LAS
FORMAS DEL YO EN PEER GYNT
Por
Esteban Ierardo
I
.El
yo ambiciona dominar. Ser reconocido. En un cruce de la imaginación,
el buscador del yo logrado es un noruego. Primero sueña con
poseer con la fantasía. Luego, acumula montañas de
monedas para forzar a los otros el reconocimiento de sus logros.
Peer, el emperador noruego, pretende así superar la
angustia de lo irrealizado. Abandona entonces el bosque, la
nieve y los fiordos de su patria natal. Allí sólo
hay repeticiones, mágicas ensoñaciones, acechos de
engañosos duendes, sofocantes costumbres, estrechez de recursos,
puños montañosos de horizontes cerrados. Entonces, no dibujará
su gran nombre en el paraje vernáculo, en la tierra
originaria. El camino es deambular por el vasto mundo. Para
absorber experiencias, y propagar el sello personal. Peer
siempre quiso ascender hasta donde desplegar la triunfante
bandera de su ego.
Pero el yo que muy alto pretende elevarse se vacía
en canales secos. El yo no conoce todavía su fruto.
Su raíz no conoce el agua profunda.
El
camino falso muestra al fin sus piedras traicioneras dentro
de la niebla. Un día, el buscador acepta que nunca
fue, aunque mucho se engañó con su pompa de gran emperador.
Y por ser arena frágil, un oculto Fundidor le anuncia que
de nuevo tendrá que ser fundido.
Pero
antes del fuego que aniquila y regenera, el buscador noruego
escucha un lenguaje perdido. El aire, el rocío y las
hojas le obsequian la nueva escalera hacia un nombre real,
que se redescubre de nuevo en un lugar de la tierra, donde
la mujer canta y abraza...
II.
Cada nuevo día en una gran urbe moderna parece entregar
muchas experiencias. Descubrimientos, logros, enseñanzas,
que lentamente incorpora un yo que se realiza. Pero los yoes
acumulan sólo la pasión de un plan de vida más
o menos preordenado. Pocos individuos construyen un lugar
personal. Y resplandecen desde allí. Los más,
absorben una luz impuesta. El yo que no irradia sino que únicamente
refleja, necesita recuperar el frescor de algo propio. Una
identidad endógena. Desde el Renacimiento, la modernidad
insiste en el valor de la realización individual. El
tesón y continuidad de esta demanda insinúa
su contrario: el yo como angustia de lo irrealizado; la individualidad
como promesa abstracta; el ego como ausencia, quejido disimulado,
y no como construcción de una diferencia personal.
Baudelaire,
Poe, Nietzsche, Benjamin, Simmel, Agamben (1), por distintos senderos,
encuentran en el rostro de lo moderno las desgastadas mejillas
de una experiencia destruida. El hombre ya no se nutre
del pasado histórico; y no trasciende su miedo y encierro
egoísta con experiencias colectivas, o mediante la
comunicación con la vitalidad de una naturaleza no
contaminada con la acidez del conflicto humano.
En
la disgregación de la experiencia con el eje histórico,
lo social y lo telúrico, fluctúa el yo frágil,
anémico, fantasmal. La identidad ausente que compensará
su debilidad con la apelación a la voluntad y su poder
de autoafirmación. En relación con este último sendero,
la creación dramatúrgica de Ibsen propone
dos estrategias de plasmación del yo: la afirmación
de la voluntad en oposición a una coactiva influencia
social, o el chisporroteo de un yo que se cristaliza mediante la
fecundidad artística, y el sacrificio del amor.
Brand (1866) y Peer Gynt (1867) representan
los inicios del teatro ibseniano dominado aún por una
impronta romántica y simbolista. Antes, de la pluma
de Ibsen surgieron sus primeras obras donde el nacionalismo de raíz escandinava
brilla con fuerza, como en La tumba del guerrero (1850).
En Peer Gynt,
como veremos, la afirmación individual parece
fracasar en beneficio de lo que llamaremos una "escucha
de lo telúrico". Este drama tiene por trasfondo
histórico la preocupación por la identidad nacional
noruega. La creación ibseniana se sitúa en un
intersticio epigonal del romanticismo europeo. Antes de su
largo viaje al extranjero, Ibsen aún pretende contribuir
a la cristalización de un teatro nacional noruego.
En este contexto se entiende el vigor de la presencia de los
cuentos populares del folklore vernáculo, de la tradicional
fantasía feérica de los duendes, y de la perspectiva
animada y simbólica de la naturaleza.
Pero hacia 1870, Ibsen recibe la decisiva influencia
del crítico danés George Brandes, quien critica "el estéril
trascendentalismo" de Brand. Ibsen se abocará
entonces a un teatro realista, donde el conflicto individuo-sociedad,
y la capacidad de penetración psicológica, atravesará
una constelación de obras fundamentales, donde siempre
un individuo resiste a una fuerza impuesta por un medio coactivo,
o necesita consumar un sacrificio. Este periodo comienza en
1877 con Samfundets Støtter (Los pilares de la sociedad,
1877), referida a los fraudes comerciales; Et Dukkehjem
(Casa de muñecas, 1879), con la célebre rebeldía
de Nora en pos de los derechos de la mujer; Gengangere
(Espectros, 1881), y su conflictiva moralidad sexual;
y en Folkefiende (Un enemigo del pueblo, 1882), con
su oposición de uno solo contra el conjunto de la sociedad
(2).
En
Peer Gynt, de Henrik Ibsen, se sienta la tesis de que
el hombre es en tanto se basta a sí mismo, en tanto
se autoconstruye. Peer Gynt instala la centralidad
de un yo autorrealizado. Y la identidad
verdadera será la final negación del ego socialmente
exitoso (el yo de la "posesión
universal"), en favor del yo de la escucha y la comunicación
con la presencia de lo terrestre (mediante la senda de una
"escucha telúrica").
III. Peer Gynt es un muchacho noruego, propenso a la
vida relajada, a largos viajes de cacería y a fantásticas
historias de duendes, o renos voladores. Su madre, Asa, le
reprocha su inclinación a la fantasía y la molicie:
"Te vas de cacería...para inventarte tus dichosos
y fantásticos reinos en la nieve" (3).
