| EL
GRECO Y LA PINTURA HACIA EL ÉXTASIS
Por
Esteban Ierardo
 |
| Derecha,
posible autorretrato del Greco en El
Entierro del Conde de Orgaz. |
En las costas de la isla resuenan las olas.
Más allá, el mar propaga su azul
hasta la lejanía. En el cielo, el sol quema
con su ardor amarillo las lenguas silbantes
del viento. Una mirada de pintor divaga
por el paisaje. La tierra cruje con un leve
rumor, como la roca al hundirse en su propio
peso. Por una escalera de colores, los cuerpos
vuelan hacia un incandescente secreto, hacia
un espacio en el que todo brilla y es ligero.
Por la cuerda de los colores exaltados,
la tierra asciende y vuela hacia un dios.
Y
el pintor de Creta lo sabe.
Lo pinta...
Y la bella Creta despierta rápidos
recuerdos... Minos y su laberinto, Ariadna,
Teseo y el minotauro. El Monte Ida, la cuna
de Zeus, el lugar de la infancia del divino
monarca olímpico.
Y
Creta es también la insular tierra
mediterránea donde, en 1541, nació
un artista arrebujado siempre en un viento
religioso. El Greco latió por primera
vez en Candía, en la capital de una
Creta que, desde 1204, era posesión
veneciana. Antes, la isla conoció
la dominación bizantina. Venecia
era Europa, Occidente, pero siempre ligada
con Bizancio, con esa cultura encendida
por el oro del espíritu, con sus
rosarios de imágenes sacras exaltando
los frescos de las iglesias.
Doménikos
Theotokópoulos vivió en Creta hasta
su viaje a Venecia, en 1567. La primera
formación del Greco como pintor es
tan oscura como otros momentos de su biografía.
Ninguna certeza existe respecto a su posible
maestro en la patria cretense. Se acuerda
en atribuirle, como expresión de
su primer período: La dormición
de la Virgen, descubierta en la isla
de Syros; un San Lucas pintando a la
Virgen; La Adoración de los
Reyes, en el Museo Benaki; y el
famoso tríptico de Módena
en la Galería Estense. Esta obra
consta de un anverso y un reverso. En el
póstigo izquierdo, lugar de su reverso,
late una Anunciación que es
el modelo de este tema bíblico que
luego repetirá El Greco en varias
de sus pinturas.
Al
atravesar las aguas del Mediterráneo
para arribar a Venecia, el pintor sintió
tal vez la visceral transformación
que su arte y su persona deberían
experimentar. Abandonaba las primeras aguas
del bizantinismo para intentar su conversión
en un artista del Renacimiento, en un pintor
moderno. ¿Pero realmente experimentará
El Greco esa transformación radical
alguna vez? ¿Se deja de ser lo que se es
al principio para devenir algo nuevo y opuesto?
Nuestra idea, que es sospecha y calculo
incierto, especulación que esgrimirá
luego sus fundamentos, es que en la biografía
creadora del Greco hay variación,
no transformación. En su viaje por
el cielo, la nube varía su forma,
su extensión y color. Mas nunca
transgrede o supera su inicial condición
de nube.
El
aprendizaje occidental del Greco discurrió
en un sendero de variaciones. Pero donde
nunca se apagó el espíritu
de la primera figura, del primer arte de
cuño bizantino y apetencia religiosa en
el que el pintor cretense se formó.
En
el juego del variar que es a la vez un volver
al principio, un permanecer en el comienzo,
puede pensarse las siete versiones de La
expulsión de los mercaderes del templo
que pintará el candiota durante su
vida. Su primera versión fue pintada
en Venecia hacia 1568, y su última
variación en 1610, en Toledo. En
medio de la sucesión de las variaciones
y cambios, se regresa a una misma escena
o situación que estimula al pintor.
El
Greco experimentó las variaciones
de su arte en Venecia, Roma, Toledo. Toledo:
lugar de asentamiento final, sitio para
la expansión de las variaciones y
para el regreso a la espiritualidad ascendente
del icono bizantino.
Pero
todo lo que vuelve, vuelve con algo que
se pierde, y con algo que se agudiza. Al
final de sus años toledanos, tras su devenir
previo en las variaciones, El Greco había
superado (ya desde su estancia en Italia),
la estrechez del inicial repertorio bizantino,
su inalterable imaginería de procedencia
bíblica, su bidimensionalidad sin
perspectiva. Pero, al ir cerrándose
el círculo de lo que vuelve al comienzo,
resurge la continuidad y agudización de
la inicial intencionalidad extática
de la imagen bizantina que conoció
El Greco en su juventud.
En
la travesía final de sus pinceles
y colores, El Greco retornó a la
avidez por un vertical desplazamiento al
todo, por un enfático ascender hacia
el luminoso poder divino. El fervor del
regreso, luego de las variaciones occidentales
y modernas, a la antigua y oriental
ascensión bizantina, se plasmó
mediante una tendencia hacia el estallido
cromático, la bidimensionalidad,
la levedad o la desmaterialización.
El pintor cretense nadó así
en un misticismo pictórico; otra
forma de la mística, muy distinta
en sus medios expresivos a la poesía
de un Angelus Silesius, o la narrativa visionaria
de San Juan de la Cruz, o la profundidad
extática de Meister Eckhart y su
teología apofántica.
La
espiritualidad mística, siempre presente
en El Greco, se exaltó en su etapa
final, cuando se aproximaba a los setenta
años; lo cual nos despierta otra sospecha.
Una conjetura subterránea, una intuición
que renacerá luego en nuestro ensayo.
La vejez exacerba el presentimiento de la
muerte. La exhalación final del cuerpo
decreta la desintegración de la carne.
Un desprendimiento de la forma que preludia
la nada final o la libre ascensión
celeste. En el ocaso del Greco, sospechamos
una intensificada conciencia de su mortalidad.
La muerte disgrega, aniquila. En esta disgregación
no hay belleza ni celebración. Frente
a la desintegradora mortalidad sin lo bello
responde el arte del Greco con otro tipo
de desintegración de la forma, donde
no hay destrucción,
sino elevación. Las obras finales
del Greco, más que nunca, exudan
una incandescencia que puja por superar
o desintegrar la forma. Una alteración
o muerte de la figura natural que no es
extinción o desvanecimiento en la
bruma de la desintegración, sino
recuperación del calor luminoso,
de una altura mística, libre del
ácido que envejece y mata.
