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ARTE JAPONÉS
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Obra de Hokusai, quizá el más célebre pintor japonés. Son
famosas sus distintas imágenes del Fuji Jama o de las olas. Aquí, la
desigualdad entre la pequeñez de los hombres y el tamaño del árbol
subraya la superioridad de la naturaleza que el alma japonesa
tradicional, como lis viajeros en la imagen de Hokusai,
contemplan y veneran
. |
Pequeña
presentación
El arte
japonés, por Jean Riviere
Galería arte
japonés
Textos de D.
Suzuki:
a. El
artista y la vida en el zen y el arte japonés
b. La pintura
sumiye
El arte
zen y la distancia occidental, por Esteban Ierardo
Bibliografía
Pequeña
presentación
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El
arte permite comprender la sensibilidad y la cosmovisión de otras
culturas. El arte japonés evidencia la proximidad entre la creación
artística y una profunda intuición filosófica de la realidad. El
zen, rama del budismo iniciada por Bodhidharma (o Daruma en el
Japón), impregnó vigorosamente la cultura japonesa y sus diversas
expresiones artísticas como la pintura, poesía, arquitectura, el
arte de los jardines o la célebre ceremonia del té. El zen, el
perfil místico del budismo, vincula su ideal de realización humana
con la experiencia de lo real en su nervadura más profunda entendida
como un subyacente, inasible e infinito vacío del que
misteriosamente procede la multiplicidad de las cosas. Lo vacío es
la fuente primaria del sentido, de la plenitud, la belleza y la
expansión vital. El arte japonés, mediante la apelación a la
espontaneidad creadora, la economía de formas, la percepción íntima
de la naturaleza y la elaboración de formas irregulares o
asimétricas, pretendió expresar la experiencia vivificante del vacío
creador.
Aquí, en este espacio de Galerías de arte en Temakel, podrán
hallar una galería con numerosas imágenes representativas de
diversas variantes del arte tradicional japonés. Asimismo, se
incluye un esclarecedor estudio introductorio de Jean Riviere; y dos
textos de D. Suzuki, el gran difusor en Occidente del budismo zen.
También hallarán un largo ensayo personal donde se abordan varias
cuestiones esensiales del arte zen japonés y su relación con algunas
corrientes artísticas occidentales. Por último, al final, se incluye
un listado bibliográfico como mapa de sugerencias para continuar la
exploración de esta temática.
E.I
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EL ARTE
JAPONÉS
Por Jean Riviere

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Al final de una
ondulante camino líquido, un
torii. |
Al estudiar el arte clásico del Japón, nos sentimos
impresionados por ciertos aspectos extraños, desconcertantes
incluso, de algunas de sus manifestaciones; la violencia al lado de
la contemplación, lo ridículo junto a lo sagrado, la afectación
aliada a un dureza agresiva. En el Japón, el arte exige un esfuerzo
de atención, de conocimiento y de simpatía mayor que en China, país
al que deben gran parte de su cultura.
Como todas las artes de las culturas asiáticas, los
fundamentos de la estética japonesa descansan sobre el elemento
sagrado, sobre el contacto con mundos suprahumanos, sobre la
comunión con las esferas sutiles....Si el budismo aportó su
elemento místico al arte del período chino Sung, el largo éxito de
esta estética se debía a la cualidad de los monjes artistas que la
concibieron; las aguadas monocromas salieron de los monasterios
zen impresionadas de la fe y de la contemplación mística que
reinaba en ellos.
Este mismo fenómeno se producirá en el Japón, con la
particularidad, no obstante, de que las primitivas creencias, las
prehistóricas formas religiosas que reinaban en este pueblo
continuarán vivas y activas en la religión nacional del
sinto, palabra que significa "el camino de los dioses", y que
los japoneses oponen al butsudo; "el camino del Buda". Fue un
animismo generalizado, no sangriento, en contraposición a las formas
similares de África o de la América precolombina; el sinto
cree en la activa existencia de múltiples fuerzas invisibles, dioses
locales, genios protectores, espíritus de las cosechas, del hogar,
de los antepasados y de los parientes fallecidos, fuerzas de la
fertilidad, de la generación de la vida, poderes que mueven tanto al
cosmos como a los humildes objetos. Estas fuerzas no están
individualizadas ni personalizadas; son los kami,
representaciones de todo lo sagrado. El universo fue creado por los
tres kami, nacidos sin progenitores, y por una jerarquía
descendiente que recuerda los eons gnósticos; los kami se
multiplicaron y se hallan presentes en todas las actividades de la
vida diaria del japonés. Su culto forma el sinto, la religión
nacional, muy viva todavía en el país. Hasta 1945, el emperador era
venerado como descendiente de la diosa del sol,
Amaterasu-o-mi-kami, "el kami, gran iluminador del
cielo".
El culto y las creencias del sinto han
impregnado la vida diaria japonesa desde hace muchos años; la
liturgia de esta religión recordaba a los japoneses que existían
fórmulas mágicas que favorecían la pesca, los trabajos de la granja,
la fabricación de objetos; la esencia del elemento sagrado reside en
todo, tanto en los más humildes objetos como en las piedras
preciosas, en los pescadores de un pueblecito o en los dignatarios
de la Corte imperial, en los árboles, en los bosques o en las
montañas y en los volcanes. Las fuerzas de la vida, los kami,
están presentes en las llamas del hogar, en los jarrones de la casa,
en las cacerolas de la cocina, en las vasijas, en todos objetos
domésticos. Los kami velan todo los gestos de los vivos,
hacen sólidos los muros, hermosos los árboles, maravillosas las
flores; el humo, el fuego, el ruido del trueno, el relámpago, las
terribles lavas, son kami; la fragua que llamea, la
destellante espada en manos del guerrero, los licores que embriagan,
el agua que apaga la sed, las cascadas que cantan en los valles, los
árboles que murmuran con la acción del viento, todos son
kami, es decir, fuerzas vivas, todos son kami, es
decir, fuerzas vivas que se presentan bajo la apariencia insensible,
rígida y dura de la materia.
Así pues, tocar esta materia es tocar lo sagrado.
Fórmulas de protección, de ayuda y de súplica acompañan los trabajos
de los artesanos; cada oficio tenía su cofradía cuyos miembros
guardaban en secreto las palabras eficaces, las técnicas de éxito
para edificar una casa, construir un barco, levantar un puente,
cocer una cerámica, trabajar el hierro, cincelar la madera, tejer
las telas, modelar imágenes santas. El sinto enseñaba los
formulismos y los gestos adecuados. Esta mentalidad, esta visión del
mundo aún no ha desaparecido del Japón y permanece en el
subconciente colectivo de este pueblo.
