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LA
DANZA Y EL CÍRCULO
La transformación del pensamiento en F. Nietzsche
Por Esteban Ierardo
I. Inicio Poético
El águila vuela en círculos. Desciende lentamente, entre vientos
furiosos. Del sol brota la luz. En la serpiente la tierra esconde un
secreto. Los ojos penetrantes del ave se posan sobre el reptil de las
escamas magnéticas. Y, ambos, contemplan al pensador. Solitario. El
de la pasión que fluye como un oleaje nervioso por el rostro. Piensa
el pensador con los labios entornados. No exuda ninguna aspereza
solemne. Su respuesta a la mañana que nace es una sonrisa. Frente al
edén de la ilusión suprasensible le contrapone la brisa terrestre de
las rocas. El mar. Y las montañas hambrientas de cielo.
En lo terrestre todo vuelve en un círculo sin fin. En este mundo sin
ningún trasmundo, el pensador halla un repetido altar donde venerar.
Agradecer. Bailar. Sólo es digno de la gratuita luz solar, y de las
selvas titilantes de estrellas, el que es al danzar.
El que se eleva, sobre la hierba del aire.
II. Hacia los movimientos de un
pensar
Los pensadores profundos crean artefactos de intelecto que suelen
estallar con un efecto retardado. Un explosivo vulgar estalla de forma
unilateral. La dinamita del pensar abismal, en cambio, erupciona
cuando un lector puede aceptar y soportar la detonación. La
potencialidad crítica, la excelencia artística del discurso
nietzscheano, no detonó en vida del pensador. Su lector aún no había
sido parido por el centauro. El espacio receptivo de su obra sólo
surge cuando Nietzsche navega ya en los ríos de la locura. Luego, el
estallido se multiplica. Se expande. Y desde entonces un pensar
intempestivo e ignorado en su época, se convierte en exaltación
constante.
Pero el fulgor de un estallido creador se desvanece cuando es reducido
a una serena hermenéutica ordenadora. El pensamiento en Nietzsche es
vitalidad intelectual y artística, que se autoconstituye fuera de
todo sistema cerrado. Es también arte simbólico porque, junto a la
sentencia lógica, libera sentidos a través de la sugerencia metafórica.
Pero la aceptación de Nietzsche en los círculos académico actuales,
su endiosamiento por el establishment filosófico, conlleva sus
peligros. El pensar dinámico y estético de Nietzsche muere cuando es
reemplazado por la industria de los papers. El Nietzsche de la crítica
académica suele ser discurso destinado al consumo intelectual, y no a
una superación de la percepción corriente. Y es coto de caza de los
que se presentan como "especialistas" en lo nietzscheano.
Dicha especialidad suele ser autopromoción mediante el
aprovechamiento del impacto de Nietzsche sobre un vasto público.
La observación de estas dificultades y peligros en relación
con lo nietzscheano nos conduce a acercarnos a su filosofía no sólo
desde el régimen conceptual de las ideas, sino también y
esencialmente desde su particular experiencia estética del ser. De ahí
la conveniencia de un inicio poético de este ensayo, como medio más
adecuado para aprehender lo estético-vital de su pensar, y no sólo
su compleja osamenta conceptual.
Y aquí comienza la explicitación de la tesis central de nuestro
ensayar. No situaremos el centro de lo nietzscheano en el perspectivismo (como lo hace Vattimo en El fin de la modernidad), o
en las contradicciones entre el escepticismo y su encubierta pretensión
de universalidad, como lo suscribe Habermas (en su El Discurso filosófico
de la modernidad). Aquí, intentaremos pensar la experiencia de mundo
en Nietzsche como filosofía estética de matriz romántica, que
promueve la musicalización y levedad de lo real. En lo nietzscheano
prevalece una musicalización de la experiencia en tanto el sujeto se
torna leve y se expande a la amplitud múltiple del espacio donde
(como la música respecto a los sonidos) se recombinan y recrean
nuevas posibilidades. El ser es devenir musical. Y el sujeto, con
"pies ligeros", danza dentro de las corrientes de las
mutaciones, recombinaciones, "transvaloraciones". Pero en
Nietzsche, como en todo pensar que destaca el predominio de la vida
como movimiento, se instaura un conflicto insalvable entre lo que
siempre deviene y la necesidad de la estabilidad mínima de toda
cultura como código ordenador. A pesar de todas sus críticas a la
inmovilidad de las categorías del lenguaje, Nietzsche no renuncia al
pensamiento y, por tanto, a la mediación lingüística. El sujeto
pensante nunca podrá convivir con un devenir puro. Siempre subsiste
un residuo de inmovilidad. Aquí, surge la problematicidad del eterno
retorno y la voluntad de poder, categorías ebrias de movimiento,
productividad y renovación, pero ellas mismas inalterables. Nietzsche
insiste en que el sujeto cognoscente no está naturalmente destinado a
un saber de lo real. El conocimiento es sólo construcción perspectivística
incapaz de sostenerse ante la realidad como no-verdad, como devenir
inaprensible, abismo y enigma. El filosofar nietzscheano es así
diferencia radical respecto a la certeza de Hegel de la racionalidad
intrínseca del ser, que es pensable por la filosofía como saber
absoluto. En este punto, el águila y la serpiente, los animales
amigos de Zaratustra, quizá no sean sólo símbolo de la celebración
de lo terrestre y lo instintivo, sino también un medio para repensar
la realidad como presencia no conceptual. Y el águila y la serpiente
son, asimismo, proyección o religación con la dualidad
complementaria cielo-tierra. El sujeto, antes separado o enfrentado a
la amplitud espacial de lo celeste y lo terrestre como vida y fuerza
creadora, se re-une o religa con ella. La relación problemática
entre estabilidad y devenir es atravesada en Nietzsche por una
religiosidad vivida como expansión hacia el espacio como lejanía,
amplitud y multiplicidad, hacia el anillo de un tiempo eterno de
renovación. Y hacia lo incognoscible en una paradójica centralidad
sin centro del devenir.
Antes de llegar al punto más distante en nuestra navegación en lo
nietzscheano, recorremos primero diversas figuras por las que
Nietzsche piensa la afirmación y negación del devenir. En diversos
movimientos hurgaremos las aristas de la negación vital por el
racionalismo apolíneo, la ilusión metafísica, lo decadente
cristiano y su nihilismo reactivo. Los ritmos de lo afirmador nos
abrirá a las elevaciones de lo dionisíaco, el superhombre y su saber
de la voluntad de poderío y el eterno retorno. Y, luego, finalmente,
la filosofía como escucha del devenir musical, como danza expansiva
acaso del enigma.
Primer movimiento: roca y fantasma.
Lo real es devenir. Corriente incesante de instantes y
sensaciones. Pero no hay universo o sentido humano sin forma y
estabilidad. El inicial símbolo privilegiado para el mundo-forma que
traza el joven Nietzsche nace de la mitología olímpica: Apolo. Apolo
brilla con intensidad solar. Es la flecha que puede matar con precisa
sorpresa a la distancia. Ve el futuro. Lo profetiza a través de la
pitonisa. En Delfos. Inspira la música mesurada. El peán. Pero su
arte preferido es la escultura. En sueños, regala al artista la
imagen que prefigura la obra futura. El dios de la belleza radiante
protege el mundo como bella apariencia, custodia la figura, el límite,
la cosa que es en su extensión y yuxtaposición con lo contiguo. Con
su traslúcida luz expansiva, la divinidad del laurel apaña lo real
como finitud. Y como concepto. Proposición lingüística. Pero lo real
no es sólo series ordenadas de figuras visibles o entramados
conceptuales. La forma no es mónada autofundada como sustancia
estable, sin la contaminación de la exterioridad. La exterior a la
configuración de la cosa y la idea es el fluir amorfo de una realidad
que precede a la conciencia, la figura y el concepto. El mundo-forma
apolíneo es vehemente luz diurna. Y lo luminoso nace de una oscuridad
precedente. De lo dionisíaco. Dioniso es el abismo sin figura ni límite.
Dioniso se autodetermina en su misterio irreductible. Es infinitud,
presencia sin fin, sin torso claro. Sin definición. Es vacío creador
que estalla en el reverso del instante medible, o en el espacio del
mapa-retícula, o de las descripciones científicas de los movimientos
observables de los cuerpos físicos.
El despliegue del mundo es inicialmente coincidentia opossitorum
de la
forma-límite (Apolo) y de la corriente amorfa originaria (Dioniso).
Pero esta armonía inicial es quebrada por el racionalismo socrático.
El maestro de la mayéutica expulsa al dios de las ménades y de
las danzas extáticas. Para Sócrates, lo que late fuera de la
fortaleza del logos es sombra insignificante. De la fractura de la
alianza entre Apolo y Dioniso surge la absolutización de una voluntad
racional de verdad.
La razón acepta la rareza inaprensible del agua oscura y
la niebla, sólo como protuberancia y fisura, hasta llegar al lecho
del sentido. Donde permanece la verdad-fundamento. El sentido
como roca firme siempre pensable. La verdad siempre presente en la
conciencia. La metafísica de la presencia.
La forma apolínea que se escinde del trasfondo dionisíaco por la
intervención socrática es el primer signo de una petrificación del
sentido, de un congelamiento del devenir en una verdad asimilada a lo
pétreo, a lo lítico (litos, piedra), a una metafísica lítica
(equivalente a la metafísica de la presencia) que se clausura en lo
inmóvil.
En la tópica nietzscheana, una figura posterior de pesadez
ontológica es la voluntad de verdad de los sabios. En "De
los prejuicios de los filósofos", en Más allá del bien y el
mal, Nietzsche profundiza la deconstrucción de la creencia metafísica
tradicional en la verdad suprasensible, y en la identidad inmutable de
las categorías explicativas del devenir como conciencia, causalidad,
libertad. Desde los albores de la filosofía en Occidente, vive la
promesa de un omnubus dubitan dum (un dudar de todas las cosas). Sin
embargo, los "filosofastros de la realidad", no dudan de la
verdad como principio de pétrea estabilidad, como verdad lítica.
Pero nitimur in vetitum (nos lanzamos a lo prohibido) porque se
renuncia a lo verdadero inmóvil. Y: "¿por qué no más bien la
no-verdad? ¿Y la incertidumbre? ¿Y aun la ignorancia?" (1). El intelecto pretende absolutizar la causa y el efecto, y
un fin o meta racional para la vida. Pero no hay causalidad, necesario
lazo lógico de la causa y el efecto, finalidad o teleología. Porque
"nosotros somos los únicos que hemos inventado las causas, la
sucesión, la reciprocidad, la relatividad, la coacción, el número,
la ley, la libertad, el mito, la finalidad" (2).
La inmutabilidad de la verdad-fundamento convive con el "atomismo
anímico", con la creencia en el alma inmortal, en la unicidad y
estabilidad del individuo. El alma como centro inalterable bajo la
multiplicidad de los cambios. El alma es lo permanente tras el cuerpo
y sus modificaciones. Y, para la ilusión metafísica, la materia
visible, lugar del cambio y la mutación, también posee un núcleo
permanente. Para "la necesidad atomística", desde Demócrito
y Epicuro, el átomo es unidad última indestructible de lo
material (3).
En 1876, Nietzsche comparte una tertulia en Sorrento, en Villa
Rubinacci, por seis meses con Paul Rée (4) y su fugaz mecenas Malwyda
von Meysenbug. Allí, medita en el sentido de su misión o tarea (aufgabe).
Lee con intensidad a La Rochefoucauld, La Bruyére, Chamfort,
Tucídides, Maquiavelo, Heródoto; el Zadig de Voltaire, y Jacques el fatalista de
Diderot; y Pensamiento y realidad de Spir donde el yo, como en Hume, se
desvanece en un flujo de cambiante estados de conciencia sólo
unificados por la memoria.
En este contexto, de doble apertura a la fisiología y a la observación
psicológica sobre los sentimientos morales, se gesta Humano demasiado
humano. En esta, su segunda obra, Nietzsche abandona su primera adhesión
a una intuición de lo dionisíaco en El nacimiento de la tragedia,
para concentrarse en una apertura a la fisiología, la biología, una
valorización de lo natural y corpóreo. En ese nuevo horizonte,
abraza el método químico que comprende su objeto desde el análisis
de sus elementos primarios.
Nietzsche bebe en las copas de la refutación ilustrada de las
supersticiones. Dedica su segunda obra a Voltaire, un "espíritu
libre", y práctica el arte del desenmascaramiento. Ilustrar es
dar la luz que traspasa la falsa nervadura de la historia. La creencia
en la moral platónica, en la moralidad de raíz suprasensible, es
parte de un error. Al trazar una historia de los sentimientos morales,
el error se entronca con el olvido. "Primero se da a actos
aislados, el calificativo de buenos o malos, sin atender a sus
motivos, sino exclusivamente a las consecuencias útiles o
perjudiciales que reporten a la comunidad. Sin embargo, pronto se
olvida el origen de esos calificativos, e imaginamos que los actos en
sí, independientes de sus consecuencias, implican la cualidad de 'buenos', o
'malos' " (5).
