... Las
expediciones militares de los generales Ramírez de Velazco y Luis
de Cabrera, fundaron los muros de una ciudad (de La Rioja);
pero sólo el auxilio de la predicación despejó los peligros que
mantuvieron en perpetua agitación a sus moradores, reduciendo a la
obediencia a los bravos diaguitas que los combatían desde la
llanura, y a los feroces calchaquíes que los aterraban desde las
montañas.
¿Quién
y cómo obró el prodigio de la conversión en masa de esas
puebladas nómadas, cuyas artes guerreras tenían tantos recursos de
destrucción? Allí están todavía palpitantes los recuerdos en la
memoria de los ancianos, que colora con relatos pintorescos y con
fiestas llenas de animación las descarnadas páginas de las
historias doctas de los Lozano y los Guevara.
Existe
en la ciudad una institución que recuerda y explica aquellos
sucesos lejanos: es la dinastía político-religiosa de los Nina,
quienes conservan el derecho de celebrar la gran solemnidad de la
conversión realizada por San Nicolás de Bari, auxiliado
milagrosamente por el Niño Jesús en un momento supremo. Los padres
jesuitas dieron forma litúrgica y social al hecho histórico,
organizando una cofradía de indígenas devotos al milagroso apóstol
y a su divino protector. Eligieron el más respetable de los indios
convertidos, y lo cubrieron con la regia de los Incas; diéronle el
gobierno inmediato de todas las tribus sometidas y el carácter de
gran sacerdote de la institución, como un trasunto del que
revestía el emperador del Cuzco. Los caciques obtuvieron el nombre
y oficio de alféreces, o caballeros de la improvisada
orden, especie de guardia montada que obedece idealmente al
Patriarca conquistador.
Doce
ancianos llamados cofrades, forman el Consejo de aquella
majestad extraña, como el Colegio de los Sacerdotes, que asistía a
los del Perú. Viene en seguida la clase popular de los allis,
u hombres buenos, que son los que, reconociendo la dignidad real del
Inca, y adictos a la festividad del Santo, dedícase al culto y a la
devoción del Niño Dios, erigido, según la tradición, en Alcalde
del mundo». Se le llama el Niño Alcalde, y San Nicolás
es su lugarteniente en la tierra.
Cuentan
los archivos orales de aquella curiosa monarquía, que los Caciques
fueron convertidos por San Nicolás en sus peregrinaciones por los
cerros del Oeste, y que, sublevadas las masas de indios, por no
consentir en aquel sometimiento de los jefes, hubo de producirse
tremenda catástrofe, cuando empuñando una vara de alcalde, vestido
con el traje e insignias de este título en aquella época,
destellando luces celestiales, irradiando sus ojillos azules y
brillando su cabellera rubia, se apareció en medio el Niño Jesús,
como la historia lo representa cuando predicaba entre los doctores
incrédulos. La fascinación fue repentina, el encanto deslumbrador,
y como fieras magnetizadas cayeron de rodillas los rebeldes
ante aquella varita, levantada en alto por un alcalde de doce años.
El
hermoso Niño bendijo aquel concurso que le adora con terror y emoción:
el atribulado apóstol le besó los pies, porque la aparición
sublime e inesperada le dejó atónito y transportado de divino
fervor. El maravilloso Alcalde le tocó con su mano cubriéndole de
gracia; y de pedir para sí los caciques y de cederle la chusma
innumerable, como un premio por su heroísmo y una confirmación de
su valimiento, desapareció en el espacio, dejando en el ambiente un
suavísimo perfume como de vaso sagrado, y una estela luminosa como
la de una estrella que rueda en la noche. La belicosa asamblea cambió
el aspecto tosco y gruñidor por el de la más sumisa devoción, y
fue a deponer sus furores y sus armas, a los pies del Patriarca,
ante cuyo poder de hacer prodigios hubieron de convencerse de que la
lucha era inútil, y que sus propios dioses le protegían de manera
tan visible.
