En Kafka, el mundo se revela como la
asfixiante influencia sobre el individuo de una laberíntica
burocracia, que actúa como fuerza insondable, incomprensible. Esta
experiencia emerge en fundamentales novelas como El proceso o
El castillo. Además, en el escritor checo, que respiró entre
las bellas calles de Praga, el arte es lo que intuye una verdad
subyacente. Aquí emerge la veta, generalmente poco explorada o
directamente ignorada por la crítica, del Kakfa como continuador de
una ancestral sabiduría judaica de matriz místico cabalística. En el
extenso ensayo que sigue a continuación intentamos fundamentalmente
dos movimientos. Primero la interpretación tradicional de Kakfa como
constructor de laberintos burocráticos donde el individuo se
desorienta, se desrrealiza y pierde. El análisis de El
proceso, y también de El castillo son aquí fuentes
ineludibles. Luego, a través de múltiples momentos de su literatura,
arribaremos a varios niveles de significado particulares. Y a la
orilla menos frecuentada del Kafka abierto a un sentido que escapa
de la alienación y de las fuerzas impersonales que dominan y acosan
al hombre.
E.I
EL SECRETO Y LA
LEY
Exilio y verdad en "El
proceso" y otros momentos de la literatura de Franz Kafka
Por Esteban
Ierardo
I.
La tarde
casi se extingue. Pronto se derramará el óleo de la noche. Pero los
reptiles oscuros no necesitan que se oculte el sol para moverse. Lo
oscuro vive también dentro de la luz del día. En el día, desde lo
alto de torres y escritorios caen sombras que agobian. Que
persiguen, arrebatan. Acusan. Un juicio opresivo flota y desciende
sobre los individuos, sólo vestidos de impotencia. En la voz de la
autoridad, el individuo no encuentra una ley propia. Únicamente el
estremecimiento de lo ajeno, un orden que aliena. Que oprime. Con
golpes de perplejidad.
Y al
avanzar por una húmeda calle praguense, el individuo de sombrero
camina aún dentro de la niebla. Mientras tanto, las sombras chillan
mandatos ensordecedores. Pero acaso una luz se muestre. Desde una
puerta abierta...
II.
Los
escritores consagrados dejan tras de sí un universo de textos y de
bibliografías críticas. En la aproximación a Kafka irrumpe
inevitablemente el recuerdo de sus difusores iniciales, Max Brod o
Gustav Janouch, o de su vasto epistolario (1).
Antes de pensar la imaginación kafkiana, es oportuno cuidarse de las
interpretaciones más habituales. Pero es imposible eludir algunos
tópicos comunes. En un intento de desciframiento de El proceso
y otros momentos creativos del escritor checo, recuperaremos
primero la típica tradición: Kafka como artista mensajero de la
alienación moderna, que percibe desde su vida en Praga y bajo el
declinante Imperio de los Habsburgo (2).
En El
proceso (Der Prozess), un apoderado de banco, Josef K., elige el
camino del ascenso social, los cargos, el reconocimiento, el poder
social del dinero y las jerarquías. Josef K., procede del mundo
rural que, en Kafka, es repetido sitio simbólico de un existir
originario, auténtico y elemental. Desde una autenticidad primaria,
Josef K. cae en la alienación de la propia individualidad. En El
proceso, Josef. K. sufre la laberíntica omnipresencia de un
tribunal que acusa e interroga, desde una distancia impenetrable.
Este es el
topos habitual en la lectura de lo kafkiano. Lo kafkiano como
exudación de una realidad clausurada. Alienante. Pero a partir de
aquí, exploraremos vías de salida del vivir enajenado.
Una de estas
vías es la de la individualidad solitaria (reflejada por varias
prosas de Un Artista del hambre); y, en El proceso, el
camino de salida acontece, estimamos, en el capítulo "La catedral",
donde, luego de la interpolación del breve relato "Ante la ley", el
sacerdote promueve la aceptación de "lo necesario", libre de "todo
lo accesorio", como un vivir fuera de las demandas de comprensión
lógica de la existencia.
Lejos de la imagen tradicional de Kafka como creador de una
literatura de la alienación, en nuestra visión prevalece lo kafkiano
como deudor de una ancestral intuición religiosa de matriz místico
cabalística. Llegados a este punto podremos desplegar la tesis
principal que alienta este ensayo. En Kakfa, late una ambivalencia
de lo secreto. La primera figura es lo secreto como corazón del
poder burocrático insondable. Sus autoridades, sus reglas, su
naturaleza misma, permanecen en la oscuridad. De ahí su
manifestación como fuerza impersonal. Irracional. Y absurda. Que se
derrama sobre el individuo y potencialmente sobre el todo social.
Pero en Kafka acontece también una inversión elevadora de lo
secreto. El secreto de una ley acosadora convive con el cercano pero
esquivo secreto de una verdad plena, de la que el hombre se halla
exiliado, y que sólo se intuye en la experiencia artística y
religiosa. El secreto acosa. Castiga. Pero también, en Kafka, lo
secreto conserva un resplandor de verdad. Que el arte no
niega.
II.
Josef K. abandona su hogar del ámbito rural y se establece en la
ciudad. Inicia un camino de ascenso social. Sus humildes orígenes
campesinos comienzan a diluirse cuando accede a una posición
jerarquizada en un banco, arquetípico lugar de reconocimiento y
éxito social. Así, K., "en un tiempo relativamente breve, había
sabido conquistar su alta posición en el banco y mantenerse en esa
posición reconocida por todos" (3). K. valora en alto grado su
pertenencia al círculo de la alta sociedad (4). Al nacer
un nuevo día, en la casa de la señora Grubach, donde K. alquila
una habitación, un inspector le anuncia su arresto, el inicio del
proceso en su contra. Como será continuo en la novela, no se aclara
nunca el porqué del proceso. No hay ninguna aclaración sobre los
cargos que se le imputan al acusado. K. es arrestado inicialmente
por "dos groseros guardianes", "una canalla corrompida", que
"me llenaron los oídos con su parloteo y
trataron de hacerse sobornar "(5). K. es conducido al cuarto
contiguo, de la señorita Burstner, donde el inspector ha traído a su
vez a tres empleados de K. en el banco. El propósito de esta
maniobra, para K., es que los empleados "como mi patrona y su
mucama, debían difundir la noticia de mi arresto, dañar mi imagen
pública, en especial perjudicar mi posición en el banco" (6).
La identificación entre K. y su imagen es
indisoluble. K. es lo que aparenta. El arresto constituye un "abuso
público" que violenta su máscara social, que es su mismo yo. Para
preservar la salud y el brillo de la fachada, K. debe demostrar su
inocencia en su proceso. Pero también K. debe romper los tejidos que
lo ligan a su familia originaria. Por eso su distancia respecto a su
madre, a la que visita cada vez con menos frecuencia. Esta actitud
se debe supuestamente a la propia madre que, como se comenta en el
capítulo "Viaje a la casa de la madre" (no incluido originariamente
en la obra): "...antes se habían repetido regularmente apremiantes
invitaciones de la madre en las cartas del primo, pero ahora ya no,
desde hacía tiempo" (7).
K. precisa el distanciamiento de su raíz
familiar para refundarse en otro orden social, en un nuevo horizonte
de expectativas. Y, paralelamente, para este fin, apela a una
afirmación de sí desde su superioridad jerárquica respecto a otros
empleados.
En el capítulo "El fiscal" (tampoco incluido originalmente en la
novela), K. se siente halagado de participar en una tertulia de
jueces, fiscales, abogados: "era para él un gran honor pertenecer a
una sociedad tal" (8). Y también al fin de este capítulo surgen
nuevos elementos de distanciamiento o sustitución del origen humilde
de K. por una existencia de pompa y alcurnia. Se recuerda que su
padre había muerto muy joven, y que "había abandonado su casa muy
temprano, y siempre lo había repelido, más que atraerlo, la ternura
de la madre que vivía aún, medio ciega, afuera en su pequeña ciudad
inalterable, y a la que había visto por última vez hacía unos dos
años" (9).
Mediante el distanciamiento de lo originario y el
placentero ejercicio del poder jerárquico, Josef K. busca una
metamorfosis. Una transformación. Que es negación de su origen
humilde. Y avance hacia un futuro de ansiado éxito personal.
Pero en esta metamorfosis ocurre una pérdida. K. elige repetir el
modelo social del hombre exitoso, "verdadero". Se aliena entonces
respecto a la posibilidad de un germinar propio o individual. Es
seducido por la mimesis de un modelo impuesto por la sociedad. La
repetición de una imposición es una forma de despersonalización o
desrrealización.
Cuando se
pierde el camino del desarrollo propio, lo singular sólo regresa
como síntoma, como monstruosidad que, en su visible patetismo,
evidencia el fracaso de lo individual. Situación que eclosiona con
nitidez en La metamorfosis.
Gregorio Samsa es un viajante de comercio. La presión de su
profesión lo obliga a múltiples viajes. A una existencia nómada de
"relaciones que cambian de continuo, que nunca duran, que no llegan
nunca a ser verdaderamente cordiales, y en el que el corazón nunca
puede tener parte" (10). Pero un día, Gregorio no acude al almacén
para el que trabaja. No podrá tomar puntualmente un tren. Su
ausencia motiva la preocupación del principal, de su jefe. La mucama
en su casa advierte su encierro. La puerta está cerrada. Preocupado,
el principal acude en busca de Gregorio. Ante la pesquisa del jefe
la madre intenta interceder en favor de su hijo: "No está bien,
créame usted, señor Principal. ¿Cómo si no iba Gregorio a perder el
tren? Si el chico no tiene otra cosa en la cabeza más que el
almacén" (11). Y la madre continúa observando que siempre "se sienta
con nosotros alrededor de la mesa, para leer el periódico sin decir
palabra o estudiar itinerarios de viajes" (12). La compenetración de
Gregorio con su tarea es completa. Con antelación al despuntar del
alba, Samsa se ausenta del camino profesional que supuestamente es
producto de una decisión personal."¡Qué cansadora es la profesión
que he elegido". Gregorio necesita creer que su obligación es
en principio consecuencia de una libre decisión. Pero lo condiciona
la necesidad de pago de una deuda de sus padres. Luego, tal vez sí
pueda liberarse. Lo que parecía una libre elección rápido se revela
como una imposición del medio y las circunstancias. A Gregorio no le
queda más que la resignación. Y se transforma en insecto. En esta
metamorfosis acaso actúa la degradación monstruosa de quien, por
inercia o cobardía, ha rehuido de su propia autodeterminación. Así,
la metamorfosis es regresiva en tanto la transformación no es aquí
elevación o enriquecimiento, sino regresión a un estado de
humillante y repelente degradación que deriva en la insectificación
del individuo (13). La resignación ante un orden no elegido
descompone, minimiza; el hombre, que puede ser émulo de ángel, o
ebrio perseguidor de algún absoluto ideal, se convierte en horroroso
insecto. La resignación que somete a Samsa a la metamorfosis
regresiva y a lo monstruoso, se vierte luego sobre su propia
familia. Frente a su repugnante presencia de insecto, su familia
asume que "era un deber de familia sobreponerse a la repugnancia y
resignarse. Resignarse y nada más" (14).
Cuando
Gregorio finalmente muere, entre su familia fluye una corriente de
alivio por la liberación de la próxima
monstruosidad del insecto. El insecto que surge allí donde no se
realiza lo humano.
III.
Josek
K. recibe una cita para una primera indagación judicial de su caso.
La cita se fija un domingo para no alterar sus obligaciones
laborales en el banco. En un suburbio se encuentra el edificio que
abriga al tribunal. Luego de algunos momentos de desorientación,
arriba hasta la entrada de la sala de sesiones. Su puerta es muy
alta. La mujer del ujier lo introduce dentro del recinto
tribunalicio donde lo aguardan cientos de individuos vestidos de
negro, y con "sacos de fiesta largos y holgados". Guiado por un niño
de "mejillas rojas", K. llega hasta un podio donde un hombre gordo,
primero indiferente a su llegada, se revela luego como el juez de
instrucción, que nunca será designado por un nombre propio. Tampoco
tendrán un nombre propio ninguno de los otros presentes en la sala,
o los otros jueces del tribunal.
La opresión
de lo impersonal y lo irracional sobre el ánimo de K. ya se había
iniciado con su arresto, con la incapacidad del inspector de dar una
razón para el detenimiento. Este matiz del proceso se propaga luego
a la impersonalidad de la acusación que surge cuando el juez de
instrucción confirma que el inspector y sus colaboradores buscaban a
un "pintor de brocha gorda". Josef K. fue
encontrado en lugar del supuesto destinatario "verdadero" de la
acusación. Pero este presunto "error" no inhibe la incriminación
(15). La acusación parece así adquirir una condición absurda; es una
acusación abstracta, genérica, que no se descarga sobre un individuo
particular, en principio, sino sobre una especie general.
La
acusación se aplica al individuo. Pero carece de una formulación
personal. De ahí que aquí pueda empezar a vislumbrarse que la
función del tribunal no es hacer justicia, sino acusar y condenar.
Intimidar y sofocar. Esto explica que al encontrarse luego K. con el
pintor de la corte, Titorelli, éste le aclara que existen tres
formas de determinación del tribunal: la absolución completa, la
absolución provisional, y la postergación. La primera modalidad
nunca se consuma. Nunca nadie es plenamente liberado o absuelto;
nunca es posible presentar pruebas concluyentes de la inocencia de
un acusado. Así, la acción del proceso es siempre acusación o
condena. Nunca absolución.
También, en su encuentro con Titorelli, el poder
judicial se revela como burocracia laberíntica, insondable. K.
carece de una visión de conjunto sobre el proceso judicial. Esto
permite advertir la condición inaccesible de la ley y su fuerza
coactiva. Josef K. sólo podrá ver a un juez subalterno de
instrucción, y a sus posibles acólitos, que componen la multitud de
la sala de sesiones que, en definitiva, se burla y humilla a K. Una
multitud que K. cree en principio que se hallaba dividida en dos
grupos (16). Pero, poco antes de abandonar la sala, descubre un
mismo escudo o distintivo en todos.
Sólo
adquieren visibilidad los estadios inferiores de una vertical
estructura judicial, en cuyo extremo superior reina el secreto, el
silencio, una velada lejanía inaccesible.
La
incompatibilidad entre el proceso y la racionalidad se manifiesta
por el secreto respecto al motivo o causa de la acusación. El
tribunal que acosa y persigue exuda la fatalidad de un poder
irracional. La irracionalidad de la impersonal
función acusadora del tribunal puede ser pensada desde la posible
ambivalencia del proceso. Un proceso judicial debiera funcionar
dentro de un campo de acción racional. El imperativo de justicia de
un sistema jurídico (como el de un orden democrático, o incluso uno
totalitario) debe fundamentar el porqué de las acciones ilegales. A
tal acción le corresponde una posible pena prevista con
precisión por el código jurídico. La acusación o condena sin una
fundamentación explícita, pública y racional (17), evidencia la
irracionalidad opresiva del sistema jurídico, que conspira
abiertamente contra la racionalidad de un saber accesible a toda
persona. Frente a la condición pública de lo racional, el secreto
promueve la acción unilateral y desigual del poder jurídico sobre la
indefensión del individuo.
Lo
secreto del alto tribunal, el secreto de la identidad de los jueces
o de la causa del proceso, se condice con el carácter de "iniciado"
que manifiesta Titorelli en su diálogo con K. en su taller (18). Su
profesión es hereditaria y posee un secreto sólo transferible dentro
de un estricto hermetismo familiar. Sólo en tanto iniciado el pintor
conoce parte de los misteriosos pliegues de la burocracia jurídica y
puede ejercer una moderada influencia sobre algunos de sus
miembros.
El
secreto preserva la trama incomprensible o inaccesible del proceso
frente a una ausente racionalidad legal accesible a todos. Al
visitar la sala de las sesiones, en otro domingo, K. descubre a
otros acusados en sus semioscuras y opresivas galerías adyacentes.
La acción unilateral del secreto poder judicial puede actuar así
sobre cualquier individuo. Lo secreto, en su oposición a lo público,
introduce una irracionalidad opresiva. Que trasciende la acotada
relación sistema judicial-ciudadano. Porque, como también el
"iniciado" Titorelli le aclara a K.: "todo pertenece al
tribunal"(19). El tribunal son los jueces colegiados en distintas
jerarquías, la multitud cómplice que presencia la primera y única
indagación de K.; la vasta cohorte de empleados, funcionarios y
ujieres; lo mismo que la mujer del ujier que introduce a K. en la
sala del tribunal; y los guardianes, el inspector, el sacerdote con
el que se encuentra K. en el penúltimo capítulo de la obra; y las
niñas que viven en el edificio de Titorelli, y que asedian el cuarto
del pintor; y también el vicedirector del banco (supuesto aliado de
K.); y hasta se podría sospechar que el propio K. es parte del
gigantismo burocrático del tribunal en tanto se reconoce como
funcionario (20).
