Por Esteban
Ierardo
Luces matinales frotan un suelo llano. El
cielo se acomoda en los bordes de su figura semicircular. La llanura
palpita, diurna y vacía. No cubren su superficie tapices de colores
ni formas diversas. Entonces, desde lo alto descienden el escritor y
el pintor. Y descubren desapercibidas selvas. Dentro de la tierra
llana.
El pintor: el Bosco; el escritor: Borges. El artista
de la imagen pletórica y el de los ríos ordenados de palabras. En
ambos creadores hallaremos el poder para hacer de la figura material
(sea esta figura pictórica o literario-metafórica) un sendero
abierto hacia lo que llamaremos el camino de la saturación de la
materia; un movimiento que transforma el pequeño espacio en lugar
numinoso, de selvática riqueza o multiplicidad donde se manifiesta y
hace presente una totalidad plena de sentido.
1. El Bosco
y la riqueza selvática de la materia
Hieronymus Bosch pintó sus cuadros y su
existencia en Hertogenbosch, sosegada ciudad de Holanda, a la que el
pintor debe su célebre nombre. En el Museo del Prado sudan algunas
de sus exasperadas fantasías. Centenares de figuras humanas,
demonios, animales y vegetales extraños pueblan los óleos sobre
tablas (1). Estas y otras obras atesoró en el siglo XVI el monarca
español Felipe II. En las imágenes del juicio final, del paraíso y
el infierno del Bosco, Felipe encontraba un mensaje moral, un
estímulo edificante, la advertencia de los peligros que acechan al
alma que renuncia a la pureza y se hunde en el fango de la
perdición. Para otros, la heterogénea fauna de figuras del Bosco
aspiran sólo a divertir, a entretener, como los "grotteschi" de la
ornamentación renacentista.
El Bosco refulge en el escenario de una pintura flamenca que,
en el siglo XV, ostenta la excelencia del incipiente naturalismo de
Jan Van Eyck, o la vívida devoción sagrada de Rogier Van der Weyden.
Brueguel el viejo será el pintor holandés cuya pintura evidenciará
una importante influencia bosquiana. Influencia totalmente ausente
en la pictórica flamenca posterior del siglo XVII relacionada con la
hermosura femenina de Rubens, los retratos de Rembrant, o los
famosos retratos colectivos de Frans Hals.
En 1560, Felipe de Guevara escribe la
primera crítica de la obra del pintor neerlandés donde reduce su
legado a una desaforada invención de "monstruos y quimeras" (2).
Mucho después, el alemán Carel Van Mader afirmó que en el Bosco
proliferan "fantasías sorprendentes y extrañas...a menudo no
tan placenteras sino más bien horripilantes a la vista" (3). En
estas observaciones críticas emerge una primera variante: la
pictórica del artista flamenco constituye una estética del horror
extraño. Para otros, el pintor holandés es heraldo del curioso lazo
entre herejía y liberación sexual. Aquí resuenan los timbales de la
celebrada teoría de Wilhelm Fraenger. En 1947, Fraenger anunció que
el Bosco integraba la Hermandad del Espíritu Libre, una herejía que
apareció en la Edad Media, en el siglo XIII. El rito es camino
llameante a lo trascendente. Y los Hermanos del Espíritu Libre
encontraban su via apia hacia la trascendencia en la
promiscuidad sexual. Mediante el desenfreno orgiástico creían
recuperar la inocencia de Adán. Se les llamó entonces adamitas (4).
Fraenger asegura que El jardín de las delicias nació
de los pinceles del Bosco para responder a un pedido de un grupo de
adamitas de Hertogenbosch, hogar del pintor. En la tabla central del
tríptico fulguran, en abigarrado tumulto, numerosos cuerpos
desnudos. La observación habitual es que mediante esta imagen de
desnudez el artista moraliza y critica el exceso sensual y su alud
de pecados. Para Fraenger, por el contrario, aquí se ilustra el goce
y desinhibición de las prácticas sexuales de los adamitas. La
crítica especializada suele rechazar la interpretación del estudioso
alemán. La opinión popular la acepta complacido. El alucinado
artista holandés se transforma así en involuntario progenitor de la
liberación sexual contemporánea. El Bosco sería el antecesor del
erotismo emancipador de Marcuse o de la "sexualidad terapeútica " de
Norman Brown (5).
El imaginativo pintor habría sido un heterodoxo, un
audaz y encubierto hereje. Y también sería el primero en exhalar las
imágenes del inconciente surrealista. El Bosco: liberador de la
sensualidad reprimida y también emancipador del fuego de lo
fantástico congelado por la razón moderna. Breton, en sus
Manifiestos, lo legitima como pionero del inconciente
creador inacabable, como explorador del magma preconciente y surreal
(6). Dalí lo invoca asimismo y escucha desde el centro de su fiebre
imaginativa.
El Bosco anunciador de la liberación erótica
contemporánea es parte de una hermenéutica moderna, quizá
anacrónica. Pues acaso el pintor flamenco llega a su extraño
universo no desde una iluminación heterodoxa sino como consecuencia
de su profundo vínculo con la imaginación medieval.
En el Bosco las influencias medievales son
esenciales. Los grabados populares fueron uno de los muchos
alimentos de su pictórica. Sus Ecce homo ( el de
Frankcfort y de Filadelfia) acusan el influjo de la iconografía y
las composiciones xilográficas del siglo XV (7). Los grabados
del Ars Moriendi del maestro, que firmaba con el
monograma E.S, se manifiestan en La Muerte del Avaro y
La muerte del pescador. El motivo de la Misa de San
Gregorio se dispone en grisalla en el reverso de la
Epifanía del Prado. En esta misa, durante la elevación
del cáliz el Papa San Gregorio observa, arrobado, la aparición de
Cristo sobre el altar. La sangre que emana de las llagas del Hijo de
Dios se vierte en el cáliz. Era un milagro, símbolo del sacrificio
crístico en la Misa, que fue representado frecuentemente en las
estampas que se vendían en las ferias y los Libros de las Horas
(8). La extracción de la piedra sugiere también el
influjo de las miniaturas tradicionales que estampaban los códices.
El prolífico repertorio de seres híbridos y monstruos del Bosco se
aproximan a los monstruos del Salterio de Douai (1325) o El libro de
las horas de Thérouanne. Otras ciudades del ducado de Brabante, como
Amberes, Bruselas o Lovaina, estaban ávidas del arte moderno
procedente del Renacimiento italiano. Pero Hertogenbosch, el
horizonte urbano que contuvo toda la existencia del Bosco,
permaneció, a pesar de sus fuertes lazos comerciales con Amberes y
Brujas, un tanto aislada e impregnada por los últimos coletazos de
la gótica Alta Edad Media.
El
Bosco se nutrió así vivamente de la iconografía medieval, de la
contemplación de las piedras talladas de las iglesias, con sus
gárgolas y grifos; o de la apreciación de las estampas de
circulación popular; o de las imágenes de salterios o los Libros de
las horas.
Muchas figuras de significación simbólica en el universo de Bosch
pueden ser enlazadas con imágenes-símbolos preexistentes en el
océano cultural medieval. Los animales, como el pescado que aparece
en El carro del Heno, La Tentación de San
Antonio, o El Jardín de las Delicias, era
presentado en los Bestiarios medievales como acompañante de Satanás.
La rata en El tabernáculo espiritual se asocia a las
mentiras que distancian de la verdad divina. Las colmenas y la miel
con su representación medieval del placer sexual se muestran en
San Jerónimo en oración; el sapo como vínculo con la
hechicería y la herejía se posa sobre el vientre femenino en
Los siete pecados capitales.