Bueno o malo se convierten luego en un calificativo para el
propio ser del hombre. La espiritualidad del valor es sublimación de
la energía instintiva originaria. La presencia de la génesis biológica
se volatiza; sólo emerge por una "química" de los
sentimientos morales, religiosos y estéticos.
Un elemento particular analizado se comprende desde su opuesto. Lo
espiritual nace de su contrario; lo racional de lo irracional, el
desinterés brota de un mezquino deseo camuflado. El valor, lo
que vale desde la supuesta altura espiritual, nace de su opuesto, del
instinto despojado de valía trascendente. Los valores que antes
resplandecían como luces descendentes desde una altura ideal,
espiritual, eterna, pura, se revelan ahora como demanda instintiva.
Los valores no pueden ser deducidos de una estructura a priori,
universal y necesaria, como en el modelo ético kantiano, ni tampoco
desde el utilitarismo que valora como "bueno" lo que mejor
responde a las circunstancias más inmediatas. En la genealogía
nietzscheana, además de la crítica de los valores y la determinación
del origen de las valoraciones se introduce también la distancia o
diferencia que acompaña las valoraciones. El hombre afirmador de la
vida, activo, de la salud exuberante es lo noble y la altura; el
hombre del resentimiento y la negación es lo vil y lo bajo (6).
Y el Nietzsche de La Genealogía de la Moral advierte que el
valor precisa de la memoria. Un "axioma de la psicología más
antigua" dice que "para que algo permanezca en la memoria se
lo graba a fuego; sólo lo que no cesa de dolor permanece en la
memoria" (7). Por eso, los antiguos aristócratas de la guerra,
al dominar imponen, con una coactiva fuerza exterior, un horizonte de
valores que debe ser recordado. Se castiga con desmesura cruel para
que no se olvide el valor-ley a respetar. El valor no se legitima
desde un cielo de pureza, desde una generosa verdad que se revela y
dona. La "santidad del deber" ante las obligaciones del
derecho en la sociedad arcaica, o incluso el moderno imperativo categórico
kantiano, oculta un comienzo, que "al igual que el comienzo de
todas las cosas grandes en la Tierra, ha estado salpicado profunda y
largamente con sangre" (8).
Además del error de la moral, y de su encubierta génesis, es
necesario des-cubrir el proceso por el cual lo real es sustituido por
la idealidad de la representación (9). La infinitud dionisíaca es
ajena a toda fórmula conceptual. Pero el sujeto aspira al
conocimiento. Sustituye entonces una realidad indecible por el orden
de sus representaciones. La presencia es permutada por lo general de
toda representación y, en este sentido, por una imagen fantasmal de
un devenir intenso.
El conocimiento en el sentido tradicional de adecuación a la
cosa se revela como imposible. En el aforismo "El lenguaje como
presunta ciencia", Nietzsche medita sobre la irrealidad del
lenguaje y sus representaciones conceptuales. Parménides pensó desde
el presupuesto de que el pensar y lo real son idénticos. El pensar
piensa la realidad en tanto es racional. Lo real como legalidad
racional implica el presupuesto paralelo de la continua identidad de
las cosas a través de los cambios en la sucesión temporal. Pero la
cosa continúa es construcción o interpretación del sujeto. Si no
hay cosa constante el lenguaje no puede pretender expresar la realidad
como identidad. O como nombre. La inexistencia de la cosa estable
supone la imposibilidad del nombrar; o la ausencia del nombre. Por
eso, porque "durante dilatados espacios del tiempo el hombre ha
creído que las ideas y los nombres de las cosas eran verdades
eternas, surgió en él el orgullo que le hizo situarse por encima del
animal: creía realmente que el lenguaje equivalía al
conocimiento del mundo" (10). Pero los hombres han
"extendido un error monstruoso al creer en el lenguaje".
El lenguaje se encastra indisolublemente con la aparición de la
conciencia. En una anticipación del énfasis freudiano en la
centralidad del inconciente, Nietzsche equipara lo id con el ritmo más
primario de lo individual, mientras que "el pensamiento que se
torna conciente es la parte menor, y aun podríamos añadir que la
peor y más superficial, y sólo este pensamiento conciente es el que
se traduce en palabras o signos de comunicación en la cual se
descubre el origen de la conciencia" (11). La realidad social, el
necesario vínculo intersubjetivo, cataliza la producción de signos lingüísticos, de valor público, colectivo y estable. La conciencia
no pertenece a la realidad individual del hombre. Si el hombre pudiera
subsistir como animal de presa autosuficiente, no necesitaría del
intercambio de signos entre diversas conciencias individuales, ni de
un tráfico lingüístico. Por su carencia del vigor físico de un
animal cazador, por su indefensión y fragilidad, el hombre busca
ayuda exterior. Necesita de sus semejantes; precisa del vínculo
social. El pensamiento conciente nace entonces de la necesidad de
comunicación del hombre obligado a la socialización.
Y el lenguaje como "genio de la especie", es proceso
continuo de generalización, vulgarización, falsificación. El signo lingüístico
generalizador es "marca del rebaño". Por tanto,
el " incremento de la conciencia es un peligro", porque lo público
y compartido de los conceptos generales del lenguaje, se superpone a
lo individual e inconciente, refractario a toda universalización lingüística.
La representación fantasmática, el concepto como superposición
a la cosa innominable, pertenece al principio típicamente moderno del
sujeto como constructor de realidad. El sujeto pretende ser centro y
soberano. Sólo es real lo que el sujeto construye. Es el galope
triunfante del antropocentrismo. Una de las aristas más cortantes de
lo nietzscheano es la crítica a esa primacía del sujeto. Para
descalabrar la ilusión antropocéntrica, Nietzsche gusta de la
comicidad satírica, antes que del enfadado tono grave. Es bien
conocida la historia que inaugura su ensayo Sobre verdad y verdad en
sentido extramoral (1873) donde el hombre es el animal que, en un
insignificante punto del espacio, pretende ser el único predestinado
a la inteligencia y el conocimiento (12). Pero también es oportuno
recordar el menos frecuente pliegue aforístico de "el hombre cómico
del mundo", en El caminante y su sombra. Aquí, Nietzsche aguza
su burlesco desprecio de la arrogancia humana. Imagina entonces que el
hombre ha sido creado por Dios como un " mono" divertido,
"como un perpetuo motivo de distracciones en sus eternidades un
poco largas" (13). Un imaginario Todopoderoso crea al hombre para
divertirse ante sus ínfulas intelectuales, ante su sentimiento de
superioridad respecto al mundo animal, o su pretensión de ser la única
inteligencia del universo. Los astrónomos que avizoran la infinitud
del espacio saben de la pequeñez de la Tierra en relación al
absoluto astronómico. Pero el hombre pretende ser "el objeto y el
fin de la existencia de la Tierra". Acaso también la hormiga que
arrastra con tesón su carga entre la hojarasca cree también que es
"el fin de la existencia del bosque". Por eso, el sujeto
desquiciado de vanidad une "casi involuntariamente a la
destrucción de la humanidad la destrucción de la Tierra" (14).
El sujeto construye su mundo. Y el vaho distorsionador de su vanidad
comienza cuando identifica la realidad como tal con su presencia y
poder explicativo. Pero lo real como devenir es caos y misterio. Que
abraza al sujeto antes de cualquier jugada de su conocimiento. Y el
devenir es fondo. Donde los pies nunca alcanzan el lecho.
Segundo movimiento: la forma y la corriente, Dioniso y lo pagano.
Por la piedra y el fantasma, la mirada se desvía del devenir de
las líneas ondulantes y entrelazadas. La roca pretende detener las
aguas. Pero el pensamiento flota sobre posibilidades líquidas. Nada deviene
fuera de lo moviente. El don extraño del hombre es negar la
universalidad del movimiento. En esa negación irrumpe el trono de los
principios lógicos inmóviles. El orden necesita olvidar el rumor
incesante de lo líquido. Pero el pensar es coraje para nadar en la
corriente que ignora toda seguridad sólida. La audacia es hundirse en
el agua sin el consuelo de leyes matemáticas ordenadoras, o de un
dios revelado.
En un carta a Erwin Rodhe en 1870, Nietzsche manifiesta que
"ciencia, arte y filosofía crecen ahora tan juntos, dentro de mí,
que en todo caso pariré centauros" (15). La identificación con
un ser monstruoso insinúa un proceso de integración de saberes
separados. El arte no es sólo autónoma creación de belleza; la
filosofía no es sólo indagación intelectual del ente. Sus
caminos específicos pueden unirse mediante la valoración común de
intelecto y sensibilidad. Y, a su vez, la valoración científica de
los procesos materiales puede estimular, en lugar de cerrar, la vía
hacia una filosofía sensualista. "Nosotros, los hombres del
presente y de lo porvenir somos sensualistas" (16). La
sensualidad filosófica en Nietzsche combina sus primeras notas en El
nacimiento de la tragedia, donde la presencia material del mundo como
naturaleza, antes ley y matemáticas en Newton, ahora será pensada
como obra de arte.
Nietzsche es inicialmente filólogo. Especialista en la antigüedad
clásica. De forma precoz, con los auspicios de Richstl, el
pope de la filología alemana de entonces, accede a una cátedra de
filología en Basilea a los veinticinco años. El encuentro con El
Mundo como voluntad y representación de Schopenahuer le despierta una
poderosa inquietud por la indagación filosófica del ser. El joven
Nietzsche urde entonces una visión heterodoxa respecto a lo griego
que será duramente combatida por Willamowitz, un prestigioso filólogo
de entonces que fustigará al pensador destructor de las apacibles
claridades lógicas por su carencia de rigor científico.
El romanticismo, mediante Creuzer, Schlegel, Moritz, o
Schelling habían iniciado ya una recuperación de la interpretación
mítico-simbólica del devenir. El símbolo es expresión narrativa y
no racional, que se propaga inicialmente de forma oral y ágrafa. Su
sentido se acumula y propaga a través del efecto en la psiquis de imágenes
dinámicas. Lo romántico regresa sin inhibiciones, hacia canteras
premodernas como lo hace la hermenéutica nietzscheana de lo griego y
su interpretación simbólica de Apolo y Dioniso.
Lo apolíneo y lo dionisíaco son "potencias artísticas
que brotan de la naturaleza misma, sin mediación del artista
humano" (17). Lo real es efecto de un acto creador. Y ya hemos
destacado que lo apolíneo es mundo de la forma, el límite y la bella
apariencia. Apolo también inspira, durante el sueño, a sus artistas
elegidos. El sueño apolíneo inspira el arte de la mesura, las
proporciones, la armonía. La escultórica dórica del canon estricto,
de las medidas regulares que aseguran la simetría entre las partes.
Apolo "es el presupuesto de todo arte figurativo". Y en el
sueño, como afirmaba Lucrecio, es donde emergen las figuras de los
dioses. Del sueño surge también el verso alado del poeta. Como
"bella apariencia del mundo interno de la fantasía", Apolo
es el sosiego del sueño. Apolo es así "mesurada limitación".
Es un "estar libre de las emociones más salvajes, es sabio desasosiego
del dios escultor" (18). Lo apolíneo es confianza en
la condición salvadora de la forma individual. La influencia
constante, explícita o subterránea, de Schopenhauer le entrega al
joven Nietzsche un ejemplo visual para apreciar lo apolíneo como
salvación de la individualidad. Un marino navega con su pequeño
barco en un mar de continuas y salvajes olas. Por su confianza en su
embarcación puede permanecer sereno en medio de la conmoción. El
navegante flota sobre un continente de agitación y tormento, mediante
la coraza de su propia forma individual. Apolo provee esa forma que es
el principium individuatonis y que, a su vez, es un límite.
Pero la realidad no muere en los labios de la forma-límite. El
límite es por su relación con lo ilimitado. La forma finita flota
sobre la infinita dinámica de un devenir no aprisionado por ninguna
limitación. Las imágenes del sueño y las formas laten sobre o entre
un torrente vital que intuye el griego antiguo, y también, en la
modernidad, el "hombre filosófico" como un Schopenhauer, o
el propio Nietzsche: "El hombre filosófico tiene incluso el
presentimiento de que también por debajo de esta realidad en que
nosotros vivimos y somos yace oculta una realidad del todo distinta.
