I
Es un largo
arco de imaginación. Con él, el arquero ha arrojado ya numerosas
flechas de trayectorias fantásticas. Antes de la máxima tensión y de
la ruptura de la cuerda, el imaginativo lanzador sabe que debe
meditar. Ya no es tiempo de extraer del carcaj nuevas flechas-obras.
Es oportuno
ahora pensar el sutil dibujo en el aire que han compuesto todos los
lanzamientos. Y, entonces, el arquero, Italo Calvino, se
detiene. Observa el mapa de sus creaciones. Medita sobre el sentido
de esa cartografía creativa. Sobre la idea de literatura que se
gesta en su camino. Esto ocurre en 1984 cuando Calvino es invitado a
dictar unas conferencias en Harvard. Su plan originario contempla
ocho exposiciones; pero su pluma talla sólo cinco, el definitivo
silencio de su corazón lo sorprende antes de su viaje al país del
Norte.
En una
edición póstuma, titulada Seis propuestas para el nuevo
milenio, Calvino despliega cinco tópicos que componen su idea
del acto literario. La primera se refiere a la levedad. A través de
esta idea axial avanzaremos sobre algunas aristas del prisma
creativo de Calvino. Y meditaremos posibles afinidades del autor
de Las ciudades invisibles y el pensador de Así habla
Zaratustra en torno a lo leve.
Son muchas otras las posibilidades de
indagación de la riqueza creativa de Calvino, que algunos sitúan en
su punto máximo en Si una noche de invierno un viajero
(1).
En nuestra exploración vislumbraremos la búsqueda
de la levedad como experiencia general de la realidad, y su vínculo
con la trasformación continúa a través de tres zonas de
levedad-mutación en Calvino: la ciudad, el bosque y el universo.
II.
Calvino y la levedad.
Luego de
sedimentar numerosas capas creadoras, Calvino entiende que el signo
principal de la geología literaria es la producción de levedad. Así,
en su largo camino de la ficción "mi operación ha consistido las más
de las veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las
figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades, he tratado
sobre todo de quitar peso a la estructura del relato y el lenguaje"
(2).
Lo
contrario de lo leve es la pesadez. El peso de lo ya instituido. Un
tipo de existencia donde cada idea o práctica se conserva y es
renuente al cambio. Lo pesado es envejecimiento de lo mismo,
protección de lo ya conocido, indiferencia obtusa ante lo
desconocido. El movimiento opuesto es la introducción de la levedad.
Como liberación de lo estático. La levedad es aligeramiento y vuelo.
Lo leve aligera a los cuerpos y seres, los impulsa hacia el
movimiento y una corriente continua de
trasformaciones.
En su
meditación sobre la generación de levedad, Calvino se adentra en
varios modelos en la historia de la cultura donde acontece la
cristalización de lo leve.
La
producción antigua de la levedad abriga una triangularidad compleja
de prácticas. El primer tono de lo leve arcaico es el sueño del
vuelo. El chamán como hombre-pájaro. Desde el hechicero de Lascaux
(3) hasta su difusión universal, el chamán pretende el abandono del
cuerpo pesado. En sus ritos, se viste como ave. Cubre su anatomía
con una vestimenta ornitológica, con plumas de águila, y luego
asciende al cielo o desciende ad inferos (4).
La
segunda arista de lo leve antiguo que Calvino invoca es la variable
mitológica ilustrada por el mito de Perseo (5). Con sandalias
aladas, Perseo llega flotando sobre nubes para enfrentar a la
Medusa. La visión fulminante de su mirada petrifica. La
petrificación es metáfora de la carcelaria inmovilidad terrestre. Un
bruñido escudo que recibió de Atenea le permite a Perseo acercarse
sin ver frontalmente. Desde una inteligencia lateral y oblicua, el
héroe cumple su misión. Así, corta la cabeza del ser monstruoso; y
del cuello mutilado surge la sangre que se convierte en Pegaso, el
caballo alado. La vida se recrea desde los opuestos. Los restos
sanguinolentos del mal petrificante crean la fuerza salvaje del
animal alado. Y el caballo fantástico golpea unas rocas en el Monte
Helicón, y crea así la fuente de las musas, que inspiran los cantos
que elevan.
Perseo-Pegaso representa el triunfo mítico sobre la
pesadez.
La
metamorfosis de Ovidio es la gramática mítica del mundo que
pierde la pesadez de lo inalterable para adquirir la potencia de las
continuas trasformaciones o metamorfosis. Leve es lo que se
metamorfosea, lo que se trasforma. Ovidio continúa así la intuición
pitagórica de la mentempsicosis, de la trasmigración de las
almas. El alma o principio vital puede expresarse alternativamente
en distintas formas de existencia (insecto, animal, humano). La vida
en su rostro más profundo es transformación constante.