La
alquimia medieval, que perdura vigorosa en el Renacimiento, provee también de símbolos significativos a la
pictórica bosquiana. La Fuente de la Vida del Paraíso terrenal del
Jardín... enlaza con la Fuente de la Juventud Eterna
que, a su vez, se asimila al poder regenerador y dador de
inmortalidad de la piedra filosofal. En El Jardín de las
delicias la imagen del Huevo se reitera con una de sus
formas más sorprendentes: bolas transparentes donde se alojan
parejas de enamorados. El huevo es símbolo alquímico fundamental
relacionado con un segundo nacimiento de índole iniciática. Este
nuevo nacer es el que confiere el conocimiento. El huevo también es
receptáculo donde germinan las potencialidades vitales. Y el huevo
es emparentado con la imagen de la esfera, la calabaza o el globo.
Es expresión así del universo o de la matriz primordial, el
vas mirabile alquímico del que surge todo. El tema del
árbol y los brotes que surgen de las rocas en El
jardín también poseen reminiscencias alquímicas
(9).
También la antigüedad grecorromana pudo inspirar lo fantástico del
Bosco mediante las gryllas, las figuras de la
glíptica. Plino el Viejo aseguraba que Anfitos de Egipto denominó
gryllos (lechón) a una imagen que realizó para
satirizar a un hombre. Así se llamaron después las figuras glípticas
que consisten en un repertorio de anomalías orgánicas: cabeza de las
que surgen piernas; brazos o pies empotrados en la cintura de un
cuerpo rematado por una cabeza de animal. La Edad Media atribuyó
poderes mágicos a estas piedras con fantásticas combinaciones de
cuerpos humanos y animales. Hubo una gran avidez por
coleccionarlas.
El
universo de imágenes medievales, y antiguas como los
grylles, envolvieron al Bosco en la atmósfera sacra
del cristianismo gótico. Pero también el artista holandés aspiraba
las brisas religiosas exhaladas por las hermandades devocionales de
Hertenbosch.
El Bosco pudo haber pertenecido a la Hermandad
de la Vida simple. En la ciudad de
Hertogenbosch pululaban los conventos y monasterios. Dentro de esta
efervescencia sacra sobresalieron los Hermanos y Hermanas de la Vida
Simple. Su aspiración era regresar a la originaria sencillez de la
existencia evangélica. Su camino era la "devotio moderna". Un
sendero religioso inspirado por la "imitación de Cristo" de Tomás de
Kempis (10). En Hertogenbosch el fervor cristiano también se avivaba
mediante la estampa impactante de la gran iglesia de San Juan.
Ejemplo nítido del estilo gótico brabanzón, este templo impresionaba
por la riqueza de su decoración de talla, y los cuerpos de monstruos
y peones que lucían sentados a horcajadas en los arbotantes que
sostenían el techo.
Otra congregación religiosa que difundió la
devoción en el hogar del Bosco fue la Hermandad de Nuestra Señora.
Entre 1486 a 1487 el nombre del Bosco aparece mencionado por primera
vez en las listas de los miembros de la Orden. Esta comunidad
profesaba el culto de la virgen, la "Zoete Lieve Vrouw" que se
hallaba en la capilla de la Iglesia San Juan. En su seno se reunían
laicos religiosos.
La hermandad se encargaba en ocasiones de trabajos
para embellecer la capilla de Nuestra Señora en la Iglesia de San
Juan. La mayor parte de la familia del Bosco pertenecía a la Orden y
realizaba diferentes actividades en beneficio de la misma. El Bosco
recibió varios encargos (una vidriera para la capilla nueva; un
crucifijo, un candelabro). En 1504, Felipe el Hermoso, duque de
Borgoña, le encargó un retablo que representara el juicio final
que, por sus dimensiones abultadas (nueve pies de altura por
once pies de ancho), se acercaba al Juicio final de
Rogier Van der Weyden.
La férvida atmósfera religiosa de la ciudad del pintor
holandés, sus trabajos de temática sacra para la Hermandad de
Nuestra Señora y el duque de Borgoña, expresan el hondo compromiso
del pintor con el cristianismo epocal. Aspectos que se suman a los
que antes destacamos en cuanto a la influencia de la imaginería
religiosa medieval sobre el arte bosquiano.
Si es
posible hablar de un talante heterodoxo en el Bosco éste sólo se
desarrolló dentro de su visceral universo cristiano. La
"heterodoxia cristiana" de Bosch surge mediante lo que pensamos es
su liberación de la imagen de la función pedagógica propia de la
pintura medieval.
En la
Edad Media, la materia puede ser honrada como sustrato de símbolos,
como escalera para ascender a la comprensión de lo absoluto (11).
Pero en un universo cristiano, la justificación última de la
hyle sólo puede relacionarse con un medio que ilustra
o prefigura la realidad sobrenatural. Es preciso despojar a la
materia de su valor intrínseco, de su entraña radiante, de la
ebullición de su pura presencia. Lo material debe ser sólo
instrumento pedagógico para decir la verdad cristiana. De ahí
que una puerta, un tapiz, un óleo,
un muro con frescos o las ilustraciones de la vida de santos sean
manifestaciones del posible camino de la salvación o la advertencia
sobre los peligros de la caída. En la representación artística
medieval la materia actúa como resignado soporte de una pedagogía
moralizadora. Como ética visual.
En el siglo V, teólogos como Paulino de Nola en Italia y Nilo
de Ankara en el Asia Menor, iniciaron una reflexión cristiana sobre
el arte. Según el primero, el fin de la imagen de inspiración
religiosa era estimular la oración o la plegaría de los peregrinos.
Para Nilo, las decoraciones de las iglesias siempre debían nutrirse
de los temas del Antiguo y el Nuevo Testamento, y no de
intrascendentes escenas de caza o pesca.
El Bosco también habría querido "enseñar" el camino
cristiano hacia el espíritu. La pedagogia moral de las imágenes
bosquianas denuncia las miserias del hombre y satiriza a su época.
La burla destila su ácido crítico sobre los monjes y las diversas
formas de pecado en una serie de obras moralizantes, algunas ya
mencionadas, como El tablero de los siete pecados capitales y las
cuatro postrimerías , en el Museo del Prado, La muerte del
avaro, El Prestidigitador, El carro del heno, Las Bodas de
Canaán. O La Extracción de la piedra. En esta última obra
se critica la credulidad mediante un trasparente sentido alegórico.
Rodeado por un amplio y cálido paisaje, un cirujano manipula su
bisturí sobre la cabeza de un paciente a fin de extraerle una
piedra. En la parte superior del cuadro se lee la inscripción, de
esmerado trabajo caligráfico: "Maestro, quítame la piedra, me llamo
Lubbert Das". En tiempos del Bosco, extraer una piedra es un acto de
curanderismo por el cual se buscaba curar al paciente de su
estupidez. La extracción es así un simulacro; su falsedad se
evidencia en el cuadro por el hecho de que el cirujano extrae una
flor y no una piedra. En los relatos neerlandeses de la época,
"Lubbert" alude a un hombre particularmente estúpido; de ahí la
creencia de Das en la realidad de la operación quirúrgica. A su vez,
un monje y una religiosa contemplan al cirujano y su víctima, lo
cual insinúa que participan de una práctica que su ortodoxia debería
rechazar de plano.
En La nave de los locos, en el Museo del Louvre, el
Bosco satiriza la hipocresía clerical y los excesos populares de la
gula. En una pequeña nave, una monja toca un laúd frente a un monje.
