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LA
CONTINUA VISIBILIDAD DE LO INVISIBLE
Magrittte,
Foucault, Hegel, y la pintura del pensamiento
Por Esteban Ierardo
I. Los niños juegan en el cementerio. Es de día.
Desde el cielo llega la energía del sol. Tras
mover unas puertas de hierro, los chicos descienden
a las criptas. Se divierten. Gritan. Corren. Suben una
escalera. Tras la ascendente amabilidad de los peldaños,
los niños recuperan la superficie. Recuperan la luz.
Antes, no veían las figuras iluminadas por el
día. Lo visible era lo velado. Al recuperar el
afuera recobran lo antes oculto. Y entonces los niños
se encuentran con un pintor. El artista pinta en una
calle flanqueada por columnas semiderruidas, que se
alzan entre cúmulos de hojas caídas.
La
salida del no ver hacia lo que siempre está allí
en un despojado mostrarse es un actitud constante en
el arte de Magritte. Actitud que es simbolizada,
de manera profética, por sus andanzas infantiles.
Los juegos del pintor belga en el cementerio prefiguraban
su futuro oficio: darle visibilidad artística
a lo visible muchas veces no percibido. Una acción
que debe ser pensada en su exacta significación.
En el arte surrealista de Magritte, el destino del pincel
no es expresar algo anteriormente velado. No puede exteriorizarse
lo escondido o replegado sobre sí, porque no
hay nada oculto. Todo está ahí, mostrándose.
La realidad no se recluye en cámaras subterráneas,
en trasfondos disimulados, en reversos imperceptibles.
Lo real es lo que existe en un continuo mostrarse. La
apariencia no oculta la esencia. La esencia siempre
aparece. Esta intuición de lo real como manifestación
constante fosforecía ya en Hegel o
Holderlin (1). Hegel cultivaba la inconmovible
creencia: la esencia del ser, que es pensamiento, Idea,
Espíritu Absoluto, se manifiesta por el concepto.
La verdad es un progresivo automanifestarse de la Idea,
de lo real que, en su conocimiento pleno, es el sujeto
absoluto que se muestra y sabe totalmente a sí
mismo. La realidad no existe ya realizada en la eternidad.
Su primer estado es una universalidad vacía.
Un infinito sin contenidos. En su vaciedad originaria
palpita la potencialidad de lo que debe ser, la prefiguración
de un necesario desarrollo ulterior que lleva al ser
de lo vacío indeterminado, lo en sí,
hacia lo pleno y consumado, lo para sí,
lo concreto. En la semilla ya late la futura planta.
Para que el ser realice sus posibilidades necesita de
un tiempo, de un proceso de realización. La realidad
se hace a sí misma y progresa mediante el trabajo
negativo del espíritu, mediante las fuerzas de
la negación dialéctica que conserva lo
anterior y lo sitúa en un plano más elevado
de desarrollo. En Hegel, la totalidad se autorrealiza
a través de la temporalidad dialéctica
del autodesarrollo. En su devenir autorrealizador lo
real se hace cada vez más conciente de sí.
La Idea deviene concepto, totalidad autoconciente que
se muestra plenamente a sí misma. El ser, así,
se automanifiesta. No quedan resquicios ocultos, hendiduras
sofocadas por algún enigma irrebasable. No hay
oscuridad reacia a la transparencia. No hay lugar que
no sea visto o pensado por el pensamiento (2).
Lo
invisible es sólo un estado de insuficiente percepción
de lo visible. Para Magritte lo oculto sólo existe
en la superposición de los objetos que vibran
ante el ojo. Una cosa se yuxtapone con otra. Así
una cosa oculta a la otra. La ocultación es sólo
la circunstancial superposición de las cosas.
En la yuxtaposición entre los objetos brota la
invisibilidad como carencia o deficiencia, como un no
ver lo que está ahí mostrándose.
Esta idea vive en la imagen de Magritte: La gran
guerra. Una mujer vestida de blanco sostiene un
paraguas. Sobre ella, fulge un cielo despejado, de vehemente
azul. Detrás, cabrillea la líquida textura
del mar. El rostro de la mujer es ocultado por un ramo
de violetas. El rostro sigue siendo una delicada combinación
de líneas. El rostro no se repliega sobre sí.
Está abierto hacia el espacio. Pero un ramo de
flores lo oculta. Lo velado deja de ser algo visible.
Circunstancialmente, otro algo lo oculta. Lo invisible
es así la suspensión de lo visible. No
su contrario. Por lo que "lo
visible puede ser ocultado, pero lo invisible no oculta
nada; puede ser conocido o ignorado, nada más"
(3). Lo oculto no es invisible. Es visibilidad suspendida.
Lo invisible, a su vez, al ser lo visible suspendido
"no oculta nada", no encumbre un espacio
sustraído
a todo acto de visión. Este proceso no lo entiende
el ojo. Sólo lo comprende el pensamiento.
A
propósito puntualmente de La gran guerra,
Magritte asegura que "cada cosa que vemos cubre
otra, y nos gustaría mucho ver lo que nos oculta
lo visible" (4). Lo que oculta lo visible no es
lo invisible sino algo visible. La producción
de invisibilidad mediante la superposición de
objetos se reitera en Firma en Blanco (1965).
Aquí, una mujer cabalga sobre un ágil
caballo. La jinete oculta un árbol, y el árbol
la oculta a su vez a ella. "Pero nuestro intelecto
comprende ambas cosas, lo visible y lo invisible. Mi
propósito es hacer visible el pensamiento"
(5). El pensamiento sabe que un objeto oculta
a otro. Pero lo ocultado no es en sí mismo invisible
porque sigue estando allí. Mostrándose.
Lo invisible es sólo visibilidad obturada. Detrás
del objeto que se superpone, sigue brillando la visibilidad
obliterada de otro objeto, de un paisaje, un rostro.
Si viéramos a través del objeto que oculta, veríamos
lo visible que sigue estando presente. El ojo no puede
ver a través de la solidez de un objeto. Pero
sí el pensar. Por eso, Magritte pinta el pensamiento.
