No
en palacios de mármol,
no
en meses, no, ni en cifras,
nunca
pisando el suelo
…
más
alto ya que estrellas
o
corales estuve
Pedro
Salinas, La voz a ti debida
Poema
del observador
El
libro que tradujimos es un texto central en la obra de Julio Cortázar,
y lo es en varios sentidos. En un primer sentido, porque el autor
cristaliza en él gran parte de su pensamiento. Prosa expone
simultáneamente una poética, una política, un humanismo y una
cosmología. Propone, en última instancia, que lo poético es la
dimensión más profunda y elevada de lo humano.
En
un sentido un tanto mítico, la Prosa
es central como todo misterio. Avatar del Minotauro de Los
reyes, aguarda oculta en el centro del laberinto al
lector-Teseo que se atreva a enfrentarla. Pero hasta ahora ha
habido pocos, muy pocos Teseos para este monstruo literario (para
decirlo sin rodeos: no lo conoce ni lo leyó casi nadie); es lo
que en parte pretende remediar esta traducción, que esperamos
sirva así como hilo de Ariadna.
Ya
en otro plano –metafísico, espiritual–, este texto posee lo
esencial de la creación artística plena, guarda las huellas (es
las huellas mismas) de un acto de presencia total del ser, de una
cita con la poesía. El poeta es el que reestablece el contacto
perdido con las potencias naturales, divinas y cósmicas; bucea
las profundidades marinas para adentrarse en las venas y arterias
de la humanidad; mira la noche para guiar al hombre en su búsqueda
de un cielo en la tierra. Como muestra de un acto único de
consciencia, como todo contacto poético, entonces, esta Prosa es
central, es decir, sale del centro y vuelve siempre a él.
La
materialización inmaterial de esa búsqueda es la imagen poética,
puente que tiende el poeta-shamán entre la altura y lo secular.
Julio Cortázar traza esa imagen en palabras, y así éstas se
transforman en puentes de puentes, adquieren de nuevo el poder del
dibujo, son signo, clave, llave, puerta, umbral. Queda claro que
Julio intenta develar, elevar al lector a un plano de
descubrimiento y asombro. Otras prosas de Julio son más explícitas
en su intención de formar un lector cómplice, un camarada. Ésta
lo requiere sin exhortaciones, necesita a alguien que desee
reestablecer las conexiones, volver a trazar el ideograma,
recortar el azar otra vez, “salir a lo abierto”. La función,
la voluntad última del texto es lograr la identidad entre Jai
Singh, Julio, lector, humanidad, anguilas, estrellas, noche y océano,
recobrar la unidad de lo distinto y lo distante.
La
apertura al nivel mágico de co-incidencias y percepciones
insospechadas se realiza literalmente a través de la palabra. La
palabra de Cortázar es esa ventana que se abre y nos abre a otra
realidad, a la realidad real y verdadera, a un mundo redescubierto
por un hombre nuevo. Los muchos sentidos que encierra cada una son
consecuencia lógica de ese tanteo ilógico y adánico que Julio
aventura en su trance semántico. Clásica por definición, por
pluralidad y posibilidad de significados, la palabra y la obra de
Cortázar es atemporal, vale para todo tiempo y espacio. Más que
invitar, obliga a una relectura constante.
Los
otros, el mismo
Ya
mencionamos que a Prosa del
observatorio no se le prestó demasiada atención; por no
decir que todavía (perdón por insistir) la obra de Cortázar en
general no se ha interpretado como lo amerita. Jaime Alazraki,
quien sí comprendió bastante al Enormísimo Cronopio, coincide
con nosotros al opinar que “Prosa
del observatorio es tal vez el libro menos conocido y
estudiado de la obra de Julio Cortázar. Constituye, sin embargo,
el texto que más apretada e intensamente resume su visión del
mundo”. (1994, p. 261) Conocemos varios de los poquísimos artículos
que hay sobre la Prosa, pero aún a esos se les escapan claves del
texto. Valga como ejemplo la opinión de Rosario Ferré, quien en
un ensayo por lo demás bastante lúcido afirma que Julio “no
reconoce la importancia que probablemente tuvo para él el poema
cosmogónico de Lugones” (1990, p. 160), e insiste sobre ello.
