Por
Esteban Ierardo
I
El
avión se hunde. El cielo sólo es seguro para los ángeles. El
impacto es letal para algunos viajeros. No para todos. Algunos
sobreviven. Los niños. Los adultos perecen entre las aguas y las
rocas de una isla incierta en el océano Pacífico. La muerte de los
mayores es condición necesaria para la monopolización de la
historia por los chicos. La isla y la niñez desprendidas de la
ciudad y la civilización adulta. Tal es el continente narrativo que
domina El señor de las moscas (Lord of the Flies), de
William Golding.
Los
escritores a veces crean narraciones para halagar o entretener.
Otras, unas pocas, los relatos inventados son para sofocar las
certezas cómodas mediante símbolos que nos lanzan a otros niveles
de reflexión o comprensión. La obra de Golding permite la lectura
fluida, lineal y placentera. Pero su estirpe más repetida es el
relato simbólico que deja entrever el poder del mal. Y en el caso
de Lord of the Flies se complace demoler en la inocencia de
la infancia y la fuerza de la razón frente a circunstancias
imprevistas y desestabilizadoras.
La
isla donde los niños naufragan, en El señor de las moscas,
se convierte en escenario único. Unidad de un escenario teatral en
el que cada individuo es actor de una misma tragedia que revela la
transformación del hombre ante la intemperie y la inseguridad. En La
Balsa de la Medusa (1819), célebre obra de Géricault, un grupo
de náufragos del buque francés "La Medusa" encarnan la
fragilidad humana. Han sido despojados del traje protector del
navío ante el clamor de las olas. Flotan en una pequeña barca
atestada de sobrevivientes. Algunos esperan el próximo rescate, y
otean en lontananza, esperanzados; otros, se sumergen en el
abatimiento y la desesperanza. Dos actitudes distintas y opuestas
ante el látigo de la adversidad.
En
El señor de las moscas los chicos sobrevivientes
representarán dos paradigmas de comportamientos diferentes ante la
misma adversidad. Un paradigma: la entrega a la racionalidad y la
confianza en las reglas como pivotes de actitudes eficaces y
lógicas para la preservación y la busca del rescate; el otro: la
liberación del goce en la crueldad, la regresión a la animalidad,
los deleites de la caza y un autoritario liderazgo tribal. La
comunidad de los individuos libres y racionales frente a la horda
cohesionada por el juego de la cacería y lo primitivo.
Pero
la dicotomía de paradigmas de comportamiento brota sólo en el
estado atípico de la vida bajo una presión extrema. Sólo cuando
se oprimen las partes de un limón abierto se aprecia cuánto jugo
fluye y cuál es su verdadero sabor. En la vida moderna y urbana, la
presión es reducida habitualmente al agobio, al incremento del
estrés. La contracción nerviosa de la vida. Pero la cuerda más
tensa de la presión es cuando ésta es capaz de trasformar a las
personas, y así, quizá, se muestra el verdadero rostro del hombre,
antes replegado y oculto bajo máscaras.
La
isla de El señor de las moscas se convierte en escenario
revelador de la naturaleza humana bajo la presión extrema, bajo las
situaciones límites en la terminología de Karl Jaspers. El
señor de las moscas puede ser leído entonces como una puesta
en escena de la presión extrema que revela lo que la sociedad
disfraza tras fachadas hipócritas. Pero lo que se revela, en la
ficción de Golding, lo hace siempre como juego. Dos juegos
básicos. Uno que juega desde la liberación del orden; y el otro
que lo hace desde la racionalidad que quiere restablecer el orden
perdido. El juego de la vida sin ley y el de la creación de nuevas
leyes que restablecen la continuidad de la prudencia y el
raciocinio. Estas dos formas del juego danzarán siempre en derredor
de la caída de las máscaras con las que la civilización disfraza,
domestica o escamotea.
Y
en la isla de El señor de las moscas también estallará el
miedo. El miedo como inseguridad que quema y marca especialmente
cuando se es arrojado a un espacio ya sin coordenadas. El espacio de
la isla como geografía desconocida en la que una criatura extraña
puede latir entre vegetaciones espesas, cuevas o arenas.