El budismo penetró en el país en el siglo VI de
nuestra era y aportó, como en China, el elemento religioso
contemplativo, místico e intelectual de que adolecía este pueblo.
Pero, simplemente, se superpuso al antiguo ritual del sinto;
cada familia continuó teniendo su altar doméstico y venerando los
kami. La edificación de templos, la elaboración de estatuas
búdicas, el tejido de los vestidos de los sacerdotes, las pinturas
sagradas de la nueva religión fueron realizadas por artesanos que
utilizaron los formulismos del sinto e invocaron los
espíritus, los genios, los dioses, los kami, de la madera,
del bronce, del tejido, del color y de la tinta. No existía ninguna
contradicción en todo esto para los budistas japoneses; se trataba
sencillamente de jerarquizar el manejo de las fuerzas complejas y
múltiples de lo sagrado, de los espíritus de las cosas, de la
esencia de la vida. Actualmente, cuando cada veinte años se rehacen
los templos sinto de Ise, con madera de hinoki
(cedro), obra maestra de una belleza impresionante, sin
ornamento alguno, totalmente de madera sin pulir y apenas
escuadrada, se escogen para este trabajo ciertas lunas del año; los
plazos, igualmente calculados en períodos lunares, intervienen en el
corte a escuadra de las maderas de construcción: hay que dar tiempo
a los kami, que "agonizan" en estas vigas trabajadas por el
hierro cruel, para que puedan transformarse...
La estética japonesa
Estos fundamentales conceptos dominan toda la estética del
Japón. Esta profunda e inimitable armonía con la Naturaleza, esta
evocación de los dioses y de los genios que forman la sustancia de
las cosas, esta búsqueda de lo sagrado por el ritmo de las formas y
de los colores son los aspectos sinto de la estética
japonesa. La belleza extraordinaria y casi diáfana de las estatuas
de Buda del período Asuka (552-646), la espiritualidad del período
Nara (646-794) en los bodhisattwas y las estatuas que
presentan monjes, la claridad interior de las aguadas zen y la densa
atmósfera de los jardines japoneses son los aspectos "búdicos" de
esta estética.
...La primera manifestación artística del sinto
fueron las haniwa, pequeñas figuras de terracota que se
hallaron dispuestas en círculos alrededor de las tumbas antiguas;
sus formas son abstractas, de un gusto muy seguro y de gran valor
estético. Estas figuras estuvieron influidas por las estatuillas
funerarias chinas de los Han, pero tenían ya su propia personalidad
dentro de una variedad considerable de tipos, muchos de los cuales
aún perduran en los humildes artesanos japoneses. Estos
haniwa poseen todas las características futuras del arte
japonés: su diversidad, su flexibilidad, su adaptación a las
circunstancias, su armonía con la Naturaleza, su sentido dinámico de
la decoración. Estos humildes cilíndros de tierra oscuras, simples
figuras geométricas de forma humana, poseen una vida extraordinaria;
posteriormente, también representaría casas, animales, caballos,
armas. Desaparecieron de las tumbas hacia el siglo VII a.C. Se
discute el papel exacto que desempeñaron los haniwa, pero, en
general, se admite que el aspecto puramente decorativo debe ser
descartado; parece que su valor mágico fue importante; eran
portadores de lo sagrado, fuentes de fuerzas benéficas para el
difunto y le servían de soporte en la larga y peligrosa marcha en el
más allá, que le introducía en el mundo de los muertos (ver galería
imagen 1). Personalmente, creemos que los haniwa eran
figuraciones antropomórficas de los kami.
Idéntico halo difuso y sagrado se encuentra en los
primeros templos sintoistas en los que tenían lugar las ceremonias
mágicas-religiosas destinadas a los espíritus invisibles, poderosos
y multiformes, los kami, entre los que cabe destacar las
almas de los antepasados, los muertos que se mezclaban con los
vivos, que les aconsejaban, les ayudaban, les estimulaban o les
castigaban. El sinto enseñaba las fórmulas precisas para
controlar a los espíritus, para que fueran favorables los
kami de la materia que el artesano iba a trabajar con respecto y
veneración. El arte era, pues, un culto, un sacerdocio permanente.
El gran templo sinto de Ise, dedicado a la diosa del Sol, el
más antiguo del Japón, siempre venerado, reconstruido cada veinte
años, según unos ritos litúrgicos muy estrictos, es un ejemplo de
esa sacralización de la materia. Edificado de una forma muy
primitiva y compuesto de vigas de madera, con el techo recubiertos
de juncos, ofrece una arquitectura de extrema simplicidad, pero de
gran elegancia. En él, la atmósfera es santa; sólo los sacerdotes y
el Emperador pueden penetrar en su interior. En esta construcción la
humilde materia es venerada y respetada; los dioses siempre están
ahí...

| El templo principal de
Ise, construido de madera de cedro sin pulir. Es un ejemplo de
un arte de arquitectura religiosa, de sencilla belleza,
carente de adornos. Cada veinte años el templo se rehace a fin
de renovar el santuario que alberga a los kamis, los
espíritus divinos. |
La llegada del budismo a través de China en el año 552 a.C.,
transformó profundamente la cultura japonesa, pero no modificó los
conceptos en que se basaba. La cultura búdica fue introducida por
una China ya muy evolucionada, cuya fuerza cultural modificó la
evolución del pensamiento japonés y tuvo una influencia duradera
sobre su arte. Pero los postulados fundamentales de la estética
sintoísta japonesa no desaparecieron, sino que, por el contrario, al
entrar en contacto con un pensamiento más refinado, los artistas
japoneses aún acentuaron más las características de sus
técnicas.
El sinto ha sido y es todavía el gran
preservador de las artes del Japón; gracias a su espíritu impregna
profundamente a todo japonés, las constantes estéticas de su arte
han sido salvaguardadas, cultivadas, refinadas. Las principales
parecen ser la interioridad, la concentración natural e intensa en
un único objeto, el extraordinario sentido de simplificación y la
incesante adaptabilidad a las diversas circunstancias. El artista
japonés descuida la apariencia de la cosas, su forma exterior, para
llegar a la verdad esencial; su pincel dibuja una forma siguiendo
unos trazos convencionales, pero la idea esencial se trasluce a
través de esta pintura abstracta donde el objeto natural, familiar,
sólo es utilizado como un símbolo, como por ejemplo, el bambú, la
roca, la cascada. En todo esto volvemos a encontrar un elemento de
la estética china, pero parece ser que en el Japón esta búsqueda ha
sido más sistemática. El empleo de esta "estenografía del pincel",
de estos signos convencionales para representar objetos naturales,
se ha hecho instintivo, innato, en el artista, el cual usa estos
símbolos comprendidos y admitidos desde hace mucho tiempo por todo
el mundo. Existe una especie de comprensión tácita y popular de
estos símbolos por parte de los japoneses que es muy interesante
observar, incluso en nuestros días.