Esto es, que también aquella es una apariencia. Y Schopenhauer llega
a decir que el signo distintivo de la aptitud filosófica es ese don
gracias al cual los seres humanos y todas las cosas se nos presentan a
veces como fantasmas o imágenes oníricas" (19). La
realidad de la inmediatez sensorial, el mundo de las formas, es
apariencia que encubre otra realidad más primaria, originaria, que
"yace oculta", y que debe ser des-cubierta. Frente a esa
realidad subyacente lo visible es fantasma, reflejo, representación,
simulacro, próximo a la pistis, o la doxa. La experiencia que
des-cubre lo primario es embriaguez dionisíaca. Al abandonar la
forma-límite o el monopolio de la diégesis del ser mediante el
principio de la razón, acontece "el éxtasis delicioso que,
cuando se produce, esa misma infracción del principium
individuatinonis, asciende desde el fondo más íntimo del ser humano,
y aun de la misma naturaleza habremos echado una mirada a la esencia
de lo dionisíaco para lo cual la analogía de la embriaguez, es lo
que más se aproxima a nosotros" (20).
Dionisos
es la divinidad-símbolo de una experiencia extática de la máxima
resonancia sensible y ontológica. El éxtasis es salida, aunque sea
por un instante, a la exterioridad, a lo que es fuera del yo, fuera
del principium individuatonis. En el pináculo del rito dionisíaco, el
individuo se olvida a sí mismo y se difunde en el fluido e ilimitado
calor creador del dios. El éxtasis es unión mística con una
totalidad no discursiva, refractaria a todo orden racional. En la
embriaguez se trasciende toda separación. En la vida que no conoce aún
la irrupción dionisíaca, la separatividad se manifiesta como
distancia entre los seres humanos, o lejanía o ajenidad respecto a
los animales y la naturaleza. Por el éxtasis dionisíaco, en cambio,
acontece la reintegración, la cancelación de lo separado y
fragmentado. El restablecimiento de una unidad perdida. Por la fiesta
dionisíaca, los seres humanos se perciben dentro de una identidad
colectiva. Y dentro de la unidad del pueblo que danza se obra la
reconciliación con la naturaleza y lo animal. El éxtasis encendido
por el dios creador de la vid no es sólo ruptura de límites,
recuperación o química integradora. Es también metamorfosis.
Transformación profunda del anthropos. Así, por el canto, el baile y
la música exaltada propia de lo dionisíaco el humano "se siente
mágicamente transformado, y en realidad se ha convertido en otra
cosa" (21).
Rodhe, una de las escasas amistades nietzscheanas junto con su
amanuense Peter Gast, se zambulle también en las festividades dionisíacas
para hurgar el origen de la idea griega de inmortalidad. El Dioniso de
la Grecia clásica es continuación de Zalmoxis, un precedente tracio
más antiguo. El dios Zalmoxis convocaba a sus servidores entre las ásperas
montañas. Allí, el rito adquiere el fervor de la danza. La exaltación
abrasadora del "éxtasis delicioso". Goce extático cuyo
profundidad e intensidad alentó la certeza de que el sujeto de esa
experiencia no podría ser la breve y frágil mortalidad corporal,
sino un principio más sutil, ajeno a los sentidos inmediatos, e
inmortal. La psique (22).
Lo dionisíaco es no sólo un culto particular dentro de
una religiosidad politeísta. Es también presencia del continuo
desborde vital. Y es la experiencia de esa presencia. El sujeto pude
separarse del trasfondo libre de toda limitación. Puede aislarse por
la sustitución de lo real por el tejido de sus representaciones
fantasmáticas. Lo dionisíaco, por el contrario, es totalidad que
reintegra la diversidad de formas y niveles de existencia.
En Schopenhauer la voluntad es fuente originaria. Fuerza ciega en
tanto carente de un fin racional. La voluntad de Schopenhauer se
trasforma en el Uno primordial (das Ur-Eine) dionisíaco. En el uno
primordial todo lo posible se concentra. Conviven así en un mismo
seno todas las contradicciones posibles. Y en una postura que el
Nietzsche posterior impugnará en su "Ensayo de autocrítica"
(23), lo Uno aparece agobiado por un extremo dolor. Y para autorredimirse de este
sufrir crea el mundo de las formas y su
"apariencia placentera". El "eterno dolor
primordial" engendra el mundo apolíneo como representación
figurativa, como entramado de formas limitadas. Y frente a la belleza
del universo formal de Apolo, lo Uno siente placer y alivio; lo apolíneo es
una resplandeciente superficie donde el Uno primordial olvida su
propio dolor. Y la apariencia es reflejo de la "contradicción
eterna, madre de las cosas", contradicción que palpita en el
fondo de lo esencial, en el devenir temporal. Y en la relación
complementaria entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Así, "ante
nuestras miradas tenemos aquí un simbolismo artístico supremo, tanto
aquel mundo apolíneo de la belleza como su sustrato, la horrorosa
sabiduría del Sileno, y comprendemos por intuición su necesidad recíproca
"(24).
El fondo de la vida es contradicción, ambivalencia primordial.
Placer y dolor. Creación y destrucción. El placer indecible de lo
extático convive con el dolor ineludible. Tal como lo revela la
pesimista sabiduría del Sileno ante el requerimiento del rey Midas
(25). El griego participa de la sabiduría selénica, en tanto intuye
el rumor continuo del horror socavando cada huella humana. De ahí que
para convivir con lo horroroso, para introducir una distancia aliviadora
entre el horror y la existencia, crea el resplandor del panteón olímpico.
"El griego conoció y sintió los horrores y espantos de la
existencia. Para poder vivir tuvo que colocarse delante de ellos, la
resplandeciente criatura onírica de los olímpicos" (26). Por un
lado es lo "titánico", "lo bárbaro". La Moira
despiadada. El Prometeo del castigo sufriente con forma de buitre. Edipo
y el horror del incesto. Orestes y el matricidio. Y, por otro lado, la
belleza placentera de lo apolíneo. En la creación apolínea del
panteón olímpico interviene Homero, como el "artista
ingenuo" que talla el "espejismo de la belleza", donde
se proyecta la forma superior de los dioses.
Lo real entonces es la unión de la forma y del trasfondo sin forma.
"Apolo no podía vivir sin Dionisos" (27). Y lo real se
expresa en el simbolismo artístico que cobija dos formas del arte y
de los artistas.
El artista apolíneo, "artista ingenuo", es quien
protege la forma y su límite. Es incapaz de atravesar el velo de
maya, la superficie de figuras que flotan sobre la amplitud amorfa de
lo dionísiaco. Es el artista "sujetivo", aún prisionero de
alguna forma; por eso, pierde contacto con lo real no limitado por las
figuras-imágenes. El artista apolíneo es "el escultor
y...el poeta épico, que le es afín", y ambos "están
inmersos en la intuición pura de las imágenes" (28). Frente
a la subjetividad apolínea se alza el arquetipo del artista dionisíaco:
Arquíloco. El "belicoso servidor de las musas salvajemente
arrastrado a través de la existencia" (29). En el horizonte
antiguo, poesía y música se unen. Desde un "estado de ánimo
musical" surge la idea poética, como manifiesta Schiller (30). El
artista dionisíaco, como Arquíloco, experimenta lo Uno primordial,
intuye su trasfondo de dolor, contradicción y profundidad. Y el Uno
primordial se manifiesta en "forma de música". En su
encuentro con lo dionisíaco el artista abandona la subjetividad. Su
sensibilidad no respira ya ceñida al ámbito de la superficialidad de
la forma. Así, "el yo del lírico resuena, pues, desde el abismo
del ser" (31). El artista se distingue por "una visión del
genio". En las condiciones habituales de su existencia, el hombre
proyecta su querer, ambiciona que las cosas se sometan a sus deseos.
No ve lo que es, sino la exteriorización de su propia subjetividad.
La visión del genio, desde una objetividad pura, ve lo que es. El
artista dionisíaco supera el círculo estrecho de la subjetividad
interesada. Deviene un "sujeto del conocer puro" que impele
y barrena las formas, y experimenta el ser abismal.
El artista pleno trasciende la forma, y el querer individual. Es
un medium que reconoce y encuentra el ser desde la creatividad artística.
El artista dionisíaco se fusiona con "el artista primordial del
mundo", y experimenta lo real como bella obra de arte. Por la
creación de la belleza apolínea, el fondo dionisíaco se autorredime. Sólo como fenómeno estético se justifica, se origina y
sostiene la existencia (32).
El artista dionisíaco traspone los muros. Y se reencuentra con
el centro velado del ser. Se encuentra con lo que el griego antiguo
también vivió a través del rito dionisíaco.
En su visión de lo dionisiaco, Nietzsche entiende la
festividad dionisíaca como rito y arte compenetrados. El centro de la
adoración del dios del vino y el éxtasis es una forma artística,
apolínea y, a la vez, rito, zona de tránsito hacia la divinidad. La
forma ritual dionisíaca es la tragedia que, en sus orígenes, es
coro, comunidad de coreutas-sátiros que cantan un ditirambo al dios
que vuelve. Como señala Walter Otto, Dioniso es divinidad singular,
que se diferencia de los otros dioses olímpicos por su condición de
dios nómada, errante, viajero y enloquecido. En la versión clásica
de su mito, Dioniso nace del muslo de Zeus, luego de la muerte de Sémele.
A la llegada a su edad viril, Hera lo enloquece como acto de venganza.
Desde entonces, el dios deviene viajero. Recorre normalmente los límites
del mundo conocido. Regresa en primavera por tierra, desde el norte,
desde Tracia; o por mar. Los coreutas le cantan al dios que vuelve
luego de su desmembramiento y renacimiento. El ditirambo recrea la
versión órfica del mito, donde Dioniso nace en el Hades, fruto de la
unión de Zeus y Perséfone. En el mundo de la superficie es
perseguido por los titanes. El dios entonces manifiesta uno de sus
rasgos esenciales: la metamorfosis. El prolífico cambio de formas. En
su huida, el dios adquiere diversas formas animales: macho cabrío,
serpiente, pantera, toro. Cuando adquiere su aspecto taurino, es
capturado y despedazado. Los titanes hacen su banquete. Cocinan y
comen los restos del ser divino. Sólo sobrevive el corazón. Zeus y
Atenea lo resucitan. En la interpretación filosófica del joven
Nietzsche el momento del descuartizamiento significa el dolor de la
ruptura de la unidad, y el origen de la vida en la multiplicidad, en
la pluralidad de los individuos encerrados en sí mismos. El
renacimiento del Dios significa el restablecimiento de la unidad
amorfa. El goce de la vida que fluye indivisa entre las partes del
mundo. En el ditirambo se canta a la deidad resucitada que regresa e
infunde nueva vida en la naturaleza. El integrante del coro deviene sátiro.
Ser mitológico, híbrido, mitad macho cabrío, mitad humano, en
excitación instintiva continúa, que es parte de la cohorte del dios
que, en su carro impulsado por panteras, recorre los márgenes del
mundo antiguo. Con la identificación del coreuta con la figura mítica
del sátiro, comienza el salto hacia una experiencia de lo primario.
Donde ocurre el fenómeno dramático primordial. Una trasformación mágica:
"el entusiasta dionisíaco se ve a sí mismo como sátiro, y como
sátiro ve también al dios, es decir, ve, en su trasformación, una
nueva visión fuera de sí..." (33). Por el rito, que es
fiesta y cántico coral, el dionisíaco se une con la divinidad, en el
momento del éxtasis, en su salir fuera de sí. En el canto de lo apolíneo,
el de las vírgenes que avanzaban solemnes hacia el templo de Apolo,
el yo no estalla. Persiste en su identidad, en su recuerdo de sí. Por
el contrario, en la acción coral dionisíaca, el sujeto se reúne con
el fondo abismal de la existencia. Y como ocurre en toda fiesta
inscrita en el horizonte arcaico, lo festivo es regreso al caos
primordial, a la fuente o matriz donde todas las posibilidades están
entrelazadas. En lo festivo, lo caótico que regresa suspende
temporariamente la individualidad, y también las jerarquías
sociales, el orden de lo cotidiano, la repetición de las costumbres.
Y en este estado, "una muchedumbre entonces se siente mágicamente
transformada", y dentro de este medio colectivo enfervorizado,
"el coro ditirámbico es un coro de trasformados" (34).
Sólo luego lo trágico, como comunicación con la presencia
absoluta de lo dionisíaco, devendrá drama como representación
teatral en la tragedia clásica, mediante la exacerbación del
elemento apolíneo del dios identificado con una máscara, y su diálogo
con diversos actores (35). Esta mutación abre luego un proceso
gradual de la decadencia de lo trágico originario, cuyo extremo es
Eurípides,
donde en la tragedia, que ya es representación, el hombre adquiere
una importancia sobredimensionada. Bajo la influencia socrática, y aún
más del humanismo sofístico, los caracteres humanos, la bruma espesa
de sus conflictos, se convierten en el eje axial del drama. No importa
ya el salto a lo divino, sino la autorrencialidad del sujeto.
Antropocentrismo que devora lo trágico y lo despoja del instante de
encuentro extático con una totalidad no conceptual. Decadencia del
teatro, en el joven Nietzsche con afinidades a la crítica del teatro
en Artaud (36).
