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I
El viento
siempre llega desde un lugar inesperado. Llega a veces con la
forma de un elixir de felicidad y, otras, como un puño feroz
que golpea y roza la alegría. Por la calle llega el puño con
forma de metal. Es el autobús que se abalanza y arrolla a la
mujer. La anatomía delicada cae. Las vértebras se quiebran.
Una pierna sufre la violencia que imprime una larga huella de
dolor físico que invadirá a la mujer, a Frida. Frida
Kahlo.
Frida elige la pintura desde la postración,
desde sus largos períodos de convalecencia. Las
imágenes pictóricas se potencian cuando se descubre la idea que es
pintada por los colores. En el universo imaginativo de Kahlo intentaremos exhumar la idea de la unidad como integración de
los opuestos; la creación como proyección y reinvención de la
imagen corporal; lo desértico o selvático como escenificación
de la fuerza simbólica de la imagen; y el arte como
circularidad de lo personal y lo impersonal; esto es: la
creación fuertemente condicionada por la propia biografía
pero, a la vez, traspasada por efusiones ancestrales de tinte
popular o impersonal.
II
Frida respira en
un entorno de múltiples escrituras de luz. De fotografías. Las
imágenes capturadas por la lente de su padre, el fotógrafo
alemán Guillermo Kahlo. En su arte fotográfico, Guillermo
Kahlo se ciñe a los cánones de la imagen decimonónica. Ciertos
aspectos compositivos de sus fotografías, como los paisajes,
atuendos o telones de fondo, influirán en la pictórica
posterior de su hija.
Frida nace el 6 de julio de 1907, en
tiempos de la quinta reelección de Porfirio Díaz. El
porfiariato, en materia educativa, propulsa la educación
positivista, laica, una nueva mentalidad que arremete contra
la explicación mágica del mundo. La ciencia es exaltada como
saber preponderante por lo que es esencial la creencia en
la demostración científica. Por lo que es fundamental "suprimir los conocimientos
teológicos y metafísicos" (1).
El fervor por lo
científico cataliza el estudio de las ciencias naturales, la
botánica, la biología, la geografía y la química. Un efecto
estético del cientificismo militante fue el naturalismo,
género pictórico donde sobresale José
María Velasco (2). Como todas las niñas escolarizadas en
aquellos tiempos, Frida recibe los influjos del naturalismo,
cuya filigrana de flora y fauna emergerá posteriormente en su
obra Lo que el agua me dio (1939), tela impregnada de
plantas, animales, insectos, raíces y flores, y que luego será
asociada con una presunta filiación
surrealista.
Frida es afecta a las colecciones
naturalistas, donde se destacan animales vivos, como monos,
águilas, pericos, tortugas, venados, perros tepezcuintles;
animales disecados como conchas marinas, y diversos
especimenes tropicales. También, en el techo de la cama del
cuarto de visitas, Frida exhibe mariposas que le fueron
obsequiados por Isamu Noguchi en 1935.
Frida no
adiestra sus dotes expresivas mediante un aprendizaje
académico formal. "Nunca he seguido una escuela ni la
influencia de alguien"; y para 1938, tiene la certeza: "He
sido capaz de hallar una forma personal de expresarme en la
pintura, sin que me empujara prejuicio alguno". Así Frida
sería "la única pintura que se dio luz a sí
misma".
La artista conoce un espontaneismo
iluminador, un directo ver y comprender libre de un largo y
meticuloso proceso:
"Yo ya lo sé todo, sin leer ni
escribir. Hace poco, tal vez unos cuantos días, era una niña
que andaba en un mundo de colores, de formas precisas y
tangibles. Todo era misterioso y algo se ocultaba; la
adivinación de su naturaleza constituía un juego para mí. ¡Si
supieras lo terrible que es alcanzar el conocimiento de
repente, como un rayo dilucidara la Tierra! Ahora habito un
planeta doloroso, trasparente como el hielo. Es como si
hubiera aprendido todo al mismo tiempo, en cosa de segundos.
Mis amigas y mis compañeras se convirtieron lentamente en
mujeres. Yo envejecí en unos instantes, y ahora todo es
insípido y raso. Sé que no hay nada detrás; si lo hubiera, lo
vería..." (3)
La remisión autobiográfica en Kahlo es
poderosa y no puede ser subestimada: "Ya que mis temas siempre
han sido sensaciones, estados de ánimo y profundas reacciones
producidas en mí por la vida, con frecuencia le he dado
objetividad y expresión por medio de un retrato de mí misma"
(4). Sin embargo, esto no debiera impedir una interpretación
trasindividual de su pictórica o de cualquier obra artística.
Restringir la hermenéutica de Kahlo a su importante e
insoslayable trasfondo biográfico es remitir de forma exclusiva
los significados de una obra a su autor. La imagen se halla
ineludiblemente mediada por la causalidad del artista y su
universo anímico propio. Pero, a su vez, la imagen de toda
obra porta constelaciones de sentidos de posible filiación
sociohistórica o mítico-simbólicas.
La interpretación
siempre debe pensar su límite. Una frontera que impide la
sustitución de lo expresado por la propia especulación. En el
caso específico de la artista mexicana un posible punto de
equilibrio es el que impide adjudicarle de forma forzada una
estética surrealista, o reducir su lenguaje expresivo
a una esencial continuación de su historia individual.
El
vínculo matrimonial con Diego Rivera estimulará la apertura de
Frida al arte popular. Rivera posee una colección de arte
precolombino de cincuenta y siete mil piezas, donde invierte
buena parte de sus ingresos.
