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ARTE AFRICANO (incluye galería
de imágenes)
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Placa de
bronce, procedente del exquisito arte del Reino de Benin, Nigeria,
que muestra un sacrificio del toro. Pieza en el Museo
Británico. |
Presentación: Imagen y silencio en el arte africano,
por Esteban Ierardo
Artículo: El arte negroafricano, por
Carmen Huera
Galería Arte africano
Bibliografía recomendada
Presentación
IMAGEN Y
SILENCIO EN EL ARTE AFRICANO
Por Esteban
Ierardo
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Placa de bronce del Reino de Benin, Nigeria, de
fines del siglo XVI, donde se ve a un comerciante europeo, que
porta unas manillas para trocar por
esclavos. |
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Tres
milenios antes de cristo, en Egipto, nació la brillante civilización
faraónica. Esta especial cultura concluirá definitivamente con la
masacre de los últimos sacerdotes en la isla Filae en el 385 d.c,
por orden del emperador romano Teodosio.
Luego,
África calló. Su voz no embriagó ya la curiosidad europea. Sólo
quedaba el vago recuerdo de la mística nación de las pirámides
milenarias.
Pero
en la Edad Media los ejércitos cruzados llegaron a Palestina; allí,
descubrieron el marfil y el oro procedentes de diversas regiones de
África. Esto espoleó el interés por el universo africano. En el
siglo XIX, por primera vez, viajeros portugueses recorrieron las
costas occidentales africanas. En las costas del Golfo de Guinea
encontraron el metal que refulge con un brillo solar. Luego, se
superó la línea del Ecuador; se exploró lo que hoy es Angola y el
Zaire. Se inició la obtención de ébano, caoba, maderas nobles y,
claro, marfil y oro. En 1486, los portugueses llegaron al reino de
Benin en Nigeria, y Bartolomeu Dias arribó al "Cabo de las
Tormentas", el llamado después "Cabo de la Buena Esperanza", en el
límite meridional africano. En 1497, Vasco de Gama fue más allá
del extremo sur de África y alcanzó la India, consumando así el
célebre camino de las especias, que Colón antes no pudo
concretar.
Ya
bajo los puñales de la injerencia europea, África se desangró entre
humillaciones y saqueos. Millones de africanos fueron esclavizados.
Sus religiones tribales y ancestrales sufrieron el compulsivo
vendaval de la evangelización cristiana. En Etiopía se desarrolló
una especial forma de cristianismo que produjo una singular catedral
con forma de cruz griega que se halla empotrada en una profunda
trinchera de roca volcánica. Los países del norte asumieron la fe
musulmana y crearon la mezquita del Viernes en Mopti, Mali, cuya
fachada parece una suerte de cadena montañosa.
Los
británicos hicieron de las selvas, praderas y yacimientos de metales
africanos, un pilar considerable de su rapaz imperio.
Numerosas obras de arte africano fueron arrebatadas entonces de sus
hogares y enviadas a los museos europeos. A veces, las piezas
artísticas eran adquiridas por sumas ínfimas; otras, fueron
directamente hurtadas. Una gran cantidad de máscaras, estatuillas
antropomorfas de madera, piezas de bronce o marfil, llegaron a
Europa donde solían ser clasificadas como "fetiches", como objetos
destinados a prácticas de hechicería (ver en galería pieza de
marfil, imagen 4). Soldados de las fuerzas de ocupación colonial
regresaban a su patria con sus recuerdos o "souvenirs".
La
primera apreciación degradada del arte africano fue sustituida por
la entusiasta valoración estética de los artistas de las vanguardias
europeas a comienzos del siglo XX. Ya el regreso a cierto
primitivismo se había iniciado en la pintura, "egipcia" según
Picasso, del famoso Henri Rousseau, el "aduanero".
