I
Los
cañaverales se estremecían. Las manos de un dios de Arcadia
acariciaban las plantas que se inclinaban. El dios perseguía una
ninfa. La ninfa perseguida se trasformó en la planta de caña. De
la planta Pan construyó su flauta. Su medio para embelesarse con la
música. Antes era el goce inmediato, que ahora es postergado, su
destino se ha transformado; antes era la ninfa deseada, ahora es la
música placentera como vía sublimatoria. Quizá un comienzo de la
ausencia del reino libre y puro de eros. Pero la ausencia en el dios
convive todavía con la cotidiana compenetración con un universo
erotizado. Eros no ha perdido todavía su libertad. Integra los
seres y las formas en el anillo del mundo. Eros como poder de unir e
intensificar las potencias de lo que vive, de lo que es presencia
múltiple (de los elementos, el cielo, la tierra, las plantas,
animales y el hombre).
Y
aquel que, como Pan, experimente y celebre la presencia múltiple
atravesada por eros, entra en el espacio del placer como rasgo de
una ética vital, de un estar en un ethos como morada donde
la vida goza en la renovación por las nuevas circulaciones de lo
placentero.
La
imaginación mitológica recuerda la posible muerte del dios del
reino salvaje y fértil. Desde las arenas desacralizadas de lo
moderno, ultramoderno, posmoderno o posthistórico, sólo son
audibles voces de elegía, un canto fúnebre del antiguo dios,
símbolo del devenir de un deseo erótico orientado hacia la
intensificación vital.
En
el Occidente traspasado de cristianismo, lo erótico, inseparable de
la corporalidad y lo sensorial, ingresa en la penumbra de la
negación y la represión. La modernidad, a su vez, gobernada por el
dragón del egoísmo como valor absoluto del capital contribuye
también al silenciamiento de la fuerza celebrada por el viejo dios
de Arcadia. En el reinado de las negaciones y sublimaciones de lo
erótico arcádico quizá la respuesta más real, fuera de las
continuas teorizaciones o historias del eros, sea lo que en este
ensayo llamaremos la acción de la evocación erótica. Un
tipo de acción erotizante a la que llegaremos luego de atravesar la
historia y anatomía míticas de Pan y de explorar, libre y
especulativamente, algunos rincones posibles de su riqueza
simbólica. Finalmente, las acciones de la evocación erótica, en
la ausencia del reino de Pan, es una construcción posible, aunque
siempre signada por la discontinuidad, la brevedad, el paso fugaz de
un rayo. Un fulgor que brilla y se desvanece, aunque el
estremecimiento que el Dios eros impulsa sea continuo.
II
Pan.
Dios protector de la naturaleza salvaje. Venerado por los pastores
en Arcadia. Potencia sexual masculina desenfrenada. Su presencia se
aspira en las brisas del amanecer y el atardecer. Vive en una gruta
del Parnaso. A veces, participa del cortejo de Dioniso.
Las
genealogías que explican su origen son múltiples, como suele
acontecer con los dioses del panteón olímpico, o de otras
mitologías. Dos de las más difundidas narran su nacimiento y el
origen de su nombre. Para la primera de ellas, Hermes se une con la
hija de Dríope. Luego de nacer de su madre mítica, ésta se
espanta de su carácter extraño; monstruoso (en tanto único o
excepcional). Su padre lo envuelve en piel de liebre y lo conduce
hasta la morada del dios olímpico. Pan es presentado a las deidades
precedidas por Zeus. Causa placer a todos los dioses. Es entonces
Pan (todo), "el que agrada a todos".
Según
la segunda genealogía importante, su madre era Penélope. La mujer
que tejía en la isla de Itaca mientras espera el retorno de su
esposo Ulises. En este acorde de la narración mitológica, la
esposa del inventor del caballo de Troya no es dechado de fidelidad.
