La Boca del Riachuelo,
en Buenos Aires, Argentina. Hogar
mágico de muñecos, paisaje
del mar entre las calles. Y
barrio atravesado por estrías de color, y la fascinación de su
historia singular. Su puerto fue
convertido en hechizo colorido por Quinquela
Martín. Su origen se entronca
con la vida portuaria. Su arquitectura urbana se expresó
como
urdimbre de casas de madera, conventillos, y altas veredas destinadas a
conjurar frecuentes inundaciones. Desde el siglo XlX, llegaron multitud
de inmigrantes. Los genoveses dejaron la impronta más vivaz en La
Boca. En la que creció parejamente un aire de colorida fantasía
junto con un adusto espíritu de resistencia ante la adversidad.
Podríamos imaginar que través de una ventana abierta (arriba,
izquierda), desde un cielo de singularidad y extrañeza, llegan los
colores, las latidos y la historia de este sitio particular.
En La Boca como universo del color respiraremos mediante una
galería de imágenes, con fotos de Andrés Manrique, y un rico texto
sobre el origen del barrio escrito por uno de los boquenses más
ilustres, don Antonio J. Bucich, autor de La Boca del
Riachuelo en la historia, obra clásica sobre este urbano universo
del color que comenzamos a explorar en Temakel, mediante un
asombrado caminar...
Todas las fotos pueden ser
ampliadas mediante un clic
EL NACIMIENTO DE LA BOCA
Todo comenzó en el Riachuelo. La suerte de La Boca
estuvo ligada desde el principio a esa hebra de agua -así la llamó Celedonio Castañera: "la hebra de agua de nuestro Riachuelo, que la quilla de los buques
han comenzado a cortar... "- y si el pueblo floreció, en sencilla conclusión esto fue
porque sobre sus riberas vino a instalarse la gente de garra, la misma gente que soportó todos los rigores propios de la naturaleza del lugar y los
venció.
Azcárate de Biscay, en 1650, dijo cosas que en algún modo tienen
relación con La Boca. Entonces era sólo orilla que aguardaba las vivencias estables. El viajero vio el Riachuelo. Y
advirtió "un pequeño riacho que desagua en el río a un cuarto de legua del pueblo...".
Hay algo más en Azcárate du Biscay digno de anotarse. Afirmó él que en ese Buenos Aires había "unos pocos franceses,
flamencos y genoveses'. Genoveses -generalicemos, italianos- siempre anduvieron con los
descubridores de América. Ellos, a su vez, la descubrieron a su modo.
Dos palabras para un barrio: el Riachuelo, los genoveses
Estas dos palabras -el Riachuelo, los genoveses- tienen mucho que hacer en la constitución sedentaria de un poblado que ahí nació, de
casas dispersas y senderos asimétricos, primero. Después fue villorrio, después pueblo, después barrio. Las afluencias
inmigratorias y económicas -una y otra inseparables- le acordaron
consistencia. Los genoveses de du Biscay se transformaron en los italianos de
todas las regionalidades. Los italianos -hablamos de Buenos Aires- eran 10 en 1744 y ascienden a 63 en
1810, si nos atenemos a cifras de un censo oficial. Pero Niccoló Cúneo -no puede dejarse de citarlo-, que recuenta a su modo le asigna 92 en 1805 y hasta afirma que en La Boca había unos dos mil hacia 1830. Lo correcto es decir que vinieron a estas orillas desde la tempranidad del siglo
XlX y que allí se situó otro animoso concurso de diversa procedencia. Bearneses antes que todo, y más tarde croatas,
españoles del norte, algunas exóticas avanzadas del Jónico y Egeo...
El germen creció. La esencia del desarrollo estuvo en el
Riachuelo. En el informe del comisario de la sección 20 (la Boca)
Lisandro Medina, se ofrece la palmaria evidencia de una homogénea comunidad
entregada con perseverancia -es el término
apropiado, no hay otro que lo reemplace- a los trabajos que cobran espacios de
espacios de expansión y fructifican con el arraigo. Esto ocurre en 1870
año en que La Boca alcanza la autonomía jurisdiccional y se desprende de
su anexión al juzgado de paz de Santa Lucía dispuesta por la ley 591, de 22 de junio de
1869.
