I
En el teatro bailan las
velas. El espacio, antes sólo ocupado por el aire, por sillas,
paredes y palcos, se diversifica en vestidos, fracs, cuerpos…
miradas expectantes…oídos abiertos a lo desconocido.
La orquesta se
reconcentra en sí misma. Luego, brazos e instrumentos frotan las
superficies. Las notas bailan. Anillos de vibración se mezclan. La
música sinfónica estremece la sala. De espaldas, el público ve al
director. Al compositor. Al creador sordo. El río sinfónico fluye
más largamente que las sinfonías anteriores. Los sonidos siguen
complejos hilos desde los pentagramas hasta los oídos. La melodía
asciende. La potencia del sonido se convierte en felinos a punto de
lanzar su zarpazo inesperado…
… eso inesperado
entonces estalla. Muchas voces humanas se unen en una avalancha de
calor. En el canto coral de la novena sinfonía arde un volcán
perdido. Ahora recuperado. El coro le canta a la alegría, a la
fraternidad, a la diosa, a la naturaleza de la gran fuerza. El
edificio cerrado del teatro ahora desnuda grietas, aberturas. Un
afuera. Al que los sonidos llegan. Allí, al fin, la piel roza lo
que se fuga del verbo…
La música y el afuera.
La música del creador de un himno a la alegría y un pensador, que
piensa ese afuera. Un indagador de la locura y el poder. El
pensamiento del afuera es publicado por Foucault en 1966. Su
índole inicial es una aproximación crítica a la obra de Maurice
Blanchot. Aquí, el autor de la Historia de la locura y
Las palabras y las cosas, medita sobre el adentro y el afuera.
El adentro es mapa y frontera del discurso, del conocimiento
proposicional, del lenguaje que blande un sujeto racional para
tratar de expresar lo real, y para exhalar una supuesta verdad que
es por el concepto. El afuera, por contrapartida, es sitio que
escapa al lenguaje del discurso racional. Es lugar silencioso,
exterior al sujeto, sólo visitado y explorado por la experiencia
artística (y también, seguramente, por la conmoción mística,
aunque Foucault lo niegue). Una exploración que luego se expresa
por la imagen literaria, la metáfora, el simbolismo. El afuera es
vehemencia felina cuyo juego es quemar las fronteras del logos. El afuera emplaza al
conocimiento racional dentro de sus murallas-límites; y señala la
ilusión de toda episteme de aspiraciones totalizantes. A través
del afuera, Foucault deviene pensador de lo a-lógico, de una
entraña pre-racional de lo real (1).
Luego veremos
particularmente la meditación foucoltiana sobre el interior del
sujeto y el afuera. Ahora destacamos que Foucault piensa cierta
estela de grandes artistas que exploran el afuera: Nietzsche, el
Marqués de Sade, Stéphane Mallarmé, Hölderlin, Pierre Klossowski,
George Bataille...
Pero también,
pensamos, que el pensador galo pudo (¿o debió?) invocar a Beethoven como otro gran
explorador del afuera. Desde esa omisión intentaremos pensar aquí.
La música griega o la medieval es escalera hacia alguna forma de
divinidad. Luego, cuando la modernidad despliega sus alas, la
música será principalmente vehículo de expresión del mundo
humano y sus sentimientos.
Según nuestro parecer,
en la empresa creadora de Beethoven la música combina dos
movimientos: autoexpresión de lo individual (modernidad), y un
restablecido contacto con lo sobrehumano (un rasgo premoderno). En
este último latido del mago de Bonn, la música es derrame hacia el
afuera.
En nuestro ensayo que
se inicia nos proponemos pensar el lugar de la irradiación musical
beethoveniana. Antes, estudiaremos cómo la música cambia desde su
salto hacia lo divino hasta su reducción a la dimensión del
sentimiento humano.
Pero, más allá,
nuestra meta es meditar en el poder de lo musical como línea de
fuga hacia un devenir cuya exuberancia vital no tolera ninguna
verdad estática.
El afuera es algo más
que un gesto crítico respeto a las pretensiones de la explicación
conceptual. Es una región de sentido volátil que escapará siempre
a la identidad lógica. Por eso, el modo arquetípico de su
aparición es lo inesperado, lo antes no pensado, o el estallido de un
torbellino sensorial que despierta la sospecha de una potencia
abisal que, debajo de los volcanes, siempre juega, se mueve. Cambia.
Sólo desde la distancia, la palabra de la filosofía o de la
poesía contemplan y especulan sobre el afuera. Porque el afuera es la
percepción que sabe más por la profundización de las
sensaciones (no de los conceptos).