Por el contrario, no inhibe el goce poligámico. Penélope
compartió la intimidad con muchos pretendientes. Pan es así hijo
de la mujer de la supuesta espera fiel. Por eso es "el hijo de
todos".
Sea
cual sea su progenie, siempre muestre su anatomía arquetípica: sus
piernas de macho cabrío; pezuñas hendidas rematan sus pies. Dos
cuernos se abren en su frente. Su piel: profusamente velluda. Una
barbilla rectangular y espesa embadurna su mentón. En sus mejillas
se delinean arrugas cercanas a la astucia, lo bestial o lascivo.
Pan
es ser híbrido: lo animal y lo humano coyuntados. Como el sátiro
Marsias, o el dios Apolo o Dioniso, es músico. Su instrumento
emblemático no es la cítara, el tambor o los sonajeros. Como
Atenea tiene una flauta. Pero el delgado instrumento de la diosa
nacida de la cabeza del Zeus Tronante deforma sus rasgos al liberar
sus tañidos. Por eso, la diosa lo arroja lejos. Marsias, sátiro
del cortejo de Cibeles en Frigia recoge la flauta. Le arrebata
sonidos bellos. Compara la belleza musical de sus composiciones
espontáneas con la lira de Apolo. El dios solar lo desafía a un
certamen ante el tribunal de las musas. El sátiro es derrotado y
desollado.
Pero
la flauta de Pan respira otro origen. Pan persigue a la ninfa
Siringa. La mujer divina escapa. En su fuga, se convierte en
susurrantes cañaverales. Pan acaricia las plantas inclinadas por
las caricias del viento. Al dios le complace el rumor de las cañas.
Con ellas hace su flauta, la flauta de Pan. O Siringa. Dios musical.
Uno de los destinos de la música es crear y donar placer. Pan:
divinidad aquí de una sensualidad sonora, que alaba a la vida cuyo
nervio no es el logos sino el placer que deviene, la sensación
libre del concepto.
Como
Artemis, o su versión latina Diana, era rey del bosque y cazador.
Cazar es perseguir, acechar, cercar, capturar. Esas dotes Pan las
vierte repetidamente en la persecución de ninfas. En una ocasión,
persigue a Pitis. Muchas ninfas o mujeres perseguidas se
metamorfoseaban en planta (Dafne en laurel, Mirra en el árbol
homónimo). Por eso debe conformarse con una rama de pino, que
muchas veces ceñía, como recuerdo del deseo frustrado; pero
también de su vínculo erótico especial con la ninfa transformada.
Pan,
como protector de los rebaños, porta cayado de pastor. Y disfruta
del juego de las sorpresas, de lo abrupto y repentino. Asusta en las
encrucijadas a los viajeros que atraviesan la selva o el bosque.
Protesta si lo despiertan en la siesta, generalmente en las horas
calurosas del mediodía.
El
dios corre rápido entre los árboles, retoza bajo las sombras;
acecha a animales y ninfas; sabe trepar con agilidad en las rocas o
disimularse en la maleza; se demora para extraer magia musical de su
flauta; goza y grita; duerme y celebra la vida del devenir de los
sentidos. Saludaba a los elementos. En el día o la noche, siempre
fuera de recintos protectores, de ciudades amuralladas, fuera de
límites represivos, el dios renueva su potencia vital y acompaña
los ritmos fecundantes de la lluvia, del sol y de su propio semen.
Y
transcurre, largamente, su vida en la riqueza rústica, entre
plantas húmedas, animales y pastores. Es una llama exaltada.
Pero
llega el último día… La agitación final le hace arder el pecho;
los pulmones y la garganta se enardecen al estallar en un rugido
postrero. El último grito que incendia el aire de la vegetación
fértil. Y unos marinos escuchan en el mar unas voces que aseguran
"la muerte del Gran Pan". Si el dios de los rebaños y el
desenfreno orgiástico ha muerto, entonces comienza el reinado de
otro dios, enemigo de las imágenes, de los cuerpos, de la
embriaguez. El dios de la cruz, que es uno y tres a la vez...
