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EL OJO EN EL VIENTO
Ensayo sobre cine
poesía y pensamiento
Por Esteban
Ierardo
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La vida parece lo más cercano. Sin embargo, es también lo más
secreto. Un paisaje de sentidos y sensaciones a des-cubrir. Mediante
la potencia de la imagen y el sonido, el cine poético encuentra, en
ocasiones, y como un especial acontecer, destellos o fulguraciones
de esa realidad sutil que burla o quiebra nuestra limitada
percepción sensorial del mundo que deviene y se expande en el
espacio.
En el extenso ensayo que a continuación presentamos se consuman
tres movimientos discursivos: primero, una exploración de varias
vertientes históricas del cine poesía (Epstein, Bresson, Gance,
Pasolini, Cocteau, Tarkovski); segundo, indagamos, sin ninguna
pretensión de reconstrucción sistemática, algunos momentos del
encuentro cine-pensamiento en Bergson-Deleuze; y, finalmente, especulamos
desde la libertad de un lúdico ensayar una posibilidad
hermenéutica del cine poesía y sus poderes desde su relación con
el espacio como dimensión más originaria de lo real y de la imagen
que pretende su variación y prolongación.
Esteban
Ierardo
EL OJO EN EL
VIENTO
Ensayo sobre cine
poesía y pensamiento
Por Esteban Ierardo
I
El arte es obsesión sublimada en creación. El cine no es excepción
a este pathos histórico de la creatividad artística.
Lo esencial a ser pensado en la situación particular de la imagen
cinematográfica es, acaso, el objeto específico de esa obsesión.
Pero la especificidad en este y en muchos otros casos no es
un cielo unívoco. Por el contrario: toda pretensión de
un cielo puro y homogéneo es devorado por una selva de posibilidades
diferentes. Esto lo sugiere rápida y simplemente la gran profusión
de teorías sobre la naturaleza de la imagen fílmica desde su
aparición con la genialidad fundacional de los hermanos Lumieré.
La teoría se alimenta también con la llama de lo obsesivo. Y su
objeto particular está destinado a recorrer las caricias y angustias
de los conceptos. En este sentido, Deleuze le adjudica al filosofar
precisamente la tarea de crear conceptos que exploren con precisión
una experiencia posible de saber. En nuestro caso, también pretendemos
sumergirnos con lentes lúdicas y especulativas en los obsesivos
juegos teóricos destilados por el arte cinematográfico. Por
eso nos atreveremos a tallar un delicado punto de unión entre
el concepto y la sensación para sondear el particular ver de
la cámara-ojo.
En
nuestro re-pensar atravesaremos ciertas vertientes poéticas
de la imagen para des-cubrir una posible visión general sobre la magia de la reproducción
fílmica del
movimiento. De ahí que nuestra travesía reflexiva ondulará como
serpiente inquieta entre las canteras teóricas de un "cine
de poesía" en Robert Bresson, Abel Gance, Jean Esptein,
Jean Cocteau, Pasollini, y Tarkovski fundamentalmente. Otros
creadores, otras fuentes también invocaremos.
Luego de atravesar con gestos atentos los modos de un pensar
filosófico y poético sobre un cine poesía por sus propios
creadores, con una libre avidez especulativa expresaremos una
visión alternativa a las teorías que atisban en la dimensión
temporal el nervio más incandescente del acto cinematográfico. En
este sendero, sin ánimo de llegada a ninguna cima conclusiva, el
cine poesía, dentro de este ensayo, será apreciado como
derramamiento de una sutil sub-imagen, durante la repetición de las imágenes-movimiento,
hacia un espacio simultáneo
que contiene y permite todo desplazamiento temporal de seres, hechos
y objetos.
Y
antes de sumergirnos en oblicuos deslizamientos entre algunas de las
agudas y líricas costas para un pensar sobre un cine poesía, o
"cine de vidente", en términos deleuzianos, recorreremos
tres paradigmas generales que sostienen la acción pensante del
cine. Recalaremos con más ahínco en la visión baziniana por
ser ésta más afín a nuestra propia obsesión por perseguir el
posible destello del encuentro con algo real que vive
dentro y más allá de la representación fílmica.
Tres
paradigmas globales del pensar sobre el cine sistematiza
Francesco Cassetti en su célebre tratado Teorías del cine: las
teorías ontológicas, metodológicas y de campo.
Relegaremos
para el último jirón explicativo el primer paradigma que exhibe
a Bazin como su principal portaestandarte.
Para
las teorías metodológicas la preocupación central no es aprehender
al cine en su esencia. Su intención máxima es determinar un
punto de vista, una perspectiva crítica particular sobre el
hecho cinematográfico. No late aquí ningún deseo
de exhumación de lo que sería el cine en sí mismo. La meta teórica
es especificar sus componentes semánticos. Para gestar este
análisis, se elige unos elementos, una "sección" de
fenómenos, en detrimento de otros. Se busca así "una selección
coherente y acabada de datos más que sacar a la luz la naturaleza
última del fenómeno; el interés se centra más en el análisis
que en las definiciones" (1). El conocimiento se ajusta
aquí a una visión perspectivística, a la determinación de un
modelo, donde lo más relevante es su corrección; nunca una "verdad"
subyacente. Este modelo abraza su principal ejemplo en Cinema:
langue ou langage? (1964), de Christian Metz. Metz ausculta
los fundamentos del lenguaje cinematográfico. Busca plasmar
la especificidad de un cine inscripto dentro de una semiología
o ciencia general de los signos. Metz se pregunta en qué condiciones
el cine puede ser objeto de un análisis semiológico. La cuestión significativa
es determinar si el cine es lengua (sistemas rígidos de signos),
o un lenguaje (un sistema flexible de significados). Al amparo
de esta actitud surge un nuevo tipo de investigador, que no
escribe para revistas del séptimo arte, que no actúa como crítico
fuera de la universidad. Es un inquisidor de formación científica,
que elabora sus indagaciones dentro de las instituciones universitarias
y sus revistas especializadas. Y en sus investigaciones integra
diversas disciplinas: psicología, sociología, psicoanálisis.
Las
teorías de campo, por su parte, se nutren de la pregunta: ¿Qué
problemas suscita el cine? Este interrogar no exhala una esencia,
o una pertinencia semántica, sino una problemática y un campo
de observación. Las preguntas cruciales aquí atañen a las repercusiones
del cine: 1) sus modos de representación; 2) el papel del espectador;
3) la validez política del medio (preocupación burbujeante en
revistas francesas, italianas, estadounidenses de la década
del 60'). Prepondera un interés por la exploración antes que
por el análisis. Se estudian problemas "que están el aire",
que no abrigan el anhelo de un conocimiento global, sino de
una comprensión transversal del hecho cinematográfico.
Pero el paradigma ontológico es el que más nos atrae. Su primer
vocero influyente es André Bazin, mediante sus ya antológicos
textos Ontología de la imagen fotográfica y El mito del cine total.
Bazin funda en 1951 la legendaria revista de crítica
cinematográfica Cahiers du Cinéma (Cuadernos del
cine) que fundamentalmente entre 1958 a 1965 fertiliza el
advenimiento del Nouvelle Vague (la nueva ola),
movimiento (bajo la influencia del realismo baziniano) que
integra las creaciones de, en principio, críticos de la
revista, o guionistas, como Jean Pierre Melville,
Francois Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Eric Rohmer
o Claude Chabrol (2).
En el comienzo de su meditación crítica, Bazin se sumerge
en la historia del arte para descubrir la subyacente identificación
de pintura y escultura con "el complejo de la momia".
Estas expresiones artísticas buscan escapar del tiempo manipulado
por la parca o moira Láquesis que corta el hilo de la vida. La estrategia
protectora ante la muerte-navaja del arte arcaico es "la
perennidad material del cuerpo" entre los egipcios: la
momificación. Pintura y escultura fijan artificialmente las
apariencias. Y la imagen, incluso, puede situarse en lugar del
cuerpo y su disolución inevitable. Primero es la imagen-momia;
después, la perduración del desaparecido mediante la imagen-retrato.
La imagen como vehículo de imaginaria trascendencia de los límites
temporales. La eternización del ser fenecido por la continuidad
en la imagen (3).
Y
la imagen actúa desde la semejanza. En el Renacimiento se busca
la imitación completa de lo real, pero desde la imposibilidad
de superación de la ilusión de la perspectiva. Se consuma así
"un deseo totalmente psicológico de reemplazar al mundo
exterior por su doble" (4). El barroco introduce luego
el movimiento mediante el dramatismo y las formas onduladas
o serpentinas. Pero la pintura (y la escultura) no rompen las
ataduras de lo psicológico, del deseo de un "pseudo realismo
que se satisface con la ilusión de las formas" (5). Sólo
la fotografía y el cine "son invenciones que satisfacen
definitivamente y en su esencia misma la obsesión de lo
real" (6).
Pero la reproducción realista sólo será posible mediante "una
reproducción mecánica de la que el hombre queda excluido"
(7). Durante su evolución, la fotografía, primero "imita
al arte", porque prosigue su "estilo pictórico";
pero, luego, entiende que sólo debe copiar a la misma naturaleza.
Lo fotográfico es así objetivo porque actúa desde una lente
impersonal, desde el "objetivo". En las otras artes,
desde su acción como compromiso creador o presunción inventiva,
el hombre siempre está presente. En la fotografía, en cambio, lo humano
es ausencia. Sólo la fotografía nos da el objeto mismo (no su
calco). La fotografía (la grafía o escritura de la luz)
detiene el tiempo, lo inmoviliza, "lo embalsama",
lo sustrae de su corrupción incesante.
El
realismo surge entonces por la "mecánica impasible",
por la "impasibilidad del objetivo". Sólo así el sujeto
despoja al "objeto de hábitos y prejuicios, de toda la
mugre espiritual que le añadía mi percepción, y puede devolverle
la virginidad ante mi mirada y hacerlo capaz de mi amor"
(8). Desde las orillas de la experimentación pictórica,
Malevich y Mondrian también se embriagan con nuevos recursos
plásticos (los propios de la pintura abstracta) que disipan
la mediación de la mirada del sujeto y sus prejuicios
y pasiones respecto a la percepción de lo real. Un ver sin sujeto
es aspiración del realismo baziniano. La mirada ubicua
e impersonal del narrador flaubertiano es ejemplo de un precedente
literario de esta pretensión. La rebelión del
escritor ante la mirada psicológica, como exaltación
de la subjetividad, prosigue luego en el noveau roman
(con Margarite Duras o Robbe Grille), y los altares del sacrificio
final del autor y su mirada individual y ordenadora en Borges
o La muerte del autor de Michel Foucault.
El
cine, en contraste con la individualidad que se proyecta a sí
misma en la pintura o la literatura, libera la erotización
de uno ojo que, aunque creado por el progreso técnico,
es la posibilidad de un nuevo punto de partida libre del yo
y sus deformaciones de lo observado, y por lo tanto guiado por
la impersonalidad del ver de la cámara, de la máquina-arte.
¿Pero aun desde su captación a través del ojo-cámara
no es la imagen ilusión, en tanto permanece la diferencia
entre la realidad dada y la filmada? ¿No sigue siendo
estrategia ilusoria la imagen cinematográfica, como la
imagen-pintura o la imagen-escultura? No. Porque la imagen fílmica
es "alucinación verdadera". Pero esta paradojal
"irrealidad verdadera" no mana desde una mitología
fabuladora, sino desde un nuevo y particular régimen de
lo mítico: "el mito del cine total"; el "mito
del realismo integral" cristalizado por medio de las diversas
técnicas de reproducción (fotografía, fonógrafo). Pero los creadores
de este mito-verdad no son, en principio, los inventores y sus inventos que,
luego, permiten la realización del deseo imitativo del cine.
El proceso fluye de forma inversa: primero es el principio
de la invención, la acción de "los posesos de la imaginación",
como el escritor Villiers de l’Isle-Adam que, dos años antes
de Edison y sus invenciones especula sobre una fotografía
animada. Y también un "poseso de la imaginación", recordado
por Bazin, es Bernard Palissy (1510-1590), el imaginativo ceramista
francés que creó terracotas esmaltadas en relieve con plantas
y frutas (9).
Dentro de la expansión industrial surgen técnicas o invenciones
que son efecto de presiones industriales o científicas. Pero
la invención del cine precede a lo técnico. "Así el viejo
mito de Ícaro ha tenido que esperar al motor de explosión para
bajar del cielo platónico. Pero existía en el alma de todo hombre
desde que vio volar a los pájaros. En cierta medida se puede
decir lo mismo del cine" (10).
La
imaginación anticipa la magia de la reproducción de las imágenes
en movimiento. Es la preeminencia de la pasión inventiva, del
imaginar que intuye una novedad inminente. La obsesión que demanda
que los ojos reproduzcan la evidencia de la realidad del movimiento.
Deseo-obsesión imaginativo e inventivo, cercano a la necesidad
poética de expresar lo real, como vida ya estallada ante la
mirada, antes del primer encuadre de una lente.
II
El
cine como poesía. Lo poético como estado de trasmutación de
la inmediatez prosaica, y la opacidad utilitaria. Este particular
forma de cine arte dominará el ritmo de nuestra meditación hasta
arribar a una idea en torno a la que pretenderemos ensayar un
lúdico rodeo especulativo. Sin necesidad de sumergirnos aquí
en una exploración estrictamente ontológica sobre lo poético,
podemos recordar: desde la brumosidad ancestral de lo antiguo,
la poesía es forma, cadencia, ritmo. Y a su vez detonación sensorial que magnetiza. Hipnotiza. Succiona. El tenor
rítmico
de lo poético se compenetra, ab initio, con lo musical, con lo
auditivo, con el placer que embriaga desde la hipnosis remota
del tambor chamánico, las fiestas dionisíacas, o en el recitado
oral de los versos homéricos por los viejos rapsodas.
La poesía es siempre apertura sensitiva a lo no directamente
presente, a lo no percibido en su presencia. El oído poético hace
audible lo inicialmente silencioso, o la voz no escuchada: la de los
dioses, de las musas, que dicen el ser que sólo entrega por
la palabra parte sus de sus ágatas misteriosas. En el romanticismo
del siglo XIX, Hölderlin
entiende la función oracular arcaica del
poeta (y Heidegger continúa luego desde la comprensión filosófica
ese entender en su conferencia de 1936 Hölderlin
o la esencia de la poesía): el poeta, ab origine, es oído absoluto donde es
la música de la voz sagrada, que habla de los orígenes, que relata
lo mítico, la génesis auroral, la creación divina del mundo como
armónico ritmo del cielo y la tierra.
Una
primera experiencia entonces de lo no percibido por la percepción
poética: la escucha (antes inaudible) del ser.
La poesía es así emanación o irrupción inminente de algo otro que afluye
desde los intersticios o fisuras que ofrece la lógica, el lenguaje
como medio convencional de información, o el tiempo de la existencia
cotidiana. Lo poético es entonces sonido, ritmo, imagen evocadora,
y fuerza magnetizante de metáforas que saltan y traspasan los
límites de lo audible y visible. Pero lo poético no
sólo es escucha de lo inaudible. También ve lo no visible en lo
visible, o percibe una visibilidad que, por su sutileza, es
in-visible para una mirada "natural".
El
poeta (y sus figuras arcaicas próximas: el profeta o el
chamán), ve desde la penetración y no desde el roce o
la confirmación de lo ya visto. El ojo poético traspasa la
apariencia, perfora muros de formas. Ve el cuerpo más
evanescente y profundo en la vida serpenteante. Ve lo real no
visible en lo visible. Y sus imágenes verbales, y más aún, el
encuentro fulgurante entre sus distintas imágenes, es efecto de
la previa inmersión visionaria en la figura secreta de un misterioso
algo
real y verdadero.
El salto
de las imágenes orales de la poesía arcaica era ya así
puente encantatorio hacia una reintegración con una realidad
más vasta que el círculo más estrecho del
mundo cotidiano o "profano". Y la poesía protege la
sorpresa del encuentro con ese algo real como presencia inicial misteriosa. Como fuente
nocturna y no comprensible para el hombre desde su finitud o límite propio. La
intuición arcaica de lo real desnuda a un hombre cuyo rostro
siempre se desvanece antes de toda comprensión plena ( o imposible)
del misterium.
Lo real como presencia, pero como rostro sin figura,
plegado siempre en un margen o lateralidad de lo visible, obsesiona
a constelaciones de cineastas, o pensadores "visuales",
que asumen que lo real sólo puede ser explorado por la imagen
impregnada de poesía. Es decir: por el encuentro con lo no directamente
visible en lo visible.
Ver lo no visible en lo visible. Un ver poético que, en un momento
de comunicación con la historia del cine, se revela como posible fotogenia.
Louis Dellouc introduce el término "fotogenia" desde
una horizonte fotográfico. Este origen lo obliga a una primera
aclaración. La fotogenia no debe ser confundida con su
corteza superficial: con la especial claridad o luminosidad
de un rostro o de un objeto plasmado en la imagen fotográfica.
Dellouc invoca el concepto para empujarlo a una complejidad,
cercana a un enigma indescifrable.
En su amalgama con lo fotográfico, lo fotogénico es intensidad
"que traduce la vida por casualidad" (11). La potencia
de la espontaneidad visual se pierde con la introducción
de la pose, como en la fotografía de los indígenas
norteamericanos practicada a fines del siglo XIX y XX, en Estados
Unidos. Entonces, numerosos fotógrafos convencieron al
indígena para vestir sus mejores atuendos y posar para
fotos que luego se vendían como postales en un mercado
que gustaba consumir el aura exótica de los antiguos
dueños de la tierra. La labor fotográfica de Edward
S. Curtis es un ejemplo paradigmático de esta circunstancia
histórica; lo mismo que las secuencias fotográficas de
H.G.Kaiser, J.H. Britain, Lee Moorhouse, o los hermanos Miles.
El indio posa, colabora con el ojo de la cámara del hombre
blanco, teatraliza la fiereza de una estampa guerrera, la libertad
o la dignidad de tiempos irrecuperables. Pero la pose fotográfica
disipa la radiación vital de la imagen. Por lo que ésta
ya no expresa la vida hallada por el mecánico pestañeo
casual de la lente.
La fuerza de la fotografía se conserva en
las instantáneas, cristalizaciones de un segundo eternizado
que hacen que "de esas impresiones recogidas casi por azar
se desprende una fuerza gloriosa" (12). La complicación
(como negación de una imagen espontánea, azarosa) elimina
el arte. Por eso la aparente simplicidad documental de los noticieros
conserva algo del hechizo de lo encontrado "por casualidad"
por la cámara alerta. Lo espontáneo es potencia superior
a la aparatosidad de la pose o la manipulación escénica.
Por eso la afirmación sin vacilación de Dellouc:
"La belleza no está en la complicación, sino en
la desnudez total" (13). La verdad de lo que es encontrado
sin un exceso de pre-meditación.
Pero es el fascinante Jean Epstein quien desciende
con más audacia en el espesor de lo fotogénico, como posible
manifestación de un cine poesía. Para iniciar su meditación
ensaya primero una "cirugía", una operación
de separación entre los "dos hermanos siameses" que
constituyen al cine como arte e industria cinematográficas.
Epstein entiende ya tempranamente que el cine (como lo entendió
Cézanne respecto a la pintura) siempre es perseguido por el
espectro o peligro de su absorción por lo literario, lo dramático,
la inspiración encorsetada a la historia o a cualquier intención
de exploración geográfica o didactismo moral: "el
cine tendrá que evitar toda relación, que sea desafortunada,
como temas históricos, educativos, narrativos, morales o inmorales,
geográficos o documentales. El cine tiene que tender a convertirse
paulatinamente y al final únicamente en cinematográfico, es
decir, a utilizar únicamente y exclusivamente elementos fotogénicos.
La fotogenia es la más pura expresión del cine" (14).
Aquí se atisba ya la intuición de la imagen como proyección
principalmente sensorial y pre-verbal, que se diferencia de un
cine como medio de lenguaje
de escrituras por signos visuales, como de forma arquetípica
aparecerá en Marguerite Duras o, desde otra perspectiva, en
Pasolini.
La novelista del noveau roman obra un cine de voluntad
independiente respecto a la maquinaria hollywodense de la publicidad
y el mercado. Para la novelista-cineasta francesa, la imagen
nunca puede transcurrir libre de su núcleo palpitante:
el texto, la palabra ordenadora, la palabra como productora
vigilante y censora de un devenir puramente cromático o sensorial
de la imagen.
Para Epstein, en cambio, el cine es tallar un relieve en el espacio
(como ya lo consuma la perspectiva espacial del Renacimiento),
y también en el tiempo. Y si el cine es un lenguaje, sus significantes
neurales no son ninguna gramática verbal sino la lengua en la
dimensión arcaica: "el cine es una lengua". Y como
todas las lenguas en sus orígenes es animista. Para la mirada
cinematográfica, el mundo es el conjunto de las cosas vivas,
no agrupaciones ordenadas de objetos muertos (de objetos utilitarios
como expresión moderna y secularizada de lo objetual sin vida).
Y la restitución, aunque sea parcial, de la cosa viva y misteriosa
es por el acto cinematográfico, por un cine "politeísta
y teógeno", que "no tienen nada que ver con la vida
humana". Y esto porque "...si se quiere comprender
cómo un animal, una planta, una piedra pueden inspirar el
respeto, el temor, el horror, tres sentimientos fundamentales
sagrados, hay que verlos vivir en la pantalla
sus vidas misteriosas, mudas, ajenas a la sensibilidad humana"
(15). El re-vivir para nuestra percepción, de lo cosa viva,
es fotogenia.
Lo fotogénico ingresa así claramente en un régimen continuo
de niveles de trasmutación de lo inmediato, para devolver a
lo vivo su calor y magnetismo hechizante. Cada cosa posee su
vida propia. Su personalidad. La reproducción fotográfica aviva,
captura y libera a la vez el extraño halo fotogénico. Por eso, para Epstein "un primer plano
del ojo no es el ojo, es UN ojo" (16).
La imagen no es sustitución de lo representado. Es misteriosa
prolongación e intensificación de la vida moviente que,
desde "el milagro de su presencia", impacta
el objetivo.
Lo fotogénico como recuperación de la entidad
irradiante de los objetos, de los seres y del espacio-escena,
del espacio-decorado que los involucra, no es recepción
automática pura. Siempre prevalece la mediación de un
específico
modo de ver subjetivo. El plano de un paisaje difiere según las diferencias
de las miradas de los artistas singulares. Un plano panorámico
de un Gance o Griffith, difieren no por el objeto de la observación
sino por la cualidad diferenciada del ver de cada artista. Lo real filmado está allí en su presencia dada. Pero
siempre abierto al toque alquímico, transmutador, del artista
cineasta. Y el tiempo-movimiento succionado por la imagen no es
la huella de una pérdida, de un tiempo que escapa. Por el montaje
el tiempo se conserva, pero como tiempo modificado. Así,
Epstein, manifiesta que la posibilidad
de aceleración o retroceso de lo temporal abre las puertas
a lo real como "realidad festiva", diferente de la
sofocante repetición del tiempo del trabajo alienante, por la imposición
de los clavos de lo mismo y monótono en la corporalidad de
los sujetos sufrientes. Para Epstein, la realidad
social de la mecanización es traspasada por lo poético
fotogénico.
La mediación técnica de la lente, la memoria
del celuloide, fundido con el ver particular del cineasta, puede
penetrar en "la intimidad de las cosas", y recuperar
el mundo como estallido de diferencias, como ebullición de horrores
y bellezas, antes secretas, y que ahora salpican la visibilidad
de la pantalla. La fotogenia re-anima las presencias del mundo,
aprehende su personalidad propia, desnuda su luz magnética,
extraña. Fotogénica. La realidad así re-vista por la
imagen es acto poético. Es inmersión en la "forma
secreta" de los sentimientos, de las colinas del horror
y de la belleza. La fotogenia, como centro de la visión cinematográfica,
es fuerza poética: "La poesía, por tanto, es verdadera,
y existe con la misma realidad que la mirada" (17). Así,
"el cine es el medio más poderoso de poesía, el medio más
real de lo irreal, de lo 'surreal', como habría dicho
Apollinaire" (18).