La
imaginación antigua introdujo la levedad dentro de la materia
mediante la idea de átomo. Demócrito de Abdera, Leucipo y, luego,
Lucrecio advierten la sutil filigrana atómica que compone lo
material. Lo que parece materia sólida es, en realidad, continuas
corrientes de pequeñas entidades atómicas indivisibles,
indestructibles, sutiles. Así, en De Rerum Natura, la magma
obra lucreciana, "el conocimiento del mundo se convierte en
disolución de la compacidad del mundo, en percepción de lo
infinitamente minúsculo, inmóvil, leve. Lucrecio quiere escribir el
poema de la materia, pero nos advierte desde el comienzo que la
verdadera realidad de esa materia consiste en corpúsculos
invisibles" (6). La invisibilidad del átomo no significa, empero,
una acción de abstracción, una salida o negación de la primacía del
mundo sensible. Por el contrario, el pensador atomista abraza la
calidez próxima de la materia. La propia idea de átomo, la invisible
red de corpúsculos atómicos, surgió quizá de la reflexión sobre lo
que enseña la apariencia de solidez de una playa de arena. A lo
lejos, la costa del mar entrega una imagen de entidad sólida, de una
homogénea solidez. Pero basta con acercarse a la playa para
descubrir la discontinua pequeñez de los granos de arena que la
componen. Los imperceptibles átomos se mueven. La interioridad de lo
material es movimiento. Pero una movilidad quizá regida por la
fatalidad de un orden mecánico. Por una ley necesaria. Sin libertad.
Que impide un devenir del cambio, la espontánea modificación de un
estado previo.
Epicuro, el
filósofo en el que se inspira Lucrecio, introduce el
clinamen, la posibilidad de un azaroso desvío de los átomos en
su caída sobre una línea vertical. Así se preserva la libertad (7).
El atomismo
es una filosofía materialista en la que la materia se libera de la
impresión de pesada inmovilidad. Mucho antes de la
física contemporánea de las micropartículas, el atomismo de
Lucrecio sospecha un movimiento de pequeñas partículas dentro de la
materia aparentemente estática. Por eso "la poesía de lo invisible,
la poesía de las infinitas potencialidades imprevisibles, así como
la poesía de la nada, nace de un poeta que no tiene dudas sobre la
fisicidad del mundo" (8).
La
levedad antigua es continuada por la inteligencia renacentista de lo
leve. En el Renacimiento isabelino fulge la figura de Isabel Tudor,
la reina Virgen, hija del conflictivo Enrique VIII. Para algunos,
Isabel estaba destinada a fundar un imperio anunciado por un
simbolismo mágico, como ocurre en La reina de las hadas de
Edmund Spenser (9). En Inglaterra o la Europa renacentista, corren
libren los corceles de la magia, la filosofía hermética, la cábala,
la alquimia, la astrología. La filosofía oculta de Agrippa,
en los comienzos de lo moderno, o Frances Yates en el siglo XX, con
su La filosofía Oculta en la Época Isabelina, despliegan las
telares de ritos, prácticas e ideas por las que la visión mágica
propicia la participación humana en poderosas fuerzas sutiles, que
permiten el ascenso hacia el cielo de un sujeto devenido espíritu
leve e inquisitivo.
Shakespeare
es exponente del Renacimiento feérico y mágico. En Sueños de una
noche de verano, la Reina de las
hadas, la Reina Mab, es imaginada en una carroza cuyas ruedas lucen
ornadas con alas de saltamontes. Es el Renacimiento mágico de Ariel
y el mago Próspero en The tempest(1612), la última obra
shakespereana. Ariel es el espíritu de ligereza en contraposición a
Calibán, ser de la pesadez sanguínea y elementalidad instintiva. La
magia que a Próspero le permite afirmar: "...he despertado los
vientos impetuosos y desatado en guerra estruendosa el verde mar
contra la bóveda de azur"(10).
Lo leve
renacentista es también la melancolía, " la
tristeza que se aligera". Y el humour es lo cómico que ha
perdido pesadez, y que emerge en el Gargantúa y Pantagruel de
Rabelais, o en el Decamerón de Boccacio.
La
"filosofía natural" del Renacimiento se propaga en la ficción de
Cyrano de Bergerac, en su Voyage dans la Lune. Cyrano es "el
primer poeta del atomismo en la literatura moderna" (11). Y es
quien, al pensar como los antiguos que todo surge de las azarosas
combinaciones de los átomos, iguala a los hombres con los repollos
(12).