III
El
dios corre entre las rocas y los árboles. Su agilidad y su libertad
silvestre se trasforma en figuras mitológicas paralelas; y también
su imagen será luego base de la iconografía cristiana del diablo e
inspiración de algunos de los rasgos del ángel caído.
El
dios arcadio se desdobla en una primera divinidad hermana: el Fauno
romano. También dios bienhechor, protector de los rebaños y
pastores. Como parte de un proceso de evemerización, Fauno se
asimila al dios Evandro (el Hombre bueno). Y también resigna su
dignidad divina para convertirse en uno de los primeros reyes del
Lacio, cuyo gobierno brilla antes del arribo de troyano Eneas,
fundador de la estirpe latina, que con la fundación de Roma será
origen de la futura grandeza imperial romana. Pero el dios no
desaparece completamente. En los tiempos clásicos, se transmuta en
los faunos (fauni) genios de la selva, de las regiones
campestres, protector de los pastores. Y como los sátiros griegos,
o como el propio Pan, es de naturaleza mixta: hombre y cabra, por
mitades iguales. Fauno recibre su culto en la procesión de los
Lupercos. Unos jóvenes vestidos de pieles de cabra persiguen a las
mujeres para flagelarlas con correas de cuero. La finalidad mágica
de este rito es inseminar en ellas el don de la fertilidad concedido
por Fauno.
La
dupla Pan-Fauno se bifurca todavía en la antigüedad clásica en
otra divinidad latina: Silvano. Suele representárselo como un
anciano. Pero su naturaleza contradictoria lo hace aparecer
desbordante de una fuerza juvenil. Es afín en su culto a los lares,
divinidades romanas que protegen encrucijadas y recintos
domésticos. Su hogar es la simple libertad de lo campestre o,
particularmente, los bosques sagrados, zonas simbólicas de la
alteridad salvaje, de un otro mundo, libre de las prohibiciones de
la civilización.
Como
los dioses olímpicos que se mezclan con los guerreros en combate
frente a las murallas de Troya, Silvano interviene, según su
célebre leyenda, para despejar las dudas sobre el resultado de una
batalla. En Roma, el poder de los Tarquinos, de origen etrusco, se
desmorona. Los hechos deben dirimirse por las armas. La batalla es
feroz. Es difícil distinguir a un vencedor. Entonces se propaga una
voz que afirma que los romanos son los vencedores porque, entre los
etruscos, hay un guerrero muerto más. Los hombres de Etruria
sobrevivientes abandonan su campamento. En el recuento de los
muertos lo revelado por la voz de Silvano es confirmado.
Fauno
y Silvano trazan un círculo de equivalencias con el dios arcadio.
Pero Pan continúa en Occidente también a través de la negación,
o de su equiparación, con lo demoníaco en el reino medieval del
Dios cristiano. Lucifer se rebela primero en el cielo contra el
único dios. En la batalla contra el ejército del Arcángel Miguel
y los ángeles sumisos a Yavé, el ángel más bello, luminoso y
sabio es vencido. Lucifer es expulsado del cielo. La tierra,
también patria del hombre caído, es su reino. Es el tentador, el
astuto, el seductor, el que incita al mal; es decir el que promueve
el goce sexual desenfrenado, la fascinación por lo salvaje, por la
naturaleza en la calidez del mediodía, o por los misterios de la
medianoche y la luna.