Asa, le increpa a Peer que todas sus historias son falsas,
que ya antes las había dicho Gudbrand Glesne. Pero Gynt
replica que "una cosa semejante puede repetirse más
de una vez". En las culturas antiguas, la repetición
estructural de las historias recuerda la ecuación repetitiva
del mito (o historia ejemplar) por el rito. En esa repetición
obraba una reiterada producción de verdad. Pero aquí
estamos en el territorio de una subjetividad tocada por la
íntima y moderna convicción de la irrealidad
del relato mágico o fantástico. La narración
mítica o el fantástico cuento popular constituyen
un mundo autónomo, no la expresión de lo real.
En
la escena segunda, Asa explica que en las pasadas épocas de
convivencia con el padre borracho de Peer, ya muerto, todo
era infortunio, dolor, desamparo. La única respuesta
al infortunio era
" olvidar, pues es tan complicado combatir la verdad
y dificultoso mirar cara a cara al destino" (4). Sin
embargo, a pesar de la conciencia de la ficción, el
universo rural o campesino de Peer y Asa aún no se
ha enajenado completamente de la imaginación de lo
mítico. Así, Asa, no se resigna totalmente a
la ilusión absoluta de los viejos relatos, y asegura:
"Pero sí sé que (Peer) surca los aires
cabalgando sobre los renos" (5). Peer también
experimenta un momento de lucidez escéptica respeto
a la veracidad de las viejas historias. En medio de un bosque
de pinos, en el canto tercero, Peer descarga enérgicos
hachazos sobre un pino. Imagina entonces que el árbol
está protegido por un cota de malla, cual si fuera
un caballero medieval. Pero, entonces, Peer reconoce
el acoso de la ilusión: "¡Mentira! Es un árbol
viejo, no más, ¡Mentira! No es un caballero armado
de acero, es un simple pino de corteza agrietada" (6).
Peer sabe entonces que es necesario liberarse del sueño y
de la ficción. "Hay que acabar de una vez con
esto de andar siempre por las nubes soñando despierto"(7).
Entonces, Peer elabora su destierro, su proscripción
en el bosque, donde no será perseguido después
de protagonizar ruidosos desmanes y el rapto de Ingrid (8).
Otrora,
en el horizonte mítico, el relato fantástico
dimanaba un sentido sin fisuras, sin dudas, sin ninguna degradación
escéptica. En el acto tercero, escena cuarta, el relato o narración
imaginativa recupera parte de su vieja potencia como puente
hacia la muerte. Peer visita a su madre cuando ésta
se apresta a morir. Y le asegura que la conducirá hasta el hermoso palacio de Sonia Moria (9). Iniciarán
entonces el viaje hacia los "valles y montañas, al palacio
situado al oeste de la luna, y al oeste del sol". Como
en el antiguo pasaje chamánico de este mundo al más
allá, mediante el relato Peer guía a su madre
hacia el palacio encantado, más allá del umbral
de los vivos (10).
La
experiencia imaginativa del mundo recibida por la vía
tradicional subsiste, pero bajo la creciente conciencia de
su carácter de ficción concientemente asumida.
Se expande así la desconfianza respecto a la imaginación
mitopoética que encanta al mundo. El sujeto moderno
no habita ya en la proximidad telúrica, en una realidad
donde el tiempo del día y la noche y las estaciones
hablan por sí mismas, o mediante mitos y relatos fantásticos.
Donde antes era una naturaleza divinizada, saturada de dioses,
pletórica de lenguaje y sentido, ahora late la omnipresente
civilización occidental que convierte al mundo en escenario donde acumular
diversas formas posibles de experiencias. Así, el individuo
desarraigado, expulsado de una realidad tradicional despojada
de sus significados, deberá forzosamente iniciar un viaje.
El gran viaje para recuperar un poder de autorrealización perdido.
IV.
En el contexto moderno, el yo deviene vibración fantasmal. Debe encontrar y
ensayar el camino para superar su íntima vacuidad.
Peer avizora parte de ese camino dentro del macizo
montañoso de Dovre, en Gundbrandsdal. Allí reina el rey de Dovre. Un rey duende. Peer
ha llegado hasta allí por la presión de la Mujer
de Verde, hija del rey. La mujer duende quiere contraer matrimonio
con el apuesto joven noruego. Entre los numerosos y folklóricos
duendes, Peer escucha la fórmula: la diferencia entre
los humanos y los duendes es que los humanos son ellos mismos,
y los duendes se "bastan a sí mismos". Bastarse
a sí mismo; es decir: autoconstruirse,
crear el propio nombre allí donde antes crujía
la sequedad de un desierto vacío. Poner en boca de
un duende la necesidad de hacerse a sí mismo, luego
de que el hombre ha dejado de ser, es un posible recurso para
brindarle una condición feérica o mágica
a una revelación que habla del hombre, más que
de los alegres diminutos.
Y
en su búsqueda de la autorrealización, Gynt
aspira a consumar el "yo gynteano". Un proyecto
de subjetividad que sólo encuentra su cristalización
en la condición de emperador del mundo. Peer así
hace fortuna mediante los beneficios del comercio. Acumula
oro a través del tráfico de esclavos, la venta de ídolos
de Brahma a China. Y un exitoso y canoso Gynt, de unos cincuenta
años, pretende acrecentar su fortuna apoyando a los turcos
en su represión de la sublevación griega. Antes
de manifestar esta pretensión, Peer dialoga en un barco
frente a las costas de Marruecos con un grupo de interlocutores
europeos. Antes de conocer su deseo de beneficiarse de la
causa turca, Peer es celebrado como "ciudadano universal".
El agasajado confirma esta condición: "Soy ciudadano
del mundo por naturaleza. Todo lo que me ha cedido la suerte
se lo debo a América, y mis bibliotecas, bien repletas
de libros, se los debo a las modernas escuelas alemanas; de
Francia, recibí mis chalecos, mis modales y mi ingenio;
de Inglaterra, manos laboriosa y un gran sentido del
provecho personal. Una pequeña propensión al dolce
far niente me llegó de Italia. Y en cierta ocasión un tanto apurada
pude aumentar las medidas de mis días gracias al acero
sueco" (11). Gynt ratifica su voluntad de ser el "emperador
del mundo entero". En su viaje por el mundo amplio y
vacío, Peer consuma distintas formas de imaginaria
compensación del yo insignificante. Estas vías
compensatorias pueden ser ubicadas en la avidez por el oro,
la fascinación por lo extravagante, la voracidad por
la historia, y la utopía conquistadora de la naturaleza.
En sus diversos destinos Gynt siempre es impelido por su deseo
acumulador de oro. Ratificación de la más elemental
y obvia forma de consolidación individual en el contexto
de la triunfante burguesía mercantil en el siglo XIX.
