I.
Explorar es una actitud
vital. Es una piel de muchas rayas. Las rayas del explorar como
acción física y épica en los exploradores de la época de los
grandes descubrimientos; o el explorar como hallazgo intelectual, o
como creación y experimentación artísticas.
Explorar es venerar una región del ser. Y la exploración
del misterio
del ser acaso sea el arrojo exploratorio mayor.
Y si la exploración
más vertiginosa o embriagada es la del ser, el explorar, aunque
parezca abocarse a un algo particular, se derramará, una y
otra vez, en el cuerpo extenso y complejo del universo; en lo
universal y sus secretos irreductibles. Porque el ser mismo es
universalidad.
El libre pensador
piensa con la mayor libertad que le sea posible. Su libertad se
muestra en su actitud crítica y, muchas veces, en la ironía y la
sátira. Este sesgo crítico suele verterse sobre la cultura y sus
conflictos, sobre las ilusiones o méritos de la filosofía o la
ciencia. Pero antes que el filo de la espada del libre pensador, se
encuentra la dureza y resistencia de la masa metálica de esa
espada. La consistencia de la espada equivale a una decidida actitud
exploratoria, que es anterior al filo pensante.
El libre explorador es
acaso una figura anterior al libre pensador; no hablamos del libre pensador
que reordena rasgos oscuros o falencias ya sabidas hasta el hartazgo
de nuestra cultura, o de otras (1).
El libre explorador
busca sondear, o recordar, algún valle todavía envuelto entre
brumas de lo indefinido y desconocido. La actitud que hurga las
nuevas figuras que duermen entre las brumas, entre latentes
relaciones complejas, es el pathos inicial del libre
explorador. Esta forma particular del ser humano es sobre la
que queremos ensayar aquí…
II
Podríamos pensar
primero que la actividad exploradora es una noción general,
aplicable por tanto a muchos ámbitos. Podríamos pensar que, en una
primera percepción, ex-ploración es todo salir afuera. El
ver y registrar, por ejemplo, del bebé de las primeras sensaciones
que lo abren a un mundo exterior; la primera visita exploradora de
una pareja que se apresta a comprar o alquilar una casa; la
contemplación detenida de los paisajes que se ofrecen durante una
caminata en la naturaleza; la necesaria circulación por veredas o
calles para arribar desde algún sitio hacia otro.
Pero lo explorador en
esta primera visión general no es sólo una actitud descubridora o
indagadora de lo exterior. También puede implicar la
introspección, un atender a uno mismo que descubre nuevos
hondonadas de sentimientos, pensamientos o núcleos conflictivos.
Explorar es así alguna
forma de des-pliegue que se expande desde su anterior plegamiento.
Los pliegues de las exploraciones salen hacia los diversos niveles
del afuera físico o social, o de las tramas diversas (psicológicas
o intelectuales) de la interioridad. Pero tal vez esta intelección
abarcadora del acto explorador no piensa lo propio del explorar.
Alude más bien a las posibles direcciones hacia las que el impulso
explorador puede lanzarse. Es como un mapa de navegación que se
des-pliega para mostrar distintas rutas posibles en el mar, pero sin
meditar sobre el sentido mismo del acto de navegar; o sobre todo lo
ya implicado en el arte del deslizamiento de los barcos entre las
olas.
La actitud exploradora
necesita así una lupa pensante que ausculte su núcleo. Podríamos
empezar considerando que el explorar es un desplazarse hacia otros
sitios físicos o mentales donde se descubre, por primera vez, algo
o se re-descubre lo ya conocido o visitado.
Explorar es un
desplazamiento que goza en unir lo ya sabido con la última novedad
explorada. Y lo que permite este tipo de unión es una
desinhibición de la capacidad lúdica o combinatoria.
Veamos:
El libre explorador (en
este caso en tanto lector) llega a un lugar dentro de El Quijote.
El discurso del hidalgo de la Mancha a los cabreros, por ejemplo,
que rememora las mieles perdidas del paraíso terrenal. En este
encuentro-lectura no se busca sólo el mero placer del leer, o el
recuerdo de lo leído, o su transformación exclusiva en algún
ejemplo de estructura narrativa estudiada por la critica literaria.
El encuentro con las palabras quijotescas evocadoras de lo
paradisíaco serán un camino descubierto para allí combinar
libremente la situación leída con otros momentos de las
literaturas, o los simbolismos ancestrales, o patrones míticos
arcaicos que aparecen (inadvertidamente por lo general) en la
narración. La exploración como gimnasia lúdico-combinatoria puede
así encontrar situaciones modélicas trasladables a
diversos ámbitos de acción o pensamiento. La nostalgia de lo
perdido actúa como situación modélica en el discurso del Quijote,
y este modelo de situación puede ser trasladado, como parte de un
juego relacional, a otros saberes o territorios de sentido. La
nostalgia por lo perdido es la que asalta a Platón y lo espolea a
construir, por la escritura y el diálogo, la ciudad-utopía de la República;
o es la remembranza del astronauta que visitó la luna y que,
después, experimenta con angustia el actual abandono de los viajes
lunares tripulados. O es el caso del matemático que, entre multitud
de paradigmas matemáticos posibles, añora el alba mística y
fundacional de las matemáticas como transparente modelo de lógica
eterna entre los pitagóricos; o es también en el caso del
científico atravesado por lo indeterminado y probabilístico, la
íntima nostalgia por la superada ciencia clásica del determinismo y la
predicción.
Lo leído así, en
tanto escena de un acto explorador, propicia el hallazgo de
situaciones modélicas trasladables a otros ámbitos, por una imaginación lúdica y
relacional. Y este salto comparativo o relacional
puede aflorar en distintas circunstancias de exploración: en el explorar las
diferentes costumbres humanas en un viaje sensible (y no
en una mera situación de traslado turístico); en un explorar
sensitivo del paisaje; en la atención a las señales del paso
temporal en los rostros; en la percepción de los rasgos de la vida
animal. En estos distintos escenarios de exploración pueden estirar
sus flecos las situaciones modélicas extrapolables a lo distinto de
sí.