Pues bien, en un brillante párrafo de Prosa,
Julio habla de ponerse “de parte de los astros, como algún
poeta de nuestras tierras sureñas”, en clara alusión a
Leopoldo Lugones, quien concluyó el poema más famoso de Las
montañas del oro, de 1897: “Y decidí ponerme de parte de
los astros”. (1947, p. 14)
Aprovechemos
entonces para mencionar muy brevemente algunas de las influencias
que confluyen en el texto. Las más evidentes son Novalis, Allan
Poe, Keats y Lugones. Novalis, poeta romántico alemán de fin del
siglo XVIII, escribió los Himnos
a la noche, que comparten con la Prosa
el fervor por la noche mágica y eterna. Padre literario del Cortázar
cuentista, Allan Poe escribió un gran poema cosmogónico llamado Eureka,
ignorado en su tiempo como Prosa pero considerado por su autor lo
mejor que había escrito. Julio, hijo literario de Edgar, no solo
‘devoró’ su obra de joven, sino que luego lo tradujo, en un
acto de profundo amor y admiración hacia el maestro. Y no fue
menos lo que hizo por el poeta romántico inglés, a quien le
dedicó un genial volúmen de 600 páginas llamado Imagen
de John Keats (publicado en forma póstuma). La idea de que
algo “sea lo que es y no lo que se dice” está en el budismo
zen (tan presente en Rayuela),
está en los cuentos de Julio (cf. “Axolotl”) y está en Keats:
“… or if a Sparrow come before my window I take part in its
existence and pick about the Gravel”. (citado en Cortázar,
1994, p. 48) Lugones, además del poema mencionado, incluyó en la
colección de cuentos Las
fuerzas extrañas, de 1906, un “Ensayo de una cosmogonía en
diez lecciones”. Allí avanza desde “El origen del universo”
hasta “El hombre”, dos extremos que Cortázar une en su propio
ensayo cosmogónico, la Prosa
del observatorio.
Shakespeare
también está muy presente en el viaje oceanicósmico de Julio.
No sólo en el sentido que explica Ray Bradbury cuando dice que al
leer Moby Dick (ese
otro viaje al corazón del hombre) supo que estaba leyendo a
Shakespeare, que las imágenes vivían como en el Bardo de Avon,
con la fuerza de lo inmortal. Las imágenes de Prosa tienen un
sabor a Shakespeare. Valga mencionar, por ejemplo, el parecido
entre lo que sucede con las anguilas, cuyos cuerpos caen hacia el
fondo marino y se transforman en otra cosa, y esos versos de La
tempestad: “Full fathom five thy father lies, / Of his bones
are coral made; / Those are pearls that were his eyes: / Nothing
of him that doth fade, / But doth suffer a sea-change / Into
something rich and strange.” (The
Tempest, I, ii) En otro momento de la Prosa,
el Cronopio conjura “el fantasma de un rey envenenado” (58).
Cortázar se refiere al padre de Hamlet, príncipe de Dinamarca.
Para
leer a Cortázar se requiere una atención extrema, lucidez
constante, porque las referencias son sutiles, las tramas
secretas. Por ejemplo, en una instancia se habla de oponerse al
cielo “pecho a pecho”. La idea es persa y proviene de los sufíes,
entre quienes es costumbre transmitir el conocimiento musical
"sineh-be-sineh", pecho-a-pecho. “Todo se responde”
es una cita del genial poema “Correspondances”, de Baudelaire:
“Les parfums, les couleurs et les sons se répondent.” También
Nerval pensó lo mismo: “Everything is alive, everything is
active, all things correspond to one another: it is a transparent
web that covers the world”.
Una
obra escurridiza
Julio,
en Casa de las Américas, La Habana, 1978:
“A
lo largo de mi vida me ha sucedido escribir poemas. He publicado
muy pocos porque desde muy joven acepté esa especie de
clasificación literaria que hacen los demás, más que uno mismo.
