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AKUTAGAWA:
LA FUERZA ANIMAL Y LA OTRA MUERTE
Literatura
y muerte en el autor de Rashomon
Por Esteban Ierardo
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Toshiro
Mifune en Rashomon, la célebre
adaptación cinematográfica del relato de Akutagawa por
Akira Kurosawa.
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Akutagawa es uno de los máximos escritores japoneses del siglo XX.
Su suicidó a los 27 años con una dosis de veronal. Su literatura
se alimenta de las tradiciones de su país, pero también de una
visión lúcida, aguda, en la que la verdad se vincula con la fuerza
animal y con la caída del hombre en el llamado de sus instintos y
deseos. Su célebre relato Rashomon fue adaptado al cine por Kurosawa.
En el ensayo que sigue a continuación exploraremos varias facetas
del escritor japonés y
su relación con la fuerza animal, el suicidio y los ecos de la
milenaria cultura japonesa.
Este texto fue escrito en el marco de un
curso de Cine y Literatura en La Facultad Libre de
Rosario, en el 2009.
AKUTAGAWA:
LA FUERZA ANIMAL Y LA OTRA MUERTE
Literatura
y muerte en el autor de Rashomon (*)
Por
Esteban Ierardo
I
El
escritor se asoma a la ventana. Afuera, vibra el mundo. Las
montañas, los lagos, las ciudades de los hombres distintos. El
artista quisiera sólo ver la belleza. Pero, principalmente en la
maquinaria social, descubre el lodo. Lodo que se acumula en todas
partes.
Cierta
tristeza flota en la expresión del escritor japonés. Pero no ha
perdido la fe en el acto creador. La creación es su refugio, su
ancla en aguas engañosas. Entonces escribe relatos. En ellos,
confluyen ecos de la literatura tradicional del País del Sol
Naciente, de la literatura de Occidente y de su propia imaginación.
Rashomon
y En el bosque serán rubíes especialmente vivos en el
dragón de su escritura. También La nariz o Kappa. Y Los
engranajes, momento ya de la ruptura de su ancla, siempre más
bien frágil, en la existencia cotidiana.
Y
la noche empieza a crecer. Los puentes bajan para acercar la muerte.
En el ocaso, el escritor madura la decisión del suicido. Un
suicidio liberador. En el cumplimiento de esa decisión no lo
acompañarán el consuelo de ninguna religión, ni el consejo de
ningún maestro. Sólo lo auxilia el acto de la escritura, y quizá
el ejemplo de la muerte digna de la tradición samurai de su propio
país.
Y
en uno de los anaqueles de Maruzen, la cadena más importante de
librerías del Japón, el escritor encuentra un ejemplar de Cuento,
de Strinberg. Lee algunas de sus páginas. Constata que se describen
alucinaciones parecidas a las que lo aquejan. Luego lo deja y recoge
otro libro, una compilación de dibujos hechos por internos en
asilos mentales, y entonces escribe: "…Y qué veo en él sino
una ilustración de engranajes con ojos y narices como si fueran
seres humanos" (1). El engranaje es metáfora visual de la
perturbación mental. De la alucinación que gobierna la mente del
escritor en sus últimos días. Sabe que esto en parte es quizá el
retorno de una vieja anomalía mental que padeció su madre, antes
de morir. Pero también sabe que es el reino de espectros el que lo
persuade de un doble proceso: por un lado la alucinación es parte
de una pérdida de la fuerza animal, la fuente misma de la vida en
la filosofía del escritor. Y esto, en segundo término, exige una
salida, un alivio, que dará el suicidio. Suicidio sin culpabilidad.
Cerca de la muerte voluntaria, el escritor sentirá que le es
devuelto un vivo sentido de la belleza.
En
este ensayo buscamos explorar algunos pliegues de la literatura de
Ryunosuke Akutagawa, y la construcción de su propia muerte.
En
cuanto a lo primero, atenderemos en especial a los presupuestos o
sentidos no visibles en sus fundamentales relatos Rashomon y
En el bosque. Estas dos narraciones, aunadas, son la
inspiración literaria de la famosa Rashomon, de Akira
Kurosawa. En cuanto a lo segundo insinuaremos que, a pesar de las
apariencias, la muerte construida por el escritor japonés (que se
envenena finalmente con una sobredosis de veronal en 1927), no puede
desentenderse del trasfondo tradicional de la muerte como rito y
acto estético en la historia japonesa del seppuku, la muerte
reparadora de la deshonra del samurai.
Quizá
la muerte sea sólo un brutal hecho desconocido, un natural
misterio. Pero el hombre necesita superponerle a ese hecho su propia
creencia o construcción. Otra muerte, la de la creencia humana,
sobre la muerte natural. Y como dijimos, en el preludio de la muerte
elegida, el artista japonés encontrará un avivamiento de la
belleza. Y esto quizá por una creencia a la que no puede renunciar
el escritor, el artista. La creencia de que la belleza no es (o no
debería ser) disuelta por una muerte que se agota en el horror y la
pura nada.
II
Akutagawa
nace en Tokio. Su madre muere enloquecida en 1902. Desde su infancia
el escritor se siente perturbado por la posibilidad de heredar la
enfermedad mental de su progenitora. En la Escuela Superior de Tokio
es compañero de otros escritores destinados a la celebridad, como
Yuzo Yamamoto o Masao Kume.
En
1913 ingresa en el Departamento de Literatura Inglesa de la Facultad
de Letras de la Universidad Imperial de Tokio. En la revista Shinshicho
(Tendencias del nuevo pensamiento) publica traducciones
de Anatole France, Willian Butler Yeats. Y algunos de sus primeros
cuentos como Vejez, o La muerte de un joven. En 1915
publica Rashomon. Recibe la influencia del escritor Natsume
Soseki, y también en Shinshicho edita La nariz, uno
de sus cuentos más celebrados (2).
Se
gradúa con una tesis sobre William Morris. En 1917 publica su
primer libro de cuentos; se casa e ingresa en un periódico, y
publica después El biombo del infierno, otros de sus relatos
fundamentales. Visita Nagasaki; conoce el cristianismo japonés.
También recorre China como corresponsal del diario Manichi. Viaja a
Corea.
En
1922 publica otro de sus cuentos célebres: En el bosque. En
1924 se encarga de la edición de The modern series of English
Literature. Sostiene un debate con Junichiro Tanizaki (3), y
escribe Kappa, obra en la que, como Swift, ensaya una
feroz crítica de la humanidad a través del ingenio y la sátira.
En
1926 se desbarranca gradualmente en la enfermedad mental, en
alucinaciones, crisis nerviosas, angustias. En este tiempo final
surgen de su pluma Los engranajes y Vida de un loco.
En 1927 se suicida con veronal. Habla entonces de un estar inmerso
en bonyaritoshita fuan, un "sombrío desasosiego".
