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Pintura
de invierno, Giudecca, Abril, 1966. En esta pintura,
el rostro pierde su forma natural para devenbir líneas
de expansión y compenetración con el espacio
invernal. Arriba, como emplazado en el centro de la escena,
un árbol, ancestral símbolo de la fuente originaria
de la vida rematado por la típica cúpula-cebola
de inspiración bizantina.
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