En
el universo cotidiano de las urbes modernas, el tedio y la
masificación proyectan su vaho de agobiante repetición
de los hábitos. El romanticismo, desde Delacroix, Becford
hasta Moreau y Huysmans, promovieron la fascinación por
lo exótico como ruptura del hartazgo cotidiano. Para
Gynt la belleza será una variable determinada por
cada cultura. Y lo bello suele poner su énfasis en el
magnetismo liberador de lo extravagante. Por lo que, sin vacilaciones,
Peer manifiesta: "¿qué es la belleza? Puro
convencionalismo, una moneda cuyo valor cambia según
el país, y la circunstancia. Por eso, lo que gusta
es lo extravagante cuando se ha disfrutado de lo corriente
hasta la saciedad. En lo regular se frustra toda fascinación"
(12).
Gynt podrá conocer personalmente lo exótico
en Egipto. Allí, queda varado luego de ser abandonado
por sus acompañantes europeos. Entonces, la sorpresa, el destino,
lo lleva a encontrarse con unos nómadas en el desierto.
Es confundido con un profeta. Intenta aprovechar su condición
superior para seducir a la bella y morena Anitra. Pero fracasa
en sus galanteos. Entonces, tras abandonar a los nativos,
arroja su turbante.
Y,
luego, rodeado por el desierto, Gynt concibe un nuevo camino
para la cristalización del yo fantasmal.
Ahora se alimentará del conocimiento histórico:
"Deseo seguir la ruta del género humano, porque
quiero flotar cual una pluma, sobre la corriente de la historia,
reviviéndola como en un sueño...Pero, eso sí,
siempre a salvo, como simple espectador" (13). El interés
por el pasado es respuesta ante el presente que "no vale
lo que una suela de zapato"(14). Los hombres modernos viven "como si no tuvieran médula
ni fe; su espíritu no sigue el vuelo". Los odres de la actualidad contienen rancios brebajes.
Como un observador nietzscheano del tiempo inmediato, Gynt
denuncia la mediocridad e insipidez de sus contemporáneos.
Así como lo exótico era una vía de escape de
la pobreza cotidiana, ahora la delectación por lo histórico
es una estrategia de restitución de tesoros perdidos.
Como Nietzsche lo comprendió con viva lucidez, la
obsesión por la historia del hombre decimonónico
está directamente relacionada con su carencia de experiencias
reales en el presente (15).
Y
Peer observa la calcinada y arenosa extensión desértica.
Por allí, un escarabajo mueve su pelota sobre la arena.
La amplitud del desierto remite a lo vacío, lo estéril,
el baldío, un lugar abandonado por la gracia creadora
de Dios. Pero el hombre puede intervenir para subsanar la
anomalía. Mediante el ingenio tecnológico, se
podrá construir un dique que libere el agua del mar
en el lomo reseco de las arenas. Así "toda esta
tumba candente quedaría pronto convertida en un mar
fresco y ondulante. Emergerían los oasis, formando
olas" (16). En las orillas del nuevo mar, se levantarían nuevas ciudades. Y en una tierra
humedecida, crecerían palmeras y hierbas. Y Peer,
en su sueño de la transformación de la naturaleza adversa,
construirá Peerepolis, la capital de Gyntania.
En
estas últimas formas de compensación del yo
anémico resurge el primer instrumento proveedor de
los grandes bienes: el oro. Es necesaria "una llave de
oro que abra la puerta del mar"(17). El poder económico
del yo actúa en dos planos. Primero, es potencia realizadora
de acciones. Fuerza que puede transformar y poseer. Segundo,
el dinero reluciente asegura el reconocimiento público,
la celebración colectiva del éxito y alcurnia
del sujeto acaudalado. "¡Estribos de oro para apoyar mis
pies! Por los arreos se conoce a la gente importante"
(18).
Peer: el yo encumbrado por
el oro. El yo gyntiano que sólo es como "emperador
del mundo", determina un sujeto que se consuma por el
reconocimiento general, por el aplauso público. Paradoja
y fisura del supuesto individuo superior que precisa ser reconocido
por la mayoría como portador de un valor (la posesión
del oro) comúnmente aceptado.
V. Frente al yo como eco de lo masivo, en Peer Gynt surge
el yo que se realiza en la soledad, en la discreción,
y en la fidelidad a una tarea singular.
Un
Peer Gynt ya anciano regresa finalmente a su patria, a Noruega.
Aún arden sus ínfulas de reconocimiento universal.
"Por todo el país ha de correr la noticia del
regreso de Peer Gynt" (19). También se impone
recuperar su casa paterna, y "darle el esplendor de un
palacio" (20).
Antes, en el acto tercero, escena primera, al talar los árboles del bosque, Peer
negó la realidad de lo fantástico. Entonces, ocurrió
un encuentro inesperado. Peer vio un hombre que se había
cortado un dedo. Rápido, entendió: esa acción,
la de despojarse de una extremidad, era la única manera
de evitar marchar a la guerra para servir al Rey. Aparentemente
un acto de desesperación o cobardía. Y, luego
de su regreso a la patria, el viejo Gynt llega hasta un cementerio
en una comarca entre las montañas. Ve un cortejo fúnebre,
precedido por un pastor. Junto a una tumba, el sacerdote pronuncia
una oración en honor del hombre que se había
cortado un dedo. El pastor recrea la celebración del
consejo de reclutamiento en días de guerra. Los mozos
eran inspeccionados físicamente y, luego, admitidos
e inscriptos como soldados. Y cuando llegó su turno,
un nuevo mozo entró al recinto examinador con la mano
envuelta en un trapo. Farfullaba. Hasta que, finalmente, habló
de una hoz que se le había resbalado para luego cercenarle
un dedo. Un capitán anciano, que precedía la
junta examinadora, entendió. Le escupió. Le
señaló la puerta de salida. El mozo corrió y,
a pesar de sus temblores y conmoción, ascendió
con rapidez por las laderas, atravesó florestas, rodeo
precipicios. Y regresó a su hogar entre las montañas.