La pintura del periodo
colonial también dicta su influencia. En varias de sus pinturas, Frida incluye banderas con
referencias escritas; continua así una práctica común de la
pictórica del siglo XIX. Por otro lado, en la época virreinal
es frecuente la pintura del hijo fallecido. Se retrata a los
niños muertos como una forma de recuerdo. En sus manos se
colocan flores, y se los viste con atuendos que recuerdan
alguna estampa religiosa. Los niños son representados como en
vida, tendidos de medio cuerpo o de pie. Sólo las familias más
acomodadas pueden acceder a estos retratos. Con la aparición
de la fotografía, el costo se reduce y los retratos se
multiplican, como parte de la popularización de las imágenes
de los niños inocentes. Frida continuará este género popular.
Asimismo, en la atmósfera colonial circulan con vigor las
pinturas de los exvotos, retablos o votivos. Los retablos son
pinturas religiosas con tres elementos comunes: una escena que
representa una tragedia o un enfermo, un mártir o un santo que
interviene para "salvar el día"; y este evento es descrito por
una inscripción. El exvoto es anónimo, de formato pequeño.
Frida colecciona estas pinturas, y recrea varios de sus rasgos
específicos en algunas de sus obras.
También surgen
en su pictórica tópicos populares como el cuadro de
comedor o bodegón mexicano, género costumbrista que, lo mismo
que los exvotos, es de origen anónimo (5). En la vestimenta
con la que Frida se autorretrata aparecen con frecuencia
enaguas, faldas de olanes, rebozos y huipiles; prendas que
son también parte de una prolongación de lo popular.
En la
iconografía de Kahlo, creada entre 1925 a 1954, sobresalen 220
piezas, que incluyen pinturas (acuarelas y óleos); dibujos (de
lápiz, colores y tintas pastel); estampas (un grabado en
linóleo y una litografía). Además deben destacarse las
ilustraciones de su diario. El eje axial de su iconografía son
sus ochenta autorretratos (donde la artista se autorrepresenta
de diversos modos: el rostro solo, o en cuerpo entero, busto
sentado, de medio cuerpo, acostada, aunque nunca de
perfil).
El autorretrato es el típico emergente de la
cultura del Renacimiento. En el universo medieval, el hombre
respira empalidecido por la pérdida de su dignidad intrínseca
a causa del pecado. Para el cristiano, la única compensación
de la expulsión del jardín edénico es la redención tras el
juicio final. Así, la aspiración de la imagen
pictórica medieval arquetípica es estimular el camino
redentor. El espacio visual es profusamente poblado por seres
angélicos y santos. La imaginería medieval es expresión
pedagógica del orden divino. Lentamente, en el
Trecento, Giotto, de célebre pincel por su serie de
frescos sobre la vida de San Francisco de Asís, comienza a
destacar la figura humana en primer plano. Con Jan Van Eyck,
en su retrato de donante, La Virgen del canciller
Rolin, lo humano se inflama en su autoconsideración hasta
convertirse en centro exclusivo de la representación pictórica
con el primer autorretrato de Durero en el
Renacimiento.
En los comienzos de la modernidad, el
autorretrato es afirmación del sujeto en gradual movimiento
ascensional, y en franca reapropiación de la antigua
dignificación pagana de la humanitas (restringida
antaño a lo griego). En el universo privado de Kahlo, el
autorretrato resuma una voluntad introspectiva. Al pintarse a
sí misma la artista despliega una acción de autoconocimiento,
una actitud afín a la asidua autorrepresentación de Rembrant
(6).
Frida padece repetidas intervenciones, varios abortos,
y dolores insistentes. En su autognosis, la
artista mexicana traduce en términos plásticos su experiencia
corporal de sufrimiento y mutilación.
Según el
psicoanalista Anzieu el artista proyecta en su obra su propia
imagen corporal. En Frida, la autopercepción del cuerpo
sufriente, lacerado, explicaría la obsesiva remisión a una
anatomía desmembrada, y expuesta a una impotente convalecencia
(7). Experiencia de un esquema corporal de la desmembración
que se galvaniza en Henry Ford Hospital (1932). Aquí
Frida expresa con patética plasticidad su frustrante
experiencia del aborto, de la infertilidad. La artista se
desangra en soledad sobre una cama en un yerma planicie, en
cuyo horizonte se erizan chimeneas. Depósitos. Construcciones
industriales. La fertilidad trunca se ve señalada por un
yunque con elementos metálicos; remisión a la fría
intervención médica que despoja de la promesa de nueva vida,
representada por un feto. La mujer fracasa en su deseo de
generación a pesar de ser asistida por lo líquido o la humedad
fértil de un caracol que se comunica con su cuerpo por un
cordón umbilical.
La experiencia del cuerpo
disgregado es confirmada por su Diario, donde la
artista afirma: "yo soy la desintegración" (8), expresión que
es acompañada por un dibujo que expresa un sentimiento de
gradual descomposición.
Kahlo se libera de
las partes especialmente carcomidas por el dolor. La clara
expresión visual de este proceso es Pies para que los
quiero si tengo alas para volar (1953). Los pies condensan
buena parte de su patología, su desgarramiento físico, ya que
la artista sufre por las dificultades al caminar, lo que
derivará en la ulterior amputación de un pie. La desaparición
del pie en el dibujo es liberación del dolor desesperante, del
estigma físico. Es reinvención corporal.
