente obra como estímulo para la
propia autotransformación de la aventura artística occidental y
su definitiva emancipación de las desgastadas usinas de la
representación realista. Lo que supuso, en Moore, un alejamiento
definitivo del realismo de Rodin, y el inicio de un camino que
oscilará desde el modelado geométrico de la forma hasta los
lindes de la abstracción.
Moore
no se contenta con la admiración de lo primitivo. Lo renueva. A
partir de esta actitud, una estética particular comienza a
brillar. Todo gran arte abriga un tejido de ideas. Sus formas (o
su pretensión de ausencia de formas) dibujan un alero protector
de intuiciones significativas sobre los materiales, sobre el
proceso creador o el propio destino del arte.
Pero
Moore no es reconocido inicialmente por su renovación de lo
primitivo, sino por su serie de dibujos de los refugios
antiaéreos en los metros londinenses durante la Segunda Guerra.
Entre la caída con sus aguijones letales de las V1 y V2 alemanas,
la población encuentra en lo subterráneo no un simbólico
descenso ad inferos sino, simplemente, una cavidad
protectora. Ante las hileras de refugiados los lápices de Moore
capturan los cuerpos acurrucados, el repliegue del humano bajo la
superficie buscando la serenidad, pero sin poder sustraerse de la
cercana contundencia de la destrucción y la amenaza de muerte. En
aquellos días, el escultor de origen minero es nombrado
"artista oficial de guerra", y entonces su arte
escultórico, antes vituperado por la crítica tradicionalista, es
ensalzado como un brillo renovador.
Dentro
de las ideas que el escultor inglés encuentra en la dureza del
material tallado habita la distinción entre la belleza y el poder o
fuerza de la expresión. La fuerza expresiva es pulsión para
abrir una interioridad cerrada. Lo interior asfixiado es la forma
sin salida que no se comunica con lo exterior ni lo transfigura.
De ahí la necesidad del des-pliegue de lo interior, y de sus
inmanentes energías creadoras. La estrategia formal de Moore
preferida para este proceso es esculpir desde un rodear o bordear
un centro vacío donde, dentro de la masa escultórica, se sitúan
orificios, agujeros. Este rasgo caracteriza a muchas de sus
célebres esculturas reclinadas. La escultura así, que primero es
lo replegado sobre sí, la masa autolimitada, se comunica con lo
exterior, con la amplitud del espacio; con el aire.
La
transformación experimental y vanguardista de la masa
escultórica tiene paralelos con la vocación innovadora de Moore,
pero también sus particulares diferencias. Entre esos
paralelismos desde la diferencia, el escultor futurista Boccioni,
en 1913, intenta la dinamización de la masa mediante la
convergencia en ella de las fuerzas del movimiento (como en Formas
únicas en el espacio). El cubismo estimula otras variaciones
de la escultórica clásica. El ejemplo más repetido es el de
Alexander Archipenko y su inspiración en la pictórica cubista
para una transformación de la relación forma-espacio mediante la
introducción de lo cóncavo y lo convexo. En los senderos de la
escultura cubista lo acompañan también Lipchitz o Laurens. Otro
ejemplo significativo de la modificación del estatuto de la masa
asentada sobre sus propios limites es posible hallarla en Gavo y
Pevsner, coautores del Manifiesto realista (1920), donde entre sus
"cinco principios inmutables" se incluye la
desvalorización de la masa y "los ritmos estáticos",
como condición central de la expresión plástica escultural. Es
fundamental la introducción del objeto en una nueva relación de
profundidad con el espacio y del "ritmo cinético" capaz
de quebrar la forma clausurada sobre sí misma.
En
el orden pictórico es pertinente recordar la creación del
argentino Lucio Fontana, en 1949, de sus pinturas cortadas, los
cuadros cortados o perforados, donde el lienzo bidimensional
introduce en su extensión cortes, agujeros. El corte es aquí
estrategia de ruptura de la imagen plana bidimensional replegada
sobre sí a fin de generar una espacialización de lo pictórico.
Un lienzo monocromo cortado, en Fontana, se convierte así en sostén del hueco
por donde la materialidad de la pintura bidimensional se comunica
con el espacio tridimensional que la rodea.
Es
curioso observar también el hueco como comunicación entre una
forma cerrada sobre sí y un espacio exterior que puede
encontrarse con claridad en la literatura del argentino Julio
Cortázar. Una pared compuesta por la repetición de las mismas
palabras aísla un adentro lingüístico respecto a un afuera,
extra-lingüístico. Pero entre esta repetitividad se interpola un
hueco, porque "hacia abajo y a la derecha, en una de las
frases falta la palabra lo. Un ojo sensible descubre el hueco
entre los ladrillos, la luz que pasa" (5).
Desde
el orden filosófico podemos imaginar un metafórico "hacer
hueco", una salida a otro espacio antes excluido en la
ruptura de la dialéctica afirmativa hegeliana por la dialéctica
negativa adorniana. La identidad dialéctica de Hegel que todo lo
contiene y supera en un orden cerrado y superior es abierta por
una contra-dialéctica pensable como orificio o fisura posible que
traspasa o supera el concepto para comunicarse con un espacio
exterior transconceptual (6).
Regresando
a Moore, la interioridad que el orificio abre en sus esculturas se
dispersa en el exterior mediante su reintegración con el paisaje.
El escultor acumula una importante colección de pinturas de
paisajes. Entre ellas, lo sorprende una obra de Gustave Coubert:
Marina (1866). Y otro lienzo del genio impresionista que lo
deslumbra es Femme Couchée dans l' Herbe (1868), donde la cabeza
de una mujer desnuda y reclinada se funde en la oscuridad de un
cercano paisaje boscoso. Lo interior abierto potencia su fuerza
cuando se prolonga hacia las potencias elementales de la
naturaleza, del paisaje y su amplitud monumental, sin límites,
sublime. Esta proyección es el origen en Moore de una
escultórica de lo sublime.
En
lo sublime la particularidad del hombre, su pequeñez física, es
metáfora de su fragilidad dentro de la inmensidad del espacio. Lo
sublime es lo que vuelve como memoria de lo inmenso en el sujeto
moderno que fantasea con su condición de inteligencia máxima en
el universo.
La
memoria de lo sublime en Moore vuelve mediante lo monumental de la
figura escultórica. Frente al gigantismo de la obra el observador
recupera la conciencia de su finitud (como ocurre con el
espectador ante los monumentales lienzos abstractos de Barnett
Newman, también buscador de un arte de lo sublime).
Las
esculturas de enormes proporciones intensifican la percepción del
espacio, de lo exterior que contiene el volumen escultórico. Un
efecto sólo posible mediante la exposición al aire libre. A su
vez, el directo frotar de la brisa, la lluvia o el sol sobre la
porosidad estilizada de la escultura aumenta el misterio de la
obra y de la naturaleza visible que la abraza.