En la ciudad de los canales, el pintor habrá
percibido el agua delicada que, lentamente,
se desplaza hacia un destino lejano. Metáfora
visible de los sueños del joven artista
que también deseaba desplazarse,
con delicada belleza, hacia alguna gloria
remota.
En
Venecia, El Greco inició su aprendizaje
en el arte italiano. Quizá compartió
jornadas de creación con el Tiziano,
en su taller. O tal vez se benefició
con lecciones del Tintoretto. Queda en la
insuperable especulación lo realmente
vivido por el pintor candiota en uno de
los grandes corazones del arte renacentista.
En Venecia vivía también una
comunidad griega de cuatro mil individuos
aproximadamente, con su propia iglesia
ortodoxa, San Giorgi dei Greci. Muchos
de los compatriotas del Greco se dedicaban
a la pintura de madonnas mediante
un ritmo casi industrial de producción.
Se los llamaba madonneri; y, en su
labor, repetían esteriotipadas imágenes
tradicionales. Estas obras poseían
una limitada calidad artística. Uno
de los más destacados artistas griegos
dedicados a las tradicionales madonnas
fue Klontzas, que luego regresó a
Creta. Aparentemente no deseaba abjurar
de su cultura originaria y empaparse demasiado
de venecianismo. Pero este no era el caso
del Greco. Su decisión era convertirse
en un artista moderno y occidental. Y triunfar
tras adquirir un estilo preñado por el manierismo
de la época. Pero en la urbe de la
Plaza San Marcos, trabajaban muchos buenos
pintores. Demasiada competencia. El Greco
se trasladó entonces a Roma. Llegó
a la vieja capital del imperio romano, en
1576.
El
arte romano había exhalado sus bocanadas
del más alto embrujo artístico con el genio
que talló El David. Pero, en 1564,
Miguel Ángel murió. Su desaparición
provocó un vacío, una declinación
en el arte de la vieja Ciudad Eterna. Tal
vez los pinceles del Greco podían
iluminar el ocaso con nuevos colores. El
cretense se introdujo en la alta sociedad
romana mediante una carta del miniaturista
croata Giulio Clovio destinada al cardenal
Alejandro Farnesio (1). El Greco fue alojado
en una habitación del Palacio Farnesio.
Allí conoció entonces al bibliotecario
del palacio, el humanista erudito Fluvio
Orsini. En el círculo de Orsini,
El Greco se relacionó con una refinada
intelectualidad. Él mismo siempre
se consideró un intelectual; y sus
únicas anotaciones reflexivas las escribió
en los márgenes de la versión de Barbaro
de Los diez libros de la arquitectura
de Vitruvio, y en un ejemplar de la
célebre biografía de los artistas renacentistas
de Vasari. Para el cretense, el pintor
es un filósofo (2).
Quizá
bajo la influencia de las eruditas tertulias
romanas, El Greco se sintió motivado
a practicar un tipo de pintura llamado
ecfrasis, muy cultivada en el Renacimiento,
y que consistía en imitar una obra
de la antigüedad a fin de demostrar la capacidad
del pintor moderno para igualarse o superar
a los antiguos. Así, quizá
El Greco buscó emular a Antifilo
de Alejandría, un pintor griego,
coetáneo de Apeles, y que pintó
un muchacho soplando un fuego. Plinio el
Viejo, en su Historia natural, asegura
que a "Antifilo se le alababa por su
pintura de un muchacho que sopla un fuego,
y por el reflejo que el fuego arroja sobre
el aposento, que es en sí hermoso,
y sobre el rostro del muchacho". Así,
pintó El soplón, una de las
obras extrañas dentro de la pictórica del
cretense. Como lo es su conocido retrato
El caballero con la mano en el pecho;
La dama del armiño; o el cuadro descriptivo
La familia del Greco.
En
El soplón, El Greco pintó
un muchacho con camisa verdosa, que sopla
el ascua de una vela. La luminosidad sitúa
al joven dentro de una vivaz aura dorada.
Luego, también en Roma, el cretense
pintará otra versión en la
que junto al muchacho y un hombre de aspecto
risueño, aparece un mono enlazado a una
cadena, que también sopla. Cossío,
el autor que revalorizó a comienzo
del siglo XX a un El Greco olvidado (3),
sugiere que el erotismo es el tema central
de ambos cuadros. Wethey pensó en
una alegoría del mal, en la preparación
de un acto maligno (4). Glendinning ha supuesto
que los soplidos del muchacho y el mono
transmiten un mensaje moral, una exhortación a
no desperdiciar la vida en goces vanos y
efímeros. La obra alberga así
un indeterminado poder metafórico.
En razón de esta indeterminación,
nos permitimos ensayar otra interpretación
especulativa. El soplar es un salir fuera
de sí, una salida de lo encerrado,
de lo encerrado simbólicamente en un huevo,
un vientre, una semilla. El que sopla sale
de sí, desde el sueño o la virtualidad,
hacia la expansión. Hacia lo realizado.
Este salir hacia afuera representado por
el soplar ofrece dos alternativas: realización
o caída. La vida cuyos soplidos se
malogran, se disipan en la intrascendencia.
Es la caída en un existir sin brillo.
O la otra posibilidad: el soplar que enciende
la vela, el ascua de la vida, de una
conciencia que se ilumina. Al soplar, la
propia persona se sopla, y se realiza. Así,
lejos de una mera imitación de un
modelo antiguo, o de una mera exhibición
de destreza técnica, El Greco habría
pintado al individuo que, al soplar el ascua,
se autoenciende e irradia la luminosidad
de su propia realización.
Y en el horizonte del Mediterráneo
bailaba la luz cálida del sol. Las
velas blancas de la nave se hinchaban con
un viento vigoroso. En el puerto, España
recibió las primeras huellas del
artista oriundo de Creta. Los primeros anuncios de sus futuros
actos de magia. En 1576, El Greco ya respiraba dentro de la España guerrera
y católica. Quizá vivó
unos meses en Madrid. Y luego arribó
a Toledo, donde el tío de su amigo
Luis de Castilla, Diego de Castilla, actuaba
como deán de la Catedral de Toledo.
El Greco quizá abandonó Italia
por sus comentarios adversos sobre Miguel
Ángel. Sin ninguna inhibición, habría
afirmado que el creador de la Capilla Sixtina
poseía una escasa o nula competencia
para la pintura (5). Su llegada a España
se habría debido a su ardiente deseo
de ingresar al cenáculo real de Felipe
II, para convertirse allí en un pintor
de su corte.