Y,
muchas veces, el Satanás intrigante y manipulador muestra cuernos,
pies hendidos. Es especialmente peludo. El diablo cristiano revive
la fisonomía del viejo Pan. Lucifer puede mutarse en diversos
animales. El carnero es su metamorfosis preferida. Pero también en
la tradición demonológica cristiana, Satán puede mutarse en lobo,
perro, asno, cerdo, gallo, liebre, caballo, toro, gato. Y, a veces,
claro, en serpiente. Un espectro de animales que, todos ellos,
remiten a la fertilidad, y por ende a la potencia sexual. Lo
fertilizante de la naturaleza salvaje, la sexualidad sin
inhibiciones ni culpa, siempre constituyen para el cristiano
amenazas, estigmas del mal. El diablo debe entonces, necesariamente,
portar actitudes y propiedades que lo asocian con el paganismo
hedónico, con la exaltación de la sensualidad. Satán se apropia
entonces de la animalidad, lo fértil y salvaje de Pan. Así, en la
ecuación Satán-Pan resuena la celebración de la sensualidad en la
época pagana, y la lucha contra los peligros de esa sensualidad
bajo el imperium de la fe cristiana.
IV
Las
rocas están quietas. La hierba y el musgo también. Pero ya las
copas de los árboles murmuran cuando llega la tormenta. Con su
sonrisa maliciosa, cubierto de pelos y barba, Pan corre entre las
rocas. Celebra algo. Permanece quieto. En su rostro discurren las
gotas de la lluvia, con la fragancia de la humedad y la hierba.
Después, las nubes se alejan. El sol resurge. El cielo, lentamente,
arde con nuevos brillos de zafiros. Pan entonces recuerda a las tres
ninfas. Las olfatea, saborea… presiente su presencia en una
fuente, más rumorosa por la nueva agua del cielo recién caída. Y
corre hacia ellas. Esta vez, su habilidad de acechador no fracasa.
Las mujeres míticas, esta vez, no son la negación. No huyen.
También quieren la afirmación del placer…
Y
el bosque celebrado y protegido por Pan es gobernado por Eros. Su
lenguaje de atracciones, deseos y placeres, une lo separado,
compenetra lo diferente, sostiene los tejidos donde todo se
entrelaza. Y entonces, bajo las llamadas de Eros, Pan y las ninfas
juegan… juegan una danza de roces, caricias, besos, mordiscos, el
paso de la suavidad a las salvajes penetraciones. Luces y olores
vegetales giran en derredor de los cuerpos, abrazados ya por un
fuego visible. Pan finalmente exhala su grito de máximo placer. Las
ninfas, prolongación de lo exterior, de la naturaleza y el espacio,
antes latían en lo lejano, separado, en una distancia de angustia.
Ahora, con Pan recrean lo que es en la unidad.
El
dios de la naturaleza salvaje es degradado por muchos a grotesca
divinidad, al instinto puro y animal; a la obsesión por la
gratificación inmediata.
Ahora,
camina entre los árboles.
Cerca,
el mar habla con las olas.
Por
una brisa suave sobre su peluda piel, sabe que todo lo que lo rodea
se ha unido aún más…
V
Como
todo dios, Pan es símbolo e interrogación. Un primer modo de
interpretar a la deidad arcadia nos lleva a repetir interpretaciones
obligadas; pero, otras interpretaciones que intentaremos explorar
escapan a la visión ortodoxa sobre el vínculo eros-pan.
En
términos simbólicos, el dios de la naturaleza salvaje se proyecta
hacia las fuentes mismas de la libido, hacia la matriz biológica de
lo instintivo. Frente al actual imperio de la desmaterialización
progresiva del eros en su reemplazo por lo virtual, Pan remite al
eros no escindido de lo corporal. En un primer acercamiento, Pan
expresa la sexualidad como primaria imposición instintiva. Es
posible, claro, pensar al instinto mismo no como una invariable
innata de lo humano sino ella misma como construcción cultural.
Cuestión de problematicidad abierta. En nuestro caso, optamos por
pensar que lo biológico es profundamente atravesado por una
síntesis entre lo innato y lo adquirido. Pero, en esta relación,
siempre sobrevive un residuo de precedencia biológica, corporal y
sensorial que, aunque la explicación racional lo pretenda, no es
penetrable por el análisis intelectual. Ese residuo permanece como
núcleo de oscuridad impenetrable como lo sugiere en su Nacimiento
de la clínica, el Foucault de su etapa arqueológica.