Antes del cultivo de la
libre exploración el encuentro con un libro puede ser motivo para
una experiencia que se limita al goce de leer o la apropiación de
lo leído por una disciplina ordenadora y explicativa (crítica
literaria, sociología, filosofía). Pero luego de la liberación de
la actitud exploradora cada lugar encontrado y explorado puede ser
parte de un hallazgo de situaciones modélicas que luego, libremente
y como en una situación lúdica, se relacionan o combinan
con otras situaciones modelos.
Pero lo que esta forma
de la exploración encuentra no es sólo, o principalmente, las
situaciones modélicas. También puede demorarse en una
penetración exploradora de singularidades. La llegada a un
sitio explorado (libro, sociedad, paisaje, mundo interior) no depara
únicamente el hallazgo de una situación de sentido extrapolable a
otros calderos, sino que, en este caso, reposa o demora en una
particularidad. El explorador es ahora, por ejemplo, el poeta
japonés, o el samurai (como poeta guerrero en su expresión más
alta) que se encuentra con una flor de cerezo. Su presencia le
resulta única. Su brillo resplandece sin ser comparable con ningún
otro. El encuentro con este estado intransferible (el centelleo de
la flor) devuelve el sentido del misterio que, aun oscuramente,
percibimos que no puede ser absorbido por ninguna ley general.
Esta forma de apertura
exploratoria del sujeto sensible acaso tiene su máximo ejemplo en las
singularidades poéticas. Percibir una singularidad poética es
una experiencia inefable. Singularidad poética es acaso, y por
ejemplo, la súbita sensación de extrañeza o frescor que puede
irradiar cualquier hecho: la visión de un rostro, de un paisaje
terrestre, celeste o marino; lo experimentado repentinamente al
escuchar una voz; o ante el fluir de la lluvia, la brusquedad del
rayo, o un sonido musical que quiebra el silencio…
El sentido de estas
experiencias es burla o fuga de todo concepto. La cantidad posible
de estas singularidades es imprecisable, o responde a unas
matemáticas de magnitudes potenciales inabarcables por el
intelecto. Y dado que el tenor de estas singularidades no son
traducibles a un número o información precisa, no pueden alimentar
las alucinatorias capacidades combinatorias de ningún megaordenador,
de ninguna inteligencia artificial de altos poderes deductivos.
Entonces la libre
exploración no es el mero descubrir. O no es un descubrir para
ordenar o subsumir lo nuevo dentro de códigos disciplinarios en
propagación (ciencias, teorías literarias, filosofías
unidimensionales, es decir disciplinas que, por lo general, sólo
admiten como existente lo traducible en concepto racional).
La libre exploración
empieza a manifestársenos entonces como encuentro lúdico con
situaciones modélicas, y con singularidades poéticas. Esta segunda
forma del explorar vibra con presencias que, con determinación
feroz, se resisten a ser sustituidas o comparadas con cualquier otra
singularidad.
La libre exploración
entonces, en esta primera meditación, es el descubrimiento de
modelos universalizables, y el asomo a individualidades
incomparables.
III
Al avanzar entre
frondosas vegetaciones, el libre explorador explora las situaciones
modélicas, y las singularidades poéticas. En estas dos primeras
formas de encuentro, la pasión exploradora no se torna insensible a
lo universal. Pero la universalidad del libre explorador no es la idea
de universalidad; no es un saber o una cultura determinada que
mantienen lo universal como la verdad más genérica o relevante. La
ciencia occidental, en la práctica, aún confía en la
universalidad de la razón. Cuando desde la física cuántica se
introduce la incertidumbre ésta es explicada y avalada desde una
investigación que ella misma sigue siendo racional.
Y en las otras playas
del Oriente místico tradicional, la universalidad es la
omnipresencia del vacío. La vacuidad, el abismo de un ser no
racional como sustancia íntima de la existencia. Otra universalidad
relevante es la de esa suerte de fatalidad histórica que supone la
implantación universal de la lógica de mercado.
Pero todas estas formas
de universalidad clausuran lo universal. La exploración aquí no es
libre porque debe subsumir algún nuevo sentido o posibilidad dentro
de formas de entender la verdad a priori, ya asentadas.
Por eso, el libre
explorador no explora este tipo de universalidad. O si lo hace,
siempre sabe y no olvida los límites de estas pretensiones de
universalidad. Sabe que lo que lo universal científico-racional,
místico-oriental o capitalista libera no es lo universal como tal
sino interpretaciones de una universalidad históricamente situadas;
o impuestas por una tradición, como la de Oriente, que muchas veces
se repite sin una verdadera experiencia de lo universal vacío (2).
El libre explorador
explora una universalidad que no pretende ceñirse sólo a alguna
totalidad o código de saber de una cultura previa (es decir de su
cultura madre, inevitablemente). El explorador libre explora no para integrar lo
descubierto a un código anterior, sino para gozar con un movimiento
que se funde con el movimiento sin detención del mundo que fluye.
En esta actitud no hay voluntad de conocimiento, sino de
descubrimiento; no hay deseo de demostración, sino avidez de
deslumbramiento ante el poder misterioso de recreación de cualquier
conjunto de sensaciones o ideas.
IV
El día parece el mismo
que el anterior. La misma secuencia. Primero el amanecer, el
mediodía, la tarde, la noche, la eventualidad del buen o mal tiempo... Pero cada nuevo día supone nuevos encuentros entre la luz y
las sombras, nuevos desplazamientos de la tierra en su órbita;
nuevas circulaciones de vientos y corrientes marinas; nuevas faenas
de vida animal; nuevas acciones de los mamíferos humanos...
Y el cuerpo de un
hombre dado parece básicamente semejante entre dos días sucesivos.
Sin embargo, ese cuerpo cambia en su fisiología, acumula más
latidos, más desgastes celulares o neuronales; y, a la vez, su
mundo psíquico imperceptible (o sólo perceptible a veces por la
variación de gestos faciales) camina de la esperanza a la desazón,
del temor a la serenidad.
