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LA
MEMORIA UNIVERSAL DE LA LUZ
El realismo
de Hopper y la religación de lo luminoso
Por Esteban Ierardo
I
El niño camina entre
los vientos sembrados de sol, junto al río Hudson, en Nycak. La luz
se vierte suave y enérgica sobre su rostro. Siluetas de barcos,
como cristales flotantes, besan las olas, y reciben los rayos solares. El niño pronto volverá a su primer hogar, con su familia de creencias religiosas
baptistas; y soñará con anillos de imágenes que giran y, al
detenerse, se difunden en un lienzo.
Ya en sus primeros
años juveniles, Hopper manifiesta un vivo interés por el arte. Su familia no se opone. La única sugerencia es
transitar primero la formación en las artes gráficas, en los
dibujos y las ilustraciones para integrarse a una sociedad que
demanda la lucha económica por la supervivencia.
Al tiempo que inicia su
camino en la ilustración gráfica comienza también su formación
en el arte pictórico, su verdadero horizonte deseado. Dentro de ese
proceso de aprendizaje y evolución, Hopper realiza sus tres viajes
a Europa. Sus itinerarios: París, Londres, Amsterdam, Harlem,
Toledo.
Llega a París en 1906.
Entonces pulula allí la efervescencia vanguardista del
impresionismo: Cézanne, Manet, Renoir, Gaugin, Matisse. Pero la
influencia más tangible que parece acusar el visitante americano es
la de Manet y Edgard Degas, el pintor subyugado por las escenas de
danza.
El
fenómeno artístico de la vanguardia como tal lo deja indiferente.
Picasso ya respira en la ciudad al borde del Sena, pero el joven
norteamericano no evidencia ningún interés por los
nuevos senderos deconstructivistas de la plástica cubista. De todos
modos, sus visitas a museos, su
absorción del aire impresionista parisino de entonces dejan huellas en su pictórica inicial. El
impresionismo es obsesión por el poder de la luz, por su cambiante efecto
sobre las superficies. Lo impresionista asimismo es recepción
subjetiva del color y lo luminoso. El ojo ya no ambiciona la duplicación objetiva de lo
observado, como en la pintura leonardesca renacentista.
La aguda sensibilidad
impresionista por la luz que descubre Hopper, y su potencia
resaltante de formas y colores,
nunca lo abandonarán. Por eso, a pesar de su aparente desapego de las nerviosas pinceladas
de Manet y sus seguidores, ya
en una edad avanzada reconocerá que, a pesar de todo, nunca dejó
de ser un impresionista.
La influencia
impresionista, durante su periodo en Europa, se expresa también por
la apertura de Hopper a una constelación de temas fuertemente vinculados con
temas urbanos, cotidianos, como en su lienzo Yonkers (1916),
que muestra un amarillo tranvía emergiendo de entre un grupo de
transeúntes apostados en una calle. La temática urbana será luego
fuertemente incluida en el universo estético hopperiano.
Soir Blue es quizá
el máximo cristal pictórico de Hopper en el Viejo Continente,
humedecido por el oxígeno impresionista. Lienzo influido, en un
principio, por unos versos de Arthur Rimbaud: Par les soirs blues
d’été... (Por las veladas azules del verano...). Frente al mar, al
aire libre, conviven distribuidos en tres mesas personajes de la
bohemia, y también una pareja de la sociedad burguesa
"respetable". Todos bajo la mirada de una posible
prostituta. Y en un primer plano se enquista la magnética
centralidad de un payaso, enfundado en su alba vestimenta, con su cabeza tonsurada y empolvada, y una pintura
roja que
remarca sus labios, pómulos y cejas. La luz libera la intensidad
cromática, el color que dibuja y pinta las formas. Y el
payaso, como posible nexo o identificación con el artista, destaca su condición no convencional
o marginal (en un tiempo en el que Hopper
pinta sin ser aún reconocido). Pero, más allá de esta
personalización del vínculo artista-payaso, lo más sustantivo es la
continuación de una tradición, explícita o subterránea según
los diversos periodos histórico, donde lo "pasayesco" o
atípico del artista se acerca a las figuras próximas del loco, el
visionario o el profeta.
Luego de su primera
incursión en París (que repetirá después en 1910) visita, en Londres, la Nacional
Gallery. Aquí, aprecia la obra de Turner. En Amsterdam, en el
Rijksmuseum, lo impresiona especialmente La ronda nocturna de
Rembrandt; y, en Harlem, contempla al maestro neerlandés de los
retratos colectivos: Franz Hals. También visita España, Madrid y
Toledo. Toledo: el altar de la luz seráfica de El Greco. En su
catedral principal aún late El expolio, una de las grandes
coronas de óleo y rubíes del pintor de origen cretense.
De regreso a
América
Hopper se establece en New York, en Washington Square North 3. Aquí
vive hasta su muerte junto con su esposa, la pintora Josephine
Nivison. Alcanza, en ese entonces, cierta notoriedad al ganar un
concurso de carteles de guerra.
Luego, inicia sus
visitas a Mohegan Island (Estado de Maine) donde sus pinceles capturan los espacios amplios de la
naturaleza. Una apertura temática al paisaje que continuará en
South Truro (Massachussetts) en su estudio-vivienda que frecuentará
hasta sus últimos días.
Ya en
Mohegan brota
un tema arquetípico en Hopper: la integración naturaleza- cultura. Allí
pinta Carretera en Maine (1914). La carretera, flanqueada por
unos telégrafos, se adentra entre bajos y escarpados montes de
ásperas laderas. El artista inicia su constelación de carreteras,
telégrafos, gasolineras. Para Hopper, una gasolinera se convierte
en un motivo digno de estetización, actitud por la que su obra será
invocada luego como antecedente del arte pop.
A los 42 años, sus
lienzos ya dimanan un estilo definido que repetirá en diversas
variantes hasta el resto de su vida. Aquí afloran los matices
conservadores del pintor norteamericano, su reticencia o
indiferencia a los cambios que, como obsesiva novedad estética o
experimentalismo formal, exige la modernidad estética. Siempre embarcado en un único velero de la
imaginación, Hopper atraviesa,
indiferente, los oleajes
cambiantes de las modas o inclinaciones artísticas.