Cuando
Akutagawa nacía hacía más de dos décadas que se había
restablecido la unidad imperial, lo que implicó el derrumbe del
tradicional sistema feudal de clanes y de señores o daimyos
bajo la autoridad de un shogun. El shogunato Tokugawa es la última forma de gobierno concentrada en la
dictadura militar del shogun. Entonces triunfará el poder
unificado del Emperador durante la llamada restauración Meiji. En
la bahía de Edo, en 1853, la flota norteamericana del Comodoro
Perry obliga al Japón a romper su tradicional repliegue sobre
sí mismo y su rechazo de intercambio con el extranjero. Luego de
varios siglos, el emperador de Japón, en la persona del Emperador
Komei, recupera el poder a nivel nacional, y promueve la
apertura al mundo exterior, con el consiguiente interés en la
cultura europea y en su literatura.
En
el periodo Meiji impera una literatura de tendencia naturalista.
Esta tendencia es animada por los descendientes de los miembros del
colapsado régimen feudal, de los que pagan el precio de la
modernización. Otro grupo es el Shirakaba, integrado por
quienes ingresan a la burocracia, a las estructuras gubernativas del
nuevo orden.
Akutagawa
pertenece al grupo opuesto al naturalismo, y a la literatura de
pulso socializante. Junto a Tanizaki Junichiro, Sato Haruo y Kubota
Mantaro, alimenta una intelectualidad estetizante. Y en parte se
nutre de la literatura tradicional del Konjaku Monogatari (Cuentos
antiguos y nuevos, siglo XII), y el Gempei Seisui-Ki (Apogeo
y caída de los clanes de Minamoto y Taira, siglo XIII).
Akutagawa
frota el deseo de una expresión clara. El pensamiento transmitido
desde el orden y la pulcritud. Una forma apolínea de expresión. La
brevedad, la concisión es parte del legado de la literatura
tradicional japonesa. Un rasgo en parte tallado por la influencia
del budismo, fuertemente asimilado por Japón. La sensibilidad
budista destaca lo efímero del instante, la fugacidad e irrealidad
del mundo. La brevedad es apropiada para capturar la fuerza del
instante, como de manera modélica ocurre en la forma poética del haiku
de Matsúo Basho.
Entonces,
la sobriedad y economía del lenguaje de Akutagawa no debe
confundir. A través de la forma pulida y concisa corren energías
volcánicas. La vida como devenir libre, sin formas, es lo más
originario y primario, lo más intenso y vital. Para el escritor, la
salud de los apetitos, el placer de la nutrición o la sexualidad,
son síntomas de una vitalidad animal que atestigua el vínculo
directo con las energías más fuertes y originales. Las formas
surgen en un momento posterior de apaciguamiento de la vida más
primaria. Es inevitable señalar la afinidad de esta intuición de
lo vital con las categorías filosóficas nietzscheanas de lo
apolíneo y lo dionisiaco (que el filósofo alemán encuentra en la
cultura griega antigua). La forma pulcra sin emoción es
distanciamiento de la vida. Ejemplo de este debilitamiento, observa
Akutagawa, es Flaubert. Y la literatura naturalista y descriptiva.
Impera aquí una desmedida preocupación por el hecho, por una forma
dada, por la vida marcada ya por un estado social. Pero no por el
devenir o magma originario de la vida (que desde la perspectiva del
budismo zen se asocia con la vacuidad o abismo en la médula de lo
real).
Muchos
personajes de Akutagawa actúan dominados por fuerzas pasionales,
que los acercan a la energía primaria, que es fuente de deseos y
necesidades. Desde esa energía básica surge el llamado de la
necesidad de la conservación de la vida, su preservación ante el
peligro del hambre; o el llamado del placer que busca esquivar el
dolor o la angustia.
Ejemplo
de esto son los personajes de los relatos Rashomon y En el
bosque, a través de los cuales Kurosawa le da vida fílmica a
las palabras del escritor japonés.
III
Akira
Kurosawa se inspira en su compatriota Akutagawa para la adaptación
de Rashomon (1950). En una sola narración fílmica, une el
relato ya mencionado y En el bosque. Una obra plasmada por la
síntesis de dos narraciones de un mismo autor, como lo que hace
Roger Corman en su adaptación de La muerte de la máscara roja
de Poe, en la que integra también el cuento Hop-Frog.
La
inspiración específicamente literaria de la creación
cinematográfica se repite en Kurosawa. Es célebre su adaptación
en el Japón feudal de El rey Lear shakesperiano en Ran.
Macbeth es detonador de una absorbente recreación en blanco y
negro en Tronos de sangre, nuevamente en el contexto de la
feudalidad medieval japonesa. La literatura rusa a través de Gorki
y Dostoievski lo conduce en Los bajos fondos y El idiota,
respectivamente. Un libro de viajes y memorias del capitán ruso
Vladimir Arteniev también motivará otra luminosa evocación de
Kurosawa en Dersu Uzala.
En
la versión del cineasta japonés, Rashomon, lugar de un
templo en ruinas, sirve como refugio de una tormenta para un monje
budista, un leñador y un vagabundo. Allí, el leñador recrea la
muerte de un señor feudal y la violación de su esposa. Pero Rashomon,
en la versión de Kurosawa, no sólo es el lugar para el recuerdo del
hecho recreado sino también para la meditación o reflexión
filosófica sobre la existencia humana. Bajo la lluvia constante, el
leñador rememora el núcleo narrativo central de En el bosque,
la ya referida muerte de un aristócrata y la violación de su
esposa. En el film, la reconstrucción constante del pasado se
ejecuta mediante una intensa aplicación de la técnica del flashback.
Tajomaru, el bandido del relato de Akutagawa, es interpretado con su
habitual brillantez por Toshiro Mifune.
Rashamon
de Kurosawa obtuvo el premio Oscar a la mejor película extranjera,
y fue uno de los primeros films de Japón en presentarse en
Occidente. La recreación de un mismo hecho desde diversos puntos de
vista, a nivel cinematográfico, se imita en Ojos de serpiente,
de Brian de Palma.
El
entretejido gradual de las distintas miradas paralelas sobre un
mismo hecho se consigue con intriga, suspenso, y con una magnética
fotográfica. La obra compenetra en un solo fluir el hecho recordado
y el lugar del recuerdo, Rashomon. Desde este lugar se emite un
primer juicio negativo respecto a lo que refleja sobre la condición
humana lo ocurrido y recordado por el leñador. Pero un hecho
posterior, agregado exclusivamente por el guión, y ausente en la
narración de Akutagawa, tuerce la primera observación negativa
para introducir una dimensión de redención de esperanza, y de
confianza final en los hombres.
Pero
sumerjámonos primero en el relato fundamental que sostiene la
versión fílmica de Kurosawa: el relato En el bosque.
Atendamos a la resonancia específica de la narración.
En
el bosque ocurre un hecho. Lo seguro es que hay un hombre muerto.