El
tribunal se convierte en un todo social, escindido de la dignidad de
cada individuo, y de su derecho a saber el porqué de una acción
judicial en su contra. La irracionalidad del poder secreto e
impersonal expresa la clara intuición kafkiana de las fuerzas
sociales que, en la moderna cultura de masas, en las organizaciones
técnicas y burocráticas, se imponen sobre el sujeto. El individuo
padece así una fatal alienación frente a un autoridad irracional,
tal como lo comprende también Marcuse en su indagación crítica de la
contemporánea sociedad unidimensional (21).
La insignificancia y lo
inaccesible de un poder impersonal se manifiesta también, con
abierta claridad, en El Castillo (Das Schloss), la otra gran
novela kafkiana. En esta obra, el agrimensor K. arriba a una aldea,
donde se alza el castillo del Señor Conde de Westwest que,
supuestamente, convocó al especialista en medidas para cumplir las
tareas de su oficio. La alusión al conde nunca más se repetirá. A
través de un intricado tejido de encuentros, diálogos, solicitudes y
tentativas, K. nunca consigue acceder al castillo. K. se encuentra
con dos ayudantes, Jeremías y Arthur, que no son sus ayudantes ya
conocidos, y que vienen del propio castillo. K. decide tratarlos
como una sola persona. Confusión de identidad que es afín al absurdo
y las obstrucciones que le impiden a K. acceder a la administración
de un castillo que, a nivel arquitectónico, le depara una
sorpresa (22).
K. siempre es rodeado por campesinos que, gobernados por un
alcalde, viven en la proximidad de la administración replegada sobre
sí en el Castillo. El Señor Klamm es uno de los jefes cuyo nombre es
conocido, y que supuestamente manifiesta un interés afectivo
por Freida, una aldeana, novia y luego prometida de K. A través de
un mensajero, Barnabas, Klamm envía una carta a K. En la misiva se
le anuncia indirectamente que no habrá contacto directo con las
jerarquías de la administración: "Como ya sabe ha entrado usted al
servicio de nuestro señor, su jefe mediato será el alcalde del
pueblo, el cual le informará detalladamente sobre su trabajo y sobre
su salario. A el tendrá usted que rendir cuentas" (23). La distancia
o lejanía entre K. y la estructura jerárquica señorial obligaba a K.
a asumir su condición de obrero y de "trabajador insignificante
apenas visible desde el asiento del jefe" (24).
La
autoridad de la burocracia señorial desencadenada sobre la
insignificancia del trabajador puede alentar una interpretación
sociológica, parcialmente válida (25). Y lo impersonal del poder
inaccesible subsiste detrás del simulacro de la autoridad personal
representada por Klamm. Simulacro afincado en la presencia personal
de Klamm que frecuenta a Frieda, y que hizo su amante a su madre, la
mesonera. Pero Klamm nunca se muestra. La mesonera compara la
superioridad de Klamm con un águila, y la inferioridad de K. con un
topo. Retomando esta metaforización, Klamm representa (en los
términos de una aparente personalización) un orden de impenetrable
lejanía. Por eso, "una vez, la mesonera había comparado a Klamm con
un águila, y K. lo había encontrado ridículo. Pero ahora ya no;
pensaba en su lejanía, en su morada inasequible, en su constante
mutismo que quizá sólo pudiese ser interrumpido por un grito que
jamás había oído K." (26).
La
lejanía aguileña pertenece a la "morada inasequible" de la
administración burocrática señorial, sólo circunstancialmente
representada por Klamm. Klamm y el campesinado también son parte de
la totalidad cuyo núcleo es el castillo: "apenas hay diferencias
entre los campesinos y el Castillo" (27).
El
alcalde le comunica a K. las intrincadas complejidades de la
administración condal que, por sus titánicas proporciones, puede
perder eficacia e incurrir en errores. Como el error de la propia
convocatoria de K. En el vasto engranaje administrativo "puede
ocurrir que a veces una sección disponga algo y otra disponga otra
cosa, sin que lo sepan ambas" (28). Uno de esos errores es el
decreto de convocatoria de los servicios de agrimensura de K. K.
llega a la aldea del castillo impenetrable por un error burocrático
(29), lo cual profundiza su impresión de insignificancia o
inutilidad frente a un todo impersonal.
Según
Benjamin, El castillo se inspira en una leyenda talmúdica
(30). Desde el castillo, un prometido le envía una carta a una
princesa, el alma (remisión simbólica a K.), que vive en el poblado
(el cuerpo). El prometido quiere hacerle saber a su prometida que no
la ha olvidado. El prometido (el Mesías) está en viaje hacia su
prometida, el alma. Pero nunca llega, aunque la princesa prepare en
su honor un banquete. Entonces, el aire del poblado es "todo lo
irrealizado y lo descompuesto". Y el Mesías nunca alcanza a la
princesa. El exilio de la princesa (el alma) respecto a lo real, lo
absoluto (el Mesías) es afín a la separación del hombre moderno
respecto a una realidad divina o trascendente. El estado
inaccesible, lejano, ausente, del sentido divino y mesiánico es
insuperable.
El exilio es
el puente destrozado.
Que nunca
reúne dos orillas lejanas.
La universalidad impersonal del poder y
la pequeñez individual sopla también en La construcción de la
muralla china. En la antigua China la más importante de las
ciencias es la albañilería, por su relación con la absorbente
construcción de la gran muralla. En la China infinita, la
edificación de la muralla es discontinua, y su magnitud escapa a
toda contemplación omniabarcadora. A los jefes subalternos no es
posible retenerlos largo tiempo acomodando una piedra sobre otra, en
un desértico paisaje montañoso, lejos de su hogar. Por lo que luego
de cinco años, tras completar quinientos metros de muralla, son
licenciados para regresar a las aldeas, donde son tratados con
especial respecto. La anterior extenuación es sustituida por una
nueva confianza, por una punzante ansiedad por regresar a la muralla
para continuar su construcción. Cuyos pormenores descansan en la
Dirección encabezada por el divino Emperador que "está sobre las
jerarquías del mundo". La ubicua divinidad imperial infunde a la
Dirección un carácter universal. La relación de la Dirección con el
tiempo es también ilimitada. El narrador, uno de los constructores
de la muralla, sospecha "que la Dirección no es menos antigua que el
mundo y asimismo que la decisión de hacer la muralla" (31).
Nuevamente la burocracia y su estructura jerárquica abraza la
totalidad. Nuevamente la dinámica del poder desciende como presión
impersonal sobre los individuos reducidos a la insignificancia y el
anonimato.
Pero, ¿qué ocurría si el Emperador recóndito decidiera modificar la
distancia despersonalizada entre el poder y la frágil espiga del
individuo insignificante?. Podría ocurrir entonces que "¡A ti,
aislado, al más oscuro súbito, a la pequeñísima sombra acurrucada,
lejos del gran sol imperial, a ti, precisamente a ti, te envía el
Emperador un mensaje desde su lecho de muerte" (32). Pero, luego de
despachar el mensaje, el mensajero debe abandonar el palacio. Al
salir de las cámaras del palacio interior, encuentra un patio y una
escalera a la que le sigue otro patio, y otro, y otro...en una
sucesión sin fin. El mensajero nunca arribará a la puerta de salida,
y aunque consiga esto, luego de miles de años, lo rodeará la ciudad
imperial colmada por una muchedumbre intraspasable. Entonces, el
mensaje nunca llegará. La complejidad laberíntica del palacio
expresa la incomunicación entre el poder omnímodo y lo individual.
La imposible igualación horizontal entre el hombre simple y el
solemne rostro del Emperador impide el reconocimiento recíproco. Y
en el desconocimiento por parte de los súbditos de las leyes
actuales del Imperio y de la identidad del último Emperador, se
repite el círculo de "las exhortaciones y los avisos que vienen de
tiempos remotos" (33). Noticias de antiguas batallas y emperadores
vuelven y vuelven en la circularidad de un eterno retorno. Donde la
lejanía entre la insignificancia individual y la abstracta
universalidad de la autoridad es renovada.
IV.
La meditación sobre la impotencia frente a un poder superior no
puede soslayar, en Kafka, La carta del Padre. Un paralelo
aparentemente obligado surge entre la inseguridad del individuo ante
una fuerza omnímoda que acusa, y la vacilación del hijo frente al
padre. Max Brod encuentra que el tema principal de la carta es "la
debilidad del hijo frente a la fuerza del padre, quien se formó por
esfuerzo propio y que conciente de su mérito, se ve a sí mismo como
medida del mundo". El hijo recibe una seguridad ya forjada por su
progenitor. La recepción de bienes y solidez material sin el propio
esfuerzo condena al hijo a la inseguridad psicológica, a un
sentimiento de inferioridad y culpa por su condición parasitaria
frente a la "supremacía espiritual" del padre (34). Desde una
lectura en clave piscológica, podría suponerse también que la
transformación de Samsa en insecto, es una forma de manifestación
gráfica de la condición parasitaria del hijo frente al padre.
Y frente al
padre, la madre es la alternativa de un amor incondicional, y de
sensatez en el caos (35).
La carta
hilvana una homogénea sucesión de recuerdos dolorosos, agudas
observaciones psicológicas, reproches y lamentaciones. El escritor sabe que "la vida no es más que un rompecabezas"
donde la "confesión escrita" interviene como forma "de una
aproximación tan cercana a la verdad, que podrá tranquilizarnos un
poco y hacernos más soportable el vivir y el morir". La escritura
exorciza el dolor no resuelto en el vínculo padre-hijo. El recuerdo
ordena la caótica acumulación de experiencias dolorosas. La
autoridad paterna es vivida como potencia trascendente, cercana pero
lejana en su imperturbabilidad. El hijo puede fraguar un inventario
de recriminaciones ante las vejaciones de la autoridad paterna
vivida como agobio omnipresente. Puede elevar un grito de protesta.
Pero nunca podrá conjurar o destruir su presencia opresiva. La
inmodificable huella del padre constituye al hijo desde la
indefensión, la invalidez y la confusión. El ascendiente del padre
sobre el hijo es marca afectiva, estigma emocional. Su fuerza que
impone y condena no provoca la admiración de una autoridad ejemplar.
El disturbio
impuesto por la marca paterna es ordenable en una ilación
intelectual y discursiva, pero no en la inmediatez de la experiencia
diaria. Sin embargo, extrapolar el vínculo paterno-filial de La
carta del padre al resto del universo literario kafkiano es
quizá excesivo. Por más que le pese a una hermenéutica
psicoanalítica, la intuición kafkiana de las fuerzas impersonales
del infierno burocrático moderno excede la dimensión psicológica del
vínculo padre-hijo. Al fin y al cabo, no siempre es posible
universalizar un conflicto estrictamente personal.
V.
En la inicial novela kafkiana, América, lo trágico del poder
despersonalizador es sustituido por una experiencia distinta, de
fiesta y sorpresa ante nuevos horizontes a descubrir.
Karl
Rossmann llega a América expulsado de Europa por sus padres luego de
seducir a una sirvienta. Llega a Nueva York. Antes de desembarcar,
defiende a un fogonero, por el cual siente un gran afecto. Lo
considera víctima de una injusticia y, durante su defensa, es
reconocido por alguien que se anuncia como su tío. Su tío, de
acomoda posición, no lo somete a interdicciones formales, pero busca
ser obedecido. Con cierta inocencia, Karl parte al campo con unos
amigos sin la aprobación de su tío. Esto provoca la ruptura. Una
nueva expulsión. Un nuevo exilio donde Karl, convertido en un
vagabundo, mantiene su sentido de la honradez y la justicia. Cae
bajo la influencia de Robinson y Delamarche, dos vagos que lo
obligan a servir a Brunelda, una actriz autoritaria, obesa. Karl
logra liberarse y, siempre entregado a su propio destino, acude a
una especial convocatoria laboral: "El gran teatro de Oklahoma os
llama...¡Todos tendrán su puesto!" (36). Karl se presenta en el
lugar de recepción de las solicitudes de empleo. Lo sorprende allí
una reunión de "centenares de mujeres -vestidas de ángeles, con
ropas blancas y grandes a la espalda", que "tocaban largas y
brillantes trompetas doradas" (37).
La fanfarria
circense es una estrategia de atracción de candidatos a ocupar los
puestos de trabajo propuestos. Karl descubre una sofisticada y
compleja estructura de admisión, con doscientas oficinas; una
oficina para cada profesión. La evaluación de los candidatos
responden a un aceitado concepto de división del trabajo, a una
estricta particularización de tareas. Luego de varias pesquisas
preliminares de Karl, después de transitar de una oficina a otra, y
de ser evaluado como actor, es contratado finalmente como técnico en
la "Oficina para Personal con conocimientos técnicos". Pero Karl,
inseguro en una posición laboral aún no comprobada, rehuye
manifestar abiertamente su identidad. Oculta su nombre y se encubre
bajo el seudónimo "Negro". El contraste entre su aspecto físico y la
remisión más inmediata de su nombre provisional exhala un aire de
absurdo, que alcanza también a los estrafalarios pormenores de la
contratación.
Pero tras la
absurdidad subyace lo teatral como nueva forma de universalidad.
Todos son empleados en el teatro de Oklahoma, "el teatro más grande
del mundo", que en Oklahoma "dicen que no tiene límites" (38). Si
todo es espectáculo, de forma inmediata y directa, cada miembro del
teatro es actor en una continua representación donde la vida es
apariencia, gesticulación actoral. Actuación en una escena, donde la
realidad sin teatro, sin la escenificación del actuar para ser visto
por un otro, desaparece. La universalidad de la vida como
teatralidad es una nueva forma de orden superpuesto a una realidad
primaria, al misterio de las presencias del espacio y los seres que
no pueden ser convertidas en una seductora puesta en escena
teatral. La universalidad del teatro de Oklahoma es también una
desrrealización, un perder la comunicación con una realidad no
ordenada o deformada por el hombre. Pero lo universal de la ficción
teatral es diferente a la universalidad opresiva del tribunal que
acusa a Josef K., o a la administración del Castillo que absorbe y
domina sin legislación transparente, o autoridades personales. El
teatro de Okhaloma sin límites abriga dentro de sí la complejidad
administrativa, la diversidad de las oficinas de su estructura de
admisión. Pero la densidad burocrática se compensa aquí con el
frescor de lo festivo, lo circense, el magnético y asombroso hechizo
visual del espectáculo. La fiesta y el teatro ocultan, sin dudas, la
tragedia del trabajo alienado, la burocracia deshumanizada. Pero la
teatralidad en América es la de un escenario no limitado, sin una
clara diferencia con lo cotidiano. Si el teatro es universal, la
escena debe expandirse a todas partes. Acaso por eso América
concluye con el inicio de la travesía de Karl por las vastedades
geográficas de Estados Unidos en un viaje en tren por montañas,
valles, ríos de vehemente curso, frente a cuyas aguas "el rostro se
estremecía al hálito de su frescura" (39).
El cuerpo como gesto, como presencia dentro de un espectáculo, como
deleite y despliegue de una escena. El teatro sin límites, en
Oklahoma y América, como escena de la fiesta, y el descubrimiento y
la frescura. Lo festivo teatral como contrapartida de la burocracia
alienante (la burocracia judicial en El Proceso, la
burocracia condal en El castillo, que si son también teatro
es como tragedia, que humilla a sus personajes, a diferencia de la
elevación heroica en la tragedia clásica).
VI.
En la primera y única
indagación, durante el discurso de defensa de K., la mujer del ujier
irrumpe repentinamente en la sala. Es acosada y "cazada" por un
estudiante, ayudante del juez de instrucción. Quien también
buscará el momento oportuno para liberar una velada pasión por la
mujer del ujier. El tribunal así está compuesto por cazadores de
mujeres. La relación con ellas no está mediada por lo contractual
(como en el matrimonio burgués), ni por un vehemente lazo
sentimental (como en el romanticismo). El robo de mujeres es síntoma
de la regresión a un mundo trivial y arcaico, y de un tráfico de
influencias y manipulaciones (40). Lo arcaico del universo que abre
el tribunal también se vincula con la identificación que K. estable
entre la justicia y la diosa de la guerra y la caza.
La caída en lo arcaico, tras una velada fachada de modernidad, se
expresa asimismo en la actitud de la niña jorobada que invade el
cuarto de Titorelli, y en las otras niñas que acosan a K.
Y una
nítida expresión de la regresión del tribunal en lo arcaico es
también lo grotesco de sus guardianes, y el rol del azotador. El
individuo enviado por el tribunal para azotar a los dos guardianes
luego de una denuncia de K. La punición o el castigo sobre un
funcionario subalterno, sobre un miembro de la estructura
burocrática, resuma un castigo físico en su forma más abierta,
diferente al castigo bajo los mecanismos indirectos de una sociedad
panóptica (41).
