Por Esteban Ierardo
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| El juramento de
los Horacios, de David.
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I
El siglo XIX brilla con
muchos colores. Su lienzo es neoclásico, romántico, realista,
impresionista, proto-expresionista, simbolista… Como todo arte, la
pintura quiere expresar. Un no decir, una renuncia a la
expresión es ya un decir que expresa. Parte de la pintura en
la vanguardia neoyorkina de la década del 50’, se contenta con la
materialidad del soporte que se presenta a sí mismo. El acto
pictórico quiere aquí reposar. Ser pintura pura. Una pretendida
cumbre en la evolución de las artes plásticas desde su finalidad
mágica en las cavernas hasta la abstracción que expulsa todo
contenido figurativo en el siglo XX.
Pero, estimamos, la
medusa del hecho pictórico es deslizamiento hacia una presencia.
La presencia es aquello que, en su fuerza de irradiación, oficia
como lo máximamente real en un momento dado de la historia. Esa
presencia-fecundidad, presencia-realidad, es, por ejemplo, la del
cuerpo humano idealizado en el arte clásico; es la cúpula de la
iglesia bizantina que hace presente la figura del Cristo Pantocrator,
flanqueado por cuatro ángeles o profetas, con toda su carga
simbólica; es la dignidad humana restaurada, tras las oscuridades
medievales de la caída, en el David miguelangelesco. O es el
romanticismo floral que percibe la naturaleza presente a
través de jardines con escasa intervención humana.
Nuestro deseo aquí es
ensayar una posible significación de las varias facetas de la
presencia-realidad en la pictórica del siglo XIX. En este hacer
presente lo percibido como lo real por el artista siempre la idea
(o las ideas) emergen en la integración de luz, color y
pensamiento.
II
Marcas neoclásicas: la
exaltación fría.
El padre los convoca.
Les entrega las espadas. Cerca, desfallecen las mujeres. Los hijos
no temen. Extienden sus brazos firmes, hacia los metales que matan.
Los Horacios no dudan (1). Son tres en un solo cuerpo. Cuando baje
el rayo del destino, matarán a sus tres enemigos: los trillizos
"Curiacios" de Alba Longa , para así resolver una disputa
entre esta ciudad y Roma.
David inmoviliza en un
instante la pasión bélica de los hermanos romanos en El
juramento de los Horacios (1784). Sus pinceles no danzan ni se
desparraman. Pigmentan con sobriedad. Con precisas líneas y planos
que sitúan los cuerpos en perspectivas espaciales rigurosas. La luz
no es protagonista. Es la claridad que deja ver. Los cánones
del realismo imitativo de la antigua Grecia se reaniman en los
tiempos de la Bastilla arrasada. Proporción. Armonía. La primacía
del dibujo sobre el color. Lo neoclásico.
Lo clásico griego es
entrevisto por Winckelmann en su Historia del arte antiguo
(1764). El coleccionista y viajero pondera la "noble
sencillez", la "tranquila grandeza", la
imperturbabilidad. Lo inmutable del carácter entre las borrascas de
la pasión.
La adoración de la
idealidad imperturbable clásica serpentea en el neoclasicismo, que
legitima el canon de la forma noble y bella desde las Academias de
Artes. Instituciones que dispensan una enseñanza formal desde la
época de los hermanos Carracci.
Las pinturas de David
son síntesis programática de lo pagano de la forma equilibrada.
Solemne. La adhesión del pintor de la Revolución Francesa al
realce de la presencia humana en el primer plano, y a las líneas
rigurosas, lo acercan a la escultura de relieve. Su pintar es la
exaltación fría de lo heroico, o del personaje de destino
histórico. Épica gélida. Pero a la vez grandilocuente y
monumental en Los lictores devuelven a Bruto el cuerpo de sus
hijos (1789).
David prefiere los
bustos de la antigua Roma a los modelos vivos. Las sepultadas
Pompeya y Herculano regresan a la luz del día en un nuevo periodo
de fervor arqueológico Y al volver su imaginación hacia las
escenificaciones arquitectónicas romanas, David reconstruye
edificaciones gloriosas de otrora, a diferencia del afecto de los
pintores del barroco, como Poussin o el Lorenés, por las ruinas de
la Roma desaparecida.
La Francia
revolucionaria se autoconcibe como émula de la vieja Roma
republicana. Cicerón, Catón, Séneca no son personajes antiguos.
Son la energía restauradora de una sociedad que pretende tejerse
con una nueva trama valorativa. El calendario también vuelve al
ordenamiento pagano de los días y estaciones. Robespierre se piensa
un nuevo Catón. El propio Sade también encuentra en la romanidad
la salud vital que oponer a la represión católica del instinto.
Así, no sólo Grecia
es la gran inspiración. Roma grita su retorno como modelo
ético-político. Roma primero es nostalgia republicana. Después,
es apoteosis imperial. Napoleón porta la corona de laureles, signo
de la fama inmortal. Las águilas de las legiones romanas renacen en
los estandartes del ejército napoleónico.