Luego se casó, y construyó una casa. Una modesta
casa que fue destruida varias veces por aludes de nieve. Y siempre que fue necesario, sin
amilanarse, sin recular, el hombre que se cortó un dedo escarbó, con enérgicas
paladas, para desenterrar su hogar sepultado. Y tuvo
después tres
hijos, tres muchachos avispados. Para enviarlos a la escuela,
debía atravesar un angosto desfiladero. Luego sus hijos
se convertirían en hombres acaudalados y, en la bonanza
del nuevo mundo, en América, olvidarían los esfuerzos paternales
por proveerles de instrucción. Desde aquella jornada
del reclutamiento, "llevaba en sus mejillas el fuego
de la vergüenza" (21). Él sabía que había
defraudado la ley del Estado. Sabía que "era mal
ciudadano, planta estéril. Tanto para el estado como
para la Iglesia. Pero allá, en lo alto de la colina,
en medio de la estrechez familiar es donde él vio su
misión; allí era grande porque era él mismo"
(22). El que parecía un cobarde, el que aparentemente
traicionó la exigencia de su patria, y eludió
las demandas marciales de la guerra, fue en realidad un individuo
especialmente valeroso. Tuvo el coraje de seguir su propio
sendero, aunque haya tenido que convivir con la afrenta continúa
y la humillación pública por no haber repetido
la norma general. Fue un yo auténtico. Porque la realización
de su fibra personal no dependía del reconocimiento
colectivo. En soledad, en silencio y aislamiento, un individuo
fulgura no por el beneplácito o el asentimiento de
la mayoría, sino por la fidelidad a una humilde y precisa
misión en un lugar de la tierra. El hombre que se mutiló
físicamente conservó su integridad espiritual.
Y, para brillar, no necesitó de la alabanza de la multitud
frente a un "emperador del mundo".
Peer
Gynt comprende al fin: el yo no se realiza por el
reconocimiento público. Sólo se enciende al ser
fiel a una meta singular. La ilusoria apoteosis del yo imperial
que siempre buscó Gynt, evidencia su fracaso para cumplir
la consigna del Rey de Dovre: el bastarse a sí mismo. Por
eso, Peer deberá ser fundido nuevamente...
VI.
El Fundidor de botones es un personaje fantástico,
proveniente de leyendas populares. En su infancia parece que
Ibsen se entretenía fundiendo botones. El Fundidor
disolverá las últimas pretensiones del yo majestuoso
de Gynt. Peer se resiste al principio al anunció del
Fundidor: "Esos procedimientos de fundición, aniquilamiento
de lo "gynteano", lo sublevan a uno desde lo más
profundo del espíritu" (23). El Fundidor replica que
nunca fue él mismo. Y le revela la orden que recibió
desde arriba: "Exigirás a Peer Gynt, quien no
ha ofrecido resistencia a su destino, que entre como producto
frustrado, en el cazo de fundir" (24). Peer insiste en
la fidelidad a sí mismo. Ante su insistencia, el Fundidor
le exige testigos de su vida auténtica.
La
no resistencia que se le reprocha a Peer significa su incapacidad
para negar las influencias ambientales más inmediatas;
o, dicho en términos hegelianos, su incapacidad para negar el espíritu
de la época. El que no resiste se asimila pasivamente
al entorno.
El que no resiste es constituido por las imposiciones de un
tiempo y un lugar dados. La época moderna, con el triunfo del
materialismo burgués, exige la
exhibición de la propia riqueza. El yo es victorioso
al forzar el reconocimiento universal mediante la corona de
una fortuna personal. La central avidez del oro cultivado
por Peer, fue entonces pasiva aceptación de una imposición.
Sometimiento a las órdenes del propio tiempo. No resistencia. Situación
contraria a la del El enemigo del pueblo, y la lucha contra
la opinión general (25).
Luego
de la despedida del Fundidor, Peer se reencuentra con el rey
de Dovre. El duende ha perdido su condición real. Ahora
es un anciano, vagabundo y hambriento. El rey de Dovre se
lamenta de que su prole diga que sólo existe en los
libros. Por lo que "duro es pasar por fantasía
y fábula" (26). Una expresión más
que confirma la desaparición en el mundo moderno de
la fantasía y los ancestrales seres mágicos. Peer
necesita de testigos de su condición de individuo auténtico;
necesita que se testifique que ha resistido lo impuesto y
se ha forjado a sí mismo. Le pide entonces al destronado
duende que atestigüe que él, cuando estuvo en el
mundo enano dentro de las montañas, se resistió a convertirse en príncipe
duende, y a casarse con la mujer vestida de verde, su hija. Pero
el duende le asegura que Peer se convirtió en un duende,
y que la frase que le enseñó, "bástate
a ti mismo", le permitió llegar a convertirse
en un hombre acaudalado. Por distintos periódicos,
llegó a Noruega la noticia del largo y exitoso viaje
de Peer. Y todo aquello es franca evidencia de la marca del
espíritu del duende. Peer le recuerda que cuando se le quiso
hacer un corte en los ojos, para transformarlo en un duende,
él se opuso. Sin embargo, dejó en claro que "por una
novia y un buen reino por añadidura, estoy dispuesto a hacer
algunos sacrificios...". Y así aceptó desprenderse de
sus viejas ropas, y se puso un rabo de duende. En el
mundo enano,
Peer se amoldó a él, asumió, aun inconcientemente,
la condición de príncipe duende.
Lentamente, Peer comienza a aceptar su desmoronamiento: "Mi
yo principesco ha sido hipotecado" (27). Y la aceptación
del yo colapsado se intensifica con el episodio del encuentro
de la cebolla silvestre. Peer, aún no totalmente libre
de sus sueños imperiales, ahora, en el bosque, se imagina
un oso, cubierto de hojas, bajo un árbol. Y con sus
zarpas escribe en la madera: "Aquí yace Peer Gynt,
el buen hombre, emperador de todos los animales" (28).
Pero, luego, al identificarse con una cebolla, inicia un proceso
de doloroso autodescubrimiento. Las distintas capas que surgen
al mondar la cebolla representan los momentos más
salientes de su vida aventurera (naufrago, buscador
de oro, pescador en la bahía de Hudson, explorador
del pasado, profeta). Pero tras el final de todas las capas,
nunca se encuentra el centro, el núcleo, el grano porque
" las capas llegan a lo más profundo..., pero
son cada vez más pequeñas" (29). La naturaleza
toca fondo, no llega a una situación de detención,
de frustración o perplejidad. Este no es el caso de
Peer Gynt, "porque yo sí que toco el fondo por los cuatros
costados" (30). Y, por primera vez, Peer siente que su verdadero imperio nunca estuvo
a lo lejos, en las muchas experiencias en el mundo, sino en
la cercanía del bosque.