En
Moore, la escultura se convierte en paisaje, es una nueva parte
del paisaje. La monumentalidad de lo sublime convierte a la obra y
la naturaleza en partes interconectadas y mutuamente enriquecidas
dentro de un único acto artístico.
Pero
parte de lo sublime es una reinstauración de una conciencia
biocósmica, de un saberse parte o reflejo de un todo olvidado.
Por eso, el escultor abriga en sus esculturas reclinadas la idea
de un isomorfismo o paralelismo entre la forma escultórica y la
naturaleza: "Me di cuenta de la ventaja que podía tener una
composición de dos piezas separadas para relacionar las figuras
con el paisaje. Las rodillas y los pechos son montañas. Una vez
que esas dos partes se separan, se puede hacer con ellos un
paisaje o una roca"; y esto: "…es una metáfora de la
relación humana con la tierra, con las montañas y el
paisaje" (7).
Como
en las culturas ancestrales, la obra late en un proceso de
correspondencias donde la figura humana es reflejo del universo.
Pero
el isomorfismo entre estatua y paisaje supone también un apego
estético y emocional a la naturaleza como tierra, cielo, aire.
Una intuición, asimismo, de fibra arcaica.
Y
junto a sus figuras reclinadas, Moore se abre a otro gran motivo
repetido de su arte: la maternidad, la pareja. La mujer con el
niño. Maternity (1920), o Mother and child
(1924-25). Obras donde la estilización expresa las potencias
primarias de lo femenino de dar a luz, de recrear la vida, de
regalar nuevos hijos, los nuevos hombres y mujeres que se
agregarán a la corriente del tiempo.
Entre
1937 a 1938 la interioridad abierta de la forma se corporiza en
Moore por la extensión de hilos, de cuerdas, como en Birds
Basket.
Y
el otro aspecto de la apertura de lo interior replegado hacia lo
exterior es el orificio o hueco como integración entre lo
conocido y lo misterioso. Desde la superficie extendida de lo ya
conocido, el huevo-abertura-orificio permite la salida hacia otro
lugar, un alter locus saturado de no visibilidad. De penumbra
misteriosa. De oscuridad sin luz donde no podemos encontrar el
baile de líneas y planos.
En
1969, Julian y Juliette Huxley le obsequian a Moore un particular
cráneo de elefante, que incluirá como un pieza fundamental de su
"biblioteca de formas naturales". Este especial cráneo
se destaca por una estructura ósea colmada de líneas sinuosas
intricadas, replegadas sobre sí, con el efecto de provocar un
efecto de un adentro íntimo, misterioso, cavernario; otra
intuición de lo real como región de génesis misteriosa.
En
la imaginería mítica, el acceso a un alter mundus se consuma
mediante portales como cuevas, pasajes, túneles. Luego de sus
dibujos de los túneles de los metros en la guerra, Moore los
pensará como antecedentes de su insistencia en la concepción de
la masa escultórica abierta: el túnel-agujero. Y este efecto lo
provocan también piedras especialmente singulares que incluyen
dentro de sí una abertura, en principio natural, pero que para la
mirada mitopoética arcaica ya eran un canal abierto hacia la
otredad. La roca-pasaje nos religa al mismo tiempo con la
presencia dura de la piedra como entidad numinosa; como cantera
donde descansa la forma potencial de la nueva escultura (el
neoplatonismo ya aludido miguelangelesco de la forma oculta en la
piedra que busca la abertura por la cual liberarse de la
forma-prisión de la piedra); y como nueva manifestación sensible
de lo enigmático. De ahí la impresión que causan en Moore las
protuberancias de la Piedra Adel en Yorkshire; y también el
efecto de deslumbramiento que experimenta durante una noche lunar
ante las piedras del complejo megalítico de Stonehenge. Efecto de
re-encuentro con lo misterioso primario de la real que se extiende
a su vez a lo fotográfico. Moore práctica la fotografía de
árboles, de formas atípicas, y entonces percibe que: "las
imágenes se animan con una vida propia aparentemente conciente;
las formas enroscadas y los huecos más recónditos transmiten un
sentido de misterio y fascinación" (8).
Lo
que se encuentra a través del orificio, de la abertura, es la
presencia misteriosa de la realidad ya estallada en devenir. La
obra se alza, cercana y lejana, en el borde de esa presencia de la
vida-fuente, cuyo sentido no racional se entreve a través de los
orificios, del túnel que el artista reinventa en la materia.
III.
El
escultor nace lentamente de la hierba; sus manos y ojos brotan de
hendiduras secretas. El artista que talla se asoma desde el
vientre de su madre biológica, y desde la tierra. Será siempre
un artista campesino; aunque durante décadas viva en París y
aspire los perfumes sutiles, y a veces afectados, de las
vanguardias. Es Brancusi. Sus primeras miradas se unen con los
paisajes de Oltenia, la aldea de su Rumania natal.
En
su niñez, hace estatuas de nieve, como el joven manos de tijeras
de Tim Burton. La firmeza de la mano del escultor es fino
diapasón modelador. Y la nieve o el efímero hielo, o cualquier
material, sienten esa mano cuya sabiduría vibra en el tacto.
Luego,
el escultor en formación, trabaja de tintorero, de mozo. Y en
esta última labor, le asegura a un visitante que podría fabricar
un violín con materiales inesperados. Acude entonces a cajas de
manzanas. Y talla. Modifica. Interpola cuerdas. Crea una caja de
resonancia. Un nuevo violín entonces nace con sonidos tan
convincentes como los de un instrumento creado por un luthier.
Aprende
a leer y escribir de forma autodidacta. Impresiona a un mecenas,
que se sorprende por sus precoces habilidades artísticas, y lo
ayuda para iniciar sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios de
Cracovia.
Luego,
marcha a Paris. A pie. Es el humilde aprendiz de artista que, como
un peregrino medieval, viaja con lentitud y expectativa hacia un
centro radiante de saber y arte.
En
la ciudad bañada por el Sena, se encuentra con Rodin. El escultor
de El beso, y de La puerta del Infierno le ofrece enseñarle. Pero
el recién llegado desde el mundo rural aspira a su autocreación,
no a la respetuosa emulación. De ahí su respuesta cordial, pero
contundente: "A la sombra de una gran encina no pueden crecer
los árboles jóvenes".