Y el Gran Corso estima
el arte, la cultura egipcia. Y los mármoles de la exaltación
fría: Canova. Canova, el que convierte la carne en frialdad
pétrea. Ya dentro el siglo XIX, los mármoles de Canova trasforman
al emperador, o a su hermana Paulina, en émulos de Apolo y Venus.
Paulina luce reclinada, como una mujer aristócrata romana; en un
gesto que, a su vez, es el modelo del retrato de la Madame Récamier,
reclinada a la manera de una matrona de Pompeya, que pinta David.
Lo neoclásico es la
prisión de la forma perfecta. El artista mejor dotado para este
estilo es el dueño de sí. El temperamento sereno que continúa
reglas. Y crea una variación del canon. En la teoría del acto
creativo neoclásico, el artista es autocontrol, aplicación
conciente de los medios técnicos para componer la imagen. Cunde
así la expresión fría de las pasiones de los héroes de la
antigüedad. Con una intencionalidad, como en David, de exaltación
de valores superlativos. Aunque intervenga la emoción, la
evocación de las pasiones humanas en el neoclásico es matemática
de la composición. Es el arte del hacer visible lo real como presencia
de la belleza matemática y el pasado idealizado. Y en esta
dinámica del dar o des-cubrir presencia, el rigor lógico debe
encauzar el efecto emocional y estético del acto artístico.
Pero la primera pintura
emblemática del sigo XIX es, sin duda, la rebeldía romántica. La
creación desde la tormenta, no desde torres geométricas. El
artista no debe ser ya técnico. Sino poietés, creador. Ya
no será la exaltación fría. El artista debe ser el inspirado. El
coronado por la musa. El de la exaltación sanguínea, no helada. El
endiosado. Quizá por eso posible preámbulo del romanticismo
pictórico es Ingres, de primera filiación neoclásica, que bracea
luego hacia acantilados románticos. Es el pintor de Apoteosis de
Homero (1827). La musa acomoda la corona de laureles sobre la
cabeza, de ardor divino, del cantor de la Ilíada. Alguien le
acerca la cítara. Una multitud espera. Detrás, un templo clásico
subraya la atmósfera pagana...
La musa que desciende
hacia el artista es lo inconciente, lo irracional. El reverso de la
lógica y el lenguaje. Desde donde ascienden los centauros del
color.
La noche sublime.
La oscuridad íntima…
III
Vuelos románticos: el
color sanguíneo, la fuerza sublime.
La barcaza se desliza
pesada. Sostiene a los dos poetas, de pie. Cerca, desesperados, se
amarran a sus bordes hombres solitarios, desnudos. Condenados. Que
buscan alguna salida de la laguna Estigia. Siempre la luz está
vedada por un cielo plomizo, de vahos sulfurosos. Uno de los poetas
alza una mano. Mira la lejanía. Su rostro trasunta sorpresa y
angustia. El otro, con su cabeza cubierta por una corona de laurel,
luce enfundando en una radiante capucha roja. Sus facciones exhalan
una madura serenidad. El signo de la calma clásica. Virgilio guía
a Dante en su periplo por el infierno. El creador pagano protege al
vate medieval allí donde ruge el grito y la desesperanza. Lo
protege en la Divina comedia. Y en Dante y Virgilio en el
infierno (1822), de Eugenio Delacroix.
En otra imagen del
mismo pincel, un orden opresivo estalla. La Bastilla se ha
desmoronado. Pero lo luego es la restauración borbónica. La
postergada causa republicana gana de nuevo las calles en la
Revolución de 1830, que derroca al rey Carlos X y sitúa en el
trono a Luís Felipe, hijo del Duque de Orleans. Delacroix pinta
ahora La libertad conduciendo al pueblo (1830). El pueblo
rebelado es un huracán de fusiles. Es el hombre que busca su
expansión. No el castigo repetido e infernal que contempla Dante.
Donde antes había pecadores, ahora yacen muertos caídos durante el
combate; donde antes eran los poetas viajeros, en el centro de la
composición ahora es la mujer-diosa, la deidad-libertad de la
bandera tricolor. Aquí no prevalecen las líneas estáticas,
pulcras, los planos de la académica perspectiva de David. Ahora es
la torsión, el arremolinamiento, el dinamismo. El color que dibuja
líneas, pinta volúmenes. La libertad que guía al pueblo es
también el color que se libera de su anterior condición de
accidente de la forma…
Llega la vehemencia
romántica. El cristal frío neoclásico se resquebraja por un calor
que quema…
El color sanguíneo
romántico descompone toda armonía serena. El color romántico es
nueva emergencia del colorismo sensual y exaltado de la Escuela
Veneciana de pintura (Tiziano, Tintoretto, el Veronés). De ese
estilo del Renacimiento que tanto fastidio provoca en Miguel Ángel
y los defensores del estilo romano-florentino donde el dibujo
prevalece sobre el color.