Al descascarar la
cebolla, Peer comprende su fracaso personal. El despertar al vacío íntimo
acontece también en la última obra de Ibsen,
en Cuando despertamos los muertos nos despertemos(1899). Aquí,
el reconocido escultor, el catedrático Rubek, vuelve a Noruega
luego de numerosos años de palpitar en la distancia
extranjera. Está cansado de su
vida artística, y no siente ninguna felicidad verdadera por
su éxito y fama. En la obra central de su vida ha modelado
una imagen de sí mismo, titulándola "el arrepentimiento
sobre una vida desperdiciada". Durante el transcurso
de la obra, Rubek admite que ha desperdiciado
su felicidad y la de otros. Ha renunciado a todo por el arte,
tanto al amor de su juventud como a su antiguo idealismo.
Pero con esto también ha traicionado una parte esencial de
su propio arte. Justamente la que era el amor de su juventud
y su modelo, a la que le arrebató el alma al reproducir su
hermosura en una escultura, Irene, lo visita a la hora del desenlace; y le
anuncia la verdad irreversible: "Hasta que los muertos no nos despertamos,
no vemos lo irremediable, que es que nunca hemos vivido".
La angustia por el desconocimiento del sentido verdadero
del yo, sólo puede ser detenida por la comprensión
de la genuina individualidad. Por eso, Peer, finalmente pregunta
al Fundidor: "¿Qué quiere decir, en resumidas
cuentas, ser uno mismo?" (31). Y el Fundidor contesta:
"ser uno mismo es matar al yo, pero esta explicación
no va contigo..." (32).
La
sentencia del Fundidor se refiere, seguramente, al nacimiento
del verdadero yo mediante la aparente paradoja de la renuncia
a él. Como en los caminos que Aldous Huxley llamó
"la
filosofía perenne", distintas tradiciones religiosas
coinciden en la necesidad de superación del yo. Negar
el yo es romper el cerco egocéntrico, o más
exactamente, la succión del mundo exterior como afirmación
exclusiva de la individualidad.
En su periplo por el desierto
egipcio, Peer se encuentra con Begriffenfeldt, quien
fingiendo ser la esfinge de Gizeh, contesta a sus preguntas. El enloquecido vocero de las estatuas lo conduce
luego a un manicomio de El Cairo. Begriffenfeldt proclama
a Gynt emperador. Peer le asegura que su único deseo
siempre fue ser él mismo. Begriffenfeldt comprende
que, en alguien como Peer, esta afirmación sólo
puede significar una exasperación del yo egocéntrico,
indiferente a lo exterior a sí mismo. Ser uno mismo
significa que "cada uno se encierra en el túnel
del yo, se sumerge del todo en la fermentación del
yo...Con el tapón del yo se cierra, herméticamente,
y se templa la madera en los pozos del yo. Nadie llora las
penas ajenas, nadie concibe las ideas del otro" (33).
Es el yo incapaz de trascender su encierro. La falsa yoidad
sólo está atenta a su fermentación, con
sus tapones cerrados "herméticamente". Autoconfinamiento
que nutre la indiferencia o desinterés por la presencia
de la otredad humana y sus conflictos o pensamientos. Por
lo que detrás de su pretensión universal, lo
gynteano vive en la reclusión de su particularidad.
Entonces, la locura de Begriffenfeldt, la voz del pensamiento
de la Esfinge, anuncia sin vacilaciones: "...Por tanto,
si debe ocupar el trono un emperador, evidentemente es
usted el hombre indicado" (34).
El
yo verdadero vive, en cambio, en la expansión e integración
con todo aquello que aparentemente no es. El yo que sale fuera
de sí y se encuentra con la alteridad primaria de lo
telúrico, con la riqueza de los elementos naturales
que, convertidos en símbolos, estimulan la ampliación de la
conciencia;
y la integración de un yo expansivo con una universalidad
plena de sentido.
Cuando
el yo se trasciende, se encuentra con una restablecida noción
de hogar. El hogar que Peer Gynt descubre al dfinal de su
camino es la cercanía del
terruño, la expresividad de la naturaleza, saturada
de sentidos, y dotada de un lenguaje propio. Ese lenguaje aflora
también en el ya mencionado tránsito de Peer por el
manicomio de El Cairo. Allí, Huhu, otro de los singulares internos
de la casa psiquiátrica, pronuncia su discurso
donde recuerda los viejos tiempos donde, en las playas
malabares, y antes del dominio portugués y holandés,
reinaba el orangután. Este simio era el "rey del país",
y "dueño y señor de la selva", porque podía
gritar, pegar y expresar libremente su furia. Pero luego llegó
la dominación extranjera, y se calló el "lenguaje
selvátivo". Cesaron entonces los gritos, los gruñidos,
las vociferaciones simiescas. Desde entonces sólo reina
un silencio glacial. Momento de nostalgia
de una directa expresividad natural mediante el grito que hace
recordar a Nietzsche y Cioran (35). Luego de esta pérdida,
"si queremos expresar nuestros pensamientos nos vemos
obligados a recurrir a la palabra" (36). Ante la extinción
del "idioma de la selva", Huhu quiso restablecer
su perdido señorío. Intentó "animar el
cadáver", pero sin resultados. El parlamento de
Huhu posee mayor importancia de la que parece. Es la conciencia
que regresa a la plenitud de un orden arcaico-natural, donde
la naturaleza no precisa del hombre para estar imbuida de un
lenguaje propio. Tras la aparente bestialidad del orangután
y su grito, reina un idioma que hace de lo selvático
un universo grávido de significación.
Y la
naturaleza viviente, expresiva, radiante de significados,
es preludio de la fundamental escena del viejo Peer entre
los pinos destruidos. Entre la niebla y las cenizas,
Gynt deambula por los restos de una naturaleza devastada. Y
afirma: "Todo no es más que un sepulcro infecto" (37). Luego de fracasar su estrategia imperial de absorción
del mundo, Peer es incapaz de encontrar en el afuera miel,
perfumes y diamantes. Si lo exterior no es lugar para la escenificación
del ego triunfante, sólo será lugar estéril,
desértico, huérfano de un sentido. Pero
es la misma naturaleza la que le recuerda a Gynt algo de ese
lenguaje selvático, perdido, que antes extrañaba
Huhu, y que reina en el mundo exterior.
Las hojas secas, los susurros en el aire, el rocío, las briznas
de paja, le reclaman a Peer no haber prestado nunca atención.
Nunca escuchó Gynt su lenguaje. Prisionero ya del moderno
desencantamiento del mundo de raigambre weberiana, Peer no
puede encontrar sentido y revelaciones en la proximidad de
la tierra. El noruego no ha sido capaz de escuchar la realidad
que, plena de significados, rodea como un anillo al hombre
receptivo. Peer perdió la "escucha telúrica".