II
William
Gerald Golding (1911- 1933)
es agasajado con el Premio Nobel de Literatura en 1983. A pesar de
su extensa obra El señor de las moscas es el cristal más rutilante y
sugerente de su escritura. Estudia literatura inglesa, y la enseña
como profesor. En 1940,
ya iniciada la segunda guerra mundial, ingresa en la Royal Navy. Toma parte en la famosa persecución y destrucción
del Bismarck, el célebre acorazado alemán. Interviene en el apoyo naval al
desembarco de Normandía. Tras el apaciguamiento de las
ametralladoras y cañones, vuelve a su oficio de profesor. En 1954
Faber
and Faber edita Lord of the Flies. Vive en Bowerchalke,
cerca de Salisbury. Aquí edifica amistad con James Lovelock, el científico independiente que difunde la teoría de
la tierra como entidad viviente, como gran organismo inteligente. Su
especulación biológica se llama Gaia,
la diosa griega de la Tierra, por sugerencia de Golding. En 1962 renuncia a la docencia para entregarse de lleno a la creación
literaria. Uno de los frutos de este periodo son sus ensayos sobre
sociología y literatura The Hot Gates y A moving target; y la notable novela La
construcción de la torre (The Spire). Aquí el escritor
inglés, como Fulcanelli desde el saber alquimista, vuelve sobre la
grandeza artística y simbólica de las catedrales medievales, y su
poder para incitar la visión religiosa y trascendente. The
Scorpion God (El dios escorpión, 197)
es un destacado libro de relatos. Escribe también un Diario.
Y entre 1989 y 1991 construye la trilogía To the
Ends of the Earth, páginas colmadas por la
evocación de la navegación marina, que absorben a su protagonista,
Edmund Talbot. []Poco antes de morir le da vida a su
última novela: The Double Tongue (La lengua oculta),
que trascurre bajo las águilas del imperio romano en Delfos.
El
señor de las moscas alimenta la
historia de las traspolaciones del registro literario a la
narratividad fílmica. La obra de William Golding agrega una hebra a
la rica compenetración de la textualidad literaria y el plano
cinematográfico. Esta compenetración surge por la mediación del
prolífico talento de Peter Brook. El crítico teatral inglés
adapta al cine la novela de Golding, en 1963. Hamlet vivió su obra
dentro de la obra. Sade también. Y lo esto lo expresa Marat/Sade
(1967). La película recrea una obra teatral escrita por el Marqués
de Sade (Patrick Magee) durante su internación en el sanatorio para
enfermos mentales de Charenton. La obra es concebida para ser
representada por los pacientes del mencionado manicomio. Deben
representar a Marat, Carlota Corday, y otros personajes en el
contexto de la Revolución Francesa. Y Brook expresa en el lenguaje
de la imagen-movimiento Encuentro con hombres notables (1979),
la recreación de la infancia y juventud de George Gurdjieff, el
notable pensador esoterista ruso, difusor de las danzas derviches en
Occidente.
Y
Brook manifiesta, en El espacio vacío, su fascinación por
la potencia ritual del teatro. Lo teatral como salto a una
sacralidad, a un vacío que propicia las detonaciones de fuerzas de
hechicería arcaica. La vacuidad es el espacio desnudo para la
improvisación o la evocación por gestos, declamaciones o
máscaras, de una fuerza que la razón, o un teatro reducido a la
psicología, no puede avizorar. Esta impronta teatral habla de la
marca de Artaud, habla del antecedente y el influjo del teatro
oriental. El Oriente. La seducción de una sabiduría más alta y
milenaria. Como la del Bhagavad Gita, incluido en el libro
cuarto de El Mahabarata, el libro con un total aproximado de
215.000 versos, ocho veces más extenso que la Ilíada o la Odisea.
Aquí se narra la guerra civil entre dos familias, los Pandavas y
Koravas unidas por un antepasado común: el rey Bharata. El
príncipe Arjuna teme ordenar el inicio del ataque porque
lamentaría asesinar a miembros de su propia familia y de su propia
sangre. Teme la muerte. La considera un acto definitivo. Entonces
Krishna, avatar del dios Visnú, se le presenta para convencerlo de
lo contrario. Sólo es posible asesinar el cuerpo, no el espíritu,
atemporal e intocable. Arjuna cobra valor entonces para iniciar el
caos del combate. Este hecho se revive en El Mahabarata de
Peter Brook, de 1987.
Y
El señor de las moscas también inspira al director teatral
que incursiona en el cine. Aquí, la unidad de escenario será la
isla, con sus distintos recovecos entre la selva, las cuevas, las
playas o la cima de acantilados. Los distintos ángulos de la única
escena giratoria donde la tragedia de la niñez, despojada de la
inocencia, teatralizará la vida que surge al desprenderse de las
máscaras.