La simplicidad domina la estética japonesa. La pobreza
de los medios y de la materia, el wabi japonés, caracteriza
el gran arte de este país. El elemento ornamental desaparece, las
líneas se simplifican, el artista persigue ante todo las formas
naturales: una vieja cepa torcida, una simple piedra de extraño
aspecto, una flor silvestre...,pero su ojo ha sabido captar con toda
seguridad una cosa bella en sí misma, rica en evocaciones estéticas.
En esto, el arte japonés es austero. Uno se siente impresionado ante
la elegante simplicidad de las cerámicas, de las estatuas, de la
pintura, de las artes menores, y descubre una distinción natural,
una finura instintiva, un gusto infalible. El arte japonés es
aristocrático, es decir, no fácil, no relajado, no
descuidado.
Otro elemento importante de la estética japonesa es la
importancia del vacío, de la soledad, sabi, alrededor del
objeto representado, la gravedad y la pesadez del espacio que lo
rodea. Las pinturas zen son notables desde este punto de vista; tres
cuartas partes del cuadro están vacías y, sin embargo, el conjunto
resulta de una gran riqueza evocadora. El artista ha sabido disponer
su objeto (rama de árbol, pájaro, pico de una montaña, orilla del
mar) y rodearlo de nada, en una soledad pictórica absoluta; también
se puede considerar que esta soledad habla, ese vacío que se impone
y atrae, son una nada que es a la vez un todo. El moderno arte
abstracto occidental utiliza también el vacío, pero, a menudo,
sorprende comprobar cuán evidente resulta el esfuerzo de
abstracción, el intento de conseguir este efecto, mientras que en el
arte oriental resulta de una espontaneidad extraordinaria, de una
riqueza sugestiva que muy a menudo falta en la artificial y
complicada obra europea. La razón, creemos, está en el valor
religioso que impone el sinto al objeto, en su sacralización
estética que hace aparecer su luz interior tras un detalle
insignificante o la aparente vulgaridad material. Esta luz es la
razón de ser del choque estético.
Esta vulgaridad, esta familiaridad del objeto, el
shibu, es visible en la apariencia inacaba de la obra de arte;
la trivialidad externa atrae al artista japonés porque es la prueba
de que el objeto está vivo, es rico en posibilidades, luminosos por
la presencia de los kami. La escoba de la cocina, el cazo, el
vaso de agua, el bastón de un viejo campesino han desempeñado un
importante papel en el arte y sin ningún esfuerzo para situarse esos
objetos en el cuadro: la escoba está allí, en un rincón del
monasterio, como en la realidad y, sin embargo, interviene en el
diálogo zen con Buda...Hay un sentido de lo inacabado que
subraya la asimetría de los rasgos; la estética japonesa no ha
esperado el cubismo ni el tachismo para comprender el valor de esta
técnica.
El budismo en el arte japonés
El sinto había preparado del tal modo el terreno de la
estética japonesa que la llegada del budismo en el siglo VI provocó
un completo desarrollo espiritual de este arte. Esta perfección ya
es visible en las primeras obras de esta época, el período Asuka. El
gran propagandista y protector de la nueva religión fue el príncipe
Shotoku Taishi (572-621). Los templos que hizo levantar son de una
belleza y un equilibrio rayanos en la perfección. El más importante,
el Horyu-ji, cerca de Nara (607), aun en pie y venerado, es
un emotivo ejemplo. Situado en medio de la naturaleza, al borde de
un estanque, y construido de madera -los templos japoneses apenas
emplean la piedra-, la capilla central, el kondo, encierra la
imagen de Buda; todo es simple, elegante, austero. Nos encontramos
con la estética sinto puesta al servicio de la espiritualidad
búdica. La arquitectura es típicamente japonesa y la escultura
refleja influencias coreanas y china, en la que entonces imperaba la
belleza simétrica y tranquila de la dinastía Wei.
La nueva capital del imperio Nara, dio su nombre a la edad de
oro del budismo; este período duro desde 646 hasta 794, fecha en que
la capital fue traslada a Heian, Kioto en la actualidad. Este
período coincide con la dinastía T'ang en China, y fue también la
época en que los monjes budistas chinos fueron a la India a buscar
los textos y a beber en las fuentes vivas de la doctrina. El arte
del Nara se caracteriza por el desarrollo de la escultura búdica que
unió la vitalidad, la naturalidad, la sensibilidad de la estética
sinto con la gran espiritualidad del budismo mahayana.
Tanto si se trata de la Sho Kanoon, como de los Budas de
Tachibana y de Jindaiji, o del grupo Yakushi-ji
-los dioses guardianes-, la producción plástica de este período
posee un valor religioso, un poder de contemplación de singular
fuerza. Hay que destacar una tendencias hacia lo gigantesco, símbolo
de los dones suprahumanos de Buda, que es particularmente sensible
en el gran santuario, el Butsuden, de Todai-ji; el
edificio es el mayor templo de madera que existe en el mundo, aunque
fue reducido en un tercio en relación con la construcción original.
Mide 57 m de ancho, 50 de profundidad y 49 de altura; la doble
cúpula de madera trabajada es impresionante (ver galería imagen 9).
En su interior se halla la famosa estatua de bronce de Buda
meditativo que data del año 749, una de las mayores estatuas de
bronce que existen (mide 16 m de alto, su rostro tiene casi 5 m y
pesan 452 toneladas). Sus proporciones son armoniosas y la visión de
este inmenso ser, reluciente en la penumbra del templo, es
grandiosa.
 |
| La inmensa estatua del Buda dentro del
santuario del templo
Todai-ji. |
Las demás producciones artísticas de esta época que todavía
quedan -un terrible incendio destruyó en 1949 los frescos de las
paredes de Horyu-ji- son indicativas del alto nivel del arte
japonés del siglo VIII, formando por las escuelas coreanas y chinas.
Las pinturas murales, los tejidos, los objetos de metal y de laca
conservados en el Shoso-in, depósito del tesoro imperial de Nara,
son de un gusto inefable e indican una cultura refinada, en la que
la influencia de la estética china era todavía muy
fuerte.
