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BARNETT
NEWMAN, LA LECCIÓN DE PIANO Y LA EMERGENCIA DE LO
SUBLIME
Por Esteban
Ierardo
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Vir
Heroicus Sublimis (1950-51),
de Barnett Newman, uno de sus característicos
lienzo monocromos de gran tamaño que busca
aproximar al espectador a la experiencia de lo
sublime.
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La experiencia de lo sublime es el estallido de la forma,
la salida a lo ilimitado. Un estado estético ambivalente de
atracción, fascinación y terror. En todos los casos, el
contacto con lo sublime produce una transformación del
sujeto, la recuperación de su lugar de finitud respecto a una
amplitud que, en su contener y absorber la conciencia, eleva
la sensibilidad hacia un estado otro de percepción. Este
efecto es parte de un pensamiento filosófico y estético
(desde Longino hasta Kant o Hegel pasando por Burke), y de la
búsqueda pictórica del neoexpresionista norteamericano
Barnett Newman. Este último busca la situación de
subliminidad mediante la pintura monocroma de gran formato, que
excede el campo visual del espectador, y que lo estimula (o al
menos pretende hacerlo) al entusiasmo, la embriaguez. Por
otras vías, vinculadas con la vastedad del paisaje, el eros,
el silencio y la oscuridad marina, lo sublime también surge
en la obra de la cineasta neocelandesa Jane Campion en The
piano (La lección de piano, 1993). En el texto que
sigue a continuación buscamos unir, desde un acto de pensar
relacional, la vía filosófica, pictórica y cinematográfica
hacia la común bahía del efecto no verbal de lo sublime.
E.I
BARNETT
NEWMAN, LA LECCIÓN DE PIANO Y LA EMERGENCIA DE LO
SUBLIME
Por Esteban
Ierardo
I
El ojo gira. Baila
sobre rostros y estrellas. Las
formas llegan al ojo con distintas combinaciones de formas, colores,
volúmenes, pesos, porosidades. Los muchos seres se enlazan en la trama de la belleza. Lo bello es
arpa de muchas cuerdas. Visibles. Y resonantes. Audibles. Formas visibles, sonidos
audibles. Expresiones diversas del mundo como
forma. El reino de lo bello como figura de lo acústico y visual que impacta a los sentidos.
¿Pero lo real
sólo
respira dentro del mundo calidoscopio de las formas de lo visible
y audible? ¿No late también como fuerza que nace al
desvanecerse la forma, en un estado sublime del ser? Longino en la
antigüedad, y Burke o Kant, en el siglo XVIII, distinguen con
precisión lo
bello de lo sublime. En un sentido amplio, lo sublime es el estallido
del mundo-forma, y que abre a un espacio ilimitado, más allá
de todo sonido o forma.
Lo bello es el día, dirá Kant: el orden de las
formas reconocibles. Lo sublime es camino hacia lo ilimitado que
nace ante la vastedad de los
paisajes, la erupción de las fuerzas salvajes de la naturaleza,
o las medidas siempre superables por medidas mayores en una
progresión numérica infinita. Manifestaciones de lo sublime
donde el mundo material muestra una amplitud no reductible
a ninguna forma o definición.
El encuentro con lo
sublime es roce voluntario o imprevisto. En nuestro
ensayar-explorar que se inicia, perseguiremos la primera
posibilidad: la apertura de la percepción conciente a la
sublimidad como fecundidad pictórica, como estética de una
pintura monumental y sin imagen: el destino deseado por
las pinceladas de Barnett Newman. Y, en un segundo movimiento, la
imaginación y narratividad cinematográfica nos concederán el
ejemplo de una segunda inmersión en lo
sublime: inmersión a través del arte pianístico y del
erotismo recuperado por Ada, mujer victoriana, en La Lección de
piano (The piano, 1993), de Jane Campion.
La piel ama la
superficie. Pero la extensión superficial no es quietud o reposo.
Es también ritmo y movimiento. Danza de cambios,
transfiguraciones. La superficie es permeable a un abrirse, a un
fisurarse o estirarse, hasta desvanecerse en la oscuridad o un silencio
sublimes. El delfín que nada primero por la superficie marina, desciende
luego a lo sublime oscuro, a la noche abismal. Una y otra vez eludida por nuestro
dragón cultural. Nuestra cultura acorralada por la ilusión
de la satisfacción consumista inagotable. Satisfacción como alivio del
dolor por la acumulación de posesiones, objetos; satisfacciones
limitadas no asumidas como tales. Se debe escapar entonces de lo que no puede ser
poseído; se debe proteger la sordera ante
el rumor de lo
abismal. De la noche sublime, el misterio inicial. La cuerda sin
figura que rodea nuestras pisadas.
II
Lo sublime
pictórico de Barnett Newman
La tradición de lo
sublime comienza con Longino (1). En
el siglo XVII, el pensador antiguo es rescatado del olvido por Boileau, con
su Traite du sublime, ou du merveilleux dans le discours,
traduit du grec de Longin (2). La vía de
acceso a lo sublime en Kant no es el autor
romano o el francés, sino el irlandés Edmund Burke
(1729-1707) (3). Burke distingue
famosamente entre lo sublime dinámico y lo sublime
matemático. La primera manifestación de lo sublime es
aquello que causa dolor, peligro; es "…todo lo que de
alguna manera es terrible, o está relacionado con los objetos
terribles, u opera de manera análoga al terror, es fuente de lo
sublime; esto es, produce la emoción más fuerte que el espíritu
es capaz de sentir" (4).
Esta dimensión de
lo sublime se corresponde a la majestas (el poder o
energía) del misterium
tremendum de lo numinoso, según el célebre análisis
fenomenológico de Rudolf Otto (5). Y lo sublime matemático,
por su parte, surge como reacción
sensible ante "la magnitud de grandeza",
ante la infinitud. "La infinitud tiende a ocupar el espíritu con este tipo de delicioso horror, que es el efecto
más
genuino y la verdadera prueba de lo sublime" (6).
En sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo
sublime (7), Kant vincula lo bello con el día que, en su forma
armoniosa, visible, bajo la luz solar, es lo agradable, lo que
encanta (reizt), y es apreciado por el gusto. De modo contrario, lo sublime (das
Erhabene) nos conmueve
(ruhrt), desde su combinación de placer y dolor; es un
sentimiento del conmoverse (das Gefuhl der Ruhrung). En
su Crítica del juicio, Kant profundiza su intelección
de lo sublime que siempre es respuesta estética ante lo
ilimitado (8). Lo sublime es atracción y repulsión ante lo
ilimitado. En el momento del horror, de lo repulsivo ante lo
vasto, el sujeto se contrae. Pero después se desborda por la
fascinación ante lo inconmensurable. La noche y lo oscuro son
expresión de inconmensurabilidad porque en su seno no es
posible reconocer formas, medidas, límites. Y las fuerzas vehementes de la
naturaleza provocan también la ambivalencia de lo terrible, que
paralelamente atrae y fascina. Emoción ambigua suscitada por el océano
enloquecido por la tormenta, o la irregularidad caótica de las
montañas (9). Y lo sublime
matemático, por su lado, introduce la infinitud por la medida
o magnitud que siempre es imaginable en una escala superior.