En la idea que
bailotea desde los pigmentos, la pintura romántica es confirmación
de la subjetividad moderna. En el suspiro medieval de un milenio, el
hombre es sujeto caído. El condenado por el error en el Edén. El
hombre se autopercibe como pecador. Como ser mutilado. Desposeído
de todo valor intrínseco. Un fango humillante tizna su rostro.
Pero, lentamente, Europa recupera la luz del hombre cantada en el
coro de Antígona, o la majestad del cuerpo humano idealizado
en la escultórica grecorromana.
El Renacimiento es
exaltación del cuerpo humano en Hamlet; o en el Discurso
de la dignidad humana, de Pico Della Mirandola. Y luego, desde
la prosa filosófica, Descartes, Kant, Hegel, convierten al sujeto
en origen del saber, en constructor de la verdad bajo las garantías
de un pensar racional. El ave de lo verdadero ya no se refleja en el
espejo del sujeto. Es el sujeto ahora el que enuncia o irradia
lo verdadero. El sujeto como candil, lámpara (según la metáfora
de Abrahms), ya no como espejo pasivo (2).
El romanticismo
alimenta al sujeto iluminante. Pero la irradiación del sujeto es
aquí principalmente tumulto pasional, potencialidad inconciente de
creación, la libertad de la fantasía. Todos tesoros que surgen de
una interioridad pre-rracional. Mas la razón no es la enemiga.
Sólo es daga peligrosa cuando pretende ser el único lenguaje del
sujeto. Este peligro asciende desde la mirada ilustrada, desde su
apego a una razón totalizante. Por eso, frente al sujeto ilustrado
convive la fantasía-pasión romántica. El sujeto que libera los
poderes de su interioridad. El artista romántico ya no se somete a
ningún código, a ningún arte poética. Ya no más la poesía de
la métrica precodificada, o la pictórica del academicismo
neoclásico. Ahora es el verso libre, o la imagen del cromatismo
sanguíneo.
La fibra romántica se
anuncia con el prólogo del Cromwell, de Víctor Hugo; con
las Baladas líricas de Woordswort y Coleridge; con las
Meditaciones socráticas, de Hamman; o la Idea de Herder.
También los Proverbios del infierno dentro de Las bodas del
cielo y el infierno de William Blake son la conciencia
romántica que lentamente se piensa a sí misma. Pero la imagen
impacta con más poder que el concepto; la imagen supera aun a la
palabra lírico poética. El desborde cromático de los lienzos de
Delacroix es una introducción al estado romántico más contundente
que su autojustificación ensayístico-filosófica.
La atmósfera de
hipnótica imaginación, una tendencia a lo siniestro, a lo
misterioso y asombroso, brotan de las litografías con las que
Delacroix ilustra el Fausto de Goethe. El acierto expresivo
de estas composiciones asombra al propio maestro de Weimar. El
universo poético de Byron lo inspira, asimismo, en El naufragio
de Don Juan, o el Pashá. Dante es el viajero de los
mundos escondidos rescatados por el prerrafaelista Rossetti, por
Schelley o Chateaubriand. En el lienzo de Dante y Virgilio antes
comentado, la admiración por el maestro de la Divina Comedia
es ostensible. Pero Byron y Dante son estimulaciones desde lo épico
literario. Como pintor, Delacroix debe construir una épica de la
imagen, el arrebato de la inmediatez visual. Sus precedentes
admirados aquí son los monumentales lienzos de Rubens, o el
dramatismo de la simbiosis luz-penumbra de Rembrant.
El brillo de los
colores es el nervio más expresivo de la pintura de Delacroix.
"El gris es el enemigo de toda la pintura… eliminemos de
nuestra paleta todos los colores terrosos…cuanto mayor sea la
diferencia en color, mayor será el brillo". El brillo
cromático es la gramática primaria del lienzo. La pintura es
color. Esto es: impacto sensorial y visual, estremecimiento
emocional. No halago a un ideal de armonía intelectual, o de
sobriedad compositiva.
El color ya no es
accidente que da una coloración determinada a una forma. Es ahora
lo que des-cubre el espacio y muestra la presencia de lo real
como devenir intenso. El color sanguíneo pinta lo que antes era
ausencia. Por la primacía del cromatismo la pintura romántica
escenifica su absorción de la vida como pulsión de dramatismo y
agitación. Algo que Delacroix cristaliza con vigor en La muerte
de Sardanápalo (1827). Tras ser derrotado, Sardanápalo, un rey
asirio del siglo VII ac, antes de rendirse ordena la ejecución de
todas las mujeres, concubinas y esclavos. Desde un rincón de
penumbra, con fría serenidad el rey contempla la matanza; y, en
especial, se concentra en la muerte inminente de una bella concubina
desnuda, joven y bella, a punto de ser traspasada por una daga de un
hercúleo vasallo. La violencia y el dramatismo convierten a la
pintura en vida cuya intensidad se asocia a una vehemencia
perturbadora. La antitesis de la serena elevación neoclásica.
La pictórica
romántica hace presente el torbellino de las pasiones humanas; o la
violencia de las fuerzas elementales en las múltiples imágenes de
naufragio. Esos naufragios tan abundantes en los lienzos
románticos, como La balsa de la Medusa, de Géricault.
