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LA ESCRITURA DEL DIOS
Por Jorge Luis
Borges
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Rostro
del jaguar, el animal en cuya piel el
mago Tzinacán, el personaje del relato
borgeano "La escritura del dios"
descubre el nombre secreto de la divinidad.
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El jaguar se mueve. Y suda belleza y misterio. En
la moteada pelambre felina acaso se refugie, oculte,
la escritura del dios, un mágico texto secreto cuyo
descubrimiento y lectura puede dispensar poder ilimitado.
Esta sospecha, esta religiosa y poética creencia,
vive en el relato borgeano "La escritura del
dios", incluido en su célebre volumen de ficciones
El aleph. Borges imagina allí a un mago azteca
que cae mancillado, humillado y derrotado, bajo
el arrogante fuego español. Luego de la extinción
del brillo de Tenochtitlán y de Moctezuma, Tzinacán
padece cautiverio. Oscuridad. La necesidad de apelar
a alguna potencia mágica y divina para expulsar
al sacrílego invasor. El mago recuerda entonces
la antigua creencia: quizá el nombre secreto del
dios duerme, secreto, velado, en la piel de un jaguar.
Y
un jaguar acompaña al mago en su cautiverio. Y entonces...
Mediante la experiencia de Tzinacán, Borges explora
la cima de la iluminación mística y la disipación
del yo. Y el jaguar, en cuya piel se escribe su
nombre secreto, nos acerca a la condición sagrada
del animal.
En la literatura borgeana, el tigre, y no el jaguar,
oficia como felino motivador de fascinación y contemplación
poética tal como se manifiesta en "El otro
tigre". El tigre siberiano o asiático impresionó
también hondamente al poeta inglés del siglo XVIII,
William Blake. ( "El otro tigre" borgeano,
como el poema "El tigre", de Blake, pueden
ser leídos en Temakel en: El
tigre, el símbolo: Borges y Blake.)
Pero en este relato la imaginación del creador de
Ficciones se sitúa en la cultura azteca,
en la áspera región del Valle central de México,
en la tierra americana, donde el jaguar, y no el
tigre, brilla con especial fulgor. De todos modos,
en el relato muchas veces jaguar y tigre son empleados
como sinónimos ( una equivalencia que no suprime
las diferencias específicas entre ambos pero que
destaca su idéntica condición felina). El jaguar
aquí, como el tigre siberiano, es entonces apertura
hacia la percepción de energías universales.
En
este primer latido de Grandes relatos fantásticos
de Temakel, percibiremos la brisa de lo fantástico
que convierte a un animal en mensajero del dios
enigmático.
Esteban
Ierardo
LA
ESCRITURA DEL DIOS
Por Jorge Luis
Borges
La cárcel es profunda y de piedra; su
forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien
el piso (que también es de piedra) es algo menor
que un círculo máximo, hecho que agrava de algún
modo los sentimientos de opresión y de vastedad.
Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo,
no toca la parte superior de la bóveda; de un lado
estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom,
que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un
jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo
y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una
larga ventana con barrotes corta el muro central.
En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,,
y un carcelero que han ido borrando los años maniobra
una roldana de hierro, y nos baja en la punta de
un cordel, cántaros con agua y trozos de carne.
La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo
ver al jaguar.
He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez
era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en
la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo
cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría,
sin magia, levantarme del polvo.
La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que
bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara
el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del
dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me
laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que
ya no dejaré en mi vida mortal. Urgido por la fatalidad
de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra,
todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número
de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando
los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche
sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero
siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el
recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de
los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de
la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió
de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el
azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos
consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que
estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último
sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El
hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había
visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba
entenderla. Esta reflexión me animó, y luego me infundió una
especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas
incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado.
Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la
configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se
allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones
y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La
montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo
más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de
los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita
la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando
recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.
Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera
mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de
los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en
cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé
esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y
a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en
su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración
de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude
fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas
incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las
piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma
palabra. Muchas tenían bordes rojos.
No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la
bóveda que era imposible descifrar aquel testo. Gradualmente, el enigma
concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una
sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté)
construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no
hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los
tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que
se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio
luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra
enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo
implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el
tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un
dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud.
Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la
suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a
cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas,
todo, mundo, universo.
Un día o una noche -entre mis días y mis noches ¿qué
diferencia cabe?- soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena.
Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así,
multiplicándose hasta colmar la cárdel, y yo moría bajo ese hemisferio de
arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El
despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo:
"No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño
está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos
de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de
haber despertado realmente."
Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité:
"Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de
sueños." Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un
círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la
carne y los cántaros.
Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su
destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o
un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del
incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión.
Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi
viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar.
Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras
difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un
resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una
rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás,
ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de
agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita.
Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo
era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio
tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa
Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de
imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del
universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que
surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se
volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el
dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban
una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la
escriturad del tigre.
Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen
casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me
bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara
en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a
Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la
pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y
yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca
diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.
Que muera conmigo el misterio que está escrito en los
tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes
designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o
desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le
importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de
aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso
dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad. (*)
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Piel
de jaguar, sagrada superficie jaspeada
en laque acaso una invisible divinidad
plasma su secreta escritura.
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(*)
Fuente: Jorge
Luis Borges, "La escritura del dios",
cuento de El aleph, en Obras Completas,
v.I, Buenos Aires, Ed. Emecé, pp.596-599.
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