En las costas del cine poesía lo real comienza
a insinuarse como acción de síntesis entre lo que habita el
espacio, el movimiento de los seres, cosas e instantes, y el
ver del artista cineasta. Ninguna novedad habría aquí:
todo acto artístico es inevitable conjunción sintética
entre las materias de las sensaciones, los colores, las formas que
dona el mundo-vida, y la intervención del artista. Pero
en este acontecer sinérgico, el cine como dominio y producción
particular de las imágenes-movimiento, para Epstein, debe
provocar un estallido, una irradiación luminiscente,
el efecto hipnótico, fotogénico. Efecto que acontece en el
cine de Epstein en La
caída de la casa Usher (1926), obra maestra del cineasta polaco,
y recreación del célebre relato homónimo de Poe. El narrador arriba a
la casa de Roderick Usher. Y lo mismo que en la narración del autor de El
corazón delator, la atmósfera que envuelve el lugar dimana una
misteriosa presencia, una vida secreta que destilan los objetos, piedras, un
pozo de agua, la fachada de la propia casa. Luego, en el texto de Poe, se revela la creencia de Usher
en una correspondencia entre la vida de los
humanos, y las supuestas expresiones inanimadas de lo vegetal y lo mineral.
Usher participa así de una experiencia arcaica y universal: el animismo, que
el propio Epstein continúa abiertamente como núcleo del lenguaje poético cinematográfico. Y efectivamente, en los planos que
enhebran el montaje de su versión del relato de Poe, los lugares, las
presencias inorgánicas, y los primeros planos de las personajes, o los
fundidos de una hilera de velas que acompaña el cortejo que aloja el
sarcófago de Lady Usher en su bóveda sepulcral, exudan una renovada
intensidad "fotogénica". Por lo que el cineasta, que piensa la vivificación de todo lo visible,
le otorga luego visibilidad poética en
muchos de sus hipnóticos y fotogénicos planos. Este efecto de hipnosis
fotogénica es también encendida por Epstein en La
tempestaire (1947). Una tormenta se acerca a una aldea en la
costa del mar. Se aproxima con paso sutil. El viento llega y
abre delicadamente una puerta entreabierta. Y luego, lentamente,
las aguas con sus movimientos de creciente vitalidad felina,
preanuncian la llegada de la tormenta. Largos planos de las
aguas movedizas exhalan un brillo fotogénico, que embruja el
ojo del espectador. Y le hacen percibir el mar, su líquida
versatilidad que golpea las rocas de unos acantilados, como una
presencia viva. Animada.
Una nueva muestra de emanación fotogénica, por la que la imagen
cinematográfica induce un percibir intensidades vitales. La percepción
visual y poética que percibe animadas hogueras (fotogénicas
presencias) donde antes dormían escenografías
desérticas.
III
El cineasta no sólo filma poéticamente. También
su escritura teórica y su pasión pueden ser expresión
poética, donde conviven en equilibro una palabra meditada
por el concepto, pero también iluminada por una llama lírica.
Esta es la actitud de Abel Gance, el creador de Napoleón
(1927), en sus escritos líricos-teóricos, hirvientes
verbos apologéticos de la nueva era de la imagen.
En sus manifiestos, Gance piensa un punto
fundacional para su
cine poesía, una piedra miliar definitoria: el cine es
"música de la luz", y en su luminosidad viven más
vibraciones que en la música tradicional. Como muchos cineastas,
o "pensadores visuales", también para Gance la imagen
se impone sobre la palabra. No como efecto de un combate frontal,
sino por la previa anemia de lo verbal en la modernidad. En
la modernidad burguesa del exceso de lo prosaico, del utilitarismo
y la deshumanización, las palabras naufragan en engañosas
arenas movedizas. "Quien se expresa con las mejores
palabras es el más hábil y no el más sincero, y se llega a creer
menos en las palabras que en los silencios" (19).
Del desbarrancamiento moderno de la palabra no puede escapar
la propia poesía como privilegiada expresión de la vida,
o como principal proa para navegar en aguas nuevas y desconocidas
de belleza. Para Gance, el cine compensa el raquitismo expresivo
de la palabra. Protege un potencial revolucionario. Es
modificación poética del tiempo que domina la vida cotidiana. Esta
acción
modificadora temporal se manifiesta como aceleramiento o retroceso
del flujo temporal. La vejez y trasmutación alquímica de los
metales innobles aspiraba a la reverberación del oro espiritual
del opus magnum o lapis philosophorum. La transmutación visual del tiempo en
la pantalla es "arte de alquimista", como lo es el
teatro para Artaud (20). La imagen trasmuta la
cosa filmada. La purifica. Intensifica su radiación particular.
Libera su vida silenciosa, antes no percibida, como lo sospecha
ya Epstein desde su meditación sobre lo fotogénico: "la
imagen de la vida en la pantalla es más bella que en la propia
vida".
Como todo creador del arte cinematográfico, el montaje exige
una respuesta teórica y una solución práctica. Para Gance, el
artista conserva su vieja identificación con el puntilloso
trabajo del artesano, del artifex medieval. En momentos discontinuos,
en la dispersión de la obtención concreta de tomas y planos,
la cámara imprime en el celuloide la variedad de partes o retazos
de la temporalidad, y de las figuras que la habitan. El montaje
es directo trabajo artesanal, un humilde obrar que desciende
desde grandes ideales estéticos preconcebidos para soldar y reunir
los miles de partes-retazos de la realidad absorbidas por el
ojo de la lente. La soldadura de las partes discontinuas de la
filmación es el lento y artesanal camino "para crear una
‘superrealidad engañosa’ más intensa que la auténtica".
El montaje es reunión de destellos vitales diseminados para
reordenarlos en un movimiento con un crescendo que ignora el
teatro.
El cine modifica nuestro acceso perceptivo a la realidad.
Por eso, "el cine dotará al hombre de un nuevo sentido":
el de "escuchar por los ojos". Se hará así visible
una "versificación luminosa". Se podrán
ver las palabras-sonidos que liberan la luz. Lo que parecía sólo destinado al ojo se convierte
también en lenguaje auditivo.
En una integración o sinestecia semejante a que la que proponen
las conferencias de Kretzschmar que Seremis Zeitblom, doctor
de filosofía, interpola en El doctor Faustus, de Thomas
Mann,
donde el oído musical también aprenderá a ver la música
mediante la recuperación de su matriz gráfica,
de su condición de escritura pentagramática inicial.
La luz no sólo es visibilidad física; es también extensión
e inclusión de un lenguaje musical (el de las palabras
y de los sonidos de pájaros y el viento) que podrá ser
escuchado
por los ojos.
Y otro poder de la luz, es para Gance, el de la re-petición
de lo pasado.
El pasado regresa como "resurrección luminosa".
Las mitologías, las leyendas y religiones, todos los grandes
personajes históricos, esperan su "resurrección
luminosa" en la pantalla (21).
Y el cine es, asimismo, un volver al lenguaje ideográfico
antiguo (distinto al lenguaje fonético contemporáneo, que acaso
secretamente promueve su asfixia o debilitamiento por su divorcio
y abstracción entre el signo y la cosa verbalizada).
El lenguaje ideográfico regresa con una nueva forma: los
jeroglíficos,
las escrituras primitivas. Es la restitución del primario efecto
de la imagen, de lo sensorial sobre lo conceptual; o, al menos,
su integración en términos de equilibro, y no de la sujeción
lingüístico-estructural del significante respecto
al significado. Y la novedad de la expresión cinematográfica
será un arte total, la efusiva integración de varias artes como
en la obra de arte total wagneriana (Gesamtkunstwerk).
Si el cine es "música de la luz", en la continuidad
del teorizar de Gance, en su texto "La armonía visual se
ha convertido en sinfonía" (1954), es esperable una
profundización
de la compenetración entre lenguaje fílmico y ritmo musical
en un sentido estricto. El cine introduce el ritmo en la vida
recibida por la lente; la intensifica por el "montaje rápido",
que Gance inventa en La rueda; obra en la que, con "rapidez
creciente" y "ritmo imprevisible", el montaje
oficia como contrapunto visual (equivalente al contrapunto musical). Por eso: "un gran film debe ser concebido como una
sinfonía"(22).
Es "orquesta visual", pero restringida en un principio
a los límites de una superficie angosta. Por lo que Gance crea
la "triple pantalla". Así, la armonía visual se transforma
en lo sinfónico visible en la diversidad de tres micropantallas dentro
de una pantalla común. Por esta vía el cineasta poeta configura
un tríptico donde la proyección ocurre en tres pantallas a la
vez.
La música sinfónica se plasma en la pantalla, y el choque de
dos o varias imágenes libera "el don de la ubicuidad",
dado que se suprime la noción de tiempo y espacio comunes, y
entonces nos "encontramos en todas partes y en todo lugar
en la misma fracción de segundo" (23). La polyvisión
(equivalente a la música y la polifonía del siglo XV) desplaza
la narración fílmica a un estadio secundario. Otro ejemplo
de la necesidad de desligamiento o liberación del cine
de la narratividad lineal, literaria. A su vez, la superación
de los modos tradicionales del ver y el pensar por la magia
musical y luminosa del cine detona nuevos mundos, sublimes, poéticos. El cine genera
así una "autentica curación del
alma", en tanto nos emancipa de la servidumbre de un mundo
único y clausurado en sus repeticiones cosificantes y empobrecedoras.
En la exaltación romántica de Gance, lo cinematográfico
exuda entusiasmo. Y un "arte colectivo", una
trasformación
o elevación de la sensibilidad social. Una nueva alianza
entre arte y fuego transmutador de la medianía cotidiana: un
excitador de potenciales elevadores de la vitalidad popular,
que Gance evoca desde el joven Nietzsche en su El origen de
la tragedia.
El cine entonces no será narración ni entretenimiento,
o nuevo recurso técnico para un archivismo de documentos históricos
filmados; o para sumar el nuevo elemento de la reproducción
del movimiento a la extensa vocación reproductora de lo visible
en la historia del arte. El cine no trascenderá su sujeción
a la conservación de lo pasado o la narratividad literaria
si no disgrega la pesadez, que fija a lo inmóvil. Aun
cuando la imagen fílmica fluya en su movimiento propio, la acosa
el tumor de una paradójica "movilidad inmóvil", cuya
ausencia del movimiento real la despoja del poder de ampliar
la percepción. El movimiento cinematográfico sería así
sólo un nuevo medio formal de repetición o variación
de las experiencias recibidas. Su potencial alquímico,
transmutador, sólo es asegurado por la imagen que vuele con
"las alas de las poesía".
IV
El arte
no esperó la aparición del cine para duplicar o prolongar el
movimiento. La propia lengua, por su parte, continúa la sucesión
temporal desde el movimiento que une los términos de toda estructura
gramatical. La poesía escande sus efectos por una imagen imprevista,
instantánea, efímera; pero también por la acumulación de un efecto
emotivo, mediante la sucesión en el tiempo del verso recitado. La
literatura,
primero ágrafa, luego impresa, relata los momentos particulares de
una historia. El cine puede potenciar su nueva y específica
captura del movimiento, o puede reducirse a literatura o drama filmado.
Por eso
Robert Bresson enfatiza la distinción entre cine y cinematógrafo.
El cine reproduce un drama-movimiento, una narración coherente sin
exhalar nuevos o inesperados aromas. El cinematógrafo, por el
contrario, no narra, o sólo lo hace en su epidermis delgada,
superficial, no revelante. El cinematógrafo elude la inmediatez de la
expresión. Y ejerce a su manera una escritura visual, pero de
imágenes asignificantes carentes de entidad propia. Las imágenes del
cinematógrafo
(por más potencia metafórica que se le pretenda atribuir) se
singularizan desde su relación con otras imágenes dentro del montaje.
El montaje como un arte de relaciones entre las imágenes es afín al humus del
estructuralismo lingüístico sausurriano, y a la lengua como sistema de relaciones entre los signos.
Ningún
signo significa por sí. Lo significativo es el efecto del cruce de los
signos. Por eso, para la estética bressoniana, ninguna "imagen bella" por
sí
sola puede concentrar el
poder de la expresión fílmica. El cinematógrafo no admite la
introducción de lo fotográfico como imagen de relativa
independencia y dotada de un valor autónomo, diferenciado respecto
al resto del fluido de planos y tomas. Ninguna imagen por sí
sola puede desmadejarse de la unidad relacional de la obra. El montaje
impide el peligro de las
imágenes singulares, ávidas de desprenderse del flujo orgánico del
film. Por eso: "Película de cinematógrafo en la que las
imágenes, como las palabras del diccionario, no tienen poder y
valor más que por su posición y relación" (24).
En
Bresson, el
montaje aspira a la simplicidad y la austeridad. Sin ser devorado
por las exigencias a priori de la fidelidad a una historia, a una
narración de estricta y sucesiva coherencia gramatical, que
"analiza y explica". El cineasta entonces pretende una: "Película
de cinematógrafo en la que la expresión se obtiene mediante
relaciones de imágenes y sonidos, y no mediante mímica, gestos, y
entonaciones de voz (de actores o de no actores). Que no analiza ni
explica. Que recompone." (25). El montaje en el
cinematógrafo recompone, re-une, las imágenes encontradas
sin pretensiones de una explicación que descubra de formar narrativa o
racional un sentido.
El cinematógrafo narra, pero no es narración en sí. Cuenta, pero no es esencialmente
relato. La cadencia
de las imágenes no es la nervadura de lo dramático, de la historia, de un
significado inteligible. La imagen-relación del cinematógrafo no es
ilusión tridimensional en la pantalla bidimensional a los efectos de
cristalizar una narración. Es una forma especial de exploración
de lo real. De ahí su afinidad, no directamente apreciable quizá,
con los antecedentes del cine de vanguardia alemán o francés de la
década del 20', o con
el arquetipo más rotundo del cine experimental contemporáneo: Stan
Brakhage.
Si el
cinematógrafo es fuerza exploradora, es salto que espera una
novedad inesperada en el tiempo. Un salto y apertura de naturaleza poética.
Y como en la fenomenología originaria husserliana, o como en la
variante más contemporánea a Bresson, en la fenomenología de la
percepción de Merlau Ponty, el cinematógrafo es la conciencia que
busca ir a las
"cosas mismas". Y aquí la conciencia del cineasta,
enfundada en su prótesis de la lente-cámara, de la maquina visual y
sensible, se abre a lo inesperado que se esconde en el devenir.
Por eso en el centro de la estética de Bresson prevalece la noción
de encuentro, tal como lo sugiere el análisis de Aumont en su
Las teorías de los cineastas (26). Por
eso, el cinematógrafo no es recreación visual de una historia
preescrita. Es escritura de signos visuales siempre abiertos a un
encuentro, al acontecer de una fulguración que parcialmente
restituya algo de lo real desconocido que palpita ahí,
frente y en derredor de la mirada. Así no hay que buscar. Hay que
esperar. Y "atrapar instantes. Espontaneidad, frescura".
Espontaneidad por la que el cine se autoexhorta: "No corras
tras la poesía. Ella penetra por sí sola a través de las
junturas" (27). Por lo que el rodaje debe ser
plasmado desde una cierta ignorancia, desde un conciente des-conocimiento
de lo que pueda emerger ante la cámara. La película así se
autodescubre en su rodaje. Y la cámara puede encontrar, asimilar,
absorber lo que se sustrae a la pobreza del ojo humano: "Lo que
ningún ojo humano es capaz de atrapar, lo que ningún lápiz,
pincel o pluma es capaz de fijar, tu cámara lo atrapa sin saber
qué es y lo fija con la escrupulosa indiferencia de una
máquina" (28). El acceso a lo real se consuma nuevamente, como en
Bazin, desde la impersonalidad de la lente y su libertad respecto a las impurezas o ansiedades de la mirada
humana.
La película del cinematógrafo no es así la obra que ya se dona en la clausura de su forma como en el sueño
apolíneo. El sueño en el que, según el joven Nietzsche de El
nacimiento de la tragedia, el escultor apolíneo recibe la obra ya como
imagen de una forma perfecta, para luego introducirse en el mundo mediante
el trabajo del artista sobre la piedra. El aparato técnico que la historia y el desarrollo de la ciencia
entrega al cineasta es sólo un ojo desnudo para abrirse a "la espera de lo inesperado". Esto hace compresible que el "rodaje es situarse en
un estado de ignorancia y curiosidad extrema..."; y entonces se debe:
"Rodar de improviso, con modelos desconocidos, en lugares
imprevistos capaces de mantenerme en un estado de alerta"(28).
Así, cámara y
ojo humano se confunden en un dispositivo técnico-poético por el
que es posible atrapar en "un relámpago, cuanto de nuevo e
imprevisto ofrece todo lo visto".
La
fusión
lente-retina y la sensibilidad óptica de la cámara es la
nueva mediación, desconocida en la historia anterior del arte, que trae
la gran diferencia, artística e histórica a la vez, de captar lo que al ojo humano se le sustrae.
En el
devenir de lo real centellea una verdad que puede desplegarse y entregarse.
Pero que no es la verdad de entidad social como en el neorrealismo
italiano, sino un acontecer inesperado que brota por vías oblicuas. La verdad se manifiesta
así por saltos, intermitencias,
sorpresas que se erizan en el oleaje del flujo temporal. Caminos de irrupción
siempre laterales, como en la poética de Artaud y su poco conocido
relato El cristal del amor (29).
Y otra
coincidencia significativa con el autor de los Manifiestos del
teatro de la crueldad es que el rodaje como acto cumbre de
realización artística en el cine, y la puesta en escena ( como su
equivalente en el acto teatral) no son un medio para conferirle un
habla al sujeto, para el decir de los personajes fraguados por un
guión, para la escenificación de la inventiva dramática del escritor. El
rodar (en el cinematógrafo bressoniano), o la puesta en escena (en la
estética artaudiana), es apertura al encuentro. A un
des-cubrimiento de una sensación o intensidad antes no
percibida.
Así,
por la
imagen del cinematógrafo lo real, antes que por la subjetividad del
artista, es lo que se expresa a sí mismo. De ahí los paralelos señalados por Aumont
entre la teoría de Bresson y los críticos del cine donde también la
imagen es recepción sensible de un destello de realidad (como en
Bazin o Tarkovski).
Pero si
el cinematógrafo se debe sólo al abrirse al encuentro con lo inesperado,
¿cuándo acontece el encuentro con lo
encontrado? El criterio de reconocimiento es poético: el encuentro
se reconoce por su eficacia: "se reconoce lo verdadero por su
eficacia, por su potencia". Por su índole de
fulguración otra, disonante con la imagen que reproduce sólo lo ya conocido. El encuentro es la gacela de la
poesía que, en
un solo acto, enhebra sutileza y potencia para desnudar intensidades
atípicas entre continuidades homogéneas.
Por eso, un encuentro filmado es acto poético.
Y
la
imagen cinematográfica es apuesta (casi en su sentido pascaliano)
del
encuentro con lo real como ajeno o independiente de una construcción
puramente humana de signos.
A través del cinematógrafo puede obrar entonces el encuentro con lo real extraño,
el acontecer de un relampagueante instante saturado de valor.
Pero lo encontrado nunca es desnudez y presencia
constante. Como en el pensar heideggeriano de El origen de la obra
de arte, donde el ser palpita en el vaivén de lo que se oculta y
desoculta. Un des-ocultar que es fugaz. Pero decisivo en sus
efectos. En su salir afuera. Un afuera como escenario para el
imprevisible y no augurable encuentro con el ser (30). Por múltiples
facetas del cristal occidental del cine (lente cristalina
bressoniana en este caso), se roza la intuición zen, que siempre supo que la mejor forma de
encontrar es
no buscar.
Sólo para los ojos y oídos abiertos y alertas, sopla el viento de lo distinto.
V
La
imagen y su prisma es quizá enfriado por su teorización. Pero
sólo así, por la mediación de una teoría reanimadora, la no
evidencia del sentido de la imagen cinematográfica descubre su
posible condición de lenguaje que crea sentido. En este
borde de un acantilado, comienza la meditación de Pasolini
sobre el desafío de la comprensión de un cine-lengua, de un
cine como tejido específico de signos, como trama semiológica.
En
su ineludible Discurso sobre el plano secuencia, o el cine
como semiología de la realidad (1967) (31), Pasolini piensa esa
dificultad: el cine como posible lenguaje de la realidad. Sus
profundas inquietudes intelectuales, su compromiso marxista sui
generis, y su particular creación cinematográfica se
concentran en una costa final: en un cine poesía que es a su vez
deseo utópico. Pero, poco antes de la muerte del artista
mediterráneo, acepta la distancia del sueño utópico respecto
a la realidad histórica signada por una burguesía sin
reticencias en el momento del estrangulamiento de los cuerpos
explotados.
En su Discurso... antes aludido, Pasolini medita desde un hecho histórico
puntual: el asesinato de John F. Kennedy y la traslación de
este hecho al celuloide. Un testigo de los sucesos, dotado de su
cámara, rueda en 16mm un plano-secuencia de la muerte del dueño
del sillón presidencial norteamericano. El operador no elige
los ángulos visuales. Filma sólo lo que al objetivo se le
presenta.
Pero
la aparente objetividad de la captación de la cámara es
mediada por un sujeto. El tiempo del plano-secuencia siempre es
"toma subjetiva infinita" del presente. Si se hubieran
dado no una, sino varios films paralelos de la muerte de
Kennedy, lo infinito de la toma subjetiva habría provocado
"una multiplicación de presencias". Pero aunque la
realidad se muestre en varias facetas, siempre su mostración es
pobre. Siempre "la realidad no habla con nadie más que
consigo misma", mediante un lenguaje de la acción, no simbólico,
que destella en lo presente. Dicho presente, potencialmente, es
susceptible de infinitas tomas-subjetivas y planos-secuencias
rodados desde distintos puntos de vista. Una multiplicidad
simultánea o paralela de angulaciones con zonas de convergencia
con el cubismo. El montaje, al buscar la coordinación de los
distintos niveles del lenguaje de la acción (el Kennedy
asesinado junto con las acciones del asesino, o junto a los
espectadores del estallido cerebral del presidente ultimado),
genera la sustitución de la subjetividad por la objetividad del
film. Pero el
cine, el verdadero cine, es "infinito plano-secuencia";
es estado sensible de alta y constante receptividad de la vida, que se
encuentra con nuestros ojos y oídos
( afluencia que sólo concluirá, como enseguida se verá, al
final de una vida).
Entonces el
cine y el film son distintos (en sincrónico paralelismo con la
distinción bressoniana entre cinematógrafo y cine). Por el
montaje, el film convierte lo que originariamente es un
presente en pasado. Y el lenguaje de las acciones coincide con
la acción humana. Y cuando el hombre tiene futuro, está
aún inexpresado, es una incógnita, que sólo se cierra o
aclara con la muerte: "La muerte lleva a cabo un montaje fulmíneo
de nuestra vida; o sea, secciona sus momentos verdaderamente
significativos" (32). Así, el
presente, antes no descriptible lingüísticamente, se hace
escritura por el montaje que escribe, ordena,
clausura, y fija los fragmentos infinitesimales que absorbe la
lente mediante los planos-secuencias.
Y el lenguaje cinematográfico, como cine-lengua, irradia
características particulares: no pertenece a ninguna sociedad
particular, por ser universalizable; no posee un diccionario,
una gramática propia: parte de los objetos y los significantes
ya dados por el mundo que se agotan o cambian cronológicamente
según la trasformación de los objetos que entrega la historia (
y que generan así nuevas entidades que fecundan la composición
escénica, desde los automóviles de la tecnología auroral y
primaria de la década del 20', hasta los aviones a chorro o
nuevas arquitecturas de las urbes modernas). El lenguaje del
cine entonces no se ancla en una estructura fija; es
variabilidad histórica. Y el cine es la expresión "de la
realidad por la realidad", de la vida. Es "el lenguaje
escrito de la realidad como lenguaje". En la reflexión
pasoliniana, el cine se contonea en un primer gesto de mera
reproducción; pero luego es lengua por la que se escribe la
realidad; y, por último, es la necesidad de una semiología
general, que nutra una elucidación sobre el sentido de los
signos de la lengua-cine.
El
cine es original, o idealmente, "plano secuencia infinito"
que absorbe la realidad en sus murmullos y oscilaciones
inarticuladas. El cine, por eso, es diferente de la película.
El cine, como tal, es percepción, absorción de lo
indefinido, de la amplitud múltiple de lo sensorial de la
realidad percibida; mientras que la película es la obra que se
clausura, que fija, monta, interpreta, ordena. La realidad, no
verbal en principio, deviene luego lenguaje verbal. Y, a
posteriori, el cine suma otra dimensión de lenguaje:
"la lengua escrita de la realidad" que, esencialmente,
es "el lenguaje de la realidad imaginada" (33).