III
El
señor de las moscas es novela
distópica. La isla es motivo tradicional de ensueño utópico. La
isla Utopía de Thomas Moro, las islas de los bienaventurados de la
leyenda taoísta. La isla de la Atlántida.
Lo
insular como región de vida ideal. Aproximaciones a una existencia
mítica y abundante. En la isla de la historia de Golding se
desvanecen la abundancia y la esperanza. El hombre es despojado del
control. Y es incapaz de restablecerlo una vez perdido.
Situación
opuesta a la utopía de la recuperación del orden civilizado en Robinson
Crusoe. La célebre ficción de Daniel Defoe dada a conocer en
1719.
La primera novela inglesa. La autobiografía ficticia de un
náufrago inglés, que durante veintiocho años vive en una ignota
isla tropical, cerca de la desembocadura del río Orinoco.
Crusoe
es el héroe que triunfa en el restablecimiento del control.
Robinson se hace a sí mismo entre las condiciones adversas e
inéditas de su isla. Se autoconstituye desde el autocontrol, el
aplacamiento del instinto sexual, la tozudez de la voluntad.
Por
otro lado, y bien es posible que no haya sido el intento del autor,
Robinson en un principio queda expuesto a las fuerzas arcaicas y
primarias de la naturaleza, que lo exceden y abruman. Pero esta
inferioridad del hombre frente a lo natural no conduce en modo
alguno a una nueva conciencia, acaso religiosa, de veneración al
conjunto dinámico y superior de las fuerzas naturales. Una
religión natural como sucedáneo del dios abstracto e incorpóreo
del cristianismo. Por el contrario, los saberes que Robinson tiene
internalizados de su cultura lo guían hacia su dominio de las
nuevas condiciones por una mezcla de saber y voluntad. Joyce verá
en Robinson el archi-exponente de la voracidad colonial británica.
La isla, al principio virgen, sólo dueña de sí misma, reposa en
su salvajismo sin ley humana. Pero ahora se convierte en la
propiedad de Robinson. Y la propiedad sobre la tierra se extiende a
la esclavización también de un indígena. Asimismo cabe la
alegoría sobre el hombre primero desmoronado, pero que después se
rehace y repone.
La
isla es también posible continuación simbólica de la tierra
paradisíaca porque allí es posible el comienzo de algo nuevo, de
un impulso creador por la manualidad y el ingenio técnico que crea
vergeles ahí donde antes había selva.
En
su momento, Melville, para Movy Dick, extrae la idea de una
ballena que embiste y hunde un barco a través de la historia real
del barco ballenero Essex. Papillon, la novela y el film, se
basan en la historia real de Henri Charrière, convicto, encarcelado
en la colonia penal de la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Igual procedencia real tiene la aventura de Billy
Hayes, su célebre escape de una cárcel turca en la época de Nixon,
que luego es recreado en Expreso de medianoche. Las
aventuras de Arthur Gordon Pym de Poe y la escena de naufragio
acompañado de actos de antropofagia como única vía de
supervivencia también se inspira en hechos reales precedentes.
La
experiencia de Defoe de un solitario que vive largo tiempo en una
isla le es inspirada igualmente por acontecimientos reales. Estos
modelos inspiradores son las historias de Pedro Serrano y Alexander
Selkirk. El marinero escocés, Alezander Selkirk, es rescatado en 1709 tras cuatro años de abandono en
una isla desierta rotulada con su nombre y sita en el archipiélago
Juan Fernández, ante las costas de Chile.
Allí se encuentra también la Isla Robinson Crusoe, así denominada por la celebridad de la obra de
Defoe nutrida de los hechos vividos por el náufrago escocés. El
otro náufrago, el capitán de marina Pedro Serrano, es único sobreviviente del naufragio de un
patache español que se encastra en un banco de arena del Caribe.
Permanece ocho años aislado. En 1534 es rescatado. Ese banco de
arena hoy conserva su nombre.