Otro
paradigma esencial de la levedad es el de los viajes imaginarios, en
el siglo XIX. Aquí lo leve lidia con la gravedad newtoniana como
fuerza objetiva de la naturaleza, que atrae y fija los cuerpos. En
la tercera parte de Los viajes de Gulliver, el viajero
imaginado por Switf, descubre la Isla volante de Laputa. En la
descripción de Laputa, Swift orienta sus cañones hacia una crítica a
la soberbia y la ridiculez de academias y científicos. Su sátira de
la invención científica en La academia de Lagado, convive con la
caracterización de los laputanos como sujetos ensimismados,
encerrados en la pesadez de su mundo personal (13). La isla que
flota continúa el antecedente clásico de la Isla de Delos. Switf
entona una sátira de la pesada corporiedad material por un lado; y,
por el otro, fogonea la burla de la ley gravitatoria como uno de los
nuevos principios inconmovibles del pensar científico.
La burla
contra la gravedad se plasma también Las aventuras del Baron
Munchhausen (14). El Barón, popular personaje de la literatura
del siglo XVIII alemán, realiza célebres reinvindicaciones de lo
leve en contra de la ley de la gravitación. Vuela sobre una bala de
cañón, se alza en vuelo enrollado a una ristra de patos, trepa hasta
la luna aferrado a una planta de extraordinario poder de crecimiento
ascendente. Y se agarra de su coleta para cobrar altura y escapar
junto con su caballo de un pantano...
El
siglo XVIII se acalora con los fervores románticos. Ama lo exótico.
Lo lejano. El Oriente. La imaginación oriental inspira el
Vathek, de William Beckford. El elixir imaginativo de Las mil
y una noches fluye a través de la traducción de Aintone Galland.
Ciertas figuras de lo leve se popularizan desde entonces: caballos
alados, genios que brotan de lámparas, alfombras
voladoras...
Y
entre los meandros que la concepción científica del mundo elabora
brota también otro horizonte posible de levedad. La levedad
científica emerge por la informática, donde el funcionamiento y la
eficacia tecnológica depende de los bits de información de
los programas, del software computacional en su control sobre
la pesadez del hardware. También lo leve y sutil se adentra
en el funcionamiento del cuerpo y la materia mediante " mensajes de
ADN, los impulsos de las neuronas, los quarks, los neutrinos
errantes en el espacio desde el comienzo de los tiempos..."
(15).
Y la
levedad es una experiencia de realidad posible en la sofisticación
de la ciencia contemporánea, o en los lejanos orígenes de la cultura
popular. El estructuralismo difundió la búsqueda de los códigos
universales. Es el esfuerzo de Georges Dumézil en el estudio de la
historia de las religiones indoeuropeas, y de Lévi-Strauss, en la
investigación de las estructuras de parentesco de las culturas
antiguas. Vladimir Propp, por su parte, en su investigación sobre el
cuento ruso, destaca la ubicuidad y repetición del motivo del héroe
popular que se eleva con forma de pájaro, se encabalga en un
caballo, o se sube a una nave o alfombra voladora, o a una carroza
del diablo, o se trepa a un árbol que crece hasta el cielo (16). El
héroe leve y volador es lo humano que disfruta de los poderes de una
libertad mágica mediante un dominio del aire, la participación en el
don del vuelo de los pájaros, y el renacer en una existencia sin
peso.
III. Levedades nietzscheanas.
La
meditación de Calvino sobre la levedad es efecto de su práctica de
la literatura. En Nietzsche el espíritu de la pesadez se relaciona
con la negación de lo vital. Con la repetición de lo mismo y la
impotencia creadora, con el apego pasivo a la trama de valores ya
instituidos. Lo pesado es la fijación a la inmediatez de lo
conocido, el desprecio por toda aspiración ideal, por la
sobreabundancia vital y la creatividad.
En los
comienzos de su pensamiento, el joven Nietzsche se adentra
filosóficamente en la cultura griega antigua. En su mirada de
heterodoxo parpadeo, la compresión de la cultura helena depende de
una hermenéutica simbólica sustentada sobre los símbolos de Apolo y
Dioniso. Apolo es lo real como forma, como orden de cosas y
seres finitos y separados. La forma propende hacia la estabilidad y
la confirmación de sus límites. Lo apolíneo abriga un residuo o
talante de pesadez, que es compensado por la caladura ontológica de
lo dionisíaco. Dioniso es devenir, realidad primaria anterior a la
forma y creadora de la forma, es energía libre de fijaciones
estables y pesadez. Y es por tanto movimiento vital que nunca se
congela en un gesto de petrificante inmovilidad. Desde la dupla
levedad-pesadez que venimos explorando en Calvino, lo dionísiaco es
levedad de un devenir como fuente de creación y
transformación.