En la tradición de
la pictórica martirológica, en la exposición del santo
cristiano martirizado, el sufrimiento sólo es superado por el
don espiritual que el dolor libera. En Kahlo, el sufrimiento
no es vehículo directo de redención religiosa, sino parte
desgarrada a ser integrada en una re-dención artística del
propio yo autorretratado.
En su constante
autorrepresentación Frida se percibe como eterno sujeto
convaleciente. La representación pictórica de su cuerpo
sufriente nace desde la mirada de quien padece el dolor
propio, no desde quien lo interpreta. En su Anthropologie
de la maladie, Laplantine distingue el proceso de la
"enfermedad en primera persona", y la "enfermedad en tercera
persona"(9). En el primer caso, el paciente genera prácticas o
discursos para expresar su propia dolencia. En el otro, la
mirada biomédica objetiva el sufrimiento del paciente desde
sus conocimientos científicos y sus formas de intervención
dentro del cuerpo sufriente ajeno.
El sufrimiento continuo
es experiencia de la proximidad de la muerte. Sentimiento que
es representado por Frida en El sueño o la cama (1940).
Kahlo pinta un esqueleto sobre su cama mientras ella duerme
bajo una manta amarilla y un entramado de flores. El esqueleto
remite a un motivo tradicional de la cultura popular mexicana:
los judas. Es costumbre en México que el Sábado Santo un esqueleto es
decorado por diversos adornos, vestidos,
sombreros, flores. Luego, las figuras esqueléticas se hacen estallar en medio de
la fiesta. Judas, traidor de Jesucristo, sólo conseguirá la
paz por el suicidio. Tanto Kahlo como Rivera coleccionan
representaciones de Judas. Muchas de estos particulares
esqueletos pueblan su casa de Coyoacán (actualmente la Casa
azul o Museo Frida Kahlo). En 1940, Frida debe viajar a
"gringolandia", como llama a Estados Unidos, para ser operada
nuevamente por el doctor Eloesser. La fragilidad continua, el
creciente deterioro por las ineludibles operaciones, la hace
conciente de que siempre vive en la cercanía de la muerte,
debajo de la letal imagen de la "pelona", la calva calavera
según una expresión popular mexicana.
El incoercible
lazo con la muerte próxima suscita movimientos de
consolidación y retracción de la esperanza en la
autopercepción de la artista. En El árbol de la
esperanza, en una de las típicas mitades de sus imágenes
binarias, bajo la vehemencia solar, ámbito de lo masculino,
sobre una camilla de hospital y luego de una última operación,
se muestra su cuerpo vejado, lacerado; en la otra mitad, bajo
la semipenumbra lunar, una Frida íntegra, sentada, vestida a
la usanza indígena, sostiene un corsé ortopédico y exhibe un
cartel aclaratorio con la mención del "árbol de la esperanza",
la firme espera de un nuevo y amable tiempo de disipación de
la tortura física. Esa grata expectación se disuelve, en el
vaivén pendular de lo esperanzador, hacia la amargura
deprimente en Sin esperanza, donde Frida, en su cama de
convalecencia, contempla, resignada, sobre su cuerpo, una
monstruosa entidad que vierte sobre sus labios la fatalidad de
la muerte.
La cotidiana intimidad con el
padecimiento impulsa en Frida la duplicidad
salud-enfermedad.
Es el caso de Las dos Fridas
(1939). Por un lado, Frida se muestra con traje blanco
europeo, de corte victoriano, y reminiscencia hospitalaria. Su
corazón late abierto. Los vasos se desangran sobre el regazo.
La otra Frida conserva su integridad anatómica, y luce traje
tradicional de tehuana. Pero la imagen de salud es sólo
apariencia, porque la insuperable autoconciencia del
sufrimiento corporal es avivada por un padecimiento espiritual
añadido: el divorcio reciente con Rivera. Su nostalgia por el
afecto quebrado se representa mediante la exhibición de un
medallón con el retrato de Diego Rivera cuando éste era niño.
Una extensa arteria une los dos corazones, por lo que el
desdoblamiento no pertenece a opuestos incontrastables sino a
una única subjetividad desdoblada.
La
autorrepresentación del dolor propio emerge también en
Autorretrato con collar de espinas (1940). Aquí, el
sufrimiento se impregna de simbolismo cristiano. La corona de
espinas de la pasión crística se enlaza con el collar. Un mono
tironea de las espinas, un gato se encrespa, y un pájaro
muerto cuelga del collar de la artista. Lo animal, aquí, aviva
el dolor que mutila, hiere y desgarra.
En El
venadito (1946) lo animal es también vehículo expresivo de
un aguzado sufrimiento corporal. El venado soporta un
ramillete de crueles y punzantes saetas que se hunden en su
cuerpo. El sufrimiento del animal violentado se trasmuta luego
en medio expresivo del padecimiento de la propia artista al
mostrarse como rostro del animal, y con sus astas emergiendo
de los costados de su cabeza (10).
En La
columna rota, la herida columna vertebral es sustituida
por una columna de estilo jónico. Este agregado artificial
reemplaza el obligado uso de Frida de corsés ortopédicos de
acero o escayola. Y la columna se rompe. La cultura clásica,
asociada con la idea de equilibrio y armonía, se quiebra. El
placer armónico es vulnerado por la presencia desproporcionada
del dolor. Unos clavos agujerean el cuerpo y los cinturones de
acero que comprimen el anómalo pilar vertebral. La
identificación con el padecimiento cristiano reaparece. La
erecta postura del sufrimiento se aproxima a El martirio de
San Sebastián, de Guido Reni. El correlato de los clavos
incisivos son las flechas que se hunden en la carne del santo
cristiano. Frida así
se autorrepresenta como mártir. La única esperanza de que su
padecimiento no sea exacerbación autodestructiva es su
redención plástica. Por la mediación de la imagen artística,
el cuerpo vejado se refunda en una nueva belleza.