El cubismo y
el fauvismo tributaron una explícita admiración al arte llegado
desde el lejano continente negro. Las paletas cubistas de Braque,
Juan Gris o Picasso recibieron la influencia de la geométrica
estilización africana. Muchas máscaras o
estatuillas antropomorfas africanas transgreden la tentación de una
imitación naturalista de moldes naturales preexistentes. El rostro
pierde sus proporciones naturales en pos de una libre combinación de
planos y volúmenes geométricos (ver galería imagen 2 y 5). Esta
descomposición de la figuración clásica estimuló la creación de las
complejas figuras cubistas que se muestran desde varias facetas o
ángulos a la vez. El coleccionista de arte africano y fotógrafo
Eliot Elisofon fotografió la secuencia del giro en 180 grados de una
estatuilla de un antepasado dogon de 12,5 centimetros (ver en
galería imagen 12). Entre la figura de frente y la de espalda se
aprecian las diversas facetas o ángulos de la estatuilla. Se genera
así una descomposición cubista que subraya el porqué del ascendiente
que algunas estilizadas imágenes africanas ejercieron sobre el
cubismo europeo.
El
grupo de los fauves (Marquet, Derain, Matisse, Vlaminck) hicieron
culto al poder expresivo del color. El color no se agrega y pigmenta
las formas sino viceversa. La pincelada delinea la forma, construye
con líneas cromáticas los volúmenes. En la pintura de máscaras y
estatuillas africanas, el color es empleado con tonos vivos y libre
de todo precepto realista. La libertad e intensidad cromáticas
africanas inspiraron la hechicería visual de los exaltados
colores fauves (las bestias salvajes para aludir a su
desinhibición en el uso del color).
Las
exasperaciones del color podían expresar también el dolor y la
angustia del conflicto social como en Die Brucke (El Puente),
los expresionistas de Dresde (E.L. Kirchner, K.Erich Heckel, K.
Schmidt Rottluff), o en pintores como Ensor y Munch. Der Blaute
Ritter (El jinete azul), el otro grupo expresionista alemán
(integrado por el alemán Marc, el ruso Klandinsky, y el suizo Klee),
también profesó admiración por el arte no naturalista de los pueblos
africanos y de Oceanía. Una inspiración africana también emergerá en
la escultórica de Modigliani o Constantin Brancusi.
El arte en
África se inició en la prehistoria, en las montañas y cuevas de
Tassilli, en el Sahara. Allí, en 1956, el explorador y etnólogo
francés Henri Lhote estudió decenas de imágenes de arte rupestre
vinculadas a la vida de los pueblos cazadores que habitaban en el
Sahara que, durante la epoca glacial en Europa, era una región
fértil cuyos ríos y valles rebosaban de peces y animales
salvajes.
Fuera del
ámbito prehistórico, la cultura más antigua hallada hasta ahora en
el África negra es la cultura Nok, que pudo haberse desarrollado
entre el 500 a.c. al 200 d.c. Su arte en terracota evidenciaba ya
una exquisita habilidad para el detalle y la expresividad facial
(ver en galería imagen 11).
Como
todos los pueblos llamados arcaicos o primitivos ("primitivos" aquí
no en tanto elementales o rudimentarios sino como cultura antigua
ancestral, primaria, originaria), el arte nunca puede separarse de
un contexto religioso y ritual.
Los
pueblos africanos sacralizan los elementos naturales. A través de
las formas y los cuerpos late una invisible y universal fuerza
vital. Manifestación arquetípica del bien es lo vinculado a la
fertilidad y la salud. La veneración de los antepasados y las
prácticas de hechicería también son fundamentales.
El
nexo entre arte y religión se expresa por ejemplo en la acción
ritual de las máscaras. Las máscaras representan a los espíritus. El
danzarín que porta una máscara invoca una fuerza divina que posee al
bailarín enmascarado (ver galería imagen 3). La comunicación con los
espíritus llega a veces a una total fusión extática o frenética con
la fuerza invisible convocada. Asimismo, las máscaras ejercen
notoria gravitación en los ritos funerarios. Al morir, el hombre
libera su fuerza vital. Para que ésta no se convierta en energía
dañina y hostil, debe ser conjurada, apaciguada, mediante una
máscara que permite la invocación y comunicación con el muerto. No
sólo se neutraliza así el peligro de la fuerza del difunto sino que
se la encauza también hacia el beneficio tribal o
comunitario.
En
algunos casos, las máscaras anticipan ritos de iniciación donde se
cristaliza el paso de la infancia a la pubertad. Otras veces, el
empleo de las máscaras obedece al deseo de estimular mágicamente la
fertilidad terrestre (ver galería imagen 8), o la abundancia del
ganado o de la caza. Todas funciones relacionadas con la prosperidad
del grupo tribal.
