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| Explorando las
fuentes del río Orinoco (1959)
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La imagen nunca agota sus rostros. A veces, un paradigma visual parece
cerrado por ciertas imágenes icónicas, como las del surrealismo de
algunas pinturas de Dalí, Magritte, o Miró. Pero un costado de lo
surreal puede sorprender aún por la renovación de la imaginación
surrealista en las ilustraciones del polaco Jacek Yerka por ejemplo; o
en el simbolismo místico de Remedios Varo. La obra de Remedios Varo
recrea el arte surrealista desde cumbres de alta inspiración poética.
Todavía hoy sorprende su escasa valoración o difusión en comparación
con los referentes del surrealismo canonizado.
Remedios Varo se encuentra con su arte luego de un largo camino de
distintas labores. Nace en Anglés, España, Gerona (1908), y vive la
desvaloración de la mujer y su marginación de la formación
artística. Pero la estrechez de su tiempo se compensa con la amplitud
libre pensadora de su padre, que no teme contradecir la corriente; y
luego de descubrir las cualidades artísticas en su hija, la alienta
para ingresar a la afamada Academia de San Fernando, de Madrid. Conoce
el matrimonio con un compañero de estudios; pasa por París y recala en
Barcelona, donde busca la supervivencia como dibujante publicitaria.
Luego de su separación y por mediación del pintor Esteban Francés
ingresa en el círculo surrealista gobernado por la imagen totémica de
André Breton. Se vincula con el grupo logicofobista, "opuestos a
la lógica" (1).
Las
venas de España estallan durante la Guerra Civil. Varo rechaza el
fascismo franquista. Adhiere sin dudas a la causa liberal republicana.
También decide no regresar a España. El enamoramiento la sorprende, y
se une a Benjamín Péret. La invasión de las botas alemanas en París
la expulsa de Europa. Emigra entonces a México. Los exiliados son
protegidos. Se les concede plena libertad laboral. Así Varo encuentra
otra escala laboral en sus lápices: es contratada como ilustradora
entomológica por el Instituto francés de América Latina para una
expedición científica. Al mismo tiempo trabaja para Bayer mediante
carteles publicitarios. Pero las mieles de un nuevo matrimonio le
brindarán los recursos necesarios para entregarse plenamente a su arte.
El político austriaco Walter Gruen valora su don artístico y la ampara
para que despliegue su creatividad.
En
1955 realiza en la Ciudad de México su primera exposición pública.
Conoce circunstancialmente a Frida Kahlo y Diego Ribera; pero con la que
establece una amistad esencial, de "destino", es con Leonora
Carrington, la gran pintora surrealista inglesa que se radica en el
país azteca. El lazo es especial. Porque promueve una nutrición
recíproca entre dos personalidades acariciadas por un sueño creativo
afín.
II
Cuanto
más poderosa una creación más singular. La singularidad se abre en un
follaje de varias especies. Parte de lo singular en Varo es la
simbiosis de la ciencia moderna con atmósferas oníricas, místicas,
pobladas por simbolismos de resonancias o alcances indefinidos. El
imaginario visual de Varo recibe las incitaciones de Giotto, Lorenzetti,
de los miniaturas e iluminadores medievales como los hermanos Limbourg.
Le llegan también los vientos procedentes de Fra Angelico, el Bosco,
Pieter Brueghel, El Greco (2) y Goya; y, claro, las caricias de las manos
surrealistas que pintan los colores más cercanos a la artista.
Varo
estima el proceso creativo antes que la obra en sí misma. En este
proceso, la ciencia pierde su hostilidad con lo religioso; ciencia y
religión se enzarzan entonces en un ritmo común. La relatividad o la gravitación
universal se compenetran con susurros que emergen desde el Corpus
Hermeticum, el inconciente colectivo junguiano, el vacío como
presencia que es ausencia inasible en el budismo zen o el taoísmo. Las
diversas variantes combinatorias de las artes arcanas o
místico-trascendentes rebullen en la iconografía de la pintora: la
alquimia y la magia, la qabbalah, la astrología, lo gnóstico y
neoplatónico. Técnicas distintas también se entrecruzan:
decalcomanía, fumage, frottage (3).