En
Toledo, las primeras pinceladas del Greco
fueron para pintar los retablos mayor y
laterales del convento de Santo Domingo
el Antiguo. La Asunción, hoy en el
Art institute de Chicago, es una
de sus primeras creaciones en España. La
virgen como una estatua monumental flota
sobre una nube rodeada de ángeles. En la
máxima altura brilla la luz y aletea el
pájaro del Espíritu Santo. Abajo, en un
extremo, se asoma la cabeza de un apóstol;
a un lado, apenas insinuados, se muestran
unas flores, unas construcciones clásicas
y un paisaje. El cielo desciende. Se suprime
toda lejanía. El apóstol casi podría tocar
los pies de la Virgen. Con su mirada comienza
un rápido desplazamiento hacia la cercana
enjundia del mundo celeste. Los especialistas
encuentran un antecedente de esta temprana
obra del Greco en España en La Asunción
que el Ticiano pintó en la iglesia veneciana
de Santa Maria dei Frari, en 1516-18. Sin
embargo, las diferencias son significativas.
El maestro de Cadore imaginó la subida de
María a los cielos. La imagen se divide
en tres etapas, tres secuencias distintas,
que se superponen horizontalmente: los apóstoles
en la tierra; María libre y ligera en la
amplitud celeste; y el Dios padre, arriba,
contemplando los acontecimientos desde su
cumbre celestial. La Asunción del
Greco no exhibe tres secuencias yuxtapuestas
sino el único hecho de María como corredentora,
como divina mujer que gesta el advenimiento
y la realización de la misión redentora
en la tierra del Hijo de Dios. La presencia
monumental de la Virgen, su proximidad a
lo terrestre y al apóstol, su extasiado
contemplador, desencadenan una fuerza ascensional
y dinámica, muy distinta a la estática horizontalidad
de la María en los cielos imaginada por
el Tiziano.
Luego de las primeras obras en Santo Domingo,
donde sobresale también la Trinidad,
el artista de la tierra del laberinto recibió
el encargo del deán de la Catedral
de Toledo para realizar lo que sería El
Expolio. La realización de este
encargo inició las célebres disputas
del Greco por el cobro de honorarios. En
la España del siglo XVI, el artista era
considerado como un artesano, un vasallo
calificado antes que como un trabajador
independiente. En Italia, El Greco había
departido con intelectuales destacados,
clérigos y notables pintores. Se
sintió allí un artista filósofo,
un artista del Renacimiento, un individuo
extraordinario por su destino creador. En
España el fuego de su autovaloración
era amenazado por el hielo de la subestimación.
El Greco protestó todas las veces
que creyó necesarias para proteger
la integridad de su dignidad como artista.
El desacuerdo por la retribución
por El Expolio inició un quejoso
camino de litigios (6).
Fiel a su aprendizaje pictórico veneciano,
en El Expolio el pintor cretense
apeló a la magia del color para exaltar
la figura del Hijo de Dios. Cristo contempla
un cielo invisible. Cerca, un romano, vestido
a la manera veneciana, prepara la cruz.
En el extremo inferior izquierdo, la Madre
María y dos mujeres observan cómo
el centurión romano hunde un clavo,
en uno de los maderos de la cruz. Y en el
centro, Cristo resplandece arropado en una
túnica roja, de brillante vivacidad.
Sus ojos exhiben un matiz lloroso que El
Greco repetirá luego con inspirado
acierto. La expresión del condenado
irradia serenidad, y la segura certeza de
la trascendencia de su misión. Su
paz y elevación contrastan con las
selvas de agitados rostros que se despliegan
sobre él. Sólo un rostro parece mirar
una distancia inasible; y otro, con
gorro bordo oscuro, con cuello de encaje mira
hacia el espectador, al que señala con su
mano extendida. Alabardas y yelmos se alzan
sobre la multitud. A la derecha, vemos un
individuo vestido con un sayón verde
oscuro, su rostro es opaco, algo grotesco;
su expresión es lo opuesto a la claridad
diamantina del semblante crístico. Este
personaje se apresta a consumar El Expolio,
a arrebatarle a Cristo sus vestiduras. A
la izquierda, un caballero, quizá
San Longino según Wethey, viste una
armadura; su plateada superficie oficia
de espejo donde se proyecta la rojiza túnica
del que habrá de ser crucificado.
En El Expolio el paisaje es suprimido
o reducido a un mínimo; no hay líneas
de horizonte; no se observa una clara perspectiva
lineal, donde los cuerpos decrezcan en la
distancia. El espacio adquiere así
cierta bidimensionalidad. La diferencia
cielo-tierra se desvanece. La imagen es
poblada por multitud de figuras, donde la
composición depende esencialmente
de un calculado y equilibrado impacto del
color. No hay profundidad sino una perspectiva
vertical y ascendente, que impulsa un desplazamiento
de la mirada desde abajo hacia arriba.
Las
figuras que observan al espectador, las
vestimentas modernas en un cuadro inspirado
en hechos antiguos, era un recurso ya habitual
en la pintura italiana. Pero
en El Expolio, no sólo se
mira al observador. También se busca
la inclusión de la mirada del espectador
dentro de la obra. La María,
vestida con una túnica de azul oscuro,
es acompañada por dos marías. La
primera mujer viste un atrayente manto amarillo.
De perfil, observa la preparación
de la cruz. El borde inferior del cuadro
recorta su figura a la altura del propio
espectador que contempla la obra. Y, además,
las tres mujeres son situadas como si fueran
vistas desde arriba.
El
Expolio es expresión de una
meditada complejidad compositiva,
de una elaboración intelectual de
la imagen, de una calculada distribución de los
cuerpos y los colores. En esta complejidad
palpita la dialéctica del contemplar
la obra, y el ser visto por ella, y un ver
dentro de ella.
El
Expolio deslumbró, aunque no
agradó al sacerdocio de la Catedral
de Toledo. Se alegaron errores doctrinarios
en la composición de la imagen. Se
reprochó las vestimentas contemporáneas
y "algunas impropiedades que ofuscaban
la dicha historia y desautorizaban al Cristo,
como tres o cuatro cabezas que están encima
de la de Cristo y las celadas y asimismo
las marías y nuestra Señora que están
contra el Evangelio porque no se hallaron
en el dicho paso", pues el texto evangélico
aclara con precisión que "los
que amaban a Jesús se mantenían
a lo lejos" (7).