Sin
embargo, para Kant lo sublime no pertenece a la alteridad de la
naturaleza, a algo real con independencia de una mediación
subjetiva, de una acción juzgadora del intelecto
(10). Porque lo sublime brota "en el ánimo (gemut) del que
juzga, y
no en el objeto de la naturaleza..." (11).
En la
posición kantiana, el misterio que
abre lo sublime es lo enigmático del propio sujeto que juzga. Pero esto
no impide, necesariamente, la intuición de un infinito más allá
del sujeto, siempre inaccesible; aunque esta misma impenetrabilidad
aborta la posibilidad de pensar lo sublime como atributo independiente del mundo
material.
Una posible
síntesis entre lo sublime como determinación
propia de la naturaleza (emancipada de lo a priori del
sujeto) y la sublimidad como efecto en la
conciencia del sujeto, es posible entreverla en la experiencia
pictórica de Barnett Newman.
En 1948, en la
revista Tigers’ Eye, en su escrito "The sublime es
now", Newman medita desde el horizonte del arte
norteamericano. Un medio ambiente estético dominado entonces por
el neoexpresionismo
abstracto. Movimiento en el que, desde trayectorias estilísticas distintas, destacan Jackson Pollok
(con su espontaneísmo
expresivo del action paiting), Still o Mark
Rothko. Una estética que prosigue la voluntad de expresar
lo no representativo iniciada otrora por El jinete
Azul de Kandinski, y los otros jinetes: Franz Marc o
Paul Klee. En Rothko, lo oscuro absorbe la superficie pictórica
sobre el final de su vida. El pintor de origen ruso podría ser
un gran referente de nuestra pesquisa de lo sublime. Pero en este caso
nuestra meditación acompañará la sublimidad en Barnett
Newman.
Newman nace
en Nueva York y estudia filosofía en el City College of New
York. Atraviesa una primera etapa surrealista hasta que, en
los años 40', alcanza el colour field painting (los
campos de color), donde prevalece lo monocromático en la
superficie pictórica. Exhalación de un minimalismo cromático que ofrece una alternativa a la abigarrada variedad
del coloreado del dripping de Pollock.
En la
pintura del campo de color de Newman, se incluyen las
experimentaciones de los ya mencionados Clifford Still o Mark Rothko. Por sendas particulares, todos estos pintores cultivan
una "abstracción mística".
Y en la ya
aludida publicación de Tiger´s Eye, Newman continua la
intuición de Longino respecto al gigantismo de las fuerzas sin
forma, o que disuelven las geometrías limitadas (12).
Newman precisa que "el artista europeo se ha visto
implicado sin cesar en la lucha moral entre la noción de
belleza o de sublimidad" (13). Lo bello es
continuación
de la forma armoniosa del arte clásico, cuya cima es la creación
escultórica en la Grecia del siglo V ac. Lo bello (kalos)
helénico es también práctica imitativa (duplicación mimética) de un modelo pre-dado, tal
como lo sistematiza la reflexión aristotélica en La poética
(14).
La belleza clásica es forma-armonía, proporción y regularidad.
Forma simétrica que, en tanto busca la perfección, idealiza el modelo,
lo purifica de detalles innecesarios. Pero lo bello, como torre
máxima del arte, será socavado por la heterodoxia (en pos de lo
sublime) de Newman.
El crítico Philip
Rav, en Partisan Rewiew, define dos modos de artistas: los "rostros
pálidos", custodios del arte de la armonía formal, siempre
reticentes contra cualquier exceso (Henry James); o los
"pieles rojas", ebrios de
lírica cósmica e incendiaria (Walt Whitman). Newman porta su corona salvaje de plumas,
y reflexiona sobre la sostenida fascinación europea por la
figuración, por la duplicación formal del mundo. Actitud
representada de modo ejemplar por el Alto Renacimiento
(1500-1515). Las vanguardias
europeas comprendieron el agotamiento del formalismo realista.
Pero sólo encontraron una salida del bosque en cenizas
mediante "un mundo vacío de formalismos
geométricos". La belleza es forma acotada. Radiante
pulcritud de una figura limitada. Y para Newman, la medicina contra el
imperialismo de lo bello es la geografía
americana. Su vastedad de territorios amplios, vírgenes,
salvajes, aún inexplorados, es acicate para la expresión de lo
monumental. De lo vasto que supera la forma bella, contenida en sus límites.
En el siglo XIX la
Escuela de Hudson River se abre a
lo monumental, a la vastedad que supera la forma y, por lo
tanto, goza con el gigantismo de lo sublime. Así,
los pintores de este movimiento se prodigan en lienzos de gran
formato (15). El tamaño del soporte continúa el paisaje sublime:
el de los
Andes, el gran Cañón del Colorado, o las Cataratas del Niágara.
En la enormidad de la representación paisajista no es relevante
ya la perfección de la imitación, la belleza de lo
representado como valor en sí. Lo que se busca es la conmoción
ante lo inmenso. Una sobreexcitación del ritmo respiratorio
cercano al asombro, el entusiasmo, el éxtasis.
Lo sublime embriaga, desborda. La
belleza, por el contrario, es ambición de lo perfecto, de lo contenido
(lo contrario de un desborde extático). En América Newman
descubre la monumentalidad sublime,
que Europa presintió y buscó, pero en vano, desde el primer
anuncio de la sublimidad por Longino (16).
Lo sublime
socava la forma. La imagen en conformidad consigo misma. Por eso es antecedente de esta experiencia la prohibición mosaica o musulmana
de la imagen como expresión de lo divino. La imagen
sin restricción se aleja de lo absoluto. Si lo infinito pretende ser presentado por lo visual,
como en la imaginería pagana, lo infinito es reducido a lo visible, lo limitado. Pero el peligro del
interdicto judaico contra la imagen es la exaltación de lo sin-forma de la
divinidad en desmedro del
mundo fenoménico. Y es en el universo de la imagen del cielo y la
tierra, el de los rostros humanos o
animales, donde lo sublime sin forma se introduce y muestra. Lo
sublime se vigoriza no en la devastación o negación de la
forma como tal, sino en su contraste con el mundo de lo finito y formal.
Es dentro del mundo-límite donde lo sublime arrebata a la conciencia hacia
un vértigo
embriagante.
La inmersión de la
conciencia en lo sublime
(sin forma) es lo que pretende
Newman. No la unilateral o exaltada salida hacia lo amorfo, sino
su aparición ante una conciencia observadora, que es y ve desde
un límite. Para este
fin crea un cuadro sin imagen. Pero que
no prescinde (porque no puede prescindir) de la forma previa del
soporte material que permite la propia existencia del cuadro no-figurativo.
La pintura sin
imagen se plasma en Onement I (1948), a cuya
lograda potencia se le agrega después Vir Heroicus Sublimis (1950-51). Es
un tipo de pintura que, prima
facie, no se representa más que a sí misma. Pero su
presencia es algo más que lo pictórico que se autorrepresenta. Según
Danto, Onement "significa la condición de ser uno, como
en el
ensalmo 'Dios es uno'. Podría decirse que alude a la unicidad (oneness)
de Dios " (17).