Técnicas
y manantiales simbólicos sostienen, como raíz sólida y ramificada,
los mundos fantásticos, que la artista descubre….
III
En
la imaginación ancestral, lo femenino teje. Teje las redes que unen los
múltiples ojales de la materia. Tejidos para enlazar y unir los
fenómenos distintos. Por eso, las Diosas tejedoras, que unen lo diverso,
garantizan la unidad del mundo. La materia múltiple nace del vientre
único de una misteriosa Madre Noche, Madre Vacío, en el comienzo; en el
inicio
de lo sin tiempo en el tiempo.
Y
lo femenino teje en Tejiendo el manto terrestre (1961). En lo alto de una
torre, un grupo
de mujeres enlaza hilos. Su único tejido se
descuelga desde las ventanas; entonces, se desenrollan castillos y
montañas. Todo se hilvana en el manto terrestre que se estira y pliega en
las cuatro direcciones del espacio. El mundo visible nace así como
textura femenina. Como la secreta labor de mujeres tejedoras que insinúan
que ninguna forma palpita fuera del tejido-texto universal. Y la
propia presencia de la mujer nace de otra mujer tejedora en La tejedora
de Verona (1956).
Pero
las mujeres hilvanan en la proximidad de un misterioso personaje, que lee
y parece remover un caldero, acaso un equivalente del recipiente alquímico,
actividad abierta a la busca de la compresión de la composición íntima
de la materia como don espiritual. Y el tejer y remover acontecen en una
torre, simbólico axis mundi, centro difusor de la vida. En el
centro de la gran radiación se emplaza también la Jerusalén celestial.
Su forma es la de una ciudad de círculos acanalados que se entrecruzan en
espiral, y en los que flotan pequeños navíos. El centro es lugar de
nacimiento primordial. Pero también es región incognoscible para el
limitado saber humano, para su precaria intelección de la verdad. Si algo
del centro-enigma puede permanecer dentro del aliento humano sólo
es para volver rápido hacia el exterior. Salida y entrada, típico
movimiento ambivalente espiralado de lo interior que luego sale a lo
exterior de una luz diurna reacia a los ocultamientos.
Y
los pinceles de la pintora bailan en otros círculos que no se mutan en un
patrón espiralado sino en figuras elípticas…
En
noches de matemáticas y sueños, Kepler arriba a la certeza de que los
planetas no se mueven en círculos perfectos; sus extremos se estiran en
elípticas. Deformación que violenta la cosmovisión aristotélica
medieval de la eternidad expresada en las circulares órbitas perfectas de
los cuerpos celestes.
Y
en otra estribación, en la tradición artística de las naturalezas
muertas, frutas o vegetales, junto con recipientes o manteles son
representados en la quietud, en una pesada fijación a la tierra. No
estamos ya ante la vida salvaje y natural, sino ante una naturaleza quieta,
bajo la presión atmosférica, y en vías de posterior disecación; un
deterioro inexorable que, en imágenes sucesivas, es presentada por Peter
Greenaway en Zoo. La naturaleza muerta sólo quizá es
admisible como convención del lenguaje que no piensa su posible
contradicción interna. Es cierto que el fruto desprendido del árbol, la
raíz y el agua, marchan hacia la putrefacción fatal. Pero no es fruto
carcomido por la voracidad bacteriana lo que pinta el pintor en las
naturalezas muertas como género en sí mismo, o como un momento del
aprendizaje de la destreza pictórica. Uvas, naranjas o manzanas, aún
reverberan con brillos plenos. Basta recordar las naturalezas muertas de
los pintores flamencos.
La
imaginación alquimista de Varo corrige un implícito error conceptual, y
un paralelo empobrecimiento de la percepción que ve lo muerto allí donde
continúa lo vivo, en otro estado. Por eso, en Naturaleza muerta
resucitada (1963), ciencia, astronomía, y una tradición pictórica
académica se amalgaman en un acto de renacimiento. Una vela es el centro,
el fulgor solar, el cuerpo de la atracción gravitatoria. En su derredor
no flotan planetas, en trayectorias elípticas, sino las frutas que antes
eran entidades inmóviles en las tradicionales naturalezas muertas; abajo
también se desplazan platos y el mantel. Los frutos de la vegetación
renacen. Ya no son lo quieto y estático. Ahora vuelan, se mueven en una
circulación de calor y luz, que entrega y asegura vida.
