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LA
PERCEPCIÓN ARTÍSTA DEL OBJETO EN LÉGER, BECKMANN Y DE CHIRICO
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Un
canto de amor (1914), obra de Giorgio de Chirico, arquetípico
ejemplo de la la convergencia de objetos heterogéneos en un
espacio común, imagen-apertura hacia el surrealismo y
exaltación, desde lo visible, del poder de los objetos. |
Pequeña
presentación
Lo
real y el poder de las cosas. La percepción artística en Léger,
Beckmann y de Chirico, porpor
Esteban Ierardo
Galería
Bibliografía
específica
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Pequeña
presentación
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Una de las más fecundas aristas de la sensibilidad
artística de las vanguardias fue la percepción
de la irradiación propia del objeto. Ya no se
trataba de captar al objeto y representarlo en
su aspecto inmediato, sino aprehender su
raro resplandor. Esta actitud frente a la cosa
puede ser vinculado con numerosos artistas, desde
diversos ángulos. En este caso hemos elegido una
constelación específica de artistas en su relación
con la plasmación plástica del valor propio de
las cosas: Henri Rousseau, Fernand Léger, Mac
Beckmann, y Giorgio de Chirico. Este nuevo momento
de las Galerías de arte en Temakel articula dos
niveles específicos: la galería que encontrarán
al final y el texto personal sobre la temática.
El texto en cuestión lo redacté para su presentación
en las Jornadas de Arte y Filosofía desarrolladas
en la ciudad argentina de Santa Fe en el pasado
mes de mayo del 2005. Durante la conferencia,
la percepción estética de las cosas es vinculada
con una posible visión filosófica de esta experiencia.
Esteban
Ierardo
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LO
REAL Y EL PODER DE LAS COSAS. LA PERCEPCIÓN ARTÍSTICA DEL
OBJETO EN LÉGER, BECKMANN Y DE CHIRICO
Por Esteban Ierardo
En la selva
nada carece de oídos. El animal, lo vegetal, lo telúrico
escuchan la flauta de la mujer extraña. De su cuello se
descuelga una serpiente. Y en el cielo brilla la luna. Unas
flores de largas hojas amarillas bailan en un primer plano.
De la tierra y de un árbol surgen otras serpientes. La mujer
se envuelve en una oscuridad que parece brotar de una cueva.
Desde su rostro, con la profundidad de la noche, emerge
el brillo de una mirada enigmática. Sus ojos sibilinos atraviesan
al espectador. El cuadro del aduanero Rousseau La encantadora
de serpientes (1907) (ver galería abajo) revela.
No oculta. Revelar es disolver un anterior velo ocultador.
Lo que se revela aquí es el poder de las cosas en estado
salvaje. La mujer hechicera genera la música que encanta
a las serpientes. Las melodías hipnóticas de su flauta atraen
hacia sí lo primario y abisal. La cosa que se muestra bajo
el influjo encantador de la mujer-serpiente, de la mujer-pintura,
dimana una belleza extraña. La extrañeza de lo real aún
no sometido y ordenado por lo civilizado. Aquí todavía no
hay mercaderías o artefactos.
La aventura pictórica
de Rousseau en la selva es regreso al brillo propio de las
cosas naturales (1). La recuperación de la cosa natural
en su espesor y extrañeza es un antecedente de la recuperación
por cierto nivel de las vanguardias artísticas del siglo
XX de lo real como un tejido de objetos. El objeto late
allí siempre con su silenciosa irradiación de sugestión
y misterio. Es una presencia real extraña. Es lo extraño
objetivo que desborda una secreta vida propia que trasciende
la mirada del sujeto. El objeto o la cosa que se recupera
no es lo ya conocido, lo que siempre entrega una apariencia
repetida, sino el objeto dotado con el poder de infundir
y renovar sensaciones que inspiran al artista una expresión
creadora. En esta exposición recrearemos la travesía hacia
la realidad como rara música de los objetos. Consumaremos
este propósito mediante la aventura creadora de algunos
grandes exponentes de las vanguardias como Léger, Beckmann
y de Chirico. Nos interesa el efecto creador de esta experiencia,
y la idea de realidad que acompaña a esta práctica creativa.
La modernidad
no tolera la alteridad o independencia del objeto como tal.
