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LA FIESTA DEL NIÑO ALCALDE

 

Procesión durante la Fiesta del Niño Alcalde en la Provincia de la Rioja, Argentina. Foto página de la Festividad, también llamada Tinkunako

  

  El 31 de diciembre, en la Provincia de la Rioja, en la República Argentiba, se inicia la Fiesta del Niño Alcalde que culmina el 3 de enero. También es conocida como la Festividad de Tinkunako o encuentro. Según la tradición, la imagen del Niño Alcade fue hallada por Dan Francisco Solano, famoso misionero cristiano que tocaba con maestría el violín. En una oportunidad, 20.000 indígenas amenazaron con destruir la ciudad de La Rioja. San francisco Solano les salió entonces a su encuentro con una imagen del Niño Jesús, mientras le arrebataba a su violín maravilloso sonidos. Los indígenas se calmaron. Desde entonces, la imagen del Niño Jesús se llama "el Alcalde del Mundo". La fiesta empezó a celebrarse hace más de trescientos años cuando se renovaban las autoridades españolas en el lugar.

  Según lo que refiere el gran folklorista argentino Felix Coluccio, autor de una valiosa obra sobre las fiestas populares, la Fiesta del Niño Alcade "se dividen en ¨allis¨ (hombres buenos de pueblo) y ¨alfereces¨. Una procesión lleva al Niño Jesús llamado en ese día (31 de diciembre-1 de enero) el "Alcalde del Mundo". Otra procesión se encarga de San Nicolás de Bari. Al mediodía se produce el "tincunaco", o sea el encuentro de ambas procesiones, San Nicolás hace tres reverencias al Alcalde del Mundo y los ¨allis¨ entonan un canto tradicional. Después el Niño Alcalde entra en la Catedral, donde permanece tres días. El 3 de enero, frente a la casa de Gobierno, San Nicolás despide al Niño Acalde. Este es llevado al convento de San Francisco y la imagen regresa a la catedral". Y durante la procesión "canticos indígenas de origen remoto entre los que se destaca el "Año Nuevo Pacarí", entonando por los "allis" durante el Tincunaco (¨encuentro¨) de las imágenes. " (*)

   En este nuevo momento de Fiestas populares de Temakel le presentamos un capítulo de Mis montañas, la clásica, aunque algo olvidada obra de Joaquín V. González, gran escritor argentino nativo de la provincia donde se desarrolla esta Fiesta del Niño Alcalde.

(*) Los datos bibliográficos de la obra en cuestión son: Félix Coluccio, Fiestas y celebraciones de la República Argentina, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra. Es una obra que recopila cientos de fiestas populares que se celebran en territorio argentino. Muy recomendable para un primer acercamiento a la temática.   

E.I

LA FESTIVIDAD DEL NIÑO ALCALDE

Por Joaquín V. González

    ... Las expediciones militares de los generales Ramírez de Velazco y Luis de Cabrera, fundaron los  muros de una ciudad (de La Rioja); pero sólo el auxilio de la predicación despejó los peligros que mantuvieron en perpetua agitación a sus moradores, reduciendo a la obediencia a los bravos diaguitas que los combatían desde la llanura, y a los feroces calchaquíes que los aterraban desde las montañas.

     ¿Quién y cómo obró el prodigio de la conversión en masa de esas puebladas nómadas, cuyas artes guerreras tenían tantos recursos de destrucción? Allí están todavía palpitantes los recuerdos en la memoria de los ancianos, que colora con relatos pintorescos y con fiestas llenas de animación las descarnadas páginas de las historias doctas de los Lozano y los Guevara.

     Existe en la ciudad una institución que recuerda y explica aquellos sucesos lejanos: es la dinastía político-religiosa de los Nina, quienes conservan el derecho de celebrar la gran solemnidad de la conversión realizada por San Nicolás de Bari, auxiliado milagrosamente por el Niño Jesús en un momento supremo. Los padres jesuitas dieron forma litúrgica y social al hecho histórico, organizando una cofradía de indígenas devotos al milagroso apóstol y a su divino protector. Eligieron el más respetable de los indios convertidos, y lo cubrieron con la regia de los Incas; diéronle el gobierno inmediato de todas las tribus sometidas y el carácter de gran sacerdote de la institución, como un trasunto del que  revestía el emperador del Cuzco. Los caciques obtuvieron el nombre y oficio de alféreces, o caballeros de la improvisada orden, especie de guardia montada que obedece idealmente al Patriarca conquistador.