Desde un comienzo se me consideró un cuentista o un prosista y más
tarde un novelista, pero la poesía, que siempre fue una constante
personal para mí, no figuró nunca en esas clasificaciones, y yo
me fui acostumbrando… a tal punto que la poesía es un ejericio
un poco secreto, un poco personal para mí.” (1978, pista 6)
Prosa
del observatorio es
un poema, un ensayo, un diario de viaje, un cuaderno de bitácora,
una carta abierta, un cuento, un manifiesto… Inútil obstinarse
en clasificar al cronopio, que siempre se salió con la suya, que
siempre se salió de las casillas. En cierto modo, es risible el
reciente esfuerzo de una editorial española por editar las Obras
completas de Cortázar, en nueve o diez tomos prolijamente
ordenaditos: Novelas, Cuentos, Poesía, Teatro… Pobre cronopio,
si lo viera. ¿Rayuela
es una novela? ¿Y el poema Rayuela,
y el ensayo Rayuela, y
la tesis Rayuela? ¿Salvo
el crepúsculo es un libro de poemas, y no una autobiografía?
Pero basta ya. Basta con saber que a los pocos meses de editado el
tomo de Cuentos apareció otro cuento, que después del tomo tan
serio y ciudado de Poesía aparecieron más poemas, que aparecen
por aquí y por allá fotos y videos inéditos filmados por Julio,
que el mar de cartas que escribió sigue rebalsando… en fin, que
ninguna esclusa genérica ni académica puede contener el torrente
de anguilas resbalosas que lanza el escritor desde un pasado que
se vive reconfigurando. Intentar clasificar, etiquetar o
incorporar a la academia y lo académico una obra así sólo lo
puede hacer alguien que no la comprendió.
Perderse
en la tarea de catalogar éste y los demás textos de Cortázar es
no ver el guiño cómplice del cronopio, que llama Prosa
a algo que ya en la primera línea se corta después de una coma
para ir abajo, para sumergirse hacia otra capa oceánica. Por otro
lado, pensar en el texto sólo como un poema es ignorar su papel
en la excelente tradición del ensayo hispanoamericano. Y así
sucesivamente. El hecho es que todos esos niveles, esos géneros
si se quiere, se dan juntos, al mismo tiempo; el texto se desliza
de uno a otro, va y vuelve como la marea que describe, se abre a
todo discurso que lo pueda enriquecer.
La
realidad poética
Actitud
raigal en Cortázar, el asombro ante la realidad es la fuente de
donde nace el manantial de Prosa.
Otros escritos surgen más a partir de lo lúdico, de la voluntad
de transgredir las convenciones o de la necesidad de traducir lo
onírico en literatura; éste se funda más en la fascinación que
despierta lo real. Prosa
del observatorio nace en parte por la necesidad de criticar y
corregir cierta visión de la realidad: la de la ciencia, que se
niega a ampliar su campo visual y se obstina en un reduccionismo
en última instancia ignorante. Ante este objetivismo que no ve más
allá de la superficie, Julio reacciona dando a luz un texto que
brota de lo subjetivo, del inconsciente, el azar, los ritmos y
pulsos sanguíneos, subterráneos. La ciencia es el vendaje del
hombre, no su faro en la oscuridad, cuando invade el territorio de
la poesía. (No olvidemos que ciencia y magia eran lo mismo en sus
orígenes: ¿cuándo, en qué curva del camino perdimos el
asombro?) Julio nos lleva al campo donde las cosas se deshacen de
las etiquetas impuestas y vuelven a brillar con luz propia. El tan
ansiado paradise regained es en primer lugar una conquista verbal,
y en el principio nuevo es un verbo nuevo.