La montaña, el cielo o el río sólo son en tanto ordenados
o explicados por el sujeto. En la visión heideggeriana de
la historia de la metafísica, el sujeto es primero el subjectum,
el hypokeimenon, la idea o sustancia que subyace
al tumulto cambiante de las propiedades de las cosas. En
la modernidad, desde Descartes, el sujeto es equivalente
al yo; un ego trascendental o absoluto en la versión kantiana
y hegeliana respectivamente. El rumor extraño y misterioso
de las cosas se silencia bajo las representaciones mentales
del sujeto. Heidegger, en su célebre conferencia sobre la
cosa, habla de la lejanía de las cosas no percibidas en
su estar ahí. El autor de Ser y tiempo nos advierte
sobre la época moderna como aquella donde las cosas se ocultan
en su esencia propia en la máxima lejanía. Las comunicaciones
tecnológicas contemporáneas provocan la ilusión de que todo
es cercano. Los massmedia parecen acercar con rapidez
fulminante hechos, situaciones, personas, cosas. Pero la
cosa permanece replegada, lejana. Lo que hace que la cosa
sea cosa no es percibido. De ahí que Heidegger se proponga
pensar, desde un pensamiento rememorativo (andenken),
la cosidad de la cosa (das ding). Por ejemplo, una
jarra. Por la vida de la meditación reflexiva devendrá lugar
de reunión de la cuaternidad de los dioses y los mortales,
el cielo y la tierra (2). En nuestra época la cosa persiste
en su lejanía. No puede ser percibida porque el sujeto de
la modernidad oblitera su libre manifestación. El sujeto
hace violencia sobre la cosa, la reduce a objeto útil, a
aquello que sólo es dentro de la imagen o representación
mental del sujeto, tal como Heidegger piensa en La época
de la imagen del mundo (3).
Las filosofías
que increpan al sujeto soberano que únicamente vive en su
imagen mental de lo real, se esfuerzan en trascender el
autoencierro de la subjetividad. Foucault piensa en el afuera,
en El pensamiento del afuera (4); como ya hemos recordado,
Heidegger medita en el sentido perdido de la cosa, como
lugar de reunión de la cuaternidad (5); Bataille piensa
en las experiencias de transgresión (6); Castoriadis desciende
al magma (7); Levinas explora algunas formas de la alteridad
o la otredad (8); Steiner postula la presencia real
(9).
En la experimentación
de las vanguardias, lo abstracto, o cuasi-abstracto, es
una forma de salida del mundo de lo ordenado y conocido
por el sujeto. En esta actitud de la abstracción como acción
liberadora o separadora de lo conocido, recordaremos a Franz
Marc.
En 1911, en Munich,
Franz Marc crea con Kandinsky el segundo gran movimiento
del expresionismo pictórico: El jinete azul. Kandinsky,
el autor de Lo espiritual en la obra de arte, explora
los caminos de la abstracción emotiva o lírica, primero;
geométrica, después. La separación del objeto es el camino
hacia la expresión de una esencia lejana que, como núcleo
metafísico, palpita en la densidad de lo material. Su amigo
Marc prefiere preservar la comunicación con la exterioridad,
con los volúmenes abiertos de las formas naturales, de las
rocas, los árboles, los animales. Pero su búsqueda ya no
es representar el objeto conocido. Así, "¿Qué es lo
que esperamos del arte abstracto? Es la tentativa de hacer
hablar al mismo mundo en vez de a nuestra alma excitada
por la imagen del mundo... La apariencia es siempre chata,
pero alejadla, alejadla completamente de vuestro espíritu
- imaginad que ni vosotros ni vuestra imagen existan- y
el mundo permanece en su auténtica forma y los artistas
intuimos esta forma. Un demonio nos concede ver entre las
grietas del mundo y nos conduce en sueños detrás de su variopinto
escenario" (10). Fuera de nuestra mirada, el mundo
ya posee una forma. Una forma múltiple. Para percibir esta
polifonía primaria debe acontecer la liberación de las apariencias,
es decir de las imágenes y conceptos del sujeto que pretenden
definir y capturar lo dinámico e indefinible de las cosas.
El pasaje de la cosa como imagen subjetiva a la cosa como
presencia la busca Marc mediante la quizá imposible transformación
del ojo humano en ojo animal. Marc intenta pintar una naturaleza
vista por el animal. Porque lo animal es seductora promesa
de una pureza recuperada. La experiencia de la subjetividad,
que sale plenamente de sí, acaso sólo acontece en lo efímero
del éxtasis místico. La subjetividad siempre es contaminada
por una constelación de mediaciones. Pero la imagen artística
tal vez puede sugerir la realidad fuera de la visión ordenadora
y racional del sujeto. Las imágenes que intentan expresar
la presencia de la cosa, lo extraño objetivo, nacen,
por ejemplo, en el arte de Léger.
Fernand Léger
se vincula inicialmente con el cubismo. Junto con Braque
y Picasso, es un importante difusor de la imagen cubista.
Esto ocurre, por ejemplo, en su lienzo Desnudos en el
bosque (ver galería abajo). Su obra luego deriva
hacia una estética de la máquina con fuertes influjos en
el constructivismo. Sus figuras se caracterizan por figuras
donde los dibujos son delimitados por gruesos trazos negros.
Muchos antes de Claes Oldenburg, y de su visión de lo bello
en los objetos cotidianos, Léger vislumbra el valor estético
del objeto. Así, sin vacilar, manifesta que "en la
pintura moderna de hoy, el objeto debería ser el personaje
principal... y desalojar al tema" (11). Lo pictórico
ya no podrá ser representación o imitación sino creación
e introducción de nuevos objetos-obras. El propio objeto
es un algo más agregado al mundo, y no una reproducción
de lo ya dado. Este proceso podemos relacionarlo con una
narración literaria borgeana: La rosa amarilla (12).