Y
su distanciamiento de Rodin se expresa también en la creación de
una de las esculturas más arquetípicas de Brancusi que adopta
precisamente el nombre de un célebre logro del arte rodiniano. En
1910, Brancusi esculpe El Beso, actualmente en Cementerio de
Montparnasse, en París. Una pareja que se une en un tenso y a la
vez delicado encuentro. En una erótica supresión de la distancia
entre los cuerpos. Las dos figuras parecen compenetrarse en un
movimiento nervioso, en un acto cercano a un inconciente deseo de
superación de los opuestos. Un impulso de fusión extática. Pero
la diferencia subsiste. Y en esa diferencia se concentra un amante
volcado sobre el otro. Se concentra así una intensa energía
interior. Las fuerzas, antes dispersas en el espacio, parecen
regresar a un punto de reconcentración, a una fuente de intensidad
nuclear. El Beso se convierte así en acto de reconcentración de
la amplitud cósmica en el calor de los cuerpos abrazados. El
universo como dispersión de los seres, como multiplicidad, vuelve
a ser unidad. El abrazo de los amantes es erótica fusión
universal.
Y,
por esto, El beso es una forma artística habitada por un
simbolismo religioso. Una constante en la creatividad del artista
campesino rumano: "El simbolismo religioso revela la
solidaridad que existe entre las estructuras de la existencia
humana y las estructuras cósmicas. El hombre no se siente aislado
del cosmos, se siente abierto hacia un mundo que, gracias al
símbolo, se le hace familiar. Aquel que entiende así a un
símbolo, no sólo se abre al mundo objetivo sino que, al mismo
tiempo, consigue salir de su situación individual y acceder a una
comprensión universal. Despierta la experiencia individual y se
transmuta en acto espiritual" (9).
La
clara identificación entre la obra y el símbolo le confiere al
acto artístico la potencia de abrir y elevar la conciencia hacia
lo universal. El sujeto se re-integra así en la amplitud. Un acto
de religiosidad natural. La desinhibida recuperación brancusiana
del valor ancestral de lo simbólico, mediante la obra de arte es,
en un mismo movimiento, crítica indirecta a la subjetividad
moderna enclaustrada en su yoidad, en su autorreferencialidad que
corta los tejidos que comunican la piel con los múltiple
diamantes del universo.
El
limo folklórico de su patria también influye en la concepción
simbólica de El Beso. Entre los campesinos rumanos es una
costumbre ancestral enterrar a los esposos juntos y sembrar sobre
ellos dos árboles. Sus ramas luego se enlazarán. Como en la
leyenda celta de Deirdre, las copas que se entrelazan son signo de
la re-unión de la pareja, y de un exorcismo de los poderes
irreales de la muerte. Y la unión arbórea explica también la
semejanza de los amantes de El beso con dos troncos que se
compenetran.
El
símbolo rompe los límites de las formas. Potencia y diversifica
la identidad de los seres. El árbol como símbolo no es sólo
vegetal sometido a la repetida circularidad de leyes naturales. Es
también imagen de la vida universal que muere y renace. El cuerpo
humano puede asimismo ser símbolo. La dignidad de su presencia se
agiganta mediante su expresión simbólica. En este trasfondo,
asume especial valor la particular forma brancusiana de atender a
un encargo que recibe en una oportunidad. Debe construir una
escultura para homenajear a un pedagogo rumano, importante
propulsor de la educación laica en su país. Y el artista, como
en los mejores tiempos renacentistas, cumple el encargo. Y
sorprende a su contratante: la figura no es la representación
realista, en alguna pose de solemne y artificiosa dignidad del
individuo homenajeado. La obra conmemorativa es un pozo. El hombre
de valor es como el agricultor que obtiene lo mejor de sí al
escarbar, al cavar y ahondar dentro de las napas ricas que existen
bajo la tierra. El hombre de la estrella en el rostro encuentra su
valor en lo profundo. Excava entonces su pozo personal, único,
en los campos de su destino.
La
escultórica de Brancusi nunca fue seducida por la
experimentación formalista. La intención estética básica del
rumano no es la pureza de la forma como valor autónomo, como
ejercicio formal. Su búsqueda es una poética escultórica que
ambiciona "despertar la piedra" y "hacerla cantar
para el hombre". El destino del escultor es transformar la
dureza pétrea, y la de otros materiales posibles para el tallado,
en alquimia musical. La dureza no visitada por la mano sensible
del escultor es muda. La transformación artística hace de la
superficie tallada el pentagrama donde la piedra vive. El material
escultórico trasformado se convierte en canto. El oído sensible
escuchará la música que nace de las notas-palpitaciones
esculpidas en una materia musicalizada.
Como
el Dante de la Divina Comedia, y como en el Platón del Symposium,
Brancusi intuye en el amor una fuerza de ascensión hacia la forma
más pura de la realidad: "El amor es motor invisible y mudo
y en el impulso hacia lo absoluto y la unidad"(4). La
realidad primaria y pura es unidad y absolutez. La escultórica
brancusiana, desde esta idea-madre se alza en el borde que
circunda, a la manera de la cercanía o aproximación a la noche
genésica, la oscuridad inicial, que, en su carácter originario y
misterioso, es irreversible zona de fuga. Pero que también es
fuente inacabable de la generación de nuevas combinaciones de
formas. En el alzamiento en ese borde, la estrategia compositiva
de Brancusi fundamental es la simplificación o estilización,
ensayada mediante numerosas variaciones de unos pocos motivos
repetidos.
Para
crear una escultura que se alza en el borde de la vida-fuente, se
debe eliminar gradualmente la multiplicidad innecesaria de
detalles o elementos. La persecución de una forma pura, en
diversas variantes del arte moderno, y también en ejemplos
antiguos como el arte abstracto celta, siempre remite a un
paralelismo insalvable con la fenomenología husserliana (10).
En
el centro de este proceso creador, los motivos repetidos en
Brancusi son la cabeza femenina, la forma ovoide, el pájaro
purificado.
En
1906 comienza la serie llamada: La musa dormida. Entre 1910 a 1912
esculpe doce variaciones. En la primera versión las formas son
definidas, el rostro contiene la diversidad de los rasgos
faciales. A través de las variaciones, lentamente, la forma
suprime el detalle, los rasgos, el conjunto de las
particularidades. Y llega a una forma de homogeneidad redondeada.
Una estilización que sueña con llegar a una forma primaria del
rostro.
Entre
1915 a 1920, Brancusi ensaya siete variaciones de una forma ovoide
hasta arribar a El neonato, una figura-huevo. El huevo de la milenaria
imaginería mitológica. El huevo órfico, el huevo del Vedanta,
el huevo como lugar inicial concentrador de las potencias, sitio
arquetípico de la vida-fuente, de la vida creadora de las formas.
El huevo como lugar de la creación, del universo, de la
irradiación del espacio en su cuaternidad, y del mundo como
conjunción cielo-tierra.
