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EL SENCILLO RESPLANDOR DEL OBJETO.

La ceremonia japonesa del té y el arte occidental

Por Esteban Ierardo

 

 

El agua caliente dentro de la tetera (cha-wan) durante un momento de la ceremonia del té.

 

   En el chanoyu, la ceremonia del té japonesa, cada objeto adquiere una presencia fulgurante. Bajo el influjo de la tradición oriental del taoísmo y el budismo zen, dentro del recinto del té, las acciones y los objetos son una particular expresión del ser como vacío infinito. Ya en el sinto, la religión tradicional del Japón, cada cosa puede ser centro de activas fuerzas cosmológicas. En el ensayo que aquí presentamos exploramos la dignificación de la pequeñez dentro del chanoyu  y, a su vez, observamos la similitud de esta recuperación de lo pequeño con el arte de los objetos del Occidente moderno representado esencialmente por el arte pop. Ambos procesos animan una parecida magnificación del objeto simple; pero también contienen una diferencia esencial en cuanto a que, en la tradición japonesa, el objeto  es, desde la raíz misma de su existencia, una hebra de intensa radiación sacra, mientras que en el Occidente el objeto dignificado debe primero sortear un incierto proceso de liberación de una enajenación que le es intrínseca.

 Pero, aun en sus diferencias, el ojo, en Oriente y Occidente, recorren un aprendizaje en el arte de percibir el sencillo resplandor del objeto.

E.I

 

EL SENCILLO RESPLANDOR DEL OBJETO.

La ceremonia japonesa del té y el arte occidental

Por Esteban Ierardo

 

  I. Las nubes sienten el golpe del viento. Es el día. Desde lo alto, cae algo. Aquello. La lluvia. Lluvia de las gotas delicadas. Hechas de agua. Como el agua ceñida por una corona de humo y calor que se vierte ya sobre la taza. Dentro de una casa. La casa de té. Que contempla dos ríos, uno de adentro y otro de afuera. El río de afuera: el cielo, la tenue cascada lluviosa; los árboles y las plantas, que susurran versos, de poesía indescifrable. El río de adentro: la exquisita y serena salud que mana la taza humeante, la cuchara de bambú; y todos los utensilios y todo lo que vive en el recinto reposado. Del té. Que reconcilia el espíritu con la fuerza. Serena. Con la belleza. Del orden sencillo.

 La ceremonia del té es el chanoyu (literalmente: agua caliente para el té). La agradable infusión llegó al Japón a través de China, en el siglo VII. El té fue intensamente saboreado durante la dinastía Han (25-220 d.c.). En el siglo XII, durante la dinastía Sung, la inmensa China comenzó a exportar a la pequeña isla nipona el matcha (té verde en polvo, el tipo de té que es bebido en la fase final del chanoyu). 

  La planta del té es oriunda del sur de China. Desde remotos tiempos era conocida por la botánica y la medicina chinas. Se la apreciaba principalmente por su poder para mitigar la fatiga, para alegrar el alma y vigorizar la voluntad. Los taoístas creyeron que era uno de los ingredientes del elixir de la inmortalidad. Los antiguos poetas chinos llamaron al té "la espuma del líquido de jade". Con la dinastía Tang, a mediados del siglo VIII, desde el trasfondo del confucianismo, el budismo y el taoísmo (1), surgió la obra de Luwuh el Chakin (La sagrada escritura del té). El cultivo de la planta y la selección de sus hojas adquirieron una gran importancia. 

Entre los budistas chinos de la secta Zen del Sur surgió un rito alrededor del té. Los monjes se sentaban frente a la estatua de Bodhidharma, el sacerdote hindú fundador de la secta budista zen (2). Todos bebían de un único té que compartían mediante un cuenco que pasaban de mano en mano. Este ritual zenista será luego, en el siglo XV, una de las inspiraciones esenciales para la conformación de la ceremonia japonesa del té. 

 En el siglo XIV, el té fue el centro del tocha, juego japonés que se practicaba en fiestas durante las cuales se servía a los invitados varias clases de té oriundas de distintas regiones. Quien acertaba el lugar de procedencia de un té específico, era premiado. La difusión del tocha supuso la profusión de plantaciones de té que alcanzaron gran fama, como las de la región de Uji, cerca de Kyoto.