La
estatuilla se relaciona también con el culto a los antepasados. Los
dogon realizan estatuillas muy estilizadas, y los kota, de Gabón,
apelan a hechizantes abstracciones (ver galería imagen 5). En
todos los casos, la estatua se impregna con la presencia de los
antepasados para luego irradiar benéficas corrientes hacia la
comunidad. Así, el tallado de una estatua en madera ( y también en
otros materiales) podía ser creado virtualmente para oficiar como
una "casa de espíritus". La figura del antepasado dogon fotografiada
por Elisofon que antes mencionabamos, fue creada especialmente para
ser el hogar del espíritu de un jefe desaparecido tiempo atrás. Sin
la escultura-casa el espíritu podría vagar errante y causar daños a
su tribu.
Además de las máscaras, las estatuillas y las representaciones de
cabezas, el arte africano crea un importante arte en bronce. Este
fue el mérito artístico principal del reino de Benin, de Nigeria.
Este reino se hallaba habitado por la tribu bini, del pueblo edo. Su
rey, el oba, ostentaba un poder absoluto. Luego de la llegada
de los portugueses, los oba s entregaban esclavos a cambio de
armas de fuego y de "manillas" de cobre. Los bini fundían el bronce
para crear esculturas y relieves (ver galería 1). Y también
practicaban sacrificios humanos. Los ingleses prohibieron estas
prácticas; al ser desobedecida esta prohibición por los obas,
los británicos obtuvieron la excusa para sitiar, cañonear y saquear
Benin. Los tesoros saqueados fueron luego enviados principalmente al
Mankind Museum de Londres, y el Museum fur Volkerkunde de
Berlín.
Pero el
pueblo de Benin había aprendido sus técnicas de fundición del bronce
de los yorubas, sus vecinos. La ciudad de
Ife es aún hoy la capital religiosa de los yorubas. Se alza a
orillas del río Níger. En ese sitio habrían descendido los dioses
para crear el mundo. El reino Ife brilló principalmente entre los
siglos XII al XV. El arte de Ife es incomparable con otras
expresiones artísticas africanas. Las esculturas de Ife, en
terracota y bronce, son naturalistas y quizá representan a
personajes individualizados (ver galería imágenes 7 y 9) . Para la
realización de los rostros en bronce se empleó la técnica de la cera
fundida varios siglos antes que los artistas del renacimiento
italiano. Leo Frobenius, el gran explorador y etnólogo alemán,
fue el primero en descubrir, en 1910, numerosas esculturas de Ife.
Las cabezas eran en su mayoría de tamaño natural; recorren sus
mejillas marcas o escarificaciones tribales; y poseen
perforaciones arriba de los labios y cerca del nacimiento del
cabello, en las que se colgaban bigotes, barbas o pelucas postizas.
Se presume que las cabezas tenían gran importancia en los funerales
reales. Simbolizaban quizá la continuidad del poder real a pesar de
la muerte del monarca.
El arte del
África negra, lo mismo que el del antiguo Egipto, es
tradicionalista, conservador. Sin embargo, la conservación de la
forma no implica necesariamente una inhibición o neutralización de
la creatividad innovadora. Entre los guros, por ejemplo, sobresale
el arte de las cabezas femeninas. Su estilo tradicional exige la
repetición de una misma forma para representar a la mujer: una
frente con una curva pronunciada, los labios fruncidos y redondez en
la nuca. Esta es una tradición preestablecida; sin embargo, los
artistas guro varían libremente un mismo patrón formal. De esta
manera, la invariabilidad de la forma permite la creación de
numerosas alteraciones innovadoras. Lo cual evidencia las
posibilidades de revitalización creadora dentro de un arte
tradicional (ver galería imagen 10).
Ahora
bien, el africano revive también la problemática relación entre la
imagen, la representación y lo sagrado. Para muchas tradiciones, el
nervio más profundo de lo sacro escapa a toda visibilidad y
representabilidad. En numerosos casos, el dios
creador es vivido en África bajo la experiencia religiosa que Mircea
Eliade llama el dios ocioso o lejano. El dios crea el mundo para
luego abandonarlo o alejarse. La diversidad de imágenes de espíritus
y divinidades se convierten entonces en hipóstasis del dios esencial
que, en sí mismo, se aleja y oculta, y no es representable.
