|
EN EL
CAMINO:
MARIO MARKIC,
PERIODISTA VIAJERO
Entrevista Esteban Ierardo
Fotos Andrés Manrique
En
el camino
es un programa
de viajes emitido por TN, un canal de cable de la televisión
argentina. El periodista-viajero es Mario Markic, oriundo
de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina.
A lo largo de
alrededor 140 emisiones, Markic ha descubierto multitud
de historias de vida y lugares. Esta experiencia, según
Mario, nos permite ampliar la noción de actualidad, advertir
que la realidad no se restringe a lo priorizado por
los medios en su continua difusión de noticias. La muerte
de una cabra para unos campesinos puede ser un hecho tan
rebosante de una realidad apremiante como los grandes hechos
de la política nacional o internacional. En su periplo
como viajero, Markic difunde el poder del viaje de descubrir
y ampliar lo real. Este pulso vital es el que acompañaremos
ahora en este momento de Viajeros y exploradores de
Temakel.
EI:
¿ Cómo empezó En el camino?
MM: La
génesis de En el camino estuvo en el momento en que
decidí convertirme en un periodista de acción, no de escritorio.
Comencé entontes a viajar a lugares remotos de Argentina
o América Latina. Lo que me importaba era la travesía. La
travesía era más importante que el destino.
Cuando era muy chico veía la serie Ruta 66, que consistía
en dos personajes que, en un auto descapotable, siempre
viajaban atravesando los caminos de EEUU. Llegaban a cualquier
pueblito cerca de la ruta. Se desarrollaba entonces una
historia basada en un conflicto humano, con principio, desarrollo
y final. Y luego de ese final, seguían viajando. Con el
tiempo, leí la novela En el camino, de Jack Kerouac.
Y cuando ya trabajaba en televisión, surgió la posibilidad
de hacer un programa basado exclusivamente en viajes. Entonces,
pasé un mes en Tierra del Fuego; y diez días en un lugar
llamado El cementerio de los Barcos Hundidos; es
un lugar al que no se llega salvo en helicópteros, a caballo,
o en cuatriciclo. Luego de ese mes, regresamos con
muchos casetes,
con historias muy atractivas. Entonces, comenzamos a sacarlos
al aire. En principio era para el noticiero. Por lo que
sólo podía editarse tres minutos. Entonces, luego nació
la idea de realizar documentales de 30´. Todo esto fue a
principios de 1996.
EI:
En tu experiencia de ciento cuarenta programas, ¿cómo sentís
que se modificó la mirada del periodista habituado a priorizar
como única realidad lo que aparece en primera plana? ¿Qué
nueva visión te ha deparado el periodismo?
MM:
Me ha enriquecido mucho. Me ha dado una línea de interpretación
distinta, sin que por esto haya abandonado el "periodismo
duro". Luego de realizar este tipo de programas, se
advierte que se le da importancia a cuestiones no esenciales.
En el viaje te encontrás con seres de carne y hueso que,
generalmente, están vírgenes del discurso que se da en las
grandes ciudades. Un discurso que consiste en un verse el
propio ombligo continuamente. Durante el viaje podés encontrarte
con gente que tiene cuatro cabras. Y si se le muere una,
esto representa para ellos una gran tragedia; es un hecho
cargado de realidad.
EI:
Toda esta experiencia de viajero vendría a representar entonces
una ampliación de la noción de actualidad. Una actualidad
que incorpora lo no visible. Y, además, como pensarías el
tipo de programa que es En el camino. ¿Lo relacionarías
con el género documental?
MM:
En el camino no es un documental. Es un relato
de viajes. No es una descripción objetiva, con pretensiones
científicas, sino una mirada subjetiva en la que me permito
interpretar y manifestar emociones. Lo subjetivo, por ejemplo,
me permite regresar al pasado. Ante un hecho, una persona,
o un paisaje, mi libertad subjetiva me permite ligar el
presente con alguna escena distante de la historia. En un
programa que hice sobre el desembarco del Día D, en la segunda
guerra mundial, se puede ver esa relación entre lo pasado
y el presente. Es un programa que hice en 1995, cuando se
cumplían los cincuenta años del desembarco en Normandía.