  El tocha fue lentamente transformándose. De una festiva práctica lúdica y popular pasó a ser una costumbre relajada, cultivada por las clases altas. El propósito de la reunión ya no eran los premios sino el contemplar pinturas y obras diversas de arte chino, exhibidas en un shoun (estudio), mientras se saboreaba el té con sereno deleite y recogimiento. Entonces, los samurais eran la clase dominante. En la vida militar, la obediencia de las reglas y la disciplina son esenciales. La reunión para saborear el té adquirió entonces preceptos que los practicantes debían obedecer. Esto inspiró la reglamentación posterior del chanoyu.

  Sobre el final del siglo XV, vivió Murata Juko, hombre humilde del pueblo, que conocía el chanoyu celebrado por la clase alta. De la inventiva de Juko nació la adaptación de la ceremonia del té al ideal wabi (en su traducción literal: "solitario", "empobrecido"). El ideal wabi es la pobreza cultivada, la austeridad que dimana de la simplicidad y de la indiferencia ante las riquezas. Esta actitud vital forja una sensibilidad estética para la cual lo sencillo, lo imperfecto e inacabado, lo pobre e irregular, es superior a lo refinado, perfecto y simétrico. La luna cubierta parcialmente por las efímeras nubes o la delicada bruma, es más plena que una luna que brilla en toda su plateada y circular extensión. 

  Asimismo, el chanoyu es un ejercicio espiritual signado por la influencia del budismo zen. El zen (término que deriva del chino chan, y éste del sánscrito dhayna) es negación de toda doctrina dogmática, de las liturgias repetitivas y vacías, del estéril lenguaje teológico. En el zen, como en el taoísmo, la meta es una experiencia directa del todo, más allá de las palabras y teorías; el todo aquí es imaginado como vacío. Y lo vacío, en su fibra más abisal, es experimentado a través del satori o iluminación. La vacuidad o el ser esencial no es divisible, por lo que no puede hallarse en algunos lugares y no estar en otros. Lo vacío brilla en cada cosa singular que late en la totalidad. Así, en lo más modesto, y en apariencia insignificante, aflora el vivo resplandor del todo. En la sencilla y humeante taza de té puede percibirse algo de la gracia y misterio del ser total.  

El chanoyu alcanzó su cumbre con tres grandes maestros del té: el ya mencionado Murata Juko (1422-1502); Takeno Joo (1502-1555); y Sen no Rikiu (1552-1591). Todos ellos eran practicantes del budismo zen.

  La personalidad de Rikiu es quizá la que más influencia ejercerá sobre la posteridad. Era natural de Imachi, Sakai. En su adolescencia recibió de Takeno Joo la enseñanza del chanoyu. A los veinte años ya era un consumado y exigente maestro. Rikiu pertenecía a una acomodada familia de comerciantes de pescado. En el siglo XVI, Oda Nobugana, unificó el reino (tenka) aplastando a los daimyos (3) rivales. Su sucesor fue Toyotomi Hideyoshi. Ambos líderes militares tuvieron en alta estima las cualidades  como maestro del té de Rikiu. 

 La ceremonia del chanoyu se expandió entonces vigorosamente. En 1587, Hideyoshi ordenó una gran ceremonia de té en los alrededores del santuario Kitane, en Kyoto. Dispuso que se emplearan exquisitas piezas que destilaban ostentación, refinamiento, lujo. Cerca de 800 maestros acudieron al evento. Todos podían concurrir. Era un acto público. Cualquiera podía contemplar a Hidesyoshi, u otros maestros, manipulando los refinados utensilios. En esta ceremonia colectiva se enlazaban dos elementos políticos contradictorios: por un lado el cariz popular del evento lo impregnaba de un tinte de gekokujo, una práctica de relajamiento o supresión parcial, bajo ciertas circunstancias, de las diferencias sociales. Por otro lado, la gran ceremonia de Hideyoshi suponía una legitimación cultural de su autoridad. 