Junto a Dioniso, es Heráclito es el otro gran exponente de un pensar
trágico que exalta la multiplicidad dentro de la corriente universal
del devenir. Poco después de Die Geburt Tragodie, en La filosofía en
la época trágica de los griegos (1873), Nietzsche no reprime su
fascinación por el pensador de Éfeso. Los filósofos anteriores a Sócrates
y Platón son los "filósofos trágicos". Nietzsche piensa más
en la grandeza de sus personalidades antes que en la verdad de sus
sistemas. Dentro de los presocráticos, Heráclito es el que piensa lo
real como devenir, como pólemos u oposición entre opuestos
complementarios; es quien intuye el fluir vital como juego. "El
juego de Zeus". El fuego, símbolo del logos en Heráclito, juega
en la oscilación entre la creación y la destrucción. El juego es
"inocente", por no reposar en ninguna finalidad moral. Y
como reza el aforismo 52 heraclíteo de la recopilación de Diels:
"El tiempo cósmico es un niño que juega quitando y poniendo las
piedras; el reino del niño" (Aion pais esti paizon, petteuon;
paidos he basileie). El devenir en Heráclito y Nietzsche danzan con
un mismo ritmo. Pero su oposición o contradicción nunca es superada
en un abismo sin multiplicidad o en una dialéctica como la hegeliana.
En Hegel, los opuestos son parte de una necesaria particularización y
autodesarrollo de la Idea o Espíritu Absoluto. Pero el destino de los
opuestos es la superación dialéctica dentro de una racionalidad
universal que actúa como una gran identidad que todo lo integra,
reconcilia y armoniza. En Nietzsche, los opuestos necesitan su
renovación. No su superación.
La decadencia de lo dionisíaco es negación de la vida como fértil
juego de oposiciones y contradicciones. Y también es desvanecimiento
de la experiencia pagana del mundo.
Nietzsche se autoproclama como "pagano confeso" (37). La
profesión de fe pagana es antídoto contra lo decadente de religiones
como el cristianismo o el budismo. Y el dios de la metamorfosis, de
los sátiros y ménades, es el centro de la apertura pagana a la
existencia: "Nietzsche reúne lo esencial del paganismo bajo un símbolo
que, como tal, domina e ilumina la historia juzgándola, aunque no se
perciba que tome alguna figura de ellas: el de Dioniso; pues este símbolo
no designa desde luego la vanidad particular ni un culto histórico,
sino una manera de identificarse con el principio de la vida "
(38). Lo pagano dionisíaco es esencialmente el decir sí a la vida,
su aceptación gozosa, aun en su dolor o vacío. Es frescor salvaje
frente al resentimiento del cristiano ante la vida terrenal. Nietzsche
se llama a sí mismo el "ultimo discípulo del filósofo
Dioniso" (39). Y estima que: "Yo fue el primero que, para
comprender el instante helénico más antiguo, todavía rico e incluso
desbordante, tomé en serio aquel maravilloso fenómeno que lleva el
nombre de Dioniso: el cual sólo es explicable por una demasía de
fuerza" (40).
A diferencia de los dioses que, según Ditoma de Mantinea en el
Symposium, no filosofan, Dioniso es un "dios filósofo"
(41); es dios "problemático" porque habla de forma sigilosa
y lateral a los oídos. Conserva así un resabio de enigma, de
oscuridad impenetrable. Y, en su filosofar, el conocimiento que se abre
es la antípoda de cualquier forma de saber proposicional. Su
conocer de lo real es exaltación de las fuerzas activas. Veneración
pagana de la superabundancia. Que derrama salud. Y la fascinación
ante la riqueza sensible del mundo. La inmersión en el devenir. Como
desborde creador.
Tercer movimiento: la negación y los dos cristianismos.
Dioniso y lo pagano abren a la realidad como movimiento vital. Pero ya
en la Grecia antigua el sí del paganismo dionisíaco comienzan a
callar. Y, desde la antigüedad, el cristianismo es su gran enemigo.
En la tesis básica de Nietzsche el único cristiano es Jesús, el único
que realmente encarnó la novedad, la Buena Nueva, una nueva forma de
existencia. El reino de los cielos en el mundo interior y en la vida
de los hombres. Jesús como el único cristiano verdadero muere en la
cruz, y por lo tanto el cristianismo se extingue en los maderos
sangrantes. Jesús se opone a la tradición judía de la ley. Es el
que trae un existir fincado en la ingenuidad, en una espontaneidad que
regresa a la sensibilidad infantil. El cristianismo originario no
consiste en la predica de valores rígidos, en la amenaza de castigos
divinos, en la obediencia a estatutos o leyes ancestrales. La forma de
vida que trae Cristo se basa en la expansión amorosa y bondadosa
hacia el prójimo y hacia el mundo. Es un tipo de existencia no
contaminada aún por el dogmatismo. Ni por la especulación teológica.
Jesús colisiona con las exterioridades judaicas vinculadas con el
culto, con el formalismo litúrgico. Jesús es la negación de la
actitud moralizadora. La actitud que reduce el misterio del mundo a un
valor eterno, moral. Que se repite y debe ser cumplido y seguido. La
modalidad vital de Jesús sólo alcanza su legitimidad en la acción,
en el modo cómo se vive, no en el discurso, no en una exigencia
moral, no en un mundo diferido al más allá. La vida auténtica se
consuma en la tierra y en el vínculo intersubjetivo; o en una
interioridad que se abre al hálito de la espontaneidad y la bondad.
En su diferenciación entre Jesús y el cristianismo histórico,
trazada en El anticristo, el mensaje del que padeció martirio se
opone a la Iglesia y su trama de jerarquías, sacerdotes y teólogos
(42). Jesús actúa como el buen y el libre mensajero del amor, la
reconciliación y la compasión, no de la Iglesia como institución-poder,
como estructura de coacción espiritual. La doctrina crística genuina
será desvirtuada para colocar en su lugar la amenaza del castigo. La
espera de una justicia como venganza. El genio del odio.
Y Nietzsche lee la La vida de Jesús de Renan. Renan no
piensa a Jesús como presunto hijo único de Dios, sino como ser
humano que plasmó en su vida una psicología particular. Renan hace
hincapié en un Jesús como héroe y genio. Para Nietzsche estas dos
condiciones, esos dos atributos, no entienden la verdadera
personalidad de Jesús en un nivel psicológico. Jesús no es héroe o
genio, sino que, por el contrario, es "idiota". Pero esta
palabra hay que entenderla en función a la influencia sobre Nietzsche
de El príncipe idiota de Dostoyevski. Aquí, la idiotez no es mengua
de la capacidad intelectual. Lo "idiota" se asocia con un
exceso de bondad, con una predisposición constante de un individuo a
intervenir en pos de la reconciliación, del amor, de la disminución
de los conflictos, de las enemistades y el odio. La aceptación de la
muerte de Jesús en la cruz es afirmación ingenua y constante de
aquello que lleva a la plenitud y a la superación del odio. La
ingenuidad superlativa se entronca a su vez con un regreso espontáneo
de Jesús a ciertos perfiles de la vida infantil, y a una incapacidad
para pensar al enemigo, a aquel capaz de distorsionar la grandeza de
su mensaje. La "buena nueva" es, en definitiva, la vida
eterna como reino interior y la condición de todo hombre como hijo de
Dios (43).
Otra de las fuentes que construyen la imagen nietzscheana de Jesús
como individualidad excepcional donde el cristianismo tuvo su única
expresión sin continuación, es Mi religión, de Tolstoi. El autor de
Ana Karenina defiende un cristianismo originario. Que estuvo
precisamente representado por Jesús; y que luego fue deformado por
las jerarquías eclesiásticas de la Iglesia y por la red de dogmas
que asfixiaron el mensaje crístico. En su visión de Cristo, Tolstoi
supone que el verdadero cristianismo es esencialmente una vía de acción
social. Una ética relacionada con el arte y la compasión (44).
Antes de apreciar la radiografía crítica del cristianismo paulino es
oportuno aludir al contraste que Nieztsche traza entre budismo y la
actitud cristiana. El budista padece fatiga. Está cansado de sufrir.
Crea entonces un modo de vida para superar ese dolor. Y para aspirar a
una suerte de placer definitivo e impersonal en el Nirvana. La extinción
definitiva del ego, la disolución en la sustancia absoluta del Parabrahmán. Los budistas, hombres tardíos, con una historia de largo
sufrimiento, buscan la liberación del dolor mediante la paz. La
mansedumbre. La serenidad. El budista construye así una dietética
que persigue la liberación del sufrimiento, la merma de lo sufriente.
Pero la búsqueda de la paz en el budista, la emancipación del sufrir,
no es rebelión contra la vida plena, sobreabundante y exaltada. Y aquí
pulsa la gran diferencia con el cristianismo sacerdotal o paulino, lo
cristiano triunfante en el espinazo de la historia. Pablo, arquetipo
del sacerdote cristiano niega la vida plena. Elude la vida desbordante
por incapacidad para acompañar su exigencia creadora y altura.
Sustituye lo vital abundante por una abstracción. Por la falsa
promesa de la vida feliz en el más allá. El cristianismo paulino, y
su concepto de Dios, se solivianta contra la vida real por
resentimiento, por el odio, la venganza y el rencor del hombre enfermo
y descendente contra el hombre superior y su salud y belleza que dice
sí a la vida. La supuesta espiritualidad elevada del cristiano es
rebelión y resentimiento, negación de la vida. Es la nada puesta en
lugar de la riqueza de este mundo (45).
Pablo es entonces el gran inventor del cristianismo histórico, muy
distinto del cristianismo originario representado por Jesús. La
primera gran invención de Pablo es la doctrina de la resurrección.
En la "Primera carta a los Corintios" (15, 16,17) Pablo
afirma "Porque si los muertos no resucitan, tampoco resucitó
Cristo. Y si Cristo no resucitó, ustedes no pueden esperar nada de su
fe y siguen con sus pecados". Si Cristo no resucitó no se puede
esperar la salvación. La fe perdería su objeto. Sería un jardín
sin flores. Toda fuerza salvífica y redentora de los pecados se
desvanecería. Entonces, la única esperanza para la liberación del
pecado y el sufrimiento, para alcanzar la bienaventuranza que
supuestamente trae Jesús, es aceptar la resurrección y, por lo
tanto, la vida eterna en el más allá. Pero esa resurrección, según
Nietzsche, es una falsa doctrina que Pablo le endilga a Cristo. No
surge de las enseñanzas del que pronuncia "El sermón de la
montaña".
Y en la construcción paulina, es necesario intensificar la voluntad
servil, el sentimiento de rebaño, a fin de propiciar la entrega o
sometimiento del cristiano al Salvador, y a sus representante. Así,
"como el hombre es un prisionero, tiene necesidad de un
liberador" (46). El salvador es también ahora el Hijo de Dios
que amenaza con el castigo. La fe se convierte en exigencia. Es la única
vía para escapar de una existencia terrena estigmatizada como prisión.
Cuarto movimiento: muerte de dios y espíritu libre.
La emancipación del hombre depende de la superación de la metafísica
lítica, de la sustitución de lo real por la representación fantasmática,
y de la decadencia cristiana. Es entonces necesaria la proclamación
de la muerte de Dios. Apoteótico anuncio fúnebre que ocurre en el
aforismo "El loco" de La gaya ciencia.
El loco es capaz de negar la noción de un Dios eterno; pero es
impotente para trascender la divinidad impugnada mediante la creación
de nuevos valores. Por eso, pertenece a una estirpe humana particular: la del ateísmo reactivo. Tanto
él como los incrédulos
que se burlan de sus primeras proclamaciones se hallan impregnados por
ese paradójico ateísmo que provoca la tradición cristiana. Lo
cristiano se autopercibe como certeza absoluta, como fuerza
trascendente que rompe con los límites de lo humano, y que expresa la
máxima plenitud. En la visión nietzscheana, lejos de eso, el dios
cristiano es ateísmo disfrazado. Es destrucción de lo divino como
una fuerza afirmadora. Es nada emperifollada de oropeles fastuosos. El
nihilismo reactivo que anida en el corazón de ese dios de la tradición
judeocristiana es recibido por sus herederos, por el exaltado, el
loco, y los incrédulos, los ateos que se mofan de él. Ninguno de
ellos puede sostener ya la creencia en el dios que su propia tradición
les ha entregado. No es posible creer en una divinidad que late
demasiado lejos de la evidencia de la vida como movimiento, de la
vitalidad instintiva y la belleza de este mundo. El dios cristiano
niega el verdadero lugar de lo divino porque está atravesado por la
potencia de lo reactivo. Lo reactivo como busca de la inmovilidad; la
busca de la seguridad y la promesa de un placer definitivo, que niega
la realidad como continua alternancia de placer y de dolor.