Las cosas en el mundo
físico, y los pensamientos y los estados corporales, varían sin
descanso.
Esta observación
parece banal. Se trataría sólo de señalar que todo se mueve, y
que esto produce las trasformaciones. Pero es oportuno pensar de
continuo el cambio para que éste no se anquilose o petrifique. Y
una forma de ese pensar en el cambio de lo cambiante es la
exploración sin descanso de lo que se mueve...
El libre explorador que
explora el movimiento en sus efectivas trasformaciones acompaña la
universalidad como corrientes que constantemente aumentan su
espesor, sus yuxtaposiciones. Imaginariamente: una corriente que al
circular se duplica y crea otra corriente que se yuxtapone con la
anterior.
El explorador se
proyecta en la amplitud; en lo universal como la amplitud que, al
moverse, traspone límites preestablecidos. Pero la actitud que
frota amplitudes no reposa tanto en un abrirse hacia nuevos
horizontes en un espacio inabarcable, como en la inmersión en
crecientes profundidades sinápticas y celulares, donde aumenta la
complejidad. En sus combinaciones, células y sinapsis neuronales se
entrelazan y complejizan.
El libre explorador no
se complace en el aumento de información o de conceptos. En este
sentido renuncia a la acumulación del saber por su valor en sí; o
por su funcionalidad instrumental que, por ejemplo en el caso de las
ciencias aplicadas, deriva en nuevas tecnologías.
El lugar del placer
del libre explorador es penetrar en el aumento de complejidades, es
el disfrute de una mayor riqueza interconectada de lo real. Y la
travesía exploratoria por la complejidad creciente de lo real
modela un pensamiento capaz de pensar (desde el concepto o la
imagen) las relaciones de la complejidad que se compenetran entre
sí. Riqueza relacional de un cerebro que asciende a niveles más
altos de un pensamiento hipercomplejo y que, por la plasticidad
neuronal (3), desarrolla nuevas capacidades.
La realidad más
ineludible del mundo físico o mental es su complejidad. Aceptar
este postulado necesita superar la seducción de una estética
minimalista que cree que lo simple o puro es superior a lo complejo.
Quizá cabría
diferenciar dos gestos de la simplicidad: lo simple como pobreza no
compleja, o lo simple que actúa como síntesis que surge luego de
atravesar lo complejo (4). En un primer atisbo superficial, ejemplo
de una entidad simple es una superficie que parece homogénea,
constante y de mínimos elementos. Una rama caída de árbol por
caso. La rama podría ser admirada en la humilde simplicidad de su
forma de madera, fácilmente observable y comprensible en su
función. Pero la complejidad rápidamente emerge con sólo pensar
en la no percibida estructura molecular y atómica de la rama. Y la
rama parece que persiste allí en su silenciosa simplicidad. Mas su
silencio es velo engañoso. Velo que en parte se disuelve mediante
una situación lúdica. El juego, por ejemplo, de tomar la rama y golpearla
con diversos objetos sorprenderá al oído con los inesperados y
complejos ritmos que, dormidos, viven latentes en la rama, y son
parte de su disimulada realidad compleja (5).
Platón es un posible
ejemplo de un pensar abierto a lo complejo (aunque fuere a la
complejidad del mundo ideal o espiritual).
Platón llama al
filosofo sinópticos, el sujeto que ve el todo en sus redes
de interconexiones. En el caso especifico de su filosofía, la
percepción pensante de la realidad integrada y compleja surge de la
comprensión de los lazos entre las ideas, ordenadas en un conjunto
triangular bajo el gobierno de la Idea del Bien. El pensar que es
capaz de integrar con orden y progresiva racionalidad las ideas que
se conectan entre sí es propiamente la dialéctica filosófica y
ascendente. En el autor del Timeo, el conocer descansa en la
inescindible interpenetración de ideas múltiples y complejas. La
explicación de Platón de la dialéctica ascendente engaña, como
en el Sofista, en cuanto a la aparente sencillez de un
método deductivo que, mediante la interrelación de una pocas
Ideas, define el arte de pescar con caña. Pero la posibilidad de
que el intelecto se concentre en una secuencia particular en nada
disuelve la coexistencia paralela de una multitud, indeterminable,
de ideas integradas en el complejo organismo del Mundo de las Ideas.
Acaso una visión
paralela y completa de todas las ideas no corresponda a una
posibilidad racional. Y por eso Platón sugiere en el Banquete,
de forma velada o cifrada, que la contemplación de la Idea de la
Belleza en sí provoca una súbita fulguración del sentido más
profundo de la vida. Un sentido que sería más asociable a una comunicación o contacto místico con el ser que
a una contemplación intelectual de la belleza espiritual.
Pero lo que nos
interesa aquí es que el pensamiento platónico salta a una realidad
suma cuando deviene sinópticos, cuando se expande no tanto
hacia la amplitud difusa y sin clausura de un infinito espacial,
sino cuando se sumerge en el fascinante espesor complejo de las
Ideas interrelacionadas.
En Platón, las Ideas
(que se integran entre sí y con la idea madre, la Idea del Bien)
son potencialmente inagotables. En el mundo platónico, cada cosa
observable o pensable demanda la preexistencia de una Idea que le
dé existencia. Las nuevas creaciones artificiales generadas por la
acción humana, o las nuevas entidades conceptuales que ingresan en
su universo mental, señalan que nuevas Ideas se introducen en el
mundo.
La ladera por la que el
libre explorador puede ascender a la realidad amplía, es el punto
donde hierve la complejidad. Es el ingreso a una conciencia para la
que lo real es espesor que se complejiza. Salto a un cielo, cercano
a las ramas, donde las luciérnagas irradian nuevos colores.
Colores que surgen de
relaciones que crecen…
V
La libre exploración
se sumerge entonces en las relaciones de creciente complejidad.
Relaciones que pueden pensarse como parte de una totalidad
postulable. Pero nunca abarcable. Sin embargo, y a pesar de esto, la
expansión a una totalidad o amplitud (pensable pero inabarcable) es
preparación para sumergirse luego en las tramas de las relaciones
complejas.