     Doce ancianos llamados cofrades, forman el Consejo de aquella majestad extraña, como el Colegio de los Sacerdotes, que asistía a los del Perú. Viene en seguida la clase popular de los allis, u hombres buenos, que son los que, reconociendo la dignidad real del Inca, y adictos a la festividad del Santo, dedícase al culto y a la devoción del Niño Dios, erigido, según la tradición, en Alcalde del mundo». Se le llama el Niño Alcalde, y San Nicolás es su lugarteniente en la tierra.

     Cuentan los archivos orales de aquella curiosa monarquía, que los Caciques fueron convertidos por San Nicolás en sus peregrinaciones por los cerros del Oeste, y que, sublevadas las masas de indios, por no consentir en aquel sometimiento de los jefes, hubo de producirse tremenda catástrofe, cuando empuñando una vara de alcalde, vestido con el traje e insignias de este título en aquella época, destellando luces celestiales, irradiando sus ojillos azules y brillando su cabellera rubia, se apareció en medio el Niño Jesús, como la historia lo representa cuando predicaba entre los doctores incrédulos. La fascinación fue repentina, el encanto deslumbrador, y como  fieras magnetizadas cayeron de rodillas los rebeldes ante aquella varita, levantada en alto por un alcalde de doce años.

     El hermoso Niño bendijo aquel concurso que le adora con terror y emoción: el atribulado apóstol le besó los pies, porque la aparición sublime e inesperada le dejó atónito y transportado de divino fervor. El maravilloso Alcalde le tocó con su mano cubriéndole de gracia; y de pedir para sí los caciques y de cederle la chusma innumerable, como un premio por su heroísmo y una confirmación de su valimiento, desapareció en el espacio, dejando en el ambiente un suavísimo perfume como de vaso sagrado, y una estela luminosa como la de una estrella que rueda en la noche. La belicosa asamblea cambió el aspecto tosco y gruñidor por el de la más sumisa devoción, y fue a deponer sus furores y sus armas, a los pies del Patriarca, ante cuyo poder de hacer prodigios hubieron de convencerse de que la lucha era inútil, y que sus propios dioses le protegían de manera tan visible.

     Los jesuitas, he dicho, recogieron aquel suceso para darle forma tangible y práctica en el gobierno y en la religión; para combinar los elementos salvajes con los cultos de aquella leyenda, y para hacer entrar en la obscura conciencia de los indios la idea de las dos potestades que gobiernan las sociedades humanas. La idea del Niño Jesús convertido en Alcalde del mundo es algo que sale de los límites de la invención vulgar y sencilla; despierta trascendentales raciocinios, proyectando desarrollos vastísimos en el orden de las reflexiones filosóficas.

     El municipio fue la primera forma de gobierno civilizado que conocieron las poblaciones aborígenes; fue la que encontraron sus descendientes mestizos y en la que se educaron los hijos de los conquistadores, nacidos en la tierra conquistada. Unir el pensamiento religioso con el pensamiento político, en aquella fórmula material del Redentor de los hombres, alma única de la Iglesia, era plantear ya el secular problema del gobierno católico, trasplantado a la América en medio de la efervescencia de la lucha del viejo mundo; y era sentar las bases, los puntos de partida de los futuros gobiernos hispano-americanos.

     Pero vamos a la fiesta, a contemplar la obra de la fe y de la tradición que la transmite y la vigoriza a través del tiempo. Mucho antes del primer día de Enero, las señoras, se ocupan de los adornos de la imagen de San Nicolás, el santo de tez morena que atestigua sus largas, peregrinaciones por los desiertos. Colocado bajo un dosel de flores doradas y blancas de reluciente esmalte, ostenta sus vestiduras de raso, la túnica y la capa bordadas primorosamente y rodeadas de flecos de oro; la corona de plata y la vara que termina en una flor como un lirio, y los [65] encajes finísimos que muestran sus orillas sobre los pies de madera pintados de negro. La ciudad comienza a animarse porque van llegando los visitadores, devotos y promesantes de todas partes de la Provincia y de fuera de ella, a asistir a la festividad legendaria, en la que todos esperan conseguir los dones suspirados para sus hogares y haciendas, y para alivio de las dolencias que no pudieron curar con la medicina de ellos conocida, ni con el auxilio de brebajes consagrados con rezos y con signos de una cabalística extraña. En otra casa se prepara y se viste al Niño Alcalde sobre su pedestal sin dosel, porque tiene el inmenso, el inconmensurable del cielo, donde domina como dueño absoluto.