La escultura del período siguiente, el Heian
(794-1185), fue menos realista que la anterior; la influencia de una
nueva iconografía decadente de origen indio aportó un elemento de
exageración que desequilibró el admirable realismo de la escultura
Nara. En cambio, la arquitectura llegó a ser espléndida; los templos
abandonaron su soledad austera y se convirtieron en lugar de reunión
de la sociedad aristocrática japonesa. Los edificios eran de una
refinada elegancia y su interior de una riqueza y una opulencia
extremas. El templo quiso reproducir las maravillosas tierras
celestes budistas. Sus frescos recuerdan este simbolismo, y las
piedras preciosas, las gemas y las lacas doradas crearon una
atmósfera irreal que aún se percibe en el templo de Byodo-in,
en Uji, cerca de Kioto. Los fieles tenían la impresión de penetrar
en los espléndidos paraísos que les estaban prometidos. La gran
familia aristocrática de los Fujiwara, que detentaba el poder
absoluto al final del periodo Heian, pudo hacer gala de su poder y
riqueza.
Si la escultura budista mostró signos de decadencia
durante este período, la pintura, en cambio, se hizo típicamente
japonesa y se liberó de la influencia china. La aristocracia de
Kioto se desenvolvió en una atmósfera refinada y preciosista, en la
que el artificio reemplazó al arte. Los monasterios y los monjes
salvaron la pintura de esta decadencia, pero, contrariamente a la
pintura china, hacia el siglo X, se produjo una separación entre la
pintura religiosa búdica, realizada por monjes, y la religiosa,
profana, destinada a las clases refinadas de la sociedad japonesa.
Los frescos del templo de Gaigo-ji, cerca de Kioto, muestran
el estilo de este período.
Las pinturas religiosas Heian realizadas sobre seda de
color o en las paredes de los monasterios se caracterizan por un
lirismo desbordante que corresponde a las diversas posiciones
religiosas de las escuelas budistas a que pertenecían esos
monasterios. Los personajes que rodeaban a Buda en el momento de su
muerte, el paraíso del Buda Amida, su descenso a la Tierra, los
diversos discípulos de Buda, son de una gran simplicidad y de una
naturaleza muy estudiado. Los artistas se sirvieron de paisajes
llenos de nubes y de flores para crear una atmósfera irreal; sin
embargo, los personajes mantienen una actitud rígida y
artificial.
La pintura profana hizo su aparición bajo los Heian,
se denominó yamato-e, es decir, pintura puramente japonesa, y
se opuso a kara-e, la pintura china de los T'ang. Las paredes
de las casas, los biombos y las puertas se decoraron con pinturas
inspiradas en los cuentos y las novelas que estaban de moda: la
Historia de Ise; el Libro de la almohada, y la Historia de
Henji. Las pinturas ilustrativas, en unos grandes cilindros,
los emakimono, acompañaban el texto. El análisis de los
detalles de estas representaciones ofrece notas curiosas; el
cilindro se desenrollaba lentamente y la lectura del texto seguía la
visión de las escenas descritas. Los personajes apenas estaban
esbozados para que el lector pudiese imaginarse a sí mismo en su
lugar, y los techos de las casas estaban levantados para que se
pudiera ver su interior. La perspectiva estaba tomada desde el
ángulo superior de la parte derecha para acompañar el movimiento del
texto, enrollándose de derecha a izquierda. Su ejecución era muy
cuidada, y los movimientos de los personajes tenían un realismo, una
vivacidad y una plasticidad sorprendentes. Eran un lejano preludio
de la pintura profana y ligera ukikoe-e (ver galería imagen
6) que aparecerá a partir del siglo XVIII.
En el período siguiente, llamado Kamakura (1185-1333),
fue el fin de la escultura búdica en el Japón. El idealismo
religioso de las épocas de fervor del Nara se transformó en una
búsqueda personal de la individualización; es un fenómeno que
recuerda el Renacimiento italiano, en el que los artistas afirmaron
su personalidad. En este período, cada escultura representa un
personaje determinado: el fundador de una escuela filosófica, un
monje, un superior de monasterio. En él impera un total realismo
(ojos de cristal, pliegues en los vestidos, expresiones de las
caras, ademanes). Estas estatuas impresionan por la vitalidad que
desprenden, por los habituales movimientos que adoptan, por el
dramatismo que impregna su actitud. De esta época data el inmenso
Daibutsu, el gran Buda de bronce, de 14 m de altura, del templo
Kotokuin, de Kamakura. Fue una época en que dominó un dinamismo
expresivo que a veces se transformó en gesticulante. La estatuaria
japonesa ya no se renovó más y se mantuvo en unos cánones
invariables.
La pintura y los
jardines zen
Nuevas escuelas religiosas búdicas llegaron de la China
durante el período Kamakura; la "escuela de la tierra pura",
jodo, resaltó el papel del salvador del Buda Amida y sus
imágenes se multiplicaron; su culto se hizo muy popular (ver en
galería imagen 12). La escuela shinshu, variante de la
primera, fue más austera y sólo aceptó la imagen de su fundador, el
monje Shinran.
La pintura religiosa siguió estas tendencias: descenso
de Amida de su paraíso para ayudar a los hombres, y representaciones
de los suplicios del infierno budista, donde el genio Fudo castigaba
a los infiernos y a los pecadores; estas últimas obras recuerdan las
escenas de los suplicios infernales de las pinturas medievales
cristianas. El realismo es extremado y la fantasía sarcástica; son
unas visiones de pesadilla como Dante nunca hubiera
soñado.
Es admirable el retrato del general Minamoto Yoritomo,
fundador del régimen militar de Kamakura, realizado por Fujiwara
Takanobu (1142-1205); el fondo neutro y el vestido negro, en el que
reluce el puño cincelado de la espada, hacen que destaque el rostro
pálido, duro e impasible del gran jefe militar del Japón
medieval.
En el período siguiente, el Muromachi (1333-1573), la
pintura emprendió un nuevo camino con la llegada del arte budista
chino sung. La pintura ch'an de los Sung conquistó
rápidamente la sensibilidad de los artistas-monjes japoneses que
practicaban el zen. Esta palabra es una transformación
fonética del término ch'an, que a su vez es traducción china
de dhyana, expresión hindú que significa meditación,
concentración mental.