El conflicto con las autoridades de la catedral
privó al Greco de futuros encargos.
Esto no desanimó al pintor cretense,
porque su más alta ambición,
la razón misma de su presencia en
España, era convertirse en un artista favorito
del poderoso Felipe II. En Toledo, El Greco
se entrevistó con el monarca católico,
quien le encargó una pintura para
decorar uno de los retablos del entonces
incipiente monasterio de El Escorial.
El
Greco dedicaría casi dos años para
plasmar la obra en la que se jugaban sus
más caras ambiciones. La obra: El
Martirio de San Mauricio. Su tema es
histórico. En el siglo III, el general
romano Mauricio dirigía la legión
tebana. Mauricio y sus soldados eran
cristianos egipcios. En la inminencia de
una batalla recibieron la orden de
hacer sacrificios en honor de los dioses
paganos para que éstos los auxiliarán
en el combate. Mauricio se negó.
Prefirió obedecer a su dios antes
que al emperador romano. Su desobediencia
provocó su condena a muerte, como
la de sus 6.000 hombres. Todos fueron degollados.
Al menos así lo refiere el Obispo
de Lyon.
La elaboración intelectual exhibida
con anterioridad por El Greco en El Expolio continuo
en la realización de El Martirio...
Al meditar el cuadro, una mentalidad ortodoxa
no habría dudado en la determinación
del motivo central a representar: la ejecución
del mártir. El Greco, como ocurre
con todo genio, violentó el esquema
previsible. Y en primer plano pintó
a San Mauricio mientras dialoga con sus
oficiales respecto a la actitud a tomar
frente a la orden imperial. En un segundo
plano, Mauricio consuela a sus hombres durante
las decapitaciones. En su aparición
en primer término, Mauricio señala
hacia arriba, clara indicación de
su obediencia a la voluntad divina antes
que a la autoridad terrenal del César.
Pero Mauricio dialoga con sus oficiales
como si el intercambio de opiniones fuera
necesario para tomar una decisión.
Esta vacilante actitud denota algo impensable
para la determinación en la fe de
Mauricio y sus guerreros cristianos. En
el cielo, un coro de ángeles canta,
y otros divinos seres alados inician su
descenso para traer la corona y la palma
del martirio. Entre Mauricio y sus oficiales,
un niño sostiene un yelmo medieval. Detrás
del futuro mártir, dos personajes, uno de
ellos visiblemente vestido a la usanza de
la España del siglo XVI, miran al espectador.
Sobre esos personajes, y sobre un oficial
de Mauricio, se despliega un manto rojo,
cuya ondulante superficie no es la de un
estandarte. Es un elemento de colorido que
entra en armonía con el coro angélico
y la dorada luz que desciende desde un lugar
de lo alto que parece, en principio, la
única fuente de luz. Pero los rostros
y cuerpos de Mauricio y sus oficiales son
más luminosos que el de los ángeles,
a pesar de que éstos flotan más
cerca de la supuesta fuente luminosa. La
luz adquiere así un origen y circulación
indeterminables. No se imita la luz natural.
La luminosidad pareciera ser irradiada por
los cuerpos.
La
singularidad de El Martirio...asombró
por su destreza, por su artificialidad.
Frente a esta obra, Felipe II pudo sentir
asombro, sorpresa, perplejidad. Pero no
devoción. Lo que según el
tradicional gusto debía poseer una
imagen cristiana. El poder de estimular
el compromiso con los principios de la fe.
Por eso, el monarca español, aunque pagó
un alto costo por la obra, ordenó
que no se exhibiera en El Escorial. Los
caminos cambiantes del destino hicieron
que sea precisamente en el gran monasterio
palacio creado por Felipe II donde resplandezca
hoy esta obra no comprendida en su propio
tiempo.
Y
el pintor cretense tuvo que resignarse:
nunca haría bailar sus pinceles y
colores sobre lienzos encargados por la
corte imperial. El ambicioso artista no
logró hechizar al rey. La esperanza
del éxito cortesano se apagó
definitivamente. En cimas menos pretenciosas,
tendría que alzar el artista de Creta
los estandartes de su creatividad. No debería
aspirar al fasto del aplauso de la realeza.
En la sociedad provinciana de Toledo, encontraría
su única cumbre, más diminuta.
Pero
el fuego puede encenderse en todas partes.
La altura celeste no está
lejos, y llama al pintor. Lo convoca con
la jubilosa música de los campanarios
de Toledo para plasmar sus obras más
estimadas por los ojos de la historia.
Andrés
Núñez, el párroco de la Iglesia
de Santo Tomé, le encargó
una obra para la conmemoración y
la devoción. La conmemoración:
el recuerdo del pueblo toledano de Don Gonzalo
Ruiz de Toledo, notario mayor de Castilla
y Señor de la villa de Orgaz. Luego, sus
descendientes, en 1520, recibirían
el título de conde. En vida, Don
Gonzalo realizó numerosas obras de
bien. Y para su descanso eterno, quiso ser
enterrado en la iglesia de Santo Tomé,
en un humilde sepulcro de tosca piedra.
Antes de su muerte, dispuso también
que los vecinos de Orgaz realizaran todos
los años una contribución económica
para los clérigos de la iglesia y
los pobres de la parroquia.
La
caridad del caballero, su virtud cristiana,
mereció la atención divina
porque "cuando fue llevado su cuerpo
a sepultar a la iglesia Santo Tomé
fabricado por él, y estando en medio
de ella puesto, acompañándole todos
los nobles de la ciudad y habiendo ya la
clerecía dicho el oficio de difuntos,
y queriendo llevar el cuerpo a la sepultura,
vieron visible y patentemente descender
de lo alto a los gloriosos santos San Esteban
protomártir y San Agustín con figura
y traje que todos los conocieron; y llegando
donde estaba el cuerpo llevaron a la sepultura,
donde en presencia de todos le pusieron,
diciendo tal galardón recibe quien
dios y sus santos sirve" (8).