Defoe
crea el subgénero del náufrago en una isla desierta. Motivo que
nutrirá una novelista y una cinematografía posterior. La isla
de coral es una de sus continuaciones novelísticas (de
importante relación con El señor de las moscas), de la que
después hablaremos, y también Relatos de un náufrago, de
Gabriel García Márquez. En el orden fílmico el célebre cineasta
francés Georges Meliès dirige una primera versión de Robinson
Crusoe en 1902. Luego, la adaptación de Luis Buñuel, rodada en
México, que es quizá la más destacada. Y a esta forma de la
humanidad insular y aislada puede agregársele Cast Away (El
náufrago), de Tom Hanks. Aquí el hombre solitario y asilado se
sobrepone, pero sufre los estragos del golpe de superioridad de las
fuerzas naturales. Primero personalidad arrogante, avasalladora,
hiperactiva, se diluye luego en la nadidad, en la soledad. Fuerza
una amistad imaginaria con Wilson, una pelota de volleyball. El
hombre no re-construido (como en Defoe) sino de-construido.
IV
Una
de las motivaciones de El señor de las moscas es la sátira
de la infancia buena e inocente. El modelo que ridiculiza el
escritor inglés es La Isla de Coral, novela del escocés
Robert Michael Ballantyne, de 1857. Su impacto y difusión fue notorio
y, a diferencia de Pablo y Virginia, exitosa novela popular
del escritor francés Jacques-Henri Bernardin de San Pierre, del
siglo XVIII y hoy devaluada, aún continúa suscitando reediciones.
En
un arrecife de la Polinesia ocurre un naufragio. Los únicos
sobrevivientes son tres niños ingleses, Ralph Rover, de quince
años (que oficia de narrador), Jack Martin, de dieciocho y Peterkin
Gay. Al principio aspiran una vida agradable y precariedad. La
amistad entre ellos se profundiza, consiguen comida abundante,
frutas, pescado y cerdos salvajes. Exploran la isla. Construyen un
refugio y un bote. Descubren la cueva "del diamante", a la
que sólo se accede sumergiéndose en el agua. La serenidad idílica
del comienzo se fractura después por el torrente de avatares
inesperados: llegada de indios y piratas. Multiplicidad de
aventuras. Ralph traba amistad con un pirata disconforme con su
condición criminal "Bill el Sanguinario", y con el trato
violento de su capitán. Un cacique pagano, Tataro, antes amigo, se
convierte en una amenaza para los muchachos. Aguardan la muerte en
una cueva. Pero la civilización, y su promesa de redención a
través de la evangelización cristiana trae finalmente la medicina
liberadora del "barbarismo" de Tataro. Porque una vez
evangelizado el nativo comprende su violencia y se convierte a la fe
de Cristo y arroja después sus ídolos paganos al fuego.
Los
muchachos ingleses luego regresan a Inglaterra, sin nunca haber
cancelado su estricta educación civilizada, aun ante los avatares
de la necesidad, el peligro de salvajes y ladrones del mar. La
transparencia moral incorruptible de la inocencia infantil de los
buenos niños ingleses. Signo a su vez de la supervivencia de lo
civilizado acorralado por el barbarismo. Optimismo en el hombre
civilizado y bueno. Inmune al mal.
Muy
distinto al destino de la infancia inglesa abandonada en la isla de El
señor de las moscas. En un período de guerra, un avión con
estudiantes británicos es derribado y se estrella en una isla
desierta. Sólo los niños sobreviven. Ningún adulto los acompaña
en ese destino. Entre los niños hay dos grupos, los más pequeños,
entre siete u ocho años, y los mayores de trece años. Ralph, uno
de los chicos grandes, es elegido como líder del grupo. Al
manipular una caracola por primera vez, el niño se asegura el
derecho de hablar ante los otros niños reunidos. La caracola será
el símbolo del derecho a la palabra ante los demás, o el monopolio
de esa palabra. Su rival en esta detentación de la autoridad será
Jack, jefe de un coro de niños que, al principio, no se desprenden
de sus capas negras. Jack essecundado por Roger. El coro antes
cantaba piezas angelicales. A Ralph se unen Piggy, "el
cerdito", siempre preocupado por retener sus gafas. Ralph y
Piggy son la voz de la adultez prematura; representan la necesidad
de un actuar según reglas y principios. Según un orden que
planifique los mejores actos para la supervivencia y el pedido de
auxilio. Por eso, la primera disposición de Ralph es ordenar la
creación de una hoguera en lo alto de un cerro costero, para
generar el humo que como estela revoltosa y ascendente pueda atraer
la atención de eventuales aviones o barcos de búsqueda. Las lentes
de Piggy acrecientan el brillo solar para encender las ramas.