Aquí, Borges nos acerca al poeta Marino. Durante toda su
vida, este poeta cree que el destino del poema es imitar
o expresar la esencia de lo bello que cabrillea en una flor.
Pero, antes de morir, el poeta ve la flor y entiende que
sus versos no pueden comunicar su imagen o presencia, sino
sólo crear una aproximación metafórica. La poesía, el poema
no es un espejo de la belleza en el mundo; es una belleza
más agregada al mundo. La belleza no se repite, se amplía.
Léger piensa algo semejante cuando afirma que "cuando
un objeto es bello, cuando la forma es bella, tenemos que
tratar con un valor absoluto, severo, imperturbable, que
consiste totalmente en sí mismo. Ante una cosa bella, no
debemos imitarla ni copiarla, debemos admirarla; a lo sumo
uno puede crear una obra equivalente" (13). Una "obra
equivalente" significa que el poema sobre la flor no
es la flor, pero se le aproxima, es "equivalente".
Una obra sobre los objetos de la vida moderna no es esos
objetos; sólo es su plasmación de una equivalencia. No hay
imitación ni copia, ni reproducción, sino producción de
nueva belleza equivalente como respuesta al estímulo de
la presencia de los objetos. Así, la pintura es "cuadro-objeto",
"objeto-cuadro" autónomo, en cuanto "tiene
vida propia, un valor absoluto independiente del objeto
representado". Lo bello de la obra coexiste, con-vive,
con las cosas naturales y la diversidad de los objetos producidos
por el hombre. "Una nube, una máquina, un árbol, son
elementos de tanto interés como las personas y las figuras".
La valoración por Léger de la difundida belleza de las cosas
naturales y los objetos humanos es afín a la paralela aventura
dadaísta. En Hannover, Kurt Schwitters inicia la creación
de sus pinturas compuestas por collages de diversos
objetos; algo que, luego, con otro criterio para la selección
de los materiales, será continuado por Daniel Spoerri en
sus cuadros llamados "objetos-trampas", compuestos
mediante la inmovilización de una serie de objetos de la
vida cotidiana, reunidos según un espontáneo azar, y que
se disponen sobre superficies (como mesas o respaldos de
camas) colgadas de forma vertical. Sobre estos receptáculos
se exponen, inmovilizados, vasos de vidrios, botellas, platos,
camisas, zapatos, cenicero con colillas. Una flor. Así los
objetos liberan su rareza.
El objeto que
motiva la percepción estética fascinada siempre está expuesto,
o ya está condenado, a su cosificación, su reducción a un
valor de cambio. Todo lo que toca el Rey Midas convertido
en burgués se congela o petrifica en una magnitud económica.
La fe laica del arte de vanguardia repite la oración de
un arte con-fundido con la vida histórica y social para
su purificación y elevación. Al dolor de las cosas y el
hombre enajenados, reacciona el artista con su obra como
ritual transmutación estética de las cosas mudas, utilitarias
e inexpresivas. La reinvención de lo dado es el modo de
cantar una realidad liberada. Frente al vértigo y torbellino
de la vida moderna, Léger cree que el "único refugio"
es el "intento de elevarse al nivel de la belleza".
La singular
detonación de belleza exhalada por cada objeto sólo accede
al sujeto que absorbe esa irradiación. Para Léger, el sujeto
estético se caracteriza por una receptividad esponjosa:
"el juego elástico de los colores complementarios,
que transporta a los objetos a una realidad diferente, se
encrespa, se embriaga con toda esta vida, que lo penetra
en todas direcciones. Ahora es una esponja, el sentimiento
de una esponja, de la transparencia, del estado agudo. Un
nuevo realismo (14)".
Contrastes
de objetos (1930) (ver galería abajo),
es un ejemplo de la búsqueda de Léger del
nuevo realismo que le permita al objeto resplandecer en
su poder propio. En el centro de las escena, un disco y
un manojo de llaves aparecen imbuidos de una fuerza de sugestión
que desaparece en la vida cotidiana.
La esponja es
superficie irregular, tachonada por agujeros y cavidades.
La esponja es la discontinua absorción de la rareza circundante
(15).
Mediante esta
percepción esponjosa, el artista descubre la realidad como
un estado de vitalidad estética. De vitalidad sensorial.
Esta experiencia no es nueva. Es el continuo destino y obsesión
de la pulsión artística en todas las épocas (16). Sólo varían
los medios para buscar ese estado. Así, lo real como vitalidad
estética en la abstracción de un Malevich, o un Mondrian,
surgen por un camino diferente. Para el pintor ruso del
suprematismo o para el holandés del neoplasticismo, el objeto
debe ser sacrificado para que en lo bidimensional de la
pintura surja un estado que será vital y estético en tanto
manifestación de una realidad pura, universal, y ajena a
las pasiones humanas.
El realismo
de Léger y la abstracción son sendas distintas. Pero, al
final del encantado arroyo de las pinceladas y las imágenes,
siempre vive la reinvención de lo real como estado de vitalidad
estética.