 Otro efecto de aquella gran reunión del té fue el distanciamiento entre Hidesyoshi y Rikiu. El lujo de los utensilios en el chanoyu de Hideyoshi  irradiaba excesiva riqueza y refinamiento. La ceremonia se degradaba así al convertirse en una exhibición de poder. Para Rikiu, en cambio, el chanoyu era la humilde y sencilla belleza del camino wabi. Sus reparos a la llamativa aparatosidad de la que gustaba Hideyoshi habría malquistado a éste con su más afamado maestro del té. Además, es posible que haya contribuido a la caída en desgracia de Rikiu la decadencia comercial de Sakai, su hogar. Hideyoshi quería invadir Corea. El puerto de Hakata, en Kyushu, era el sitio más propicio para lanzar la invasión. Así, Hakata fue ensalzada, y Sakai perdió su anterior importancia. Hideyoshi apeló entonces a un ardid para acusar a Rikiu de una ofensa a su majestad, por lo que el afamado maestro del té fue finalmente obligado a practicarse el seppuku, la honorable muerte por su propia mano.

  A pesar de su conflicto con el poder, la influencia de Rikiu sería muy poderosa. La enseñanza de la espiritualidad mediante la sencillez perdurará en la cultura japonesa. La jardinería, la arquitectura, los arreglos florales, la pintura, la caligrafía, la poesía, incluso la cocina japonesa, habrían de recibir su influjo. Para el japonés, un influjo de mística belleza dimanara siempre de una madera sin adornos, de una pared lisa, de las sencillas vasijas de hierro, de un modesto techo de paja, de un danzante horno de fuego. O de una diminuta flor. 

  En la ceremonia del té se induce el paso del ajetreado y disperso mundo profano a un ámbito de serenidad y de intensa atención a la grandeza de lo pequeño. El chanoyu se practica en la Sukiya, la casa del té. Los utensilios fundamentales durante el rito son el cha-wan (la tetera), el cha-ore (el recipiente para el té), el chan-sen (el agitador especial de bambú), y la cha-shaku (el cucharón de servir, también de bambú). Al recinto del té se llega luego de recorrer un camino (roji) (4) de verde suelo y piedras, y  de atravesar las puertas (amigasamon, puerta del parapeto entretejido, que comunica con un jardín interior, uchiroji). Luego, se accede al salón propiamente dicho mediante una pequeña entrada, de 70 cm de ancho por 80 cm de alto, llamada nijirigochi. El ingreso por esta diminuta abertura subraya la sensación de abandono del mundo exterior y de acceso a otro tiempo. Antaño, los samurais debían desprenderse de sus armas para entrar. Luego de su ingreso, los invitados se arrodillan ante la capilla o tokonoma, y realizan una respetuosa reverencia. Despliegan su abanico plegable, que colocan ante sí, y admiran la pintura colgada en la pared del tokonoma. Se reverencia luego el hornillo o brasero. Los huéspedes se colocan delante del maestro de la ceremonia. Intercambian las debidas cortesías. Y reciben el kaiseki, o comida ligera. Luego, ante una indicación del anfitrión, se retiran a un banco ubicado en el jardín interior. Cinco o siete gongs de metal anuncian la siguiente fase, el goza-ir. El tokonoma ahora no alberga una pintura sino un arreglo floral. Los recipientes de cerámica para el agua y el té se hallan ya en su correcto lugar. Luego, el maestro limpia la tetera y el cucharón con un paño llamado fukusa. Tras  varias manipulaciones, elabora en un cuenco una sopa de guisantes espesa denominada koicha. El cuenco circula después entre los invitados, que beben con reverencial delicadez. Durante la última fase o Usucha, el té preparado para cada huésped se elabora con dos cucharadas de matcha. Cada invitado bebe de su cuenco. El maestro de ceremonias saca los utensilios del recipiente del té. Realiza una reverencia en silencio ante los invitados. Quienes abandonan la sukiya bajo la serena mirada del maestro de ceremonias. El rito ha concluido.

   Según Okakuro Kakuzo, el chanoyu es expresión de una filosofía del té, del té-ismo (5). 