Hice entonces una nota sobre los veteranos. Después, durante
el Mundial de Fútbol, volví al lugar y me dije que no podía
perder la ocasión de hacer un trabajo más extenso. Entonces,
a partir de recorrer las costas de Omaha (donde se dio uno
de los combates más duros), y los cementerios de los caídos
en el presente, en la actualidad, fui ensamblando las imágenes
y los hechos del pasado.
EI: ¿Has descubierto
lugares donde se pueda percibir el poder del pueblo para
rehacer la realidad?
MM:
Una vez fui a Sierra Grande. Y allí descubrí que
toda la gente estaba abocada a una sola cosa: usar una mina
que tenían vacía para ofrecer un circuito de turismo aventura.
Esos hechos remiten a otro orden de noticias; y a un registro
distinto de la realidad. Una manera diferente de configurar
la realidad. En este mismo sentido, hace tres meses estuve
en Aaron Castellanos, en la provincia de Santa Fé,
Argentina. En este pueblo hay una laguna que, debido a las
grandes
precipitaciones y debido a que la utilizaron como canaleta
para desaguar allí, fue creciendo y creciendo hasta que
los campos alrededor del pueblo quedaron totalmente anegados.
Las aguas llegaron hasta los tres y cuatro metros de altura.
Todos los tambos quedaron bajo agua. Entonces, los pobladores,
encabezados por su intendente, decidieron cambiar. Dejaron
de ser ganaderos y empezaron a pescar. Rehicieron su realidad.
EI: Recuerdo que hiciste un programa con un domador
de caballos. Creo que esa fue una historia que resonó especialmente
en tu sensibilidad.
MM: Sí, esa es la historia
de Oscar Scarpatti, un domador de caballos que se
puso a llorar junto a sus hijos delante de la tumba de su
caballo. La existencia de esa tumba era algo que no le había
revelado a ellos. Conmigo se confesó, y se llenó de lágrimas.
El domador tenía una relación realmente extraordinaria con
ese caballo. Con él, había recorrido toda
la cordillera y todo la Argentina. Tuve una rápida empatía
con Scarpatti porque creo que el periodista viajero debe
aprender los modos del lugar y las costumbres de las gentes
que visita.
EI: Otro de los programas especiales
que realizaste para En el camino fue el dedicado
a una historia que Saint
Exupéry protagonizó en Concordia, en la provincia de
Entre Ríos, Argentina. ¿Cómo nació la idea de realizar ese
programa?
MM: El programa al que aludís
fue una de las mejores historias de En el camino.
En 1930, en un viaje de Buenos Aires a Asunción del Paraguay,
Saint Exupéry aterrizó en un paraje donde las ruedas de
su
avión chocaron con una vizcachera. Fue a darle auxilio la
familia Fuchs, una familia francesa que vivía en un castillo,
frente al Río Uruguay, del que hoy sólo quedan sus ruinas,
las Ruinas
de San Carlos. Allí, Saint Exupéry se encuentra
con las dos hijas del matrimonio galo, Edda y Susana. Al
verlas, dijo que le parecían "dos princesitas".
Por eso la vinculación con El Principito es muy
evidente.
La
relación con Saint Exupéry me viene de mi hermano, que es mayor que yo, y
piloto. Como todo piloto, tiene en su biblioteca obras del aviador-escritor:
Correo Sur, Vuelo Noctuno. En 1931 Saint Exupéry
dirigía en la Argentina un servicio de aeroposta, que tenía como estaciones a Buenos
Aires, San Antonio Oeste, Bahía Blanca, Trelew, Comodoro Rivadavia, Río
Gallegos. El único hangar que queda, de los usados por Saint
Exupéry, es el del Aeroclub de Río Gallegos, el lugar
donde mi hermano aprendió a volar. Entonces, cuando se iban a cumplir 50
años de la muerte de Saint Exupéry, me dije que sería muy bueno
realizar un programa sobre este evento. Y fue así como tomé la decisión de
hacer el programa en Concordia.
EI: ¿Cuál es la historia más poderosa que descubriste
durante tus viajes?
