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LA FIESTA DE
LA DIFUNTA CORREA
En el siglo XIX, en la provincia argentina
de San Juan, vivía Deolinda
Correa con su hija. Su esposo se alistó en el ejército del caudillo
riojano Facundo Quiroga. La joven, perseguida por algunos
pretendientes, se lanzó con su hijo entre sus brazos a cruzar
el desierto en búsqueda de su amado. Abrumada por el sol, la sed
y la fatiga, murió en la desértica soledad. Unos arrieros descubrieron
el cadáver de la Difunta Correa y su hijo, que aún vivía. A partir
de entonces, comenzó una intensa devoción popular hacia
la infortunada mujer. El 1 de noviembre de todos los años, en
la provincia de San Juan, durante dos días se realiza la festividad
de la Difunta Correa cuyo propósito es agradecerle o pedirle algo
a la santa. En el lugar el que que pereció, se levantó una pequeña
capilla en la que se tributa veneración fundamentalmente en el
día de Todos los Santos y el día de Todos los muertos. Devotas
muchedumbres peregrinan entonces hasta el santuario de la
Difunta Correa para pedir salud, amor, y la recuperación de objetos
o animales extraviados.
En la actualidad, el culto de la Difunta Correa se halla extendido
por todo el país. Aquí le
presentamos un texto del gran folklorista argentino Félix Coluccio
sobre esta famosa devoción en el interior de la Argentina. Una
forma popular de acercarse a lo sagrado.
E.I
LA DIFUNTA CORREA
Por Félix
Coluccio
A 1.160
km de Buenos Aires y a 63 km de la ciudad de San Juan, en plena
región semidesértica andina de la provincia de este nombre, con
el marco de la sierra de Pie de Palo y el trasfondo de la planicie de
Vallecito, torturada por la aridez, el zonda y la nieve.
Es toda ella
desolada; la cinta reluciente del camino que lleva a La Rioja,
permite a muchos viajeros conocerla aunque sea rápidamente.
Recorremos la zona un día domingo-domingo cualquiera- y vamos en busca de un
"santuario" que hace mucho queríamos volver a visitar
detenidamente: al de la Difunta Correa. Cuando
aún faltan algunos kilómetros para llegar, alcanzamos en la
ruta, centenares de hombres, mujeres y niños que en camiones,
automóviles, sulkis, a caballo y a pie llevan nuestro mismo
destino, repechando la Cuesta de la Vaca. Es un día de calor
agobiante; el viento zonda manda sus bocanadas rápidas y cálidas. Por eso-pensamos
sin más fundamentos que la la lógica- llevan casi todos botellas
y damajuanas, jarros y botijas, llenas de agua.
A medida que nos aproximamos, nuestras marcha se hace
más lenta y dificultosa; los peregrinos suman cientos y cientos;
los automotores de transporte colectivo procedentes de toda la región
cuyana y de La Rioja, están atestados de promeseros, muchísimos de los cuales
pasarán todo el día en el lugar, pidiendo o cumpliendo promesas de la
Difunta Correa, recorrer todas las "capillitas" o levantar la propia, hachando
leña para preparar el asado reconfortante o adquiriendo en los quioscos recuerdos
para llevar.
¿Pero quién es la Difunta Correa? ¿Cuál cl origen
de este poderoso movimiento espiritual, tan grande por el potencial
humano que mueve, semejante al que participa en las celebraciones de la
Virgen del Valle Itatí o el Señor de los Milagros? ¿Por qué razón
cada domingo, o los lunes -día de Animas-; el 1 y 2 de noviembre, pero
especialmente en Viernes Santo, acude tanta gente de las más variadas posibilidad
económicas y condición social?
Cuenta la tradición de San Juan que antes de 1840, siendo
gobernador don Plácido Fernández Maradona, un viejo guerrero de la
Independencia, don Pedro Correa, hombre valiente y sin tacha,
respetuoso y respetado por todos, le asistía con su amistad y consejos. Muerto
Maradona, los azares de la política hicieron de Correa un perseguido de la
policía; pese a las inmunidades que como guerrero de Chacabuco le habían sido
acordadas. Estos hechos hicieron que varias de sus perseguidores fijaran
interesados sus miradas en Deolinda,
hija de Correa, de extraordinaria belleza. Pudo sin embargo ésta
resistir las demandas y casarse con el hombre que amaba. Esta fue la sentencia para su
padre y su esposo, que perseguidos por las montoneras fueron
muertos sin conmiseración. Ella fue requerida nuevamente y la insistencia se hizo penosa.
Desesperada, emprendió una madrugada la huida hacia La Rioja;
anduvo por valles y quebradas con su hijito en brazos, cruzó
arenales ardientes que llagaban sus pies, se estremeció en la penumbra de
los montes hasta que sus fuerzas se disiparon. Sedienta y extenuada se dejó caer
en la cima de un pequeño cerro. Sintiéndose morir, pidió al cielo que diera
vitalidad a sus pechos para que el pequeño sobreviviera.
Cuando unos arrieros se avecinaban al lugar orientados por el vuelo circular
de los caranchos, hallaron al niño adormecido sobre el perito de su
madre muerta. Profundamente impresionados, dieron sepultura piadosa a la
infortunada Deolinda Correa y se llevaron al niño. Poco tardó en conocerse la
desdichada suerte de la joven, y hasta su humilde tumba campesina comenzaron
a acudir hombres y mujeres del llano y de las sierras, marcando así el comienzo
la devoción popular que acrecería con los años hasta alcanzar
proyecciones tan grandes que no tiene parangón, no sólo en el país, sino en América.
Ahora que estamos confundidos con estos peregrinos -de ayer y de
hoy- comprendemos el porqué de esas botellas y botijas llenas de agua, acarreadas
hasta el santuario mismo de la Difunta Correa, pues en su simbolismo mágico
expresa el deseo de sus devotos de que no le falte nunca más el agua
que apagaba sed y vence a la muerte. También, comprendemos y
justificamos la infinita variedad de ofrendas, placas, ex votos, que están en los
muros y en el interior de los edificios anexos, cada vez más pequeños para darles cabida.
Entre aquéllas se destacan objetos diversos: guantes de boxeo,
motocicletas, gramófonos, cuadros, retratos, insignas, ropas, y lo
que es realmente conmovedor, ajuares completos de novia - vestido, zapatos, guantes, ramos
de azahares etc.- dejados allí por el "milagro" concedido, milagro
que va desde la recuperación de la salud hasta el bienestar ''personal y familiar otorgado por
la "santa", quien también nutre - al decir de Pichetto-
los senos de las madres pechos escuálidos; une a los esposos desavenidos, a los novios
contrariados, hace encontrar el camino a los arrieros a quienes el
viento blanco extravía, etc.
Al emprender el regreso nos sentirnos profundamente
conmovidos por todo el complejo que forma el "culto a la
Difunta Correa", y nos prometemos a nosotros mismos retornar en Viernes Santo para
tener una
visión más completa del mismo. (*)
(*)
Fuente: Félix Coluccio,
"La difunta Correa", en Fiestas
y celebraciones de la República Argentina,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, pp. 136-137.
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