El
rostro purificado, lo ovoide purificado en términos del huevo
simbólico, son aproximaciones a una fuente que soporta y produce
las formas. Y a esa fuente el arte también puede aproximarse
mediante la vía paradojal del ascenso. El ascender como un
descender hacia lo sutil o profundo de la vida-fuente, la noche
genésica, olvidada por el racionalismo y el arte como unilateral
ejercicio formal. La fuente que se desplaza como el centro
esquivo. Como sitio genésico sutil. Y lo sutil es levedad, lo que
puede despegarse de lo pesado como fijación inmutable, como forma
cerrada incapaz de la aproximación al borde y la fuente. El
paradójico descenso por la ascensión o el vuelo tiene en
Brancusi un exponente esencial: La Maistra.
El
escultor manifestó: "Toda mi vida he buscado la esencia del
vuelo. ¡El vuelo, qué felicidad!". El vuelo. Y el pájaro,
el representante arquetípico y universal del libre ascenso, de la
delicia del volar. Por eso Brancusi es estimado como inventor de
las formas aerodinámicas. Y La Maistra es su ejemplo. La
Maistra:
ave legendaria que ayuda a vencer las fuerzas maléficas que
amenazan la fertilidad. Entre 1919 a 1940 Brancusi realiza 22
variaciones del ave hasta llegar, vía estilización, vía
simplificación, hasta el Pájaro en el espacio. En la primera
versión de La Maistra el cuerpo carece de alas y plumas, pero
conserva su figura básica. En esta obra la simplificación roza
un punto de extrema estilización y abstracción. El pájaro en el
espacio es ahora una dorada línea vertical curvada en su parte
central. El símbolo poético del impulso ascensional. Y lo que
asciende no es ya un animal particular, el ave natural capaz de su
ascensión aérea. El ascenso no depende ya de una anatomía con
órganos instrumentales para el ascender (alas, plumas). El
pájaro no vuela por el uso instrumental de sus alas y plumaje. El
pájaro sin alas ni plumaje es el cuerpo que, ahora, por sí mismo
asciende. Es la materia sutilizada que asciende, vuela y,
paradójicamente, se acerca a la matriz identificada
simbólicamente con la tierra, como lugar de la generación
primaria. Una falsa apariencia hace suponer que el volar es
distanciamiento de la matriz telúrica. Pero la mirada desde la
altura que dona el ascenso, es lo que desciende, luego, desde una
perspectiva más amplia, hacia el abajo que soporta, sostiene y
genera.
El
cielo se proyecta hacia la distancia, hacia la embriaguez de la
altura, pero sin dejar de contener y ser contenido por la tierra,
lugar del comienzo de todo vuelo.
Y
la unión entre el cielo y la tierra motiva, junto con El beso y
La Maistra, la otra obra célebre del escultor campesino: La
columna sin fin. En 1937 Brancusi crea el conjunto de Tirgu-Jiu,
cerca de su aldea natal, y próximo a los rumores del río Jiu,
que desciende de la montaña y le otorga su nombre a la villa.
Tirgu-Jiu es un monumento en homenaje a los campesinos rumanos
caídos en la Primera Guerra. El conjunto conmemorativo vive
gracias a la rítmica interacción de tres obras: La mesa del
silencio, La puerta de los desposados, y La Columna sin fin. En la
primera obra, la mesa es centro de reunión, círculo donde bulle
la comunión de los miembros de la familia campesina. La puerta de
los desposados o La puerta del Beso repite el motivo de la famosa
escultura de 1910. El besar como unión, como compenetración
entre los sexos, que es preludio de la regeneración. De la
gestación de la nueva vida como acto mimético de la propia
fertilidad terrestre.
Y
La columna sin fin es la sucesión de un larga columna compuesta
de sucesivas figuras romboidales. La columna se sostiene en la
tierra; parece una emanación más de la fuente, de la
vida-fuente. Misteriosa. Que se repliega en el abajo, en el
interior, oscuro, terrestre, pero que también (como en la
relación interior-exterior en Moore ) se despliega finalmente
hacia lo exterior. Se eleva, parece perderse en la altura. Y une entonces cielo y tierra, lo divino
celeste y la mortalidad terrenal; lo recóndito de las estrellas,
el trono solar, y la cabellera espesa de montañas, bosques y
junglas de la tierra.
Y
el escultor campesino nunca comulga con la concepción del arte
que supone que se crea desde la turbulencia, desde el dolor. Desde
los cuervos de nauseabundas noches que hostigan el cuello del
artista. Siempre reprocha a Miguel Ángel su "dinamismo
demoníaco". El estado de la alegría vital es la verdad
madre del acto creador. O la creación misma es manifestación del
regocijo entusiasta. El arte asciende desde el sol en el rostro,
no desde pantanos de desesperación que infectan el pecho.
El
sufrimiento siempre vuelve. Pero su aceptación pasiva envenena.
Intoxica. El acto creador es curación de las propias sombras
infectadas; y es nueva hierba para otros.
El
dolor es camuflado aliado de la muerte. Por eso para el artista
campesino, donde late todavía una sabiduría telúrica,
ancestral, la muerte-dolor es la ilusión ante la que el artista
nunca sucumbe. Un efecto del propio trabajo del campesino, del que
sabe que los frutos de la tierra mueren provisionalmente en
invierno. Pero para reverdecer después en primavera. Como Mircea
Eliade lo observa, para el campesino medieval, la tierra, y la
materialidad por extensión, nunca podía ser vivida como agente
corruptor, como lo repetían los sacerdotes desde el púlpito
(10). En su experiencia vital y diaria, la tierra, la que soporta
desde abajo, asegura el estallido circular de la nueva vida. De
ahí que, el arte mismo es prolongación de la alegría creadora.
Brancusi nunca podría acordar entonces con el pensar de Abel
Gance referido a las condiciones del crecimiento y maduración del
cine. El autor de Napoleón (1927) manifiesta: "¿Qué le falta
al cine para ser más rico? Sufrimiento. Es joven, no ha llorado.
Pocos hombres han muerto por él, para él. El genio trabaja a la
sombra del dolor hasta que dicha sombra se convierte en luz"
(11).
Y
la nueva vida en Brancusi procede también del alzamiento en el borde que circunda
la
fuente misteriosa, el centro vital, sin centro, que estalla
alrededor de los cuerpos que no perciben sus raros perfumes. El
núcleo sin quietud, que siempre escapa, y desde el que brota la
fuerza y la forma.
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Una de las
variaciones de la Musa dormida, donde Brancusi busca el
poder de la expresión mediante la progresiva
simplificación y estilización de la forma, |
IV.
Entre
los murmullos del río y la voz de rocas y montañas, late el
pueblo modesto: Stampa. El pueblo bañado por el río Moira.