Todo cuanto se ha dicho sobre la influencia del
ch'an en la pintura china, se aplica naturalmente, a la
influencia del zen sobre la estética japonesa. Pero, el
temperamento japonés, su sensibilidad por la Naturaleza y su sentido
cósmico de la unidad total del universo permitieron a los conceptos
zen penetrar mucho más profundamente en el alma de los
artistas. La nueva doctrina transformó las ideas, las creencias, las
actitudes del pueblo japonés; y no sólo fue modificado el arte, sino
que el modo de vida, y la cultura se impregnaron también de la nueva
ideología. Los guerreros, los samurais (ver galería imagen 2),
adaptaron su código de honor militar, el Bushido, a los
principios severos y austeros del zen. Los jardines
reflejaron, en su cuidado, la búsqueda de la paz búdica. La
ceremonia del té, típicamente zen, fue un ritual simple, pero
de gran sutileza, para reunir en torno a él a los espíritus
refinados. Durante más de seiscientos años, los ideales religiosos
del budismo zen dirigieron el alma japonesa y la impregnaron
profundamente. El sinto y el zen forman los
fundamentos psicológicos del pensamiento nipón y explican su
comportamiento y sus reacciones ante la vida, incluso en la época
actual.
 |
| Pintura de
Sessuhu |
La pintura fue la
más bella expresión de estos ideales metafísicos; se volvió a los
temas estéticos de la pintura china sumi-e, a la aguada, a la
tinta del período Sung. Por otro lado, el período Muromachi fue una
época de renacimiento artístico y religioso que favoreció
intensamente la propagación cultural. Los monjes-artistas de los
cincos grandes monasterios zen imitaron en un principio las
obras chinas, pero después las trasformaron según el genio propio de
su raza. Las aguadas, suiboku, de Mokuan (siglo XIV) muestran
la tendencia japonesa de representar personajes conocidos: monjes y
ermitaños, siguiendo en esto uno de los rasgos permanentes de este
arte. La rigidez de los retratos del período Kamakura desapareció
gracias a la intensa vida interior y la excelente técnica de los
artistas. Cabe citar al monje zen Josetsu (siglo XV), cuyas
aguadas quieren provocar el satori, voz técnica zen
que significa el choque de la liberación espiritual. Este choque
puede producirse después de un acto sin importancia en una persona
en estado de "sobresaturación espiritual" provocado por un largo
período de meditación dirigida. La pintura zen quiso
reproducir estos momentos psicológicos al tiempo que los
sugería.
Su discípulo Shubun, del monasterio zen, de
Shokoku-ji, superó a su maestro por la técnica y la profundidad de
su arte; los rostros de sus personajes poseen una vida
extraordinaria que pone al descubierto sus íntimos sentimientos.
Pero, el gran maestro de este período fue, sin duda alguna, el monje
Sesshu (1420-1506) (ver en galería imagen 11) , quien estudió las
aguadas monocromas en China y estableció después en Yamaguchi,
Japón. Esencialmente fue un paisajista; su estilo varió mucho y a
menudo utilizó varias técnicas de aguadas en una misma obra. Creó
una pintura abstracta zen, en la que la simplificación de la
forma es casi total; Sesshu quizo provocar la iluminación interior,
simbolizar el estallido espiritual del alma humana por la presión de
la contemplación; sus pinturas, de trazos picados, contrastados, de
contornos indefinidos, recuerdan a menudo los dibujos vanguardistas
de la pintura occidental.
Sus discípulos Sesson (1504-1589), Hakuin (1685-1786)
y Sengai (1751-1837) entre otros, siguieron esta tradición de la
pintura metafísica por medio de la aguada que aún permanece viva en
nuestros días. Puede admirarse, por ejemplo, en la obra del maestro
moderno Yokoyama Taikan (1868-1959).
La influencia de la doctrina zen con su sobriedad y su
interés por la Naturaleza se encuentra en el arte de los jardines
japoneses de esta época. La aparente pobreza de medios, la
simplicidad, la pureza de líneas se utilizaron en la edificación de
la pequeña casa de té y en el jardín que la rodea. Los más grandes
artistas zen diseñaron jardines acordes con las reglas del
budismo y empezaron por los parques que rodeaban los monasterios; el
más célebre es el del templo del Rysan-ji, en Kioto. Los principales
elementos del jardín zen se obtienen únicamente de la
Naturaleza y, a primera vista, son los más "vulgares": piedras
recubiertas de musgo, árboles, un pequeño estanque, plantas
corrientes. Algunos se reducen sólo a rocas y arena fina, en un
intento artístico de obtener lo abstracto (ver galería imagen 8). En
el jardín japonés todo se reduce a lo esencial y todo es simbólico;
la presencia del sinto recorre esa naturaleza que, en pocas
palabras, ofrece la refinada belleza de sus formas y de sus colores.
Todo es cuestión de ambiente, de sensaciones estéticas, de evocación
interior. El efecto es sorprendente: en medio de los ruidos y de la
agitación del mundo, el jardín zen, por su economía de
medios, la armonía de la disposición de sus elementos, la
utilización sabia y refinada de la Naturaleza, es un lugar de paz,
de recogimiento y de meditación: principios que busca el budismo
zen. (*)
(*) Fuente: Jean Riviere, El arte oriental, Biblioteca
salvat.

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Hacia finales del siglo
XVII, surgió el arte del netsuke. El kimono japonés se
sujetaba a la cintura mediante una faja. No tenía bolsillos
por lo que no había lugar para guardar objetos
personales, como las cajitas para píldoras (inro). Los
inro se llevaban en la faja (obi) donde un tope
los mantenía anclados. Esos topes eran los netsuke que
estimularon un arte popular de finas tallas en miniatura en
madera o marfil. Arriba un netsuke, tallado en marfil,
del mono mágico de la historia de Wu Ch'eng-en, capaz de hacer
milagros para ayudar a su amigo, un sacerdote
budista. |
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Galería de arte japonés
(Aclaración: todas
las fotografías pueden ser ampliadas mediante un clik; en la
ampliación, al pie de las imágenes, hallarán epígrafes
explicativos)
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Fuente de las ilustraciones: Jean Riviere, El
arte oriental, Biblioteca Salvat; Japón. El imperio
del sol naciente, ediciones Folio; Raymonde de Gans,
Japón, ediciones Ferni; Osvaldo Svanascini, La pintura
zen y otros ensayos sobre arte japonés, ed. Kier.
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EL ARTISTA
Y LA VIDA EN EL ZEN Y EL ARTE JAPONÉS
Por Daisetz T.
Suzuki
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| Autorretrato de
Katsushika Hokusai (1760-1869), uno de los más creativos
artistas del Japón. |
...La
principal razón del caracter imprevisible o sorprendente del Zen
deriva de su trascendencia respecto a la conceptualización. Se
manifiesta en las formas más insolitas o irracionales; no permite
que nada se interponga entre lo que se trata de expresar y la
expresión. De hecho, lo único que limita al Zen es su deficiencia a
la hora de expresarse. Pero esta es una limitación impuesta a todo
lo humano y, en realidad, a todo lo divino en cuanto a que pretenda
tornarse inteligible.