Todos
los años, un sermón en la Iglesia
de Santo Tomé en honor de Don Gonzalo
recordaba su milagro. En el siglo XII, los
clérigos de la abadía de Glastonbury,
en el sur de Inglaterra, alimentaron la
leyenda de la llegada a su parroquia del
Grial, el cáliz con el que José
de Arimatea recibió la sangre del
flagelado cuerpo de Cristo. El divino recipiente
habría sido luego ocultado en un
pozo detrás de la Iglesia. La leyenda
seguramente buscaba dispensar a la abadía
inglesa una aureola de prestigio. Algo semejante
impulso quizá al cura Núñez
a revivir el recuerdo del supuesto milagro
ocurrido en Santo Tomé. Acaso para
renovar la aureola sacra de su parroquia,
y para festejar la victoria judicial contra
los vecinos de Orgaz que se negaban a seguir
pagando el tributo anual dispuesto por Don
Gonzalo, Núñez decidió encargar un
cuadro sobre el milagro acontecido durante
el entierro del Conde de Orgaz.
El Greco fue elegido para realizar la obra.
La supresión de un espacio de profundidad
se repite en su nuevo lienzo. Abajo, la
dimensión de la tierra se plasma mediante
la horizontalidad, encarnada por una sucesión
de personajes que asisten al entierro. La
dirección de sus miradas es diversa. Alguien
contempla la altura, la proximidad del cielo
que se comunica con lo terrestre durante
la consumación del milagro. Un milagro
que parece ser algo ya sabido, conocido,
algo familiar, que no altera la cotidianeidad
terrenal. Uno de los personajes mira en
dirección del espectador. Este personaje
es quizá un autorretrato del propio artista.
En el extremo inferior derecho, vemos a
un clérigo con su dorada vestimenta
eclesial; donde se representa a Santo Tomás,
una calavera, y una escuadra de carpintero.
El sacerdote lee el oficio de difuntos.
Otro clérigo, de frente, con la mirada
perdida, sostiene la cruz. Junto a él,
Andrés Núñez, absorto, endereza su
mirada hacia el cielo. En el otro extremo,
un monje agustino y uno franciscano. Uno
parece dialogar con el otro, que contempla
con veneración el milagro, indicado
a su vez por el niño Jorge Manuel, el hijo
del Greco, que concibió con Doña Jerónima
Cuevas. Mientras mira hacia el espectador,
el niño señala el evento milagroso: San
Esteban y San Agustín,
luego de descender del cielo, recogen el
cuerpo del Conde de Orgaz. Ambos lucen resplandecientes
vestiduras clericales. En el extremo inferior
de la dalmática de San Esteban, se
representa la escena de su martirio por
lapidación. San Agustín aparece
con la mitra y un capa pluvial en la que
se muestran las figuras de San Pablo, Santiago
y Santa Catalina. Cerca, un joven, con la
cruz roja de Santiago, gesticula como avalando
el milagro; parecido gesto de asentimiento
consuma otro joven que observa a quien podría
ser el erudito amigo del Greco, Antonio
de Covarrubias. El rostro del Conde de Orgaz,
saturado con la lividez de la muerte, emerge
de una brillante y típica armadura
del siglo XVII. El alma del conde, transformada
ahora en un niño, es llevada al cielo por
un ángel. La virgen María,
sentada a la derecha de Cristo, contempla
y ayuda el ascenso del alma de Don Gonzalo
hacia la cúspide celeste. A la izquierda
de Cristo, San Juan el Bautista pide a Cristo
por la salvación del alma del conde.
A su lado, se despliega la corte celestial,
y allí aparece el rostro de Felipe
II, el rey católico por excelencia.
A la izquierda de María y cerca de
Cristo, San Pedro sostiene las llaves del
reino de los cielos. Las llaves han abierto
las puertas de la región celestial. Y el
Conde de Orgaz asciende. Y el cielo y sus
numerosos seres descienden verticalmente
para confundirse con la multitud humana
desplegada en el horizonte terrestre. La
escena que trascurre dentro de la iglesia
no es señalada por ninguna referencia arquitectónica.
Todo ocurre en otro espacio donde la dualidad
cielo-tierra se desvanece. Irrumpe así
un nuevo espacio, una sola realidad sobrenatural.
Aquí ya no palpita una evocación
o representación de lo divino. El
lienzo bidimensional, saturado por figuras, deviene
lugar numinoso. Algo que, a pesar de sus
diferencias, nos hace recordar el efecto
del tríptico de El Jardín
de las delicias o El Juicio Final
del Bosco (9).
El
pintor mago, el artista místico, abre
las puertas a la manifestación de
lo sobrenatural, a la incandescencia de
una otredad sagrada. Pero todavía
no hay exceso. Las figuras parecen existir
dentro de sus límites. Aún
reina cierto equilibrio entre el color y
el dibujo. En sus últimos años, la
experiencia íntima del pintor cretense
de la incontenible potencia de la luz, conducirá
a la exaltación del color, y a una
creciente desmaterialización. La
salida de la figura, un estallido más
enérgico del color como emanación
de una realidad de poder fulgurante, requieren
del exceso, y éste, a veces, se inicia
no como abrupta y vívida explosión
sino como silenciosa y disimulada procesión.
En el universo de la pintura y otras artes,
el exceso habla de desmesura cromática,
de alteración de las formas naturales,
de un exaltado contraste entre luces y sombras;
o de una frondosa ornamentación como
ocurre en el barroco. Pero también
lo excesivo es la extremada transmisión
de un delicado estado anímico. Nos
parece que, lejos de toda apariencia, una
obra del Greco es ejemplo de un excesivo
triunfo en la expresión de un fíno
sentimiento. Para apreciar esta posibilidad
debemos acercarnos al rostro de una mujer,
a la Magdalena penitente.
En
la edad Media, el eterno femenino sedujo
a los file de amore. En la mujer
se encarna la sabiduría. Una senda
simbólica hacia la verdad. Por la
promesa de un conocimiento secreto, o por
la fascinación del bello cuerpo femenino,
la mujer atrajo poderosamente a pintores,
escultores o poetas. Un radiante logro artístico
en la recreación de la belleza femenina
puede hallarse en la Danae recibiendo
la luvia de oro, de Tiziano; la Magdalena
en El descendimiento de Cristo, de
Rogier van der Weyden; las abultadas mujeres
de Rubens; La Virgen de la Anunciación,
de Antonello de Messina; La mujer bien
amada o la esposa, de Dante Gabriel
Rosetti; Las bañistas de Filadelfia,
de Renoir; las sensuales ninfas de Bouguere;
o las mujeres de gualdos reflejos de Klint.
Estos y otros muchos ejemplos podrían
recordarse como manifestaciones de una inspirada
cristalización pictórica de
la belleza femenina (10). Pero en la Magdalena
penitente del Greco, la presencia femenina
trasciende su belleza sensible, o incluso
su misterioso halo simbólico de maga
o musa.