Entre los
yorubas podemos encontrar una aproximación al proceso de la
divinidad no representable. Este etnia posee una familia de seres
espirituales ordenados en cuatro categorías. El ser supremo es
Olodumare (o Olorun, Señor del cielo). Entre sus dioses subordinados
(los Orischa), el de mayor jerarquía es Obatala. En tercer
plano se hallan los antepasados deificados, representados por
Shango. En cuarto lugar se distinguen los espírtitus consustanciados
con los fenómenos naturales, como las montañas, ríos, árboles, o la
tierra (ile).
Olodumare es
inmortal, único y omnipotente. Olodumare es invocado, pero no se
levantan templos ni altares en su honor, diferenciándose así de
otras deidades a las que sí se le dedican santuarios (ver galería
imagen 6). Olodumare escapa así también a la posibilidad de la
representación.
En todo
caso, lo sagrado no es representación, sino presentación de la
realidad en su máximo poder, sin sustituciones o aproximaciones.
Para los bantú, por ejemplo, lo sacro no es lo que posee una fuerza
sobrenatural como predicado o atributo. Es la fuerza misma. Entre
los dogon, su dios Amma no es mencionado mediante un sustantivo sino
por un verbo, por un continuo siendo que no puede ser
congelado o representado por una imagen o concepto exterior a su
propia índole dinámica. De ahí la relación de la divinidad con la
espiral como símbolo del movimiento continuo de los rayos solares,
de las ondas del agua, y la creatividad divina en
general.
Sin
embargo, la imagen artística conserva una alta potencia de
sugerencia o manifestación de lo numinoso. La relación
madera-estatua típica del arte tradicional africano es también
reveladora en este sentido. En la madera descansa una fuerza divina,
en sí misma irrepresentable, pero que tolera habitar, y por lo tanto
expresarse, en la forma vegetal. La estatua así no es consecuencia
del tallado humano del artista, sino que la forma ya es allí. Y,
además, la madera posee la cualidad de receptáculo de una fuerza
divina procedente del árbol. El árbol participa del mundo
subterráneo (mediante sus raíces), y el cielo (a través de la
proyección de sus ramas). De esta manera es puente simbólico entre
el arriba y el abajo, lo celeste y lo terrestre. Es medio de
manifestación de la unidad de los opuestos. En coincidencia con esta
creencia, todo nuevo rey Ashanti planta un árbol que será la morada
de un espíritu.
El
arte africano así consuma su especial camino entre lo representable
y lo irrepresentable. Lo real por excelencia, lo sagrado, es
ambigüedad, ambivalencia: es lo que se muestra (en la madera de las
estatuas, en las máscaras, en las cabezas reales) y lo que al mismo
tiempo se oculta.
En el centro
de la imagen que el arte puede expresar, parpadea un silencio
indisoluble. Los bamana expresan quizá
parte del sustrato abisal de este proceso con esta expresión: "Si la
palabra construye la aldea, el silencio edifica el universo". La
palabra o la imagen artística son hasta cierto límite eficaces
trasmisoras de la densidad de lo sagrado que bulle en la fuerza
vital, en las familias de los dioses y sus atributos de poder,
y en los antepasados en su función de promoción de salud, fertilidad
y prosperidad. Pero la energía sagrada no es totalmente decible,
representable. El silencio, y una corona de invisibilidad,
rodean siempre a las palabras y las imágenes artísticas. Que los
pueblos africanos descubren en el extraño y difundido cristal del
espacio. (*)
(*) Fuente: este artículo
personal es editado aquí de manera original; es la base de un futuro
ensayo donde ampliaré esta temática. Ha sido realizado mediante
buena parte de la bibliografía que figura abajo).
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EL ARTE NEGROAFRICANO
Por Carmen
Huera
(Ex-directora del Museu
Etnologic de Barcelona)
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Bronce nigeriano que representa a un cazador
que regresa a su aldea con su presa, un antílope. Junto a su
pierna derecha, lo acompaña un
perro. |
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El arte negro africano
El arte negroafricano es básicamente escultórico y su
vehículo característico es la madera.