El
asombro, la sorpresa es entonces tanto causa como consecuencia del
texto. Es la actitud que adopta Julio ante el misterio de las
fuerzas vitales, ante lo mágico que se revela en la noche, ante
las coincidencias significantes y simbólicas que lo desvelan. Esa
postura parece generar a su vez más coincidencias, y no es muy
descabellado pensar que a Julio le haya ocurrido realmente pisar
una anguila en una calle de Paris (le ocurrieron otras cosas mucho
más extrañas). La migración de las anguilas es un ejemplo del
misterio de la vida y la naturaleza; los observatorios de la
India, del deseo esencialmente humano de elevarse hacia otros
planos del ser y el conocimiento. El poeta observa las anguilas y
nada en los observatorios, y su aceptación de ambos misterios,
del misterio que subyace a todo, le permite salirse del tiempo y
el espacio, estar a la vez en la India y en París, en Sudamérica
y en el Atlántico, en el siglo XVIII y en el XX y en el futuro
posible; superponer estados y estratos, lograr que se amalgamen
hombre, mundo y cosmos.
Ante
la perspectiva que ofrece el método poético, queda implícito
que el mundo occidental, con su ciencia, su objetivismo, su logos,
han seguido un camino errado. Si Jai Singh es un modelo a imitar,
los científicos de hoy en día son patéticos peones de
laboratorio; la estrechez de miras es causa de la involución
humana. La ciencia se ha quedado en las palabras, se preocupa por
los rótulos, por la catalogación del mundo; por el contrario, la
poesía intuye las fuerzas que laten debajo de las palabras y
migra por la página a bordo de la corriente rítmica, de la marea
cadenciosa. Cada frase produce oleajes de sentidos y el sentido
está entre lo dicho y lo no dicho, entre líneas y curvas,
entremezclado con sinsentidos. (A veces es como dice Andrés Amorós
sobre el capítulo 68 de Rayuela: “La impresión psciológica es
de una serie de olas: todas avanzan en la misma dirección, pero
cada una es un poco más larga que la anterior” (1972, p. 293).
La lengua persigue una realidad siempre huidiza, sabiendo que si
la atrapara ya no sería la realidad, dejando su rastro de nuestro
lado. Lo escrito es paradójico porque señala un fracaso –el
decir no alcanza al ser–, y una victoria –la intuición de que
en lo sugerido puede estar el ser.
La
inspiración poética surge, como en los románticos (por citar un
ejemplo caro a Julio), de los elementos naturales eternos: la
noche, el cielo estrellado, el mar, el agua, la piedra, el mármol
del observatorio. Casi oculto, el amanecer que todavía no nace
también está presente en esa genial imagen de “la noche
pelirroja”. En un plano más intelectual, el prosista Julio
recurre como en gran parte de su obra a la intertextualidad con
los mitos clásicos. Experto en mitología clásica, Cortázar
juega con Endimión y Selene, con Acteón y Diana, como juega en
tantas otras ocasiones con los dioses y semidioses de la antigüedad
(“Circe”, Los reyes…). Pero una parte importante del texto
se basa en la libre asociación de ideas e impulsos. Pararrayos de
lo excéntrico y lo insólito, Julio convoca –a veces en un
mismo párrafo– cosas de mundos totalmente diferentes: Pabst,
Delhi, guerrillas, leptocéfalos, caricias, lunas, profesores y Hölderlin
conviven en una realidad onírica. Desde el comienzo de Prosa es
evidente que Cortázar es un surrealista. El suyo es un surréalisme
(supra-realismo) original que busca una realidad superior.