El contexto
artístico en el que nace el arte de Hopper se ramifica hacia el
siglo XIX; raíces que se empotran en la pintura norteamericana de
paisajes dominada por la Escuela de
Hudson River (1). Asimismo, en los comienzos del siglo XX,
se gesta un
gradual rechazo al regionalismo. En 1913, en la exposición
"Armory Show" se exhiben 1600 obras. En esta prolífica
exhibición fundamental se perfilan dos tendencias bien
diferenciadas. Por un lado los modernistas, partidarios del arte
europeo. Aquí se sitúa John Marin, el "precisionista"
Charles Sheeler. O Duchamp, el mensajero dadaísta de los ready-made,
con su Desnudo bajando una
escalera (1911). Y Man Ray, el único
dadaísta norteamericano, aunque luego se radicará en París donde desarrollará hasta su
muerte su llama creativa: sus rayografías y
fotografías.
La otra tendencia son
los realistas del grupo Ash can School encabezados por Robert
Henri. En esta orientación se enrola Hopper. Los temas
preferentes de esta agrupación son el humor, inspirado en las
caricaturas de Honoré Daumier; un interés por los temas sociales
(pero sin ningún ánimo crítico-ideológico); y una valoración por
la radiación prístina de lo real visible heredada del arte de
Velázquez.
En aquellos
inicios del siglo de las dos guerras mundiales, la renovación
artística en Norteamérica se engarza con el rechazo de la
"pintura ilustrada provinciana". Pero ante la
penetración del modernismo surge una reacción nacionalista, un
adentrarse del ojo receptivo del pintor en los paisajes de un vasto
continente aún poco explorado. Esta actitud pictórica asume con
beneplácito una andadura regionalista, representada por los
pinceles de Thomas Hardt Benton, maestro de Jackson Pollock. El
regionalismo despliega las banderas del movimiento de la "American
Scene". Frente a su explícito nacionalismo, Hopper disiente.
Lo nacional no exige exhibiciones de lo vernáculo:
"Lo que me saca de quicio es todo este barullo en torno a la 'American
Scene'. Nunca he intentando reproducir el ambiente americano,
como Benton, Curry y los pintores del Medio Oeste. En mi opinión
los pintores de 'American Scene' han caricaturizado a
América. Yo siempre he querido expresarme a mí mismo. Los pintores
franceses nunca han hablado de una 'escena' francesa, lo mismo que
los ingleses de la 'inglesa' " (2).
La expresión de
lo regional sólo es auténtica si no enfatiza su timbre
localista. Una pintura nacional genuina no exalta adrede lo
regional. De una forma paralela, el escritor argentino Jorge
Luis Borges, ante la pregunta por la hipotética identidad de una
literatura nacional argentina (3), observa que, en el Alcorán,
Mahoma nunca alude a camellos porque la pertenencia a una
tradición o un lenguaje, o a una geografía o historia
particulares, se dan como presupuestas. La necesidad de radicalizar
los motivos locales evidencia la factura artificiosa, la exhibición de
una falsa conciencia nacional. Cuando esta conciencia es auténtica
brota con un frescor espontáneo. Sin necesidad de
estridentes campanas nacionalistas.
El realismo en Hopper
no es así embelesamiento ante un localismo geográfico. No es
pincelada contraída a un paisajismo americanista. Las canteras de la tendencia realista
(de la que participa el pintor nacido junto al río Hudson) vibra quizá con más
fuerza
en un contexto político-cultural, que induce o prepara una
respuesta artística que se impregna de la densa solidez de los
objetos urbanos, de las consistencias de lo terrestre y lo físico.
Este proceso particular es entrevisto por Tocqueville.
Alexis de Tocqueville
visita Estados Unidos en el siglo XIX. Luego lo hará también otro
visitante de lúcida mirada: Oscar Wilde (3). El resultado del periplo
norteamericano del escritor galo es La democracia en América. El
visitante encuentra en la ascendente democracia norteamericana un impulso general hacia el realismo: "Las formas
sociales de la democracia y sus instituciones se apartan de la
representación del alma para limitarse al cuerpo; y sustituyen la
reproducción de sentimientos e ideas por las de los movimientos y
sensaciones. Así, finalmente, colocan lo real, en lugar de lo
ideal" (4). La legitimidad política del poder
democrático es renuncia a las alturas divinas del "derecho
divino de los reyes", propio de las periclitadas monarquías
absolutistas europeas. El origen de la potestad política ahora mana
de la soberanía popular, de la horizontalidad de la igualdad
(emergente desde la Revolución Francesa como híbrido de teoría,
expresión de deseo e ilusión). Pero, más allá de la posible
esperanza fantasmal de una democracia que anuncia la sociedad
igualitaria, su fundamentación teórica es el descenso a la
presencia histórica, corporal, terrenal y visible del pueblo
(síntesis contradictoria de multitud alienada y resistencia
individual). Lo popular, como fuente de la legitimación
democrática, orienta la atención hacia la propia materialidad de
ese sujeto colectivo, hacia su anclaje en lo terrestre. Y lo social
que contiene a los individuos-ciudadanos que sólo
buscan su sentido en hechos y logros palpables en este mundo
"real", antes que en la invisibilidad de un más allá
suprasensible.
El poder
que encuentra sus razones en la tierra, en lo físico, concede mayor solidez y atracción a la realidad como escena
social y urbana, en la que acontece el encuentro entre el hombre, la historia y
la ciudad.
Pero el realismo
que Tocqueville observa, desde el trasfondo visible de la democracia, ese realismo con sus contenidos urbanos y su clima
cultural de época, será quizá superado por otro
"realismo". Una superación que surgirá cuando las cuerdas de luz y
color de los
lienzos de Hopper se estiren en su máxima tensión.
II
En la aproximación a
la estética hopperiana es preciso meditar sobre el matiz particular
de su credo realista. En Hopper, el realismo nunca es reproducción
pasiva. La impresión de inmediata imitación que transmite la
fuerte similitud entre el modelo y su imagen pictórica no nace de
una duplicación
pasiva; surge, a lo sumo, de una paradójica actividad reproductora de lo
que se da pasivamente. Por eso Hopper advierte: "No se trata de reproducir
exactamente un lugar, sino de recomponerlo a base de bocetos y reminiscencias
mentales de sus inmediaciones"(5).