El espíritu del Zen consiste en ir más allá de la
conceptualización, y esto implica unirse al espíritu de la manera
más íntima. Esto supone, a su vez, la infravaloración, en una cierta
medida, de todo tipo de técnica. La idea podría expresarse mejor
diciendo que el Zen contiene en sí mismo algo que evita toda
destreza técnica sistematizada, pero debe ser de algún modo dominado
a fin de llegar al más estrecho contacto posible con la Vida que
todo lo genera, lo penetra y fortalece.
La principal preocupación del artista japonés es entrar
en íntima relación con esta Vida, con este Espíritu. Aun cuando haya
adquirido el perfecto dominio de la técnica necesaria para su
profesión, el artista no se detendrá en este punto, pues todavía se
encuentra con una carencia; se halla aún bajo la esclavitud de las
restricciones técnicas y del peso de la tradición; su genio creador
se siente de alguna manera encarcelado, no alcanza la plenitud de su
expresión. Ha empleado muchos años en cualificarse para su profesión
como digno continuador de una tradición de brillantes maestros, pero
sus obras están lejos de sus ideales, no fluyen dinámicamente con la
Vida, es decir, no está satisfecho consigo mismo; ni es un creador,
sino un imitador.
Cuando el artista japonés llega a esta situación,
acude, con frecuencia, a la puerta de un maestro y le ruega le
conduzca al santuario interior del Zen. Cuando el Zen es
comprendido, su espíritu se manifiesta bajo formas diversas: el
pintor lo expresa en sus pinturas, el escultor en sus esculturas, el
actor Noh en su danza, el maestro de té en la ceremonia del té, el
jardinero en sus jardines, etcétera.
Uno de los maestros Kano (escuela pictórica de
finales del XVI y comienzos del XVII, fundada por Kano Eitoku), fue
requerido en una ocasión con objeto de pintar un dragón en el techo
de uno de los principales edificios pertenecientes a Myosynzi.
Quería hacer del dragón una de sus obras maestras, pues el templo
tiene una larga existencia y allí se encuentran un gran número de
insignes obras artísticas de todo tipo. No obstante, no acaba de
sentirse plenamente capacitado para semejante tarea. El dragón es,
claro está, una criatura mítica, y el pintor no pretendía,
lógicamente, que su obra pareciera un genuino dragón. Aspiraba a
crearlo de su propia imaginación, pleno de vida y espíritu, de
manera que el animal, aunque grotesco en apariencia, sería el propio
pintor tomando vida en un mundo imaginario. La realización de tal
proyecto no era tarea fácil. La realidad de los sentidos trabajaba
incesantemente en su contra en cuanto se esforzaba por remontarse
hacia los cielos de sus fantasías artísticas. El pintor recurrió
finalmente al abad de un monasterio Zen, un gran maestro de aquella
época, y le preguntó sobre la forma de proceder en su trabajo. El
maestro le dijo simplemente: "Conviértete en dragón". El artista
Kano no acabó de entender como debía interpretar el consejo, pero
tras muchas reflexión, la idea comenzó a ser comprendida. Cuando
finalmente regresó a donde estaba el maestro, no era ya un simple
artista tratado de pintar un dragón, sino el propio dragón. El
maestro le orientó entonces sobre la forma de avanzar en su trabajo.
Se trataba, pues de un dragón pintándose a sí mismo, no de un
artista humano tratando de representar una criatura mítica. La obra
todavía puede ser contemplada hoy en día, tal como el artista la
pintó en blanco y negro, en el techo del templo.
...Una línea quebrada o una representación imperfecta
de un objeto puede ser contemplada como la sugerencia de algo
regular y, por tanto, perfectamente formado; pero desde el punto de
vista Zen, que coincide con la forma japonesa de sentir, una cosa,
aunque deformada, es perfecta y artísticamente válida en su
deformada realidad. Lo que es necesario para hacer algo perfecto a
partir de lo imperfecto es la presencia del amor espiritual hacia el
objeto, un amor que surge del Gran Espíritu por encima del
egoísmo.
El pueblo japonés es conocido por su predilección por
las cosas pequeñas y por su facilidad para conseguir grandes
creaciones a partir de ellas. Esto tiene un fundamento histórico,
pero, en realidad, refleja el espíritu del Zen, que convierte a Buda
de dieciséis pies de altura en una simple brizna de hierba y a ésta,
a su vez, en aquel, y que, asimismo, coloca en una semilla de
mostaza el gran pico del Monte Sumeru.
Imaginemos un amanecer estival con una insignificante
rana verde posada sobre una hojas de loto en el estanque de un
jardín rodeado de árboles frondosos. Un pintor traspasa esta pequeña
criatura a una pieza de seda y la coloca en la hoja del loto como si
estuviera gozando de la vida en la Tierra Pura. Nada queda ya de su
anterior insignificancia, mira a su alrededor contenta consigo
misma; la hoja puede ser ocasionalmente sacudida por una suave
brisa, pero sabe donde está y se balancea sin temor, acogiendo todas
las cosas como si todo lo perteneciera o como si fuera una con su
entorno. No es, después de todo, la rana la que está descansando
allí, sino el propio pintor, satisfecho consigo mismo y con el
mundo; o mejor no, no es el propio pintor, sino el Gran Espíritu del
Universo. No sólo el artista, sino también el que contempla la
pintura es absorbido por el espíritu que la penetra.
Esta maravillosa transmutación realizada por medio de
una pequeña rana verde de verano ha sido posible merced al espíritu
de amor con que el pintor Zen abraza el mundo y la
totalidad.
Lo que realmente lleva acabo un artista Zen no es
sugerir lo que es omitido, sino hacer que la realidad toda se
refleje en las pequeñas cosas que están a nuestro lado. Pues cuando
estas son comprendidas, se nos aparecen como algo más que ellas
mismas. Son realidad y no meras sugerencias de sí mismas. Antes de
que el Zen se asentara en el alma japonesa, este proceso no podría
ser llevado hasta su culminación por más que se encontrara ya
latente. El espíritu japonés no podría expresarse de esta forma,
pero el Zen lo hizo elocuente y dejo de ser mudo. La mente primitiva
puede albergar muchas capacidades y posibilidades profundamente
enterradas, pero precisa el toque de una más elevada cultura
espiritual que la impulse hacia adelante a través de los sucesivos
estadios del acontecer histórico. El Zen ha cumplido esta misión en
su relación con el alma japonesa. (*)
(*) Fuente: Daisetz T. Suzuki, "Zen y arte
japonés", en Budismo Zen, editorial troquel,
pp.104-109
LA PINTURA
SUMIYE
Por Daisetz T. Suzuki
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"Pescador y leñador"
pintura de Sesshu plasmada según la expresividad
sumiye. |
El zen llego al Japón en el siglo XII y durante los
ochocientos años de su historia influyo de diversos modos en las
vidas japonesa, no solo en la vida espiritual del Samurai sino
también en las expresiones artísticas de las clases ilustradas y
cultas. El Sumiye, que es una de tales expresiones, no es pintura en
el sentido propio del vocablo; es una especie de boceto en negro y
blanco. La tinta se prepara con hollín y cola, y el pincel es de
pelo de oveja o tejon; el pincel se confecciona así para que absorba
o contenga mucho fluido. el papel que se emplea es mas bien delgado
y absorbiera mucha tinta, contrastando grandemente con el lienzo
utilizado por quienes pintan al oleo, y este contraste significa
mucho para el artista Sumiye.