En
el cine confluyen la oralidad (las palabras, y por tanto su implícito tejido de sentidos conceptuales), y el sonido. Por
eso, se acerca al lenguaje de la poesía donde el sentido
discurre en una versátil y sensible interacción con la
modulación sonora: con los acentos, las variedades de la pronunciación, con sus crestas ascendentes de
énfasis, y sus declives de voces tenues o susurrantes. El juego de estas
variaciones es la esfera de lo rítmico. Y el ritmo, las
modulaciones o variaciones del decir de la oralidad, o de la
sonoridad, le confieren al cine su particular cadencia poética.
Y el tiempo en principio inmediato de la vida, es también fina arena modulable. Por eso, el
tiempo-cine es tiempo rítmico, un tiempo modificado cimentado sobre ritmemas,
y los signos de la lengua-cine. Y la apertura a los voltajes psíquicos
irracionales, la apertura a lo onírico, los saltos de la memoria (
y su trasgresión de lo inmediato del presente), la conciencia o
vivencias íntimas de los personajes, acogen los imsignos. Los
imsignos como expresión
subjetiva y poética de la imagen.
El
cine nunca rompe su lazo umbilical con la vida. Es su particular
prolongación lingüística. La vida encontrada por la lengua
del cine recibe un sentido del hombre que, en cuanto creación
de sentido, es acto poiético. Póiesis.
Pero
el artista itálico de un cine poesía nunca se distancia de una
imaginación de puentes políticos hacia la trasformación de la
cultura. No duda en liberar su criticas mordaces sobre el
comunismo de su tiempo; pero tampoco vacila en proclamar su
empatía con la crítica marxista de la sociedad; como también
lo hace Godard o, desde la filosofía y el ensayo, la Escuela de
Frankfurt; adhesión tambiÉn proclamada desde las arenas del
surrealismo y las pinceladas mexicanas de Frida Kahlo o Diego
Rivera.
Luego de su establecimiento en Roma, en 1950, Pasolini navega en
sus lecturas marxistas y recibe la influencia de Antonio Gramsci.
Pero confía en los campesinos y los pobladores de los
suburbios, más que en la clase trabajadora, como fuerza de
cambio social.
Thomas
Mann entona la elegía de una burguesía espiritual colapsada. Su
canto de cisne es Muerte en Venecia. Los últimos
estertores de una burguesía estetizante (de raíces en el gótico
medieval o en la reforma) desde cuya sombra trepa finalmente la
hiedra de la burguesía capitalista y sus tentáculos que
sustituyen hábilmente el fascismo explícito por la sociedad de
consumo, el mercado y sus estrategias manipuladoras. El artista italiano teme entonces la
final identificación del hombre burgués (en su fase
capitalista descarnada, ya sin ningún resto de permeabilidad
hacia lo no utilitario) con la propia condición humana.
Por
eso, la elección temática en el cine del herético italiano es
ya nítido posicionamiento político. Sus círculos de temas
giran en derredor del desafío, burla y repulsión de los valores burgueses
dominantes. Y el arte debe poseer un
compromiso moral. La primera ancla ética del cine de Pasolini
se asienta en la corriente neorrealista,
con Acattone (1961), o Mamma Roma (1962). La
narración atraviesa la pobreza del proletariado y
de la juventud ensombrecida de los suburbios romanos.
En sus Escritos corsarios, Pasolini, ensayista y crítico
de la cultura, introduce la diferencia entre desarrollo y progreso. El
desarrollo es triunfo del brío acumulador de bienes
materiales y del consumismo displicente, que disuelve el progreso
como acceso a una real igualdad en derechos políticos y
satisfacción económica. El progreso, como
molino de elevación espiritual, es sustituido por el hedonismo consumista. El economicismo de la
existencia produce una aculturación. Una pérdida de los
valores tradicionales de la cultura popular italiana vinculados
con la veneración de la tierra (actitud de ancestral raíz
pagana); y con la apertura al poder de la naturaleza, como presencia que abre la conciencia a una existencia no atrapada
por el único goce consumista. Por eso,
Pasolini nunca dudó en declararse hombre del pasado,
continuador de una tradición renovada (como también pregonaba
Stravinsky en su relación con la tradición musical en su Poética
musical). Es el Pasolini que, desde su poética, en Poesie
mondane, declara: "Sólo en la tradición está mi
amor. Vengo desde las ruinas, desde las iglesias, desde los retablos
de altar, desde los pueblos abandonados sobre los Apeninos, o
los Prealpes donde vivieron mis hermanos".
La tradición es fuerza del pasado renovado si es asumida
concientemente, y no repetida pasivamente como hábito vacuo. Por el
retorno a la tradición trágica judeo-cristiana o griega, por
lo medieval o lo oriental, Pasolini suda los planos de su
narración visual que, desde su núcleo ético y simbólico, lanzan
flechas indirectas, laterales, contra el propio tiempo.
La inspiración en un plexo de diversas tradiciones también es
posible medicina contra el etnocentrismo de la cultura
moderna occidental, contra su ilusión de ser cumbre última de las
civilizaciones. En el desmontaje de esta ilusión es especialmente
gravitante el regreso a lo medieval (lo medieval de la
prédica de dos entusiastas frailes franciscanos en la
maravillosa comedia Pajaritos y pajarracos (1966), o Los cuentos de
Canterbury); a lo griego antiguo; o a la mirada que se propaga
al Oriente (en Las Mil y una noches), o a África (en la Orestiada
africana).
La lente pasoliniana recrea el conflicto entre el eros (el deseo
de continuación de la vida), y el thanatos, la muerte, que
Cristo asume libremente, no por mandato divino, en El evangelio según
San Mateo. Recorre la tragedia, con su fatalidad y el
doloroso reconocimiento de la verdad en Edipo rey; y revive el mito de
Medea (inmersión fílmica en lo mitológico griego sobre la que
volveremos especialmente enseguida). Y crea su "trilogía de la vida":
El decamerón, Los cuentos de Canterbury, Las mil y unas noches.
Distintas salidas extra-muros de la sofocación represiva de lo
burgués; salidas al oxígeno de lo primitivo, no como estéril
regresión a una libertad tribal arcaica disecada, sino como
anhelo de un materialismo sensual (en una replica visual al
pensar marcuseano de una sensualidad liberadora en Eros y
civilización). Un materialismo que, en su relación con la
idea de lo material, como origen de lo vital, asume lo dialéctico
(hegeliano y marxista) como trasformación cualitativa y
elevadora de la vida. E integra la dimensión histórica del
arte que debe combatir dentro de un
contexto histórico concreto desfavorable. El deseo de la
trilogía de la vida es animar una utopía distinta a lo utópico
originario en la modernidad construido desde los grandes
discursos refundadores y purificadores de una sociedad corrupta
(como La utopía de Thomas Moro, o La ciudad sol
de Campanella). La recuperación de los cuerpos, como
superficies de espontánea sensualidad, de erótica inocencia,
libre de los ramalazos alienantes del mundo burgués se le
revela a Pasolini, al final de su vida, como imposibilidad
histórica, como utopía desangrada. Su eficacia política sólo
late en un quejido desesperado. Sólo lo que queda es el legado de
un cine excitador de una crítica social. Un fiordo final y áspero que, a pesar de su impotencia para la
transmutación de lo histórico subyugado por una burguesía triunfante no pierde,
quizá, parte de su poder como memoria de la otra percepción de
lo real que libera lo poético.
Pero en su amargura pesimista final, Pasolini abandona la evocación
nostálgica y, como en Teorema (1968), taladra en la
perturbación conflictiva dentro de la realidad burguesa devenida
praxis carcelaria. Y, en su última obra, Saló o las 120 veintes
días en Sodoma, funde la opresión fascista y su
último símbolo: la República de Saló, en 1944, y el placer de la
perversión sádica que veja e invade los cuerpos. Metáfora de la
invasión cruel y destructora que, por la coacción física y
económica, tortura al individuo reducido a víctima. El cuerpo ya no podrá sumergirse así en aguas frescas para
la liberación del instinto, sino gemir como carne agredida por un
poder opresivo.
Ejemplo
de esta dualidad de la pérdida, de la utopía derrumbada y de
la fuerza de la memoria de otra posibilidad de existencia fluye
en Medea. La crítica
lateral
de Pasolini respecto al carcelario mundo moderno burgués motiva,
como ya aludimos, la elección de los temas de sus films.
Invocaremos la Medea pasoliniana como latido ejemplar de esta
estrategia. Pasolini apela al mito del vellocino de oro, de Jasón y Medea, para cristalizar su oblicua mirada deconstructiva
de la modernidad del materialismo burgués.
En su Medea, Pasolini continua el mito originario y no recrea
con apego lineal la tragedia de Eurípides. No hay adaptación o
recreación en un sentido estricto de la obra euripidea, sino convivencia de la Medea
pasoliniana, de la tragedia clásica y de la matriz mítica
arcaica. La obra del cineasta adquiere así su autonomía con su
propia lógica simbólica.
Desde las fuentes del mito, Pasolini revive la voz del centauro
Quirón, maestro de Jasón, como sabiduría o conciencia de un
estado pleno de cultura (la del mito arcaico) y de su demolición o derrumbe. Frente al poder desacralizante de lo natural,
el centauro Quirón, maestro primero del niño Jasón, afirma con certeza:
"¡Todo es santo!". En la naturaleza no hay nada
natural. Lo "natural" como lo reducido a la
repetición mecánica de los fenómenos; la naturaleza como
máquina previsible. Cuando la naturaleza sólo sea "natural", aclara Quirón,
se iniciará el adiós al cielo, al mar, a la aspiración de lo
divino. Será el eclipse del
mundo como presencia poética. Pero, antes de su partida, cada dios
mora, deviene y reposa en alguna parte, en alguna escama o
detalle de la materia. Sólo cuando los dioses se retiran, como
lo canta en tonos elegíacos Hölderlin, o como lo piensa desde un
pensar rememorante Heidegger, la naturaleza se diseca.
Pero la
infancia de Jasón no es aún el momento de ese vaciamiento. Por
eso, el sabio centauro le pide a su alumno que contemple el mar.
Para que experimente que allí no hay nada "natural".
Las aguas son todavía una aparición. Una epifanía. "En cada punto
hacia el que miras está escondido un dios, y si no lo está, ha
dejado una huella de su presencia sagrada", asegura el ser
híbrido
de cuerpo humano y caballo.
Tal como lo ve nuevamente Hölderlin,
un poder ígneo tan poderoso, la intensidad de los dioses, no puede
desaparecer sin dejar huellas.
Pero ya en la mística empatía o integración del hombre
arcaico con su entorno, brotan los cascabeles de la
perturbación. Quirón no desconoce la contradicción, la
ambivalencia, que afecta a los propios dioses, que aman y odian.
Y le enseña, a un joven Jasón ahora, que el mito es la única
visión
de lo real. Únicamente el hombre mítico es realista. Porque, por el
mito, descubre y sabe que todo es una perfecta unidad. Y el hombre
moderno se repliega en su intimidad, en su agobio endógeno; sus
emociones más complejas se comprimen en su psiquis. El hombre
arcaico, en cambio, experimenta aún una emoción exógena,
encendida por el roce del espacio, por la contemplación del
cielo, por un vivir todavía abierto al mundo. La contemplación del
cielo para el hombre antiguo es emoción ante lo cósmico. El hombre moderno,
por el contrario, sólo
experimenta la emoción como efusión íntima, personal, fuera de un estímulo
natural o exterior.
Quirón celebra el poder del ojo mítico del mundo. La naturaleza es
aparición, fuego recién nacido, es re-nacimiento
luego de la extinción de una vida individual o del cumplimiento de
un nuevo ciclo de las estaciones. Luego del invierno y su muerte
del fruto, la resurrección primaveral. La vida que siempre resurge. Pero el
centauro conoce la plenitud mítica y su pérdida. Por eso, bajo su
primera aparición con fisonomía únicamente humana, le adelanta al
ya joven Jasón el derrumbe de lo mítico, en el que él es uno de sus
protagonistas porque no sabe ya comprender la lección definitiva de
la vida: la vida como resurrección. Entonces para Jasón, y su
futuro mundo de una razón calculadora, ya no hay dios.
Pasolini recrea después el mito
clásico de Medea y Jasón. Jasón arriba al reino de Yolco para
recuperar el poder que su tío Pelias le arrebató a su padre, Esón.
Jasón reclama el reino y Pelias impone como condición para la
devolución del poder la
conquista del vellocino de oro en las tierras del rey Eetes, en la
ciudad de Ea, en Cólquide. Y entonces acontece el
viaje de las argonautas (embarcados en su nave Argos), y la conquista de la piel de oro de
carnero, capaz de asegurar el poder a un gobernante. En el mito, la
obtención de la mágica piel dorada (también posible símbolo de
la sabiduría) sólo es gracias al auxilio de la maga Medea (una exuberante María
Callas).
La geografía, las locaciones del rodaje, en Irán, Yemen, Etiopía,
muestra montañas plagadas de cavidades naturales. El vestuario
multicolor y la música oriental, rítmica, y los cantos ancestrales
e hipnóticos de las mujeres búlgaras, pintan una absorbente
atmósfera primitiva, mágica, rústica.
Y
en este paisaje Medea actúa como mujer maga, hija del rey Eetes, discípula de la diosa Hécate y
emparentada con la también maga Circe. Y Medea, luego de un rito de
purificación del fuego, y de un rito fertilizante del que luego
hablaremos, dentro de un templo, contempla la aparición de Jasón.
Y cae derrumbada como traspasada por una visión. Es la expresión
de la belleza, encarnada en el visitante griego, que la embelesa,
como una posible experiencia de encuentro con lo sagrado, distinta a
la vía de la liturgia ritual. Es la belleza que, como en el Symposium
platónico, es escalera hacia una altura trascendente. Pero es
también el inicio de la pasión amorosa de la mujer Medea por el
hombre Jasón. Pasión que obnubila a Medea y que, luego de
arrebatar el vellocino, la lanza a la fuga con el
griego. Y mata después a su hermano, y desparrama sus restos para obligar
al ejército de su padre a retrasarse en la recuperación de los
despojos mortales. A partir de entonces, Medea se convierte en
personaje trágico, gobernado por la autonegación de su esencia
más originaria.
Primero es la Medea como sacerdotisa, hija del rey, protectora de lo
sacro, como protagonista del rito que contribuye al crecimiento de
las semillas, a la reaparición de la vida. Una resurrección que es
estimulada por el sacrificio humano. El sacrificado dona su sangre,
y partes de su corazón, para que sean sembrados junto a las
semillas que renacerán con más fuerza por la fertilidad mágica de la
sangre. Por el ciclo natural de
la renovación vegetal y por la participación ritual del
hombre, la vida es resurrección perpetua. Y dentro del rito el
pueblo insulta y escupe a Medea y su hermano, como parte del
estallido del caos que es regreso a lo caótico original desde donde
renace la vida. Medea es primero
custodia de ese mundo ritual y de creencias en fuerzas mágicas y
divinas, que regeneran la vitalidad.
Pero,
luego, ella es la que violenta la vida (por la traición a su tierra patria
en la que fue parida, y por el inicial asesinato de su hermano, y la
posterior matanza de sus hijos). Y Medea sigue entonces a Jasón, lo acompaña hasta Yolco, bajo el
reinado de Pelias. Y es aprisionada por el exilio. El exilio en tierra
griega que sufre Medea prefigura la alienación moderna respecto a un mismo
referente: la naturaleza. Por eso Medea vaga por una tierra
resquebrajada; y pide a la hierba, a la piedra, que le hablen. Pero
el lenguaje de la comunión humana con la naturaleza se
desvanece. Por eso, Medea llama a la tierra, y ésta ya no le responde.
Y, al poco de desembarcar en tierra griega, se produce una
inversión. Lo griego es aparentemente lo civilizado, a diferencia
del mundo bárbaro, arcaico, del que procede Medea. Pero la mujer de
lo antiguo descubre horrorizada que la tierra helena no tiene peso,
no tiene centro. Y Jasón y sus hombres se revelan como sujetos
indiferentes al mundo de los ritos, los juramentos o la mirada de
los dioses. Antes, no tuvieron inhibiciones para saquear un templo
en pos del oro. Jasón, como lo había advertido ya Quirón, es el
sujeto de lo utilitario, lo racional, del desinterés por lo ritual
y lo poético. Jasón, y su mundo griego, es en realidad lo
bárbaro.
Luego, Jasón y su esposa serán desterrados a Corinto, donde
gobierna Creonte, y donde resplandece su bella hija Glauce (que
luego morirán bajos los ungüentos mágicos de Medea). El nuevo
exilio es consecuencia de la muerte de Pelias por una estratagema de
la nativa de la Cólquide (que hizo creer a sus hijas que si
descuartizaban a su padre y lo arrojaban a un caldero, éste
renacería rejuvenecido; un renacer que por supuesto no se produce).
En la ciudad en la que gobernó Sísifo, Jasón busca casarse con la
hija de Creonte. Jasón es la ambición del poder; es el ruptura
definitiva con una real ascensión espiritual. Es el Jasón que
incita, como final venganza, la muerte de sus hijos por su esposa
despechada.
Y el hijo de Esón se asemeja al Ulises pensado por
Adorno y Horkheimer en la Dialéctica del iluminismo; el
Ulises que ya rechaza el llamado de las sirenas, el llamado de la
re-unión con una naturaleza todavía sacralizada, para preservar,
desde la astucia y el cálculo, su propia individualidad
autosuficiente.
Y entonces Medea, dadora de nueva vida primero, y destructora de la
misma después; y Jasón, sujeto del utilitarismo y el pragmatismo,
detonan el derrumbe del mundo mítico. Y abren un vacío que, luego
del milenio del cristianismo medieval, es ocupado por el
materialismo burgués. Por lo moderno que expulsa al hombre de la
tierra, de la naturaleza como fuente de vida renovada, y de una
sensualidad que sacraliza y erotiza el espacio y la
materia.
Y entonces, en Corintio, acontece la aparición bifurcada de Quirón, representante de la sabiduría
arcaica en extinción. Quirón resurge ante Jasón en una imagen duplicada, en un
desdoblamiento que recuerda la figura alquímica dual del
rey y la reina, o las típicas imágenes binarias de Frida Kahlo.
En un mismo plano, de un lado reaparece Quirón, como centauro
sabio,
en su anatomía originaria de hombre-caballo; del otro lado, su
degradación: su aparición bajo la sola forma de hombre. El
centauro que integra cuerpo humano y equino simbolizaba la
integración conciencia-inconciente, razón-instinto,
hombre-naturaleza. El hombre desanimalizado es ya voz conciente
de la desacralización, de la alienación; pero aún conserva la
suficiente lucidez de la mirada sabia como para entender su
propio empobrecimiento y la "catástrofe espiritual"
que padece Medea. Su desorientación como mujer antigua (como
sensibilidad mítica que, antes de su declive trágico, sacralizaba y elevaba el espacio y sus
seres) en un mundo que ya no la reconoce. El Quirón sólo
humano lo sabe, lo anuncia: el hombre abandona definitivamente la percepción mitopoética
de la vida. Lo humano se escinde de la unidad del cielo y la tierra.
El último residuo divino para Medea es el sol, su abuelo. La esfera
de luz que relumbra en el primer y último plano del film. La voz de un Helios,
acaso espectral, que la
exhorta a no abandonar sus "viejos
vestidos" (es decir: la tradición que espera ser
continuada). Pero Medea, ya sabemos, es víctima del colapso de lo mítico
en su propia conciencia de exiliada que no escucha ya las piedras
y la tierra; es la que desacraliza la vida al matar a sus hijos
para consumar su venganza personal contra Jasón que la ha
abandonado por otra mujer. En Medea naufraga así la
sensibilidad mítica como experiencia que acaricia al mundo con una sensualidad poética y misteriosa. Por eso, quizá, su
tragedia, como la del Edipo (sofocleo y pasoliniano) anticipan
la conciencia de la pérdida irrecuperable de un existir con
dignidad poética entre los palacios fabriles del capitalismo y
sus jardines de mercancías que se reproducen. El cineasta poeta que
declaraba su renuncia a la "trilogía de la vida" poco
antes de su muerte, quizá ya experimenta esa caída trágica, en
la íntima identificación con el derrumbe del mundo mítico en
Medea. Identificación lateral como acto profético. Como profecía
trágica de la extirpación de los ojos con los que la utopía, de un particular cine
poesía, pretendió escudriñar un mundo
trasfigurado por el centauro de la irrealizada (y acaso
irrealizable) unión de lo político y la magia artística.
VI
El poeta
sangra. Y Orfeo canta. Su representante es ahora francés. Aspira
de cerca el perfume del Sena, de un pez femenino que trae secretos
del mar.
Jean
Cocteau camina con varias lámparas en sus manos. Las luces de las
artes que frecuenta: la poesía, la literatura de aire simbolista, el
teatro, el dibujo, la pintura, el cine. Pero la diversidad puede
fluir en derredor de un solo latido. Para Cocteau, el cine no es
arte plenamente autónomo. Es expresión poética, es emanación de lo
onírico y maravilloso, acceso a otros mundos, o al desdoblamiento de
éste hacia cavidades de profundidades no percibidas. En Cocteau, las decimonónicas
voces románticas
regresan con un timbre renovado.
Cocteau:
desinhibido y tardío brote del romanticismo. Para Cocteau, la poesía surge de la no intención de hacer
poesía.
Las finas melenas de lo poético emanan no desde un
anarquismo expresivo, sino desde el empleo exacto de una norma estética. De ahí que, para el autor de Les enfants terribles, la
libre invención debe ser, al final de cuentas, cribada
por una forma modeladora.
Cocteau entiende el
arte como larga lucha contra los hábitos y como delicada mezcla
de inconciente y conciente, de indeterminación y orden. "Vivimos en un enigma",
repite en su
Autobiografía de un artista desconocido realizada por Carole
Weisweiller. El poeta es en principio ser invisible. A diferencia de Giges que, en el mito griego,
adquiere invisibilidad luego de encontrar un anillo (34), el poeta es
el que se hace visible. La inversión del efecto mágico del
anillo referido por Platón significa que el poeta adquiere así
una "terrible visibilidad". El poeta crea entonces
bajo el influjo de la sombra de un yo abismal, que viste su
cuerpo; pero siempre se aleja. Este hombre profundo nos es
desconocido. Es el verdadero ego. Para perseguirlo, para
escucharlo, es necesario descender hacia su profundidad en un
estado soñoliento, que no es estrictamente sueño, pérdida de
la conciencia, sino katábasis (el descenso infernal en
el mundo
clásico) a través de un "hueco
terrible", de una "mina desconocida", donde mora
el verdadero ego que envía sus órdenes hasta la sensible
audición poética. El verbo lírico, fantástico y
transfigurador, sólo surgen si el guardián del ego desconocido está adormecido. Y cuando este
descuido liberador ocurre, lo que emerge no es sueño ni
delirio, sino retazos de noches destinadas a una futura tamización por la conciencia
estética ordenadora del poeta.
Cocteau, como
artista múltiple, como sujeto de la alegre expresión
versátil y polifacética que, como antes aludimos, es todo a la vez: poeta, escritor,
dibujante, pintor, escenógrafo, cineasta. Nace en una familia
embebida de arte. Escucha, desde niño, a Wagner y Gonoud. Por estos
orígenes trata de autoexplicarse su fervor ecléctico. Su
entonación como artista
de la multiplicidad, de una sensibilidad de amplitud renacentista. Como
dibujante, su credo es el lápiz en movimiento trazando líneas
puras e improvisadas que se asemejan, en su directa
liberación, a la improvisación del jazz; entonces oficia como
dibujante-pintor de iglesias, como la sala de casamiento de
Menton o la capilla de Villefrance-Sur-Mer.
Por las
arterías de
su versatilidad poderosa circula la influencia de Eric Satie.
Enemigo de "las nieblas impresionistas". Satie le
trasmite, desde la composición musical, la nostalgia y la práctica de las
líneas limpias, puras, grávidas de precisión.
Stravinsky le obsequia el impulso para el rechazo de las normas
(que es también una renovación de la tradición por la creación
disciplinada).
Y Picasso confirma esa actitud rupturista al hacerle partícipe
de la creencia de que "rechazar hábitos es como una
religión". Y sus contorsiones versátiles nacen asimismo del impulso transformador de la danza convencional,
de
su transfiguración bajo la audacia de Diaghilev, director de
ballet ruso; hacedor de un nuevo ballet iluminado por el danzar de Nijinsky.
Cocteau
insiste en la identificación de la creación poética con el
trabajo manual. Adhesión a un principio miguelangelesco que traspasa todo su
arte, desde el dibujo hasta el cine. "Mi mano sirve para
una persona misteriosa que vive en mí y que no conozco. Pero yo
soy un medio, un trabajador manual". Y no se fatiga en
recordar, como un sujeto romántico revivido: "todos los
poetas son medios de una fuerza misteriosa que los habita" (35).