Pero el romanticismo
late en la contradicción. En contra de la degradación medieval,
afirma los poderes del sujeto (lo mismo que lo ilustrado, o el
pensar científico desde Bacon hasta Newton). Convalida la
autonomía del sujeto digno. Defiende la teoría y practica de la
genialidad creadora. Del genio, que por su propia singularidad
irrepetible, enciende el fuego de la obra. Es solidario con la
iniciativa privada del individuo burgués. Pero, a su vez, es
conciencia trágica de sus claroscuros y pérdidas. Argullol ha
evidenciado con suficiente precisión la tragicidad del héroe
romántico en El héroe y el único. Héroe que postula
infinitos. Arde con el deseo de experimentar la unidad del universo.
Aspira asimismo a bucear en aguas subterráneas y misteriosas. Pero
sabe que no habrá reconciliación ya con la colmena del universo.
Sabe que está escindido de la naturaleza. Y esa separación es
trágicamente insuperable. Aun así, no renuncia a lo absoluto.
Busca el uno bajo la conciencia de que el individuo moderno,
fuertemente contrastado y afirmado, es rocío separado de la hierba.
Por eso, lo romántico alza al sujeto a una altura celeste. Pero a
la vez lo anonada, lo contrae o disipa en una pequeñez que sólo
puede contemplar y no fundirse con lo infinito. Imposibilidad
de la unión que acontece, por ejemplo, en la pictórica romántica
de Friedrich; o en las pulsiones desmaterializantes del sujeto y la
forma en Turner.
Y Friedrich pinta un
monje que camina en la orilla del mar. El hombre, empequeñecido,
contempla un mar que parece confundirse con el cielo penumbroso. El
contraste entre la pequeñez de la presencia humana y la inmensidad
del paisaje contemplado anonada al espectador. Lo entrega a
una experiencia de lo sublime. Lo sublime primero es motivo de
meditación para Longino, en el mundo antiguo. Burke y Kant reaniman
la reflexión sobre las diferencias estéticas entre lo bello y lo
sublime. La sublimidad, como el sentimiento de lo numinoso en Lo
santo de Rudolf Otto, es lo que fascina y horroriza.
Fascinación ante un poder de amplitud inabarcable; horror ante una
profundidad inconmensurable e impenetrable para la razón. Lo
sublime hace presente lo incognoscible como fuerza que re-expone al
hombre a una realidad superior, ajena a su voluntad. Entonces, las
alas seguras del sujeto de la modernidad se derriten como las de
Ícaro. Al pretender la cercanía a lo infinito que siempre se
sustrae, el vuelo se quiebra. El sujeto cae. No por castigo de un
pecado. Sino por la ilusión óptica que hace que el sujeto se vea
más amplio y omnipresente que el propio universo.
Friedrich, pintor
arquetípico del paisajismo romántico, sacraliza la naturaleza.
Respira panteísmo. El altar no es el templo cerrado. Es el bosque y
la materia desnuda. Donde hierve lo divino, inseparable de la
materia. En muchas de sus obras, se repite el aire de grandeza
poética y divina que se compenetra con la materialidad. Y se
reitera el sujeto que contempla un poder natural que desborda su
mirada. El que observa se vierte así más allá de sí mismo, se
esparce en lo amplio. Este verterse es un modo de abandono de las
formas que limitan e individualizan. Es el ingreso al fervor de la
plástica romántica por la niebla. Por la bruma que disipa formas
carcelarias. Es el apego de Turner por la difuminación del mundo
como forma. La forma se de-forma entonces en una recurrente
viscosidad. Aquí los colores y figuras se borronean. Difuminan. Se
derraman en una materia fluida que, por negar la figura nítida y
diurna, se acerca a lo amorfo abismal. En su pintura La tormenta
de nieve… late el arquetipo de la estética disolvente
turneriana, verdadero antecedente de la pulsión abstracta de la
pintura del siglo XX.
Y entonces, un barco,
el Ariel, busca su puerto... Pero la tormenta lo estrangula. Un mar
colérico lo tironea hacia su lecho oscuro, secreto. El pintor
quiere fundirse con la tempestad. Para luego, si el Hado lo permite,
recrear su embriaguez. El artista es atado a la proa durante varias
horas. El pintor se convierte en la tormenta sin conciencia. O que
sólo es conciencia sensorial. Y el destino decide el retorno a la
tierra; desaparecen los rayos y las lanzas del agua. Y la imagen que
el artista romántico pare luego no es la de ninguna embarcación
reconocible. Es un estallido. El derrame de una fuerza que deforma.
Deshace líneas. Difumina perfiles. Hace patente el estar presente
del hombre y su frágil nave dentro de una naturaleza que borronea
el borde de las formas. Algo sin límites (in-finito) se abre a
través de lo finito. La sensibilidad romántica se acerca así al
infinito tan deseado. No para poseerlo por la imagen ni comprenderlo
a través de una geometría de la composición visual a la manera
renacentista, sino para percibir su presencia vaporosa.