En el
despliegue posterior del pensar nietzscheano, lo pesado puede ser
enlazado a la atracción de una metafísica de la verdad-fundamento
inmóvil (17). En Humano demasiado humano, Nietzsche arremete
contra una falsa interpretación de la historia de las valoraciones,
de la explicación del origen de los valores. La impronta platónica
sobre la moral supone que los valores descienden de un cielo ideal,
eterno, de una legalidad definitiva. Lejos de un descenso del valor
desde la pureza celeste, la acción valorativa oculta tras de sí otro
origen, el de las demandas instintivas. La génesis del valor se
inscribe en un movible punto de encuentro de historia y cuerpo, no
en la pesadez de una concluyente verdad metafísica que seduce a su
vez a los sabios, al filósofo tradicional, que exige que la realidad
sea esencialmente pensable. La voluntad de verdad de los sabios
columbra una granítica verdad enquistada en el núcleo del ser. Lo
pesado asperja su negación a través del ascetismo cristiano. Que
también desea la inmóvil y petrificada verdad eterna. El cristiano
niega el mundo terrestre como combinación insuperable de dolor y
placer. No dice sí a la multiplicidad sensual de lo terrenal. Su
incapacidad para acompañar la vida como levedad y transfiguración,
lo impele a la negación de este mundo de lo cambiante y diverso
hacia un trasfondo de lo uno y eterno. El rechazo del devenir
terrestre es paralelo al resentimiento contra el tipo de hombre
afirmativo que abraza la existencia y es capaz de crear nuevos
valores. El resentimiento que demanda la reiteración de la tradición
y lo conocido es veneno de las tarántulas que ansía envenenar lo
sano para sustraerlo de la levedad creadora y
afirmativa.
Frente a las
distintas figuras de pesadez, Nietzsche despliega una simbólica del
espíritu de la levedad emancipadora. En Así hablaba
Zaratustra, el verbo nietzscheano se compenetra con la voz
profética de Zaratustra, fundador del zoroastrismo. El personaje
histórico pensó desde un dualismo donde el ser se divide en la
oposición irreductible bien-mal. El Zaratustra nietzscheano habla de
la buena nueva de un evangelio pagano, donde la verdad no aspira a
la eternidad de un sentido definitivamente revelado. La verdad se
mezcla con la no-verdad de un principio definitivo.
La levedad
en Nietzsche pertenece a una serie de figuras dinámicas, como la del
espíritu libre. En Humano demasiado humano, Nietzsche ya
talla su verbo mediante la fulguración de lo aforístico. Un pensar
por aforismos es salida de la vocación filosófica tradicional, de un
pensar y una escritura sistemáticas. En el último aforismo, "el
caminante", el espíritu libre sale de lo pesado e inmóvil, y con la
ligeraza que otorga la emancipación respecto a viejos errores,
recorre nuevas tierras, se adentra en la incertidumbre y la soledad
de un tórrido desierto desconocido en el comienzo de un nuevo día,
en el principio de una filosofía de la aurora.
En Así
habla Zaratustra las figuras de lo leve son el danzarín, el
hombre de pies ligeros, el sujeto de la risa áurea, o la carcajada
alciónica, y el espíritu del "gran anhelo".
Dentro de su
visión del eterno retorno, al ascender por la cuesta de una ladera,
Zaratustra sufre la perturbadora presencia del enano, símbolo de la
pesadez, fuerza regresiva que asegura que todo lo que aspira a la
altura está condenado a la caída. Lo pesado niega la renovación y la
proyección hacia otros horizontes lejanos y peligrosos. La imagen de
la flecha del "gran anhelo" es especialmente significativa para
trasuntar la apetencia de proyección por parte del aprendiz de
superhombre. Zaratustra busca seguir la flecha que se arroja siempre
al otro lado, y que se expande hacia "los contornos de todos los
contornos", y hacia "la campana azul". "Campana azul" es la bóveda,
el cielo como sitio simbólico de vastedad y altura. El cuerpo se
expande hacia el "contorno de todos los contornos" (18), hacia el
espacio que contiene la diversidad de las formas. La expansión a lo
lejano es parte de un cuerpo ligero, cuyos límites estrechos y
carcelarios se pierden en un recuperado espacio abierto. El hombre
que se emancipa de lo pesado vive abierto al devenir, a la tierra
como movimiento de cambio y transfiguración. El que late en esta
experiencia crea nuevos valores, que luego serán reemplazados por
otros actos de interpretación, por otros valores-perspectivas.