Por eso, no pudo poetizar. No pudo transfigurar la aparente
insignificancia de un mundo sencillo de paisajes y utensilios
en texto simbólico. El reproche de los ovillos,
en este sentido, es especialmente revelador. Desde el suelo,
los ovillos,
mención frecuente en los cuentos populares noruegos, le dicen: "¡Somos los pensamientos
que deberías haber pensado, las manos que deberías
haber estrechado". Y después "deberíamos
habernos elevado a las alturas como voces... ¡Y henos aquí,
teniendo que rodar como ovillos grises de lana!" (38).
El ovillo, como cualquier otro utensilio, puede ser sólo
pálido instrumento utilitario, o manifestación
simbólica de una realidad en devenir, y transfiguración
y elevación.
Horkheimer,
en la Critica de la razón instrumental, hablaba del
enmudecimiento de la naturaleza en la cultura moderna. Lo
otro del objeto o de la materia sólo habla como arquitectura
de leyes, procesos fisicoquímicos, fuentes e insumos
para la industria. En este sentido, el sujeto se condena a
un asfixiante monólogo donde la realidad exterior es
sólo su propia proyección o representación.
La percepción de la naturaleza como tal desparece. Pero el triunfo de una imaginación poética le
permite a Gynt una experiencia de recuperada escucha de la
expresividad de la naturaleza. Peer entonces comprenderá
el valor de la tierra y el sol como repetido don gratuito
que nutre y afirma la vida. Si la energía lumínica
y fértil no es alimento para el crecimiento de alguien,
de un verdadero individuo, los días se suceden en vano.
La posibilidad de un "alguien" se diluye en un
"nadie". Y ese "nadie", lejos de los viejos sueños
imperiales, es Peer Gynt. Conciencia de la nadidad, licuación
de la promesa del yo en la insignificancia, derroche inútil
de las fuerzas naturales de crecimiento. Esta toma de conciencia
acontece dentro de la niebla, y luego del encuentro de Gynt con
un flaco fotógrafo. Lo neblinoso es sitio de tránsito
hacia otro plano de existencia, o lugar de extravío,
confusión, caída en la pérdida de sí:
"¡Tan increíblemente pobre puede volver un alma
a la nada entre las nieblas grises!" (39). Peer colisiona,
sin protectores escudos, con la certeza de la propia insignificancia.
Lo que recibió de los manantiales vivos de la tierra
y el cielo no supo convertirlo en un impulso de continuo
crecimiento. Surge entonces la culpa. Pero el sentimiento
de culpabilidad de Peer no es consecuencia de la infracción
de un orden religioso impuesto dogmáticamente. Su culpa
brota de la directa y clara constatación del desaprovechamiento
de la fuerza natural: "sol adorable, has derrochado tus
espléndidos y relucientes rayos sobre una pobre cabaña deshabitada"
(40). La cabaña estaba vacía, "porque el amo nunca
se encontraba en casa". Peer nunca estuvo en el hogar,
en la cabaña, en el centro o fuente del sentido; Peer siempre vago errante,
como fantasma insatisfecho, por los corredores de las riquezas
y vanidades. Nunca fue raíz, siempre fue una hoja confundida,
golpeada por un viento disperso. Por eso, el pedido de perdón:
"¡Tierra divina, no te enojes porque haya pisoteado
tus hierbas inútilmente" (41). Y ahora Peer sólo
anhela subir hasta el "pico más alto
y abrupto". Para, desde allí, presenciar la salida del sol, y atisbar
la amplitud terrestre. Entonces, podría descubrir un montículo
donde se diga: "Aquí está enterrado 'nadie'".
Sin
embargo, Gynt no está condenado a la nada irreparable. La mujer
abrirá, por última vez, las puertas del hogar,
del lugar donde se crece desde una riqueza real, y no desde
el gigantismo fantasmal del ego. En la escena tercera, del
acto tercero, Solveig condensa, en una sola sentencia,
el sentido del hogar: "...aquí donde se oye murmurar
los pinos, ¡qué silencio y que música a la vez! ¡Aquí
se halla mi hogar! "(42). La riqueza abierta de la tierra
es fuente donde crecer. Es el hogar. La mujer es guardiana simbólica
de ese sitio donde se gesta la vida. Que crece. Peer, en su
último encuentro con el Fundidor, ve la luz de una
cabaña. Y escucha algo. Y el Fundidor lo esclarece: es "simplemente
una mujer que canta" (43). Y, como última concesión,
le exige: "¡Ocúpate de tu casa!". Ocuparse
de la casa es percibir la fuente que antes se desdeñó
e ignoró. Es reencontrarse con la realidad que canta,
acoge, y regala una pertenencia. La mujer es individualidad,
es un nombre particular. Pero, a su vez, como en el amanecer
prehistórico, es símbolo de la fuente.
La
transformación de la mujer Solveig en el símbolo
de lo femenino, que acoge y nutre, se consuma cuando Peer, casi
sobre el final de la obra, encuentra en ella a la esposa y
la madre. Entonces, Peer, el que antes deseaba ser emperador
del mundo, ahora sólo pide: "Escóndeme,
escóndeme ahí dentro". El yo anémico
e irreal regresa al final al seno de la tierra fértil,
donde todo crece, en alianza con la luz del sol y la luna. Y el hogar
recuperado, el seno terrestre, canta con la voz de Solveig,
y le asegura: "Yo te meceré y velaré..."
(44).
En
el oleaje encrespado de la modernidad, Peer Gynt ensaya la
opción del yo acumulador, posesivo, ostentador de virtudes,
grandilocuente. Pero el yo nunca logró liberarse de su asfixia
fantasmal. Hasta que en el regreso al comienzo del viaje,
el individuo se realiza en la comunicación con
la tierra, en la "escucha telúrica", en un crecimiento
desde la apertura a los elementos y los rumores de viejas
historias.
Regreso
a una figura de la individualidad pre-moderna, antigua y paganizante,
donde el hombre sólo brota desde la sombra de un árbol. O
la canción de una madre. Que baña con vieja música
los oídos.