Un pensamiento que ve a través de las cosas,
lo que se muestra más allá del ocultamiento
de las superposiciones. Así ocurre en El bello
mundo (1962). Dos cortinas cubren un cielo
tapizado por blancas nubes. La cortina del centro, de
mayor prominencia, es transparente. Y muestra el cielo
y las nubes. En Magritte el objeto como superficie que
oculta da lugar a la transparencia que devuelve a la
visibilidad lo antes ocultado. La transparencia del
objeto, la transparencia objetual, es ilusión.
No se puede verse a través de una cosa. Pero
esta ilusión nos devuelve una realidad antes visible
tras su ocultamiento. El efecto de trompe-l'oeil
amplia el campo de lo real como
estado de continua visibilidad (6). La transparencia
objetual se repite en La condición humana.
Un caballete de pulcra y rectilínea madera descansa
frente a una arqueada abertura en una pared. Más
allá se propaga el cielo, el mar y una solitaria
y uniforme playa amarillenta. El lienzo que descansa
sobre el caballete se confunde con el entorno, lo transparenta.
La transparencia hace visible lo que está detrás.
Magritte no pinta así una visibilidad física.
Pinta una visibilidad pensada. Este proceso acontece
también en Calcomanía. A la izquierda
se muestra la silueta negra de una figura humana; a
la derecha, se comprimen los pliegues de un manto rojo
sobre cuya superficie se superpone la misma silueta
de la izquierda, pero en estado de transparencia, y
levemente alterada por un manto rojo que cae de un hombro.
Nuevo ejercicio de una trasparencia objetual, de la
figura transparente que deja ver el cielo y la playa.
Detenerse en el efecto incorpóreo de la translúcida
silueta no es, a nuestro entender, la cuestión
esencial. Lo principal es el pasaje del cuerpo ocultante
a la corporalidad o el objeto que transparenta o hace
visible lo antes obturado.
En La gran familia (1963), el efecto de
transparencia coexiste con la disolución de la certeza
sobre lo que contiene y lo contenido. Un gran pájaro
despliega sus alas en el típico cielo nuboso de
Magritte. No sabemos con precisión si el cielo adquiere
la forma de pájaro, o si el ave asume la forma celeste.
En medio de esta indeterminación, la trasparencia se
potencia en un doble movimiento posible: el ave
transparente hace visible el perdurable cielo detrás de
su cuerpo, o el cielo se transparenta a sí mismo tras su
forma de pájaro.
La manifestación de lo visible como atributo
pleno de la realidad ocurre en el El espejo
falso (1965). Un ojo nos mira. Pero aquí, la retina
no es expresión del brillo de una mirada individual.
La superficie del ojo muestra lo visto por ese ojo.
Vemos así lo que sólo esos ojos podrían
ver en un momento particular. De nuevo lo importante
es un procedimiento que hace ver lo que de otro modo
permanecería oculto.
La
misión del pintor, y por extensión del
arte en general, sería devolvernos la misteriosa
visibilidad de la cosa. Así, el pensamiento sabe
que el espacio está "constituido exclusivamente
de figuras visibles" (7).
Magritte
piensa desde un pensamiento que necesita unir el concepto
con la imagen de las cosas. Aquí nos hallamos
en las antípodas de un pensar puro sin objeto.
Del pensar parmenídeo de la pura razón
que sólo se ve a sí mismo en la abstracción
de conceptos ajenos al bello temblor de las cosas
físicas. El pensamiento que necesita de la imagen
cumple un sueño romántico: la compenetración
de la sensación y el concepto, la imaginación
y el intelecto. El pensar a través de la imagen
en Magritte sería así continuación
del camino de la síntesis romántica de
Schiller, del francfurtiano Marcuse, del heideggeriano
comprender la producción de un mundo a través
de los zapatos pintados por Van Gogh; o incluso del
primer programa del idealismo alemán (8).
La imagen no elimina el pensamiento. Por el contrario,
lo realiza. El pensamiento que se consuma mediante lo
visual es lo que acontece en Las meninas de Velázquez.
Así lo entiende Foucault en su interpretación
de la obra máxima del genio sevillano en el comienzo
de Las palabras y las cosas.
Foucault lee a Borges. Se asombra y divierte con El
idioma analítico de John Wilkins. Ocurrencia
borgeana que regala al lector la peculiar clasificación
de una enciclopedia china. Aquí se clasifican
los animales en " a) pertenecientes al Emperador,
b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas,
f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta
clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables,
k) dibujados con un pincel finísimo de camello, l) etcétera,
m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen
moscas" (9). Este ordenamiento, basado en una diversidad
o heterotopía, genera un espacio clasificatorio
común compartido por los animales empíricos o
"reales" ("lechones", animales "pertenecientes
al Emperador", "perros sueltos"), los
animales relacionados con situaciones particulares y
heterogéneas ( los seres incluidos en la propia clasificación;
los animales dibujados por un pincel de fino "pelo
de camello"; los "que de lejos parecen moscas",
o los que "acaban de romper un jarrón"), y
los animales imaginarios (los "fabulosos",
y las "sirenas"). Pero el lugar de convergencia
de esta constelación heteróclita constituye un "espacio
impensable", un "no lugar". Es un sitio
que no existe afuera, en la realidad empírica.
El lugar de la convergencia de los seres y situaciones
diversas de lo físico y lo imaginado sólo
puede existir en el lenguaje, en el plano del discurso,
no en el mundo de las cosas. Las heterotopías
de la clasificación borgiana anuncian una
imposibilidad: las palabras (que denotan el entrecruzamiento
de lo empírico y lo imaginado) y las cosas no
pueden permanecer juntas. Lo imaginario de la clasificación
china detona la imposibilidad del lenguaje como correspondencia
entre la palabra y el mundo natural. El lenguaje es
palabra, concepto, pensamiento, construcción del enunciado
y lo decible de un orden que trasciende la inmediatez
de lo empírico. Lo físico inmediato carece
de forma. Es caos sensorial. Materia informe. Silenciosa
posibilidad que espera su consumación a través
de un orden lingüístico. Que configura un mundo siempre
desde un horizonte histórico, una episteme, un
código fundamental de la cultura, un orden. Y
"de este orden deben sus leyes los cambios, su
regularidad los seres vivos, su encadenamiento y su
valor representativo las palabras" (10).