Desde
una oscuridad intraspasable, precedente y biológica, estalla en Pan
la exigencia del instinto. Pan revive así primero el misterio del
instinto y la biología. El instinto sólo quiere la repetición;
repetición del placer. Pero luego lo instintivo se transforma en
deseo. Deseo que circula por varias vías posibles hacia la
satisfacción. La variación o alquimia de los modos de
satisfacción del deseo es ya sublimación. Sublimación como
gratificación sustitutiva de lo exigido por el instinto más
primario. La mutabilidad o polimorfismo que trae la sublimación es
ineludible para el acceso a la civilización, como insiste Freud.
Pan también es sublimación (aunque no en sí misma represiva). Su
deseo elige a las ninfas. En dos casos, el de Siringa y Pitis (como
vimos en la recreación de su mito) debe renunciar a la
gratificación inmediata y acceder a una sublimación o
satisfacción sustitutiva representada por la flauta y la corona de
pino; dos formas vinculadas con el arte, el arte de los sonidos en
un caso, y el arte como juego del adorno en otro.
Así,
detrás de las primeras apariencias, en el reino de Pan la vida
erótica ya convive con la sublimación. Pero nunca admite su
sustitución por la idealidad de un eros pensado. El eros es
fuerza que nace desde la precedencia del cuerpo y se vierte hacia
los otros cuerpos, y hacia la presencia múltiple de la naturaleza.
Es estado sensorial (no reductible entonces a lo puramente
intelectual) que estimula en el sujeto una placentera salida de sí
para percibirse dentro de la materialidad sensible del mundo.
El
eros da alas como lo pensaba Platón. En el Symposium, el
eros o amor asciende hacia la idea de la Belleza en Sí; y lo hace
en principio desde la contemplación de los cuerpos visibles y
bellos. Pero la primera valoración de lo corpóreo termina por ser
"superada" o negada en beneficio de lo bello intelectual.
Bajo la influencia simbólica de Pan, en cambio, el pensamiento
nunca deja de pensar desde el encuentro con el otro cuerpo, y desde
"el goce elemental de la lluvia" (según una inspirada
expresión poética de Borges); es decir: desde una expansión o
apertura constante hacia el mundo sensible, como fuente de pasiones,
placeres e intensificaciones del sentimiento vital.
En
este abrirse constante hacia la amplitud del mundo sensorial, como
fuente de placer y pertenencia, Pan es aliado de Eros. El eros como
fuerza que todo lo integra y traspasa (como lo manifiesta Erixímaco
en el ya mencionado Symposium platónico; o en Empédocles,
como impulso que asegura la atracción erótica de este mundo
visible, de modo que el sujeto no se encierre sólo en abstracciones
o representaciones en las que el mundo empírico como tal se
desvanece en beneficio de una idea de naturaleza o totalidad.
Pan, movido por la fuerza erotizante, así se desborda, rebasa y
expande hacia la realidad física amplia, como a su manera también
lo hacen, desde sus simbolismos particulares, Orfeo o Narciso.
Pero
Pan es dios que muere. El eros de su reino, su intensificación del
placer, su expansión placentera hacia el mundo es, entre nosotros,
ausencia. Y entonces, entre nosotros, aunque sea una paradoja, parte
de su reino vuelve no como afirmación sino como negación del
placer. La estirpe de Pan no vuelve ya como goce sino como el pánico
de un dios generador de terror…
El
dios gustaba provocar estallidos de terror en los viajeros de las
regiones salvajes, o en quienes cometían la imprudencia de
despertarlo durante sus siestas. En una explicación naturalista, el
pánico del dios podría ser el efecto mitificado del temor de los
animales y rebaños ante los rayos de tormenta.
