Por
Esteban Ierardo
I
Kirón
es el sabio centauro, un individuo excepcional dentro de su especie.
Hijo de Saturno (Cronos) y de una hija del océano Neptuno, llamada
Fílira. Es concebido a partir de una transformación de sus
progenitores en la forma de caballo; lo cual explica su aspecto
híbrido posterior, en parte humano, en parte caballo. Esta
combinación explica un pliegue particularmente relevante del mito: el
rechazo de Kirón por sus padres al descubrir su carácter excepcional
y monstruoso. El impacto de esa experiencia de rechazo es lo que teje
la herida de Kirón. La herida es el sentimiento de rechazo y
exclusión. Kirón es un individuo único y excepcional. Pero su
diferencia no es el acceso directo a una plenitud de sentido, sino la
condena al dolor por un sentimiento de soledad, expulsión y angustia.
La vida mítica de Kirón es estímulo, entonces, para pensar en torno
a la vida que se inicia desde el desgarro o la herida.
Si
el sujeto es marcado por un déficit que lo hace inferior y diferente
a los otros, ¿qué actitudes puede ensayar el sujeto ante ese estado?
Una posible actitud, que no es la de Kirón, es que frente a un
sentimiento de inferioridad por la herida o la carencia, la reacción
sea la incriminación de la vida. Es la reacción desde el
resentimiento, que le arrebata valor a la vida plena por no ser
partícipe de ella. Actitud que se entrelaza con la génesis
psicológica del cristianismo sacerdotal, según Nietzsche.
Otra
respuesta es la de Kirón. En Kirón, la diferencia o herida no se
ensaña contra la vida que marca. Por el contrario, aprovecha esa
diferencia para superar la primera carencia. La reacción de Kirón no
es el desánimo o el odio. El encierro en el propio resentimiento. La
respuesta saludable es cultivar la propia diferencia. Asumir la propia
condición singular. Frotar la gema de un destino excepcional. Esta
senda convierte a Kirón en individuo único dentro de la especie de
los centauros.
En
la Grecia Antigua, el centauro es manifestación inconsciente y
simbólica de que el hombre civilizado no es liberación definitiva de
lo instintivo. En la vida civilizada y urbana, en la polis, el sujeto
es conciencia y razón, que supuestamente domina los instintos. Por lo
tanto, el sujeto se piensa emancipado de la dimensión animal. El
centauro es arriba hombre, y en su región inferior animal. Recuerdo
de que aún en el sujeto civilizado lo animal e instintivo permanece
por debajo, como rumor. Como fuerza subterránea. Como lo primario que
siempre constituye la psiquis.
En
su estado puro, el centauro es reflejo del predominio del animal sin
reflexión, sin conciencia. Pero Kirón, el centauro diferente, es
excepcional por la herida y la conciencia de la herida. Por la
superación de la predisposición innata animal no reflexiva.
Y
la conciencia de Kirón brilla por un saber intenso; por una
sabiduría o saber más amplio que el del hombre civilizado. Esto
también lo constituye como sujeto positivamente diferente. La
sabiduría que Kirón cultiva más allá del peligro del resentimiento
por la herida, tiene múltiples expresiones. Kirón es gran médico,
gran sanador; y le enseña las artes de la medicina a Asclepio, hijo
de Apolo, dios de la medicina (que se transforma después en el
Esculapio en la versión latina). Y el saber de Kirón incluye la
música, la caza, la medicina ya mencionada, y la moral. Esto lo
convierte en pedagogo, en educador de grandes héroes de la tradición
clásica. Es el maestro de Aquiles, Jasón, Heracles (o Hércules) y
Orfeo.
Por
lo tanto, la segunda respuesta frente al sentimiento de la exclusión
por una herida que excluye y degrada es la afirmación de la vida a
través de la autosuperación. La transformación de un sentimiento de
exclusión en una nueva situación de pertenencia a un saber más
alto.
II
Pero
podemos pensar una tercera reacción. A partir de sentirse
concientemente marcado y excluido de una vida más intensa, Kirón es
clarividencia o intuición que percibe esa misma herida en otros. Por
lo tanto, una tercera reacción (la segunda reacción específicamente
de Kirón) es la de ser conciente de la herida que menoscaba a los
otros. Desde este estado, es inevitable la competencia o acción
médica: la busca de la curación del dolor ajeno. Curación de la
otredad sufriente. Arte médico que en Kirón no es sólo medicina
operativa, física. Es también medicina del alma, potencia
regenerativa espiritual.