En su investigación, Foucault
se atiene a tres órdenes o epistemes: el Renacimiento
(s. XVI); la episteme clásica (s.XVI y XVII);
y la episteme de las ciencias humanas (siglo XIX).
En el Renacimiento, las palabras se corresponden
aún con las cosas. La naturaleza es un gran libro. Es
"la prosa del mundo". La cultura renacentista
lee el lenguaje escrito en las páginas del universo.
A su vez, el orden del arriba (macrocosmos) se corresponde
con la existencia humana y animal (microcosmos). Las
palabras y las cosas tejen una red de semejanzas, correspondencias,
de analogías secretas y mágicas (11).
Todo se liga entre sí mediante vastas redes laberínticas.
La correspondencia en el Renacimiento entre las palabras
y las cosas es el último coletazo en Occidente
de la originaria lengua adánica. De aquella lengua
única, anterior a la confusión babélica, donde la palabra
confería su identidad a la cosa.
En el siglo XVII, con la configuración
de la episteme clásica, el mundo ya no será
una escritura de origen divino que se deba leer. El
mundo mismo será construcción de un sujeto
racional. Lo real sólo es en tanto representación
(del sujeto ordenador y racional). El pensamiento cartesiano
sólo acepta la verdad como lo descubierto y controlado
por una racionalidad metódica (tal como acontece
en El discurso del método, o en Las meditaciones
cartesianas). La realidad, en tanto representación,
se sostendrá mediante clasificaciones, taxonomías
de diversos seres y cosas consumados por la subjetividad
que conoce y se representa lo real. El pasaje de la
palabra que dice la cosa (Renacimiento), a la palabra
que ordena o representa (episteme clásica) se
consuma, según el análisis de Foucault,
mediante un previo quiebre en el espacio literario.
El Quijote es ese momento de fractura. Alonso Quijano
se identifica con la letra leída. Se imagina
encarnación de un mundo que existe en la escritura.
Se autoinventa mediante su identificación con
la literatura de caballería. Es lo que lee. Se
autoconstruye dentro de lo escrito. Quijano se convierte
entonces en el Quijote. Y luego inicia sus aventuras
para buscar correspondencias entre el lenguaje caballeresco
y el mundo. Pero los isomorfismos son ilusorios: el
dragón con el que el Quijote cree combatir no
es ya un dragón sino un molino de viento; Dulcinea
no es una bella cortesana sino una humilde campesina.
El lenguaje no se derrama ya en un gozoso encuentro
con las cosas. Ahora proyecta un nuevo orden histórico
sobre la pasividad de la materia. Lo dicho por el lenguaje
caballeresco sólo existe como efecto de un enunciado
lingüístico. Ahora, lo real no es un orden de cosas
que se corresponden con las palabras, sino la episteme
clásica fundada por un sujeto que se representa
un mundo (12).
Dentro del horizonte de la representación clásica
expande su genio Velázquez. El pintor español
manifestó de manera precoz su singularidad en
el taller de Pacheco. En su juventud, pintó bodegones,
un género despreciado que, como burla o divertimento,
fue cultivado antes en Italia. En aquella etapa inicial,
Velázquez atribuía dignidad a la gente
común entregada a sus humildes faenas cotidianas.
Es el caso de El aguador de Sevilla, o La
freidora de huevos. Pero Velázquez era un
pintor cortesano. Su paleta aprendió a rendir
pleitesía al rey y la corte. Las Meninas
es, en principio, una pintura cortesana. Es previsible
que un artista dependiente del Rey pinte a Felipe IV
durante varios momentos de su vida, que pinte a duques
y clérigos, e inclusive a enanos y bufones de
la corte. Sería previsible entonces que, en algún
momento, Velázquez retrate a la infanta Margarita
y a las meninas, las damas de la corte. Pero Velázquez,
en la célebre obra que aquí consideramos, no pinta a
los personajes cortesanos. No reproduce meramente un
modelo aristocrático. Pinta en realidad un
lugar o centro que ve y ordena el espacio y los seres
de ese modelo.
Atendamos
primero a la imagen inmediatamente visible. En primer
plano, en el centro, se encuentra la infanta Margarita,
que dimana un exultante encanto infantil. A su lado,
se hallan las meninas, las damas de corte, Doña María
Agustina Sarmiento y Doña Isabel de Velasco; en la izquierda,
se ve al pintor, Velázquez, con la cruz roja
de Santiago en su pecho, mientras pinta un lienzo dentro
del cuadro. En el extremo derecho se acomoda un mantín
castellano, que recibe un pistón del enano Nicolasito,
junto al que se ve, con mirada distraída, a la enana
Maribárbola. En la pared del fondo, en una puerta abierta,
José Nieto, el encargado de los aposentos de la infanta,
permanece parado frente a una escalera por la que
fluye la luz. Este personaje también ve lo que
ve el pintor. Y, a un lado, resplandece un espejo. En
su mágica superficie reflectante se corporiza
la pareja real: Felipe IV y la reina Mariana. En el
análisis de Foucault es esencial dilucidar qué
es lo pintado por el pintor. ¿Cuál es
el verdadero tema de la pintura? El espejo del fondo
revela lo más imperceptible del proceso creador
del artista sevillano. La imagen especular anuncia la
realidad subyacente del cuadro, en principio, muda e
invisible. El pintor pinta en principio el lugar de
la mirada de la pareja real, que está fuera del cuadro
y que se refleja en el espejo. Lo especular, lejos de
agotarse en la ilusoria producción del reflejo, restituye
la visibilidad del rey y la reina que "están retirados
en una invisibilidad esencial"; y, desde allí,
"ordenan en torno suyo toda la representación"
(13). El lugar de la mirada de la pareja real remite,
desde lo simbólico, a un centro, a un lugar soberano:
"este centro, es, en la anécdota, simbólicamente
soberano ya que está ocupado por el rey Felipe IV y
su esposa" (14). Pero este lugar-centro es complejo,
alberga una triangularidad circular de miradas, una
"triple función" por la que en el cuadro "vienen
a superponerse con toda exactitud la mirada del modelo
en el momento en que se la mira, la del espectador que
contempla la escena y la del pintor en el momento en
que compone su cuadro (no el representado, sino el que
está delante de nosotros y del cual hablamos). Estas
tres funciones 'de vistas' se confunde en un punto exterior
al cuadro; es decir, ideal en relación con lo representado,
pero perfectamente real ya que a partir de él
se hace posible la representación" (15). Tres miradas
se unen en un solo movimiento. La mirada de la pareja
real, la del espectador del cuadro y la del pintor.