En su implícita
filosofía realista, Hopper no pierde oportunidad de acompañar las
gárgolas lanzadas contra el neoexpresionismo abstracto de la
década del 60’. Contra el abstraccionismo en sus diversas
variantes, que incluyen el action paiting de Jackson Pollok;
o Mark Rothko con sus negros que prevalecen sobre el final de su
camino artístico; o Adolph Gottlieb que, con Rothko, integran el
grupo The Ten y el New York Artists Painter.
Por eso, en 1953,
Hopper edita la revista Reality. A journal of Artist opinión
que, en su primer número, lanza una declaración de principios de
46 pintores figurativos. En ella se comparte un credo común:
"Creemos que la
textura, y la forma, así como el color, el dibujo y todos los
componentes de la pintura, son medios, para un objetivo más alto,
consistente en la descripción del hombre y su mundo" (6). Las diatribas discurren desaforadas también
contra periodistas, críticos y marchantes de arte que glorifican lo abstracto.
En su peculiar ver la realidad "del hombre y su mundo"
Hopper teje una trama de imágenes icónicas que muy poco, o nada,
le deben a un describir objetivo, "directo", del mundo
dado. Por el contrario, su realismo, con discreción, y sin anuncios
de grandes revelaciones, oculta un proceso simbólico de
descripción de lo real humano y de lo no humano que intentaremos
auscultar.
Un tema de un subrepticio valor simbólico en su pictórica son el tren, la locomotora.
El tren y sus tentáculos de rieles penetran en la tierra primero
salvaje, desnuda, no civilizada. En el aguafuerte Vía del tren
(1921), el riel se adentra en la inmensidad que, aunque
semiurbanizada por la presencia próxima de telégrafos y una casa,
no pierde su simbólica penetración en la tierra como alteridad en
principio no humana. El centauro mecánico locomotora-vagón es
también velocidad que mutila, decapita distancias y, por lo tanto,
une, integra, induce experiencias de pasajes y comunicación con lugares antes
inalcanzados. Una posibilidad de vinculación entre dos
niveles separados de realidad que transmite asimismo La
locomotora (1922), aguafuerte donde la humeante cabeza del tren se apresta a internarse en un túnel
oscuro. Cavidad con inevitables asociaciones con una situación
de pasaje o nueva ventana hacia algo antes no conocido o invisible.
El movimiento del ferrocarril, como transporte a otro
nivel de sentido y no sólo como forma de viaje o
desplazamiento físicos dentro de un mismo nivel de existencia, lo
sugiere el lienzo Tren (1908); aquí, un último vagón es
precedido por la mitad del siguiente, lo que induce un corrimiento
del ojo fuera del límite del cuadro.
Las escaleras son también zona de desplazamiento de un plano a
otro. Lo cual se plasma en obras como Escalera en París, o Escalera
de la Rue de Lille 48, París, ambas de 1906; o Escalera
(1919), en la que el ritmo descendente de los peldaños observados
desde arriba desemboca en una puerta abierta y un espacio exterior en
el que se eriza un monte en penumbras. La salida a otro estado aquí
se produce por una acción doble de apertura: la de la escalera
primero (comunicación del arriba con el abajo), y la puerta abierta
después (salida de lo interior de la casa hacia la exterioridad
amplia de la naturaleza).
Hopper también extiende sus geografías de colores hacia el
ambiente provinciano, hacia las pequeñas ciudades. Hacia las
periferias de casas de madera de cariz pueblerino como en Domingo
(1926); obra en la que domina la escena un hombre sentado y solo, con un cigarrillo
meciéndose en su boca entreabierta. Pintura de lo rural que se
continúa también con la representación de casas campestres
aisladas. Una farmacia. O una esquina redondeada, en una ciudad
bañada por las claridades matinales.
Los
ejemplos de la arquitectura provinciana exhalan aburrimiento. Una
repetición cercana a la inmovilidad sin cambios acelerados, o
demandas de rápidos progresos o transformaciones (7). Y esta usina temática inspira
también la conexión entre cine y pintura
en Hopper, como en su arquetípico lienzo La casa junto a la vía (1925), que
es modelo de la casa en Psicosis, de Hitchcock.
Y en Domingo
de madrugada (1939), una larga fachada de casas en su
parte superior y negocios en la inferior se exhibe de forma
apaisada, cual si fuera captada por el ojo-lente de una cámara
cinematográfica.
Otra temática
recurrente es la mujer que contempla un mundo exterior a través de
ventanas abiertas anegadas por rayos de luz solar. La atención
de lo femenino que se derrama hacia una exterioridad diurna y
luminosa remite a su vez a un proceso representativo más esencial: la
relación interior-exterior. A través de la ventana-abertura, el
orificio portal permite la religación de los dos términos de la
relación: lo replegado sobre sí y lo exterior (una composición
reiterativa en Hopper sobre la que luego incidiremos desde un
intento de penetración comprensiva).
III
La tesis habitual sobre
el significado de la pintura de Hopper es de una monótona
persistencia: el realismo hopperiano trasunta la soledad, la
incomunicación y alineación de la sociedad moderna y capitalista.
Su obra desnuda el reverso velado y oscuro de lo cotidiano burgués. Hopper
reflejaría la "alienación del hombre moderno". La
negación del "sueño americano", que se derrumba con la
gran depresión, la caída de Wall Street, el empobrecimiento
generalizado, y el posterior y desesperado intento de reconstrucción del New
Deal de Franklin Roosevelt. Hopper sería así la antípoda de Norman Rockwell,
símbolo del pintor que exalta lo "luminoso americano", e
ignora las grietas del coloso norteño.
Noctámbulos
(1942) es una de las pinturas icónicas de esta radiografía estética
de una sociedad cuya incomunicación revela la
imposibilidad de una felicidad real dentro del american dream.
En la organicidad de la imagen anida un restaurante
delimitado por unos cristales. Una luz nace vivaz desde el extremo
superior derecho que ilumina a dos hombres y una mujer, y al
empleado del establecimiento comercial. Unos locales circundantes,
de luces apagadas y ámbitos oscuros, nutren el llamativo contraste
entre luz, oscuridad y penumbras. Para cierta interpretación
habitual, la transparencia de las paredes
de vidrio constituye una
suerte de jaula de cristal que contiene el escenario que expone, en
primer plano, la proximidad física; pero, a la vez, segrega distancia,
incomunicación. Soledad. La noche iluminada aviva también la
ausencia de una palabra de comunicación entre los seres.