  Dentro de la sukiya, de la casa del té, el tiempo se libera de la dispersión, del extravío de la atención, del enfriamiento de lo vital. Dentro de la casa del té se repite una experiencia universal: la sacralización, en las culturas de sesgo religioso, del espacio mediante el rito y la arquitectura. La existencia humana es acosada constantemente por la absolutización de lo profano, por la pérdida de la conciencia que se abre hacia fuerzas universales y divinas. Una estrategia ritual fundamental para la conservación de lo sagrado radiante en el espacio se habría iniciado en los atávicos cultos prehistóricos desarrollados en ámbitos cavernarios (6). La cueva como primer sitio de regreso a un espacio vivido como ebullición divina. Lo mismo ocurrió luego al emerger el templo artificial. Desde los ziqurats sumerios hasta los templos-montañas del budismo o las catedrales cristianas, el templo siempre se separa del existir profano para recuperar un tiempo y espacio sacralizados (7). Lo mismo ocurre con la sukiya y el chanoyu. La sukiya es la "morada del vacío"; en el espacio del recinto del té deberá manifestarse la totalidad vacía del taoísmo y el zen, que trasciende el lenguaje o toda fragmentación particular. Pero, a su vez, la vacuidad no sólo supera toda individualidad. También traspasa los objetos diversos. Y los objetos existen en el movimiento, en el cambio, en el tiempo. De ahí que la austeridad y la reducción a un mínimo de la ornamentación en la casa del té, acción que remite a la sugerencia de lo vacío, necesita ser complementada por el cambio sugerido mediante una mínima ornamentación cambiante. Durante el rito del té, cambia el motivo decorativo del altar o tokona (a través del cambio de una escritura por un arreglo floral). Este único signo ornamental que cambia atrae la atención hacia lo singular; estimula la percepción de la bella epifanía de lo sacro en una sola cosa dado "que la verdadera aprehensión de la belleza es posible únicamente a través de la concentración sobre algún motivo central" (8). 
   La sukiya también es la "morada de lo asimétrico". Las formas irregulares en el arte chino-japonés de inspiración taoísta y zen propician un completar de lo incompleto y asimétrico mediante una respuesta activa de la mente (9).

  Lo pequeño y simple expresa una fuerza inacabada de sentido. El objeto se emancipa así de dos males: la pálida intrascendencia, y su reducción a objeto-utilitario, a cosa-instrumento. La tetera, la taza o el té, los arreglos florales, la cuchara de bambú, las vestimentas de los maestros y los invitados, la despojada amplitud de las paredes, o las rocas del roji, todos son objetos que ya no pertenecen a una mera acumulación de cosas útiles, a medios para conseguir un bien y un fin placenteros. El objeto ya no es sólo lo útil. Es el pequeño resplandor de una realidad total. Es luminiscente imán que despierta el asombro del ojo atento. Que se esfuerza por devolverle a lo pequeño su grandeza. El objeto del pequeño resplandor expresa una vida mayor. 

 II. En Occidente, el estudio de una manzana por Cézanne, o los cambios representados por Monet de un nenúfar durante varios momentos de un día, o los girasoles o zapatos de Van Gogh, son ejemplos del interés en aprehender la singularidad de una cosa individual. Por otra parte, la patafísica de Jarry, con su reducción de la tradicional ley universal a un solo caso, es signo asimismo de esta sensibilidad. Como también lo es Duchamp y sus ready-mady, que incluyen su célebre urinario que, al ser exhibido de forma invertida, se sustrae de su mera condición higiénica y utilitaria para devenir obra artística.

 En su acción pionera de recuperación del valor artístico del objeto trivial, el dadaísmo de Duchamp fue acompañado por Léger, quien se hallaba vivamente interesado por la publicidad, las autopistas, las vitrinas. "Todos los días -llegó a afirmar- la industria fabrica objetos que tienen un indiscutible valor plástico. El espíritu de esos objetos dominan nuestro siglo" (10). Para Léger, lo mismo que para Benjamin, el cine, con sus primeros planos, consigue otorgarle a los objetos una nueva presencia y poder (11). 