Poblado pleno de tradiciones, de ecos de historia. Aquí, en 1901,
Giacometti comienza a caminar por el tiempo. Crece en un lugar
humilde. Pero es acariciado por el favorable destino de una
familia de fuertes apetencias culturales, que apoya sus más
tempranas inclinaciones artísticas. Transita por la Escuela de
Artes y Oficios de Ginebra. Recorre Italia en pos de sus tesoros artísticos. Se maravilla con los frescos del Giotto, o
con Cimabue. Su amor por el saber es amplio. Lee a Sófocles o
Esquilo. Escucha música de concierto y ópera. Se nutre de lo
universal. Permanece por un tiempo en el taller de Archinpenko.
Pero, a pesar de todo, siempre conserva su condición de
autodidacta, cuya principal instrucción artística procede de su
padre (reconocido pintor posimpresionista) por cuya mediación
llega a conocer a Segantini (12).
En
el sendero hacia la maduración de su arte, Giacometti recibe
múltiples influencias: la del arte negro y de las Islas de las
Cicladas; y de la modernidad vanguardista, el influjo cubista de
Liplitz o Laurens. Entre 1929 a 1939 transita por el surrealismo,
obligado crisol de experimentación para multitud de artistas en
este periodo. Conoce a Breton, a Aragon y Dalí. Colabora con el Minotauro, o
Le Surrealismo au service de la revolution.
En
el légamo de la personal autoformación del artista perdura
siempre el magnetismo de su tierra natal, de sus valles de verde y
luz donde se tejen hilos de belleza natural. Tramas en el aire que
unen rocas, crestas de montes y árboles. Y como la tierra su
escultura es "escarpada, rocosa, ferruginosa, solemne,
sencilla, solitaria, primitiva" (13).
Lejos
de la imagen del artista bohemio disperso o indisciplinado,
Giacometti cultiva una estricta disciplina, vivida a la manera de
Kandinsky como un virtual sacerdocio laico. La austeridad es una
condición para una vida independiente, sólo entusiasmada por la
creación. Y cuando de forma tardía a Giacometti lo visita el
reconocimiento, nunca abandona su humilde y pequeño taller. Y
conserva un instinto de desapego. Afirma que su única casa es la
de su madre, a la que regresa con regularidad.
Y
a diferencia de la hosquedad de Miguel Ángel, o del aislamiento
final de un Van Gogh, Giacometti goza y se nutre con el frecuente
contacto humano. De ahí sus numerosas amistades con artistas, y
sus intensas actividades creadores en París, bajo los aleros del
Barrio latino, la Coupole, la Rotonde, las salas del
Louvre, o el
Museo de Historia Natural.
Antes
que la escultura, Giacometti practica el dibujo con profusión,
con una delectación liberadora. Y también la pintura. Su ojo ama
la claridad del mundo figurativo, la realidad en su fenomenología
más primaria de manifestación sensible, que directamente impacta
en los sentidos. Practica así un realismo no atormentado por
demandas de abstraccionismos o de compulsivas contumacias contra
la representación naturalista. La única excepción es su periodo
de fe surrealista.
La
realidad de los objetos propaga su presencia sobre la piel, y la
retina estalla en la fruición de un dibujar lo prolífico, lo
múltiple, que se ofrece a los ojos. Sus dibujos se consuman
mediante líneas entrecruzadas, con yuxtapuestos trazos, como en
su autorretrato de 1962.
A
veces, apela al dibujo también para esbozar croquis de sus
esculturas. Su intención realista anida en su afirmación:
"... sólo me interesa la realidad y sé que podría pasar el
resto de mi vida copiando una silla" (14).
La
atracción de la esfera cercana de las cosas ya constituidas en su
solidez y objetividad, puede despertar, sin embargo, una
confusión. El goce por la celebración de las cosas no supone la
constricción de la percepción al universo de las formas
naturales conocidas, o a la danza de los objetos mediatizados por
la historia y la cultura. Como veremos, la escultórica de
Giacometti no abandona la voluntad realista y figurativa, pero
desde una singular renovación de una realidad que hace patente la
presencia real de la corporalidad humana y su misterio más allá
de su anatomía "natural".
La
ambigüedad de la representación de un realismo no naturalista en
la escultórica de Giacometti alimenta quizá el interés de
numerosos intelectuales. Su obra motiva comentarios de Bretón y Tzara, hasta Bataille o René Chair. Pero la
interpretación habitual de su arte procede de un tiempo dominado
por la moda existencialista, y por el paralelo hecho de su intensa
amistad con Sarte. Interpretación de la escultórica
giacomettiana como metáfora existencialista que luego
intentaremos eludir, desde otra alternativa exegética.
El
primer rasgo que impresiona en una directa visión de las obras de
Giacometti es su halo de fetiche, su irradiación de misterio y
atmósfera atávica, su remisión a figuras de una lejanía
prehistórica, embriagada por algo numinoso y por la veneración a
un mítico origen de la vida; o también la anima un secreto culto
a los antepasados que, como espectrales presencias reales,
respiran más cercanas a los orígenes que revela el mito arcaico.
Marco
Negri recuerda un revelador hecho, que trasciende lo anecdótico
e ilumina parte del aura primitiva de la escultórica de las
célebres figuras adelgazadas giacomettianas. Durante la
preparación de una exposición escultórica al aire libre,
presencia la descarga de numerosas esculturas. Representantes de
diversos estilos. Pero, entre todas ellas, la que más lo
impresiona son las esculturas del nativo de Stampa, que irradian
un aura de "ídolos o fetiches misteriosos y mágicos de una
religión desconocida..."; y por eso parecerían expresar el
"acto original que hace surgir al hombre como presencia y se
manifiesta en la abierta desnudez" (15).
Una
penetración filosófica del arte de Giacometti llama a un pensar
esa "abierta desnudez" de la presencia humana. Aquí es
quizá momento de interpolar la ya mentada hermenéutica
existencialista de su obra. La fragilidad y adelgazamiento de las
figuras giacomettianas, como en las estatuillas denominadas La
mujer de Venecia, cristalizarían la intuición existencial del
hombre precario, del ser existente que inicia su andadura vital
desde la nada; desde el vacío de un sentido previo; desde una
cavidad sin significación que se debe obturar mediante la
elección de un sentido. Lo vacío del comienzo es también raíz de la angustia. Luego de la liberación del sueño
hegeliano, del sueño que pretende explicar la totalidad, el sujeto moderno cae duramente sobre los
acantilados de su finitud. Debe elegirse. Porque es primero
fantasma, espectro, posibilidad o potencialidad no realizada. El
sujeto desplomado es débil, frágil. La metáfora visual de esta autocomprensión existencial no es la
del robusto y armonioso cuerpo clásico, sino la delgadez próxima a su
desvanecimiento entre rumores que se dispersan en una historia sin
huella ni mensajes. La fragilidad del sujeto condenado a ser libre
y ensayar una secuencia de decisiones, puede ser expresión de la
soledad del hombre moderno que, en su incomunicación, se
empequeñece; o puede ser una forma de revalidar su carácter singular, único,
intransferible. En este último caso, es la soledad como preámbulo de la grandeza de
una afirmación individual, como lo piensa Genet: como
"realeza secreta", de una "inatacabable
singularidad" (16). Y para Sartre, la escultórica de
Giacometti quiebra la inercia de la materia y su volumen, para
situarse en un vacío, que no es nada negativa, sino un vacío
pleno desde el que el sujeto se muestra y hace a sí mismo (17).