El salto a la amplitud
es especialmente poderoso en el explorador pionero: en la mente que,
por primera vez, pretende una visión de la universalidad posible
para su tiempo. Los ejércitos de eruditos especializados pueden
pensar en una totalidad, entendida como el estado más universal y
actual de su disciplina. Pero ni ayer ni hoy podrán, o querrán,
pensar el amplio espectro de saberes posibles en su horizonte epocal.
Es la situación opuesta al libre explorador que no retrocede ante
lo universal porque lo enciende la sensibilidad ante el ritmo
polifónico de la cultura.
Este acto demanda
avidez exploratoria, el arte de las relaciones integradoras, y el
amor por un cielo de muchas nubes paralelas, de colores y formas
distintas.
Aristóteles es un
posible ejemplo de pensamiento que, de forma primera, explora lo
universal; y es ejemplo de sensibilidad ante la diversidad
polifónica de la cultura. En un solo hilo pensante, el Estagirita
une metafísica, física, meteorología, poética, zoología,
biología, lógica, la cuestión del alma…
El pensador poliédrico
y universal se propaga a la amplitud de los saberes que pueden ser
pensados en su tiempo. Y esta gimnasia expansiva permite después el
acceso a un pensamiento complejo y dialéctico, donde la visión
sobre los saberes particulares estará mediada por la mirada sobre
los otros saberes en una sola filosofía universal e integradora.
Un preámbulo de este
tipo de libre explorador es el gran recopilador de conocimientos o
creencias antes no sistematizadas. Es el caso, por ejemplo, de
Plinio el Viejo y su Historia Natural: el intento de
sistematización inicial del conjunto de los saberes sobre la
naturaleza, y también de creencias o costumbres de los pueblos
arrasados por el puño romano. Es el caso, asimismo, de Snorri
Sturlusson y su codificación o Eddas de las historias
míticas nórdicas bajo la forma de sagas, y de las metáforas
tradicionales de los poetas scalds.
Hay aquí una avidez
exploratoria alimentada por la curiosidad, la sorpresa y una
voluntad ordenadora. Pero son más vigorosas las garras del libre
explorador pensador que corre por cadenas de saberes, y explora,
como topo, los espesores que crecen en muchos territorios. Para
muchos esto es defender el famoso "mucho abarca y poco
aprieta"; pero el que poco aprieta, por concentrarse sólo
sobre un segmento de una línea muy amplia no alcanza a comprender
o "apretar" la realidad mayor en la que su saber se sitúa
(6).
El salto a la
universalidad de los muchos saberes se manifiesta en los pensadores
calidoscópicos. Es el caso, ya señalado, de Aristóteles; o, por
ejemplo, de Abelardo, Leonardo, Cornelio Agrippa, Leibniz, Comenius
y su pansofía (7). O Nietzsche. El Nietzsche
específicamente del saber sobre el Occidente clásico y cristiano,
y el del interés por el budismo y las leyes de Manu; o el Einstein
sumido en la teorización físico-matemática y en las
preocupaciones humanísticas; o el Borges que, a pesar de sus
importantes omisiones, es decidido explorador cosmopolita. O es el
caso de biólogos-pensadores, como James Lovelok o Bateson, que unen
las ciencias ambientales o biológicas con las autorregulaciones
geneanas y una ciencia de la mente (8).
VI
Acabamos de meditar
sobre una integración de saberes, como la acometida por
Aristóteles.
Pero el camino
explorador surge también en el descubrimiento o invención
original, en la postulación novedosa de una idea, en la
consumación de un invento que preludia saltos posteriores de
desarrollo. En este proceso respira la perdida y anónima emoción
del inventor ( o inventores) de la escritura, la pólvora o el
papel. Es la dimensión inventiva que promueve la aparición
original en la mente de Einstein de la teoría de la relatividad; en
Mendel del proceso de trasmisión de caracteres hereditarios por los
genes; en Flagerthy, la derivación de la imagen cinematográfica
hacia el documentalismo etnográfico. Y el cine mismo emerge,
quizá, no con las imágenes de los hermanos Lumier sino con la
ocurrencia de la linterna mágica inventada por el jesuita Kircher.
La originalidad, huelga
recordarlo, nunca es absoluta y desprovista de antecedentes; es la
maduración lenta de un fruto en estaciones anteriores de luz y
agua. Así Copérnico, de forma inicial, sistematiza el paradigma
heliocéntrico en el ápice de un proceso iniciado por Aristarco de
Samos; o el primer vuelo de los hermanos Wright es la consecuencia
de la ambición prehistórica de imitar el vuelo de los aves; anhelo
mimético que, a su vez, estimula las investigaciones aerodimánicas
de Leonardo en el Renacimiento.
La invención del nuevo
artefacto o de la idea fundacional des-pliega pliegues anteriormente
replegados. Pero más allá de su coronación de un proceso
anterior, la invención practica, o la creación teórica de ideas o
conceptos matrices, es efecto de una actitud exploratoria.
La explicación
evolutiva nos sugiere un lento desarrollo que siembra el tiempo con
nuevas invenciones. Y bajo esta mirada, en un determinado momento de
la historia, si tal inventor o pensador no genera una novedad
determinada lo hubiera hecho otro. Esta visión es propia del
materialismo histórico de Plejanov, a la que puede sumarse la
conocida explicación del desarrollo científico mediante quiebres
de paradigmas en Thomas Kuhn; o la visión de Spengler de Napoleón
(en cuanto a que la misión cumplida por el Gran Corso, si no
hubiera sido cumplida por él, habría cristalizado a través de
algún otro necesariamente). Estas interpretaciones son válidas
como estudio de las condiciones de irrupción de las novedades; pero
como toda instancia explicativa son parciales. Una rama del árbol
creativo que tal vez no es suficientemente atendida aquí es la
singularidad que conduce a tal individuo determinado a ser él, y no
otro, el que explora, para, luego, generar o producir lo novedoso.