El afuera es la tierra
al ser tocada por una gota de lluvia. O por el tridente del sonido…
II
El pensador escudriña
el mar. Disfruta del viento. Contempla el universo. Y Pitágoras
observa la cuerda. Estudia los sonidos que producen sus diferentes
partes. Y descubre que, tras la generación de los sonidos, hay una
regularidad, una continuidad, una armonía, que se expresa por el
número. El número es el principio creador y ordenador de todas las
cosas. La matemática sustenta un orden universal. La música como
armonía de las esferas es su máximo ejemplo:
"Al moverse
los astros nace una armonía, puesto que sus ruidos son
armónicos...y, suponiendo que también las velocidades tienen por
las distancias las relaciones de los acordes musicales, dicen que es
armonioso el sonido de los astros que se mueven en círculo."
(2)
Una música de
perfección eterna vibra en el movimiento de estrellas y
planetas. La escucha de esta musicalidad celeste es un acercarse a
la arquitectura superior del cosmos. La música ya es así reptil
que salta hacia lo que supera al hombre.
El salto de la cobra de
los sonidos hacia lo alto es continuado por la sensibilidad y el
pensar medievales. En la edad media, San Agustín (354-430), en su
tratado De música, manifiesta que la música es hermosa
"porque las partes semejantes son restablecidas por un cierto
modo ensamblando a la unidad de una armonía" (3).
El autor de Las
confesiones o La ciudad de Dios, precisa que la música es
revelación de la belleza del universo uno. Descubre la armonía
universal. Y lo hace mediante sonidos regulados por números y
proporciones; una gama de elementos empleados por el creador para la
creación del mundo. Al ser estudiada por la razón, la música es
sendero hacia la comprensión de las leyes del universo. La
razón-música nos conduce
a una contemplación o reconocimiento místico de la gran
arquitectura divina. Una continuidad de la idea griega pitagórica,
y platónica, de la correlación entre música y matemáticas, que,
en el siglo II d.c., Claudio Ptolomeo desarrolla en su tratado de
teoría musical, el Harmónicos.
Y en la transición entre
la antigüedad pagana y el orden medieval cristiano, Boecio también
atiende a las espirales ascendentes de la música.
Anicio Manlio Torcuato
Severino Boecio (480-525), filósofo romano, procede de la familia
romana de los Anicia, convertida al cristianismo. Estudia
retórica y filosofía. En Atenas profundiza su saber. En 510 es
nombrado cónsul ordinarius. En 522 ó 523 adquiere el rango
de magister officiorum, investidura próxima a la de un
primer ministro, en el reino ostrogodo de Teodorico. El poder
político e intelectual del filósofo genera sospechas. Seguramente
de forma equivocada, es acusado entonces de conspiración.
Encarcelado y torturado, Boecio es decapitado al norte de Pavía.
Dentro de los surcos de
su obra, Boecio traduce parcialmente a Aristóteles, Platón, y la Isagoge
de Porfirio. Gilson lo reconoce como la máxima autoridad de lógica
en el contexto de la escolástica medieval. Su obra
fundamental es De consolatione Philosophiae (4).
En De Institutione
musica, continúa y enriquece la meditación agustiniana sobre
la música, y ensaya su famosa clasificación tripartita de la
música: la música mundana (la música de las órbitas
planetarias; de las estaciones y los elementos); la música
humana (que teje la unión entre el cuerpo y el alma); la musica
instrumentalis (que incluye el registro vocal e instrumental).
Para Boecio, como para Agustín, el verdadero músico es el musicus,
el teórico, no el cantor, el practicante, el ejecutor. El bálsamo
más rico que entrega la música, no es principalmente una emoción
estética. Es una competencia o poder cognoscitivo de la razón.
Porque a través de la razón y la comprensión de las leyes de la
música se conoce, a su vez, la entraña suprasensible del mundo. Y
esto explica porque en la edad media la música se vincula con la
ciencia antes que con el arte; lo cual se refleja en la
clasificación de las artes liberales del trivium
(gramática, lógica, retórica), y el quadrivium (que
incluye aritmética, geométrica, astronomía, y música).
El músico auténtico
es el que al comprender las leyes de la música como regularidad
matemática entiende, en un mismo respiro, la realidad divina.
Porque el mundo es creado a imagen y semejanza de Dios. Y para el
oído medieval el llamado canto gregoriano también revela la
divinidad, con independencia de la razón. El canto gregoriano es canto monódico, cantado por una
sola voz, a capella, solista, o en coro. Este canto resuena hipnótico
en las iglesias y abadías. Los efectos del cantar monástico gregoriano son dobles:
comunidad horizontal entre los monjes cantores, o comunidad vertical
con lo divino que desciende de lo alto.
