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EL
MUSEO GUGGENHEIM COMO TEXTO SOCIOLÓGICO
Por María Lidia Saguier (1)
Resumen
El
trabajo -presentado en la Conferencia Internacional IVSA 2008
(2) -, aborda las imágenes del Guggenheim Bilbao como elemento
paradigmático para ensayar una lectura sociológica que permita
aportar a una construcción social de sentido de dichos elementos
visuales, es decir, atribuir sentido y significación a los mismos
en el marco de nuestras post-modernas sociedades occidentales. La
hipótesis que formulamos es que dichas imágenes ofrecen,
ciertamente, mucha y muy rica información acerca de lo social,
acerca del momento histórico que atravesamos, acerca del tipo de
transformaciones que las sociedades occidentales experimentan en
nuestros días. Postulamos una lectura sociológica que intenta
decodificar esas imágenes, traducir en palabras lo que ellas "dicen",
develar lo que "está allí".
Si
desde la perspectiva de la sociología visual toda imagen puede ser
-para quien sabe leerla- un relato de honda expresividad y
significación social, de lo que se trata en el presente trabajo es
de construir un relato en torno a la imagen icónica del Guggenheim
Bilbao, de postular al Guggenheim Bilbao como relato de época en un
post-moderno mundo global.
Sin
duda existen ya considerables evidencias de que este nuevo museo se
ha constituido en una imagen emblemática de la ciudad de Bilbao;
nuestro trabajo postula que su valor emblemático se extiende más
allá de eso, para perfilarse como icono que expresa fuertemente
algunas de las características centrales de la época histórica
que nos toca vivir: la de la "modernidad líquida".
(1) Lic. en
Sociología y Psicóloga Social. Magíster en Sociología Económica
por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad
Nacional de San Martín (IDAES). Consultor Fundación Garrahan.
Integrante de la Cátedra UNESCO sobre las Manifestaciones Actuales
de la Cuestión Social, Argentina. marily@asaguier.com.ar
(2)
Organizada por International Visual Sociology Association y FLACSO
Argentina, agosto 2008, Buenos Aires
Introducción
Seguramente
nunca más pertinente que en nuestras sociedades contemporáneas
aquel viejo aforismo que dice: Una imagen vale más que mil
palabras. Particularmente durante el transcurso del siglo XX,
la cultura de nuestras sociedades se ha vuelto desaforadamente
"visual", a tal punto de volverse la "civilización
de la imagen". La justificación de dicha denominación
resulta evidente tan sólo con señalar la infinita proliferación
en nuestras sociedades de todo tipo de pantallas en todo tipo de
contextos, tanto públicos como privados.
Para
dar un ejemplo local de la creciente importancia social asignada a
la imagen, resulta pertinente destacar la reciente creación de un
área específica de "fotografía" en el marco de
nuestra Biblioteca Nacional, ámbito original e innegablemente
consagrado al texto escrito. Desde el año 1864 la antigua
Biblioteca Pública de Buenos Aires -hoy Biblioteca Nacional-
comenzó a atesorar imágenes diversas, nacionales e
internacionales, ingresadas tanto bajo el régimen de donaciones
institucionales o particulares como por el sistema legal de
derecho de autor. Finalmente, es en el año 2005 que se decide la
creación de una sección especializada -la División Fototeca
"Benito Panunzi"-, la cual realiza la primera muestra de
sus archivos a comienzos de 2007.
Las
ciencias sociales en general -y la sociología en particular- no
han permanecido indiferentes a este proceso socio-cultural de
"invasión de imágenes". Efectivamente, quienes
trabajan en este campo hacen uso -cada vez con mayor frecuencia-
de todo tipo de imágenes. Materiales visuales diversos y que
utilizan distintos soportes, constituyen ya un elemento que no
resulta infrecuente en el marco del trabajo sociológico. Sin
duda, frente a ello cabe preguntarse qué papel cumple la imagen
en el desarrollo de nuestro pensamiento, en nuestra posibilidad de
conocer. Evidentemente, y dada la antigüedad del aforismo
anteriormente mencionado, el intento de dilucidación de esta
pregunta es, por cierto, una cuestión de vieja data.
La
erudita indagación de Starobinski (1970) sostiene que, históricamente,
se han desarrollado dos grandes líneas o maneras de considerar el
tema. Una de ellas plantea que la imagen constituye el más eficaz
instrumento de conocimiento porque
permite
acceder a una visión más rica, más completa, aguda e
integradora del campo de lo real y, por lo tanto, promueve un
conocimiento mayor. La otra, fundamentalmente, acentúa la
privilegiada posibilidad de la imagen para permitir o establecer
cierta comunicación "con el todo de lo real", con el "alma
del mundo". Desde esta perspectiva, se considera que la
imagen permite el acceso al "conocimiento del todo", ya
que ilumina "desde otro lugar" aquello que
queremos conocer -más allá de lo que habilita el pensamiento lógico-racional
estricto-, y nos revela, entonces, más honda e integralmente su
sentido.
El
presente trabajo se plantea en el marco de esta comprensión
general respecto del lugar y rol que juegan social y culturalmente
las imágenes, y entendiendo que una reflexión sociológica sobre
una "imagen" surgida, justamente, al filo del inicio del
siglo XXI y que resulta tan icónica o representativa de la época
como la del Museo Guggenheim de Bilbao, puede aportar en el
proceso de construcción del -aún relativamente incipiente- campo
de la sociología visual.