La
rusticidad del azotador convive, en el universo kafkiano, con un
castigo igualmente primario, pero supeditado a una mediación
tecnológica. Este es el caso de La colonia
penitenciaria.. Aquí, un explorador es testigo de un
especial aparato, de una máquina de castigo creada por un antiguo
comandante ya desaparecido. El prodigio mecánico es un complejo
dispositivo de tortura, cuyas funciones son detenidamente explicadas
por un oficial (42). La máquina dispone de varias partes. Una pieza
fundamental es la ristra que, dotada de un extremo puntiagudo,
realiza una escritura sobre la piel del condenado. La punzante y
sanguinolenta inscripción se profundiza en sucesivos deslizamientos
de la ristra. El infeliz condenado finalmente se resigna. Se
desangra. Y los restos de su cuerpo ultrajado caen en una fosa. El
soldado condenado no conoce de antemano el castigo que recibirá. La
causa de la condena es haberse dormido durante la vigilancia de una
instalación militar.
La
escritura se plasma sobre una buena parte del cuerpo (43). Los
diseños de escritura fueron inventados por el antiguo comandante.
Estos patrones gráficos son ilegibles, pero el condenado los
descifra "por sus heridas". Para el explorador, "la injusticia del
procedimiento y la inhumanidad de la ejecución quedaban fuera de
toda duda"(44). El horror moral ante esa "injusticia" es algo
completamente ajeno al oficial. Por el contrario, en la ejecución
tortuosa, en el rostro sufriente del condenado ya sometido a la
sanguinaria escritura, el oficial experimenta un perverso deleite. Y
el oficial se sabe amenazado por el nuevo tiempo de innovaciones
humanitarias que trae el nuevo comandante. Por eso, se piensa "el
único defensor de la herencia del antiguo comandante". Se siente
continuador de una tradición que trasciende a su idealizado jefe, y
que se proyecta a los "viejos tiempos", a los inicios arcaicos de la
práctica de la punición donde la ejecución no era un evento a
puertas cerradas, sino una actividad pública: "ya un día antes de la
ejecución estaba todo el valle lleno de gente, todos venían
solamente para ver; por la mañana temprano aparecía el comandante
con las damas; todo el campamento se despertaba al son de las
fanfarrias, yo daba el aviso cuando todo estaba listo. La sociedad -
ningún alto funcionario podía faltar- se acomodaba alrededor de la
máquina. Estos montones de sillones de mimbre es un mísero resto de
aquellos tiempos" (45).
El
oficial es conciente de la desaparición de lo antiguo por la
llegada de la modernidad. La asunción realista de esta situación lo
obliga a liberar al condenado. El tiempo moderno no tolera ya la
inmolación visible, cruel, directa del condenado. El propio oficial
se acomoda entonces en la máquina para acometer una suerte de muerte
ritual, que es también un grito de repudio ante el nuevo orden.
Pero, al buscar enterrar al oficial, el explorador descubrirá la
tumba del viejo comandante. En su lápida, en una inscripción en
pequeñas letras, se asegura la resurrección del muerto. Y "desde
esta casa conducirá a sus partidarios a la reconquista de la
colonia. Crean y esperen " (46).
La
vejación arcaica como castigo central del sistema judicial militar
cede sólo temporalmente su terreno. Envuelto en signos proféticos,
la pasión por la tortura de un individuo indefenso promete su
retorno. El oficial representa los orígenes arcaicos de la pena
donde, como bien lo indica Nietzsche en La genealogía de la
moral (47), el castigo siempre consiste en alguna forma de
mutilación corporal convertida en espectáculo
público.
El
cuerpo torturado en la colonia penitenciara no es ya, a diferencia
del cuerpo mágico antiguo, un soporte de imágenes simbólicas,
tatuadas, que ligan a lo trascendente o a los antepasados. El cuerpo
tampoco es reflejo en miniatura del universo, o un cuerpo lienzo,
esmaltado por ilustraciones artísticas, como en El hombre
ilustrado bradburiano (48). El cuerpo es ahora patética
superficie donde se concentra la experiencia de la insignificancia
del que es condenado sin poder defenderse. La imposibilidad de la
defensa de un condenado en la colonia penitenciaria en los "viejos
tiempos" se condice con la impotencia de Josek K. frente a un
tribunal y un proceso incomprensibles, ante el que nunca cabe una
absolución completa.
El desamparo
del condenado comienza con la aludida
incapacidad para la defensa. Y se extiende luego a la posición
horizontal yacente en el momento de la consumación final del
castigo. En la ejecución por fusilamiento, o en la horca, subsiste
aún la posición erecta, la integridad vertical, como resabio de
alguna dignidad personal. La sumisión completa emerge con el pasivo
reclinarse del condenado en una piedra de sacrificio, donde ya no
sobrevive la expectativa de un posterior ascenso a lo divino (como
en los antiguos sacrificios rituales), sino sólo la humillante
espera de una muerte sin trascendencia. La sumisa muerte horizontal
en la máquina se repite en la ejecución final de K. en una cantera
donde, luego de ser reclinado sobre una alfombra de piedras, recibe
el cuchillo que se hunde dos veces en su corazón. La humillante
posición yacente remite a su vez a una "existencia perruna". Las
últimas palabras de K. son "¡Como un perro!". La alusión a lo
perruno se reitera en el final de El proceso o en La
colonia penitenciara como sinónimos de caída en la
denigración.
VII.
Frente al poder que condena sin posibilidad de defensa, todo
individuo nace culpable. Nace herido por una deficiencia abstracta.
El individuo se debe realizar frente a la presencia omnímoda del
poder irracional. La desrrealización coexiste con un sentimiento de
precariedad, de fragilidad, de humillante insignificancia, que
hábilmente es expresado en la versión cinematográfica de El
proceso de Orson Welles mediante el contraste entre la colosal
altura de la puerta del tribunal y la pequeñez de K. (49).
Por
otro lado, la autoconciencia de la levedad insignificante aflora en
el relato Conversación con el orante (50). Aquí, el narrador busca en una iglesia a una muchacha que le
atrae. Allí, frente al altar, descubre a un individuo que yace
recostado, con su "magra figura", y se golpea la cabeza con las
palmas de sus manos como si se propusiera llamar la atención de unas
viejas señoras que intentan rezar. Esta situación se repite en
una segunda oportunidad. El narrador decide entonces interceptar al
curioso orante para interrogarlo sobre su particular y repelente
actitud dentro de una casa de oración. Al enfrentarse con este poco
común personaje, éste le pide conmiseración: "...no se enfade si le
digo que la finalidad de mi vida es ser observado por la gente"(51).
Esta demanda de atención revela una profunda inseguridad respecto a
la propia existencia: "nunca estuve convencido por mí mismo de que
yo existiese". Y esta fragilidad coexiste con la precariedad propia
de los objetos: "Es que la imagen que me hago de las cosas que me
rodean, es tan inconsistente que siempre tengo la impresión de que
esas cosas deben haber vivido alguna vez. Pero que ahora están
despareciendo "(52). La sensación de inseguridad del individuo y de
los objetos dimana a su vez de un temor visceral que acaso sólo sea
una experiencia estrictamente individual e intransferible:
"solamente yo tengo miedo" (53).
La
única estrategia de defensa ante la sensación de precariedad
fantasmal es apelar a la mirada del otro, como última y desesperada
garantía de existencia.
La
desrrealización es, al mismo tiempo, desorientación, un
sentimiento de extravío en un entramado laberíntico.
Josef.
K. se siente perdido en el proceso incomprensible. Y siempre se
muestra incapaz de orientarse por sí solo. En el edificio del
tribunal, la mujer del ujier lo auxilia para orientarse. En la
catedral también es auxiliado porque no puede encontrar la
salida.
Para mitigar
el sentimiento de desorientación y de precariedad fantasmal, K. se
relaciona con personas que cumplen el rol de ayudantes. Su prima
Erna (procedente lo mismo que él del mundo rural) lo ayuda al
informarle a su tío Karl de su condición de procesado. El tío lo
convence de la necesidad de actuar y de construir una salida a
través de la ayuda especializada de un abogado. Le presenta a Huld,
abogado de pobres, aunque es rico. El abogado se halla enfermo por
el exceso de trabajo. Durante su convalecencia es atendido por la
bella enfermera Leni. Hasta ese momento K. se mostraba algo
indiferente respecto a la gravedad y seriedad del proceso (a
diferencia de Block, que vive casi en casa de Huld, y se halla
totalmente compenetrado con todos los pormenores de su trascendental
procesamiento). Huld elige la especialización en las causas
judiciales especiales (como la de K.). Pero K. no está conforme con
sus servicios, con su accionar ante el tribunal. Según el hombre de
leyes, este reproche se debe, en parte, al trato benigno y casi
displicente que K. recibe durante su proceso. Una suavidad de la que
K. disfruta acaso veladamente porque "a menudo es mejor estar
encadenado que libre" (54). El abogado le advierte a K. de la dureza
del trato hacia otros acusados. Para darle un ejemplo de esa
aspereza llama a Block. Entonces, acurrucado en su cama y
enfundado bajo sus cobertores, y con un voz demandante e impersonal
(por el ocultamiento de su rostro) le exige a Block que se arrodille
y humille. Block se caracteriza por el descuido en la vestimenta, el
desinterés por la imagen pública. Es, por un lado, un individuo más
auténtico que K. (en tanto no interesado por el ascenso social).
Pero, a la vez, es el sujeto débil que se desmorona en la
genuflexión, la humillación, el rebajamiento "perruno", como antes
se observó.
Huld no puede dar garantías de un desenlace exitoso de la acusación
porque las acumulaciones de opiniones y puntos de vista durante el
proceso hace que éste sea impenetrable.
La
ayuda de Huld es entonces estéril. Y lo mismo que la que K. recibe,
o pretende recibir, de las mujeres.
En
K., lo femenino es erotismo contaminado por intereses
instrumentales. En el capítulo "La catedral", el sacerdote le
observa que apela con demasiada frecuencia a "ayuda ajena...y
especialmente de mujeres". K. cree que las mujeres tienen gran poder
sobre el tribunal. La señorita Burstner, la mujer del ujier, o Leni
(la enfermera del abogado Huld) le prometen ayuda durante el
proceso. La seducción femenina ejerce una acción poderosa sobre el
acusado. Su hechizo fagocitador sobre K. reaviva el mito de las
sirenas, la figura mítica de lo femenino que atrae y devora. Leni
(protagonizada en la versión fílmica de Welles por la bellísima Romy
Schneider) atrae irresistiblemente a K. y contribuye a colocarlo
bajo la influencia del abogado Huld. K. participa también del juego
de la atracción y la seducción; busca la manipulación instrumental
de las mujeres para conseguir su influencia benéfica durante el
proceso. Por eso, le asegura al sacerdote que "si pudiera convencer
a algunas de las mujeres que conozco para que trabajasen
asociadamente para mí, tendría que progresar" (55).
Ninguno de los eventuales ayudantes de K. mejoran en términos reales
su situación Así, la radical desorientación e insignificancia de K.
nunca es suspendida. Sólo es negada por la ilusoria expectativa de
un desenlace favorable del proceso.
VIII.
Frente a la
desrrealización o el sentido de insignificancia, una de las salidas
en Kafka es la soledad del artista. El último volumen de cuentos de
Kafka, Un artista del hambre, es un ejemplo triple de la
soledad como construcción de una subjetividad plenamente individual
frente a la despersonalización y la desrrealización.
Un artista
del trapecio "permanecerá día y noche en el trapecio". Su
estrafalaria actitud no responde a un capricho sino a una
necesidad. Sólo así "podía estar siempre entrenado y conservar la
extrema perfección de su arte" (56). Casi siempre, el trapecista
está solitario, aunque en su vida irrumpa una mujer que se convierte
en una continua fuente de irritación para su existencia
(57).
La
busca ansiosa de lo excepcional se manifiesta también por la vía de
la sobreactuación, el ridículo o lo grotesco como en "Josefine
la cantante, o el pueblo de los ratones". Josefine es la joven y
peculiar cantante de un pueblo de ratones que eleva su canto al
podio de una solemne veneración. Josefina chilla. Pero al escucharla
se sabe una cosa: "lo que ella chilla...no es un chillido" (58). El
pueblo de Josefine es también particular. Se distingue por ser
"prematuramente viejo". Los lugareños se deslizan velozmente desde
una niñez inconclusa a la adultez. De ahí que el pueblo de Josefine
sea demasiado viejo para el ardor de la música. La consecuencia de
la "amusicalidad" es el chillido. Por eso, "Josefine puede, según se
le ocurra, chillar o cantar como quiera ella llamarlo. Eso no nos
molesta, eso está de acuerdo con nuestra forma de ser. Eso lo
podemos soportar muy bien" (59). Sin embargo, a pesar de la
favorable predisposición de su auditorio para con su canto o
chillido, Josefine "hace tiempo que ha aprendido a no esperar una
verdadera comprensión" (60). Josefine desarrolla un temperamento
voluble. Siempre insatisfecha, pretende algo más, una
repercusión, un acto de expresión que nunca se consuma. Por eso,
finalmente, se retrae. Se niega a cantar, a aparecer públicamente.
Se ausenta, y parece renunciar al poder que ejerce sobre su público.
Su excepcional singularidad no podrá resistir; su particular
individualidad no soportará la dilución en el vapor del olvido.
Inevitable destino dentro de un pueblo carente de preocupación por
la memoria de lo excepcional o "el estudio histórico".
"Un artista del hambre" es otra de
las encarnaciones de un yo fuertemente diferenciado. Cuya
singularidad es proporcional a su marginación. Al principio, el
ayunador es observado constantemente por tres vigilantes que deben
cerciorarse de que no ingiera alimento alguno. El ayunador es capaz
de pasar toda la noche despierto para demostrar a sus vigiladores
que no oculta nada comestible, y que es capaz de soportar con
firmeza el hambre por cuarenta días. El ayunador convoca la atención
ajena; pero, a la vez, es el único y verdadero testigo de su prueba
porque "nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si
realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el
ayunador podía saber lo que ya él era... un espectador de su hambre
completamente satisfecho" (61).
El
ayunador, artista del hambre, se fastidia cuando se le obliga a
interrumpir su ayuno. Su deseo es "sobreponerse a sí mismo hasta lo
inconcebible"; aunque el empresario o el público queden conformes,
el ayunador nunca está plenamente satisfecho. Su avidez por rozar
algún absoluto superando crecientes límites lo expone a la
incomprensión. Y a la autoflagelación. Se difunden fotografías de su
esquelética postración, de su endeblez cercana a la letal mordedura
de la inanición. Y entonces, el ayunador siente que es "imposible
luchar contra aquel universo de estulticia" (62). La extraordinaria
voluntad transgresora del artista del hambre termina por
provocar el desinterés de la multitud, la "repulsión hacia el
espectáculo del hambre" (63). Entonces, el ayunador chapotea en el
pantanal de la angustia. Lo que antes motivaba el asombro, el
respeto, la exaltación de la gloria del ayunador, ahora provoca
indiferencia. Su sentencia de muerte está firmada. El prodigio del
ayunador dentro de su jaula no concita ya ninguna atención, o un
amable o asombrado reconocimiento, dado que "la gente pasa a su lado
sin verle", y los cuidadores se desentienden de él. La paja se
acumula sobre su macilenta figura. Sólo un inspector llama una vez
la atención de los vigiladores por el insólito vacío de su jaula. Al
remover con una horquilla el pajonal se encuentra allí al ayunador.
Quien le explica a su descubridor que nunca buscó en realidad ser
admirado. Su ayuno se debe a que "no puede encontrar comida que me
gustara". El ayunador nunca halla algo del mundo próximo que
realmente lo alimente, que lo afirme plenamente. De ahí quizá su
desesperada compensación por una práctica extrema. El ayunador muere
finalmente y en su lugar se ubica a una pantera joven. Su bella y
exuberante vitalidad enciende una magnética atención. No hay en el
animal necesidad de escapar de la amenaza de la desrrealización
mediante la ejecución de algún hecho extraordinario, ya que "la
alegría de vivir brotaba con fuerte ardor de sus fauces"
(64).
La
salida de la despersonalización por la singularidad solitaria se
revela siempre como un proyecto fallido de existencia. El trapecista
no consigue la armonía por la perturbadora proximidad de una
mujercita que lo irrita. Luego de un inicial y augural período de
gloria, el ayunador mantiene su particularidad a través de la
convivencia con la denostación o la indiferencia, y un sentimiento
de no pertenencia. Josefine, la cantante que chilla, cultiva su
especial personalidad dentro de una aparente aceptación popular.
Pero, su estiletazo de luz propia se desvanecerá. En una noche sin
recuerdo.
IX.
La busca de
una salida por la extrema singularización solitaria del ayunador
fracasa. Y en su jaula vacía respira ahora la pantera con su
"alegría de vivir".