La razon de por que se escogio ese fragil material como
vehiculo para transferir una inspiracion artisitca es que la
inspiracion ha de trasferirse en el del modo mas rapido posible. Si
el pincel se demora demasiado tiempo, el papel se rasga. las lineas
han de dibujarse lo mas rapidamente posible y en la menor cantidad,
indicandose solo las absolutamente necesarias. No se permite la
deliberacion, ni el borrado, no la repeticion. Una vez ejecutadas,
las pinceladas son indelebles, irrevocables, no estan sujetas a
futuras correcciones ni mejoras. Cualquier cosa que se efectue
despues queda al final clara y dolorosamente visible, por ser el
papel de la naturaleza indicada. El artista debe seguir su
inspiracion tan espontanea, absoluta e instantaneamente como se
mueve; se limita a dejar que su brazo, sus dedos, su pincel sean
guiados por aquella como si todos fueses meros intrumentos, junto
con todo su ser, en manos de alguien que temporariamente se apodero
de el. O podemos decir que el pincel se ejecuta por si la obra
completamente fuera del artista, que se limita a moverse sin
esfuerzos concientes propios. Si media cualquier logica o reflexion
entre el pincel y el papel, se arruina todo el efecto. Este es el
modo con que se produce el Sumiye.
Resulta facil concebir que las lineas del Sumiye deben
mostrar una variedad infinita. En el no hay clarooscura ni
perspectiva. En verdad, no se necesitan en el Sumiye, que no hace
concesiones al realismo. Intenta hacer que el espiritu de un objeto
se mueva sobre el papel. Asi, cada pincelada debe latir con la
pulsacion de un ser vivo. Tambien debe estar viva. Evidentemente, el
Sumiye es gobernado por un conjunto de principios muy diferentes de
los de una pintura al oleo. Al ser el lienzo de material tan
resistente y al permitir los colores al oleo repetidas pasadas y
capas, un cuadro se confecciona sistematicamente, siguiendo un plan
ideado deliberadamente. Grandeza conceptual y fuerza ejecutiva, para
no hablar de su realismo, son los caracteristicas de la pintura al
oleo, que puede ser comparada con un ponderado sistema filosofico,
el cual tiene ajustadamente tejida cada hebra de la logica; o puede
parecerse a una gran catedral, cuyos muros, columnas y cimientos
estan compuestos por solidos bloques de piedra. Comparado con esto,
un boceto Sumiye es la pobreza misma, pobre en la forma, pobre el
contenido, pobre en la ejecucion, pobre en el material, mas los
orientales sentimos en el la presencia de cierto espiritu movil que
misteriosamente se cierne en torno de las lineas, puntos y sombras
de variadas formas; en ellos vibra el ritmo de su aliento vital. He
aqui el simple tallo de un lirio florecido, ejecutado aparentemente
con descuido sobre un pedazo de burdo papal, pero alli se revela
vividamente el espiritu tienro e inocente de una doncella refugiada
de la tormenta de una vida mundana. Ademas, gasta donde un critico
superficial puede ver, no hay mucha habilidad ni inspiracion
artisticas: un bote de pescadores, pequeño e insignificante, en el
centro de una vasta extension de aguas; pero al mirar no puede dejar
de impresionarnos profundamente las inmensidad del oceano que no
sabe de fronteras, y la presencia de una espiritu misterioso que
alienta una vida de eternidad imperturbada en medio de las rizadas
olas. Y todos estos prodigios se realizan con facilidad, sin
esfuerzo.
Si el Sumiye, intenta copiar una realidad objetiva es
un fracaso completo; jamas hace esto; se trata mas bien de una
creacion. Un punto ren un boceto Sumiye no representa un halcon, ni
un linea curva simboliza al Monte Fuji. El punto es el pajaro y la
linea es la montaña. Si el parecido es todo en un cuadro, los dos
lienzos dimensionales no pueden representar nada objetivo; los
colores distan muchisimo de reflejar el original, y por mas
fielmente que el pintor procure con sus pinceles recordarnos un
objeto de la naturaleza tal como es, el resultado jamas podra
hacerle justicia; pues en la medida que se trata de una imitacion, o
representacion, es una pobre imitacion, es un remedo. El artista
Sumiye razona asi: ¿por que no abandonar por completo ese intento?
En vez de eso, creemos objetos vivos, salidos de nuestra
imaginacion. Mientras pertenezcamos al mismo universo, nuestras
creaciones pueden mostrar alguna correpondencia con lo que llamamos
objetos de la naturaleza. Por este no es un elemento esencial de
nuestra obra. la obra tiene su propio merito aparte de su semejanza.
¿En cada pincelada no hay algo distintamente individual? Alli se
mueve el espiritu de cada artista. Sus pasajores son creacion suya.
Esta es la actitud del pintor Sumiye con respecto a su arte, y deseo
aclarar que esta actitud es la del Zen para con la vida, y que lo
que el Zen intenta con su vida, el artista lo intenta con su papel,
pincel y tinta. El espiritu creador se desplaza por doquier, y hay
una obra de creacion ya sea en la vida o en el arte.
La linea dibujada por el artista Sumiye es final, nada
puede trascenderla, nada puede recobrarla; es inevitable como el
resplandor de un relampago; ni el artista puede deshacerla; de alli
surge la belleza de la linea. las cosas son bellas donde son
inevitables, es decir, cuando son libres demostraciones del
espiritu. Aqui no hay violencia, ni asesinato, ni copia, sino
mostracion libre, irreprimida, pero auto-gobernante, del
movimiento-que constituye el principio de la belleza. Los musculos
son conscientes de dibujar una linea, de hacer un punto, pero detras
de aquellos hay una inconsciencia. Mediante esta inconsciencia la
naturaleza documenta su destino; mediante esta inconsciencia el
artista crea su obra de arte. Sonrie una criatura y toda una
multitud se alboroza, porque eso es genuinamente inevitable,
proviene del Inconciente. El "Wu-shin" y el "Wu-nien" que tanto
utiliza el maestro Zen, como ya vimos en otra parte, es asimismo,
eminentemente, el espiritu del artista Sumiye.