     Allá, en un rancho miserable, el Inca descuelga el tambor tradicional, y comienza a dar fuertes golpes llamando a su corte, que congrega sólo una vez en el año; y llegan a acompañarlo los cofrades vestidos con lo mejor, adornados con diademas o huinchas de las cuales suspenden cintas de colores, y llevando pendiente del cuello, sobre el pecho, un colgajo en donde han colocado espejitos de varios tamaños, como queriendo significar que por allí se ve el corazón.

     La imagen del santo se halla expuesta en una sala, donde el Inca, seguido de su corte pintorreada, como esos coros de óperas representadas por artistas famélicos en un lugarejo de provincia, penetra  por primera vez a presentar el anual homenaje. Los cofrades, los allis y los promesantes, son los que hacen séquito, todos vestidos con trapos de colores, con papeles de esmalte y con piezas de vidrio que, según he deducido, llevan como reliquias imaginarias. Los alféreces han ido a formar la guardia de honor al pequeño Alcalde, que pasa sus vísperas en la Iglesia Matriz. El día siguiente, el primero del año, es el de las grandes emociones; el gentío comienza a agolparse en el atrio del templo donde está el Niño, donde se celebra la misa solemne con asistencia de todas las personas reales, con cantos escritos en lengua quichua, cuya letra es conservada y transmitida por el Inca a sus sucesores legítimos. Allí tienen un sitio preferente y una parte designada en el ceremonial. Cuando ha sonado la hora meridiana, se ve asomar a la plaza mayor dos grandes grupos de gente: uno sale de la iglesia tras de la imagen del Niño Alcalde, y otro detrás del Santo Patrono, y ambos se dirigen a un mismo punto, a encontrarse enfrente de la casa del gobierno de la Provincia.

     El sol abrasa la tierra, y del fondo de aquella masa de gente surgen llamas de fuego impregnadas de ese olor peculiar a las grandes agrupaciones. ¡Qué hermoso, qué risueño, qué majestuoso viene el Niño, haciendo vibrar los flecos de oro de su casaca de terciopelo negro! ¡Qué bien lleva y con cuánta gracia  la gorra con plumas de color del azabache, encima de su cabecita dorada como un manojo de espigas! ¡Con qué donaire cuelga la capita sobre sus espaldas, y con cuánta majestad e imperio empuña aquella vara con que a los hombres señala el derrotero de la vida, a los reyes obliga a inclinar la cabeza, a los mares serena y a los truenos impone silencio!

     Las mujeres del pueblo se apresuran, se aprietan, se apiñan y estiran el cuello para verle mejor alzan en brazos a sus hijos para que reciban un destello de esos ojos celestes, de donde creen, en su inocencia primitiva, que van a obtener la divina unción y la salud del alma y del cuerpo. Y aquellos ojitos pintados en la madera pulida, rodeados de negras pestañas, están inmóviles y nada dicen en verdad; pero ese pueblo fascinado por la belleza de la graciosa imagen, se figura verlos movedizos, repartiendo miradas que son bendiciones, y cree ver sonreír sus labios encarnados, como si se sintiera satisfecho de la piedad de los devotos. Una música de violín y tamboriles rústicos, ejecutada por artistas criollos, marca el pausado compás de la marcha con sonidos apagados e intermitentes, que más bien parecen el acompañamiento de un ajusticiado; pero en medio del singular conjunto no serían reemplazados con mejor efecto.

     «Grave, solemne, pausado» -como dice el poeta- sobre sus andas sostenidas por cuatro indios morrudos, se encamina San Nicolás al encuentro de su protector. La masa del pueblo le sigue el Inca va detrás en medio de dos cofrades que sostienen sobre su cabeza, a modo de dosel, un arco forrado de tules de color abullonados y entrecruzados por cintas de las cuales penden las reliquias, como solían hacerlo en los tiempos antiguos el Inca verdadero y sus mujeres. Impone una vaga tristeza aquel aire de majestad que se toma el pobre Inca cuando ejerce su grave ministerio y sacerdocio envuelto en una atmósfera de sueño y beatitud, con los ojos cerrados, como contemplando un mundo ideal que no quisiera ver disiparse con la luz del sol de Enero, entonando con voz ahuecada y fatigosa por la edad y los achaques, ha canción consagrada, al son monótono de su tamboril hereditario, sigue paso a paso las andas tardías del Santo Patrono. De rato en rato, los diáconos que le acompañan inclinan delante de él por tres veces consecutivas el arco de las reliquias, mientras repite las palabras de la adoración quichua a que hacen coro los demás:

                         

Santullay santullay,

Yayhuariscu yayhuariscu,

Achallay mi santu,

Chaimin canqui,

Achallay mi Virgen etc.