Y la deidad cristiana es falsa también porque depende del
asentimiento humano. El dios que emerge en la tradición
judeocristiana necesita del hombre. El exaltado, el loco asegura:
"nosotros lo hemos matado". Es decir, la acción de la
muerte de dios es un acto grupal. Un asesinato colectivo que
involucra un estado general de la historia, del presente, del propio
tiempo de Nietzsche, que ya no puede aceptar ese dios heredado del
cristianismo. Pero: ¿qué clase de dios es aquel que puede ser
asesinado por los hombres? En el fondo, si los hombres pueden asesinar
a dios es porque ese dios fue creado por ellos. Y para expresar el
porqué de la falsedad de un dios dependiente del asentimiento humano,
Nietzsche se pregunta en el aforismo "Demasiado oriental" de
la La gaya ciencia: "¿Conque un dios que ama a los hombre a
condición de que crean en él, lanza miradas y amenazas terribles al
que no siente fe en su amor? ¿Conque un amor con estipulaciones es el
sentimiento del dios omnipotente? ¡Un amor que ni siquiera se sobrepone
al punto de la honra y la venganza! ¡Qué oriental es todo esto! La
frase ‘si te amo, ¿ a ti qué te importa?, ¿qué tienes tú que ver en
ello?' basta para hacer la crítica de todo el cristianismo"
(47). Un dios que dependa del amor de los hombres es divinidad
ilusoria. Y es una ilusión "demasiado oriental" porque lo
cristiano es derivación del judaísmo que, en la perspectiva nietzscheana, representa al Oriente.
Los únicos dioses aceptables para la demolición nietzscheana son los dioses de
Epicuro. Epicuro, heraldo de un hedonismo refinado. El ideal más
noble que puede cincelar la vida humana es la vida feliz. La búsqueda
de un elevado placer no debe confundirse con los placeres corpóreos más
inmediatos, sino con la sutileza del placer intelectual. Cuya cima es
la tranquilidad del alma y la contemplación. Y Epicuro entiende que
para que el hombre pueda vivir en pos del pináculo de lo placentero
debe liberarse antes de sus temores. Una de las grandes fuentes que
atemorizan y perturban y, por lo tanto, obliteran la vida feliz, es el
temor a los posibles castigos en el más allá dentro de un mundo de
dioses que observan y castigan. Entonces, para liberar a los hombres
de la interdicción divina, Epicuro asegura que los dioses existen en
un plano muy lejano de nuestra vida terrestre. Los dioses no se
preocupan por los asuntos humanos (48). La única divinidad aceptable
es aquella que no incide coactivamente sobre el aliento humano, y que
tampoco necesita de la aprobación humana. Entonces, el dios que muere
es la falsa divinidad que la astucia cristiana creó con la pretensión
de fundarse en la acerada dureza de los valores permanentes e
inmutables.
La falsedad del viejo dios que muere se superpone sobre la sacralidad
de la naturaleza que el paganismo celebra. Con el dios que muere
perece también una interpretación de lo vital que niega la
sobreabundancia solar, la lejanía del espacio y su horizonte, el
devenir de las aguas hacia nuevos puertos o posibilidades: "Pero,
¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién
nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después
de desprender la tierra de las cadenas de su sol?" (49). Con la
muerte de dios muere la anterior negación de la inclusión humana en
lo terrestre y su fértil vínculo con el sol; y se recupera la simbólica
arcaica de la creatividad solar y la movilidad o devenir de lo líquido.
En términos históricos, la divinidad cristiana es el silenciamiento
de la religiosidad antigua, de Dionisos y su éxtasis, de Pan y su
libre sensualidad; es negación de la sacralización de la materia y
su multiplicidad polimorfa.
La muerte del dios urdido por la astucia sacerdotal paulina debe
suponer entonces la recuperación de lo antes negado. Las
"primeras consecuencias" de este proceso provocan que
"nosotros los filósofos, los espíritus libres, ante la nueva de
que el Dios antiguo ha muerto, nos sentimos iluminados por una nueva
aurora; nuestro corazón se desborda de gratitud, de asombro...el
horizonte nos parece libre otra vez, aun suponiendo que no parezca
claro, nuestras naves pueden darse de nuevo a vela y bogar hacia el
peligro; vuelven a ser lícitos todos los azores del que busca el
conocimiento; el mar, nuestra altar mar, se abre de nuevo en nosotros,
y tal vez no tuvimos jamás un mar tan ancho" (50).
La muerte de Dios es salto hacia la libertad. Ante la verdad eterna,
el hombre permanece postrado bajo su luz petrificante. Lo adorado y el
adorador comparten una recíproca inmovilidad. La caída del cielo único
devuelve la visión de la inmediatez terrestre, la distancia aún
incognoscible del horizonte en su lejanía. La nueva aurora ya fue
vislumbrada por Nietzsche en Humano demasiado humano, en su último
aforismo, "El viajero", donde el hombre emancipado de los
errores de la metafísica de la presencia renace como espíritu libre.
Ahora, el liberado, ya no juzga ni condena. Es un "buen
temperamento" que no se somete a la verdad absoluta de la tradición
metafísica o religiosa. Es nómada que viaja libre y ligero luego de
expulsar la pesadez de la verdad de la anemia inmóvil. Es ahora sed de exploración.
Nomadismo. Valeroso navegante en un peligroso mar abierto que se
extiende hacia puertos inéditos. El hombre antes eterno habitante de
lo mismo, es trashumancia hacia la sorpresa y la alteridad. Por eso,
ahora baña su rostro con las aguas salitrosas y salvajes de un
"nuevo infinito", como reza el aforismo 374 de La gaya
ciencia. El mundo no es ya monadológico. Es ahora "universo
perspectivístico", abierto a diversas proyecciones humanas de
sentidos, angulaciones ópticas. Interpretaciones. Perspectivas de una
realidad de perfil invisible, o del torso que siempre se desvanece en
la niebla de lo inasible. Así "el mundo se ha vuelto por segunda
vez infinito para nosotros, por cuanto no podemos refutar la
posibilidad de que sea susceptible de interpretaciones infinitas"
(51). Lo real resurge como amplitud inconmensurable. La inagotable
fecundidad de los escorzos de una recuperada realidad poliédrica es,
a la vez, restitución de lo real como espacio sacralizado. Como vida
misteriosa. Diseminada. Que siempre puede ser entrevista desde nuevos
ángulos, o formas de interpretación. Ninguna posibilidad es la última.
La variedad calidoscópica de lo vital no puede ser emplazada
nuevamente bajo el dominio de un nuevo dios, de un Dios personal, que
encubre la proyección de la propia conciencia humana. Luego del
colapso del viejo dios, la realidad es lo desconocido. Pero lo
desconocido no debe ser nuevamente personalizado; no debe ser
interpretado, "en el antiguo estilo", como der unbekannte
(el desconocido) sino como das unbekannte (lo desconocido). Lo
desconocido sin sujeto, sin universal conciencia señorial o
dominadora, es lo real como abismo, como fondo dionisíaco inagotable.
Que demanda la aproximación desde cambiantes perspectivas humanas.
Pero el real abismo, el devenir de lo desconocido, nunca puede ser
poseído. Porque: "El valor mata incluso el vértigo junto a los
abismos; ¡ y en qué lugar no estaría el hombre junto a abismos! ¿El
simple mirar no es mirar abismo?" (52).
Sexto
movimiento: tierra y creación, levedad y retorno.
Arde la corona del sol. La cúpula es acribillada por la espada de
luz. El águila vuela con inocencia salvaje. Vuela en el reino aéreo
sin dueños. De la grieta surge la serpiente. Y el solitario
despierta. Camina sobre la cumbre. Recibe el saludo del rey solar y de
sus animales. Proyecta sus latidos hacia el llano. Adivina una
muchedumbre que espera una nueva palabra. Una década permaneció
dentro de la atalaya de la soledad. Es tiempo de remover murallas y
construir puentes. Y anunciar un rayo entre los penachos tornasolados
del crepúsculo...
El Zaratustra de Nietzsche se mimetiza con el lenguaje religioso
y el rol del predicador de nuevas verdades. Las expresiones de
inspiración bíblica son profusas. El Zaratustra histórico fue un
creador de religiones (53). El zoroastrismo exuda un dualismo
moral y ontológico. El ser se halla desgarrado por el conflicto entre
el bien y el mal. El Zaratustra nietzscheano se libera de la trampa
dualista. Ahora es vocero de lo que está más allá del bien y el
mal. Entre los discursos y enseñanzas de Zaratustra crece también
una pretensión mesiánica y pedagógica. Zaratustra anuncia la
llegada futura de una figura más elevada de humanidad. Pero para
vivir bajo el resplandor de esta refundación antropológica es
necesaria una pedagogía de la transfiguración. La palabra filosófica
así es no sólo despliegue de una nueva cosmovisión, sino también
de un camino de autorrealización del sujeto.
La realización, el ser en lo real, supone trascender la
existencia espectral. Zaratustra denuncia al hombre malogrado, al último
hombre (mensch) como híbrido de planta y fantasma. Su cuerpo no
supera el determinismo biológico. Su pensamiento es abstracción
encerrada en sí misma. La subjetividad no realizada, a su vez, es
aquella que repite un valor, sin innovación. Sin una nueva creación.
El pasaje de la desrrealización a la realización exige primero
recuperar el "camino del creador". En la tópica de
Zaratustra este proceso es jalonado por tres momentos simbólicos. Por
tres transfiguraciones. El hombre es primero camello, sujeto paciente,
que sufre el peso acumulado de las tradiciones, los mandatos y
prohibiciones. Con el signo de la resignación, el animal de la joroba
atraviesa el vacío desértico. Repite sin cambios un orden
clausurado. La rebelión estalla por el brío leonino. Con sus
rugidos, el león acribilla la pasividad. Quiere otra existencia. La
libre modificación de los valores. El salto hacia la transvaloración,
hacia la continua ruptura de las viejas tablas y la creación de
nuevos sentidos. Pero la energía leonina no puede crear las nuevas
perlas del valor. Y recibe la amenaza del dragón, en cuyas escamas
brilla el mandato del "tú debes". Demanda del regreso a la
eticidad kantiana del actuar por deber, a la ley moral y el imperativo
categórico, donde la ética es principio racional que manda de
forma absoluta. Y el león disuelve su impotencia en la
alternativa del niño. El niño es olvido de sí, regreso a la
inocencia y azar del devenir. Recuperación del frescor creador (54).
La niñez es mutación de la pasividad (camello), y del querer
impotente (león), que propicia el advenimiento de una creatividad sin
obstáculos. Es el inicio del camino del creador y, por tanto,
escalera hacia el superhombre. El ubermensch es fidelidad a los
sentidos de la tierra y el cuerpo. El cuerpo no es ya apéndice mecánico
y pasivo de la mente, como en Descartes, para quien el pensamiento es
la esencia humana plena. Para Zaratustra, la corporalidad no es
efecto, sino causa del alma, el yo, la razón. El cuerpo es el
"sabio desconocido", y el yo es su "juguete" (55).
El cuerpo es fuente de la conciencia. El cuerpo es a su vez emanación
o plegamiento de lo terrestre. Así, "no somos por el espíritu y
la libertad miembros de un reino espiritual, somos total y plenamente
tierra" (56). Y la tierra no es magnitud o extensión
cuantificable. No es lo terrestre cognoscible por la ley científica;
no es "algo meramente existente", es "lo que hace
surgir todo de sí, con el sueño de todas las cosas, como el
movimiento de la producción, del que surge la existencia múltiple,
individualizada y limitada y adquiere perfil, figura y
consistencia" (57). La tierra es entonces "poder
creador", poiesis. La creatividad no es atributo humano
exclusivo. Y la fidelidad a la tierra es integración al ritmo del
devenir creador; es participación en la materialidad como estado
creador, como continua emanación de figuras diversas. El superhombre,
como creador, prolonga la facultad generadora primaria de la Tierra. Y
esta potencia creadora procede a su vez de la voluntad de poderío,
porque "esta vida de la tierra es para Nietzsche la voluntad de
poder. Desde el hombre creador re-piensa Nietzsche la creatividad, la
voluntad de poder de la tierra misma" (58).
De la voluntad de poderío surgen las fuerzas activas y
reactivas. Las fuerzas activas se vinculan con la creación, la
renovación, la constante destrucción de lo viejo, la fertilidad de
lo instintivo y lo corpóreo. Es el territorio del nihilismo activo.
La pulsión que destruye como condición de la intensificación de la
potencia vital. Es el misterio de la vida que busca constantemente la
superación, un ir más allá (59). Las fuerzas reactivas, en cambio,
son las que conservan los valores instituidos, rechazan lo nuevo,
repiten lo aceptado, se desvinculan de lo instintivo y el devenir; son
enfermedad y debilidad. Debilidad del ascetismo cristiano y de los
viejos filósofos que reducen lo real a lo pensado. Todo surge de la
voluntad de poderío, tanto el movimiento de afirmación como de
negación de lo vital. La voluntad de verdad de los sabios también
emana de ese centro genésico. Desde Parménides, el filósofo quiere
que el ser sea pensable. Desea la integración entre ser e intelecto.