Lo divino, por su infinitud, no puede ser representado en su
unicidad; sólo es
sugerible en su irrepresentabilidad. Y en esas sugerencias la
conciencia se une a lo irrepresentable, como luego destaremos
con más detención.
Onement es
un lienzo monocromo, de grandes proporciones, de rojo cadmio.
Una raya de cadmio claro, que lo atraviesa en un sentido vertical, actúa como un zip (cremallera). Al
desbordamiento del campo visual del espectador, se le suma
un flanco impresionista causado por la
vibración del color. Efecto que no sólo acontece en la serie
Onement, sino también en la obra tardía Who's afraid of
red, yellow and blue (Quién teme al rojo, amarillo y azul),
donde los colores irradiados impactan desde su simbiosis con el
gran tamaño del lienzo. La
forma del soporte (de dimensión monumental) condiciona la
fuerza interna de la obra, su poder de generación de un efecto
dislocador de la percepción corriente.
Newman anticipa el movimiento de los shaped canvas de los
setenta, donde el soporte plano de las obras adquiere diversas
formas, como en Chartes (1969), obra de figura
triangular. Y los zips
asimismo se convierten en esculturas. La realización
escultórica modélica de Newman es Broken obelisk
(Obelisco roto, 1969), donde la punta de un obelisco invertido
se apoya, en plástico equilibrio, sobre la cúspide de una
pirámide.
Y el
minimalismo de Newman
anticipa también "la nueva
abstracción norteamericana" que pregona Ad Reinhardt, en 1957,
en su manifiesto Doce reglas para una nueva academia.
Aquí emerge el lema sintético: menos es más.
Profesión de fe minimalista por la que la pintura sólo
pretende ser pintura, carente de imágenes o símbolos. Pintura
como superficies planas de escasos colores. Lo más relevante es
la superficie, el color, el formato. Una abstracción, como la
que frecuentarán Frank Stella o Kenneth Noland, donde el
acto pictórico abstracto es frío. Neutro. Purificado de
emociones irracionales. Y, por tanto, opuesto, en este punto, al calor emotivo de
lo sublime que desborda la pictórica de Newman.
Por lo que
regresemos a Onement I. El monumental lienzo rojo sólo
atravesado
por una delgada y vertical línea (zip). La obra de gran
formato, que supera el campo visual del espectador, genera un
efecto emocional que supera todo control racional. La inmensidad
de la presencia monocromática, es sólo alterada por la interpolación de la
fina línea vertical. La delgada línea es la presencia humana dentro de lo
inconmensurable. Por lo "que el hombre puede ser o es
sublime en relación con su sensación de estar conciente
". Así, "con mi pintura busco que el cuadro dé al
hombre una impresión de lugar…". El contemplador que asume
su escala (finita) frente a la pintura sin imagen ni límite
recupera la conciencia de su lugar. Su condición de observador
dentro de una vastedad que ahora lo incluye. Entonces, "esa impresión
de lugar no sólo encierra un misterio sino que tiene algo de
hecho metafísico" (18). La explicación del lugar donde lo pequeño
se abre ante lo inmenso,
no surte necesariamente un efecto de anonadamiento. El efecto de
esta observación desde la escala desproporcionada es, con más pertinencia, una conciencia que ya no se repliega sobre su
subjetividad limitada, sino que se abre a la inmensidad
(sublime) de una presencia sin imagen (particular o bella). La
conciencia entonces se modifica, dinamiza y exalta: su lugar no
es únicamente la impresión de un empequeñecimiento de sí dentro de lo inmenso. Ahora lo
conciente es región de mutación alquímica, impulsión
entusiasta hacia
la sublimidad.
Una forma de la
conciencia humana que no es atributo ya de un sujeto colectivo y
racional que pretende ordenar o
representar el mundo. Dentro del mundo material múltiple, el sujeto es siempre los sujetos, los
individuos, los cuerpos lamidos por el espacio y sus
sensaciones. Un espacio que, en su diapasón más fino, contiene
formas y no es limitado por ninguna de ellas. La experiencia
pictórica de lo sublime en Newman propende a la elevación de una
conciencia individual, empírica, más que a un efecto de un
impersonal sujeto trascendental (a la manera kantiana).
Ahora resurge un adelgazado observador humano. Como cuerda que
resuena ante lo inconmesurable. Ante lo no medible ni reductible a una
figura.
Y,
ante Onement, la conciencia ya no es lo que contiene o lo contenido.
Es lo que se que embriaga, en su
redescubrimiento de lo inmenso. De lo sublime.
III
1. La lección de Piano,
el eros, lo sublime y el silencio.

El
impacto de la inmensidad devuelve la conciencia a una vastedad supraindividual. Es la senda de Newman hacia
lo sublime mediante la monumentalidad pictórica. Pero la subliminidad también puede irrumpir desde otras
corrientes: el eros, lo oscuro, el silencio. Emergencia triple de lo sublime que acontece en The piano.
Para las tradiciones del eros como fuerza religiosa (desde lo
dionisiaco pagano hasta lo tántrico oriental), en los cuerpos
fundidos en la miel del placer más exaltado, los yoes se
autoolvidan; y nadan, aunque sea en un solo instante fugaz, en una fuerza única.
Sublime. Por ser ajena a toda sensación de limitación.
Pero, en La
lección de piano, lo sublime erótico es preparación para el
descubrimiento de un abismo de sublimidad más primario que
sorprende a la mujer en lo oscuro (que aterra y
fascina) de un silencio absoluto. El silencio del fondo del mar.
Silencio que recuerda el fondo más
abisal donde todo sonido conocido, donde toda palabra humana, se
disuelven...
2. La salida de
los lenguajes
Ada no habla.
Es muda. Y su mudez es una posible doble salida de lo
lingüístico. En su manifestación más
repetida y tribal, el lenguaje es circulación de conceptos.
La palabra dicha es vehículo-significante de un significado
determinado por el código cultural de una lengua. Lo
conceptual predomina así sobre lo visual o corporal. El silencio de Ada, su no decir
la palabra-significado es un primer salir
del lenguaje conceptual hacia un lenguaje mímico de
señas.
Mediante una voz en
off, Ada McGrath (Holly Hunter) recuerda haber perdido el habla a los
seis años. El
momento infantil de esta pérdida explica quizá su hablar al
espectador a través de la voz de una niña, de su hija Flora. Una explicación
realista para la mutilación del habla, comprobable en su
empiricidad. Pero, quizá, es más
sugestiva la potencia
simbólica del relato fraguado por su
hija. Según el cual, su madre y su padre compartían una
jornada placentera en el bosque, donde se entregaban al canto
operístico. El canto. La voz cantada como primer anuncio de un
salto desde el concepto-habla hacia un lenguaje como acción física, como propagaciones de agradables vibraciones musicales. Y entonces se
detona un rayo. La descarga de electricidad fulmina al esposo.
El impacto emocional en Ada provoca su inmediata mudez. El rayo
es potencia física y salvaje de la naturaleza. Energía del
exceso que, con velocidad fulminante, sumerge a Ada en la mudez. El rayo, a su vez, es símbolo ancestral de iluminación
espiritual, de súbito acceso a otra visión de la realidad, o
señal de una elección del destino (o de los dioses) que augura
una existencia singular.