 Un puente explícito entre el zen y la nueva actitud occidental de valorización de los objetos como centros de infinitud palpita en John Cage, el máximo exponente de la vanguardia musical en Estados Unidos. En 1952, en Black Mountain, Cage dictó una conferencia que inicia una estética de borradura de la frontera entre el arte y la vida, y que promueve la valoración del poder de todo sonido. No existe diferencia entre el ruido y la música. "¿Puede decirse que el sonido de un camión en una escuela de música sea más musical que el de un camión que pasa por la calle?". Así como no media diferencia esencial entre la música (el sonido elaborado desde un supuesto código artístico de composición superior) y el sonido como tal, en su simple aparición y resonancia, tampoco es legitima la diferencia entre el objeto artístico tradicional y las meras cosas naturales, o las artificiales creadas por la industria y la vida moderna. Así se abre una puerta mental hacia la valoración de toda presencia objetual. 

  Otro antecedente de esta nueva sensibilidad artística ante el objeto supuestamente anodino, se encuentra en el Grupo independiente londinense, con Richard Hamilton y  Edoardo Paolozzi y su collage Yo fui el juguete de un hombre rico, de 1947. Y también es un precursor Robert Rauschenberg y su Caja de música. El artista norteamericano resignifica una caja musical mediante la incorporación de clavos que perforan azarosamente sus costados de madera. Unos años después, en 1955, en Odalisca, Rauschenberg coloca una gallina disecada sobre una caja apoyada en un almohadón. Sobre la superficie de la caja previamente encerada, el artista teje un collage de fotografías de prensa. Se crea así una obra cuyo obrar propio es exhibir la rareza y singularidad de los objetos que la componen. 

A comienzos de la década del 60' se inicia decididamente una constelación de artistas pop que hallan en los meros objetos un aura de imantado fulgor irrepetible. Así, en el ámbito del arte pop americano, Claes Oldenburg, en 1960, repara en los objetos aparentemente más prosaicos en la calle de una ciudad moderna. "Las calles me fascinaron...Paquetes comunes se transformaban en esculturas ante mis ojos y veía la basura de la calle como elaboradas composiciones accidentales"(12). Las despreciables bolsas de recipientes renacen como singulares entidades artísticas, lo que estimuló a Oldenburg a ver "los objetos expuestos en los escaparates y en los mostradores como una obra de arte" (13). Andy Warhol convierte a otro objeto en apariencia utilitario e intrascendente en centro de una imagen artística en La lata de sopa Campbell de 19 centavos. George Segal esculpe blancas estatuas de yeso, de tamaño natural, que muestran a hombres y mujeres en actividades cotidianas y en sus mismos lugares de acción. James Rosenquist trascendió como "pintor de carteles"; en su obra, de grandes dimensiones, Las anteojeras para caballo de 1968-69, se amalgaman colores que cubren una diversidad de objetos como una piscina, humo, un cable de teléfono cortado o mantequilla fundida en una sartén. Todo luce pintado con óleo con colores fluorescentes sobre planchas de aluminio. Daniel Spoerri crea sus objetos-trampas que consisten en la inmovilización de una serie de objetos de la vida cotidiana reunidos según un espontáneo azar, y que se disponen sobre superficies (como mesas o respaldos de camas) verticalmente colgadas. Sobre estos receptáculos lucen, inmovilizados, vasos de vidrios, botellas, platos, camisas, zapatos, cenicero con colillas. Una flor. Así los objetos exudan la intensidad que le es propia y especial. Lo pequeño, particular y cotidianamente ignorado, ahora es fuente de asombro y valoración estética. Algo de este tenor también ocurre en el arte povera, el llamado "arte pobre", iniciado en 1967, donde la supuesta pobreza de materiales de desecho, tierra, troncos, vidrios, grasa, se convierten en la base compositiva de obras que reaccionan contra la industrialización deshumanizante del capitalismo (14).    