III
En el
Hotel del Prado, en la Ciudad de México, un mural recrea la
luminosa claridad de una tarde dominical. En una plaza se
congrega una multitud. En el centro se distingue la espectral
nitidez blanca del esqueleto de una mujer, que descuelga su
anatomía quebradiza desde un sombrero rematado por dos grandes
plumas blancas. Sobre sus hombros pende una curiosa bufanda de
una serpiente que se festonea en ligeros flecos.
Con una de sus manos aprieta al niño Diego Rivera; con la
otra, se une al notable grabador José Guadalupe Posada (11).
Alejándose del punto central, late Benito Juárez, que exhibe
el Acta de la Constitución de 1857. Un cúmulo abigarrado de
personas componen un friso donde coexisten diversos personajes
históricos y gente del pueblo. Junto a unos globos, un ángel
coloca una corona de laurel a un anciano soldado
multicondecorado, que deposita su frágil vejez sobre unas
muletas. Y detrás del niño Rivera, una mujer muestra el
símbolo taoísta: el círculo dividido en un semicírculo blanco,
con un punto negro, y otro semicírculo oscuro con un punto
blanco. La mujer es Frida Kahlo. Es lo femenino que custodia
una arquetípica imagen de los opuestos complementarios. La
dualidad como despliegue de una unidad que se nutre de la
sucesión alternativa de los contrarios tal como es exhibida
dentro del mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda
Central (1947), de Rivera.
Como advertimos
anteriormente, en el lenguaje simbólico plástico de Kahlo, la
complementariedad de lo dual es especialmente significativa.
Además de Las dos Fridas, la construcción de la imagen
mediante dos mitades geométricas proporcionales, con campos
cromáticos ligeramente diferentes dominados por el sol y la
luna, aparece en numerosas obras de Kahlo (como en La niña
tehuana, El árbol de la esperanza, El Autorretrato de
1932, y muchas otras).
El sol y lo luna dominan
respectivamente cada una de las divisiones. Lo cual es
continuidad de la imaginación simbólica arcaica del México
precolombino y de los pueblos antiguos. El sol se une, en una
ecuación de solidaridades místico-mágicas, con el cielo y lo
masculino, con el día y la fuerza fertilizante de la luz. La
luna se confunde con el simbolismo de la fertilidad telúrica,
lo femenino, lo nocturno, lo líquido, y un enigma irreductible
a cualquier revelación definitiva. El sol y la luna integrados
representan la superación de los opuestos masculino y femenino
y la garantía de una renovación del proceso creador de la
vida.
Frida se relaciona con el círculo de artistas e
intelectuales mexicanos guiados por el ideario indigenista del
artista Adolfo Best Maugard. En 1923, Maugard escribía que el
arte mexicano debía recuperar su matriz indígena. Este estilo
folklórico se llamará "mexicanismo". Frida también jaspeará su
universo pictórico de recurrentes simbolismos precolombinos
bajo la influencia de Rivera.
El proceso que une las
potencias creativa de lo solar y lo lunar en Frida, además de
sus anclaje en el mexicanismo, posee afinidades con la
imaginación alquímica tradicional. El rebis alquímico
se expresa como dualidad sol-luna, o como la cohabitación,
dual y necesaria, del rey y la reina. En numerosas imagen
alquímicas el espacio es divido en dos planos; en uno domina
la luna y, en otro, el sol. En otros casos, lo representado es
directamente el andrógino o el hermafrodita que nace de los
dos montes de Mercurio (Hermes) y de Venus (Afrodita). Y "como
el caduceo de su padre, él es también un ser doble
(rebis) que une los dos contrarios" (12). El poema
alquímico El sol y la Luna es ampliamente conocido
desde el año 1400. En 1550 se integró a la versión ilustrada
del Rosarium philosophorum. La unión, cópula o
integración entre el Sol y la Luna aseguran la renovación y
continuación del proceso de fertilidad. Parte del poema antes
mencionado expresa: "Oh Luna, con mi abrazo/ Y dulce caricia/
Te harás bella/ fuerte/ y poderosa/ como yo. Oh Sol/
reconocible entre todos/ me has menester como los polluelos a
la clueca"(13). La potencia genésica y renovadora de lo vital
depende de la fertilidad complementaria
sol-luna.
La niña mujer, la niña tehuana en el retrato de
Kahlo, es promesa de futuro poder generador, y es centro en la
intersección de dos planos donde se muestran el sol y la luna
y los respectivos templos que les fueron consagrados en las
culturas mesoamericanas. Y en El sol y la vida (1947),
el sol exhibe su roja fuerza fertilizante y su vínculo con la
masculinidad. Un circular sol se incendia con su rojo rostro
en cuya frente se halla un tercer ojo, y es rodeado por
apretujadas flores amarillentas. Un feto llora en una de las
plantas. El tercer ojo de la sabiduría es un alto atributo
reservado por Frida exclusivamente a la representación de su
esposo Rivera. Lo masculino y lo solar se interpenetran y
confunden en una valencia común. Son fuente de crecimiento y
sabiduría. Andrea Kettennmann, ensaya también su
interpretación donde reaparece la contingencia autobiográfica
de la maternidad inviable para Frida (14).