El 70 en la Boca
¿Qué hay en La Boca en 1870? ¿Qué es? Enumeremos y enunciemos su potencialidad palpable: 9 astilleros, 4 almacenes navales, 2 velerías, 4 barracas, 4 agencias
marítimas -todo lo que tiene vínculos con la navegación- y 33 almacenes de comestibles, 3
boticas, 62 bodegones, 4 confiterías, 33 carnicerías, 5 corralones de madera, 10 posadas y fondas, 40 pulperías y boliches, 7
panaderías... La estadística de los centros de producción y de consumo
podría incluir más denominaciones. No es menester prolongarla. La "Memoria" de Medina se ocupa de lo acaecido en la zona en 1869. No se concreta a lo
específicamente policial. Su estimable prolijidad permite determinar hasta su fisonomía urbanística. Ese año había ahí 28 casas de azotea de dos "pizos", 85 de un "pizo", 372 de madera de dos y 45
de techo de paja. Las habitaban 1.229 familias. La población era de 3.245 individuos. Sin embargo, en una petición
de los vecinos dirigida al Consejo de Higiene -marzo de 1970- se sostiene que son 8.000.
Factores del progreso
La Boca tenía por entonces sustanciales factores de progreso. La línea férrea de Buenos Aires a la Ensenada -que "empezó a funcionar en toda su extensión a fines del 72", afirma Ricardo Napp- llegaba
ya a Casa Amarilla, se alargaba hasta Barraca Peña y continuaba más allá, hacia Barracas. Y esto sucedía en 1865. El ferrocarril llegó antes que el tranvía a La Boca. El servicio
tranviario desplazó paulatinamente a las galeras de Pastor y de Tassara. En 1870 se
inauguraba el trayecto entre la ribera y la plaza Once. Poco después se extendía la línea de
Wenceslao Villafañe. Desde 1860 un positivo acrecentamiento de grandes cosas estaba elaborándose en La Boca. La visualización de su
potencialidad era tan evidente que las autoridades no pudieron ya ignorar el hecho cierto de su
gravitación en el complejo social, político y económico del país. Angelo Rigone
Stern lo diría una década después de la erección del nuevo juzgado al volver la vista hacia aquel pasado de ebullición frente a un presente -el de 1880- en que se iban
desdibujando los rasgos aldeanos.
No nos detendremos ahora en la puntualización de otros
aspectos del avance lugareño. En 1870 las obras sanitarias, el alumbrado, el empedrado, la sociabilidad estaban perfeccionándose. Cuando el
gobierno de la provincia de Buenos Aires promulga la ley 654, por la que se crea el juzgado de paz de La Boca -después llamado de San Juan Evangelista-, este aposento suburbano había
cobrado tal nombradía que pretender ignorarlo estaba fuera de toda
posibilidad tolerable. Sus aspiraciones fueron atendidas por fin. No faltó en todo este afán
la intervención del caudillo de turno. José
Fernández -que había tenido actuación en San Telmo- estaba incorporado, con otros criollos de pura cepa, a la dinámica
boquense. Manuel Peri asegura que en ese tiempo vivía en Pedro de Mendoza y Martín Rodríguez, en una casa de planta baja y un piso.
En los bajos estaba el corralón y ferretería de Sebastián Casares y en las cercanías el Club Progreso. Ahí, en ese edificio, estuvo
situado el primer despacho, el despacho improvisado del nuevo juzgado de paz.
Una ley trascendental
Primitivamente La Boca estuvo incluida en las grandes dimensiones del territorio de San Telmo. Al dictarse la ley 591 pasa a
depender más específicamente de Santa Lucía. El municipio había sido dividido en trece juzgados, incluidos el barraqueño y el de San
Cristóbal.
No tardaría en dictarse una nueva ley. Es la 654. Por ella se crea el juzgado de paz
de La Boca. El trámite legislativo fue rápido. Despachada la iniciativa por la comisión de legislación, la Cámara de Diputados la aprueba el 2.5 de julio de
1870. En la sesión del 23 de agosto le da sanción el Senado. «Tengo el honor de
transcribir a V.E. la ley que ha tenido sanción definitiva en el Senado en sesión de anoche", comunica el 24 al Poder Ejecutivo el
presidente del cuerpo doctor Andrés Somellera. No hay demoras. El 25 de agosto de 1870 el gobernador bonaerense -don Emilio Castro-
la promulga. Ha nacido -oficialmente- una población dotada de
auténtica personería, ha nacido La Boca.
