Por Roger Caillois
La fiesta es renovación profunda del mundo. Rito sagrado
en las culturas cubiertas por las túnicas del mito. Lo festivo
propiciaba la salida del tiempo profano y el acceso al momento
del origen, lugar esencial de la realidad donde se concentran
energías eternas, divinas. Con toda claridad, este sentido
de la fiesta contrasta con la alegría efímera de las festividades
modernas. En una primera inmersión en las aguas efervescentes
de la fiesta, nos guiará Roger Caillois. Su obra
El hombre y lo sagrado es emblemática como estudio
de la fiesta en su horizonte arcaico, originario. Algunos
esbozos de su Teoría de la fiesta serán el preámbulo
del espíritu de la sección Fiestas populares en Temakel.
Aquí danzaremos entre los ritos y exuberancias de las fiestas
de los antiguos pueblos como puentes hacia lo sagrado. Festividades
sagradas que, en algunos casos, aún resuenan en el tiempo
moderno.
LA
FIESTA, APELACION A LO SAGRADO
Por
Roger Caillois
A la vida normal, ocupada en los trabajos cotidianos,
apacible, encajada en un sistema de prohibiciones, donde la máxima Quieta
non movere mantiene el orden del mundo, se opone la efervescencia de
la fiesta. Esta, si no se consideran más que sus aspectos externos,
presenta caracteres idénticos en cualquier nivel de civilización.
Implica un gran concurso del pueblo agitado y ruidoso. Esas
aglomeraciones de masas favorecen eminentemente el nacimiento y el
contagio de una exaltación que se agota en gritos y gestos, que incita
a abandonarse sin traba a los impulsos más irreflexivos. Incluso hoy,
en que sin embargo, las fiestas empobrecidas resaltan bien poco sobre el
fondo grisáceo que constituye la monotonía de la vida ordinaria, y
aparecen en ellas dispersas, diseminadas, casi estancadas, se distinguen
todavía en sus manifestaciones algunos miserables vestigios del
desencadenamiento colectivo que caracteriza las antiguas francachelas.
...No
hay ninguna fiesta, aunque ésta por definición sea triste, que no
incluya al menos un principio de exceso y francachela: basta evocar los
banquetes funerarios en el campo. Ayer u hoy, la fiesta se caracteriza
siempre por la danza, el canto, la agitación, el exceso de comida y de
bebida. Hay que darse por el gusto, hasta agotarse, hasta caer enfermo.
Es la ley misma de la fiesta.
En las civilizaciones llamadas
primitivas, el contraste ofrece mucho más relieve. La fiesta dura varias semanas, varios meses, interrumpidos por períodos de reposo, de unos cuatro o cinco días. A
veces eran precisos varios años para reunir la cantidad de víveres y de riquezas que se verían no
sólo consumidos o gastados con ostentación, sino también destruidos y derrochados pura y simplemente, porque el
derroche y la destrucción, formas del exceso, entrán por derecho
propio en la esencia de la fiesta.
Esta suele terminarse de manera frenética y orgiástica en un libertinaje nocturno de ruido y movimiento que los instrumentos más burdos, tocados a compás, transforman en ritmo y en danza. Según la descripción de un testigo, la masa humana, hormigueante, ondula apisonando el suelo, gira a sacudidas en torno de un mástil central. La agitación
se traduce en toda clase de manifestaciones que la aumentan. Crece y se intensifica con todo lo que expresa:
choque obsesionante de las lanzas contra los escudos, cantos guturales fuertemente marcados, brusquedades y promiscuidades
de la danza. La violencia nace espontáneamente. De cuando en cuando surgen disputas: los combatientes son
separados, alzados en el aire por brazos vigorosos, y mecidos a compás hasta que se calman. Pero eso no interrumpe la
danza. Del mismo modo, las parejas la abandonan de pronto, se unen en los bosques próximos y vuelven a ocupar su sitio en el torbellino que continúa hasta la
mañana.
Se comprende que la fiesta, representando un tal paroxismo de vida y resaltando tan violentamente sobre
las pequeñas preocupaciones de la vida diaria, parezca al individuo como otro mundo, donde se siente sostenido y
transformado por fuerzas que lo rebasan. Su actividad cotidiana, cosecha, caza, pesca o cría, sólo llena su tiempo y provee a sus necesidades inmediatas. Pone sin duda en ella atención, paciencia, habilidad, pero más profundamente vive en
el recuerdo de una fiesta y en la espera de otra, porque la fiesta representa para
él, para su memoria y su deseo, el de tiempo de las emociones intensas y de la
metamorfosis de su ser.