IV
Kahlo
promueve un criticismo de izquierda, una militancia marxista. El
marxismo que Frida comparte con Rivera, la acerca también a
Breton y las huestes surrealistas, y al Trosky exiliado en
tierra mexicana tras su insalvable rivalidad con
Stalin.
Kahlo y Rivera se afilian al Partido Comunista
de México (PCM) en 1928. Se distancian después por su
desacuerdo por la tendencia estalinista del partido. Luego de
la ausencia de una acusada influencia de lo político en su
primera etapa, tras su reintegración al PCM en 1948, libera
más abiertamente su compromiso político en su pictórica. Así
lo testimonian sus últimos autorretratos en 1954 como El
marxismo le dará salud a los enfermos (un visible
manifiesto comunista), y Autorretrato con
Stalin.
En el muralismo mexicano
galopa también la enjundia socialista. Rivera, como Orozco o
Siqueiros, compenetra sus pinceladas con una explícita mirada
política, ya desde su temprano y cubista Paisaje
zapatista (1915). Rivera recrea los grandes eventos de la
historia del México precolombino, como en su vasto fresco en
el Palacio Nacional, en la Ciudad de México (15). En 1933 es
convocado por Rockefeller para pintar el mural del
Rockefeller Center. El pintor mexicano está ávido de
perfeccionar su expresión en los temas de la civilización
industrial. Sus pinceles ambicionan plasmar una visión global
del mundo moderno, embadurnada por un tinte
socialista.
La libertad debe superar la alienante
sofocación capitalista. Rivera imagina entonces al obrero en
tanto mensajero de la técnica como potencia histórica
liberadora. Pinta a Lenin como protagonista de este proceso.
Nelson Rockefeller exige eliminar el inquietante icono del
comunismo. El pintor renuncia al encargo. El capitalista
ordena luego la destrucción del mural. La experiencia en
principio estética deriva en abierto conflicto político, donde
Rivera propone esta cuestión: si un millonario americano
"comprara la Capilla Sixtina, donde se halla el trabajo de
Miguel Ángel... ¿Tendría ese millonario derecho a destruir la
Capilla Sixtina?" (16). El fresco destruido renace luego en el
Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, con su imagen
arquetípica: El hombre en el cruce de los dos caminos.
Rivera emplaza a un obrero en su lugar central, accionando una
máquina. En el costado inferior izquierdo, una distendida
reunión burguesa se contrapone a Lenin gestando el encuentro
de los hombres humildes; obreros comunistas son el opuesto de
un escuadrón de represión dotados de máscaras antigas y
punzantes bayonetas. Y uno de los caminos que se cruzan, en
el punto del protagonismo central del obrero, es el dominio
sobre la materia biológica, el mundo de los tejidos y células
exploradas por el microscopio. El otro camino es el de la
proyección del dominio de la técnica representada por el sol y
las estrellas.
El gesto de la moderna crítica
marxista de la explotación capitalista, y sus prácticas
ideológicas del ocultamiento, es solidaria con el futurismo
ruso, y su exaltación de las fuerzas revolucionarias de la
técnica. Pero lo primigenio de la mexicaneidad indígena no es
excluida en la pedagogía revolucionaria de Rivera. La
superioridad de la naturaleza respecto a la esfera técnica es
representada por el gran muralista en el fresco de la antigua
capilla en la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo. En
la parte superior, una inmensa figura femenina, de fulgentes y
hechizantes ojos celestes, domina la imagen en cuya parte
inferior, Vulcano da el fuego que mueve las máquinas junto a
Adán y Eva, la pareja humana primordial. Adán sostiene una
manzana, mientras el niño aprende a generar las fuerzas
eléctricas mediante una máquina. La mujer muestra una planta.
La fecundidad de la Tierra madre es un don primario que los
hombres luego deben multiplicar por la imaginación
tecnológica.
La remisión a la superioridad de la
fecundidad terrestre es acompañada por Frida Kahlo dentro de
su propio universo simbólico.
En Raíces, Frida
es mujer yacente, caída, sobre un paisaje desértico,
solitario, de resquebrajada sequedad. Su postura reclinada es
similar a las esculturas de deidades mesoamericanas, una
postura que también el escultor británico Henry Moore
reelabora en su escultórica. Unas raíces surgen de la tierra y
traspasan el cuerpo abierto de la mujer, como forma de
propagación, a través de lo femenino, de la raíz desde la que
brotan los frutos de la multiforme vida vegetal. La
significación telúrica surge en varias pinturas donde la
escena primaria es un paisaje desértico o selvático. La selva
actúa como lugar de lo aún no civilizado, geografía contraria
al segmentado espacio urbanizado. En soledades selváticas el
artificio humano se disgrega, y se convierte en escenario
donde se muestra una trama distinta a la cultura
urbana.
Otra de las obras donde emerge con claridad
la intuición del poder generador de lo terrestre es El
Retrato de Luther Burbank (1931). Luther Burbank
(1849-1926) es un botánico judío, adepto a numerosas
experimentaciones en injertos. Es estimado como uno de los más
importantes horticultores de su tiempo. Frida lo conoce en
Santa Rosa, California, en 1930. Por una expresa indicación de
su voluntad, Luther es enterrado bajo un cedro que él mismo
había plantado. Pidió que no quedará ninguna placa ni lápida
que señalara la ubicación de sus restos. Así, el hombre vuelve
plenamente a ser tierra. Una busca semejante a la del cazador
Derzu Uzala (17), y al artista vienés Hundertwasser que,
lo mismo que Burbank, pidió ser enterrado debajo de un árbol
para que la descomposición de su cuerpo fuera parte de las
sustancias nutricias del vegetal. El supuesto cadáver renace
de esa manera a través de su fusión con la tierra como fuente
originaria de la vida.