Hegel y su fenomenología del espíritu. Esta ilusión del filosofar
tradicional se divorcia del núcleo sobreabundante de la voluntad de
poderío, del devenir como energía creativa, en libre circulación, y
ajena a toda determinación racional concluyente.
En el Symposium platónico, el deseo es búsqueda de lo que se
carece, estrategia para obturar una falta o ausencia. El filósofo es
el que busca la sabiduría de la que en principio carece. Pero lo que
impele lo deseante, la voluntad de poder, no es falta sino superabundancia. El desborde vital que reclama que cada hecho o figura
se repita en una potencia indefinida e inagotable. Una repetición que
no es reinstauración de lo agotado, de lo enclaustrado en una
reiteración sin variantes. La repetitividad que afirma el impulso
sobreabundante. Que vuelve una y otra vez como eterno retorno.
En Ecce homo, Nietzsche recuerda una caminata reveladora. En
diversos momentos insiste en que el pensar genuino brota al caminar al
aire libre. Al deambular a orillas del lago Silvaplana, lo visita su
pensamiento más esencial: el eterno retorno. El caminante pretende
recuperar una experiencia antigua, premoderna: la inspiración (60). Y
también, sin reconocerlo, el pensador moderno revive el tiempo
circular arcaico. Una omisión que sorprende a Borges (61). El eterno
retorno se manifiesta por primera vez en el aforismo 341,"El peso
más formidable", en La Gaya ciencia. El demonio exige al hombre
una decisión, que es a la vez un medio de selección para la vida
ascendente o sobreabundante. "¿Qué actitud se tendrá al saber que
todo volverá una y otra vez, con sus enjambres de placer y
sufrimiento? (62). Ante esta revelación, el hombre de la "gran
salud", dice sí a la repetición. Con alegría, acepta la vida
en su darse como destino, como amor fati.
El eterno retorno, primero dinámica ético moral, se amplia luego en
términos cosmológicos. Zaratustra se embarca. Se convierte en
viajero. Sabe que la verdad que trae el superhombre será recibida sólo
por algunos pocos. Por una minoría del futuro. Por los "señores
de la tierra". En la tensión del riesgo, de la audacia, fulge el
inicio de la revelación. Por eso, Zaratustra elige a los marinos
ebrios de enigmas, para anunciarle su visión, su "pensamiento más
profundo". En alta mar revela las imágenes visionarias.
Zaratustra asciende por la ladera de una montaña. Sobre sus hombros
pende un enano, mensajero de la pesadez, quien lo exhorta a detenerse
y volver. Porque lo que se eleva está destinado a caer. Y adelante
aparece un portón, el instante, donde convergen dos calles, la del
pasado y la del futuro.
En una situación paradojal, es el enano el que le revela al
visionario que: "todas las cosas rectas mienten. Toda verdad es
curva, el tiempo mismo es un círculo" (63). El presente es el pórtico
donde se concentra la eternidad de lo que vuelve y se repite sin fin.
El regreso interminable al punto de partida, al inicio de la rueda
circular. La calle del tiempo que se extiende hacia el pasado es
infinita. Por lo que todo posible acaecer ha ocurrido ya. Es reiteración
de lo que siempre retorna desde lo pasado. El tiempo pretérito es
infinito. Pero los hechos que se engarzan en su decurso son finitos. Por
lo que los hechos finitos vuelven una y otra vez, al instante de lo
presente. La reiteración no es mecánica. Cada hecho que reincide se
renueva. Se hace presente con nueva intensidad. La eternidad del
eterno retorno transcurre dentro del tiempo. Es sucesión inmanente.
La eternidad que gira y vuelve en la circular sucesión temporal es afín
al eterno logos heraclíteo que fulgura en el devenir; es la intuición
que contradice la trascendencia de la eternidad en Parménides o el
platonismo.
El saber sobre el retorno es efecto de la visión, del rapto
inspirado, de la visita de una profundidad latente. El pensamiento más
abismal nada debe al deducir, al razonar. Llega por el destello de una
visión, no por la gradual deducción de los peldaños de un pensar
lógico y discursivo. Y este saber es
padecimiento. Luego de la comprensión del eterno regresar, Zaratustra
permanece siete días postrado en su cueva. La voz vital y primaria de
los animales lo auxilia para superar su convalecencia. Para recuperar
el mundo abierto y aceptar el propio destino. Pero la relación
retorno-padecimiento se desnuda primero en la última fase de la visión
de Zaratustra. Luego de la aparición del portón del instante y sus
dos calles, Zaratustra ve un perro, y cerca un misterioso pastor. Una
serpiente se hunde en su garganta. El mensajero del retorno lo conmina
a morder y a escupir al intruso. Así lo hace. Y el que antes padecía,
ahora ríe. Es un transfigurado. Es el que puede danzar. Entonces,
"el superar, el resistir y la idea del eterno retorno, produce la
transformación de toda seriedad y de toda pesadez en la ligereza, en
la sobrehumana ligereza de la risa" (64).
La superación del padecer es alquimia purificadora. Inicio
definitivo del camino hacia el superhombre. El superhombre es ahora
levedad. Ruptura de las viejas tablas para consumar la transvaloración,
el ir mas allá de los últimos valores-leyes en beneficio de nuevas
tablas. Que luego serán de nuevo vulneradas para propiciar una nueva
creación. Y el superhombre que nace luego del padecer del retorno
posee la "voluntad del ocaso"; como el sol, siempre desea
hundirse en la distancia, para morir y renacer. Es la voluntad del
gran anhelo. La voluntad que siempre quiere ir a lo lejano es expansión
hacia "el contorno de todos los contornos" y la gran
"campana azul" (65). La danza del espíritu liberado no se
consuma en un lugar particular, sino en todos los lugares. La
levedad es expansión hacia la amplitud del espacio, y recuperación
de un estar en lo terrestre.
Y la flecha del gran anhelo siempre vuela hacia la arena virgen,
hacia las sutiles iridiscencias de las
playas todavía no visitadas.
Séptimo movimiento: romanticismo, la música,
lo animal y el enigma.
Es imposible el regreso sin cambio. La identidad absoluta
de lo mismo es una posibilidad del discurso. Pero no una cristalización
de lo real. Desde una voluntad de reinvención, Nietzsche proyecta su
gran anhelo hacia lo futuro. Pero su progresión es también regresión.
No como osificación en el sueño de un pasado mejor, sino como
interacción dialéctica entre lo antiguo y lo moderno. En El crepúsculo
de los ídolos, en "Lo que debo a los antiguos", Nietzsche
celebra diversos rasgos de la antigüedad, que su pensamiento pretende
asimilar. En el estilo, se declara admirador y continuador de Tucídides
y Salustio; en la visión de la realidad sobresale, como ya
sabemos, la celebración pagana de la existencia terrestre y sensorial
(66). La lectura revalorizadora de los antiguos fosforece ya antes en
la exégesis romántica del mito. En 1800 Schelegel, en su Alocución
de la mitología, exalta el relato mítico como liberación de la
fantasía, como regreso a un caos creador, y salida de la cárcel lógico-racional
(67). El mito es narración sobre lo real más potente que el
lenguaje matemático y la explicación del sistema filosófico. Moritz,
Herder o Schelling coinciden en una valorización de la palabra mitopoética
(68).
Ya en El nacimiento de la tragedia, Nietzsche
piensa que, si a toda cultura "le falta el mito, pierde su fuerza
natural sana y creadora: sólo un horizonte rodeado de mitos otorga
cerramiento y unidad a un movimiento cultural entero" (69). La
extinción de la vitalidad creadora por el colapso de lo mítico
engendra las abstracciones del Estado y de un pensamiento
clasificador, erudito y alejandrino, que se asfixia en su propia
clausura. La desintegración del mito aleja al hombre de las fuerzas
vitales y creadoras, por lo que, entonces, se repliega en sus imágenes
abstractas, en "costumbres abstractas, el derecho abstracto, el
Estado abstracto". A su vez, la pérdida de la vida como fuente
creadora alimenta un desaforado consumo consolador de lo histórico.
En Sobre las ventajas o desventajas del estudio de la historia,
Nietzsche ya distingue un uso "anticuario" de la histórico
donde el pasado se conserva y atesora como recuerdo desligado del
presente o el futuro (70). La pasión por lo pasado es propia del
"hombre no-mítico" moderno, quien "está eternamente
hambriento, entre todos los pasados, y excavando y revolviendo busca
raíces, aun cuando tenga que buscarlas excavando en las más remotas
antigüedades" (71).
Las afinidades de lo romántico y lo nietzscheano
superan lo mítico-arcaico. En la welschaustang romántica reina
la unidad de la realidad. Un monismo filosófico. Para los románticos
"la naturaleza es...un organismo animado y no un organismo
divisible en sus diversos elementos" (72). La realidad es una. Es
energía en constante devenir y mutación. "La vida es la única
realidad y el movimiento eterno se identifica con lo divino"
(73). Lo real como unidad se infunde en los individuos; entonces, lo
que "posee de vitalidad el individuo en cuanto tal lo toma de la
vida universal" (74). La concepción de lo uno pertenece también
a la sabiduría antigua que el joven Nietzsche relacionaba con la
doctrina secreta de la tragedia (75). Cuando se restablece la intuición
de una totalidad dinámica, el individuo recupera un posible encuentro
con el todo por una vía extática. Baader afirma que "cada
individuo sólo vive en proporción a su proximidad al todo, esto es,
en la media en que un ekstasis lo arrebata a su individualidad
" (76). El éxtasis al que alude el autor romántico abre a lo
visionario, al arrebato inspirador, a una percepción afectiva no
racional del devenir. Salto a la experiencia que prima en el
itinerario nietzscheano: el éxtasis místico-dionisíaco, la
inspiración que dona el eterno retorno, la transfiguración creadora
de la vida.
En el mediodía, la línea de sombra es la más angosta.
La filosofía del mediodía de Zaratustra y la aventura romántica
coinciden en la valorización mítica de la figura del héroe; y también
en concebir a lo infinito como erupción en lo finito, y a la música
como lenguaje primitivo de lo real no sustituible por el concepto.
El héroe es el que protege, el que custodia, con temple
titánico, una abundancia de sentido. El héroe mítico es viajero que
recupera el centro que emana los símbolos de una verdad abismal
(vellocino de oro, Grial, la unión círculo-cielo, el
cuadrado-tierra). Por un camino circular, el héroe regresa al
comienzo. Vuelve con las ánforas saturadas de aventuras, revelaciones
y comprensión. Dice entonces la verdad rasguñada por el
olvido.
En Nietzsche, Zaratustra repite lo
heroico arquetípico. Su mirada afiebrada de tormentas y visiones
entreve la realidad subyacente y definitiva del círculo, del
anillo-tiempo. Parte de la solitaria montaña, se pierde en la otredad
de la plaza pública, pero regresa sobre sí en su periplo solitario,
sólo acompañado por sus discípulos (77). Vuelve para anunciar a los
que puedan escuchar la inminente detonación del rayo del superhombre.
El romanticismo también es fascinación por lo heroico.
Alucinados, los héroes románticos ascienden por las laderas de una
verdad olvidada. Una unidad desmembrada. Pero saben que la cumbre ya
es inalcanzable. El ansia de la visión de totalidad convive con la
certeza de la inminente caída en un vacío sin amanecer. Aquí, lo
heroico romántico es lo épico-trágico que se contrapone a la
heroicidad nietzscheana y su confianza en la transfiguración
afirmativa de la existencia.
En lo romántico, lo absoluto es también estallido de lo infinito en
la finitud. La universalidad de las posibilidades estalla en lo
particular, o en el instante. La obra artística es finitud material y
temporal. Pero en la vastedad de lo físico, en el hombre o en la
obra, ocurre que "al universo, lo mismo que al puesto del hombre
en el cosmos, se aplica la ley de la obra de arte, que consiste en
aprehender la eternidad, pero en el instante; percibir el infinito,
pero en el objeto" (78).
La concentración de lo infinito en la
particularidad enciende la incandescencia de lo individual. Cada
hecho, cada cosa es sitio de reunión de lo amplio o de lo que
Heidegger llama la cuaternidad del mundo en su conferencia La cosa
(79). La totalidad del tiempo, al converger en cada cosa, supone la
eternización del instante. Por eso, "me parece que toda ha
tenido demasiado valor para poder ser tan fugaz...busco una eternidad
para cada cosa...Me consuelo pensando que todo lo que ha sido es
eterno y que el mar lo echa a la orilla " (80). La singularidad
se empapa en la sobreabundancia que rechaza toda fugacidad. No hay
extinción sino perpetuación de lo singular que, al pertenecer al
anillo del eterno movimiento circular, se renueva incesantemente.
La fuerza de una singularidad puede ser finita. Pero su
renovación es infinita. En toda cosa late la transformación eterna.