Pero permanece en la incertidumbre cómo se produjo esa muerte. El
fallecido es Takehito Kanazawa, el señor feudal, que marchaba junto
con su esposa, Masago. El relato se construye sobre un conjunto de
voces y miradas que se entretejen para ofrecer su propio punto de
vista sobre lo ocurrido. La primera voz es de un leñador que
responde al interrogatorio de un oficial de investigaciones de la
policía, Kebushi. El leñador atestigua que llegó en busca
de madera hasta un paraje de bambúes y coníferas desmirriadas.
Allí encontró al muerto. Observó una herida profunda en la parte
superior de su pecho. Cerca, al pie de un abeto, halló un peine y
una cuerda. Había hojas de bambúes apisonadas, señal quizá de
una fuerte resistencia antes de lo que seguramente fue un asesinato.
Un
monje budista es la segunda voz que agrega elementos para la
reconstrucción de lo indeterminado. A mediodía, en el camino entre
Sekiyama y Yamashina, vio a un hombre de a pie que sostenía la
rienda de un caballo, un alazán de crines cortadas sobre el que
cabalgaba una mujer velada y con kimono. El hombre tenía un sable,
arco, y un carcaj con flechas.
Un
soplón o informante ofrece después su testimonio. Asegura haber
capturado a Tajomaru, un famoso ladrón. El bandido estaba
desplomado sobre el puente de Awataguchi. Parecía haberse caído de
un caballo. Lo encontró con el sable, el arco, y las flechas que
habían pertenecido a Kanazawa. Y el caballo de crines cortadas que,
cerca, estaba comiendo hierbas. Estas evidencias comprometen a
Tajomaru, lo incriminan como el asesino.
Tras
una breve declaración de la madre de Masago, en la que destaca la
cualidades de su hija (lealtad, valentía, pureza, no conoció a
otro hombre más que a Takehito), se libera el animado testimonio de
Tajomaru. El bandido confirma que se encontró en el bosque con la
pareja. Al pasar la mujer, el viento descorrió suavemente su velo y
pudo entonces entrever su belleza. Matar a Takehito habría sido una
consecuencia inevitable del deseo de poseer a la mujer. Pero
Tajomaru negará haber perpetrado tal crimen. Ideó un ardid para
alejar al hombre de la mujer. Le prometió conducirlo hasta
numerosos sables y espejos que encontró en una tumba abandonada.
Tajamoru buscaba un comprador. Luego de mucho deambular, sorprendió
al hombre; lo desarmó y ató con una cuerda a un árbol. Llevó
luego a la mujer hasta el lugar. Intrépida, Masago lo atacó con un
puñal. El bandido luchó con ella, pero después la mujer cedió a
su intento de ataque, y también se entregó al llamado del placer.
La mujer entonces le suplicó que la llevara con ella. Que era
necesaria la muerte de su esposo para lavar su deshonra. Tajomaru
liberó al hombre. Combatieron. Al cabo de la vigésimo tercer
arremetida le perforó el pecho. Mientras tanto, la mujer aprovechó
para escapar.
Pero
la mujer finalmente hablaría. Luego de la muerte de su esposo se
refugió en el templo de Kiyomizu. Ella es la nueva voz en la
sucesión de los testimonios. Luego de ceder al acto de intimidad
forzada, Masago se acercó a su esposo, y se inquietó ante su
mirada glacial. Sintió la evidencia de la incriminación, el odio y
el desprecio. La mujer entonces concibió su propia muerte, pero
también la de su esposo, dado que éste contempló su acto
deshonroso. Masago atestigua, que aun con su boca tapada por hojas
secas de bambúes, su esposo le pidió ese acto. Entonces,
semiconciente, hundió el puñal liberador de la muerte. La mujer
desfalleció durante la declaración, y pidió comprensión: ¿qué
podría haber hecho una mujer violada y caída en la desgracia?
Y
el testimonio final que se suma es el del propio muerto. Tahekito
habla a través de una médium. Aprisionado en el árbol, el esposo
contempló la actitud gentil y favorable de la
mujer hacia el requerimiento amoroso de Tajomaru. La intimidad ya se
había producido. Takehito comprendió. La amargura empezó a
carcomerlo. La mujer entonces exigió su muerte para que nadie
pudiese atestiguar su traición y su entrega furtiva a otro hombre.
Ante ese pedido horroroso, el propio bandido se ofreció a matar la
mujer si Kanazawa así lo quería. Masago, asustada, escapó. Se
escabulló en el bosque mientras el ladrón la perseguía. Takehito
pudo entonces liberarse de la cuerda. Contempló algunos rayos de
sol esparciéndose entre las ramas de unos árboles. Observó el
puñal que había dejado abandonado su esposa. Mediante su dureza y
filo pudo calmar su angustia. Hundió el cuchillo para darse una
muerte digna y concederse el olvido. Y el pasaje hacia el misterio
del otro mundo.
Se
suele recordar que las miradas o testimonios múltiples de En el
bosque (Yabu no Naka) proceden de la técnica empleada
por Robert Browning en The ring in a book (1868) (4). Y el
relato se inspira también en un episodio del Kinjaku Monogatari
(siglo XII). Asimismo, la construcción del relato a través de un
flujo de miradas diversas enfocadas en la reconstrucción de un
mismo hecho nos hace recordar a Mientras yo agonizo, de
William Faulkner (5). Y también a Señorita Cora, de Julio
Cortázar en su volumen de cuentos Todos
los fuegos el fuego.
Ante
los diversos testimonios, el relato apela a la intervención del
propio lector. Éste debería tomar partido respecto a qué versión
de los hechos le parece que se ajusta más a la verdad. Pero la
diversidad de versiones puede sugerir que la verdad no es unívoca.
Es poliédrica. La verdad se construye por una parte de realidad de
los distintos testimonios. O, tal vez, como propone la adaptación
de Kurosawa: "todos mienten". Todos deben ocultar algo.
Por tanto lo que se dice como la verdad es un medio para tapar la
propia culpabilidad. La palabra es puente hacia la
autopreservación, hacia la construcción de la imagen más
favorable al propio interés. Masago habla de la muerte por su
propia mano de su esposo quizá para ocultar su complicidad en su
muerte; Tahekito asegura desde el más allá que se suicidó para
negar tal vez la ignominiosa muerte por su esposa traidora, o por el
ladrón luego de ser derrotado en combate franco; el leñador afirma
que luego de encontrar el cadáver no encontró más que una cuerda
y un peine acaso para ocultar que se apropió de una "aljaba
laqueada en negro" y otras pertenencias que según el soplón
pertenecían a Tahekito (en la versión fílmica de Kurosawa el
motivo de su mentira fue el hallar del puñal con un joya enfundada
en su empuñadura); y Tajomaru asegura que mató en combate al
esposo quizá para expulsar de la realidad el hecho vergonzoso de
que lo mató cuando estaba atado, o para soterrar la posibilidad de
haber sido manipulado por una mujer y que ésta luego se le haya
escapado en el bosque, territorio donde él supuestamente gobernaba
como solitario rey salvaje. Todos tendrían un interés para
distorsionar la verdad. O para referirla a medias, para así, en
definitiva, darle prioridad a la mentira como estrategia de
preservación de la imagen más favorable al propio ego.