Una cualidad sensible
particular acaso vibra en la mente exploradora para impulsarla hacia
el necesario descubrimiento y expresión de la novedad. Esta
cualidad es un rasgo emotivo antes que una especifica habilidad
intelectual. Los procesos analíticos, lógicos o deductivos de la
mente son indispensables en algún momento de la concepción del
invento o la idea. Pero la actitud del inventor o pensador en pos
del artefacto o de la idea, es nutrida primero por la emoción ante
una música todavía no escuchada. Y que promete resonar por primera
vez, si se persigue con obstinación sus vibraciones aún veladas.
La música conocida se repite en nuestras creencias y conocimientos
aceptados. La otra vibración, en cambio, más débil y tenue, la
que todavía está velada y que pareciera aproximarse o desnudarse
lentamente, es metafóricamente la anguila que se aproxima a la
conciencia desde la corriente de una sub-música. La intuición de
la sub-música, de lo todavía no escuchado, conduce a la novedad
genial. El explorador que desnuda novedades escucha, como diría
Thoreau, un tambor diferente. Escucha una música potencial que, de
a poco, entrega parte de sus vibraciones. La escucha de esos acordes
supera su nebulosidad inicial a través de una exploración
obsesiva. Obsesión exploratoria que remueve los obstáculos que
alejan o impiden la audición de la sub-música. Todavía
desconocida y emergente...
La obsesión por la
escucha de una nota fuera de los pentagramas repetidos es
indispensable en el explorador que amplia las partituras. Un aleteo
emocional y no racional de libélulas agitan constantemente el aire
excitado del explorador. El explorador de la mente de los oídos
salpicados… Oídos salpicados misteriosamente... por sonidos
remotos...
VI
Y el esclavo, a veces,
se piensa. Piensa su libertad ausente. Y puede pensar esta ausencia,
porque la libertad es una entidad platónica. Una entidad que nunca
desciende plenamente al mundo empírico. En cualquier orden, la
libertad es la expresión fundamental de una acción inhibida,
siempre postergada o negada por las fuerzas sociales y naturales que
imponen coactivamente comportamientos. Pero, en todo lugar o tiempo
de la existencia humana, la inhibición que disuelve los sueños de
libertad nutre, a su vez, la resistencia ante los poderes que
oprimen.
La resistencia es a
veces ineludiblemente frontal. Pero muchas veces, lo más oportuno e
inteligente es la acción en el margen. En el margen de las
instituciones. Quien busque preservarse como libre explorador
difícilmente sobrevive en este impulso, si se inserta demasiado en
una institución.
Para el más acalorado
explorador místico o religioso, el lago más brillante es la
entrega a un ser abismal, y no la repetición de fórmulas
canonizadas por una tradición. Aunque quiera convivir
pacíficamente con las parafernalias litúrgicas de las religiones
instituidas, el conflicto será inevitable en algún momento. La
expresión emblemática de este conflicto es Giordano Bruno. O la
salida de la civilización, y su renuncia a su antiguo cargo de
bibliotecario, de Lao Tzé. Es la inevitable separación de
Krisnamurthi de la teosofía; son los desacuerdos de San Juan de la
Cruz con la ortodoxia carmelita; o los reparos de Tolstoi,
evidenciados en su cuento Los tres staretzi, respecto a un
vacío formalismo religioso.
El explorador místico
participa sin pertenecer. Ocasionalmente está en el margen de una
tradición y de una institución eclesiástica; pero nunca aspirará
a emplazarse en el centro de esa institución. Porque allí domina
el poder y la búsqueda de seguridad. No los libres saltos desde la
roca de lo conocido hacia vientos extraños y fugitivos.
Pero también pensemos
en el explorador atravesado por los hábitos de una formación
universitaria. El explorador de esta índole se anula como tal si
consiente en la búsqueda de refugio más allá de lo mínimo
necesario. Es decir: si se obnubila por la comodidad de un sueldo, y
por un sistema de becas que da seguridad, o permite un gradual
reconocimiento académico, y un cada vez más amplio apoyo a un
camino personal como investigador, o como intelectual disciplinado.
El intelectual que así actúa se convierte en agente reproductor y
beneficiario del saber establecido. Renuncia a una visión de lince
para gozar de su condición de ser doméstico protegido (aunque a
veces finja rebeldía como único desahogo ante un íntimo
sentimiento de completa normalización).
El intelectual
emplazado en el centro de la institución universitaria deviene
investigador "serio"; intelectual de identidad clara (no
borrosamente sospechosa) por ser plenamente integrable al orden del
saber respetable.
El libre explorador
rechaza, o ignora, ese orden.
Pero para preservar su
camino de relativa independencia no necesita de la anarquía
adolescente; no necesita de la confrontación directa, o de una
gimnasia de provocaciones continuas. Puede de hecho actuar en las
instituciones, o haberse nutrido con la disciplina de una carrera
universitaria. Pero siempre conservará su condición de no
pertenencia ni identificación con el saber institucionalizado. Se
preservará como felino libre explorador que acepta su actuación en
una sociedad y un tiempo dados. Pero sin nunca aceptar sus límites.
Y sin resignar por tanto la libre exploración de bosques y selvas
fuera de los edificios de limpios cristales de las instituciones.
Esos edificios de
firmes pilares.
Cuyos dueños no
quieren que se desparrame hierba salvaje sobre sus pisos…
VII
Y el libre explorador
puede resonar en otra cuerda especial… Una cuerda no rasgada acaso
por la educación, ni por el perfil de toda cultura que exige la
repetición de lo sabido y aceptable. La cuerda más especial que, a
veces, rasga un libre explorador es la imaginación de lo no
pensado. Un séptimo rasgo del acto explorador, y éste es el
más singular...
Antes aludimos a la
escucha de la sub-música. La sub-música es corriente de
posibilidades que invade al explorador fuera de su voluntad.
Pero la dinámica de experiencia de lo no pensado es, primero,
voluntaria. Porque es el deseo, primero, de imaginar lo ausente; el
deseo de imaginar el ser como misterio intacto.