El pintor no ve ya la presencia de la pareja real, sino
lo visto por esa mirada. Este ver se irradia desde un
"punto exterior" al cuadro, de un lugar-centro,
una centralidad soberana de un sujeto que organiza y
ordena lo visible. Y esta acción ordenadora es un representar.
No es lo real como cosa en sí, sino el mundo como imagen
u orden representado. A partir de ese momento, toda
mirada sólo es posible dentro de un espacio que
es efecto de la potencia ordenadora de la representación.
Velázquez ya no pinta entonces un modelo que
se ofrece en una desnuda inmediatez. Pinta el lugar
constituyente o soberano, sólo asociable, de forma superficial
y equivoca, con la mirada de la pareja real. El genio
sevillano no retrata la presencia de los seres con sus
colores o volúmenes. Pinta el lugar que, mediante
el representar, piensa y ordena el espacio, los seres
y las cosas. Velázquez hace así visible
la configuración arquetípica del pensamiento
moderno: la representación clásica.
Las meninas es la obra que obra la visibilidad de
lo real como representación.
Tras concluir el libro que contiene su
célebre indagación sobre los sentidos
de la pintura del genio de Sevilla, el pensador francés
le envío un ejemplar al pintor belga. Magritte
le contestó al poco tiempo: "Las meninas
son la imagen visible del pensamiento invisible de Velázquez"
(16). El artista español fluye hacia un pensamiento.
Pinta su propio pensar. Pero el pensamiento invisible
no era el de Velázquez, sino el pensar de un
sujeto que piensa lo real como representación.
II.
Magritte fue esencialmente un exponente de la imaginación
surrealista. Breton entendía las aventuras de
lo surreal como descubrimiento de una realidad superior.
Una revelación de una realidad ampliada mediante, por ejemplo, la escritura automática,
la labor paranoica crítica de Dalí, o
el frottage de Max Ernst. Pero la visión
surrealista de lo real acontece, de manera modélica,
con la construcción del espacio que contiene
una diversidad heterogénea de objetos (17). La
imagen así concebida genera asombro. Extrañeza.
Un desarreglo que fractura los hábitos perceptivos
normales. La imagen surrealista suspende la proyección
del mundo ya sabido. Y abre la sensibilidad hacia un
nuevo nivel de realidad. En 1945, Magritte realizó
varios dibujos que representan fielmente la imaginación
surrealista. Estas imágenes fueron creadas para
ilustrar "Las necesidades de la vida", de Paul
Eluard. Así, podemos ver a un hombre que cuelga de una
horca y posee una cola de pez por piernas; o una jirafa
dentro de una pequeña y frágil copa; y una cabeza, acaso
la del propio Magritte, que, sin cuerpo, y coronada con
un sombrero
de copa negro, se dispone de forma invertida sobre una mesa
junto a un guante.
Cuando el pensamiento piensa
a través de lo que se imagina, despliega y tipifica
una variedad de estados de ser. Algunos de los estados
que ve el pensamiento surreal de Magritte son
la levedad de los objetos pensados; la metamorfosis
de lo animal en lo vegetal, de lo orgánico en
lo inorgánico, de lo humano en lo animal, de
lo natural en lo artificial. Estos estados incluyen
también las desproporciones espaciales.
La
levedad de lo pesado en Magritte se manifiesta, p.ej,
en El castillo, los pirineos (1959). Una inmensa
roca flota sobre el mar. En la cumbre de la formación
rocosa reposa un castillo. La pesadez pétrea
se resignifica en la nueva condición de un objeto
aéreo. El viajero (1937) muestra una esfera
que vuela sobre un sereno océano. El círculo
está compuesto por un león, una mesa,
un sillón, un túnel, un ramo de flores.
Y, en un extremo, una máquina de coser, objeto-símbolo-homenaje de la frase canónica
de Lautreámont: "el arte es el encuentro fortuito de
un paraguas, y una máquina de coser sobre una
mesa de operaciones". La esfera flotante ejemplifica
el pasaje de lo pesado a la levedad. Algo similar ocurre
con El tiempo amenazador. Aquí, nuevamente,
sobre el mar y una costa rocosa flotan un busto de mujer,
un saxo invertido, una silla.
La levedad del cuerpo humano surge asimismo en una de las obras
emblemáticas de Magritte, la Golconda (1953).