En el año mil nace la
polifonía. Música compuesta originalmente a tres voces. En el
atardecer del siglo XII, el Codex Calinixtinus documenta los
cánticos más antiguos que se escucharon en el camino de Santiago
de Compostela. Léonin, actuario de Notre-Dame, recoge grandes
composiciones polifónicas en el Magnus Liber Organo. Con
Pérotin, que compone en la gran catedral parisina entre 1180 al
1230, la polifonía pasa de las tres a las cuatro voces. La gran
polifonía nace en las catedrales góticas. Y las voces que se
superponen descansan en intervalos consonantes. Entonces hay
armonía; y, por lo sensible, se revela el más allá. En la música
polifónica se refleja la jerarquía de la sociedad medieval y el
dios omnipresente. La polifonía musical es mediación entre el abajo y el arriba.
Primero el músico es
anónimo, como los escultores de capiteles romanos y de las
catedrales del gótico. El artista se debe a la comunidad. Su
destino es elevar el sentimiento espiritual del sujeto popular o
colectivo. El músico no busca la expresión individual. Pero la polifonía,
por su complejidad, obliga a una intervención cada vez más activa del
compositor. El artista comienza así a firmar sus obras. Una
emergencia gradual de la individualidad semejante a la de los
trovadores. Entre ellos reverberan con especial ardor la voz y el
cancionero de Jaufré Rudel, Marcabru, o Guillermo IX, conde de
Poitiers y duque de Aquitania. El amor cortés del trovador venera a
la Dama del castillo, identificada a veces con la Virgen María (5).
Los trovadores dejan
como legado aproximadamente cinco mil poemas firmados. El poeta
escribe ahora en primera persona. El sentido de la creación
individual y en expansión es continuado por Guillaume de Machaut,
gran promotor de la corriente musical del ars nova en el
siglo XIV. Machaut se convierte en el primer músico reconocido en toda
Europa. Su obra fundamental es la Misa de Notre-Dame. La edad
de oro de la polifonía resplandece en Flandes y en el ducado de
Borgoña en el período de 1450 a 1550. Los compositores más
centelleantes son Dufay, Binchois, Ockeghem, Obrecht, Josquin de
Pres.
Ockeghem elabora una
música de intensa densidad, donde no se reconoce una melódica única. Es un ars perfecta. Aquí la música invita
a la contemplación. Pero no habla, no entrega la palabra de una
canción reconocible.
Las técnicas se hacen
más individualizadas por la compleja acción compositiva del
artista. Lo individual asciende con vigor también a través del
arte del retrato. Rembrant, los pintores flamencos (como Van Eyck en
su La virgen del canciller Rolin), rozan la perfección en
la expresión del rostro humano, y la singularidad enigmática de
sus gestos.
En las explanadas ya de
las muchas pasiones e inquietudes del hombre del Renacimiento, el
retrato convive con la creciente valorización del hombre, de su
libertad y dignidad. Es la fuerza laudatoria de la humanitas
cultivada por los humanistas como Pico Della Mirandolla (6).
La creencia cristiana permanece todavía sobre pilares sólidos.
Pero que ahora convive con los nuevos aires de exaltación del
sujeto y sus poderes; y también con la agitación protestante. La
doctrina luterana avala el derecho del hombre como libre intérprete
de los sentidos latentes del texto bíblico.
Pero
no sólo se defiende el derecho de la interpretación. La
comprensión de lo cantado es pregonada tanto por la
reforma como por el catolicismo. Comienza entonces un distanciamiento
gradual del efecto puramente musical, y no verbal, de la
polifonía.
Y dentro de
la convergencia de paganismo y cristianismo en el Renacimiento,
en 1501 Pietro Bembo valora la música verbal de la poesía de
Petrarca. Desde su lírica, desde el ritmo de las palabras (no
sólo de Petrarca, sino también de Tasso o Ariosto), la
creación musical encuentra un nuevo modelo: una música que
ahora habla. La música que convive con una voz
inteligible, comprensible. Un nuevo género de música profana,
el madrigal, alimentará especialmente esta inteligibilidad de
la letra cantada.
Claudio
Monteverdi defiende la primacía del texto, de un canto
declamatorio, antes que de lo melódico. En 1600 estalla la
polémica con el canónigo de Bolonia, Giovanni Maria Artusi.
Artusi lo acusa de degradar la música por priorizar el discurso
(lo que se canta) antes que la armonía estrictamente musical. Luego de un periodo de silencio, Monteverdi responde. En 1605,
en el prefacio de su Quinto libro de madrigales defiende la seconda
prattica:
"El
contradictor entiende...como primera práctica que tiene por
objeto la perfección de la armonía, es decir, la que considera
que la armonía no es mandada, sino que manda, que no es sierva,
sino señora del discurso. Como segunda práctica...entiende...la que considera que la armonía es
mandada, porque no manda, que convierte al discurso en amo de la
armonía" (7).
La armonía,
subordinada ahora al discurso, no expresa ya un orden cósmico, la
belleza divina y la eternidad. La música es representación del
sujeto, manifestación sonora de sus emociones. En esta nueva
modalidad compositiva se explaya el género musical al que
Monteverdi le otorga nacimiento: la ópera. En óperas como Orfeo,
Ulises, Popea, el cantor es ahora cantante-actor; el
yo que interpreta y exterioriza sus sentimientos. Nace un
recitar cantado.