Kahlo no puede recibir la
influencia de Hundertwasser, pero sí de La sangre de los
mártires agrarios, que Rivera pinta en 1924, en la
Universidad Autónoma de Chapingo. Los cuerpos de los
revolucionarios Zapata y Montaño yacen bajo tierra. Sus
cadáveres son abono para la fructificación del maíz. Un sol
que domina el centro y enmarca una ventana circular es el
calor solar que atiza el milagro de la fertilidad telúrica, y
que irradia, por una vía lateral y metafórica, el fuego que
libera el propio hombre en un proceso de mutación
elevadora.
En su obra sobre Luther Burbank, Frida pinta el
cadáver del horticultor, bajo tierra, desde donde se extienden
las raíces de un árbol que brota firme y pletórico del suelo.
En el extremo superior del ascendente vegetal, se yergue un
Burbank renacido, próximo a las plantas que nacen de la
tierra, y un pala que remueve la tierra, signo de una amorosa
labor estimuladora del crecimiento vegetal del naturalista. La
muerte es devuelta a la dinámica circular de la tierra; donde
la mortalidad es sólo el momento de repliegue de la tierra
para nutrir la germinación de las semillas de las que luego
surgirá la nueva primavera. La representación artística de la
muerte en Kahlo, o antes en Rivera, suscitan la percepción
pagana del renacimiento dentro del círculo estacional de la
naturaleza, y no en la trascendencia de un trasmundo
inmaterial.
El futuro del ser individual post
morten no es el destino de un alma sino el mañana
regenerador dentro de la tierra, que es así dueña de la
materia orgánica del hombre, y del misterio de la
espiritualidad que anida en la intimidad cerebral.
La
reapropiación del manantial indígena por Frida tiene un
instante arquimédico en su Autorretrato (1930), donde
la artista se sienta sobre una silla popular mexicana. En la
imaginación simbólica ancestral, la silla se relaciona con la
montaña. El asiento, el trono, es lugar que aspira a la fuerza
de lo eterno e indestructible. Pero en algunas fundamentales
representaciones paleolíticas la Diosa Madre aparece sentada
por el gran peso de su prominente cuerpo, que augura
fertilidad. Es el caso de la famosa Cibeles prehistórica. El
símbolo del trono-montaña es así original atributo de la
Diosa: "porque la imagen de la gran Madre sentada es, a su
vez, la idea eterna, el arquetipo del dios entronizado, y la
diosa, el trono mismo" (18).
La artista se
autorrepresenta sentada sobre el antiguo sitio de lo divino
femenino y pagano que contiene y da fundamento. Esto acontece
en El abrazo de Amor del Universo, y la Tierra (México),
Diego, yo, y el Sr. Xolotl (1949), donde la artista se
sienta sobre la Tierra, la mítica diosa de la tierra
Cihuacoatl, fuente originaria de la vida. La diosa Tierra
acuna a Frida en la misma pose que la Virgen y el niño en la
iconografía cristiana. La tierra, en su color oscuro, asociado
con la luna y un cielo oscuro, nocturno, es contenida a su vez
por el abrazo del universo del amor amplio y celeste,
radiante, solar. Sobre la conjunción cielo-tierra se sienta la
mujer-artista, lo femenino que, al mismo tiempo, sostiene a lo
masculino, a un Diego Rivera niño, con su tercer ojo, señal de
futura sabiduría. A los pies de la pareja humana, se acomoda
el perro Xolotl, animal funerario por excelencia en la
mitología azteca, habitante de la profundidad subterránea del
otro mundo.
Y en el ya aludido
Autorretrato de 1930, Frida exhibe ya su prenda ritual
indígena. En su Autorretrato de Frida Kahlo y Diego
Rivera (1931), se muestra con un peinado indígena rematado
con un moño azul al frente. La artista se representará en lo
sucesivo con tocados de diversas etnias: mazahua, nahua,
tehuana, yalalteca.
El liberado fervor indigenista de Frida
es subrayado en sus Cartas al doctor Leo Eloesser, en 1936:
"Quiero ir a algún pueblito en el que no haya más indígenas,
tortillas, frijoles, muchas flores, plantas y ríos..."
(19).
Y en su pintura Mi nacimiento (1932) Kahlo es
inspirada acaso por una estatua de la diosa azteca
Tlazolteolt. A su vez, la conciencia arcaica de la pertenencia
a la prioridad y superioridad de la naturaleza acontece en
Soy mi dueña (1937). Es una naturaleza muerta que
contiene una jarra pulquera, incluida a modo de
florero.
La versatilidad del lenguaje permite la
ambigüedad verbal por la que al afirmar "Soy mi dueña", los
indígenas expresan que la jarra es su propiedad. Pero el que
así dice es a su vez de "Su dueña", es decir de la diosa de la
embriaguez.
IV
El
pensamiento intenta a veces la emancipación completa respeto a
la inmediatez sensible. Este es el caso del verbo filosófico elevado hasta
las atalayas del platonismo o el racionalismo. O del
pensamiento de Husserl, donde la libertad filosófica puede
acometer la epojé o reducción del sujeto hasta una
conciencia pura libre de cualquier determinación empírica.