La variabilidad nunca concluye porque el devenir no posee ninguna
meta. El mundo no tiene un punto de comienzo, "no comenzó a
devenir"; por eso, "el concepto de creación es
sencillamente indefinible, irrealizable" (81). No hay inicio y,
por tanto, un avanzar hacia un fin. La consumación de un télos
último significaría la detención, el desecamiento. La sombra
partida de lo concluido. El movimiento es así sin finalidad ni
conclusión. Cada instante se renueva, y adquiere nuevas formas.
Combina nuevos modos. Se musicaliza. El acontecer del instante se
entrama en un ritmo de reposicionamientos o reconfiguraciones
continuos. La dinámica de lo real es así musical.
La música no es sólo arte autónomo. Es proyección del ser.
La música despliega el nervio ontológico del devenir, y refunda lo
humano en una espiral ascencional. Es así que "como se puede
constatar desde El Nacimiento de la tragedia hasta Ecce homo,
Nietzsche estima como Schopenhauer, que la música expresa la esencia
de toda vida" (82). El autor de El Mundo como voluntad y
representación afirma que la música es la manifestación más alta
de la Voluntad (83).
En la meditación nietzscheana de Die Geburt der
Tragodie, la música indica el quiebre del yo individual y, a su
vez, la liberación de toda representación y la recuperación del
devenir puro. La música es el trasfondo de la vida que deviene, que
asciende hasta la escucha. La retracción de lo real como vitalidad o
movilidad musical ocurre cuando esa escucha colapsa. En la primigenia
obra nietzscheana escrita sobre los altares del Apolo resplandeciente
y el Dioniso extático, brota el lamento por la extinción del "oyente
estético". La escucha musical no es principalmente
reconocimiento de estilos compositivos y de instrumentos, o
decodificación de contextos históricos. No es análisis, ni traducción
crítica. Es el vibrar con la cualidad profunda e indefinible del ser,
tal como lo comprende con lucidez Deleuze (84).
La decadencia y barbarismo del hombre moderno se patentiza en su
incapacidad para una respuesta estética a la presencia del mundo como
potencia sensorial. Y, con el sabor de una paradoja grotesca, el crítico es la figura extrema de la
insensibilidad estética. Ciertas personas "cultas"
confunden el "saber" sobre el arte con erudición, con la
frecuente visita a museos, teatros o salas de concierto; o, más allá
de un goce artístico pasajero, con la intelectualización de una
obra. Lejos de eso, el "saber" sobre el arte, y específicamente
sobre lo musical del "oyente estético", es el re-sonar con
la música que estalla desde el fondo sin conclusión de lo dionisíaco
(85). La extinción de la vivencia estética de la música es parte de
"la pérdida de sensualidad del gran arte". En lo moderno,
el centro de la recepción de la obra musical es la dilucidación del
"significado", ya no la inmersión en la vibración desde la
que brotan las fuerzas que se expanden y frotan los relieves del espacio y
siembran las campanadas del tiempo. Así, en Alemania pulula "una cohorte de diez mil
personas con exigencias cada vez más elevadas, más sutiles, con los
oídos cada vez más dirigidos al 'significado de esto'. Si en la
interpretación de la significación hay un goce residual, éste se
traslada al cerebro, por lo que los órganos de los sentidos se
embotan y se atrofian, lo simbólico ocupa cada vez más el lugar de
la cosa, y por esta vía llegamos a la barbarie..." (86).
Bajo la ilusión de la verdad lítica de la metafísica
tradicional, lo real es tejido conceptual de sustancias estables. Sistema de
raíces-principios de identidades sin diseminación, sin confusión
con lo distinto de sí. Sin combinaciones con la alteridad, ni
generación de nuevas posibilidades. Pero, dentro de la percepción de
la musicalidad intrínseca del devenir, lo real es recombinación
constante de las partes-sonidos de la multiplicidad.
Lo musical también es el tono del estado o fertilidad
creadora. Ante el paso del Fénix de la música, Nietzsche siente el
inicio de la efervescencia creativa, que lo conduce a la escritura de
Así hablaba Zaratustra, como si tratara de una obra musical. Y el
estado musical es vehículo de serenidad, como en la música
mozartiana. Y es también estimulante de la vida (Stimulanzdum
Lezen), e inyección de levedad. De ligereza, de
"aligeramiento". Y así como Leonardo siempre sitúa a la
pintura en un estadio superior a la poesía, para Nietzsche lo musical
siempre supera en autenticidad a la palabra: "Comparándola con
la música, toda comunicación de palabra tiene una forma en cierto
aspecto desvergonzada. La palabra diluye y entontece. La palabra
despersonalizada, haciendo más vulgar lo que suele ser
extraordinario" (87).
En un comienzo, el joven Nietzsche confió en la redención musical de la
kultur por la música wagneriana. Esta fe inicial se quebranta
ante el fiasco del Festival de Beyreuth. Pero más esencialmente, la
ruptura acontece por el hálito de compasión del Tannhäuser de Wagner,
y la oclusión de la salud de los instintos en su Parsifal. Frente a
Parsifal, el pensador del martillo contrapondrá el modelo de Carmen, de Bizet. Pero aún más
intensamente, la distancia nietzscheana respecto a Wagner se debe a
"objeciones fisiológicas". La música intensifica, conduce
a la sensación vital de la danza y lo ligero, a diferencia del teatro y
sus "éxtasis morales" y risotadas. Y en la forma particular
de la teatralidad wagneriana la música se subordina al drama (88).
Pero el rechazo final de Wagner y su
concepción de la Gesamtkunstwerk (la obra de arte total) posee un espesor más diverso. El manifiesto de esta guerra o
pólemos
de lo nietzscheano contra lo wagneriano es El caso Wagner. Un primer texto acompañado por
otro: Nietzsche contra Wagner. Acaso la génesis misma de
la ruptura Nietzsche-Wagner se sitúa en la tendencia redentora que
"el último discípulo de Dionisos" encuentra en el drama musical
del creador de La marcha fúnebre de Sigfrido. El principal móvil
espiritual de la épica wagneriana es la búsqueda de la redención, es
la liberación de la daga angustiante del pecado. En Wagner, la ambición espiritual
nuclear del héroe es ser acogido por una verdad salvadora que
lo redima. Esto reluce con claridad en varios ejemplos
de las óperas wagnerianas. Un ejemplo: por una cuestión biográfica, por un
viaje marino tempestuoso y accidentado durante un viaje a Noruega,
Wagner recuerda la ancestral leyenda del holandés errante. Aquel
navegante espectral que por una maldición es condenado a navegar
eternamente. Pero cada siete años se le concede la
posibilidad de desembarcar con la esperanza de que, si encuentra un
amor verdadero, una mujer amada, ésta lo salvará, lo redimirá. Aquí
comienza una degradante dinámica de lo trágico que no acepta
lo terrible, sino que busca el alivio de lo salvífico. La recuperación
de algún placer o algún regocijo espiritual que exorcice el gran
sufrimiento. Por eso, Nietzsche se encoleriza ante Parsifal.
Parsifal: uno de los caballeros del Grial destinados a la búsqueda
del santo vaso, ya en la primera versión de Chrétien de Troyes, en
el siglo XII. Pero, en su reconversión wagneriana, Parsifal busca la
castidad como cúspide de su realización épica. Y aquí Nietzsche
observa la posible influencia nefasta de Feuerbach, quien habla
de "la sana sensualidad"; es decir: de una sensualidad que se
redime de espurios móviles vinculados con un placer erótico que la
santidad del matrimonio católico no podría consentir. Entonces, en
pos de "la sana sensualidad", en pos de la redención de lo
sensual, Parsifal, en el final del drama, abraza la vida casta.
Otra forma de gesto redentor.
Y la
redención en la dramaturgia wagneriana burbujea también mediante Sigfrido y Brunilda, y sus destinos enlazados al devenir de la trilogía
de El anillo de los Nibelungos. En la visión de Nietzsche, Wagner antes
de corromperse, antes de caer bajo la influencia nociva del
catolicismo y de un falso nacionalismo germánico, era un
revolucionario sincero, alguien que veía en la Revolución Francesa
un modelo de real emancipación, de liberación, de ruptura respecto
de las tradiciones que laceran la libertad. Ese primer
espíritu revolucionario de Wagner es transferido a Sigfrido. Pero
para pervertirlo. El Sigfrido de Wagner es, en principio, el
revolucionario por excelencia; es aquel que, por su propio origen
incestuoso, arremete contra los convencionalismos, quiebra la
tradición y hostiga la norma como lugar del mal; de ahí su
empuje revolucionario. Por otro lado, Sigfrido es aquel que busca, en
un inicio, un vínculo positivo con la mujer, mediante su amor por
Brunilda, mediante la posibilidad de unirse con ella en un éxtasis
final que sería un canto al amor libre. Pero esta tendencia erótica
no se cristaliza. Porque Wagner se despoja de su embrionario espíritu
revolucionario. Y sucumbe entonces ante las tradiciones, ante las imposiciones del matrimonio o de la
castidad. Y ese sometimiento brota del
encuentro entre Wagner y Schopenhauer. Schopenhauer, primero maestro
idealizado por el joven Nietzsche, se transforma luego en el pensador decadente que, bajo el
influjo del budismo, obtura los deseos, corta el cuerpo sensual de los
instintos, inhibe el erotismo, lo flagela como modelo posible de
integración de lo masculino y lo femenino (89).
Otra forma de la ruptura es la denuncia nietzscheana de la música
wagneriana como arte enfermo. En muchos momentos de su obra, Nietzsche
se autopercibe como psicólogo antes que como filósofo.
Autoposición de un pensar receptivo a la dinámica de los
sentimientos, a los estados de ánimo y a sus posibles causas. Actitud
evidenciada, por ejemplo, en La genealogía de la moral cuando
Nietzsche explora los móviles psicológicos del ascetismo y la
psicología del sacerdote que obra como médico del alma. Y el
Nietzsche psicólogo no duda en afirmar que el hombre moderno es
individuo básicamente enfermo que, por su misma enfermedad, no percibe
la debilidad de los instintos, su sobrexcitación nerviosa. Y su
perturbación biológica no se transmuta en acto creador (como sí
ocurre en el caso del propio Nietzsche donde la enfermedad como
recurrente dolencia física es fermento
de superación y agresivo aguijón de nueva creación). Y el
debilitamiento instintivo de un sujeto fracturado demanda una medicina
que excite una sensibilidad estragada por el embotamiento.
Y ahí es donde ingresa
la música de Wagner, la música con su gran estridencia, con su gran
potencia sonora, con su carácter majestuoso. Una música
para enfermos; una música que busca sobrexcitar la sensibilidad de
modo tal de aliviar el dolor o la debilidad nerviosa del hombre moderno.
Musicalidad artificiosa cuyos grandes éxtasis sonoros son
parte de explosivas excitaciones fraudulentas. Por eso este arte no
eleva. No trasciende la subjetividad. Simplemente calma los nervios. Aligera
una sensibilidad atormentada. Desnuda la esencia turbulenta de un arte
pervertido. Y si el hombre moderno es un ser enfermo, esquilmado en
sus potencias vitales, necesita entonces de
una música que suture su sensibilidad degradada; que obre como una suerte de
estímulo compensatorio. Como shock violento que disminuya un
letargo vital.
Entre sus múltiples
escritos, Wagner imagina que su música está destinada al porvenir. Y,
a guisa de réplica, en El caso Wagner, Nietzsche
escribe "La música sin porvenir" para referirse
precisamente a la carencia de futuro del universo sonoro wagneriano.
Antes de su nueva diatriba, Nietzsche destaca algunos momentos de creatividad musical en
la Europa moderna que sí son creaciones destinadas a la perduración,
por su originalidad fecunda. En este sentido, Nietzsche recuerda el caso de los
maestros holandeses, los cantos corales y polifónicos del Siglo XVI,
como coronación musical del cristianismo medieval, y como correlato
egregio del estilo gótico. Y pondera a Haendel, el famoso autor del
oratorio La creación que, junto con Bach, plasma con
sabiduría musical los ecos de la reforma protestante
luterana. Y también, desde la meditación nietzscheana, en el Siglo XVII, Mozart es el creador de una música por la
que la atmósfera monárquica, cortesana, borbónica de Luis XIV en
Francia, alcanza su pináculo. Y en el Siglo XVIII, Beethoven y Rossini son las cúspides de la
creatividad musical más elevada destinada a un
brillante porvenir. Pero, en cambio, para la mirada nietzscheana, la música wagneriana es arte
ilusorio condenado a perecer en la fugacidad del tiempo moderno.
Desaparición de lo wagneriano por el tumor del catolicismo que oculta en su cuerpo
sonoro; por su turbio y dudoso regreso a un nacionalismo germánico de
base mitológica; y por su culpable acción relajante del hombre moderno
enfermo y sobreexcitado.