MM:
Una vez descubrí una historia mágica: la historia de un corredor
d e
autos de Puerto Deseado, en la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia
Argentina. Era la historia de Ramonín Fernández, del que era amigo. En
una ocasión, fui
a Puerto deseado para realizar una serie de notas. Allí, Darwin hizo sus mejores
registros en su viaje alrededor del mundo, en el Beagle. Llegué al hotel de
Puerto Deseado y me comuniqué con Ramonín. Le dije que lo había visto
correr, que a mí también me atraen los automóviles, que tengo un auto viejo. Entonces me dice "¡Vení!"
Fuimos entonces a un taller que era de su propiedad. Al entrar allí, veo
dos autos de carreras de su época de piloto; y, además,
24 automóviles de colección. Me sentía como un chico entrando en
Disneylandia.
Le dediqué entonces dos días a hacer la nota con Ramonín. Me comentó la historia de todos
los autos. Recordó que aprendió a manejar en un Porche 32, que era de su padre.
Ramonín le dijo a muchos amigos que si veían en algún lugar un viejo
porche 32, que le avisarán, porque él tenía interés en comprarlo. Finalmente
llegó una propuesta de
la Provincia de Buenos
Aires. Y su hijo, que también era piloto, lo fue a buscar.
A partir de ese momento, Ramonín, como lo recordaba su esposa, empezó a
cambiar. Se pasada todo el día en el taller, muy ensimismado. Comenzó a recordar
muchos episodios de su infancia al solo ver el
auto. Recordó que en un auto como ése, junto con su padre, había chocado
con un camión militar que circulaba sin luces en una noche de niebla por
una ruta. El padre de Ramonín alcanzó a esquivar al camión, pero no
pudo evitar rozarlo fuertemente con un costado de su porche. Ramonín se
puso a mirar uno de los costados del auto que había comprado. Empezó a rasguñar la pintura y
descubrió una raspadura; descubrió
varios elementos más hasta que tuvo la certeza
de que ese auto era el de su
infancia. Una historia mágica.
EI: ¿Cuáles
son las historia con poder gatillo, con un poder de revelación
de mundos paralelos que hayas descubierto?
MM:
Me fascinan la historia de los pueblos abandonados. En una
ocasión, fui a hacer una nota en Mina La Casualidad,
en Salta, en el norte argentino, para la Revista La
Semana, no para televisión. Se llegaba allí, a los 5.550
metros de altura, por un camino bordeado por una cornisa
que da a un desfiladero. Los pueblos abandonados me interesan
porque allí vas en busca de fantasmas; y nada es más
perturbador que leer donde no hay nada. La
persona que sabe mirar donde parece que no hay nada es quien
se comunica íntimamente con ese lugar.
EI:
Esa sensación de nada, ¿no es semejante a la que se puede
experimentar al atravesar, al viajar, en el sentido hondo
de esa palabra, por la Patagonia?
MM: Sí; en la Patagonia
se advierte mucho una sensación de infinito. Allí podés
caminar tres días sin encontrar a nadie. Esa absoluta desprotección
es lo que valoriza ese sitio.
Algo
de esto vivió Darwin. Darwin llegó a la Bahía de San Julián, en la
Patagonia Argentina, en 1832. Luego se
trasladó hasta la cordillera siguiendo el curso del Río Santa Cruz.
Estuvo a dos días de conocer el glacial Perito
Moreno. En sus últimos escritos,
cuando ya presentía su muerte, Darwin escribe
entre signos de admiración que la imagen de la soledad infinita de la
Patagonia volvía con insistencia a su memoria. Luego se
asociara a
la Patagonia con el destierro, con las huelgas y los
fusilamientos de obreros, con el penal de Usuahia. Pero
Darwin habla de la Patagonia como una experiencia de riqueza.
Hace unos años, Jean Baudrillard, el intelectual francés, vino a la
Patagonia.
Primero dictó una conferencia en Buenos
Aires en la que se le podía hacer preguntas. Entonces, le pregunté
por que eligió la Patagonia. Y él me contestó: "Porque quiero encontrar la
nada. La nada también es un lugar...".
|