Presencia, aunque evasiva, fecundante porque lo abismal es
sensación de espesor sin fin. La pintura romántica nutre así la fe
secular en la presencia de potencias excesivas, y de un abismo
secreto. De lo nocturno seductor.
De la noche que seduce.
Mas que la ingenua
transparencia de la luz…
IV
Magias impresionistas:
color ebrio, flujos de luz-color...
Es el tiempo para el
realismo. Coubert sale al aire libre, con su caballete. No busca el
pasado. La permanencia de una historia única. La fascinación debe
ser para el instante, lo efímero, la miel del presente. Lo
invisible, la sutileza metafísica, el misterio de lo sólo
sugerido, no es lo más digno para la pintura. El cuerpo y la
sensación es lo que ahora embelesa al pintor. Los hechos y escenas
de la cotidianeidad: estaciones de ferrocarril, minas, máquinas. Un
entierro. Un entierro en Ornans (1849), que Coubert
pinta con meticuloso afán realista. También, lo mismo que Daumier,
lo mismo que una faceta particular de lo romántico, la fealdad y lo
grotesco le atraen más que la belleza pulcra de los modelos
clásicos literarios del pasado.
La voluntad realista es
celebración de la inmediatez. Contacto corporal y directo con las
sensaciones penetradas por la luz. La apertura a la materialidad
sensorial del mundo es el alimento del impresionismo.
En 1874, el milagro del
amanecer se repite en un lienzo, exhibido en el Salón Independiente
de París. La flotación del astro solar en el cielo matinal, sus
fúlgidos efluvios sobre el agua y un bote, escapa a una
transposición estrictamente mimética. El paisaje no es ya la
continuidad de las figuras de la visión ingenua. Monet, el pintor
impresionista fundacional, no pinta ya tal como se ve. Pinta la
impresión que la luz y el color desencadena en el ojo en Impresión
del sol naciente. La ciencia de la óptica de la época cataliza,
indirectamente, la experiencia impresionista. Helmholtz asegura que
los colores que nacen de la mutación prismática de la luz blanca
dependen de la recepción retiniana, antes que de una irradiación
especifica de las cosas. El ojo sintetiza el color. El disco
cromático exhibe primero sus colores separados y en reposo.
Después el movimiento giratorio genera una integración de los
colores que el ojo percibe en su acercamiento al blanco. Si el color
no es predicado esencial de los objetos, la pretensión de la
pintura realista de reproducir un mundo objetivo y de un colorido
propio es ilusoria. La pintura no puede más que expresar las
impresiones de luz que inciden en el ojo con su variedad cromática.
El color es así elaboración de la percepción visual del sujeto.
El neoimpresionismo
radicalizará la interacción ciencia óptica y pintura. Georges
Seraut y Paul Signac crean el puntillismo o divisionismo. Las
pinceladas sobre la tela son reemplazadas por puntos de colores
puros. La fisiología de la visión, los textos de Charles Blanc,
les impactan esencialmente. Blanc asegura que el color, como los
sonidos, obedece a leyes físicas. Entre los tonos musicales obran
relaciones matemáticas como existen relaciones físicas
determinadas entre los colores. En la creación neoimpresionista,
los elementos mínimos de color son separados primero de la
naturaleza; pero luego son reintegrados por la retina del espectador
y su síntesis visual. La intensidad cromática del objeto depende
de una mezcla óptica y no de la mezcla de pigmentos.
Más allá de sus
diferencias técnicas, en el impresionismo o el neo-impresionismo la
magia pictórica nace desde las síntesis sensoriales de la mirada.
El color es una construcción subjetiva antes que una propiedad en
sí del objeto. El mundo pierde entidad sustantiva. Lo real es la
cambiante combinación del flujo luz-color filtrada por las
síntesis del ojo. Flujo que incendia un instante. Y da lugar luego
a una nueva combinación sensorial en otro instante. Por eso el
pintor impresionista desea pintar la danza tornadiza de la luz que
hace presente una presencia-realidad que, de instante a instante, se
enciende con una nueva fulguración lumínica. Es la experiencia
arquetípica de Manet y sus nenúfares pintados en varios momentos
del día; o las imágenes de Pisarro de una calle parisina en sus
transformaciones acontecidas durante las horas.
La realidad es
fluencia. No continuidad de sustancias. Percepción de lo real como
fluido que continúa la tradición anglosajona del empirismo de Hume
y su negación de la continuidad de las categorías de sustancia,
causalidad y alma. De forma contemporánea a la empresa
impresionista, Nietzsche también des-sustancializa y fluidifica lo
real en un devenir libre de principios inmutables. El nomadismo
deleuziano de las líneas en proyección de lo rizomático,
diferentes de los puntos-raíz estáticos, también es solidario a
la experiencia pictórica impresionista del ser como circulación de
los colores-sensación. El empirismo de un hedonismo sensorial asoma
con especial vigor en Renoir y su Le Moulin de la Galette (1876);
o en el magnetismo de la bella mujer de El Bar del Folies-Bergere
(1882), de Eduard Manet. Y la sensualidad embriagante convive,
asimismo, con la serena serenidad idílica y paradisíaca de las
pinturas tahitianas de Gaugin.