Etimológicamente,
deima panikón es el miedo causado por Pan. La palabra
abreviada griega es panikós, y en latín panicus. El
pánico es una forma particular de emoción extrema. Su intensidad
dolorosa lo acerca al terror que, en su punto extremo, destruye todo
residuo de racionalidad. El sentido más visceral de emoción
terrorífica es meditada por un gran cultor de la literatura de
terror: Lovecraft. Y uno de los miembros del círculo lovecraftiano,
Arthur Machen, escribe el relato El gran pan.
El
terror de Pan resurge en la modernidad del hiperestress. Los ataques
de pánico saturan las consultas psiquiátricas o hacen proliferar
los textos especializados. La inminencia de un gran peligro
acechante pero indefinido, domina este ya muy extendido síndrome
contemporáneo. No es nuestro interés aquí sondear sus meandros
específicamente psiquiátricos o psico-sociales. Sólo deseamos
extraer una idea: en la desacralizada cultura contemporánea el
sobresalto desesperante del panic atack devuelve al sujeto a
una experiencia de lo real como reino alógico y emocional. El
pánico impone lo real como emoción sin instancias de alivio o
explicación conceptual o racional.
La
sacralidad de la siesta del dios también debería estimular una
meditación interpretativa. Pan repetía con la obsesión de un rito
sagrado la siesta del mediodía. La celebración del reposo como
efecto benéfico del descanso es sólo, obviamente, el borde del
tapiz. El dormir diurno como segundo dormitar es prolongación dentro
del día de las fuerzas latentes que el sueño conserva, o
eventualmente libera. El a-costarse repetido del dios como reposo y
sueño es un volver a la costa de lo inconciente. Buena parte del
día Pan se consagra a la cacería, la música o la persecución
erótica. La siesta es el momento de nocturnidad de su día;
es el momento donde reina el sueño nocturno; allí nada puede ser
perseguido, porque el sujeto conciente desaparece y los contenidos
de la mente individual, o de un presunto espíritu divino y
universal, se muestran según su propia lógica de un darse,
de un acontecer. En la siesta de Pan, así pensada, se agazapa una
pasividad receptiva, una espera sin fin u objeto; estado en el que
podrían surgir imágenes simbólicas inconcientes que, con su
propio lenguaje indirecto, expresan una tendencia de
reincorporación de la mente al todo en el que circulan fuerzas que,
por mucho, exceden la conciencia individual.
Pero
al regresar hacia Pan como símbolo de las fuerzas expansivas y re-ligantes
del eros, podemos volver también hacia la ya mentada imposibilidad
del eros como devenir libre. Cierto tipo de sublimación (la
represiva) es conspiración contra la pura felicidad instintiva,
como Freud (nuevamente) lo destaca con la suficiente agudeza. El
primario instinto sexual y sus formas de la sublimación (con una
ineludible marca de represión) son indispensables para la
arquitectura de la civilización. Pero la cuestión es el grado y
naturaleza de esa represión de las energías instintivas que el
eros convierte en fuerza renovada de expansión placentera; o la
cuestión es la posibilidad, como intenta pensar Marcuse en Eros y
civilización de una sublimación no represiva que recupere la
potencia perdida del eros.
Aquí
puede hallarse una clave, en modo alguno la única posible, para
re-pensar la filosofía de la historia en tanto revelación del
centro organizador de las civilizaciones. El complejo conflicto
entre civilización pagana y civilización cristiana es inseparable
de una guerra de miradas sobre la naturaleza e importancia del eros.
Lo pagano promueve la fuerza de salida hacia un universo celebrado
como fuentes de placeres. Pero en las estribaciones paganas,
también ya se asoma (como en lo mencionado sobre El Banquete)
la sublimación espiritualizante del eros en su condición de fuerza
sensible.
El
cristianismo continuará la sublimación espiritualizante con nuevas
formas (amor al corazón de Cristo, a la virgen Maria, o al modelo
ejemplar de la hagiografía, la vida de los santos). El eros, por
tanto, sólo es admisible como impulso espiritual sin corporalidad
en pos de una iluminación por la gracia. No se trata sólo de que
el eros deba ser sublimado, sino también sofocado. Negado. Y toda
represión de lo erótico en su mediación sensorial o corporal es
ya su sustitución por un erotismo espiritualizado que repudia lo
físico, o que sólo lo admite, y con fastidio, como inicio de un
impulso espiritual superador.