Lo animal,
en Kafka, siempre es medio de acceso a algo superior o más pleno. En
Un maestro de escuela de pueblo, un maestro elabora un
informe sobre un sensacional descubrimiento: un topo gigantesco que
vive en el campo. Difundir esta verdad sin temores al ridículo se
convierte en la "misión de su vida", en la que se evidencia una
fidelidad a los hechos, que también está impregnada por las
debilidades humanas (65).
La
identificación con el animal propicia una crítica lateral del ser
humano desde la oposición individualismo-comunidad. En
Investigaciones de un perro, el narrador es un perro viejo
que, ya cansado y triste, vive retraído y pensativo. A pesar de los
cambios, conserva "la visión panorámica" sobre su pueblo y sus
costumbres en la vida diaria. Entonces, reflexiona sobre los seres
que rodean a los perros (los que son mudos o se limitan a liberar
unos gritos), y los otros, los que no pueden ser ignorados "dado los
poco unidos -por lo menos en comparación con nosotros los perros-,
que son entre sí, dado cómo se cruzan con tanta indiferencia y mudos
y hasta con cierta animosidad mutua, y cómo tan sólo los más bajos
intereses logran unirlos un poco exteriormente y cómo aun de estos
intereses surgen brevemente odios y desavenencias" (66). Obvia
alusión al ser humano que, desde la expresión kantiana, se
caracteriza por una "insociable sociabilidad". El hombre no posee un
genuino instinto social. Se une y acuerda leyes compartidas y un
espacio público sólo por necesidad del uso instrumental del otro. La
real fisonomía espiritual del hombre es su egoísmo, sólo atenuado
por bajos intereses comunes. La fragmentación y la animosidad entre
los humanos contrasta con la aspiración perruna a vivir en
comunidad, en "un mismo saco", en la calidez de un "estar juntos".
La larga investigación sobre los hábitos y costumbres perrunas
concluye en una ponderación final del instinto y la libertad sobre
las tendencias científicas cultivadas por algunos
caninos.
La apelación al animal como forma oblicua de crítica o reflexión
sobre el hombre es un método habitual en Esopo, La Fontaine, o el
Swift de Los viajes de Gulliver (67). El vínculo
hombre-animal puede adquirir, asimismo, la forma de una dualidad
conflictiva. En Los chacales y los árabes, un visitante
europeo escucha el lamento de un viejo chacal. El animal recrimina a
los árabes su desdén por los cadáveres de otros animales, la fuente
nutricia de los chacales, que sólo tienen como poder su mordedura.
El chacal le manifiesta al visitante la necesidad de su
participación, la necesidad de que manipule una tijera que le acerca
uno de los suyos para cortar los cuellos de los detestados
habitantes del desierto. Porque "tu deber es terminar con la disputa
que divide en dos al mundo" (68).
La
clara división del mundo en dos partes enfrentadas se relaciona con
una posible lectura de la literatura kafkiana desde la confrontación
de opuestos. Este modelo se expresa en la dualidad beligerante
recién aludida entre chacales y árabes, o las oposiciones esenciales
entre el nuevo y viejo comandante en La colonia
penitenciaria; la extraversión de George Bendemann y, por
constraste, la soledad de su amigo en La condena (69); el
padre autosuficiente y el hijo indefenso en La carta del
padre; o, en El proceso, el K. arribista y ávido de
ascenso social, y Block, austero y sacrificado.
El
animal también habla con el lenguaje humano sobre el hombre en un
Informe para una Academia. Aquí, un simio comunica su proceso de
humanización a una Academia, sitio simbólico del canonizado saber
científico. Más que una reflexión sobre lo específico de la
condición simia, lo que brota de la reconstrucción del mono son
algunos rasgos arquetípicos del hombre.
El
mono, primero libre y salvaje, es capturado y enviado a Europa. En
su jaula, en un vapor que lo conduce hacia su nuevo destino en algún
zoológico, siente la necesidad de recuperar la amplitud del espacio
que le es negada por el encierro. Necesita recuperar la sensación de
movilidad, la salida a un espacio abierto. No busca la libertad como
atributo espiritual sino como "gran sensación de libertad hacia
todos los lados" (70). El ingenio del mono se agudiza entonces para
encontrar esa salida. Ésta sólo se conseguirá al generar una nueva
relación con los hombres. Para ello, el simio explota una habilidad
instintiva y natural: la imitación. Al decidir imitar a los hombre
el simio descubre la facilidad de este acto. Por la vía de una
reproducción mimética, aprende a escupir, fumar y beber. Inicia así
un "aprendizaje de hombre". Y el más alto punto de esta imitación es
el habla. Frente a un atónico público, y como un artista antes que
un mecánico gramófono repetitivo, el simio grita: "¡Hola!". Así,
"irrumpe en el ámbito de los sonidos humanos, con esta exclamación
entra de un salto en la comunidad de los humanos"
(71).
Ya en
el Viejo Continente, en Hamburgo, ante la alternativa del zoológico
o el varieté, rápidamente opta por la última posibilidad, natural
continuación de sus dotes histriónicas y de simulación de nuevos
comportamientos. El animal alcanza la educación de un europeo medio;
es capaz de la escritura, y de una ordenada reconstrucción de su
particular historia. Se convierte en artista; tiene su propio
representante.
De forma
velada, el informe simiesco sobre su acceso a la vida humana revela
a la imitación como peligro y alternativa. El peligro es la mimesis
meramente reproductora de comportamientos preexistentes. La
alternativa auspiciosa es la recreación artística de lo dado. Es el
caso del propio simio como artista que reproduce la palabra humana.
La imitación sin estilización es pasividad repetitiva. El informe
ante la Academia afinca en lo animal el modelo de una imitación
como superación y recreación de lo imitado. Facultad animal y
"artística" ausente en numerosos caminos humanos.
X.
La salida es abandono del cono de sombra de la irracionalidad
burocrática hacia la espera de la verdad en un estado de
incertidumbre, sin ninguna garantía racional de encontrar o ser
encontrado por un sentido oculto. Sólo así una hierba amable brota
en el follaje de la existencia.
En
este contexto, otra posible vía de salida de la desrrealización en
el El proceso, y en el contexto general de la literatura
kafkiana, es el vínculo subterráneo y visceral con la sabiduría
judaica (72).
Al
leer entre líneas, el judaísmo de Kafka emerge, por ejemplo, en
Descripción de una lucha . El narrador, introvertido y
solitario, se encuentra con el "conocido", un sujeto extrovertido
que presume de sus conquistas sexuales. Al narrador le desagrada el
tono jactancioso de su interlocutor al referirse a su éxito sobre
las mujeres. Lo invita a dar un paseo. Y luego de una caída, cabalga
sobre su acompañante bajo el efecto transfigurador de la luna. El
viaje se convierte entonces en una suerte de ensoñación, un
bambolearse cercano a la alteración perceptiva de la embriaguez. El
narrador (antes solitario, a diferencia del "conocido") se siente
ahora asaltado por la rara certeza de ser "amado por una chica
vestida de blanco". Recibe nuevamente el influjo lunar: "Abrí los
brazos con alegría para gozar plenamente la luna" (73). Y poco
después: "fue como de golpe me encontré con que conocía todas las
estrellas cada una por su nombre, aunque nunca lo había aprendido.
Sí... eran nombres asombrosos, difíciles de retener, pero yo los
sabía todos con mucha exactitud. Levanté el índice y las empecé a
nombrar en voz alta, a cada una por su nombre" (74). La influencia
del plateado y radiante disco nocturno estimula el renacer de lo
mágico, una actitud de liberada fantasía que refunda la experiencia.
Bajo la ensoñación lunar, surge un momento de nostálgica regresión
al pathos judaico en Kafka. Regreso a la lengua adánica
perdida, que también conoció Benjamin (75). Nostalgia de la
existencia anterior a la caída y a Babel, donde reinaba la
correspondencia entre las palabras y las cosas, que el hombre
aseguraba al nombrar a cada estrella (y por extensión a cada cosa)
por su nombre.
Por otra parte, en Un médico de campo, Kafka incluye una
singular prosa: "Las preocupaciones de un padre de familia". Un
padre de once hijos manifiesta una preocupación: la de entender y no
dañar a una rara criatura: Odradek. Cuyo aspecto parece "una bobina
de hilo, chata, con forma de estrella". Sus hilos no evidencian
efecto de graduales añadiduras o suturas. Parece un todo completo.
Odradek es rápido y movedizo. No se deja alcanzar. Cuando
ocasionalmente se encuentra con el padre de la numerosa
descendencia, éste le pregunta: "¿Y dónde vives". "Sin domicilio
fijo -dice y ríe; pero es solamente una risa como la que uno podría
producir sin pulmones. Suena algo así como pasar corriendo sobre
hojas caídas" (76).
Odradek, misterioso artificio de aspecto antropomorfo, es la
continuación de la creencia judaica en el Golem. Su origen
artificial supone una anomalía, el desprendimiento de una fuente
originaria. Una salida de la fuente que recrea la situación de la
caída y el exilio. Por eso quizá Odradek no posee "domicilio fijo",
hogar y arraigo. Y el padre sospecha que la mágica criatura acaso le
sobreviva. Permanencia en el tiempo de Odradek que insinúa la
continua condición exiliada del hombre, que también puede consumir
su tiempo de vida como un correr "sobre hojas caídas". El muñeco es
la máscara del humano infestado por la anomalía de un vivir sin
hogar, sin un "domicilio fijo"; un vivir en el destierro de una
realidad plena y originaria.
El
judaísmo es el posible centro de la cosmovisión kafkiana. Así,
coincidimos con Elemire Zolla: "¿Cuál es el punto arquimédico
de Kafka? Lo encontraremos en su fisonomía especulativa oculta:
Kafka es el último gran escritor jasídico y cabalístico. La
tradición cabalística se convierte en fábula, cuento, epigrama, en
los guetos orientales, es el oasis desde el que se contempla el
mundo moderno" (77).
La
tradición cabalística se nutre de una intuición mística: el ser es
el en-sof, es lo impensable, es la nada (ain); la nada
como vacío, no como ausencia, sino como plenitud de sentido absoluta
e insondable. Desde la metafórica elevación del en-sof
surgen las emanaciones descendentes de las sefirots
(78).
A su
vez, según el máximo difusor del ancestral saber cabalístico,
Gershom Scholem, en la cábala se continúa la
interpretación aristotélica de la trinidad constituyente del
ser. Cada cosa remite a la materia, la forma y el no-ser. En la
tópica aristotélica, el no ser es potencialidad, es lo que aún no es
pero puede llegar a ser según su propia naturaleza intrínseca. Cada
cosa posee su particular potencialidad. Y no puede convertirse en
otra cosa. Una cosa será lo que su ley propia le permita. El no-ser
entonces es lo temporalmente no realizado. En esta posición la nada
sería el no-ser aún no consumado. Pero para los cabalistas, la nada
es una determinación inmanente a la cosa. Ninguna cosa está
plenamente realizada. Un resto de incompletud siempre subsiste. El
contacto con la nada, nunca definitivamente convertible en acto,
permite la recreación de la cosa, su rejuvenecimiento con el frescor
de un nuevo comienzo. El místico cabalista sumerge a cada cosa en
una nada, nada divina, que nunca se muestra o revela
acabadamente. El centro de lo real es una nada que no puede ser
atenazada por determinaciones o atributos definitivos. Lo divino se
expresa por el lenguaje (por el hebreo como lengua sagrada) pero
nunca es totalmente comprensible; por eso, el cabalista "no está
dispuesto a renunciar a la idea del Dios oculto, que permanece
eternamente incognoscible en las profundidades de Su Propio Ser, o
para emplear una osada expresión de los cabalistas, 'en las
profundidades de Su Nada' " (79).
Y la nada es
luz. Y la luminosidad de la nada-ser promueve asimismo una
fundamental afirmación que, como veremos, luego repercutirá
esencialmente en el autor de El proceso.
Por
otro lado, Martín Buber recuerda la leyenda de Baal Shem, un
cabalista jasídico para quien la creación del cielo y la tierra es
el pasaje de la nada (lo superior) a la forma, la finitud (lo
inferior). El ser pertenece a lo decible; y, por lo tanto, a lo
finito creado. Y el místico es el que, desde la forma, regresa a la
nada previa a la creación. Sólo así, al sumergirse en la nada
primordial, puede repetirse una nueva creación. Entonces, un "Dios
produce una nueva creación y es como una fuente que no se seca, un
río que no deja de correr..." (80). Jezirah afirma que Dios "nos
muestra una forma, pero no tiene una".
Sólo
quien no ciñe el ser (que es en realidad no-ser o nada) a una forma,
a una explicación, a una perentoria revelación, podrá vivir sin
consuelos o torturas. Y podrá esperar sin exigencias, ansiedades o
demandas. La espera religiosa es la que deja que una puerta se abra
y que el hombre puede ingresar en un recinto de luz y sentido. La
espera verdadera no pretende un algo particular relacionado con la
felicidad o la realización definitiva. La espera más
poderosa se entrega a la nada. Que acaso, alguna vez, es
la que deja que algo acontezca fuera de toda garantía
racional.
XI.
Según
nuestro entender, el trasfondo místico cabalístico cabalga tras el
relato simbólico "Ante la ley", en el centro del penúltimo capítulo
de El proceso, "La catedral". Josef K. recibe de parte del
vicedirector del banco el encargo de guiar a un visitante italiano
por varios lugares de la ciudad. El lugar de reunión es la catedral.
Allí, K. no se encuentra con el turista itálico. Pero sí se halla
con un sacerdote, cuyas facciones se delinean bajo el fulgor de una
pequeña lámpara que ilumina un púlpito que K. observa desde abajo,
en una posición que lo empequeñece (como en el caso del contraste
entre su figura y la altura de la puerta de la sala de sesiones). El
sacerdote no pronunciará un sermón ante una iglesia huérfana de
feligreses en ese momento. Desciende de su antro eclesiástico para,
desde la igualdad de una proximidad horizontal, dialogar con K., y
para revelarle una historia que evidencia un engaño. Según su
interlocutor sacerdotal, K. se engaña respecto al tribunal. El
engaño es existir dentro de la mentira todavía no asumida, o no
comprendida en su naturaleza más profunda u originaria. La historia
que ilustra el engaño dice que ante la ley se encuentra un guardián.
Un hombre de campo llega y pide entrar a la ley. El guardián objeta
que, en ese momento, el solicitante no puede entrar. Tal vez luego
pueda ingresar, "es posible", "pero ahora no".
A
través de su deseo, de su voluntad, el hombre podría acercarse a la
ley. Pero el guardián le prohíbe el ingreso. Y le advierte que
dentro hay otros guardianes más poderosos que él; y en realidad él
es el guardián de menor jerarquía. Cada nuevo guardián es más
fulgurante. Y "la visión del tercero no puede siquiera tolerarla"
(81). El campesino es deseo que demanda el ingreso dentro de la ley.
Pero debe aceptar la superioridad del guardián y su prohibición. El
guardián le provee un taburete y le permite que se siente a un lado
de la puerta. "Y allí permanece sentado durante día y noche". El
campesino insiste en peticiones, en demandas. En su apremio por
entrar. Está ansioso, desesperado. Y dilapida todo lo que tiene para
sobornar al guardián. El guardián acepta el soborno, pero le aclara:
"Lo acepto sólo para que no creas que has omitido alguna cosa".
Nuevos años transcurren. El campesino siente que sólo el guardián es
el único obstáculo para que se cristalice su deseo de ser recibido
ante la ley. Al envejecer se torna pueril, gruñón. Y de tanto ver al
guardián reconoce "las pulgas en su cuello de piel", y demanda
también a esas pequeñas y despreciadas criaturas que lo auxilien en
la aún fracasada tarea de persuadir al guardián. Su vista se
debilita y, entre la oscuridad, ahora chisporrotea un destello de
luz. Que brota. De la puerta de la ley.
Y el campesino es estrujado por la perplejidad. Por un interrogante
que necesita desentrañar. Como él, muchos quieren entrar al recinto
de la ley. ¿Por qué entonces no han entrado aún? Y: "El guardián
reconoce que el hombre ya está cerca del final, y a fin de alcanzar
aun su oído, que está apagándose, le grita: aquí no podría ser
admitido nadie más, pues esta entrada sólo está destinada a ti.
Ahora voy, y la cierro..." (82).
Luego
de la recreación del relato (que en la economía de la novela es
intertexto), surge la necesidad de descifrar su velado sentido, como
el cabalista busca interpretar el misterio de las Sagradas
Escrituras. Pero en el diálogo del sacerdote y K. brota un conflicto
de las interpretaciones, y no una variación de posibilidades
hermenéuticas que alienten una creciente iluminación del
texto.
Para
K., el guardián engaña al hombre que espera y demanda la entrada
ante la ley. El sacerdote aclara que el guardián es fiel a su deber.