Se ha dicho (Frankl Willet) que "La mayor
contribución que ha hecho el África negra a la herencia
cultural de la humanidad es su arte escultórico".
Se podría añadir "su arte escultórico en madera",
puesto que en este material se han realizado las más
representativas creaciones estéticas de los pueblos
negroafricanos.
Dentro de la enorme variedad de especias arbóreas
que ofrece la flora africana, las distintas etnias han
adoptado siempre, para sus esculturas, las maderas blandas,
fáciles de trabajar. Las maderas duras, como el ébano, tan
apreciadas por el hombre blanco, sólo las han utilizado los
africanos para complacer el gusto comprador europeo y el
resultado estético ha sido siempre menos que
mediocres.
Los tallistas
En comunidad muy pequeñas, las tallas pueden ser
realizadas por cualquier hombre del poblado, pero siempre
acostumbra a surgir algún individuo, cuyas creaciones son
especialmente apreciadas por la comunidad a la que pertenece,
que pasará a convertirse en un especialista en dicho
trabajo.
En algunas ocasiones esta tarea corresponde al
herrero cuyos conocimientos de la técnica de la obtención del
metal, su fundición, y de los métodos para elaborar los
objetos, le convierte en un ser distinto a los demás miembros
del grupo, a la vez admirado y temido, puesto que proporciona
el utillaje necesario para las labores agrícolas para la caza
y para la guerra, pero se le considera una especie de
brujo.
De esa habilidad para dar forma al hierro
infieren los miembros de su grupo que tiene dones para tallar
la madera, puesto que, además, en sus superiores conocimientos
se aprecia la impronta de fuerzas sobrenaturales.
Estos son los patrones usuales en las pequeñas
sociedades agrícolas, cuya organización se basa en
agrupaciones clánicas. Pero entre los pueblos de organización
social de carácter tribal, constituidos por numerosos poblados
de considerables dimensiones y habitados por distintos linajes
o clanes, que reconocen autoridades comunes, con capacidad
decisiva en problemas interclánicos, es frecuente que existan
varios tallistas de reconocida fama, que gozan de gran
consideración y llegan a formar verdaderas castas pues "el
oficio" pasa de padres a hijos; este es el caso, por ejemplo,
de los tallistas del pueblo yoruba (Nigeria), los ashanti
(Benín) o los kuba (Zaire).
De cualquier forma, los tallistas no realizan su
trabajo de un modo continuado, sino que actúan siempre por
encargo, y siguiendo las indicaciones de quien requiere su
trabajo. Por eso no existe una producción seriada. Cada obra,
cada pieza, responde a unas convenciones locales, que imponen
unas características formales que permiten reconocer
fácilmente las obras propias de cada grupo, en el seno de la
respectiva etnia; pero dentro de esas convenciones, la
libertad expresiva con la que se mueve cada artista confiere a
sus obras un carácter particular.
Precisamente la diversidad, la prodigiosa
variedad de estilos que existen en el arte negroafricano, no
sólo entre zona geográficas muy próximas, sino entre un grupo
étnico y sus más cercanos vecinos, e incluso , y muy
frecuentemente, dentro de una misma sociedad, constituye uno
de los mayores atractivos de este arte singular, que nunca
podemos definir con precisión y cuyo conocimiento impone un
arduo trabajo, sobre todo si se tiene en cuenta que la luz de
la investigación etnológica, que en las últimas décadas se ha
hecho cada vez más especializada, han sufrido, en el vasto
campo de estudio presenta el arte tribal del África negra,
matizaciones que obligan a consideran las producciones de cada
etnia con la máxima atención.
Las grandes agrupaciones tradicionales que
clasifican la escultura africana serían: a) tallas antropomorfas para el culto de
los antepasados; b) tallas antropomorfas relacionadas con las
fuerzas sobrenaturales y la magia; c) máscaras; d)
representaciones de divinidades; e) representaciones de jefes
o reyes; f) figuras a modo de cariátides que sostiene copas,
taburetes, etc; g) relieves.
Significado del arte negroafricano.
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Máscara ndzingi, del pueblo
mbwela, del sureste de Angola, representa a un gigante
que vive en un lugar apartado del
bosque. |
Aunque la anterior enumeración tipológica de la
escultura africana se pone de manifiesto la existencia de una
gran variedad de objetos de uso profano, no es menos ciertos
que la inmensa mayoría de las tallas negroafricanas están
básicamente relacionadas con su sistema de creencias y con los
ritos y ceremonias cultuales.