Y
Ulises no es ya el héroe, el líder astuto de la guerra de
Troya y del regreso, acribillado de pruebas y proezas, a Itaca,
donde lo espera la fiel Penélope. El que no cae en la trampa de
Circe, no es ya un personaje heroico de la antigüedad,
sino un hombre arrebujado de virtudes y vicios. Es un personaje
de la Venecia de su tiempo, un cortesano, un hombre del poder. El
mito ya no es el paradigma del arte del Renacimiento sino, al
revés, la naturaleza humana absorbe al mito.
En la ópera
cada personaje merece un tratamiento melódico propio, una
identidad musical. Y el hombre es el centro exclusivo de la
representación dramática. En el drama operístico, el humano
se enfrenta a su propio misterio. Pero, luego, en el
romanticismo, su misterio coincidirá con otro mayor…
IV
El
romanticismo celebra la grandeza del yo creador. Para que el
individuo goce con sus poderes creativos primero debe destruir
el arte codificado. El neoclasicismo. La estética neoclásica
en el siglo XVIII regresa a la exactitud y la proporción, y se
somete a formas canonizadas de creación. Un orden ya brilla en
el mundo exterior visible, o en el orden imperceptible y
racional de la naturaleza. El artista neoclásico es espejo que
refleja ese orden. El romántico, por el contrario, habla la
lengua de volcanes y estallidos, no de lisas superficies de
espejos que reflejan una belleza anterior. La imagen, la
combinación sonora, la cadencia de un verso, nace desde el
interior del sujeto. La interioridad subjetiva es corriente de
imaginación, de fantasía, de una libertad expresiva que
destruye preceptos. En la demolición de la normativa de un arte
oficial o académico, crece la confianza en las libres potencias
creadoras.
El yo
romántico ama lo heroico. El heroísmo de la fantasía creadora
que no teme arremeter contra la tradición y lo establecido.
Y además del acto creador, el romántico ama la
aventura, la exploración de tierras exóticas, la veneración
de la naturaleza, y de las magias lunares, y de lo oscuro y la
noche. Sabe que puede contemplar y admirar el sol. Pero no puede
ya participar plenamente de su calor. La frialdad del tiempo
racionalista, del industrialismo que desencanta la materia, es
el laberinto del que no se puede escapar. El yo romántico es
canto, alegría genésica. Y también conciencia trágica de la
separación insalvable de las fuerzas de un cosmos vivo.
Pero el
sentimiento trágico no debilita la obsesión por crear. Por el
contrario, la enardece.
En la
pintura de Delacroix se enciende el color. Lo colorido resalta las
pasiones. El color se emancipa del dibujo, de la línea y la
forma. En la poesía, el verso niega las métricas opresivas. El
verso se hace libre. En la música, Berlioz representa la
individualidad heroica que crea una nueva forma de orquesta, que
aumenta los músicos para densificar la masa sonora hasta el
extremo del vértigo y la apoteosis. Berlioz es el primer
director de orquesta típicamente moderno. Desde su dirección
personalista conduce las tormentas o los remansos sonoros de su Sinfonía
fantástica o su Réquiem.
En Berlioz
la música es expresión del individuo; no es ya ascenso hacia
alturas divinas. Berlioz es el genio de la radical
originalidad que se declara ateo. No hay ninguna realidad
trashumana a percibir. Su arte es calle de dirección única. La
música es el elixir de la gloria personal.
Por eso,
será en Beethoven en quien la música respirará con un
movimiento doble. Con el signo bifronte de la expresión del
propio genio creador, y del encuentro con un rayo superior al
hombre. La pasión romántica por lo humano, y lo sublime…
V
El
día besa los árboles. El sendero es visitado por un viento del
norte. El músico camina. Observa. Respira el aire, siempre
caliente en sus pulmones. Nunca abandona su libro de notas. Un
pájaro canta. Unas ramas se mecen. En el sendero, una roca
muestra su color. Para el caminante, el más pequeño movimiento
del bosque se convierte en sonido, en una combinación de notas
que corren. Con rápidos trazos. En el cuaderno de anotaciones. Y la música llega cuando ella lo dispone. Pero hay que
escuchar, aun con oídos lastimados por la sordera...
Al que
camina, sus contemporáneos lo creen sordo. Pero su silencio no
es desierto. Es el cascabel que resuena en la noche donde los
soles arden, desde el principio…
Beethoven
defiende su dignidad de artista, a diferencia de Mozart (8). En 1806, el príncipe Lichnowsky le ordena interpretar
unas piezas de piano. Pero el sordo que oye se revela: "Ha
habido y habrá miles de príncipes, pero hay un solo Beethoven…".