Permanece inalterable junto a la puerta sin abandonar su puesto.
Protege a su vez, sin distorsiones, un orden jerárquico, donde él es
el peldaño de menor jerarquía. También evidencia paciencia frente a
las reiteradas exigencias del hombre. Y se muestra compasivo al
facilitarle un taburete.
También podría entreverse la posibilidad de que el engañado sea el
guardián. El hombre que demanda el ingreso es libre, y puede
marcharse cuando quiera. El guardián, en cambio, sin saberlo
quizá, no es libre, está atado a su puesto y además está
subordinado al campesino. Se engaña también el guardián al pretender
cerrar al final la puerta que siempre estará abierta (más allá de la
vida del único individuo destinado a ella), por lo que la puerta
nunca podría ser cerrada. También el guardián se engaña si supone
poseer mayor saber que el hombre, porque se halla de espaldas a la
puerta, y no puede ver entonces el resplandor que, como un cascabel
fulgurante, emerge de la abertura de la entrada. K. precisa que la
condición de engañado del guardián y del hombre coexisten. Son
complementarias. Y K. no duda en afirmar que la situación del engaño
perjudica mucho más al hombre que espera. Mas el sacerdote aclara
que las opiniones que puedan formularse sobre el relato, sobre "los
escritos de introducción a la ley", son un alejamiento del sentido
inalterable del escrito. Esa inalterabilidad del sentido es
inaccesible. Por eso "las opiniones son a menudo, tan sólo una
expresión de desesperanza frente a ello" (83). Así, las muchas
opiniones se enredan en la doxa, en la pretensión de una
verdad definitiva que no reconoce su estrechez y parcialidad.
Entonces, el sacerdote asegura que "al margen de cómo nos parezca
eso" (es decir de las múltiples, cambiantes y relativas opiniones
del sentido del escrito) el guardián "es un servidor de la ley, es
decir, pertenece a la ley, y en consecuencia está sustraído al
juicio humano" (84). Aceptar la integridad del servicio del
guardián, a pesar de las objeciones o indicios lógicos para
fundamentar su condición de engañador, sería, advierte K.,
"considerar verdadero todo lo que dice el guardián. Pero eso no es
posible, tú mismo lo has fundamentado
detalladamente".
En la postura de K. no es posible aceptar
aquello que violenta el orden lógico; lo que es debe responder a una
verdad pensable o demostrable. Frente al empecinamiento de K. el
sacerdote reacciona: "no hay que considerar que todo es verdadero,
sólo hay que considerarlo necesario" (85). Pero para el sujeto
sometido al proceso, esto supone una "sombría opinión". Porque "la
mentira es convertida en orden universal" (86).
Lo que
no condice con una explicación lógica no puede aspirar a la salud de
lo verdadero. Debe ser sólo opinión arbitraria, "mentira universal".
K. no comprende un estado de realidad ajeno a las demandas de
racionalidad de la acción.
Así como K.
pretende reducir el sentido de "Ante la ley" a un análisis lógico,
el campesino busca empecinadamente el cumplimiento de su deseo de
ingresar a la ley. La expectativa demandante del hombre pretende
forzar y dominar la situación de modo que se cumpla su deseo de
contemplar la ley (la ley como lugar simbólico del ser, la verdad,
el gran sentido). La puerta siempre estuvo abierta sólo para
ese hombre. Pero su actitud de ansía posesiva de la ley le
veda la entrada, y el guardián es el que anuncia la imposibilidad de
todo acceso voluntario e impaciente a la verdad.
Tampoco la sentencia del tribunal puede ser forzada, o ser la
consecuencia de una rigurosa sucesión de pasos judiciales. Por eso,
el abogado Huld le advierte a Block que, lo más probable, es que la
sentencia definitiva llegue "de manera imprevista, de cualquier boca
y en cualquier momento" (87).
La impaciencia impide el acceso a aquello que nunca puede ser
obligado a mostrarse. Así, en el tercer aforismo de La
consideración acerca del pecado... Kafka afirma con rotunda
claridad:
"Existen dos pecados capitales en el hombre, en los
cuales se condensan todos los demás: impaciencia e indolencia. La
impaciencia hizo que lo expulsarán del paraíso, al que no vuelve por
culpa de la indolencia. Pero quizá no existe más que un solo pecado
capital: la impaciencia. Por causa de la impaciencia lo expulsaron,
por causa de la impaciencia no vuelve" (88).
El
hombre no puede esperar sin demanda, sin ansiedad y premura (como el
hombre ante la ley). Y esa impaciencia es el deseo que demanda su
realización; y la impaciencia del deseo es afín al deseo de que lo
real sea comprensible en términos lógicos (como en la discusión de
K. con el sacerdote).
El encuentro
con la ley sólo puede sorprender a aquel que espera fuera del
esperar demandante: "existe un punto de llegada, pero ningún camino;
aquello que llamamos camino no es más que nuestra indecisión"
(89).
Frente
a la espera demandante del hombre ante a la ley se abre la
alternativa de la receptividad de la iluminación que acontece en la
soledad y el silencio; y en una aparente quietud pasiva que es en
realidad activa apertura a la amplitud: "no es necesario que salgas
de casa. Quédate en tu casa y escucha. Ni siquiera escuches, espera
solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en
silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede
dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies."
(90).
A su vez, en
la discusión entre el sacerdote y Josef K. se reproduce o continúa
la contraposición simbólica del árbol de la ciencia y el árbol de la
vida:
" Existen
para nosotros, dos clases de verdades, las representadas por el
árbol de la ciencia y el árbol de la vida. La verdad de quien obra y
la verdad de quien descansa. En la primera el bien se distingue del
mal, la segunda no es más que él bien mismo, e ignora tanto el bien
como el mal. La primera verdad se nos concede realmente, la segunda
podemos intuirla tan solo. Este es el aspecto triste de la cosa.
Pero el alegre es que la primera verdad pertenece al instante fugaz,
la segunda a la eternidad, por lo que la primera acaba por
extinguirse en el fulgor de la segunda" (91).
En la
perspectiva de la ciencia, en el obrar, impera la distinción entre
el bien y el mal. El bien existe en una confrontación de términos
duales; es la experiencia como conocimiento, que existe en el plano
de la dualidad. Dualidad que es propia del conocimiento racional y
su discernimiento de lo verdadero y lo falso. El árbol de la vida,
en cambio, dona su sombra; sobre ella descansa aquel que vive en la
experiencia de la intuición de una verdad que no se extingue ante el
conocimiento racional que necesita precisar con claridad la
distinción entre lo bueno y lo malo.
La espera que acepta convivir con una verdad no sometida a las
demandas de un conocimiento lógico ocurre también en El cazador
Grachuss. Un barco llega a un puerto. El barquero conduce al
alcalde de Riga hasta la presencia de su especial pasajero. Un
hombre de barba y cabellos revueltos, cuya piel tiznada por un tinte
broncíneo es la de un cazador. El personaje en cuestión murió en la
Selva Negra durante la cacería de una gamuza. Sin embargo, a
pesar de su aparente inmovilidad, el cazador vive en un "cierto
sentido". Y entabla un diálogo con el sorprendido alcalde. La barca
mortuoria del cazador navega repetidamente en las "aguas
terrenales", y entonces, a pesar de que quería "vivir en montañas,
después de mi muerte vago por todos los paisajes del mundo" (92). El
cazador, nómada por los mares desde hace siglos, podría intentar
pedir ayuda para volver a la tierra y quizá, allí, encontrar un
definitivo descanso en una tumba dentro de la húmeda y oscura tierra
natal. Pero el cazador sabe que "nadie vendrá a ayudarme". Y
advierte con claridad: "Puesto que nadie sabe de mí, y si lo
supiese, no conocería de mi paradero, y si conociese mi
paradero, no sabría cómo retenerme allí, no sabría cómo ayudarme..."
(93). Por eso, el cazador errante (94), asume que nada puede hacer.
Su barco "no tiene timón", y sólo puede esperar, sin exigencias, sin
demandas, sin imposiciones sobre una dinámica del destino y el ser
que escapa a todo control de su voluntad.
La aceptación de la espera desde la incertidumbre también surge en
La Madriguera, donde un "oficial albañil, viejo" (en realidad
un tejón) luego de largos y pacientes trabajos de excavación
construye su casa. Una madriguera de múltiples aberturas. Su
propósito principal es defenderse de enemigos exteriores. Pero la
seguridad ante la amenaza exterior no obstruye el potencial ataque
de los enemigos del "interior de la tierra", "seres de la tierra
interior", que "ni siquiera las sagas pueden
describirlos".
Los meticulosos recaudos en la
construcción que se ha ido ensanchando con el tiempo, coexiste con
el temor creciente de un ataque desde dentro.
Y el
excavador posa sus oídos sobre una pared. Oye un ruido. Teme la
llegada de un animal excavador; aunque también alberga la discreta
esperanza de un posible entendimiento con el visitante. Frente a
este peligro tal vez haya que prevenir, y dar con el origen del
siseo que advierte sobre la proximidad de un presunto invasor. Tal
vez, luego de iniciar una excavación de investigación, podría
excavar en lugares donde existen las mayores corrientes de aire.
Este proceder le daría la certeza de arribar hasta el origen del
siseo. Pero: "¿es que este excavar me reportaría alguna certeza?".
El excavador llega al extremo "de que no quiero en absoluto tener
certeza alguna"(95). Y continúa la evaluación de posibilidades: tal
vez el animal está realizando su propia construcción. Y "quizá el
animal, teniendo en cuenta las enormes posibilidades que parece
proporcionarle su capacidad para el trabajo renuncie a continuar su
construcción en dirección a la mía y se desquite en la dirección
opuesta" (96). Pero no surge ninguna estrategia segura, ninguna
metodología de efectiva previsión respecto a los movimientos del
próximo y acechante excavador. El tejón (y por extensión el hombre)
no puede construir una casa, como victorioso obstáculo ante la
amenaza de lo diferente. La madriguera es un laberinto de
excavaciones, aberturas y galerías. Pero su complejidad constructiva
no puede encerrarse sobre sí plenamente, al punto de eludir zonas de
irrupción de lo otro. El excavador no puede construir ninguna
madriguera donde se esté plenamente seguro y ajeno a la
manifestación de una vida desconocida. La renuncia a la certeza
implica el aprendizaje de un estar en la espera de lo
inesperado.
El olvido de la exigencia de compresión
lógica se encuentra asimismo en la ya aludida La construcción de
la muralla china. El sistema de construcción parcial y
discontinua de la muralla despierta la angustia ante lo que parece
una idea constructiva irracional. O perjudicial. Por lo que entre
los constructores circula una máxima secreta: las órdenes de la
Dirección sólo deben ser comprendidas hasta cierto punto; y, luego,
se debe dejar de meditar. Hay que suspender el juicio. Abandonar la
razón. Así la percepción se abre a la no racionalidad del devenir
representado, en este caso, por un río que, en primavera, puede
primero desbordarse y fertilizar las tierras subyacentes, y expandir
su cuerpo líquido hasta el mar. Pero, luego, ese mismo curso de
agua, al derramarse, crea efímeros y pequeños mares tierra adentro,
para luego volverse sobre sí y secarse en su lecho al ser tocado por
los dedos. Calurosos. Del estío. Por eso, no quieras "penetrar
demasiado en las órdenes de la Dirección" (97). Se debe dejar
hacer al devenir, al ser que fluye en el tiempo; sólo así
habrá una experiencia sin la interposición de la demanda de
comprensión lógica.
XII.
En un intento de máxima síntesis, la literatura de Kafka podría ser
pensada como la respuesta a un peligro. En su poema Patmos,
Hölderlin manifiesta, en un verso célebre, que allí donde crece el
peligro crece lo que nos salva. En la topografía de lo peligroso, el
individuo es perturbado por fuerzas irracionales e impersonales,
cuya metáfora más exaltada es la laberíntica burocracia judicial o
condal. Sobre el individuo pende el puñal de la pérdida y la no
realización. Una totalidad sin sentido, o con un sentido lejano,
secreto, insondable, expande la sombra amenazante. De la disolución
individual. Una situación que hace recordar la rebelión de
Kierkegaard ante el absoluto hegeliano. Como Adorno observa, el
pensador danés desea defender una interioridad acosada, y el
escritor de la bella Praga aspira a proteger la individualidad como
excepción frente al abismo de lo general y abstracto
(98).
La interpretación sociopolítica no puede ser subestimada en Kafka.
La percepción de un poder superior e impersonal que acosa y
determinada al individuo ofrece innegables paralelos con otras
visiones críticas del mundo moderno. Max Weber ya había destacado el
predominio de lo burocrático en el Estado moderno. Lo general como
costumbre, como amplia e intrincada administración pública, como
mercado, como el "se dice", el das man heideggeriano,
determinan la caída del individuo en el maelstrom de la
despersonalización y la masificación. En la misma época de Kafka,
Robert Musil (quien lo conoció y le ofreció participar en una
revista literaria) intuye también la imposibilidad de la
individualidad plena. En 1930, publica El hombre sin
atributos. Su personaje, Ulrich, es conciente de que no puede
constituirse como un sujeto plenamente diferenciado, con ricos
atributos. En el mismo contexto del Imperio Austro-Húngaro en
decadencia, bajo cuya sombra vivió el propio Kafka, Ulrich decide
vivir sin cualidades individuales. Desde un sobrio realismo
político, asume la imposibilidad de un yo desarrollado en un tiempo
dominado por el Estado y la Guerra (99).
Kafka
comprende que el poder es minimalista en sus manifestaciones, pero
ubicuo en su infiltración en la vida social. El poder se esconde en
su lejanía inaccesible. No es una presencia ostensible, que se
muestre en todas partes. Pero, desde su repliegue en los límites del
tribunal (en El proceso), y en el Castillo (en la novela
homónima), se derrama su omnipresente influencia. La exhibición
mínima del poder contrasta con su presencia explícita y total en
El mundo feliz, de Huxley, o en1984 de Orwell, donde
una fuerza central, vinculada con lo tecnológico o lo burocrático,
controla el conjunto de la sociedad.
El más claro
antecedente del kafkiano sentimiento de la opresión carcelaria se
encuentra en Henrich von Kleist, el gran autor romántico, que Kafka
admiraba. Kleist crea uno de los prototipos del héroe trágico
romántico: Mikhail Kohlhaas. En la época de la reforma luterana, en
los comienzos de la modernidad, Kohlhaas, un humilde tratante de
caballos, luego de un grave incidente con la familia von Tronka,
busca una reparación, que pretende ser un acto de justicia cósmica.
Kohlhaas quiere llevar su reclamo hasta el soberano. Pero su
ingenuidad desconoce la realidad distante y anonadora del Estado.
Kohlhaas aspira a una proximidad "cara a cara" con la autoridad.
Pero un Lutero que habla ya desde una moderna lucidez kafkiana le
advierte: "Y aún te diré más, hombre abandonado de Dios: yo te
aseguro que el soberano nada sabe de tu asunto y ni siquiera conoce
tu nombre, de manera que si tú un día crees poder acusarle ante el
trono de Dios, él podrá responderte con el semblante sereno, que
nunca ha cometido injusticia contra ti, pues ni siquiera conocía tu
existencia" (100). El Estado moderno desborda su linfa impersonal
desde su laberíntica anatomía burocrática. Y para Nietzsche, el
Estado es un "monstruo vacío" "donde todos, buenos y malos, son
bebedores de venenos: Estado, ...lugar en que todos, buenos y malos,
se pierden a sí mismos" (101). La perspectiva de un gobierno
universal que asegure justicia y progreso se convierte en su
opuesto, tal como el Hyperion hölderliniano se lo manifiesta a
Alabanda: "Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su
cielo, lo ha convertido en su infierno" (102). El romanticismo ya
intuye la disolución del huerto individual en el desierto que
repudia la luz singular del individuo y alaba, en cambio, el sol que
enceguece y anodana a los seres.
Kafka comprendió que el poder alienante del Estado burócrata actúa
desde un mínimo de signos exteriores. La condición oculta y lejana
del poder burocrático impide toda comprensión de su influencia. Y su
irracionalidad puede ser percibida también como absurdo rayano en la
comicidad. Sin embargo, lo humorístico sólo es el primer efecto de
una estructura de una complejidad aparentemente ridícula. El absurdo
disimula la seria y trágica eficacia de un poder, de reglas
secretas, que domina, acosa, y disuelve una racionalidad capaz
de garantizar el valor de lo individual.
El
brillo de un individuo no "cazado" por un todo sofocante sólo
acontece como solitaria resistencia ante lo
"debido".