En la pintura del Greco, Magdalena observa
el cielo. Su rostro emana un sereno y blanco
resplandor. En sus ojos navega un acuoso
brillo, ya presente en la mirada del Cristo
de El expolio, o En el cristo
cargando la cruz. En su mirada, vibra
una sutil e inacabable ternura. No mira
algo en particular; no mira a través
de una dirección del espacio; contempla
lo alto como fuente de elevación
espiritual. Todo en ella es delicadeza.
Una delicadeza tan extrema como su tierna
contemplación. Sus labios entreabiertos,
embellecidos por un rojo apasionado,
son la pasión que se entrega sin
demandar nada a cambio. Sus cabellos rubicundos
caen en una grácil cascada de rizos
serpenteantes. Un velo transparente surge
desde uno de sus hombros y cubre parte de
su pelo rubicundo. Su prenda blanca, de
finos pliegos, contrasta en un armonioso
equilibrio con una capa negra que, a su
vez, resalta las manos y su brazo izquierdo.
El rostro de la Magdalena exhala la extrema
ternura; el opuesto de su dulzura es la terribilitá del Moisés de
Miguel Ángel, el profeta de mirada
torva, que transmite también con
exceso la ira y el vigor espiritual del
profeta bíblico. Junto a la Magdalena,
reposa una calavera. En el cielo, se
suspenden nubes sombrías. Pero, en lo
alto, un círculo de luz blanquecina
traza una abertura en una nube, un lugar
abierto, una recámara secreta del
cielo, donde podría estallar, en
cualquier instante, una luminosidad radiante.
Una dilatada oscuridad cubre buena parte
de una pesada roca, que flanquea a la Magdalena.
Pero sobre lo oscuro se mece una ágil rama
que recuerda la vida fértil. La vida
que triunfa sobre la roca inerte, y el esqueleto
del cráneo. El entorno de la composición
tiende a lo opaco, lo estéril y sombrío.
Pero el espacio es dominado por el vivo y bello
fulgor del rostro de la Magdalena. Su belleza
no es sólo agraciada y equilibrada
armonía. Es un desborde, un exceso
de fina ternura que el pintor
logra expresar con exquisitas pinceladas.
El exceso demanda la liberación
de una potencia intensa. El exceso en la
ternura de la Magdalena es efluvio sutil
y sereno. Distinto al exceso más
abierto y llameante de los últimos
años de nuestro pintor. Un visible
exceso en la expresión ocurre en
La vista de Toledo. Aquí, bajo una atmósfera
de tonos sombríos, la ciudad española
adquiere un aura fantasmagórica.
Los contornos de las formas se dilatan.
Una sustancia bullente parece presionar
desde dentro y deformar las cosas, los edificios.
El paisaje no es ya naturalista. No hay
reproducción, sino la creación
de un espacio animado por una lógica
vital propia, como en La tempestad del
Giorgione. La ubicación real de algunos
edificios incluso es modificada. El artista
quiere pintar ya no las figuras que componen
una ciudad, sino una fuerza extraña y universal,
presente en la ciudad. El Toledo de El Greco
no es la urbe que ven los ojos, sino la
ciudad invisible, paralela, que el pintor
percibe y expresa. La Vista de Toledo
es así una imagen protoexpresionista,
un acto de exaltada transfiguración
de lo visible.
En
la última etapa del Greco ríen
los colores exaltados. Un ejemplo es La anunciación
de la Virgen, en el Museo del Prado,
es un ejemplo donde también reaparece la bidimensionalidad,
la ausencia de paisaje, una vertical elevación.
En la Anunciación de Leonardo,
el arcángel San Gabriel desciende
a la tierra, se arrodilla ante la sensibilidad
alerta y receptiva de María. El enviado
divino realiza entonces su anuncio. Pero
su revelación divina convive con
la luz de un día apacible, y con
un vasto paisaje, con su sensación
de profundidad espacial, que nos devuelve
a lo terrenal, a pesar del carácter
sobrenatural del tema representado. En la
Anunciación del pintor cretense
no hay paisaje. La referencia a lo
terrestre se agota en un púlpito de
madera en el que descansa un libro abierto,
y en unas escasas y cercanas flores. El arcángel
no está ya reclinado en la tierra.
La virgen escucha mientras su rostro exhala una excelsa
ternura y un fino viso de veneración.
El arcángel hace su anuncio
desde una nube. Arriba, un coro angélico
ejecuta su música celestial. Con
sus vestimentas llamativas, los ángeles
flotan en el extremo superior de un imaginario
triángulo en cuyos dos vértices
inferiores laten el arcángel
y María respectivamente. El cielo,
arriba, una vez más, es la incandescencia
magnética; es lo otro, pero no es
lo remoto, lo lejano. Es lo cercano, es
la proximidad celeste que desciende y abraza
la tierra. Y en el centro, en el extremo
de un dorado camino solar, resplandece la
paloma del espíritu santo.
La
ausencia del paisaje y perspectiva, el cielo
confundido con lo terrestre, los colores
brillantes también reinan en obras
como El bautismo de Cristo; La
pentencotés y La Resurreción, en el Museo del Prado; La Anunciación
de los pastores; la Inmaculada
Concepción; o La coronación
de la Virgen, del Museo de Santa Cruz
en Toledo; La Virgen y el niño acompañados
por Santa Martina y Santa Inés, en
la National Gallery of Washinton.
En
una de las obras más sugestivas del
último período, Visión
del Apocalipsis, el cielo no es radiación
luminosa, revelación divina, sino
un firmamento de tonalidades opresivas. Un joven
extiende sus brazos en actitud de súplica
a Dios. El trabajo de reflejos y sombras
de su túnica atrapa la atención
del espectador. A su derecha, se despliegan
mujeres y hombres desnudos que se protegen
de una inminente agresión celestial
con retorcidas mantos amarillos y verdosos
y blancos. En esta fase de exaltación
final del Greco, las figuras son especialmente
alargadas; su altura y sus contornos destilan
una apariencia casi grotesca. El típico
alargamiento manierista de los cuerpos llega
a su paroxismo.
Pero
en la cima final de la pictórica
del Greco, irrumpen también dos
obras singulares: Vista y plano de Toledo
y El Laocoonte.
En
Vista y Plano de Toledo, El Greco
plasmó lo que parece una presentación
naturalista. Pero que sólo lo es
en apariencia. Toledo es exhibida en su
totalidad, en una gran visión panorámica.