Por el rayo,
entonces, expresión física y violenta de la naturaleza, la mujer
regresa a la materialidad de un comunicar desde lo gestual.
Y el lenguaje
también, en la dinámica de las culturas, es forma de control.
Una internalización de palabras como normatividad inconciente, que
modela
los comportamientos sociales debidos. El lenguaje sin palabra de Ada es también
posible salida de lo lingüístico como función
correctora, normalizadora. Salida de la norma, enemiga de lo no inculcado
por la verdad cultural vigente.
3. Existencia
selvática
Las trasformaciones
que esperan a Ada laten a lo lejos. En su viaje a Nueva
Zelanda, la mujer escocesa abandona la vida civilizada. A mediados del siglo XIX viaja para encontrarse con Stewart (Sam
Neill), su esposo por un previo convenio matrimonial típico de
la época victoriana. Su vida continuará en un entorno
selvático.
Su transformación será en una
geografía otra.
Nueva Zelanda debe
su nombre a unas pequeñas islas en el extremo sur de los Países
Bajos (Nederland), llamada Zelanda, "tierra del
mar". En 1672, el navegante neerlandés Tasman explora la
isla y prepara la futura colonización de misioneros,
comerciantes y colonos neerlandeses. La tierra ocupada será
entonces Nueva Zelanda. Pero su nombre milenario indígena es Aotearoa,
"la tierra de la larga nube blanca". Voz de origen
maorí. Los maoríes, pueblo polinesio, habría desembarcado en
la isla alrededor del 1000 ac, procedente quizá de Tahití. El
nuevo hogar isleño rebosa diversidad de paisajes, una variedad exuberante de
flora y fauna. Un rasgo que
impresiona a cualquier visitante. Y que fue hábilmente
incorporado para recrear la Tierra Media tolkieniana en la adaptación de El señor de
los Anillos, de Peter Jakson, también neocelandés
como Campion.
En The piano,
la especial fuerza del paisaje es expresada con una aguda
sensibilidad visual por la cineasta. Unos planos
panorámicos disponen la presencia humana bajo la superioridad
de la bóveda celeste. Luego del desembarco y la partida de los
marinos, Ada y Flora quedan solas con Baines (capataz de Stewart), en la playa. Sus
figuras se contraen en el extremo inferior de la imagen, en una horizontalidad que es
dominada por la vertical altura del cielo. En otro plano ambiental, Flora camina sobre
las cimas de unos montes. La cúpula celeste nuevamente
ocupa casi la totalidad de la composición visual. Así, un efecto
principal del paisaje en The piano es la
reintegración de lo humano en lo inmenso, en lo que tiende
hacia lo ilimitado. Indicios de una estética de lo sublime natural.
Lo
inmenso derrama sobre lo
humano una realidad sobrecogedora. Lo humano se anonada
entonces, y recupera la percepción de su propia finitud. Tal como ocurre
en el célebre lienzo de lo sublime en la paisajística
romántica, en El monje ante
el mar, de Caspar David Friedrich.
Ada y Flora laten
ya dentro de lo natural y salvaje, en un margen de la modernidad, donde
aún
sobrevive la veneración de los maoríes por la
sacralidad de la tierra. Una actitud que colisiona con la codicia
blanca. En varias ocasiones, Stewart pretende obtener unas
hectáreas a través de un trueque que despierta indignación entre los nativos.
Para los maoríes, la santidad de un suelo es consecuencia de una
memoria que debe ser preservada para su salud espiritual. El puritano Stewart, hombre de la sociedad burguesa, y
por lo tanto de la actitud desacralizante, debe escuchar (oír
en realidad) lo que no entiende: la negativa de venta de los
indígenas de las tierras porque éstas son el hogar
de sus antepasados. Entre los jirones y humedades de lo
terrestre descansan los
huesos de los ancestros. La negativa maorí sumerge al comprador victoriano
en la perplejidad: ¿cómo
se niegan a vender tierras que no cultivan, que no trabajan, que no
son convertidas en productos vendibles en un mercado?
El difícil
acceso a la posesión de la tierra por Stewart es parte de
la discordia entre la vida urbana y la existencia selvática e
indígena; la
oposición entre la civilización burguesa y una cultura
mítica. Dos extremos que, por la fuerza de la colonización
europea, ya están de hecho imbricados. Pero que no dejan por
ello de ser dos
caminos culturales que se rozan, conflictivamente,
en una frontera. Un personaje que habita en esa región fronteriza,
es el destinado a iniciar a Ada, la mujer de la cultura sin cuerpo, en las lenguas
calurosas del eros, en un ars erotica…
4. Tatuajes, el
oído y el tacto.
Baines (Hervey
Keitel) es maorí de origen, y sujeto ya parcialmente atravesado
por la aculturación. Él actuará como mediador entre
culturas, y como iniciador del regreso de lo femenino a lo erótico y sensorial. Un proceso que
luego será superado por la mujer que descubrirá, espontáneamente,
lo terrorífico y fascinante, de lo abismal y sublime...
La ascendencia
indígena de Baines es rubricada en cada primer plano de su rostro, donde
se muestran sus marcas faciales. Los restos de un antiguo arte
de la pintura corporal. Tatuajes de complejos significados simbólicos. En 1769, durante su viaje de
exploración por el Pacífico Sur, el capitán inglés James Cook,
al frente de su barco, el Endeavour, descubre numerosas
islas polinesias, en las que los nativos exhiben sobre su piel
vivaces tapices de formas y colores. Tatuajes que habitan su
cuerpo desde la cabeza a los pies. La piel es tatuada desde los ochos años, y
permanece en ese estado durante toda la vida. Parte de la
expedición es el dibujante Sydney Parkinson. Ante la visión
directa de modelos vivos, el artista dibuja su famosa serie de
polinesios tatuados. La propia palabra tatuaje deriva del
polinesio tatau. En el caso particular de los maoríes, el
moko es su específico arte del tatuaje. Tres son sus
significados principales: 1) el tatuaje es una marca individual,
una señal de identidad personal que sólo pertenece a un
individuo determinado; 2) la piel tatuada revela un rango o
status social específico. Cuanto más complejas las líneas del tatuaje
mayor
importancia social del sujeto; 3) las espirales tatuadas son una imagen que atrae fuerzas mágicas capaces de
neutralizar la acción maléfica de hechiceras empeñadas en
impedir un feliz pasaje al más allá luego de la muerte (19).
Baines siempre
muestra un sutil tatuaje en su rostro. Rasgo que lo incluye
dentro de su cultura madre aborigen. Su crianza posterior lo
diversifica hacia la cultura otra, europea. Conoce Inglaterra.
Allí se casa; se
liga con una mujer, desvanecida ya de su vida, que vive en
la isla
gobernada por Londres. Baines respira el aire híbrido de la
mezcla intercultural. Pero su origen, su paganismo, le permite percibir lo táctil y sensorial como
vínculo primario con el mundo. Prioridad de lo
sensible que lo diferencia claramente del europeo que pretende
someter el mundo material a su voluntad racional, a su continua conquista y
explicación científicas.