El peligro del envanecimiento, del estimarse elegido por una
inspiración divina, se aminora con la alianza entre creación y
"expiración", como aquello que surge de la noche.
Noche del enigma. Y un poeta es quien "intenta poner la
noche en la mesa".
El poeta Cocteau,
trabajador de la mano y lo nocturno, siempre fue conciente de la
naturaleza poética de su itinerario cinematográfico: "Siempre
utilice el filme como un vehículo poético". Donde lo "poético"
no es exhalación gratuita, placentera y espontánea, sino
trabajo bajo la mirada de la forma, de un orden gradual
proyectado desde la conciencia para trasladar la noche al día.
De ahí la aclaración: "mi trabajo consiste en trasformar
figuras en números". La variedad de formas, de incitaciones
posibles que emergen de la noche deben ceñirse, finalmente, a
una matemática precisa, a una simbiosis de los manantiales
inconcientes y la acción modeladora de lo conciente. En este
modo de trabajo creativo, la obra asombra al mismo artista
cuando éste da número y forma a la potencialidad inconciente
sin nunca haber perdido "su equilibrio y salud moral".
Y el dar número no
se desmadeja de la acción artesanal. En Sang d' un poéte
(1930),
el espejo líquido que el poeta atraviesa para caer luego en un
profundo y oscuro vacío es una piscina de los jardines botánicos de
París. Y en el rodaje de este mismo film, expresión del Cocteau
surrealista, el artista advierte la irrupción de errores
inesperados. Pero sus aparentes deficiencias hacen de un film
un acto de mayor realismo visual. "Los errores necesitan
tener la fuerza de un dogma". Cuando irrumpen en el rodaje
deben ser preservados, no corregidos.
Y dentro de la
conciencia artesanal, que soporta el nexo de la mano y el hombre
secreto dentro del poeta, Cocteau experimenta con medios
sencillos para crear la atmósfera mágica que espolvorea la puesta
en escena del cine poesía. En La sangre del poeta, el movimiento del actor Ribeiro, su
aparente caída en la oscuridad sin fondo, luego de traspasar el
espejo-agua, es efecto de su desplazamiento sobre un tranvía.
Medio básico de locomoción que Cocteau dispone bajo la bella
presencia de Joset Day en La bella y la bestia, y que la
muestra como ser ligera, cuyo movimiento ya no es un caminar,
sino un sutil vuelo.
Los films que se
imponen como extraordinarios son los que "hacen ver lo
invisible". Por la dinámica del rodaje y el montaje el Cocteau
cineasta consigue, como efecto fílmico central, "las transformaciones de las abstracciones
más
subjetivas en objetivas". Lo que primero es imagen sin
corporalidad, fantasma o sueño, adquiere luego objetividad, visibilidad
como volumen tridimensional y moviente dentro de la
bidimensionalidad de la pantalla.
Y Orfeo y
El
testamento de Orfeo, La bella y la bestia se nutren de lo
mitológico o lo legendario. Cocteau se embriaga con la potencia simbólica-poética del film inspirado en el
más grande cantor
griego y en su especial intento de rescate de la Eurídice
atrapada en el Hades. Orfeo y su guía ingresan al otro
mundo, luego de atravesar un nuevo espejo líquido, como mágico portal
intermundus, arrastrando sus pies, y movidos por un viento inexplicable.
Y Cocteau siempre prefiere la
mitología a la historia. Porque
"la historia está hecha de verdades que, eventualmente se
transforman en mentiras, y los mitos son mentiras que,
eventualmente se convierten en verdades" (36).
Y el mito es la
primera expresión narrativa de la emoción y la intuición poética del espacio. El cine
poesía es entonces mito filmado.
Con el poder extraño de desnudar una verdad a través de la
ilusión de cuerpos que caen en el vacío abismal, o que se
desplazan libres desde la burla de los mandamientos de la
gravedad, o de los hábitos que temen desvanecerse en la noche.
Noche sin ley.
Lo nocturno que guía la artesanía de líneas-dibujos o del film
como "vehículo poético".
VII
El
hombre camina por la hierba. El alba acaba de murmurar algo. El rocío acaricia las rocas. El hombre cierra los ojos. Pero siguen
abiertos. Y el tiempo corre con sus gacelas, en todas las
direcciones. Animales de un tiempo extraño. Tiempo-animal
misterioso, que nunca se detiene, del que sólo es posible capturar alguna
huella. Alguna presión de ese fluir que deja su sello, su huella en
el plano, en una imagen, en un parpadeo de lente. Detrás, el
artista cineasta mira lo no visible que sopla, como viento sutil, entre la roca.
En la
hierba.
Tarkosvski.
Un nombre primero.
Un visionario después.
A pesar
de todo, a pesar de toda duda, o cabildeo teórico, la obra es don, regalo
extraño, concedido por la musa, el dios
o la diosa. La nada o un Lucifer fugitivo con ala de soles entrega
el don, el regalo, a unos pocos. Y no importa la cantidad de los
obsequios. Sólo importa el poder recibido que, en el poeta de la imagen ruso, por su muerte prematura por
cáncer, en 1983, únicamente alcanza a vibrar en siete films, y dos
documentales.
Pero
este arco creativo es suficiente para entregar una nueva
demostración del poder del cine como poesía. Y entre esas obras,
El espejo (Zerkalo, 1974) sea quizá su cumbre, y una de las nubes
más altas en la historia del cine.
Para
Tarkovski la temporalidad (y su núcleo de eternidad) es la más
honda veta de la existencia. Pero el tiempo no es directa
inmediatez. Para el creador de Solaris, lo temporal es primero,
como en Proust, recuperación de un tiempo perdido. Es la temporalidad
empírica como tiempo recuperado. En el fluir sin detención la voz
temporal del pasado se relaciona con el siseo del presente. Con una
memoria en continua expansión. No con una estática estratificación
de recuerdos de corte geológico.
El cine,
en su fase de proyección y recepción, le depara al espectador la
posibilidad de cumplir un inconciente deseo de encuentro con una
plenitud perdida, de reencuentro con las reverberaciones del tiempo
rescatado. Esta recuperación temporal que el cine propone al
espectador no es la de un imposible regreso del tiempo tal como
exhaló sus ondulaciones en lo pasado. El tiempo recuperado por la
mirada que contempla el film recibe ya un tiempo trasformado. Un
tiempo sellado.
Tiempo
sellado: el tejido fino donde el tiempo que transcurre recibe los
sellos del esculpir del artista. El pintor despliega con líneas, perspectivas y colores, su paño de formas; el arquitecto o
el escultor obran la obra por su sensibilidad ante la masa y el
volumen; el músico escribe sonoras tonalidades melódicas, armónicas o
contrapuntos. Y para Tarkovski, el artista cineasta, es el único que
talla la más directa expresión de la vida ante los ojos: el tiempo
que deviene. El cineasta modela, esculpe la temporalidad. Sella sus pliegues de
instantes en un tiempo que no es un mero suceder. Es sensibilidad que
absorbe, retiene, devuelve novedades. Y recupera un coágulo de sentidos que fluyen
a través de una verdad subyacente. Por eso, Tarkovski transcribe este
pensamiento de Boris Pasternak en su Diario: "Las corrientes
modernas imaginan el arte como un chorro de agua y es como una
esponja". La imagen es esponjosa absorción de lo que
acontece en el tiempo vivido.
El
tiempo debe vivir en la imagen desde el primer plano rodado. Sólo
entonces, para el
creador de Stalker, comienza propiamente la dimensión más
alta de lo temporal: el tiempo esculpido. Si el tiempo es el
corazón de la vida, el arte cinematográfico es lo que debe absorber
y trasmutar los latidos de la temporalidad. El cine es alquimia del tiempo
vivido; pero la metáfora preferida de Tarkovski es la del esculpir.
El
artista parte de la piedra virgen, del tiempo aún no sellado; pero,
luego, inevitablemente debe ser maestro de la disposición de las
formas. Sólo al imprimir la forma en el tiempo que fluye nace el
tiempo estrictamente fílmico. El cineasta debe, mediante una
"sensibilidad temporal", percibir la tensión del tiempo
dentro de los planos rodados. El acontecimiento filmado no tiene,
en principio, un contenido propio (sobre este aspecto particular
luego volveremos). Y si el cineasta esculpe el tiempo mediante los planos, no es como producto de una
"cine de montaje", sometido al rigor de un montaje
intelectual, a la manera de Eisenstein y sus diferentes resultados
como el encadenamiento visual de la batalla del lago Peipus en Alexander
Nevski (37).
El
esculpir en el tiempo será la creación del ritmo. El ritmo (noción
de base musical) no depende del montaje, de la duración de los planos
elegidos para su interconexión, sino de la extensión del tiempo que
transcurre, que fluye en ellos. Por eso la película ocurre, nace,
se manifiesta en el rodaje más que en el montaje como
reordenamiento a posteriori de los planos.
El
montaje, la intervención conciente del artista en los planos
rodados, no debe sortear o modificar la tensión o ritmo entre esos
planos. De ahí la síntesis entre la forma-montaje y los planos de
tiempo que entrega la vida como temporalidad; y como continente
de una verdad que discurre entre el tiempo filmado y el artista que
rescata sus afloraciones mediante su
esculpir. Tarkovski participa así del célebre principio
miguelangelesco de que en la materia (de la piedra a esculpir; o
en la materialidad del tiempo filmado) yace la Idea, como verdad a
percibir y no anular en el montaje.
La
verdad en los planos temporales sólo surge "cuando se reconoce
clara y nítidamente que lo que se ve en ese plano no se agota en lo que
se representa visiblemente, sino que tan sólo se insinúa algo que
tras este plano se extiende de una forma ilimitada, cuando hace
alusión a la vida" (38). Así, "una película verdadera
vive en el tiempo sólo cuando el tiempo, a su vez, vive en ella" (39). Por eso
"una imagen creada es fiel cuando expresa la verdad de la vida
haciéndola así tan única e irrepetible como la propia vida en sus
fenómenos más insignificante" (40); porque una "imagen es
tanto más fiel a su destino cuanto menos se puede conservar en una
fórmula conceptual especulativa" (41). Y aquí Tarkosvki
recuerda la poesía japonesa del haiku, en la que el sujeto oyente o
lector del verso puede perderse en una imagen poética. Y
aquí comienza también lo poético cuando el deber del artista no es
expresarse a sí mismo, a su propio yo, sino a la
"esencia del mundo".
Esta
ética poética (a su manera ya presente en Bresson), no es en modo
alguno original. El propio Tarkovski enlaza esta actitud con la
sensibilidad arcaica, como los tiempos donde la máxima potencia de
la obra deriva de una creación impersonal, nacida de la
inspiración de la musa o del
dios, en un contexto mágico-espiritual. El
artista expresa emociones, un "sentimiento", no desde su
yo, sino desde la dimensión temporal
del mundo.
El mundo
como verdad no es un río de una irradiación única. El plano cinematográfico es
sólo un fragmento de realidad, donde no late una idea o
significación preestablecida. La
exhalación cromática que entrega un plano son colores neutros, que pueden ser "coloreados" por la
mirada del espectador. La vida como tiempo del plano, como lecho móvil de una
idea o una verdad, le "ofrece a cada persona la posibilidad de
sentir y llenar cada momento de un mundo propio" (42). Por el contrario, la palabra ya
contiene una idea, un significado o definición que le es propio y
que lo sitúa en cierta abstracción respecto a la vida
definida.
La verdad subyacente en el flujo
temporal es mediada por el
sujeto: "El hombre se apropia de la realidad por su vivencia
subjetiva". Pero
esta expresión aparentemente abierta a una co-participación entre
la imagen y el espectador no debe confundirnos. Porque esta recepción sujetiva y
emocional, fundamentalmente desde la mirada del
artista cineasta, es siempre impelida por la busca de un ansía de
lo ideal, de un ansía eterna. De una verdad absoluta. Del mundo que
está ahí. El Mundo como lo interminable temporal. Por eso:
"una imagen se puede crear y sentir, aceptar o rechazar, pero
no se puede comprender "(43). Nuevamente la imagen es
eclosión poética, una luminosidad no comprensible por lo
racional.
Y el cine
y la música no se diferencian plenamente. La literatura, extensión
del lenguaje con su conjunto de signos-normas, accede a la
exterioridad de la vida desde una mediación conceptual. El cine, por el
contrario, absorbe cual esponja, que es mixtura de ciencia y poética,
todo lo que surge en la inmediatez del tiempo y el espacio. El
escritor, por su parte, pre-ordena, pre-determina la realidad desde
una imagen ya forjada en su mente (imagen que se convierte en
palabra). En cambio, "el celuloide
graba de forma mecánica los contornos del mundo mediante los que
aparece ante la cámara" (44).
El cine
abre sus alas de movilidad y luz en el roce dentro de la vida. Por
eso, "el cine, al igual que la música opera con
realidades" (45).
El parpadeo visual de la cámara siempre se aproxima a una realidad que
permite la introducción de la mirada humana, por la combinación de
técnica y arte cinematográfico. Y entrega posteriormente la obra como
néctar que estimula el disfrute del espectador, y que lo sitúa
también en su condición de intérprete libre de la imagen. Pero el mundo conserva una
pulsación primaria que escapa a la mirada humana de lo cotidiano, a los
saberes racionales,
o a la propia visión del cineasta y el espectador que palpitan ante
la obra. El mundo conserva su alteridad. De ahí su potencialidad de
ofrecer nuevos rizos de verdades a descubrir en su fluir.
Descubrir
esas verdades latentes es para Tarkovski la embriaguez poética que
siempre persigue el ansía de lo ideal, las huellas de lo eterno en
el tiempo y en el intrincado laberinto del hombre. El arte debe
recuperar y liberar las astillas quemantes de una verdad eterna, que
en nada debe ser confundida con una revelación dogmática teologal
de lo verdadero, o con el espejismo conceptual de la
"verdad de una sistemática filosófica". La verdad no tiene
contenido. Sólo merced al nuevo ritmo de los planos, estallan
nuevos sentidos. Por eso, en un parentesco
con Deleuze, para la poética fílmica de Tarkovski, el cine también
debe ser afirmación del sentido de este mundo, una afirmación desde un plumaje de fe y esperanza, aunque siempre
acosado por la amenaza
del nihilismo; siempre perseguido por la cacofonía de una cultura sin
oídos para
escuchar algo más que los murmullos de una superficie opaca.
En
Deleuze la creencia en este mundo es inmanente, se sumerge en la historia,
pero desligada de un proyecto utópico, y más aún de un rehabilitación
de la fe en un mundo suprasensible. Esto último parecería colisionar con una espiritualidad
tarkovskiana que conserva huellas de la tradicional fe rusa que une
este mundo con el más allá. Sin embargo, esto sólo es una
ilusión.
En Andrei Rublev (1966), Rublev, pintor de iconos, hombre de la fe trascendente,
padece el hartazgo ante este mundo, y patentiza su rechazo mediante la
suspensión del lenguaje y la renuncia a la creación. El acá no se
redimirá. Y el hombre es pantano enemigo de la luz. Rublev:
prisionero de la desesperanza. Y el encuentro posterior con un niño, heredero del
oficio de construcción de campanas y que, aun estrujado por su inmadurez y
temores, no escapa de lo creador, de la creación de nuevas campanas,
de una música expansiva, sutil, capaz de romper fronteras y
densidades sofocantes. Es el niño que se derrumba, bajo una lluvia,
por su asombro ante su primer acto creador de una campana. Y Rublev lo
rescata. Y
comprende: la fe no es la quimera del más allá.
Es inmanente acto creador. Es recuperación de la belleza de este
mundo, aunque éste proceda de una fuente divina y extraña. Es la belleza
que debe ser extraída desde el horror. Por eso, luego de veinte
años de silencio exhorta al niño a continuar con la creación de
campanas mientras él irá a pintar iconos. Y Rublev pinta; y aun a través
de una iconografía religiosa tradicional, Rublev expresa la
belleza desde una riada de fe
inmanente, que apela al simbolismo religioso como medio y no como
fin. Quizá por eso la sucesión final de los iconos efectivamente
pintados por Rublev no concluye con una seráfica luz extraterrenal
sino con la imagen de la lluvia. Unos caballos. La sacralización
del aire. La recuperación de la creencia en la grandeza inmanente del
mundo. El ojo que se asombra ante el viento que sopla, continuo, por la
esfera (cielo) y el cuadrado (tierra) del espacio.
La tan
mentada mística tarkovskiana no desintegra el tiempo terrestre. Lo
abre para que des-oculte algo eterno y no humano. Pero que
siempre se revierte sobre una piel humana hambrienta de absoluto.
Un proceso que es continuación, pero también transformación, de sus
asumidas raíces culturales rusas, y su apertura a una divinidad
creadora (46). La proximidad de una música
eterna, divina y verdadera, aun dentro del rumor de la historia como amenaza
de destrucción, como inminente aullido de una gran hecatombe
nuclear, da fuerza a Alexander, en El Sacrificio (Offret,
1986), para consumar un acto solitario de sacrifico que, por su fe
sin dudas, puede provocar una fuerza silenciosa y no advertida de
salvación.
Y la
fe creadora que reafirma la eternidad en el tiempo y el hombre no es
sólo des-cubrimiento. Es también acción de resistencia. El artista
en su estado más vigoroso es visionario. Es explorador de
profundidades olvidadas y sujeto que resiste. En la filmografía tarkovskiana, Stalker (1979) es ejemplo diáfano de esta dinámica. El Stalker es
quien sabe que "la zona es la vida que el hombre debe
atravesar y en la que sucumbe o aguanta" (47). Sucumbir es el
riesgo del artista, del poeta, en cualquiera de sus formas
particulares de expresión creativa.
Y el Stalker aguanta. Resiste. Conserva. Protege el saber para ingresar a un lugar otro, a un
alter mundus; pero dentro de la inmanencia del tiempo-vida del mundo. Al
traspasar las fronteras de lo prohibido, cae y abraza la tierra,
expresión de fusión corpórea y poética con la vida
terrestre, con la diosa tierra. Y conduce allí a sus opuestos: al Escritor y al Científico. Nombres impersonales para aludir no a individualidades
psicológicas particulares sino a distintas concepciones del mundo.
Forma indirecta de trazar una crítica de la cultura moderna
occidental incapaz de descubrir la huella de un sentido eterno. El Escritor es el nihilista que
sufre, con cierta perversidad masoquista; goza con la anulación o calcificación definitiva del
sentido; aunque sus primeras palabras, ante una bella y desconocida
mujer, exudan la nostalgia de un tiempo medieval
perdido, donde todo hervía de fantasía y de una poesía que no
permitía la duda o la intuición de un vacío demoledor. Y el
Científico, el representante del saber científico que penetra
dentro la materia, descubre la potencialidad de la energía desencadenada de los átomos, no como confirmación de
la fuerza e intensidad de la vida, sino como vía destructiva, como
tecnología para el estallido final y consolador del suicido y la
autodestrucción.
Frente a
la aceptación del quejido impotente de la nada (El escritor), o el
deseo de su destrucción (El científico), el Stalker protege
una habitación dentro de un laberinto de caminos y sorpresas, donde
se podrían cumplir los deseos. Pero el deseo no nace sin la fe en la
recuperación de un bien perdido.
El
Stalker entonces protege la zona como devenir fuera de la lógica,
cuya fuerza descubridora de huellas
de eternidad sólo se le entrega a quien piensa desde una "paradójica
debilidad". El débil es quien tiene la fortaleza de estar
abierto a lo entraño, a lo misterioso, a la presencia de un algo
divino. El débil es quien no busca cazar la proyección de su propio
deseo. Sólo
así, al no desear la posesión de un bien preconcebido, surge el don
de ser encontrado por las gemas que brillan en el tiempo. Diamantes
de significación sutil, metafóricamente representados en el film por el agua
frecuente que, en su sereno fluir abriga, bajo sus esmaltadas e hipnóticas superficies destellantes, objetos extraños, irradiaciones o corporaciones de
una verdad pre-lógica, poética y misteriosa.
El
Stalker como artista o místico sin dudas, colisiona con la
incapacidad para la creencia de los supuestos doctos; choca así con
la
arrogancia del lenguaje estilizado del intelectual, y con la
prepotencia del saber técnico del científico. Y en su
austeridad y su entrega completa a su destino de protector, no
sucumbe. Resiste. Quizá por eso su descendencia, su hija inválida,
metaforiza la utopía del advenimiento de un cuerpo sensible otro, más poderoso, a partir
de la experiencia acumulada del arte como resistencia dentro de la
cultura moderna de la nihilista negación intelectual. La hija del Stalker:
la que recupera el lenguaje como palabra poética, no como
significado, sino como fuerza sensible.
Como poder capaz de mover objetos y partir el rostro de lo común, el cerco de lo
cotidiano. Para
así alimentarse de una
potencia eterna que el tiempo encubre y mueve. Y que el cineasta
poeta rescata desde lo inesperado, y acaso desde cierta
predestinación, mediante el ritmo de la imagen. Un cineasta poeta,
de la Rusia profunda, que corre por los campos de alforfón, donde lo real habla como fulgor.
No como espectro que
crece.
VIII
En el momento de evocar un paradigma
de análisis del cine como pensamiento surge, de forma ineludible, el
recuerdo de Deleuze. Su relación entre cine y pensamiento es insoslayable
como punto de referencia para una filosofía del cine, lo cual no
significa, obviamente, su condición de modelo último o inhibitorio de
alternativas o puntos de disensos legítimos. La cantera de las teorías
de los mismos cineastas sobre el cine es ya esa alternativa a la
concepción deleuziana del arte del movimiento visual.
Invocaremos
aquí sólo algunos de los colores primarios de la concepción deleuziana
del cine, sin ninguna ambición de amplitud sistemática. Y la
recuperación de estas tonalidades de su teoría, de fuerte inspiración
bergsoniana, obedece a su vez, a nuestro ulterior intento de generar los
esbozos de un viento alternativo en torno a la imagen-movimiento.
Bergson
piensa la célebre diferencia del tiempo vivido como duración o elan
vital, y el tiempo como divisibilidad, como "número del
movimiento". La metafísica clásica griega o la ciencia moderna, por
sus propias vías, espacializan el tiempo. Lo suponen divisible, medible,
analizable. En la antigüedad este error comienza con las aporías
eleáticas y la divisibilidad sin fin del espacio, lo cual impediría todo
movimiento, y de esa forma desintegraría la posibilidad de un devenir
temporal. Esa pulverización del tiempo late bajo el célebre ejemplo de
Aquiles y la tortuga.
En la modernidad, la ciencia clásica supone que el tiempo es
homogéneo y siempre asociable con un móvil 1 ubicable en cualquier
posición de una línea o en cualquier instante temporal. Así el
tiempo sería descomponible en múltiples posibilidades de cálculos
de posiciones o velocidades sobre el trasfondo de un espacio como
receptáculo del cambio temporal. Pero en esta visión la índole
esencialmente cualitativa del tiempo se pierde al ser sustituida por
un tiempo medible, matematizable, cuantitativo. Un tiempo que es
reducido a sucesiones de instantes temporales en un espacio medible
y divisible. Para Bergson, surge así una dicotomía esencial: un
espacio divisible más un tiempo abstracto, que oculta la verdadera
dinámica de la temporalidad: el tiempo como indivisible y
heterogéneo, distinto del espacio de la homogeneidad y de su
potencial divisibilidad infinita. El tiempo verdadero no abriga,
como su naturaleza propia, el ser detención en un punto de
referencia determinado para su cuantificación. Es devenir sin
detención. De ahí la cualidad arquetípica del movimiento temporal
como duración indivisible, y como trasformación y aparición
incesante de lo nuevo. El tiempo como invención. El devenir es
novedad, creación: el efecto del tiempo como duración nunca
fragmentable.
La
temporalidad así experimentada es siempre movilidad que no puede ser
capturada por los recursos específicos del pensamiento racional, que se
ancla en conceptos que, ilusoriamente, pretenden definir, desde lo
estático, lo que siempre es vida afiebrada por las serpientes de
movimientos magnéticos, por un movimiento libre de medidas fragmentadoras.