 Pierre Restany, en Milán, en abril de 1960 publica su primer manifiesto del Nuevo Realismo, con ciertas afinidades con el chanoyu y su dinámica zen. El zen busca una experiencia directa de lo real, y de la totalidad en lo pequeño, fuera de pompas litúrgicas o conceptos teóricos. En el chanoyu lo real es experimentado como sinfonía de la bella grandeza de la cosa pequeña. Por su parte, Restany expresa la certeza de que el arte realista de los 60' es "la fascinante aventura de lo real vista en sí misma y no a través del prisma de una trascripción imaginativa e intelectual" (14); el mundo social y su tejido de objetos renace en la mirada estética neorrealista "como la gran obra maestra fundamental de la que se puede extraer ciertos fragmentos dotados de significado universal". Los objetos comunes ya no son el no sentido, lo irrelevante secundario. Ahora "el ready-mady ha dejado de ser la cumbre de la negación y es la base de un nuevo vocabulario expresivo" (15). Además, George Segal, interrogado por Barbara Rose, manifiesta que desea rescatar "el misterio de lo desconocido en las cosas más simples" (16).

  Sin embargo, entre la restitución del arte pop y dadaísta del objeto en su sencillez, y la experiencia japonesa del chanoyu, sólo hay una superficial afinidad en el plano de la intención, y una abismal distancia en cuanto a la entidad misma de los objetos sencillos. En los ejemplos del arte moderno que hemos mencionado, el objeto brilla fundamentalmente como expresión de la libertad del artista para recuperar una presencia estética, una dimensión de discreta belleza en los objetos cotidianos. Pero en el objeto mismo no se expresa un ser o totalidad de espesura metafísica y ajeno a todo concepto. En las latas de sopa Campbell, o en el ready-made de Duchamp, resplandece el objeto como belleza singular, pero no como emanación de una subyacente belleza infinita.

  En segundo término, el objeto recuperado por las corrientes que hemos señalado del arte occidental, sufre un proceso de ruptura respecto a su condición utilitaria anterior. Por la intervención artística, el objeto abandona su primera existencia utilitaria y se refunda en la nueva dimensión de una objetualidad bella, redimida. Sin embargo, en la sociedad saturada de pragmatismo capitalista, la liberación plena de los objetos de su exclusiva función utilitaria es quizá una praxis imposible. Algo de este imposible salto liberador puede advertirse tal vez en el accionismo vienés de un Hermann Nitsch y su famoso teatro sangriento que parodia el calvario crístico (17), o en otras perfomances de violenta desesperación (18). En el terreno del arte pop, la frustrada superación de la asfixia alienante que provoca el mundo contemporáneo se manifiesta acaso, por ejemplo, en De pronto, el verano pasado, de Martial Rayssel, en el Museo de Arte Moderno de Paris. En esta obra, la imagen convencional de una mujer reclinada en una playa, en actitud de aparente distensión, es cubierta por desesperados colores exaltados; un exceso que revela quizá la imposible contención de la constante marea despersonalizadora de la realidad contemporánea. 

  Pero los objetos venerados en el chanoyu, la tetera, la taza, la cuchara, no sufren la angustia de un incierto intento liberador de una anterior condición alienada. En la cultura japonesa, la tradición abraza naturalmente al objeto como presencia de espontánea gracia, belleza y enigma. La sacralización de lo objetual, de lo material, dentro de la sakiya, es natural continuación de la más antigua y tradicional religión japonesa: el sinto. El sinto es el "camino de los dioses", diferente al butsudo, "el camino de buda". El sinto "cree en la existencia activa de múltiples fuerzas invisibles, dioses locales, genios protectores, espíritus de la cosecha, del hogar, de los antepasados y de los parientes fallecidos, fuerzas de la fertilidad, de la generación de la vida, poderes que mueven tanto al cosmos como a los más humildes objetos " (19). Estas fuerzas o kami no corresponden a ninguna entidad personal. Son poderes que impregnan cada cosa (20). Todo puede ser alcanzado y protegido por los kamis. Todo así, aún lo aparentemente más pequeño e insignificante, exhala una fosforescencia sacra. En la mentalidad tradicional japonesa, el ancestral animismo inunda de alma y vida cada hebra de existencia. Una fuerza universal, inmanente, se diversifica en la multiplicidad de los kami. Lo opaco, lo anémico y mecánico, sólo puede ser una excepción introducida por la no percepción humana de lo real que está allí. El hombre occidental, encerrado en su lenguaje, en sus teorías y símbolos, pierde el contacto directo y radiante con el ritmo precioso de cada forma natural, de cada objeto nacido de la magia artesanal de las manos de los hombres. Sólo en la no percepción de una mente no atenta la naturaleza puede languidecer y adquirir la palidez de las sombras. La mente no atenta (acaso la realidad normal de la mente en Occidente) no atiende a la proximidad de un vacío creador, de un ritmo universal, o de las fuerzas invisibles que envuelven las cosas. Mediante el chanoyu japonés y el sencillo y pequeño resplandor de sus objetos, la naturaleza es movimiento hacia la proximidad de lo infinito disfrazado por las pequeñas joyas de las cosas.