Golconda es el nombre de una rica ciudad hindú, un
lugar maravilloso. La imagen del pintor belga despliega,
sobre una fachada de unos edificios y un cielo despejado,
numerosos hombres suspendidos, vestidos de
negro y con sombreros de copa. La primera significación
que el propio Magritte atribuye a esta situación
surreal es lo humano sumergido en la multitud, donde se
disipa la singularidad y se repite un mismo hombre
común, representado bajo una misma apariencia o vestimenta. Pero, también, a propósito de esta imagen,
el pintor belga asegura: "yo considero una
maravilla el andar sobre la tierra a través del
cielo" (18). Andar sobre la tierra a través del
cielo: deambular por lo pesado y duro a través de la
libre levedad propia de todo aquello que vive en el
cielo. Estar suspendido en el aire, cerca de las nubes,
como una forma de plenitud vital, como un momento de
realización poética. El cielo como zona simbólica de liberación, de
sutil levitación o desligamiento de la dura inmovilidad
telúrica. El hombre no pueda disolver su prosapia
terrenal; pero, mediante la imaginación artística (que
en Magritte es, no olvidemos, pensamiento hecho
visible), es capaz de confundirse con la elevación
celeste. El cuerpo humano anda así en la tierra colmado
por la luz del cielo y sus anchos y libres caminos. Es
un caminar sobre lo terrestre atrayendo el cielo y
atravesándolo. Es la " maravilla el andar sobre la tierra a través del
cielo". El hombre
confundido con lo celeste
se manifiesta también en una máscara de un rostro humano
pintado por Magritte. El hombre, con sus ojos cerrados,
parece entregado a la introspección, mientras un cielo
habitado por ligeras nubes traspasa sus
facciones.
Atendamos ahora al estado metamórfico. La
metamorfosis es parte esencial de la imaginación
arcaica. Un hombre puede devenir animal, un dios puede
adquirir la forma humana. El pasaje de un término
a otro expresa la multiplicidad posible de cada forma
singular. Así una hoja no es sólo un tejido
de fibras vegetales. Mediante la imagen metamórfica,
el pensamiento en Magritte piensa o descubre que la forma-hoja es,
paralelamente, un pájaro. Lo vegetal es animal-ave,
pájaro que se hace hoja en La isla del tesoro
(1942); o en Las gracias naturales (1962).
En ambas obras los extremos de las hojas adquieren las
figuras de cabezas y alas de pájaros. En Los
compañeros del miedo (1942) las hojas-pájaros
muestran cabezas de lechuzas y búhos. Lo inorgánico
pétreo y mineral puede devenir en pájaros
de alas vastas, rocosas y nevadas en El dominio de
Arnheim (1938), y su variante de 1962. En ambos casos,
en el primer plano de la imagen existe un canasto con
huevos. Señal del pasaje de la potencialidad del huevo,
lo germinal, hacia el animal ya desarrollado. La metamorfosis
se presenta también en los pies que se transforman
en el calzado en El modelo rojo (1937) (19).
Algo que ocurre también en La filosofía
del camarín (1947), donde un vestido se metamorfosea
en los senos femeninos que cubre. A su vez, el cuerpo puede
convertirse en pez, como en La invención colectiva
(1935); y La explicación (1954),
donde una botella, un objeto artificial, se convierte
en una zanahoria.
Las desproporciones espaciales ocurren en Magritte a
través de la premeditada modificación
de la proporción conocida de los objetos, y mediante
una relación trastocada con el entorno. En La
Tumba de los luchadores (1961), una rosa ocupa toda
una habitación. No parece ahora una pequeña y
delicada flor, sino una hipnótica y desmesurada presencia.
En La giganta una mujer gigante exhibe su desnudez
cerca de un diminuto hombre que la contempla fascinado,
a la derecha del cuadro. A un lado, se ubica el poema
de Baudelaire que inspira la imagen de Magritte, cuyo
propósito central es subrayar la potencia erótica-espiritual
de la poesía y la mujer. En La habitación
que escucha (1959), la escala natural entre el objeto
y su entorno se subvierte mediante la impresión
de una manzana que ocupa la totalidad de una habitación.
La desproporción se repite en Las bellas realidades
(1964) donde otra manzana flota sobre el mar y sostiene
una mesa. La desproporción es sugerida mediante
la alteración del significado corriente de los objetos.
La mesa ya no sirve de sostén de la manzana sino
viceversa.
El desconcierto de las desproporciones espaciales se
asocia con la evocación de nuevas asociaciones, como
en La clave de los sueños. La acacia, la luna, la
nieve, el manto, la tormenta, el desierto (1930).
Aquí, dos hileras verticales de objetos aparecen
sobre una palabra escrita que no se corresponde con
el objeto. Debajo de un huevo se escribe l'acacia;
debajo de un zapato se escribe la lune; debajo
de un martillo le desert. La percepción
del objeto conocido se ve completamente trastocada.
Un martillo no remite a una función ya
conocida, sino que deviene el signo visible de una imprecisable
cadena de sensaciones evocadoras.
La disociación entre la cosa visible y el texto-palabra
es señal también, como veremos más adelante,
de la no equivalencia o correspondencia entre el lenguaje,
la escritura, la literatura, y la pintura.
III. Los opuestos pueden reconciliarse en la unidad
de la imagen. Esa unión genera un intenso efecto surreal.
Esto ocurre en la célebre serie de Magritte El
imperio de las luces. Desde 1948 hasta su muerte,
el genio belga pinta una docena de obras en la que se
repite la coexistencia del cielo diurno, diáfano,
tachonado por algunas nubes, con unas casas oscurecidas
por la noche, sólo iluminadas parcialmente por
unas farolas. El cielo diurno es lo celeste, lo solar.
Lo celeste divino de las antiguas mitologías
de raíz indoeuropeas, por ejemplo, es la divinidad
masculina que se unía, en matrimonio sagrado,
con la deidad femenina terrestre. Que es simbolizada
por lo negro de la tierra y lo nocturno de lo subterráneo,
de lo telúrico. Cielo y tierra, el cielo del
día y la noche, constituyen dos niveles de una
única realidad surgida de la potencia creadora
de los dioses. En el artista surrealista la unidad no
posee un significado mítico-simbólico
sino que actúa como unificación de los opuestos, más
allá de la percepción inmediata. En la temporalidad
corriente, el cielo-día y la noche-tierra sólo
existen como dos momentos sucesivos y alternados. En
El Imperio de las luces no hay sucesión,
sino coexistencia y unidad de contrarios.