Si
desde la perspectiva de la sociología visual toda imagen puede
ser -para quien sabe leerla- un relato de honda
expresividad y significación social, de lo que se trata en el
presente trabajo es de construir un relato en torno a la imagen icónica
del Guggenheim, de postular al Guggenheim Bilbao como relato de época
en un post-moderno mundo global. Es decir, sin duda existen ya
considerables evidencias de que este nuevo museo se ha constituido
en una imagen emblemática de la ciudad de Bilbao; nuestra trabajo
postula que su valor emblemático se extiende más allá de eso,
para perfilarse como icono que expresa algunas de las características
centrales de la época histórica que nos toca vivir: la de la
"modernidad líquida".
2. Arquitectura: de la lógica del arte a la de la racionalidad técnica
y después
Desde antiguo
la arquitectura se caracterizó por desempeñar un rol de altísimo
protagonismo social. Su prestigio llegó a que fuera visualizada
como "madre de todas las artes", centro conformador por
antonomasia del mundo visual de los hombres, productora de las imágenes
ineludibles de una cultura. Considerada arquitectura-arte,
reclamaba para sí una aproximación que requería una cierta
actitud de "contemplación" como modo socialmente esperado
de acercarse a ella (Corona Martinez, 1971).
A
mediados del siglo XX, el conjunto de esta concepción pareció
haber experimentado y consolidado de modo significativo un proceso
de transformación radical. En ese entonces, hubiera podido decirse
que la arquitectura había perdido definitivamente aquel antiguo
papel protagónico para pasar a ser un hecho marginal, "doblemente
marginal" según Corona Martinez. De este modo, pareció
haberse transformado en un simple escenario, fondo pasivo e
intrascendente de la vida y las acciones humanas; así tanto como en
un elemento de bajo interés técnico "frente a la electrónica
o la astronáutica". Así las cosas, la arquitectura pareció
haber perdido su primitivo poder comunicativo, su carácter de marco
fuertemente imbricado y condicionante de figuras y situaciones
humanas, de ingrediente primordial de todos los campos perceptivos.
Este
cambio copernicano efectuado en la concepción y valoración social
de la arquitectura comienza a manifestarse con singular claridad
durante el transcurso del siglo XIX, para consolidarse fuertemente
durante las postrimerías del siglo. En el transcurso de este
proceso, el desarrollo técnico, y la implacable lógica que lo
acompaña, comienzan asumir un rol cada vez más protagónico en las
modernas sociedades capitalistas occidentales. Su impacto alcanza
los más diversos campos. En este contexto, nuevas técnicas
constructivas -tales como las edificaciones en hierro-, revolucionan
la arquitectura del fin de siglo. En su texto "Paris, capital
del siglo XIX"- escrito en el inicio del nuevo siglo-, ya
Walter Benjamín (1998) señala las profundas transformaciones que
implica el comienzo de este tipo de edificaciones, en las que -a su
criterio- se impone, soberana, la racionalidad impuesta por la técnica,
los criterios predominantemente utilitaristas y funcionales,
fuertemente disociados de aquellas consideraciones estéticas
vinculadas a una mirada más independiente, liberada de la estricta
servidumbre de los criterios de "utilidad" (Saguier,
2001).
Años después
de la observación de Benjamin, y coincidentemente con la misma,
Corona Martinez (1971) sostiene que a partir del siglo XIX, la técnica
gana ampliamente la partida y su racionalidad se impone:
"En
el siglo pasado había máquinas que sostenían parte de su armazón
con columnas estriadas: querían legitimar su presencia en el mundo
haciéndose arquitectura. Hoy el proceso se ha invertido y hay
edificios que pretenden parecer máquinas."
La racionalidad
técnica resulta predominante en el estricto diseño arquitectónico
del nuevo siglo, que hace gala de manera significativa de formas
ordenadas donde priman las líneas rectas y funcionales, signadas
por un marcado despojamiento de todo aquello que pudiera
considerarse "simplemente ornamental".
Recientemente,
en los años finales del siglo XX, este panorama general parece
comenzar a transformarse, nuevamente, de manera sorprendente.
Comienza a adquirir estado público una obra arquitectónica que,
asentada en complejos y novedosos recursos tecnológicos, postula
-sin embargo- imágenes fuertemente diferenciadas de cualquier
parecido con las imágenes racionalistas-funcionales, para ofrecer
otras claramente vinculadas con un vigoroso e innovador criterio estético
que, de algún modo, de-construye los desarrollos anteriores.
En el marco de esta corriente, hemos elegido las imágenes provistas
por el Guggenheim Bilbao como elemento paradigmático para ensayar
una lectura sociológica que permita aportar a una construcción
social de sentido de dichos elementos visuales, es decir, atribuir
sentido y significación a los mismos en el marco de nuestras
post-modernas sociedades occidentales. La hipótesis que formulamos
es que dichas imágenes ofrecen, ciertamente, mucha y muy rica
información acerca de lo social, acerca del momento histórico que
atravesamos, acerca del "clima de época". Se trata de
saber "leer" en esas imágenes, decodificar, traducir en
palabras lo que ellas "dicen", develar lo que está allí.
3. El Museo Guggenheim de Bilbao: algunas referencias preliminares
El
Museo Guggenheim Bilbao es uno de los museos que integran la red
de museos de la Fundación Solomon R. Guggennheim; los otros se
encuentran localizados en Nueva York, Venecia, Berlin y Las Vegas.
El origen del proyecto, así como la posterior implementación del
mismo, surgen en el marco de un estrecho contacto y cooperación
entre el Gobierno Vasco y la Fundación Guggenheim. Las primeras
conversaciones sobre el tema tienen lugar a comienzos de los 90.