Los
jesuitas, he dicho, recogieron aquel suceso para darle forma
tangible y práctica en el gobierno y en la religión; para combinar
los elementos salvajes con los cultos de aquella leyenda, y para
hacer entrar en la obscura conciencia de los indios la idea de las
dos potestades que gobiernan las sociedades humanas. La idea del Niño
Jesús convertido en Alcalde del mundo es algo que sale de los límites
de la invención vulgar y sencilla; despierta trascendentales
raciocinios, proyectando desarrollos vastísimos en el orden de las
reflexiones filosóficas.
El
municipio fue la primera forma de gobierno civilizado que conocieron
las poblaciones aborígenes; fue la que encontraron sus
descendientes mestizos y en la que se educaron los hijos de los
conquistadores, nacidos en la tierra conquistada. Unir el
pensamiento religioso con el pensamiento político, en aquella fórmula
material del Redentor de los hombres, alma única de la Iglesia, era
plantear ya el secular problema del gobierno católico, trasplantado
a la América en medio de la efervescencia de la lucha del viejo
mundo; y era sentar las bases, los puntos de partida de los futuros
gobiernos hispano-americanos.
Pero
vamos a la fiesta, a contemplar la obra de la fe y de la tradición
que la transmite y la vigoriza a través del tiempo. Mucho antes del
primer día de Enero, las señoras, se ocupan de los adornos de la
imagen de San Nicolás, el santo de tez morena que atestigua sus
largas, peregrinaciones por los desiertos. Colocado bajo un dosel de
flores doradas y blancas de reluciente esmalte, ostenta sus
vestiduras de raso, la túnica y la capa bordadas primorosamente y
rodeadas de flecos de oro; la corona de plata y la vara que termina
en una flor como un lirio, y los [65]
encajes finísimos que muestran sus orillas sobre los pies de madera
pintados de negro. La ciudad comienza a animarse porque van llegando
los visitadores, devotos y promesantes de todas partes de la
Provincia y de fuera de ella, a asistir a la festividad legendaria,
en la que todos esperan conseguir los dones suspirados para sus
hogares y haciendas, y para alivio de las dolencias que no pudieron
curar con la medicina de ellos conocida, ni con el auxilio de
brebajes consagrados con rezos y con signos de una cabalística
extraña. En otra casa se prepara y se viste al Niño Alcalde sobre
su pedestal sin dosel, porque tiene el inmenso, el inconmensurable
del cielo, donde domina como dueño absoluto.
Allá,
en un rancho miserable, el Inca descuelga el tambor tradicional, y
comienza a dar fuertes golpes llamando a su corte, que congrega sólo
una vez en el año; y llegan a acompañarlo los cofrades vestidos
con lo mejor, adornados con diademas o huinchas de las cuales
suspenden cintas de colores, y llevando pendiente del cuello, sobre
el pecho, un colgajo en donde han colocado espejitos de varios tamaños,
como queriendo significar que por allí se ve el corazón.
La
imagen del santo se halla expuesta en una sala, donde el Inca,
seguido de su corte pintorreada, como esos coros de óperas
representadas por artistas famélicos en un lugarejo de provincia,
penetra por primera vez a presentar el anual homenaje. Los
cofrades, los allis y los promesantes, son los que hacen séquito,
todos vestidos con trapos de colores, con papeles de esmalte y con
piezas de vidrio que, según he deducido, llevan como reliquias
imaginarias. Los alféreces han ido a formar la guardia de honor al
pequeño Alcalde, que pasa sus vísperas en la Iglesia Matriz. El día
siguiente, el primero del año, es el de las grandes emociones; el
gentío comienza a agolparse en el atrio del templo donde está el
Niño, donde se celebra la misa solemne con asistencia de todas las
personas reales, con cantos escritos en lengua quichua, cuya letra
es conservada y transmitida por el Inca a sus sucesores legítimos.
Allí tienen un sitio preferente y una parte designada en el
ceremonial. Cuando ha sonado la hora meridiana, se ve asomar a la
plaza mayor dos grandes grupos de gente: uno sale de la iglesia tras
de la imagen del Niño Alcalde, y otro detrás del Santo Patrono, y
ambos se dirigen a un mismo punto, a encontrarse enfrente de la casa
del gobierno de la Provincia.