VII. En La dama del mar Ibsen también combina una
fuerte presencia simbólica de la naturaleza con la
constante obsesión por la realización de la
individualidad. Elida Wangel, casada con el doctor Wangel,
vive su matrimonio como un velado conflicto. Siendo joven se comprometió
con un marino que parecía ser una misteriosa continuación
de las criaturas y ritmos marinos (45). Al comprometerse con
él, ambos se desposaron con el mar. Luego, el marino,
que había matado al capitán de un barco, partió
para escapar de la cárcel. Y la dejó, con la
promesa de regresar por ella algún día. El lazo de Elida con el mar
siempre fue vívido, extraño: "parece en absoluto
como si el mar formase parte de su ser" (46). Pasaba
largas horas frente a un faro. La llamaban la dama del
mar,
y también la pagana: "un viejo pastor la llamaba
la pagana porque su padre se le ocurrió bautizarla
con el nombre de un barco, según dicen, y no con uno
cristiano" (47). Desde hace algunos años, Elida
vive con el doctor Wangel y sus hijas. El afecto entre los
esposos nunca alcanzó la intensidad de un verdadero vínculo conyugal. Siempre una sutil y fría distancia
sembraba un doloroso hielo entre los cónyuges. El
regreso del primer prometido a la vida de Elida agiganta las
grietas. La crisis entre el doctor Wangel
y su esposa se reaviva. Lo terrible carcome el hogar
familiar. Y Elida precisa:
"Para mí, es terrible lo que aterra y atrae a
la par" (48). El doctor destaca la pertenencia de su
esposa a las aguas: "eres de la raza del mar". Y
el mar es terrible. Para el esposo, Elida es prolongación
del terror marino porque ella "atrae y aterra a la vez"
(49). Como Nora en Casa de muñecas, Elida reacciona
contra la opresión exterior, contra el sometimiento
a las normas. Lo mismo ocurre en El enemigo del pueblo;
aquí, para el doctor Tomás Stockman la fidelidad a la verdad individual
debe ser mantenida aun cuando todas las voces de la multitud
se opongan y decreten el rechazo del yo diferente. Elida
reclama el derecho a decidir si permanecerá con el doctor Wangel,
o si volverá con su primer prometido. "No puedes
estorbar mi preferencia... Ni tú ni nadie. No puedes
prohibirme mi deseo" (50). Elida, finalmente, elige permanecer
con Wangel. Es la aparente continuidad del anterior pacto
conyugal. Pero su fundamento se ha modificado.
Antes, Élida actuaba por imposición, por el
imperio de las circunstancias. Ahora, su lazo matrimonial
es efecto de su libre decisión. El acto avalado por
la libertad lo colma de legitimidad.
El
yo se autorrealiza entonces mediante la libre decisión,
mediante la voluntad propia. La identificación entre su ahora
rechazado prometido y el mar expuso a Élida al imán
de la fascinación, "a lo que atrae y aterra a la
vez". El simbolismo del mar y la naturaleza, concebido
como modelo superior de sentido (como en Peer Gynt)
parece ser la campana donde se aviva la tensión dramática
que prepara la necesidad de la decisión libre. La naturaleza
como escenario para el drama del yo que debe decidir, se repite en
Brand, el otro drama ibseniano
inicial y contemporáneo de la aventura gynteana.
Aquí,
la dureza de los fiordos, los paisajes helados, los bosques
y aldeas rodean a un Brand que se cree predestinado a una
misión redentora: "He venido al mundo para curar
su enfermedad, y su imperfección" (51). Brand
despotrica contra las iglesias. Lo divino no está en el templo
cerrado, sino en el aire libre. Brand puede apelar a imágenes
de la naturaleza para expresar su visión de la divinidad:
"Mi dios es huracán..." (52), o "estoy
sano y fuerte como los cerros, como el pino de la loma."
(53). Para Brand, lo esencial es la afirmación individual,
la cristalización de sí mismo, porque "nadie
se interesa por ser". Por esto, el sujeto debe trascender
la pasividad de la repetición de la costumbre o la
gangrena de lo mutilado, del pecho partido en mudos trozos:
"sé lo que seas de una vez y por entero, no a
trozos ni a medias" (54).
El
viento que silba de forma continua en el drama ibseniano es
la redención del yo de su condición precaria,
de su fragilidad, de su vacío. En
contemporaneidad con Kierkegaard, Ibsen convirtió al
yo y su decisión en el centro de la existencia.
La necesidad del elegir surge desde una doble ausencia:
la ausencia de cuño metafísico-existencial por la que
el individuo no posee a priori un sentido dado, plenamente
constituido. Y, de ahí, la necesidad de elegir, de
construir ese sentido. Pero también el sentido ausente
es efecto de una construcción cultural, dominada por
la presión de lo colectivo, que debilita
la afirmación del yo. Lo colectivo es lo que demanda conformidad,
igualación, supresión de la acción diferenciadora
e individual. Lo masivo impersonal de lo moderno que, ya en
el siglo XIX de Ibsen, se perfecciona entre crecientes medios
de publicidad y repetición de estereotipos, que sofocan la oportunidad (o
el derecho) de la libertad individual.
Peer Gynt es quizá la más agraciada obra
de Ibsen. Aquí triunfa la escucha telúrica,
la comunicación con una fuerza universal que asegura al individuo
un significado, una pertenencia inalienable. Pero la individualidad
que brilla en el frescor y vitalidad de lo natural es un no
lugar, un manantial ya inasequible para el hombre moderno.
La amplitud natural es una olvidada comarca. Y
lejos de discursos utópicos o nostálgicos, el
yo moderno adquiere la intuición de su presencia y
de su problema a través de la soledad. La
soledad como certeza del hombre moderno de que la angustia y la decisión individual
suponen una responsabilidad intransferible a un otro. El hombre
no puede escapar de la necesidad de la decisión libre
e individual. Así, el agobio y el desafío de la libertad
coloca sobre los grandes personajes de Ibsen una corona de
gemas, donde el brillo de la decisión libre nunca deja
de segregar una pegajosa sombra. La pegajosa sombra del riesgo. Que agobia
y persigue. (*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "Las formas del yo
en Peer Gynt de Ibsen", ensayo elaborado en el el contextos
de las XI Jornadas Nacionales de Teatro Comparado, Henrik
Ibsen, en la Argentina, en diciembre de 2005.
Citas:
(1)
Giorgio Agamben explora puntualmente la desintegración de la
experiencia en "Ensayo sobre la destrucción de la
experiencia", en Infancia e historia, Buenos Aires,
Adriana Hidalgo editora, pp.7-91. El modelo fundamental para la
reflexión de Agamben es el ensayo benjaminiano
"Experiencia y pobreza!", en Discursos
interrumpidos, ed. Taurus, pp. 165-173.