Desde su
inicio, el proyecto se inscribe como parte integral de una audaz
estrategia de revitalización de la ciudad de Bilbao llevada
adelante por las autoridades gubernamentales. La misma se propuso
diversificar la estructura económica de Bilbao, más allá de su
base industrial tradicional centrada en la siderurgia y los
astilleros, en un intento de potenciar sus posibilidades de
transformarse en un referente destacado para el conjunto de la región.
Asimismo, la decisión de incluir la cultura como instrumento específico
en el marco de una estrategia general de desarrollo económico y
revitalización urbanística constituyó, por sí, una muy fuerte e
innovadora apuesta por parte de la administración vasca. En este
marco, el Museo es concebido como parte de una serie de grandes
proyectos destinados a la ciudad de Bilbao y llevados adelante por
algunos de los más prestigiosos arquitectos contemporáneos
(Calatrava, Foster, Pelli). El impacto de dicho plan parece
confirmar, una vez más, que el diseño urbano es política, política
en movimiento como sostiene el arquitecto colombiano Luis
Forero (1999).
El concurso internacional que configura la primera instancia que
formaliza el inicio del proyecto Guggenheim Bilbao, se lleva a cabo
en julio de 1991 y es ganado por el arquitecto Frank O. Gehry. La
construcción propiamente dicha se inicia en octubre de 1993 y el
Museo se inaugura en octubre de 1997. Desde su apertura se convirtió
en una muy importante atracción turística convocando exitosamente
a visitantes de todo el mundo, incorporando a la ciudad de Bilbao al
conjunto de los circuitos turístico-culturales internacionales
"obligatorios" y constituyéndose en el símbolo más
importante y representativo de la ciudad. En este marco, pronto
comenzó a hablarse en distintos medios del efecto Guggenheim
para hacer referencia al extraordinario proceso de transformación
experimentado por una ciudad a causa de la instalación de una obra
arquitectónica de carácter singular y extraordinario. El
"caso Bilbao" ha resultado altamente paradigmático en
función del impacto sufrido por la ciudad, la cual pasó velozmente
de ser una ciudad industrial de mediana importancia a convertirse en
una de las estrellas del turismo internacional a partir de la
construcción del Museo.
Asimismo, desde el inicio, la estructura, materiales y líneas
no-convencionales de su arquitectura generaron un revuelo
generalizado, constituyéndose en ícono indiscutible de la
vanguardia arquitectónica que cierra el siglo XX y que parece
proyectarse con audacia como avance de la del tercer milenio. En su
conjunto, el edificio configura una estructura inmensa y
espectacular en su originalidad, que resulta doblemente atractiva en
términos visuales en la medida que su arquitectura, asimismo, se
plantea como una presencia escultórica de singular efecto.
El
edificio -de 24.000 m2 de superficie y más de 50 metros de alto-
asentado a la vera del río Nervión, está ideado como una serie de
diversos volúmenes interconectados, algunos de formas en las que
prima la línea recta, recubiertos exteriormente de piedra caliza y
otros -los mayoritarios- de contornos ondulados, curvados y
envolventes, de apariencia casi orgánica y cubiertos por una
"piel metálica" de titanio. Estos volúmenes se combinan
con importantes superficies vidriadas, a modo de verdaderos muros
cortina de vidrio que aportan luminosidad y transparencia a todo el
conjunto.
En
el interior, el edificio dispone de tres niveles de galerías,
organizadas alrededor de un atrio central y conectadas entre sí
mediante diversas pasarelas curvilíneas suspendidas del techo,
ascensores acristalados y torres que reúnen los distintos tramos de
escaleras. Nueve de las galerías de exhibición tienen una forma más
bien clásica, donde las líneas rectas prevalecen y, otras nueve
son, por el contrario, irregulares y de líneas sinuosas.
En
términos de la dimensión específicamente museística, el
Guggenheim Bilbao se define como un museo de arte moderno y
contemporáneo. Exhibe colecciones permanentes -tanto propias como
del acervo común de los centros Guggenheim-, y realiza también
exposiciones temporales. En general, las muestras se encuentran
fundamentalmente centradas en obras realizadas a lo largo del siglo
XX. Se trata, con frecuencia, de instalaciones de gran tamaño y
características no convencionales. Sin embargo, cabe señalar que
en los últimos tiempos, sus exposiciones se han ampliado a
manifestaciones artísticas de otros siglos, diversificando las
exhibiciones que realiza.
Por
último, en esta breve síntesis panorámica del Museo cabría hacer
referencia a la profusa e imaginativa agenda de actividades y
servicios especiales previstos para público general,
"amigos" del Museo -individuales y corporativos-, alumnos
y educadores, familias y niños. Los mismos contemplan desde visitas
guiadas especializadas, actividades educativas diseñadas
especialmente para alumnos primarios, secundarios y sus respectivos
docentes, producción de material didáctico, talleres especiales,
cursos, conciertos, conferencias y otros eventos culturales.
Lo
puntualizado hasta aquí, entendemos que señala la presencia de un
singular y extraordinario edificio y, considerándolo conjuntamente
en términos de su función museística, nos resulta ciertamente
evidente que no sólo es posible realizar una apreciación en términos
de su valor arquitectónico, del nivel tecnológico que incorpora, o
del interés de sus colecciones y muestras. Postulamos que el Museo
Guggenheim Bilbao admite, además, una lectura sociológica de
inusitado interés, ya que ofrece múltiples elementos que permiten
ilustrar visualmente de manera paradigmática el tipo de
transformaciones que nuestras sociedades occidentales parecen
experimentar en nuestros días. En este sentido, creemos que el
Guggenheim Bilbao condensa una significativa información de nuestro
tiempo.