El
sol abrasa la tierra, y del fondo de aquella masa de gente surgen
llamas de fuego impregnadas de ese olor peculiar a las grandes
agrupaciones. ¡Qué hermoso, qué risueño, qué majestuoso viene
el Niño, haciendo vibrar los flecos de oro de su casaca de
terciopelo negro! ¡Qué bien lleva y con cuánta gracia la gorra con plumas de color del azabache, encima de su cabecita
dorada como un manojo de espigas! ¡Con qué donaire cuelga la
capita sobre sus espaldas, y con cuánta majestad e imperio empuña
aquella vara con que a los hombres señala el derrotero de la vida,
a los reyes obliga a inclinar la cabeza, a los mares serena y a los
truenos impone silencio!
Las
mujeres del pueblo se apresuran, se aprietan, se apiñan y estiran
el cuello para verle mejor alzan en brazos a sus hijos para que
reciban un destello de esos ojos celestes, de donde creen, en su
inocencia primitiva, que van a obtener la divina unción y la salud
del alma y del cuerpo. Y aquellos ojitos pintados en la madera
pulida, rodeados de negras pestañas, están inmóviles y nada dicen
en verdad; pero ese pueblo fascinado por la belleza de la graciosa
imagen, se figura verlos movedizos, repartiendo miradas que son
bendiciones, y cree ver sonreír sus labios encarnados, como si se
sintiera satisfecho de la piedad de los devotos. Una música de violín
y tamboriles rústicos, ejecutada por artistas criollos, marca el
pausado compás de la marcha con sonidos apagados e intermitentes,
que más bien parecen el acompañamiento de un ajusticiado; pero en
medio del singular conjunto no serían reemplazados con mejor
efecto.
«Grave,
solemne, pausado» -como dice el poeta- sobre sus andas sostenidas por cuatro indios morrudos, se encamina
San Nicolás al encuentro de su protector. La masa del pueblo le
sigue el Inca va detrás en medio de dos cofrades que sostienen
sobre su cabeza, a modo de dosel, un arco forrado de tules de color
abullonados y entrecruzados por cintas de las cuales penden las
reliquias, como solían hacerlo en los tiempos antiguos el Inca
verdadero y sus mujeres. Impone una vaga tristeza aquel aire de
majestad que se toma el pobre Inca cuando ejerce su grave ministerio
y sacerdocio envuelto en una atmósfera de sueño y beatitud, con
los ojos cerrados, como contemplando un mundo ideal que no quisiera
ver disiparse con la luz del sol de Enero, entonando con voz
ahuecada y fatigosa por la edad y los achaques, ha canción
consagrada, al son monótono de su tamboril hereditario, sigue paso
a paso las andas tardías del Santo Patrono. De rato en rato, los diáconos
que le acompañan inclinan delante de él por tres veces
consecutivas el arco de las reliquias, mientras repite las palabras
de la adoración quichua a que hacen coro los demás:
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Santullay
santullay,
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Yayhuariscu
yayhuariscu,
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Achallay
mi santu,
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Chaimin
canqui,
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Achallay
mi Virgen etc.
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El
momento solemne llega: las dos procesiones se encuentran delante del
Cabildo de la ciudad, y se
detienen para que el divino Alcalde reciba la triple salutación de
su general, del que acaudilló en los tiempos de pruebas las huestes
indígenas sometidas por el poder de sus milagros. Las andas del
Santo Patriarca se inclinan tres veces delante del Niño, que ha
quedado inmóvil, imponiendo silencio a la multitud, con la faz
risueña y los ojos serenos fijos en actitud de bendición sobre su
pueblo, el cual le adora de rodillas en aquel mientras el Inca, que
conduce la ceremonia, entona con un coro de voces graves las
estrofas del himno de alabanza, alusivas a aquel punto del ritual.
Concluidas las salutaciones, los dos grupos dan vuelta con la misma
lentitud, desandando el camino hasta volver a sus sitiales.