La soledad puede ser
representada también mediante un paradojal compartir las presencias solitarias,
como ocurre en Habitación en Nueva York (1932). Los dos miembros de
una pareja "conviven" en el distanciamiento. El hombre se
abstrae en la lectura de un periódico, mientras la mujer derrama su
distracción en el teclado de un piano. Su vestido rojo captura la
atención, y concentra en la mujer la alegorización de lo femenino
como principal víctima de la no percepción o atención de lo
masculino.
La distancia compartida
se reitera en una Excursión a la filosofía (1959). Un hombre
yace sentado en una cama, inmerso en sus indescifrables
cavilaciones. Su pensar, o su rodar dentro de las espinas de la
angustia, ignora u olvida una sugerente mujer dormida, que yace
detrás, con sus nalgas provocativas y desnudas. Una probable invitación al eros
no atendida por la cavilación e indiferencia masculina. La soledad
como proximidad e incomunicación de los cuerpos se repite en Hotel
junto a la vía (1952). La distancia no desgarra ya a los seres en un hogar fijo de
indiferencias, preguntas sin respuestas,
diálogos no cuajados; ahora se transforma en nómada desarraigo de un hotel a otro. Pero la
presencia solitaria puede expresarse asimismo como soledad física y
espiritual. Como la mujer quieta. Sentada. Ensimismada. Y escindida de su
entorno en un bar, en Automat (1927). En Compartimiento C, vagón 193 (1938), una
mujer sentada en un cómodo asiento de un vagón se recluye en la
lectura y disimula su estado ausente mediante un
sombrero que vela sus ojos. A diferencia de las múltiples mujeres
de la "atención luminosa", de la recepción del flujo
luminiscente derramándose por ventanales abiertos, aquí, la
cercana ventana descorrida del vagón es ignorada, no atendida;
actitud que recalca la palpitación aislada de lo humano dentro de
lo urbano. Separatividad que también parpadea en Cine en New York
(1939). En un cine, un auditorio se sumerge en el otro tiempo-espacio
que le entrega la pantalla. Pantalla en la que se insinúa un paisaje
nevado. Una
apertura artificial a la naturaleza lejana. Pero la sala cinematográfica no cumple plenamente su
potencialidad de salida de lo recluido por la presencia solitaria,
en un extremo semiiluminado, de una mujer, que se zambulle en sus
propios pensamientos.
La penetración
en el ambiente intimista en algunas obras de Hopper colocan al
espectador, como también es destacado con frecuencia, en la
situación de voyeur. El ojo invasor de la intimidad ajena y
silenciosa se libera en Habitación de hotel (1931). La
mirada ingresa en el recogimiento intimista de una mujer, alojada en
un hotel y que, solitaria, se concentra en la lectura de un papel
amarillo. La mirada del voyeur se presenta también en Ventanas
en la noche (1928). Aquí, una mujer vestida de rojo exhibe su
sugerente silueta al ojo que traspasa los ventanales abiertos y
observa la habitación y a la mujer envuelta en
una luz chillona e inmovilizante.
La pintura de la
distancia solitaria y la invasión del voyeur configuran
trazos innegables del retablo creativo de
Hopper. Pero que, estimo, palpitan en un borde, no en el centro más
significativo de su acto creador. Aquí
intentaremos una visión que elude, sin pretensiones de
confrontación, la exégesis canónica de la
pictórica hopperiana. Para desbrozar el terreno que nos conducirá
hacia otra forma de apreciación primero
debemos meditar en el vínculo luz-forma que nace del artista de la
ciudad de los rascacielos que rozan y golpean las nubes.
La luz en Hopper induce un efecto de tiempo detenido. La
vivacidad radiante del campo luminoso que traspasa el lienzo absorbe
y cristaliza las figuras en un gesto de inmovilidad radiante, en una
paradójica purificación inmovilizante de la figura, del cuerpo
humano. Que lo sustrae de su inmersión más inmediata en el devenir
temporal, y de sus efectos graduales de envecejimiento. Y corrupción.
Estatismo próximo a una instantánea fotográfica, o a un fotograma
inserto en la cinta de un celuloide fílmico. Este rasgo ha motivado
múltiples asociaciones entre la estética de
Hopper y el cine (8).
La
inmovilización luminosa de lo destinado al movimiento y su despliegue en el
espacio
insinúa, en principio, una congelación de la vida. Detención petrificante que
parecería despojar al
hombre de la espontaneidad de sus movimientos, de su actuar libre en
el tiempo. El sujeto inmovilizado,
sustraído al movimiento, no podría así reconocerse por la pérdida de su propia naturaleza. Una
praxis estética confirmadora de la alineación.
 |
| E. Hooper, Una
mujer al sol (1961). |
IV
Pero sin
negar lo "alienado" en Hooper tal vez son posibles otras
sendas paralelas de interpretación: el realismo hooperiano como "mitificación de lo banal"
con afinidades con el surrealismo, como sugiere, por ejemplo, Kranzfelder (9).
O quizá la salida de lo alienante en la poética de Hopper dependa más vivamente de la primacía estética de la luz. La luz de la hiperclaridad
en Hooper, su fúlgida
omnipresencia, trasfigura lo que ilumina. La luz que detiene el
tiempo en una fulguración instantánea sería exaltación radiante de la presencia singular del
hombre y las cosas. No su petrificación.
Hopper confesó
en una ocasión que nunca había logrado pintar lo que realmente
buscaba. Parte de ese deseo se amalgama con una técnica artística
que desea provocar un efecto de "choque de la realidad".
Pero en la
insatisfacción del pintor, en su declamada no realización, hay quizá
lugar para la tendencia o camino hacia la consumación de lo deseado.
Al ascender ya por
estas laderas, es posible aventurar una indagación lúdica de lo
indeterminado en el universo
pictórico de Hopper, de lo no realizado.
Aquí es posible sospechar que las imágenes de Hopper danzan en derredor de una
inversión de la relación sujeto-luz de la modernidad.
