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EL OJO EN EL VIENTO
Ensayo sobre cine
poesía y pensamiento
Por Esteban
Ierardo
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La vida parece lo más cercano. Sin embargo, es también lo más
secreto. Un paisaje de sentidos y sensaciones a des-cubrir. Mediante
la potencia de la imagen y el sonido, el cine poético encuentra, en
ocasiones, y como un especial acontecer, destellos o fulguraciones
de esa realidad sutil que burla o quiebra nuestra limitada
percepción sensorial del mundo que deviene y se expande en el
espacio.
En el extenso ensayo que a continuación presentamos se consuman
tres movimientos discursivos: primero, una exploración de varias
vertientes históricas del cine poesía (Epstein, Bresson, Gance,
Pasolini, Cocteau, Tarkovski); segundo, indagamos, sin ninguna
pretensión de reconstrucción sistemática, algunos momentos del
encuentro cine-pensamiento en Bergson-Deleuze; y, finalmente, especulamos
desde la libertad de un lúdico ensayar una posibilidad
hermenéutica del cine poesía y sus poderes desde su relación con
el espacio como dimensión más originaria de lo real y de la imagen
que pretende su variación y prolongación.
Esteban
Ierardo
EL OJO EN EL
VIENTO
Ensayo sobre cine
poesía y pensamiento
Por Esteban Ierardo
I
El arte es obsesión sublimada en creación. El cine no es excepción
a este pathos histórico de la creatividad artística.
Lo esencial a ser pensado en la situación particular de la imagen
cinematográfica es, acaso, el objeto específico de esa obsesión.
Pero la especificidad en este y en muchos otros casos no es
un cielo unívoco. Por el contrario: toda pretensión de
un cielo puro y homogéneo es devorado por una selva de posibilidades
diferentes. Esto lo sugiere rápida y simplemente la gran profusión
de teorías sobre la naturaleza de la imagen fílmica desde su
aparición con la genialidad fundacional de los hermanos Lumieré.
La teoría se alimenta también con la llama de lo obsesivo. Y su
objeto particular está destinado a recorrer las caricias y angustias
de los conceptos. En este sentido, Deleuze le adjudica al filosofar
precisamente la tarea de crear conceptos que exploren con precisión
una experiencia posible de saber. En nuestro caso, también pretendemos
sumergirnos con lentes lúdicas y especulativas en los obsesivos
juegos teóricos destilados por el arte cinematográfico. Por
eso nos atreveremos a tallar un delicado punto de unión entre
el concepto y la sensación para sondear el particular ver de
la cámara-ojo.
En
nuestro re-pensar atravesaremos ciertas vertientes poéticas
de la imagen para des-cubrir una posible visión general sobre la magia de la reproducción
fílmica del
movimiento. De ahí que nuestra travesía reflexiva ondulará como
serpiente inquieta entre las canteras teóricas de un "cine
de poesía" en Robert Bresson, Abel Gance, Jean Esptein,
Jean Cocteau, Pasollini, y Tarkovski fundamentalmente. Otros
creadores, otras fuentes también invocaremos.
Luego de atravesar con gestos atentos los modos de un pensar
filosófico y poético sobre un cine poesía por sus propios
creadores, con una libre avidez especulativa expresaremos una
visión alternativa a las teorías que atisban en la dimensión
temporal el nervio más incandescente del acto cinematográfico. En
este sendero, sin ánimo de llegada a ninguna cima conclusiva, el
cine poesía, dentro de este ensayo, será apreciado como
derramamiento de una sutil sub-imagen, durante la repetición de las imágenes-movimiento,
hacia un espacio simultáneo
que contiene y permite todo desplazamiento temporal de seres, hechos
y objetos.
Y
antes de sumergirnos en oblicuos deslizamientos entre algunas de las
agudas y líricas costas para un pensar sobre un cine poesía, o
"cine de vidente", en términos deleuzianos, recorreremos
tres paradigmas generales que sostienen la acción pensante del
cine. Recalaremos con más ahínco en la visión baziniana por
ser ésta más afín a nuestra propia obsesión por perseguir el
posible destello del encuentro con algo real que vive
dentro y más allá de la representación fílmica.
Tres
paradigmas globales del pensar sobre el cine sistematiza
Francesco Cassetti en su célebre tratado Teorías del cine: las
teorías ontológicas, metodológicas y de campo.
Relegaremos
para el último jirón explicativo el primer paradigma que exhibe
a Bazin como su principal portaestandarte.
Para
las teorías metodológicas la preocupación central no es aprehender
al cine en su esencia. Su intención máxima es determinar un
punto de vista, una perspectiva crítica particular sobre el
hecho cinematográfico. No late aquí ningún deseo
de exhumación de lo que sería el cine en sí mismo. La meta teórica
es especificar sus componentes semánticos. Para gestar este
análisis, se elige unos elementos, una "sección" de
fenómenos, en detrimento de otros. Se busca así "una selección
coherente y acabada de datos más que sacar a la luz la naturaleza
última del fenómeno; el interés se centra más en el análisis
que en las definiciones" (1). El conocimiento se ajusta
aquí a una visión perspectivística, a la determinación de un
modelo, donde lo más relevante es su corrección; nunca una "verdad"
subyacente. Este modelo abraza su principal ejemplo en Cinema:
langue ou langage? (1964), de Christian Metz. Metz ausculta
los fundamentos del lenguaje cinematográfico. Busca plasmar
la especificidad de un cine inscripto dentro de una semiología
o ciencia general de los signos. Metz se pregunta en qué condiciones
el cine puede ser objeto de un análisis semiológico. La cuestión significativa
es determinar si el cine es lengua (sistemas rígidos de signos),
o un lenguaje (un sistema flexible de significados). Al amparo
de esta actitud surge un nuevo tipo de investigador, que no
escribe para revistas del séptimo arte, que no actúa como crítico
fuera de la universidad. Es un inquisidor de formación científica,
que elabora sus indagaciones dentro de las instituciones universitarias
y sus revistas especializadas. Y en sus investigaciones integra
diversas disciplinas: psicología, sociología, psicoanálisis.
Las
teorías de campo, por su parte, se nutren de la pregunta: ¿Qué
problemas suscita el cine? Este interrogar no exhala una esencia,
o una pertinencia semántica, sino una problemática y un campo
de observación. Las preguntas cruciales aquí atañen a las repercusiones
del cine: 1) sus modos de representación; 2) el papel del espectador;
3) la validez política del medio (preocupación burbujeante en
revistas francesas, italianas, estadounidenses de la década
del 60'). Prepondera un interés por la exploración antes que
por el análisis. Se estudian problemas "que están el aire",
que no abrigan el anhelo de un conocimiento global, sino de
una comprensión transversal del hecho cinematográfico.
Pero el paradigma ontológico es el que más nos atrae. Su primer
vocero influyente es André Bazin, mediante sus ya antológicos
textos Ontología de la imagen fotográfica y El mito del cine total.
Bazin funda en 1951 la legendaria revista de crítica
cinematográfica Cahiers du Cinéma (Cuadernos del
cine) que fundamentalmente entre 1958 a 1965 fertiliza el
advenimiento del Nouvelle Vague (la nueva ola),
movimiento (bajo la influencia del realismo baziniano) que
integra las creaciones de, en principio, críticos de la
revista, o guionistas, como Jean Pierre Melville,
Francois Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Eric Rohmer
o Claude Chabrol (2).
En el comienzo de su meditación crítica, Bazin se sumerge
en la historia del arte para descubrir la subyacente identificación
de pintura y escultura con "el complejo de la momia".
Estas expresiones artísticas buscan escapar del tiempo manipulado
por la parca o moira Láquesis que corta el hilo de la vida. La estrategia
protectora ante la muerte-navaja del arte arcaico es "la
perennidad material del cuerpo" entre los egipcios: la
momificación. Pintura y escultura fijan artificialmente las
apariencias. Y la imagen, incluso, puede situarse en lugar del
cuerpo y su disolución inevitable. Primero es la imagen-momia;
después, la perduración del desaparecido mediante la imagen-retrato.
La imagen como vehículo de imaginaria trascendencia de los límites
temporales. La eternización del ser fenecido por la continuidad
en la imagen (3).
Y
la imagen actúa desde la semejanza. En el Renacimiento se busca
la imitación completa de lo real, pero desde la imposibilidad
de superación de la ilusión de la perspectiva. Se consuma así
"un deseo totalmente psicológico de reemplazar al mundo
exterior por su doble" (4). El barroco introduce luego
el movimiento mediante el dramatismo y las formas onduladas
o serpentinas. Pero la pintura (y la escultura) no rompen las
ataduras de lo psicológico, del deseo de un "pseudo realismo
que se satisface con la ilusión de las formas" (5). Sólo
la fotografía y el cine "son invenciones que satisfacen
definitivamente y en su esencia misma la obsesión de lo
real" (6).
Pero la reproducción realista sólo será posible mediante "una
reproducción mecánica de la que el hombre queda excluido"
(7). Durante su evolución, la fotografía, primero "imita
al arte", porque prosigue su "estilo pictórico";
pero, luego, entiende que sólo debe copiar a la misma naturaleza.
Lo fotográfico es así objetivo porque actúa desde una lente
impersonal, desde el "objetivo". En las otras artes,
desde su acción como compromiso creador o presunción inventiva,
el hombre siempre está presente. En la fotografía, en cambio, lo humano
es ausencia. Sólo la fotografía nos da el objeto mismo (no su
calco). La fotografía (la grafía o escritura de la luz)
detiene el tiempo, lo inmoviliza, "lo embalsama",
lo sustrae de su corrupción incesante.
El
realismo surge entonces por la "mecánica impasible",
por la "impasibilidad del objetivo". Sólo así el sujeto
despoja al "objeto de hábitos y prejuicios, de toda la
mugre espiritual que le añadía mi percepción, y puede devolverle
la virginidad ante mi mirada y hacerlo capaz de mi amor"
(8). Desde las orillas de la experimentación pictórica,
Malevich y Mondrian también se embriagan con nuevos recursos
plásticos (los propios de la pintura abstracta) que disipan
la mediación de la mirada del sujeto y sus prejuicios
y pasiones respecto a la percepción de lo real. Un ver sin sujeto
es aspiración del realismo baziniano. La mirada ubicua
e impersonal del narrador flaubertiano es ejemplo de un precedente
literario de esta pretensión. La rebelión del
escritor ante la mirada psicológica, como exaltación
de la subjetividad, prosigue luego en el noveau roman
(con Margarite Duras o Robbe Grille), y los altares del sacrificio
final del autor y su mirada individual y ordenadora en Borges
o La muerte del autor de Michel Foucault.
El
cine, en contraste con la individualidad que se proyecta a sí
misma en la pintura o la literatura, libera la erotización
de uno ojo que, aunque creado por el progreso técnico,
es la posibilidad de un nuevo punto de partida libre del yo
y sus deformaciones de lo observado, y por lo tanto guiado por
la impersonalidad del ver de la cámara, de la máquina-arte.