Ralph
y Piggy prolongan la civilización en la isla perdida. Son la
resistencia de la lógica. La memoria del pensar racional de la
civilización. Piensan con realismo y pragmatismo. Su acción parte
del presente para proyectarse hacia el futuro. Jack, por su parte,
construye su propia ilusión de liderazgo frente de un grupo de
cazadores, que no son otros que los niños antes cantores refinados
y ahora trasformados en buscadores ávidos de carne. El grupo
cazador encarna la fascinación creciente por lo salvaje, por el
goce de la aventura de la caza, por el sentimiento de fuerza que la
cacería exitosa aporta. Y su grupo es también la gradual
suspensión de la memoria de lo civilizado. Desintegración
creciente así del recuerdo y lo pasado. Y también la anulación de
la proyección hacia el futuro. De a poco a Jack y su cazadores les
interesa más el placer salvaje del momento, la caza de cerdos
salvajes, que la aplicación perseverante de un plan para ser
rescatados. Por eso, se desentienden de la conservación del fuego,
y el humo como señal de auxilio.
Entre
los dos grupos se sitúa la figura de la mayor singularidad. El
niño Simon. Solitario. Introvertido. Soñador.
Y
entre los más pequeñitos nacen sueños poblados por una fiera. Un
niño asegura que la criatura habita en el mar. Un monstruo al
acecho. El miedo aparece. Crece. Y se metamorfosea. Jack se
beneficia con ese temor para afianzar su manipulación de los niños
cazadores. Su tribu caza un cerdo. Lo despoja de su cabeza. La
clavan en una estaca como ofrenda a la bestia. Gritan y festejan con
sus caras pintadas a la manera de guerreros o cazadores tribales. La
ofrenda se mutará en "El señor de las moscas", al ser
atosiga la cabeza por un borbollón de moscas y zumbidos.
Durante
una noche unos aviones se enzarzan en un combate que no es advertido
por los náufragos. Uno de los pilotos pierde su avión. Su única
escapatoria es arrojarse en paracaídas. Cae en una montaña de la
isla. Muerto. Su cuerpo inerte se enrolla entre las rocas. Sam y
Eric (mellizos llamados habitualmente Samyeric) hallan al
paracaidista muerto. La sorpresa y el temor les hacen creer que es
"la bestia". En un refugio revelan el incidente, aseguran
que la fiera los amenaza. Es de noche todavía. Jack, Ralph y Simon
se lanzan a la caza de "la fiera". En la montaña, al
acercarse, creen que la figura exangüe del aviador es un gran mono.
La difusión de este encuentro aviva el temor que sacude a los
niños.
Simon
es el temperamento introspectivo y contemplativo. Entre la selva
isleña goza de especial placer en un "lugar secreto".
Allí se topa con "El señor de las moscas"; es decir con
la cabeza mutilada del cerdo. Un nuevo coletazo de ilusión convence
al niño de que la cabeza le habla. El parlante Señor de las moscas
le revela que él es el propio salvajismo que rebulle en los chicos.
Le hace ver que la bestia no es más que parte de la agitación
violenta que vive en cada uno de los niños. La alucinación
desploma a Simon, que luego visita la montaña en la que
supuestamente mora la fiera. Y descubre que el monstruo es sólo un
paracaidista derribado, que se agranda o contrae al moverse su
paracaídas entre el viento. Corre con la pretensión de revelar
este hecho. Pero en la noche, la oscuridad se trenza con la
excitación de truenos y rayos. Entre el tremor de la tempestad, los
cazadores matan a Simon confundiéndolo con la bestia al acecho.
Jack
aumenta su presión para concentrar todo el poder. Desafía la
autoridad de Ralph. Numerosos incidentes y tensiones agudizan la
separación entre los dos grupos. Ralph, Piggy y los mellizos Eric y
Sam componen el grupo racional, aunque los mellizos finalmente se
integran presionados a la tribu de Jack. En las agresiones sin
interrupción, una piedra se descuelga desde un risco empujada por
miembros del grupo de los cazadores. Piggy sufre el impacto. La
caracola, signo del poder del habla, se despedaza, y se quiebra
también el cráneo del niño gordito en su caída violenta.