La importancia de esta ley puede ser sintetizada mediante el uso subrayado de una sola palabra:
autonomía. La Boca ha conquistado su propia jurisdicción. El porvenir, que se le estuvo abriendo siempre ancho aunque escarpado, va a ser definidamente suyo en adelante. Con la designación de Sebastián Casares en carácter de
titular -por decreto de 29 de agosto- se cierra el ciclo legal de este acontecimiento que convierte a La
Boca en un barrio independiente dentro de la conjunción metropolitana. El mismo texto de la
ley demuestra la trascendencia de sus alcances. En ella se fijan explícitamente sus límites, limites incontrovertibles puesto que emanan
de numerosos antecedentes reconocibles en la planimetría capitalina. Porque antes que la ley lo ratificara La Boca existió como cohesivo grupo humano, como zona bien demarcada. La ley vino a reconocer lo que existía. En su artículo
1 recoge y fija esos límites: "Se dividirá de Santa Lucía por la calle Defensa y su
prolongación, pasando por entre las propiedades de Marín y Llavallol, hasta tocar con el Riachuelo; del de San Telmo, por la calle General Brown (ahora Martín García) y el límite norte de los terrenos de Brittain y del pueblo de Barracas al Sud por el Riachuelo".
Dos ámbitos históricos: lo antiguo y lo que nace
San Telmo, Santa Lucía, Avellaneda -o dicho más
retroactivamente en las dos últimas menciones: Barrancas al Norte, Barracas al Sud- proceden de más tradicionales lejanías. La Boca es lo nuevo, lo que adviene. Aquellas otras denominaciones urbanas reflejan
procesos de más honda urdimbre regional. Eran va mucho más históricas en aquellas etapas finiseculares.
Venían de la Colonia, de la gesta patria, de la preorganización del país. Tenían pretérito sobrado y podían brindar en
su historial numerosos sucesos trascendentes o nombres de figuras y hechos que conectan con la crónica virreinal y los años de Mayo y de Julio y los de la tiranía y los proscriptos. La Boca, salvo esporádicos episodios de las vagas andanzas pedromendocinas, es tierra virgen para la investigación. Hay que escudriñar mucho para descubrirle
antigüedades de larga data. Es apenas en el promediar del siglo XlX cuando se le pueden
particularizar acciones y eventos. El pueblo del sur, junto a la desembocadura
del Riachuelo, ha ido gestándose entre las inclemencias de una geografía
de ya de por sí señalaba los riesgos de los desbordamientos y de sus azarosas
consecuencias.
Las casas se levantaban sobre estacas. Los que las habitaban -con la canoa presta al pie de la escalera- estaban sobre aviso.
Había fe en esa gente. Fe y la constancia activa para construir animada por la boga del canto
marinero. ¡Oh! los marinais. ¡Oh! los carpinteros de la ribera, ;Oh! los bolicheros que amasaban,
ahorrativos, el centavo para la fortuna que vendría. Adolfo Saldías describió ese
mundo con sobrio realismo. "En un hacinamiento de casas de madera construidas sobre pilastras de algo más que un metro,
para defenderse de las crecientes del río y de los aluviones". En esas calles largas y angostas, lo peor era lo que quedaba: el
sobrante de las lluvias o de las inundaciones. La falta de asistencia sanitaria -no obstante todos los esfuerzos batalladores de las
beligerantes comisiones de higiene, que pedían, reclamaban,
protestaban, casi siempre en vano- exponía al vecindario a mortales
peligros. Saldías también lo vio: "a lo largo de las inciertas calzadas se extendían zanjones donde siempre había agua verdosa suficiente como para que se multiplicasen, al amparo del sol y de la madre naturaleza, los bacillus del cólera, de la difteria y del tifus.. ."
Todo esto no arredró a "esa población densa, trabajadora y vigorosa". Con paciente empeño, obstinada, se sobrepuso a las
negaciones, fueran éstas de orden físico o burocrático. Sus hombres -representativos o anónimos- forjaron mancomunados la estabilidad social. Fundaron sociedades mutuas previsoras o crearon cuerpos de servicios públicos que aún se mantienen en pie. Enfrentaban las adversidades -las epidemias, las revoluciones, los siniestros- uniéndose, pasando los escollos de las enemistades. Defendían -con las excepciones provocadas por las disyuntivas políticas- la estructura solidaria del barrio. No había deserciones en las temibles horas del peligro. La ayuda pronta, la reciprocidad generosa era el distintivo común en el boquense
de aquella época. (*)
(*) Fuente:
Antonio J. Bucich, La Boca del Riachuelo en la historia, Buenos
Aires, Asociación de Amigos de la Escuela-Museo de Bellas Artes de la
Boca, 1971.