En principio se impone un primer contraste
con la anterior Vista de Toledo.
En aquella obra reinaba lo misterioso y
tétrico, lo fantasmagórico
y subjetivo. Pero ahora la imagen rezuma
trasparencias diurnas, una claridad objetiva.
En un
extremo de la obra, un joven muestra el plano
de la ciudad, con los principales edificios
numerados. A la derecha, se muestra el símbolo
del río Tajo, una típica figura manierista
con un cántaro que derrama su líquido
contenido. Entre la figura y el joven se
encuentra el Hospital Tavera. En contra de
todo lo esperable, este edificio de la salud no se asienta
sobre la tierra firme. Descansa sobre una
nube. Un primer detalle que viola el aparente
naturalismo. Atrás, se extiende la
ciudad, y un cielo que promete una futura
tormenta. La Virgen desciende junto con
otros ángeles para colocar la casulla
a San Ildefonso (11). Así se corporiza
el segundo elemento surreal. En el plano
El Greco escribió una breve explicación
o "disculpa" para justificar la
ruptura de la representación convencional
de Toledo. Dado que la pintura fue realizada
por encargo, el pintor quizá sintió
la necesidad de una justificación.
Diversas teorías se han esgrimido
sobre la naturaleza esquiva de esta obra
(12). Se ha relacionado también con la Vista de Venecia de
Jacopo de Barbari, del 1500. Quizá
la rareza de la obra proceda del tenso conflicto
entre la objetividad y la poetización.
Aun cuando, en razón de su encargo, El Greco
aceptara realizar una imagen objetiva,
documental, no pudo evitar la transformación
poética de la realidad visible. El
Greco no podía evitar el desborde
de una subjetiva e imaginativa recreación
de lo natural. Aun cuando El Greco debe
imitar una realidad ya existente, su estética
le impide concebir una imagen sin alguna
alteración del estricto orden físico.
La Virgen con los ángeles volando
sobre Toledo es una acotada extrapolación
de la habitual imaginería de sus
cuadros de índole religiosa. Pero
el Hospital sobre la nube es un elemento
sorprendente por su novedad. Lo conocido
y pesado modifica su condición
objetiva. Y deviene construcción
ligera, aérea. El hospital situado
sobre una nube invierte la relación
corriente: lo ligero y aéreo arriba,
lo pesado y terrestre, abajo. El hospital
que palpita sobre la nube es una forma humana
y terrenal emplazada ahora simbólicamente
en el aire, sobre Toledo. Esta inversión
de lo terrestre arriba y lo celeste abajo,
podría ser extendida al resto de
la ciudad. A pesar de que el hospital gobierna
una nube, no por ello deja de pertenecer
a la ciudad. La propia urbe compartiría
así, aunque sea de forma subrepticia,
la pérdida de peso, el devenir realidad
ligera. El plano que muestra el joven pretende
ser la versión ordenada y condensada de
Toledo. Pero la urbe pintada ya no se
corresponde con el mapa; viola toda adecuación
entre una planificación racional
y la realidad tal como es percibida y expresada
por el artista.
El
desplazamiento de Toledo hacia la realidad
transfigurada también acontece en
el Laocoonte, la única obra
del Greco de tema mitológico...
Muchas veces resistieron las murallas las
embestidas aqueas. Y Troya no se doblegó.
Agamenón dispone la retirada. Y Ulises
inventa el artilugio, la última forma
desesperada de obtener la victoria postergada:
el caballo de madera. En la ciudad gobernada
por Príamo, Laocoonte oficia como
sacerdote del dios Apolo Tímbrico.
El pueblo del Troya le pidió que
consumara un sacrificio en honor de Poseidón
para que éste hundiera las naves griegas durante
su regreso a Grecia. El sacerdote comienza
la ofrenda al dios del mar. Y los troyanos
descubren en la playa el gran obsequio.
Todos creen que es un obsequio de Atenea.
Laocoonte duda. Sospecha un mal, una trampa
maestra. Recomienda no traer el equino colosal
dentro de la ciudad, sobre el que arroja
una lanza.
Y en el mar, algo emerge con violencia repentina.
Son dos serpientes. Dos reptiles veloces
que capturan y matan a Laocoonte y sus hijos.
Las serpientes ultiman en realidad al sacerdote
de Apolo no por haberse opuesto a la aceptación
del caballo, sino por haber intimado con
Antíope, su esposa, delante de la estatua
del dios en su templo. Pero los troyanos
piensan que el castigo divino sobre Laocoonte
se debe a su rechazo del regalo de Atenea.
La
historia mítica de Laocoonte fue
narrada por Virgilio en la Eneida.
La presencia literaria del sacerdote de
Apolo fue vivamente agigantada cuando, en
1506, se descubrió en Roma el grupo
escultórico de Laocoonte y sus hijos
mordidos por las serpientes. La estatua,
realizada en el siglo II a.c por Agesandro,
Atenodoro y Polidoro de Rodas, fue ensalzada
ya en los tiempos antiguos por Plinio el
Viejo. En el momento del desentierro de
la escultura helénica se hallaba
presente Miguel Ángel. La perfección
en la representación del cuerpo humano
en esta obra generó una fundamental
influencia en la búsqueda de los
artistas del Renacimiento de la exacta proporción
y armonía de la anatomía humana.
Sin
embargo, la inspiración del Laocoonte
del Greco no fue el relato de Virgilio,
sino narraciones más antiguas, como
la de Arctinos de Mileto. También
se ha querido hallar similitudes entre su
pintura y El Galo herido del Museo
arqueológico de Venecia.
Las
figuras desnudas de Laocoonte y sus hijos
son en parte continuación del repertorio
figurativo anterior del pintor. A la izquierda,
el hijo del sacerdote de Apolo atacado se
asemeja al desnudo de la derecha en La
visión apocalíptica; el
rostro de Laocoonte es el de Las lágrimas
de San Pedro. Pero más allá
de estas semejanzas formales, lo más
relevantes es la naturaleza del espacio
donde transcurre el ataque de las serpientes
y la muerte de Laocoonte y sus hijos. El
sacerdote de Apolo yace derrumbado, pero
lucha contra el reptil. No se resigna
a la muerte. Junto a él, descansan
en un sueño sin regreso, su hijo muerto.