4. El Museo Guggenheim de Bilbao como metáfora de la nueva
modernidad
En el año 2000 aparece la primera edición de "Modernidad Líquida",
texto en el que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman postula una idea
que resulta novedosa: plantea la "fluidez" o la
"liquidez" como metáforas que resultan extremadamente
pertinentes para caracterizar la fase actual de la era moderna. En
el marco acotado del presente trabajo, haremos a continuación una
muy breve caracterización de los elementos centrales del
pensamiento del autor en relación a este tema, fundamentalmente,
haciendo referencia a algunas cuestiones que consideramos relevantes
para la comprensión de la lectura que realizaremos del
Guggenheim Bilbao.
Bauman
(2007a) señala que la era de la modernidad sólida -caracterizada
por la estabilidad, persistencia y sólida densidad de sus pautas e
instituciones-, está llegando a su fin y una nueva era comienza a
perfilarse de manera inequívoca: la de la modernidad líquida.
A
fin de precisar la metáfora utilizada, el autor puntualiza que los
sólidos, -contrariamente a los líquidos-, tienden a conservar su
forma en el espacio y en el tiempo. Comparativamente, es el hecho de
"durar" en ambas dimensiones lo que constituye su característica
diferencial más evidente respecto de los fluidos. Éstos, por el
contrario, son informes y se encuentran en perpetua transformación,
fluyendo de manera casi ininterrumpida de una forma a otra. Es
decir, los líquidos no se fijan al espacio ni se sujetan al tiempo.
Su extraordinaria movilidad es lo que hace que los asociemos con la
idea de "levedad". En palabras de Bauman:
"Los
fluidos se desplazan con facilidad. "Fluyen", "se
derraman", "se desbordan", "salpican",
"se vierten", "se filtran", "gotean",
"inundan", "rocían", "chorrean",
"manan", "exudan"; a diferencia de los sólidos,
no es posible detenerlos fácilmente –sortean obstáculos,
disuelven otros, o se filtran a través de ellos, empapándolos-."
Es por ello que el autor postula la metáfora de la
"liquidez" para comprender la naturaleza de este momento
de la historia de la modernidad, en el cual la disolución de los
criterios y pautas establecidos en los diversos ámbitos sociales
constituye una constante en continua progresión. La disolución de
los "sólidos" es el rasgo permanente de esta nueva
modernidad y aquellos códigos que aparecían como referentes
estables y validados socialmente -en función de los cuales
orientarse-, resultan cada vez menos frecuentes y más difusos. La
antigua solidez en la que se podía confiar y de la que se podía
depender, volviendo al mundo predecible y controlable, se ha
desvanecido.
Asimismo,
en la concepción de Bauman, en la modernidad líquida tienden a
disolverse los raigambres territoriales propios de la etapa
anterior. Ahora, el secreto del éxito reside en evitar
"convertir en habitual todo asiento particular", evitar
quedar inmovilizado en un "territorio", ligados a las múltiples
y engorrosas responsabilidades que implica su necesaria administración.
En términos generales, podría decirse que vivimos un momento de
desregulaciones, flexibilización y liberalización en todos los ámbitos,
particularmente -según Bauman- en aquellos que rigen la articulación
entre las vidas individuales y el ámbito público de las acciones
políticas colectivas. Perdidos los códigos comunes de referencia
colectiva, las vidas privadas -y las pautas que las estructuran y
dan forma- quedan libradas a la responsabilidad de los individuos.
Son ellos los que tienen la responsabilidad y la necesidad de
enfrentar -con sus recursos individuales- los riesgos y
contradicciones generados por el sistema social. Tal como lo señala
Ulrick Beck (1998), el modo en el que se vive se vuelve, entonces,
una solución biográfica a contradicciones sistémicas afectando
profundamente la condición humana.
Bauman
postula que el advenimiento de la modernidad líquida implica
transformaciones radicales:
"Las
pautas son maleables hasta un punto jamás experimentado ni
imaginado por las generaciones anteriores, ya que, como todos los
fluidos, no conservan mucho tiempo su forma. Darles forma es más fácil
que mantenerlas en forma. Los sólidos son moldeados una sola vez.
Mantener la forma de los fluidos requiere muchísima atención,
vigilancia constante y un esfuerzo perpetuo... e incluso en ese caso
el éxito no es, ni mucho menos, previsible."
Todo
recae ahora sobre el individuo, es él el responsable del "éxito"
o del "fracaso", de lo que hace con su propia vida. Ya no
se trata de una empresa colectiva, social, sino claramente
individual. El autor rescata la imagen de Kundera (2008) referida a
la insoportable levedad del ser y sostiene que eso es,
precisamente, lo que constituye el eje de la tragedia de la vida
moderna: la volatilidad y fugacidad de todos los marcos de
referencia que han sabido ser puntos de orientación para la acción,
las evaluaciones y clasificaciones que cotidianamente nos
orientaban.
Mi
visita al Museo Guggenheim de Bilbao me permitió entrar en contacto
directo con un escenario claramente paradigmático, en el que
experimenté una fuerte impresión en el sentido de que las nociones
postuladas por Bauman respecto a la naturaleza de la actual fase de
la modernidad, cobraban, en ése ámbito, una realidad
extraordinariamente vívida.