En la Ilustración, en
el pináculo del castillo filosófico de lo moderno,
la verdad es incendiaria luminosidad. Es "luz natural de la
razón" que hiere y disuelve las tinieblas de
la ignorancia, de la superstición, de la opresión teológica o
política-monárquica sobre los individuos. La ilustración como
movimiento cultural legitima a la razón y la ciencia como pináculo
de
la verdad en tanto luz matemática o conceptual. La ilustración es acción
luminosa que produce el único conocimiento verdadero (10). Y tras esta potencia que
une luminosidad y saber brilla un sujeto universal. El
sujeto moderno que ordena, explica y conoce el mundo desde un centro generador de sentido
antes reservado a Dios. Y el gran sujeto de los nervios racionales
se desinteresa de toda
crítica al poder o límite de la razón (salvo la excepción de la crítica
autolimitante de la racionalidad en Kant, o de la posterior crítica
nietzscheana). Y configura así el mundo como estructura dominada por su
luz racional. El sujeto es entonces la fuente superior de la luminosidad
cognoscitiva. El orden natural es su efecto. El objeto, el
espacio, la naturaleza serían caos sin su luz ordenadora. Frente a
la superioridad del iluminante sujeto racional empalidece o
desaparece el brillo propio de los fenómenos u objetos. Así, el fulgor
del sujeto racional ilumina, pero a la vez degrada la
otredad de lo material. La diferenciada multiplicidad de seres,
objetos y elementos naturales, se somete a la superioridad de la
dimensión conceptual, de la racionalidad.
Kant, en su Crítica
de la razón pura (1791), acomete una segunda y célebre revolución
copernicana. El sujeto, en el realismo filosófico, recibe la verdad
de un orden precedente, como un espejo recibe el reflejo de un mundo
ya dado. A partir
de la innovación kantiana, el objeto es efecto de una elaboración
o construcción de la subjetividad. Por vías coincidentes, y sin
mediación de ninguna influencia directa, la imagen artística
también puede presentar un proceso de inversión. Pero para
resucitar, en el caso hopperiano, al sujeto como volumen especular que refleja una luz de la cual ya no es causa u origen
sino efecto.
En Hopper,
es posible entrever esta inversión del sujeto que no ilumina, sino
que es el iluminado.
La omnipresencia de luz
en el pintor de Nyack, que se derrama hacia todas partes, no resalta la
belleza del cuerpo humano, del cuerpo que soporta o encarna el
sujeto racional (que antes destacamos en su poder de iluminar y
someter lo ordenado, bajo la supuesta superioridad de su luz
intelectual). La
luz hopperiana no nutre la idealización del cuerpo, de
armoniosas proporciones musculares como en El discóbolo de
Mirón de Beocia, o El David de Miguel Ángel. Este cuerpo del
arte clásico, el de la forma perfecta, exalta, por su armoniosa luminosidad propia, la humanitas;
afianza así una alta idea de sí misma de lo humano. En su
exaltada autovaloración,
el hombre de la luminosa belleza corporal corre el riesgo de la hybris
(11),
de un exceso en cuanto a una sobrevaloración que olvida que
su entorno natural, o la vida misma, son don que el hombre
recibe para que sea, o que busque ser.
El cuerpo abrazado por
la luz eternizante en Hopper no presenta cuerpos idealizados, de
purificadas líneas impactantes. Por el contrario, los cuerpos se
muestran como entidades artificiosas, como figuras de una leve
deformación que las aproxima a la condición de maniquíes, o a
inertes figuras de madera. Pero tras esta aparente degradación
pulsa, paralelamente, y de forma menos perceptible, la posible
impronta religiosa de la pintura de Hopper.
El pintor
norteamericano siempre se caracterizó por su extremo laconismo. Sus
expresiones orales o escritas sobre los posibles significados de su
arte son escasas (12). Pero esto no debe ser confundido con una indiferencia o
ausencia de ilustración intelectual. Hopper frecuenta lecturas de
alto vuelto literario o poético, como Víctor Hugo, Proust,
Baudelaire, o Goethe (y demuestra un especial afecto por la Wanderers Nachtlied,
por "La canción nocturna del caminante" goethiana) (13).
Una de sus lecturas
principales es Emerson y su ensayo sobre El alma Universal.
Emerson alienta la
doctrina del transcedentalismo (14), una filosofía fuertemente nutrida
por la metafísica alemana y el
hinduismo. Emerson pondera la unión del alma con el universo, su reintegración al todo. El deseo ancestral del hombre,
primero ágata separada del lecho misterioso y dorado del devenir
universal, que luego se re-liga a él. Anhelo del homo religiosus.
La religiosidad de Emerson es acompañada también
por la versión más telúrica o terrenal del impulso
trascendentalista que anida en la especial existencia y
obra poética de Thoreau (15).
Podemos imaginar
un
Hopper admirador de Emerson. Su silencio no lo confirma, pero
tampoco lo desmiente. Podemos regresar a la propia infancia baptista
del artista, y su estímulo, aunque sea formal, a una
reintegración de la parte (hombre) con el todo (el espacio
como totalidad luminosa). Una experiencia de religiosidad natural.
|
| E.Hopper,
Habitación al mar (1951). |
V
La primacía de la luz
que abre espacio y pinta volumen en Hopper, su efecto eternizante o
inmovilizante, cobra así una gravitación muy diferente a la
luz que da una visibilidad angustiada a la alienación. Se muestra
como otra serpiente magnética: la de una memoria o reminiscencia
universal en el humano de la
superioridad de una realidad luminosa, precedente, sacra en tanto no
humana. Que da e ilumina el espacio. Donde el hombre vive y surge
desde un misterio olvidado.
La luz física, universal, plástica (que el pintor reinventa y
expresa) no es medio ya para exaltar un cuerpo idealizado
(clasicismo), o para convertir lo iluminante en metáfora de los
poderes de una luz racional. Es lo humano que insiste y rememora su lazo con lo no
humano de la luz, y con lo misterioso del origen de lo luminoso y de
su propio origen. Y el cuerpo humano que contempla o
atiende a la luz y su memoria asume una postura de serena y
expectante recepción de lo que lo luminoso muestra.
En Sol matinal (1952)
una mujer con su vestido rojo, sentada con sus brazos extendidos
sobre las rodillas arqueadas, contempla, en una concentración
cercana a un virtual arrobamiento extático, el esplendor de la luz
que fluye libre, con una homogénea fosforescencia iluminante, y que
ingresa a través de una ventana. La figura es la variación del tema arquetípico en
Hopper, que ya habíamos adelantado: lo femenino observando algo otro,
exterior, distinto, no humano. A través de las ventanas abiertas,
siempre abiertas, la luz diurna, matinal, que regresa y devuelve a
la mujer una actitud alerta,
receptiva, asombrada. La espuma de la posible veneración conciente
del poder elemental, iluminante y fertilizante de la luminosidad natural.