Y la unificación de los opuestos propician un
encuentro entre Hegel, archifilósofo de lo dialéctico
superador de oposiciones, y Magritte pensador-artista
que piensa a través de la imagen, fuera de toda
escritura sistemática. En el gran filósofo
de la dialéctica, los opuestos o contrarios nunca
sangran en una herida indeleble. Siempre se reconcilian
en una unidad superior. Un mismo objeto que reconoce,
y unifica, dos funciones contrarias es imaginado por
Magritte en Las vacaciones de Hegel (1958). Un
vaso de agua se posa sobre un paraguas abierto. El artista
entonces dice: "creo que a Hegel le hubiera gustado
este objeto que cumple dos funciones opuestas: repeler
y recibir agua. Ciertamente le hubiera divertido, tal
como uno se divierte durante las vacaciones" (20).
El poder integrador de contrarios de la dialéctica
hegeliana se despliega en el tiempo, en la historia,
en una progresiva acumulación de superaciones dialécticas.
Luego de que el proceso de la Idea llega a su madurez,
la totalidad puede pensarse a sí misma en una
unidad. Que reconcilia todos los opuestos. Primero un
débil comienzo, y, luego, la madurez plasmada
tras un largo y difícil desarrollo.
Por
contraste, en Clarividencias (1936), Magritte
se pinta a sí mismo pintando un pájaro
ya maduro, con sus alas desplegadas. Sobre una mesa próxima,
el artista ve un huevo. El pájaro es resultado
de lo que se vive como potencialidad. El pintor no pinta
un ave junto a un huevo, sino un proceso ya realizado.
El fruto y el germen se muestran en un solo acto simultáneo;
se testimonia así la simultaneidad de lo posible y lo
realizado. No hay secuencias intermedias, no hay una
lenta progresión de nuevas determinaciones. El
origen y la meta coexisten. La imagen de Magritte, así
considerada, actúa en lo simultáneo y
la inmediatez (o en una serie de mediaciones condensadas
en un solo acto visual). Es lo contrario de la lenta
y gradual recreación del proceso de autodesarrollo
de la realidad en términos hegelianos.
Una diferencia que no disuelve algunas similitudes.
Tanto el artista belga como el filósofo de la
Fenomenología del espíritu ordenan
su obra bajo una noción de totalidad.
La totalidad hegeliana: el despliegue
completo de una realidad autoformada. El tejido coherente
e integrado de las macrodialécticas del Espíritu
Absoluto que contienen y expresan el todo. Por su parte,
la totalidad en Magritte: el ordenamiento en un sola
obra de las máximas figuras arquetípicas
generadas por su arte. Una meta-obra que alberga
en sí las figuras icónicas emblemáticas
de otras obras. Una meta-obra que, como totalidad, es
equivalente a la obra hegeliana máxima, a La
fenomenología del espíritu que contiene
el todo autorrealizado del pensamiento absoluto. La
meta-obra de Magritte: El reino encantado (1953),
el fresco pintado en el casino de Knokke-le-Zoute. En
un solo fresco laten distintas figuras-íconos
del arte de Magritte: la mujer como estatua de carne,
el hombre pez, el hombre con su pecho cubierto por una
tabla de símbolos, el saxo que arde en llamas,
los pájaros-hojas, las hojas cuyas nervaduras simulan
las ramas de un árbol, un árbol cortado que pisa un
hacha, el cielo-día y
la noche-tierra que coexisten en una sola imagen, más
allá de su aparente oposición.
La
fenomenología del espíritu hegeliano y
el reino encantado del pintor belga cultivan entonces
dos formas de un todo unificador. Dos modalidades de
totalidad, una conceptual, y otra un juego de luces
dentro de un solo cuerpo pictórico.
IV.
Pero en Magritte, la totalidad visual debe incluir también
el misterio. Lo misterioso no existe como lejanía
impenetrable o esquiva, como región más
allá del fulgor de lo material. Lo misterioso
debe ser preservado por el pensamiento: "lo que
no 'carece' de importancia en el misterio evocado de
hecho por lo visible y lo invisible, y que puede ser
evocado en teoría por el pensamiento que une las 'cosas'
en el orden que evoca el misterio" (21).
En
el encuentro entre lo visible y lo invisible acontece
algo que nunca termina por revelarse. Esto no es lo
invisible como lo oculto, como lo que no deja que algo
se muestre."Lo invisible no oculta nada",
afirma Magritte. Lo que no se revela no está
por debajo, detrás, o más allá,
sino dignificada en las superficies visibles, y, en
especial, en el momento en que lo visible es ocultado
por los objetos que se superponen.
Y el pensamiento piensa el misterio. Lo convoca y muestra
en el hechizo de una imagen que ve que lo visible siempre
permanece, aunque sea ocultado. Pero el misterio puede
ser evocado, no representado. La imagen cargada de
misterio no puede sustituir al misterio como tal. Entre
la imagen y lo misterioso podrá haber similitud,
mas nunca correspondencia exacta o reproducción. Y lo
mismo ocurre en la relación entre una pipa como
imagen, una pipa pintada, y el objeto pipa.
Pensemos en la célebre pipa de Magritte. En esa
pipa pintada, cuya imagen convive con la escritura que,
abajo, previene, recuerda, anuncia y corrige: "Esto
no es una pipa". La imagen de la pipa no representa
a la pipa. 
Mediante la no adecuación entre el objeto pipa
y su imagen en la celebrada obra de Magritte, Foucault
medita en la distinción entre la semejanza y
la similitud. Magritte, lo mismo que Kandinsky y las
corrientes de la pintura abstracta, arremete contra
la imagen como representación (en tanto narración).