Cabe,
aquí, puntualizar algo que pudiendo percibirse en las imágenes que
circulan a través de distintos medios, re-aparece con una potencia
inusitada en la experiencia directa: la originalidad y dimensiones
de sus formas, su luminosidad y claroscuros, así como la curiosa
sensualidad que irradia configuran un conjunto que transmite una
fuerza expresiva de enorme intensidad. El impacto emocional, el
estremecimiento que provoca, resulta -a nuestro juicio-, una dimensión
ineludible a tener en cuenta en el análisis. Es esa fascinación
estética la que nos lleva a intentar desentrañar lo que expresa, aún
sabiendo que -como para toda obra de arte- el análisis e
interpretación o la reflexión teórica que podamos hacer, no
alcanzará jamás a dar completa cuenta de la emoción que nos
suscita.
Nos
encontramos, sin duda, frente a una obra de carácter
extraordinario, enigmática e inquietante, que realiza -más allá
de lo estrictamente arquitectónico-, una de las mayores y más
originales aportaciones al pensamiento sociológico actual, al
ayudarnos a visualizar la "forma" -radicalmente novedosa-
que está adquiriendo nuestro mundo.
5.
Guggenheim Bilbao: un mundo de imágenes
La
obra de arte, cualquiera sea el lenguaje utilizado, plantea una
unión indisoluble entre forma y contenido, entre forma y
"mensaje". Es decir, el mensaje se encuentra íntimamente
vinculado y es expresado estéticamente a través de la forma. La
unión de ambos resulta inextricable. Parafraseando de alguna
manera a McLuhan, podríamos decir que la forma es el mensaje.
Es por ello, que intentaremos leer y traducir en palabras las imágenes
que nos ofrece la estructura multifórmica del Guggenheim
Bilbao, a fin de ir a partir de ellas develando los correlatos o
elementos socio-culturales que nuestra lectura postula.
En
nuestro análisis, si bien haremos referencia a determinados
aspectos específicos del edificio, fundamentalmente, intentaremos
mantener la prioridad de una lectura de conjunto, por considerar
que la expresividad de la obra radica de modo significativo en
aquello que surge de la interrelación de los distintos elementos
implícitos en su estructura visual. En este sentido, consideramos
que el conjunto de la imagen es más que la suma de los diferentes
aspectos implicados.
5.1.
Monumentalidad
Quizás
lo primero que nos sorprende del Guggenheim Bilbao es su curiosa
monumentalidad. Y digo curiosa porque, con sus 50 metros de
altura, desde la perspectiva del nivel del río aparece dominando
claramente el paisaje, pero desde la de la calle, no sobrepasa los
edificios tradicionales que se encuentran situados frente a él.
Esta doble percepción ya nos aporta una primera aproximación a
esa visión del mundo como múltiple, ambiguo y paradójico que
Bauman postula para caracterizar la "nueva modernidad".
Sin embargo, establecer la monumentalidad de una obra requiere que
la misma sea evaluada comparativamente, en términos de ciertos
contrastes y perspectivas, de ciertos ritmos y dimensiones no sólo
en relación a su entorno urbano o arquitectónico, sino también
en relación a la figura humana. En este sentido, al hablar de la
relación que el edificio plantea con el entorno que lo rodea,
observamos que dicha relación resulta armónica, pudiendo
afirmarse que está "a escala" de ese entorno. Es al
plantear su relación con la figura humana donde se hace patente
su desmesura. Es decir, considerando la escala humana para el
conjunto del edificio, resulta evidente que la figura humana se
pierde en sus grandiosas dimensiones. Aún las multitudes que
transitan el museo parecen casi perderse, minimizarse.
La
ambigua monumentalidad del Guggenheim Bilbao produce, así, un
doble y paradojal efecto, por un lado de fascinación pero,
asimismo, resulta sutilmente inquietante cuando se visualiza el
conjunto arquitectónico, particularmente, desde el río Nervión
o desde el atrio de ingreso -de una altura de 55 metros-. El
visitante experimenta entonces cierta sensación de perturbadora
pequeñez que no siempre se disipa al ingresar a las salas
-algunas de las cuales presentan un tamaño exorbitante, como la
llamada "del pez" de 30 metros de ancho y 130 de largo y
sin columna alguna- si bien en muchas de ellas esa sensación
tiende a aminorarse. Creemos que la equívoca grandiosidad de las
dimensiones constituye, en sí misma, una referencia ciertamente
obligada de la experiencia que ofrece el Museo.
En
dicha experiencia, podría decirse que resuena de manera muy
evidente la caracterización que hace Bauman (2007a) del escenario
social contemporáneo en el que "frágiles individuos"
se ven condenados a vivir dentro de una "realidad
poderosa". En nuestra lectura, la ambigua monumentalidad y el
correlato de inquietante sensación de fragilidad y pequeñez que
aparece en quienes lo visitan, se nos aparece como un paralelo
simbólico de la inmensa estructura sistémica en la que se
desarrolla la vida en las sociedades globalizadas contemporáneas,
estructura sistémica de dimensiones tales que -al decir de Bauman-,
la tornan "remota e inalcanzable" y en la cual los
hombres y mujeres que la habitan experimentan cierta ineludible
cuota de perturbadora inquietud.
5.2.
Alardes técnicos
El
nivel de dominio técnico que el Guggenheim Bilbao implica -y pone
en evidencia de forma tan explícita- es uno de los elementos
centrales del mismo. Simultáneamente, podríamos decir que ese
rasgo constituye un elemento altamente decisivo para comprender el
carácter de las sociedades de la "nueva modernidad", en
las que el desarrollo tecnológico es el más sofisticado de la
historia humana y configura un elemento, ciertamente, central. El
ícono que analizamos expresa claramente esta característica de
la época. El diseño estructural, las complejas líneas de su
arquitectura, así como el tratamiento dado a los materiales
utilizados plantean un desafío técnico sólo posible de ser
enfrentado por nuestras contemporáneas sociedades de la
modernidad líquida.
