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LA FIESTA DE LA MARMOTA Y EL ORÁCULO ANIMAL

 

Por Esteban Ierardo 

 

  

Una marmota en el momento de la salida de su madriguera.

 

  Todos los 2 de febrero, en Pennsilvania, en un ambiente festivo, se espera la salida de la marmota de su madriguera luego de varios meses de hibernación. De su comportamiento dependerá la predicción respecto a la continuidad del invierno o la llegada anticipada de la primavera. A partir de esta creencia popular, aun presente en el mundo moderno, de la adivinación a través del comportamiento animal, nos adentraremos en la dimensión del cuerpo del animal como espacio donde se hacen visibles los signos del futuro.

 

 

LA FIESTA DE LA MARMOTA Y EL ORÁCULO ANIMAL

 

Por Esteban Ierardo 

 

    El animal de pelaje denso y grisáceo corre por los prados. Mientras juega, no olvida  alimentarse con gráciles plantas verdes. La marmota, ágil roedor, comparte su vida con una numerosa colonia (1).  Al corretear y jugar entre fértiles alfombras vegetales, uno de los simpáticos roedores, erguido,  escruta con mirada atenta los alrededores para advertir de algún ocasional peligro. Las jornadas de alegres incursiones fuera de las madrigueras concluye cuando crecientes flechas de frío descienden desde las cuerdas del viento y acribillan el otoño que se extingue.

  Entonces, el invierno descarga frías rocas en la garganta de la naturaleza. Y la marmota necesita dormir, y olvidar la avidez por el alimento, y la fatiga e incertidumbre que, a veces, causa su búsqueda. 

   Es preciso hibernar. Y trasformar  en apagados susurros el tamborileo del corazón.  Es vital que la respiración devenga una tenue y casi inexistente exhalación. 

   Y la marmota duerme ya. Sueña. Hiberna. Y la temperatura corporal desciende. El animal yace dentro de un quieto anillo de espacio. Dentro de la madriguera se disipa el tiempo de la veloz cabalgata de un segundo hacia otro. Ahora, los corceles del devenir temporal duermen en una silenciosa meseta de inmovilidad. Cercana a la quietud de la eternidad. Pero, esta es una eternidad breve. Que se desvanece al regresar las gacelas, rosas y blancos conejos de la primavera. 

     La primavera se acerca con sus guirnaldas de calidez. 

    Y en el contexto de una festividad popular, se aguarda con gran expectativa que el roedor despierte de su sueño invernal. Si al salir de su madriguera la marmota mira para atrás y ve su sombra por el efecto de los rayos solares esto significa seis semanas más de invierno; por lo que el animal, somnoliento aun, regresará a su hogar para continuar la hibernación. Y si, al abandonar su cueva, no advierte ninguna sombra, señal de un día nublado y frío, la marmota concluirá la hibernación y, así, las fragancias primaverales empezarán a endulzar el aire. Habrá una primavera temprana. 

  El festivo encuentro con la marmota permite la predicción del tiempo. O más exactamente un acto de adivinación. Un profética visión del futuro a través de un oráculo animal. Adivinar es un aproximarse, un adentrarse en lo divino y su precognición de lo venidero a través del comportamiento animal. Una creencia que brota desde las nieblas de la antigüedad.

  En la antigua Roma se confiaba en poder leer el futuro en los movimientos y entrañas de los animales.

  En la ciudad fundada por Rómulo y Remo la religión se engarzaba con el Estado de manera indisociable. Ningún acto importante de gobierno era consumado por el Senado, los magistrados o el Emperador, sin previa consulta a los sacerdotes (3).

    Los augures eran los profesionales de la adivinación mediante la contemplación de los movimientos animales y las tormentas.  El colegio sacerdotal de los augures era heredero de viejas técnicas adivinatorias etruscas. La adivinación debía cristalizarse mediante la observación del vuelo de los pájaros y el restallar de los rayos (4) y el comportamiento alimentario de las gallinas sagradas. Cuando las bandadas de aves volaban hacia la derecha era mal augurio; el desplazamiento hacia la izquierda señalaba lo contrario. Las gallinas eran encerradas en jaulas. Si, al comer, las gallinas derramaban pequeños trozos, eso era un buen presagio. Si los animales se negaban a comer o dejaban su jaula, eran señal de malos augurios.