Actitud que, desde las continuidades inconcientes de simbolismos
ancestrales, coincide con la celebración de los pueblos antiguos
que cantaban al reaparecer el sol en un nuevo amanecer. La
contemplación desde una inmovilidad asombrada de la mujer es
también posible identificación no conciente y simbólica con la
tierra que recibe los rayos luminosos como fuerza fertilizante. La
mujer se identifica aquí con la tierra. Con lo femenino terrestre.
Que
crea nuevos frutos desde su unión con las potencias
fertilizantes de la luz solar. La mujer que contempla y celebra la
luz en Hopper se repite también en Mediodía (1949); Un mujer al sol en Cape Cod (1950);
Sol en la ciudad
(1954);
o Mañana en la ciudad (1944).
En Una mujer
al sol (1961), una
mujer atisba ahora la luz que se difunde, nuevamente, por otra
ventana abierta. Recibe la caricia luminosa desde su desnudez,
completa, en posición erecta. Sostiene con una de sus manos un
cigarrillo. Señal posible de que la mujer que venera y se
reencuentra con la luz no humana y superior del sol es lo femenino
terrestre, receptáculo de lo celeste. Pero también es
la mujer concreta. Urbana. Que, en su soledad y silencio, se religa
con la gratuita fuerza vivificante de lo luminoso.
La expresión de la alienación urbana
que ya hemos mencionado en Hopper es reclusión, enclaustramiento de la subjetividad, ensimismamiento
en una arquitectura cerrada. Pero en la poética visual del artista se
repiten, obsesivamente, las ventanas y las puertas abiertas. Que
quiebran el estado de lo enclaustrado (matriz de la alineación o de
lo separado de un afuera). Y que, así, restaura la comunicación entre
lo exterior y lo interior. Lo interior: lo humano o su
hábitat urbano encerrados en sí mismos.
Y lo
exterior es la realidad, en el tiempo y el espacio, que precede al
hombre. La luz que centellea en su omnipotencia en Hopper, es
memoria visible, espacial, de ese estado: el de lo humano que surge en
la precedencia misteriosa del espacio, de lo terrestre. Y de la propia
omnipresencia diurna y universal de la luz.
Y la luz disuelve lo
separado e incomunicado.
Funde la interioridad y exterioridad
también en la situación de la casa, de la habitación, de lo urbano, sin
presencia humana. La casa icono de lo abierto en Hopper es Habitación al mar
(1951). Una casa se alza frente al océano. Una puerta abierta
permite la llegada de la luz matinal en la interioridad antes cerrada de la
habitación, que también acoge el azul brillo de las aguas. Acontece así la reunión de
naturaleza y cultura. Proceso que también se reitera en un Sol en una
habitación vacía (1963). La
apertura de ventanas y puertas, por la que ahora puede fluir lo que
ilumina la interioridad de habitaciones antes cerradas, es afín a la estrategia mística tradicional
del "hacer vacío". La "habitación vacía" abre una estructura perceptiva antes
cerrada, para dar lugar a la irrupción de la otredad de una fuerza
que ilumina. Nutre. Amplia. Lo antes recluido en límites estrechos
(16).
La luz que se
adentra en un recinto arquitectónico en principio separado o
cerrado estimula también una posible asociación con lo lumínico
que se infiltra dentro del templo gótico a través de sus vitrales.
La invasión de lo solar dentro de las penumbras del altar o la nave
del templum (espacio sagrado separado en su esencia
simbólica de lo exterior o profano) nutre, como se sabe, un
conciente anhelo de elevación religiosa. Pero la luz que desciende
desde lo celeste es mediada por los vítreos paneles esmaltados de
imágenes de santos, historias y simbolismos bíblicos. La luz
gótica se adentra en lo cerrado y lo ilumina y eleva. Pero desde un fuerte condicionamiento cultural. Es lo luminiscente mediado por
un filtro doctrinario. Luz que, quizá por su explícita intención
de religar, es inferior a la potencia de la luz física, inmediata,
que ilumina y abre una habitación vacía, antes reconcentrada en
sí misma; luz desnuda o primaria que, a diferencia de lo luminoso
gótico, ilumina a la mujer de Sol matinal y la reintegra,
religa, con la vastedad espacial que lo resplandeciente atraviesa
desde su origen en la incandescencia solar.
La potencia de la
luz que regresa, religa y disuelve lo separado, quizá tiene un notable
antecedente de "rapto místico" en un aguafuerte del joven
Hopper: Viento
en la tarde (1921). Aquí ya no es la variedad del color. Es la
dualidad blanco-negro. Y nuevamente una ventana abierta. Una mujer,
otra vez, recibe, desde una actitud de concentración (que une asombro, veneración y sorpresa) el viento que llega a través de
los vidrios que se abren. El ingreso de los sutiles caballos del aire
cobra visibilidad por el movimiento ascendente de una cortina. El rostro
de la mujer no es visible. Pero podemos sospechar la
transfiguración de sus facciones. Por la gozosa percepción
femenina de la
elemental fuerza del viento.
Luz y viento que
invaden, inundan y regresan como memoria visual de la superior
omnipotencia de las fuerzas materiales del espacio. Que dona al
hombre el lugar donde ser o buscar ser; aunque éste se autoengañe
desde su ilusoria fortaleza de creador u
ordenador de la naturaleza. Y en este engaño olvide lo real
prehumano. Lo prehumano en el silencio de su
enigma.
Una obra emblemática
de este proceso en Hopper es quizá Tomando el sol (1960). Un grupo de
personas sentadas contemplan la luz que se vierte sobre ellos con
una serena, pero a la vez, explosiva potencia. Los cuerpos absorben
el fluido luminoso. Y se deforman. Se acercan a lo caricaturesco, al maniquí
anonadado por el
sorpresivo reencuentro con una potencia olvidada. Pero la aparente
deformación degradante es surgimiento de una nueva relación
positiva. Es la positiva inversión del vínculo sujeto-luz. El hombre devuelve a la luz su
primacía. Y vive en la mirada de lo luminoso. En el asombro ante su
poder elemental; ante su fuerza que ya serpenteaba en el tiempo que
escuchó el primer latido humano.
