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EPÍLOGO
DE ESCULPIR EN EL TIEMPO
Por Andrei Tarcovski

En este momento de Cine y Trascendencia de
Temakel, presentamos ahora un capítulo de la
trascedente obra Esculpiendo en el tiempo del
gran cineasta ruso Andrei Tarcovsky. Recomendamos
la contemplación estética y el posible asombro filosófico
ante sus obras esenciales: Stalker, Andre Rubliev,
Solaris, La infancia de Ivan, El espejo, Nostalgia
y El sacrificio. Aquí, Tarcovsky libera
sus inquietudes filosóficas respecto al arte y pregona
por la experiencia de un arte trascendente, que le
permite al hombre, a través del fulgor de la imagen,
rozar una altura sagrada, preñada de misterio y poder.
EPÍLOGO
DE ESCULPIR EN EL TIEMPO
Por Andrei Tarcovski
..Una
persona verdaderamente libre no puede ser libre en
un sentido egoísta. La libertad del individuo tampoco
puede ser el resultado de un esfuerzo social. Nuestro
futuro depende de nosotros mismos y de nadie más.
Y nos hemos acostumbrado a compensar todo con el esfuerzo
y el sufrimiento ajenos, ignorando el sencillo hecho
de que en este mundo todo está relacionado y que no
existe la casualidad, aunque sólo sea porque tenemos
una voluntad libre y el derecho a decidirnos entre
el bien y el mal.Por supuesto que las posibilidades
de la propia libertad se ven limitadas por la libertad
de los demás. Pero me parece importante indicar que
la falta de libertad siempre es consecuencia de la
cobardía y la pasividad interiores, el resultado de
la falta de decisión en pro de la expresión de la
propia voluntad, acorde con la voz de la conciencia.
En Rusia es usual citar al escritor Korolenko, según
el cual, «el hombre ha nacido para la felicidad como
el pájaro para volar». En mi opinión, no puede haber
nada más lejano a la naturaleza de la vida humana
que esta frase. En realidad, no tengo idea alguna
de lo que puede significar el concepto de felicidad.
¿Contento? ¿Armonía? ¡Pero si el hombre siempre está
descontento y no tiende a solucionar cosas concretas,
factibles, sino hacia el infinito...! Y ni siquiera
la Iglesia consigue calmar esas ansias de absoluto,
porque desgraciadamente no parece sino una fachada
hueca, una caricatura de las instituciones sociales,
que se dedican a organizar la vida práctica. La Iglesia
de hoy ha resultado ser incapaz de compensar el sobrepeso
materialista y técnico con una llamada a la vida del
espíritu.En el contexto de esta situación, la función
del arte reside -para mí- en expresar la idea de la
libertad absoluta de las posibilidades interiores
y espirituales del hombre. En mi opinión, el arte
siempre ha sido un arma en la lucha del hombre contra
la materia, que amenaza con devorar su espíritu. No
es casualidad que el arte, en los milenios de historia
del cristianismo, siempre se haya desarrollado en
las cercanías de las ideas y los principios de la
religión. Ya por su mera existencia está promoviendo
dentro del hombre, un ser disarmónico, la idea de
armonía.El arte ha dado figura a lo ideal y ha aportado
así un ejemplo del equilibrio entre lo ético y lo
material. Ha demostrado que ese equilibrio no es ni
mito ni ideología, sino que puede ser una realidad
también en nuestras dimensiones. El arte ha expresado
el ansia de armonía de la persona y su disposición
a luchar consigo mismo, para establecer en el interior
de su persona el ansiado equilibrio entre lo material
y lo espiritual. Si el arte expresa lo ideal y el
ansia de lo infinito, no puede servir a fines pragmáticos
sin arriesgarse a perder su autonomía. Lo ideal lo
actualizan objetos que no existen en la realidad cotidiana,
pero que a la vez son imprescindibles para la esfera
de lo espiritual. Una obra de arte manifiesta ese
ideal que en el futuro será propio de toda la humanidad,
pero que de momento es accesible para unos pocos,
sobre todo para los genios que se toman la libertad
de contrastar lo normal con aquella conciencia ideal
que toma forma en su arte. De esta manera, el arte
es por esencia aristocrático y establece —a causa
de su mera existencia— la diferencia entre dos potenciales,
que aseguran el movimiento ascendente de la energía
interior, desde lo más bajo hacia lo más alto, con
el fin de conseguir un perfeccionamiento interior,
espiritual, de la personalidad.Al hablar aquí del
carácter aristocrático del arte, me estoy refiriendo
—claro está— al ansia del alma humana de buscar la
justificación moral, el sentido de su existencia,
que de este modo consigue una mayor perfección. En
este sentido, todos, en último término, estamos en
la misma situación y tenemos las mismas posibilidades
de adherirnos a una elite aristocrática. Pero el núcleo
del problema reside precisamente en el hecho de que
no todos hacen uso de esa posibilidad. Ahora bien,
el arte va haciendo ofertas siempre nuevas a la persona
para que ésta se examine a sí misma en el marco del
ideal que el arte le ofrece.Pero volvamos a Korolenko,
que definía el sentido de la existencia humana como
el derecho a la felicidad. Esto me recuerda el libro
de Job, en que a Elifaz dice: «Ninguna cosa sucede
en el mundo sin motivo: que no brotan del suelo los
trabajos. Porque el hombre nace para trabajar, como
el ave para volar» (Job V, 6). El sufrimiento nace
de la insatisfacción, del conflicto entre el ideal
y la situación en la que uno se encuentra en ese momento.