La
soledad de la figura giacomettiana es quizá la expresión de la
aparición originaria de lo humano. En su escultórica, el hombre no irrumpe desde
el cielo como ángel luminoso y caído a la manera de la
tradición platónica y órfica; ni tampoco su realidad se reduce
a un desierto de sentido que lo obliga a una tensa y constante
decisión, como lo piensa el existencialismo. Como
Brancusi, como Moore, Giacometti crea desde la proximidad
terrenal. Su voluntad estilizante es ejercicio de una estética
terrestre. Lo que explica su interés por la realidad de las cosas
más que por su desvanecimiento en un modelo puro, propio de un abstraccionismo geométrico, o no-figurativo. En
Giacometti, la figura humana es recreada en su irrupción
originaria. Y el origen es la vida-fuente, que no es una idea
conceptual de lo espiritual sino el sustrato terrestre. Las fuerzas
de lo geológico. De lo volcánico. El magma subterráneo como producción de formas. De ahí que las figuras
giacomettianas parezcan recién brotadas de un magmático flujo de
fuego y metales, de escarpada y extraña antigüedad geológica.
Formas cuya rugosidad ferrosa permanece alejada de una
estilización en términos del clasicismo, o de una abstracción
cubista. El misterio de la presencia humana y de su rostro que
patentiza Giacometti, pareciera representar, en el sentido de
hacer nuevamente presente, un humano recién surgido de un
tempestuoso vientre terrestre. Su matriz no sería así una subjetividad moderna,
burguesa, existencialista.
La
impresión de la emergencia del hombre desde un espacio primario
saturado de atavismo geológico, nos hace recordar algunas obras
del surrealista Tanguy (como The Dark Garden. Le Jardin sombre
(1928), o Storm (Black Landscape). L'Orage (Paysage noir)(1926)
), y más aún el onirismo paisajista de Max Ernst, en una obra en
especial: Bryce Canyon Traslation (1946); una pintura realizada en
Arizona, donde la imagen como provocador óptico ( según la
conocida técnica de composición surrealista en Ernst) actúa
mediante la imagen de una gran pared áspera y rocosa (inspirada
en una primera visión del Cañón del Colorado). La rugosidad
pétrea provoca un efecto de extraña cercanía a lo originario,
lo inicial, donde es posible advertir un misterioso rostro humano,
como si recién irrumpiera desde la arcaica matriz de la roca.
Por
otro lado, la rugosidad pétrea, la forma no armonizada de la
superficie escultórica, no es aquí, como en otros casos, señal
de inacabamiento, de una creatividad cuyo destino es la no
conclusión (como en la escultura de Miguel Ángel, La pietá
Rondanini); ni es tampoco, en otra variación de lo inacabado, la
materia todavía no purificada o sublimada por la altura
espiritual de la serie también miguelangelesca de los esclavos;
ni tampoco es la deformidad, el no acabamiento del Adán y Eva
encuentran el cuerpo de Abel, boceto escultórico a gran escala
del magnífico Canova.
Aquí
la rugosidad, la forma no armonizada, es quizá huella de su
reciente desplazamiento hacia el borde de lo que deviene y se
genera, luego de abandonar el centro magmático, prehistórico,
desde donde se enciende la materia.
Y
la soledad giacomettiana es la de la presencia humana aún no
acompañada por una multitud de otras miradas que acompañen su
emerger. En la primera y extraña aparición de la corporalidad
humana, la soledad es ausencia del lenguaje, de la comunidad de
signos que permitan la intersubjetividad de una conciencia que se
abre hacia la otra presencia, o que permita una toma de decisiones
de caminos de vida.
Los
"esqueletos de esculturas", como gusta llamar Giacometti
a sus adelgazadas figuras, remiten también, en su regresión, a
lo originario terrestre en su obra Composición con nueve figuras
(1950). Aquí las esculturas alcanzan una delgadez que se aproxima
en apariencia a la desmaterialización, pero que remite tal vez a
un isomorfismo o equivalencia con la intimidad cavernaria de las
estalagmitas, con sus delgadas figuras que, desde lo terrestre,
surgen en una síntesis de lentitud y antigüedad geológica.
Lentitud y delgadez. En su primera irrupción, el cuerpo quizá no
emerge sólo como brusco estallido magmático, sino también desde
un lento fluir de la gota dentro de una prehistórica soledad
cavernaria. Todo lo cual conduce a una poética de la irrupción
geológica, al misterio del rostro y el cuerpo que no nacen de
ningún dios abstracto, de ninguna espiritualidad sin el espesor
de los minerales y los colores; y que tampoco surge de la anemia
espiritual del hombre moderno, obligado siempre a la decisión
desde una nada previa.
El
aura arcaica de la escultórica de Giacometti así parece muchas
veces cercana a la antigüedad de su emergencia terrestre, y
dimana cierta atemporalidad, oscura, penumbrosa, fatalmente
distante entonces del sujeto solitario y urbano. Pero el momento
de la emergencia geológica inicial no es sólo advenimiento a una
soledad que aún no es conciente de sí; es también insipiente
encuentro del hombre recién emergido del magma-fuente con el
horror y temor ante el misterio de su propia irrupción. Una
estado de emocionalidad primitiva que se puede intuir al
contemplar la Cabeza de hombre en la pica, obra de 1947, pintada
en yeso. El rostro se distorsiona en un gesto grotesco, pero
también parece dimanar un asombro atávico ante el mundo de los
colores diversos y de una oscuridad cerrada, y siempre
impenetrable. Misterios de profundidades horrorosas.
Desde otra orilla totalmente alejada en apariencia de la
escultórica moderna, es posible también patentizar la rareza
misteriosa de la presencia humana. En 1958, George Segal inicia sus
célebres esculturas antropomorfas monocromas de yeso (de puro y
llameante blanco). La figura quieta, de estricta apariencia humana,
aparece interpolada en diversas situaciones de la vida cotidiana. No
se trata aquí ya del cuerpo en su manifestación originaria arcaica
y geológica como en Giacometti. Segal parte del cuerpo de un sujeto
ya socializado e inmerso en la modernidad pop y en sus ámbitos de
exhibición publicitarias o comerciales. Segal parte del cuerpo ya
fundido en la cultura burguesa y de consumo, en el primado de la
aparente transparencia y repetición de lo cotidiano. Sin embargo,
el escultor norteamericano no duda en declarar que su arte
escultórico busca frotar el "misterio de lo no conocido
en las cosas más simples...y vivir y trabajar al margen de toda
intención de llevar a cabo ningún tipo de juicio" (19).