   De las cosas. De una cosa. Simple. Bella.

  Como esa cosa, ese resplandor. Despojado. Que el maestro acaricia con sus huéspedes.

  Eso que se percibe con exquisita atención. 

  Asombro. 

 Cuando una humilde taza se acerca a los labios.

 

Citas:

(1) La fuente fundamental del taoísmo es El tao te king, de Lao Tse, traducido y comentado por Richard Wilhelm. Hay una versión en español publicada por editorial Sirio, Málaga. En esta edición, en su párrafo LXIII, p. 112, se manifiesta: "Quien practica el No actuar/ se ocupa de la desocupación,/ y encuentra gustoso lo insípido,/ ve la grandeza en la pequeñez/ y la profusión en lo escaso." El no actuar es la entrega a la acción espontánea que propicia la comunicación con el ser. En esta acción de encuentro con la fuente sacra del movimiento y el todo, el hombre percibe "la grandeza en la pequeñez", la vitalidad infinita resplandece así en el objeto singular y finito.

(2) Sobre el sentido del budismo zen es famosa la difusión realizada en Occidente por Suzuki. Ver p.ej. su Introducción al budismo zen, editorial Kier, Buenos Aires.

(3) Los daimyos son la jerarquía militar de los samurai. Con esta expresión se aludía primero a los que poseían cierta cantidad de tierras y campos; tras la aparición de la clase guerrera, alrededor del siglo XII, daimyo es el nombre de los guerreros de más alta posición; luego, durante la época del gobierno dictatorial de Tokugawa (siglo XVII-XIX) el término se referirá  a los jefes militares que poseían dominados por valor de más de 10.000 koku (1 koku equivale aprox. a 28 m3) de arroz, y su correspondiente ejército.

(4) Según Kakuzo: "La naturaleza de las sensaciones que debían producirse al pasar por el roji variaba de acuerdo a los diferentes maestros del té. Algunos, como Rikiu, aspiraban a una soledad total y sostenían que el secreto para construir un roji estaba contenido en este antiguo poema:

 "Hacia donde miro,

no hay flores

ni arces.

En la bahía

una cabaña solitaria

a la luz menguante

de un ocaso otoñal".

Otros, como Kobori Enshiu, buscaban un efecto diferente. Enshiu decía que la idea del sendero del jardín debía encontrarse en los siguientes versos:

Entre los árboles estivales, 

un trozo de mar,

bajo una pálida luz crepuscular". 

(5)  Para Kakuzo la ceremonia del té "no es mero esteticismo, en el significado corriente del término, puesto que expresa conjuntamente con la religión y la ética todo nuestro punto de vista acerca del hombre y de la naturaleza. Es higiene porque impone la limpieza; es economía porque enseña bienestar en la simplicidad antes que en la variedad y el lujo; es geometría moral en cuanto define nuestro sentido de la proporción respecto del universo. Representa el verdadero espíritu de la democracia oriental, haciendo de todos sus adeptos, aristócratas en el gusto". Kakuzo, en su clásica obra El libro del té realiza una de las recreaciones más genuinas del rito chanoyu. Kakuzo nació en Yokohama en 1862. Estudió inglés en la Escuela de Idiomas de su ciudad natal. Luego de estudiar chino clásico ingresó a la Facultad de Literatura de la Universidad imperial de Tokyo. Estudió filosofía con el norteamericano Ernest Fenollosa que en 1878 fue designado profesor en la universidad de la capital japonesa. Luego de graduarse inició una serie de viajes por la India y Occidente. Producto de su viaje por la tierra de Buda es su obra Los ideales del oriente, de 1903. Al año siguiente se estableció en Estados Unidos como asesor del Museo de Boston. Publicó allí en inglés El despertar del Japón (The Awakening of Japan). Fue designado director del Departamento oriental del Museo de Boston. En 1096 escribió su trascendente obra El libro de té. Luego de regresar a su patria murió en 1913. Aquí presentamos uno de los capítulos de la obra recién mencionada donde se recrea el espíritu de la casa del té y su arquitectura, la filosofía y los momentos principales de la ceremonia del chanoyu.