Lo realista de la
pintura de Hopper no se ciñe así a la elegía visual del individuo
estrujado por la masificación urbana, por su
incapacidad comunicativa, o su eventual práctica del voyeurismo. O mejor
dicho: la única
llave que fisura y abre el ensimismamiento del hombre urbano que presencia el ojo
sensible del artista es un inconciente acto reunificador. La
reintegración de lo humano
alienado con la luz natural. Luminosidad que reenciende fuerzas que superan,
contienen y nutren a los seres.
En un realismo
pictórico extremo, que exalta la presencia de la luz, el
espacio y la forma, el resultado natural es quizá una
pintura de inmersión en la no-humanidad de lo luminoso; y en su olvidado y
cotidiano poder de abrir, iluminar y dar lugar al
respirar humano en el espacio. En el espacio en el que late
cada ritmo de vida de la naturaleza solitaria. O de la urbe sin
percepción de la renovación diaria de la
luz. Luz que ya brillaba cuando aún no era el humano de la frente
que visita el viento.
El realismo
"superior" de Hopper no repite lo aparente. Rememora. Hace otra vez
presente, con la universalidad de su luz, lo que da
existencia. En un mundo siempre oscuro, invariablemente cerrado al enigma de su génesis. Pero esto no debilita el
sol matinal. El nuevo comienzo. De la última mañana que una mujer
contempla, a través de una ventana abierta.
Con musical silencio. (*)
 |
| E.
Hopper, Tomando el sol (1960 ) |
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, " La memoria de la luz. El realismo de Hopper y
la religación de lo luminoso", editado aquí de forma
original.
Citas:
(1) Arthur Danto
vincula la Escuela de Hudson River con la tradición estética
de lo sublime en Occidente iniciada por Longino. Lo sublime es
derrame hacia la amplitud de la naturaleza, a lo inconmensurable. Un
tipo particular de arte que, en el contexto del expresionismo
abstracto de la llamada Escuela de Nueva York, en 1950, fue animada
por los inmensos lienzos monocromos de Barnett Newman. En la Escuela
de Hudson River como parte de su apertura a la sublimidad, se
confirma la idea romántica del paisaje panteísta (expresada ejemplarmente por Kaspar David Friedrich)
según la cual naturaleza y divinidad se identifican. Así, lo
"Sublime Americano " suscribe: "... la teoría de que
Dios se expresa a sí mismo en la naturaleza dotada de cierta
grandeza. Me refiero a la llamada Escuela de Hudson River que,
floreció a mediados del siglo XIX, y cuyos cuadros de gran formato
solían presentar la naturaleza en todo sus esplendor: los Andes,
las cataratas del Niágara o el Gran Cañón", en Arthur Danto,
El abuso de la belleza, La estética y el concepto del arte,
Buenos Aires, Paidós Estética, 2005, p. 211.
(2) Ivo Kranzfelder, Hopper,
Colonia, Taschen, 1998, p.63.
(3) Ver J. L. Borges,
"El escritor argentino y la tradición", en Discusión,
en Obras completas, Buenos Aires, Emecé, volumen I.
(4) Ver Oscar Wilde,
"Impresiones de Yanquilandia", en Oscar Wilde, Ensayos
y diálogos, Buenos Aires, Jorges Luis Borges. Biblioteca
personal, Hyspamérica Ediciones Argentina, 1985, pp.219-232.
(5) Mencionado en Ivo Kranzfelder, Hopper,
op. cit., p.95.
(6) Ibid., pp.64-65.
(7) Ya en los
comienzos de su evolución, Hopper adhiere con fervor a
publicaciones que arremeten contra lo abstracto, contra la
desintegración de las formas en el arte moderno. Así, sus dibujos
aparecen "en ‘Scribners’s Magazine. Esta última
publicación, se destacaba por cierto por el rechazo, e incluso la
maledicencia, contra el moderno arte europeo (que bajo la égida de
Alfred Stieglitz, inundaba América). Para Scribner, Rodin es la
cabeza de un coco malvado, a Cézanne le falta oficio, Matisse es un
inepto. Todo el arte nuevo se considera, como de costumbre, ‘indisciplinado' o
'putrefacto’.", en Ivo Kranzfelder, Hopper, op. cit., p.14-15.
(8) Hopper era amante
de la película A bout de Souffle (Al final de la escapada)
de Jean Luc Godard. Juan de Pablo
Pons, de la Universidad de Sevilla, sobre el particular vínculo
cine-pintura en Hopper, aclara:
"Edward Hopper fue un gran aficionado al cine,
de tal manera que el séptimo arte resultó ser para
el pintor norteamericano fuente de inspiración. Reconoció su
admiración por films como Los niños
del paraíso de Marcel Carné (1945), Forajidos, de
Robert Siodmak (1946), El Halcón maltés de
John Huston (1941) o Marty (1955) de Delbert Mann. Estas
películas le inspiraron directamente algunos
de sus trabajos más significativos. (...) Si
indagamos en films concretos, podemos encontrar "lienzos de Hopper"
reconstruidos
cinematográficamente en ellos. A modo ilustrativo para los lectores
pueden citarse: El Eclipse
de Michelangelo Antonioni (1962); Llueve sobre mi corazón de
Francis Ford Coppola (1969);
La última película de Peter Bogdanovich (1971); Dinero
caído del cielo de Herbert Ross (1981);
Bagdad Café de Percy Adlon (1987) y de forma especial, las
películas de Todd Haynes, Safe (1995)
y Lejos del cielo (2002). (...) Su
deuda con las
películas del cine negro de la gran época de Hollywood,
anterior a la caza de brujas promovida
por el senador McCarthy, resulta visible en muchas de sus pinturas.