Ambos comparten una gran francachela con unos campesinos. El mástil
es un frondoso árbol en cuya parte superior se encuentra, enlazado,
un pollo asado que un campesino busca liberar con un cuchillo. Sobre
el cordaje de la derecha, que se extiende entre un extremo de la
nave y el mástil-árbol, se sienta un bufón concentrado en beber un
delicioso vaso de vino. Esta nave, sede de desenfreno, se inspira en
el espíritu crítico de La nave de los locos de Brandt y es el
opuesto de su contraparte positiva: la nave de la Iglesia, donde las
almas eran guiadas por los clérigos hacia el cielo.
Pero el didactismo moral de varias obras del Bosco es
superado acaso por el nivel más alto y genuino de su cretividad. Ese
nivel donde la pintura ya no ilustra o representa la miseria o caída
humana. Ahora, un universo extraño y divino, la triangularidad
cielo-paraíso-infierno, rodeará al hombre. Triangularidad que
contiene todos los niveles de una existencia sacra que ya no
representa sino que presenta. El lienzo bosquiano se
convertirá en la convincente y cercana presencia del cielo y el
paraíso y sus maravillas, y del infierno con su calurosa y eterna
tenebrosidad punitiva. En su fase más elevada de imaginación, el
arte del Bosco no representa sino que hace presente, muestra
como una hipnótica presencia el cielo, el paraíso y el
infierno.
Así, un pintor que participa del significado alegórico moral
del arte medieval consumará también una forma de liberación de la
impronta instrumental de la pintura cristiana. En Bosch la materia
pintada ya no es sólo medio para ilustrar una moral, o
para representar lo sagrado. La pintura, la obra, es ahora lugar
numinoso donde se hace presente y se muestra una realidad
trascendente y esquiva.
Y el medio esencial del Bosco para convertir la
pintura, la obra artística, en lugar material donde se hace presente
una realidad grávida de sentidos es lo que meditaremos como la
saturación figurativa del espacio pictórico.
El tríptico de El juicio final
es ejemplo de la saturación figurativa de la obra pictórica
bosquiana. En diversos momentos de la Edad Media ardió la
certeza de un inminente juicio final. En Mateo, 25: 34, 41, Cristo
predice que los elegidos se enaltecerán con una bienaventuranza
eterna que les aguarda desde "la creación del mundo". En el siglo
XII, Joaquín de Fiore inició el milenarismo. Una doctrina que
aseguraba que se aproximaba la tercera edad en la que la comunidad
evangélica y la pobreza restablecerían el paraíso en la tierra. El
presentimiento de una debacle catastrófica de la
humanidad conturbaba los espíritus. La creencia en un aumento
cuantitativo del pecado atizaba la espera de una destrucción cercana
y, para algunos, transfiguradora. Según Sebastian Brant,
contemporáneo del Bosco, los pecados habían experimentado una
furiosa multiplicación. El himno del siglo XIII, el Dies
irae (día de la ira) anunciaba el día en que el mundo se
disolverá en ardientes cenizas. Las visionarias descripciones del
apocalipsis de San Juan avivaron también su influencia sobre el
espíritu popular mediante los grabados en madera de Durero. En los
caminos del Renacimiento aún podía escucharse el agudo chillido de
los condenados a las torturas en los nueve círculos infernales de
Dante o de La visión de Tundale. Esta
omnipresente angustia apocalíptica espoleó la avidez del Bosco por
representar el juicio definitivo de Dios.
En términos estrictamente teológicos, el castigo infernal es la
eterna privación de la visión de Dios. La ausencia de un
conocimiento contemplativo del ser divino es condena espiritual.
Pero, en la imaginación popular, la situación infernal es
esencialmente física, una constante carencia del bienestar corpóreo.
Para el Bosco el infierno es también un patíbulo de opresión física.
Así, el artista neerlandés, en su Juicio final, urde
una maquinaria de agresión corporal. Algunos cuerpos son mordidos
por serpientes; otros se abrasan en hornos. Un demonio femenino con
patas de ave cocina a un desdichado a fuego lento junto a dos huevos
blancos. Una mano emerge de un pequeño e indefinible cuerpo verde y
atraviesa con el extremo fino y puntiagudo de una espada de hoja
blanca a un desgraciado; otra criatura espeluznante, arrodillada,
blande una daga con la que perfora los oídos de un torturado que
yace recostado con sus brazos abiertos y sus rodillas
genuflexas.
Entre la geografía de calientes abismos y hornos del juicio final,
se dispersan dragones, escuerzos, culebras, peces, pájaros, herreros
y soldados torturadores, cuchillos, cañones, túneles, flechas,
ollas, trompetas, escaleras, fogatas, ruinas de edificios, barcos,
huevos, un serrucho y un tambor, espadas, pelícanos. Además de la
profusión de figuras existen numerosas formas híbridas (mitad
humanas, mitad animales). Todo este alucinado universo de figuras
satura el espacio de la representación pictórica.
La
profusión o saturación de figuras no impera sólo en el espacio
infernal. También se halla en obras del Bosco como El carro
del Heno, Ecce Homo, el tríptico de los Santos
Eremitas; o en tríptico de La tentación de San
Antonio. O en el póstigo
izquierdo del Paraíso de El jardín de las
delicias. Allí, Adán y Eva están
acompañados por Cristo y habitan el bello jardín. Una bandada de
pájaros, en un vuelo espiralado, atraviesa un montículo de formas
irregulares y se pierde en un hermoso cielo azul. Elefantes,
unicornios, un árbol con ramas semejantes a brazos, diversas
criaturas acuáticas, terrestres y aéreas, un indefinible vegetal
rosado como fuente saturan la representación pictórica. La materia
pintada.
En el Bosco, la materia pintada es intensificada por el exceso de
figuras. Es un espacio selvático. La máxima densidad en un volumen
estrecho. La imagen deviene receptáculo donde la vida se hace
profusa, multiplicada, selvática. La lógica de lo selvático
figurativo es el máximo de figuras (raíces, plantas, hojas y
animales) en volúmenes reducidos. La multiplicidad en lo diminuto.
La amplitud abigarrada en la pequeñez.
¿Qué
es lo que dice o expresa un espacio así colmado, saturado,
selvático? El primer impacto de la pintura bosquiana es el vértigo
ante las formas del horror (el caso del Juicio final),
o el asombro (el Paraíso en El Jardín de las
delicias). Pero estos son efectos de superficie que diluyen
en un silencioso claroscuro la naturaleza más esquiva y honda de las
imágenes selváticas del Bosco.
Las
figuras múltiples que saturan las pinturas de Bosch son signos de
transformaciones fantásticas, de operaciones metamórficas. En el
espacio pictórico bosquiano, toda forma cerrada y pura se desvanece.
El hombre metamorfoseado se confunde con animales, vegetales o
supuestos objetos inanimados. Irrumpen así en el universo visual del
Bosco un hombre-cardo, una suerte de ave cuya nariz se troca en una
trompeta metálica; un enano con cuerpo emplumado y cola de lagarto;
humanos encerrados dentro de huevos semitransparentes y gelatinosos;
una especie de manzano cuyo tronco son piernas humanas, sus ramas
brazos y su copa un búho; un hombre-árbol; ratas con alas de
insectos; caballos de vientres que se mutan en botes de
gres.