(2)
Este mismo modelo sigue en sus últimos dramas: ''Fruen ved
Havet'' (La dama del mar, 1888), ''Hedda Gabler'' (1890),
''Bygmester Solness'' (El constructor Solness, 1892), ''Lille
Eyolf'' (El pequeño Eyolf, 1894), ''John Gabriel Borkman''
(1896) y ''Naar vi døde vaagner'' (Cuando despertemos de entre
los muertos, 1899).
(3)
Henrik Ibsen, Peer Gynt, Buenos Aires, Biblioteca
personal Jorge Luis Borges, 1985, p.13.
(4)
Ibid., p.41.
(5)
Ibid.
(6)
Ibid., p.60.
(7)
Ibid., p.61.
(8)
Peer llega hasta la plaza de Hoegstad donde se celebra una
fiesta. En el camino se encontró con el herrero Aslak, con
quien se había enemistado. Ingrid se encuentra con su novio. En
un momento de la alegre reunión y el baile, Peer rapta a
Ingrid. Pero luego Gynt quiere desentenderse de la mujer, y de
todas la mujeres, aunque aclara: "¡Que se vayan al diablo
todos los recuerdos y las mujeres; todas menos una...". Una
referencia a Solveig, la única mujer que logró encandilar el
corazón de Peer.
(9)
El Palacio de Sonia-Moria aparece en muchos cuentos folklóricos
noruegos. En estos relatos un joven humilde encuentra a una
princesa perdida. El palacio suele presentarse con imponente
arquitectura, y envuelto en brillantes colores.
(10)
El viaje chamánico tradicional supone el abandono del cuerpo
por el chamán en una sesión donde impera la danza y la
música hipnótica. El viajero vuela hasta el centro del
mundo, donde se encuentra el umbral que permite el
acceso al cielo o al infierno, muchas veces a través de un
angosto pasadizo. Ver Mircea Eliade, El chamanismo y las
técnicas arcaicas del éxtasis, F.C.E.
(11)
H. Ibsen, Peer Gynt, op. cit., p.82.
(12)
Ibid., p.97.
(13)
Ibid., p.107.
(14)
Ibid., p.108.
(15)
Para Nietzsche, la erudición alejandrina de lo moderno
construye un vínculo con el pasado donde prevalece la
fagocitación de lo histórico como forma de compensación del
vacío íntimo del sujeto. La relación con la historia no es
así real impulso vivificador sino la satisfacción sustitutiva
del placer por la sistematización y la información. Ver, p.ej.,
F.
Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, Madrid, ed. Alianza,
p.180: "Y ahora el hombre no-mítico está, eternamente
hambriento, entre todos los pasados, y excavando y revolviendo
busca raíces, aun cuando tenga que buscarlas en las más
remotas antigüedades".
(16)
H. Ibsen, Peer Gynt, op. cit., p.93.
(17)
Ibid., p.94.
(18)
Ibid.
(19)
H. Ibsen, Peer Gynt, op. cit. p.127.
(20)
Ibid.
(21)
Ibid, p.136.
(22)
Ibid., p.137.
(23)
Ibid., p.151.
(24)
Ibid.
(25)
En El enemigo del pueblo, el doctor Tomás Stockman
descubre que una tubería, encargada de llevar agua a un
concurrido balneario de una ciudad, se halla infectado y puede provocar
enfermedades contagiosas. El alcalde es su propio hermano.
Stockman decide entonces comunicarle la situación, bajo la
esperanza de que su hermano actuará rápidamente en beneficio de la
comunidad. Pero esa esperada respuesta favorable no ocurre. En
el asunto estaban involucrados los intereses de una importante
empresa. Y, entonces, su hermano le objeta: "Tú tienes una
inclinación innata a tomar las cosas por tu propia cuenta, y
eso en una comunidad bien organizada no se puede tolerar bajo
ningún concepto. Las iniciativas particulares tienen que
supeditarse al interés general o, mejor dicho, a las
autoridades que para ello han sido designadas". Este
respuesta es el preludio del conflicto entre la voluntad
individual y lo colectivo y general que dominan la obra.
(26)
H. Ibsen, Peer Gynt, op. cit., p.156.
(27)
Ibid., p.156-57
(28)
Ver
(29)
Ibid., p.144.
(30)
Ibid.
(31)
Ibid.,p.158.
(32)
Ibid.
(33)
Ibid., p.116.
(34)
Ibid.
(35)
En unas de sus conferencias preparatorias de El Nacimiento de la
tragedia, Nietzsche destaca el valor del grito en relación
con la potencia ontológica de lo musical: "¿Cuándo se
convierte el sonido en música? Sobre todo, en los estados
supremos de placer y de displacer de la voluntad, en cuanto
voluntad llena de júbilo o voluntad angustiada hasta la
muerte, en suma, en la embriaguez del sentimiento: en el
grito" (en F. Nietzsche, "La visión dionisiaca del
mundo", en El nacimiento de la tragedia, op. cit,
p. 253). En Cioran la trascendencia de la vociferación
también es defendida: "Si deseamos conservar un mínimo
de equilibrio, recuperemos el grito, no perdamos ocasión
alguna de entregarnos a él y proclamar su urgencia. Por lo
demás, nos ayudará a ello la rabia, que procede del fondo
mismo de la vida", en E. M. Cioran, La caída del
tiempo, Barcelona,Tusquets editores, 1993,
pp.152-153.
(36)
H. Ibsen, Peer Gynt, op. cit, p.117.
(37)
Ibid., p.145.
(38)
Ibid., p.146.
(39)
Ibid., p.165.
(40)
Ibid.
(41)
Ibid.
(42)
Ibid., p.65-66.
(43)
Ibid., p.166.
(44)
Ibid., p.168.
(45)
Ver Henrik Ibsen, La dama del mar, en H.Ibsen, Obras
completas, ed. Aguilar, p.1965.
(46)
Ibid., p.1607.
(47)
Ibid., p.1609
(48)
Ibid., p.1656.
(49)
Ibid., p.1656.
(50)
Ibid., p.1660.
(51)Henrik
Ibsen, Brand, en H.Ibsen, Obras completas, op.cit,
p.645.
(52)
Ibid.
(53)
Ibid., p.643.
(54)
Ibid. p.644. Y en p.646: "... Pero de esos pedazos de
almas, de esas mutilaciones del torso del espíritu, de esas
cabezas y esas manos debe surgir un todo, de manera que
el Señor habrá de reconocer a su hombre, su obra
maestra: ¡Adán, su primogénito, joven y fuerte!".