La
verdad sería así sacrificada. Ésta no puede ser dicha o
comprendida porque siempre desacredita o afecta un interés. Esto no
impide que la verdad a pesar de todo sea. Pero el hombre
necesita que se disuelva entre las mallas de un lenguaje manipulado
para el propio beneficio. La vida entonces se hace precaria. El
hombre podría quizá ver y atenerse a una verdad sabida, pero los
distintos intereses en pugna siempre expulsan, niegan u olvidan esa
instancia de una verdad primaria y válida para todos. Al fin de
cuentas, cada testigo o participante en el hecho de la muerte de
Kanazawa puede tergiversar lo realmente ocurrido. Pero la muerte
ocurrió, y de cierta manera. El contenido de ese hecho es lo que
constituye la verdad particular de este caso, y es lo que
ejemplifica que tras todo hecho de los hombres hay una verdad
acaecida. Pero esta verdad, nuevamente, puede ser negada o
trasformada por la conveniencia de las partes intervinientes. La
fragilidad de la vida divorciada de la verdad quizá es expresada
por el monje budista luego de atestiguar el paso de la pareja que
marchaba hacia la desgracia. El monje no podía prever el destino,
no podía anticipar lo que ocurriría. Porque la vida es límite. Y
porque "…En verdad la vida humana es como el rocío o como un
relámpago…". Entonces, el núcleo real de la vida, su
verdad, se diluye. El monje asume la fuga de una verdad
incapturable: "Lo lamento...no encuentro palabras para
expresarlo".
La
verdad se disuelve. Y este proceso ocurre dentro del bosque.
Algo quizá no casual. En la versión de Kurosawa el estar en el
bosque es sugerido por repetidos planos, desde abajo, de la altura
de los árboles, y del sol oculto entre las ramas.
En
el bosque viven muchos significados. Lugar simbólico del laberinto,
inmersión en lo denso donde el espíritu puede perderse; acceso a
un más allá fuera de la vida civilizada. Entre la multitud de
árboles retrocede o se disuelve la ley y racionalidad propias del
orden civilizado. El bosque como zona de disoluciones es claro en
los ritos de las antiguas mujeres báquicas, las ménades que en su
adoración de Dioniso pierden u olvidan su yo para ingresar en otro
estado. En este caso, sólo nos interesa el bosque como lugar de la
disolución de alguna verdad que pueda ser capturada por una
pesquisa racional, y por lo tanto por una búsqueda del lenguaje
(del lenguaje conceptual en su función lógica o analítica, en
especial). La disolución simbolizada por el bosque alcanza así al
lenguaje como posibilidad lógica o conceptual de expresar los
hechos o la vida. Esto ocurre por ejemplo en una obra de Italo
Calvino, El destino de los castillos cruzados (6).
En
el bosque del relato de Akutagawa también acontecen las
disoluciones. La posibilidad de una verdad segura se disuelve o
disipa entre las perspectivas distintas y enfrentadas. Pero en esta
disolución, también hay un posible mostrarse. El mostrarse de que
el hombre actúa desde el primado de las fuerzas del instinto, desde
la fuerza animal del placer que supone la autopreservación
biológica, o las pasiones que circulan para que cada yo proteja y
conserve su mejor imagen posible ante sí y ante los otros. En la
conservación de esta imagen resuena siempre el placer instintivo
que quiere, o necesita, escapar del dolor o la angustia.
IV
Y
la lluvia cae con una húmeda pasión. Desplegaremos ahora el relato
Rashomon, fuera de su modificación en la versión de
Kurosawa…
Un
sirviente de samurai ha sido despedido. Llega hasta la puerta de un
templo en ruinas, llamado Rashomon, en la región de Kyoto. Una
lluvia continua extiende sus trenzas líquidas. Múltiples
calamidades, terremotos, incendios, tifones, han desolado este lugar
del Japón en la época Heian, el ,último periodo de la era
clásica de la historia japonesa, entre los años 794 a 1185, cuando
la capital es Kyoto,
antes de Tokio. La influencia de Confucio llega a su punto máximo.
La corte imperial japonesa, antes de ser sustituida por la dictadura
militar del shogunato, y su compleja red de clanes subordinados,
brilla en todo su esplendor. También resplandecen el arte, la
poesía, la literatura.
Surge en esta época algunas obras esenciales de la literatura
japonesa. Como Makura no Soshi (Libro de la almohada), escrito en el
siglo XI por Sei Shonagon, una escritora cortesana. Su obra es autobiográfica, y
muestra el refinamiento estético de la época, en el que la belleza
es más atrayente que especulaciones metafísicas o la religión.
Pero la otra gran obra de la era Heian es Genji Monagatari
(La historia de Genji), escrita casi al mismo tiempo que
el Libro de la almohada, por Murusaki Shikibu, otra mujer cortesana y de prolífica capacidad
narrativa. En más de cuatro mil páginas narra la historia de
Genji, hijo de un mikado (emperador japonés). La escritura de Shikibu suele ser vinculada
con Proust y su sentido del tiempo (7).
La
época Heian vive en un sueño de belleza cerrado sobre sí mismo.
Venera la caligrafía y la poesía china. Pero los refinamientos de
la corte no aseguran ninguna felicidad para las gentes del pueblo de
la región de Kyoto. La región castigada por las calamidades de la
naturaleza. Parte de la población, hastiada y desesperada, destruye
imágenes del Buda, y otros objetos de culto. Partes de despedazadas
estatuas de madera se venden en las calles como leña. En el templo
abandonado hay animales, que construyen allí sus madrigueras. Los
ladrones, por su parte, convierten el lugar en depósito de
cadáveres. Los cuervos recorren el cielo, y bajan en busca de
alimento.
El
sirviente de samurai, solitario, piensa en cómo sobrevivir.
¿Debería convertirse en ladrón para superar el hambre? Si se
convierte en ladrón podría quizá terminar arrojado en una zanja,
o entre los cadáveres ocultos en las ruinas. El hombre confundido
recorre los alrededores. Descubre luego una luz, un movimiento en el
interior de una torre. Entreve a alguien merodeando entre los
cuerpos mudos. Es una vieja que roba los cabellos de una mujer
muerta para hacer pelucas. "Era una vieja escuálida, canosa y
con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés.
Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro
de un muerto".
La
vieja se convierte para el sirviente de samurai en un reflejo del
mal. Le inspira profunda repugnancia. El hombre en desgracia la
acosa, la amenaza con su espada, para que le aclare qué es lo que
hace entre el montón de cadáveres. La mujer se autojustifica. La
ética no depende de unos valores a priori. El contexto, la
situación determina el camino de acción necesario. Bueno, moral
es lo que permite sobrevivir. La vieja entonces actúa sin
remordimientos. Sin dudas. Unos mechones de cabellos podrían
salvarla del hambre. Arranca entonces los pelos de la cabeza de una
mujer que, en vida, hacía pasar carne de víbora por carne de
pescado. Se la vendía a los guardianes imperiales. Sin embargo, el
engaño no es censurable, dado que: "No digo que estuviese mal
pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa
podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora.