¿Pero aun desde su captación a través del ojo-cámara
no es la imagen ilusión, en tanto permanece la diferencia
entre la realidad dada y la filmada? ¿No sigue siendo
estrategia ilusoria la imagen cinematográfica, como la
imagen-pintura o la imagen-escultura? No. Porque la imagen fílmica
es "alucinación verdadera". Pero esta paradojal
"irrealidad verdadera" no mana desde una mitología
fabuladora, sino desde un nuevo y particular régimen de
lo mítico: "el mito del cine total"; el "mito
del realismo integral" cristalizado por medio de las diversas
técnicas de reproducción (fotografía, fonógrafo). Pero los creadores
de este mito-verdad no son, en principio, los inventores y sus inventos que,
luego, permiten la realización del deseo imitativo del cine.
El proceso fluye de forma inversa: primero es el principio
de la invención, la acción de "los posesos de la imaginación",
como el escritor Villiers de l’Isle-Adam que, dos años antes
de Edison y sus invenciones especula sobre una fotografía
animada. Y también un "poseso de la imaginación", recordado
por Bazin, es Bernard Palissy (1510-1590), el imaginativo ceramista
francés que creó terracotas esmaltadas en relieve con plantas
y frutas (9).
Dentro de la expansión industrial surgen técnicas o invenciones
que son efecto de presiones industriales o científicas. Pero
la invención del cine precede a lo técnico. "Así el viejo
mito de Ícaro ha tenido que esperar al motor de explosión para
bajar del cielo platónico. Pero existía en el alma de todo hombre
desde que vio volar a los pájaros. En cierta medida se puede
decir lo mismo del cine" (10).
La
imaginación anticipa la magia de la reproducción de las imágenes
en movimiento. Es la preeminencia de la pasión inventiva, del
imaginar que intuye una novedad inminente. La obsesión que demanda
que los ojos reproduzcan la evidencia de la realidad del movimiento.
Deseo-obsesión imaginativo e inventivo, cercano a la necesidad
poética de expresar lo real, como vida ya estallada ante la
mirada, antes del primer encuadre de una lente.
II
El
cine como poesía. Lo poético como estado de trasmutación de
la inmediatez prosaica, y la opacidad utilitaria. Este particular
forma de cine arte dominará el ritmo de nuestra meditación hasta
arribar a una idea en torno a la que pretenderemos ensayar un
lúdico rodeo especulativo. Sin necesidad de sumergirnos aquí
en una exploración estrictamente ontológica sobre lo poético,
podemos recordar: desde la brumosidad ancestral de lo antiguo,
la poesía es forma, cadencia, ritmo. Y a su vez detonación sensorial que magnetiza. Hipnotiza. Succiona. El tenor
rítmico
de lo poético se compenetra, ab initio, con lo musical, con lo
auditivo, con el placer que embriaga desde la hipnosis remota
del tambor chamánico, las fiestas dionisíacas, o en el recitado
oral de los versos homéricos por los viejos rapsodas.
La poesía es siempre apertura sensitiva a lo no directamente
presente, a lo no percibido en su presencia. El oído poético hace
audible lo inicialmente silencioso, o la voz no escuchada: la de los
dioses, de las musas, que dicen el ser que sólo entrega por
la palabra parte sus de sus ágatas misteriosas. En el romanticismo
del siglo XIX, Hölderlin
entiende la función oracular arcaica del
poeta (y Heidegger continúa luego desde la comprensión filosófica
ese entender en su conferencia de 1936 Hölderlin
o la esencia de la poesía): el poeta, ab origine, es oído absoluto donde es
la música de la voz sagrada, que habla de los orígenes, que relata
lo mítico, la génesis auroral, la creación divina del mundo como
armónico ritmo del cielo y la tierra.
Una
primera experiencia entonces de lo no percibido por la percepción
poética: la escucha (antes inaudible) del ser.
La poesía es así emanación o irrupción inminente de algo otro que afluye
desde los intersticios o fisuras que ofrece la lógica, el lenguaje
como medio convencional de información, o el tiempo de la existencia
cotidiana. Lo poético es entonces sonido, ritmo, imagen evocadora,
y fuerza magnetizante de metáforas que saltan y traspasan los
límites de lo audible y visible. Pero lo poético no
sólo es escucha de lo inaudible. También ve lo no visible en lo
visible, o percibe una visibilidad que, por su sutileza, es
in-visible para una mirada "natural".
El
poeta (y sus figuras arcaicas próximas: el profeta o el
chamán), ve desde la penetración y no desde el roce o
la confirmación de lo ya visto. El ojo poético traspasa la
apariencia, perfora muros de formas. Ve el cuerpo más
evanescente y profundo en la vida serpenteante. Ve lo real no
visible en lo visible. Y sus imágenes verbales, y más aún, el
encuentro fulgurante entre sus distintas imágenes, es efecto de
la previa inmersión visionaria en la figura secreta de un misterioso
algo
real y verdadero.
El salto
de las imágenes orales de la poesía arcaica era ya así
puente encantatorio hacia una reintegración con una realidad
más vasta que el círculo más estrecho del
mundo cotidiano o "profano". Y la poesía protege la
sorpresa del encuentro con ese algo real como presencia inicial misteriosa. Como fuente
nocturna y no comprensible para el hombre desde su finitud o límite propio. La
intuición arcaica de lo real desnuda a un hombre cuyo rostro
siempre se desvanece antes de toda comprensión plena ( o imposible)
del misterium.
Lo real como presencia, pero como rostro sin figura,
plegado siempre en un margen o lateralidad de lo visible, obsesiona
a constelaciones de cineastas, o pensadores "visuales",
que asumen que lo real sólo puede ser explorado por la imagen
impregnada de poesía. Es decir: por el encuentro con lo no directamente
visible en lo visible.
Ver lo no visible en lo visible. Un ver poético que, en un momento
de comunicación con la historia del cine, se revela como posible fotogenia.
Louis Dellouc introduce el término "fotogenia" desde
una horizonte fotográfico. Este origen lo obliga a una primera
aclaración. La fotogenia no debe ser confundida con su
corteza superficial: con la especial claridad o luminosidad
de un rostro o de un objeto plasmado en la imagen fotográfica.
Dellouc invoca el concepto para empujarlo a una complejidad,
cercana a un enigma indescifrable.
En su amalgama con lo fotográfico, lo fotogénico es intensidad
"que traduce la vida por casualidad" (11). La potencia
de la espontaneidad visual se pierde con la introducción
de la pose, como en la fotografía de los indígenas
norteamericanos practicada a fines del siglo XIX y XX, en Estados
Unidos. Entonces, numerosos fotógrafos convencieron al
indígena para vestir sus mejores atuendos y posar para
fotos que luego se vendían como postales en un mercado
que gustaba consumir el aura exótica de los antiguos
dueños de la tierra. La labor fotográfica de Edward
S. Curtis es un ejemplo paradigmático de esta circunstancia
histórica; lo mismo que las secuencias fotográficas de
H.G.Kaiser, J.H. Britain, Lee Moorhouse, o los hermanos Miles.
El indio posa, colabora con el ojo de la cámara del hombre
blanco, teatraliza la fiereza de una estampa guerrera, la libertad
o la dignidad de tiempos irrecuperables. Pero la pose fotográfica
disipa la radiación vital de la imagen. Por lo que ésta
ya no expresa la vida hallada por el mecánico pestañeo
casual de la lente.
La fuerza de la fotografía se conserva en
las instantáneas, cristalizaciones de un segundo eternizado
que hacen que "de esas impresiones recogidas casi por azar
se desprende una fuerza gloriosa" (12). La complicación
(como negación de una imagen espontánea, azarosa) elimina
el arte. Por eso la aparente simplicidad documental de los noticieros
conserva algo del hechizo de lo encontrado "por casualidad"
por la cámara alerta. Lo espontáneo es potencia superior
a la aparatosidad de la pose o la manipulación escénica.
Por eso la afirmación sin vacilación de Dellouc:
"La belleza no está en la complicación, sino en
la desnudez total" (13). La verdad de lo que es encontrado
sin un exceso de pre-meditación.
Pero es el fascinante Jean Epstein quien desciende
con más audacia en el espesor de lo fotogénico, como posible
manifestación de un cine poesía. Para iniciar su meditación
ensaya primero una "cirugía", una operación
de separación entre los "dos hermanos siameses" que
constituyen al cine como arte e industria cinematográficas.
Epstein entiende ya tempranamente que el cine (como lo entendió
Cézanne respecto a la pintura) siempre es perseguido por el
espectro o peligro de su absorción por lo literario, lo dramático,
la inspiración encorsetada a la historia o a cualquier intención
de exploración geográfica o didactismo moral: "el
cine tendrá que evitar toda relación, que sea desafortunada,
como temas históricos, educativos, narrativos, morales o inmorales,
geográficos o documentales. El cine tiene que tender a convertirse
paulatinamente y al final únicamente en cinematográfico, es
decir, a utilizar únicamente y exclusivamente elementos fotogénicos.
La fotogenia es la más pura expresión del cine" (14).
Aquí se atisba ya la intuición de la imagen como proyección
principalmente sensorial y pre-verbal, que se diferencia de un
cine como medio de lenguaje
de escrituras por signos visuales, como de forma arquetípica
aparecerá en Marguerite Duras o, desde otra perspectiva, en
Pasolini.
La novelista del noveau roman obra un cine de voluntad
independiente respecto a la maquinaria hollywodense de la publicidad
y el mercado. Para la novelista-cineasta francesa, la imagen
nunca puede transcurrir libre de su núcleo palpitante:
el texto, la palabra ordenadora, la palabra como productora
vigilante y censora de un devenir puramente cromático o sensorial
de la imagen.
Para Epstein, en cambio, el cine es tallar un relieve en el espacio
(como ya lo consuma la perspectiva espacial del Renacimiento),
y también en el tiempo. Y si el cine es un lenguaje, sus significantes
neurales no son ninguna gramática verbal sino la lengua en la
dimensión arcaica: "el cine es una lengua". Y como
todas las lenguas en sus orígenes es animista. Para la mirada
cinematográfica, el mundo es el conjunto de las cosas vivas,
no agrupaciones ordenadas de objetos muertos (de objetos utilitarios
como expresión moderna y secularizada de lo objetual sin vida).
Y la restitución, aunque sea parcial, de la cosa viva y misteriosa
es por el acto cinematográfico, por un cine "politeísta
y teógeno", que "no tienen nada que ver con la vida
humana". Y esto porque "...si se quiere comprender
cómo un animal, una planta, una piedra pueden inspirar el
respeto, el temor, el horror, tres sentimientos fundamentales
sagrados, hay que verlos vivir en la pantalla
sus vidas misteriosas, mudas, ajenas a la sensibilidad humana"
(15). El re-vivir para nuestra percepción, de lo cosa viva,
es fotogenia.