Pero la imaginación plástica es condicionada por la
materialidad, y nunca puede consumar una abstracción total de
la sensorialidad. Aun la pintura de mayor evocación abstracta,
no puede ser fuera del soporte material de un vacío lienzo
monocromo.
La pintura de Kahlo nunca eligió la
purificación de la abstracción figurativa; nunca cedió al
llamado de la desmaterialización. Tampoco se alió con las
sirenas surrealistas, a pesar de que su pintura suele ser
asociada con
el surrealismo. La filosofía surrealista del arte y la cultura
comienza con El primer manifiesto surrealista de Breton
(1924). De Chirico, Dalí, Miro, Ernst, Magritte son los
referentes de una explícita e indiscutible estética surreal.
El surrealismo, según el decir de Frida "es la sorpresa mágica
de encontrar un león en el armario donde uno quería encontrar
una camisa". La ruptura del mundo convencional difunde lo raro
y la sorpresa dentro de lo cotidiano.
En 1938, Andre
Breton y su esposa, la pintora Jacqueline Lamba, visitan
México. Cuando el artífice del credo surrealista contempla
Lo que el agua me dio califica a esta obra de nítido estilo
surrealista. El francés encuentra en la artista mexicana un
aire surreal, una pictórica orientada hacia una interrogación
decisiva: "¿a qué leyes irracionales obedecemos?"
(20). "Nunca supe que era una surrealista hasta que Andre
Breton vino a México y me dijo que lo era", aclara Kahlo. Y
bajo los auspicios de Breton participa en 1940 en la
"Exposición Internacional del Surrealismo" en la Galería de
arte Mexicano en París. Pero Frida nunca se consideró
hacedora de imágenes surreales: "Dijeron que yo era una surrealista, pero no lo
era. Nunca pinté sueños…pinté mi propia realidad". El
invariable punto de partida de Kahlo es la representación de
sí. En este proceso, la trasposición del dolor propio se
bifurca hacia un nivel de conexiones inconcientes con un
imaginario ancestral de la sacralización de la tierra y la
fertilidad. La liberación de lo onírico no es así directa
finalidad de la imaginación de Kahlo. La imagen surrealista, a
su vez, es un universo replegado sobre su propia lógica
fantástica. La artista de la reiterada autorrepresentación
mira al espectador. Su mirada frontal impide la
autorreferencialidad del mundo otro surreal. En la supuesta
imagen surrealista de Lo que me dio el agua coexisten
en un espacio común distintos objetos que, en la vida "real",
no cohabitan en la cercanía. Sin embargo, la conocida avidez
de Kahlo por el coleccionismo de diversos objetos naturales
puede explicar la concatenación asociativa de la imagen, junto
a la intuición, de entonación mítico ancestral, de lo líquido
como medio fértil que nutre la diversidad de la
naturaleza.
El suicidio de Dorothy Hale
muestra la caída de la mujer que se transforma o desdobla en
tres momentos o fases de caída. Sin embargo, en el texto
explicativo de la parte inferior, se aclara que la imagen
expresa la muerte real, concreta, de la infortunada suicida, y
no una variación onírica.
En Kahlo, el
cuerpo del patetismo sufriente, del conflicto orgánico y el
disturbio biológico, se refunda en una corporalidad paralela.
La representación plástica del cuerpo funda cuerpos paralelos
a los de la experiencia más directa. Aun la supuesta imitación
del cuerpo representado se duplica en la otredad de su
idealización, tal como acontece con el cuerpo de la
escultórica griega, cuya bella idealidad armónica supera al
cuerpo observable. La belleza del cuerpo femenino real se
desdobla en un cuerpo paralelo de una belleza idealizada en
Dante Gabriel Rosetti, Klint, o Mondigliani. El cuerpo de la
densidad orgánica corriente se metamorfosea en la paralela
anatomía de los cuerpos leves (Chagall), o adelgazados e
infucionados de fragilidad (Giacometti). A su vez, la
desfiguración del cuerpo puede liberar sensaciones obsesivas
(en el Francis Bacon de Estudio según Velázquez: El papa
Inocencio X (1935); o los cuerpos desmesuradamente
ensanchados como parte de la comicidad y de la reivindicación
del art brut que se introduce en el arte elevado
imitando las imágenes de niños y enfermos mentales (J.
Dubuffet).
Y, en Frida, la representación artística
de la corporalidad desgarrada deviene otro cuerpo. El cuerpo
paralelo del padecimiento estetizado.
Como antes
postulamos, la hermenéutica que privilegia la integración
vida-obra ignora la potencialidad transindividual aun de la
obra más personal. En Kahlo, a través de su realidad de
inmediata pertenencia emergen contenidos simbólicos arcaicos.
En varias aristas del prisma filosófico de la modernidad, lo
premoderno es invocado a partir de concientes referencias a
experiencias centrales de las culturas antiguas. Nietzsche
regresa a la Grecia Antigua; Bataille medita sobre los ritos
de sacrificios aztecas; Heidegger cultiva su afinidad con los
presocráticos: el último Foucault recala en la ética socrática
y estoica. La restitución conciente de lo premoderno desde lo
filosófico es paralela a una reactualización inconciente de un
simbolismo ancestral en la pintura. En el caso de Kahlo, este
proceso es estimulado por la influencia de Rivera y por la
viva presencia en su atmósfera cultural del México
precolombino.