Sólo
el poeta, verdadero explorador de nuevos mundos, une lo dispar,
acerca lo corriente y lo exótico. Su arma es la analogía
inesperada, la metáfora hipnótica. Unir los opuestos y captar
las relaciones entre cosas que aparentan no tener relación es la
actividad del genio. A fin de cuentas, la propuesta de Prosa
sigue siendo la de Rayuela:
“…quizá las palabras envuelvan esto como la servilleta el pán
y adentro esté la fragancia, la harina esponjándose, el sí sin
el no, o el no sin el sí, el día sin Manes, sin Ormuz o
Ariman, de una vez por todas y en paz y basta”. (2001, p. 546)
Prosa
del observatorio
culmina con la expresión de un deseo, de una ambición: la
conquista de la realidad poética. Para ella habrá que trabajar,
por ella habrá que sacrificar sangre, sudor y lágrimas, pero en
ella el ser humano será libre. Aquí entra lo “político”, si
se quiere, el manifiesto social que es la Prosa,
publicada el mismo año que el Libro
de Manuel. La noche pelirroja: ese estar-en-el-mundo, esa
existencia plena hay que alcanzarla para y por el hombre. En este
sentido, el poeta es una especie de iluminado porque señala el
camino. Pero Cortázar es ante todo un gran humanista, para quien
algún día debe cumplirse la sentencia de Lautréamont: “la
poesía debe ser hecha por todos”. El curso de las anguilas es
poesía en sí mismo; el combate por la libertad, contra la opresión,
es una cara de la poesía; en la mirada de Jai Singh hay poesía;
hay poesía en el mundo entero. La realidad poética será mágica,
abierta, revolucionaria, fluida, sorpresiva, erótica, lúdica,
sensual, onírica, rítmica y, al fin, humana.
Símbolos
En
la Prosa hay muchos símbolos.
El más importante es el anillo de Moebius, que aparece como metáfora
en el texto pero también es una descripción del texto en sí. La
cinta o anillo de Moebius simboliza lo eterno, lo cíclico (por
ende el ciclo vital, la creación, el orden natural y cósmico),
las dos caras de la moneda (que son una), la unión de verso y
anverso (el uni-verso), y un largo etcétera. A su vez, por
asociación con las anguilas, esas serpientes marinas, remite a
otro símbolo maravilloso, el ouroboros.
La serpiente que se muerde la cola es, entre otras cosas, lo que
está cerrado y abierto al mismo tiempo (muestra y oculta su cara
simultáneamente), lo imposible vuelto real. Ese anillo fantástico
es el lazo que ata todo lo dispar, todo lo que en un principio
parece inconciliable. La figura que trazan las anguilas es una
cinta de Moebius horizontal; el estudio de los astros por parte
del sultan es una cinta de Moebius vertical. Las curvas de los
observatorios forman anillos donde conviven luz y sombra, las
anguilas se retuercen y anudan en una masa primordial de cintas
acuáticas.
Sin
embargo, lo más interesante sucede a nivel metatextual. Hay
frases que funcionan como círculos cerrados, que hay que leer y
releer, frases de las que es difícil escapar pero de las que
finalmente se sale fascinado. Párrafos, secciones, oraciones se
ofrecen como ciclos perfectos, a caballo de un ritmo desmedido. No
hay que olvidar tampoco que Prosa
del observatorio es, como Alto
el Perú, Último Round,
La vuelta al día en
ochenta mundos, Buenos
Aires Buenos Aires y Territorios,
un libro de texto e imágenes. Las palabras dialogan con las imágenes,
las interrogan y son interrogadas, adquieren su sentido o lo
pierden a partir de una foto y viceversa. La mirada se desplaza
del texto a la imagen (mejor dicho, de la imagen textual a la
fotográfica) y forma así su propio anillo de Moebius. Esta cópula
dialéctica engendra otras preguntas, que no están formuladas en
la prosa sino en el espacio intermedio entre ésta y las fotografías.
El hecho de que las fotos sean en blanco y negro, al igual que las
palabras sobre la hoja blanca, contribuye a pensarlas como otro
campo textual.
La
noche es el lugar de la poesía. Fuente de los misterios
primordiales, reducto de lo oculto, está en la altura así como
en la profundidad. Es el hábitat común de anguilas y de
estrellas; la de arriba es tan inalcanzable para el hombre como la
de abajo. Novalis y Cortázar la homologan a la nada de la que
todo nace y a la que todo vuelve. Pero al ser captada por un astrólogo-poeta,
al reflejarse en el Atlántico, simboliza el universo instalado en
la tierra. La noche pelirroja es lo femenino celestial, la musa,
el pulmón de inspiración. Ya hemos señalado que en la noche
pelirroja está la semilla del alba, que por supuesto es el
futuro. En este caso el futuro no ha llegado aún, hay que ganarlo
con la pluma y la espada; para que la noche arda de pelirrojo y
nazca la aurora habrá que contribuir con el rojo de la sangre.