El
advenimiento de lo sagrado
Por eso es una gloria para
Durkheim el haber reconocido como explicación capital de las fiestas, frente a los días de trabajo, la
distinción entre lo sagrado y lo profano. Oponen en efecto, una explosión intermitente a una gris
continuidad, un frenesí exaltante a la repetición cotidiana de las mismas preocupaciones materiales, el hálito potente de la efervescencia
común a los serenos trabajos donde cada uno se absorbe a solas, la concentración de la sociedad a su dispersión, la
fiebre de esos momentos culminantes a la tranquila labor de las fases atónicas de su existencia.
Además, las ceremonias religiosas que traen consigo, estremecen el alma de los fieles.
Si la fiesta es la época de la alegría, es también la de la angustia. El ayuno y el silencio
son de rigor antes de la expansión final. Se refuerzan las prohibiciones
habituales, se imponen otras nuevas. Los desbordamientos y los excesos de todas clases, la solemnidad de los ritos, la severidad previa de las restricciones, contribuyen igualmente a hacer del ambiente de la fiesta un mundo de excepción.
En realidad, con frecuencia se considera la fiesta como el
reino mismo de lo sagrado. El día de fiesta, aunque sólo se trate del domingo, es ante todo un día consagrado a lo divino,
en que se prohibe el trabajo, dedicado al reposo, al regocijo y a la alabanza de Dios. En las sociedades
donde las fiestas no están diseminadas en el conjunto de la vida laboriosa, sino agrupadas en una verdadera temporada de
fiestas, se comprende aún mejor hasta qué punto ésta constituyen realmente lo
de la preeminencia de lo sagrado. El estudio de Mauss sobre las sociedades
esquimales suministra los más claros ejemplos de un violento contraste
entre esos dos géneros de vida, que siempre se manifiestan, después de todo, entre los pueblos a los que el clima
o la naturaleza de su organización económica condena a una inacción prolongada durante una parte del
año. En invierno, la sociedad esquimal se concentra: todo sucede o se hace en común, mientras que durante el verano, cada familia, aislada bajo su tienda en una inmensidad casi
desierta, subsistía separada sin que nada viniera a reducir la parte de la iniciativa individual. Frente a la vida estival, casi enteramente laica, el invierno aparece como un tiempo de "exaltación religiosa continua", como una larga
fiesta.
Entre los indios de la América septentrional, la morfología social no varía menos con
las estaciones. Allí también, a la dispersión del verano, sucede la concentración del invierno. Los clanes desaparecen dejando paso a las cofradías religiosas que ejecutan entonces
las grandes danzas rituales y organizan las ceremonias tribales. Es la época de la
transmisión de los mitos y de los ritos, en que los espíritus se aparecen a los novicios y los inician. Los
kwakiutls dicen ellos mismos: "en verano, lo sagrado está debajo, lo profano arriba: en invierno lo sagrado está arriba, lo profano abajo". No se puede pedir mayor
claridad.
Ya se ha visto que en la vida ordinaria lo sagrado se manifiesta casi
exclusivamente por medio de prohibiciones. Se define como lo
"reservado", lo "separado"; se le pone fuera del uso común, protegido por prohibiciones destinadas
a evitar todo ataque contra el orden del mundo, todo riesgo de
trastornarlo y de introducir en él un germen turbador. Aparece,
pues, esencialmente como negativo. Este es en realidad uno de los caracteres fundamentales que se reconocen con mayor
frecuencia en la prohibición ritual. Pero el período sagrado de la
vida social es precisamente aquél en que las reglas se suspenden y se recomienda en cierto
modo la licencia. Sin duda, puede negarse a los excesos de la fiesta un sentido
ritual preciso y considerarlos solamente como simples descargas de actividad. "Se halla uno tan completamente
fuera de las condiciones ordinarias de la vida", escribe Durkheim, "y se tiene tal conciencia de ello, que se siente la necesidad de proyectarse hacia fuera y por encima de la
moral en uso". Ciertamente, la agitación desordenada y la exuberancia
de la fiesta, responden a una especie de afán de desentumecerse. Ya Confucio se daba cuenta de esto, cuando decía, para justificar
las francachelas aldeanas de los chinos, que no hay que "conservar
el arco siempre tenso, sin aflojarlo nunca, ni siempre flojo sin
estirarlo jamás". Los excesos de los arrebatos colectivos ejercen
también, sin duda alguna, esta función: aparecen como una
deflagración brusca tras una comprensión larga y severa. Pero éste es
sólo uno de sus aspectos, y se relacionan menos con su razón de ser
que con un mecanismo fisiológico. Ese carácter no agota, ni mucho
menos, su naturaleza. En efecto, los indígenas ven en ellos la
condición de la eficacia mágica de sus fiestas: son quienes aseguran
por anticipado el buen éxito de los ritos, prometiendo así,
indirectamente, mujeres fecundas, ricas cosechas, guerreros valientes,
caza abundante y una pesca fructífera. (*)
(*)
Fuente: Roger Caillois, El hombre
y lo sagrado, México, Ed. Fondo de Cultura económica,
pp. 110-114.