Lo fotogénico ingresa así claramente en un régimen continuo
de niveles de trasmutación de lo inmediato, para devolver a
lo vivo su calor y magnetismo hechizante. Cada cosa posee su
vida propia. Su personalidad. La reproducción fotográfica aviva,
captura y libera a la vez el extraño halo fotogénico. Por eso, para Epstein "un primer plano
del ojo no es el ojo, es UN ojo" (16).
La imagen no es sustitución de lo representado. Es misteriosa
prolongación e intensificación de la vida moviente que,
desde "el milagro de su presencia", impacta
el objetivo.
Lo fotogénico como recuperación de la entidad
irradiante de los objetos, de los seres y del espacio-escena,
del espacio-decorado que los involucra, no es recepción
automática pura. Siempre prevalece la mediación de un
específico
modo de ver subjetivo. El plano de un paisaje difiere según las diferencias
de las miradas de los artistas singulares. Un plano panorámico
de un Gance o Griffith, difieren no por el objeto de la observación
sino por la cualidad diferenciada del ver de cada artista. Lo real filmado está allí en su presencia dada. Pero
siempre abierto al toque alquímico, transmutador, del artista
cineasta. Y el tiempo-movimiento succionado por la imagen no es
la huella de una pérdida, de un tiempo que escapa. Por el montaje
el tiempo se conserva, pero como tiempo modificado. Así,
Epstein, manifiesta que la posibilidad
de aceleración o retroceso de lo temporal abre las puertas
a lo real como "realidad festiva", diferente de la
sofocante repetición del tiempo del trabajo alienante, por la imposición
de los clavos de lo mismo y monótono en la corporalidad de
los sujetos sufrientes. Para Epstein, la realidad
social de la mecanización es traspasada por lo poético
fotogénico.
La mediación técnica de la lente, la memoria
del celuloide, fundido con el ver particular del cineasta, puede
penetrar en "la intimidad de las cosas", y recuperar
el mundo como estallido de diferencias, como ebullición de horrores
y bellezas, antes secretas, y que ahora salpican la visibilidad
de la pantalla. La fotogenia re-anima las presencias del mundo,
aprehende su personalidad propia, desnuda su luz magnética,
extraña. Fotogénica. La realidad así re-vista por la
imagen es acto poético. Es inmersión en la "forma
secreta" de los sentimientos, de las colinas del horror
y de la belleza. La fotogenia, como centro de la visión cinematográfica,
es fuerza poética: "La poesía, por tanto, es verdadera,
y existe con la misma realidad que la mirada" (17). Así,
"el cine es el medio más poderoso de poesía, el medio más
real de lo irreal, de lo 'surreal', como habría dicho
Apollinaire" (18).
En las costas del cine poesía lo real comienza
a insinuarse como acción de síntesis entre lo que habita el
espacio, el movimiento de los seres, cosas e instantes, y el
ver del artista cineasta. Ninguna novedad habría aquí:
todo acto artístico es inevitable conjunción sintética
entre las materias de las sensaciones, los colores, las formas que
dona el mundo-vida, y la intervención del artista. Pero
en este acontecer sinérgico, el cine como dominio y producción
particular de las imágenes-movimiento, para Epstein, debe
provocar un estallido, una irradiación luminiscente,
el efecto hipnótico, fotogénico. Efecto que acontece en el
cine de Epstein en La
caída de la casa Usher (1926), obra maestra del cineasta polaco,
y recreación del célebre relato homónimo de Poe. El narrador arriba a
la casa de Roderick Usher. Y lo mismo que en la narración del autor de El
corazón delator, la atmósfera que envuelve el lugar dimana una
misteriosa presencia, una vida secreta que destilan los objetos, piedras, un
pozo de agua, la fachada de la propia casa. Luego, en el texto de Poe, se revela la creencia de Usher
en una correspondencia entre la vida de los
humanos, y las supuestas expresiones inanimadas de lo vegetal y lo mineral.
Usher participa así de una experiencia arcaica y universal: el animismo, que
el propio Epstein continúa abiertamente como núcleo del lenguaje poético cinematográfico. Y efectivamente, en los planos que
enhebran el montaje de su versión del relato de Poe, los lugares, las
presencias inorgánicas, y los primeros planos de las personajes, o los
fundidos de una hilera de velas que acompaña el cortejo que aloja el
sarcófago de Lady Usher en su bóveda sepulcral, exudan una renovada
intensidad "fotogénica". Por lo que el cineasta, que piensa la vivificación de todo lo visible,
le otorga luego visibilidad poética en
muchos de sus hipnóticos y fotogénicos planos. Este efecto de hipnosis
fotogénica es también encendida por Epstein en La
tempestaire (1947). Una tormenta se acerca a una aldea en la
costa del mar. Se aproxima con paso sutil. El viento llega y
abre delicadamente una puerta entreabierta. Y luego, lentamente,
las aguas con sus movimientos de creciente vitalidad felina,
preanuncian la llegada de la tormenta. Largos planos de las
aguas movedizas exhalan un brillo fotogénico, que embruja el
ojo del espectador. Y le hacen percibir el mar, su líquida
versatilidad que golpea las rocas de unos acantilados, como una
presencia viva. Animada.
Una nueva muestra de emanación fotogénica, por la que la imagen
cinematográfica induce un percibir intensidades vitales. La percepción
visual y poética que percibe animadas hogueras (fotogénicas
presencias) donde antes dormían escenografías
desérticas.
III
El cineasta no sólo filma poéticamente. También
su escritura teórica y su pasión pueden ser expresión
poética, donde conviven en equilibro una palabra meditada
por el concepto, pero también iluminada por una llama lírica.
Esta es la actitud de Abel Gance, el creador de Napoleón
(1927), en sus escritos líricos-teóricos, hirvientes
verbos apologéticos de la nueva era de la imagen.
En sus manifiestos, Gance piensa un punto
fundacional para su
cine poesía, una piedra miliar definitoria: el cine es
"música de la luz", y en su luminosidad viven más
vibraciones que en la música tradicional. Como muchos cineastas,
o "pensadores visuales", también para Gance la imagen
se impone sobre la palabra. No como efecto de un combate frontal,
sino por la previa anemia de lo verbal en la modernidad. En
la modernidad burguesa del exceso de lo prosaico, del utilitarismo
y la deshumanización, las palabras naufragan en engañosas
arenas movedizas. "Quien se expresa con las mejores
palabras es el más hábil y no el más sincero, y se llega a creer
menos en las palabras que en los silencios" (19).
Del desbarrancamiento moderno de la palabra no puede escapar
la propia poesía como privilegiada expresión de la vida,
o como principal proa para navegar en aguas nuevas y desconocidas
de belleza. Para Gance, el cine compensa el raquitismo expresivo
de la palabra. Protege un potencial revolucionario. Es
modificación poética del tiempo que domina la vida cotidiana. Esta
acción
modificadora temporal se manifiesta como aceleramiento o retroceso
del flujo temporal. La vejez y trasmutación alquímica de los
metales innobles aspiraba a la reverberación del oro espiritual
del opus magnum o lapis philosophorum. La transmutación visual del tiempo en
la pantalla es "arte de alquimista", como lo es el
teatro para Artaud (20). La imagen trasmuta la
cosa filmada. La purifica. Intensifica su radiación particular.
Libera su vida silenciosa, antes no percibida, como lo sospecha
ya Epstein desde su meditación sobre lo fotogénico: "la
imagen de la vida en la pantalla es más bella que en la propia
vida".
Como todo creador del arte cinematográfico, el montaje exige
una respuesta teórica y una solución práctica. Para Gance, el
artista conserva su vieja identificación con el puntilloso
trabajo del artesano, del artifex medieval. En momentos discontinuos,
en la dispersión de la obtención concreta de tomas y planos,
la cámara imprime en el celuloide la variedad de partes o retazos
de la temporalidad, y de las figuras que la habitan. El montaje
es directo trabajo artesanal, un humilde obrar que desciende
desde grandes ideales estéticos preconcebidos para soldar y reunir
los miles de partes-retazos de la realidad absorbidas por el
ojo de la lente. La soldadura de las partes discontinuas de la
filmación es el lento y artesanal camino "para crear una
‘superrealidad engañosa’ más intensa que la auténtica".
El montaje es reunión de destellos vitales diseminados para
reordenarlos en un movimiento con un crescendo que ignora el
teatro.
El cine modifica nuestro acceso perceptivo a la realidad.
Por eso, "el cine dotará al hombre de un nuevo sentido":
el de "escuchar por los ojos". Se hará así visible
una "versificación luminosa". Se podrán
ver las palabras-sonidos que liberan la luz. Lo que parecía sólo destinado al ojo se convierte
también en lenguaje auditivo.
En una integración o sinestecia semejante a que la que proponen
las conferencias de Kretzschmar que Seremis Zeitblom, doctor
de filosofía, interpola en El doctor Faustus, de Thomas
Mann,
donde el oído musical también aprenderá a ver la música
mediante la recuperación de su matriz gráfica,
de su condición de escritura pentagramática inicial.
La luz no sólo es visibilidad física; es también extensión
e inclusión de un lenguaje musical (el de las palabras
y de los sonidos de pájaros y el viento) que podrá ser
escuchado
por los ojos.
Y otro poder de la luz, es para Gance, el de la re-petición
de lo pasado.
El pasado regresa como "resurrección luminosa".
Las mitologías, las leyendas y religiones, todos los grandes
personajes históricos, esperan su "resurrección
luminosa" en la pantalla (21).
Y el cine es, asimismo, un volver al lenguaje ideográfico
antiguo (distinto al lenguaje fonético contemporáneo, que acaso
secretamente promueve su asfixia o debilitamiento por su divorcio
y abstracción entre el signo y la cosa verbalizada).
El lenguaje ideográfico regresa con una nueva forma: los
jeroglíficos,
las escrituras primitivas. Es la restitución del primario efecto
de la imagen, de lo sensorial sobre lo conceptual; o, al menos,
su integración en términos de equilibro, y no de la sujeción
lingüístico-estructural del significante respecto
al significado. Y la novedad de la expresión cinematográfica
será un arte total, la efusiva integración de varias artes como
en la obra de arte total wagneriana (Gesamtkunstwerk).
Si el cine es "música de la luz", en la continuidad
del teorizar de Gance, en su texto "La armonía visual se
ha convertido en sinfonía" (1954), es esperable una
profundización
de la compenetración entre lenguaje fílmico y ritmo musical
en un sentido estricto. El cine introduce el ritmo en la vida
recibida por la lente; la intensifica por el "montaje rápido",
que Gance inventa en La rueda; obra en la que, con "rapidez
creciente" y "ritmo imprevisible", el montaje
oficia como contrapunto visual (equivalente al contrapunto musical). Por eso: "un gran film debe ser concebido como una
sinfonía"(22).