Los
frutos saltan a otro tiempo. La temporalidad siempre protege el secreto de
su origen. Acercarse a parte de su sentido es parte de una visión más
que de una lógica meditación filosófica. Y la artista ve parte
de la vibración escondida del tiempo en El relojero (1955)... En un recinto
rodeado acaso de noche o de vacío, se erigen angostos relojes pendulares,
en cuyo interior se repiten escenas de personas contemplando pequeñas
ventanas iluminadas por luz diurna. El techo de tela parece recibir el
peso de una altura que pulsa por entrar en el recinto. En los discos de
los relojes se deslizan las agujas. Discos sólidos, visibles; el ideal
soporte para la cuantificación del tiempo cotidiano. El tiempo del insumo
humano. Pero el relojero, al construir sus relojes, es algo más que un
artesano o un mero mecánico. Es conciencia que vive la naturaleza
escurridiza del tiempo. Desdoblamiento del tiempo medido hacia el tiempo
como esencia, representado por un paso del disco de las medidas hacia otro
disco: un disco de aspecto traslúcido y flotante, que se apresta a traspasar
una ventana, y a salir a la negrura exterior. O que acaso viene de allí. En
el misterio de su procedencia y de su naturaleza el disco temporal revive
lo espectral del tiempo incomprensible.
El
tiempo puede nutrir y guiar la actualización de las potencialidades. O
corroer lentamente, matar con rasguños invisibles. El tiempo que mata
expulsa al hombre del paraíso; lo destierra de lo abundante y feliz de
una vida atemporal. Pero, para Remedios Varo, el paraíso nunca es
posibilidad humana. Es reino para el animal que, en su inconciencia (que
acaso es una forma superior de conocimiento), vive en el puro presente,
donde no se teme el mañana de la muerte. Y los habitantes de ese paraíso
animal son los felinos en El paraíso de los Gatos (1955).
La
fuerte identificación con lo animal devuelve al hombre a algo más
primario. En La Creación de las aves (1957), el lugar de la creación
misteriosa e inicial de la vida no late en una fuerza impersonal, o en un
dios personal humanizado. Ahora, dentro de uno de los típicos cuartos de
Varo, con ventanas abiertas a una posible oscuridad infinita, hacia el
cielo o el cosmos abierto, un ave de rasgos humanizados se concentra en un
acto de gran gestación. Mediante una lupa triangular recoge y amplifica
un rayo que procede del cielo misterioso y se proyecta sobre un pájaro en
formación, cuya creación es acompañada también por un acto de dibujo; y
de pintura, a través de una paleta con colores que recibe otro influjo
celeste que pasa por dos recipientes, uno sobre el otro (como tubos de
ensayos o calderos), que se repiten en varias obras de Varo. La creación
de las aves es síntesis de las fuerzas celestes universales y de un acto
de creación artística. La humanización del creador de los pájaros acaso
no es más que la extensión del recurso de las religiones, en su fase
más popular, de asociar la creación con la voluntad de un gran padre. El
padre humano convertido en gran padre divino; el hombre-pájaro
convertido, paralelamente, en gran padre de las aves. Pero siempre, tras
la máscara de la personalización, perdura el misterio en fuga de la
creación no humana del hombre y de las aves.
Hombre
y animal se integran en la obra recién evocada. Y lo mismo ocurre con Gato
Hombre (1943). El felino y el humano se desdoblan, desde una velada
matriz común. Metamorfosis y con-fusión que se repite en Descubrimiento
de un Geólogo Mutante (1961). El geólogo-científico escudriña un
paisaje mineral, jaspeado de antigüedad. La pobreza de sus ojos naturales
se compensa en parte por un largavista. Al tiempo que el sujeto observa su
espalda se transforma, adquiere el aspecto de las alas de un insecto.
Nuevamente, la integración entre la respiración humana y la no humanidad
del paisaje arcaico.