Hijo de un
músico borracho, el genio es un niño prodigio. En 1778, a los
ocho años, da su primer concierto. Pero su fama inicial es como
pianista. Es un gran improvisador. "Tal vez… el
improvisador más grande que haya existido" (9). Como todo genio real,
Beethoven es explorador incansable de lo amplio. Una
especialización no puede satisfacerlo. Por eso, además de la
música, bracea con placer en las diversas literaturas
de Homero, Shakespeare, Goethe, Schiller...
Estudia con
Haydn. Y se distingue por su desorden (10), y por sus pasiones
eróticas, que se dejan translucir, en parte, en su célebre
carta "A mi Amada Inmortal", y en otras epístolas.
A comienzos
del siglo XIX, empieza a perder la audición. En 1802, de forma
prematura, redacta su testamento en la aldea de Heiligenstadt.
Entre sus líneas desgarradas, pide comprensión por su
temperamento brusco. Su aparente misoginia oculta un gran
sentido de hermandad. Su sordera contribuye a aislarlo de su
entorno social en Viena. Pero la enfermedad fortalece su veta
heroica. Persiste en su acto creador bajo un dolor muchas veces desesperante.
Antes del
declive de su audición física, Beethoven muestra un oído
absoluto, un timbre absoluto. Puede reconocer cualquier nota sin
piano o diapasón. Pero luego de su sordera insipiente, compone
sólo por el oído interior.
En 1805 estrena
la tercera sinfonía, la Sinfonía heroica. Beethoven se
considera republicano, y como relata la famosa leyenda, piensa
originalmente en dedicar la obra a Napoleón. Pero suprime la
dedicatoria cuando éste se corona como emperador en Notre- Dame,
en 1804.
La
música de sus dos primeras sinfonías, la Patética o Claro
de Luna, pertenecen aún al siglo XVIII. La Heroica
es otro comienzo. La partitura es gigantesca, titánica en su
ambición creativa, y altamente compleja en su ejecución
técnica. Es la sinfonía más larga hasta entonces (tres veces
más extensa, que cualquier sinfonía de entonces). En ella
circula una fuerza mayúscula, un plexo de disonancias y
armonías intrincadas. La Heroica es monumental. Su Finale
es una melodía tejida por una gran complejidad en sus
variaciones contrapuntísticas; el prefacio sonoro de una coda
de voltaje titánico.
Beethoven, a diferencia de Mozart, compone lentamente.
Pero también se diferencian por el hecho de que "Mozart se
sujeta a la restricción clásica, donde Beethoven desnuda su
alma de manera que todas la vean" (11).
La Quinta
sinfonía (1807) estalla con cuatro notas. Irrumpe
con un ritmo impulsivo, agudo, el preludio de un torrente de
resonancia dramática.
Y el creador
furioso menosprecia la música de programa. Su Sinfonía
pastoral (1808) carece de títulos orientadores. Para que la
música sugiera y no sea una descripción mediante sonidos.
El
virtuosísimo y la fuerza resurgen en El Concierto del
emperador. En la Missa solemnis se evidencia el poder
del creador alemán para sumergirse en un hondo sentimiento
devocional. Y para golpear las puertas del enigma divino.
Beethoven no compone para complacer, sino para
justificar su existencia artística. Y como antes Sócrates
paría, o ayudaba a parir, ideas, el gran músico pare
conceptos, símbolos. No sólo combinaciones sonoras.
En mayo de
1824, diez años después del debut de la Quinta sinfonía,
estrena la Novena sinfonía dedicada al emperador prusiano
Federico Guillermo III, en el Teatro de la Corte Imperial de
Viena. La sinfonía es, de nuevo, muy extensa. Y, por primera
vez, la música orquestal se fusiona con la voz humana. La
fuerza coral estalla con una intensidad orgiástica,
como en Carmina Burana de Carl Orff. El músico sordo compone
la Oda a la alegría, a pesar de su dolor y soledad. La
atracción de las cascadas es más grande…
Beethoven no piensa por conceptos razonados. Su filosofía es
una arquitectura musical. Piensa no por la deducción de
conceptos sino por la combinación de significantes acústicos.
En 1859, Adolf Bernhard Marx habla de la Idealmusik
beethoveniana. La música aquí es revelación, es fuerza ideal
(de tinte platónico); es manifestación de lo divino; de una
música de un stimmung místico y trascendentalista, muy
diferente de la música absoluta que propondrá como forma
superior de lo musical el formalismo de Hanslink (12).
El
efecto de la música que fluye desde los pentagramas de
Beethoven destruye la forma apolínea. Abre corrientes hacia lo
sublime. E.T.A. Hoffman observa que quienes escuchan la música
del genio de Bonn quedan suspendidos "hasta el final por un
profundo sentimiento de lo ilimitado". Lo ilimitado es la
sublimidad que despedaza límites. Lo ilimitado proyecta
infinitud. Lo infinito no como aspiración nebulosa, sino como
salto hacia una potencia abismal. Esta explosión
embriagante es celebrada por el romanticismo. Es una música de
apoteosis, que no permite definiciones claras. Percibir
esta música nada tiene que ver con la evaluación de una
técnica, de un estilo; percibir esta música es estar en un afuera que
estremece. Hace arder. En la realidad que se amplía...