Las
anguilas representan por un lado lo huidizo, lo inexplicable, la
naturaleza indomable, y por otro las fuerzas del inconsciente en
acción, la pulsión vital, el ser en armonía con su entorno. Las
anguilas pertenecen a la larguísima lista de animales y bichos
raros que habitan la obra de Julio, verdadero bestiario. (Como
muestra de ello, Aurora Bernárdez, primera esposa, amiga y
albacea de Julio, compiló hace poco bajo el título Animalia
varios escritos donde el cronopio juega con la fauna). Por su
metamorfósis perfecta, paciente y asombrosa, Julio emplea las
anguilas como metáfora del hombre, que en su estado actual es
todavía una angula y deberá remar río arriba durante mucho
tiempo si quiere llegar a ser anguila o estrella.
Los
observatorios de Jaipur y Delhi encarnan la voluntad del hombre en
su doble aspecto. Por un lado, se alzan como un monumento a la
ciencia que todo lo quiere explicar, a la sed de conocimiento que
por insaciable puede matar al hombre. Por otro lado, esas
construcciones magníficas y artísticas son un lugar de
encuentro, el lugar de la apertura. El observatorio es una
herramienta o artefacto de la noche, que le sirve de brazo pero
también la investiga y la incorpora. Sus curvas lo abren al cielo
como un ojo que no sólo es testigo sino también conciencia
pensante del universo: como toda herramienta (pero más que
ninguna porque también nace a la noche y se mueve danzando con la
luz), se vuelve extensión del hombre que es espejo del mundo. A
través de la mirada humana, Jantar Mantar deja lo petrificado, su
costado meramente científico y medido y se abandona a lo
ardiente, a lo erótico, a lo desmedido.
Su
artífice, Jai Singh, es una figura solitaria con varias facetas.
Se lo puede ver como imagen de la humanidad entera en tanto que soñador
e inquisidor de la altura. Es históricamente el guerrero, lo que
lo acerca a la figura del guerrillero en el monte (que aparece
hacia el final). Cortázar proyecta en Jai Singh actitudes y
anhelos propios y así el astrólogo se identifica con el poeta. Y
no es muy descabellado pensar a Jai Singh con relación al Astrólogo
de Los siete locos,
ambos con sus locuras proféticas, revolucionarias. El sultán
sirve a otro tipo de ciencia, a una ciencia que todavía conserva
la magia original y el encanto del descubrimiento. Arquitecto y
matemático, desea atisbar otra imagen del mundo. Por último,
podríamos pensarlo como un nuevo Petrarca que escala cada noche
su extraño monte Ventoso.
La
figura es una noción fundamental en Cortázar, que atraviesa toda
su obra. Julio agrega al sentido corriente del término una
dimensión casi metafísica: la figura es una especie de
constelación, dibujo o trazo que liga elementos aparentemente
libres. 62/Modelo para
armar, por ejemplo, termina [lector: no lea el final de esta
oración si algún día va a leer el libro] con una figura que
resume toda la historia: unos insectos revolotean alrededor de un
farol, sus movimientos brownoideos semejantes a los de los
personajes de la novela. En Los premios, el poeta Persio imagina
que el barco en el que viaja tal vez forme, visto desde arriba, la
figura de una guitarra. En Prosa del observatorio, las dos figuras
obvias son el camino misterioso que recorren las anguilas y las
constelaciones que descubre Jai Singh. Pero como siempre, a Julio
le interesa más la realidad que la literatura y por eso es que
leemos en la nota introductoria que “las anguilas, Jai Singh,
las estrellas y yo mismo, son parte de una imagen [léase: figura]
que sólo apunta al lector”. Captar la figura, el ordenamiento
superior, la imagen misteriosa e insospechada del mundo, implica
un esfuerzo consciente que Julio realiza con natural maestría. El
fin de Prosa del
observatorio es que del otro lado de la hoja, esa cinta de
Moebius, nosotros también realicemos ese esfuerzo, salgamos a lo
abierto y percibamos la figura.