Estas diversas expresiones de seres híbridos o metamórficos podrían
sugerir una innovación en el lenguaje plástico, una fractura
respecto a la imaginación medieval anterior. Pero no es así. Cada
una de las figuras metamorfoseadas (seres horrorosos o fantásticos,
o ambas cosas a la vez) pueden ser relacionadas, como ya advertimos,
con la imaginería gótica, con la iconografía y simbólica medievales.
La metamorfosis esencial que trae el Bosco no es la de cada figura
particular transformada, sino la metamorfosis del espacio mismo de
la representación pictórica. Como también destacamos ya, en la
pintura medieval la imagen es instrumento para señalar contenidos
morales, verdades ortodoxas y trascendentes. La imagen representada
alude a lo que no es directa presencia, y debe, por tanto, ser
representado e indicado: el corazón ético y espiritual del orden
divino cristiano. Mediante una simbólica visual, el arte pedagógico
medieval simboliza una verdad suprema. El espacio pictórico
mismo no dice. La materia pintada, por sí misma, no
expresa o revela. Pero ahora, la imagen selvática, multiplicada y
saturada del Bosco, transforma al espacio pintado. Aquí ya no se
representa. La realidad como lo otredad sagrada o extraña se
concentra y muestra en el espacio pictórico mismo como vida
multiplicada. El vértigo del exceso de las muchas y sorprendentes
figuras suspende o relega a un segundo plano toda interpretación
intelectual, o el mero goce o estremecimiento visual. El primer
efecto de la imagen selvática del Bosco es la percepción de lo
universal y múltiple concentrado en un espacio pequeño y estrecho.
En la materia pintada con el exceso y la saturación, la realidad
extraña y sagrada ya no es sugerida. Se hace presente como radiación
de fuerzas. La obra, su materialidad, devienen lugar
numinoso. Centro de irradiación de la vida otra, divina.
Sobrehumana. La pictórica medieval tardía del Bosco ya no enseña
verdades seguras, pero lejanas. Ahora desnuda en la proximidad la
naturaleza múltiple y, a la vez una, de una realidad
otra y universal.
Así, en el
Bosco no se representa ya el Jucio Final, sino que éste aparece y
es en la imagen. Es presencia. Asimismo, el jardín de los
deleites o el paraíso no son representaciones de algo situado en un
lugar ausente, sino que se hacen presentes en el espacio pictórico
saturado de formas.
Este hacerse
presente en la imagen de una región sagrada por parte del Bosco, es
afín a la teología estética bizantina, al arte cultivado en la
Iglesia cristiana en lo que fue el Imperio Romano de Oriente. Para
la teología de la iglesia ortodoxa la imagen o icono es el espacio
bidimensional que no representa un hecho de la historia sagrada sino
que pretende mostrar la realidad eterna misma. Por un vía distinta,
mediante lo bidimensional y una escasez de figuras, en el
bizantinismo también lo pintado es estallido de trascendencia. La
imagen pictórica que presentifica lo trascendente también se halla
en las pinturas de El Greco; desde su Expolio hasta sus
últimas obras de fuerte impronta mística son quizá una exacervación
del espíritu bizantino en el que el pintor de El entierro del
Conde Orgaz se formó en su juventud en Creta.
Por otra
parte, la saturación pictórica a la que hemos aludido, es posible
encontrarla también en los frescos y el Juicio Final de Miguel Ángel
en la Capilla Sixtina. Allí, el pintor satura el espacio con cientos
de figuras. Pero, más allá de su referencias a la historia sagrada,
las figuras mutiplicadas remiten al cuerpo humano, y a la conocida
preocupación michelangelesca por la armonía y belleza corporales.
Esta profusión del cuerpo humano estilizado estimanos que no logra
superar el orden de la representación como sí lo consigue la
combinación de figuras metamórficas y fantásticas con las anatomías
humanas que dominan los trípticos bosquianos.
El Bosco, y
su hacer presente la máxima realidad en la imagen pictórica, es un
posible antecedente de la búsqueda moderna de la pintura
vanguardista, del abstraccionismo kandinskiano, lírico o
expresionista (12); el abstraccionismo geométrico de Mondrian
manifestado en la revista de Stijl (13), o el neoexpresionismo
norteamericano (14). Y Casímir Malévich, y su estética suprematista,
donde se busca una pintura libre de toda
representación.
Malévich, el pintor ruso, buscó cultivar una "sensibilidad plástica
pura"(15). En el pasado, la pintura se sometió a las imposiciones y
necesidades de la religión y del Estado. Ahora, el arte pictórico
busca emanciparse definitivamente. Para ello, la pintura deviene
expulsión de las imágenes figurativas que imitan o representan la
realidad visible. Cuando la pintura se despoja de toda
representación "¡no queda más que un desierto!" (16). En el desierto
plástico ya no hay multiplicidad de cosas. Cuadro paradigmático de
esta estética del vaciamiento figurativo de Malévich es una pintura
que no representa más que un cuadrado negro sobre un fondo blanco.
Las formas son reducidas a un mínimo. Desertificación de la imagen
en contraposición a la selva figurativa de El jardín de las
delicias, o de El juicio final de Bosch. Pero
el desierto de Malévich o la multiplicidad selváticas del Bosco
bregan por un mismo efecto. Para el pintor ruso el cuadrado negro es
la sensibilidad, "y el fondo blanco= la nada, que está fuera de la
sensibilidad" (17). El impacto cromático de lo blanco induce la
experiencia de un espacio puro, absoluto, que está fuera de la
percepción sensible de las cosas visibles y supuestamente reales. La
tela suprematista, su superficie ascética y desértica, se convierte
así en la irradiación de un espacio no dividido; lo real como
libertad de la sensibilidad, ya no como servidumbre a seres que se
repiten. Por otro sendero, Hieronymus Bosch también transforma a la
obra en lugar espacial que no representa sino que muestra y entrega
el núcleo llameante de una realidad universal y vital.
La imagen selvática del Bosco y la austeridad
desnuda, el minimalismo figurativo, la abstracción cuasi-pura,
inducen un idéntico estado perceptivo: el espacio pictórico que
transforma la intrascendencia de la espacialidad cotidiana y profana
y que expresa una realidad sutil, viviente y
borboteante.
En la
época del mago de Hertenbosch crece la intrascendencia simbólica de
la materia y, por ende, de lo que muestra o exhibe el espacio. Las
formas naturales de los animales, las imágenes religiosas
tradicionales, de hondo impacto visual (la cruz, la catedral, el
vitral) pierden su envergadura de puentes simbólicos hacia una
otredad sagrada. La naturaleza y la obra de arte latían ya como
símbolos lejanos, debilitados. La materia y sus formas empiezan a
callar. Se hunden en un silencio que no dice. La materia, la
naturaleza, es espacio mudo, viciado ya por la imposibilidad de
expresar. En este horizonte de la sensibilidad, el Bosco ensaya una
metamorfosis esencial. La transfiguración de lo material. El pasaje
del espacio físico inexpresivo hacia el espacio que deja que lo real
múltiple se exprese. La riqueza selvática que se expresa en la
pintura del Bosco puede ser descompuesta en miles de detalles que
potencian su presencia al ser ampliados. Cada figura o lugar
particular de las obras bosquianas son posibles hojas que brotan de
una rica vegetación frondosa y una. La sucesión de cada detalle
agigantado es brote de un solo tronco, del ser que entrega el
espacio donde crecen todas las figuras e imágenes. El único tronco
puede extender sus ramas-figuras en la ondulación del rostro del
espacio. Todo dice y revela el espacio selvático. Espacio invadido
por numerosas flores (formas, imágenes, detalles, que convierten la
materia pintada en un hervidero de significación). Esta quizá es la
piedra filosofal del pintor: que la obra sea expresión total, sin
depresiones opacas o frías superficies que no encandilan ni
hechizan. El pintor alquimista Bosch mata la materia falsa, la
que ocupa el espacio pero no incendia. Mata el espacio de formas
indiferentes, vacía de símbolos. Mata el espacio llano y silencioso
para que luego nazca el otro espacio áureo, el de los muchos rayos
de una sola tormenta, extraña, acaso divina, que nos habla y abraza
(18).