     El momento solemne llega: las dos procesiones se encuentran delante del Cabildo de la ciudad, y  se detienen para que el divino Alcalde reciba la triple salutación de su general, del que acaudilló en los tiempos de pruebas las huestes indígenas sometidas por el poder de sus milagros. Las andas del Santo Patriarca se inclinan tres veces delante del Niño, que ha quedado inmóvil, imponiendo silencio a la multitud, con la faz risueña y los ojos serenos fijos en actitud de bendición sobre su pueblo, el cual le adora de rodillas en aquel mientras el Inca, que conduce la ceremonia, entona con un coro de voces graves las estrofas del himno de alabanza, alusivas a aquel punto del ritual. Concluidas las salutaciones, los dos grupos dan vuelta con la misma lentitud, desandando el camino hasta volver a sus sitiales.

     La fiesta religiosa, ha terminado, pero empieza la fiesta popular, el regocijo callejero que se manifiesta en formas desbordadas y silenciosas. El Inca entonces se toma unas horas de recreo, yendo a presentar sus saludos oficiales al Gobernador de la provincia, quién le recibe con respeto, y le habla de su dinastía, y del buen derecho que lo asiste contra los que le disputan la legitimidad de la corona. La visita se anuncia por unos leves sonidos del tamboril, y en seguida canta con la misma gravedad religiosa «la canción de los allis», como se llama popularmente, que lo mismo se emplea en aras de las imágenes que en las visitas a las personas principales [70] de la ciudad. Haciendo demostración de acatamiento a la autoridad, pide permiso para que su gente corra a caballo por las calles que se determinan, en caballos compuestos y adornados al estilo que lo está ella misma. La concurrencia se dispersa en grupos, luciendo con inocente vanidad sus colgajos de colores; y cuando por vez primera presencié la fiesta, salían los salían los gigantes mezclados con la multitud, haciendo chillar de miedo a los niños y huir despavoridos, hasta soterrarse en el último rincón de sus casas.

     Aquellos gigantes eran hombres añadidos con enormes máscaras de proporciones colosales, de colores hirientes y de expresivos de viveza o de estupidez, pero formando un conjunto desagradable, como sucedería si al través de una lento de grandes dimensiones viésemos el rostro humano aumentado en todos sus detalles: la cabeza como una peña cubierta de troncos, la frente como una ladera de greda, las cejas como colinas erizadas de espinas, los ojos como quebradas donde hay dos grutas sin fondo, la boca como una hendedura bordada de rocas calcáreas, vistas detrás del bosque que la circunda.

     Vestidos de hombre y de mujer, recorrían esos figurones las calles, bailando y mostrando a uno y otro lado sus caretas estereotípicas, que parecen a la imaginación como teniendo vida y movimiento;  haciendo contorsiones y dando saltos a la carrera con cierto compás, como si siguieran una música que nadie oye; pero todo con tal desabrimiento, que no puede evitarse una conmoción de disgusto mezclado con cierto supersticioso temor de que vayan a aproximarse. Y esos gigantes, cuyo simbolismo no he podido penetrar, asistían a la misa y seguían con toda reverencia a la procesión. Creo, después de haber oído las ingenuas interpretaciones populares, que aquella exhibición tan curiosa no significaba sino un medio inventado para llamar la atención de los indígenas, amigos entusiastas de todos esos aparatos y mojigangas; pero se sabe que sólo los que habían hecho una promesa al santo, podían vestirse con aquellos extraños disfraces. Hoy ese detalle ya no existe, prohibido por las autoridades, civil y eclesiástica, por razón del abuso a que llegaron las máscaras y los movimientos de su grosera danza por las calles, al amparo del disfraz conductor de la licencia.

     Yo he contemplado hace muy poco, con la más profunda tristeza, esa fiesta indígena celebrada por gentes que en los días ordinarios trabajan y se conducen como seres razonables; pero aquel día parecen desenterrar de su sepulcro de tres siglos toda una época de barbarie, para presentarla como en un teatro de raras exhibiciones. Hay en ella como una vaga reminiscencia de esas procesiones báquicas  que precedieron a la formación de la tragedia helénica; una mezcla informe de ritos idólatras y católicos, en la cual apenas puede percibirse la línea divisoria, el pensamiento civilizador que presidió a su invención, y el sentido del simbolismo encerrado en cada uno de sus detalles. Pero es indudable que en su origen fue claro y visible el significado, y que la transmisión consuetudinaria de sus ritos, entre gentes sin la menor cultura intelectual, fue mutilando las formas y suprimiendo muchas de las ceremonias, hasta quedar sin unidad de acción, como esos manuscritos en los cuales el tiempo ha borrado palabras y conceptos, haciendo imposible la restauración del período.