El
cine tal como lo concibe Bergson, en los momentos de su origen histórico, se
identifica íntimamente con el pensamiento conceptual, como esfera de
significados inmóviles, y como imposible adecuación con el tiempo real de
la movilidad sin permanencia ni estabilidad. El cine genera la ilusión del
movimiento a través de su particular tecnología proyectiva: las imágenes
móviles se proyectan en realidad a través de lo que es una serie de
imágenes fotográficas estáticas que componen el celuloide. Así como el
lenguaje, por medio de sus redes de conceptos pretende expresar un mundo de
entidades sólidas, estables, densas y autoafirmadas, el cine construye la
imágenes-movimientos mediante una oculta trama previa de fotogramas
inmóviles. De ahí que el pensador francés hable de una equiparación no
evidente entre cine y pensamiento: el pensar anida dentro de sí un
mecanismo cinematográfico. Antes de su aparición puntual como arte y
tecnología en la historia, el cine preexiste como dinámica
"cinematográfica" del pensamiento. En el pensar obra un "metacine",
una "metafísica natural" ordenadora de la experiencia que parte
del devenir singular de la vida para, luego, mediante eventuales tomas
conceptuales, mediante conceptos-cortes inmóviles, introducir
estabilidad donde todo es movilidad. El devenir que aprehende el pensar ya
no es así el devenir que deviene, sino "un devenir general". El
concepto estático del movimiento reemplaza al propio movimiento. Y esta
sustitución emana de la necesidad humana de vivir desde un lecho de inevitables principios estables.
Sobre la corriente temporal siempre móvil se yuxtapone así, ilusoriamente,
un tejido de normas estáticas.
Y este proceso, más allá
del pensar y el lenguaje y sus conceptos estables, involucra también en Bergson la selección que la
percepción consuma de lo más relevante en términos vitales. La
percepción es esencialmente utilitaria: elige sólo los estímulos o
acciones que permiten la afirmación u orientación del hombre dentro de la
existencia. Esta elección es, a su vez, una respuesta desde el esquema
sensorio-motor del cuerpo humano de lo más eficaz para responder a las más
apremiantes necesidades vitales. La percepción alimenta una memoria que
sólo recuerda acciones-respuestas que ligan la conciencia a un mundo de
continuidades y utilidades introducidas por el obrar humano dentro del
movimiento. Dentro de lo que es, en realidad, silencioso, inabarcable,
devenir prehumano que antecede a la percepción, como el volcán precede a
las coléricas explosiones de lava y rocas ardientes.
La trilogía pensamiento-lenguaje-percepción pertenece entonces, ya
antes de la manifestación histórica y tecnológica del cine, a un "metacine",
a una respuesta cinematográfica al devenir puro que, luego de
las retahílas de tomas, encuadres conceptuales, selecciones perceptivas,
sobreañade y yuxtapone su "devenir estable" que duplica el libre
viento expansivo del movimiento.
Bergson
piensa desde la génesis auroral del cine y sus primeras y
rudimentarias posibilidades técnicas. Piensa desde un cine de la
cámara inmóvil frente a la que se suceden los objetos y los seres.
La inmovilidad de la lente, en esa instancia primitiva y originaria,
debe así contentarse con capturar, mediante fragmentados y
sucesivos instantes-quietud (la rémora de la inmovilidad
fotográfica), lo que es el despliegue de un movimiento real. El
tiempo real (como duración no fragmentable) es reemplazado por un
tiempo sobreañadido y abstracto que cobija en sí mismo fragmentos,
astillas del tiempo dividido. Lejos aún de la inmersión en la
duración del tiempo real, observa Deleuze, el cine fundacional,
respira primero en el territorio de las imágenes
en movimiento. Pero el posterior advenimiento de la cámara
móvil, y la intensa experimentación con el montaje de los planos,
no es ya captación del devenir desde la inmovilidad, sino
incorporación de las posibilidades de la danza de la cámara en
torno a los objetos y seres desde las aproximaciones del primer
plano, segundo plano y su profundidad de campo. No actúa ya el
parpadeo del ojo de la cámara inmóvil que registra el movimiento
exterior, sino que ahora la lente móvil impresiona el movimiento
temporal en
el celuloide. Entonces ocurre una mutación esencial, que Deleuze piensa, ya más allá de la mirada de Bergson ceñida al cine
coetáneo a su pensar. La captación móvil del movimiento es la
filmación del movimiento del movimiento. Mediante los cortes
móviles del encuadre, desde el plano (junto con su convivencia
indisociable con el rodaje y la composición ulterior del montaje)
irrumpe la especificidad propia del cine en su punto de unión entre
la creatividad propiamente artística y su dispositivo tecnológico:
la imagen-movimiento. La imagen donde no se retiene o
representa ilusoriamente un movimiento perdido, desde el velado
discurrir de los fotogramas inmóviles capturados por la cámara
estática. Ahora, la imagen es movimiento que absorbe, atrae,
retiene y revive el movimiento real.
La imagen-movimiento es comunicación con el tiempo real y, por lo
tanto, con el tiempo-invención, tiempo-kairós; encuentro con la
temporalidad que, en su duración, es productividad incesante de
novedades y mutaciones.
Bergson descubre la matriz ontológica de la imagen-movimiento
cinematográfica mediante sus especulaciones en Materia y memoria (48),
obra cuya influencia en la filosofía abierta y rizomática deleuziana nunca
puede ser subestimada.
Un
Bergson contemporáneo a la teoría einsteniana de la relatividad, del continunn
tiempo-espacio dominado por la velocidad de la luz, piensa un pensamiento
que se abre al universo material como fibra compuesta por la materia, la luz
y el movimiento. La imagen es el efecto y síntesis de la coexistencia de
estos vectores de la vida universal. Bergson pretende recuperar una
experiencia del mundo sin trascendencia. El universo es materialidad
dinámica que se expresa como imágenes-movimiento. No es efecto de la
"luz natural" de un sujeto racional ordenador como lo pretende la
filosofía ilustrada, coronada por el idealismo alemán. El universo
moviente antecede a un gran sujeto constituyente del sentido desde sus
poderes a priori (kantismo), desde un sujeto-sustancia absoluto (Hegel),
o desde la proyección de una imagen racional del mundo, o representación
mental, tal como lo entiende Heidegeer respecto al cartesianismo. El
universo, como metacine de imágenes-movimientos, precede al sujeto y al
objeto ( y a una gran razón humana, o a un supuesto espíritu atemporal divino). Ese
universo empírico se mueve y reposa en sí mismo, sin "nada
detrás". Es la experiencia que palpita en su horizontalidad dinámica
de las superficies, que Deleuze traduce desde un "plano de inmanencia",
desde un filosofar generador de conceptos que abre potencialidades del
devenir nómada, terrestre, "inmanente".
El sujeto, en definitiva, la gran fortaleza constructora del mundo y su
conocimiento científico-racional en la modernidad, es socavado por la
refundación bergsoniana del empirismo, donde el sujeto se enciende por la
recepción de la luz, el movimiento, el tiempo. La única subjetividad plena
es la del propio tiempo universal. El sujeto ya no es gran lámpara que
disipa la oscuridad y el caos.
El
universo es ya "cinematográfico" para el sujeto que piensa y
actúa dentro de una inmanente realidad no humana. Pero el cine como
creación humana particular, que gira en torno a la imagen-movimiento en sus
orígenes, debe ser pensado desde la generación de nuevas y precisas
herramientas conceptuales. Es el momento de la yuxtaposición, en el autor
de La
lógica del sentido, de la pregunta ¿qué es el cine?, y la
paralela interrogación: ¿qué es la filosofía?.
Sólo en sus comienzos, los movimientos de la lente se someten a un centro
fijo. Luego de la apertura del cine a la imagen-movimiento, el cine, en su
primera etapa, como cine clásico de la preguerra, gira en derredor de un
montaje "orgánico-activo". Aquí impera una representación de la
realidad donde la imagen es dominada por la acción como respuesta, desde
los esquemas sensoriomotores de la corporalidad humana, a las demandas del
entorno. El cine de la imagen-acción es el cine realista. Es el poderoso
medio de narración orgánica desde sus comienzos en Hollywood (y El
nacimiento de una nación de Griffith como su gran exponente), o desde
Einsenstein, y su complejo montaje intelectual, como centro mismo del film y
su Acorazado Potemkin (1925), como ejemplo crucial, en el contexto de la
Revolución bolchevique. El cine clásico se cimienta así sobre un gran
relato optimista de la historia universal, que elabora una "imagen
ética" que atrae, como polo magnético, el cielo más alto y fulgente
de un proyecto liberador, desde los sueños de Norteamérica y la Unión
Soviética. El cine clásico produce así una representación orgánica de
la realidad, atravesada por la idea única de una historia universal
redentora.
La
gramínea subyacente que crece aquí es el optimismo ilustrado
decimonónico, la confianza en que Estados Unidos se convertirá en el
teatro del triunfo de la sociedad igualitaria y democrática que integra, en un nuevo
paraíso, a los inmigrantes. Y, por su lado, la Unión Soviética será la tierra del
canto de la alegría regeneradora de los proletarios, antes explotados
ferozmente en las catacumbas de una pre-historia inhumana.
El vulcanismo desaforado de los totalitarismos, la segunda guerra, la
post-guerra, la nueva guerra fría, divorcian a la imagen-acción de su
objeto, de la historia universal, del mundo como referente de relatos
orgánicos anticipadores de un progreso histórico continuo. Desde este y
otros procesos, la imagen-acción finalmente colapsa (49).
Pero entonces
el cine se metamorfosea, y se entrega a un hacer visible el tiempo, a
nuevas exploraciones cinematográficas ya no interesadas en el relato
orgánico, en el predominio de la acción que ordena, conquista, y revela
una espiral ética ascendente de la realidad histórica. Amanece entonces un
cine moderno que, en sus mejores y nuevas posibilidades, es "cine de
vidente". Cine que borra la dimensión reductiva y utilitaria de
la percepción que sólo responde al mundo desde acciones relevantes para
la afirmación vital de los sujetos. La ruptura de la percepción del filtro
utilitario, de la acción pragmática, estalla y amplia los poderes
perceptivos, "limpia la mirada", lava en ella la trama de
repeticiones de lo mismo; y, como decía Bazin, libera "al objeto de
los hábitos y los prejuicios, y de toda la mugre espiritual que mi
percepción añadía..." La percepción aludida aquí embiste contra un
percibir como acción que sólo valoriza lo necesario para la supervivencia,
o para el dominio de la naturaleza.
En el cine de "la limpieza de la mirada", de la sutil liberación
leonina de los poderes perceptivos, el neorrealismo italiano (Rossellini,
Visconti, Fellini, Antonioni) generan un cine donde los individuos ya no
responden mediante acciones a solicitudes de la exterioridad, sino que laten
profundamente inmersos en la oscuridad e inquietud de su cerco de realidad
histórica y social. Y ya no brotan de sus ojos exultantes bríos del
triunfo o control sino que, desposeídos o desterrados de un territorio
cultural, viven entre ruinas de la posguerra e inciertos horizontes futuros.
Su actuar se diferencia de las acciones que miran o reconocen lo instituido.
Ahora surge un ver: "un ver y escuchar; lo que en derecho ya no
corresponde a una respuesta o una acción". Este ver que se des-liga de
las imágenes-acciones, fertiliza imágenes donde se unen la crítica social
y la compasión, y donde emergen "situaciones ópticas y sonoras
puras". "Situaciones ópticas y sonoras puras" que liberan el
tiempo anterior a la acción y permiten la aparición de las
imágenes-tiempo que se fincan en el pasaje de un movimiento centrado hacia
una movilidad descentrada, "anormal", o "aberrante". Un
movimiento ligado a un centro de observación es pasible de control y medición, de
adecuación a una norma cuantificadora o preceptiva. Este
movimiento "normal o "centrado" es quebrado por los movimientos
"aberrantes", que son los propios movimientos de la captura por la
cámara de las imágenes-movimientos, que no se concentran ya en relatos
orgánicos del cine clásico, sino en las trasformaciones
"aberrantes" del tiempo, con sus aceleraciones o ralentis
(cámara lenta) que propician una percepción del tiempo, una visibilidad
del tiempo como tal, más allá de lo temporal mediable, del tiempo dominado
por la acción. Es "el tiempo como todo", como "apertura
infinita". Por eso "el movimiento aberrante atestigua una
anterioridad del tiempo que nos presenta directamente, desde el fondo de la
desproporción de las escalas, de la disipación de los centros, del falsos raccord
de las imágenes mismas" (50).
Lo
temporal ahora percibido es frontera demarcatoria de una "percepción
habitual " y la "percepción atenta". En un nueva incisión
deleuziana sobre su matriz bergsoniana, la "percepción habitual"
percibe el tiempo en una línea horizontal, como pasaje gradual de un punto
A a uno B, en un desplazamiento en un mismo plano, de un objeto a otro. La
"percepción atenta", en cambio, la afloración de un tiempo que
puede volver una y otra vez en un movimiento circular. En Stromboli,
tierra de dios (1950), de Rosellini, Deleuze encuentra un ejemplo
arquetípico del tiempo estallado en una libre y circular movilidad como
tiempo que vuelve sobre sí. Las imágenes-tiempo, en sus posibles
encadenamientos, cruces o trasvasamientos, se reflejan mutuamente. Producen
reflejos. Multiplicaciones. Los "cristales del tiempo", la
"imagen cristal" que, en la escena de los espejos en La dama de
Shangai de Welles, halla su expresión más nítida y célebre.
La imagen-tiempo del cine moderno son parte así de la posibilidad de un ver
lo antes no visto o experimentado. Ciertos momentos del cine de Werner
Herzog destilan fulgores de lo no experimentado, desde la
percepción a-centrada, vidente. En Lebenszeichen (Señales
de vida, 1976), por ejemplo, el soldado alemán Strozek padece
el aburrimiento en una isla griega durante la segunda guerra
mundial. La ausencia de hechos significativos durante su vida
militar, se compensa con su inesperado y gradual deslizamiento hacia
una fascinación por una "percepción atenta" de las luces
nocturnas del pueblo isleño durante sus guardias nocturnas; o su visión,
de lo que para la percepción corriente son unas montañas ásperas
y solitarias, de una profusión de molinos. Molinos de astas
brillantes que, desde lo indirecto, hacen visible el
movimiento del viento, y su sutil poder de ubicuidad, su soplar en
todas partes a la vez. Y en Herz aus glas (Corazón de
Cristal, 1976), acaso la obra maestra de
Herzog, los hechos transcurren entre una aldea y una pequeña isla
en los confines del mundo. Un profeta, Ilias, que vive en un bosque,
atraviesa el tiempo y el espacio con el poder de sus visiones. En un
caso único en la historia del cine, los actores animan a sus
personajes bajo un estado de semihipnosis. Y en el film late el
deseo de des-cubrimiento del secreto para la construcción del
cristal rubí. La trasparencia de los cristales expresa la capacidad
para percibir lo esencial a través de lo aparente o material. El
cristal se asocia así a la posibilidad de un ver, de un
"cine de vidente", del cine poesía. También, desde
distintas vías, en El enigma de Kaspar Hauser (Kaspar
Hauser-Jeder fur sich und gott gegen alle, 1974), o en Fata
morgana (1971), con su especial visión en el desierto,
contribuyen a la percepción poética que traspasa los velos que
disimulan lo real como vida numinosa, misteriosa, omniabarcante, sin
fin.
Pero regresemos a Deleuze. Y destaquemos que, más allá del pasaje de la imagen-acción a la imagen-tiempo
lo que no debe olvidarse es que esta liberación del devenir, del
tiempo dentro del tiempo de la imagen, surge de la pérdida de la
integración del hombre con el mundo. Y este lazo roto, según
Deleuze, sólo puede ser recuperado por la creencia: "Sólo la
creencia en el mundo puede vincular nuevamente al hombre con lo que
ve y escucha. Es necesario que el cine filme, no el mundo, sino la
creencia en este mundo, nuestro único lazo. Solemos preguntarnos
sobre la naturaleza de la ilusión cinematográfica. Darnos otra vez
la creencia en el mundo, tal es el poder del cine moderno (cuando
deja de ser malo). Cristianos o ateos, en nuestra esquizofrenia
universal necesitamos razones para creer en este mundo" (51).
Pero la creencia, como lo sugiere Paola Marrati, es siempre una
"conversión inmanente de la fe". Su objeto no es ya el mundo
supraceleste cristiano, ni la versión secularizada del paraíso perdido
como un futuro acceso marxista a una sociedad sin clases. Este fe-creencia
suda y resiste, aun en su vacilación, dentro de este mundo: "La nueva
fe inviste al mundo tal como es, no para justificar lo intolerable, sino
para hacernos creer que si la forma orgánica del lazo que nos vincula al
mundo se ha quebrado, el lazo mismo no lo está y otros formas pueden
inventarse" (52).
Luego del quebranto de la representación orgánica del mundo por el cine
clásico, el cine moderno de la posguerra es el ojo cinematográfico que se
desliza desde un movimiento centrado hacia el movimiento a-centrado,
"aberrante". Un devenir liberado entonces del movimiento normal
que el pensamiento antiguo y la ciencia clásica siempre pretendieron
reducir al número, a la matemática dispensadora de medidas y precisiones.
Los movimientos aberrantes, a-centrados de la imagen-movimiento
cinematográfica permiten a su vez una apertura infinita a lo moviente, la
visibilidad misma del tiempo mediante la imagen-tiempo y, según los
términos deleuzianos, la apertura a "un
gran plano de composición infinito", una experiencia abierta a la proyección o fuga inacabable
de nuevas posibilidades de percepción en el devenir del mundo temporal (53).
IX
La modernidad como humus para el
pensar el nexo cine-pensamiento entrega un teorema insistente: la prioridad
del tiempo sobre el espacio. La temporalidad eleva sus más altos
mástiles dentro de la navegación histórica de lo moderno. Un tiempo moderno
seducido por un puerto radiante: el progreso continuo como meta.
Pero podríamos imaginar una
comprimida hermenéutica de la historia filosófica occidental completamente
emancipada de visiones finalistas o teleológicas (cristianismo, hegelianismo,
marxismo), o del combate o pólemos entre la diversidad de los sistemas
filosóficos (Dilthey). Podríamos concebir una historia de las ideas como una
hermenéutica alternativa del ser signada por un estado de placer-seducción,
en lugar de la tensión solemne de una verdad-fundamento. Esta visión sería
el reverso del tapiz de la filosofía como producción de argumentaciones
racionales para apañar y sustentar al ser que, aunque oculto, obra como un
fundamento de necesaria estabilidad. El deseo no es en sí mismo seducción.
Pero lo deseante seduce cuando promete la aparición de lo ausente; o la
recuperación de una riqueza perdida. En nuestra tradición
platónica-cristiana (y lacaniana) priva el deseo desde la ausencia, desde la
carencia. Lo deseante que se afiebra por una falta. La filosofía es conciente
en Platón de esta falta. Por eso brota el deseo del filósofo del
descubrimiento ascendente de la sabiduría ausente, como acontece en el ya
aludido Symposium. Y después de la angustia de lo careciente,
también en Platón, el deseo descubre un esplendor de la belleza en sí (que
es asimismo el de lo bueno y lo verdadero); más allá del placer de lo bello,
acontece el encuentro racional con la verdad de lo eterno e inmóvil, donde lo
temporal es lo creado, lo constituido, no lo creador, lo constituyente.
Ejemplo arquetípico, nuevamente platónico: el tiempo como la imagen móvil
de la eternidad.
Pero en lo moderno, desde el
Renacimiento, lo deseante promete ya no desde lo faltante sino desde una nueva
riqueza asequible, abajo, en lo terrestre, en lo temporal. La modernidad
seduce, y se autoseduce, ante la promesa de novedad placentera que trae el
cambio temporal. La única verdad evidente es el tiempo. Como historia. La
temporalización de la esencia que afianza Hegel en el pensar moderno podría
ser quizá pensada como placer filosófico que recupera, detrás de toda su
parafernalia lógica, el placer de la caza de la verdad como tiempo, de
movilidad dialéctica, como gran relato donde los conceptos se desplazan e
interpenetran entre sí bajo el seductor canto de sirena de una verdad que se
hace a sí misma dentro de un sistema, y que es efecto del ser como lo que es
siendo en el tiempo como historicidad.
Entre lo moderno y lo posmoderno,
más allá de sus diferencias, persiste la seducción del ser que goza con un
tiempo del increscendo dialéctico (nuevamente Hegel); el eterno retorno en un
anillo temporal (Nietzsche); o la temporalidad discontinua de la apertura u
ocultamiento del ser (Heidegger); o el tiempo del goce de lo disperso, lo
efímero, lo
diseminado de los juegos de las verdades parciales y nunca universales del
pensar post-histórico, pos-estructuralista, pos-moderno (último Wittgenstein;
Lyotard; Foucault; o el Deleuze que reinventa el empirismo bergsoniano desde
el fluir pre-humano del tiempo).
En la orgiástica celebración de
lo temporal por el pensar contemporáneo, desde los diversos perfiles de su
prisma intelectual, es olvidada otra variante, acaso más primaria del
presente, donde todo nuevo acto vital o creativo se emplaza: el presente del
tiempo vivido pero penetrado por un espacio entendido como un tejido de
simultaneidades. Esta idea trataremos de alimentar desde un pensar lúdico (sin
pretensiones solemnes de refutación o cuestionamiento de otras
posibilidades); en un filosofar que debe reconocer la influencia de la
filosofía nietzscheana y deleuziana como placer y atrevimiento de la
experimentación. Una exploración que respira en el punto de cruce entre la
imagen cinematográfica y una libre meditación especulativa. No nos impele
entonces la aspiración de demostrar "una nueva verdad", sino
agregar otra posibilidad sin angustia alguna por sus posibles
"refutaciones".
Para ello, el primer plano de
este juego es la recuperación del espacio como dimensión originaria del arte
en general y del cine en particular.
Para esto, primero juguemos desde
un recordar, que luego será un transformar, juego pensante para un abrir
otras ventanas:
Bergson piensa al espacio como lo
infinitamente divisible. Como lo sometido al número y la medida. Como rostro
estático de lo real. Inferior así ontológicamente al tiempo-devenir, al
tiempo como duración donde se anida la renovación, la invención continua.
Asociar lo real, en su condición más originaria de aparición, con lo
espacial y su extensión sería degradante reduccionismo de la vida percibida
a estructuras divisibles, fragmentables, espectrales.
Bergson descubre con lucidez el
proceso de una falsa espacialización del tiempo efectivamente vivido. Pero en
ese mismo descubrimiento estimamos que se introduce un concepto empobrecido de
espacio, reducido a espacio físico, espacio matemático, espacio como
concepto racional y analítico de la res extensa (en términos cartesianos).
No se desciende así a otro espacio que no se define ni por su nexo con la
medida matemática, ni con la extensión cuantificable o con una
categorización puramente intelectual de lo espacial.
En otro ensayo, ya hemos
intentado elaborar una ontología del acto creador a partir de un pensar desde
un espacio axial, genésico, metafóricamente entramado a la oscuridad
misteriosa inicial de lo real. No podemos recrear aquí la trama de esta posición. Sólo incitaremos
ahora una intuición posible del espacio
habitualmente no pensado, mediante Rohmer, Epstein, Gance, y una hermenéutica
personal que nos conducirá a una tesis abierta (carente de toda pretensión
conclusiva, como ya se aclaró) del cine, específicamente del cine poesía,
como liberación de un pensamiento de lo real donde la temporalidad de la
imagen-movimiento late desde la actualización de un paralelo espacio de
simultaneidades.
Por eso primero atenderemos al
pensar de los propios cineastas que rehabilitan el espacio como dimensión
constituyente del arte cinematográfico.
Rohmer reprocha la pérdida de un
"cierto sentido del espacio" en la apreciación del hecho fílmico.
La sucesión de los planos refuerza la expresión de movimientos puntuales en
primer plano: "un parpadeo, la crispasión de los dedos" (54). O esta sucesión permite, dentro de un plano, seguir movimientos que
escapan a nuestro campo visual más inmediato. El espacio cinematográfico se
define así por: 1) el espacio escénico mediatizado a su vez por la pantalla
(como lugar material y espacial de exhibición de la imagen), y un "cine
plástico del gesto", relacionado con ciertas formas del gesto en el
actor, distintas a las del actor de la escena teatral, siempre estrecha
respecto a la mayor extensión, en muchas ocasiones, de las locaciones de filmación. Así, el cine debe
moverse desde una espacialidad que "no es solamente interior, de cada uno
de los planos, sino de la totalidad del espacio filmado" (55). Por eso, no hay "de antemano ninguna razón para que el tiempo
desempeñe aquí un papel privilegiado. El espacio, por el contrario parece
ser la forma general de sensibilidad, que le es más esencial en la medida en
que el cine es un arte de la mirada "(56).