Y regresemos a Giacometti: luego
de su irrupción original, el hombre de la reciente génesis
geológica se desplaza al borde, es expulsado del centro
misterioso (carente en realidad de toda centralidad) y esquivo de
la vida-fuente en movimiento, corporizada aquí como limo de lo
terrestre antiguo. Desde entonces, la recuperación artística de
esta irrupción sólo puede ser mediante un alzarse en el borde
próximo a lo real como la misteriosa presencia ya estallada en
formas y devenir.
V.
El
borde necesita de lo circundado; y lo circundado es fuerza-vida,
vida-fuente, devenir-germen, como misterioso sitio del estallido
primario de las formas. Lo real no se repliega como fundamento
último, sino como potencialidad generadora, descentrada desde un
centro des-centrado, de nuevas e inacabables formas Esta
misteriosa centralidad, esta noche profunda, llama o convoca al
artista.
Pero
la obra sólo podrá alzarse en el borde del centro fugitivo.
Habrá, sí, transfusiones de fuerza creadora desde la
vida-fuente, que irrumpen en el tiempo, y convierten al arte en la
acción de las inagotables y nuevas combinaciones. Pero la obra no
traspasará plenamente el borde y su penumbra.
La
cercanía que bordea al centro sin centro no entrega su secreto.
La
integración nunca realizada del borde y la fuente construye el
límite en todas las artes y saberes.
El
arte puede alzarse en los bordes. En la proximidad del secreto de
la vida-fuente nacen potencias creadoras que, por la mediación
humana, no sólo re-crean y re-combinan el acto artístico sino
también la propia historia. Pero ni el arte ni el intelecto nunca
nadarán con plena seguridad en el centro sin centro del devenir
como re-novación creadora. Como potencia creadora infinita (con
sus consiguientes afinidades con la novedad creadora inagotable de
Bergson, o del plano de la inmanencia infinita de Deleuze).
Un
borde nos acerca y separa del enigma de la vida-fuente. La única
forma de traspasar el borde sería la desmaterialización
definitiva. Desmaterialización no como expulsión de lo material,
sino como acceso a una materia tan sutil que ya no pertenecería a
los materiales que la mano puede tallar o el ojo apreciar. Pero
esto sería también posible regresión al espacio sutil, a la
"noche genésica", que mencionamos en el comienzo de este ensayo
(18).
Hemos
intentado aquí pensar sólo un caso específico de alzamiento en
el borde-cercanía. La centralidad descentrada de la vida-fuente
es de una antigüedad prepotente, pre-humana; por eso, muchas
veces, la cercanía que el artista busca respecto a la
vida-fuente, a la noche primaria, es obligada regresión
primitivista. Pero que no pierde por eso su posible condición de
progresista o vanguardista. Posibilidad donde resuena la sentencia
de Verdi que merecería ser meditada más allá de supuestas
antinomias irreconciliables (como lo antiguo y moderno):
"Volvamos a lo antiguo y será un progreso".
La
obra, en este punto, en su acercarse a la vida-fuente, roza
necesariamente niveles ajenos a la lógica intelectual o la
coherencia gramatical, o a un arte de la representación
naturalista (o una disolución que se empantane en un arte
atrapado en las diferencias irreductibles de gustos subjetivos
personales que desprecian toda intuición de una realidad no
limitada a su propia subjetividad). Desde el borde se intuye o
percibe una realidad o afuera que desborda lo subjetivo y sus
círculos inacabables de palabras y contra-interpretaciones. En
su alzarse en el borde, el arte como literatura, por ejemplo,
desciende y explora, por la glosolalia, vetas de descomposición
gramatical del lenguaje, que regresa al cuerpo, al contacto con un
algo real preverbal; Nietzsche, en el desplazamiento al borde,
desciende a lo más primario del cuerpo, al instante, al goce de
lo sensorial; Steve Reich, músico de la vanguardia minimalista,
experimenta desde el alzamiento en el borde para disolver
armonías, melodías, todo lenguaje diseñado sobre la nota
musical, para rescatar la pureza más elemental del sonido,
que se disuelve en un afuera donde el sujeto ya no compone ningún
lenguaje musical en un sentido estricto. Y el místico quizá sea
el caso humano excepcional dotado de una especial predisposición
a quebrar el borde y explorar el afuera, lo propiamente abierto,
como noche genésica, como impensable corazón errante de la
vida-fuente. Pero luego de su experiencia fugaz de salida más
allá del borde, el místico regresa. Para alzarse también en el
borde; aunque con una especial memoria de lo vivido fuera del
borde mismo.
Y
Moore, Brancusi, Giacometti, consuman su alzarse en el borde
mediante distintas imágenes o procesos simbólicos de cercanía a
la movediza y a-centrada vida-fuente.
En el borde se recibe sólo parte del secreto de lo real como
misteriosa presencia ya estallada en el devenir de las cosas. Y
aunque el artista abrigue un ideal de expresión total de su
intuición de ese secreto, no abandonará el desierto donde nunca
termina por des-cubrirse el dibujo más sutil de sus dunas
ondulantes.
El
secreto de la vida-fuente siempre está a punto de acontecer como
un desnudarse, como un estallar; pero, como Borges lo piensa
respecto al hecho estético, ese estallar nunca acontece.
El
alzamiento artístico en el borde es cercanía al devenir-germen,
a las potencias creadoras de la novedad, como música sin
detención. Pero también es postergación inacabable, por la
imposible expresión del secreto de ese devenir creador. Expresar
sería, en realidad, la imposible detención del devenir creador.
Por eso, en lugar de la detención imposible es la combinación
sin fin de las formas que el arte potencia. Pero sin nunca quebrar
o expresar el secreto de lo más elemental: lo real como presencia
ya estallada de la vida que ya estaba ahí, en devenir, antes de
la llegada del artista que camina con la sed de liberar una
belleza, o de patentizar la infiltración del horror en la
historia.
El
arte como desplazamiento, combinación sin fin en el borde. Y esto
es lo que quizá evidencia la confesión giacomettiana: "Por
espacio de veinte años, he tenido la impresión de que la semana
que viene sería capaz de hacer lo que quería". "Lo que
quería" aquí es un querer particular: un deseo de artista. Una de
las formas quizá más rotundas de ese deseo artístico, olvidado
con desmesura en nuestro tiempo, es al menos el rozar la belleza o
el horror que mencionamos antes. Pero ese día nunca llega para el
escultor, ni para ningún artista (o sólo lo hace como brevedad
relampagueante, como también, como ya observamos, puede ocurrirle
al místico).