Para
que el contraste entre mi prosaísmo y la poesía de Cortázar no
sea tan brusco, quisiera citar por último a Octavio Paz, con
quien Julio realizó el viaje a la India:
“Un
templo maya, una catedral medieval o un palacio barroco eran algo
más que monumentos: puntos sensibles del espacio y el tiempo,
observatorios privilegiados desde los cuales el hombre podía
contemplar el mundo y el trasmundo como un todo. Su orientación
correspondía a una visión simbólica del universo; la forma y
disposición de sus partes abrían una perspectiva plural,
verdadero cruce de caminos visuales: hacia arriba y hacia abajo,
hacia los cuatro puntos cardinales. Punto de vista total sobre la
totalidad. Esas obras no sólo eran una visión del mundo, sino
que estaban hechas a su imagen: eran una representación de la
figura del universo, su copia o su símbolo.” (2005, p. 261)
(*)
Fuente: Diego
Zeziola,
"En torno al observatorio. Acerca de Prosa del observatorio
de Julio Cortázar".
Bibliografía
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Bibliografía
recomendada
Los
siguientes son algunos de los muchos libros y artículos que, pese
a no citarse en el trabajo, sirvieron de guía e inspiración. Se
recomienda efusivamente su lectura.
Allan
Poe, Edgar. Eureka.
Trad. Julio Cortázar. Madrid: Alianza, 1972.
Bergeron,
Andrée. “La danse jubilante, ou Cortázar critique de science”,
en Alliage, No. 57-58.
Obtenido el 6 de junio de 2007, de http://www.tribunes.com/tribune/alliage/accueil.htm
Cortázar,
Julio. Rayuela. [1963]
Madrid: Colección Archivos, 1991.
_____.
Cuentos completos/1.
[1945-1966] Madrid: Alfaguara, 1994.
_____.
Cuentos completos/2.
[1969-1983] Madrid: Alfaguara, 1994.
_____.
Los reyes. [1949]
Madrid: Alfaguara, 1995.
_____.
Imagen de John Keats.
[1952] Madrid: Alfaguara, 1996.
_____
y Prego Gadea, Omar. [1982] La
fascinación de las palabras. Madrid: Alfaguara, 1997.
Ierardo,
Esteban. “Cortázar y la salida a lo abierto”, en Temaikel.
Obtenido el 2 de febrero de 2006, de http://www.temakel.com/conferenciacortazar.htm
Lugones,
Leopoldo. [1906] Las
fuerzas extrañas. Buenos Aires: Agebe, 2005.
Reyes
Sánchez, Miguel. “Prosa del observatorio”, en Miguel
Reyes Sánchez. Obtenido el 1 de mayo de 2007, de http://www.miguelreyessanchez.com/articulos/FTPex.cgi
Stabb,
Martin S. “Not Text but Texture: Cortázar and the New Essay”,
en Hispanic Review,
Vol. 52, No. 1, Philadelphia: University of Pennsylvania Press,
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Yurkievich,
Saúl. [1994] Julio Cortázar:
mundos y modos. Barcelona: Edhasa, 2004.
Sitios
web
http://muse.jhu.edu/login?uri=/journals/diacritics/v033/33.2de_la_durantaye.html
- “the open”.
http://spurious.typepad.com/spurious/2004/11/a_breath_around.html
- “The Open” en Rilke.
http://www.daimon.ch/3856305416_2I.htm
- Sobre las Elegías de Duino, de Rilke.
http://www.jantarmantar.org/
- Sitio creado y mantenido por Barry Perlus. Se recomienda ver los
“VR Panoramas”.
http://pereweb.iespana.es/todosenlaces.htm
- Enlaces a la obra de Julio Cortázar en internet.