Otro de los artífices que mata el espacio intrascendente camina,
sereno y ensimismado, por rectas calles de un lejano sur. El
viandante ama los trazos que inventan ordenadas selvas de palabras
en un papel en blanco.
El
escritor se declara escéptico y agnóstico. Para él, el dios o los
dioses lloran su falsedad en las playas de la desesperación humana.
Pero su credo más vigoroso no es ya seca desazón. Su fuerza es el
deseo de un cielo fantástico que quema las cicatrices. Las
cicatrices de una tierra abandonada.
Para
este solitario artista, lo diminuto puede ser invadido, saturado,
colmado por lo grande. Lo exiguo transfigurado por un exceso de vida
universal. Por una riqueza selvática. Lo exiguo: un punto, una
novela desordenada, la piel de un jaguar, un asfixiado laberinto.
Una moneda...
2. Borges, y la selva universal en la pequeña
puerta.

En el
calor de una de las narraciones más singulares, El Zahir,
el escritor argentino rememora la extinguida belleza de
Teodolina Villar. Mujer ávida de modas o de publicidades, de
exhibicionismos y reuniones ligeras.
El primor femenino se extinguió tras el beso gélido de la muerte.
Luego de asistir al funeral, Borges se relaja en un bar para
degustar una bebida. En el vuelto recibe una moneda, un aparente
objeto vulgar. Que en realidad no lo es. Porque es un
Zahir. Zahir en árabe es lo notorio, lo visible. El
principal efecto mágico del Zahir es condenar a quien lo ha
contemplado una sola vez a recordarlo continuamente. La
memoria, como intangible espacio psíquico y personal, es saturado
por las repetidas imágenes del Zahir. Que regresa y regresa. La
saturación del Zahir es su repetición memorística. Pero el Zahir
también es capaz de saturar un espacio visible,
físico.
En el
devenir de su relato, Borges rememora el zahir del persa Lutf Alí
Azur, polígrafo y derviche que, en su enciclopedia biográfica
Templo de fuego, refiere un astrolabio de cobre, en el
colegio de Shiraz que, al ser observado una sola vez, obsesiona al
observador con la repetición de su imagen. Y luego se alude al
presunto narrador Meadows Taylor quien, hacia 1832, escuchó de un
"tigre mágico, que fue la perdición de cuantos lo vieron, aun de muy
lejos, pues todos continuaron pensando en él hasta el fin de sus
días" (19). Un faquir musulmán, uno de los hechizados por el zahir
tigresco fue alojado en una celda del reino de Mysore. En aquel
estrecho recinto el embrujado prestidigitador había creado un tigre
infinito. "Este tigre estaba hecho de muchos tigres, de vertiginosa
manera; lo atravesaban tigres, estaba rayado de tigres, incluía
mares e Himalayas y ejércitos que parecían otros tigres" (20). El
espacio carcelario es lo estrecho, lo concebido para ahogarse en su
propios límites. Pero la imagen felina se repite en sus muros. El
tigre que se repite, trae y muestra el agua ondulante de los mares,
las líneas de las montañas que ascienden hacia el cielo. Lo que
antes era una pequeña retícula material, la diminuta cárcel que
sofoca, ahora se convierte en espacio abierto a una vida rica. Por
la saturación de la figura tigresca un estrecho recinto
presidiario deviene lugar de concentración de la vida amplia e
intensa.
Y el Zahir que se repite prefigura una omnipresente realidad
sagrada. Borges recuerda que, en la obra del místico persa
Attar, en el Asrar Nama (Libro de cosas que se
ignoran) el Zahir es la "sombra de la Rosa y la rasgadura del Velo".
La sombra de la rosa es prefiguración de la bella flor divina. La
rasgadura del velo es lo que abre en el mundo terrenal una abertura
que permite la entrevisión de lo numinoso o sagrado. Por eso, en el
final de su relato, Borges relaciona la afirmación sobre la rosa y
el velo con el recuerdo de que "para perderse en Dios, los sufíes
repiten su propio nombre o los noventa y nueve nombres divinos hasta
que estos ya nada quieren decir. Yo anhelo recorrer esa senda. Quizá
yo acabe por gastar el Zahir a fuerza de pensar y repensarlo; quizá
detrás de moneda está dios" (21).
La
doctrina sufí es el latido místico de la fe musulmana. Los sufíes
practican su oración, la dikr (22), en la que mediante
la repetición cinco o diez mil veces de la fórmula "no hay más dios
que Dios" pretenden traspasar el velo y experimentar la vida secreta
de la rosa. La repetición del nombre satura la conciencia
individual, disuelve los límites del yo. Transforma la conciencia en
lugar de manifestación de una profundidad divina,
sagrada.
Y el
sendero de pequeña materia saturada por lo universal continua en
El Aleph.
Gracias a la imaginación borgeana, la primera letra del hebreo se
convierte en "uno de los puntos del espacio que contiene todos los
puntos". La tensión narrativa se vincula nuevamente a una mujer
amada desaparecida: Beatriz Biterbo. Luego de la desaparición de
Beatriz, el enamorado visita regularmente su casa, en la calle
Garay, donde aún vive su primo, Carlos Argentino Danieri. Danieri es
un fallido émulo de Whitman. Lo mismo que el poeta de Cantos a
mí mismo o de Hojas de Hierba, Danieri se
proponía versificar toda la redondez del planeta. Sus ambiciones
líricas eran elevadas aunque su único dudoso talento consistía en
"dilatar hasta lo infinito la posibilidad de la cacofonía y el caos"
(23). La relación entre Borges, el narrador, y el pariente de la
difunta, adquiere el sesgo del fastidio disfrazado de buenas
maneras.
Hasta que el teléfono suena en una oportunidad cerca del autor de
Ficciones. Al levantar el auricular la voz de Carlos
Argentino chilla presurosa y alarmada. Confiesa el temor a perder la
casa de la calle Garay por un litigio judicial. Esto significaría la
pérdida de una querida propiedad familiar y de una fantástica
presencia. En el sótano de la casa, en el peldaño diecinueve de la
escalera que conduce al recinto subterráneo, fulge una pequeña
esfera tornasolada de casi intolerable fulgor, un llameante y mágico
círculo, el lugar donde se concentran y resplandecen, sin
confundirse, todas los lugares del orbe, vistos desde todos los
ángulos.
Borges sospecha que una espesa locura cabalga por el cerebro de
Carlos Argentino. Pero en él, la curiosidad late con más energía que
la duda racional. El escritor de El Aleph acude
entonces hasta la casa donde brilló la grácil aura de Beatriz. Antes
del descenso al sótano mágico, Danieri le comunica al escritor unas
previas instrucciones indispensables: "una copita de... coñac y te
zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es
indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta
acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los
ojos en el décimonono escalón de la pertinente escalera"
(24).