  La otra forma esencial de adivinación romana mediante el oráculo animal consistía en la interpretación de las características visibles del corazón, el hígado y las vísceras de los animales sacrificados. Esta practica oracular era consumada por los sacerdotes auríspices (5).

  El hombre antiguo intuyó que en el comportamiento o en la anatomía animal se manifestaba la anticipación del futuro. Desde la perspectiva de la temporalidad humana corriente, la percepción del mañana, aún ausente, es lo imposible. Pronosticar el futuro es un acto de comunicación con los dioses; vaticinar lo que vendrá es, así, una salida del ser humano de la prisión temporal y un fluctuar hacia la extraña condición de un conocimiento divino. Y lo divino es alteridad, es lo diferente respecto a lo humano. Y el animal también es lo extraño y diferente para el hombre. 

   Es por su extrañeza o alteridad que el animal se convierte en puerta hacia la extraña y diferente condición de los dioses. El animal muestra, revela, la eternidad de lo divino; esa región sagrada donde todo ya es; por lo que, en esa eternidad, en ese puro presente, el futuro humano ya es ahora una hebra trasparente y visible. Que los dioses conocen y pueden anticiparnos.

  Mediante la observación de lo animal, el humano visita la eternidad donde todo ya es. El animal es así oráculo que le obsequia al hombre el don de convertirse en descubridor de lo futuro (6). Pero para visitar las mañanas futuras, el mamífero humano debe ver, debe traducir en espacio lo intangible del flujo temporal. El tiempo es inasible porque no puede ser tocado o visto. Sólo por sus efectos adquiere cierta visibilidad. La adivinación, el contemplar lo futuro, exige que el tiempo se convierta en un espacio donde ver los hechos o tendencias del porvenir. El animal, mediante su comportamiento o sus entrañas, traduce en espacio tangible, en escena visible, los signos que revelan el tiempo que vendrá. 

   Y el movimiento de la marmota teje entonces una escena, un acto visible, que muestra en el espacio el futuro inasible. El cuerpo mismo del animal es la escena o el espacio donde lo porvenir se teatraliza, escenifica, se entrega a un ojo que ve. Que es visionario.

  El mamífero humano puede ser descubridor de la amplitud del espacio, o del tiempo pasado y sus vestigios, pero su finitud le niega el don de ser descubridor de lo futuro. 

   Y en el hombre centellea, desde siempre, el deseo de ser descubridor de la totalidad. Descubrir no lo que vibra en el espacio o en el pasado, sino también el futuro completa al sujeto. Y, así, el humano se convierte en descubridor pleno de las montañas, mares y átomos del espacio, de los documentos y construcciones de lo pasado, y también de las campanadas y brisas posibles de lo futuro.

  El animal, el oráculo animal, le concede al mamífero pensante el consuelo de imaginarse posible descubridor, explorador, de un futuro que se adelanta y que se muestra como espacio visible. El hombre puede imaginarse así descubridor de la totalidad.

 El animal muestra el tiempo como espacio. Y allí el hombre  no sólo puede ver lo que vendrá, sino también respirar, padecer y meditar. Quizá por eso, la marmota anunciadora inspiró el film El día de la Marmota. Un presentador televisivo de noticias relata la última salida de la marmota de su hogar invernal. Entonces, ingresa en un tiempo otro de repeticiones que se le brinda como un espacio que le permite la reflexión y el mejoramiento de su actitud frente a la vida (7). 

  Y la marmota al fin abandona su madriguera. Las miradas humanas que contemplaron su salida de su cueva invernal se alejan. Y devuelven al animal su soledad. El roedor explora nuevamente los campos coloreados por pinceladas del aire cálido, por los rayos de la luz y acaso por los soplidos de imperceptibles sílfides del viento. El corazón del roedor es nueva música, continua y vigorosa. Pulsaciones vivaces en un cuerpo que, luego del sopor invernal, otra vez es calor. Y la misteriosa intuición de un tiempo donde quizá la mañana futura ya sea un latido presente.

