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TRAS
MOBY DICK Mito
y significado en la caza de la ballena blanca
Por
Esteban Ierardo
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El
capitán Ahab, aplastado contra el lomo de Moby Dick,
en el clásico film de John Huston.
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Tras
Moby Dick. Mito y significado en la caza de la ballena blanca
Cine
y pintura en la estela de Moby Dick
La
ballena blanca perseguida por el capitán Ahab ejerce
una gran fascinación. Aquí intentamos una aproximación
con ánimo de interpretación filosófica,
que se diseña sobre la recuperación de momentos
especialmente significativos de la obra. Y, en un segundo camino,
integramos un análisis sobre el clásico film de
John Huston dedicado a la célebre cacería de la
ballena, y la presencia inspiradora en las artes plásticas,
en la obra de Frank Stella.
Y,
a pesar, de todo intento de interpretación, Moby Dick
vuelve a sumergirse con lo más esencial de su misterio
intacto.
E.I
TRAS
MOBY DICK Mito
y significado en la caza de la ballena blanca
Por
Esteban
Ierardo
I.
El mar descansa, aun cuando olas y tormentas, tantas veces,
cortan los hilos del silencio. El agua reposa, en misteriosa meditación.
La espumosa y ondulada superficie del océano cubre la profundidad,
donde quizá habita algún tesoro secreto. Un
símbolo asciende hasta las abiertas manos del mar. El crepúsculo
contempla el ascenso de la presencia simbólica, vestida con
piel blanca. Y cuerpo de ballena. Y un hombre, de una pierna
de músculos y sangre, y otra de marfil de cachalote, también
es testigo. El marino escruta al simbólico cetáceo, al ser
que flota. Y resopla. Y sostiene un arpón para traspasar al
gran pez. Que dibuja estelas de enigma, allí, donde el agua
frota los cascabeles. Del tiempo. Que se mueve.
II. Algunas
obras son clásicas porque entregan un símbolo
indescifrable. Moby Dick es una de esas creaciones.
Lo mismo
que Conrad, Melville trasladó a su literatura muchos
recuerdos autobiográficos de su vida marinera. En 1819,
en el mismo año del nacimiento de Walt Whitman, el futuro
autor de Moby Dick nació en New York, hijo de
una notoria familia de Boston. A los 18 años, era maestro
en Pittsfield. Dos años después, se embarcó
por primera vez. En su viaje inaugural recorrió el
Atlántico Norte hasta su arribo a Liverpool. En 1841
navegó en el ballenero Acushnet (modelo del
posterior Pequod de la novela). Uno año después,
desertó en las Islas Marquesas. Se reembarcó
y, en 1843, luego de arribar a Honululú, se enroló
en la Fragata United States. Conoció entonces
la dura disciplina de una nave militar. Decidió regresar
finalmente a su vida en tierra. Ahora ya no navegaría
por los mares, sino a través del oleaje de la escritura
y la imaginación. En 1846 publicó su primera
obra, Taipi, y dos narraciones de viaje que complacieron
al público. Su deslizamiento hacia una escritura con
incrustaciones simbólicas comienza con Mardi,
en 1849. En 1851 se publicó Moby Dick, dedicada
a su entrañable amigo Nathaniel Hawthorne que, sólo
un año antes, había publicado La letra escarlata. Luego
Melville escribió también Batterley el escribiente,
una suerte de preludio del absurdo y la rebelión ante
el vacío existencial. Benito Cereno introduce una fina
dimensión simbólica en el contexto de la esclavitud
en declive y de la rebelión a bordo de una nave española.
Y Billy Budd (obra a la que el gran compositor británico
Benjamín Britten le dedicó una ópera). Budd es un marino que
encarna la honestidad, el bien y la simpatía. En el buque
Indomable es querido por todos, salvo por el maestro armero
del barco, John Claggart, un frío emisario de la torva
saña del mal. Claggart urde un complot en su contra.
El Capitán Vere presiona para que Claggart haga públicamente
sus cargos contra Budd, para que éste pueda defenderse.
Pero, al hacerlo, Budd tartamudea, e involuntariamente y al
agitar los brazos, golpea con su frente en la cabeza de Claggart,
quien cae muerto. Y aunque el capitán sabe de la inocencia
de Budd, debe ahorcarlo. Así, en la turbulenta lucha
entre el bien y el mal, la maldad, la fatalidad y el absurdo
parecen haber conseguido su victoria.
. En
1857, Melville viajó a Tierra Santa, y escribió
varios volúmenes "trascendentalistas". Su
opus magnum nunca fue comprendida en su tiempo. Una
particular reseña editada en The southern quartely review,
en enero de 1852, es ejemplo de esa incomprensión (1).
Su literatura adquirió una andadura intempestiva, lo que explica
el olvido del gran público que padeció en sus
últimos años. Una disipación de la memoria que
mordía seguramente su piel cuando deambulaba como anónimo
empleado en la Aduana de Nueva York. Luego se retiró,
beneficiado por una herencia de su esposa, y en 1891, el dedo
de la muerte oprimió su corazón. Antes, siguieron
también al mensajero de la guadaña, Thoreau, Hawthorne,
Emerson y Emily Dickinson. Sólo un año después,
Whitman iría a conocer las misteriosas tonalidades
de ultratumba.
En
el estilo de Moby Dick resuenan los ecos de Carlyle y Sir
Thomas Browne. La elevación lírica, la ambición
de una expresión simbólica o metafísica,
hace recordar a Shakesperare, la tragedia esquilea, El
Paraíso perdido miltoniano, el Caminar de un
peregrino, de Bunyan, o la Canción del viejo
marinero, de Coleridge. La elevada entonación del
verbo melviniano abrumó a lector medio de su época,
como lo haría hoy. Toda la obra es atravesada por un
aparato de repetidas alusiones eruditas y bíblicas.
Y Melville no se privó tampoco del placer de exponer
su erudita sapiencia sobre la vida de los cetáceos.
De ahí la inclusión de un extenso y virtual
tratado de cetología en el capítulo XXXII, y
un prólogo compuesto por numerosas citas de diversas fuentes sobre las
ballenas, sus características y costumbres.
En el devenir de
la obra, Ismael, el narrador, abandona por momentos la parcialidad
de su visión individual, para luego saltar al lugar
del narrador omnisciente. Ejemplo de una mirada que, con plástica
agilidad, se desplaza desde la inmediatez hacia la palabra
omnisciente.
III. La aventura
de Moby Dick es narrada por el joven Ismael. Su nombre,
como otros elementos de la novela, denotan el fuerte trasfondo
bíblico de la obra (2). Ismael busca una gran aventura
en el mar. Cuando el hombre vive en un estado de ensueño es
atraído por el agua. Es la fascinación del amplio y
salvaje horizonte marino. Por eso, el narrador pregunta: "¿Por
qué, en vuestra primera travesía como pasajeros,
sentisteis también un estremecimiento místico,
cuando os dijeron que, en unión de vuestro barco, ya no estabais
a la vista de la tierra?" (3). Los antiguos no en vano
estimaron al mar como lugar sagrado (4). La pasión
romántica de Ismael por la aventura centellea
también cuando asegura: "Estoy atormentando por
el perenne prurito de las cosas remotas. Sueño con navegar
por los mares prohibidos y abordar costas bárbaras"
(5).
En los mares
prohibidos vive Moby Dick, la misteriosa ballena blanca; el
esquivo cetáceo que promueve el odio ilimitado del
capitán Ahab (6). El nombre del gran pez perseguido
no es aclarado en la novela. Tal vez derive de un macho de
cachalote denominado Mocha Dick, que se distinguía
por sus ataques a barcos en el Océano Pacífico.
La oscura significación de la ballena blanca recibe
su preludio ante la imagen, de incierto tema, que Ismael encuentra
en "La posada del Chorro". Allí, se encuentra
un enorme óleo. En su centro flota "una masa negra, ...
prodigiosa". Aquella imagen será, en definitiva,
un barco que cimbra en el Pacífico. Pero a esta conclusión
se arriba "a fuerza de diligente estudio y de una serie
de vistas sistemáticas y de averiguaciones cuidadosas
entre los vecinos"(7).
La dificultad
para apreciar el motivo del cuadro preludia ya la cuestión
de la oscuridad del sentido que estalla en la alba ballena.
El aura
misteriosa, metafísica, trascendente, de Moby Dick
es prefigurada también por el discurso sobre Jonás
del padre Mupple. Ismael llega hasta la capilla de New Bedford.
Allí, el púlpito de la iglesia es una peculiar
construcción: la proa de un barco. Hasta este retazo
de mar en tierra se sube por una escalera de gatos. El padre
Mupple ha sido marino en su juventud. Su púlpito-proa
es ahora metáfora visible de su condición de
piloto del dios vivo. Todo el universo es un gran barco. El
predicador que se yergue en la proa debe justificar su condición
de pregonero del verbo divino. Y el padre Mupple "ofreció
una oración tan hondamente devota que parecía
arrodillado y rezando en el fondo del mar" (8). Mupple
(genialmente interpretado en el film de John Huston por Orson
Welles) pronuncia su sermón sobre Jonás, el
célebre profeta bíblico. Jonás es llamado primero
por Dios para difundir su palabra en Nínive. Aceptar
una misión sagrada es también una renuncia al
propia ego. Jonás no quiere ese sacrificio. Entonces
escapa. Se convierte en un "fugitivo de Dios". Se
embarca. Una tempestad atrapa al navío. Todos temen
el cercano hundimiento. Y Jonás entiende que él
es la causa de la ira de los elementos. Para evitar el colapso
final de la nave y la muerte de los marinos inocentes, se
arroja a las aguas. Pero, allí, lo engulle la ballena.
Y durante tres días y noches permanece en el vientre
del gran pez. Que lo escupe luego en la costa del mar. Dentro
de su prisión cetácea, Jonás se transforma
en un nuevo hombre. Ha pasado por un iniciación que
cumple con el esquema arcaico iniciático tradicional:
luego del primer nacimiento, donde el hombre vive encerrado
en lo visible y lo aparente, se produce una "muerte simbólica"
(en este caso en el vientre de la ballena), para luego renacer.
Ya iniciado en nuevo conocimiento, Jonás acepta su
destino. Y se convierte en profeta. Que anuncia al Dios vivo.
La impronta religiosa
de la caza de la ballena blanca comienza a cobrar nitidez,
asimismo, en la aparición del mendigo Elías
(remisión indirecta al célebre profeta bíblico),
quien le advierte a Ismael y a Quiqueg, antes de que éstos
se embarquen en el Pequod, que su viaje será
trágico. Sólo uno sobrevivirá, para luego
relatar lo vivido.
IV. En principio,
Ahab posee razones personales para la gran cacería
de la ballena blanca. Lo mueve la venganza convertida en monomaníaca
obsesión. Moby Dick le arrebató su pierna. Ahora
camina con una pierna de marfil de cachalote por su causa.
Sin embargo, ¿por qué el desmesurado odio contra
la ballena? El cuerdo y calculador Starbuck le objeta a Ahab:
" irritarse contra una cosa estúpida, parece algo
blasfemo" (9). Para Ahab el mundo no es un conjunto de
apariencias. Tras lo aparente se oculta siempre una realidad
inasible e impenetrable. "Todos los objetos visibles
son solamente máscaras de cartón-piedra"(10).
Tras la máscara visible palpita algo inescrutable.
La verdadera ballena blanca es lo oculto. Es misterio de lo
errante y esquivo; incógnita inasible que destila ira
en el ceño fruncido del capitán lisiado.
Y Ahab inocula
en la tripulación del Pequod su odio hacia ballena
blanca. El primero en anunciar su silueta recibirá
el premio de una onza de oro española. Ahad resucita una antigua
costumbre marinera de sus antepasados pescadores. La práctica
del juramento. Todos los marinos y los oficiales Strubb y
Flask ( no Starbuk), terminan por ceder ante su aspecto "recio,
firme y místico". Se acogen al hechizo del juramento.
Juran mientras en sus oídos cimbran las palabras altisonantes:
"Bebed y jurad, hombre que tripuláis la mortal proa de
la lancha ballenera. ¡Muerte a Moby Dick! ¡Dios nos dé
caza a todos si no damos caza a Moby Dick hasta matarla!"(11).
Y el capitán consigue que todos sus hombres sientan
su reto como algo propio. Apela a la avidez de la caza y conquista
que hierve en la frente de sus marinos. Por eso les asegura:
"No os doy órdenes, vosotros lo queréis".
Ahab cree
ciegamente en su misión sagrada. Es un cruzado, quizá
un místico confundido. ¿Pero realmente está
confundido? Sabe con claridad que algo demoníaco lo
devora. Él es la "locura enloquecida", es
el profeta que debe realizar su profecía. Sabe que
porta una corona, la corona de hierro lombarda, la corona
que la tradición cree que fue forjada con un clavo
de la crucifixión de Cristo. Ahab sabe que en su meta
no hay delicias, descansos o instantes de deleite. Su camino
es inflexible como el metal. "Nada es obstáculo...
para el camino de hierro" (12).
El capitán
no piensa en regresos felices a casa, en el reposo amable
en tierra, o en la experiencia de la madurez que siente el
momento de repartir su sabiduría a otros. Las motivaciones
de la empresa de Ahad son muy diferentes a las de Quiqueg.
En "La posada
del chorro", antes por consiguiente del embarco, Ismael
comparte una habitación con Quiqueg. En el capítulo
X, El amigo entrañable, y luego en el capítulo
XII, Melville traza el semblante de Quiqueg, hijo de un rey
de una imaginaria isla en el Oeste de Rokovoko. Quiqueg se
embarca con el deseo de conocer las tierras de la cristiandad.
Logra ser aceptado en un barco al fin, y se convierte en un
marino ballenero, en un hábil lanzador del arpón.
Quiqueg es el noble salvaje que "...comía ...y
bebía a fondo el abundante elemento del aire, y a través
de sus aletas ensanchadas inhalaba la sublime vida de los
mundos. Ni de carne ni de pan se hacen y se nutren los gigantes"
(13). Fiel expresión de la subjetividad arcaica,
Quiqueg vive en la fusión con la vitalidad natural.
Su mente no se ha convertido aún en intelecto que analiza
y separa. El vigor corpóreo de Quiqueg es concentración
de la potencia de los elementos. Y su cuerpo luce numerosos
tatuajes. Y es silencioso. Con aire poco amistoso. Pero se
abre a una firme amistad con Ismael. El verdadero propósito
de Quiqueg es conocer lo otro, lo distinto, para después
volver a casa e iluminar a los suyos con nuevos conocimientos.
Como Pedro el grande. Su intención es atravesar lo
diferente, para después regresar a su origen y repartir
dones entre su pueblo. Viaje de ida y regreso. Periplo muy
distinto, en apariencia, al de Ahab, quien busca cazar y matar.
Y luego de cumplida su meta, el hecho de regresar o no, no
agrega ni quita ninguna hoja al árbol ya maduro.
Quiqueg y su conciente
aventura arponera en busca de un futuro provechoso para los
suyos contrasta asimismo con la rudeza elemental de Tashtego,
o de Ahasvero Daggoo. Tashtego es un indio puro procedente
de una aldea cercana de Nantucket. Antes seguía el
rastro de los animales salvajes de los bosques; ahora, desde
su función de escudero del segundo oficial, Stubb,
persigue las estelas de las ballenas en el mar. Daggoo, otro
arponero, es "un gigantesco salvaje negro como el carbón",
semejante por su aspecto a Ahasvero, rey de los persas (mencionado
en El libro de Ester), que gobernó de India
a Etiopía. Su recia musculatura deambula intimidante
por cubierta y conserva todas sus "virtudes bárbaras".
La rareza de Quiqueg convive también con la de Fedallah,
el escudero del capitán Ahab, siempre con su pelo envuelto
por un turbante, señal de su origen oriental. Fedallah
será hasta el final un misterio. Su presencia parece
ejercer una influencia extraña sobre Ahad, y hasta
quizá "una autoridad sobre él".
Y entre la nobleza
de Quiqueg, la rudeza de Tashtego y Daggoo, y el misterio
de Fedallah, late la singularidad del marino más desválido
e inofensivo, el negrito Pip, siempre ávido de sacudir
su pandereta con un gesto risueño. Pero, este personaje,
como luego veremos, adquiere una inesperada dimensión
trascendente.
V. La furiosa
cacería de la ballena blanca por Ahab difiere también,
por ejemplo, del pescador de El viejo y el mar de Ernest
Hemingway. Aquí el viejo pescador cultiva una relación
de hermandad y respeto con su presa, y no de odio incontenible.
En su compleja
personalidad, Ahab amalgama el desprecio por el placer del
puritanismo, y la osadía de un titanismo romántico.
El puritanismo posee un importante protagonismo en los orígenes
de Estados Unidos. En el siglo XVII, los estuardos católicos
gobernaban Inglaterra. Bajo su dominio, se prohibió
el anglicanismo, el culto protestante creado por Enrique VIII,
y se persiguió a los seguidores de Calvino. En búsqueda
de nuevas tierras donde vivir libremente su religión,
un grupo de calvinistas ingleses, 102 hombres, mujeres y niños,
se embarcaron en el velero Mayflower, en 1620. Luego
de desembarcar en la costa este de Estados Unidos, tuvieron
una activa participación en la fundación de
las trece colonias, matriz de la organización cultural
del país del norte. Los calvinistas se caracterizaban
por una agobiante vigilancia moral. La rígida ética
calvinista exudaba un celo fanático. Mucho del fanatismo
calvinista, que no aceptaba ninguna alteración o desviación
del deber, parece trepar por las adustas facciones del capitán
Ahab.
Pero
la rigidez puritana de Ahab convive con la aspiración
titánica a una experiencia de valor absoluto. En
la persecución del gran pez se desvanece toda conciencia
de la desigualdad de fuerzas entre el absoluto (con forma
de ballena blanca) y los cazadores humanos. Prometeo sabía
de su desigualdad para enfrentar a Zeus. Pero esto no lo hizo
recular en su titánico desafío. Dio el fuego
a los hombres, sus protegidos. Y padeció su castigo.
Pero cumplió su misión. El dolor y el padecimiento
se empequeñecen ante lo titánico que gusta saltar a
lo absoluto.
El titanismo
prometeico de Ahab nunca vería un fracaso en su muerte,
si éste es el camino para llegar a los ojos del dios
blanco que vive en el fondo de las aguas. Ahad participa así
de la vehemencia titánica de los personajes románticos
que ansían el reencuentro con una pérdida totalidad.
Es el caso de diversos ejemplos de la literatura romántica,
como Mikhail Kohlhaas, personaje de la novela homónima de
Heinrich von Kleist (14); el Hyperion de
Hölderlin
(15), o Los bandidos de Schiller (16); o, en
el orden pictórico romántico, El monje ante
el mar, de Kaspar David Friedrich (17). Y acaso este impulso
titánico, en la época de la redacción y publicación de Moby
Dick, fue también alimentado por el lanzamiento de Estados
Unidos a la conquista del Oeste con sus inmensas praderas.
Una expansión territorial teñida con aires de
epopeya.
VI. Starbuck
es la contracara del místico titanismo de Ahab. El
primer oficial se piensa religioso, aunque vive dentro de
un estricto realismo, un descolorido pragmatismo. Starbuck
atiende únicamente a la inmediatez. La ballena sólo
es una criatura irracional, cuyo destino es proveer aceite,
y una paga para los marinos. Ahab lo obliga a enfrentarse
con la negación de su pensamiento calculador. Frente
al capitán de la pierna de cachalote, Starbuck siente
que su lógica estalla, pues "...ha hecho saltar
toda mi razón" (18). Starbuck sólo ve en
Ahad a un horrible viejo, que desvía a sus hombres
hacia una acción injuriosa, aberrante, "pagana",
y que convierte a la ballena en un "semidios diabólico"
(19). Aun a su pesar, Starbuck no podrá librarse de
la turbulencia caótica. Tendrá que padecer la
contradicción de "obedecer rebelándome
y peor aún, odiar con un toque de compasión"
(20). Mientras que Ahab y sus hombres no conocen la vacilación,
Starbuck navega golpeado por dos senderos contrapuestos. Por
un lado el cumplimiento de su función dentro de un
barco ballenero y, por el otro, el ser arrastrado por una
voluntad (la de Ahab) que prefiere lo infernal antes que la
sola y terrenal meta de satisfacer las necesidades de la civilización,
o de un salario.
Y
Starbuck es el que empieza a percibir el horror que late en
la vida; pero sabe, con incuestionable certeza, que "yo
no soy eso; ese horror está fuera de mí"
(21). Lo horroroso que irradia el capitán obsesionado
lo obliga a aferrarse a su espíritu racional, a su
temperamento lógico, que no combate por alguna forma
esquiva de absoluto, sino por perdurar en una mirada donde
la ballena no es símbolo, sino ruda simplicidad.
VII. La lucha de
Ahab contra la ballena blanca es asimilable a un esquema mítico
ancestral: la dracomaquia, el combate del héroe contra
el dragón como criatura acuática. En la imaginación
arcaica, el mar es región de un caos primario, y de
una realidad potencial, aún no manifestada. El dragón
(vinculado también con la serpiente) es protector del
sustrato amorfo de lo real. El dios, o el héroe solar,
debe batallar y matar al monstruo marino para consumar el
paso del no ser (vinculado con el caos) al mundo creado. Este
significado mítico axial se repite en numerosas expresiones
de la dracomaquia arquetípica. En el Antiguo Egipto,
Ra y Horus combaten contra Apofis (Apep para los egipcios)
(22). En un mar oscuro, según el Enuma Elisch,
el héroe sumerio Marduk vence a Tiamat, monstruo marino,
y con sus partes crea el mundo (23). Indra (24) se enfrenta
al dragón Vrita que retiene las aguas y, según
el Rig Veda IV,17, 1-3, el dios védico del rayo
y la guerra: "dio muerte a Vritra con su arma-rayo (vajra),
exultante, y una vez muerto su dueño, las aguas comenzaron
a fluir velozmente". En el Japón el héroe
Susano Wo combate al dragón octocéfalo Amatu-no
Oroshi. En la mitología escandinava se produce el célebre
combate entre la Serpiente de Midgar (Midgardschlange),
o Serpiente del mundo (Weltschlange), contra el dios
Thor que blande su martillo Miollnir ("el triturador")
o Thrudhamar ("Martillo fuerte"). Midgar
es afín a Loki, divinidad del mal y la mentira, de importante
rol en la Ragnarokr, el "Ocaso de los dioses".
En una leyenda del Gilfaginning, Thor y el gigante
Hymir, el señor de las regiones árticas, luchan contra
Midgar, "el violento dragón venenoso". En
el antiguo Israel, Yahveh enfrenta la tenebrosa y húmeda
presencia del Leviatán. Según el libro de Isaías,
Yahveh "castigará ... con su dura, grande y fuerte
espada, a Leviatán, la serpiente huidiza, y a Leviatán,
la serpiente tortuosa, y matará al dragón que
hay en el mar" (Isaías, 27, 1). El monstruo marino
que serpentea en las fauces abismales de lo líquido
es alternativamente Leviatán, Behemoth, Tannín, Rahab.
En el Libro de Job, 41, se describe al Leviatán como
aquel cuyo lomo "son escudos en hileras, unidas con piedras
selladas"; "reina el terror entre sus dientes";
"su corazón es duro como roca, resistente como piedra
de molino"; y "transforma el abismo en hirviente
caldera, cambia el mar en brasero". En el Salmo 73, la
victoria de Yahveh sobre el monstruo derivará en potencia
creadora, ordenadora. Yahveh es ahora el que divide el mar,
y "al Leviatán le quebraste las cabezas".
Gracias al dominio sobre lo caótico, simbólicamente asociado
con el Leviatán, se manifiesta la dinámica de la creación:
"El día es tuyo y también la noche; pusiste en su lugar
la luna y el sol". Creación que se consolida también
con la acción de limitar, ordenar, y la generación de las
estaciones: "Pusiste sus límites a la tierra, y formaste
el invierno y el verano".
En el contexto
del gnosticismo, en el Himno de la Perla, en las Actas
de Tomás, un príncipe viaja desde su hogar
en Oriente hasta Egipto. Pretende hallar una bella perla,
que descansa en lo hondo del mar. En el tórrido país
del Nilo, y bajo un estado hipnótico, el príncipe
olvida su origen y la misión que debe cumplir. Recupera
después la memoria, y se encuentra con el monstruo
marino. Y, mediante la repetición encantatoria del
nombre de su padre, sumerge a la bestia en un intenso sueño.
Obtiene la perla y regresa victorioso a su morada oriental
(25).
El combate contra
el monstruo que vive en las aguas se reitera en numerosas
tradiciones (26). Y la significación
de la lucha contra el monstruo de lo líquido en el
nivel cosmológico, como ya observamos, implica la trasmutación
solar del líquido y oscuro magma inicial, en un orden
diurno y luminoso. Pero el combate del héroe y la criatura
acuática también amerita una hermenéutica
antropológica, donde la lucha contra el monstruo marino
representa la necesidad de enfrentar y matar al ego desmesurado
que tiende a prevalecer en el hombre.
El combate
de Ahab contra Moby Dick es posible continuidad del significado
cosmológico de la dracomaquia ancestral. Pero, en nuestra
interpretación posterior, el movimiento que triunfa en la
puja contra el ser imaginado por Melville no es la salida
del caos (y su ausencia del ser, sat) hacia el orden
y el ser, sino la impulsión contraria de regreso a
la vida como el no ser (asat), como lugar donde lo
real no es el ser como orden-ley, sino como impenetrable misterio
abisal.
VIII. La cofa es
la parte más alta de un navío. Desde esa altura,
en un barco ballenero se otea continuamente la vastedad marina.
La misión del marino apostado allí, es gritar
la aparición de una ballena. En el capítulo
XXXV de Moby Dick, se ensaya una interpretación
filosófica de la visión del mar desde lo alto.
Melville suele poner en relación los hechos del viaje
del Pequod con conspicuos momentos o eventos de la
historia de las culturas. Así, la cofa del navío
del capitán Ahab se convierte en surtidor de una retahíla
de asociaciones. El ver desde lo alto del mar, desde el extremo
más elevado de un ballenero, posee precedentes en antiguas
"cofas de tierra". La torre de Babel fue la más
elevada cofa asiática. Pero su propósito era
perverso. Trepar por el cielo para alcanzar el presunto trono
divino e imponer allí el dominio humano. Por lo que
la más alta cofa antigua, "legítima", son
las pirámides egipcias. Melville repite la creencia
arqueológica que avala que los egipcios construyeron
observatorios astronómicos con la forma piramidal,
con el fin de escrutar las estrellas. En la antigüedad, el
cristianismo también construyó sus cofas como
lugar de devoción o ascenso espiritual. El santo estilita
era un ermitaño que vivió los últimos veinte
años de su vida en lo alto de una enhiesta columna pétrea
en el desierto. Todos los días subía la
comida con un aparejo. Y a pesar de las cambiantes inclemencias
del clima, el empedernido anacoreta nunca abandonó
su pequeño y elevado hogar, desde donde siempre fue expectante
testigo de alguna sacra revelación. En el mundo moderno,
los habitantes de las altas cofas están libres de las
inclemencias atmosféricas, porque sólo habitan
allí bajo la forma de estatuas de bronce, hierro, o
piedra. Es el caso de Napoleón sobre la columna de
Vedome, o Washington en lo alto de su cofa de Baltimore, o
el almirante Nelson en su propia cofa en el Trafalgar Square.
Pero, a
pesar de todas las comparaciones, la verdadera y única
cofa es la del barco ballenero. En el clima apacible de los
trópicos, ocupar el mirador del extremo del palo mayor
puede ser fuente de una viva delectación para el marinero
de sensibilidad soñadora. Frente a la amplitud del mar, el
"barco avanza en un embriagante éxtasis".
Entonces, lentamente,
la visión del apacible océano forja un especial
estado de ánimo en el marino propenso al ensueño
y la meditación. Es sugestivo como Melville relaciona
el estado de ensoñación con la desaparición
de los estímulos que, en la vida urbana moderna, provocan
la dispersión de la conciencia. En la altura de la
cofa no hay periódicos, no pululan los comentarios
sobre la prosaica vida doméstica o las finanzas; y no
hormiguea zozobra alguna sobre la alimentación porque
las raciones para cada día de navegación están
severamente estipuladas. En la vigía en los mares del
sur, la contemplación sostenida de la amplitud marina
contribuye a un lento olvido de la propia persona del observador.
Ismael advierte que, luego de un largo tiempo en la cofa,
el joven soñador siente que "el problema del universo
empezaba a dar vueltas en torno a su cabeza". Entonces
allí, en lo alto, si se es un joven de mirada profunda,
de temperamento platónico, se "está más
atento a pensamientos extraños que a la aparición de
una ballena". Ismael recomienda entonces a los armadores
de Nantucket que no elijan a muchachos en cuya pecho vibra,
aun sin saberlo, el Fedón platónico antes que
el Nuevo navegante practico americano, del matemático
Nathaniel Bowith (27). Y esto porque estos "jóvenes
platónicos" son más propensos a la meditación
que al simple encargo de anunciar la irrupción de algún
cetáceo entre las olas. Los jovenes soñadores instalados
en lo alto, "esos distraídos jóvenes filósofos",
no son pasibles de la decepción de Childe Harold, el
personaje del poema homónimo byroniano, frente al torso
siempre solitario del mar (28).
Entonces,
luego de tanto mar, cielo y olas, el joven platónico
se sumerge en un profundo e inconciente ensueño; y, así,
"pierde su identidad". Y en un instante inesperado,
el bisoño contemplador regresa al origen, a la fuente
de la existencia. Su alma se esparce como las cenizas de Thomas
Cramer por todo el planeta (29). Y así el contemplador
se convierte en lo contemplado, como en el tradicional camino
místico, el alma se une con la totalidad. Fugaz experiencia
mística, unitiva y emocional, semejante a la del filósofo
platónico que asciende por los peldaños de la
escalera de la belleza hasta llegar a un universo saturado
por la idealidad de lo bello (30). El viaje de un barco ballenero
sólo corresponde, en principio, a un propósito
utilitario. Sin embargo, el joven platónico de la cofa, involuntariamente,
cambia el fin pragmático de la caza de la ballena por
el gozo de una experiencia trascendente.
En el joven filósofo
de Melville gravita también el influjo de la filosofía
trascendental norteamericana. Bajo la inspiración de
la metafísica alemana o el hinduismo, Emerson hablaba
de la unión del alma con el universo (31). Para el
Thoreau de Walden, o de Elogio de la vida salvaje,
es esencial la reintegración de la finitud humana con
la totalidad universal. En su solitario caminar por los bosques,
por el océano terrestre donde las olas son árboles,
y las espumas hojarascas, Thoreau sentía desdén
por las instituciones, y por la altisonante importancia que
el hombre se concede a sí mismo (32).
El capítulo
sobre la cofa y la visión desde la altura, en la práctica,
es una suerte de manifiesto trascendentalista. En esta proyección
del espíritu hacia al todo emerge la apertura a algo
absoluto, que se complementa con la entonación prometeica
y desmesurada de la misión que el capitán Ahab
se autoatribuye. La embriagante contemplación del mar
convierte al viaje del Pequod en travesía dentro
del rumor de lo ilimitado.
IX. La blancura
de Moby Dick es enigma visible. Ismael no resiste la tentación
de explorar el sentido de este misterio cromático.
En el capítulo XLII se explora los sentidos ambivalentes
de la blancura de la ballena.
La blancura es
color de una esencial ambivalencia. Su primer manifestación
es bienhechora, de elevación espiritual o dignidad
real. El blanco es expresión de grandeza entre los
reyes de Siam o de Perú, o en la bandera de los Hannover.
El blanco es potestad de justicia en el armiño del juez, o
en el cinturón blanco de los pieles rojas de América.
El blanco es también "símbolo de fuerzas
y purezas divinas". Melville, siempre pródigo
de citas y alusiones culturales, alude a lo blanco como pureza
en la adoración del fuego por los persas, el Zeus que
se convierte en toro níveo, o el Perro Blanco sacrificado
por los iroqueses en medio del invierno. El blanco de lo puro
emerge asimismo en las túnicas sacerdotales, en los
mantos blancos para los redimidos en la visión de San
Juan (Apocalipsis, caps. 4 y 1). Mas, a pesar
de todos estos perfiles elevados de lo blanco, "a pesar
de todo este cúmulo de asociaciones con todo lo que
es dulce, honroso y sublime, se esconde algo todavía
en la más íntima idea de este color, que infunde
más pánico al alma que la rojez alteradora de
la sangre" (33). La blancura es hontanar de temor. Es
lo terrorífico que resuma la presencia del Oso Blanco
de las nevadas superficies árticas, los tiburones blancos
de las regiones tropicales, o el albatros, como mensajero
de una inminente destrucción al que le canta Coleridge
(34). La belleza de lo blanco se aproxima a lo terrorífico
en el Corcel Blanco de las Praderas, bello y terrorífico
equino a la vez, que galopa en numerosas tradiciones indígenas
del América del Norte. En el paso del hermoso cuadrúpedo
"toda su blancura espiritual ...le revestía de
divinidad; y que esa divinidad... aunque imponiendo adoración,
al mismo tiempo, producía cierto terror sin nombre"
(35).
El blanco
exhala también su sesgo tenebroso a través de
la palidez espectral, o el mar blanco de las regiones árticas;
un mar que provocan en los marinos un "terror silencioso
y supersticioso". Y Melville también recuerda
el folklore de Europa central en torno al blanco, pálido
y alto hombre de los bosques del Hartz.
Pero
en ningún caso, el temor es sólo un efecto sensible
en el espíritu humano. Lo terrorífico es también
fuerza ontológica, un poder constituyente de la realidad,
ya que "las esferas invisibles se formaron en terror"
(36). A su vez, la sola expresión de la dualidad del
blanco no explica su naturaleza o significado más profundo.
En el final de su reflexión, Ismael arguye que el blanco
es quizá expresión del vacío cósmico,
sólo alumbrado en sus bordes por la vía láctea.
O, segunda posibilidad: el blanco es realidad paradójica
por ser un no-color, o quizá la síntesis de
todos los colores. O el color blanco es tal vez sólo
un barniz, un único tinte que salpica y colorea todas
las sustancias. La vivacidad de los colores provocaría
así la engañosa seducción de una prostituta
que disfraza su vacío con un vestido de atrayentes
oropeles.
Y la luz que desnuda
la variedad cromática del universo es siempre blanca
e incolora. La blancura de la luz enciende el engaño de los
colores que, al seducir, ocultan la fuerza terrorífica.
Que conspira contra la plenitud.
El blanco es esencial
ambivalencia de lo bello, noble y agradable, y lo terrorífico
de lo que engaña y anonada. Lo ambivalente de la blancura
repite lo descubierto por Rudolfo Otto, en Lo santo:
la ambivalencia del sentimiento religioso primario de la humanidad
ante lo numinoso de lo real como misterio que fascina, y como
el misterium tremendun, que aniquila y empequeñece.
X. Y no sólo
el blanco es símbolo. También lo es la ballena
que encarna la blancura. En el capítulo LVII, Melville
sustrae a la ballena de los límites del mar, y la proyecta
en la amplitud. La ballena no sólo habita en los mares;
también vive en pinturas, o en los dientes de tiburón,
donde las ballenas son talladas por los marinos con la habilidad
de sus navajas. Y los balleneros también pueden contornear
la imagen de los cetáceos en la madera de los castillos
de proa.
Pero la presencia
de la ballena adquiere su condición más sorpresiva
cuando puede ser entrevista en el borde superior de elevados
acantilados, o en las crestas de las montañas. O en las alturas
celestes. Los antiguos encontraban en el cielo nocturno multitud
de figuras mitológicas. Para la mirada de un marino,
un Leviatán se agita entre los astros. Y frente a la
proyección de la ballena en aquella lejanía
cósmica, Ismael asegura que "bajo los refulgentes
cielos antárticos, he embarcado en la Nave Argos, y
me he unido a la persecución del Cetáceo de
estrellas, más allá del último trecho
del Hydrus y del Pez Volante" (37).
La ballena así
es figura omnipresente. Su repetida presencia confirma su
condición de símbolo de la totalidad.
Y todo marino ballenero
se cubre con una dignidad de proporciones épicas-míticas.
El mundo del mito provee a Melville de ilustres antecedentes
de los balleneros. El monstruo que amenazaba a Andrómeda,
y contra el que luchó Perseo, era una ballena. Y también
contra feroces cetáceos combatieron San Jorge y Hércules.
Y Jonás y Visnú también fueron gloriosos
perseguidores de ballenas.
XI. Y la caza
de la ballena es búsqueda religiosa. Desde la primera
arenga de Ahad a sus hombres queda clara esa impronta. Antes
de la cacería final, la religiosidad de la persecución
de la ballena blanca vuelve a crujir en el largo parlamento
de Ahab ante Starburk. Durante cuarenta años, Ahab ha batallado
contra "los horrores de lo profundo". Ahora siente
el peso de la soledad y la rareza de su misión extraña.
Y junto a Starbuk se pregunta: "¿qué es,
qué cosa sin nombre, inescrutable, sobrenatural, qué
amo escondido y engañador, qué emperador cruel e inexorable
me manda..?" (38). La interrogación es sólo
una estrategia para preparar una convicción contundente:
hay un dios que mueve el planeta o el sol, y no "puede
girar una sola estrella sino por algún poder invisible".
Un dios hace latir el corazón del viejo Ahab. Y hay
un dios que le impone un fin, una meta, con la misma necesidad
con que determina el movimiento de las estrellas. Para una
óptica cristiana, Ahab (como el Acab bíblico) es tentado
por un falso dios, por una divinidad de la venganza, que exige
la persecución implacable y un odio sin mitigación. Esta equivocada
elección de lo divino sería muy próxima, aparentemente,
a la rebeldía diabólica ante el dios del amor y el perdón.
Pero, según nuestra inminente interpretación, no se advierte
quizá que la divinidad obsesiva de la venganza, del juramento
de caza y muerte, es sólo una máscara, un preludio para la
recuperación de la comunión con un plano divino anterior al
de la revelación bíblica...
Y durante tres días se sucede la cacería final.
Tres jornadas para la caza y el desenlace. Tres días
y noches Jonás estuvo dentro de la ballena, para su
renacimiento e iniciación. Tres giros del sol donde
la ballena emerge, vuelve a hundirse, y reaparece entre las
contorsiones espumosas de las olas. Ahab siempre guía
el bote con los arpones filosos y letales. Durante las arengas,
su presencia, siempre hipnótica, espolvorea todo con
un brillo áspero de tragedia griega.
Y,
en la última jornada, la ballena herida, resentida, con ansia
de venganza, se lanza contra la proa del Pequod. El
navío se resiste. Muerde la temblequeante dermis de
las aguas, pero, finalmente, inicia su viaje hacia el silencioso
lecho marino (39).
Y
Ahab lanza su último golpe de arpón. Arde su
última llama con el grito: "Al fin lucho contigo,
desde el corazón del infierno de hierro, por odio te
escupo mi último aliento" (40). Ahab es estrangulado
por un lazo. Y se sumerge, para ya no emerger, al oscuro y
líquido hogar de Moby Dick.
Y luego del
final del drama, subsiste la duda: ¿qué perseguía
Ahad al perseguir a la ballena blanca? Antes aludimos al combate
Ahab-Moby Dick como reiteración-prolongación
de la dracomaquia primordial. El héroe batalla para
sojuzgar al dragón del caos, para así trasmutar
lo amorfo líquido, protegido por el monstruo marino,
en orden universal, en ley y mundo. Pero la lucha del capitán
monomaníaco contra la ballena blanca sólo posee
una afinidad formal con este esquema mítico. La significación
profunda del combate, estimamos, transcurre por otra senda.
Ahora, intentaremos pensar esa otra senda: en su Pensar
la religión, Eugenio Trías sistematiza tres
posibles principios de la vida religiosa (41). Primero es
el misterio salvaje de la realidad como abismo, como fuente
abismal. Esa fuente es el reino de la noche, o el oscuro vientre
de la diosa-tierra desde el que surge la vida. Luego, es la
Ley que impone el héroe o la divinidad luminosa (como
el Yahveh veterotestamentario) en su lucha y victoria contra
el femenino magma primario (42). Pero la estabilidad y claridad
de un universo ordenado por la Ley niega la realidad como
un libre devenir. Surge entonces el tercer término
de la dinámica religiosa: el regreso a la fuente (la
realidad del misterioso libre devenir) mediante un mensajero
o salvador que recupera el puente o comunicación con
el manantial olvidado. Es el retorno a la fuente abismal,
respecto a la que el hombre de la religión de la Ley
es un exiliado. El mundo de la Ley separa al sujeto de la
fuente no humana de la realidad. Y en la fuente no es el ser,
como ley, orden, sino el no-ser profundo; y por no-ser entendemos
aquí el poderoso enigma de la realidad que fluye libre
de cualquier sofocante legalidad.
Ahab
es mensajero. Pero no del dios de la Ley, sino del retorno
al misterio de la fuente. El mal es la fuerza que expulsa,
e impide el recuentro del humano expulsado con el abismo-fuente.
Ahab es mutilado por la ballena. Acción de mutilación,
que es también expulsión. Exilio. El hombre
bajo la cultura de la Ley (del monoteísmo judeocristiano)
ha sido exiliado de un libre devenir sin Ley. Esa expulsión
es una mutilación (analógicamente representada
por la mutilación física de Ahab), y es lo que
alimenta la angustia del exiliado, su odio, que es también
desesperación por el regreso a una profundidad velada.
Ahab,
hombre exiliado del Occidente moderno lucha por cazar la fuente
esquiva e indescifrable, de la que hemos sido expulsados,
exiliados, por la Ley. Ahab, hijo de la tradición occidental,
sólo puede regresar a la fuente mediante la agresividad,
el resentimiento, el afán de conquista. La caza. El
desquite. Ahab lo manifestó en su momento: todo lo
visible es máscara, disfraz. La ballena blanca no es
un pez, es corporización simbólica del Dios
padre, de la Ley que mutila, expulsa y prohibe el camino de
regreso a la fuente inicial, que vive simbólicamente
replegada en las profundidades. La caza de la ballena es demolición
de la ley-prohibición, de esa vela opaca de la tradición
cristiana que niega la intensidad real o absoluta del ser.
Por eso, el cazador Ahab parece sujeto demoníaco y
blasfemo que se rebela ante el orden de la divinidad ortodoxa
en la que cree Starbuck. Ahab repite la rebelión de
los gnósticos frente al Dios carcelario e ilusionista
del Antiguo Testamento.
Y Ahab aparentemente
perece; aparentemente, sufre una derrota definitiva. Pero
Ahab vuelve al fondo del mar, sitio simbólico del abismo-fuente,
lugar de donde fuimos expulsados por los múltiples
gritos dogmáticos de la Ley. La única forma
de superar la distancia entre el hombre exiliado y la fuente
madre es el sacrificio de la individualidad separada. No se
puede entrar en el magma del comienzo blandiendo el arpón
de un ego que amenaza y ataca. La única esperanza para
el cazador del abismo es su inmersión en la profundidad acuática,
su disolución en la fuente abismal.
Pero no sólo
Ahab regresa. Toda la tripulación del Pequod
(salvo Ismael) acomete el descenso. La tripulación
del ballenero está integrada por marinos de diversas
latitudes. En el capítulo XL, en un canto compartido,
en medianoche, en el castillo de proa, se advierte esa diversidad
cuando, en sucesión, numerosos marinos de distintos
países sobresalen como primera voz del coro entre los
movimientos de pandereta del negrito Pip. La multitud de nacionalidades
parece cifra de lo cosmopolita, de la universalidad de lo
humano. El descenso final a la profundidad marina de la tripulación
del Pequod no es un naufragio más. Es tal vez
el cifrado retorno de la humanidad diversa a la libre y extraña
realidad donde no domina la Ley de la imposición y
el castigo.
Y antes de Ahab
o la tripulación ecuménica del Pequod,
el tripulante en apariencia más insignificante, Pip,
en el capítulo XCIII, había hecho ya su descenso,
que quizá era un preludio o anticipación del
retorno a la fuente oscura y absoluta, a lo real del máximo
valor. En un ballenero los individuos desmirriados deben quedar
en cubierta. Siempre ocurría esto con Pip hasta que
el remero de popa de Stubb se accidentó. El negrito
tuvo que reemplazarlo en una de las lanchas cazadoras. Y cuando
se agregó un nuevo momento en la cacería de
los cetáceos, la lancha de Pip quedó aislada.
Pip se convirtió entonces en un naúfrago. Luego
fue rescatado, pero el mar "había ahogado el infinito
de su alma"; el mar se había llevado su alma "viva
allá abajo, a maravillosas profunidades...donde...la
sirena Sabiduría revelaba sus tesoros amontonados"
(43). Luego de esta inmersión en lo profundo de la
verdad líquida y escondida, Pip veía a Dios
en la "cárcola del telar", y lo llamaban
"el loco". Pero el humilde negrito había
ya entrevisto "un pensamiento celeste que para la razón
es absurdo y frenético". Por su humildad y su
presencia frágil, Pip es la contraposición de
la adusta grandeza de Ahab. Pero antes del torvo y prometeico
capitán, el negrito "en espíritu"
había descendido a la profundidad donde, secreta, late
la sabiduría, con "sus tesoros escondidos".
Y en el orden del
símbolo siempre refucila la ambigüedad. Dualidad
o ambivalencia que destacamos antes a próposito del
contrapuesto significado de belleza atractiva y terror repelente
de lo blanco. Moby Dick, como símbolo, deberá
destilar lo ambiguo. La ballena asediada en el último
intento de caza es, como también observamos, el obstáculo
de la Ley que prohibe el acceso a la realidad plena, sin Ley.
Primero la ballena odiada es la fuerza a vencer para trasponer
el umbral hacia un significado más alto y profundo.
Es el blanco como terror de la pérdida y la imposición.
Pero la blancura, en su otro perfil opuesto y positivo, es
la rara belleza de un color que contiene y supera todos los
colores, y que acaso anticipa el reencuentro del hombre con
una profundidad más honda que cualquier negación
represiva. Desde el pulso de la ambigüedad y la convivencia
de los opuestos en un mismo símbolo, el blanco cetáceo
actúa, en su última emergencia, como fuerza
liberadora; y, desde esta transformación, la embestida
final de la ballena que precipita el hundimiento del Pequod
y de los marinos cazadores de las lanchas, no es ya acción
de condena, castigo, o el simple enceguecimiento de la muerte,
sino último impulso para la inmersión en las
profundidades como simbólico reencuentro con la corriente
de una vida absuelta del exilio. Y de la tiranía de
la Ley. Reencuentro cuya intensidad no disminuye, aunque el
precio sea la muerte física.
Y
el regreso acontece cuando el mar de nuevo brilla.
Como
lo hacía hace cinco mil años.
CINE
Y PINTURA EN LA ESTELA DE MOBY DICK
John Huston
halló en la literatura vivos filones inspiradores.
Su arte cinematográfico adaptó a Tennessee Williams
La noche de la iguana (Night of the iguana,
1964); Malcom Lowry, Bajo el Volcán ( Under the vulcano,
1983) ; Rudyard Kipling, El hombre que sería
Rey (The man who would be King, 1975); o James
Joyce Los muertos (The deads, 1983); o incluso
la Biblia, los 22 capítulos del Libro del
Génesis (The Bible...In the Beginning, 1966).
En
1956, realizó su film donde recrea la tormentosa cacería
de la misteriosa ballena blanca. Para encarnar al demoníaco
capitán Ahab convocó a Gregory Peck, quien le
confirió al perseguidor melvianiano del gran cetáceo
albo un carisma y una fuerza dramáticas, que revelan
a un Peck muy distinto a sus clásicos papeles de hombre
aplomado, siempre dueño de sí. El vigor de su caracterización
hace pensar en una suerte de predestinado encuentro actor-personaje,
que a veces (pocas veces) acontece en la historia del cine.
Frente a ciertas caracterizaciones sentimos una rara predestinación
representativa. Un cierto actor parecería predestinado
a un cierto personaje, donde encuentra su identidad cinematográfica
más reconocida, y su cumbre expresiva (44).
Richard Basehart,
con sus 42 años, encarnó al joven Ismael; y Orson Welles
interpretó, con lograda contundencia, al Padre Mapple,
el predicador de Nantucket, quien pronuncia su sermón
sobre Jonás en la especial proa-altar de su capilla
de New Bedford, en medio de una iluminación con algo
de la atmósfera pictórica de Rembrandt.
En el guión
que adaptó el portento novelístico de Melville,
además de Huston intervino la pluma de Ray Bradbury,
que luego dejaría su marca indeleble en la historia
de la literatura fantástica con El hombre ilustrado.
En el comienzo
del film, Ismael camina hacia el agua de un catarata, y el
agua de un río. Expresiones de lo líquido que,
como un plástico y trasparente camino, lo llevan hacia
el mar y el comienzo de la aventura. Es la primera muestra
de la excelente fotografía, lograda por Oswald Morris,
que consigue preservar la intensidad azul del mar, y su combinación
con lo diáfano del cielo.
Huston
poseía su propia interpretación sobre el sentido
de la cacería de la ballena blanca: "Se ha discutido
demasiado sobre el sentido último de Moby Dick, al
que se prefiere considerar como un libro secreto, enigmático.
Pero en lo que a mí concierne se trata, negro sobre blanco,
de una gran blasfemia. (...) Esta película representa
sencillamente la más importante declaración de principios
que yo haya hecho nunca. Es más, diré que Moby Dick
es mi película más importante. ...Moby Dick es una
blasfemia. Estoy estupefacto de que nadie haya protestado.
Pero la blasfemia es tan esencial en el relato que es preciso
aceptarlo forzosamente. Ahab es el hombre que odia a Dios
y que ve en la ballena blanca la máscara pérfida del Creador.
Considera al Creador como un asesino y se encuentra en la
obligación de matarle".
Ahab
es el blasfemo. El enemigo de Dios. Ya antes, como vimos,
Starbuck había advertido los brotes incipientes de
la blasfemia. Ensañarse contra la ballena, esa "cosa
estúpida", "parece algo blasfemo". Ahab
es el rebelde. Cual un gnóstico, se alza contra el
falso Dios, en realidad, el gran asesino, que debe ser capturado
y ultimado.
La ballena
es el dios, perverso, destructor y engañoso. En "La posada
del chorro", frente a la pintura que muestra, luego de
muchas interpretaciones, a un cachalote antes de aplastar
un navío, Stubb, el segundo oficial, manifiesta: "Si
dios fuese un animal, sería una ballena".
La condición
luciferina, rebelde y anticristiana de Ahab, estaría
también suscripta por su
juramento antes de la cacería. La fórmula reza:
Ego non baptizo te en nomine patris, ser in nomine diaboli.
"Yo te bautizo no en nombre del padre, sino del diablo".
Sin embargo, en el film de Huston esta directa advocación
de la protección diabólica no aparece. También
están omitidas en la recreación del director
norteamericano las largas alusiones sobre cetología;
y asimismo los encuentros en la novela con otros barcos balleneros
quedan reducidos a dos: el del Samuel Enderby, y el
del Raquel. En el primer encuentro, discuten el capitán
Boomer y Ahab, los dos capitanes mutilados por Moby Dick.
El capitán del Raquel pide auxilio al jefe del
Pequod para buscar a su hijo perdido. En la novela
Ahab grita "Dios me perdone", una frase que, en
el film, aparece endilgada a los labios del capitán
del Raquel. Tampoco fueron integrados a la narración
fílmica la experiencia del marino ballenero desde la
trascendente altura de la cofa, los signos del mal augurio
que adelantaban el catastrófico final de la cacería
(45), o el misterioso Fedallah, el escudero del capitán
Ahab.
Pero la
atmósfera de elevación trágica y de poético
verbo shakespereano de la novela, es preservada. En este sentido,
es especialmente lograda la fuerza dramática que adquiere
el parlamento de Starbuck, o el de Ahab antes de la caza final.
La presencia
de Quiqueg dimana una áspera e hipnótica fiereza.
Su amistad con Ismael es reconstruida desde su encuentro en
"La posada del chorro". El hercúleo indígena
del Pacífico Sur nunca quiebra su laconismo. Y, con
toda serenidad, presiente el final de su travesía por
el mundo como arponero; y ordena la construcción de
su ataúd (el mismo que luego le servirá a Ismael
como tabla de salvación tras el hundimiento del
Pequod).
Una de las
cimas de mayor fuerza expresiva en el film lo constituye la
recreación de la poderosa tormenta que castiga al barco
ballenero. La garganta atronadora de la tempestad vomita el
ulular salvaje del viento; las olas, que han cabalgado antes
por todo el mundo, como refiere Stubb, golpean los costados
del barco. Y en lo alto de sus palos, en los penoles, "los
tres mástiles ardían silenciosamente en ese aire sulfuroso,
como tres gigantescos cirios de cera ante un altar" (46).
Son los fuegos de San Telmo. Y los brazos enardecidos de la
tormenta fustigan las lanchas. En la novela, el arpón de Ahab
se libera de su horquilla. Su vaina de cuero cae. Y en su
extremo afilado de acero surge el visible chisporroteo de
un fuego blanco. El arpón pareciera ahora una maligna y amenazante
serpiente. Sin demoras, Starbuk estalla en un grito acusador.
"¡Dios está contra ti, viejo! ¡Abandona! ¡Es un mal viaje!".
Ahab no se amilana. Ya antes había gritado que "la llama
blanca - del fuego de San Telmo- no hace más que alumbrar
el camino hacia la ballena blanca...." (47). Pero, en
el film, Ahab usa el arpón para amenazar a Starbuck,
cuando el primer oficial intenta liberar una lancha para equilibrar
al castigado navío. Ahora, el capitán lisiado, toma
el arpón, lo eleva para recoger la luminiscencia en lo alto
de los mástiles. Y blande la afilada arma como una antorcha
y, sin temor, con el seguro paso de su mano, apaga el metal.
La sofocación del fulgor es, a su vez, la extinción del miedo
que Ahad quiera lograr en sus hombres: "...así
apago de un soplo el último temor".
Y
sea cual fuere su significado más profundo, Moby
Dick configura en la historia del arte moderno una triple
atracción expresiva. El no sentido evidente, o la libre
significación de la ballena blanca, surgida por primera
vez en la mente melviniana, dispone una experiencia que es
expresada por las palabras (Melville), la imagen cinematográfica
(Huston) y las artes plásticas (Stella). En este último
terreno, la trilogía expresiva del misterioso pez es
completada por Frank Stella (48). En su adolescencia, Stella
leyó por primera vez Moby Dick, y vio la película
homónima de Huston. La novela de Melville ejerció sobre
él una gran fascinación y estimulo creativo.
Así, durante más de una década, realizó una
serie de obras inspiradas en la ballena blanca. Una o dos
obras por cada uno de los 135 capítulos de la novela. La serie
completa, con 266 piezas, integra obras de metal en relieve,
pinturas, esculturas, grabados y murales.
La serie se ha exhibido en diferentes museos
e instituciones de Estados Unidos, Europa y Asia. Robert K.
Wallace, autor del catálogo Frank Stella’s Moby Dick: Words
& Shapes (The University of Michigan Press, Michigan,
2000), destaca que "así como Melville era un escritor
‘representacional’ que se volvió especialmente abstracto cuando
se enfrentó al desafío de convertir a una ballena en palabras,
Stella era un artista abstracto que se volvió cada vez más
figurativo cuando se encontró frente a la idea de pintar ballenas".
Y
sobre el final de la aventura, se consuma la gran cacería,
que se inicia después de diálogo de Ahab con
Starbubk. En el film, los dos marinos se intercambian expresivas,
incisivas miradas, un protagonismo en primer plano de los
ojos humanos, que pretende suplantar el agobiante y monótono
paisaje del mar. Y, mientras en la novela el primer oficial
comprende algo más la profundidad de su capitán,
en el film, se propone terminar su locura con un certero balazo.
Pero no lo acompaña el valor.
Y entonces, se
desata finalmente la caza final. Tres jornadas frenéticas
de temblores y ásperos bandazos de las lanchas, de imponente
emergencia e inmersión de la fatídica ballena blanca. Nuevas
palabras altisonantes y maldiciones se revientan en los labios
de Ahab.
En la filmación,
Gregory Peck corrió riesgos, e incluso en una ocasión
se perdió entre la niebla montado sobre una de las
falsas ballenas fabricadas para el rodaje.
Y el capitán lanza
finalmente su arpón con precisa y penetrante cólera. En la
novela, Ahab es ahorcado por un lazo (49). Pero, Huston concibe
una imagen distinta para el último batallar del capitán rebelde.
Ahab se une al lomo del gran animal marino, enlazado en las
cuerdas de los arpones hundidos en el blanco cuerpo del pez.
A veces, el cine completa y sustituye, con una imagen incandescente,
un momento cumbre de una obra literaria. El Ahab aplastado
sobre la ballena vibra quizá, en el conocimiento popular,
con más pregnancia y reiteración que el final literario del
obsesivo capitán.
Starbuck,
que nunca pierda la cordura en la novela, aquí, en
cambio, recibirá finalmente algo de la fanática
determinación de su desaparecido capitán y ordenará
a sus hombres atar sin tregua a Moby Dick.
Y la ballena, lo
mismo que lo hizo en el caso de la historia real del Essex,
arremete contra el Pequod. Un grupo de pájaros,
como solemnes testigos, agitan sus alas sobre la escena de
la destrucción. En la novela, un pájaro picotea la
bandera de Ahab que flamea en el extremo del palo mayor del
navío; sus alas se enredan allí. Y "... se hundió en
el barco que, como Satán, no quiso bajar al infierno hasta
haber arrastrado consigo una parte viva del cielo, poniéndosela
por casco" (50).
Y en el
abismo se deshace la silueta del vencido ballenero. Sobre
la líquida piel del mar, salpicada por fragmentos de naufragio,
Ismael encuentra el ataúd de Quiqueg, un ingenio de muerte
que, paradójicamente, le permitirá al único sobreviviente
respirar muchos años más bajo las plumas del aire y el sol.
Y poco después, el Raquel, el barco que buscaba a un
hijo perdido, vendrá para salvar a huérfano, cuyo destino
es contar, una y otra vez, la historia de un viaje maldito. ¿O
sagrado?
|
|
Gregory
Peck y John Huston,
durante
la filmación de Moby Dick |
Citas:
(1) Aquí, un olvidado
crítico señalaba: "En las escenas en las que el
cetáceo desempeña el principal papel activo o pasivo, el trazado
y la acción alcanzan gran vigor o interés. En todo otro sentido,
se trata de una triste mezcolanza, tediosa y sombría, o ridícula.
Los cuáqueros del señor Melville son los más infelices necios
y fatuos, y su enajenado capitón...es un montuoso pelma...Sus
delirios, y los delirios de algunos personajes secundarios,
y los delirios del mismo Melville, destinados a la elocuente
exclamación, conforman un material que justificaría un mandamiento
judicial de lunático contra todos los partícipes", citado
en Prólogo de Jaime Rest a la traducción de Enrique Pezzoni
de Moby Dick, Buenos Aires, ed. sudamericana, 1970, p.20.
(2) Sobre el significado
simbólico de Ismael en las Biblia Génesis, 16,1-16, 18-25;
21,6-21; 25, 9-17.
(3) Herman Melville,
Moby Dick, Buenos Aires, ed. Planeta, publicado en Biblioteca
La Nación, p.25; traducción de José Maria Valverde, catedrático
de la Universidad de Barcelona. Todas las citas de la obra
que consignaremos en el texto proceden de esta versión española,
pero también, en lengua castellana, es muy recomendable la
traducción de Enrique Pezzoni, editada por ed. Sudamericana.
(4) Sobre el simbolismo
acuático, con su relación con cosmogonías acuáticas, puede
consultarse Mircea Eliade, "Las aguas y el simbolismo
acuático", en Tratado de historia de las religiones,
México, Biblioteca Era, pp. 178-200.
(5) Herman Melville,
Moby Dick, op.cit., p.28.
(6)
El nombre del capitán Ahab está emparentado con Acab, en hebreo
"hermano del padre." Acab fue el séptimo rey de Israel,
que sucedió a su padre Omri en el año 918 a.C. y reinó veintidós
años. En Samaria levantó un templo consagrado a Baal, y persiguió
a los profetas de Dios. En la Biblia se asegura que despertó
la ira de Dios en una proporción nunca antes provocada por ninguno
de los reyes anteriores a él.
(7) Ibid.,p.33.
(8) Ibid.p.63.
(9) Ibid.,p.193
(10) Ibid.
(11) Ibid., p.163.
(12) Ibid, p.198.
(13) Ibid., p.
179-80.
(14)
Mikhail
Kohlhaas, personaje de la novela homónima de Heinrich von Kleist.
Kohlhaas convierte una venganza familiar en un necesario acto
de justicia cósmica.
(15) En el Hiperion
de Holderlin, el personaje homónimo, cual si fuera Lord Byron,
puja por la independencia de la Grecia moderna
respecto al poder turco, aunque los viejos ideales atenienses
por los que el héroe batalla no son ya los de los griegos
modernos. Ver Friedrich Holderlin, Hiperión, Buenos Aires, ed.
Marymar.
(16) En Los
bandidos de Schiller, unos personajes épicos, a fin de
defender la libertad individual, se resisten a los tentáculos
de una legalidad universal que sofoca
(17) En El monje ante el mar,
el gran pintor romántico Kaspar David Friedrich muestra en
primer plano, una diminuta presencia humana, la del monje,
frente a un gran cielo y el mar. El artista pretendió
trasmitir la sensibilidad humana que se abre a lo infinito, y
que acepta la imposibilidad de una equilibrada integración
con lo infinito o absoluto en la modernidad donde el sujeto se
escinde de la naturaleza.
(18) Herman
Melville, Moby Dick, op.cit., p.198
(19) Ibib.,
p.199.
(20) Ibib.
(21) Ibib.
(22) Ra y Horus combaten
contra Apofis, este combate represente la batalla entre lo
solar creador y el caos de lo oscuro y lo líquido. Así
"... su salida (la del sol) ya no se veía como debida a
una capacidad de renacer pasiva, sino como una batalla
mantenida por el sol sobre su barca, navegando a través del
cielo del día y por el mundo subterráneo de la noche. Su
barca está, pues, tripulada por los dioses aliados y el
enemigo es Apofis, la serpiente o el dragón de la
oscuridad."; en Henri Frankfort, en La religión de
Antiguo Egipto, Barcelona, ed. Lartes, p.100-101.
(23) Ver la
excelente edición Enuma Elisch. Poemas babilónico de la
creación, Madrid, ed. Trotta, edición y traducción de
Federico Lara Peinado.
(24) La victoria
del héroe védico Indra sobre un dragón que retiene las
aguas, se asemeja a la liberación y los límites que Yaveth
le impone a las aguas: "Construiste la tierra sobre bases
/ tan firmes que jamás se moverán./ Tu la vestiste del mar
como de un manto/ y sus aguas cubrían las montañas./ Se
retiraron ante tu amenaza / y escaparon al ruido de tu
trueno;/ por los cerros subían,/ bajaba a los valles / hasta
el lugar que tú le señalaste "(Salmo 103, 5-8).
(25) Ver Fr.
García Bazán, Gnosis. La esencia del dualismo gnóstico.
(26) Un excelente
obra que compendia todas las principales figuras míticas de
la dracomaquia en las diversas culturas y tradiciones
mitológicas es Antonio Medrano, La lucha contra el dragón,
Madrid, Ediciones Yatay.
(27) El
Nuevo navegante práctico americano, es obra del matemático,
oriundo de Salem, Nathaniel Bowditch (1773-1838).
(28) En el canto
IV de Childe Harold, obra de Lord Byron, Harold
manifiesta: "¿Sigue moviéndote, hondo, sombrío
mar azul!/ Vanamente diez mil balleneros te cruzan".
(29) Thomas
Cramer (1489-1556) fue arzobispo de Canterbury. Murió
quemado por orden de María Estuardo. La dispersión de sus
cenizas estimula en Melville la imagen de un regreso
panteísta del alma a la totalidad divina.
(30) Ver el
discurso de Diotima de Mantinea sobre el eros, que
recuerda Sócrates, en Platón, El banquete, ed.
Gredos.
(31) Sobre el
pensamiento de Emerson puede consultarse sus Ensayos
(1841), o su otra gran obra: Hombres representativos
(1847).
(32) Así,
Thoreau expresa: "No me interesan las filosofías del
universo en las que le hombre y sus instituciones ocupan mucho
lugar y absorben demasiada atención...El universo es más
extenso que lo que uno siempre cree para albergar al
hombre"; en Henry David Thoreau, Elogio de la vida
salvaje, Buenos Aires, Rinzai, p.54.
(33) H.
Melville, Moby Dick, op.cit., p.200
(34) Ver La
canción
del Viejo Marinero, de Samuel Taylor Coleridge.
(35) H. Melville,
Moby Dick, op.cit., p.22-23.
(36) Ibid., p.227.
(37) Ibid. p.321.
(38) Ibid., p. 587.
(39)
En el 1820, el ballenero Essex fue hundido por un cachalote.
Es un ejemplo histórico de un embarcación ballenera
destruida por la supuesta víctima de los arpones. Este
episodio seguramente inspiró la arremetida mortal de Moby
Dick contra el Pequod.
(40) H. Melville,
Moby Dick, op.cit., p.168
(41) Eugenio Trías,"Los
tres principios de la experiencia religiosa", en Pensar
la religión, Buenos Aires, ed. Altamira,
pp.57-75.
(42) En
el capítulo donde se describe la gran tormenta, Ahab celebra
el "poder sin lenguaje ni lugar" de los rayos, de
la luz del fuego celeste. El enigma es destacada a propósito
de la luz de la tormenta porque "Tú no sabes cómo has
nacido, y por ello te llamas inengendrado; ciertamente, no
conoces tu comienzo, y por ellos te llamas incomenzado".
Pero este enigma del fuego paterno, "tú sólo eres mi
padre feroz", dice Ahad, convive con otro enigma "a
mi dulce madre no la conozco". Esa madre no conocida
podría quizá ser enlazada con el enigma del abismo creador
originario de lo líquido, de lo inicial.
(43) H.
Melville, Moby Dick, op.cit., p.460.
(44) Es
el caso tal vez de Charlton Heston, interpretando a Taylor,
en El Planeta de los simios; Orsons Wells en Otello;
Marlon Brando como Kurtz en Apocalipsis now y, en
el mismo film, Martín Sheen como Willard).
(45)
Algunos ejemplos de la predestinación fatídica del Pequod,
no incluidos en el film, es por ejemplo lo referido
al capítulo relacionado con Jeroboam; aquí, Gabriel, un
marinero del bíblico nombre, recupera una carta cuyo destinatario
era un marinero que murió por la obstinada persecución de
la temida ballena; clava luego la misiva en el casco del
Pequod para que la maldición del marinero muerto persiga
al capitán Ahab. Otro signo de mal augurio se hace presente
en el episodio del gran pulpo blanco que se le aparece a Starbuck
en medio de las olas; y, según una creencia marinera, difícilmente
un barco regrese luego de haberse topado con el mencionado
pulpo.
(46)
p.548.
(47)
p.550.
(48)
Frank Stella (Malden, Estados Unidos, 1936) comenzó sus estudios
artísticos en la Phillips Academy y en la Universidad de Princeton.
Realizó su primera exposición, Sixteen Americans, en
el Museum of Modern Art (MoMA), de Nueva York, en 1959. Desde
entonces, sobresalió como uno de los más destacados exponentes
del grupo de artistas abstractos norteamericanos de la década
del cincuenta. A partir de 1958, con sus Black Paintings,
se asoció con la "nueva abstracción", movimiento
que precede al minimalismo. Fue uno de los creadores y promotores
del "hard edge" o "pintura de borde duro",
y del cultivo del "shaped canvas" o la pintura de
marco recortado. Un gran aporte a la experimentación vanguardista
fueron sus cuadros-objetos y sus pinturas-relieve. En 1960
concretó su primera muestra individual en la Galería Leo Castelli
de Nueva York. En la década del 60', tomó parte de numerosas
muestras vinculadas con el arte minimalista y la nueva abstracción.
Tal es el caso de Toward a New Abstraction (Jewish
Museum, NY, 1963) o Systemic Painting (Guggenheim
Museum, NY, 1966).
(49)
..."Se disparó el arpón: la ballena herida voló hacia
delante; con velocidad inflamadora, la estacha corrió por
el surco, y se enredó. Ahab se agachó para desenredarla, y
lo logró, pero el lazo al vuelo dio vuelta al cuello, y sin
voz, igual que los silenciosos turcos estrangulan a sus víctimas,
salió disparado de la lancha, antes que los tripulantes supieran
que se había ido", en Moby Dick, op. cit., p.618).
(50)
Ibid., p.619
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