Es "orquesta visual", pero restringida en un principio
a los límites de una superficie angosta. Por lo que Gance crea
la "triple pantalla". Así, la armonía visual se transforma
en lo sinfónico visible en la diversidad de tres micropantallas dentro
de una pantalla común. Por esta vía el cineasta poeta configura
un tríptico donde la proyección ocurre en tres pantallas a la
vez.
La música sinfónica se plasma en la pantalla, y el choque de
dos o varias imágenes libera "el don de la ubicuidad",
dado que se suprime la noción de tiempo y espacio comunes, y
entonces nos "encontramos en todas partes y en todo lugar
en la misma fracción de segundo" (23). La polyvisión
(equivalente a la música y la polifonía del siglo XV) desplaza
la narración fílmica a un estadio secundario. Otro ejemplo
de la necesidad de desligamiento o liberación del cine
de la narratividad lineal, literaria. A su vez, la superación
de los modos tradicionales del ver y el pensar por la magia
musical y luminosa del cine detona nuevos mundos, sublimes, poéticos. El cine genera
así una "autentica curación del
alma", en tanto nos emancipa de la servidumbre de un mundo
único y clausurado en sus repeticiones cosificantes y empobrecedoras.
En la exaltación romántica de Gance, lo cinematográfico
exuda entusiasmo. Y un "arte colectivo", una
trasformación
o elevación de la sensibilidad social. Una nueva alianza
entre arte y fuego transmutador de la medianía cotidiana: un
excitador de potenciales elevadores de la vitalidad popular,
que Gance evoca desde el joven Nietzsche en su El origen de
la tragedia.
El cine entonces no será narración ni entretenimiento,
o nuevo recurso técnico para un archivismo de documentos históricos
filmados; o para sumar el nuevo elemento de la reproducción
del movimiento a la extensa vocación reproductora de lo visible
en la historia del arte. El cine no trascenderá su sujeción
a la conservación de lo pasado o la narratividad literaria
si no disgrega la pesadez, que fija a lo inmóvil. Aun
cuando la imagen fílmica fluya en su movimiento propio, la acosa
el tumor de una paradójica "movilidad inmóvil", cuya
ausencia del movimiento real la despoja del poder de ampliar
la percepción. El movimiento cinematográfico sería así
sólo un nuevo medio formal de repetición o variación
de las experiencias recibidas. Su potencial alquímico,
transmutador, sólo es asegurado por la imagen que vuele con
"las alas de las poesía".
IV
El arte
no esperó la aparición del cine para duplicar o prolongar el
movimiento. La propia lengua, por su parte, continúa la sucesión
temporal desde el movimiento que une los términos de toda estructura
gramatical. La poesía escande sus efectos por una imagen imprevista,
instantánea, efímera; pero también por la acumulación de un efecto
emotivo, mediante la sucesión en el tiempo del verso recitado. La
literatura,
primero ágrafa, luego impresa, relata los momentos particulares de
una historia. El cine puede potenciar su nueva y específica
captura del movimiento, o puede reducirse a literatura o drama filmado.
Por eso
Robert Bresson enfatiza la distinción entre cine y cinematógrafo.
El cine reproduce un drama-movimiento, una narración coherente sin
exhalar nuevos o inesperados aromas. El cinematógrafo, por el
contrario, no narra, o sólo lo hace en su epidermis delgada,
superficial, no revelante. El cinematógrafo elude la inmediatez de la
expresión. Y ejerce a su manera una escritura visual, pero de
imágenes asignificantes carentes de entidad propia. Las imágenes del
cinematógrafo
(por más potencia metafórica que se le pretenda atribuir) se
singularizan desde su relación con otras imágenes dentro del montaje.
El montaje como un arte de relaciones entre las imágenes es afín al humus del
estructuralismo lingüístico sausurriano, y a la lengua como sistema de relaciones entre los signos.
Ningún
signo significa por sí. Lo significativo es el efecto del cruce de los
signos. Por eso, para la estética bressoniana, ninguna "imagen bella" por
sí
sola puede concentrar el
poder de la expresión fílmica. El cinematógrafo no admite la
introducción de lo fotográfico como imagen de relativa
independencia y dotada de un valor autónomo, diferenciado respecto
al resto del fluido de planos y tomas. Ninguna imagen por sí
sola puede desmadejarse de la unidad relacional de la obra. El montaje
impide el peligro de las
imágenes singulares, ávidas de desprenderse del flujo orgánico del
film. Por eso: "Película de cinematógrafo en la que las
imágenes, como las palabras del diccionario, no tienen poder y
valor más que por su posición y relación" (24).
En
Bresson, el
montaje aspira a la simplicidad y la austeridad. Sin ser devorado
por las exigencias a priori de la fidelidad a una historia, a una
narración de estricta y sucesiva coherencia gramatical, que
"analiza y explica". El cineasta entonces pretende una: "Película
de cinematógrafo en la que la expresión se obtiene mediante
relaciones de imágenes y sonidos, y no mediante mímica, gestos, y
entonaciones de voz (de actores o de no actores). Que no analiza ni
explica. Que recompone." (25). El montaje en el
cinematógrafo recompone, re-une, las imágenes encontradas
sin pretensiones de una explicación que descubra de formar narrativa o
racional un sentido.
El cinematógrafo narra, pero no es narración en sí. Cuenta, pero no es esencialmente
relato. La cadencia
de las imágenes no es la nervadura de lo dramático, de la historia, de un
significado inteligible. La imagen-relación del cinematógrafo no es
ilusión tridimensional en la pantalla bidimensional a los efectos de
cristalizar una narración. Es una forma especial de exploración
de lo real. De ahí su afinidad, no directamente apreciable quizá,
con los antecedentes del cine de vanguardia alemán o francés de la
década del 20', o con
el arquetipo más rotundo del cine experimental contemporáneo: Stan
Brakhage.
Si el
cinematógrafo es fuerza exploradora, es salto que espera una
novedad inesperada en el tiempo. Un salto y apertura de naturaleza poética.
Y como en la fenomenología originaria husserliana, o como en la
variante más contemporánea a Bresson, en la fenomenología de la
percepción de Merlau Ponty, el cinematógrafo es la conciencia que
busca ir a las
"cosas mismas". Y aquí la conciencia del cineasta,
enfundada en su prótesis de la lente-cámara, de la maquina visual y
sensible, se abre a lo inesperado que se esconde en el devenir.
Por eso en el centro de la estética de Bresson prevalece la noción
de encuentro, tal como lo sugiere el análisis de Aumont en su
Las teorías de los cineastas (26). Por
eso, el cinematógrafo no es recreación visual de una historia
preescrita. Es escritura de signos visuales siempre abiertos a un
encuentro, al acontecer de una fulguración que parcialmente
restituya algo de lo real desconocido que palpita ahí,
frente y en derredor de la mirada. Así no hay que buscar. Hay que
esperar. Y "atrapar instantes. Espontaneidad, frescura".
Espontaneidad por la que el cine se autoexhorta: "No corras
tras la poesía. Ella penetra por sí sola a través de las
junturas" (27). Por lo que el rodaje debe ser
plasmado desde una cierta ignorancia, desde un conciente des-conocimiento
de lo que pueda emerger ante la cámara. La película así se
autodescubre en su rodaje. Y la cámara puede encontrar, asimilar,
absorber lo que se sustrae a la pobreza del ojo humano: "Lo que
ningún ojo humano es capaz de atrapar, lo que ningún lápiz,
pincel o pluma es capaz de fijar, tu cámara lo atrapa sin saber
qué es y lo fija con la escrupulosa indiferencia de una
máquina" (28). El acceso a lo real se consuma nuevamente, como en
Bazin, desde la impersonalidad de la lente y su libertad respecto a las impurezas o ansiedades de la mirada
humana.
La película del cinematógrafo no es así la obra que ya se dona en la clausura de su forma como en el sueño
apolíneo. El sueño en el que, según el joven Nietzsche de El
nacimiento de la tragedia, el escultor apolíneo recibe la obra ya como
imagen de una forma perfecta, para luego introducirse en el mundo mediante
el trabajo del artista sobre la piedra. El aparato técnico que la historia y el desarrollo de la ciencia
entrega al cineasta es sólo un ojo desnudo para abrirse a "la espera de lo inesperado". Esto hace compresible que el "rodaje es situarse en
un estado de ignorancia y curiosidad extrema..."; y entonces se debe:
"Rodar de improviso, con modelos desconocidos, en lugares
imprevistos capaces de mantenerme en un estado de alerta"(28).
Así, cámara y
ojo humano se confunden en un dispositivo técnico-poético por el
que es posible atrapar en "un relámpago, cuanto de nuevo e
imprevisto ofrece todo lo visto".
La
fusión
lente-retina y la sensibilidad óptica de la cámara es la
nueva mediación, desconocida en la historia anterior del arte, que trae
la gran diferencia, artística e histórica a la vez, de captar lo que al ojo humano se le sustrae.
En el
devenir de lo real centellea una verdad que puede desplegarse y entregarse.
Pero que no es la verdad de entidad social como en el neorrealismo
italiano, sino un acontecer inesperado que brota por vías oblicuas. La verdad se manifiesta
así por saltos, intermitencias,
sorpresas que se erizan en el oleaje del flujo temporal. Caminos de irrupción
siempre laterales, como en la poética de Artaud y su poco conocido
relato El cristal del amor (29).
Y otra
coincidencia significativa con el autor de los Manifiestos del
teatro de la crueldad es que el rodaje como acto cumbre de
realización artística en el cine, y la puesta en escena ( como su
equivalente en el acto teatral) no son un medio para conferirle un
habla al sujeto, para el decir de los personajes fraguados por un
guión, para la escenificación de la inventiva dramática del escritor. El
rodar (en el cinematógrafo bressoniano), o la puesta en escena (en la
estética artaudiana), es apertura al encuentro. A un
des-cubrimiento de una sensación o intensidad antes no
percibida.
Así,
por la
imagen del cinematógrafo lo real, antes que por la subjetividad del
artista, es lo que se expresa a sí mismo. De ahí los paralelos señalados por Aumont
entre la teoría de Bresson y los críticos del cine donde también la
imagen es recepción sensible de un destello de realidad (como en
Bazin o Tarkovski).
Pero si
el cinematógrafo se debe sólo al abrirse al encuentro con lo inesperado,
¿cuándo acontece el encuentro con lo
encontrado? El criterio de reconocimiento es poético: el encuentro
se reconoce por su eficacia: "se reconoce lo verdadero por su
eficacia, por su potencia". Por su índole de
fulguración otra, disonante con la imagen que reproduce sólo lo ya conocido. El encuentro es la gacela de la
poesía que, en
un solo acto, enhebra sutileza y potencia para desnudar intensidades
atípicas entre continuidades homogéneas.
Por eso, un encuentro filmado es acto poético.
Y
la
imagen cinematográfica es apuesta (casi en su sentido pascaliano)
del
encuentro con lo real como ajeno o independiente de una construcción
puramente humana de signos.
A través del cinematógrafo puede obrar entonces el encuentro con lo real extraño,
el acontecer de un relampagueante instante saturado de valor.