El creador de El sur y las Ruinas circulares
desciende. Las puertas se cierran con un golpe bronco. La
oscuridad hormiguea rápida y apabullante por todo el sótano. En la
mente de Borges vive un nuevo temor. Todo fue un simulacro. Una
estrategia de Danieri para conducirlo a una tumba en lo profundo de
la urbe. Sin embargo, el narrador recuerda las instrucciones del
primo de Beatriz. Se recuesta entonces; endereza sus ojos hacia los
peldaños. Y rápido descubre la esfera, el fulgor, el exiguo punto
que brilla. Y entonces acontece el instante extraordinario. La
revelación visionaria, la asombrada percepción de un "instante
gigantesco", de "millones de actos deleitables o atroces" que se
mostraron en un mismo punto, "sin supersticiones y sin
trasparencias". La vastedad del macrocosmos en la concentrada
pequeñez del microcosmos, el multum in parvulo (25).
Una selva universal tras una pequeña puerta abierta en el
espacio.
La
visión impone una tragedia lingüística. La revelación del Aleph
trascurre en un efímero instante. Pero la recreación de
aquella experiencia instantánea dentro del lenguaje necesita de la
sucesión, del devenir, de una lenta y progresiva enumeración de lo
contemplado. "Lo que vieron mis ojos fue simultaneo: lo que
transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es" (26). El vértigo
de la experiencia instantánea es inefable, fuera de toda enunciación
posible. La imposible expresión verbal del Aleph exige una
aproximación metafórica, una evocación simbólica. El simbolismo
místico será el principal manantial para mitigar la
"desesperación del escritor" frente a lo indecible. Borges apela
entonces a la metáfora esencial: la esfera cuyo centro está en todas
partes y su circunferencia en ninguna. La geometría esférica sin
circunferencia es ancestral expresión de la divinidad
infinita. Su centro es lugar de máxima intensidad, de fogosa
concentración vital. Es el lugar saturado por la presencia de la
totalidad de lo real. El Aleph es por tanto el centro donde el
ser profundo se manifiesta y satura la materia. El centro es por
excelencia lugar numinoso.
Percibir todo lo que muestra la materia-centro, la materia saturada
y selvática es imposible para la pobreza de nuestros sentidos.
Pero también lo es percibir cualquier cosa que está ahí, en su
supuesto darse en la cercanía. Tal es el caso, por ejemplo, de una
montaña de nívea cumbre. La montaña se expande en las cuatro
direcciones del espacio. Vista desde la altura, sus laderas se
desparraman hacia una figura circular. En la superficie montañosa
pululan rocas, plantas, animales, suelos de diversas texturas y
tonalidades. Pero nuestra limitación corporal nos condena a percibir
sólo un perfil posible de la montaña de blanca cima. La verdadera
elevación montañosa sólo sería visible para quien pudiera
contemplarla desde todos los ángulos posibles a la vez. La
percepción simultánea de todas las aristas del objeto físico es una
posibilidad intelectual, el postulado de una especulación racional.
Pero es imposibilidad corporal. Sólo una experiencia visionaria, o
un acto de la imaginación literaria, puede devenir el místico ojo
(ojo ya no de un humano sino de una divinidad total y misteriosa)
capaz de contemplar en un solo acto todos los colores y figuras que
emanan de cualquier cosa. Semejante imposibilidad se extiende a la
visión simultanea de todo lo que es, gira y se concentra en el
punto-universo, en el radiante Aleph, pequeño círculo que contiene
todos los círculos (27).
Vemos
que, en el Aleph, la materia es despojada del acecho de la
intrascendencia dado que cualquier punto puede ser saturado,
"estallado", por la concentración e irrupción de la
totalidad.
El animal nace de la boca de una luna misteriosa. El animal
se baña en las aguas quietas de la selva. Crece con los ojos
atestados de flechas. Flechas que esperan el corazón o el cuello de
alguna víctima. Y el felino que atraviesa senderos de hojas,
serpientes y viejas rocas, percibe hilos extraños, delgados, que
seres frágiles, pero astutos, arrojan sobre su cuerpo caliente. Son
guerreros cazadores. Que atrapan con sus redes al jaguar. Que luego
conocerá un encierro subterráneo en un espacio estrecho. Todos los
días, un exiguo rayo de luz solar inunda el recinto del subsuelo y a
un prisionero: Tzinacán. Y Tzinacán contempla, embelesado e
intrigado, en una celda contigua, separada por barrotes, la piel
moteada del felino. Y, allí, entre las machas, descubre una
escritura divina y oculta, grávida de poderes arcanos. ¿Qué dirán
las letras estampadas en la pasión felina? ¿Estarán allí las tumbas
para los demonios españoles?...
En
La escritura del dios, Borges anima al personaje
Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom. Los españoles han
conquistado Tenochtitlán. El viejo orgullo mixteca sufre bajo los
estandartes y cañones invasores. Tzinacán es encarcelado en un
recinto subterráneo. Entonces, recuerda una de "las
tradiciones del dios". En un tiempo final acontecerán tristes
calamidades. La divinidad escribió una sentencia mágica para
conjurar los males del mañana. La tradición recuerda aquel acto de
escritura divina. Pero desconoce el lugar donde sus letras
misteriosas se imprimieron. Tzinacán padece la angustia de no saber.
Medita en los posibles receptáculos de la sagrada inscripción.
Aquella superficie quizá sea un lugar con la dureza de la eternidad.
Pero todo lo cercano a lo humano vive en el tiempo. La tierra y sus
habitantes respiran el devenir continuo. Y también el firmamento
donde la mudanza alcanza a planetas y estrellas. Entonces, acude a
la mente del sacerdote cautivo un recuerdo decisivo: el jaguar es
"uno de los atributos del dios". En su piel acaso brillen los
caracteres sagrados. La epidermis felina no será entonces pura
extensión, una forma entre otras, reducida a la mera función del
existir y el sobrevivir. En la piel del animal elegido como
receptáculo de la sentencia divina, yace concentrado, silenciosa,
velada, en delicado disimulo, el poder vasto de la divinidad, para
el que nada es exterior. En la interioridad sin límites del dios,
todo sitio puede ser igualmente territorio de concentración del ser.
La manifestación de la amplitud divina se aviva en el lugar elegido
por la deidad para concentrar su poder extraño, su energía universal
indefinible para la lengua humana. El lugar elegido: la piel del
jaguar, la vestimenta magnética del felino. Tzinacán entonces
disemina miradas en la pelambre moteada y fascinante del animal. Y
descifra al fin la escritura deseada, la gramática secreta que
revela la esencia y el nervio poderoso de un dios. La exigua piel
felina se transforma así en corazón al que acuden todos los ríos que
fluyen por el cuerpo infinito del dios. Y entonces, ante el postrado
y encarcelado sacerdote, se desnuda una rueda en la que entretejidas
se hallaban "todas las cosas que serán que son y que fueron, y yo
era una de las hebras de esa trama total y Pedro de Alvarado, que me
dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me
bastaba ver esa Rueda para entender todo, sin fin" (28). El
sacerdote doliente deviene visionario. Ve la amplitud del universo
en la rueda, que está en la letra divina; letra que, a su vez, se
halla concentrada, condensada, en un exiguo punto de la piel del
felino. Y Tzinacán ve entonces a los primeros hombres que
narra El libro del común (El Popol Vuh);
esos hombres cuyos rostros fueron despedazados por no agradecer ni
respetar a los dioses y los seres. Contempla todas las líneas y
redes de lo vivo. Y Tzinacán entiende la escritura del tigre, y se
une "con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras
difieren") (29). Unión que se produjo en la caliente piel de un
animal donde se vierten las selvas de lo diverso constituidas por
todas las cosas y seres.