V
El
laberinto deja que lo llamen "ciudad", para descansar
de su propio encierro. Los materiales de construcción son
distintos. El cemento es celoso de su diferencia con el cristal,
el hormigón, los plásticos, o las fibras ópticas. El cielo
sobre los edificios debiera ser la alteridad. Una cúpula que es
materia, no material. Pero en el laberinto no se desea ya
que el cielo sea del aire, o que la tierra, bajo los pilares
edilicios, sea lo distinto. Basta con que se integren, como materiales
arcaicos y pre-tecnológicos, al funcionamiento de la ciudad
laberíntica. Y en este lugar, los sonidos, las músicas, de
cantidades industriales, son también materiales de construcción
de nuevas músicas, destinadas a un mercado. La música
grabada se repite por la tecnología de la reproducción
mecánica. Pero en el fondo del oído cotidiano sobrevive un
tímpano selvático. Entre las imágenes electrónicas o los
chips de la ultra-sofisticación, el oído salvaje todavía
escucha vibraciones que traspasan la ciudad laberinto. Y esto
puede ocurrir cuando el oído selvático escucha un estallido
coral derramado por un sordo en su fiebre. Un oído libre,
limpio, al escuchar este estallido encuentra, sin saberlo, el
camino que lo devuelve a un algo que arde, afuera del
laberinto...
VI
Foucault piensa el
afuera como experiencia que supera los límites del
lenguaje. Nuestra cultura moderna racionalista introduce en
nosotros el hábito de identificar lo más real con lo
compresible o expresable desde el concepto, desde un enunciado o
proposición racional. La aceptación o la vivencia de un algo
fuera de lo decible o pensable es relegado a la
experiencia artística o mística. Pero como acontecimiento que
sólo tiene alguna plausibilidad cuando se lo convierte en
discurso, en explicación. El pensamiento acepta un afuera
pero a condición de trasformarlo en un nuevo concepto. Parte de
la pretensión originaria de la reflexión foucoltiana es la de
aceptar la alteridad del afuera, su carácter otro, siempre
sustituido por una enunciación. En ese paraje de la experiencia
humana posible, como antes adelantamos en el primer movimiento
de este ensayo, se mueve con naturalidad la aprehensión
sensitiva de lo que desborda lo enunciable por parte de algunos grandes artistas. El
pensar aquí busca, metafóricamente, indicar una cueva
des-conocida dentro del acantilado de lo conocido o pensable.
Pero ya no busca reemplazar la potencialidad desconocida dentro
de esta abertura por una nueva postulación racional.
El afuera primero
puede ser pensado, para luego ser explorado desde una
percepción sensible (no ya analítica o lógica). En la
meditación de Foucault, para
llegar a esta situación se debe sorprender, desde el
pensamiento, el movimiento por el que el lenguaje se derrama
fuera de sí mismo. Por eso: "el ser del lenguaje no
aparece por sí mismo más que en la desaparición del
sujeto" (13). La naturaleza más visceral de lo
lingüístico surge no cuando se habla sino cuando se suspende
el decir. En el momento de la suspensión de la enunciación se
suprime el sujeto parlante (el que habla), o el sujeto pensante
(el que piensa mediante conceptos). Surge así un vacío, un hiato.
En esa vacuidad el lenguaje no permanece inactivo, no espera su
regreso como nueva palabra o cadena de proposiciones. En el instante de la desaparición de un decir
el lenguaje se
derrama hacia el afuera, hacia lo infinito, que se sustrae del límite de
lo enunciable. Foucault no describe o explica el afuera como
tal. Esto sería caer en la ya aludida trampa de la sustitución
de lo no conceptual por lo conceptual. Sólo lo engarza con
estados como el vacío, la ausencia, la exterioridad. En todos
los casos, el afuera es brillo que emerge al pensar lo que se
mueve como ágil anguila de un devenir que precede al pensar
racional, a lo mismo, a lo que repite la identidad de lo ya
pensado.
En la meditación
foucoltiana, el afuera es otredad destinada a una exploración
artística que, luego, se
convierte en palabra literaria, en "la palabra de la
palabra" que testimonia distintas formas o estelas de la
visita del artista a la exterioridad donde ya no reina "el
sujeto que habla": "La palabra de la palabra nos
conduce por la literatura, pero quizá también por otros
caminos, a ese afuera donde desaparece el sujeto que habla"
(14).