Mucho más importante que el sentimiento de «felicidad»
es el fortalecer el alma en la lucha por aquella libertad
verdaderamente divina.El arte refuerza lo mejor de
lo que es capaz el hombre: la esperanza, la fe, el
amor, la belleza, la devoción o lo que uno sueña y
espera. Si alguien que no sabe nadar se lanza al agua,
su cuerpo —no él mismo— comienza a hacer movimientos
instintivos para no hundirse. También el arte es algo
así como un cuerpo humano echado al agua: existe como
un instinto, que no permitirá que la humanidad se
hunda en el campo espiritual. En el artista se expresa
el instinto interior de la humanidad.Pero, ¿qué es
el arte? ¿Lo bueno o lo malo? ¿Procede de Dios o del
diablo? ¿De la fuerza del hombre o de su debilidad?
¿Es quizá una prenda de la comunidad humana y una
imagen de armonía social? ¿Es ésa su función? Es algo
así como una declaración de amor. Un reconocimiento
de la propia dependencia de otros hombres. Es una
confesión. Un acto inconsciente, que refleja el verdadero
sentido de la vida: el amor y el sacrificio.Pero si
dirigimos la mirada hacia atrás, reconocemos que el
camino de la humanidad está lleno de cataclismos y
de catástrofes. Descubrimos lasruinas de civilizaciones
destruidas. ¿Qué ha sucedido con ellas? ¿Por qué se
agotó su aliento, su voluntad de vivir y sus fuerzas
morales? Supongo quenadie creerá que todo eso tiene
una causa material. Una idea así meparecería salvaje.
Y al mismo tiempo estoy convencido de que hoyvolvemos
a estar al borde de la destrucción de una civilización
porqueignoramos plenamente el lado interior y espiritual
del proceso histórico. Porque no queremos reconocer
que nuestro imperdonable y pecaminoso materialismo,
un materialismo que no conoce la esperanza, ha traído
infinitas desgracias sobre la humanidad. Es decir,
creemos que somoscientíficos y dividimos, para conseguir
una mayor fuerza de convicción ennuestras cavilaciones
científicas, el indivisibleproceso de la humanidad
en dos partes, haciendo luego de una sola de sus
motivaciones la causa de todo.
De esta manera intentamos no sólo justificar los fallos
del pasado, sino también proyectar nuestro futuro.
Quizá se demuestre en tales errores la paciencia
de la historia, que espera que el hombre alguna vez
consiga escoger bien, sin tener que terminar en un
callejón sin salida en el que la historia, una vez
más, corrija el fallido intento por medio de otro
paso, esta vez más exitoso. En ese sentido, es verdad
lo que afirman tantos: de la historia nadie aprende
y la humanidad suele, simplemente, ignorar la experiencia
histórica.Dicho en otros términos, toda catástrofe
de una civilización descubre sus fallos. Y si el hombre
tiene que reemprender su camino desde el principio,
se demuestra así que su andadura hasta entonces no
estaba marcada por el perfeccionamiento espiritual.Con
cuánto gusto querría uno abandonarse, entregarse de
vez en cuando a otra concepción del sentido de la
vida humana. Oriente siempre ha estado más cerca
que Occidente de la verdad eterna, pero Occidente
ha devorado a Oriente con sus exigencias materiales
en la vida. Basta con comparar la música occidental
con la oriental.El mundo occidental grita: ¡Éste,
éste soy yo! ¡Miradme! ¡Escuchad cómo sufro y cómo
amo! ¡Qué infeliz y qué feliz puedo ser! ¡Yo! ¡Yo!
¡Yo! El mundo oriental no dice una sola palabra de
sí mismo. Se pierde absolutamente en Dios, en la naturaleza,
en el tiempo, y se encuentra a sí mismo en todo. Es
capaz de descubrir todo en sí mismo. La música del
Tao: China, seiscientos años antes de Cristo.Pero,
¿por qué no triunfó esa idea soberana? Es más: ¿por
qué se hundió? ¿Y por qué la civilización que había
desarrollado no llegó hasta nosotros en forma de un
proceso histórico determinado y perfecto? Es patente
que esas ideas entraron en colisión con el mundo material
que las rodeaba.Lo mismo que el individuo con la sociedad,
también esa civilización entró en colisión con otra.
Pero sucumbió no sólo por esto, sino también a causa
de su confrontación con el mundo material, con el
«progreso» y la tecnología. Las ideas de la civilización
oriental son un resultado, la sal de la tierra; de
ellas fluye verdadera sabiduría. Pero según esa lógica
oriental, la lucha es un pecado.El núcleo de la cuestión
reside en que vivimos en un mundo de ideas que nosotros
mismos creamos. Dependemos de sus imperfecciones,
pero también podríamos depender de sus ventajas y
valores. Y ya llegando al final, y en confianza: aparte
de la imagen artística, la humanidad no ha inventado
nada de manera desinteresada. Y por eso quizá realmente
consista el sentido de la existencia humana en la
creación de obras de arte, en el acto artístico, ya
que éste no posee una meta y es desinteresado. Quizá
se demuestre precisamente en ello que hemos sido creados
a imagen y semejanza de Dios.(*)
(*)
Fuente: Andrei
Tarkovski, Esculpir en el tiempo, Ed.
Rialp.
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