Otro rasgo que distingue al Sumiye es su intento de
capta el espiritu cuando se mueve. Todo deviene, nada es
estacionario en la naturaleza; cuando se tiene la seguridad de
aferrarlo, se escapa de las manos. Porque en el momento en que se lo
aferra, no esta mas vivo; esta muerto. Mas el Sumiye procura atrapar
las cosas vivas, lo cual parece algo imposible de lograr. Si, en
verdad seria un imposible si el esfuerzo del artista consistiese en
representar cosas vivas en el papel, pero puede triunfar hasta
cierto punto cuando cada pincelada que ejecuta se conecta
directamente con su espiritu interior, inatascadado por asuntos
extraños tales como conceptos, etc. En este caso, su pincel es su
propio brazo extendido; mas que eso, es su espiritu, y este espiritu
se siente en cada movimiento al ser trazado sobre el papel. Una vez
cumplido esto, la pintura Sumiye es una realidad, completa en si
misma, y no copia de nada. Aqui las montañas son reales en el mismo
sentido en que el Monte Fuji es real; asi son las nubes, el arroyo,
los arboles, las olas, las figuras. Pues el espiritu del artista se
esta articulando a traves de todas estas masas, lineas, puntos y
"pintarrajos".
De manera que es natural que el Sumiye evite toda
clase de colores, pues este nos recuerda un objeto de la
naturaleza, y el Sumiye no pretende ser una reproduccion, perfecta
ni imperfecta. A este respecto el Sumiye semeja la caligrafia. En
caligrafia, cada rasdfo, compiesto por trazos horizontales,
verticales, inclinados, fluidos, ascendentes y descendentes, no
indica necesariamente una idea defendida, aunque no lo ignora por
completo, pues primariamente se supone que un rasgo completo, pues
primeriamentre se supone que un rasgo significa algo. mas como arte
peculiar del Lejano Oriente donde para escribir se usa un pincel
largo, puntiagudo y suave, casda trazo efectuado con el tiene un
significado, aparte de su funcion como un elemento compuesto de un
rasgo que simboliza una idea. El pincel es un instrumento ductil y
obedece prestamente todo movimiento volitivo del escritor o del
artista. He aqui por que el Sumiye y la caligrafia son considerados
en el Oriente como perteneciente a la misma clase de
arte.
La evolucion del pincel de pelo suave es un estudio en
si mismo. Sin duda tuvo muchismo que ver con los accidentes de los
ideogramas y escrituras chinos. Fue un suceso afortunado que se
pusiese en manos del artista un instrumento suave, ductil y flexible
como ese. Las lineas y trazos producidos por el tienen algo de la
frescura, ternura y hracia que son perceptibles en los objetos
animadops de la naturaleza, especialemnte en el cuerpo humanio. Si
el instrumento usado fuese un pedazo de acero, rigido e indocil, el
resultado seria muy opuesto, y no habria llegado hasta nosotros el
Sumiye de Liang-kai, Mu-chi'i y otros maestros.
El hecho de que el papel sea de naturaleza tan fragil
que no permita que el pincel se demore mucho en el es, asimismo, de
gran ventaja para que el artista se exprese con el. Si el papel
fuese demasiado fuerte y duro, seria posible el dibujo y la
correccion deliberados, lo cual es, sin embargo, demasiado injurioso
para el espiritu del Sumiye. El pincel debe correr rapidamente sobre
el papel, audaz , plena e irrevocablemente, tal como la obra de la
creacion cuando nacio el universo,. tan pronto sale una palabra de
la boca del creador, debe ser ejecutado. La demora puede significar
alteracion, la cual es frustracion; o la voluntad fue controlada en
su movimiento de avance; se detiene, vacila, reflexiona, razona, y
finalmente cambia su rumbo; este titubeo y vacilacion interfieren la
libertad de la mente artisitca.
Si bien la artificialidad no significa regularidad ni
trato simetrico del tema, y la libertad significa irregularidad, hay
siempre un elemento de lo inesperado y abrupto en el Sumiye. Donde
se espera ver una linea o una masa esto falta, y esta vacancia, en
vez de contrariar sugiere algo mas alla y es completamente
satisfactoria. Un pequeño trozo de papel, generalmente oblongo, de
menos de dos pies y medio por seis pies, incluira ahora todo el
universo. El rasgo horizontal sugiere la inmensidad del espacio y un
circulo la eternidad del tiempo -no solo con la mera ilimitacion de
estos sino tambien llenos de vida y movimiento. Es extraño que la
ausencia de un solo punto donde convencionalmente se lo esperaba
realice este misterio, pero el artista Sumiye es un consumado
maestro en esta empresa. Lo hace con tanto arte que en su obra no e
discierne para nada no artificialidad ni finalidad explicita. Esta
vida de ausencia-de-finalidad (proposito) deriva directamente del
Zen. (*)
(*) Fuente: D.T.
Suzuki, Ensayos sobre budismo zen, tercer volúmen, Buenos
Aires, Kier, pp. 355-361.
 |
| Pintura de estilo sumiye
contemporánea. | |
|
Bibliografía Arte japonés

|
Imagen de un jardín japonés creado bajo
los principios del zen. |
Jean
Riviere, El arte oriental, Biblioteca Salvat.
Japón.
El imperio del sol naciente, ediciones Folio.
Raymonde
de Gans, Japón, ediciones Ferni.
Osvaldo
Svanascini, La pintura zen y otros ensayos sobre arte
japonés, Buenos Aires, ed. Kier.
Samuel Wolplin, El zen en la
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Daisetz
T. Suzuki, Budismo zen, editorial Troquel.
-Introducción al budismo zen, Buenos Aires, Editorial
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Okakuro
Kakuzo, El libro del té, Buenos Aires, editorial
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religión popular. La religiosidad japonesa en su contexto histórico,
en Historia de las creencias y de las ideas religiosas
(obra colectiva dirigida por Mircea Eliade), Barcelona,
Herder.
"Sintoísmo", en Frithjof
Schuon, Tesoros del budismo, Barcelona, Paidós
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Hagakure. El libro de los samurais, Buenos Aires,
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A.M. Blondeau, T. Fahd y
J.Varenne, Las religiones constituidas en Asia y sus
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