Baines obtiene el
piano abandonado de Ada en la playa por un trueque
con Stewart. Ochenta acres de tierra por el instrumento. Pero,
en teoría, su posesión sólo se justifica
por un aprendizaje que le permita obtener bellos
sonidos de su adquisición musical. Y esto para que el piano sea una realidad
artística y sensible, y no sólo una cosa poseída. Ada,
contrariada, debe enseñar al maorí
europeizado el arte del piano. Una meta improbable cuando
descubre que éste no sabe siquiera leer. Como ella, Baines está
fuera del lenguaje convencional, que integra, pero también
normaliza.
Baines
concibe una especial idea del aprendizaje musical.
Aprenderá a través de la audición, por medio de un escuchar los sonidos del piano.
Así, Baines actúa ya como sujeto liberador de lo sensorial
en su primera manifestación: el deleite del escuchar. Al que le
sigue una segunda expresión de goce físico: el tocar. El
tacto. Baines escucha la vibración que mana del tocar el teclado
por los hábiles dedos de la pianista. Y luego practica no por el percutir de teclas, sino
por el acariciar. Su generar música es por el tocar la piel de la mujer. El cuerpo de la
pianista así se musicaliza, deviene sucesión de teclas, cuerdas
que toca el hombre erotizado, no reprimido, de la cultura arcaica, no victoriana.
La audición y el
tocar se compenetran. Dos sentidos que se encienden por la
proximidad de la mujer. Lo femenino que dispensa atracción erótica, que llama a un nuevo frotar el placer de lo táctil y sensorial.
5. El piano, la
vibración y lo sensible.
La primacía de lo
sensorial en el proceso de conocimiento del mundo es
protegida por algunas filosofías. Aristóteles disputa con Platón.
El fundador de la Academia pretende que lo verdadero es un cielo eterno,
el mundo inmutables de las ideas. Pero el Estagirita disiente: "nada hay en el intelecto que antes no
haya estado en los sentidos". Nietzsche y Merleau Ponty son
aliados, asimismo, en la deconstrucción del primado de la
conciencia del cartesianismo, del "Pienso, por lo tanto
existo" (cogito ergo sum). Para el filósofo del martillo y la mirada ceñuda,
cuerpo y tierra son sal primaria de la vida, torbellino de un devenir
dionisiaco. Para el filósofo francés, la corporalidad es
primer anuncio del palpitar humano dentro del espacio. Y su
carne es carne del mundo (20).
Pero la
recuperación filosófica de lo sensible no es la
experiencia misma de lo sensorial. Esta percepción sólo surge
como goce. Como placer preverbal, en el momento de un acto erótico, de una festividad ritual. O del cuerpo que danza.
Y toca. Con Baines, Ada se inicia en la sensualidad erótica. Pero también regresa
a lo sensual mediante el encuentro con el piano. Encuentro embriagante que la
singulariza ante la mirada de los otros, aún más que su mudez.
Así, la tía Modrog no se confunde al advertir que Ada es
extraña porque se embriaga al tocar. Un modo extraño de parir
música. Un tocar desde un placer excesivo, desde el
arrobamiento, antes que desde una ejecución sobria, contenida.
Y las piezas
que brotan de la embriagada compenetración de Ada son las muy
inspiradas composiciones de Michael Nyman. El músico de
tendencia minimalista (afín en esta orientación estilística a
Philip Glass), autor de varias bandas de sonido de films de
Peter Greenaway, como The tempest.
El placer negado
por la sociedad victoriana lo encuentra entonces la pianista en el goce
táctil, en el presionar las teclas de su instrumento. Y el tocar el piano es a su vez un ser tocado, en un movimiento circular,
por el sonido lanzado a los caminos del aire.
Para la
generación de su musicalidad propia,
el piano requiere un golpear. Un martillar. Acción que lo liga con los
orígenes de la música percusiva. Con el golpear de un instrumento,
típicamente el
tambor de las ceremonias chamánicas. El tambor que urde el ritmo, no
la melodía. Una cadencia monótona que estimula una lenta
desestabilización de la conciencia,
y un
adentrarse en una realidad más rica y secreta.
El goce en la
presión táctil de la tecla-materia, del teclado-mundo material, es
puente hacia los goces de lo real como fluido
sensual. El tacto es supresión de la distancia entre lo que toca y lo
tocado, a diferencia de la visión o contemplación que demanda la
separación entre el observador y lo observado. En
la sensualidad táctil prima el movimiento de la caricia o el
roce. Una versatilidad que, en relación con el piano, nace de la
combinación de movimientos fuertes y suaves sobre la tecla.
El piano
surge luego de una larga evolución que
comienza con la cítara. La
vibración musical aquí es consecuencia de un rasgar con dedos, o el
plectro. Y el monocordio, el clavicordio, brotan con sus propios
sonidos hasta que, en 1695, Bartolomeo
Cristofori crea el primer fortepiano. El instrumento que
resuena con sonidos fuertes y suaves (pianos). Pero, en todos
los casos, dentro de la caja resonante, las cuerdas resuenan por el percutir de la tecla. Por
un hundirse del dedo, del cuerpo, él mismo resonante, en la
vibración musical. Sensual.
6. La represión
victoriana y la negación de lo táctil.
La mujer muda
intenta superar la distancia con Stewart por un puente táctil.
Entonces, cubre el cuerpo del esposo victoriano con caricias. Pero el hombre educado para la
contención reacciona, inevitablemente, como alguien amenazado por
una hoguera. Su piel es
superficie clausurada. Su cuerpo es mudo, a diferencia de Ada. Stewart
es representante y víctima de la
sociedad victoriana. Lo victoriano
nace como acepción, y como periodo histórico puntal, bajo el
reinado
de la Reina Victoria quien, a los dieciocho años, asume la corona del
Reino Unido hasta 1901. Su época suda puritanismo. Un recelo
censor contra el eros.
La moral restringe el placer, y controla los modos de su incitación. El embarazo, por ejemplo, signo
de sexualidad y fertilidad, debe ser ocultado. En estos casos, la
recomendación es evitar la exposición pública. Los
tentáculos represivos se enredan principalmente en el deseo
femenino, o en su poder de despertar el eros masculino. La vestimenta
debe apaciguar la provocación sensual. El
cuerpo femenino se convierte así en cristal cubierto por
pesados velos: falda, enaguas, bragas.
La tempestad del sexo sólo puede liberarse en el lecho
nupcial. Pero el matrimonio sólo admite una genitalidad
reproductiva.
La institución matrimonial es efecto de un acuerdo entre las
familias de ambos cónyuges. Y su lógica es económica, mercantil.
El amor es admisible, pero no imprescindible. El placer en el
acto mismo de la reproducción, como lo demuestra la ovología,
no es necesario para la fecundación. Y la virginidad de la futura
esposa y madre es un rubí especialmente preciado. La pérdida de esa
"santidad" devaluaría a la mujer en el
"mercado" de las proposiciones maritales.
La sexualidad se
regula desde una estricta partición de esferas: la pública y la privada. En la primera impera la
política, los
negocios, la guerra, el feudo exclusivo de lo masculino; en la
segunda, reina la intimidad doméstica, los menesteres
maternales de la crianza de la descendencia, la educación y
nutrición de la familia.