Pero el afuera
puede ser convocado también "por otros caminos", como
quizá la experiencia de un primario estado musical o acústico
del ser. Descubrimiento que acomete Peter Sloterdijk en su obra Extrañamiento
del mundo (15). El yo cartesiano arriba a la certeza del cogito,
del yo pienso, a través de un pensarse a sí mismo, un
movimiento reflexivo. Y un verse a sí mismo. El sujeto se hace
presente a sí mismo por un pensamiento visual.
Pero el sujeto que se piensa primero
debe escucharse. Por debajo del cogito fluye la precedencia de
lo auditivo: antes de pensarse, el yo se escucha en su hablarse. El cogito no
es ya conceptual. Es plasticidad musical de una palabra que
sólo puede ser pensada si primero se escucha. La experiencia
más originaria es un estado musical del ser, que palpita en un
afuera del sujeto que se cree sólo, o esencialmente, sujeto
racional.
El primer acto del
sujeto es así la musical escucha de sí. Lo musical asoma
como flecha privilegiada hacia la exploración del afuera.
Porque antes de la conciencia que razona es la
vibración, lo acústico, lo audible. Acaso por esto, desde el
alba ancestral de la humanidad, la música (y el sonido, su
núcleo) fue asociado con la creación del universo. Como en
muchas tradiciones, el mundo es creado desde un sonido, una
palabra, una potencia o estado musical (16). Una
generación musical de la vida cuya naturaleza o misterio más
profundo permanece en un afuera respecto a toda explicación o evocación desde el lenguaje.
Así, por la
creación musical el afuera puede ser especialmente explorado, e
insinuado. John Cage vinculó esta experiencia con una recuperada
percepción del silencio. La suavización o extinción de las
notas o sonidos
particulares se funde, finalmente, con el silencio como un único
sonido que se repite o continúa, como en Tabula rasa de
Arvo Pärt.
Pero la salida fuera de lo
conocido o experimentado también puede acontecer por la
potencia exasperada del sonido. Por el estallido
inesperado del canto; por la alegría beethoveniana que estalla,
y que es alegría del ser. La salida a lo otro por una
música de estallidos e inmersiones (17). Una música en la que un músico
sordo nunca dejó de escuchar las vibraciones más potentes que
suben. Desde el fondo de las corrientes. (*)
(*) Fuente: Esteban
Ierardo, "La salida al afuera. Beethoven, Foucault y el
afuera", editado aquí de manera original, julio 2008.
Citas:
(1) Michel Foucault,
El pensamiento del afuera, Valencia,
Ed. Pre-Textos (traducción Manuel Arranz Lázaro).
(2) Pasaje sobre
los pitagóricos en Aristóteles, De coelo B 9, 290b 12,
citado en Wladyslaw Tatarkiewicz, Historia de la estética. I.
La estética antigua, Madrid, Akal, 1987, p.93.
(3) Citado en
Bernard Foccroulle, "La música y el nacimiento del individuo
moderno", en El nacimiento del individuo en el arte, Buenos
Aires, Nueva Visión, 2006, p. 28.
(4) En este
célebre diálogo, el propio filósofo dialoga con la Filosofía, personaje
alegórico femenino. La Filosofía se le presenta al
pensador para filosofar sobre el destino, para esclarecer la
cuestión de por qué los indignos parecen ser favorecidos y no
los justos. En una conexión parcial con la ética socrática
desplegada en La apología de Sócrates, la
Filosofía afirma que la auténtica felicidad surge de la indiferencia a los bienes terrenales y
de la ponderación de un
bien inmutable identificado con una Providencia universal,
concepción presente también en el pensamiento estoico. La obra
fue escrita durante su cautiverio que concluye con su
ejecución. Con este texto y otros posteriores dedicados a la
música, la teología, la geometría, o la astronomía, Boecio
cumple con el papel que se le reconoce habitualmente de
transmisor de la cultura clásica en los
umbrales de la edad media.
(5) Ver
Georges Duby, El amor cortés y otros ensayos, Madrid, ed.
Alianza.
(6)
Ver Pico della Mirandolla, Discurso sobre la dignidad humana (1494).
(7)
Bernard Foccroulle, "La música y el nacimiento...",
op.cit., pp.43-44.
(8)
Mozart aún se concebía como un artesano o un artífice en la
vieja tradición griega o medieval. En el Renacimiento El Greco
es antecedente de una orgullosa conciencia de la propia
valía del artista, pero la vehemencia desafiante a los
poderosos no es un rasgo de personalidad de Mozart, pero sí de
Beethoven. En las cartas mozartianas, por ejemplo, no
aparece la autoatribución de la dignidad del artista Y en el
momento del almuerzo, durante sus servicios musicales a la
aristocracia, comía con la servidumbre y no en la misma mesa de
su protectores.
(9) Harold
Schonberg, "El revolucionario de Bonn: Ludwig van
Beethoven", en Los grandes compositores, Buenos Aires,
Javier Vergara editor, 1987, p. 105.