Y los objetos
siempre son dentro de un espacio. Max Beckmann meditó
de manera aguda en torno a esta precedencia de lo espacial.
Acaso todo la historia del arte es un lento descubrimiento
de la luz, el color, las figuras y la perspectiva como propiedades
del espacio. Beckmann pertenece al expresionismo influenciado
por el desgarramiento de Munch. Luego, se desplaza hacia
la Nueva Objetividad. Su pintura emblemática es acaso La
noche (ver abajo), la demoledora recreación de un acto
de violencia y tortura dentro de una intimidad familiar
vejada.
En una
famosa conferencia en Londres, en 1938, Beckmann manifesta
que "el espacio y siempre el espacio es la divinidad
ilimitada que nos rodea y en la que nosotros mismos estamos
contenidos" (17). El espacio preexiste. Es infinito.
Y, por lo tanto, ninguna forma particular puede obturar
o cerrar su abierta y vacía profundidad. La creación misma
de nuevas figuras por el artista es un necesario ocultamiento
o refugio respecto a su amplitud insondable. Beckmann
lo atestigua así: "Este espacio infinito que uno tiene
que volver a llenar una y otra vez, con algunos trastos
en primer plano, para no ver tanto su pavorosa profundidad
(18)". En la pintura oriental zen, la percepción
del vacío e infinito espacio subyacente, desmaterializa
los objetos. En Beckmann el espacio no es lo que desmaterializa,
sino que es receptáculo de una densidad estética que también
es religiosa: " mi taller...se colma de figuras de
la antigua época y de la nueva...Entonces esas figuras toman
forma y se me aparecen tangibles en el gran vacío e incertidumbre
del espacio, al que doy el nombre de Dios. Del mismo material
son las calles con sus hombres, mujeres y niños, sus damas
y sus prostitutas, sus camareras y sus duquesas (19)".
El objeto que
se recorta sobre el espacio infinito y misterioso debe ser
plasmado con "rotundidad exagerada". La exageración
no como ornamentación plateresca "sino como plenitud
y plasticidad". Para Beckmann el misterio no llega
a la superficie como un tenue e inasible vapor. Es la extrañeza
que siempre estalla en los objetos. De ahí que el objeto
nunca termine por mostrarse en todo lo que es. El objeto
así posee cierta irrealidad que sólo puede ser mitigada
por la pintura. El arte para Beckmann será fiel a la presencia
del objeto traspasado por el enigma del espacio. Beckmann
imagina un encuentro con William Blake. El poeta de Las
bodas del cielo y el infierno lo exhorta a tener siempre
confianza en las cosas. Al artista alemán le gustaría acaso
imaginar a las cosas como movedizas escamas sobre el cuerpo
invisible de un dios. Beckmann habla entonces de una "objetividad
trascendente". El objeto que se debe expresar se abre
y desborda dentro de los valles profundos del espacio.
Las cosas
devienen un magnético imán para la mirada artística de vanguardia
que se abre a la rareza del mundo, a la extrañeza objetiva.
El último gran visionario de esta experiencia que indagaremos
es Giorgio de Chirico. Un visionario longevo. Su corazón
resonará con fuerza por noventa años. Arthur Danto, en su
discutible tesis sobre El fin del arte, habla de
Chirico como ejemplo de un arte que, luego de llegar a un
estilo consagrado, se repite indefinidamente. Rara afirmación
porque la obra de de Chirico es cambiante y múltiple.
La pintura metafísica es el pliegue más conocido de su arte,
que sólo domina su producción en el período de 1912-1919.
En su devenir creativo anterior, cultiva el simbolismo;
y en el posterior, sólo ocasionalmente volverá a aquel momento
que constituye la clásica obra que los surrealistas admiraron.
De hecho, la primera afinidad y veneración hacia el maestro
italiano de origen griego, se disipa cuando de Chirico se
encuentra en la Villa Borghese con una obra del Tiziano.
Se orienta entonces hacia una decidida reinvención de la
pintura de motivos clásicos. Así de Chirico recrea La
caída de Faetón, pintada por Rubens; La joven dormida,
de Watteau; un Retrato de hombre, de Tiziano; o La
Villa Falconieri y La Villa Medicis, las conocidas
vistas de Velázquez pintadas en su segundo viaje a Italia.
De Chirico gusta también de retratarse, como Rembrant o
Goya, en numerosos momentos de su vida y con distintos atuendos.
Pero lo que aquí nos interesa es el de Chirico canónico,
el visionario arrobado por el misterioso influjo de las
plazas italianas.
De Chirico era
lector de Nietzsche. El autor de Así hablaba Zaratustra
había manifestado su nostalgia del infinito en la "precisa
geometría de la plaza de Turín". Chirico sitúa a Nieztsche
como descubridor de "una poesía extraña y honda, infinitamente
misteriosa y solitaria, que surge de la atmósfera de una
tarde de otoño, cuando el tiempo está más claro, y las sombras
son más largas que en verano (20)". Esta percepción
de una vitalidad sutil e indefinible es inducida por varias
ciudades italianas y mediterráneas. Pero principalmente
por Turín. Al deambular en las tardes otoñales por la ciudad
turinesa, y luego en Ferrara, el pintor siente una corriente
de presagios, "el significado mágico de las cosas".