La sociedad
victoriana ahoga la pulsión instintiva en una red de límites, prohibiciones, normatividades sofocantes.
Así, el eros
no podrá batir sus alas hacia
ninguna sublimidad sin forma.
Y la
contención victoriana del goce convoca, en principio, dos posibles
explicaciones: la hipótesis represiva freudiana, o la
interpretación foucoltiana.
Freud se enfrenta
al desafío clínico de descubrir la etiología de las neurosis
histéricas que aquejan a numerosas mujeres a fines del
siglo XIX. La nerviosidad es síntoma de la represión de la satisfacción sexual. Y es, de forma
paralela,
consecuencia de la coerción colectiva que supone toda cultura. El autor de La interpretación
de los sueños insiste en sus textos metapiscológicos en que
la cultura es efecto de una previa y necesaria represión
pulsional (21). Sin la
resignación de cierta energía instintiva es
imposible la interacción social. Y en la hermenéutica freudiana del deseo,
la sexualidad es dimensión natural,
biológica, pre-civilizatoria. Realidad del
cuerpo y la pulsión que la acción cultural
sofoca. La gratificación sexual es marcada por lo velado,
por el tabú, por lo que no debe
ser dicho.
Por su parte, en su
primer volumen de La historia de la sexualidad, en La
voluntad de saber, el pensador que radiografía la sociedad panóptica sorprende con una tesis inesperada
(22). Para Foucault, la constricción victoriana de la sexualidad no impone silencio,
ausencia de enunciados o discursos sobre el placer sexual. Por el contrario: el siglo XIX es tiempo de una saturación
discursiva sobre la sexualidad. En el sexo anida un secreto. Es
un peligro. Y para que el poder sea eficaz en la obstrucción del deseo, se debe generar saber. Diversos
saberes sobre lo sexual cincelados desde numerosos torreones de observación: la familia, la escuela, el
reformatorio, las instituciones religiosas. Primero, el saber sobre el
peligro del goce sexual motiva
la reglamentación del confesionario por el Concilio de Letrán,
en l215. Ante la invasión de lo instintivo, el amenazado debe confesar sus
pecados carnales cometidos en los hechos, o sólo imaginados. Se
debe hablar sobre el sexo. Para conocerlo y controlarlo. Para
expurgar su bilis perturbadora. En la época victoriana, a la
anterior arqueología indagadora del oído sacerdotal sobre las
perturbaciones del deseo, se suma el discurso científico. El
sexo debe ser estudiado como potencial fuente contaminante de la
salud del cuerpo y la vida. Sus inquietantes poluciones deben
ser debatidas, analizadas. Sólo así el sexo es convertido en
parte de un saber-poder que timonea la organización biopolítica de las poblaciones. Un
proceder que, mediante diversos dispositivos de control, asegura
la higiene, la racionalidad en la tasa de natalidad, la
necesaria sublimación de energías corporales en fuerza de
trabajo. Dispositivos que emergen de una scientia sexualis
que impide toda ars erotica, una forma de la
sexualidad como eros que pertenece a vigorosas tradiciones en
otras culturas (23).
Para el médico
vienés autor de El malestar de la cultura la sociedad,
simbolizada por lo victoriano, es campo claro de la represión de una sexualidad natural presocial. Para el
historiador de Vigilar y castigar, la sexualidad como régimen contenido de fuerzas deseantes es
construcción social,
coactiva arquitectura social. Pero, en ambos casos, la cultura
apabulla lo corporal, sus tramas erógenas, sus desbordes de placeres que derivan, ocasionalmente, en
un exceso
(sublime) donde formas y límites se desvanecen.
7. La
recuperación de los bienes.
La acción cultural
es así inhibición del deseo natural (Freud), o el deseo inhibido
es creación cultural (Foucault). Y lo que viste sofoca y
contiene. El destino (sublime) de la fuerza erótica nace de un des-vestirse,
de un despojarse de lo que impide la libre circulación del
placer sensorial, táctil. Senderos del desnudarse, del des-vestirse
de Ada ante la presencia erótica y erotizante de Baines. La
pianista podrá tocar nuevas teclas a cambio de un gradual
liberarse de sus prendas, de sus velos victorianos. Un acuerdo
que, tras la apariencia de transacción abusiva, esconde un
gradual desvestirse de la mujer como parte de un accionar lúdico.
De un juego que lentamente transgrede la normatividad social que niega la desnudez y el placer.
El fin del juego
Ada-Baines es el encuentro de los cuerpos desnudos. Encuentro que
recupera el movimiento de caderas, la embestida viril, la
caricia, la apertura gozosa femenina. Tras el des-vestirse se
des-nudan los nudos de la presión cultural sobre la fuerza
erótica. El eros puede entonces
recuperar sus alas hacia el fondo sublime del placer.
Ada, como ya
observamos, en la liberación de su embriaguez artística se
fusiona con su instrumento musical, prolongación de su
sensualidad. El piano es su carne. Una de sus teclas es uno de
sus dedos. Sus dedos son las alas que acarician las teclas que
liberan los placeres contenidos. Ada obsequia a Baines una tecla-dedo,
tecla-ala, como ofrenda del amor sin dudas. Su dedo-pasión es su ala
hacia la sensualidad ávida de la repetición del placer.
Pero
el ala-eros convive con el ala-represión. Flora
deambula con frecuencia con un vestido de ángel. Su ala remite a lo espiritual cristiano,
desencarnado. Flora es prisionera de las circunstancias. Se convierte en aliada de la mirada represora. Es
medio para el descubrimiento por el hombre victoriano del obsequio del
amor de su esposa, a un otro. Entonces, asume su destino represivo. El
victoriano oficia de verdugo: corta con su hacha un dedo
de la mujer, uno de sus dedos-alas.
Pero el victoriano prefiere dejar que la amenaza fluya y se aleje,
para despertar, así, aliviado, luego de una pesadilla. Por eso,
antes
que continuar con la punición (de Ada, y de su amante, del sujeto del
erotismo arcaico encarnado) decide la expulsión del eros de su
feudo puritano.
Y elige a su
enemigo, Baines, para su liberación. Y para devolver a
Ada a su lugar de origen, donde quizá ella también pueda salvarse. Este es el reclamo de la propia esposa-problema, aclara el
victoriano, cuyas palabras, como emanaciones de su voluntad
silenciosa, escuchó dentro de su mente.
El
destino de la mujer, de la experiencia des-represora, es el cierre de un viaje circular o iniciático. Su viaje comenzó en Nelson, Escocia, la civilización.
Y después fue la salida de la
civilización. La inmersión en el paisaje selvático
neocelandés. La geografía de la trasfiguración de su
individualidad. Y ahora es el regreso.
Como en el viaje
heroico arquetípico, la iniciación es conquistar otra
existencia al completarse el círculo. La circularidad de una
travesía de retorno donde la viajera ahora vuelve con bienes
antes no experimentados: 1) la reconciliación con lo táctil,
el placer del libre tocar del piano, y de su enseñanza; 2) la recuperación de la espontaneidad
erótica en la proximidad
de Baines; y 3) la vuelta gradual al lenguaje, su balbucear de jóvenes palabras con
su cabeza cubierta por una tela. El retorno de lo verbal
mediante un farfullar desde la oscuridad. Oscuridad donde no es la
forma, la figura-límite. Sino la región de una vibración sublime...