Frente a
la música del arte decadente wagneriano, Nietzsche toca las
trompetas de la potencia de lo dionisíaco. Y opta por la celebración
de la música de Bizet, y de su obra fundamental, Carmen,
donde se anida un residuo de
pureza en la Europa decadente, que Nietzsche siempre halló en la Italia
acariciada por las brisas mediterráneas. La música mediterránea
palpitante en Carmen es contrapunto de la música del norte
germánico enrarecida por el débil oxígeno
cristiano. El Carmen de Bizet es derrame de sobreabundancia, de
fuerza
pasional, de vigor que incendia el aire que se respira.
Y
en el choque emanan los sonidos. Sonidos que nacen en las cumbres
donde colisiona el viento. Cerca de la arena y los acantilados habla
la garganta espumosa de las olas; en los oídos tiemblan los sonidos
de cada nueva palabra humana recibida. Sonidos y figuras. Que se
encuentran en su oposición. Por el centro de cada encuentro fluye la
transfiguración. La renovación. La circulación de fuerzas de la
voluntad de poderío. El juego de las fuerzas dionisíacas.
Lo dionisíaco es lo real como fuerzas activas. Como efecto
creador. Incandescencia sensorial. Musicalidad de la combinación
incesante. Sin principio ni meta concluyentes. La apertura estético-musical,
y el arte como tal "es la única fuerza superior a toda voluntad
de negar la vida, es la fuerza...antinihilista por excelencia"
(90). Aquello "que enseña algo más fuerte que el pesimismo, más
'divino' que la verdad, esto es el arte" (91).
Lo estético ya no es únicamente bien refinado y espiritual.
Lo estético es idéntico a la presencia y el abismo del devenir. La más
alta fidelidad a la música vital es la danza. La alegría expansiva.
La escucha de las polifonías que ríen en el espacio. Por eso, frente
al dolor, el pensador, el único real, el pensador festivo, debe entregarse a la risa, a una "carcajada áurea".
Eugen Fink habla de la "ontología negativa de la
cosa" como una de las cumbres más altas del pensar nietzscheano.
La realidad es devenir, que siempre escapa a toda objetivación
paralizante. La cosa y lo real son presencia no colonizable por el
intelecto. Porque "la cosa, la sustancia es una ficción, un
producto de la voluntad de poder, que, como conocimiento, violenta,
detiene, desvirtúa, captura la realidad, el devenir, lo somete al
concepto; y olvida hasta tal punto este acto de violencia que cree
aprehender lo real en conceptos como sustancia, causalidad, etc.,
creados por ella misma. El hombre cree en cosas, pero éstas no
existen" (92).
El hombre es sujeto que habla e interpreta, que proyecta y pinta
mundos mediante sus conceptos. La realidad se le muestra entonces como
conjunto de cosas bajo un orden, una ley. Pero lo real sigue siendo
fluir abismal. Cuando Nietzsche descubre la falsedad de toda idea de
cosa o sustancia recupera la vida como fluir no dividido ni congelado
por ninguna determinación rígida. Su pensar se convierte entonces en
experiencia que se re-liga con el espacio como amplitud orgiástica,
dionisíaca, y devenir enigmático. Aquí vive una posible actitud
religiosa transmutada. La religiosidad nietzscheana de la expansión
hacia el espacio y la riqueza terrestre impugna como irreligiosa a
toda idea de revelación, a toda noción cristiana de castigo, a toda
negación de este mundo y del cuerpo. Lo religioso no es confesión ni
sumisión, sino goce sensible de las movedizas cavidades de un
infinito sensorial. Lo religioso en el filósofo pagano, en el
pensador festivo de la alegría dionisíaca, es la veneración que se
asombra y expande hacia la amplitud de la naturaleza como ebullición
de fuerzas y tensiones. Y la religión como estado de la experiencia
(no como institución ni dogma) es, a su vez, rito artístico,
inmersión estética en la corriente donde un pensamiento afirmativo
combina sus pasos con exceso, plenitud y fortaleza creadora. El
artista, caminante en marcha musical hacia las alturas del
superhombre, no respira en la ausencia de lo "religioso"
sino en su recuperación paganizante. El sacerdote, el filósofo
racionalista, el hombre alejandrino, chillan y condenan a un ave,
antes poderosa, a caer en la ciénaga del cansancio, el resentimiento,
y la impotencia para un nuevo valorar. Por el contrario, el
filósofo-artista vuela con el pájaro enamorado de las campanadas
misteriosas y de la fresca fragancia de lo que renace.
Y ante la muerte de dios, Nietzsche anuncia la gran
recuperación: el abismo sin rostro, que disuelve toda escalera hacia
una verdad final (aun cuando ésta se disfrace de no-verdad).
La recuperación del abismo es, a la vez, el centro no asumido de todo
acto hermenéutico. Se debe interpretar por una previa ausencia de
sentido. Pero nuestra liviandad actual busca sustituir el no sentido
inicial por la interpretación. No soporta el no sentido como
profundidad vital, como misterio poético. Por eso elude lo abismal, o
le responde sólo desde el nihilismo reactivo que desintegra la vida
en cuanto ésta no sea poseída por alguna forma de interpretación
que conjure el continuo estallido de lo abismal dentro de nuestros
actos o nuestro lenguaje.
La interpretación es respuesta al no-sentido de lo real (al
no-sentido como ausencia de un claro sentido ordenador ya dado). Y
toda cultura necesita de certezas básicas para la construcción de su
espacio social. De ahí la indiscutible legitimación de la
interpretación, y también de su relación con la multiplicidad de
cada cultura (como interpretación y construcción de un mundo) y de
la subjetividad ( y de la relatividad) de cada acto del interpretar.
Pero en este proceso se olvida que la interpretación como necesaria
respuesta al no sentido primario de lo real no anula su condición no
lógica, no racional.
El perspectivísmo (las muchas interpretaciones o ángulos de la
mirada interpretante) es nuevo viaje por una tierra estriada de
fisuras, por donde el no sentido se escabulle y se revierte hacia el
misterio. La interpretación es nueva verdad final camuflada cuando no
asume su límite. Su límite: el fuego misterioso del dragón no
interpretable que escapa a todo concepto-explicación. La sucesión y
variedad de la interpretación no es la condición creadora del
no-sentido de lo abismal. Es su efecto. Es indirecta y oblicua
manifestación del abismo precedente, que permite la música de las
nuevas, ondulantes y cambiantes interpretaciones, que sólo rasgan lo
abismal que se mueve dentro de su sentido cerrado en cuanto no abierto
a la compresión clara de la conciencia.
El fuego del dragón extraño disuelve todo arpón racional que
pretenda acercarse demasiado a su corazón impensable.
La exaltación, como vía liberadora, de la perspectiva hermenéutica
en Nietzsche no es así liquidación de una profundidad universal. Es
su recuperación religiosa (en tanto re-ligación) con la noche abismal;
noche infinita en cuanto no puede ser limitada a una finitud o
clausura por ninguna interpretación particular. Y lo nocturno abismal
es aliento sin forma que contiene cada palpitación del sensual mundo
terrestre. Así, los saltos e interpretaciones de
las diversas filosofías que enfilan su proa hacia el ser rozan y
horadan con mayor o menor hondura la corteza de la amplitud
in-definida, indefinible, pero sin nunca poder capturar lo abismático absoluto.
La vida-abismo escapa así a toda religión dogmática, a toda
revelación que pretende atribuir al enigma no humano la
"intención conciente" de comunicarse con lo humano. Pero la
existencia de lo abismal sin rostro también niega un perspectivísmo mal entendido como nuevo saber definitivo.
Así, la explicación del mundo por la filosofía del mediodía ( que
incluyen sus categorías específicas de la voluntad de poderío y el
eterno retorno) no oculta lo indecible o impensable de la subyacente
trama abismal: "¡No deberíamos intentar apoderarnos del
carácter misterioso y enigmático del mundo!" (93).
Sin embargo, y a pesar de todo, la cumbre de la meditación
nietzscheana como integración de la voluntad de poderío y el eterno
retorno, parecería una nueva y subrepticia colonización intelectual
de la fluidez vital. Se desnuda así, por ejemplo según Habermas, una
contradicción fundamental. Se habla de lo que siempre deviene y
escapa a toda razón totalizante, pero se introducen categorías que,
aunque se lo niegue, pretenden ser una nueva explicación permanente.
Pero esta objeción ignora que lo contradictorio es parte de lo
a-lógico de la vida que estalla desde el trasfondo abismal que invita
a las diversas interpretaciones, que permite la variación musical de
las muchas interpretaciones. E ignora que, en la corriente abismal
sobre la que flotan las formas y cosas, se conserva el secreto de la vida
como devenir musical de lo que se mueve y recombina constantemente,
aun cuando estas recombinaciones sean contradictorias.
Por todo esto, Nietzsche libera los corceles de una
filosofía combativa, que no teme acribillar la arrogancia del sujeto
soberano, del sujeto logocéntrico que denuncia la contradicción como
detritus corruptor. Pero, sin amilanarse, los bramidos bélicos
nietzscheanos excitan al águila que planea en la proximidad del
devenir musical que brota del abismo misterioso. Y la proximidad más
potente a lo que deviene quizá no lata en la escucha o la danza
humana, sino en la aparente condición degradante de la vida animal.
Los animales le dan a Zaratustra la fuerza para superar su
convalecencia. Lo animal, quizá, es el verdadero habitar de la tierra
que el hombre abandona al interpretarla y dominarla. Quizá en la
animalidad no hay reflexión sobre lo que deviene dentro de lo abismal.
Porque es lo que vive con-fundido con lo que deviene.
Quizá el pensamiento se realice por un exceso de vigor y
salud física. En una poderosa animalidad pensante. Animalidad
pensante: lo que quizá sólo pueda vivir en un cuerpo aún
desconocido, donde la más aguda percepción sensible y el pensar más
abismal se unen. Quizá el águila y la serpiente ya escuchan lo que
ese otro hombre, muy distinto al soberbio hijo de las academias,
escuchará en el mediodía postergado. Ese otro hombre futuro, algo
más que humano; el que quizá genere una forma superior de política
que, de forma sutil, desde pequeños espacios, no desde la conquista
del gran poder, abrirá puertas dentro de este mundo carcelario;
ese otro hombre que quizá piense desde un cuerpo incandescente;
el que quizá escuche la tormenta. Como siempre la escucha el árbol
silencioso. (*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "La danza y el círculo. La
transformación del pensamiento en F. Nietzsche,", editado aquí de
forma original.
Citas:
(1) F. Nietzsche, Más allá del bien y el mal, Madrid, Alianza,
1986, p. 21(trad. Andrés Sánchez Pascual).
(2) Ibid., p. 43.
(3) Ver aforismo 12 en F. Nietzsche, Más allá del bien y el mal, op.
cit. p. 33-34.
(4) Nietzsche entabló amistad con Paul Rée, un joven filósofo de
origen judío, es autor El origen de los sentimientos morales, donde
cultiva una intensa preocupación por la moral y su génesis entusiasmó
y estimuló a Nietzsche a iniciar una reflexión en esa misma dirección.
(5) F. Nieztsche, Humano, demasiado humano, Madrid, Grupo Editorial
Marte, 1988, p. 48 (trad. Edmundo Fernández González y Enrique López
Castellón)
(6) En cuanto al elemento diferencial en el origen de los valores
Deleuze manifiesta: "Genealogía significa el elemento
diferencial de los valores de lo que se desprende su propio valor.
Genealogía quiere decir pues origen o nacimiento, pero también
diferencia o distancia en el origen. Genealogía quiere decir nobleza y
bajeza, nobleza y vileza, nobleza y decadencia en el origen", en
Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía, Barcelona, Anagrama, 1994,
p. 9 (trad. Carmen Artal).
(7) F. Nietzsche, La genealogía de la moral, Madrid, Alianza, 1994,
p.69 (trad. Andrés Sánchez Pascual).
(8) Nietzsche asegura que "Repugna, me parece, a la delicadeza y
más aún a la tartufería de los mansos animales domésticos (quiero
decir de los hombres modernos, quiere decir de nosotros) el
representarse con toda energía que la crueldad constituye en alto
grado la gran alegría festiva de la humanidad más antigua...",
en F. Nietzsche, La genealogía de la moral, op. cit., p. 74. En la
antigüedad, la crueldad es una forma de expansión de las fuerzas
activas, y también es parte del castigo como espectáculo público
destinado a grabar con la intensidad de la sangre derramada el
recuerdo del castigo y el temor consiguiente a la desobediencia. La
crueldad del castigo es traspolada luego por Foucault en su
investigación sobre lo carcelario y su relación con la subjetividad
moderna en Vigilar y castigar, obra que comienza con la recreación
del descuartizamiento del parricida Amiens en su ejecución pública
en 1762.
(9) La pérdida de lo real por su sustitución por un pensamiento
generalizador y la representación puede ser relacionado con la
meditación heideggeriana sobre la época moderna como "época de
la imagen del mundo"; aquí, lo real |