El antecedente de esta percepción es Nietzsche. Pero la
reacción arrobada ante lo extraño objetivo también
es una experiencia procedente de la prehistoria, ya que
"el primer hombre debió ver signos mágicos pintados
por todas partes, debió estremecerse a cada paso".
La apertura a la rareza de las cosas es una experiencia
inmemorial, ancestral. Pulsión atávica que regresa en el
artista moderno de vanguardia. La extrañeza percibida pertenece
a un no-sentido, a un non-sens, una ausencia del
sentido lógico. La intensidad extraña de las cosas es presencia
a-lógica.
De Chirico pinta
las plazas italianas espolvoreadas por una indefinible rareza.
En La recompensa del adivino (1913) (ver galería
abajo), la luz de la tarde baña una inmóvil estatua recostada,
y atraviesa una arquería, y coexiste con las sombras que
tapizan una parte del suelo y la fachada de un edificio
coronado en su frontispicio por un reloj. Tras una pared
de ladrillos aparecen unas palmeras. Lo dinámico y lo inmóvil
coexisten con un espacio donde hierve una magnética
seducción. Lo urbano se desdobla en lo conocido y lo desconocido.
La imagen mágica
exige una transmutación de la percepción habitual. Un pasaje
de lo repetido y conocido hacia el restallar de
la sorpresa. El salto de lo ya experimentado a la irrupción
de la extrañeza fuerza la salida de la lógica. La lógica
de lo cotidiano es una silenciosa reinstauración del recuerdo.
Al ver algo, lo asociamos inconscientemente con una identidad
o definición lógica previamente internalizada. Nuestra percepción
cotidiana es la repetición de una cadena de recuerdos. Sólo
la liberación del mecánico retorno de las remembranzas permite
la apertura a la realidad de las cosas que vibran ante nosotros.
De Chirico entonces afirma: "Supongamos que, por un
momento, y por razones ignoradas e independientes de la
voluntad, se rompa un eslabón de la cadena; quién sabe cómo
vería entonces al hombre allí sentado, la jaula, los libros;
qué sorpresa aterradora...Entretanto, la escena seguiría
siendo la misma: sería yo el que estaría viéndola desde
otro punto de vista, y así llegamos al aspecto metafísico
de las cosas" (21). La pintura metafísica será entonces
acto de revelación de lo que es fuera de las secuencias
lógicas del recuerdo. Las cosas se mostrarán en su rareza,
liberarán la sugestión de su extrañeza objetiva.
Giorgio de Chirico
plasma esta experiencia también en su poco conocida y notable
novela Hebdómeros, escrita en 1929; es decir, su
escritura ocurre luego del apogeo del estadio metafísico
de su pintura. Mediante la palabra y la evocación verbal
de especiales estados sensitivos, el artista ahonda la experiencia
de la salida del objeto lógico y conocido. Así, en la mencionada
obra, refiere que una forma corriente de ocultamiento del
valor del objeto consiste en proyectar sobre las cosas el
color de los objetos ya conocidos. Un cazador puede pasar
junto a una codorniz y no advertir su presencia porque su
plumaje se ha mimetizado con el terreno. De manera semejante,
en la vida cotidiana cada objeto se impregna del ambiente
ya conocido y se pierde u oculta en él (22). De ahí que
sea necesario descubrir las cosas, de modo tal que
la irradiación del objeto se acerque a una profundidad sensorial
que lo ligue también con la madre eternidad (23).
En de Chirico
la realidad será entonces lo insólito y extraño, el rumor
mágico, ya no una sistemática geometría ordenadora. Esta
experiencia llevará a que lo imposible ocurra en el espacio.
En el espacio coexistirá lo heterogéneo. De Chirico pinta
la imposible cercanía de una diversidad de objetos fuera
de su lugar lógico o previsible. Una anticipación de la
típica imagen surrealista. La confirmación del apotegma
del arte surreal pronunciada por el profeta Lautréamont:
"El arte es el encuentro fortuito de un paraguas y
una máquina de coser sobre una mesa de operaciones".
El lugar de encuentro de lo diferente es acaso emanación
del espacio extraño y precedente, de pavorosa profundidad,
que antes nos hacía recordar Beckmann. Un canto de amor
(1914) es la obra arquetípica de de Chirico donde acontece
la confluencia heterogénea de lo diverso. Sobre la pared
de una edificación brilla el rostro de un joven modelado
en yeso. Y, a un lado, se cuelga un guante de plástico rojo.
Y cerca, sobre un piso oscuro, yace una pelota verde. Convergencia
de lo heterogéneo. Yuxtaposiciones y coexistencias que laten
también en La conquista del filósofo (1914) (ver
galería abajo). Aquí, unas alcachofas descansan junto
a un cañón; y un reloj. Una gran columna, de reminiscencias
clásicas, palpita junto a un tren que, cerca de una chimenea,
infunde un paradójico movimiento-quietud. En Estación
Montparnasse (1914) (ver galería abajo), la impresión
de extrañeza es conseguida mediante los contrastes
de las figuras quietas, serenas, y la ilusión de
movimiento de un tren y de las banderolas impelidas por
un viento inexistente. A su vez, la perspectiva ascendente
de un camino amarillo, donde se yerguen dos presencias humanas,
conduce, de manera imposible, hacia el tren que combina
paradójicamente el desplazamiento y la permanencia.
La presencia de las bananas en primer plano, en el ángulo
derecho, subraya el carácter otro, metafísico,
de una ciudad atravesada por una fuerza enigmática.
En El profeta (1915) (ver galería abajo),
un maniquí (otro típico recurso iconográfico en de Chirico)
con un ojo clarividente en medio de la frente, ve una pizarra
donde, quizás, mediante líneas en perspectiva, se materializa
su misteriosa visión.
El descubrimiento
de la imagen metafísica-surrealista implica una ruptura
de lo lógico, que condiciona también la naturaleza de lo
manifestado. Acaso deberíamos meditar, aunque sea con una
contenida brevedad, en el significado de una experiencia
de ruptura. Pensemos primero en la ruptura como quiebre,
pero dentro de una secuencia continuada. Las rupturas en
la historia de la ciencia son parte de un proceso unitario.
Hay cambios y modificaciones, novedades, nuevos paradigmas,
superación de obstáculos epistemológicos. Pero no salto
de un nivel de realidad a otro. Las rupturas en las ideas
o en los procesos históricos acumulan o despliegan diferencias,
siempre dentro de un mismo movimiento que se modifica. La
dialéctica hegeliana integra y supera las producciones de
rupturas y conflictos. Las constelaciones de rupturas anteriores
en la historia de la filosofía son parte de momentos diversos
dentro de un único proceso superador. Por el contrario,
la ruptura de la "cadena de recuerdos" de de Chirico,
o en la tradición del zen, es salto a otro nivel
o proceso de lo real. Este salto es brusco, repentino; nunca
es gradual. Por lo repentino e imperioso, es estallido violento
de una potencialidad. El estallido de las imágenes o asociaciones
que expresan lo no lógico es intensidad que se diferencia
respecto a la mesura de un movimiento gradual. El estallar
de la imagen o de la impresión pre-lógica es salto y apertura,
ampliación y revelación de napas más sutiles y diferentes
en el devenir temporal. El estallido de la creación de lo
no-lógico se contrapone a la violencia de la dominación
que estalla como desigualdad social en los individuos.
Lo no
lógico emerge como fulgurante detonación. La cosa ordenada
que repite una previsible secuencia lógica, es, al fin de
cuentas, una construcción subjetiva. La percepción del extrañamiento
objetivo es una emancipación parcial (nunca total) del
objeto marcado por una imagen-esquema generada por el sujeto.
Lo real del objeto quizá podría ser sin la determinación
de una subjetividad constituyente. Por eso, la recuperación
de la alteridad e independencia de las cosas es una forma
de desestabilización del antromorfismo. La negación de la
mirada antropocéntrica en la percepción estética de de Chirico
nos hacer recordar un momento puntual del pensar de Spinoza.
En el apéndice de la primera parte de la Ética explicada
según el modo geométrico (24), Spinoza arremete contra
la idea de la finalidad en la naturaleza. El hombre supone
que la naturaleza se mueve en pos de un fin. Pero la naturaleza
como manifestación de Dios es ya perfección y necesidad.
No precisa de un devenir hacia una condición perfecta. Por
eso "la naturaleza no se ha prefijado ningún fin",
y " las causas finales no son sino ficciones humanas."
En una extrapolación más allá del contexto de la filosofía
de Spinoza, podríamos pensar que el objeto despojado de
enigma, y sin la sugestión de su rareza, es otra forma de
la ficción antropocéntrica. Así como el hombre quiere que
la naturaleza tenga un fin, quiere también que el objeto
sólo tenga un valor utilitario u ornamental.
Y el artista
se siente a veces fatalmente atraído por una niebla misteriosa
que atraviesa la diversidad selvática que nos rodea. De
Chirico imagina una acción o influjo fatal en El enigma
de la fatalidad (1914) (ver galería abajo). Una
pintura de forma triangular. Su atípica forma es afín a
la distribución tipográfica de los versos del poema de Dylan
Thomas, Visión y plegaría (25). Aquí, los versos
adquieren la forma de un cáliz. En la pintura-triángulo
de de Chirico, una mano enfundada en un guante rojo se descuelga
sobre unas baldosas blancas y negras sobre un fondo poblado
por paredes diagonales con arcos y una chiminea en el centro.
Fatal es lo que se impone y atrae; fatal puede ser el peso
insalvable del hado o el fatum; o fatal es la atracción
del espacio y sus presencias extrañas.
Y de Chirico recuerda
un día de invierno. El artista se encuentra en el patio del
palacio de Versalles. Cada forma exuda quietud y un penetrante
silencio. El entorno convoca, llama con susurros. No hay lugar
para la apatía o la indiferencia. Por eso el artista asegura que
"todo me miraba con un aire de extrañeza y de interrogación".
El edificio señorial ya no es un portento aristocrático. Un símbolo
de la unión entre arquitectura y poder. Ahora, cada sitio, cada
puerta o ventana o estatua, suda un alma. Que sólo habla con un
lenguaje sin traducción conceptual. La letra enigmática de cada
cosa brilla y se encastra en un baile donde todo intento de
palabra o definición arde y se desvanece. La cosa del alma-enigma
obliga al artista a concebir una obra que exprese su presencia.
Surge entonces el devenir de las creaciones artísticas. La
necesidad de las obras. Y entonces el artista, de Chirico, siente:
"y las creaciones me parecieron todavía más misteriosas que
los creadores".
(*)
Citas:
(1) Lo arcaico de la
selva en Rousseau se confunde también con el cuerpo y la sangre.
En buena parte de su serie selvática, pintada entre 1904 y 1910,
sobresalen las escenas de cazas o combate entre animales, o entre
hombres y animales. Su otro gran lienzo de inspiración selvática
es El sueño, donde una mujer desnuda y reclinada escucha
nuevamente una música de flauta y contempla la mágica riqueza
vital que la rodea. La selva en Rousseau deviene entonces ámbito
de irrupción de lo onírico, la vivacidad y variedad cromática,
el arcaísmo y la crueldad.
(2) Véase M.
Heidegger, La cosa, en Conferencias y artículos,
Barcelona, Ediciones del Serbal, 1994, pp.143-159.
(3) Cf. M. Heidegger,
La época de la imagen del mundo, en Caminos de bosque,
Madrid. ed. Alianza, pp.75-109.
(4) Cf. M. Foucault, El
pensamiento del afuera, ed. Pretextos.
(5) Heidegger
manifiesta: "La cosa no está "en" la cercanía,
como si está fuera un continente. La cercanía prevalece en el
acercarse como el hacer cosa de la cosa. Haciendo cosa, la cosa
hace permanecer a los Cuatro unidos -tierra y cielo, los divinos y
los mortales- en la simplicidad de su Cuaternidad, una Cuaternidad
que está unida desde sí misma", M. Heidegger, La cosa,
op.cit, p.155.
(6) Cf. G. Bataille, La
parte maldita, Barcelona, Icaria.
(7) Cf. C.
Castoridis, La institución imaginaria de la sociedad (dos
volúmenes), ed. Tusquets.
(8) Cf. E. Levinas, Totalidad
e infinito, Salamanca, Sígueme; o El tiempo y el otro,
ed. Paidós.
(9) Cf. George
Steiner, Presencias reales, en Pasión intacta,
Madrid, Ed. Siruela, pp. 49-79 (o también versión completa de la
obra editada por ed. Destinos).
(10) Franz Marc, en
Mario De Micheli, Las vanguardias artísticas del siglo XX,
Madrid, Alianza, p.102.
(11) Fernand Léger, Objeto
nuevo, en Walter Hess, Documentos para la comprensión de
la vida moderna, Buenos Aires, ed. Nueva visión, p.132.
(12) J. L. Borges, La
rosa amarilla, en El hacedor, en J. L. Borges, Obras
completas, volumen II, Buenos Aires, Emecé.
(13) F. Léger, op.
cit, p. 132.
(14) Ibid.,
pp.133-34.
(15) Lo esponjoso es
a su vez una forma de lo elástico; la alusión a lo esponjoso-elástico
como forma de manifestación de la riqueza sensible del entorno
material o como forma de percepción del sujeto sensible, se halla
también en Cortázar, p.ej. en su prosa El perseguidor, en
J. Cortázar, Cuentos completos, v.I, Buenos Aires, ed.
Alfaguara, p. 231; y obsérvese también las alusiones
cortazarianas al "sentimiento de esponja" en J. Cortázar,
"La casilla del camaleón", en La casilla de los
Morelli, Buenos Aires, Tusquets, pp.94-100.
(16) El efecto de la
obra entendido como presencia sensorial puede ser relacionado con
las meditaciones estéticas de Deleuze y Guattari a propósito de
la obra de arte como bloque de sensaciones. Cf. Deleuze y
Guattari, Precepto, afecto y concepto, en ¿Qué es la
filosofía?, Barcelona, ed. Anagrama, pp. 164-201
(17) Mac Beckmann,
La realidad desconocida, en Walter Hess, Documentos, op.cit.,
p.136.
(18) Ibid.,pp.135-36.
(19) Ibid, p.136.
(20) Giorgio De
Chirico, Ruptura de la conexión lógica, en Walter Hess, Documentos,
op.cit, pp.138-39.
(21) Ibid., p.138.
(22) La salida de lo
lógico y el ocultamiento del objeto dentro del ambiente conocido
surge de esta manera en la narrativa de Hebdómeros:
"...es algo que parece extraño, algo que me obliga a
discutir con mis semejantes. A riesgo de pasar por un
desequilibrado y de sentir luego a mis espaldas las burlas de los lógicos,
de los que creen poseer las claves de las causas y los efectos, y
la tabla de valores para cada cosa en este bajo mundo. Y sin
embargo, estoy seguro de que la cosa no va así; esas malas
costumbres, esos falso movimientos que la humanidad, de su
infancia acostumbra a hacer, es lo que ha falseado el camino de la
verdad o lo que, mejor dicho, ocultándolo, rodeándolo de niebla
y vaho, lo empaño, le confirió el color de los objetos que lo
circundan en la tierra, de modo que se confunde con el ambiente
hasta el punto de que el hombre distraído pasa por su lado sin
reconocerlo, junto a la codorniz inmóvil sin advertir su
presencia porque el color de su plumaje se confunde con el del
terreno en que se halla", en Giorgio de Chirico, Hebdómeros,
Barcelona, Ediciones del Cotal, p.133.
(23) Así de Chirico
manifiesta: "...no conviene excederse en galopar a lomos de
la fantasía..., lo que conviene es descubrir, pues,
descubriendo, hacemos posible la vida en el sentido de que la
reconciliamos con su madre la Eternidad; descubriendo
pagamos nuestro tributo a ese minotauro que los hombres llaman el
Tiempo y que representan bajo el aspecto de un anciano alto y
enjuto, sentado con expresión absorta entre una guadaña y una
clepsidra", en Hebdómeros, op.cit, p.136.
(24) Cf. Spinoza, Apéndice
de primera parte, de Dios, de la Ética demostrada según el
orden geométrico, México, Fondo de cultura económica,
pp.43-49.
(25) Dylan Thomas, Visión
y plegaria, en D. Thomas, Poemas completos, Buenos
Aires, ed. Corregidor (trad. Elizabeth Azcona Cranwell),
pp.165-176
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Los
arqueólogos, obra de Giorgio de Chirico. A
diferencia del arqueólogo científico, donde existe una
distancia entre el científico y su arcaico objeto de
estudio enterrado, aquí, el objeto se funde con el
cuerpo del investigador. Un lazo de fusión que
trasciende el ideal de distancia objetiva de la ciencia. |
(*)
Fuente: "Lo real y el poder de las cosas. La percepción
artística de Léger, Beckmann y de Chirico, de Esteban
Ierardo, es editado aquí de manera original.
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Galería
(Aclaración:
todas las fotografías pueden ser ampliadas mediante un clik; en
la ampliación, al pie de las imágenes, hallarán epígrafes
explicativos)
|
Fuente de las
ilustraciones: Henri Rousseau, ed. Taschen;
Giorgio de Chirico y Fernand Léger, ed. Globus.
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La
noche (1919), obra paradigmática del expresionista
alemán Mac Beckmann. Con la rotunda fuerza de la forma
y el color, el artista expresa un situación de
vejación. Beckmann es una de los artistas de vanguardia
empeñados en manifestar la fuerza de irradiación de la
persona y los objetos. |
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| Bibliografía

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| Arriba,
derecha, Las musas inquietantes (1925), de Giorgio
de Chirico. |
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Cornelia
Stabenow, Rousseau, ed. Taschen.
M. Heidegger, La cosa, en Conferencias y artículos,
Barcelona, Ediciones del Serbal, 1994.
M. Heidegger,
La época de la imagen del mundo, en Caminos de bosque,
Madrid. ed. Alianza.
M. Foucault, El
pensamiento del afuera, ed. Pretextos.
Mario De Micheli, Las vanguardias artísticas del siglo XX,
Madrid, Alianza.
Alfredo Aracíl y Delfín
Rodríguez, El siglo XX. Entre la muerte del Arte y el Arte
Moderno, Madrid, Colección Fundamentos, Ediciones Istmo.
Walter Hess, Documentos para la comprensión de
la vida moderna, Buenos Aires, ed. Nueva visión.
Franz Marc, Briefe,
Aufeichnungen und Aphorismen, Berlín, 1920.
Fernand Léger, Objeto
nuevo, en Walter Hess, Documentos para la comprensión de
la vida moderna, op.cit.
Léger, en Colección
grandes pintores del Siglo XX, ed. Globus.
De Chirico, en
Colección Grandes pintores del Siglo XX, ed. Globus.
J. L. Borges, La
rosa amarilla, en El hacedor, en J. L. Borges, Obras
completas, volumen II, Buenos Aires, Emecé.
Julio Cortázar,
El perseguidor, en
J. Cortázar, Cuentos completos, v.I, Buenos Aires, ed.
Alfaguara.
Deleuze y
Guattari, Precepto, afecto y concepto, en ¿Qué es la
filosofía?, Barcelona, ed. Anagrama.
Mac Beckmann,
La realidad desconocida, en Walter Hess, Documentos, op.cit.
Giorgio De
Chirico, Ruptura de la conexión lógica, en Walter Hess, Documentos,
op.cit.
Giorgio de Chirico, Hebdómeros,
Barcelona, Ediciones del Cotal.
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