No casualmente, en las ya mencionadas ficciones de Un artista del
hambre palpita una galería de ejemplos de resistencia individual
(el trapecista, el ayunador, la cantante). Una resistencia que
comienza con la elección de la soledad, como un medio de creación y
diferenciación. Elección que es la del propio Kafka, como manifiesta
en las líneas de su Diario del 21 de julio de 1913: "Necesito
estar solo mucho tiempo. Lo que he realizado hasta ahora no es más
que un triunfo de la soledad" (103).
Los
personajes de las prosas de Un artista del hambre se
autoperciben como artistas. Su resistir a la repetición de lo
general es parte del emplazamiento de Kafka en el arte como refugio
ante el peligro de la impersonalidad moderna, y como continuación
del pathos romántico del artista que se autorrealiza fuera de
las coerciones de su tiempo.
El
arte es respuesta a un peligro; es respuesta que reaviva la
esperanza de un vislumbre de verdad. En este punto es ineludible la
meditación sobre el crucial aforismo 63 en
Consideraciones..:
"Nuestro arte es un ser deslumbrados por la verdad. En verdad no hay
más que luz, proyectada sobre el rostro, que retrocede en una mueca
de espanto" (104).
La irracionalidad burocrática es oscurecimiento de la existencia
humana. Pero no anulación de un ser pleno. Fiel a su herencia
religiosa judaica, el escritor praguense experimenta la luz como
lugar ontológico de la verdad. Esta "luz puede deshacer el mundo"
(105); es luminosidad que "aniquila a quien se atreve a mirarla"
(106). La luz es la realidad en su desnudez primaria. Repetición y
continuidad de la intuición de la relación verdad-luz en el
platonismo y neoplatonismo, en las religiones semíticas, en la
mística de la cábala, y en la metafísica de la luz cristiana. La luz
es metáfora de una saturación de sentido que no podría ser soportada
por el hombre. Por eso, frente a la luz como única realidad, el
rostro "retrocede en una mueca de espanto". Para evitar la
extinción, el deslumbramiento letal, el hombre debe vivir dentro de
un tejido de representaciones que sustituyen el insoportable e
imposible contacto directo con la realidad luminosa. Por lo que en
el orden de la existencia finita: "¿Puedes acaso conocer algo que no
sea una ilusión?"(107). El hombre se protege de la luz-verdad dentro
de sus representaciones y creencias. Pero, aunque necesita de "algo
indestructible en él", esto "no excluye que esta confianza, o ese
elemento indestructible, puedan quedar duramente ocultos para él"
(108). La verdad se oculta. No se manifestará por las demandas
humanas. El campesino puede esperar una y mil vidas junto a la
puerta de la ley sólo a él reservada, pero sin ninguna garantía de
que la ley-luz se le revele plenamente. Josek K. exige que la busca
de la ley se someta a un imperativo de comprensión lógica. Pero el
sacerdote recuerda que lo importante no es lo "verdadero" sino lo
"necesario" (lo que en su ser no se reduce a los contrarios del bien
y el mal, y por tanto a la verdad-falsedad en términos lógicos). La
verdad nunca se entregará a las formas finitas de comprensión
humanas: "la verdad es indivisible, por eso es que no puede
reconocerse por sí" (109).
La verdad permanece replegada sobre un velo de oscuridad
impenetrable. Y de silencio. "El silencio de las sirenas". Las
sirenas son lo sobrenatural que llama al hombre para que salga fuera
de sí, y experimente la gozosa reunión con las míticas mujeres
acuáticas. Suponer que la mujeres-pez llaman y seducen a Ulises y
sus hombres para condenarlos a una muerte física sin trascendencia,
es detenerse sólo en lo accesorio. La muerte que prometen las
sirenas es la muerte o pérdida de la forma finita que aísla al
humano de la verdad sin divisiones. Al morir el yo bajo el bello
hechizo de la canción de las sirenas, sólo queda el silencio como
región impenetrable (110).
El
repliegue sobre sí en la oscuridad o el silencio de una realidad
primaria es el preámbulo de una imposible manifestación plena de la
verdad. Uno de los legados últimos de Kafka en este sentido es una
experiencia negativa de la verdad. No hay más que luz-verdad.
Pero ésta no se muestra en su plenitud. La verdad no podrá
manifestarse tampoco al artista. Porque "la verdad es incomunicable,
no se conoce a sí misma y no puede brindarse al arte ni tampoco al
artista, que se vuelve sospechoso cuando pretende verla y mentiroso
cuando pretende tenerla" (111).
El artista
es el que revela que no hay revelación. Es quien conoce lo
incognoscible. Es el que posee una visión global de lo real. Así,
Titorelli, el pintor, el artista, en El Proceso, es el que le
transmite a K. la visión más completa del tribunal. El artista,
Titorelli, es el que sabe, como "iniciado", que la realidad última
del tribunal, que es el todo, es secreto ajeno a todo desciframiento
último.
El lenguaje de la ciencia o la filosofía racional niega u olvida lo
incomunicable de lo real. Pero la experiencia artística, como
recuperación del estadio preverbal de la realidad, se enfrenta con
la imposibilidad del decir. De ahí que Kafka participe de la
intuición del misterio indecible de las cosas que von Hoffmansthal
destaca en su Carta de Lord Chandos (112). Un desacuerdo
entre la palabra y la naturaleza que se vislumbra también en "la
alocución al paisaje" que pronuncia el Gordo dentro de la
Descripción de una lucha (113).
Quizá,
podría pensarse una triangularidad intertextual como matriz de la
visión kafkiana del ser, compuesta por las prosas ya referidas "Ante
la ley" (dentro de El proceso), los aforismos de
Consideraciones... y también Deseo de ser indio, prosa
a la que luego aludiremos.
"Ante la
ley" es apertura a lo incognoscible de la ley-realidad, y su
imprevisible manifestación. El hombre afectado por la degradación,
por la caída como exilio o pérdida del paraíso, respira quejoso
dentro del cerco de las formas limitadas, sin poder ingresar al
secreto de la ley.
En Kafka, el secreto se muestra como dualidad contradictoria. Lo
secreto es primero centro inaccesible de un poder opresivo.
Bajo su acción, el individuo es acosado, exiliado o expulsado de la
plenitud; entonces, se minimiza, se apabulla dentro de un yo cercado
y confuso. Pero existe otro ritmo de lo secreto. Desde la intuición
religiosa, cuyas huellas hemos observado en los aforismos kafkianos,
la verdad se repliega sobre sí; es lo oculto, lo secreto. Una
participación, aunque fuera parcial y efímera, de una hebra de ese
secreto eleva, abre y derrama al individuo hacia un mar de
significación. La proximidad de lo secreto aquí ya no es lo que
acusa y acosa; aquí, lo secreto es sospecha de una cercana y esquiva
riqueza de sentido que un simbolismo ancestral asocia con la
luz.
Este
segundo perfil de lo secreto no puede ser controlado por la lógica.
Pero puede ser deseado. Deseo de la apertura de una secreta y
cercana libertad sin límites y formas. Un deseo que se explícita en
el comienzo de la escritura kafkiana, en "Deseo de convertirse en
indio", incluido en Contemplación, en 1913. El indio se lanza
con su caballo a la carrera. La cabalgata continúa hasta el
desaparecer las riendas y las espuelas; y, entonces, el jinete,
"apenas ve ante sí el campo, como una pradera segada al ras, ya sin
cuello de caballo y sin cabeza de caballo" (114).
La cabalgata es el placer de la velocidad y el calor que deshacen
las formas, destruyen límites, motivan el reencuentro con "la
pradera segada al ras", como realidad donde el desvanecimiento de
las formas implica, a la vez, la superación del exilio dentro de un
laberinto dominado por un poder lejano.
Lo
mismo que en el caso del campesino ante la puerta de la ley, la
cabalgata es un deseo de controlar o provocar una liberación. Pero
la salida no es acción o construcción segura de sí. Sólo espera en
la incertidumbre. (*)
(*) Fuente: Esteban
Ierardo, "El secreto y la ley. Exilio y verdad en "El proceso" y
otros momentos de la literatura de Franz Kafka ", editado aquí de
manera original.
Citas:
(1) Max Brod,
escritor checo, lo mismo que Kafka fue germano parlante y también
nació en Praga en 1884. Kafka lo conoció cuando dictaba una
conferencia sobre Schopenhauer. Desde entonces nació una intensa y
perdurable amistad entre ambos. Brod fue el albacea de la obra
kafkiana. A pesar de que Kafka le había pedido que quemara sus
escritos luego de su muerte, Brod editó gradualmente su obra casi
inédita. Fue su biógrafo y, en 1939, se radicó en Palestina y formó
parte del teatro Habima de Tel Aviv, ciudad donde murió en 1968. Es
autor de la novela histórica La redención de Tycho Brahe
(1916) y las biografías de Heinrich Heine y del propio Franz Kafka.
Las cartas que Kafka envió a Brod durante veinte años están reunidas
en Cartas a Max Brod (1904-1924), Madrid, Grijalbo Mondadori
(traducción Pablo Diener Ojeda). También son parte del vasto
epistolario kafkiano, las numerosas cartas enviadas a sus
prometidas: Cartas a Felice, Madrid, Alianza (en tres
volúmenes), y Cartas a Milena, Buenos Aires, Losada. En 1920
Kafka conoce a Gustav Janouch, quien editará unas Conversaciones
con Kafka.
(2) La
alienación en Kafka ofrece varios posibles niveles de significación.
En el orden lingüístico, como germano parlante no se identificaba
con los checos. Pero tampoco se asimilaba a los alemanes de Bohemia.
Como judeo alemán pertenecía al siete por ciento de la población,
una grupo minoritario, aislado, respecto a la mayoría checa. En la
relación con su familia, y en especial con su padre, siempre padeció
la distancia y un sentimiento de inferioridad e incomunicación. En
relación con su ciudad esencial, Praga, la percibió de forma
continua como un lugar donde las cosas parecen ejercer un dominio
sobre el hombre. En el nivel laboral, de 1908 a 1922, fue
"funcionario auxiliar" en la Arbeiter-Unfall-
ersicherubgs-Anstalt fur das Konigreich Bohmen in Prag
(Instituto de aseguradora de accidentes de Trabajo para el Reino de
Bohemia, en Praga); como funcionario no era parte plenamente de la
burguesía, pero tampoco se asimilaba a la humilde condición de un
trabajador. Su autopercepción como artista le impedía identificarse
con el trabajo de oficina, su rutinas y las estructuras burocráticas
intrincadas y complejas del declinante Imperio de los Habsburgo. La
alienación también surge en Kafka en su conciencia del trabajo
intelectual. En conversación con Janouch, éste le pregunta respecto
a sus visitas a la casa del carpintero de Karolimenthal. A Kafka le
agradaba el trabajo en el taller, la labor con la madera. Así,
manifiesta a su interlocutor: "Nada hay más hermoso que un oficio
propio, palpable, de utilidad general. Además de la carpintería, me
he ocupado de jardinería y he trabajado en una granja. Todo eso me
resultaba mucho más hermoso y de un precio mucho mayor que el duro
trabajo del ministerio. Parece como si trabajar así hace de uno algo
más elevado, algo mejor, pero no se trata de ninguna apariencia. En
realidad, se encuentra uno solo y, por lo tanto, más desgraciado. El
trabajo intelectual arranca al hombre de la comunidad humana. Un
oficio, en cambio, conduce al hombre hacia los hombre. ¡Lástima que
no puedo ya trabajar en el taller o en el jardín", incluido en
Marthe Robert, Kafka, Buenos Aires, Paidós, p.173-74. Así, la
condición del intelectual se constituye también en otra expresión de
alienación en la experiencia kafkiana.
(3) Franz
Kafka, El proceso, Buenos Aires, ed. Colihue, 2005, p. 52.
(trad. y prólogo Miguel Vedda). Vedda apela a la fructífera
caracterización de K. como individuo asimilado a la fachada, a la
máscara social, en contraposición a la vida auténtica, al "yo puro".
Un análisis procedente de W. Sokel, en Franz Kafka,Tragik und
Ironie. Zur Struktur seiner Kunst, Frankfurt, Fischer, 1983. En
nuestro ensayo empleamos esta caracterización pero en un contexto
donde la comprensión de la índole personal de K. no depende sólo de
su relación con lo auténtico o lo inauténtico, sino también con un
tipo de existencia que exige la prioridad de la lógica y otro
existir vinculado con una apertura a un sentido incognoscible y no
racional.
(4) "A pesar
del conocimiento de los seres humanos y de la experiencia del mundo
que K. se había procurado durante su prolongado servicio en el
banco, la sociedad de su tertulia le había parecido siempre
extraordinariamente respetable, y nunca dejaba de decirse a sí mismo
que era para él un gran honor pertenecer a una sociedad tal. Estaba
integrada casi exclusivamente por jueces, fiscales y abogados...",
en Franz Kafka, El proceso, op.cit, p.253.
(5) Franz
Kafka, El proceso, op.cit, p. 52.
(6)
Ibid.
(7) Ibid.,
p.285.
(8) Ibid.,
p. 263.
(9) Ibid.,
p.269.
(10) F.
Kafka, "La metamorfosis", en La metamorfosis y otros relatos,
Buenos Aires, Losada, p. 76 (trad. J.L. Borges).
(11) Ibid.,
p.82,
(12)
Ibid.
(13) En el
horizonte arcaico la metamorfosis, entre varios sentidos posibles,
puede expresar la versatilidad y exhuberancia de lo divino (el caso
de Dioniso); una forma de protección ante un peligro (Dafne
trasformada por Zeus en laurel para escapar de la persecución de
Apolo); o la transformación del pesado hombre terrestre en ave con
funciones de psicopompo (el caso arquetípico del chamán). En todos
estos ejemplos, la metamorfosis es una forma de trascendencia de la
limitación de la vida natural. Su sentido es progresivo aquí, y no
regresivo como ocurre en la ficción kafkiana.
(14) F.
Kafka, "La metamorfosis", op. cit.. p.111.
(15) En
El castillo el agrimensor K. es convocado, en último término,
por error. Esto se desprende de la revelación del alcalde respecto a
una falla del intrincado mecanismo de la burocracia condal. En el
caso de Josef K., durante su primera y única indagación, el juez le
manifiesta que se buscaba a un "pintor de brocha gorda" cuando él
fue encontrado por el inspector que le anunció el comienzo del
proceso. Lo equivocado de la acusación (más allá de que ésta sea
castigo por la vida inauténtica y arribista de Josek K). patentiza,
además de la impersonalidad, el trasfondo irracionalidad del poder
superior que somete al individuo al ineludible proceso.
(16) En el
tribunal surgen lo que parecen en principio dos grupos claramente
diferenciados, el partido de la derecha y de la izquierda:
"Siguieron a esta respuesta, desde el partido de la derecha, unas
carcajadas tan cordiales que K. tuvo que unirse a ellas". Este grupo
parecía soportar las declaraciones de K. a viva voz, mientras "la
mitad izquierda de la sala, sin embargo, seguía callada; las
personas se encontraban allí de pie y alineadas, habían vuelto sus
rostro al podio, y escuchaban las palabras que se intercambiaban
arriba con tanta serenidad como el ruido del otro partido. Incluso
permitían que, aquí y allí, algunos integrantes de sus filas
actuaran en forma mancomunada con individuos del otro partido. Las
personas del partido de la izquierda -que, por lo demás, eran menos
numerosos- podían, en el fondo, ser tan insignificante como las del
partido de la derecha, pero la serenidad de su conducta los hacia
parecer más importantes. Cuando K, comenzó, entonces, a hablar,
estaba convencido de hablar según el espíritu de estos", en El
proceso, op.cit, p.49.
(17) El
alcance universal y público de la razón no alude necesariamente a la
existencia de una estructura racional, última y metafísica de lo
real, de la cual participaría el hombre, sino una razón
procedimental que, como en la perspectiva habermasiana, pueda
organizar la comunicación intersubjetiva y las reglas para un
posible consenso.
(18) Frente
a la posibilidad de creer en una absolución completa, el pintor
advierte: "Viendo las cosas desde fuera, uno puede tener, a menudo,
la impresión de que todo ha sido olvidado hace tiempo, de que el
acta se ha perdido y de que la absolución es completa. Pero un
iniciado no creerá eso. No se pierde acta alguna, en el tribunal no
se produce olvido alguno", F. Kafka, El proceso,
op.cit, p.170-71.
(19)
F. Kafka, El proceso, op.cit, p.161. El taller del
pintor también pertenece al tribunal por eso al intentar salir a
través de una puerta abierta, K. descubre las oficinas del tribunal.
"¿De qué se sorprende? -preguntó éste, sorprendiéndose, a su vez-.
Son las oficinas del tribunal. ¿No sabía que aquí están las oficinas
del tribunal? Estas se encuentran en prácticamente todos los
desvanes, ¿por qué habrían de faltar precisamente aquí? También mi
taller pertenece, en realidad, a las oficinas del tribunal; pero el
tribunal lo puso a mi disposición", F. Kafka, El
proceso, op.cit, p.176. La sorpresiva
aparición de las oficinas del tribunal junto al taller del pintor
sugiere la omnipresencia física del tribunal, su posible condición
de laberinto de cuyas galerías, pobladas por archivos y expedientes
de la burocracia judicial, no es posible escapar.