Aquí prevalece la
audacia del salir afuera…
La casa es segura y
definida en sus límites. La casa es la verdad actualmente aceptada.
Y en esta casa los muebles descansan en su debido sitio. Las
ventanas se abren o cierran cuando corresponde. Dentro de ella, no
todo es conocido. Las propiedades de los objetos, y de sus
relaciones con la conciencia humana que habita dentro de la casa,
siempre permiten nuevos hallazgos. Y se promete que dentro de la casa
la exploración alcanza su cumbre. La exploración entonces debiera
residir sólo en estudiar y repetir las tradiciones y saberes
aceptados; los saberes y técnicas apañadas por las instituciones laicas o
religiosas, como antes observamos. Pero la exploración dentro de la
casa es principalmente el descubrimiento de otras formas de
relaciones entre los objetos y la conciencia. Una conciencia abierta
a lo ausente dentro de la casa. A lo que está afuera…
Y la exploración más
desinhibida y audaz acaso sea la que sale a ese afuera... la que
abandona las fronteras de la casa para imaginar sentidos y
relaciones no agotables en lo conocido previamente, en lo ya
pensado.
Esta forma más
radicalizada de exploración es la salida visionaria de las ciudades
u hogares colectivos, que alejan del contacto más salvaje con el
misterio. Misterio intacto. Intacto porque no es disminuido por
ninguna pretensión de conocimiento.
Imaginar lo no pensado
va más allá de nuestra actual casa-saber. Lo no pensado puede ser
explorado, por ejemplo, entregándose a la irrupción de imágenes
que rozan sus secretos. Pero el encadenamiento de las imágenes que
surgen como respuesta a lo enigmático no debiera ser confundido con la
literatura visionaria en la historia de las religiones. Una
literatura confesional que reelabora imágenes simbólicas de una fe
religiosa o de un tiempo cultural (9). Los encadenamientos de
imágenes en la exploración de lo no pensado tampoco se ciñen a la
asociación libre revindicada por el psicoanálisis o el
surrealismo. El placer de la entrega exploratoria a la región de lo
nunca antes pensado es más cercano a un estado de penetración
mística y preverbal del enigma.
Por lo tanto, las
fulguraciones que pueden detonarse en esta actitud sensitiva no son
traducibles plenamente al lenguaje conceptual. Lo más cercano
acaso, como muestra de la libre exploración de lo no pensado, son
sus huellas capturadas por la forma artística.
La forma en el trabajo
creador del artista es continuación o trasformación de una lengua
heredada (la expresión por el color que se continúa y transforma
entre la pintura veneciana y la neo-abstracción de los campos en
Newman o Mark Rothko; es la continuidad y transformación también entre la
imagen cinética propia del cine lineal y la imagen hipnagógica no figurativa de
Stan Brackhage).
Dentro de las formas artísticas que se continúan, la rareza de
algo todavía no pensado, puede imprimirse como huella o rasgadura.
Dentro del lenguaje ya
aceptado el escritor expresa sus visiones que, al menos
parcialmente, son parte de una libre exploración de un afuera donde
palpita el corazón de lo no pensado (10). Es el caso de la visión
que se electriza desde alguna región fugaz de lo no pensado en la
poética visionaria de William Blake; o en El aleph de
Borges; o en la poética exploratoria visionaria de Henri Michaux; o en
la visión más allá de la puerta de Japeto en 2001. Odisea en
el espacio, de Arthur Clarke.
Las manifestaciones
artísticas que participan de la exploración de lo no pensado son
trasladables también a la escultura (Giacometti, o Moore); la
música (la música exploratoria de estados de conciencia más
arcaicos o primarios, o la salida o roce de un afuera no pensado
explorado por la embriaguez musical beethoveniana (11)); o el cine
(con sus estallidos visionarios por las asociaciones visuales de El
espejo de Tarkovski, la experimentación surrealista auroral de
Buñuel-Dalí, o el estado de quiebre de la lógica en David Lynch o
Sokurov).
Sin embargo, la libre
exploración de lo no pensado más vehemente y primaria es aquella
que no aspira a lo público. Es el momento, de resignada soledad,
donde el explorador se abre a inesperadas sucesiones de imágenes,
con diversos impactos emocionales, de un dragón difuso e
inaprensible. De ese dragón que exhala un fuego nunca pensado…
Pero el libre
explorador que así explora sólo accidentalmente es sujeto
solitario. Porque en su verterse hacia un mar oscuro, totalmente
remoto respecto a pensamientos o sensaciones ya alumbradas, se
siente acompañado por lo abismal. Por el espesor abismal que, a
pesar de nuestra indiferencia, invade, desde dentro, la piel
completa de la materia…
VIII
Y la exploración no
agotará el bosque...
Nuevas cascadas y
grutas siempre aparecerán entre caminos de árboles.
El sano animal
explorador se renueva en sus distintas maneras de deambular. Hemos
atendido ya a algunas de esas posibles vías exploratorias: las
situaciones modélicas, la percepción de singularidades, la
apertura a la universalidad y a una sensibilidad polifónica de la
cultura; y la imaginación de lo no pensado.
Y no lo dijimos antes,
y ahora es tal vez momento de hacerlo: el libre explorador es
inevitablemente continuación subterránea de la mentalidad
renacentista. El perfil más luminoso del Renacimiento es la
apertura a lo diverso, la gran curiosidad por los distintos brazos
posibles del saber, por las muchas caras de la existencia; por el
rostro mágico, el poético y el científico de la realidad.
El libre explorador es
sensibilidad neorrenacentista. Busca lo diverso, lo polifónico, lo
abierto y cambiante. Por tanto, no podrá contentarse con los
sistemas cerrados, o las pesquisas especializadas y puntuales de la
investigación académica.