No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a
saber lo que le hago, posiblemente me lo perdonaría".
La
experiencia del encuentro con la vieja produce un súbito cambio en
el sirviente de samurai, un deslizamiento hacia una certeza antes
ausente: "El sirviente no sólo dejo de dudar (entre elegir la
muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener
que morir de hambre se había convertido para él en una idea
absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento".
Así,
el sirviente deja de ser persona dubitativa. Actúa ya sin
vacilación. Roba la peluca de la vieja. Se pierde luego en "la
noche negra y muda". Su destino posterior se disuelve en la
bruma de lo incierto.
Los
paradigmas éticos elevados son ideales e inmaculados cuando no son
alcanzados por la desgracia, y ciertas situaciones límites. Unir el
ideal con la vida corriente es crítico cuando el cuerpo sufre
hambre. El sirviente de samurai pertenece al mundo feudal y guerrero
del medioevo japonés. El samurai debe someterse a un código ético
estricto, el bushido, "el camino del guerrero". Una
tradición en la que el ejercicio de las armas y el vínculo con un
señor feudal o daimyo no son, en principio, sólo una
situación de goce de privilegios, sino un sendero de
autorrealización ética. El bushido entonces propone siete
virtudes esenciales: rectitud, coraje, benevolencia, respeto,
honestidad, honor y lealtad (8).
Pero
el Hagakure ("a la sombra de las hojas" o
"escondido en la vegetación") responde precisamente a la
inestabilidad o fragilidad de esos ideales. El Hagakure es
dictado por Yosho Yamamoto a uno de sus aprendices entre 1710 y 1717. Esta
obra esencial de la literatura japonesa tradicional se inspira en el
bushido, e intenta reanimarlo. Antes, Miyamoto Musashi
(1584-1645), en su El libro de los cinco anillos, desarrolla
la filosofía samurai de la "Escuela de las dos espadas",
también nutrida por el bushido.
Parte de la motivación del Hagakure es precisamente la
decadencia de la aspiración ideal. A los samuráis llega la
tentación del enriquecimiento por el comercio que, en el Japón
de la era Tokugawa, es visto como el más bajo peldaño de la
pirámide
social. El Hagakure es una respuesta a la decadencia moral.
Al ansia de lucro. Pero en este deseo, hay algo de las pulsiones
instintivas, de lo natural que vence los mandatos de la ética, la
razón o la prudencia. Una imposición del deseo que se asemeja a
las necesidades naturales, a la vida natural que, otras veces,
reaparece como hambre o necesidad.
Toda
la riqueza ética del bushido sucumbe ante la miseria del
hambre. El sirviente de samurai finalmente es dominado por el
apremio de la necesidad. Rasmahon de Akutagawa podría ser
leído entonces como el conflicto entre la ética ideal y el poder
oscuro y previo de la demanda instintiva de supervivencia (un poder
que puede ser negado cuando se está libre del hambre y su necesidad
apremiante). Para el instinto, la vida sólo es real cuando se
conserva. No cuando se sublima en idealidades abstractas como la
esperanza de una vida eterna en un más allá sin nervio, músculo,
o estómago. Si hay una inteligencia primaria en el instinto uno de
sus postulados posibles sería la conveniencia de las acciones que,
en un punto extremo de necesidad, conservan el cuerpo e impiden su
debilidad y muerte; pero también los actos que nutren, fortalecen o
embellecen y dan placer. Por eso, para esta "inteligencia
instintiva", ante el hambre, lo moral es la acción que supera
esa situación miserable; no lo que, aun hasta el último momento,
mantiene la fidelidad a valores ideales. En Rashomon, el
sirviente de samurai es un ejemplo de este proceso. En un principio
desenvaina su sable para amenazar a la vieja. El sable es signo
distintivo del guerrero ético; el sable, espíritu del samurai,
muestra su brillo amenazante para exigir una explicación ante lo
que para la mirada de los valores superiores es una degradación.
Ante estos valores es abyecta la profanación de un cadáver, o su
mutilación. Por eso la vieja es expresión directa del mal. Pero el
recelo o la renuncia a la ética ideal no es renuncia a una
fundamentación de la acción que obra desde la supervivencia y no
un bien ideal. Si la mujer profanada pudiera expresar su opinión
seguramente perdonaría a la anciana porque el robo de sus cabellos
le permite alejarse el hambre y, así, ser fiel a la ética del
instinto, la necesidad y la supervivencia. La argumentación que
niega el mandato ideal en beneficio del "bajo" valor de la
necesidad biológica termina por absorber al sirviente de samurai.
El robo se justifica para sobrevivir. La necesidad convierte la
degradación de la profanación y el robo en acción legítima.
Entonces, el sirviente de samurai, aquejado por el mismo peligro que
la anciana, aplica sobre ella el mismo razonamiento justificador.
Nada podrá reprocharle si él le roba, a su vez, para sobrevivir.
En
sus conferencias sobre Las variedades de la experiencia religiosa,
William James intenta comprender la complejidad del fenómeno
religioso. Su mirada está profundamente influenciada por el legado
empirista anglosajón. Un caudal de pensamiento de una tradición
que se roza con la literatura inglesa que es el centro de
preferencia de las lecturas occidentales de Akutagawa. Para James,
como para Hume, gran pensador del empirismo, primero es la
sensación, la materialidad, lo físico, y luego es lo mental, la
intelectualidad, los valores que se pretenden esencialmente
espirituales (en tanto emancipados de lo físico). Primero es la
necesidad y luego la razón. El hombre primero siente envidia o
resentimiento. Luego razona para justificar acciones que le permitan
satisfacer sus sentimientos primarios. El hombre primero siente el
acoso del hambre, como la vieja ladrona, y luego apela a la
razonalización para justificar el robo porque tiene hambre; y
siempre se justifica la acción que conserva la vida.
Rashomon
es así, entrelíneas, un posible mapa de la beligerancia ya
señalada entre instinto y razón; entre cuerpo y pensamiento moral
a priori; entre idealidad y necesidad. El hombre puede
auto-engañarse y creer que el horizonte de grandes valores
espirituales son lo que lo guían, o deben guiarlo, en su ascenso
hacia la cumbre de lo bueno. Pero la razón nunca es soberana, sino
sirviente de una fuerza previa y superior; de la vida corporal, de
la necesidad del cuerpo que ya está ahí, y que puede experimentar
diversas sensaciones o estados. Y a partir de éstos, la capacidad
argumentativa de la razón se convierte en vehículo para justificar
las acciones que satisfacen el llamado de las necesidades.
La
necesidad triunfa ante los principios en la perspectiva de
James-Hume. Y también del Nietzsche que en Humano, demasiado
humano, observa el largo error de la metafísica de Occidente
que, desde el platonismo, pretende que los valores son inmateriales,
eternos, independientes del cuerpo, la historia, los instintos y las
necesidades.
En
Akutagawa, la fuerza primaria, distinta de la armonía de la
racionalidad, siempre triunfa. La fuerza animal vence a los
principios superiores de la razón, y de los valores abstractos. Y
cuando esta fuerza se suspende, para el escritor japonés, es
momento de preparar la muerte, como luego veremos. La victoria de
las fuerzas del instinto podría ser solidaria a las fuerzas de las
pasiones, de los afectos, como el amor, el sentido de la belleza,
como pulsiones más esenciales que la lógica o los mandatos de una
espiritualidad abstracta, sin mundo sensible. Pero en Rashomon
lo que vence es la irrupción de la fuerza instintiva, la
preservación de sí y la necesidad; necesidad que, a veces, revela
el costado más sórdido del hombre.
El
final sacrificio de las demandas de una moral superior para acogerse
a la verdad más primaria del cuerpo y sus necesidades. Algo que no
se impone, por ejemplo, en Los siete samuráis, una de las
obras clásicas de Kurosawa. La historia recreada por el film tiene
un punto de afinidad con Rashomon. Los hechos giran en torno
a samuráis acosados por el hambre. Sin embargo, en la obra del
cineasta los samuráis construyen un equilibro entre el llamado de
la necesidad de la supervivencia y la idealidad ética del bushido
(9).
IV
Poco
antes de suicidarse, Akutagawa escribe Carta a un viejo amigo.
Ha decidido ya su muerte. La muerte voluntaria del escritor de Rashomon
nace de pliegues complejos, que guardan relación, como
observaremos, con la fuente de la vida primaria o animal.
El
mundo feudal del bushido se derrumbó finalmente. Akutagawa
es ya habitante de otro mundo, el mundo moderno sin dioses, ni
perspectiva de trascendencia religiosa, o de elevación moral por el
camino del guerrero samurai.
El
samurai es prisionero del honor. Una necesidad social, no del
cuerpo. El honor no es nada sin la mirada del otro que avale la
actitud honorable, o que denuncie el deshonor. La herida del honor
propio hace necesaria una reparación mediante la muerte por propia mano. El seppuku es acción ritual para remediar el
deshonor. Una práctica común entre los samuráis, que supone
negar la pasividad de la
muerte natural. Un hecho deshonroso es corregido por el suicidio
como rito, a través del hara-kiri (literalmente "corte
del vientre").
Pero
en Akutagawa, más próximo al nihilismo occidental, la muerte
voluntaria no podrá ser la respuesta necesaria a la lesión del
honor. La muerte no será lo determinado quizá por un excesivo amor
por la buena imagen ante la mirada del otro. La necesidad de la
construcción de la propia muerte en Akutagawa nace desde algo más
cercano a la angustia existencial, sin que esto deba ser asimilado a
ese específico sentimiento de desolación íntima que la Europa
occidental empieza a confesar luego de la primera guerra mundial. En
el escritor japonés, según su propio testimonio, "el suicido
está causado por un vago sentimiento de angustia, un vago
sentimiento de angustia sobre mi propio futuro" (10).
La
forma de ser fiel o consecuente al sentimiento de la angustia
visceral será el suicidio. Suicidio asumido con naturalidad, con un
sentimiento de goce, por el alivio que la muerte traerá. En ningún
caso, el suicido es error, un pecado. "Una vez que me decidí
por el suicidio (no lo considero un pecado, como los occidentales),
busqué la manera menos dolorosa de llevarlo a cabo. Por ende
descarté ahorcarme, pegarme un tiro, saltar al vacío y otras
modalidades de suicidio por razones estéticas y prácticas. El uso
de una droga parecía ser tal vez la manera más satisfactoria"
(11).
La
decisión por el suicidio no es sólo respuesta a un vago
sentimiento de angustia. Es también la reacción reparadora ante la
certeza de que la fuerza primaria de la vida se ha disipado:
"Nosotros, los humanos, por ser animales humanos, tenemos un
miedo animal a la muerte. La así llamada vitalidad es sólo otro
nombre de la fuerza animal. Yo mismo soy un animal humano. Y parece
que esta fuerza animal se ha escurrido gradualmente de mi sistema, a
juzgar por el hecho de que tengo tan poco apetito por la comida y
las mujeres. El mundo en el que vivo es el de los nervios enfermos,
lúcido como el hielo. Esta muerte voluntaria debe darnos paz, si no
felicidad" (12).
El
mundo alucinatorio en el que vive el escritor es parte de una
obstrucción vital, del apagarse del "apetito por la comida y
las mujeres,", síntoma claro de la debilidad de la vida o eros,
que prepara el asalto final y posterior del tanatos o muerte.
El mundo de la alucinación es también el mundo de los
"nervios enfermos". Pero toda esta caída es contemplada
desde la lucidez ("lucido como el hielo"). La claridad del
análisis que el enfermo hace de su propia enfermedad lo convence de
su distanciamiento de la vida como fuerza animal. Y lo convence de
la necesidad de la muerte que alivie esa pérdida.
Y
en este punto, y a pesar de todo, tal vez la muerte voluntaria de un
escritor japonés sin dioses, y ajeno ya a la idealidad ética del bushido,
se acerque a la condición ritual de la muerte samurai, forma
japonesa por excelencia de la construcción de la muerte, que
trasciende el morir natural.
El
rito es puente, es pasaje desde lo profano a lo sagrado, desde lo
herido hacia lo pleno. En Akutagawa la muerte voluntaria es rito en
tanto pasaje desde la vida dañada por la alucinación, por el
debilitamiento vital (por la perdida de la fuerza animal), hacia una
expectativa de lo pleno: porque la muerte propia "debe darnos
paz, si no felicidad". La preparación de la muerte como
justificación ritual no puede olvidar la peculiar recuperación de
la práctica del seppuku en Mishima (13).
Pero
también en el suicidio como acción ritual hay lugar para la
sensibilidad estética, para una experiencia de lo bello. Este es el
momento en que el suicidio ritual es particular práctica poética.
Antes de ejecutar el seppuku, el samurai bebe sake.
Y compone un poema de despedida llamado zeppitsu o yuigon (14). Parte de la construcción ritual de la muerte suicida es
estado de alerta poética, el deseo de concentrar en unos pocos
versos una intuición del sentido de la vida anterior. Y de la
muerte inminente. La muerte voluntaria preparada desde un
avivamiento del sentido de la belleza.
Insistencia
japonesa en la cercanía de la belleza, aunque a veces se olvide su
presencia. Yasunari Kawabata también insiste en la recurrente
apertura japonesa a la intuición de la belleza en la naturaleza, o
entre las hendiduras de los eventos humanos, o en la silenciosa
proximidad del bello cuerpo desnudo de mujer como En la casa de
las bellas durmientes (15).
Excitación
del sentimiento de lo bello con afinidad a otra de las revelaciones
de Akutagawa en su carta final: "Ahora que estoy listo, la
naturaleza me resulta más bella que nunca, por paradójico que
parezca. He visto, amado y entendido más que otros. En eso
experimento cierta satisfacción, a pesar de todo el dolor que he
tenido que soportar hasta el momento" (16).
El
samurai prepara la muerte como acto poético por el zeppitsu.
En Akutawaga, la creación literaria es parte de esa preparación
estética para el morir voluntario. En El horla, Maupaussant
describe la percepción de una presencia invisible, cercana,
invisible, inquietante (17). Su diario es testimonio de una
alucinación en crecimiento y expansión, y también anticipación
de la muerte del propio narrador que, en ese acto final, encuentra
su posible liberación. En El hombre de arena, de Hoffmann,
Nathaniel, perturbado por una larga experiencia de lo invisible, de
lo inquietante, de lo inaceptable para el entendimiento normal, se
arroja finalmente desde una torre. Su suicidio es preparado por la
lenta y previa descripción literaria de la gestación de su
anormalidad. Frente a ella, sólo la muerte podría encontrar una
salida en un más allá, libre quizá del dolor y la perturbación.
En
Akutagawa, dos obras lo acompañan en la descripción literaria de
su mundo alucinatorio, que lo hunden en la angustia y el divorcio de
la fuerza animal. Los engranajes y Vida de un loco
exponen una percepción de las alucinaciones que, siempre, es
controlada por un resto de lucidez. Entonces, se acerca el final:
"La
mano que empuñaba la pluma había empezado a temblar. Babeaba. Su
cabeza sólo tenía alguna claridad después de una dosis de ocho
miligramos de veronal. Y entonces, sólo por media hora o una hora.
En esta semioscuridad día a día vivía. El filo mellado, una
espada muy delgada como bastón" (18).
La
literatura. La pluma: la "espada muy delgada como
bastón". La pluma (literaria) que ayuda a sostenerse en la
preparación de la propia muerte. Pero siempre está la amenaza de
olvidar la posibilidad de otra vida y otra muerte, y de entregarse a
un mero vivir prosaico, o a la muerte natural. Pero aquí, la
literatura es posible antídoto contra distintas formas del olvido;
y como lucha con la "mala muerte", el llamado "morir
en vida". La escritura como resistencia al olvido (otra forma
de la muerte), o del prosaísmo. Algo semejante a lo que Octavio Paz
recuerda a propósito de Murasaki Shikubi: "El arte, nos dice
Murasaki, es un acto personal contra el olvido, la lucha contra la
muerte, raíz de todo gran arte, lleva al novelista a escribir"
(19). Y podríamos entonces agregar que el deseo también de
construir otra muerte impulsa el acto de la escritura.
Pero
a pesar de todo esto, se podría pensar que la muerte voluntaria, el
suicidio, no habla de una respuesta artística, sino de una mera
renuncia, de una imposibilidad ya de soportar una situación
trágica o enajenada. Una evasión o consuelo final. Claro que esta
motivación no puede ser negada. Pero la mente humana no se conforma
con la muerte natural. Por eso la transforma. La reinventa. La
preparación estética de la muerte, su "justificación
artística", su vínculo con algo bello en Akutagawa no sería
más que una continuación de una ancestral necesidad humana.
Continuación en la que, a su manera, participó también la muerte
ritual samurai.
La
otra muerte que el hombre inventa la superpone sobre el acto
enigmático y rotundo de la muerte. Un juego de la imaginación, en
el que el sentido de lo bello pretende, al fin de cuentas,
conquistar la muerte. Para debilitar su sombra brutal y desconocida.
(*)
(*)
Fuente: Esteban
Ierardo. "Akutagawa: la fuerza animal y la otra muerte. Literatura
y muerte en el autor de Rashomon", texto
escrito en el marco de un
curso de Cine y Literatura en La
Facultad Libre de Rosario, en el 2009.
Citas:
(1)
Ryunosuke Akutagawa, "Los engranajes", en Vida de un
Loco, Buenos Aires, Emecé, p. 102
(2)
La nariz es una narración con el estilo impersonal y la
simplicidad de los cuentos populares. Y también con un aire
tragicómico. Es la historia de Zenchi Naigu, un sacerdote del
templo de Ike-no-wo, que se caracteriza por una muy prominente nariz
de dieciséis centímetros. Afligido por esta anormalidad, Naigu
finge no preocuparse, ni interesarle la opinión ajena. Pero busca
otras personas con su misma rareza. Pero así, "Naigu no miraba
a la gente, miraba las narices". Y también busca algún
ejemplo histórico o legendario semejante a su gran nariz:
"Recurrió entonces a los textos budistas en busca de alguna
hipertrofia. Pero para desconsuelo de Naigu, nada le decía si el
famoso sacerdote japonés Nichiren, o Sãriputra, uno de los diez
discípulos de Buda, habían tenido narices largas. Seguramente
tanto Nãgãrjuna, el conocido filósofo budista del siglo II, como
Bamei, otro ilustre sacerdote, tenían una nariz normal. Cuando
Naigu supo que Ryugentoku, personaje legendario del país Shu, de
China, había tenido grandes orejas, pensó cuánto lo habría
consolado si, en lugar de esas orejas, se hubiese tratado de la
nariz". Finalmente un discípulo le propone un método para
achicar la nariz, que consiste en hervirla y pisotearla. Así logra
reducir su tamaño. Entonces, por primera vez, percibe una risa de
burla en los otros; no como antes, cuando su incomodidad provocaba
cierta ternura o compasión. Fue por eso que Naigu agradeció cuando
al levantarse una mañana descubrió que su nariz recuperó su
tamaño anterior. Se alegró porque sabía que nadie más se
burlaría de él. La historia encierra así una moraleja: el peligro
de no aceptar nuestra propia persona, aun cuando esto nos haga
diferente o extraño para los otros.
(3)
Junichiro Tanizaki es uno de los novelistas fundamentales de la
literatura japonesa de la primera mitad del siglo XX. En 1933
publica su emblemático ensayo El elogio de la sombra, un
manifiesto sobre la estética japonesa. Aquí se sostiene que en
Occidente la belleza se vincula fundamentalmente con la luz, lo
brillante, lo blanco, y la simetría. Lo oscuro, opaco, negro o
desproporcionado se revisten de cualidades negativas. Por el
contrario, en la tradición japonesa, la oscuridad, la sombra, lo
irregular, lo no simétrico, son partes de un sentido de la belleza
que intuye la realidad del vacío, propia del budismo zen. La
vacuidad intrínseca de la realidad que escapa a toda forma o
proporción, y de ahí su relación simbólica con lo oscuro e
incognoscible.
(4)
The Ring and the Book (4 volúmenes, 1868-1869), es
considerada la obra maestra de Browning. La escritura se construye
alrededor de un juicio por asesinato en la Italia del s. XVII. The
Ring… es un monólogo dramático sostenido entre distintos
personajes. Suele destacarse su agudeza psicológica.
(5)
En la novela Mientras agonizo (1930),
Faulkner se sumerge en el tiempo desde la "corriente de la
conciencia", o monólogo interior. Una galería de narradores
expresa sus miradas particulares en torno a un mismo hecho: la
agonía de Addie Brundren, su muerte y el posterior traslado de su
cuerpo a Jefferson, por mandato de la propia difunta. Como es
recurrente en la literatura de Faulkner, los personajes se mueven en
el aislado Yoknapatawpha, en el condado de Mississipi. La familia de
la muerta, guiada por el viudo Anse Brundren, recorre un difícil y
largo camino hasta Jefferson.
(6)
En esta obra de Calvino circulan caballeros y peregrinos entre
castillos y tabernas dentro del bosque. En el momento del encuentro
humano y del diálogo, el lenguaje desaparece. Los personajes están
mudos. Y lo único que les permite comunicarse son cartas de tarot.
Al mostrar una carta-imagen los individuos se comunican entre sí
fuera del lenguaje conceptual, ahora disuelto en el ámbito
simbólico del bosque como disolución del lenguaje, de lo
conceptual como característica del orden civilizado. La sucesión
de cartas es sostén, a su vez, de un relato que el escritor realiza
traduciendo las imágenes. Y el bosque, además de disolución del
lenguaje en la obra de Calvino, también es sitio de desvanecimiento
del yo: "Ahora perteneces al bosque. El bosque es pérdida de
uno mismo, mezcolanza. Para unirte a nosotros debes perderte,
despojarte de tus atributos, desmembrarte, transformarte en lo
indiferenciado, unirte al tropel de la Ménades que corren gritando
por el bosque", en Italo Calvino, El castillo de los
destinos cruzados, Madrid, Siruela, 1999, p.129 (trad. Aurora
Bernárdez).
(7)
Murasaki Shikibu es autora del diario (Murasaki Shikibu Kikki)
y de la célebre Genji monagatori (La novela de Genji). Esta obra es la más
importante de la literatura japonesa clásica, y la primera novela
psicológica de la historia de la literatura universal. La vida de
Shikibu transcurre durante el auge de la familia Fujiwara y la
decadencia de la era Heian. En la saga de Genji aflora cierta
angustia que es una suerte de antecedente de la actitud
existencialista moderna. Se deja entrever la falsedad y falta de
sustancia de la sociedad aristocrática de la época Heian. El
sufrimiento de la mujer atrapada en las redes de una sociedad
patriarcal contribuye al tono de solapada crítica o decepción
respecto a la vida cortesana y el poder.
(8)
Puede consultarse la clásica obra Bushido. El camino del
guerrero, de Inazo Nitobe (1892-1933).
(9)
En Los siete samuráis (1954), unos campesinos, cansados de
los saqueos de unos bandidos, deciden contratar a unos samuráis
para que los defiendan. Encuentran entonces a Kanbei, un samurai
desocupado que reúne a otros seis guerreros que aceptan la misión
sólo a cambio de comida. Parten hacia el pueblo, e instruyen a los
campesinos para la lucha. Al final, vencen luego de la muerte de
algunos de ellos. Su victoria es cierta reconciliación con sus
ideales de vida guerra y digna.
(10) R. Akutagawa, Vida de un loco, op. cit, p. 195.
(11)
Ibid., p.196.
(12)
Ibib.
(13)
Mishima fundó la Tatenokai (Sociedad del Escudo) cuyo
propósito es revivir los valores del Japón imperial. El propio
escritor diseña su uniforme distintivo. El 25 de noviembre de 1970,
Mishima y cuatro miembros de la Tatenokai se presentan en un
importante cuartel de las llamadas Fuerzas de Autodefensa de Japón,
en Tokio. Secuestran al comandante de la unidad militar en su
oficina. Desde el balcón, Mishima pronuncia un manifiesto ante los
soldados. El discurso busca que el ejército se rebele y que, por el
golpe de estado, reponga al Emperador en su dignidad perdida. El
único resultado es el abucheo, la burla. Luego, vuelve a la oficina
del comandante. Y se practica el seppuku. La decapitación
final que es parte del rito, le es encomendada a Masakatsu Morita,
miembro de la Tatenokai. Pero éste no usa correctamente la
espada. Entonces, otro miembro de la Tatenokai, Hiroyasu
Koga, completa el corte de cuello. Mishima compuso un zeppitsu, el
poema anterior al seppuku. Las razones que movieron al
escritor a recuperar la práctica de la muerte ritual no son claras.
Tal vez, lo que buscaba era asegurarse un aire leyenda a través de
la forma espectacular de su muerte.[1]
(14)
El seppuku es una parte fundamental del bushido, el
código guerrero samuria.
El seppuku es voluntario para evitar caer prisionero del
enemigo o para remediar una falta al código del honor. También
puede cumplirse por una orden del poder al que el samurai sirve. Un
señor feudal (daimyo),
el shogun, o un tribunal reclaman el suicidio ritual como
paliativo al delito de asesinato o robo. Esta acción ritual de la
muerte por seppuku es la garantía de dignidad para el
samurai que, más allá de su apertura a la poesía o la
meditación, es básicamente un hombre de acción.
(15)
Antes del seppuku se bebe sake y se compone un último poema de despedida. Esta acción se llamaba zeppitsu ("última
pincelada") o yuigon ("declaración que uno
deja atrás"). El yuigon o zeppitsu no es una
despedida formal, a la manera de una carta de despida para ordenar o
cerrar algunos asuntos terrenales sino un acto poético que condensa
la emoción profunda del que se dispone al suicidio. Unas breves
palabras, como en la forma poética del haiku, podía acechar
el sentido de una vida.
(15)
Yusanari Kawataba es el primer premio nobel de literatura otorgado a
un escritor japonés, en 1968; el segundo fue en 1994, a Kenzaburo
Oé, autor de El grito silencioso. En La casa de las
bellas durmientes, la que es estimada su mejor novela, el viejo
Eguchi, de setenta y siete años, práctica una forma de placer que
puede parecer enigmática: gusta acostarse cerca de mujeres
jóvenes, hermosas, desnudas, que duermen cerca. Ellas nunca
despiertan y no advierten su presencia. Acaso una veneración de la
belleza femenina, que conduce a la percepción del misterio mismo de
la belleza, inseparable del misterio de la vida.
(16)
R. Akutagawa, Vida de un loco, op.cit., pp.196-197.
(17)
Guy de Maupassant, El horla y otros cuentos fantásticos,
selección, prólogo y traducción de Esther Benítez, Madrid,
Alianza Editorial.
(18)
R. Akutagawa, Vida de un loco, op.cit., pp.192.
(19)
Octavio Paz, "Tres momentos de la literatura japonesa", en
Las peras del olmo, Barcelona, Seix Barral, p. 112.
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