(10)
En 1809 Beethoven es visitado por el barón de Trémont. Luego
de su visita el barón dejó estas líneas para evocar el
particular modo de vida del gran creador sordo: "Imaginemos
el lugar más sombrío y desordenado que uno pudiera concebir;
las manchas de humedad cubría el cielo raso; un gran piano
viejo, sobre el cual el polvo disputaba el lugar a varias piezas
de música impresa y manuscrita; bajo el piano (no exagero) un
orinal lleno; al lado, una mesita de madera de avellano
acostumbrada a las frecuentes ocasiones en que se derriban los
útiles de escribir depositados sobre ella; una cantidad de
plumas con tinta incrustada, comparadas con las cuales las
tradicionales plumas de taberna relucirían; y más música. Las
sillas, la mayoría de caña, estaban cubiertas de platos que
exhibían los restos de la cena de la noche precedente, y con
prendas de vestir, etcétera.", H. Schonberg, op. cit.,
p. 104.
(11)
Ibid, p.133.
(12) Eduard
Hanslink publica en 1854 De lo bello en la música. Aquí se
opone a la música de las emociones intensificadas que pretenden
penetrar en un supuesto núcleo metafísico del ser. Hanslick
construye la estética del formalismo musical. La música es absoluta
porque es autorreferencial; sólo vale en sí misma, por la
consistencia y especificidad de su estructura, no ya por ningún
salto a un afuera del propio entramado compositivo. Así, Hanslick
polemiza con todo el romanticismo musical encabezado, en su fase de
auge por Wagner: "Para Hanslick, la de Wagner (y su Gesamtkunstwerk)
era más bien música del pasado -es decir romanticismo exagerado-
que música del futuro, y lo único que podía hacer era deplorar
que compositores como Bruckner y Richard Strauss hubiesen sigo
conquistados por ella. Hanslick había señalado las falacias
implícitas en esta visión de la música ya en 1854 en la primera
edición de su tratado De lo bello en la música, que
posteriormente tendría nueve ediciones alemanas, así como
traducciones al inglés, italiano, francés y ruso. La posición que
adopta en este ensayo es que la música, hablando en propiedad no es
un lenguaje de sentimiento según aseveraban los románticos, sino
una lógica del sonido en movimiento. Un mismo tono, arguye, puede
expresar con la misma facilidad alegría o tristeza, lo sublime o lo
ridículo. Admite que en la práctica la música suscita una
respuesta emocional en el auditorio, pero que esto es sólo un
aspecto secundario que la música posee en común con todas las
otras artes. (...) ¿Qué es entonces la materia o argumento de una
composición musical? Hanslick responde que no hay más argumento
que la propia idea musical: "El tema o los temas son el
argumento o materia reales de una pieza musical! (...) Así pues el
compositor es una especie de lógico cuyas operaciones no son
adecuadamente expresables en metalenguaje de ninguna clase. Por la
propia naturaleza de la música misma, toda tentativa de describir
en palabras lo que produce está condena al fracaso. 'Todas
las fantásticas descripciones, caracterizaciones y perífrasis son
ora metafóricas ora falsas. Lo que en otro arte es todavía
descriptivo, en música ya es figurativo. De la música es imposible
formar ninguna concepción cono no sea musical, y sólo se la puede
comprender y gozar por sí misma' ", en Allan Janik y Stephen
Toulmin, La Viena de Wittgenstein, Madrid, Tarus, 1987, pp.
131-32.
(13)
Michel Foucault,
El pensamiento del afuera, op. cit., p. 16.
(14) Ibid.,
p.14.
(15)
Ver Peter Sloterdijk, Extrañamiento
del mundo, Valencia, ed. Pretextos, 2001.
(16)
Ver Joachim Ernst Berendt,
Nada Brahma. Dios es sonido, ed. Abril.
(17) Inmersiones
en estados de densidad sensitiva y ahondamiento espiritual por
la creación musical son las ensayadas por Beethoven en muchas
de sus composiciones de su último período (composiciones de
este tenor son, por ejemplo, además de la Misa solemnis o
la Novena sinfonía, los cuartetos para cuerdas Opus
130 en si bemol, el 131 en do sostenido menor, el 132
en la menor). Otros estallidos
musicales que suscitan acaso algo cercano a un vigoroso y
efímero desplazamiento hacia el afuera son, estimamos, los que
surge en la música dionisíaca que Nietzsche piensa en
profundidad en El nacimiento de la tragedia, o en su
conferencia (preparatoria de esta obra) "La visión
dionisíaca del mundo"; y este tipo de detonaciones sonoras
extáticas acontecen también en la recuperada Música de las
esferas, del danés Langaard; el segundo
movimiento de El Concierto de Aranjuez, de Joaquín
Rodrigo, o las vehementes ebulliciones corales de Itaipú,
de Philip Glass.