La incapacidad
para la fertilidad de la mujer real Kahlo es compensada por el
abrazo fértil y protector de la primigenia matriz terrestre,
relacionada con las diosas antiguas.
Y, paralelamente, en
la pintura de la mexicana vuelve con nitidez los opuestos
sol-luna, como parte de la dualidad conflictiva de lo
masculino y lo femenino, pero también de su complementariedad
creadora.
En el anillo creador de Kahlo es así
ejemplo de la circularidad ambivalente de lo personal y lo
impersonal. La transfiguración artística por la imagen rompe
el cerco de la individualidad, y ensaya la proyección plástica
y simbólica de la impersonal fertilidad terrestre y solar. Que
recorre el suelo del drama humano. (*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "Frida Kahlo y el arte en la
circularidad de lo personal y lo impersonal", editado aquí de
manera original.
Citas:
(1) Nadia
Ugalde Gómez, Juan Rafael Coronel y otros, Frida Kahlo. La
metamorfosis de la imagen. La selva de sus vestidos. Los Judas
de sus venas, México, Instituto Nacional de Bellas Artes,
2004, p.
19-20.
(2) El
naturalista mexicano José María Velasco (1840-1912), llamado
"pintor científico”, por su gran acervo científico que le
permitió recrear con precisión la naturaleza. Conoció con gran
detalle la flora y fauna de México. Así
difundió las bellezas del paisaje mexicano. A pesar de no ser
un estricto exponente de las Ciencias Naturales ingresó a la
Sociedad Mexicana de Historia Natural. Impulsó la ambiciosa
publicación, que no completó, de la Flora del Valle de
México, un intento de iconografía botánica mexicana.
(3)
Citado en Irene Zoe Alameda "Frida Kahlo "La frente y perfil",
en Arte y parte n 57, (junio-julio 2005).
(4)
Ibid.
(5)
Velázquez manifestó de manera precoz su singularidad en el
taller de Pacheco. En su juventud, pintó bodegones, un género
despreciado que, como burla o divertimento, fue cultivado
antes en Italia. En aquella etapa inicial, el creador de
Las meninas atribuía dignidad a la gente común
entregada a sus humildes faenas cotidianas. Es el caso
de El aguador de Sevilla, o La
freidora de huevos.
(6) Durante largo camino
creativo, Rembrant, el gran pintor del barroco, pintó más de
sesenta autorretratos donde se destaca una sostenida
intencionalidad introspectiva.
(7)
Anzieu D, Le corps de l'oeuvre: essai psychanalytique sur
le travail créateur, París, Ed. Gallimard,
1981.
(8)
Frida Kahlo. La
metamorfosis de la imagen, op.cit., p.38.
(9)
Laplantine F, Anthropologie de la maladie, Paris,
Editions Payot, 1992.
(10) Desde
un interpretación de orientación psicoanalítica podría
agregarse que las flechas incrustada en el venado con el
rostro de Frida expresan el avasallamiento sexual del cazador
masculino sobre la mujer asediada.
(11) José Guadalupe
Posada (1852-1913), famoso por sus dibujos y grabados en torno
a la muerte. Tránsito por los trabajos de impresión, la
publicidad, las imágenes históricas y religiosas. La
caricatura política fue su gran pasión. Mediante el dibujo, la
litografía y el grabado (sus grabados se calculan hoy en
20.000). Su elemento gráfico más expresivo fueron las
calaveras vestidas de gala, donde insinuaba el vacío del mundo
de los ricos, y de los tiranos. Murió pobre. Sus restos nunca
se reclamaron, y luego de siete años, fueron arrojados en una
fosa común, "en compañía de otras calaveras anónimas".
Su influencia fue importante en José Clemente Orozco, Diego
Rivera, Francisco Díaz de León, o Leopoldo
Méndez.
(12) Alexander Roob, Alquimia
y Mística, Colonia, Taschen, p.457
(13)
Ibid., p. 450.
(14) "Las amorfas formas de las
plantas son símbolos de los genitales masculinos y femeninos.
En el centro se encuentra el sol, dador de vida. El feto
llorando en una planta y las fosforescencias lacrimosas de los
capullos simbolizan la tristeza de Frida Kahlo por no tener
hijos", en Andrea Ketenmann, Frida Kahlo, Dolor y
pasión, Taschen, Colonia, 2002, p.75.
(15)
Rivera recrea los grandes eventos de la historia del México
precolombino, como en su vasto fresco en el Palacio Nacional,
en la Ciudad de México. La recreación histórica y monumental
se extiende hasta la colonización, la guerra de la
independencia, la revolución.
(16)
Mario De Micheli, "Rivera", en Maestros de la
pintura, número 68,
1973, p.4.
(17)
Derzu Uzala es el nombre de un cazador que luego de
encontrarse con un explorador militar ruso y sus hombres, le
transmite su especial percepción animista y panteísta de la
naturaleza. Kurosawa recreó su historia de magistral
contundencia en su Derzu Uzala (1975).
(18)
Frida Kahlo. La
metamorfosis de la imagen, op. cit.,
p.127.
(19)
El 14 de junio de 1931, en una carta también al doctor Leo
Eloesser, Frida escribe: "México está como siempre,
desorganizado y dado al diablo, sólo le queda la inmensa
belleza de la tierra y de los indios", en Frida Kahlo. La metamorfosis
de la imagen, op.cit., p.131.
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Las dos
Fridas
(1939) |