La
fiesta religiosa, ha terminado, pero empieza la fiesta popular, el
regocijo callejero que se manifiesta en formas desbordadas y
silenciosas. El Inca entonces se toma unas horas de recreo, yendo a
presentar sus saludos oficiales al Gobernador de la provincia, quién
le recibe con respeto, y le habla de su dinastía, y del buen
derecho que lo asiste contra los que le disputan la legitimidad de
la corona. La visita se anuncia por unos leves sonidos del tamboril,
y en seguida canta con la misma gravedad religiosa «la canción de
los allis», como se llama popularmente, que lo mismo se emplea en
aras de las imágenes que en las visitas a las personas principales [70]
de la ciudad. Haciendo demostración de acatamiento a la autoridad,
pide permiso para que su gente corra a caballo por las
calles que se determinan, en caballos compuestos y adornados al
estilo que lo está ella misma. La concurrencia se dispersa en
grupos, luciendo con inocente vanidad sus colgajos de colores; y
cuando por vez primera presencié la fiesta, salían los salían los
gigantes mezclados con la multitud, haciendo chillar de miedo a los
niños y huir despavoridos, hasta soterrarse en el último rincón
de sus casas.
Aquellos
gigantes eran hombres añadidos con enormes máscaras de
proporciones colosales, de colores hirientes y de expresivos de
viveza o de estupidez, pero formando un conjunto desagradable, como
sucedería si al través de una lento de grandes dimensiones viésemos
el rostro humano aumentado en todos sus detalles: la cabeza como una
peña cubierta de troncos, la frente como una ladera de greda, las
cejas como colinas erizadas de espinas, los ojos como quebradas
donde hay dos grutas sin fondo, la boca como una hendedura bordada
de rocas calcáreas, vistas detrás del bosque que la circunda.
Vestidos
de hombre y de mujer, recorrían esos figurones las calles, bailando
y mostrando a uno y otro lado sus caretas estereotípicas, que
parecen a la imaginación como teniendo vida y movimiento;
haciendo contorsiones y dando saltos a la carrera con cierto compás,
como si siguieran una música que nadie oye; pero todo con tal
desabrimiento, que no puede evitarse una conmoción de disgusto
mezclado con cierto supersticioso temor de que vayan a aproximarse.
Y esos gigantes, cuyo simbolismo no he podido penetrar, asistían a
la misa y seguían con toda reverencia a la procesión. Creo, después
de haber oído las ingenuas interpretaciones populares, que aquella
exhibición tan curiosa no significaba sino un medio inventado para
llamar la atención de los indígenas, amigos entusiastas de todos
esos aparatos y mojigangas; pero se sabe que sólo los que habían
hecho una promesa al santo, podían vestirse con aquellos extraños
disfraces. Hoy ese detalle ya no existe, prohibido por las
autoridades, civil y eclesiástica, por razón del abuso a que
llegaron las máscaras y los movimientos de su grosera danza por las
calles, al amparo del disfraz conductor de la licencia.
Yo
he contemplado hace muy poco, con la más profunda tristeza, esa
fiesta indígena celebrada por gentes que en los días ordinarios
trabajan y se conducen como seres razonables; pero aquel día
parecen desenterrar de su sepulcro de tres siglos toda una época de
barbarie, para presentarla como en un teatro de raras exhibiciones.
Hay en ella como una vaga reminiscencia de esas procesiones báquicas
que precedieron a la formación de la tragedia helénica; una mezcla
informe de ritos idólatras y católicos, en la cual apenas puede
percibirse la línea divisoria, el pensamiento civilizador que
presidió a su invención, y el sentido del simbolismo encerrado en
cada uno de sus detalles. Pero es indudable que en su origen fue
claro y visible el significado, y que la transmisión
consuetudinaria de sus ritos, entre gentes sin la menor cultura
intelectual, fue mutilando las formas y suprimiendo muchas de las
ceremonias, hasta quedar sin unidad de acción, como esos
manuscritos en los cuales el tiempo ha borrado palabras y conceptos,
haciendo imposible la restauración del período.