Ralph
comprende: los tentáculos de la violencia se engrosan y se propagan
libremente por la isla para buscar capturarlo y gozar con su muerte
cruel. La inminencia de este plan de Jack y Roger les es asegurada
por los mellizos que hacen guardia. Ralph pernocta en un escondite;
Jack arrebata la estaca que sostenía la cabeza sacralizada del
Señor de las moscas. Ordena un fuego masivo para que Ralph no tenga
oportunidad de esconderse. El niño se convierte entonces en un
perseguido. Alaridos y contorsiones bruscas, movimientos amenazantes
de lanzas, cohesionan a los cazadores en una sola fuerza que se
arroja como flecha hacia el niño como blanco. Ralph corre.
Desesperado. Escapa. El cansancio y el sudor lo estrujan lenta.
Inexorablemente. Llega a la playa. Acaso entreve su fin. Su
exhalación final de animal cazado. Pero al levantar su cabeza
descubre la repentina aparición de un miembro de la marina
británica, arropado en impoluto uniforme blanco. Aparición
milagrosa. Llega la salvación. El oficial se sorprende por aspecto
salvaje de los niños, que contrasta con los niños ingleses de La
isla del coral. Pero para Jack y su tribu la reacción inicial
no es la alegría. Los domina la sorpresa y una íntima desazón por
el retorno al mundo donde serán sólo niños. No amos. Y uno de los
niños, ante la vista del oficial, se queda mudo, no puede hablar.
Imposibilidad de regresar al lenguaje como vehículo de recuerdo de
un código común y civilizador.
V
Los
temas que detona la novela de Golding son múltiples, como toda obra
literaria que roza vetas profundas. Algunos de ellos son inmediatos
y de una patente obviedad: la pérdida de la inocencia infantil y la
contraposición civilización y barbarie. El colapso de lo inocente
y el frescor infantil no sólo es una maduración prematura.
También es comprensión lúcida de la cercanía del mal, como
fuerza en sí misma inexplicable. "Ralph lloró por la pérdida
de la inocencia, las tinieblas del corazón del hombre". Esta
última imagen recuerda la intuición que Conrand le impone a Kurtz
en El corazón de las tinieblas, obra de una esencial
captación de la oscuridad abismal de la vida. Y también expresa la
convicción de Golding sobre la propensión del hombre hacia el mal.
Su paso por la Royal Navy en la segunda guerra hartó sus
ojos de horror. Lo convenció de la falacia de toda ingenuidad sobre
la bondad del hombre a la manera de Locke o Rousseau. Pero esto no
significa que Golding niegue la posibilidad del predomino final del
bien sobre el mal. Esto es parte de una creencia religiosa de cierta
impregnación cristiana, que permite interpretar el salvajismo
desatado en la isla como una posible metáfora de la caída del
hombre.
Y
la inocencia que colapsa en El señor de las moscas es
derrumbe de toda imagen idealizada de la niñez. La niñez primero
fue una figura inexistente en la historia. El niño empezó a
existir como sujeto diferenciado recién a partir del siglo XVIII.
La ilustración y aún más el romanticismo contribuyen a esa
mutación. El niño es un estadio particular e independiente del
desarrollo humano. Y la niñez es el reino inicial de las
intuiciones mágicas y poéticas, de una apertura asombrada y
filosófica al mundo. El niño como sensibilidad mágica que no
deviene plenamente en sabiduría por la ausencia todavía de un
desarrollo intelectual. Pero la infantil percepción mágica del
mundo es convertida por el romanticismo en la prehistoria de la
sensibilidad que el adulto debiera buscar y recuperar como un
paraíso o tesoro perdido. Idealización de la infancia como la
representada típicamente por las Recollections of early
Childhood u Oda a la inmortalidad de
William Wordsworth; el relato sobre la vida Kaspar Hauser; o, a
su manera, por el Emilio de Rousseau. En la famosa teoría
pedagógica del autor de los Discursos sobre la desigualdad
social o El discurso sobre las ciencias y las artes, el
niño puede devenir un adulto sano y si la sociedad no interfiere en
su escucha de los sentimientos naturales, de los principios éticos
superiores que la naturaleza escribe en el corazón humano.
La
niñez como manantial de poesía y ternura siempre fue una mirada
sesgada y parcial. Claro. La niñez, como la psiquis humana en
general, no escapa a la ambivalencia. Y en el caso de la infancia lo
ambivalente es la espontaneidad y alegría del juego, por un lado, y
la crueldad y ferocidad, por el otro. El rostro cruel de la niñez,
su lado oscuro, ocupa el centro de la escena en El Señor de las
Moscas. Un acto de justicia desde un realismo psicológico
respeto a la mente infantil.