Epstein también agrega fuerza
pensante a la recuperación de la espacialidad olvidada por la
sobreestimación de lo temporal. Para el mago de la versión de La caída de
la casa Usher (1926) (57), la cámara, tal como destaca en su fascinante
La inteligencia de la máquina, posee una "especie de psiquismo"(58). El tiempo, en principio, parece sometido a patrones artificiales (la
medición-reloj), pero fluye también desde el trasfondo de un tiempo natural
determinado por movimientos astronómicos invariables como la sucesión
circular del día y la noche, o la duración de los movimientos planetarios.
Pero el cine, merced a la invención del acelerado y el ralenti, demuestra la
maleabilidad y reversibilidad del tiempo; y, por tanto, deviene como
aquello que puede ser alargado o comprimido en términos espaciales. Así, el
tiempo es "una relación en el espacio". El tiempo se funde con el
espacio; no late como variable independiente, no adquiere privilegio sobre la
realidad fenoménica más inmediata de nuestra percepción donde el espacio
recibido es el que permite la existencia o emplazamientos de objetos,
susceptibles de desplazamientos de un lugar a otro y, por consiguiente, de la
sucesión temporal (y el continuum témporo-espacial de la relatividad
einsteniana es ratificación, a su vez, de este proceso). Así, el tiempo es
esencialmente una "sucesión de los fenómenos" en el espacio, y
"el espacio no es más que una perspectiva de la coexistencia de las
cosas" (59)." Lo temporal así se espacializa, deviene acto
visible cuando "todo el mundo puede ver sobre la pantalla el alargamiento
y acortamiento del tiempo" (60).
La sucesión temporal no es
entonces en su máxima profundidad movimiento puro, o acto de una conciencia
interior. La única manera de conservar su pureza sería negar su imbricación
con los objetos, los seres y sus relaciones. Un tiempo sin un moverse
inmanente entre los objetos, los seres y sus diferencias, es tiempo abstracto.
Cuya existencia como concepto puro (puro: privado de experiencia), niega
precisamente la evidencia de que toda serie temporal es inmersión en las
formas materiales. Y las formas y el tiempo que interactúan no deberían
alentar el olvido de la oscuridad que permite su irrupción originaria.
Oscuridad porque esa irrupción primaria es por un lado enigma irreductible,
cofre que nunca podrá ser abierto por ninguna llave conceptual; y, por otro
lado, esa situación cero, o matriz originaria del aparecer de la materia en
movimiento, y por tanto de la sucesión temporal, sólo es pensable desde una
intuición pre-verbal, desde una intuición poética del misterio del espacio
que contiene , como sutil y oscura hierba silenciosa, la variedad de los
fenómenos en el tiempo.
Si el tiempo es pensado desde las
condiciones de la experiencia más inmediata de la vida, y no desde el
apriorismo de un concepto puro del movimiento, la posibilidad de su movilidad
se ancla en lo material de las formas que, a su vez, dependen de un espacio ya
abierto capaz de contenerlas. Pero el espacio, lo sabemos, también podría
ser pensado como un concepto puro, abstracto, libre de su darse como
experiencia sensible. Pero al regresar al espacio vivido, cada forma entendida
como recorte de ese espacio, es rodeada y contenida por otra. La progresión
al infinito de las formas dentro de las formas no nos conduce necesariamente
al concepto abstracto de un espacio infinito, sino a un espacio oscuro,
generador y contenedor, axial, sólo abierto a la intuición poética y su
posible expresión por la metáfora; más poderosamente por el sonido musical
y sus recombinaciones. O la imagen.
En especial: la imagen poética cinematográfica. Pero esta intuición, aun
desde la variedad de sus manifestaciones artísticas, nunca permite una
aproximación plena al espacio total, contenedor de las formas sin ser
contenido o limitado por ninguna de ellas (61).
Pero aquí sólo nos interesa que
la intuición del espacio que contiene y posibilita todo emerger de las formas
le arrebata al tiempo su condición de centro ontológico de lo real (sin
negar su inmediata presencia y su discurrir). Y esta actitud, asumida desde
una libertad lúdica del pensar, nos incita a un repensar la
imagen-movimiento-cinematográfica desde otro posible tapiz.
Otro tapiz a des-plegar
lentamente: todo presente temporal es presente espacial. Posible obviedad,
pero obviedad esquiva por su no ser pensada.
La imagen fílmica es siempre
tiempo que se desplaza y mueve, pero su re-aparición como acontecer visual
ante un otro, ante el espectador, siempre está mediada por un soporte
material: la pantalla antigua, electrónica o digital. La subestimación de
este elemento material y espacial para la re-aparición de las
imágenes-movimientos, imágenes-tiempo del cine, puede ser vinculada con una
semejante infravaloración de lo espacial que Artaud también piensa desde el
horizonte teatral.
En sus Manifiestos del teatro de
la crueldad, Artaud increpa la sobreestimación del texto, del drama y la
construcción psicológica de caracteres en el teatro moderno. El acto
específicamente teatral es aquel mediante el cual la puesta en escena
recupera el espacio como campo de fuerzas vivientes y sutiles en continua
circulación. Para Artaud, el espacio de la teatralidad como presencia antes
que la temporalidad de la representación dramática es el centro del arte
teatral. La puesta en escena (elemento espacial) no es así momento
secundario, o instancia meramente ornamental. Por el contrario, es su núcleo
incandescente.
El cine también podría
contribuir a esta revalorización del espacio, o a su percepción libre de su
condición secundaria ornamental, o de su reduccionismo a escenografía de la
narración dramática, plasmada en la sucesión temporal.
Espacio y materialidad se co-implican.
Sin lugar material para la puesta en escena no hay acto teatral; sin
materialidad pintada no hay pintura; sin materia esculpida o transformada no
hay escultura o arquitectura; sin sonido, como vehículo físico y
significante no hay lengua-palabra, ni lenguaje-música. Sin soporte material
no hay medio para la re-aparición de la imagen cinematográfica. Este hecho
aparentemente secundario o implícito no debería quizá ser expulsado del
pensar y extraviado en un intrascendente rumor de fondo. El soporte material
del cine, el receptáculo espacial-pantalla (en sus diversas variantes
posibles actuales o futuras) es la mediación ineludible que permite la
re-emergencia de la sucesión temporal del acto fílmico. La re-aparición de
la imagen-movimiento ocurre, en un primer nivel, en una dimensión de presente
temporal, supeditada siempre al apriorismo empírico y necesario de un lugar
espacial donde la imagen puede re-emerger y proyectarse en el entorno también
espacial de una sala, o de la proyección privada, en la intimidad del propio
hogar.
Pero el trasfondo espacial de la
temporalidad cinematográfica contiene también otras variantes, cuya ausencia
implicarían la imposibilidad misma del acto cinematográfico. Elementos
asociados habitualmente sólo con la técnica de la filmación, pero no
pensados como condiciones de posibilidad filosóficas de la existencia misma
del cine. En esta dimensión del espacio que soporta el tiempo-movimiento
deberíamos situar las locaciones, los escenarios, la materialidad de la luz
(que ilumina formas, volúmenes, contornos, cuerpos, y abre el espectro de los
colores, o produce el encuentro binario de la luz y la sombra, o del blanco y
el negro); lo material de propio ojo-cámara, y el espacio-materia de los objetos y los seres. Esta dimensión
parte de un presente espacial que, como a priori material, condiciona la repetición
temporal de las imágenes.
La repetición de la
imagen-movimiento en el presente temporal (que no piensa su yuxtaposición
sobre el presente espacial) podría ser pensada como memoria que retiene el
pasado desvanecido e irrecuperable de los hechos filmados. El cine documental
histórico reflejan
nítidamente este aspecto. Pero la reactualización del pasado perdido en el
presente de la proyección oculta quizá otra re-presentación, otro volver a
mostrarse. Una nueva aparición de lo histórico como pasado permite también
su recreación como meditación sobre la historia misma, sobre el cine como
parte de esa historia y como faro utópico en las
Histoires
(s) du cinéma de Godard (62).
Pero un nuevo aparecer
es asociable asimismo a un previo desmontaje del pasado
como ilusión de un distanciamiento o separación del espacio donde acaecieron
los movimientos filmados. Por un implícito pacto ficcional,
el espectador participa del juego de que lo pasado se repite, y es vivido en
un presente. Pero este presente no es sólo temporal. Cada repetición de una
imagen-movimiento es movimiento derramado, más allá del límite de la propia
imagen, hacia los lugares filmados que siguen existiendo, de forma
simultánea, en el presente espacial. Distintos lugares visitados por un
explorador en la sucesión del tiempo pueden parecer cada vez más alejados
entre sí y en el propio pasado. Pero dichos lugares siguen coexistiendo en un
espacio simultáneo.
Así como el tiempo, como
memoria, acumula contenidos ya vividos, lo ya vivido también puede permanecer
en el espacio dentro de una memoria distinta, una memoria espacial expresable
acaso metafóricamente mediante una topografía de pliegues-colmenas que
remiten, como veremos, a una experiencia del espacio sólo asequible a la
percepción más sutil de la intuición poética que rompe las restricciones
de un pensar monolíticamente racional. Los efectos del tránsito del tiempo a
través del espacio no son sólo descendentes ( la estratificación de las capas
geológicas), u horizontales (la erosión de las piedras, la modificación
gradual de territorios o ecosistemas). O sus efectos no se agotan únicamente
en la modificación y crecimiento urbano que muta, en el tiempo, las
formas arquitectónicas y el conjunto de los útiles, herramientas o servicios
de la vida cotidiana.
Un pensar lúdico puede entrever
una memoria espacial de los lugares como pliegues-colmenas. Un lugar como
colmena es sitio de incesante acumulación de historia, de modificaciones
físicas que se concentran allí cono sutil memoria espacial. El desierto
filmado por David Lean en Lawrence de Arabia, por ejemplo, no existe sólo en una sucesión
de momentos cristalizados en los planos captados por la cámara. El paisaje
desértico, que recorre Lawrence y sus tribus árabes, bajo un fúlgido sol o
la melancolía agonizante de los crepúsculos, aún existe, con nuevos
pliegues. En el célebre plano del lugar-paisaje donde lentamente se corporiza
la forma de Omar Shariff montado en su camello, que parecen emerger de un
espejismo, mientras Lawrence y un árabe lo contemplan, la memoria como
espacio es receptiva colmena. Sitio de repliegues, acumulaciones de nuevos
estados luego de la sucesión de momentos absorbidos por
la cámara. Sobre ese lugar-colmena, sobre el lugar-paisaje filmado,
el sol repite sus diarias faenas de radiante exhalación luminosa; el viento
repite innumerables visitas desde direcciones levemente distintas, creadoras
de nuevas e irrepetibles nubes de polvo; las estrellas vierten su luz lejana en
la sucesión de las noches; el ocasional deambular de camellos y hombres marca
con sutileza nuevas huellas desvanecidas por el tiempo pero que se acumulan y
pliegan en la memoria del espacio del lugar-colmena mediante una concentración de sensaciones,
encuentros, tránsitos. Pero la memoria de un lugar es estado de extrema
sutileza destinado a la extraña intuición poética (que siempre conserva la
imposibilidad de una definición y un carácter de inefabilidad) no
comprensible plenamente por ninguna trasparencia lógica.
Un lugar como colmena, y con su
dinámica memoria espacial, es simultáneo a ese mismo lugar pasado filmado y
repetido por la imagen-movimiento fílmica. Si una imagen de un lugar, de los
hechos o presencias humanas en ese lugar filmado en lo pasado, es percibido
como imagen descentrada, no se fija en lo pretérito absorbido por la lente.
La imagen revela entonces una sub-imagen, que, desde lo sutil extremo, se
derrama hacia esos mismos lugares que patentizan la simultaneidad entre los
lugares filmados, y su última repetición en la pantalla y su existencia actual. La imagen fílmica así adquiere una materialidad que la sitúa en
un lugar físico que trasciende la reproducción de la ilusión del movimiento pasado.
Porque éste coexiste, dentro de un mismo presente espacial y un espacio simultáneo,
como el plexo de lugares filmados que perduran, siempre transformados y
modificados por el tiempo que atraviesa cada lugar-colmena.
La imagen derramada sólo existe
como sub-imagen. Pero antes de todo derramarse existe ya lo que se derrama. En
todo lo visible pulsa paralelamente lo no visto. Lo no visto se contonea como
finos flecos que se desbordan desde lo que se muestra. Sus figuras son
diversas; su naturaleza, que vibra como inmanencia, como lo no directamente
observable en lo observado, danza con una variabilidad prismática en diversos
ejemplos procedentes de la pintura, la física y la filosofía.
Magritte entendió
con claridad que en el centro de todo ver se anida la invisibilidad, no como
estado definitivo, sino circunstancial. Un objeto se yuxtapone sobre otro; el
objeto ocultado parece invisible pero, en realidad, subyace como lo
potencialmente visible. Su in-visibilidad no esencial dentro de la visibilidad
lo convierte en sub-imagen.
Lo visto es
siempre contaminación confusión o compenetración con lo no directamente
visible, pero también presente, como lo ilustra otro célebre ejemplo de la
imagen pictórica. Frente a su primera percepción del Angelus de
Millet, Dalí intuyó una imagen dentro de la imagen. Una familia
campesina, circundada de tierra, hierba y soledad, se santigua ante un
canasto. La actitud de sentido recogimiento no se condice con la aparente
vulgaridad del objeto observado. Dalí sospechó la imagen dentro de la
imagen: la sub-imagen implicada dentro, en el primer plano
dominado por el punto de convergencia de las miradas. Un análisis químico
posterior develó que, en versiones anteriores del lienzo en gestación el
pintor de la Escuela de Barbizon, éste había pintado un pequeño féretro
que contenía los restos de un bebé, víctima de una prematura muerte, y
nacido de la pasión amorosa de la humilde pareja campesina.
El más elemental saber de
la física atómica, filamento primero de la investigación de la interioridad
material, sabe que el objeto físico observado coexiste con una sub-imagen
ajena a la percepción "natural" o inmediata de las
micropartículas. La cosa de la apariencia sólida, un prisma, un reloj, un
rostro, o la medusa, encubre la visibilidad sólo indirecta, la sub-imagen
donde fluyen las combinaciones de neutrones, protones, y las danzas de los
electrones, cuyo movimiento irreductible, niega o trasvasa toda continuidad
objetual, toda aparente sustancia permanente de lo cósico. La materia física
así es pantalla natural que cobija, desde lo directamente
perceptible, la sub-imagen de los inestables trayectos de los átomos y
las subpartículas que se derraman constantemente fuera de los bordes de la experiencia corriente
que nos muestra aparentes objetos estables. Lo
sub-visible de la cosa es su negación como cosa estable, como identidad o
sustancia permanente.
La trama de lo replegado como sub-imagen en la realidad
de los fenómenos también fue intuida por Nietzsche en su percepción del
devenir sin fin de lo dionisiaco, de su imperceptible oleaje universal, donde
toda cosa estable es
sólo apariencia, que satisface la necesidad humana de ordenar un mundo de
necesarias estabilidades. Dentro de la imagen de lo estable palpita
así la sub-imagen del devenir absoluto, de lo que siempre se derrama hacia
puntos de desplazamiento o superación sin nunca detenerse o cristalizarse en
la imagen de la forma continua, cerrada en sus propios limites. Un estado de
lo real pleno que, Eugen Fink, uno de los exegetas más lúcidos de la voz del
anunciador del super-hombre denomina, en su La filosofía de Nietzsche,
la "ontología negativa de la cosa" como cúspide de la cosmovisión
nietzscheana de la voluntad de poderío y el eterno retorno.
A la constelación de
actos de intuición o captación experimental de la sub-imagen mencionadas de
lo pictórico, lo físico y filosófico (ejemplos que podrían multiplicarse
profusamente) es dable adicionar la comprensión también de este proceso en
la dimensión cinematográfica desde lo que sólo parecería una rareza
anecdótica, una extravagancia sin valor de un cineasta en extremo puntilloso.
El detallismo extremo en la composición de la imagen es un rasgo conocido en
Kubrick, Greenaway, o Visconti. Durante sus rodajes, el
creador de La terra trema o Muerte en Venecia ponía especial
cuidado en que los muebles presente en las habitaciones o interiores
albergaran ropas, trajes. Un detalle aparentemente caprichoso. El vacío del
mobiliario no compone aparentemente la visibilidad de ningún plano. Sin
embargo, aun oscuramente, el cineasta acaso intuye su presencia o coexistencia
como sub-imagen, como lo no visto que no desaparece y pulsa desde su supuesta
in-visibilidad dentro de lo visible.
En la imagen
fílmica, la presencia, y más precisamente el derramarse de la sub-imagen es
acaso principalmente perceptible desde una apertura
imaginativa y conciente, o desde un estado de percepción epifánica, de
emoción poética.
La eficacia del cine a
través de la búsqueda conciente del cineasta de una "inundación
emotiva" del espectador es parte del efecto del acto cinematográfico que
no puede ser soslayado. Pero los modos de generación o aparición de la
emoción son diversos, y pueden ser inducidos, pero no sustituidos por una
explicación racional. Hitchcock, por ejemplo, busca "crear la emoción y
preservarla mediante el suspenso". Sergei Eisenstein, dentro de las
múltiples andaduras de su rica y compleja teorización sobre el montaje
supone que la "forma de la película", emergente del montaje,
provoca reacciones espontáneas, involuntarias, intensas. Y el espectador en
tanto se desplaza dentro de la película, sale de sí, en un éxtasis
con reminiscencias arcaicas y dionisiacas, que le arrebatan de la vida de la
vigilia normal.
Lejos estamos de
pretender agotar todas las especulaciones posibles sobre las delicadas fibras
de la emoción de una poética del cine. Sólo suponemos ahora que, por un
acto de imaginación conciente la imagen imaginada predispone a una
desintegración de los límites de su soporte, y se derrama hacia los lugares
filmados (que no se agotan ya
a su reaparición fílmica), se reintegra a la continua existencia simultánea
de esos lugares y de la vida que allí se acumula, muta, y así se espesa en su
memoria propia. La imaginación que imagina la imagen, la dinamiza, la
reconstruye como salto desde la pantalla hacia la vida tanto pasada como
presente de lo filmado. La vida filmada así no es sólo astillas recuperadas
de lo pasado por los planos luego integrados en el montaje. La sub-imagen
imaginable por una imaginación liberada es salto y derrame hacia el presente
simultáneo de los lugares, antes filmados, y la sutil intensidad que se concentra en
esos lugares como colmena receptiva. Así, todo espacio filmado es pliegue-colmena.
En el presente espacial de la proyección no acontece sólo entonces la reanimación de
lo pasado, en el presente temporal. Desde la percepción de la sub-imagen
sutil, re-aparece la riqueza plegada, acumulada, de cada lugar. Ese lugar que
se mostró desde el fluir de la vida en lo pasado a la cámara, sigue
existiendo. Una reproyección de El nacimiento de una nación de Griffit
no es sólo testimonio de un modo particular del montaje y de la
representación orgánica de la historia. En su re-proyección re-vive no
sólo lo filmado hace décadas, en el presente temporal, sino que se derrama
hacia los lugares colmenas absorbidos por las imágenes-pasado que coexisten,
perduran, siempre en modificación, con el presente espacial. El lugar de las
locaciones ambientales (las mutaciones de luz y sombra), y las variedades de
la acción actoral y sus presencias humanas, todos esos lugares-colmenas
perdidos en la distancia, alejados, supuestamente en lo temporal, aún
perduran, aunque transformados o modificados. Y las huellas de las presencias
humanas ya desaparecidas, en la sutil memoria espacial del lugar, pliegue,
colmena, aun en una proyección de cine convencional, evoca, con indirecta
sutileza, la continuidad, la simultaneidad, la coexistencia, de todos los
lugares-colmenas absorbidos por la cámara en un presente, que no pertenece
ya exclusivamente a lo temporal pasado, sino a un presente espacial. Donde todo
es de forma simultánea.
La percepción del mundo vivido
no es sólo selección de lo relevante para la acción útil, para
la supervivencia sostenida de la huella humana sobre rocas vacilantes. La
apertura perceptiva más originaria de la corporalidad nos ancla siempre a un
retazo particular del espacio, a un microespacio. La percepción del mundo
vivido así es la de nuestro limitado espacio palpitante ante los ojos. Pero
esto sólo es ilusión óptica impuesta por nuestra pobreza sensorial, que nos
ciñe al espacio que nos circunda en lo inmediato de lo visto u oído. Lo
espacial que nos constriñe a lo que converge ante nuestros sentidos oculta el
paralelo espacio donde cada microespacio de los distintos sujetos (desde los
humanos hasta los animales) coexisten en la realidad del gran espacio donde
todo es de modo simultáneo.
Husserl ya entendió que
sólo vemos un aspecto particular de un objeto en el espacio (no la suma de
todos sus escorzos o ángulos de posible observación que se nos entregarían
en una rotación gradual en derredor de ese objeto). La realidad empírica e
ideal de los objetos es que todos sus perfiles posibles coexisten. Pero el
ojo, en cada instante perceptivo, es condicionado por un limitado ángulo
visual. Los ojos se encandilan con un ángulo de visión determinado del
tigre, una mancha dentro del mapa iridiscente de rayas; pero su realidad como
entidad viviente es la coexistencia simultánea de todas sus rayas, pliegues,
parpadeos, y oscilaciones de su cuerpo cazador.
Además de Husserl ( y de su
reconocimiento filosófico de la simultaneidad), la pintura cubista entiende
también que toda realidad u objeto múltiple existe en lo simultaneo de sus
perfiles; así como la literatura modernista advierte que un hecho puede ser
leído, visto, comprendido de forma simultánea por un tejido de miradas
intersubjetivas paralelas (como en Mientras yo agonizo de Faulkner).
La realidad de la
existencia simultánea de la variedad de los lugares ( y su memoria espacial
de los pliegues-colmenas con sus contenidos nuevos y cambiantes en el tiempo)
demanda una percepción ampliada que se abre a la experiencia de la realidad
múltiple y simultánea.
Suponemos que percibimos
lo real que late fuera. Pero sólo percibimos la punta de una hoja de un
bosque poderoso habitado por millares de especies y animales que se esconden a
la mirada. Percibimos únicamente un lugar, sin conciencia de todos los otros
lugares que existen a la vez en el espacio universal y simultáneo, en un
"espacio eternizado".
Nuestro percibir
"natural" es siempre puntual, nunca ubicuo.
Una antigua intuición
ancestral sabe (como el centauro Quirón en Medea) que todo es en la unidad, y
cada hilo de la trama-tejido unitario vibra a la vez.
El pensar o el arte pueden
estimular la resurrección (conciente o indirecta) de la unidad relacional en
tanto existencia simultánea de cada lugar, o de cada perfil de un lugar,
siempre poblados por objetos, seres y sus modificaciones en el devenir
temporal. Y esta coexistencia es eterna; lo eterno, según antes mencionamos,
como "espacio eternizado". Desde este pensar, lo eterno no es
ya un eterno presente atemporal (lo eterno parmenídeo, trascendente: eterno
presente atemporal en tanto palpitante más allá del tiempo como sucesión
del pasado, presente y futuro); o lo eterno dentro del tiempo como sucesión
sin como comienzo ni fin (lo "eterno inmanente" de Heráclito). Lo
eterno acaso es un modo del espacio, de un espacio eternizado y
universal, donde todo late desde sutiles fibras paralelas integradas,
simultáneas. Sólo una conciencia sensible derramada hacia esa simultaneidad
podría percibir la "eternidad espacializada". Una conciencia que
mana de la apertura sensitiva de lo poético, que es también potencia o
práctica religiosa en cuanto re-ligación con este presente de lo
"eterno espacializado" no percibido por la conciente
"normal" replegado sobre el último presente temporal, sobre lo
puntual, sobre lo que sólo ocurre ahora. Y la única mirada capaz de
la percepción de la ubicuidad o simultaneidad de todo lo que respira desde su
misterioso ser simultáneo y eternizado, sólo podría ser lugar de una mirada
no humana.
Pero, desde lo
humano, el cine poesía es sensitiva ventana entreabierta al "espacio
eternizado"; es particular memoria (no del recuerdo y retención de lo
perdido en el ayer) sino recuerdo de que cada colmena de lo aparentemente
pasado es en lo omnipresente, lo ubicuo y simultáneo.