Como
sabemos, hay que cuidarse de las cómodas tendencias de la
explicación reduccionista. Y la imagen de un cristianismo escindido
completamente del llamado de lo erótico y lo sensual es falso. Los
monjes finos gustadores de los placeres de la uva y el vino, la
deslumbrante hechicería de la luz de los vitrales góticos, o el
amor cortés, son posibles formas de de recuperaciones del goce
sensorial o del erotismo bajo formas adaptadas al paradigma
cristiano vigente.
La
sofocación del eros por las sublimaciones de signo principalmente
represivo en lo cristiano (y en lo burgués que con tanta brillantez
han desnudado Marcuse, Reich o Foucault) patentiza que en el
Occidente pos-pagano lo erótico es tendencia a la ausencia. Sólo
reaparece de forma excepcional. En la vida real del Occidente
continuo, el eros es lo discontinuo, lo extra-ordinario.
En
la realidad de la vida práctica, al sujeto tocado por el llamado
del eros sólo le queda momentos de evocación, prácticas de
irrupción breve del eros desde su precedente ausencia. Las acciones
de la evocación erótica son lo único que quizá acerca al eros
ausente, para experimentarlo; pero sólo a condición de luego
perderlo.
Actos
de evocación erótica: el placer ante la amplitud del mundo
visible; el goce en el encuentro de los cuerpos cultivado como acto
estético y no sólo como anhelo de placer genital. La evocación
erótica puede surgir también por la fascinación ante el misterio
(olvidado) de la vida, o por las distintas expresiones de vitalidad
de la naturaleza o las culturas. Muchas veces, los efectos de esta
actitud erotizante se transforman en arte, o en la necesidad
de una expresión artística.
Pero,
seguramente, la acción más poderosa que evoca el eros de la
ausencia será siempre el encuentro de los cuerpos. El eros que se
enciende en los cuerpos por la atracción física, pero más
significativamente, por la afectividad, por la química enigmática
que atrae a las personalidades.
En
la activa evocación erótica, el sujeto se acerca a la pureza
etimológica del término: se convierte en "sujetado",
pero ya no por la repetición atávica de la represión, o las
alianzas con tánatos (el tánatos del capitalismo o de la cruz). El
sujeto del erotismo evocado es ahora sujetado por una fuerza
trasformadora, no por una norma sin sensación, o por el amor
físico limitado al desahogo instintivo, o la afirmación
psicológica del propio ego de un individuo que busca percibirse
como seductor o victorioso en "cacerías" sexuales. Ahora,
la evocación erótica es acción por la que ambos amantes
recomponen la sexualidad sobreabundante y desinhibida de Pan. En la
evocación de eros el sujeto se hace disponible para ser su-jetado,
ligado, succionado, absorbido por un breve perderse, por un fugaz
reencuentro con la vida como universalidad intensa.
Estos
encuentros (re-encuentros) siempre son prisioneros de la
discontinuidad, la cruel brevedad de una fulguración entre la
hierba mutilada. Pero aun así, la brevedad de la evocación es el recuerdo
sensible del eros como fuerza expansiva real y no sólo como
idea o discurso, u objeto único de la sublimación represiva.
A
Pan sólo le corresponde la elegía, el canto de lo perdido. Pero el
eros simbolizado por su reino continúa fluyendo entre los cuerpos y
la naturaleza, como fuerza disponible.
Así,
en la evocación erotizante, la piel de los seres son las serpientes
que se entrelazan. No para la sofocación. Sino para participar de
un ancestral poder transformador. (*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "La elegía del Pan. Reflexiones
sobre la ausencia y evocación del eros", febrero 2009,
editado aquí de manera original.