Y
este no llegar es acaso una de las más dolorosas imposibilidades
de lo humano. La imposibilidad de abandonar plenamente el borde. Y
habitar no sólo en la vida que deviene, sino también en su
secreto. (*)
(*) Fuente: Esteban
Ierardo, "El alzamiento en el borde. Una aproximación
filosófica a la trilogía Moore- Brancusi-Giacometti",
editado aquí de forma original.
|

Una de las
estatuillas de la serie de las Mujeres venecianas (1956)
de Giacometti, donde se evidencia el típico
adelgazamiento de la figura, junto a su rugosidad renuente
a toda lisura plástica en su modelado. |
Citas:
(1) Esteban Ierardo, "El inacabable
brillo en la nieve", en El agua y el trueno. Ensayos sobre
arte, naturaleza y filosofía, Buenos Aires, editorial Prometeo,
2007. Aquí sólo diremos que el espacio
axial es posible lugar de génesis primaria de las formas anterior a
todo espacio-figura. Es lugar misterioso y generador, asociable con
diversos procesos ontológicos y figuras simbólicas: la fertilidad
de una nada oscura, abismal, creadora, metafóricamente una
"noche genésica" (como en las tradiciones
místico-orientales u occidentales apofánticas); una oscuridad
telúrica, un sutil vacío o vientre material como punto de
gestación incesante (proceso vinculable con el simbolismo de la
diosa arcaica, como materialidad de una fertilidad previa a toda
explicación racional de la vida ya estallada, generada,
desplegada); el mundo amorfo dionisíaco-mietzscheano; o el campo
genésico que Paul Klee sitúa como núcleo abismal de la naturaleza
desde el que emergen incesantemente nuevas formas. Esta región
fuente es impenetrable en su secreto último, pero puede ser pensada
desde su condición de espacio sutil, no confundible con ninguna
forma (con la forma conceptual de un "espacio infinito"
por ejemplo) y que contiene la aparición y renovación de toda
forma particular que luego estalla en el tiempo como devenir,
sucesión y posibilidad musical de nuevas recombinaciones.
(2) La fertilidad del concepto de alzamiento en
el borde es potencialmente poderosa en tanto es posible aplicarla
a diversos planos o tramas de la cultura, como interpretación
humana de lo real ya estallado en su devenir. Más allá de las
diversas teorías posible sobre lo lingüístico, el lenguaje
mismo sería un ejemplo general de ineludible alzamiento en el
borde. El concepto condena a la aproximación metafórica de lo
que late y vive en el exterior de la conciencia del sujeto.
Condena de lo lingüístico a ser siempre concepto-borde del
objeto que deviene, cambia y, por tanto, nunca puede ser
inmovilizado, desde la palabra. La cosa centellea sobre las
aguas del tiempo, y el concepto se alza en el borde de ese
fulgurar. El alzamiento de borde sería así también saber del no
saber de toda expresión lingüística que pretenda traspasar y
retener una verdad clausurada o definitiva. De ahí su afinidad con toda estrategia de quiebre de
lo real encerrado dentro de los límites del lenguaje, como un salir
fuera del imperialismo del sujeto-soberano-hegeliano-moderno.
(3) Jorge Glusberg, "Henry Moore, Artista
de la Redención Humana", en Henry Moore hacia el
futuro,
edición del Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, 1997,
p.20.
(4) En su periodo surrealista, en la década
del 30', Moore es atraído por los objets trouvés ( los objetos
encontrados desde lo inesperado y el azar). De ahí la
incorporación a su escultórica en estos años de materiales como
huesos, ramas, o guijarros. Las sietes esculturas de esta época
son: Composición (1931), Talla (1934), Forma cuadrada (1934),
Dos
formas (1936), Figurada encordada (1938), Tres puntas y
Figura interior (1939-40).
(5) Julio Cortázar, Rayuela, Buenos Aires,
Sudamericana, p.376.
(6) Ver T. Adorno, Dialéctica negativa,
Madrid, Taurus.
(7) Anita Feldman Bennet, "Henry Moore:
Hacia una Escultura Sublime", en Henry Moore hacia el futuro,
op.cit., pp.216-27.
(8) Ibid, pp.28-29.
(9) Marío de Micheli, Brancusi, en Colección
Los grandes escultores, 1980, p.5.
(10) En Husserl, la epojé (vinculada con el
proceso de la reducción eidética), suspende toda creencia, desde
la llamada "actitud natural", en lo fáctico de un hecho
para llegar a la esencia, un trasfondo invariable que ya no puede
ser reducido. Que es la conciencia como estado puro. Ver E.
Husserl, Ideas para una fenomenología pura y una filosofía
fenomenológica, trad. José Gaos, México, Fondo de cultura
económica.
(11) Abel Gance, "Ha llegado el tiempo de
la imagen!", en Joaquín Romaguerr, Ramos Homero Alsina
Thevenet (eds.), Textos y manifiestos del cine, ed. Cátedra,
Signo e imagen, p.
(12) Giovanni Segantini (1858-1899), cuya
infancia transcurrió en un reformatorio de Milán, cultivó la
pintura naturalista; y, en sus principales obras, integró la
técnica divisionista en la que se advierte tendencias
simbolistas. Entre las montañas, buscó la meditación, la
soledad y una pintura como ejercicio espiritual superior.
(13) Marío Negri, Alberto Giacometti, en
Colección Los grandes escultores, Buenos Aires, Viscontea, 1980,
p. .
(14) Ibid., p. 4.
(15) Ibid., p. 5.
(16) Jean Genet, El objeto invisible, Escritos
sobre arte, literatura y teatro, España, ed. Thassalia, 1997,
p.44.
(17) J. P. Sartre, Literatura y arte,
Situations IV, Buenos Aires, Losada, p.268.
(18) Este espacio axial, sutil, primario,
además de sus ejemplos posibles señalados en cita 1, posee innegables afinidades con lo real como vacío en la tradición zen.
Sí en lo más secreto lo real es vacío o espacio sutil sin
forma, o receptáculo de toda irrupción posible de formas
inagotables, en el tiempo, curiosamente, una escultura de
Giacometti, de su breve período surrealista, expresa esa
intuición. La figura humana extiende sus brazos, y sus manos, que
rodean un vacío. La posible vacuidad, del centro sin centro,
siempre esquivo a la razón desde donde estalla, como enigma, la
realidad en su presencia).
(19) Citado en Alfredo Aracil, Delfín
Rodríguez, El siglo XX. Entre la muerte del Arte y el Arte
Moderno, Madrid, ed. Fundamentos, p.392.