Así,
tengo en mi poder, recogida de los labios del Inca actual, Eustoquio
Nina, la letra de la célebre canción quichua que, comenzada la víspera,
sigue en las salutaciones al Niño Jesús, al año nuevo y a la
Virgen Madre; continúa en la gran procesión y termina con un himno
de gracias por las cosechas de la tierra, y una especie de brindis a
la salud de los concurrentes; pero toda ella, escrita seguramente en
el quichua docto de los jesuitas, fue adulterada por la tradición
oral, pasándola maquinalmente de unos a otros sin comprender ya su
sentido, como si se quisiera reproducir en palabras los mil ruidos
nocturnos de una selva, y conservar en la memoria el conjunto de
monosílabos muertos e incoherentes que resultarían de
semejante operación mental. Restituir hoy esa canción a su
primitiva forma y lenguaje, es trabajo de paciencia y prolijo
estudio; pues habría que remontar por el análisis hasta la formación
del idioma mismo.
Debe
notarse que el clero no les presta su auxilio; la procesión es
puramente popular, y su sacerdote único el Inca, seguido de sus
cofrades y alféreces: pero está de tal manera arraigada en la
costumbre, que han sido vanas e impotentes las tentativas para
suprimirla. Gobernador hubo que queriendo prohibirla, provocó un
motín que puso su vida en peligro; y citando uno de los vicarios de
aquella iglesia impidió la entrada al templo a la procesión del Niño
Alcalde, suscitó en tal grado las iras de la muchedumbre, y tal
lluvia de improperios y obscenos insultos se atrajo de los hombres y
de las mujeres, -siempre, eso sí, salvo la corona y el hábito,-
que llegaron algunas de esas profetisas a augurarle una muerte
desesperante y horrible.
La
fatalidad se encarga muchas veces de confirmar las supersticiones y
las vagas profecías del vulgo, nacidas sin origen visible, a no ser
en ese pequeño tinte de venganza que colora las almas más
inofensivas. El Vicario cayó enfermo de una parálisis que le dejó
mudo y tullido hasta la muerte. «¡Ah! sí -rugía la plebe,
iluminada por aquella prueba de la ira celeste- no en vano se prohíbe
a nuestras queridas imágenes entrar al templo que pertenece a
todos los creyentes! Dios le ha castigado; ¡loado sea Dios!» Hace
poco fallecía un benemérito y austero sacerdote de aquella
provincia, fray Laurencio Torres, y el pueblo dijo también que había
allí un castigo de Dios, porque intentó suprimir la festividad de
Enero.
¡Pobres
creyentes! dejémoslos pasar con sus ilusiones y su fe, que al fin
ellos no sienten la oleada que va sepultando sus costumbres
primitivas, no dándoles tiempo para preocuparse de ellas con
exceso. Dejemos al pobre Nina adornarse puerilmente cada año, soñando
quizá que es un rey desterrado dentro de su tierra, encima de su
trono, apenas vislumbrado en su ignorancia unas cuantas horas. Allí
está para perdonarlos aquella hermosa creación del Niño Alcalde,
que no puede mirarse sin sentir conmovido el corazón por
reminiscencias tristes de un pasado sombrío, y lleno a la vez de
martirios y abnegaciones sin límite. Sí, él es todo, es el
detalle poético de la prosaica fiesta, y se sobrepone al conjunto
grosero como una música tierna encima de un desordenado y confuso
griterío, como una flor solitaria sobre la selva desvestida por el
incendio, como un rayo de luz en medio de una multitud de esqueletos
que danzan con sus muecas horrendas.
Impresión
indecible produce aquella procesión sin sacerdotes y sin
himnos sagrados, sin incienso y sin vestiduras relucientes; diríase
que es un pueblo maldito que marcha al destierro, llevando sus
dioses tutelares al rumor de los cantos dolientes de la despedida, a
buscar en climas remotos una tierra hospitalaria y una roca donde
reconstruir los altares. Sí, dejémoslos gozar de su sueño
fugitivo y al pobre Inca esperar la muerte envuelto en el raído
manto de su grandeza sepultada. Los años corren veloces, y ya la
llama que va a quemar sus andrajosos adornos se cierne, sobre sus
cabezas. (*)
(*)
Fuente: Joaquín V. González,
Mis montañas, en Obras completas, V. XVII, Universidad
de la Plata, 1936.