Un primer ejemplo
posible de una
apertura hacia un percibir de la
ubicuidad, hacia un percibir que se derrama y recuerda la existencia como simultaneidad
de lo diverso en un "espacio eternizado" es el particular montaje del
Napoleón (1927) de Abel Gance. Gance, que ya lo hemos invocado como una de
las luces más vehementes del cine poesía, introduce la ubicuidad, la realidad
como existencia simultánea, mediante el montaje de la tormenta que Napoleón
enfrenta al regresar por mar a Francia luego de ser expulsado por los
anglófilos de su isla natal: Córcega. Mientras Napoleón combate contra las
desaforadas olas, el cineasta, mediante sobreimpresiones, exhibe los
convulsionados hechos que acaecen paralelamente en París (lo cual también
insinúa la coincidencia de la furia natural y la tempestad de las pasiones
políticas). Pero la conciencia visual de la simultaneidad es aún más
explícita en las últimas secuencias del film, durante la recreación de la
victoriosa campaña del ejército napoleónico en Italia. La imagen se
convierte entonces en un tríptico, en tres pantallas dentro de una, con sus
respectivos planos que expresan visualmente la existencia simultánea de
diversos hechos de la convulsionada y entusiasta marcha de las tropas
napoleónicas. Hechos que, en su simultaneidad, nunca se perderán en el
espacio eternizado y en la imagen cinematográfica que expresa este estado.
La fundamentación
teórica-poética del montaje tríptico, Gance obedece a lo expuesto en su
también ya mencionado
texto programático "La armonía visual se ha convertido en
sinfonía". Las imágenes paralelas, que expresan la simultaneidad en un
convergente presente espacial "eternizado" son continuación visual de la
técnica musical del contrapunto.
Pero más allá del paralelismo contrapuntístico
sonoro-visual, la remisión a la inspiración musical en Gance elucida otra
variable dinámica del ser en lo simultáneo del espacio donde
la particularidad de cada hecho-lugar filmable es la vez en una
sincronicidad universal de aconteceres. Ese otro ribete desnudado por el
contrapunto simultáneo música e imagen es la propia musicalidad del espacio
simultáneo y eternizado. Todo lo que
existe, en su bañarse en las espumas tornasoladas del devenir, cambia,
se transforma, aumenta su memoria espacial propia, pero no altera la
continuidad "eterna" de su coexistir. Los sonidos o lugares pueden mutarse; pero no su
pertenencia a la ubicuidad del lenguaje del cine-música (en el montaje
tríptico de Gance) o al estado abierto del espacio de la simultaneidad. Dentro
de la inmodificable pertenencia a la ubicuidad, sin embargo, nada abandona su
recombinación, una nueva relación posible de cada lugar con otro. Un
re-combinar equivalente a lo musical como arte de las re-combinaciones
continuas. La simultaneidad de la imagen fílmica estallada (según su
derramarse como sub-imagen) se
abre así a la musicalidad o vibración de las nuevas
combinaciones de todo lo filmable que existe o vibra a a la vez en el espacio simultaneo. Una sutil música común que, metafóricamente,
en el soplido constante y
ubicuo del viento de la esfera planetaria que roza el existir simultaneo de
todo lo diverso (y potencialmente capturable por el ojo de la cámara) halla una
expresión universal y física.
Así, parafraseando
y alterando levemente un dicho tarkovskiano: la imagen y la música discurren impregnándose de realidades, de la realidad
universal simultanea, y no se enclaustran en la abstracción de los signos verbales o
de las magnitudes numéricas.
La percepción de la imagen
limitada a la evocación de lo pasado, o a la ilusión de una historia que se
agota en una atención o entretenimiento en el presente temporal, aprisiona la
potencialidad de derrame de la imagen a través de la sub-imagen y su
reencuentro con la polifonía musical del espacio simultaneo en continuo
movimiento y recombinación.
Como decimos, en la
repetición de la imagen-movimiento, imagen-pasado, la sub-imagen se derrama
hacia un presente espacial donde coexisten todos los lugares filmados o
filmables. Y el cine fantástico o el de ciencia ficción parecieran
exponer artificiales imágenes de mundos futuros inexistentes. Pero la
visualidad de esos lugares artificiosos puede imaginarse como prefiguraciones,
anticipaciones, de lo que será y que, por tanto, ya es (al menos como
anticipación en el presente de la simultaneidad de todo lo diverso). En este
caso, la sub-imagen de la imagen-pasado no se derrama desde la distancia
temporal hacia el presente espacial sino que fluye desde lo futuro posible. Y
la conjunción ciencia ficción y cine fantástico abre así la posibilidad de
mundos paralelos o simultáneos a nuestra cultura, que aparenta ser horizonte
único de existencia. Esos distantes mundos se materializan también en la
diversidad de las culturas que coexisten en una danza silmultánea o no
percibida, y que un film como Baraka intenta hacer visible (63).
¿Pero ante la repetición de la
imagen cinematográfica, qué ritmo de la percepción percibe la sub-imagen
donde todo es simultáneamente? La percepción como emoción poética, como
percepción sensible suspende el recuerdo de la condición ficcional de la
imagen fílmica, y de su repetición ceñida al presente temporal, y libera la
experiencia intensa de la sub-imagen. Lo no visible en la imagen abre entonces
la
percepción corpórea a la coexistencia radiante de los supuestos lugares o
situaciones pasadas, paralelas o futuras, donde todo, transformado, late
dentro de la realidad de la simultaneidad universal y su "espacio
eternizado".
La emoción liberada (por caminos
nunca comprensibles plenamente desde lo racional ) se amalgama con el efecto
mágico, encantatorio de la visión del cine como lugar otro. Poder
encantatorio vinculado con su posibilidad de sustraernos del tiempo y espacio
habituales para acercarnos a un renovado presente espacial donde luces, seres
y formas, absorbidas por la lente en lo pasado, parecen ser de nuevo, con
vivida inmediatez, en un mágico deslizamiento donde el espacio conocido de lo
cotidiano y de la sala, coexiste con las imágenes-pasado y con los lugares
que siguen latiendo simultáneamente. Aquí la experiencia del ver el
cine sustituye la atmósfera extraña, maravillosa del mito, su puesta en
escena en la que, desde lo ritual y lo teatral en las culturas antiguas, una
realidad otra se hace presente. El mundo conocido (profano) desaparece, y la
conciencia vive un re-encantamiento en la sala ritualizada, ante la pantalla
de la re-aparición mágica de la imagen-movimiento, en la apertura hacia el
espacio donde lo aparentemente perdido o lejano re-aparece (o lo futuro o
potencial), revive en su coexistencia y simultaneidad con el propio tiempo
social que envuelve al espectador. La experiencia emocional de la salida
de la conciencia habitual hacia el nuevo presente espacial, con sus
incrustaciones mágicas, ritualizadas, encantatorias, surge fundamentalmente
ante el cine poesía, el cine capaz de superar la subordinación de la imagen
a medio de una narración, de una historia filmada, de un tejido visual que
sólo permite a la conciencia re-conocer lo ya conocido, y así permanecer, en
definitiva, dentro de los límites de lo corriente, sin que la imagen, o más
exactamente la sub-imagen, produzca una trasformación o salto poético hacia
una experiencia de mayor hondura sensitiva, y una irradiación más intensa de
lo real.
Sin embargo, aun en un cine de la
narratividad lineal, dominado por el predominio de la palabra literaria, de un
intención realista, o de un simple ejercicio de entretenimiento, acontece una
deslizamiento o salida de la conciencia corriente. Pero en este tipo de cine,
el efecto encantatorio y de mutación de la conciencia provoca una poética de
lo melancólico decepcionante, de lo que asombra, dispersa, envuelve, distrae
durante la proyección,
sin inducir saltos poderosos hacia niveles más profundos o sensitivos de
percepción de algo real libre de la repetición de los hábitos y experiencias "normales" de la
vida cotidiana. De ahí el efecto de solapada decepción, de rápido
desvanecimiento de la excitación, de restitución de lo vacío, que provoca
la conclusión del film en el espectador. Sólo sobrevive aquí un estado pseudopoético de
decepción melancólica. En el caso del cine histórico, la re-aparición de
la imagen es acompañada por la certidumbre mágica de revivir, en el presente
espacial de lo simultáneo, los hechos pasados acontecidos en los pliegues del
espacio distanciados por el tiempo. Y el efecto sensible de la imagen aquí
combina la debilidad de lo melancólico con la avidez nostálgica por un
imposible retroceso hacia un pasado mejor o hacia la historia como fuente de
horizontes de vida más intensos, trágicos o "románticos", que los
que viven los hombres contemporáneos en la atmósfera de la creciente
digitalización electrónica.
Así, una poética del cine no
puede des-ligarse del posible roce crítico y lateral de la sociedad
capitalista que constriñe las posibilidades perceptivas a la lógica inmóvil del
entretenimiento y la ganancia. Pasolini pretende la audacia de un cine-ariete
contra las patologías deshumanizantes burguesas, aunque la decepción termina
por volatizar su confianza en las embestidas contra las formas de
manipulación y empobrecimiento de lo humano. En el optimismo cinematográfico
revolucionario del Benjamin en La obra de arte en la época de la
reproductibilidad técnica, el cine se anuncia como liberador de
potenciales perceptivos, como destello de encuentro desde una mirada
des-alienada con la riqueza de lo diverso, con la estimulación de un sentido
crítico de las masas respecto a la sociedad que reprime la vida como libre
goce del mundo sensorial y que, por extensión, y más esencialmente, impide
la des-represión de lo singular de cada individualidad humana. La
imagen-cine en Benjamin (de la que luego tomaría una distancia crítica bajo
la influencia de las críticas de Adorno) es pulsación rebelde contra la
dominación social.
Pero un "cine de
vidente", como lo llamaba Deleuze, o un "inconciente óptico"
liberador en Benjamin, o las distintas variantes de un cine poesía como
acción ampliadora de la percepción humana, no deben eludir, desde un
estricto y amargo realismo, la ausencia actual de las condiciones políticas
para una liberación del cine, como fenómeno social, de su
instrumentalización pragmática, de su dinámica como industria. El cine
poesía como liberador de un derrame más poderoso sobre la
realidad no cosificada o racionalizada por el poder manipulador, tristemente,
no respira más allá de las minorías que concentran aún en el cine arte las
zonas de fuga hacia amplitudes de percepción más sensitivas. Pero sin incidencias significativas
sobre las formas cercenadoras de una "libre percepción poética de lo
real" en la sociedad actual.
El
poder epifánico del cine poesía no es señal de rumbos masivos de
emancipación de una luminosidad más alta para la percepción humana de la
vida, en su movimiento y aparición enigmáticas. El cine poético no
puede cobijar ninguna falsa conciencia respecto a un gran cambio cultural
desde la acción unilateral del arte; sin
embargo, esto no lo despoja del legítimo cultivo de la percepción poética
como decisión todavía posible de perforación de los muros de la realidad
social que fragua un modelo humano como repetición de lo mismo, antes que como
audaz exploración de lo distinto u olvidado. La creencia en este mundo y en
sus nuevas formas potenciales, que el cine debe filmar, según Deleuze, es
legitima siempre que no aleje demasiado de sí la imagen de una pequeña
arca-utopía que resiste entre aguas turbulentas, y cuya hostilidad
no promete amenguarse por ninguna gran novedad transformadora.
Y frente a la decepción
melancólica del llamado "cine comercial", o la avidez nostálgica
del cine histórico, el destino más alto del cine como arte es, quizá, su
estallido como emoción poética, epifánica. Mas la liberación de la
emoción oculta su propio secreto que no puede ser profanado por las garras de
la teoría, por una voluntad de explicación total. La emoción
acontece y la sub-imagen se derrama con mayor poder hacia algo real, que sólo
se entrega a la sensibilidad en estado de percepción poética; un estado
siempre renuente a las definiciones de la trasparencia del cuarzo. Y aunque la
racionalidad que inviste toda teoría (aun la que teoriza sus propios
límites) naufrague en estas costas, el cine poesía, al estallar en su poder
epifánico, es con-fusión con algo que es verdadero, en tanto en la
experiencia emocional liberada no hay lugar para la duda sobre ese algo
real intenso que irrumpe y se percibe. Frente a este algo otro y real el
cine poético explora distintas intuiciones posibles, como hemos advertido en
este ensayo. Pero lo "verdadero" sólo se desangra y extingue cuando
la emoción es devorada por la hiedra que no puede percibir un algo sin
entenderlo.
Y ese algo real, efectivamente,
en su intensidad y extrañeza, puede acontecer desde diversas vías, como
advertimos al recrear el pensar de varios cineastas poetas o "pensadores
visuales". La experiencia de lo real misterioso es, en Bresson, encuentro
con lo inesperado, como súbito fulgor.
Pero, quizá, la reaparición
fulgurante y poética de lo real como misterio, y como misterio de las
simultaneidades, como memoria del "espacio eternizado", puede acontecer también mediante una paradójica
"epifanía progresiva", donde no sólo palpitan dispersos
instantes-encuentros con lo simultáneo o con algo otro, sino una obra que, en su totalidad, desde
la organicidad no lineal de sus planos y montaje, obra una creciente fulguración
epifánica y poética del gran espacio sutil que contiene y eterniza todo lo
que existe en una sola trama simultánea y universal. El espejo (Zerkalo, 1974) de
Tarkovski, como ejemplo de una "epifanía progresiva" del espacio
simultáneo, sea quizá el hito
más extraño, potente e irrepetible del cine poesía.
En una significativa escena
inicial un joven tartamudo, mediante una "hipnosis curativa",
recupera el habla fluida, para "decir" o ver la vida. La vida
en su verdadera amplitud y extrañeza, en su rareza poética. Se inicia luego,
en una aparente desconexión, la
recreación de una narración evocadora del pasado. En esta evocación se unen recuerdos mediante
la voz
narradora de Alexei (alter ego del propio cineasta) que rememora lo paterno y lo materno,
su
infancia en el campo, sus jornadas de instrucción militar durante la
guerra entre Rusia y Alemania. Pero, sin señales preparatorias, la inicial
narración de un sueño que evoca lo pretérito, lugares o escenas de la vida
familiar en una casa de campo, se disgrega y renuncia a toda argumentación
lineal. El personaje que recuerda, Alexei, siempre permanece fuera de campo,
lo que contribuye a su desvanecimiento como entidad física ubicable en un
solo lugar del tiempo-espacio. Y padece una enfermedad, enfermedad que
acelerará su llegada a la muerte, y que lo predispone a abrirse a sensaciones
nuevas, extrañas, ajenas a la "normalidad". Y así se amplia su
memoria hacia un ayer que trasciende sus recuerdos individuales y lo liga con
un pasado universal que sigue coexistiendo en el espacio que eterniza todo lo
acontecido que, así, sigue siendo a la vez. En esta memoria de lo universal,
coexisten en un sola trama recuerdos de emigrados españoles en Moscú que
escaparon de la guerra civil española (también recordada), y manifestaciones
políticas en Pekín, el estallido de la bomba atómica, y las recuperadas
imágenes documentales de soldados anónimos rusos atravesando un vasto
lodazal en la Segunda Guerra, acompañadas por el hipnótico recitado del
propio Tarkovski de los
poemas de Arseni Tarkovski, su padre, poeta, ex-combatiente de la Segunda
Guerra y que es también parte de los recuerdos. Sus poemas estimulan la
expansión desde la conciencia individual de Alexei hacia el recuerdo de lo
universal del espacio en el que todo convive unido en una sola música común.
Unidos conviven el sufrimiento de los soldados semihundidos en un gris lago
pantanoso, y su esperanza en la victoria final. Y el decir hipnótico de los
versos de Arseni agudiza el olvido de la conciencia que sólo percibe o
recuerda lo puntual y se expande luego hacia lo ubicuo. Sus poemas hablan de
un salto al "otro lado del espejo", de un reflejar ya no una imagen
conocida, sino un reflejar o trasparentar lo que vive del "otro
lado", en la realidad ampliada, en la que todo es inmortal, en la que no
hay muerte y todo sigue latiendo a la vez, con extraña intensidad, en el
espacio que eterniza la vida, por lo que todo lo vivido resurge. El adulto
sólo podría "recordar" este otro espacio, el otro lado de lo
especular, por el estimulo sutil de un cine visionario, por sus vías
laterales, inconcientes y no racionales. Pero esta percepción es
"natural" en la infancia. De ahí que la acumulación gradual de
dislocaciones de lo lineal, de pequeñas epifanías de los reflejos del otro
lado del espejo, se integren en una "epifanía
progresiva" cuya emoción acumulada estalla finalmente en los planos que liberan las
últimas evocaciones de la infancia del
propio cineasta, de su humilde casa campestre rodeada por un campo de
alforfón, de su convivencia con su madre y su hermano. Un estallido final que
llega como un sutil y misterioso viento (anticipado en planos anteriores); el
viento que sopla a la vez en todas partes, el viento de lo ubicuo que llega y
acaricia las plantas que rodean la casa, el lugar de la infancia. Y entonces todo lo
pasado, la distancia de los lugares de la infancia estallan, devienen
epifanía de lo se que vive ya no como lo perdido sino como lugares,
sensaciones e imágenes de la vida infantil que coexisten y laten en la
simultaneidad de un presente espacial en el que nada se aleja y desvanece en lo
pasado, en el que todo sigue viviendo en una coexistencia radiante.
Una anécdota sencilla ilumina
esta experiencia. La casa en El espejo es la casa de la propia infancia de
Tarkovski. Luego de un largo abandono, para la filmación se la reconstruye,
se la hace resurgir. La madre del cineasta la visita durante el rodaje; y
"regresó al pasado". Siente entonces la casa como si nunca hubiera
sufrido deterioro. A su manera, percibe que no se suprime el pasado sino que
la casa pasada existe simultáneamente a la nueva. Porque el tiempo que se
acumula en un lugar, no aleja o encierra ese lugar en un momento pasado, o en
la imagen-pasado que es capturada por la lente, o en un microespacio. Los dos
lugares siguen latiendo simultáneamente, y coexisten a la vez con los otros
lugares del espacio eternizado. La memoria del espacio universal y simultáneo
estalla finalmente por el derramamiento
epifánico de la sub-imagen del cine poesía, que comunica o amplia la conciencia con lo no visible
en la imagen. Y que, en el caso particular del El espejo, revive la
infancia en la que todo es eterna y verdadera intensidad en un espacio
radiante y misterioso. Así también Tarkovski consigue acceder, desde el cine
como un esculpir en el tiempo, a lo eterno que, según su filosofía del arte,
late siempre en el núcleo misterioso de la vida. Un núcleo, para el creador
de Stalker, divino.
El derrame de la "epifanía
progresiva" deriva en un estallido y ampliación de la percepción
mediante un efecto acumulativo. Y este efecto no es ajeno a posibles paralelos
con otras formas de deslumbramiento epifánico, como lo es la particular senda
del cine experimental de Joan Mekas o, aún con más vigor, de Stan Brackhage.
A través de sus técnicas originales, Brackhage induce una desestabilización
y modificación de un "ver" impuesto por la cultura racional. Su
otro ver también es instante de ruptura y salida, de derrame de los límites
del fotograma. Lo cual es consecuencia de la acción acumulativa de
deconstrucción del "ver normal" desde una convergencia de
atípicas vías de composición fílmica relacionadas con sus célebres
técnicas de pintura, rayaduras o collage de los celuloides; o un montaje
basado sobre repeticiones de patrones numéricos, o con un carácter
vertiginoso, cuyo destino es la liberación de una "visión hipnagógica",
de un danzar en derredor de un estado previo al sueño. Una visión de una
realidad que sólo surge al cerrar los ojos. Una visión mental, interior, que
elude el encuentro directo con la luz y el movimiento visual del mundo
exterior; lo que deriva en una incitación de un "ojo mental", un
ver dentro de la materia y el movimiento, un descubrir colores desde una
dinámica secreta.
Pero el encuentro con lo otro
real desde la vía experimental, o desde el cine poesía, confluyen en una
ruptura de la imagen, en una superación de sus propios límites visuales, y
sus contenidos representacionales. Un proceso que des-nuda, des-hace los nudos
de una percepción adormecida incapaz de verterse sobre lo real como presencia
e intensidad, como des-cubrimiento y estallido vitalizador de una
"conciencia sensible". Es el desplazamiento de toda linealidad, de
todo mundo o sensación ya sabida, ya incorporada a la narración que ordena,
explica, entretiene (desde una encubierta decepción melancólica, o desde una
rememoración nostálgica). Por el contrario, el cine poesía (como corriente
del cine arte o como ensayismo experimental) es poderoso sólo cuando hace
estallar el momento de una imagen para derramarse hacia algo más verdadero,
más numinoso. La percepción se amplia hacia un vértigo o ritmo más real.
"Vértigo más real" que, en nuestra posición, se condensa en los
instantes excepcionales del estallido epifánico del cine poesía o
experimental, o en una
imaginación que imagina las sub-imágenes como derramamiento y reencuentro
con la simultaneidad universal de todos los lugares, y de todas las
imágenes-pasado.
El efecto epifánico del cine
poético es posible derrame hacia el espacio simultáneo, donde una
percepción otra de la espacialidad, por tanto, es el núcleo de esta
experiencia. En la visión bergsoniana-deleuziana el cine abriga uno de sus
corazones más latentes en la recuperación del tiempo en tanto tiempo. Pero,
en ambos casos, el algo real recuperado es la vida como espesor no
reductible a la historia, o a la idea de un sujeto que domina o construye el
ritmo más primario del ser. En ambos casos, el cine, como potencia
artística, nos abre a una realidad más universal, antigua y vital, que
escapa a un mundo que sólo es en tanto proyección de representaciones
racionales de la ciencia o la razón; o la apropiación material del entorno
espacial por las fuerzas económicas del capital. El espacio simultáneo o el
tiempo o devenir de una fuerza no confundible con el tiempo humano,
artificial, yuxtapuesto y secundario de las medidas, son salida o burla de una
realidad sólo experimentable desde el salto fulgurante más allá de los
límites de la percepción corriente y de sus filtros culturales.
Por el cine poesía, o por el arte en sus diversas variantes más poderosas, lo
perceptual, como lazo sensitivo y corpóreo previo a toda racionalización, se
reenciende en su derramarse hacia lo real no humano, hacia la vida que siempre
nos impone su misterio. Y de esta realidad precedente sólo escapa una cultura que se
enfunda en un sueño de autosuficiencia, en el imaginario del significado
moderno-posmoderno que sólo es soplo, marca, o esfera de las representaciones
mentales y acciones del sujeto. El mundo que únicamente es como construcción
humana.
Pero el cine poesía con
sus latidos de inmersión en lo real no humano, no ilumina el misterio abismal de
ese algo real, de lo real como espacio de lo simultáneo, como espacio
eternizado. Sin embargo, esto no es obstáculo sino aliciente. Porque el
poeta siempre percibe la fecundidad de lo abismal. Como lo hace Cocteau,
caminante dentro del enigma, que ya hemos invocado en este ensayo. El Cocteau
de La sangre de un poeta, o de Orfeo, que intuye y reinstaura en
su poética visual aperturas a implícitas intuiciones ancestrales del abismo
oscuro, extraño, como enigma-fuente de la vida de lo universal simultáneo. Es el Cocteau que nos muestra
espejos líquidos, unión simbólica de la luz, y su aparente claridad, y el
agua, como medio o vehículo de descenso hacia lo profundo y oscuro. Así,
luego de atravesar el líquido espejo en una habitación de hotel, en Sang
d' un poete, el poeta desciende en una imagen oscura. Sólo su cuerpo
permanece iluminado, como último lazo con el mundo profano o el finito
universo cultural humano dominado por la necesidad de los conceptos
ordenadores. Descenso también en Nagoyqatsi, de Godfrey Reggio a la
noche plagada de estrellas, que también experimenta un hombre-astronauta,
astronauta-poeta, abierto al universo de las hogueras estelares, que desciende
(y asciende), como cuerpo ligero y encendido, en una imagen oscura que parece
ser la fuente misteriosa de todo pliegue o forma.
Y si todo movimiento en el
espacio o el tiempo estalla desde lo oscuro, el cine, arte supremo de la
re-aparición del movimiento y la luz, debería ser pensado quizá, sin
temores a las diatribas racionalistas o semiológicas, en su destino de oscura
luz
visionaria. Pero, para ello, el cine debe pensarse más allá de la propia
imagen, más allá de su reducción a entretenimiento consolador del hombre
debilitado en sus posibilidades sensibles por la alienación del existir
capitalista. Alienación que, lejos de ser un icono ya vacío de un marxismo desvanecido,
es continua perturbación de nuestro percibir la vida en las sociedades de la globalización
mercantil creciente.