Específicamente,
respecto de los tres materiales utilizados en el exterior del
edificio -la piedra, el titanio y el vidrio- el tratamiento técnico
disponible sobre el final del siglo XX permitió sortear obstáculos
que de otro modo hubieran sido insalvables. El tratamiento del
titanio en pequeñas planchas de grosor mínimo -apenas medio milímetro-,
posibilitó su utilización para recubrir gran parte del edificio,
al permitir ofrecer una adecuada adaptación a las complejas
superficies exteriores diseñadas por Gehry. La comprobación
llevada a cabo respecto de su resistencia técnica a la corrosión
constituyó también un elemento decisivo para su elección, en la
medida que asegura la no producción de efectos medioambientales
negativos, criterio epocal de alta significación.
La
piedra caliza española elegida fue seleccionada de un amplio
muestrario, teniendo en cuenta su dureza y elevada resistencia al
desgaste, su resistencia mecánica y, simultáneamente, la
posibilidad de ser cortada en placas de reducido espesor.
La
utilización del vidrio supuso, asimismo, múltiples y muy
diversos desafíos de ingeniería, fabricación y montaje, a fin
de posibilitar que el material pudiera acompañar adecuadamente el
diseño de las sinuosas líneas curvas que parecen dominar el
conjunto del diseño.
Debido
a la complejidad matemática que ofrecía la construcción y el
ensamble de las ondulantes curvas de piedra, cristal y titanio,
debió recurrirse a programas informáticos muy sofisticados que
fueron adaptados especialmente. Se utilizó un programa informático
-CATIA-, originalmente desarrollado para la industria aeroespacial
francesa. Este recurso tecnológico de última generación permitió
diseñar los cientos de complejos planos que se necesitaban y
definir ajustadamente las superficies y las formas insólitas
-absolutamente no convencionales- ideadas por Gehry. Diversas
opiniones técnicas (van Bruggen, 1998) coinciden en afirmar que
con anterioridad, muchas de estas formas hubieran sido
consideradas como algo que debía ser descartado por imposibles de
ser efectivamente construidas, es decir, algo que podía ser
concebido desde la imaginación pero no llevado a la práctica.
Sin
lugar a dudas, se trata de un alarde arquitectónico -¿o escultórico?-
absolutamente impensable sin los adelantos tecnológicos surgidos
en las últimas décadas, en el marco de lo que Bauman postula
como modernidad líquida.
5.3.
Diseño arquitectónico
En
nuestra lectura, el diseño del conjunto de la obra alude -sutil,
pero inequívocamente-, a la manera en que las certidumbres
incuestionables, las estructuras rígidas y unívocas, las pautas
y referencias que parecían ineludibles e inmodificables -tanto en
nuestra arquitectura como en nuestras sociedades- pueden
modificarse, y de hecho lo hacen, de manera inesperada,
sorprendente, impredecible. La experiencia visual que el
Guggenheim Bilbao ofrece, resulta una sorpresa que se renueva
permanentemente.
En
este sentido, con respecto al diseño general del edificio, las
diversas perspectivas o imágenes posibles ponen en evidencia un
muy alto grado de complejidad formal, destacándose
particularmente el fuerte diálogo planteado entre los volúmenes
geométricos y los curvilíneos, evidenciando interacciones
sumamente sugerentes que articulan disciplina y contraste,
vinculan el rigor de lo geométrico con la fluidez de lo orgánico.
El diseño exhibe ángulos rectos y agudos, aunque en el conjunto
lo que visualmente predomina son las formas redondeadas, biomórficas,
que suavizan o contrarrestan la rigidez planteada por los ángulos
y las estrictas líneas rectas.
Nuevamente
aquí, al igual que con respecto a su monumentalidad, la dualidad
y la contradicción se presentan como una de las características
de la obra, aportando a la misma una significativa cuota de tensión.
Sin embargo, ésta se resuelve en una síntesis de conjunto que
logra equilibrar en forma armoniosa las tendencias contrarias.
Vemos así articularse tendencias contrarias de estructuración,
elementos múltiples y diversos, con una facilidad aparente que
esconde la enorme complejidad de la composición. En el marco de
esta complejidad, prima un criterio compositivo que permite
disponer armoniosamente, conciliar entre sí y equilibrar las
diversas partes y elementos de la obra, permitiendo que se la
visualice como una unidad indisoluble. Ciertamente, Gehry consigue
un altísimo efecto de unidad y equilibrio a partir de una enorme
multiplicidad de elementos diversos presentes en la estructura
formal. En nuestra lectura, ello nos remite a la concepción de múltiple,
complejo, incluso paradójico o caótico que Bauman plantea para
esta fase de la modernidad.
El
diseño general del edificio, parece reunir de manera misteriosa y
potente la expresividad de las artes plásticas con la sólida
belleza de la arquitectura. En su rítmica articulación de
formas, volúmenes, líneas y contrastes configura una síntesis
plástica generadora de fuertes dinámicas visuales. La estructura
visual del Guggenheim Bilbao se conforma, así, como un verdadero
universo de ritmos e imágenes cambiantes que, a pesar de ello,
genera una síntesis totalmente equilibrada, donde la tensión
surgida de los opuestos se resignifica y transforma en una fuerza
expresiva que genera una inquietante fascinación que no cesa. Las
múltiples y diversas imágenes al desplegarse de manera
contradictoria generan una intensa impresión de presencia y
plenitud.
5.4.