(20) Luego
de la primera indagación K. vuelve a la sala del tribunal, encuentra
la sala de sesiones vacía. Se encuentra con la mujer del ujier y con
un hombre, que parece funcionario del tribunal. Entonces manifiesta:
"Yo también soy funcionario y estoy acostumbrado al aire de las
oficinas", F. Kafka, El proceso, op.cit, p.81.
(21) Ver
Herbert Marcuse, El hombre unidimensional.
(22) "Pero
al acercarse, le decepcionó el Castillo. Era un lugarejo bastante
miserable compuesto de casuchas pueblerinas en las que la única cosa
notable era que estaban construidas de piedra. Pero el revestimiento
se había caído hacía mucho tiempo y las piedras parecían
desmoronarse. Un fugaz pensamiento le hizo acordarse de su pequeña
ciudad natal; casi podía parangonarse con ese pretencioso Castillo",
en F. Kafka, El castillo, México, Porrúa, 1999, p 7 (trad.
Pablo Uriarte).
(23) Ibid.,
p.17.
(24) Ibid.,
p.18.
(25) Puede
vislumbrarse aquí una velada crítica a un autoritarismo de cuño
señorial y feudal sobre el pueblo llano; aunque un énfasis
unilateral en este tipo de hermenéutica impediría extender la acción
del poder inaccesible sobre el individuo más allá de una
configuración sociopolítica determinada.
(26) F.
Kafka, El castillo, México, Porrúa, op.cit.,
p.81.
(27) Ibid.,
p.8.
(28) Ibid.,
p.43.
(29) "Pero
la verdad es que le puedo contar toda la historia sin necesidad del
expediente. Contestamos inmediatamente al decreto del que le hablé,
dando las gracias y diciendo que no necesitábamos un agrimensor.
Pero la respuesta no llegó a la Sección correspondiente, llamémosla
la Sección A, sino que, por error, fue remitida a la Sección,
digamos B. La Sección A no recibió respuesta alguna y,
desgraciadamente, a la Sección B no llegó completa nuestra
contestación; no se sabe si el contenido del expediente se quedó
aquí o si se perdió en el camino, pero en todo caso respondo de que
no se perdió en la Sección lo único que llegó fue el sobre el
expediente en el que indicaba únicamente, que el expediente adjunto,
o sea el expediente que faltaba, trataba de la convocación de un
agrimensor. Mientras tanto la Sección A, seguía esperando nuestra
contestación; guardaba algunas anotaciones sobre el asunto, pero
como es comprensible que ocurra con frecuencia en una administración
que funciona con tanta precisión, el encargo del expediente se quedó
tan tranquilo pensando que ya contestaríamos algún día y que ya
llamaría el agrimensor en ese momento o mantendría más
correspondencia al respecto con nosotros". F. Kafka, El
castillo, op.cit., p.45.
(30) En
relación con el posible motivo inspirador de El castillo,
Benjamin afirma que podría proceder "de una leyenda talmúdica
que el rabino narra en respuesta a la pregunta sobre por qué el
judío prepara un banquete la noche del viernes. La leyenda se
refiere a una princesa que languidecía en el exilio, lejos de su
gente, en un poblado cuya lengua no comprendía", en W. Benjamin,
"Franz Kafka. En el décimo aniversario de su muerte", en
Sobre el programa de la filosofía futura, Barcelona,
Planeta-Agostini, 1986, p.226.
(31) F.
Kafka, La construcción de la muralla china, en El castillo,
op.cit., p.231.
(32) Ibid.,
p.232.
(33) Ibid.,
p.233.
(34) "Todo
correspondía a tu supremacía espiritual; habías progresado tanto por
tu sólo esfuerzo que tenías una confianza ilimitada en tu propio
criterio. Esto perjudicaba menos al niño que al adolescente que
crecía. Sentado sobre tu reposera gobernabas el mundo. Tu opinión
era la correcta, todas las demás eran absurdas, extravagantes,
locas. La confianza que te tenías era tal que podías darte el lujo
de no ser consecuente aun sin tener razón. Además, cuando en alguna
cuestión determinada no tenías ningún criterio formado, desechabas
todas las opiniones referidas al mismo porque necesariamente debían
ser falsas. Por ejemplo, insultabas primero a los checos, luego a
los alemanes, finalmente a los judíos y no sólo en algunos aspectos
que podían molestarte, sino en todo sentido, hasta que al final no
quedaba nadie en el mundo mas que tú. Percibía en ti el extraño
enigma que rodea a todos los tiranos cuyo derecho no está fundado
sobre el pensamiento sino sobre su propia persona. Al menos, así me
parecía", K. Kafka, Carta del padre, Buenos Aires, ediciones
Andrómeda, 1976, pp.15-16 (trad. Alberto R. Mahler).
(35) " Es
cierto que mamá me daba todos los gustos, pero sólo en relación con
tu manera de ser; por lo tanto, no era válido lo que afirmaba.
Inconcientemente, mamá asumía el papel del incitador de la manada.
Cuando tus métodos pedagógicos me hubieran puesto en vereda por
terco, desobediente o mal educado, mamá recurría a la bondad, a la
conversación amable (dentro del caos de mi niñez, ella fue la
portadora de sensatez), intercedía por mí y me devolvía otra vez a
tu reino, al cual yo quizá hubiera renunciado en tu favor y también
en el mío. Nunca había una verdadera reconciliación, mamá me
protegía de ti en secreto, y sólo ella me otorgaba lo que le pedía;
ante tus ojos volvía a convertirme en el ser que huye de la luz, en
el condenado, en aquel que a causa de su nulidad sólo puede obtener
lo que le corresponde atravesando los caminos oscuros de la
clandestinidad. Y después me acostumbre a andar por esos caminos
para lograr aun lo que no correspondía. De nuevo aumentaban mis
remordimientos, mi sentimiento de culpa", K. Kafka, Carta del
padre, op. cit., pp.15-16.
(36) F.
Kafka, América, Buenos Aires, Centro editor de América
Latina, p.197 (trad. Milena Fabiani.
(37)
Ibid.
(38) Ibid.,
p.201.
(39) Ibid.,
p.213.
(40) Más
allá del placer erótico, K. ve en el vínculo con las mujeres, como
luego aclara explícitamente en su encuentro con el sacerdote en la
catedral, una fuente de ayuda e influencias favorables para su
proceso. El robo de la mujer del ujier, desea por el juez de
instrucción, podría ser una forma de presión y venganza contra éste;
la posesión de la mujer sería una demostración de fuerza del acusado
ante la fuerza mayor ejercida sobre él: "Ella acarició todavía la
mano de K., se levantó de un salto y se dirigió corriendo a la
ventana. Involuntariamente, K. todavía trató de aferrar en el vacío
la mano de la mujer. Esta realmente lo atraía; él, a pesar de toda
su reflexión, no encontró ninguna razón sólida para no ceder a la
atracción. Sin esfuerzo rechazó la fugaz objeción de que la mujer lo
capturara por encargo del tribunal...Y la ayuda ofrecida por ella
sonaba sincera, y quizá no carecía de valor. Y quizás no había mejor
venganza contra el juez de instrucción y su séquito que quitarles
esta mujer y llevársela con él. Podría darse alguna vez el caso de
que el juez de instrucción, después de un arduo trabajo en informes
falaces sobre K., tarde en la noche encuentre vacía la cama de la
mujer. Y la encontraría vacía porque ella pertenecía a K., porque
esa mujer junto a la ventana, ese cuerpo voluptuoso, dúctil, cálido,
vestido con oscuras ropas de tela tosca y pesada, sólo pertenecía a
K. ", en Franz Kafka, El proceso, op.cit,
pp.66-67.
(41) Ver M.
Foucault, La verdad y las formas jurídicas, ed.
Gedisa.
(42) F,
Kafka, "La colonia penitenciaria" en La metamorfosis y otros
relatos, Buenos Aires, op.cit., "El explorador estaba ya
un poco ganado por el aparato. Con las manos sobre los ojos para
resguardarse del sol, miró el aparato hacia arriba. Era una
estructura grande. La cama y el dibujante tenían las mismas
dimensiones y parecían dos baúles oscuros. El dibujante está
instalado unos dos metros por encima de la cama; ambos estaban
unidos en sus esquinas por medio de barras de latón, que, al sol,
casi despedía rayos. Entre los baúles, la rastra oscilaba en una
cinta de acero", en F. Kafka, "La colonia
penitenciaria" en La metamorfosis y otros relatos,
op.cit., p.134-35.
(43) "La
rastra empieza a escribir; cuando ha terminado con el primer diseño
sobre la espalda, la capa de algodón gira y hace rodar lentamente el
cuerpo hacia un costado para ofrecer a la rastra un nuevo espacio.
Entretanto los lugares heridos por la escritura se colocan sobre el
algodón, el cual, debido a su especial preparación, contiene
inmediatamente la hemorragia y prepara un posterior ahondamiento de
la escritura; después estos dientes aquí, al borde de la rastra, al
seguir rotando el cuerpo quitan el algodón de las heridas, y lo
arrojan en el foso, y la rastra tiene nuevamente trabajo. Así
escribe más hondo durante doce horas. Durante las seis primeras
horas el condenado vive casi como antes, solamente padece dolores.
Después de dos horas se retira el fieltro, pues el hombre ya no
tiene más fuerza para gritar. Aquí en esta escudilla calentada
eléctricamente se coloca esta papilla de arroz caliente, de la cual
el hombre, si tiene ganas, puede tomar lo que puede atrapar con la
lengua. Ninguno pierde la oportunidad; no sé de ninguno, y mi
experiencia es grande. Sólo después de la sexta hora pierden el
gusto por la comida. Entonces, habitualmente, yo me arrodillo aquí y
observo ese fenómeno. Rara vez el hombre traga el último bocado, lo
revuelve en la boca y lo escupe en la fosa; entonces, tengo que
agazaparme, si no me alcanzaría en la cara. ¡Pero qué tranquilo se
pone entonces el hombre a la sexta hora! Hasta el más estúpido se le
abre la entendedera. Comienza por los ojos; de ahí se expande. ¡Un
espectáculo que a uno no lo podría seducir a meterse también bajo la
rastra! No ocurre más nada; el hombre comienza simplemente a
descifrar la escritura; frunce la boca como si escuchara. Usted ha
visto que no es fácil descifrar la escritura con los ojos; sin
embargo nuestro hombre la descifra con sus heridas. Por cierto que
es mucho trabajo; necesita seis horas para lograrlo cumplidamente;
pero entonces, la rastra lo atraviesa por completo y lo arroja en la
fosa, donde cae chascando sobre el agua ensangrentada y en el
algodón. Entonces la sentencia está cumplida, y nosotros, yo y el
soldado, lo enterramos", en F. Kafka, "La colonia penitenciaria" en
La metamorfosis y otros relatos, op.cit.,
p.141-142.
(44) Ibid.,
p.144.
(45) Ibid.,
p.146.
(46) Ibid.,
p.160.
(47) Ver F.
Nietzsche, La genealogía de la moral, Madrid, ed.
Alianza.
(48) Ray Bradbury,
El hombre
ilustrado, Barcelona,
Minotauro.
(49) En
1962, Orson Welles adapta El proceso (The Trial). Welles se
había iniciado como actor teatral. En 1938, el curioso episodio de
su adaptación radial de La invasión de los mundos, de H.G.
Wells, lo proyectó a la fama internacional e hizo que Hollywood
reparara en él. Los eventos de la invasión marciana en New Jersey
fueron vividos por numerosos oyentes como reales, lo que generó un
estallido de pánico en muchos lugares. En 1941, y con el
financiamiento muy elevado para la época de 225.000 dólares, filmó
El ciudadano, la vida de Charles Foster Kane, inspirado en el
millonario William Herst. Este film sorprendió por el uso del gran
angular y la profundidad de campo. Su afición a Shakespeare le
impulsó a plasmar su trilogía inspirada en la obra del creador de
Hamlet. Así filmó Macbeth (1948), Otello (1952); y
Campanadas a medianoche (1967), donde adapta cinco piezas
shakespereanas. Otra de sus obras descollantes es Sed de mal
(1958), un policial con Charlton Heston, o La dama de Shangai
(1948), famosa por la escena de una sala de espejos. En su
versión de El proceso, Welles apela a la expresividad propia
del blanco y negro.
En el
comienzo del film mediante dibujos, se presenta el relato "Ante la
ley" que, en el devenir de la novela, aparece recién en el penúltimo
capítulo. El banco de Josef K. (Anthony Perkins) se muestra como una
inmensa sala atestada de empleados atenazados por una labor
rutinaria, mecánica, lo que irradia la sensación de opresión y
alienación. Una escena solidaria con la atmósfera sofocante de la
novela que Welles recrea con magistral eficacia visual. Otra de las
escenas interpoladas es la que, antes de la entrada de K. al
tribunal, exhibe un conjunto de hombres con carteles y números
colgando de sus cuellos bajo la sombra de una velada estatua de la
justicia. Obvia alusión a los acontecimientos del exterminio
sistemático del holocausto y su afinidad con la irracionalidad del
proceso. Josef K. nunca conoce los cargos por los que se lo acusa.
Su indagación en el tribunal transmite la extrañeza de la multitud
de individuos amalgamados en un único sujeto colectivo y anónimo que
participa del proceso acusador.
La atmósfera
o el ambiente opresivo es subrayado hábilmente mediante el efecto de
la banda sonora, sostenida en el Adagio de Albinoni, y la música de
jazz. Este registro sonoro intensifica la angustia de Josek K. en
situaciones de especial estremecimiento como la carrera del
estudiante dentro del tribunal mientras lleva sobre sus hombros a la
mujer del ujier; o cuando K. escapa de las niñas que merodean el
cuarto de Titorelli. El túnel, flanqueado por maderos horizontales,
donde K. prosigue su fuga de las niñas es otra interpolación que
acrecienta la sensación de agobio laberíntico que K. padece
principalmente cuando se desorienta dentro de las oficinas del
tribunal.
El impacto visual máximo conseguido por Welles es, sin duda, la
imagen icónica del film. Al abandonar la sala del tribunal, su
primera y última indagación, K. aparece diminuto ante una inmensa
puerta. La desproporción infunde, con inmediata eficacia, la
insignificancia del individuo frente a la inmensidad insondable del
poder que lo acosa y acusa. La seducción erótica de las mujeres
sobre K. entrega las convincentes actuaciones de Jeanne Moreau
(señorita Burstner) o Romy Schneider (Leni). La flagelación del
azotador de los guardianes frente a K, en un cuarto aislado del
banco, es atizada por el choques de los azotes sobre una lamparilla
eléctrica que impresiona con sus bruscas oscilaciones. El film se
roda en Zagrev, Roma y Praga. El abogado Hassler (Huld en la novela)
protagonizado por el propio Orson Welles, se oculta bajo las sábanas
de su cama donde convalece para, con voz estentórea, exigirle al
señor Block (Akim Tamiroff) su sometimiento ante los designios del
proceso; una sumisión que Block expresa mediante una genuflexión
perruna. El rostro que se esconde marca la despersonalización de la
voz demandante, que aviva el dominio impersonal que se ejerce sobre
K. En la versión de Welles, el abogado Hasssler, pronuncia el
comentario posterior al relato "Ante la ley" (un rol ejercido en la
novela por el sacerdote). Ante la perspectiva de que el guardián
haya engañado al campesino respeto a la posibilidad de acceder a la
ley, Josef K. observa que la aceptación de ese engaño supondría
legitimar la mentira como principio universal. Hassler lo exhorta a
no buscar lo verdadero, sino lo "necesario". El orden de lo
necesario aquí sería la aceptación de K. del caos, la crueldad, el
absurdo y la locura como verdades últimas de la sociedad. K. es así
convertido en un rebelde que denuncia lo injusto y alienante, lo
cual contradice sus múltiples gestos de manipulación y arribismo.
Que además de su manifestación en la novela, son recogidos en el
film como el intento de negociar con el azotador luego de alegar que
la denuncia del robo de sus ropas por los guardianes, luego de su
arresto, fue por "principios"; o su desvergonzada compra de pinturas
a Titorelli para obtener de éste ayuda durante su proceso. La muerte
final de K., como supuesto cumplimiento de una sentencia que nunca
se enuncia, es también alterada. En la novela, K. es acuchillado por
los guardianes luego de ser reclinado sobre unas piedras en una
cantera en las afueras de la ciudad. K. acepta su fin y reconoce su
humillante extinción "perruna" (la misma expresión peyorativa que
antes había empleado frente a la sumisión de Block). En el film, K.
muere por el estallido de una bomba cuyo humo y fuego delinea la
típica figura de un hongo nuclear, remisión indirecta, seguramente,
al temor, en la época de rodaje del film, en la década del 60', de
una destrucción atómica. Este elemento, junto con la interpretación
de lo "necesario" que Welles pone en labios de K., afirman la
interpretación política promovida en el film sobre la naturaleza del
poder irracional que acosa a K. Exégesis que cierra la naturaleza
velada, nunca anunciada, del poder que el alto tribunal ejerce sobre
el individuo procesado.