El cine funciona con metáforas,
transforma una historia anecdótica en un mensaje universal,
entendible por muchos. En ese
sentido la pintura "narrativa" de Hopper,
que partiendo de hechos cotidianos trasciende la mera anécdota,
ha pesado en muchos cineastas. La influencia de Edward Hopper
en algunos directores de cine,
además de relevante, se ha mantenido a lo largo del tiempo. Desde
Alfred Hitchcock hasta David
Lynch es posible identificar conceptos visuales, soluciones
referidas a la iluminación y el encuadre
o "atmósferas psicológicas" que de manera inequívoca
han sido sugeridas por este pintor (...) Esas influencias son claramente identificables en películas como
La sombra de una duda (1943), La ventana
indiscreta (1954), Vértigo (1958) o Psicosis (1960)
de Alfred Hitchcock; La noche del cazador
(1955) de Charles Laughton; Matar a un ruiseñor (1962) y
Verano del 42 (1971) de Robert Mulligan;
Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978) de
Terrence Malick; A quemarropa (1967) de
John Boorman; Alicia ya no vive aquí (1974) de Martin
Scorsese o Dinero caído del cielo (1981) de
Herbert Ross. También directores no norteamericanos han sido
influidos de manera muy visible por
Hooper; en este sentido debe destacarse especialmente al cineasta
alemán Win Wenders, con películas
como El amigo americano (1977), París, Texas (1984) y
El final de la violencia (1997)", en Juan de Pablo
Pons de "El cine y la pintura: una relación pedagógica",
en Icono 14, N 7, junio 2006, Revista de comunicación y nuevas
tecnologías.
(9) "El
procedimiento de Hopper ha sido calificado de "mitificación de lo banal",
y ciertamente hay en su obra una poesía misteriosa, casi
surrealista, que va más allá de la banalidad de las escenas de la
vida diaria. La referencia al surrealismo no es en modo alguno
disparatada. Las imágenes de gasolineras han sido ya confrontadas
con una cita de Louis Aragon. El principio de la actividad
surrealista, consistía en gran medida en reunir objetos dispersos,
inconmensurables, en una superficie adecuada, que se convertía en
una superficie de proyección, para dar lugar a una nueva y
sorprende realidad. De ese modo, la caracterización común al
surrealismo y a Hopper sería una nueva forma de ver lo cotidiano,
lo supuestamente insignificante", en Ivo Kranzfelder, Hopper, op.
cit., p.115.
(10) Sobre la
ilustración en general puede consultarse E.Cassirrer, La
filosofía de la ilustración, México, Fondo de Cultura Económica.
(11) Entre los griegos
antiguos, la
hybris es la desmesura, un romper los límites de lo finitud
humana que sitúa al hombre en conflicto con el orden y lo expone a
sus castigos. Diversos mitos como el de Sísifo o Ixión
ejemplifican este proceso.
(12) El único
comentario amplio sobre su obra surgido de los propios labios de
Hopper fue recogido por el documental Edward Hopper, El pintor
del silencio, realizado por Canal +, 2005. Muchos de sus
comentarios dispersos son recogidos también por su biógrafa
fundamental: G. Levin, Edward Hopper, An Intimate Biography,
New York, Knopff, 1995.
(13) Kranzfelder asegura
que "el pintor poseía un alto grado de intelectualidad y que
había leído las traducciones de los clásicos franceses y rusos.
Entre ellos a Moliére, Víctor Hugo, Marcel Proust, Rimbaud, Paul
Verlaine y Charles Baudelaire. Una y otra vez se cuenta la anécdota
de que Hopper apreciaba tanto Wanderers Nachtlied ( La canción
nocturna del caminante) de Goethe que sabía recitarla en lengua
original. El propio Hopper opinaba que la poesía de Goethe
contenía una extraordinaria imagen visual. Hopper conocía y
apreciaba la literatura realista norteamericana o a Thornton Wilder.
Este último, de la misma generación de Hopper y más tarde de Tennessee Willians",
en Ivo Kranzfelder, Hopper, op.
cit., p.29.
(14) Emerson nace en Boston, en 1803. En su obra descuella el
ensayo y la poesía. Emerson procede de una familia de pastores.
Su padre, William Emerson, es pastor de la Iglesia unitaria de
Boston. Completa sus estudios en la Universidad de Harvard, a los
18 años. Estudia teología en la Harvard Divinity School y
siguiendo las huellas familiares, es ordenado pastor en 1829. En
1832, renuncia a su cargo pastoral tras manifestar que ya no
estimaba a la comunión como sacramento, por lo que no puede
impartirla. En Europa, conoce a grandes creadores como Samuel
Taylor Coleridge, Thomas Carlyle y William Wordsworth. Con Carlyle
sostiene una entrañable amistad. De regreso a su país, en 1833, se
radica en Concord (Massachusetts). Se convierte en profesor de la
Universidad de Boston. Emerson se declaraba creyente en una inteligencia
superior.
Así lo manifiesta en su primera gran obra editada, Naturaleza
(1836) que, inicialmente, no genera mayor repercusión, pero hoy es
estimada como la esencial expresión poética del
transcendentalismo, movimiento filosófico-poético que funde la
religiosidad puritana con el idealismo romántico. En su 'Discurso
al College de Divinity', de 1838, en el Divinity College de la
Universidad de Cambridge, Emerson provocó una resonante
controversia al defender una experiencia religiosa libre,
independiente, frente a las coerciones de la religión oficial. En
su obra Ensayos (1841) agrupa sus conferencias más destacadas.
Allí, sobresale Autoconfianza que devendrá el sustento teórico
del individualismo democrático. En 1847, en Inglaterra, invitado
por Carlyle, dicta una serie de conferencias sobre grandes
personajes como Platón, Goethe, Napoleón, que responden al modelo
de Héroes (1840), de Carlyle, y que son editadas bajo el título
de Hombres representativos. Aquí, Emerson medita en los atributos
esenciales de las llamadas personalidades geniales.
(15) Henry
David Thoreau nace en 1817 en Concord, Massachussetts. En 1845
construye una cabaña de troncos. Durante dos años vive cerca de
las orillas de un lago. De esa experiencia nace una de sus obras
más recordadas: Walden. Thoreau siempre disfruta de la
soledad y la naturaleza, de la contemplación de la belleza y
misterio de los bosques, y las montañas, las llanuras y los lagos.
(16) Las habitaciones vacías
de Hopper, abiertas a la llegada de luz mediante una ventana o una
puerta abiertas, hacen recordar a la experiencia del "hacer
vacío" del zen. Un vacío que, al liberar la mente de la
acumulación de conocimientos o prejuicios, de lo pasado y lo ya
conocido, da lugar para la aparición fulgurante de la luz de la
otredad, del misterio de la vida que constituye al sujeto. A su vez,
el abrir las "ventanas del alma" antes cerradas, que
permiten que repentinamente la luz de una alteridad divina pueda ingresar dentro
de un espacio habitación-alma antes cerrado para iluminar así la
conciencia, hace recordar al místico alemán Meister Eckhardt,
célebre exponente de la teología negativa.
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E. Hopper,
Verano (1943). |
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