(6) Ver por ej. el desarrollo sobre lo cavernario, el rito, la magia y los orígenes del arte en E.H. Gombrich, Historia del arte, Barcelona, ed. Garriaga, capítulo "Extraños comienzos".

(7) Sobre el simbolismo del templo cristiano con paralelos hacia la arquitectura sagrada en diversas culturas, es excelente la obra de Jean Hani, El simbolismo del templo cristiano, Barcelona, José J. de Olañeta editor.

(8) Okakuro Kakuzo, "El recinto del té", El libro del té, Buenos Aires, Leviatán, 1992, p. 72.

(9) Ver O.Kakuzo, op. cit. pp.72-76.

(10) Citado en Historia del arte. El arte a mediados del siglo XX, Barcelona, Salvat editores, p.46.

(11) En el caso de Benjamin, ver su La obra de arte en la época de reproductibilidad técnica, en Discursos interrumpidos, Madrid, Taurus; en el caso de Léger ver su film Le ballet mécanique

(12) Citado en Alfredo Aracil, Delfín Rodríguez, El siglo XX. Entre la muerte del arte y el Arte Moderno, Madrid, Ediciones Istmo, p. 390.

(13) Ibid.

(14) El arte povera surge en 1967 cuando un grupo de artistas, integrado entre otros por Giovanni Anselmo, Alighiero Boetti, Luciano Fabro, Jannis Kounellis, Giulio Paolini, Giuseppe Penone, Michelangelo Pistoletto, Gilberto Zorio y Mario Merz y su esposa Marisa, constituyeron un movimiento bajo el influjo del crítico y curador Germano Celant. El nombre que adoptó el movimiento fue Arte povera: un arte tridimensional pobre en materiales y rico en significados. "Povera" procede del uso de materiales humildes y pobres que acompañan al hombre en su vida cotidiana. El propósito de la estética povera es darle a los materiales un sentido liberador, que lo sustraiga de la alienación capitalista. En muchas obras, cuya tendencia son las amplias proporciones, se integran elementos "pobres" como plantas, tierra, troncos, vidrios, grasa, y otros materiales identificados habitualmente con los desechos. El arte povera así despliega una estética anti-elitista que, al nutrirse de elementos de la vida diaria del mundo moderno o del orgánico, reacciona contra las tendencias modificadoras del consumismo y el industrialismo capitalista. 

(15) Ibid., p.393

(16) Ibid.

(17) Ibid, p.392

(18) Hermann Nitsch nació en Viena en 1938. Se formó en la Graphische Lehr-und Versuchanstalt de Viena, entre 1953 y 1958. Intentó unir teatro y pintura mediante la concreción de diversas performances henchidas de un nebuloso ritualismo que sirvió de base a su Orgien Mysterien Theater ( Teatro de los Misterios y Orgías).  Una de sus representaciones más famosas consistió en un paralelismo entre el sacrificio crístico y el despedazamiento de una res. 

(19) Como el caso del estómago sangrante de Gina Pane, los golpes de Barry Le Va contra un muro hasta el extremo agotamiento, o Stuart Brisley bañándose durante horas en un baño colmado de vísceras y sangre podrida. También destaquemos los actos violentos de Chris Burden, como por ejemplo su perfomance que consistió en rodar escaleras abajo en medio de una lluvia de patadas, o las automutilaciones corporales de Gunter Brus, o las de  Rudolf Schwarzkogler, quien murió en 1968 al someter su cuerpo a una serie de cortes y amputaciones.  

 (20) Jean Riviere, El arte oriental, Barcelona, Salvat editores, p.101

(21) Cf. Ibid, 99-102.

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo