Por Lucas Soares
Un
poema no necesita tener significado y como la
mayoría
de las cosas de la naturaleza a menudo no
lo
tiene.
Wallace
Stevens
En
sus Investigaciones filosóficas Wittgenstein
introduce el problema de cómo explicarle a alguien en qué consiste
entender un poema o tema musical, dado que ello compromete
una experiencia insustituible e intransferible: "Hablamos de
entender una oración en el sentido en que ésta puede ser
sustituida por otra que diga lo mismo; pero también en el sentido
en que no puede ser sustituida por ninguna otra. (Como tampoco un
tema musical se puede sustituir por otro). En el primer caso es el
pensamiento de la proposición lo que es común a diversas
proposiciones; en el segundo, se trata de algo que sólo esas
palabras, en esa posición, pueden expresar. (Entender un poema.).
¿Pero cómo se puede explicar, en el segundo caso, la expresión,
cómo se puede transmitir la comprensión? Pregúntate: ¿Cómo
hacemos que alguien entienda un poema o un tema musical?".
La experiencia de un determinado poema o pasaje musical implica para
Wittgenstein algo tan singular e inexplicable como un sentimiento:
"¿Cómo vamos a explicar un sentimiento? Es algo inexplicable,
singular. A lo sumo una descripción podría apenas insinuarlo".
La respuesta de Wittgenstein al intento de entender y explicar un
poema o tema musical pasaría entonces por rechazar siempre
cualquier explicación que se ofrezca, no tanto porque sea falsa
sino por tratarse justamente de una explicación. De allí
que, tal como apunta Mujica en su libro, no es casual que
Wittgenstein, quien formó parte del universo trakliano a través de
su amigo Ludwig von Ficker, haya señalado respecto de la poesía de
Trakl: "No entiendo la poesía de Trakl, pero su tono me
deslumbra. Es el tono de un hombre genial".
Siguiendo
la premisa wittgensteiniana, todo el libro de Mujica puede leerse
como una descripción o, mejor, una insinuación de la poesía de
Trakl. No una explicación: "Este libro, sinceramente, ni
explica ni sabe: cuenta", nos dice en el Prólogo. Creo en este
sentido que Mujica coincidiría plenamente con Wittgenstein respecto
de la imposibilidad de explicar un poema o poética en particular. Y
con Heidegger, quien en la Introducción a Los himnos de
Hölderlin, apunta en la misma dirección que Wittgenstein:
"‘Discurrir’ ‘acerca’ de poesía es del todo
perjudicial, pues –necesariamente- un poema dice lo que tiene que
decir. El peligro consiste en que despedacemos en conceptos y tesis
la obra poética, que revisemos en un poema solamente las opiniones
filosóficas del poeta y que, con ello, edifiquemos el sistema
filosófico de Hölderlin y, desde ahí, ‘expliquemos’ su
poesía, según lo que se llama explicar". Desde la primera
página se nota que el libro de Mujica está escrito por un poeta,
pues en ningún momento busca explicar la poesía de Trakl sino
acompañar, como una música de fondo, su hablar. Al igual que esos
pálidos ángeles que habitan el universo de Trakl, Mujica se alza
como testigo, partícipe y víctima de la hiriente belleza de su
poesía, haciéndonos a través del libro testigos, partícipes y
víctimas de su larga convivencia con la obra del poeta. Lo más
importante a la hora de escribir un libro es a mi entender encontrar
el sitio desde el cual hablar. Y en este libro Mujica
encuentra un punto personal desde el cual hablar sobre Trakl, basado
en un estilo oracular que no busca explicar ni ocultar nada sobre el
decir de Trakl, sino solamente significar su hablar. Como buen
poeta, Mujica sabe que cuando hablamos de poesía se trata tan sólo
"de dejar resonar y de dejarse alcanzar por un sentido".
Como si la única forma de hablar de poesía fuese a través de un
decir poético que, sin pretender explicarlo, continúa poetizando a
partir de ese decir. A punto tal que podría decirse que el libro no
es sino un largo poema fragmentario sobre la vida y la poesía de
Trakl.
Mujica
va enhebrando la vida del poeta con fragmentos de su obra. Va
armando el fresco de un hombre cuya breve vida es inseparable de su
breve obra porque, como nos dice, "su sangre es su tinta".
Un poeta al que no sólo le duele una mujer en todo el cuerpo (su
hermana Gretl), sino que también le duele la poesía en todo el
cuerpo. Así es como Mujica extrae de la poesía de Trakl su
biografía esencial. Y al escribir sobre la biografía poética de
Trakl nos habla a la vez de su propia biografía, la relativa a su
larga convivencia con la lectura del poeta. Digamos que para Mujica
la poesía de Trakl no es meramente la poesía de Trakl. Es la
biografía de una penosa humanidad acorralada por la culpa, la cocaína
y el alcohol, a la vez que una biografía poética del ruinoso fin
del siglo XIX y principios del siglo XX, el umbral de tiempo que a
Trakl le toco en suerte. Ese "ateo y maldito" siglo
XX que el poeta ruso Osip Mandelstam, seis años después de la
muerte de Trakl, condensó en un par de versos que pueden leerse
como una prolongación del universo trakliano: Siglo mío, bestia
mía, ¿quién sabrá / Hundir los ojos en tus pupilas / Y pegar con
su sangre / Las vértebras de las dos épocas? (…) ¡Pobre y bello
siglo mío! / Y con una sonrisa insensata / Miras hacia atrás,
cruel y débil, / Como ágil, antaño, una bestia, / Las huellas de
sus propios pasos. El libro de Mujica nos cuenta la vida
y la obra de otro poeta en tiempos de penuria. De un hombre
que si bien desde el primer al último día sufrió profundamente,
supo encontrar la manera de transfigurar su dolor a través de esa
posibilidad única que brinda la poesía: la de poner en palabras y
otorgarle un sentido al dolor esencial que nos aprieta. El libro
puede leerse así como un fresco poético sobre la vida y la obra de
un poeta que escribe con un pie adentro y otro afuera del mundo.
El
Trakl de Mujica es lo más cercano a un poeta trágico. Es decir: el
tipo de poeta que crea en y desde "la nocturna
casa del dolor". Que hace del dolor su revelación, su
camino trágico. El dolor como eje de su existencia, raíz de todo
conocimiento y forma del encanto. La sabiduría trágica que pone en
juego la poética trakliana supone un animarse a ver y a indagar
trágicamente el carácter terrible y enigmático de nuestra
existencia. Y no sólo un animarse a verlo sino también, como
quería Nietzsche en "La voluntad de poder como arte", un
animarse a vivirlo y a querer vivirlo. Un poeta que literalmente se
abisma en su poesía, escrita bajo el temor y el temblor de su
tiempo interior y exterior. Temor y temblor que también experimenta
quien se hunde en la lectura de Trakl y quien lee a Mujica hablando
poéticamente sobre su obra. Pero asimismo el Trakl de Mujica es lo
más parecido a un poeta presocrático (porque, digámoslo de una
vez, los presocráticos son más poetas que filósofos). Aquellos
pensadores que, como bien pensaba Nietzsche, son los que mejor
encarnan en la historia de la filosofía la vital sabiduría
trágica. La dimensión presocrática de la poesía de Trakl estriba
en los tópicos que articulan su universo: la tensión o guerra
heráclitea entre contrarios (bien y mal, ser y no ser, éros
y thánatos, luz y sombra, Apolo y Dioniso, etc.). La vida y
la obra poética de Trakl ilustran de alguna manera la parábola que
recorre el universo trágico que Anaximandro de Mileto inmortalizó
en su más celebre fragmento, mencionado por Mujica a la luz de la
lectura trágica que de ese fragmento hizo Nietzsche en el siglo
XIX: nacer como injusta separación de la unidad primordial,
infinita e indeterminada; nacer como violenta individuación. Decía
Anaximandro en su fragmento: "a partir de donde hay generación
para las cosas, hacia allí también se produce la destrucción,
según la necesidad; en efecto, pagan la culpa unas a otras y la
reparación de la injusticia, de acuerdo con el ordenamiento del
tiempo". El universo que se desprende de este fragmento es el
que vertebra la poética del Trakl de Mujica: generación,
oposición, expiación mutua de la culpa y la injusticia, y ulterior
pérdida o perecimiento de las partes en conflicto. No es casual que
Mujica apunte al respecto: "En Trakl, en su vida y en su obra,
se representó el combate trágico entre culpa y expiación".
Pero esa parábola que describe el fragmento de Anaximandro es
también la parábola que enmarca el tiempo histórico de Trakl, a
cuya vida bien le cabe el título de aquel libro de Cioran: Del
inconveniente de haber nacido. Porque para Trakl nacer es
separación, individuación, exilio de la unidad primigenia: "Grande
es la culpa del que ha nacido, dice en uno de sus versos. Pero a
la vez, de la separación de la pura e indeterminada unidad que
supone haber nacido, su poesía pasa a la -inversamente
proporcional- bendición poética de los inmaculados no nacidos. Tal
es la poesía huérfana de la totalidad que, según Mujica, nos
legó Trakl. Una escritura que por el inconveniente de haber nacido
deviene expiación incompleta y vislumbre expresionista de las
guerras mundiales que atravesaron el siglo XX. Felicidad quebrada e
inminencia de una revelación que nunca se produjo.
Como
quería Heidegger parafraseando a Heráclito (porque todo la
conferencia "El origen de la obra de arte" puede leerse
como una nota al pie del fragmento de Heráclito sobre el Lógos
como armonía invisible de tensiones opuestas), la obra de arte
enciende un combate que no debe apagarse y que siempre se sustrae a
todo intento de síntesis. Un combate entre tierra y mundo, es
decir, entre ocultamiento y desocultamiento. Tal es el combate
inherente a la verdad o, lo que es lo mismo, la manera en que la
verdad acontece en ese lugar privilegiado que es para Heidegger la
obra de arte. Es en ese sentido que en Trakl, como dice Mujica, el
conflicto se torna creación. Su poesía se alza en el seno de ese
combate perpetuo de tensiones opuestas del que tan bien nos supieron
hablar Anaximandro, Heráclito, Nietzsche y Heidegger, filósofos
poetas que a través de su pensar se hicieron cargo de los
claroscuros existenciales que atraviesan sin distinción nuestras
vidas. Que suscriben una experiencia oracular de la verdad. De una
verdad que dice y calla a la vez
El
Trakl de Mujica es un poeta que siempre está triste, aun cuando es
feliz. Un poeta que traza en su obra un diagnóstico poético del
ocaso de los ídolos-ideales erigidos por el pensamiento occidental.
Pero diagnosticar -lo sabemos por Nietzsche, de quien Trakl fue un
asiduo lector- no implica comulgar o regodearse en las aguas del
nihilismo. Si se quiere, y para ponerlo en términos nietzscheanos,
Trakl sería más bien partidario de un nihilismo activo. No
reactivo. Es decir: un tipo de pensador que vislumbra y asume el
advenimiento del nihilismo, extrayendo de esa asunción la fuerza
necesaria para emprender la más valiente tarea de
transvaloraración poética de los valores establecidos. De
creación de nuevos sentidos para entender nuestro mundo interior y
exterior. Porque, como señala Mujica, la belleza del dolor
desmiente en Trakl "toda cínica complacencia con el nihilismo,
todo pesimismo final". Detrás de sus reiteradas imágenes
poéticas sobre un "mundo reducido / a ramera, feo, enfermo,
podrido y apagado", refulge en el fondo de la poética de
Trakl una dureza optimista u optimismo trágico. Porque a pesar de
su lacerante belleza, o precisamente a causa de ella, la poesía de
Trakl se torna tan vital como una tragedia griega, en la que la
salvación llega por el lado del sufrimiento. O de la mano de ese
peligro en cuyo seno, como quería Hölderlin, estriba la
salvación. "La creación en la que el dolor se transfigura en
sentido: da salvación", dice Mujica. Su Trakl es así un
hombre que a causa del sufrimiento en que se abisma puede llegar a
expresar lo que realmente siente: el silencio del abandono, el más
profundo dolor de todos. Si en Trakl hay un Dios, éste sería un
"pálido Dios" que siempre llega tarde. A la hora del
crepúsculo. De allí que la pareja conceptual que articula la
poesía trágica de Trakl pase para Mujica por el sufrimiento, la
mostración y expiación de la culpa, y la salvación.
Se
nota que Trakl es un lector de Dostoievski, para quien el
sufrimiento, como nos recuerda Mujica "es la esencia de la vida
y de la comprensión de esa vida". Toda la obra de Trakl puede
leerse como una glosa poética a aquella frase letal planteada por
Dostoievski en Los hermanos Karamazov: "si Dios ha
muerto, todo está permitido". Allí reside toda la fuerza del
universo trakliano: en la respuesta poética a la pregunta de qué
hacer en un mundo vacío de dioses. Su poesía viene a decirnos que,
mientras aún quede margen para poetizar acerca de este mundo vacío
de dioses, no todo está perdido. Como un suicidado por la sociedad,
el Trakl de Mujica tiene la virtud de hacernos escuchar, en tiempos
de penuria y huidos ya los dioses, "el silencio del
abandono". Ese silencio que todo lo invade a pesar del fragor
que ensordece a diario nuestra existencia, haciéndonos creer que
ese silencio no está. Como en aquel bello poema de Quasimodo, en la
poesía de Trakl, después de ser atravesados por un rayo de sol,
enseguida anochece. Porque el eje en torno al cual gira su poética
es, según Mujica, puro anhelo y perdida de lo que nunca se tuvo. O
mejor: asignación de sentidos para lo que nunca se tuvo. Por esta
razón, decía Hölderlin, lo que realmente permanece lo instauran
los poetas.
Dice
Nietzsche al inicio de su Genealogía de la moral:
"Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros,
nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos: esto tiene
un buen fundamento. No nos hemos buscado nunca, - ¿cómo iba a
suceder que un día nos encontrásemos?". Así fue como
Trakl quiso saber quién era mirándose en el espejo de su poesía,
cuyo reflejo es el recorrido, infructuoso como todo decir poético,
de ese incansable buscar sin encontrarse. Pues para el Trakl de
Mujica encontrarse sería de alguna manera dejar de escribir. Pero
¿para qué buscarse para escribir o escribir para buscarse? ¿Para
qué poetas en tiempos de penuria? La respuesta de Trakl,
nuestro Hölderlin del siglo XX, sería: para hallar nuevos sentidos
que nos permitan vivir mejor el vacío que nos oprime. Para prestar
atención al ininterrumpido silencio del abandono que todo lo
invade. Para que podamos seguir leyendo libros como éste de Hugo
Mujica.
(*)
Fuente: Lucas Soares, "El silencio
del abandono. Sobre el Trakl de Hugo Mujica", ponencia
pronunciada en presentación de La pasión según Trakl de
Hugo Mujica en Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, Ciudad
de Buenos Aires. el 16 de diciembre de 2009.