El
sondeo literario de la crueldad primaria del niño es posible
hallarla en las obras de Beatriz Guido, Silvina Ocampo, en Los
niños del maíz de Stephen King, o, por ejemplo, en el film de
Narciso Ibáñez Serrador, hijo del inolvidable Narciso Ibáñez
Menta, ¿Quién puede matar a un
niño?
Pero
un sentido de la crueldad infantil que no debiera ser olvidado es su
condición lúdica. Lo cruel que Jack, Roger y los cazadores
encarnan es parte de un juego. Si hay una realidad psíquica común
y constante de la infancia es lo lúdico. La trasformación de las
acciones y estímulos en juego. Para Jack y los suyos la crueldad es
parte de una vida más divertida, de más alegría y libertad en un
medio en el que los controles o presiones de la civilización han
desaparecido.
Y
la racionalidad de Ralph y Piggy es también parte de una acción
lúdica. Pero que no se asume como tal. La seriedad adulta que
algunos niños quieren imitar, es el particular juego que se niega
como tal: "La hoguera es lo más importante de todo. Sin ella
no nos van a rescatar. A mí también me gustaría pintarme el
cuerpo como los guerreros y ser un salvaje, pero tenemos que
mantener esa hoguera encendida. Es la cosa más importante de la
isla…" dice Ralph.
La
racionalidad se piensa lo contrario del juego. Una evaluación
quizá sesgada o directamente incorrecta. La esencia del juego ha
sido pensada por Huizinga, Schiller, Wittgenstein, Gadamer, entre
otos. Pero aquí sólo nos interesa pensar que el juego, en su ritmo
más profundo, es una respuesta a las exigencias o misterios de la
vida. La creencia es una forma de respuesta que dice lo que las
cosas son o pueden ser. Y la creencia es un jugar a que se sabe o
domina lo que es el espacio, el tiempo, la vida o el universo. La
respuesta de la razón como razón teórica o como racionalidad
instrumental, a pesar de sus pretensiones de seriedad anti-lúdica,
también es un jugar. En El Señor de las Moscas entran en
conflicto dos paradigmas del juego (el de la liberación de la
violencia y el de la planificación lógica de las respuestas y
acciones; o simplificando: el juego de la barbarie y la
civilización). Pero nada escapa a un juego, a un específico juego
de lenguaje en terminología wittgensteniana.
La
clave política es otra lectura posible. Ralph es el liderazgo
democrático, es la autoridad racional que se justifica por una
libre elección y por acciones que traerían el bienestar para
todos. Piggy es la lucidez del observador que preserva su
independencia, y el valor irreductible de la libertad individual.
Simon es la personalidad artística (imaginativo, introspectivo, el
que escucha otro tambor, el que ve), el individuo que siempre
fluctúa en los márgenes del orden social y político. Jack es la
ambición de poder, aliado con la violencia, crueldad o sadismo de
Roger para consolidar el poder jerárquico y autoritario que se
ejerce principalmente sobre los más pequeñitos. El lugar de los
más chicos también es el del hombre común sometido a la
manipulación de una dirigencia autocrática. Es decir: la
oposición o conflicto entre democracia y autoritarismo,
colectivismo homogeneizador y preservación de lo individual.
Y
la dinámica del conflicto en El Señor de las Moscas desnuda
el poder también del miedo. La isla le es desconocida. No hay
ningún mapa con nombres conocidos que se le pueda superponer. La
isla está fuera de la civilización; es decir del lenguaje que
conoce, define y sabe. Lo que puede ocurrir en la isla entonces debe
ser integrado luego de su aparición en alguna explicación o
interpretación, en alguna definición ordenadora. La reacción
emotiva más primaria del hombre ante lo desconocido es el miedo. El
miedo antes de ser conjurado, es presencia amenazante, peligro no
controlable. En esa indefensión la reacción primera es lo
monstruoso, lo deforme como poder sobre la vida todavía no
protegida. La amenaza monstruosa se concretiza en la isla de El
señor de las Moscas como la fiera o bestia, que vive en el mar
primero, y en la tierra después.
La
fuerza amenazante que provoca miedo, sólo es aliviada por el pacto
mítico de la ofrenda y la retribución. La ofrenda para recibir
como retribución la protección o la suspensión de la amenaza del
ser misterioso. La ofrenda es la cabeza clavada en la estaca. La
ofrenda a la fiera, deidad de la isla. La cabeza del cerdo como
ofrenda es efecto de la distorsión de los hechos que trae el miedo.