La
moneda, la cárcel, el punto, la piel del jaguar, son formas del
espacio saturado en Borges. Pero la saturación fantástica de lo
material también involucra el tiempo. El tiempo saturado, selvático,
se expresa en la figura de una infinita red
bifurcada...
En el escenario de la segunda guerra mundial, Borges imagina
un curioso personaje: un espía alemán de origen chino. En el
cumplimiento de una misión, Yu Tsun es hecho prisionero por los
ingleses. Logra escapar. Luego de un viaje sobre rieles, donde el
tren "corría con dulzura entre fresnos", arriba a la casa del doctor
de Stephen Albert, personaje también singular. En un país devastado
por la guerra, Albert es un sinólogo, un especialista en la cultura
china. La llegada del espía chino-germano al hogar de Albert es
parte de una escena esperada. El sinólogo le refiere a su especial
visitante la historia de su antepasado Ts' ui Pen, un gobernador,
astrólogo, ajedrecista, poeta, calígrafo, que "todo lo abandonó para
componer un libro y un laberinto" (30). El soberano abdicó y por
trece años vivió en el Pabellón de la Límpida Soledad. Tras su
muerte, sólo dejó una novela que en realidad era un conjunto
desordenado y caótico de papeles. Ts' ui Pen también escribió: "dejo
a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se
bifurcan" (31). Albert le asegura a su visitante que el libro y
laberinto eran un solo objeto. La novela, carente de toda
narratividad lineal, es un laberinto, un jardín de muchos senderos
que se bifurcan. En ella, un mismo hecho no acontece una sola vez y
en un solo plano temporal. "Fang digamos tiene un secreto, un
desconocido llama a su puerta. Fang resuelve matarlo. Naturalmente,
hay varios desenlaces posibles. Fang puede matar al intruso, el
intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden
morir, etc. En la obra de Ts' ui Pen, todos los desenlaces ocurren;
cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones" (32). A
diferencia de lo que suponían Newton y Schopenhauer, el tiempo no es
lineal, homogéneo, único, absoluto. En cada instante, un hecho
cualquiera se bifurca en "infinitas series de tiempos". Cada hecho
se desdobla en infinitas variaciones dentro de una "red creciente y
vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes, paralelos" (33).
El tiempo verdadero es la unidad de los infinitos hilos o caminos
temporales paralelos. Por consiguiente en cada instante temporal
obra en silencio un torbellino de transformaciones, de variaciones
de un mismo hecho. Cada hecho se halla saturado, atravesado, por
inacabables bifurcaciones temporales. Esta saturación borgeana del
instante temporal apela a su vez a imágenes espaciales: jardín, red,
laberinto.
El
laberinto es también una forma de saturación mediante la
multiplicación de senderos que dividen, parcializan y complejizan el
espacio. La saturación borgeana de lo laberíntico es observable en
relatos como El Inmortal, La muerte y la brújula, La casa de
Asterión, Bojancán el Bojarí, muerto en su laberinto. La
saturación mediante la multiplicación también es nítida en Los
tigres azules, donde unas piedras se reproducen o
multiplican inexorablemente; o en la Biblioteca de
Babel, donde la forma arquitectónica mínima o básica de una
galería hexagonal se multiplica de manera inacabable en una
biblioteca infinita.
La
imaginación fantástica borgeana satura e intensifica cada
particularidad del espacio (cada Aleph), y cada instante del tiempo
(cada senda del jardín de los senderos que se bifurcan). En todos
los casos, la saturación es una cuerda extendida hacia una
realidad vertiginosa, total y divina.
La
libertad de la ficción le permitió a Borges gozar con la experiencia
de una intensidad absoluta y escapar así de su escepticismo respecto
a la existencia de una realidad trascendente y universal. En
multitud de ensayos, y algunas ficciones, Borges expresa la
alteridad no experimentable de lo real. La realidad es ajena al
lenguaje y a toda proposición que pretenda capturar su verdad
sustancial. Por eso, en el imaginario planeta de Tlon, sus
metafísicos "no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud:
buscan el asombro", y "saben que un sistema no es otra cosa que la
subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquier de
ellos" (34). Ninguna totalidad conceptual o sistema cazará o
expresará nunca la verdad radicalmente inaccesible del
universo.
Pero
quizá lo real no sea ninguna totalidad, ninguna universalidad. Acaso
las únicas hierbas reales de la existencia sean los instantes, las
particularidades, las sensaciones que duran un segundo, los detalles
que componen los seres, los objetos.
En
ese caso, la insatisfacción vuelve a lastimar el deseo humano por
conocer. Los instantes se desvanecen demasiado rápido. Son destellos
de la vida que las palabras no podrán retener. Y, por lo tanto,
tampoco conocer. La riqueza de cada momento singular es agua que
siempre escapa de nuestras manos.
El
destino del lenguaje es no decir.
La
palabra poética abriga una ambición expresiva equivalente a la de la
ciencia. El discurso científico desea decir la verdad mediante
el rigor de la proposición lógica. El verbo poético quiere expresar
la belleza o el ser que emana lo bello mediante la versatilidad de
la metáfora. Pero ni el lógos científico ni la imagen
poética podrán expresar todo lo que es la vida. Imposibilidad de la
expresión que es testimoniada por el poeta Marino en La rosa
amarilla borgiana. Durante toda su existencia, el lírico
italiano pretendió expresar, con bellas palabras, la hermosura de la
rosa. Pero, en su lecho de muerte, poco antes de morir, vio una rosa
amarilla que descansaba cerca, en un jarro. El poeta comprendió
entonces la distancia y extrañeza de la flor. Advirtió la
imposibilidad de capturar su esencia profunda mediante la finitud de
las palabras; entendido así que toda su obra poética no era un
espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo
(35).
Sólo en el comienzo, en una aurora
definitivamente perdida, el lenguaje habría sido lo dicho; sólo en
un alba extinguida las palabras habrían sido idénticas a las cosas,
y viceversa. Identidad entre el nombre y la materia, entre el
significado y el significante. Sólo el lenguaje adánico gozó con la
armonía entre el hombre y el mundo. Al quebrase aquella unidad, la
realidad se convierte en un misterioso velero que continuamente se
aleja de los puertos del lenguaje. Y la distancia crea nostalgia.
Nostalgia de un poeta por la desvanecida unión entre la palabra luna
y la opalina y brillante esfera en el cielo de la noche
(34).
Luego
de la nostalgia poética por la realidad inexpresable, surge el
escepticismo doctrinario, el pensamiento que asegura la distancia
entre el lenguaje y lo real. Sin embargo, el resignado escepticismo
borgeano se desvanece cuando el escritor se abre a la ficción donde
el sujeto se funde con una realidad de espesor sagrado. La realidad
de las muchas formas, de la inacabable vitalidad que luego concentra
toda su selvática savia en un algunos sitios o lugares numinosos.
Que la imaginación literaria puede descubrir.
La historia del arte es la colección de los distintos modus
operandi para convertir un retazo de espacio físico, visual
o sonoro, en lugar otro, numinoso, colmado de atrayente magnetismo.
Pero la interpretación o valoración de la obra como hecho radiante
la sitúa muchas veces fuera de todo devenir sagrado. En la
modernidad pos-estructuralista, la obra es concebida como cavidad
abierta a las múltiples interpretaciones de lectores o receptores.