Pero lo encontrado nunca es desnudez y presencia
constante. Como en el pensar heideggeriano de El origen de la obra
de arte, donde el ser palpita en el vaivén de lo que se oculta y
desoculta. Un des-ocultar que es fugaz. Pero decisivo en sus
efectos. En su salir afuera. Un afuera como escenario para el
imprevisible y no augurable encuentro con el ser (30). Por múltiples
facetas del cristal occidental del cine (lente cristalina
bressoniana en este caso), se roza la intuición zen, que siempre supo que la mejor forma de
encontrar es
no buscar.
Sólo para los ojos y oídos abiertos y alertas, sopla el viento de lo distinto.
V
La
imagen y su prisma es quizá enfriado por su teorización. Pero
sólo así, por la mediación de una teoría reanimadora, la no
evidencia del sentido de la imagen cinematográfica descubre su
posible condición de lenguaje que crea sentido. En este
borde de un acantilado, comienza la meditación de Pasolini
sobre el desafío de la comprensión de un cine-lengua, de un
cine como tejido específico de signos, como trama semiológica.
En
su ineludible Discurso sobre el plano secuencia, o el cine
como semiología de la realidad (1967) (31), Pasolini piensa esa
dificultad: el cine como posible lenguaje de la realidad. Sus
profundas inquietudes intelectuales, su compromiso marxista sui
generis, y su particular creación cinematográfica se
concentran en una costa final: en un cine poesía que es a su vez
deseo utópico. Pero, poco antes de la muerte del artista
mediterráneo, acepta la distancia del sueño utópico respecto
a la realidad histórica signada por una burguesía sin
reticencias en el momento del estrangulamiento de los cuerpos
explotados.
En su Discurso... antes aludido, Pasolini medita desde un hecho histórico
puntual: el asesinato de John F. Kennedy y la traslación de
este hecho al celuloide. Un testigo de los sucesos, dotado de su
cámara, rueda en 16mm un plano-secuencia de la muerte del dueño
del sillón presidencial norteamericano. El operador no elige
los ángulos visuales. Filma sólo lo que al objetivo se le
presenta.
Pero
la aparente objetividad de la captación de la cámara es
mediada por un sujeto. El tiempo del plano-secuencia siempre es
"toma subjetiva infinita" del presente. Si se hubieran
dado no una, sino varios films paralelos de la muerte de
Kennedy, lo infinito de la toma subjetiva habría provocado
"una multiplicación de presencias". Pero aunque la
realidad se muestre en varias facetas, siempre su mostración es
pobre. Siempre "la realidad no habla con nadie más que
consigo misma", mediante un lenguaje de la acción, no simbólico,
que destella en lo presente. Dicho presente, potencialmente, es
susceptible de infinitas tomas-subjetivas y planos-secuencias
rodados desde distintos puntos de vista. Una multiplicidad
simultánea o paralela de angulaciones con zonas de convergencia
con el cubismo. El montaje, al buscar la coordinación de los
distintos niveles del lenguaje de la acción (el Kennedy
asesinado junto con las acciones del asesino, o junto a los
espectadores del estallido cerebral del presidente ultimado),
genera la sustitución de la subjetividad por la objetividad del
film. Pero el
cine, el verdadero cine, es "infinito plano-secuencia";
es estado sensible de alta y constante receptividad de la vida, que se
encuentra con nuestros ojos y oídos
( afluencia que sólo concluirá, como enseguida se verá, al
final de una vida).
Entonces el
cine y el film son distintos (en sincrónico paralelismo con la
distinción bressoniana entre cinematógrafo y cine). Por el
montaje, el film convierte lo que originariamente es un
presente en pasado. Y el lenguaje de las acciones coincide con
la acción humana. Y cuando el hombre tiene futuro, está
aún inexpresado, es una incógnita, que sólo se cierra o
aclara con la muerte: "La muerte lleva a cabo un montaje fulmíneo
de nuestra vida; o sea, secciona sus momentos verdaderamente
significativos" (32). Así, el
presente, antes no descriptible lingüísticamente, se hace
escritura por el montaje que escribe, ordena,
clausura, y fija los fragmentos infinitesimales que absorbe la
lente mediante los planos-secuencias.
Y el lenguaje cinematográfico, como cine-lengua, irradia
características particulares: no pertenece a ninguna sociedad
particular, por ser universalizable; no posee un diccionario,
una gramática propia: parte de los objetos y los significantes
ya dados por el mundo que se agotan o cambian cronológicamente
según la trasformación de los objetos que entrega la historia (
y que generan así nuevas entidades que fecundan la composición
escénica, desde los automóviles de la tecnología auroral y
primaria de la década del 20', hasta los aviones a chorro o
nuevas arquitecturas de las urbes modernas). El lenguaje del
cine entonces no se ancla en una estructura fija; es
variabilidad histórica. Y el cine es la expresión "de la
realidad por la realidad", de la vida. Es "el lenguaje
escrito de la realidad como lenguaje". En la reflexión
pasoliniana, el cine se contonea en un primer gesto de mera
reproducción; pero luego es lengua por la que se escribe la
realidad; y, por último, es la necesidad de una semiología
general, que nutra una elucidación sobre el sentido de los
signos de la lengua-cine.
El
cine es original, o idealmente, "plano secuencia infinito"
que absorbe la realidad en sus murmullos y oscilaciones
inarticuladas. El cine, por eso, es diferente de la película.
El cine, como tal, es percepción, absorción de lo
indefinido, de la amplitud múltiple de lo sensorial de la
realidad percibida; mientras que la película es la obra que se
clausura, que fija, monta, interpreta, ordena. La realidad, no
verbal en principio, deviene luego lenguaje verbal. Y, a
posteriori, el cine suma otra dimensión de lenguaje:
"la lengua escrita de la realidad" que, esencialmente,
es "el lenguaje de la realidad imaginada" (33).
En
el cine confluyen la oralidad (las palabras, y por tanto su implícito tejido de sentidos conceptuales), y el sonido. Por
eso, se acerca al lenguaje de la poesía donde el sentido
discurre en una versátil y sensible interacción con la
modulación sonora: con los acentos, las variedades de la pronunciación, con sus crestas ascendentes de
énfasis, y sus declives de voces tenues o susurrantes. El juego de estas
variaciones es la esfera de lo rítmico. Y el ritmo, las
modulaciones o variaciones del decir de la oralidad, o de la
sonoridad, le confieren al cine su particular cadencia poética.
Y el tiempo en principio inmediato de la vida, es también fina arena modulable. Por eso, el
tiempo-cine es tiempo rítmico, un tiempo modificado cimentado sobre ritmemas,
y los signos de la lengua-cine. Y la apertura a los voltajes psíquicos
irracionales, la apertura a lo onírico, los saltos de la memoria (
y su trasgresión de lo inmediato del presente), la conciencia o
vivencias íntimas de los personajes, acogen los imsignos. Los
imsignos como expresión
subjetiva y poética de la imagen.
El
cine nunca rompe su lazo umbilical con la vida. Es su particular
prolongación lingüística. La vida encontrada por la lengua
del cine recibe un sentido del hombre que, en cuanto creación
de sentido, es acto poiético. Póiesis.
Pero
el artista itálico de un cine poesía nunca se distancia de una
imaginación de puentes políticos hacia la trasformación de la
cultura. No duda en liberar su criticas mordaces sobre el
comunismo de su tiempo; pero tampoco vacila en proclamar su
empatía con la crítica marxista de la sociedad; como también
lo hace Godard o, desde la filosofía y el ensayo, la Escuela de
Frankfurt; adhesión tambiÉn proclamada desde las arenas del
surrealismo y las pinceladas mexicanas de Frida Kahlo o Diego
Rivera.
Luego de su establecimiento en Roma, en 1950, Pasolini navega en
sus lecturas marxistas y recibe la influencia de Antonio Gramsci.
Pero confía en los campesinos y los pobladores de los
suburbios, más que en la clase trabajadora, como fuerza de
cambio social.
Thomas
Mann entona la elegía de una burguesía espiritual colapsada. Su
canto de cisne es Muerte en Venecia. Los últimos
estertores de una burguesía estetizante (de raíces en el gótico
medieval o en la reforma) desde cuya sombra trepa finalmente la
hiedra de la burguesía capitalista y sus tentáculos que
sustituyen hábilmente el fascismo explícito por la sociedad de
consumo, el mercado y sus estrategias manipuladoras. El artista italiano teme entonces la
final identificación del hombre burgués (en su fase
capitalista descarnada, ya sin ningún resto de permeabilidad
hacia lo no utilitario) con la propia condición humana.
Por
eso, la elección temática en el cine del herético italiano es
ya nítido posicionamiento político. Sus círculos de temas
giran en derredor del desafío, burla y repulsión de los valores burgueses
dominantes. Y el arte debe poseer un
compromiso moral. La primera ancla ética del cine de Pasolini
se asienta en la corriente neorrealista,
con Acattone (1961), o Mamma Roma (1962). La
narración atraviesa la pobreza del proletariado y
de la juventud ensombrecida de los suburbios romanos.
En sus Escritos corsarios, Pasolini, ensayista y crítico
de la cultura, introduce la diferencia entre desarrollo y progreso. El
desarrollo es triunfo del brío acumulador de bienes
materiales y del consumismo displicente, que disuelve el progreso
como acceso a una real igualdad en derechos políticos y
satisfacción económica. El progreso, como
molino de elevación espiritual, es sustituido por el hedonismo consumista. El economicismo de la
existencia produce una aculturación. Una pérdida de los
valores tradicionales de la cultura popular italiana vinculados
con la veneración de la tierra (actitud de ancestral raíz
pagana); y con la apertura al poder de la naturaleza, como presencia que abre la conciencia a una existencia no atrapada
por el único goce consumista. Por eso,
Pasolini nunca dudó en declararse hombre del pasado,
continuador de una tradición renovada (como también pregonaba
Stravinsky en su relación con la tradición musical en su Poética
musical). Es el Pasolini que, desde su poética, en Poesie
mondane, declara: "Sólo en la tradición está mi
amor. Vengo desde las ruinas, desde las iglesias, desde los retablos
de altar, desde los pueblos abandonados sobre los Apeninos, o
los Prealpes donde vivieron mis hermanos".
La tradición es fuerza del pasado renovado si es asumida
concientemente, y no repetida pasivamente como hábito vacuo. Por el
retorno a la tradición trágica judeo-cristiana o griega, por
lo medieval o lo oriental, Pasolini suda los planos de su
narración visual que, desde su núcleo ético y simbólico, lanzan
flechas indirectas, laterales, contra el propio tiempo.
La inspiración en un plexo de diversas tradiciones también es
posible medicina contra el etnocentrismo de la cultura
moderna occidental, contra su ilusión de ser cumbre última de las
civilizaciones. En el desmontaje de esta ilusión es especialmente
gravitante el regreso a lo medieval (lo medieval de la
prédica de dos entusiastas frailes franciscanos en la
maravillosa comedia Pajaritos y pajarracos (1966), o Los cuentos de
Canterbury); a lo griego antiguo; o a la mirada que se propaga
al Oriente (en Las Mil y una noches), o a África (en la Orestiada
africana).