 

 

 

CITAS:

(1) Las marmotas tienen uno de sus hábitats fundamentales en los Pirineos. Llegan a vivir incluso en alturas superiores a los 3000 metros. Su alimentación es vegetariana. Viven en madrigueras que construyen ellas mismas, donde habitan con otros individuos de su especie. Estas excavaciones poseen varias salidas y son profundas, y se comunican con varias cámaras donde nacen las crías. Las marmotas son muy activas. Pasan gran parte del día entregadas a juegos y carreras entre los prados. Se comunican mediante silbidos que se propagan a una gran distancia, con los que avisan a las otras marmotas si se aproxima algún peligro. Son roedores parientes de las ardillas.

(2) La adivinación arcaica mediante lo que denominamos el "oráculo animal" no es, como es sabido, la única forma de vaticinio cultivada en la antigüedad. Los sueños, el oráculo de las pitonisas en Delfos, el susurro de las hojas de las encinas de Dodona, eran otras instancias adivinatorias importantes.  Ver Robert Flaceliere, Adivinos y oráculos griegos, Buenos Aires, Eudeba.

(3) Respecto a la importancia del vínculo religión-Estado en la Antigua Roma y sus relaciones con las religiones orientales, incluido el cristianismo, puede consultarse: Franz Cumont, Las religiones orientales y el paganismo romano, Madrid, Ediciones Akal.

(4) La adivinación mediante los rayos era en origen etrusco. El augur se ubicaba en el centro del recinto sagrado de un templo. Mediante un bastón liso y curvado en su extremo superior (lituus) dividía el cielo en partes o zonas. Los rayos (servare de caelo) que venían de la izquierda (fulmina sinistra) eran benéficos, representaban un buen augurio; los de la derecha todo lo contrario. Ver E.Guhl y W. Koner, Los romanos. Vidas y costumbres, Madrid, Biblioteca Historia , pp. 307-322.

(5) La adivinación de los sacerdotes romanos augures y auríspices, es integrada por el historiador italiano Carlo Ginzburg en su teoría del paradigma indiciario. En la adivinación mediante el vuelo de los pájaros, los rayos o la inspección de vísceras animales, se cultiva una valoración de las señales, indicios individuales como vía hacia el conocimiento. Ver Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia, Barcelona, Ed. Gedisa, 1994. Tener en cuenta principalmente capítulo "Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales".

(6) El National geographic advierte que, en las predicciones de las marmotas de los últimos 60 años sólo hubo un 28% de aciertos. Esta lectura del "oráculo animal" no comprende el proceso simbólico vinculado con la adivinación animal. Lo  importante no es sí el comportamiento animal realmente permite averiguar el futuro en términos objetivos o "reales" si no sus efectos anímicos o psicológicos en la mente. La confianza, no agrietada por ninguna duda, en el poder adivinatorio de los animales le permitía a los antiguos, y aun al hombre moderno, trascender los límites del tiempo ordinario e ingresar en un tiempo próximo a una eternidad divina, donde todo ya es presente.

(7) En El día de la marmota  un presentador de noticias, luego de cubrir la última salida de la marmota de su madriguera, advierte que todo ha cambiado. Un mismo día, el 2 de febrero, el de la aparición del roedor, se repite una y otra vez. Pero el resto del pueblo y los allegados al presentador no advierten esta repetición. El periodista es el único conocedor de este mágico e inesperado proceso temporal. La repetición de los hechos del 2 de febrero no es estricta, invariable. El presentador televisivo puede reaccionar de distintas formas a los acontecimientos que se reiteran y, estos cambios, modifican a su vez el comportamiento de su entorno. El tiempo de la repetición es así un escenario de modificación de actitudes, y superación de mezquindades y un mejoramiento personal.   

 

 

      ©  Temakel. Por Esteban Ierardo