La obra es para ser enriquecida o prolongada indefinidamente por la
libertad y variedad de las valoraciones. Orgullosa, la obra se viste
con una doble indiferencia: desdén o desprecio por el arte como
revelación o presentación de una realidad universal y visceral,
anterior al círculo disímil de las interpretaciones. Y la obra se
muestra indiferente ante su posible condición de sitio de
concentración y afloración de la multiplicidad de la vida dispersa
en la amplitud del espacio y el tiempo.
Toda
obra anhela la condición numinosa. Pero pocas ambicionan ser fogatas
visibles de una totalidad trascendente. Aquí brilla la diferencia de
la pintura del Bosco o de algunas ficciones borgeanas. La
imaginación artística transfigura un átomo de espacio en un
sitio de concentración e irradiación de la riqueza múltiple de lo
real. Este sitio numinoso son las tablas pintadas del Bosco; o
una moneda, una novela desordenada, la piel de
un jaguar, un peldaño aparentemente insignificante de la escalera de
su sótano, en el caso de Borges.
En
cualquier retícula de espacio Borges o el Bosco pueden excavar y
hallar las selvas de imágenes y contenidos que se propagan por todas
partes.
Cualquier lugar en la naturaleza, en el espacio o la
materia, pueden abrigar así una frondosidad selvática.
Pero en la naturaleza parecen predominar las geografías
llanas.
Los grandes espacios naturales confunden la mirada. El cielo parece
despoblado, uniforme. Las nubes y tormentas que a veces lo invaden
son visitantes de paso, efímeros. El mar impresionan con su llana
amplitud líquida. Los desiertos y llanuras y las estepas, muestran
también sus cuerpos despoblados. Bosques y selvas saturan la
geografía con la vida múltiple. Pero lo
selvático y boscoso son una hebra siempre circundada por los
espacios uniformes y llanos.
Sin
embargo, dentro de todo lo llano suda una selva velada. Suda la
selva en la múltiple danza de electrones y partículas de cada átomo.
En cada pequeñez material se acumulan capas de tiempo, de días y
noches, sombras y luz, de colores y misteriosos. Cada sitio alberga
en su vientre un exceso selvático, una realidad vertiginosa y
universal que rompe sus olas en cada playa pequeña.
Esa
playa es una tabla que un visionario holandés sigue pintando. Esa
playa es una esfera fulgurante en un peldaño olvidado que un
escritor solitario sigue contemplando. (*)
(*) Fuente: Este ensayo es editado
aquí de manera original.
Citas
(1) Las
obras del Bosco que se hallan en el Museo del Prado de Madrid
son: Los siete pecados capitales, El carro del Heno, El Jardín
de las delicias, Coronación de espinas, La tentación de San Antonio,
La Epifanía.
(2) Felipe
de Guevara, Comentarios de la pintura, Madrid,
1788.
(3)
Carel van Mander, Das Leben der nieder landischen und deutschen
maler, Munich, Leipzig, 1906.
(4) Sobre la
herejía de los adamitas o los Hermanos del Espíritu Libre, puede
consultarse Norman Cohn, En pos del milenio, Alianza
universidad, pp. 147-186.
(5) Ver
Norman O. Brown, El cuerpo del amor, donde se presenta al El jardín de las delicias
como preámbulo visual de su doctrina.
(6) Ver
André Breton, Manifiesto sobre pintura
surrealista.
(7) En una
xilografía anónima medieval del siglo XV, se hallan sugerentes
elementos decorativos semejantes al Ecce homo de
Francfort en un sombrero de extremo puntiagudo de Poncio Pilato y en
las vestimentas de los acólitos.
(8) En la Edad Media, Los libros de
las horas son devocionario con oraciones que
contienen debían ser leídas a determinadas horas del día. Los
libros de horas eran por lo general de formato reducido (octavo o
cuarto menor) e ilustrado de manera muy profusa. Uno de los libros
de horas más famosos es el llamado Les très riches heures
de Jean Duc de Berry. Es ilustrado por medio de ricas miniaturas
que trazaban un vivido cuadro de la vida y los trajes flamencos de
la época. Los “Hermanos de la Vida Simple”
holandeses y alemanes generaron una intensa actividad en la
producción y venta de libros piadosos ilustrados.
(9) Sobre el
puente entre la obra del Bosco y la alquimia puede consultarse M.
Gauffreteau-Sévy, Hieronymus Bosch, "el Bosco", Barcelona, Nueva
colección Labor, 1969, pp.74-84.
(10) Ver
Thomas de Kempis, La imitación de Cristo, Biblioteca
Cristiana, Planeta- Agostini.
(11) Sobre
esta cuestión puede consultarse Umberto Eco, Arte y belleza en la
estética medieval, Lumen, Barcelona; en especial los capítulos:
"Las estéticas de la luz" y "Símbolo y
alegoría".
(12)
Ver Vassily Kandinsky, Sobre lo espiritual en la obra de
arte.
(13)
Ver Manifiesto de Mondrian publicado en Revista Stijl, publicado en
Mario De Micheli, Las vanguardias artísticas del siglo XX,
Madrid, Alianza, pp. 413-421.
(14)
Sobre el neoexpresionismo norteamericano puede
consultarse: Aracil A., Rodriguez, D., Entre la muerte del arte y el arte
moderno, Ed. Istmo, Madrid.
(15)
Ver Casímir Malévich, "Manifiesto Suprematista", en Mario De Michelis, Las vanguardias artísticas del siglo
XX, op.cit, pp. 385-397.
(16) Ibid.
p.388.
(17)
Ibid.
(18) La
alquimia implicaría un proceso de muerte de la vieja materia para
inducir el renacimiento de ésta como la opus magnum
alquímica. Acerca de este ciclo de sufrimiento, martirio, muerte y
renacimiento alquímicos de la materia puede consultarse: Mircea Eliade, "Alquimia e iniciación", en
Herreros y alquimistas, Madrid. Alianza
editorial.
(19) Jorge
Luis Borges, "El zahir", en El Aleph, Obras Completas, V.I.,
Emecé, Buenos Aires, p. 593.
(20)
Ibid.
(21) Ibid.,
p.595.
(22) Sobre
el dikr y la mística sufí puede consultarse: Christian
Bonaud, Introducción al sufismo, El Tasawwuf y la
espiritualidad islámica, Barcelona, Paidós.
(23)
Jorge Luis Borges, El Aleph, Obras Completas, V.I.,
op.cit, p. 622.
(24) Ibid.,
p.624.
(25)
Ibid.
(26) Ibid.,
p.625.
(27)
Husserl, el filósofo alemán creador de la fenomenología, afirmaba
que el objeto sólo sería percibido en su realidad plena si pudiera
ser observado desde todas sus aristas o perfiles a un mismo tiempo.
Esta comprensión del objeto no percibido motivo el anhelo cubista de
pintar un objeto como si fuera visto simultáneamente desde diversas
perspectivas.
(28) Jorge
Luis Borges, "La escritura del Dios", Obras Completas,
op.cit, p. 599.
(29)
Ibid.,p.598.
(30) Jorge
Luis Borges, "El jardín de los senderos que se bifurcan", Obras
Completas, op.cit, p. 476.
(31) Ibid.,
p.477.
(32) Ibid.,
p.478.
(33) Ibid.,
p.479.
(34) Jorge
Luis Borges, "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius", Obras Completas,
op.cit, p. 436.
(35) Jorge
Luis Borges, "La rosa amarilla", en El hacedor, Obras
completas, vII, Buenos Aires, Emecé, p. 173-174.
(36) Ver el
poema "La luna" en Jorge Luis Borges, El hacedor, Obras
completas, vII, Buenos Aires, Emecé, p.196-198.