Prolongación de un previo encuentro con un silencio primordial…
8. El silencio, lo
oscuro y lo sublime.
El día siembra
tulipanes en el cielo. Algunas nubes cabalgan en la altura. Y
el mar murmura. En la costa, maoríes de fuertes brazos, y gargantas
rugientes, arrastran la embarcación hacia las aguas. Regresan Ada y Flora,
junto a Baines, a la distancia europea. Los labios de la
selva se cierran detrás. La mujer intuye el regreso circular
al comienzo. Retorno con la promesa de un renacer. Parte de la
renovación es la decisión de superar lo pasado. Ada decide que el
ayer se hunda en el océano.
Decide entonces que el piano (centro de la vida anterior) se
hunda en el mar.
Y el
órgano de cuerdas y teclas desciende. Y otra cuerda, más tosca, en un
costado de la embarcación, apresa un tobillo de la mujer, la
sacude, la arroja hacia el mar antiguo. Y así la mujer
acompaña a su instrumento, al arte, la música, hacia el reposo
submarino. Su cuerpo sumergido se envuelve en su
vestido, en un movimiento vertical y espectral. Y escucha lo
suficiente... Escucha el fondo, lo abismal. La mano sin líneas de una oscuridad final.
Allí, en la tumba umbría, en
el puño cerrado del agua sin luz, fosforece el silencio. El no
sonido. O acaso un sonido, de sutileza extrema, y nunca escuchado
por el oído humano. La oscuridad es estado ontológico
sin formas. Subliminidad sin figura. El silencio es el no sonido,
lo no contenido por ningún sonido particular. Otro modo de existir
sin caparazón o escudo contenedor, sin las formas que limitan.
Y Ada es
rescatada. El salir de las aguas, luego de
una inmersión en una tumba o sepultura líquida, es repetición del simbolismo de la
regeneración, del renacer (24). Ada renace. Y ya en el comienzo
de la travesía, en Escocia, la mujer recupera las palabras del
lenguaje verbal perdido en su
infancia. Recupera los verbos, los enunciados de la
lengua trivial, durante sus ejercicios bajo un manto que la priva
de toda claridad. La no luz le recuerda el fondo de las aguas,
y su cuerpo que sigue flotando allí, emperifollado en sus vestiduras
victorianas. Cerca de lo oscuro, que aterra y fascina, y el
silencio que mana desde la grieta más abismal de lo real...
El primer destino
del viaje de la mujer victoriana fue la recuperación de su piel,
de lo táctil, de la embriaguez del eros, de la miel del cuerpo
y lo sensual. Pero su viaje va más allá de una efusión sensible. La
bahía más lejana de su viaje es la percepción de lo sublime.
El secreto como oscuridad que aterra y fascina. Lo numinoso de
Otto, y la potencia de un silencio, que no es la idea de lo
silente, sino la experiencia de lo inaudible. En el fondo oscuro del mar está la tumba. Y la mujer flota
dentro de ella, porque, por un breve relámpago de trascendencia,
en la tumba muere como yo limitado en lo silencioso (símbolo de
lugar primigenio donde ninguna voz finita puede ser dicha y
propagada; sitio abismal donde es algo real y otro, intenso y
renuente a cualquier duda intelectual). Como Arthur Koestler,
Ada podría decir, para hablar de lo sublime e indecible
descubierto: "…floté de espaldas en un río de paz, bajo
puentes de silencio" (25). El silencio: un sonido sobrehumano al que la mujer fue
dirigida por el camino previo del piano, de la música,
que descienden en lo oscuro como buscando su última superación.
La superación mediante la inmersión en lo oscuro no visible, en lo sublime que
aterroriza. Pero que entrega también la sospecha de una
fuerza, que sólo el abismo y lo inmenso permiten recordar. (*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo,
"Barnett Newman, La lección de piano, y la emergencia de lo
sublime", editado aquí de manera original.

Citas:
(1) Ver Sobre lo
sublime (Peri Hypsous), trad. de J. García López, Madrid, Grecos,
2002.
(2)Ver N. Boileau, Oeuvres
completes, París, Gallimard, 1966, pp 331.440.
(3) Ver E. Burke, Indagación
filosófica sobre el origen de nuestra ideas acerca de lo bello y
lo sublime, Valencia, Arte Gráficas Soler, 1985.
(4) E. Burke, Indagación
filosófica..., citado en Louis Roy, "Kant y lo
sublime", en Experiencias de trascendencia.
Fenomenología y crítica, Barcelona, Herder, 2006, p. 64.
(5) Sobre el mysterium
tremedum, Otto manifiesta: "El tremendo misterio puede
ser sentido de varias maneras. Puede penetrar con suave flujo el
ánimo, en la forma del sentimiento sosegado de la devoción
absorta. Puede pasar como un corriente fluida que dura algún
tiempo y después se ahila y tiembla, y al fin se apaga, y deja de
desembocar de nuevo el espíritu en lo profano. Puede estallar de
súbito en el espíritu, entre embates y convulsiones. Puede
llevar a la embriaguez, al arrobo, al éxtasis. Se presenta en
formas feroces y demoníacas (...) En fin, puede convertirse en el
suspenso y humilde temblor, en la mudez de la criatura ante...,
ante aquello que en el indecible misterio se cierne sobre las
criaturas", R. Otto, Lo santo. Lo racional y lo irracional
en la idea de Dios, Madrid, Alianza, p. 23.
(6) Louis Roy, "Kant y lo
sublime", en Experiencias de trascendencia..., op. cit.,
ibid., p. 64.
(7) Ver I. Kant, Observaciones
sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, Madrid,
Alianza, 1995.
(8) Ver I. Kant, Crítica
del Juicio, Madrid, Espasa Calpe, 1977.
(9) Kant también
enfatiza las fuerzas naturales que disgregan las formas-límites
y que abren a lo ilimitado mediante otras descripciones de un
paisaje sublime: "Rocas audazmente colgadas y, por
decirlo así, amenazadoras, nubes de tormenta que se amontonan
en el cielo y se adelantan con rayos y truenos, volcanes, en
todo su poder devastador, huracanes que van dejando tras de sí
la desolación, el océano sin límites rugiendo de ira, una
cascada profunda en un río poderoso, etc...", I. Kant,
Observaciones sobre lo bello, op, cit, citado en Louis Roy, Experiencias de trascendencia...,
op. cit, p.
66.
(10) Sobre las
implicaciones de lo sublime y el juicio estético puede
consultarse mi ensayo: E. Ierardo, "Kant, Schiller y la
experiencia de la belleza", En El agua y el trueno.
Ensayos sobre arte, naturaleza y filosofía, Buenos Aires, Ed.
Prometeo, 2007, pp. 195-207.
(11) I. Kant, Crítica
del juicio, citado en Louis Roy, Experiencias de trascendencia...,
op. cit., p.67.
(12) Ver A.
Danto, El
abuso de la belleza. La estética y el concepto del arte, Buenos
Aires, Paidós, p. 210.