La parábola ascendente
y liberadora del color que empieza el romanticismo es continuada por
el impresionismo. Esto también afecta al lenguaje de la
perspectiva. Cezanne reemplaza la perspectiva de las líneas
convergentes (perfeccionada en el Renacimiento) por la que surge de
la intersección y superposición de planos de color. Lo
perspectivístico de la yuxtaposición cromática es ensayada por
Cezanne en sus múltiples visiones, a la largo de su vida, de la
montaña de Santa Victoria, en Aix, Provenza. Lo efímero y
cambiante del primer impresionismo da lugar, lentamente en Cezanne,
a un nuevo principio de estabilidad. Una pauta geométrica y
ordenadora de los fenómenos. Toda figura diversa se reduce a la
variación de las formas paradigmáticas del cilindro, la esfera y
el cono. Sustrato geométrico hurgado por Cezanne que será después
la clara matriz de la aventura cubista.
El impresionismo
implica la primacía de lo cambiante temporal. El tiempo sin
detención es la entraña de la realidad presente. Lo eterno es
especulación abstracta, que sólo cimbra en un pensar abstracto.
Pero cierta visión flexible de la historia de las respuestas
filosóficas a la relación tiempo-eternidad, quizá demuestre que
las elecciones unilaterales violentan la vida en su complejidad.
Unilateral es postular al pensamiento como realidad inmutable. Pero
también lo es la contraria postulación del cambio sin ningún
pivote de permanencia. Por medios estrictamente pictóricos, Cezanne
realiza la síntesis entre lo atemporal y lo moviente. Su pintura,
en el crepúsculo de la pasión impresionista, es el momento
posterior a la primera alegría ingenua de un supuesto contacto
inmediato con el puro movimiento, sin mediaciones de algún tipo de
estabilidad.
Pero lo que acaso queda
sin ser pensado, desde una meditación plástica por Cezanne, sea lo
que acontece en el punto de encuentro entre las impresiones
cambiantes y un modelo ordenador a la manera de la idea platónica.
Ese gozne de integración entre lo temporal y lo supratemporal es la
incandescencia en el centro de toda materia. Y el que intuye esa
incandescencia, para luego expresarla, es un amante de girasoles…de
noches estrelladas…y botas de campesina…
V
Incandescencias y la
génesis expresionista…
La campesina suda. La
tierra no es alegre jardín. El fango o la sequedad rasguña sus
talones. El amanecer, sólo a veces, es motivo de asombro. La
firmeza del suelo sostiene el sudor de la labranza. La muchacha se
libera del agobio de la faena y del calzado desgastado. El pintor se
concentra en absorber con el pigmento la expresión silenciosa de
los zapatos. Un pensador de la Selva Negra, Heidegger, encuentra en
esos zapatos pintados por Van Gogh la emergencia de la tierra que se
hace tierra. Lo que antes pudo quedar como sentido velado,
encerrado en su interioridad material, emerge en la claridad de la
luz. Pero en el pintor holandés el proceso de circulación
expresiva de lo interior a lo exterior es algo más que
desvelamiento de la tierra como presencia que fertiliza, como
trabajo humano en un suelo labrado bajo el sol, y entre la lluvia y
estaciones.
Van Gogh busca expresar
no sólo el sentido de lo ya desplegado, la tierra, el cielo, las
plantas, los rostros…Para él, expresar es ejercer una presión
sobre la forma de manera que ésta se abra y ponga afuera su
interioridad. Interioridad que es el ser. Pero expresión sólo
parcial del ser que siempre encubre su fondo (a la manera de la
meditación heideggeriana donde el ser se manifiesta mas sin nunca
perder su ocultamiento). Y es el propio pensar el que piensa el ser
como oculto, fuera de cualquier visibilidad. El sustrato oculto no
es visto, o sólo lo es por el ojo del pensamiento abstracto. Pero
el pintor piensa desde las terrazas de la imagen. Lo que aún es
misterio nunca visible para la contemplación intelectual debe ser
para él, aun en su invisibilidad, una forma de presencia visible.
Y lo invisible en la pintura de Van Gogh se hace presente desde la
visibilidad del estallido cromático; como luego, por las andaduras
de lo abstracto expresionista Kandinky pretenderá hacer cercano o
visible lo remoto e invisible.
En el proto-expresionismo
de Van Gogh la pintura se desliza, con una claridad desconocida
antes, hacia una radiografía visual de un núcleo metafísico de lo
real. Sólo Cezanne quizá cristaliza una acción artística
semejante. Pero en Cezanne el trasfondo de lo empírico es
geometría, figuras ideales ordenadoras; en Van Gogh, en cambio, el
dorso es el fuego.
El exceso vital.
Un desbordante punto de
ebullición sensorial.