Y la
exploración libre se impregna también del espíritu barroco,
de su amor por las complejidades, los pliegues, la relación entre
lo teatral y lo real, la pasión por los detalles, y la conexión
entre estilos distintos. Lo barroco es exceso de vida. Exuberancia
dinámica. Sensualidad que fractura cercos para revertirse en una
línea de proyección incesante en lo infinito. Lo barroco como
neobarroco, que sistematiza en sus rasgos principales Omar Calabrese,
suda en las tramas de los muchos sentidos dentro de un laberinto (no
lo laberíntico del encierro, sino el de la salida a nuevos senderos
que crecen con ritmo ardiente). El libre explorador se siente a sus
anchas entonces en la apertura a la universalidad del saber (lo
renacentista), y a la simbiosis entre las formas generales y la
exuberancia de nuevos detalles inacabables (lo barroco).
El libre explorador ama
lo universal (Renacimiento). Su interés más profundo es el universo en sus
distintos pliegues (Barroquismo). Nunca sacrificará un mar sin límites por
pequeñas islas de saber, que ignoran el gran océano. El libre
explorador ama sobrevolar toda la tierra, y penetrar dentro de las
aguas y el interior de la materia.
El universo, complejo,
ilimitado, es el lugar para jugar a percibir, indagar, descubrir y
relacionar.
Y el libre explorador
ensaya…Su expresión escrita más adecuada es el ensayo, y no el
concluyente paper. Y en su ensayar, explora para observar y
ser sensible a nuevas joyas. Sólo secundariamente busca ordenar. Su
deseo más vivo es descubrir y frotar nuevas costas, de vegetaciones
distintas. El aliento vital aquí no se encapsula. Es expansión y
navegación en mares que no prometen ningún puerto final.
Y el explorador que
así explora también, inevitablemente, se autodescubre y autoconoce
en su viaje hacia lo inacabable. Repite y prolonga la senda
alquimista. Sin deber conocer necesariamente el simbolismo
alquímico ancestral, anima con sus exploraciones una dinámica de
trasformaciones alquímicas. Las líneas sin fin de cada nuevo
territorio que atraviesa le deparan saltos, pequeños y graduales,
hacia un centro de donde todo parte y adonde todo vuelve. Ese centro
es el oro secreto de lo real y el cristal de diamante de sus
posibilidades más plenas. Ese oro nunca podrá ser poseído. La
verdad es eterna fuga. El libre explorador bien lo sabe. El animal
explorador no puede cazar el oro. Sólo puede acecharlo, percibir
sus huellas, olfatear su aroma evanescente.
Ni conquista ni
posesión entonces del oro secreto, que habla a través de la
sub-música. La sub-música que, a veces, acecha e inspira. Y
apertura a la
gran música polifónica. La música donde cada cosa, aun la más infinitesimal,
irradia su sonido propio y constante, que se encuentra en nuevas
combinaciones con el resto de los sonidos.
La gran música de la
diversidad abre a una escucha de la complejidad. La escucha de un
sentido. Un sentido mayor que permite las muchas
interpretaciones humanas. Pero que contiene un bajo continuo que
traspasa toda la variedad de las interpretaciones. El bajo continuo
de lo que crece en la complejidad y densidad vital.
La gran música desnuda
en el oído despierto del libre explorador líneas sonoras. Líneas
de sonidos que estallan en nuevas combinaciones o relaciones
sonoras. Relaciones que estallan en otras relaciones.
Y el fuego del dragón
no se consume. La creencia de que la vida se consume nos viene de la
visión de los cuerpos que envejecen. Pero el fuego del animal
fantástico (metáfora del universo dinámico y complejo), siempre
crea nuevo fuego. Nuevo fuego que acaso se escribe en alguna memoria
de la materia, que nos resulta desconocida.
El asombro y placer
ante la gran música arde en especial en el momento de hallazgo de
nuevas combinaciones. Nuevos vínculos sinápticos entre las cosas
múltiples que es escuchada por un cerebro abierto a la música
compleja de la vida.
En los comienzos de la
modernidad (o aun antes), los exploradores del mundo geográfico
sintieron un real estremecimiento ante lo desconocido, ante lo aún
no contemplado. Sus instrumentos de búsqueda y hallazgo eran el
coraje, la avidez de riqueza en muchos casos; y la brújula, los
mapas inciertos, las habilidades para la navegación y el viaje
terrestre, la resistencia física; y vagas referencias de nativos
que anticipaban territorios nuevos y cercanos. Pero esa exploración
auroral se termina por la incorporación posterior del nuevo
territorio explorado en mapas cada vez más precisos; y por el
surgimiento de poblaciones que creen y consolidan un dominio y
conocimiento físico de la tierra y las aguas.
El pathos
inicial del explorador geográfico se cierra por la propia muerte
del momento histórico donde todavía eran posibles sus grandes
exploraciones pioneras, épicas y románticas. El explorador actual
es protegido por comunicaciones satelitales instantáneas con
cualquier lugar del mundo. Nunca se pierde completamente en lo
desconocido. Ese arrojo no es ya su deseo.
La exploración
geográfica ilustra un descubrir en un estado de expectativa y
embriaguez. Pero también siembra, involuntariamente, las
condiciones para su desaparición ulterior.
El libre explorador
puede nutrirse de la expectativa del explorador épico; y
puede cultivar la certeza de que lo sorpresivo nunca se termina. El
libre explorador protege la expectativa. La profunda expectativa que
era propia de la exploración geográfica.
Y la actitud
exploratoria sobrevive y cambia en las variadas formas de
desplazamiento del animal explorador.
El placer por visitar nuevas costas conserva el brillo
de su mirada. El brillo en ese ser siempre atraído por las polifonías.
Por la música abismal
y compleja. (*)
(*) Fuente:
Esteban
Ierardo, "Explora mundi. Ensayo sobre el libre explorador",
editado aquí de forma original.
Citas:
(1) Nos referimos aquí
a un eventual libre pensador que se empecina en pensar con nuevos
términos sofisticados aparatos terminológicos para aludir a ya
sabidas e internalizadas situaciones hasta el hartazgo. Como ser: la
explotación inherente a la sociedad capitalista, la voracidad sin
límites de los ricos, o las actitudes manipulatorias continuas de
los massmedia.
(2) El discurso sobre
el vacío como región abismal y mística en el Oriente no está
exento de la dicotomía entre una tradición vacía y una real
experiencia. La distancia entre la exaltación teórica de la
fraternidad por el cristianismo y la convivencia histórica de la
Iglesia con la violencia o explotación de unos sobre otros en una
sociedad desigual, es un ejemplo de no correspondencia entre el
decir y el hacer. Esa ruptura, con otros contenidos (o a veces los
mismos), pueden ser pensada en el Oriente. El sacerdocio tradicional
muchas veces es vía de integración social, solución de la
supervivencia, y no genuina acceso a un desborde místico del yo.
(3) La plasticidad
neuronal es el desarrollo o adquisición de nuevas capacidades del
sujeto mediante la transformación y enriquecimiento de las
conexiones cerebrales.
(4) La simplicidad más
rica o auténtica como síntesis de lo complejo podría encontrarse
tal vez en el pensar de Hegel. En el sistema hegeliano, una primera
universalidad simple, vacía y abstracta, es sustituida (luego de un
despliegue y pasaje por las mediaciones dialécticas y la
incorporación de determinaciones), por una universalidad de una
simplicidad compleja que integra todo un proceso anterior de
crecimiento. Sea como sea, un tema que merece ser pensado es la
cuestión de la simplicidad "real" como síntesis
universal de lo complejo.
(5) La liberación de
sonidos como revelación acústica de una realidad compleja que
subyace en una entidad aparentemente homogénea, simple y repetida,
es lo que puede pensarse a través de los espectáculos del grupo
británico Stomp. Este grupo produce diversos e inesperados sonidos
al percutir distintos objetos cotidianos. Al ser tocados por una
variedad de golpes, los objetos simples cotidianos liberan complejas
potencialidades rítmicas y sonoras. Así, nada que repose en una aparente
simplicidad late fuera de una potencial complejidad de
posibilidades que están ahí esperando ser experimentada. La
complejidad entonces es lo que, de una u otra forma, sorprenderá al
libre explorador en su travesía indagadora.
(6) La famosa frase
"Quien mucho abarca poco aprieta" alude quizá, y en
principio, a un peligro real, a un conocimiento excesivamente
general sobre una materia particular. Esta actitud
merece seguramente una crítica, cuando no asume su poco saber
detenido o particular de una cuestión específica. Pero la amplitud
del explorador de la universalidad de los muchos saberes, del mucho
abarcar, no pretende acreditarse un saber especializado de los
muchos valles recorridos, sino ser sensible a visiones globales que
pueden entrever, al menos en parte, la gramática o lógica más
significativa de muchos saberes. El libre explorador puede sondear
distintos paradigmas de
mente (la mente científica, política, social, artística,
humanística), para escuchar la música polifónica surgida de las
zonas de cruce o encuentro entre los distintos saberes. Por otro
lado, la crítica al "mucho abarcar" suele esconder la
pereza e insensibilidad del no explorador ante vastas regiones de
sentido dignas de exploración. El "no abarcar", aparente
muestra de contención y humildad, bien puede ocultar la pretensión
de control de un campo determinado de saber. Un afán de "mucho
apretar" antes que de un leve abarcar. Mientras que el libre
explorador que "mucho abarca" siempre sabe que la gacela
corre más adelante. En las exploraciones abiertas a lo universal y
las polifonías de saberes, el libre explorador sabe precisamente
que puede ser sensible a la complejidad de lo diverso, pero que el
lenguaje de la composición (sea éste el lenguaje del mundo físico
o del lenguaje de los distintos saberes) siempre es lo que se
pierde o fuga. Lo que efectivamente nunca podrá ser
"apretado".
(7) Jan
Amos Komenský, en latín Comenius (1592-1670), teólogo, filósofo y
pedagogo checo. De mentalidad universal, Comenius estima que la
educación es gozne esencial en la formación del hombre. Su Didáctica
Magna (1679), es la obra que le da trascendencia en la Europa de
su tiempo. Propone aquí un plan de estudios que organiza un acceso
general al saber. Esta es la idea matriz de la pansofía. Comenius es
virtual creador de la pedagogía. Su visión de un amor por todo saber
es una saludable alternativa a la estipulación dogmática de la
especialización como la única y superior formación educativa.
(8) James Lovelock en
su hipótesis Gaia desarrolla una geobiología donde integra
diversas disciplinas (biología, física, química, geología, etc)
para el estudio de la Tierra o Gea como sistema complejo de
autorregulación. Gregory Bateson, biólogo también, y pensador que
une diversos campos (cibernética, biología, estética,
antropología, zoología), en su Pasos para una ecología de la
mente desarrolla un concepto de mente inmanente que actúa a
nivel de un ecosistema como Mente Local, y potencialmente en la
naturaleza toda (como Mente Mayor). Una noción de mente inmanente
que supera la fijación de lo mental a los límites del organismo
individual del ser humano.
(9) En el estudio de la
fenomenología mística no es posible, estimamos, suspender un
escepticismo crítico y alerta respecto a muchos estados visionarios
que pretenden ser una experiencia real y objetiva de salto a una
realidad superior. Tal vez, muchas veces, estos estados
responden a ilusiones psicológicas, al efecto de descalabros
fisiológicos, o el íntimo deseo de destacarse ante los otros a
través de la condición de visionario en épocas especialmente
sensibles al poder de estas experiencias. Esta sospecha no puede ser
anulada sin
más. Lo cual no significa negar la posibilidad de un real estado de
salto visionario a una otredad, sino de contemplar también el
posible condicionamiento del mundo visionario por lo temporal e
histórico de los valores más importantes de una cultura en un
momento dado.
(10) Sobre el afuera
como región fuera del lenguaje, destinada a la exploración por la
experiencia artística, ver M. Foucault, El pensamiento del
afuera, ed. Pretextos.
(11) Sobre el posible
salto o exploración de un afuera no pensado desde la música
beethoveniana puede verse un ensayo personal: Esteban Ierardo,
"Beethoven, Foucault y el afuera", editado en www.temakel.com\filbeethovenafuera.htm