Sólo desde la conciencia de la
percepción como potencialidad alienada; pero, a su vez, como potencialidad de
otra alternativa para el destellar de lo humano, el sujeto puede abrirse al
proceso, no dominable por ningún aprendizaje lógico, de la imagen que se
derrama hacia algo real como simultaneidad polifónica. Y hacia la
oscuridad donde el destello más extraño de las imágenes del movimiento de
la vida, o del cine como su prolongación, revive la gacela olvidada, que
corre entre el viento de todos los misterios olvidados (que es un único
misterio).
Un viento poético en el espacio
que, sólo a veces, acaricia al ojo. (*)
 |
|
Margarita
Terechova en El espejo (Zerkalo) de Andrei Tarkovski;
arriba, imagen de Iván en La infancia de Iván, otra obra
también del gran creador ruso. |
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "El ojo en el viento",
editado aquí
de forma original.
Citas:
(1)
Francesco Casetti, Teorías del cine, Madrid, Cátedra,
Colección Signo e imagen, 1994, p.24.
(2)
Los cineastas agrupados en este movimiento comparten algunos
postulados comunes. La verosimilitud en la construcción de los
personajes, y la importancia concedida a la autoría, al
"cine de autor", que luego coexistirá, en la década
del 60', con el cuestionamiento a esta centralidad, por ejemplo,
aunque desde otro contexto, por Foucault a través de La
muerte del autor. En la nouvelle vague se propicia la
filmación distendida, versátil, vinculada con la iluminación
en interiores o exteriores fuera de los grandes escenarios de
los estudios cinematográficos tradicionales. En cuanto a la
iluminación en interior específicamente se valoriza la
"iluminación indirecta". Los reflejos, la luminosidad
difusa, próxima al cine expresionista de Murnau. Es un
cine realista, transido por la actualidad histórica y sus
conflictivas penumbras sociales. A nivel formal del montaje
introduje una libertad creciente en la manipulación de los
medios técnicos de filmación y sus posibilidades; se apela a la
cámara en mano (actitud de aproximación al reportaje), a tomas largas, costos reducidos y labor artesanal. En la
renovación del lenguaje cinematográfico (propio del cine
de autor) contribuyen novedades técnicas como las cámaras
ligeras, el aumento de la sensibilidad de las emulsiones. Se
estimula la espontaneidad, una dosis de improvisación en la
interpretación actoral. La influencia teórica de Bazin es un
bajo continuo con su idea de la cámara como reproducción
técnica de la realidad. Y también es un influjo constante una sedimentada cultura
cinéfila producto de la relación asidua con los cine-clubs, la
Cinemateca Francesa y las escuelas de cine. Se admira la
libertad del ojo-cámara dentro el montaje en Orson Welles, y se
pondera la enjundia no intelectual del cine norteamericano de
Hitchcock o Ford. Se alienta cierto optimismo ante la crudeza de
la alienación y la soledad de la sociedad moderna al tiempo que
se subraya estas vetas oscuras de la modernidad. Hiroshima,
mon amor (1959), o El pasado en Marienbad, ambas
obras de Alain Resnais, y Los 400 golpes de Truffaut
comienzan la orientación fílmica de la nouvelle vague
que nunca fue un movimiento orgánico. En ese mismo año, Godard,
siempre comprometido con un cine de ensayismo filosófico, y de
crítica cultural, pero también con emergencias de cine
poesía, como en Un elogio del amor (2001), con Al
final de la escapada, dentro de una estructura narrativa
lineal de un thriller, interpola diversas innovaciones que
ilustran el cambio de actitud del nuevo cine francés: se altera
el raccord, por lo que se quiebra la aparente linealidad
de la historia. Se alimenta la improvisación dentro de un
guión abierto, no rígido; los actores miran a la cámara; se
introducen digresiones y la tendencia marxista de los
personajes es fortalecida tras el mayo del 68'. El contexto
cultural francés espolea asimismo la voluntad de la nueva
libertad expresiva de los cineastas bajo los favorables
auspicios de André Malraux, que es nombrado Ministro de Cultura
por De Gaulle, en 1958, tras el fin de la guerra de Argelia.
El
renovado realismo de los adherentes a la nouvelle vague
colisiona con la gravitación de lo literario y psicológico en el cine anterior galo, el cinéma de quálite, que
Truffaut cuestiona desde el artículo "Un cierta tendencia
del cine francés " en Cahiers du cinéma.
Más
allá de las diferencias con las vertientes del cine poesía que privilegiamos
en este ensayo, la nouvelle vague con su libertad expresiva también
resignifica y abre el tiempo-vida y el tejido histórico y social hacia nuevas configuraciones de imágenes y
estados sensoriales disruptivos respecto a lo cotidiano.
(3)
André
Bazin, "Ontología de la imagen fotográfica", en ¿Qué
es el cine?, Madrid, Ediciones Rialp, 1966, p.15.
(4)
Ibid, p.16.
(5) Ibid.
(6)
Ibid, p.17.
(7)
Ibid, p.19.
(8) Bernard Palissy
fue también el "ciclo de agua", su evaporación
desde los océanos y su posterior enfriamiento que precede a
la formación de las nubes. Defensor de la laicidad y de la libertad
de conciencia, Bernard Palissy muere en la Bastilla en 1590,
sin haber renunciado a su pensamiento.
(9)
Andre Bazin, "El mito del cine total", en Qué es
el cine?, op.cit., p.26.
(10)
Louis Dellouc, "Fotogenia", en Joaquim Romaguera i
Ramió, Homero Alsina Thevenet (eds.), en Textos y
manifiestos del cine. Estética. Escuelas. Movimientos.
Disciplinas. Innovaciones, Madrid, Cátedra, Colección
Signo e imagen, p.327.
(11)
Ibid., p.328.
(12)
Ibid., p. 333.
(13) Jean
Epstein, "A propósito de algunas condiciones de la
fotogenia", en Textos y manifiestos del cine., op. cit.,
p. 336.
(14)
Ibid., p.339.
(15) Ibip. 339.
Y también sobre el poder el primer plano, unas pocas líneas
después Epstein agrega: "Y un primer plano del revólver,
tampoco es ya un revólver, es el personaje-revólver, es decir, el
deseo o el remordimiento del crimen, del fracaso, del
suicidio". Y: "Mecánicamente, el solo objetivo
consigue...en algunas ocasiones publicar la intimidad de las
cosas".
(16)
Ibid, p.340.
(17)
Ibid..
(18) Abel
Gance, "¡Ha llegado el Tiempo de la Imagen", en Textos
y manifiestos del cine., op. cit., p.456.
(19) El "arte de alquimista" del
cine en Gance transforma o purifica la realidad filmada, la eleva a
la condición simbólica de un oro visible y espiritual. Este efecto
transmutador y purificador lo encuentra también Artaud en la
relación teatro-alquimia: "Hay entre el principio del teatro y
el de la alquimia una misteriosa identidad de esencia. Pues el
teatro, como la alquimia, considerado en su origen y subterráneamente,
se apoya en ciertos fundamentos que son comunes a todas las artes, y
que en el dominio espiritual imaginario aspiran a una eficacia análoga
a la del proceso que en el dominio físico permite obtener realmente
oro. Pero entre el teatro y la alquimia hay asimismo otra semejanza
más elevada y que metafísicamente apunta mucho más lejos (...)
Allí donde la alquimia por sus símbolos, es el Doble espiritual de
una operación que sólo funciona en el plano de la materia real, el
teatro debe ser considerado también como un Doble, no ya de esa
realidad cotidiana y directa de la que poco a poco se ha reducido a
ser la copia inerte, tan vana como edulcorada, sino de otra
realidad peligrosa y arquetípica...", en Antonin
Artaud, El teatro y su doble, Ed. Fahrenheit.
(20) Sobre
la "resurrección luminosa" Gance, con tono exaltado,
manifiesta: "No cabe duda, ha llegado el Tiempo de la Imagen!
Todas las leyendas, todas las mitologías y todos los mitos, todos
los fundadores de religiones y las propias religiones, todas las
grandes figuras de la Historia, todo los reflejos objetivos de la
imaginaciones de los pueblos desde los más antiguos milenios, todas
y todas esperan su resurrección luminosa, y los héroes se acumulan
a nuestras puertas para entrar. Toda la vista del suelo y todo el
sueño de la vida están dispuestos a moverse por la cinta sensible,
y no es una ocurrencia absurda imaginar que Homero habría impreso
en ella La Ilíada, o tal vez mejor La Odisea.
"¡Ha llegado el tiempo de la imagen!", en Abel Gance,
"Ha llegado el tiempo de la imagen!. op. cit, p.
461.
(21) Abel
Gance, "La armonía visual se ha convertido en sinfonía",
en Textos y manifiestos del cine., op. cit., p.466.
(22) Ibid,
p.467.
(23) Robert Bresson,
Notas sobre el cinematógrafo, Madrid, Ediciones Ardora, 1997, p.20
(edición y traducción de Daniel Aragó Strasser).
(24) Ibid.
(25) Ibid, p. 20.
(26) Ver Jacques
Aumont,
La teoría de los cineastas. La concepción del cine de los grandes
directores, Buenos Aires, Paidós.
(27) Ibid, p.32.
(28) Ibid., p.30.
(29)
"La experiencia del encontrar sin buscar late en
El cristal del amor, un cuento de Artaud, incluido en esta
selección, donde narración, poesía y "un pensamiento
oblicuo" se entrelazan en la historia de un joven. Un joven
estudiante enamorado de una bella criada de una taberna, un
personaje inspirado por los cuentos de Hoffmann, el autor de El
hombre de arena. El joven en cuestión
sufre un amor no consumado. Compensa su deseo insatisfecho con
ensoñadoras idealizaciones de la mujer deseada. El amante ve así
"pequeños volcanes" enganchados en sus axilas; y la
contempla rodeada por el espesor sutil del cielo. La visión
ensoñadora del estudiante se repite como un ver a la mujer de su
deseo a través del cuarto que habita, o de sus ex-amantes, o del
cabello amarillo de su madre. El joven construye así una búsqueda
apasionada. Busca encontrar a la mujer que hierve en el vientre de
sus sueños. Pero Hoffmann irrumpe en su ensoñación para
advertirle sobre la inutilidad de este proceder. "No la busques
ahí", le advierte. Gerard de Nerval y Lewis acuden también
para auxiliar al amante desesperado. Y Lewis le entrega la clave del
secreto: el encuentro con lo femenino sólo ocurrirá
"transversalmente". La unión con lo que se busca será
cuando el buscador ya no piense en lo que busca. Será cuando el
buscador ya no piense en Ella. El camino no es la captura frontal de
un bien deseado. El camino no es una búsqueda. Sólo por un
acontecer oblicuo, lateral, espontáneo, un trasfondo de hierba
podrá ascender hasta los ojos y la piel. No hay entonces caminos
frontales. Sólo inmanejables sendas laterales, oblicuas. El amante
antes buscaba para poseer; ahora comprende "que el amor es
oblicuo, que la vida es oblicua, que el pensamiento es oblicuo, y
que todo es oblicuo". El paradójico sendero de lo que
encuentra sin buscar se confirma en "Nueva carta sobre mí
mismo", donde el gran mensajero del Teatro de la crueldad
revela que admira "el animal inteligente que busca pero que no
busca buscar"; ése es el "animal que vive", en
prólogo de Esteban Ierardo a Artaud. El arte y la muerte y otros
escritos, Buenos Aires, Caja Negra editora, 2005,
pp.18-19.
(30) Ver
Michel Foucault, El pensamiento del afuera, Madrid, ed. Pre-textos.
(31) Ver Pier
Paolo Pasolini, "Discurso sobre el plano secuencia, o el cine
como semiología de la realidad", en Ideología y
Lenguaje Cinematográfico, Alberto Corazón Editor, Madrid, 1969.
(32) Ibid., p.59.
(33) Citado en Jacques
Aumont,
La teoría de los cineastas,
p.101.
(34)
"Giges era un pastor que servía al entonces rey de Lidia. Un
día sobrevino una tormenta y un terremoto que rasgó la tierra y
produjo un abismo en el lugar en que Giges llevaba el ganado a
pastorear. Asombrado al ver esto, descendió al abismo y halló,
entre unas maravillas que narran los mitos, un caballo de bronce,
hueco y con ventanillas, a través de las cuales divisó adentro un
cadáver de tamaño más grande que el de un hombre, según
parecía, y que no tenía nada excepto un anillo de oro en la mano.
Giges le quitó el anillo y salió del abismo. Ahora bien, los
pastores hacían su reunión habitual para dar al rey el informe
mensual concerniente a la hacienda, cuando llegó Giges llevando el
anillo. Tras sentarse entre los demás, causalmente volvió el
engaste del anillo hacia el interior de su mano. Al suceder esto se
tornó invisible para los que estaban sentado allí, quienes se
pusieron a hablar de él como si se hubiera ido", en Platón, La
república II, 359b-360 a, citado en Geneviéve Droz, Los
mitos platónicos, Barcelona, Ed. Labor. p.148.
(35) Pensamiento
de Cocteau vertido en Autobiografía de un artista desconocido
realizado por Carole
Weisweiller.
(36) Ibid.
(37) Sobre
la relación entre los ritmos y el plano y a propósito de una
crítica a Eisenstein y su montaje de Alexander Nevski, Tarkovski manifiesta en Esculpir en el tiempo: "Que mi
apreciación es correcta lo confirma la experiencia del propio
Eisenstein. El ritmo, que él ve en dependencia directa del montaje
y los cortes, demuestra que sus presupuestos teóricos son
incorrectos y lo demuestra allí donde el montaje modifica la
intuición y las partes del montaje. Como ejemplo, podemos fijarnos
en la batalla en el lago Peipus, en la película Alexander Nevski,
del propio Eisenstein. Sin pensar en la necesidad de dar a las tomas
la tensión temporal correspondiente, Eisenstein intenta reproducir
aquí el dinamismo interior de la batalla montando una sucesión de
partes, incluso demasiado cortas. A pesar del flamear -como
relámpagos- de las tomas, el espectador imparcial percibe la
sequedad y la falta de naturaleza de lo que se le muestra en
pantalla; al menos ese espectador a quien aún no se le ha
'convencido', de que aquello es un 'clásico', tal como se enseña
en Escuela de Cinematografía. Esto sucede porque en Eisenstein no
hay una probabilidad temporal en cada una de las tomas. Cada plano,
visto por separado, es estático y anémico. Surge así,
naturalmente, una contradicción entre el contenido interno de un
plano, que no fija proceso temporal alguno, y la rapidez del
montaje, que es totalmente artificial, absolutamente exterior,
indiferente al tiempo que ha trascurrido en el plano. No se comunica
al espectador el efecto pretendido por el artista, porque éste no
se ha preocupado para nada de llenar ese plano con un sentimiento
real del tiempo en aquella legendaria batalla. No se recrea el
acontecimiento, sino se banaliza, artificial y arbitrariamente. El
ritmo, en el cine, se transmite a través de la vida del objeto,
visible, fijada en el plano. Así, del movimiento de los juncos se
puede reconocer el carácter de la corriente del río, la presión
del agua. Del mismo modo, el proceso vital que la toma reproduce en
su movimiento informa del movimiento del tiempo", en Andrei
Tarkovski, Esculpir en el tiempo. Reflexiones sobre el arte, la estética
y la poética del cine, Madrid, Ediciones Rialp, pp.146-47.
(38) Andrei
Tarkovski, Esculpir en el tiempo, op. cit., p.143.
(39) Ibid., p.
144.
(40) Ibid., p. 129.
(41) Ibid.
(42) Ibid, p.143.
(43) Ibid., p.62.
(44) Ibid,
p.204.
(45) Ibid, p.205. En
una página anterior, también expresa: "...el cine y la música son para
mi arte inmediatas, que no precisan de una mediación a través de la palabra.
Esta característica fundamental hace que la música y el cine sean artes
afines y fundamenta a la vez la insuperable lejanía frente a la literatura,
donde todo se expresa a través del lenguaje, es decir, a través de un
sistema de signos y normas".
(46) "Para
mí, son extraordinariamente importantes las tradiciones culturas rusas que
procede de Dostoievski. Ahora bien, en la Rusia moderna no sólo han llegado a
desarrollarse plenamente, sino que más bien se hallan descuidadas o incluso
ignoradas por completo. Hay para esto varios motivos, y el más importante de
todos es que dicha tradición es radicalmente incompatible con el
materialismo. Otro de los motivos de que la recepción de Dostoievski en la
Rusia actual sea más bien discreta es la "crisis interior", tan
característica de los personajes de este autor, de su propia obra y también
de la de sus continuadores. ¿Por qué se le tiene tanto miedo en la Rusia
moderna a ese estado de crisis interior"? Para mí, una crisis interior
es siempre un signo de salud. En mi opinión, no supone otra cosa que un
intento de volver a encontrar el propio yo, de conseguir una nueva fe",
en Andrei Tarkovski, Esculpir en el
tiempo, op. cit, p.218.
(47) Ibid, p. 223.
(48) Ver Henri
Bergson, Materia y memoria, Ensayo sobre la relación del cuerpo con el
espíritu, Buenos Aires, ed. Cactus (trad. Pablo Ires).
(49) Sobre
la crisis de la imagen-acción donde intervienen Hitchcock, Lumet,
Altman y Cassavetes, y el "aflojamiento del nexo
sensorio-motor", y la participación del neorrealismo italiano
y la nouvelle vague francesa , ver cap. "La crisis de la
imagen-acción", en Gilles Deleuze, La imagen movimiento.
Estudios sobre cine 1, Barcelona, Paidós Comunicación, 1994,
pp.275 a 229.
(50) Citado en
Paola Marrati, Gilles Deleuze. Cine y filosofía, Buenos Aires,
Ediciones nueva visión, p. 75.
(51) Ver si se lo
puede verificar desde el propio libro de Deleuze y cine p. 95
(52) Paola
Marrati, Gilles Deleuze. Cine y filosofía, op. cit., p, 95.
(53) En la
presentación de una estética abierta y en devenir, Deleuze, junto
con Guattari, en "Percepto, afecto y concepto", en ¿Qué
es la filosofía?" insiste en la precedencia del tiempo,
del devenir que devine desde la ausencia del hombre. El arte (en sus
diversas formas de expresión posibles), o la cosa, es independiente
del creador: "La cosa es independiente del creador, por la
auto-posición de lo creado que se conserva en sí. Lo que se
conserva, la cosa o la obra de arte, es un bloque de sensaciones,
es decir un compuesto de perceptos y de afectos. Los perceptos
ya no son percepciones, son independientes de un estado de quienes
lo experimentan; los afectos ya no son sentimientos o afecciones,
desbordan la fuerza de aquellos que pasan por ellos. Las
sensaciones, perceptos y afectos son seres que valen por sí mismos
y exceden cualquier vivencia. Están en la ausencia del hombre, cabe
decir, porque el hombre, tal como ha sido cogido por la piedra,
sobre el lienzo o a lo largo de palabras, es el mismo un compuesto
de perceptos y de afectos. La obra de arte es un ser de sensación,
y nada más existe en sí", en G. Deleuze y F. Guattari, en
"Percepto, afecto y concepto", en ¿Qué es la
filosofía?, Barcelona, Anagrama, Colección argumento,
pp.164-165. El pensar no se concentra aquí en una meditación sobre
la savia filosófica del cine como tal, su ámbito reflexivo más
directo son las artes plásticas, la literatura y la música. Sin
embargo, la orientación general de estas reflexiones permiten la
in-sistencia en la apertura a un universo prehumano que abre y
disuelve las pretensiones de una realidad que sólo sería en tanto
cognoscible por una subjetividad sedentaria, racional, ordenadora.
El
"percepto", surge como un estado de la experiencia que el
arte "arranca" "de las percepciones de objetos y de
los estados de un sujeto percibiente". En Melville, por
ejemplo, lo que aflora no es la descripción subjetiva, humana, de
la vastedad oceánica, sino el "percepto": la presencia
singular del paisaje o vastedad sensorial del océano. El afecto no
es la sucesión o vivencias de un sujeto "sino el devenir
no humano del hombre". Acab no se identifica con Moby Dick sino
que "un algo pasa de uno a otro", y pierden así su
distinción o diferenciación humano-no humano desde un fondo infinito,
en una "zona de indeterminación, de indescernibilidad".
Esta pérdida de la identidad humana, cerrada sobre sí misma, que no deviene, es lo
que Melville consigue en Acab al pasar del afecto sólo humano a lo que
se abre y con-funde con el devenir de lo no humano. Y, tanto "perceptos",
como "afectos", son "seres de sensación",
"compuestos de sensación", "variedades" que el
artista puede agregar al mundo. Todo es dentro del devenir, y
lo que deviene se proyecta mediante líneas y uniones de planos que
se unen en "un gran plano de composición infinito" del
arte que se aproxima "al plano de inmanencia", en la
filosofía, que "no es un concepto, ni el concepto de todos
los conceptos", sino un estado filosófico creador de
conceptos. El plano de inmanencia es el movimiento o apertura
infinita que contiene todo esos conceptos potenciales o posibles.
En
todos los casos, lo decisivo, estimamos, es advertir la fuerza y
necesidad de la posición que no reduce el devenir y lo real a la
construcción o elaboración de una subjetividad trascendental que,
por tanto, impide al arte y al filosofía la inmersión en un
devenir de lo real no humano que interactúa con lo humano. Desde sus propios senderos, el cine poesía es
también deslizamiento fuera del gran sujeto que se enquista en una
constitución unilateral del mundo de los fenómenos, y que niega la
alteridad, la condición otra, dinámica y nunca detenible de la
vida en ningún logos ni representación de la trasparencia racional
(humana) y absoluta.
(54) Eric
Rohmer, El gusto por la belleza, Barcelona, Ediciones Paidós, p.37
(textos reunidos y presentados por Jean Narboni).
(55) Ibid. p.37-38.
(56) Ibid., p.38.
(57) Este film de
Epstein, que ya hemos comentado en su intensidad fotogénica, es quizá
pertinente quizá destacar que es antecedente de
la posterior y también destacable adaptación del relato de Poe por Roger
Corman. A través de la imaginación del autor de Ligeia, Corman
realizó La máscara de la muerte roja, protagoniza por el notable
Vincent Price.
(58) Jean Epstein, La inteligencia de
una máquina, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, p.34.
(59) Ibid. p.41.
(60) Ibid p. 38.
(61) Las posibles
afinidades del espacio axial con la intuición mística de una noche primaria
donde se repliega y estalla una paradójica luz oscura del ser, o su posible
proximidad con el vacío zen; con el campo genésico en Paul Klee; o el espacio
como lo real absoluto, como divinidad de la amplitud, en la estética de otro
expresionista alemán: Max Becmann, no pueden ser negadas.
(62) Las Histoires
(s) du cinéma (realizadas entre 1985 y 1995) de Godard es un repensar la
historia que generan variaciones de otros films pero, que más allá, ubica
a la historia en el centro de la creación cinematográfica. Porque el cine es
recreación de ciertos historias o relatos, y de la propia historia de las
sociedades o culturas. Y el cine mismo es parte de esta historia. El arte
cinematográfico, la idea misma de arte, es efecto de la historia europea, las
civilizaciones antiguas, desconocían el término. Como la filosofía
hegeliana que comprende lo absoluto al fin de un largo desarrollo histórico,
el cine irrumpe como última exhalación en la historia del arte. Por eso, el
cine, lo mismo que el pensar en Hegel, tras lo ya acontecido, en la consumación
ya del siglo XX, permite un último deseo utópico: " Utopía:
el cine por haber nacido al término de la serie occidental de las artes, por
ser la conclusión absoluta (y, pese a todo eufórica) de un período iniciado
en Europa con el Renacimiento, es la respuesta positiva a esa historia que, de
no ser por él, no habría encontrado la forma positiva de su escritura",
en J. Aumont, Las teorías de los cineastas, op. cit., p.143. Una
utopía alimentada por una re-imaginación de lo histórico que, por una vía
indirecta, es inoculada por la potencia poética de des-cubrimiento de otro
acontecer o un otro mostrarse de lo real.
(63) Baraka
es un documental de vanguardia lanzado a las pantallas en 1992. Su
director, Ron Fricke, fue el encargado de la fotografía de los
documentales experimentales que preludian su obra: Koyaanisqatsi,
Powaqqatsi, Nagoyqatsi
de Godfrey
Reggio. En Baraka se exhibe una sucesión de imágenes y
sonidos, sin mediación de la palabra humana. En este devenir se
integran, en un solo gran tejido, en un espacio visual polifónico y
simultáneo, secuencias de la soledad de la naturaleza, el vértigo
de las ciudades, el horror de campos de exterminio, la diversidad de
los cultos, ancestrales aproximaciones a lo sagrado aún vivas en el
mundo contemporáneo.
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