Las
integraciones revelan un mundo de correspondencias y compenetraciones. El
universo donde el sujeto es hebra dentro de un gran tejido universal y no
una red separada. El hombre dentro de lo universal, la piel en las
danzas de los fuegos estelares. La vieja astrología es conciencia de esa
compenetración entre lo humano y la vida estelar, y sus posibles
influencias sobre la Tierra. El astrólogo en su pureza arquetípica,
ajena a sus deformaciones modernas (4), es conciencia activa de la unidad
hombre-tierra y astro-cielo. En el desacralizado mundo contemporáneo esa
misma función puede brotar de un arte simbólico...
En
Cazadora de astros (1956) una mujer con una red, y enfundada en
pieles encrespadas y abundantes, sostiene una jaula con una media luna. Ha
capturado al astro plateado y menguante. Pero el sentido de este acto de
cacería estelar quizá trasciende una captura mágica… En Papilla
estelar (1958), Varo se autorrepresenta dentro de una estrecha torre,
cuya abertura en la parte frontal permite observar su interior. La torre
se convierte así en escenario, en parte de una visibilidad teatral. Donde
el tema-símbolo de la obra se muestra en toda su potencia sugestiva. La
mujer autorrepresentada, la artista-actriz, manipula un exprimidor.
Mediante un tubo, la materia exprimida le es proporcionada por la
sustancia de nubes, cielo, estrellas. El resultado del exprimido es la papilla
estelar, alimento alquímico y mágico, y a la vez estético, con el
que, mediante una cucharilla, la artista alimenta a una media luna
encerrada en una jaula. La luna menguante dentro de una jaula, igual que
en la pintura antes evocada. Situación que se reitera y que acaso es
remisión a la alimentación por el arte, o por la apertura a lo universal
celeste, de la parte lunar, cósmica y prerracional que permanece en
nosotros reprimida y debilitada; o quizá es la celebración que lo humano
puede hacer a la presencia ya dada y extraña del cielo y sus fuerzas
secretas.
Es
el crear en resonancia con la totalidad integrada del cielo y la
tierra. Creación artística diferente a la del arte no figurativo,
abstracto, autosuficiente. En esta otra posibilidad creadora, la pintura
(como en el caso de Varo) no renuncia a la figuración. Para así
potenciar una comunicación simbólica desde las figuras donde el mundo
vibra como fuerza poética. Por eso, la poesía del rapsoda más eficaz
procede de escuchar y expresar las vibraciones del mundo empírico, pero
que no se agota en lo visible. El rapsoda (1957) acaso desnuda esta
idea…
Un
poeta, con atuendos medievales, respira en lo profundo del bosque. Lo
rodean una vegetación profusa, pájaros, patos, una mujer desnuda que
toca una flauta dentro de un árbol (un espíritu de la naturaleza)... Y
navega el poeta sobre un arroyo, erguido sobre una sirena metamorfoseada
en una embarcación. Su cabellera suelta son los hilos extendidos de un
arpa-cuerda. Con un arco de violín, el rapsoda se prepara para hacer
sonar las cuerdas-cabellos de la sirena-mujer, prolongación visible de la
naturaleza y su poder enigmático. La poesía como arte de hacer resonar
lo que ya resuena en la complejidad del mundo natural. Lo poético que
crea
desde las vibraciones de la materia fluida.
La
naturaleza se reencanta en Remedios Varo. Es nuevamente epifanía
de lo numinoso. Es lo sagrado desplegado a través de los elementos. A
diferencia de una mística de la pura interioridad (como en la tradición
agustiniana o protestante), en Remedios el encuentro con la verdad,
siempre parcial e incompleta, acontece en lo material como escritura
arcana.
Y
el bosque es sitio ancestral de refugio de lo secreto. Un viajero
errante y solitario entre los árboles es buscador de un lenguaje perdido.
Y el claro en la floresta es altar de hierba y musgo donde puede estallar
la gran sorpresa. Una luz solar, que es más que lo visible, traspasa las
copas e ilumina el claro ante la mirada fascinada del caminante. Así
acontece en Música solar (1955). La luz plena y concentrada en un
rayo, disco o punto, es símbolo tradicional de la verdad divina, del ser
absoluto. Pero quizá la verdad se oculta en la luz, en lugar de
desnudarse en la exaltación luminosa. Desde esta sospecha (o certeza), no
hay revelación de lo verdadero, sólo aproximaciones parciales. Pero una
mejor cercanía a algo verdadero se fortalece en la sinergia de las
facultades humanas, en la síntesis por ejemplo de la luz (el ojo) y el
sonido (el oído) unidos en una música solar. Cuyo círculo radiante en
el bosque es señal de la no revelación. La no revelación imposible de la verdad o
no-verdad que una sensibilidad místico-poética intuye como un
poder máximo.