Regreso a la psicología del hombre arcaico frente al mundo
amenazante. La forma de conjurar esa amenaza es a través de la
humanización del mundo, la creación de dioses de aspecto
antropomórfico, la proyección del alma que se siente a sí misma a
las cosas supuestamente inanimadas.
Pero
quedarse sólo en la obvia distorsión que no comprende que la
cabeza de cerdo es sólo eso, es no ver, creemos, un aspecto de la
novela que suele ser soslayado o ignorado. La institución de la
ofrenda, la imaginación que inventa una fiera en la isla, es
también la recuperación de la trasformación imaginativa del mundo
inmediato a partir del efecto de misterio que provoca la naturaleza
virgen. En la isla, la realidad física vuelve a ser enigma,
intriga, que permite no sólo la seca respuesta racional sino
también la proyección de un sesgo imaginativo que hace de las
cosas una realidad más encantada y sugerente. Esta faceta de la
ofrenda de El Señor de las Moscas como re-imaginación del
entorno físico habla del origen mismo de lo mitopoético, cuando la
humanidad no se contenta con la descripción lógica del mundo
(actitud moderna muy posterior) sino que, a pesar de las
distorsiones y errores, responde de forma creativa a las exigencias
y demandas de un universo vivido como desconocido, y como región
abierta a la exploración.
La
fascinación de lo arcaico entonces, pensamos, no puede ser reducida
a la variable de la crueldad destructiva, la maldad agresiva. En lo
primitivo tribal que regresa como juego en El Señor de las
Moscas regresa también la imaginación simbólica que crea un
mundo que se yuxtapone al mundo primario de la naturaleza.
Pero
otro cariz de El Señor de las moscas, antes ya insinuado y
que no puede ser subestimado, es la trasformación de las reacciones
humanas corrientes ante circunstancias excepcionales. La situaciones
límites que trasforman al hombre, y lo llevan a actuar de forma
muchas veces inesperada. Que lo llevan a actuar desde una negación
de supuestos principios de civilización, de respecto mínimo hacia
el otro. La trasformación de Jack y Roger y los demás niños en
seres crueles e intolerantes, recuerda el resultado de numerosos
experimentos sociales que demuestra que aún el hombre más
civilizado puede, bajo circunstancias determinadas de presión
extrema, convertirse en un ser violento, dominado por instintos
destructivos, y despojado de sensibilidad hacia el prójimo. Es el
caso por ejemplo del experimento Milgram (recogido en el film I…
como Icaro); el experimento de la cárcel de Stanford (recreado
en Das experiment); o lo que muestra el film La ola en
base a una comprobación experimental de la seducción generada por
las consignas de grupos autoritarios por el profesor Ron Jones en la
Cubberley High School, colegio de Palo Alto, California, en 1967.
El
experimento es la demostración de un resultado en una experiencia
particular, en un ámbito concentrado y asilado. Equivalente de la
concentración especial del experimento es el ámbito aislado de la
isla. Más allá de una primera significación simbólica de lo
insular que destacamos antes, la isla puede ser pensada como terreno
de mayor visibilidad de las tensiones o contradicciones. La isla
como lo cerrado que aumenta las tensiones. La isla de El Señor
de las Moscas muestra con patetismo las tensiones que generan
las formas cerradas de vida, aquellas en las que los hombres
encerrados en sus propios conflictos no pueden ver más allá. Bajos
ciertas condiciones (como las mencionadas situaciones límites),
estas tensiones pueden producir la aparición del hombre salvaje que
duerme bajo el delgado barniz del hombre civilizado. Pero ese
salvajismo contenido se disfraza casi siempre por la eficacia de las
formas de represión o auto-represión, por las máscaras, las
fachadas, las hipocresías de las buenas maneras o costumbres.
Quizá
parte del impacto de El Señor de las Moscas es exhibir, como
visible acto teatral, la constante proximidad del hombre civilizado
respecto a lo salvaje. Y la revelación directa de lo más miserable
parece provocar siempre un efecto especial. Un efecto de ancestral
fascinación por ver lo que el hombre oculta tras sus máscaras.
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "El
señor de las moscas. El miedo, el juego y la ofrenda",
texto escrito en el marco de un curso de Cine y Literatura en La Facultad Libre de Rosario, en
el 2009.