     Así, tengo en mi poder, recogida de los labios del Inca actual, Eustoquio Nina, la letra de la célebre canción quichua que, comenzada la víspera, sigue en las salutaciones al Niño Jesús, al año nuevo y a la Virgen Madre; continúa en la gran procesión y termina con un himno de gracias por las cosechas de la tierra, y una especie de brindis a la salud de los concurrentes; pero toda ella, escrita seguramente en el quichua docto de los jesuitas, fue adulterada por la tradición oral, pasándola maquinalmente de unos a otros sin comprender ya su sentido, como si se quisiera reproducir en palabras los mil ruidos nocturnos de una selva, y conservar en la memoria el conjunto de monosílabos muertos e  incoherentes que resultarían de semejante operación mental. Restituir hoy esa canción a su primitiva forma y lenguaje, es trabajo de paciencia y prolijo estudio; pues habría que remontar por el análisis hasta la formación del idioma mismo.

     Debe notarse que el clero no les presta su auxilio; la procesión es puramente popular, y su sacerdote único el Inca, seguido de sus cofrades y alféreces: pero está de tal manera arraigada en la costumbre, que han sido vanas e impotentes las tentativas para suprimirla. Gobernador hubo que queriendo prohibirla, provocó un motín que puso su vida en peligro; y citando uno de los vicarios de aquella iglesia impidió la entrada al templo a la procesión del Niño Alcalde, suscitó en tal grado las iras de la muchedumbre, y tal lluvia de improperios y obscenos insultos se atrajo de los hombres y de las mujeres, -siempre, eso sí, salvo la corona y el hábito,- que llegaron algunas de esas profetisas a augurarle una muerte desesperante y horrible.

     La fatalidad se encarga muchas veces de confirmar las supersticiones y las vagas profecías del vulgo, nacidas sin origen visible, a no ser en ese pequeño tinte de venganza que colora las almas más inofensivas. El Vicario cayó enfermo de una parálisis que le dejó mudo y tullido hasta la muerte. «¡Ah! sí -rugía la plebe, iluminada por aquella prueba de la ira celeste- no en vano se prohíbe a  nuestras queridas imágenes entrar al templo que pertenece a todos los creyentes! Dios le ha castigado; ¡loado sea Dios!» Hace poco fallecía un benemérito y austero sacerdote de aquella provincia, fray Laurencio Torres, y el pueblo dijo también que había allí un castigo de Dios, porque intentó suprimir la festividad de Enero.

     ¡Pobres creyentes! dejémoslos pasar con sus ilusiones y su fe, que al fin ellos no sienten la oleada que va sepultando sus costumbres primitivas, no dándoles tiempo para preocuparse de ellas con exceso. Dejemos al pobre Nina adornarse puerilmente cada año, soñando quizá que es un rey desterrado dentro de su tierra, encima de su trono, apenas vislumbrado en su ignorancia unas cuantas horas. Allí está para perdonarlos aquella hermosa creación del Niño Alcalde, que no puede mirarse sin sentir conmovido el corazón por reminiscencias tristes de un pasado sombrío, y lleno a la vez de martirios y abnegaciones sin límite. Sí, él es todo, es el detalle poético de la prosaica fiesta, y se sobrepone al conjunto grosero como una música tierna encima de un desordenado y confuso griterío, como una flor solitaria sobre la selva desvestida por el incendio, como un rayo de luz en medio de una multitud de esqueletos que danzan con sus muecas horrendas.

     Impresión indecible produce aquella procesión  sin sacerdotes y sin himnos sagrados, sin incienso y sin vestiduras relucientes; diríase que es un pueblo maldito que marcha al destierro, llevando sus dioses tutelares al rumor de los cantos dolientes de la despedida, a buscar en climas remotos una tierra hospitalaria y una roca donde reconstruir los altares. Sí, dejémoslos gozar de su sueño fugitivo y al pobre Inca esperar la muerte envuelto en el raído manto de su grandeza sepultada. Los años corren veloces, y ya la llama que va a quemar sus andrajosos adornos se cierne, sobre sus cabezas. (*)

(*) Fuente: Joaquín V. González, Mis montañas, en Obras completas, V. XVII, Universidad de la Plata, 1936.


 

 

      ©  Temakel. Por Esteban Ierardo