La lente pasoliniana recrea el conflicto entre el eros (el deseo
de continuación de la vida), y el thanatos, la muerte, que
Cristo asume libremente, no por mandato divino, en El evangelio según
San Mateo. Recorre la tragedia, con su fatalidad y el
doloroso reconocimiento de la verdad en Edipo rey; y revive el mito de
Medea (inmersión fílmica en lo mitológico griego sobre la que
volveremos especialmente enseguida). Y crea su "trilogía de la vida":
El decamerón, Los cuentos de Canterbury, Las mil y unas noches.
Distintas salidas extra-muros de la sofocación represiva de lo
burgués; salidas al oxígeno de lo primitivo, no como estéril
regresión a una libertad tribal arcaica disecada, sino como
anhelo de un materialismo sensual (en una replica visual al
pensar marcuseano de una sensualidad liberadora en Eros y
civilización). Un materialismo que, en su relación con la
idea de lo material, como origen de lo vital, asume lo dialéctico
(hegeliano y marxista) como trasformación cualitativa y
elevadora de la vida. E integra la dimensión histórica del
arte que debe combatir dentro de un
contexto histórico concreto desfavorable. El deseo de la
trilogía de la vida es animar una utopía distinta a lo utópico
originario en la modernidad construido desde los grandes
discursos refundadores y purificadores de una sociedad corrupta
(como La utopía de Thomas Moro, o La ciudad sol
de Campanella). La recuperación de los cuerpos, como
superficies de espontánea sensualidad, de erótica inocencia,
libre de los ramalazos alienantes del mundo burgués se le
revela a Pasolini, al final de su vida, como imposibilidad
histórica, como utopía desangrada. Su eficacia política sólo
late en un quejido desesperado. Sólo lo que queda es el legado de
un cine excitador de una crítica social. Un fiordo final y áspero que, a pesar de su impotencia para la
transmutación de lo histórico subyugado por una burguesía triunfante no pierde,
quizá, parte de su poder como memoria de la otra percepción de
lo real que libera lo poético.
Pero en su amargura pesimista final, Pasolini abandona la evocación
nostálgica y, como en Teorema (1968), taladra en la
perturbación conflictiva dentro de la realidad burguesa devenida
praxis carcelaria. Y, en su última obra, Saló o las 120 veintes
días en Sodoma, funde la opresión fascista y su
último símbolo: la República de Saló, en 1944, y el placer de la
perversión sádica que veja e invade los cuerpos. Metáfora de la
invasión cruel y destructora que, por la coacción física y
económica, tortura al individuo reducido a víctima. El cuerpo ya no podrá sumergirse así en aguas frescas para
la liberación del instinto, sino gemir como carne agredida por un
poder opresivo.
Ejemplo
de esta dualidad de la pérdida, de la utopía derrumbada y de
la fuerza de la memoria de otra posibilidad de existencia fluye
en Medea. La crítica
lateral
de Pasolini respecto al carcelario mundo moderno burgués motiva,
como ya aludimos, la elección de los temas de sus films.
Invocaremos la Medea pasoliniana como latido ejemplar de esta
estrategia. Pasolini apela al mito del vellocino de oro, de Jasón y Medea, para cristalizar su oblicua mirada deconstructiva
de la modernidad del materialismo burgués.
En su Medea, Pasolini continua el mito originario y no recrea
con apego lineal la tragedia de Eurípides. No hay adaptación o
recreación en un sentido estricto de la obra euripidea, sino convivencia de la Medea
pasoliniana, de la tragedia clásica y de la matriz mítica
arcaica. La obra del cineasta adquiere así su autonomía con su
propia lógica simbólica.
Desde las fuentes del mito, Pasolini revive la voz del centauro
Quirón, maestro de Jasón, como sabiduría o conciencia de un
estado pleno de cultura (la del mito arcaico) y de su demolición o derrumbe. Frente al poder desacralizante de lo natural,
el centauro Quirón, maestro primero del niño Jasón, afirma con certeza:
"¡Todo es santo!". En la naturaleza no hay nada
natural. Lo "natural" como lo reducido a la
repetición mecánica de los fenómenos; la naturaleza como
máquina previsible. Cuando la naturaleza sólo sea "natural", aclara Quirón,
se iniciará el adiós al cielo, al mar, a la aspiración de lo
divino. Será el eclipse del
mundo como presencia poética. Pero, antes de su partida, cada dios
mora, deviene y reposa en alguna parte, en alguna escama o
detalle de la materia. Sólo cuando los dioses se retiran, como
lo canta en tonos elegíacos Hölderlin, o como lo piensa desde un
pensar rememorante Heidegger, la naturaleza se diseca.
Pero la
infancia de Jasón no es aún el momento de ese vaciamiento. Por
eso, el sabio centauro le pide a su alumno que contemple el mar.
Para que experimente que allí no hay nada "natural".
Las aguas son todavía una aparición. Una epifanía. "En cada punto
hacia el que miras está escondido un dios, y si no lo está, ha
dejado una huella de su presencia sagrada", asegura el ser
híbrido
de cuerpo humano y caballo.
Tal como lo ve nuevamente Hölderlin,
un poder ígneo tan poderoso, la intensidad de los dioses, no puede
desaparecer sin dejar huellas.
Pero ya en la mística empatía o integración del hombre
arcaico con su entorno, brotan los cascabeles de la
perturbación. Quirón no desconoce la contradicción, la
ambivalencia, que afecta a los propios dioses, que aman y odian.
Y le enseña, a un joven Jasón ahora, que el mito es la única
visión
de lo real. Únicamente el hombre mítico es realista. Porque, por el
mito, descubre y sabe que todo es una perfecta unidad. Y el hombre
moderno se repliega en su intimidad, en su agobio endógeno; sus
emociones más complejas se comprimen en su psiquis. El hombre
arcaico, en cambio, experimenta aún una emoción exógena,
encendida por el roce del espacio, por la contemplación del
cielo, por un vivir todavía abierto al mundo. La contemplación del
cielo para el hombre antiguo es emoción ante lo cósmico. El hombre moderno,
por el contrario, sólo
experimenta la emoción como efusión íntima, personal, fuera de un estímulo
natural o exterior.
Quirón celebra el poder del ojo mítico del mundo. La naturaleza es
aparición, fuego recién nacido, es re-nacimiento
luego de la extinción de una vida individual o del cumplimiento de
un nuevo ciclo de las estaciones. Luego del invierno y su muerte
del fruto, la resurrección primaveral. La vida que siempre resurge. Pero el
centauro conoce la plenitud mítica y su pérdida. Por eso, bajo su
primera aparición con fisonomía únicamente humana, le adelanta al
ya joven Jasón el derrumbe de lo mítico, en el que él es uno de sus
protagonistas porque no sabe ya comprender la lección definitiva de
la vida: la vida como resurrección. Entonces para Jasón, y su
futuro mundo de una razón calculadora, ya no hay dios.
Pasolini recrea después el mito
clásico de Medea y Jasón. Jasón arriba al reino de Yolco para
recuperar el poder que su tío Pelias le arrebató a su padre, Esón.
Jasón reclama el reino y Pelias impone como condición para la
devolución del poder la
conquista del vellocino de oro en las tierras del rey Eetes, en la
ciudad de Ea, en Cólquide. Y entonces acontece el
viaje de las argonautas (embarcados en su nave Argos), y la conquista de la piel de oro de
carnero, capaz de asegurar el poder a un gobernante. En el mito, la
obtención de la mágica piel dorada (también posible símbolo de
la sabiduría) sólo es gracias al auxilio de la maga Medea (una exuberante María
Callas).
La geografía, las locaciones del rodaje, en Irán, Yemen, Etiopía,
muestra montañas plagadas de cavidades naturales. El vestuario
multicolor y la música oriental, rítmica, y los cantos ancestrales
e hipnóticos de las mujeres búlgaras, pintan una absorbente
atmósfera primitiva, mágica, rústica.
Y
en este paisaje Medea actúa como mujer maga, hija del rey Eetes, discípula de la diosa Hécate y
emparentada con la también maga Circe. Y Medea, luego de un rito de
purificación del fuego, y de un rito fertilizante del que luego
hablaremos, dentro de un templo, contempla la aparición de Jasón.
Y cae derrumbada como traspasada por una visión. Es la expresión
de la belleza, encarnada en el visitante griego, que la embelesa,
como una posible experiencia de encuentro con lo sagrado, distinta a
la vía de la liturgia ritual. Es la belleza que, como en el Symposium
platónico, es escalera hacia una altura trascendente. Pero es
también el inicio de la pasión amorosa de la mujer Medea por el
hombre Jasón. Pasión que obnubila a Medea y que, luego de
arrebatar el vellocino, la lanza a la fuga con el
griego. Y mata después a su hermano, y desparrama sus restos para obligar
al ejército de su padre a retrasarse en la recuperación de los
despojos mortales. A partir de entonces, Medea se convierte en
personaje trágico, gobernado por la autonegación de su esencia
más originaria.
Primero es la Medea como sacerdotisa, hija del rey, protectora de lo
sacro, como protagonista del rito que contribuye al crecimiento de
las semillas, a la reaparición de la vida. Una resurrección que es
estimulada por el sacrificio humano. El sacrificado dona su sangre,
y partes de su corazón, para que sean sembrados junto a las
semillas que renacerán con más fuerza por la fertilidad mágica de la
sangre. Por el ciclo natural de
la renovación vegetal y por la participación ritual del
hombre, la vida es resurrección perpetua. Y dentro del rito el
pueblo insulta y escupe a Medea y su hermano, como parte del
estallido del caos que es regreso a lo caótico original desde donde
renace la vida. Medea es primero
custodia de ese mundo ritual y de creencias en fuerzas mágicas y
divinas, que regeneran la vitalidad.
Pero,
luego, ella es la que violenta la vida (por la traición a su tierra patria
en la que fue parida, y por el inicial asesinato de su hermano, y la
posterior matanza de sus hijos). Y Medea sigue entonces a Jasón, lo acompaña hasta Yolco, bajo el
reinado de Pelias. Y es aprisionada por el exilio. El exilio en tierra
griega que sufre Medea prefigura la alienación moderna respecto a un mismo
referente: la naturaleza. Por eso Medea vaga por una tierra
resquebrajada; y pide a la hierba, a la piedra, que le hablen. Pero
el lenguaje de la comunión humana con la naturaleza se
desvanece. Por eso, Medea llama a la tierra, y ésta ya no le responde.