Cada uno de los objetos relacionados con el
culto tienen una dedicación especifica, pero hay piezas que
pueden ser polivalentes, de modo que una estatuilla para el
culto a los antepasados puede ser utilizada como amuleto
protector o en prácticas de hechicería, según imponga la
particular visión que tiene el africano del mundo que le
rodea.
Para los negroafricanos las fuerzas que se mueven
el universo, los seres vivientes (el hombre, los animales, los
vegetales), así como los elementos naturales (sol, luna,
montañas, ríos, rocas) y las fuerzas de la naturaleza
(tempestades, rayos, truenos, ciclones, etc) son asumidos como
presencias constantes, que constituyen a la vez una amenaza y
una protección. La influencia de estas fuerzas sobre el hombre
puede ser amenazadora y de efectos funestos, o deseada y
confortadora.
Estas fuerzas no son lejanas, están presentes en
los elementos inmediatos a cada poblado, en el bosque, en una
corriente de agua, en un árbol determinados.
Pero las fuerzas sobrenaturales más poderosas son las
de los espíritus de los antepasados y especialmente los
espíritus de los difuntos recientes.
Esos espíritus, liberados por la muerte, pueden ser
extraordinariamente, peligrosos, si se incurre en su ira, para
sus parientes y para el poblado en general. Por ello, y para
evitar su venganza, se intenta apaciguarlos y controlar su
fuerza maléfica, mediante un procedimiento que sea de su
agrado, y que la sabiduría heredada de los mayores dice que
debe ser una figura tallada en madera, que no ha de parecerse
a nadie en concreto, sino tan solo evocar a los difuntos.
(*)
(*) Fuente: Carmen Huera, "El
arte negroafricano", en ¿Cómo reconocer el arte
negrofricano?, Barcelona, Edunsa, 1996, pp.
18-23.
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A
la izquierda, detalle de Las señoritas de Avignon, obra de
1907 de Pablo Picaso; a la derecha su posible modelo
africano: una máscara del
Zaire. |
Galería Arte africano
(Aclaración: todas
las fotografías pueden ser ampliadas mediante un clik; en la
ampliación, al pie de las imágenes, hallarán epígrafes
explicativos)
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9
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Fuente de
las ilustraciones: Historia del Arte, V.1, Barcelona, Salvat,
2000; Atlas culturales del mundo: África. El despertar de un
continente, V.1, Barcelona, Ediciones Folio, 1995; Carmen
Huera, "El arte negroafricano", en ¿Cómo reconocer el arte
negrofricano?, Barcelona, Edunsa, 1996.
Imágenes 10 y 12 de Eliot Elisofon.
Agradecimiento a Natalia Lotero por la colaboración
en la realización de esta
galería. |
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Bibliografía
recomendada:
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Los apoyacabezas de los Luba del
Congo, tenían como propósito proteger los
preciosos peinados de los mujeres lubas. A veces
estas esculturas, junto con unas estructuras
rectangulares, eran usados para practicar la
adivinación. |
Beatriz Hilda Grand Ruiz, África.
Su pensamiento tradicional, Buenos Aires, ed.
Clepsidra, 1991.
-El tambor africano, Buenos Aires,
ed. Clepsidra.
Ivan Bargna, Arte Africano, Madrid,
Ed. Libsa, 2000.
Historia del Arte, V.1,
Barcelona, Salvat, 2000.
Jocelyn Murray, África. El
despertar de un continente, V.1, Barcelona, Ediciones
Folio, 1995.
Carmen Huera, "El arte
negroafricano", en ¿Cómo reconocer el arte
negrofricano?, Barcelona, Edunsa, 1996.
Parrinder, Geoffrrey, La religión
africana tradicional, Buenos Aires, Ed.
Lidium.
Leo Frobenius, El decamerón negro,
cuentos y leyendas de África, Bs. Aires, Ed.
Convergencia.
Sartre, Jean Paul, El negro y su
arte, Bs. Aires, ed. Decaulion.
Deschams, Hubert, Las religiones
del África negra, Bs Aires, Eudeba.
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