La
intuición de la fuente (la fuente equivalente a la verdad sin
revelación) también se hace imagen simbólica en la figura del origen de
las aguas, de los ríos, cascadas y mares. El Orinoco es uno de los más
potentes ríos que los españoles descubren en su aventura de conquista (5). El Orinoco atraviesa la selva venezolana, región de exuberante creación de la tierra, el sol y la lluvia.
Y
en un estilizado bote, un viajero llega al comienzo del río... El río es
prolongación a su vez de la humedad fertilizante. Remontar sus aguas es
retorno o acecho de la fuente. Es la proximidad desde la que se explora el
comienzo en Exploración de las fuentes del río Orinoco (1959). El
explorador navega en un bote estilizado, un bote-asiento, ajustado a las
proporciones de su cuerpo. Al llegar al inicio, descubre en una cavidad
despejada de un árbol, un cáliz cristalino que derrama el agua con los
primeros gérmenes.
La
exploración de las fuentes…acaso la metáfora sintética de uno de los
destinos más altos de la imaginación. El juego de las figuras
simbólicas que traspasan climas de magia, misterio y poesía. Hasta
acercarse a las fuentes. A las varias fuentes de la fuerza que, tal vez,
mueve al creador de las aves y a las tejedoras del mundo. (*)
(*)
Fuente: Esteban
Ierardo, "Cerca de las fuentes. Una evocación de la pintura de
Remedios Varo", editado aquí de manera original.

Cazadora
de astros (1956)
Citas:
(1)
Remedios Varo fue una de las artistas participantes de la Exposición logicofobista.
Esta exposición fue organizada por el
galerista Dalmau en los sótanos de la librería Catalónia, en 1936. Los
surrealistas del grupo logicofobistas crearon de forma independiente, sin
someterse a la dirección de París.
(2)
De hecho, la figura humana en Varo suele ser representada mediante
cuerpos alargados, estilizados, en semejanza a las figuras espigadas del
manierismo del Greco.
(3)
La decalcomanía es una de las técnicas pictóricas fundamentales del
surrealismo, creada por Óscar Domínguez. Esta técnica consiste en
aplicar gouache negro sobre un papel. Luego se sitúa encima de otra
hoja, se las presiona levemente y, antes de que se sequen, se despegan.
La decalcomanía está emparentada con la calcomanía. La técnica
del frottage, cuyo gran representante es Max Ernst, acude a un lápiz
y un papel
apoyado en una superficie irregular para luego frotar y obtener imágenes
inesperadas. El fumage, por su parte, es
un procedimiento de ahumado
creado en 1938 por Wolfgang Paalen. Mediante el auxilio de una llama se producen trazos de tizne sobre
un papel. Frottage y fumage alimentan la creación automática,
típica de la liberación de la imaginación y lo inconciente en el
surrealismo.
(4)
Nos referimos, claro, a la grosera mercantilización de la astrología
contemporánea reducida a pseudo psicología de los caracteres según
signos o casas natales y a una engañadora predicción de posibilidades
individuales o colectivas. En esta patética y fraudulenta degradación,
el principio central quizá de lo astrológico, la conciencia de la
pertenencia de la vida humana a la danza compleja y misteriosa del cielo
se pierde completamente.
(5) En 1498
Cristóbal Colón avista por primera vez la desembocadura del río. Al
año siguiente los hermanos Pinzón exploran su Delta, donde sus aguas
se mezclan con el océano. Juan de la Cosa llama al río "mar
dulce". El descubrimiento y exploración "oficial" del
río se produce entre 1531 y 1532, cuando Diego de Ordaz (que
perteneció a las fuerzas de Hernán Cortés) lo remonta hasta la
desembocadura del Meta y los raudales de Atures.
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| La
creación de las aves (1957) |