Efecto plástico y emoción estética
Resulta
evidente la extraordinaria transformación que el Guggenheim
Bilbao realiza de los cánones arquitectónicos clásicos,
apostando a una creatividad surgida de una libertad expresiva que
no duda en experimentar de manera audaz con formas, líneas y
materiales. Alarde técnico y fuerza expresiva, un cóctel de una
potencia arrolladora, como la emoción estética que el Guggenheim
Bilbao genera. La fascinación que ejerce resulta sumamente
poderosa y una dimensión que consideramos significativa de la experiencia
Guggenheim.
En
nuestra concepción, el efecto plástico y la emoción estética
que señalamos entendemos que se vinculan, ciertamente, con la
naturaleza escultórica que animó el proyecto arquitectónico de
Gehry. Las más diversas imágenes o perspectivas posibles del
edificio, sugieren que ha sido "modelado", casi
"esculpido", más que "construido". En ello
juegan un rol decisivo las características y el tratamiento dado
a los distintos materiales utilizados, dentro de los cuales el
titanio ocupa ciertamente un lugar relevante. Aquí cabe
puntualizar el extraordinario efecto estético que genera la
cubierta escultórica de este material que se extiende sobre los
cubos de piedra caliza española. Se trata de un material
industrial y su utilización resulta sorprendente, en parte debido
a lo "fuera de contexto" que resulta. Pero a ello, debe
sumársele su color, la textura ligeramente irregular y rugosa que
pudo imprimírsele y su cambiante y seductora capacidad de reflexión
de la luz. El resultado es un efecto estético de muy alto
impacto.
Asimismo,
el mínimo grosor obtenido para cada una de sus pequeñas placas y
su forma ligeramente almohadillada -que no apoya de manera plana-,
permiten que esta cubierta de titanio vibre y se ondule con la más
leve brisa. Ello conforma en quien la observa la inquietante
impresión de encontrarse frente a algo profundamente extraño y
ambiguo, en presencia de un edificio que "se estremece",
que está "vivo". De este modo, su monumentalidad se
aparece extraordinariamente liviana, sutilmente ingrávida. El
extrañamiento y la emoción estética que todo eso suscita es
intensa.
El
titanio, material "industrial" utilizado de modo que
combina, simultáneamente, referencias biomórficas y mecánicas,
conforma una imagen del conjunto arquitectónico que
-particularmente visto desde la ría-, parece estar en perfecto
movimiento: un enorme pez de titilantes escamas metálicas o un
barco que se desliza fluida y armoniosamente por las aguas, como
empujado por el acompasado ritmo de la brisa, pareciendo
encontrarse en perfecta sintonía cósmica. Ambas imágenes,
reiteradamente señaladas en la obra de Gehry, sugieren un
dinamismo extremo, así como inquietante, en la belleza de sus
formas extrañas y monumentales. Producen una impresión de
movimiento que conduce la mirada del espectador al horizonte, en
el intento por seguir la dinámica que plantean.
El
Guggenheim Bilbao parece así agregar a la levedad ya señalada
una segunda característica: el movimiento. Podría decirse que
remite, en los finales del siglo XX, a la movilidad del arte helenístico.
Pero desde nuestra lectura resulta inevitable traer aquí la
caracterización de Bauman (2007a) acerca de la levedad y
movimiento como elementos que, conjuntamente, ayudan a anular la
resistencia del espacio y ´licuificar´ la materialidad o
solidez de "los objetos" de la modernidad líquida,
caracterizados más bien por la incertidumbre e inestabilidad,
tanto en el caso de los objetos materiales como en el de los
no-materiales o simbólicos.
Asimismo,
de alguna manera nos sugiere también esa pretensión de
desterritorialización, de no estar atado a ningún lugar fijo, de
no quedar inmovilizado en un territorio o asentamiento en
particular, que exhibe esta etapa líquida y virtualizada
de nuestras sociedades. En ellas, la tendencia parece ser evitar
todo aquello que obstaculiza o restringe los movimientos. Así, la
fluida - fluyente presencia del Guggenheim Bilbao
nos remite -nuevamente- a la visión de Bauman sobre el mundo de
hoy, postulado como eminentemente escurridizo y móvil,
contrapuesto a la fase anterior de la sociedad moderna
caracterizada por objetos materiales y simbólicos voluminosos,
pesados, arraigados y sólidos.
Cabe
aquí puntualizar, que no sólo Bauman hace referencia a la
levedad y a la facilidad de movimiento como características
centrales de la "nueva modernidad". Asimismo Thrift
(1997), señala que "bailar" y "surfear"
resultan metáforas muy pertinentes para aludir a la peculiar
naturaleza del nuevo capitalismo. Tanto como el capital en
nuestros días, el Guggenheim Bilbao aparece como desarraigado, móvil,
casi extraterritorial. Nos plantea, así, una nueva paradoja o
contradicción al evidenciar, por un lado, una presencia muy
fuerte signada por una suerte de aislamiento simbólico, por
cierta sutil ajenidad respecto del entorno, con el cual -sin
embargo- resulta misteriosamente bien integrado.
5.5.
Colecciones: ¿espectáculo y seducción?
Como
postula Bauman (2007a) -y resulta una evidencia bastante extendida
en nuestros días-, el trabajo parece haber perdido la centralidad
de que disfrutaba en el marco de los valores dominantes de la era
de la modernidad sólida y el capitalismo "pesado",
claramente orientado hacia la producción. Contrariamente, en la
modernidad líquida el capitalismo liviano se orienta
preponderantemente hacia la valorización del consumo y de los
individuos en tanto consumidores. En ese marco, la diversión y el
entretenimiento, la búsqueda de nuevas sensaciones y experiencias
han adquirido una preponderancia significativa en nuestro mundo
social. El campo del arte no escapa a esta orientación general.