Dentro de la materia
circulan fuerzas ígneas ubicuas, como para el pensar arcaico una
fuerza sutil o mana trasvasa toda la materialidad. La vida
incendiada que expresa Van Gogh es parte de un pensar estético de
la esencia que deviene apariencia. Como lo advierte Artaud, en su
gloriosa lírica y profundidad de Van Gogh el suicidado de la
sociedad, el pintor holandés es filósofo que pinta antes que
pintor que simplemente crea desde su desinterés por toda
implicación filosófica.
La noche estrellada
es pintura emblemática del genio de la oreja mutilada. Como lo son
sus girasoles, o el café (Ver) La hermenéutica de estas obras
puede restringirse, como corrientemente ocurre, a la liberación
expresiva del color, a la hechicería de la brillantez cromática.
Pero esto es lo mismo que describir un molino como máquina eficaz
sin percibir el misterio del viento que impulsa sus astas. El viento
que asciende y traspasa la forma pintada es lo que tal vez no debe
olvidarse: es la fuerza ínsita a la materia. Fuerza que, como el
vitalismo nietzscheano, o el posterior de Klages, no debe ser
reducida a la vida como acción físico-química. Es la vida como
pulsión de intensidad vital, de vigor incandescente. Si el ser es
fuego en Van Gogh es porque el vientre de la naturaleza no es la
desertificación del sentido, no es lo estéril o la negatividad que
niega la vida como creación y trascendencia.
En el vientre, la llama
se mueve y expande. Sin agotamiento. Y aun lo oscuro es luminosidad,
como en la noche de las otras estrellas… No aquellas estrellas que
disimulan su exceso de luz por la distancia; no las redes de
pequeñas pulsaciones titilantes y remotas. Ahora, en La noche
estrellada las estrellas son furia lumínica; los astros son
olas de fulgor, o espirales vertiginosas. La exaltación del
amarillo, del azul en este lienzo, su vivacidad sensorial, son
prolongaciones de la paleta impresionista. Pero el goce sensible no
se agota ya en un efecto superficial, como tantas veces denuncia Van
Gogh, en sus críticas al impresionismo. Ahora, la pintura sensual
es penetración en lo real; ahora el fuego estelar, antes
remoto y ahogado por la oscuridad, sale de sí, expresa la
incandescencia como el adentro de lo material.
El ser es estallido.
Y el estallar mismo es,
en su salir de sí, exigencia de expresión. El estallar del
ser-incandescencia que demanda su salir afuera obra repetidamente en
la constelación pictórica de Van Gogh: en sus girasoles, retratos,
o en sus paisajes, cuyo brillo, que hacen arder el espacio,
adelantan la posterior paisajística expresionista de Nodel, miembro
del grupo Die Brucke.
La penetración en el
núcleo incandescente de Van Gogh podríamos pensarlo como, al menos
parcialmente, antítesis al goce impresionista por lo superficial,
los bellos efectos coloridos o luminosos. Otro ejemplo de oposición
significativo que involucra la relación pintura-cultura es acaso el
simbolismo. Gustave Moreau, Edgard Burne-Jones, Pierre Puvis de
Chavannes, Odilon Redon, son sus exponentes. El simbolismo no desea
la representación objetiva, sino la revelación de una idealidad
espiritual que atraviesa la dureza de las cosas. Sus fuentes
estimulantes no son ya tratados de óptica como en el impresionismo
sino escritores, músicos, poetas del símbolo, ensueño, o la vida
otra: Huysmans, Mallarme, Wagner, Verlaine. Bergson y su defensa de
la intuición como principal forma de conocimiento también destila
su influjo. Lo ideal y emocional trasborda el testimonio visual del
mundo dado. Moreau suscribe: "Creo solo en lo que no veo y
únicamente en lo que siento. Es el Moreau de Salomé (1876).
Aquí comienza la incertidumbre. Habitualmente los simbolistas son
calificados de decadentistas. Espíritus cansados afectados por la
atracción mórbida de la muerte, la angustia, por una desilusión o
agotamiento en el fin del siglo. Una expresión artística del
pesimismo según Zola. Tal vez. Pero, quizá, es otro el destino
simbolista. No la imaginación como debilitamiento evasivo, con fuga
a u mundo de fanstasías mórbidas o idealizadas, sino firme
oposición al pragmatismo industrial, al utilitarismo creciente,
agresor pertinaz de lo imaginario. Lo simbolista sería libre
oposición a un realismo instrumental en consolidación. Otro
repertorio de las oposiciones entonces, como la antes señalada
entre la profundidad incandescente de Van Gogh y el relajado
hedonismo impresionista.
Pero acaso Van Gogh
también participa de la posible repulsa simbolista a la hiena
utilitarista…
El horror grita desde
el centro en otro referente expresionista, ya maduro a fines del
siglo XIX: El grito, de Edgard Munch. El conocido rostro
aplastado por fuerzas hostiles. Una agresión que primero parece
desencadenarse desde el afuera; pero que también insinúa un origen
desde la médula misma de la vida, anterior al vacío social
burgués.