A la izquierda, el otro hijo aprisiona con
brío a una de las serpientes. La
aferra y tensa cual si fuera un arco. Pero
la cabeza del reptil se acerca a su pecho,
donde descargará su veneno. Al fondo,
se yerguen las edificaciones toledanas.
El caballo de madera de Ulises avanza hacia
la entrada de la ciudad del siglo XVI convertida
en una versión moderna de la antigua
y orgullosa urbe sitiada por los aqueos.
A la derecha, permanecen en pie dos figuras
enigmáticas. Una masculina, otra
femenina. La identidad de esta misteriosa
pareja ha suscitado diversas interpretaciones,
de índole pagana o cristiana. Cossío
suponía que eran Apolo y Artemisa.
Para otros, también podría
tratarse de Poseidón y Casandra,
Apolo y Antíope, París y Atenea,
o incluso Adán y Eva. La figura masculina
mira quizá algo en la distancia o
sobre su mano. Mas esta mano se desvanece
y confunde con la larga nube que atraviesa
el cielo. En cuanto a la presencia femenina,
luego de una restauración del año
1955-56, se descubrió otra cabeza.
La mujer presenta así una dualidad
jánica: un rostro hacia adelante,
y otro se extiende hacia atrás. La
especulación respecto al significado
de estas figuras enigmáticas y sus
extraños detalles (como el brazo masculino
que deviene nube, o la cabeza femenina doble),
puede ser estéril si recordamos la
fuerte posibilidad de que estas rarezas
sólo se deban al hecho de que El
Greco no alcanzó a terminar la pintura.
Sin embargo, no podemos resistirnos a un
imaginar especulativo respecto a una posible
significación no deseada o buscada
por el artista...
El brazo de la enigmática figura
masculina de la derecha, al desvanecerse,
se confunde con una nube. El cuerpo humano
ya no padece así el limite estricto de su
figura. Ahora se metamorfosea en la levedad
de lo nuboso. Es nueva señal de un proceso
repetido en El Greco: la supresión
de la distancia respecto al cielo y la mutación
del hombre en habitante o visitante de una
realidad trastocada, sobrenatural y fantástica.
Antes, imaginamos que el hospital Talavera
sobre la nube provocaba una inversión:
lo terrenal ya no se situaba bajo el cielo
sino en el cielo. Lo bajo asciende
así a lo alto. Movimiento ascensional
repetido en El Greco. De manera coincidente,
el hombre misterioso que se confunde con
la nube manifiesta un proyectarse hacia
lo celeste. Por extensión, el ataque
de las serpientes sobre Laocoonte y sus
hijos, y toda la escenografía terrenal
que acompaña este hecho (que incluye a Toledo
y el caballo de madera) no existen ya debajo
del cielo, sino en lo celeste; en
una región de atemporalidad, en un sitio
mítico o sacro, en un lugar sobrenatural
al que sólo la sensibilidad del artista
puede arribar. Y la condición del
ascender desde lo terrestre y oscuro hacia
lo translúcido, elevado y celeste,
constituye un acto de desmaterialización
del cuerpo. Algo semejante ocurría
con el rostro de la figura femenina. No
estamos ya ante un rostro de una mujer de
este mundo, sino una dualidad bicéfala
de miradas, una descomposición fantástica
del rostro, otra forma de desestabilización,
desfiguración, desmaterialización
de los cuerpos. La salida más allá
de la forma física natural propulsa
el ascenso a una realidad libre de límites
y formas estrechas. De nuevo el ascender
hacia la región numinosa o divina,
donde la luz estalla sin sombras.
Son los últimos años. Por el cuerpo
crece una sensación de debilitamiento.
Con lentitud implacable, la vejez niega
la frescura. Rasga la piel. El pintor sabe
que dentro de lo que toca y ve crece la muerte. Es mortal el artista.
Su cuerpo se disolverá, como el de
todos.
En
sus últimos años, El Greco enfatiza
sus colores, alarga, deforma, o desmaterializa
la figura humana, abre aún más
las puertas de un cielo que ilumina. Transforma.
Eleva. Busca que el ser se muestre o manifieste
a través de la pintura, de una mística
pictórica, de una pintura hacia el
éxtasis.
La
pintura más inspirada exhala visiones.
Lo visionario perfora o traspasa lo visible.
El Greco nunca imita lo que ven sus ojos.
Mucho más ahora, en la cima de la
creatividad de sus pinceles. El cretense
no pinta lo visible. Expresa visiones, extáticos
encuentros con el Ser. Que brilla. Como
pintor visionario, El Greco es hermano del
Bosco, Grunewald, Fuseli, Blake, Turner,
o De Chirico.
A la hora de interpretar el legado del pintor
cretense, la gran tentación es considerar
su obra como una derivación del manierismo
italiano, luego del Renacimiento clásico.
Ya en las últimas obras de Leonardo,
Rafael o Miguel Ángel surge la transformación
manierista. El manierismo acaloró
dos senderos. Desde el primero de ellos,
Vasari habló de un pintar a
la maniera de los maestros renacentistas.
Surgieron entonces las academias para el
estudio y repetición del gran estilo
de los superlativos genios anteriores. A
su vez, el manierismo fue también
creación de un nuevo estilo y de
una idea del arte donde el artista supera
la imitación de la naturaleza. No
se pinta ya lo que se ve. El artista proyecta
sobre el espacio y los seres su fervor subjetivo,
su disegno interno, al decir de Federico
Zuccaro. La alteración de lo natural
desde una libre interpretación intelectual,
produjo la frecuente estilización
y alargamiento de los cuerpos, la exacerbación
del dibujo, una purificación de la
luz. En esta liberación manierista
vibran los nombre de Rosso, Pontormo, Correggio
o Parmigianino.
Existe
un innegable tono manierista en la
estética del Greco. Pero lo manierista
en él es fuente de recursos técnicos
y formales; nada dice sobre el centro filosófico
de su cosmovisión. La aspiración
del Greco no es dar testimonio de la libertad
subjetiva, sino expresar la inmanencia
de lo celeste. La sensibilidad religiosa
del Greco experimenta la realidad como erupción
luminosa. Y el ser que crea lo real está
dentro de la materia; es lo que transfigura
y espiritualiza la materialidad. La presencia
y expansión del ser en lo terrestre
acontece por medio de la luz, de un cielo
luminoso que desciende y abraza al hombre
y la naturaleza.
Inmanencia
de lo celeste. Lo inmanente: lo que brota
dentro de algo, lo que muestra o constituye
ese |