Los espacios de arte contemporáneos presentan frecuentemente un
perfil que los acerca a la idea de "parque temático"
capaz de ofrecer un "divertimento sofisticado" para
turistas y ociosos de fin de semana (Esteban, 2007). En dichos ámbitos,
los criterios de seducción y espectáculo no resultan ajenos, ni
respecto a su organización ni a sus muestras propiamente dichas.
Una mínima referencia en este sentido resulta ineludible en
nuestra lectura del Guggenheim Bilbao.
En
el particular marco arquitectónico provisto por el edificio de
Gehry, las obras expuestas -frecuentemente de inusitado tamaño-,
plantean al visitante una suerte de inquietante dificultad para
establecer los límites que permiten diferenciarlas del contexto
de exhibición. El impacto estético de éste parece diluir la
entidad de la obra expuesta. ¿Cuál es la obra de arte? Este
borramiento de los límites habituales y fácilmente reconocibles
en otros dispositivos de exhibición, forma parte del conjunto ya
señalado de fuertes oposiciones, contrastes y ambigüedades
presentes en el Guggenheim Bilbao y nos remiten, en nuestra
lectura, a los rasgos arquetípicos de la actual fase de la
modernidad.
Al
respecto, y en ámbitos diversos, resulta llamativa la frecuente
opinión que sostiene que, comparativamente con el edificio, las
colecciones y muestras exhibidas en el Museo ocupan un lugar
significativamente secundario. En este sentido, el protagonista
del "suceso Guggenheim" es, decididamente, el edificio
de Gehry. Los visitantes (¿o "consumidores"?) parecen más
atraídos por las formas arquitectónicas y la intensidad de la
emoción estética que éstas generan, que por las obras expuestas
en su interior. Las mismas parecen concitar interés en la medida
de cierta escandalosa espectacularidad que suele rodearlas, de
cierto "sensacionalismo artístico" que campea. Pero ese
interés parece resultar de corto aliento; lejos está de la
contemplación exigida por el arte de otros tiempos. Por el
contrario, parece satisfacerse de manera casi instantánea, apenas
en una rápida mirada, "en el acto". Cabe reconocer
nuevamente aquí, una de las características que Bauman (2007a,
2007b) señala respecto de la vida en la modernidad líquida:
objetos y relaciones son "consumidos" en períodos de
tiempo cada vez más breves. La modernidad líquida ha instaurado
una obsolescencia acelerada donde objetos, vínculos y situaciones
se han vuelto transitorios, altamente fugaces. De lo que se trata,
precisamente, es de acortar el lapso de durabilidad. La modernidad
líquida exige a sus integrante centrarse en la manipulación de
lo transitorio y no de lo durable, de deshacerse de las cosas con
ligereza para dejar espacio a otras igualmente transitorias y
destinadas a consumirse en una obsolescencia cada vez más
vertiginosa.
En
este sentido, Bauman señala que en la modernidad líquida el
"corto plazo" ha reemplazado al "largo plazo"
y ha convertido la instantaneidad en ideal último. Esto que
resulta particularmente evidente en términos de la instantaneidad
que exhiben los flujos de información que circulan a través de
las nuevas tecnologías de información y comunicación (TICs),
parece también vislumbrarse en el arte de nuestra época. Frente
a obras de otras épocas, realizadas "para la
eternidad", el Guggenheim Bilbao parece exhibir obras que
frecuentemente se postulan a si mismas como efímeras -tanto en términos
de los materiales utilizados como por la concepción general-,
alejándose todo lo posible de aquella noción y postulando -¿o
denunciando?- el carácter inestable, precario y transitorio de
nuestro mundo "líquido".
6.
Comentarios finales
A
modo de apretada síntesis final, podemos decir que -lo sepa o no
Gehry-, detrás del Guggeheim Bilbao se asoma la concepción del
mundo de la modernidad líquida, caracterizado por el
inquietante desvanecimiento de las consagradas y sólidas formas y
estructuras tradicionales, por la pérdida de rigidez de las
mismas. En este sentido, creemos que conceptos tales como los de
fluidez, levedad, flexibilidad, ininterrumpida capacidad de
transformación, impredecibilidad, movilidad, inestabilidad, ambigüedad,
articulación de elementos contradictorios, complejidad, etc., a
partir de los cuales Bauman conceptualiza los rasgos centrales de
la modernidad líquida se encuentran claramente presentes en la líquida
modernidad que exhala el Guggenheim Bilbao.
Las
referencias a su contradictoria monumentalidad, a las múltiples
características paradójicas de su diseño arquitectónico, el
nivel de tecnología implicado en el mismo, la vasta gama de las
intensas y ambivalentes sensaciones que dispara, así como el carácter
y modalidad de sus exhibiciones nos remiten al clima de época y a
las características que estructuran la noción baumaniana de modernidad
líquida.
Si
la modernidad sólida implicaba un orden considerablemente
estable, suponía la seguridad de una realidad que se postulaba a
sí misma como regularidad y repetición, es decir, que resultaba
predecible y, por tanto, posible de controlar, la
"nueva" modernidad líquida se presenta con los
atributos contrarios: inquietantemente fluida, "leve",
discontinua, en movimiento, flexible, de apariencia ingrávida, de
infinita volatilidad. ¿No son éstas las características con las
que podríamos definir taxativamente el Guggenheim Bilbao?
Entendemos que sí. (*)
(*)
Fuente: María Lidia Saguier, "El museo Guggenheim como texto
sociológico", editado aquí de forma
original.
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