Cuando una imagen pintada se pretende corresponder con
un modelo, se instaura una equivalencia entre pintura
y literatura. La imagen afirma, dice, narra, que entre
ella y lo real hay un vínculo representativo,
una semejanza. Así, entre los signos lingüísticos
y los elementos plásticos de la pintura se instaura
una correspondencia. La imagen pictórica afirma
o dice su semejanza con la realidad. En Kandinsky
la semejanza es negada. La imagen no se debe ya a ningún
objeto. La pintura deviene composición abstracta,
sin un modelo exterior al que asemejarse, por lo que
"esas líneas, esos colores (de la pintura
abstracta)... eran 'cosas' ni más
ni menos que el objeto iglesia, el objeto puente, o
el hombre a caballo con su arco" (22). Magritte
pareciera que muchas veces se mueve en el territorio
de las semejanzas, ajeno a la descomposición
de los objetos del pintar abstracto. Sin embargo, su
intención no es construir lo semejante. De ahí
la advertencia: "esto no es una pipa"; es
decir: no hay semejanza entre el objeto y su imagen.
Sólo existe la similitud. La similitud
"multiplica las afirmaciones diferentes, que danzan
juntas, apoyándose y cayendo unas sobre otras"
(23). Para entender esta sentencia podríamos
pensar que la imagen de la pipa fuera captada mediante
el enunciado lingüístico que reza: "esto es una pipa".
Pero esto no impediría que la pipa
pintada ( traducible a un enunciado del lenguaje que
afirma su correspondencia o semejanza con el objeto pipa)
oculte
la pipa real. La pipa de la semejanza oculta. A su
vez, ni la imagen ni el lenguaje, por separado, aseguran
la semejanza. En La mascara vacía (1928) sobre
una tabla dividida en cuatro rectángulos irregulares,
Magritte dispone varias palabras. La palabra como tal,
como texto o escritura sin imagen, oculta aquello que
diferencia el cielo, por ejemplo, del cuerpo humano. La
palabra asociada con la imagen (como en el cuadro Esto
es una pipa), y la palabra sin imagen del objeto
(como en La mascara vacía), no aseguran la
semejanza.
La semejanza busca anular la diferencia entre la imagen
y el objeto, entre la palabra y el objeto. En el sueño
de la semejanza, la imagen pintada de la pipa busca
corresponderse, asemejarse, con la pipa-objeto. En cambio,
la similitud subraya la diferencia entre la imagen de
un objeto y ese objeto. Así la pipa pintada y
la pipa-objeto conservan su esencial diferencia. No
hay aquí ya una ilusoria ansía de identidad. En la experiencia
de la similitud pregonada por Magritte, la pipa pintada
y la pipa "real" se remiten una a la otra,
se afirman sin ocultarse entre sí, sin que ninguna niegue
u obture a la otra.
En la remisión entre los términos similares se integra
también la palabra escrita, el texto, concebido como
imagen. La expresión "esto no es una pipa"
no es concebida por Magritte sólo como texto-escritura.
Las letras se convierten en dibujo. Por lo que el cuadro
"esto no es una pipa" integra ahora tres elementos:
la pipa real, la pintada, y el texto-dibujo. Ningún
elemento es semejante al otro. Ninguno sustituye u oculta
al otro. Cada elemento es similar al otro. Se relaciona
entre sí desde la similitud. No desde la semejanza.
Desde esa semejanza que quería sustituir la pipa real
por la pipa pintada. En este reemplazar la pipa-imagen
ocultaría la pipa-objeto. Ahora, en la similitud, en
cambio, cada elemento se remite al otro, lo afirma,
lo hace visible sin ocultarlo. No hay sustitución,
ni ocultamiento. Ahora los términos estallan
en una libre circulación.
V. Y el saxo arde envuelto en llamas. El artista belga
luchó contra lo invisible. La única invisibilidad
aceptable es la de lo visible que momentáneamente
se oculta para el ojo. El arte es la magia de mostrar
y hacer patente la plena visibilidad de todo. Lo invisible
es sólo una forma transformada de lo visible.
El lazo entre la visibilidad y la invisibilidad es misteriosa
y fecunda cantera para el pensamiento. Y lo que se oculta
(sin ocultarse) en la invisibilidad es también
el sonido. Fuente sutil de vibraciones, de ondulaciones
expansivas en el espacio. ¿Cómo hacer que la
serpiente invisible de lo sonoro, del sonido como música,
adquiera visibilidad? En El descubrimiento del fuego
el artista incendia el instrumento, el saxo. La
música es un grito de llamas. Es el cascabel
no visible de lo sonoro y acústico que deviene
potencia ígnea. En La voz de los vientos
(1928), la impresión sonoro de los cascabeles colgados
al cuello de caballos que escuchaba Magritte en su
infancia, se convierten en unas idealizadas figuras
esféricas que flotan en el aire, expuestas a la acción
del viento. Lo sonoro así también adquiere un volumen
o presencia visual. Y algo similar
ocurre con la potencia del pensamiento. Un rostro, una
cabeza, ya no son formas ceñidas, una geometría
de líneas, sino una detonación luminosa en El
principio del placer (Retrato de Edwards James).
Aquí, la cabeza no es forma. Es estallido de
luminosidad. La traducción vehemente de la invisibilidad
del sujeto pensante en visibilidad manifiesta.
La
realización es un estado de manifestación
plena. En la estética implícita de Magritte
podemos sospechar que algo sólo es libre cuando
no cae bajo una obstrucción que lo oculta y vela.
Liberar es devolver la visibilidad a lo oculto. Devenir
en libertad es superar lo oculto como pérdida para
recuperar la abundancia de lo visible. Las cosas, la realidad y su diversidad, suelen ser veladas
por lo que se pone delante y sofoca. La superposición
se convierte aquí en lo que reprime u oculta
un valor, una potencialidad, la individualidad humana
o el resplandor gratuito de las cosas. Liberar es descorrer, mover,
apartar o disolver lo que obstruye, lo que no deja ver,
lo que impide la visibilidad inquietante de las presencias
que componen el mundo.
La
creación no es sólo la construcción
de mundos paralelos de la imaginación. Es la
práctica creadora como disipación de la
ceguera del falso pensamiento que no puede recuperar lo velado.
Crear es descubrir y hacer patente lo que se muestra
y ofrece. (*)

|
Las
vaciones de Hegel, obra de Magritte de
1958. Sobre esta obra el pintor belga
expresó: "Creo que a Hegel le hubiera
gustado este objeto que cumple dos funciones
opuestas: repeler y recibir agua.