(13) B. Newman,
"Lo sublime es ahora", citado en A. Danto, El abuso
de la belleza, op.cit, p. 205.
(14) Ver Aristóteles,
El arte poética, México, Espasa-Calpe., Colección
Austral, 1995.
(15) Además de los
lugares geográficos mencionados, The Hudson River School
pintó en términos de amplitud monumental el Valle del río Hudson,
las montañas Catskill, los Adirondack. Sus pintores más
representativos son Albert Bierstadt y Thomas Cole.
(16) En la
experimentación artística europea contemporánea a Newman es
posible encontrar un decidida búsqueda de la experiencia de lo
sublime en la escultórica de Henry Moore. Por la vía de la
escultura, y no de la pintura, el arte europeo alcanza
quizá en el siglo XX un ejemplo de lograda expresión de lo
sublime. La escultura en Moore rompe el tradicional autoencierro
de la escultura mediante agujeros, que ligan lo interior con lo
exterior. Aquí comienza el proceso hacia el encuentro de la
escultura con la vastedad. Por eso, en otro ensayo, sobre Moore
y lo sublime, manifestamos: "Lo
interior abierto potencia su fuerza cuando se prolonga hacia las
potencias elementales de la naturaleza, del paisaje y su
amplitud monumental, sin límites, sublime. Esta proyección es
el origen en Moore de una escultórica de lo sublime. En lo
sublime la particularidad del hombre, su pequeñez física, es
metáfora de su fragilidad dentro de la inmensidad del espacio.
Lo sublime es lo que vuelve como memoria de lo inmenso en el
sujeto moderno que fantasea con su condición de inteligencia máxima
en el universo. La
memoria de lo sublime en Moore vuelve mediante lo monumental de
la figura escultórica. Frente al gigantismo de la obra el
observador recupera la conciencia de su finitud (como ocurre con
el espectador ante los monumentales lienzos abstractos de
Barnett Newman, también buscador de un arte de lo sublime).",
en Esteban Ierardo, "El alzamiento en el borde. Una
aproximación filosófica a la trilogía Moore- Brancusi-Giacometti",
editado en www.temakel.com
(17) A. Danto, El
abuso de la belleza, op. cit., p. 220. El traductor de
la versión castellana agrega: "En castellano, el sufijo -ment
puede traducirse como -ción o -miento. En los
ejemplos ingleses citados por Danto, los verbos expiar, dotar,
mandar darían, consecuentemente los sustantivos expiación,
dotación, mandamiento. De modo que el neologismo Onement,
podría traducirse por 'Unación' o 'Unamiento'. La traducción
del término debe por fuerza ser también un neologismo, por lo
que cabe recurrir al ya existente 'unicidad', cuya
correspondencia en inglés sería los términos legitimados por
el diccionario oneness o unicity", en A.
Danto, El
abuso de la belleza, op. cit., ibid.
(18) B. Newman,
"Lo sublime es ahora", citado en A. Danto, El abuso
de la bellza, op. cit, p. 221.
(19) El arte del
tatuaje, y sus diversas significaciones simbólicas, son de una
amplitud universal. Entre los más famosos tatuajes antiguos se
encuentran los de los pictos (los "pintados" en
latín). Pueblo del norte de Escocia, de alto espíritu
guerrero, que combatían desnudos con su cuerpo cubierto
completamente de tatuajes. En su brazo derecho, los romanos
exhibían el nombre del César y la fecha de su ingreso en una
cohorte. En los esclavos el tatuaje en la cabeza señalaba su
condición servil. Entre los principales significados generales
del tatuaje se encuentra el deseo de convocar la atención de
los dioses para obtener de estos protección física y
espiritual durante el tránsito al alter mundus. El
tatuaje busca asimismo efectos terapéuticos: prevenir la
enfermedad, alejar el acecho del demonio o la mala fortuna. Una
imagen tatuada evocativa de un muerto querido puede asegurar la mágica
protección de su alma. Y el tatuaje, como ya fue destacado, posee
un valor de pertenencia social, de inclusión en un grupo. Así,
en Japón, los jakusas (hombres de la mafia japonesa)
esmaltaban su piel de tatuajes para granjearse el consabido
resguardo mágico ante los ataques de sus enemigos.
(20) Ver
en David Le Breton. El sabor del mundo. Antropología de los sentidos,
Buenos AIres, Nueva Visión.
(21) Ver S. Freud, El malestar de la
cultura.
(22) Ver M.
Foucault, La
historia de la sexualidad, v. 1: La voluntad de saber,
México, ed. Siglo XXI.
(23)
"...China, Japón, India, Roma, las sociedades árabes
musulmanas...se dotaron de una ars erotica. En el arte
erótico, la verdad es extraída del placer mismo, tomado como
práctica y recogido como experiencia; el placer no es tomado en
cuenta en relación con una ley absoluta de lo permitido y lo
prohibido ni con un criterio de utilidad, sino que, primero y
ante todo en relación consigo mismo, debe ser conocido como
placer, por lo tanto según su intensidad, su calidad
específica, por su duración, sus reverberaciones, en el
cuerpo y el alma. Mas aún: ese saber debe ser revertido sobre
la práctica sexual, para trabajarla desde el interior y
amplificar sus efectos. Así se constituye un saber que debe
permanecer secreto, no por una sospecha de infamias que
mancharía a su objeto, sino por la necesidad de mantenerlo
secreto, ya que según la tradición perdería su eficacia y su
virtud si fuera divulgado. Es, pues, fundamental la relación
con el maestro poseedor de los secretos; él, únicamente, puede
transmitirlo de manera esotérica y al término de una
iniciación durante la cual guía, con un saber y una severidad sin
fallas, el avance de su discípulo.", en M. Foucault, La
historia de la sexualidad, op.cit., pp. 72-73.
(24) Ada vive el
descenso al agua como inmersión en una tumba, lugar de la
muerte por tanto. Pero de una muerte simbólica, a la que le sigue
luego un renacer, como en el sacramento bautismal. Un proceso
típico de un ancestral efecto simbólico de la inmersión
acuática, tal como lo suscribe Mircea Eliade: "El hombre
viejo muere por inmersión en el agua y da nacimiento a un ser
nuevo, regenerado. Este simbolismo está admirablemente
formulado por Juan Crisóstomo ...que hablando de la
multivalencia simbólica del bautismo, escribe: 'Representa la
muerte y la sepultura, la vida y la resurrección...cuando
sumergimos nuestra cabeza en el agua como en un sepulcro, el
hombre viejo es sumergido, sepultado por entero, cuando salimos
del agua, el nuevo hombre aparece simultáneamente'", en
Mircea Eliade, "Las aguas y el simbolismo acuático",
en Tratado de historia de las religiones, México, Biblioteca
Era, 1972, p.186.
(25) Arthur Koestler, Autobiografía,
v.2:
Escritura invisible, Madrid, Debate, 2000,
p. 367. La expresión citada surge como parte de la descripción
de una experiencia de breve unión mística con la totalidad que
sorprende a Koestler durante su cautiverio en una cárcel en
España, durante la Guerra civil de este país (1936-39). Luego
de entregarse a especulaciones matemáticas, Koestler
experimentó el especial encuentro con lo ilimitado antes
referido.
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