Y la vida personal de
Van Gogh se aplasta no en un grito, sino en un disparo. Sin embargo,
la tormenta, finalmente suicida, del gran pintor acaso no nacen del
corazón mismo de la vida. Tal vez la tragedia personal de Van Gogh
nace de una distancia. La distancia entre su intuición de un mundo
en llamas y la sociedad del interés burgués. La sociedad del hielo
utilitario.
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| Una de las
pinturas de zapatos de Van Gogh. |
VI
Donde todo es
expresión…
Invariablemente todo es
expresión. Salvo el Ser como abismo o estado oculto no pensable,
todo es alguna forma de expresión. Aun cuando se piensa algo como
interior, esta interioridad ya está expresada en la
conciencia que lo piensa.
En un sentido muy
amplio, todo acto de lenguaje, toda construcción cultural no existe
sin un interés. Este interés axiomático primario quizá sea
señalar la cercana presencia de lo presente. En este actuar
es cuando emergen las interpretaciones siempre diferentes (y muchas
veces en conflicto) respeto a la cualidad de lo que se percibe como esa
presencia. La pintura en todo su despliegue histórico, o en su
segmento particular del siglo XIX, sería así sólo un pliegue más
dentro del interpretar y expresar la presencia presente.
En el círculo de las
distintas expresiones de la realidad-presencia, la pintura
decimonónica transita distintos referentes específicos: la
presencia para el neoclásico de lo real como formalidad majestuosa,
como armonía rigurosa. Una estética aprovechable tanto por el arte
de Estado, en el contexto de las monarquías del Antiguo Régimen; o
en su signo político opuesto: en la exaltación de la República
Francesa con David, como su artista icónico. En lo romántico lo
pictórico desemboca en la presencia de lo sublime, en la
nocturnidad del enigma, en el desborde sanguíneo del
sujeto-pasión. En el impresionismo las pinceladas corren rápidas y
nerviosas para hacer patente lo real presente en el fluir sensorial,
en la renovación orgiástica y placentera de la simbiosis
luz-color, que cambia de instante a instante. En la matriz
expresionista de Van Gogh, por el color y por un pensar visual e
intuitivo, se atrae o expresa lo real como incandescencia vital.
Y en este círculo de
las distintas presencias-realidad frotadas por el pincel, subyace un
conflicto, típico en la cultura occidental desde el Renacimiento.
La pintura atrapada por el deseo de autoexpresión individual, o la
pintura como un hacer aparecer lo real distinto al individuo.
Muchos son los ejemplos de esta conflictividad. El Greco muchas
veces arde más por la exhibición de su estilo que por la pintura
donde acontece la presencia de lo real. Los románticos, o todo
artista de vanguardia, late también en este contraste. En la
transición entre el siglo XIX y el XX la furia expresiva de los fauves
(bestias salvajes) franceses, Derain, Vlaminck, el primer Matisse,
prologan esta tensión.
Por otro lado, una
interpretación filosófica de lo real presente en la pintura del
siglo XIX quizá se enriquezca por un pensar la diversidad de
estilos desde una complementación sintética. No desde la
adhesión unilateral a un estilo como rechazo o subestimación de
los otros. Como viajero entre las pictóricas del siglo XIX puedes
entregarte al amor por lo romántico, en desprecio de la rigidez
neoclásica. O puedes disfrutar de un inmediato placer sensualista
en Renoir; o puedes sólo gozar con la celebración de la vehemencia
cromática de Van Gogh empapado por su trágica biografía. Pero las
preferencias excluyentes alejan de un goce quizá mayor: el de lo
complejo que integra diversos plexos, en lugar de ponderar una
faceta como "la más lograda" en desmedro de otros caminos
que recorren el prado.
Una imaginación
compleja y sintética integra lo distinto. Lo distinto aquí
son las diversas formas de hacer presente la realidad-presencia por
la imagen pictórica. Lo imaginante complejo es pensar un dibujo de
integración. La compenetración en lugar de la exclusión. Una
imaginación que imagina una pintura no pintada en ninguna parte, es
pensar la pictórica del siglo XIX como pintura una y múltiple a la
vez. La pintura pensada en su integración hace presente un estado
de lo real polifónico: es apertura a la realidad-presencia como
proporcionalidad, armonía, monumentalidad, idealidad ética
ascendente (neoclasicismo); como estallido sublime y espesor
abismático ajeno a la necesidad humana de un fundamento lógico
permanente (romanticismo); como presencia que se desnuda en los
deslizamientos ópticos y carreras hedonistas del impresionismo en
la superficie de la naturaleza o lo urbano; o como emergencia de un
invisible punto de ebullición que la pincelada debe expresar (Van
Gogh).
La diversidad de
estilos dejan de ser así interpretaciones en conflicto de lo que la
pintura hace presente. Deviene ahora una sola medusa de
muchas fibras, que atraviesa el mar común, siempre silencioso….
que nada dice con un verbo directo al hombre.
Mar común que, por
eso, siempre demanda los colores y la luz, para interpretar algo
de su presencia.