Y, al poco de desembarcar en tierra griega, se produce una
inversión. Lo griego es aparentemente lo civilizado, a diferencia
del mundo bárbaro, arcaico, del que procede Medea. Pero la mujer de
lo antiguo descubre horrorizada que la tierra helena no tiene peso,
no tiene centro. Y Jasón y sus hombres se revelan como sujetos
indiferentes al mundo de los ritos, los juramentos o la mirada de
los dioses. Antes, no tuvieron inhibiciones para saquear un templo
en pos del oro. Jasón, como lo había advertido ya Quirón, es el
sujeto de lo utilitario, lo racional, del desinterés por lo ritual
y lo poético. Jasón, y su mundo griego, es en realidad lo
bárbaro.
Luego, Jasón y su esposa serán desterrados a Corinto, donde
gobierna Creonte, y donde resplandece su bella hija Glauce (que
luego morirán bajos los ungüentos mágicos de Medea). El nuevo
exilio es consecuencia de la muerte de Pelias por una estratagema de
la nativa de la Cólquide (que hizo creer a sus hijas que si
descuartizaban a su padre y lo arrojaban a un caldero, éste
renacería rejuvenecido; un renacer que por supuesto no se produce).
En la ciudad en la que gobernó Sísifo, Jasón busca casarse con la
hija de Creonte. Jasón es la ambición del poder; es el ruptura
definitiva con una real ascensión espiritual. Es el Jasón que
incita, como final venganza, la muerte de sus hijos por su esposa
despechada.
Y el hijo de Esón se asemeja al Ulises pensado por
Adorno y Horkheimer en la Dialéctica del iluminismo; el
Ulises que ya rechaza el llamado de las sirenas, el llamado de la
re-unión con una naturaleza todavía sacralizada, para preservar,
desde la astucia y el cálculo, su propia individualidad
autosuficiente.
Y entonces Medea, dadora de nueva vida primero, y destructora de la
misma después; y Jasón, sujeto del utilitarismo y el pragmatismo,
detonan el derrumbe del mundo mítico. Y abren un vacío que, luego
del milenio del cristianismo medieval, es ocupado por el
materialismo burgués. Por lo moderno que expulsa al hombre de la
tierra, de la naturaleza como fuente de vida renovada, y de una
sensualidad que sacraliza y erotiza el espacio y la
materia.
Y entonces, en Corintio, acontece la aparición bifurcada de Quirón, representante de la sabiduría
arcaica en extinción. Quirón resurge ante Jasón en una imagen duplicada, en un
desdoblamiento que recuerda la figura alquímica dual del
rey y la reina, o las típicas imágenes binarias de Frida Kahlo.
En un mismo plano, de un lado reaparece Quirón, como centauro
sabio,
en su anatomía originaria de hombre-caballo; del otro lado, su
degradación: su aparición bajo la sola forma de hombre. El
centauro que integra cuerpo humano y equino simbolizaba la
integración conciencia-inconciente, razón-instinto,
hombre-naturaleza. El hombre desanimalizado es ya voz conciente
de la desacralización, de la alienación; pero aún conserva la
suficiente lucidez de la mirada sabia como para entender su
propio empobrecimiento y la "catástrofe espiritual"
que padece Medea. Su desorientación como mujer antigua (como
sensibilidad mítica que, antes de su declive trágico, sacralizaba y elevaba el espacio y sus
seres) en un mundo que ya no la reconoce. El Quirón sólo
humano lo sabe, lo anuncia: el hombre abandona definitivamente la percepción mitopoética
de la vida. Lo humano se escinde de la unidad del cielo y la tierra.
El último residuo divino para Medea es el sol, su abuelo. La esfera
de luz que relumbra en el primer y último plano del film. La voz de un Helios,
acaso espectral, que la
exhorta a no abandonar sus "viejos
vestidos" (es decir: la tradición que espera ser
continuada). Pero Medea, ya sabemos, es víctima del colapso de lo mítico
en su propia conciencia de exiliada que no escucha ya las piedras
y la tierra; es la que desacraliza la vida al matar a sus hijos
para consumar su venganza personal contra Jasón que la ha
abandonado por otra mujer. En Medea naufraga así la
sensibilidad mítica como experiencia que acaricia al mundo con una sensualidad poética y misteriosa. Por eso, quizá, su
tragedia, como la del Edipo (sofocleo y pasoliniano) anticipan
la conciencia de la pérdida irrecuperable de un existir con
dignidad poética entre los palacios fabriles del capitalismo y
sus jardines de mercancías que se reproducen. El cineasta poeta que
declaraba su renuncia a la "trilogía de la vida" poco
antes de su muerte, quizá ya experimenta esa caída trágica, en
la íntima identificación con el derrumbe del mundo mítico en
Medea. Identificación lateral como acto profético. Como profecía
trágica de la extirpación de los ojos con los que la utopía, de un particular cine
poesía, pretendió escudriñar un mundo
trasfigurado por el centauro de la irrealizada (y acaso
irrealizable) unión de lo político y la magia artística.
VI
El poeta
sangra. Y Orfeo canta. Su representante es ahora francés. Aspira
de cerca el perfume del Sena, de un pez femenino que trae secretos
del mar.
Jean
Cocteau camina con varias lámparas en sus manos. Las luces de las
artes que frecuenta: la poesía, la literatura de aire simbolista, el
teatro, el dibujo, la pintura, el cine. Pero la diversidad puede
fluir en derredor de un solo latido. Para Cocteau, el cine no es
arte plenamente autónomo. Es expresión poética, es emanación de lo
onírico y maravilloso, acceso a otros mundos, o al desdoblamiento de
éste hacia cavidades de profundidades no percibidas. En Cocteau, las decimonónicas
voces románticas
regresan con un timbre renovado.
Cocteau:
desinhibido y tardío brote del romanticismo. Para Cocteau, la poesía surge de la no intención de hacer
poesía.
Las finas melenas de lo poético emanan no desde un
anarquismo expresivo, sino desde el empleo exacto de una norma estética. De ahí que, para el autor de Les enfants terribles, la
libre invención debe ser, al final de cuentas, cribada
por una forma modeladora.
Cocteau entiende el
arte como larga lucha contra los hábitos y como delicada mezcla
de inconciente y conciente, de indeterminación y orden. "Vivimos en un enigma",
repite en su
Autobiografía de un artista desconocido realizada por Carole
Weisweiller. El poeta es en principio ser invisible. A diferencia de Giges que, en el mito griego,
adquiere invisibilidad luego de encontrar un anillo (34), el poeta es
el que se hace visible. La inversión del efecto mágico del
anillo referido por Platón significa que el poeta adquiere así
una "terrible visibilidad". El poeta crea entonces
bajo el influjo de la sombra de un yo abismal, que viste su
cuerpo; pero siempre se aleja. Este hombre profundo nos es
desconocido. Es el verdadero ego. Para perseguirlo, para
escucharlo, es necesario descender hacia su profundidad en un
estado soñoliento, que no es estrictamente sueño, pérdida de
la conciencia, sino katábasis (el descenso infernal en
el mundo
clásico) a través de un "hueco
terrible", de una "mina desconocida", donde mora
el verdadero ego que envía sus órdenes hasta la sensible
audición poética. El verbo lírico, fantástico y
transfigurador, sólo surgen si el guardián del ego desconocido está adormecido. Y cuando este
descuido liberador ocurre, lo que emerge no es sueño ni
delirio, sino retazos de noches destinadas a una futura tamización por la conciencia
estética ordenadora del poeta.
Cocteau, como
artista múltiple, como sujeto de la alegre expresión
versátil y polifacética que, como antes aludimos, es todo a la vez: poeta, escritor,
dibujante, pintor, escenógrafo, cineasta. Nace en una familia
embebida de arte. Escucha, desde niño, a Wagner y Gonoud. Por estos
orígenes trata de autoexplicarse su fervor ecléctico. Su
entonación como artista
de la multiplicidad, de una sensibilidad de amplitud renacentista. Como
dibujante, su credo es el lápiz en movimiento trazando líneas
puras e improvisadas que se asemejan, en su directa
liberación, a la improvisación del jazz; entonces oficia como
dibujante-pintor de iglesias, como la sala de casamiento de
Menton o la capilla de Villefrance-Sur-Mer.
Por las
arterías de
su versatilidad poderosa circula la influencia de Eric Satie.
Enemigo de "las nieblas impresionistas". Satie le
trasmite, desde la composición musical, la nostalgia y la práctica de las
líneas limpias, puras, grávidas de precisión.
Stravinsky le obsequia el impulso para el rechazo de las normas
(que es también una renovación de la tradición por la creación
disciplinada).
Y Picasso confirma esa actitud rupturista al hacerle partícipe
de la creencia de que "rechazar hábitos es como una
religión". Y sus contorsiones versátiles nacen asimismo del impulso transformador de la danza convencional,
de
su transfiguración bajo la audacia de Diaghilev, director de
ballet ruso; hacedor de un nuevo ballet iluminado por el danzar de Nijinsky.
Cocteau
insiste en la identificación de la creación poética con el
trabajo manual. Adhesión a un principio miguelangelesco que traspasa todo su
arte, desde el dibujo hasta el cine. "Mi mano sirve para
una persona misteriosa que vive en mí y que no conozco. Pero yo
soy un medio, un trabajador manual". Y no se fatiga en
recordar, como un sujeto romántico revivido: "todos los
poetas son medios de una fuerza misteriosa que los habita" (35).
El peligro del envanecimiento, del estimarse elegido por una
inspiración divina, se aminora con la alianza entre creación y
"expiración", como aquello que surge de la noche.
Noche del enigma. Y un poeta es quien "intenta poner la
noche en la mesa".
El poeta Cocteau,
trabajador de la mano y lo nocturno, siempre fue conciente de la
naturaleza poética de su itinerario cinematográfico: "Siempre
utilice el filme como un vehículo poético". Donde lo "poético"
no es exhalación gratuita, placentera y espontánea, sino
trabajo bajo la mirada de la forma, de un orden gradual
proyectado desde la conciencia para trasladar la noche al día.
De ahí la aclaración: "mi trabajo consiste en trasformar
figuras en números". La variedad de formas, de incitaciones
posibles que emergen de la noche deben ceñirse, finalmente, a
una matemática precisa, a una simbiosis de los manantiales
inconcientes y la acción modeladora de lo conciente. En este
modo de trabajo creativo, la obra asombra al mismo artista
cuando éste da número y forma a la potencialidad inconciente
sin nunca haber perdido "su equilibrio y salud moral".
Y el dar número no
se desmadeja de la acción artesanal. En Sang d' un poéte
(1930),
el espejo líquido que el poeta atraviesa para caer luego en un
profundo y oscuro vacío es una piscina de los jardines botánicos de
París. Y en el rodaje de este mismo film, expresión del Cocteau
surrealista, el artista advierte la irrupción de errores
inesperados. Pero sus aparentes deficiencias hacen de un film
un acto de mayor realismo visual. "Los errores necesitan
tener la fuerza de un dogma". Cuando irrumpen en el rodaje
deben ser preservados, no corregidos.