Ciertamente lo hubiese divertido, tal como
uno se divierte durante las
vacaciones". |
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "La continua visibilidad
de lo invisible. Magritte, Foucault, Hegel, y la
pintura del pensamiento", es editado aquí de
manera original.
Citas:
(1)
Poéticamente, Holderlin manifiesta: "La
apariencia, ¿qué es, sino el aparecer del ser? / El
ser, ¿qué sería, si no apareciera?. En consonancia
con la intuición poética, desde el plano del
pensamiento, Hegel suscribe en su Enciclopedia:
"Por eso se asombra uno de leer tantas veces que se
sabe lo que es la cosa en sí, cuando nada hay más
fácil de conocer que esto". La perplejidad sobre
la supuesta incognoscibilidad de la cosa en sí se
refiere a la filosofía kantiana y su concepto
negativo de la cosa en sí o de la realidad última de
las cosas. Para Hegel, lo que es siempre se manifiesta
en pensamiento y pierde así todo carácter oculto
impenetrable.
(2)
En este ensayo no es nuestra propósito consumar un
estudio exhaustivo o particular de la compleja obra
hegeliana. Para un análisis puntual de los aspectos
más globales y profundos del pensamiento del autor de La
fenomenología del Espíritu se puede acudir a J.
Hyppolitte, Genese et structure de la Phéménologie
de l' esprit, 2 vols.,París, 1946; A. Kojéve, Introduction
a la lecture de Hegel, París, 1947; H. Marcuse,
Razón y revolución; o Valls Plana, Del yo al
nosotros.
(3)
René Magritte, carta del 23 de mayo de 1966, editada en
versión castellana en M. Foucault, Esto no es una
pipa. Ensayo sobre Magritte, ed. Anagrama, 1993,
p.84.
(4)
Comentario en Marcel Paquel, Magritte. El pensamiento
visible, ed. Taschen, 2000, p.14.
(5)
Ibid., p.45.
(6)
El trompe-l'oeil (la "trampa del ojo")
es consustancial a la historia de la pintura. Su manifestación
mas elemental es la recreación de un modelo tridimensional
en un lienzo bidimensional. En el Renacimiento, esta
ilusión buscó la recreación realista o naturalista del
espacio donde el ojo ve el despliegue de los volúmenes
en un campo de profundidad. En el Barroco, el ilusionismo
pictórico se vinculó con la dimensión especular de la
que se hablará aquí mediante el estudio de Las meninas
de Velázquez, o en la ilusión de los cielos abiertos
en los techos de las iglesias barrocas. Bajo el influjo
de la Contrarreforma católica, el arte intentó acentuar
la estimulación emocional de la experiencia religiosa.
El más allá, simbólicamente asociado con el cielo, mediante
el ilusorio cielo barroco, era convertido en una realidad
visible, vívida y cercana. Era la altura divina
como tangible y conmovedora presencia. La ilusión pictórica
es así paradojal vehículo para la expansión de la conciencia
en un creciente campo de realidad. La trasparencia ilusoria
del techo barroco, y la de los objetos sólidos devenidos
trasparencia objetual en Magritte, buscan la revelación
de un orden real que aunque mediado por la situación
óptica ilusoria, es independiente de ella. Por otro
lado, es interesante advertir la continua presencia
del cielo como trasfondo en numerosas obras de Magritte.
Lo celeste parece adquirir el valor de sitio axiomático
para la alquimia creadora, lugar donde la realidad visible,
y antes no percibida, es recuperada por un pensamiento
que piensa mediante imágenes. El cielo, a su vez,
es lugar sin formas dadas, es espacio vacío sobre
cuya amplitud las formas y sus relaciones adquieren
una especial visibilidad y relevancia.
(7)
M. Foucault, Esto no es una pipa, op.cit., p.84.
(8)
El primer programa del idealismo alemán es un claro
ejemplo, muy al tenor del romanticismo decimonónico, de
la integración o unificación entre razón y
sentimiento, concepto e imagen. Ver el "Primer
programa de un sistema del idealismo alemán ", en
Hegel, Escritos de juventud, FCE.
(9)
J.L.Borges, "El idioma analítico de John Wilkins",
Otras inquisiciones, en Obras completas, v. II,
Emecé, Buenos Aires, pp.84-87; mencionado por M.
Foucault en Las palabras y las cosas, ed. S.XXI,
p.6.
(10)
M. Foucault, Las palabras y las cosas, op.cit.,
p.7.
(11)
Sobre el Renacimiento como cosmovisión cimentada sobre
un tejido de correspondencias o analogías, ver Umberto
Eco, La línea y el laberinto, en Revista
Vuelta, abril de 1987, pp.18-27; o C. Agrippa, La
filosofía oculta, Buenos Aires, ed. Kier.
(12)
Ver M.Foucault, "Don Quijote", en Las
palabras y las cosas, op.cit.
pp.53-56.
(13)
Ibid., p.23.
(14)
Ibid.
(15)
Ibid, pp.23-24.
(16)
Carta de Magritte, citada en Foucault, Esto no es una
pipa, op.cit., p.84.
(17)
Alusión a la célebre frase de Lautréamont, matriz de
la combinatoria antinaturalista de la imagen
surrealista: "El arte es el encuentro fortuito de
un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de
operaciones".
(18)
M. Paquel, Magritte..., op.cit, p.84.
(19)
Sobre esta imagen, Magritte escribe: "El problema
de los zapatos muestra con qué facilidad la falta de
cuidado convierte las cosas más terribles en asuntos
completamente inocuos. Gracias al "modelo
rojo" nos damos cuenta de que el envolver un pie
humano en un zapato es, en realidad, una costumbre
monstruosa", citado en M. Pasquet, Magritte,
op.cit., p.61.
(20)
Ibid., p.30.
(21)
Carta de Magritte, en Foucault, Esto no es una pipa,
op.cit., p.84.
(22)
Ibid, p.50.
(23)
Ibib., p.68.
|