(50) Este
relato puede ser leído de forma autónoma como parte de la narración
del Gordo dentro de Descripción de una lucha.
(51) F.
Kafka, "Conversación con el orante ", en La metamorfosis y
otros relatos, op.cit., p.252.
(52) Ibid.,
p.253.
(53) Ibid.,
p.255.
(54) F.
Kafka, El proceso, op.cit, p.205.
(55) El
párrafo completo es especialmente revelador de la relación
instrumental planteada por Josef. K respecto a las mujeres: " Las
mujeres tienen un gran poder. Si pudiera convencer a algunas de las
mujeres que conozco para que trabajasen asociadamente para mí,
tendría que progresar. Especialmente en este tribunal, que consta
casi solo de cazadores de mujeres. Muéstrale al juez de instrucción
una mujer a la distancia, y derribará la mesa del tribunal y a los
acusados solo para llegar a tiempo", F. Kafka, El proceso,
op.cit, p.229.
(56) F.
Kafka, "Un artista del trapecio", en Un artista del hambre,
Buenos Aires, Losada, p.75 (trad. J. L. Borges).
(57) En un
principio, el trapecista se ve desconcertado de un placentero
cultivo de su singularidad por la aparición en su vida de una
"mujercita", por su baja estatura, que "está muy desconforme
conmigo, siempre tiene algo que censurar, siempre cometo alguna
injusticia con ella, soy una fuente de perpetua irritación". Luego
de evaluar muchas posibilidades, el trapecista concluye que el enojo
de la mujercita no tiene fundamentos racionales. La aceptación de su
actitud irracional, el ya no tratar de entender el porqué del enojo,
es una suerte de prueba que, en definitiva, lo afianza en su camino
singular, ya que termina por sentir la posibilidad de "proseguir por
mucho tiempo mi vida de siempre con toda tranquilidad, sin que el
mundo me perturbe y a pesar de las iras de esa mujer", F. Kafka, "Un artista del trapecio", op.cit.,
p.84.
(58) F.
Kafka, "Josefine, la cantante, o el pueblo de los ratones", en Un
artista del hambre, op.cit., p.97.
(59) Ibid.,
p.104.
(60) Ibid.,
p.98.
(61) F.
Kafka, "Un artista del hambre", en Un artista del hambre,
op.cit. p.86.
(62) Ibid.,
p.89.
(63) Ibid.,
p. 90.
(64) Ibid.,
p.84.
(65) Al
maestro de pueblo le interesa difundir la verdad del topo gigante.
Pero este vínculo con la verdad no es totalmente puro; se halla
contaminado por intereses o necesidades humanas, tal como lo destaca
el narrador: "...no era verdad que le interesase solamente la cosa
en sí; él era ambicioso, y mucho, inclusive, y también le interesaba
ganar dinero, lo que era muy comprensible si tenemos en cuenta lo
numeroso de su familia", en F. Kafka, Relatos completos 2,
Buenos Aires, Losada, 1979, p.85.
(66) F.
Kaka, "Investigaciones de un perro", en F. Kafka, Relatos
completos 4, Buenos Aires, Losada (F.Zanutigh Núñez),
p.75.
(67) La
apelación a lo animal para ejercer una crítica oblicua o desplegar
una visión más amplia de la existencia humana se asocia con la
tradición de las fábulas sobre animales iniciada por Esopo en el
siglo VI. a.c. (fábulas recogidas en el siglo XLV por Máximo
Planudes). La Fontaine (1621-1695), vivió en la Francia de Luis XIV
(1643), quien acentuó el absolutismo monárquico. En este horizonte
epocal, mediante sus fábulas, La Fontaine criticó las disipadas
costumbres de su tiempo. En Los viajes de Gulliver, Swift
critíca indirectamente a la humanidad de los prejuicios y el
racionalismo mediante el contraste con la raza de los caballos
sabios y parlantes, los houyhnhnms.
(68) F.
Kafka, "Chacales y árabes", en F. Kafka, Relatos completos 2,
Buenos Aires, Losada, op. cit., p. 49-50.
(69) La
dualidad conflictiva se expresa en el relato La condena
mediante la contraposición entre Georg Bendemann y su amigo.
Bendemann, un joven comerciante, envía una carta a un amigo,
radicado en Rusia. Su amigo ha marchado a San Petersburgo. Al
principio inició una carrera comercial exitosa; pero, luego, cae en
la inmovilidad aparentemente permanente. Su destino poco afortunado
lo condena a la soltería. Bendemann, por su parte, sigue el camino
"correcto": un trabajo conjunto con el padre en un comercio, su
compromiso con Frieda Brandenfeld. Se construye así la oposición
entre la existencia de la debido, en lo socialmente correcto, en la
"fachada" (en la denominación de Sokel); y el amigo en Rusia, quien
representa el sendero personal, el riesgo, la exclusión, la soledad,
el "yo puro". Georg termina por intuir la superioridad del amigo
ausente, y de su camino opuesto al suyo: "...se le representó con
una fuerza como hasta entonces nunca. Lo vio perdido en la inmensa
Rusia. Lo veía a la puerta del negocio saqueado. Todavía estaba de
pie, erguido, entre los despojos de las estanterías, las mercancías
destrozadas, los caños del gas colgantes", en F. Kafka, "La condena"
en La metamorfosis y otros relatos, op.cit., p.39.
(70) F.
Kafka, "Informe para una Academia",Relatos completos 2,
op. cit. ,en p.68.
(71) Ibid.,
p.72.
(72) En
1911, Kafka es fuertemente atraído por el teatro yiddish. En 1913,
en Viena asiste a las sesiones del XI Congreso Sionista. En 1923,
vivió en Muritz, en comunicación con los judíos orientales.
Perfeccionó entonces sus conocimientos de hebreo, y realizó cursos
en una escuela superior para el conocimiento del judaísmo.
Aparentemente Kafka concibió seriamente su posible emigración a
Palestina, pero su precaria salud se lo impidió. Sobre su vínculo
con el judaísmo, en las anotaciones de su Diario del 17 de
diciembre de 1913, manifiesta: "Las hermosas y enérgicas
distinciones que exigen el judaísmo. Uno tiene cabida en él. Se ve
mejor y se juzga mejor a sí mismo", F. Kafka, Diario
(1910-1923), Barcelona, Tusquets, p.216 (traducción Feliu
Formosa).
(73) F.
Kafka, "Descripción de una lucha", en Relatos completos 3,
Buenos Aires, Losada (F.Zanutigh Núñez), p.41.
(74) Ibid.,
p.41.
(75) Regreso
a la lengua adánica perdida, que también conoció Benjamin. Ver
"Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los humanos", en
Sobre el programa de la filosofía futura, Barcelona, ed.
Planeta-Agostini (trad. Roberto J. Verengo).
(76) F.
Kafka, "Las preocupaciones de un padre de familia", en Un médico
de campo, en Relatos completos 2, op.cit., p.
56.
(77) F.
Kafka, Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza
y el camino verdadero, Buenos Aires, Editorial Alfa Argentina,
1975., p. 11-12 (trad. Adrián Neuss).
(78) Los
sefirot (plural de sefirah) en su raíz alude a la idea de "número".
La traducción habitual de este término es "emanaciones divinas". Y
"el término sefirah aparece expuesto por primera vez en el Sefer
Yetzirah, una de las obras cabalísticas más antiguas escritas al
parecer en Palestina entre el siglo III y IV. En él se definen las
diez emanaciones como números primordiales, principios del universo
y grados de la creación", en El zohar (El libro del
esplendor), Barcelona, Ediciones Obelisco, p.43, nota 11 (trad.
Carlos Giol). Una edición del Sefer Yetzirah: Sefer
Yetzirah,. A la luz de los escritos de los cabalistas de
Girona, Barcelona, Ediciones Obelisco (traducción del hebreo por
Myriam Eisenfeld).
(79) Gershom
Sholem, "Características generales del misticismo judío", en Las
grandes tendencias de la mística judía, Buenos Aires, Fondo de
cultura económica, p.24.
(80) F.
Kafka, Consideraciones acerca del ..op. cit., p15.
(81)F.
Kafka, El proceso, op.cit, p.232.
(82) Ibid.,
p.233.
(83) Ibid.,
p.236.
(84) Ibid.,
p.239.
(85)
Ibid.
(86) Ibid.
(87) Ibid.,
p.214.
(88) F.
Kafka, Consideraciones acerca del ..op. cit.,
p.22.
(89) Ibid.,
p.24.
(90) Ibid.,
p. 33.
(91) Ibid.,
p. 79.
(92) F.
Kafka, "El cazador Gracchus", en Relatos completos 4, op.
cit., p. 13.
(93) Ibid.,
p.12.
(94) En la
historia del cazador Gracchus, atrapado en una navegación sin fin,
es posible encontrar reminiscencias de la leyenda del Holandés
Errante, una de las más famosas y antiguas leyendas del mar, que se
difunde por lo menos desde hace cinco siglos. La versión básica de
la historia afirma que un maniático capitán holandés desafía a Dios.
Y, como castigo, es condenado a navegar por los mares eternamente.
En otra versión la historia surge de la leyenda
de un alemán llamado Von Felkenberg. Von Felkenberg perdió su alma
al jugar a los dados con el Diablo, y de ahí su viaje sin fin.
La leyenda del Holandés Errante inspiró al poeta
norteamericano Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) en The
phantom ship (El buque fantasma), incluido en Birds of
passage (Aves de paso). Heinrich Heine (1797-1856), escribió
sobre el barco errante en sus Memoiren des Herrn von
Schnabelwopski (Memorias del señor Schnabelwopski). Obras que
inspiró a su vez la ópera de Wagner El holandés errante, en
la que Vanderdecken desciende a tierra cada siete años, para
encontrar a una mujer cuyo amor pueda liberarlo del viaje perpetuo.
(95) F. Kafka, "La construcción", en Relatos completos 4, op.
cit. p.157.
(96) Ibid.,
p.158.
(97) F.
Kafka, La construcción de la muralla china, en El castillo,
op.cit., p.230.
(98) En su
análisis sobre el sentido del proceso de K. y sus posibles
relaciones con Kierkegaard, Adorno observa: "El proceso mismo es el
proceso del proceso. Como crítico, y no como heredero, utiliza
motivos del Temor y el temblor de Kierkegaard. En los
memoriales de Kafka, dirigidos a quien corresponde se describe el
tribunal situado sobre el hombre para hacer convicto al derecho.
Ninguna duda permite sobre el carácter mítico de éste. Un lugar de
El Proceso habla de la diosa de la justicia, de la guerra y
de la caza considerándola una sola. La doctrina kierkegaardiana de
la desesperación objetiva se trasplanta a la misma absoluta
interioridad. La enajenación absoluta, entregada a la existencia de
la que se ha retirado, se explora como infierno -como el infierno
que era ya en Kierkegaard sin que éste lo supiera-. Infierno desde
la perspectiva de la Redención. El efecto de extrañeza en Kafka,
procedimiento artístico para hacer perceptible la enajenación, cobra
su legitimación del contenido. Su obra finge un lugar desde el cual
la creación aparece tan surcada y dañada como debería serlo el
infierno mismo según su tradición", en T. Adorno, "Prólogo a El
castillo", en El castillo..., op. cit,
pp.31-32.
(99) En
Musil, "el yo sería un producto social abstracto; esta
concepción del yo correspondería, no al pequeño santuario del
individuo, sino a la todopoderosa "conciencia de la colectividad"
(Husserl). El yo concreto va a ser barrido por la fuerza sangrienta
del destino colectivo, y quedara lo único que, en el fondo, existía:
el yo abstracto, con sus derechos abstractos. La ilusión de
originalidad, de rebeldía, de contraste individual, va a tener que
ceder ante la fuerza arrebatadora, avasalladora, de una idea del yo
que no ve en los sujetos inmediatos y concretos sino algo a ser
sacrificado a la colectividad, arrasando con imparable ímpetu social
las ridículas presas en que los individuos querían disfrutar en un
remanso su yo. La consideración ...de Musil no es, pues, metafísica
o mística, sino de carácter político", Pedro Madrigal Devesa,
Robert Musil y la crisis del arte, Madrid, Tecnos, 1987, p.
109.
(100)
Heinrich von Kleist, Mikhail Kohlhaas, citado en Rafael
Argullol, El héroe y el único, Madrid, Taurus, p.
241.
(101) F.
Nietzsche, Así hablaba Zaratustra, Madrid, Alianza, pp. 83-84
(trad. Andrés Sanchéz Pascual).
(102) F.
Hölderlin, Hyperion, citado en Rafael Argullol, El héroe y
el único, Madrid, Taurus, p. 239.
(103)
También Kafka observa la necesidad de cierto aislamiento para la
creación literaria; el escritor siente la necesidad de eludir las
conversaciones prosaicas: "Odio todo lo que no tiene relación con la
literatura, me aburre sostener conversaciones (aunque sean sobre
literatura); me aburre ir de visita; las penas y las alegrías de mis
parientes me llenan el alma de aburrimiento. Las conversaciones
quitan la importancia, la seriedad, la verdad a todo lo que pienso",
F. Kafka, Diario, op. cit., p.195.
(104)F.
Kafka, Consideraciones acerca del ..., op. cit.,
p.27.
(105) Ibid.,
p.26.
(106)
Ibid.
(107) Ibid.,
p.32.
(108) Ibid,
p.26.
(109) Ibid.,
p.28.
(110) Según
Kafka, Ulises quizás conocía que el silencio, lo replegado en lo
inaudible, y lo expansión del canto, es la misteriosa esencia de las
sirenas. Así conjetura: "Sobre este particular la tradición agrega
algo: Ulises, se dice, fue tan fecundo en ardides, fue un zorro tal
que ni la misma diosa del destino pudo penetrar en su fuero más
íntimo. Quizá -aunque esto escapa a la comprensión humana, se haya
dado cuenta de que las sirenas guardan silencio, y haya opuesto a
ellas y a los dioses el simulacro mencionado sólo como una especie
de escudo", F. Kafka, "El silencio de las sirenas", en Relatos
completos 4, op. cit. p.40.
(111) Marthe
Robert, Kafka, Buenos Aires, Paidós, p. 74 (trad. Carlos A.
Fayard).
(112)
Ver Hugo von Hofmannsthal, Carta de Lord Chandos, Alba
editorial, (traducción Antón Dieterich).
(113) Cuatro
hombres abandonan un matorral; sobre un transportín, a un hombre
gordo. Su rostro insinúa el esfuerzo y la decisión de pensar. El
Gordo inicia "su alocución al paisaje" donde se construye una
relación ambivalente de admiración, celebración y repudio. El
conflicto entre el personaje y la naturaleza termina por prevalecer.
Por un lado, se exalta la belleza del mundo natural: "Sí, montaña,
eres hermosa, y los bosques de tu ladera oeste me alegran... También
contigo, flor, estoy contento, y tu rosa regocija mi alma", (F.
Kafka, "Descripción de una lucha", en Relatos completos 3,
op.cit., p.30). Pero la exaltación no propicia una experiencia de
integración. Porque la naturaleza revela su condición lejana e
inalcanzable: "Montaña, no te amo porque me recuerdas las nubes, el
rojo de los atardeceres, y el ascendente cielo, y éstas son cosas
que me hacen casi llorar, pues uno nunca puede alcanzarlas" (Ibid.).
La naturaleza, el paisaje, adquiere así un carácter hostil y
perturbador. Por eso, "el paisaje me estorba para pensar". Y para
respirar: "Pero ahora, por favor, montaña, flor, hierba, matorral y
río, háganme un poco de lugar, para que pueda respirar" (Ibid.)
Luego, el Gordo cae en un río, recibe la descarga de agua de una
nube, e interpreta el incómodo impacto de las fuerzas naturales como
"la venganza del agua y el viento..sí; esto es venganza porque
cuantas veces no hemos agredido a estos elementos"(Ibid, p.52-53).
La hostilidad entre el hombre y la naturaleza en la alocución del
Gordo refleja la imposibilidad humana de habitar dentro de la
naturaleza. La relación hombre-mundo natural es conflicto y mutua
exclusión. El Gordo testimonia, a su manera, el exilio respecto a
una naturaleza "vengativa", frente a la que es imposible un puro
deleite estético o un acto de reunificación.
(114) F.
Kafka, "Deseo de convertirse en indio", en La metamorfosis y
otros relatos, op.cit., p.25.