Y dentro de la
conciencia artesanal, que soporta el nexo de la mano y el hombre
secreto dentro del poeta, Cocteau experimenta con medios
sencillos para crear la atmósfera mágica que espolvorea la puesta
en escena del cine poesía. En La sangre del poeta, el movimiento del actor Ribeiro, su
aparente caída en la oscuridad sin fondo, luego de traspasar el
espejo-agua, es efecto de su desplazamiento sobre un tranvía.
Medio básico de locomoción que Cocteau dispone bajo la bella
presencia de Joset Day en La bella y la bestia, y que la
muestra como ser ligera, cuyo movimiento ya no es un caminar,
sino un sutil vuelo.
Los films que se
imponen como extraordinarios son los que "hacen ver lo
invisible". Por la dinámica del rodaje y el montaje el Cocteau
cineasta consigue, como efecto fílmico central, "las transformaciones de las abstracciones
más
subjetivas en objetivas". Lo que primero es imagen sin
corporalidad, fantasma o sueño, adquiere luego objetividad, visibilidad
como volumen tridimensional y moviente dentro de la
bidimensionalidad de la pantalla.
Y Orfeo y
El
testamento de Orfeo, La bella y la bestia se nutren de lo
mitológico o lo legendario. Cocteau se embriaga con la potencia simbólica-poética del film inspirado en el
más grande cantor
griego y en su especial intento de rescate de la Eurídice
atrapada en el Hades. Orfeo y su guía ingresan al otro
mundo, luego de atravesar un nuevo espejo líquido, como mágico portal
intermundus, arrastrando sus pies, y movidos por un viento inexplicable.
Y Cocteau siempre prefiere la
mitología a la historia. Porque
"la historia está hecha de verdades que, eventualmente se
transforman en mentiras, y los mitos son mentiras que,
eventualmente se convierten en verdades" (36).
Y el mito es la
primera expresión narrativa de la emoción y la intuición poética del espacio. El cine
poesía es entonces mito filmado.
Con el poder extraño de desnudar una verdad a través de la
ilusión de cuerpos que caen en el vacío abismal, o que se
desplazan libres desde la burla de los mandamientos de la
gravedad, o de los hábitos que temen desvanecerse en la noche.
Noche sin ley.
Lo nocturno que guía la artesanía de líneas-dibujos o del film
como "vehículo poético".
VII
El
hombre camina por la hierba. El alba acaba de murmurar algo. El rocío acaricia las rocas. El hombre cierra los ojos. Pero siguen
abiertos. Y el tiempo corre con sus gacelas, en todas las
direcciones. Animales de un tiempo extraño. Tiempo-animal
misterioso, que nunca se detiene, del que sólo es posible capturar alguna
huella. Alguna presión de ese fluir que deja su sello, su huella en
el plano, en una imagen, en un parpadeo de lente. Detrás, el
artista cineasta mira lo no visible que sopla, como viento sutil, entre la roca.
En la
hierba.
Tarkosvski.
Un nombre primero.
Un visionario después.
A pesar
de todo, a pesar de toda duda, o cabildeo teórico, la obra es don, regalo
extraño, concedido por la musa, el dios
o la diosa. La nada o un Lucifer fugitivo con ala de soles entrega
el don, el regalo, a unos pocos. Y no importa la cantidad de los
obsequios. Sólo importa el poder recibido que, en el poeta de la imagen ruso, por su muerte prematura por
cáncer, en 1983, únicamente alcanza a vibrar en siete films, y dos
documentales.
Pero
este arco creativo es suficiente para entregar una nueva
demostración del poder del cine como poesía. Y entre esas obras,
El espejo (Zerkalo, 1974) sea quizá su cumbre, y una de las nubes
más altas en la historia del cine.
Para
Tarkovski la temporalidad (y su núcleo de eternidad) es la más
honda veta de la existencia. Pero el tiempo no es directa
inmediatez. Para el creador de Solaris, lo temporal es primero,
como en Proust, recuperación de un tiempo perdido. Es la temporalidad
empírica como tiempo recuperado. En el fluir sin detención la voz
temporal del pasado se relaciona con el siseo del presente. Con una
memoria en continua expansión. No con una estática estratificación
de recuerdos de corte geológico.
El cine,
en su fase de proyección y recepción, le depara al espectador la
posibilidad de cumplir un inconciente deseo de encuentro con una
plenitud perdida, de reencuentro con las reverberaciones del tiempo
rescatado. Esta recuperación temporal que el cine propone al
espectador no es la de un imposible regreso del tiempo tal como
exhaló sus ondulaciones en lo pasado. El tiempo recuperado por la
mirada que contempla el film recibe ya un tiempo trasformado. Un
tiempo sellado.
Tiempo
sellado: el tejido fino donde el tiempo que transcurre recibe los
sellos del esculpir del artista. El pintor despliega con líneas, perspectivas y colores, su paño de formas; el arquitecto o
el escultor obran la obra por su sensibilidad ante la masa y el
volumen; el músico escribe sonoras tonalidades melódicas, armónicas o
contrapuntos. Y para Tarkovski, el artista cineasta, es el único que
talla la más directa expresión de la vida ante los ojos: el tiempo
que deviene. El cineasta modela, esculpe la temporalidad. Sella sus pliegues de
instantes en un tiempo que no es un mero suceder. Es sensibilidad que
absorbe, retiene, devuelve novedades. Y recupera un coágulo de sentidos que fluyen
a través de una verdad subyacente. Por eso, Tarkovski transcribe este
pensamiento de Boris Pasternak en su Diario: "Las corrientes
modernas imaginan el arte como un chorro de agua y es como una
esponja". La imagen es esponjosa absorción de lo que
acontece en el tiempo vivido.
El
tiempo debe vivir en la imagen desde el primer plano rodado. Sólo
entonces, para el
creador de Stalker, comienza propiamente la dimensión más
alta de lo temporal: el tiempo esculpido. Si el tiempo es el
corazón de la vida, el arte cinematográfico es lo que debe absorber
y trasmutar los latidos de la temporalidad. El cine es alquimia del tiempo
vivido; pero la metáfora preferida de Tarkovski es la del esculpir.
El
artista parte de la piedra virgen, del tiempo aún no sellado; pero,
luego, inevitablemente debe ser maestro de la disposición de las
formas. Sólo al imprimir la forma en el tiempo que fluye nace el
tiempo estrictamente fílmico. El cineasta debe, mediante una
"sensibilidad temporal", percibir la tensión del tiempo
dentro de los planos rodados. El acontecimiento filmado no tiene,
en principio, un contenido propio (sobre este aspecto particular
luego volveremos). Y si el cineasta esculpe el tiempo mediante los planos, no es como producto de una
"cine de montaje", sometido al rigor de un montaje
intelectual, a la manera de Eisenstein y sus diferentes resultados
como el encadenamiento visual de la batalla del lago Peipus en Alexander
Nevski (37).
El
esculpir en el tiempo será la creación del ritmo. El ritmo (noción
de base musical) no depende del montaje, de la duración de los planos
elegidos para su interconexión, sino de la extensión del tiempo que
transcurre, que fluye en ellos. Por eso la película ocurre, nace,
se manifiesta en el rodaje más que en el montaje como
reordenamiento a posteriori de los planos.
El
montaje, la intervención conciente del artista en los planos
rodados, no debe sortear o modificar la tensión o ritmo entre esos
planos. De ahí la síntesis entre la forma-montaje y los planos de
tiempo que entrega la vida como temporalidad; y como continente
de una verdad que discurre entre el tiempo filmado y el artista que
rescata sus afloraciones mediante su
esculpir. Tarkovski participa así del célebre principio
miguelangelesco de que en la materia (de la piedra a esculpir; o
en la materialidad del tiempo filmado) yace la Idea, como verdad a
percibir y no anular en el montaje.
La
verdad en los planos temporales sólo surge "cuando se reconoce
clara y nítidamente que lo que se ve en ese plano no se agota en lo que
se representa visiblemente, sino que tan sólo se insinúa algo que
tras este plano se extiende de una forma ilimitada, cuando hace
alusión a la vida" (38). Así, "una película verdadera
vive en el tiempo sólo cuando el tiempo, a su vez, vive en ella" (39). Por eso
"una imagen creada es fiel cuando expresa la verdad de la vida
haciéndola así tan única e irrepetible como la propia vida en sus
fenómenos más insignificante" (40); porque una "imagen es
tanto más fiel a su destino cuanto menos se puede conservar en una
fórmula conceptual especulativa" (41). Y aquí Tarkosvki
recuerda la poesía japonesa del haiku, en la que el sujeto oyente o
lector del verso puede perderse en una imagen poética. Y
aquí comienza también lo poético cuando el deber del artista no es
expresarse a sí mismo, a su propio yo, sino a la
"esencia del mundo".
Esta
ética poética (a su manera ya presente en Bresson), no es en modo
alguno original. El propio Tarkovski enlaza esta actitud con la
sensibilidad arcaica, como los tiempos donde la máxima potencia de
la obra deriva de una creación impersonal, nacida de la
inspiración de la musa o del
dios, en un contexto mágico-espiritual. El
artista expresa emociones, un "sentimiento", no desde su
yo, sino desde la dimensión temporal
del mundo.
El mundo
como verdad no es un río de una irradiación única. El plano cinematográfico es
sólo un fragmento de realidad, donde no late una idea o
significación preestablecida. La
exhalación cromática que entrega un plano son colores neutros, que pueden ser "coloreados" por la
mirada del espectador. La vida como tiempo del plano, como lecho móvil de una
idea o una verdad, le "ofrece a cada persona la posibilidad de
sentir y llenar cada momento de un mundo propio" (42). Por el contrario, la palabra ya
contiene una idea, un significado o definición que le es propio y
que lo sitúa en cierta abstracción respecto a la vida
definida.
La verdad subyacente en el flujo
temporal es mediada por el
sujeto: "El hombre se apropia de la realidad por su vivencia
subjetiva". Pero
esta expresión aparentemente abierta a una co-participación entre
la imagen y el espectador no debe confundirnos. Porque esta recepción sujetiva y
emocional, fundamentalmente desde la mirada del
artista cineasta, es siempre impelida por la busca de un ansía de
lo ideal, de un ansía eterna. De una verdad absoluta. Del mundo que
está ahí. El Mundo como lo interminable temporal. Por eso:
"una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero
no se puede comprender "(43). Nuevamente la imagen es
eclosión poética, una luminosidad no comprensible por lo
racional.
Y el cine
y la música no se diferencian plenamente. La literatura, extensión
del lenguaje con su conjunto de signos-normas, accede a la
exterioridad de la vida desde una mediación conceptual. El cine, por el
contrario, absorbe cual esponja, que es mixtura de ciencia y poética,
todo lo que surge en la inmediatez del tiempo y el espacio. El
escritor, por su parte, pre-ordena, pre-determina la realidad desde
una imagen ya forjada en su mente (imagen que se convierte en
palabra). En cambio, "el celuloide
graba de forma mecánica los contornos del mundo mediante los que
aparece ante la cámara" (44).
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