Regresemos
al Kirón que supera su herida por la sabiduría. Una reelaboración
artística de este acto del ser mítico se encuentra en la Medea,
de Pasolini. En las primeras escenas aparece el centauro Kirón
sosteniendo sobre su lomo de caballo a su discípulo, que en el caso
de la obra de Eurípides (que inspira al artista italiano), es Jasón.
Ante el niño Jasón el centauro sabio reflexiona: vivimos en un
tiempo en el cual la concepción mítica de los ancestros empieza a
desmoronarse. Surge la creencia de que la naturaleza es algo
"natural". Cuando esto ocurre comienza la crisis o
debilitamiento espiritual de una cultura de progenie mítica. La salud
del mito comienza a quebrarse. Porque suponer que la naturaleza es
"natural" es percibirla como una suerte de entidad
mecánica, sin alma, entregada a la repetición de sus propios
procesos. El opuesto de esa creencia de la naturaleza
"natural" es la naturaleza sacralizada; es aquella que
expresa el mito en su plena salud, donde el mundo natural es percibido
siempre desde el asombro poético. Y desde una traducción de los
fenómenos naturales en símbolos. Traducción simbólica que permite
que el hombre encuentre en lo físico regiones más altas de su propio
ser. La naturaleza como simbólica trascendente alimenta asimismo la
percepción de una realidad universal imbuida de sentido y
creatividad.
La
sabiduría que imagina Pasolini en boca de Kirón es una demostración
más de la respuesta positiva del centauro herido ante su herida. Su
respuesta es proteger un saber más alto de la vida. No su negación
resentida.
III
El
núcleo de la herida de Kirón sea quizá llevarnos a reflexionar
respecto a nuestra reacción personal frente a nuestra propia herida.
Frente al sentimiento de dolor que tal vez sea una marca de todo
individuo. Bajo condiciones diferentes, reales o imaginarias, tal vez
todo hombre, en un momento esencial de su vida, se siente excluido. Se
percibe expulsado de una vida mayor a la que cree que tuvo que haber
estado predestinado.
Esas
huellas pueden entreverse ya en el mundo primario del mito, los ritos
y religiones. Los mitos suelen ser una forma de intuir y de expresar
por símbolos ciertas determinaciones existenciales universales del
hombre. El tema de la muerte, la reacción por los mitos
escatológicos o de salvación, los mitos del más allá, los mitos de
la vida de ultratumba, son un ejemplo de cómo el hombre en todas
partes intuye o advierte que la muerte es una determinación
existencial insalvable. Frente a esa determinación universal los
mitos responden en general con grandes puntos de coincidencia.
Una
segunda determinación universal es la intuición mítica y arcaica de
la existencia del hombre en la exclusión de una realidad divina
superior. Es decir, el hombre se constituye como sujeto a partir de
sentirse separado ya de algo que no está bajo su control. Es la
situación expresada en los mitos de pérdida del paraíso.
En
la psicología del hombre arcaico, si la multitud de cultos, ritos o
religiones es un intento de ser beneficiados por los dioses es porque
se parte de la intuición previa de que hay una realidad superior al
hombre, que el hombre no domina. Esa realidad puede ser benéfica.
Pero también adversa. Por lo tanto, el sujeto se constituye como
sujeto desde la conciencia de su separación o exilio de esa realidad
divina, que sí es dueña de sí. Esta separación es en principio
mengua o déficit, como la herida de Kirón. La ofrenda, el rito, la
invocación al dios ya sería una forma de respuesta que intenta
superar esa herida que surge de la intuición de la existencia del
hombre que siempre se sabe hombre por el hecho de saberse frente a un
universo que lo supera. Y que lo marca como sujeto finito. Y por eso
la necesidad de re-ligarse con el otro orden, a partir de ser
reintegrado en ese orden superior. Así, las distintas religiones y
ritos son (o pretenden ser) caminos de curación de la herida. Herida
por el sentimiento del exilio como determinación existencial de lo
humano.
La
herida de Kirón es entonces, quizá, continuación de un desgarro
universal y primario en el hombre. Y, por lo tanto, también es la
necesidad de su superación. El reto de alguna forma de curación
creadora.