El aprendiz
del Übermensch no tiembla ni se debilita ya por el altar
pesado de la verdad única. Ahora danza. Ríe ante la vastedad vital
del mundo. Y es hombre de pies ligeros. Su pensar es un danzar. Su
existir transfigurado es reducción de peso y levedad expansiva hacia
nuevas alturas.
Lo
expansivo y leve también fosforece en las metáforas nieztscheanas de
la navegación. Tras la muerte de dios, el hombre se libera del
agobio de una única verdad eterna para regresar a las desparramadas
espumas de lo desconocido. Navegación sin garantías de un puerto
seguro, incursión en alta mar que abre las velas hacia un vivir
peligrosamente. Hacia un vivir suspendido entre un viejo muelle y
las nuevas e inciertas colmenas en el horizonte.
IV.
Levedad, trasformación y ciudad.
La luz cae como plomo casi letal sobre el
desierto. En lontananza, hierve una neblina inalcanzable. En el
suelo árido tiemblan hendiduras de sudor. El viajero viene de
Venecia. En su memoria se hinchan las velas blancas de los barcos. Y
una ciudad de calles de agua. El veneciano vuelve a la corte del
Gran Jan. Allí, lo esperan palacios, clepsidras, habitaciones de
tapices y sedas. Pero aquí, en la soledad, en el vasto pecho desnudo
del desierto, lo sorprenden gavillas de urbes fantásticas. Ciudades
invisibles. Particulares y múltiples universos-ciudad. Donde se
arremolinan otras posibilidades de existencia. Otros latidos de
lluvia.
Sólo
hay levedad en una realidad transformable. El nombre que sólo repite
sus letras, no se dirá nunca de otra manera. La ciudad que se repite
a sí misma no se reinventará. Será pesadez granítica. Hierro sobre
la tierra sin movimiento de giro, desplazamiento o mutación. Si el
destino de la imaginación es dar levedad, no debe sorprender que
Calvino sintiera la necesidad de inficionar levedad dentro de un
arquetipo de la pesadez contemporánea: la vida urbana. La gran
ciudad que lentamente se expande hacia todas partes. Por eso el
Calvino de su prólogo a Las ciudades invisibles advierte que
"la imagen de la megalópolis, la ciudad continua, uniforme, que va
cubriendo el mundo, domina mi libro" (19). La uniformidad de la
megalópolis es el peligro de una cultura enclaustrada e incapaz de
trasformación; y, por lo tanto, castrada de la libertad de la
recomposición.
El llamado a
re-componer la ciudad como metáfora de una re-composición de la
existencia humana precede a Calvino. Este llamado floreció en
numerosas mentes utópicas y arquitectos
vanguardistas. Tomasso Campanella, en el
siglo XVII, crea La Ciudad del Sol (20); Paul Scheerbart, en el
siglo XX, imagina la ciudad de cristal (21); Frank Lloyd Wright, la
ciudad-campo, la ciudad orgánica; Hundertwasser, más o menos de
forma paralela a Calvino, boceta una ciudad-paisaje (22).
Antes de
concluir su prólogo Calvino señala que "como un lector más, puedo
decir que ...el capítulo V ...desarrolla en el corazón del libro un
tema de levedad extrañamente asociado al tema de la ciudad" (23). Lo
mismo en su conferencia ya estudiada sobre la levedad, aquí la
dinámica de lo leve se vislumbra nuevamente como central eje del
remolino imaginativo de Las ciudades invisibles.
En sus
meditaciones sobre la entidad de lo imperial, El Emperador piensa
que el imperio ha crecido en exceso hacia afuera. Es entonces
preciso un movimiento inverso: el crecimiento hacia adentro. Por
este impulso el imperio es bañado por la aparición de numerosas
ciudades. Surgen así sólidas selvas de hombres, riquezas, oropeles,
intrincadas tramas de jerarquías y burocracias. Pero estas
concentraciones agobian. Es así que por "su propio peso que se está
aplastando al imperio". La pesadez es un mal. Que es compensado por
los sueños. Los sueños del Kublai donde "aparecen ciudades ligeras
como cometas, ciudades caladas como encajes, ciudades trasparentes
como mosquiteros, ciudades nervaduras de hoja, ciudades de la
línea de la mano, ciudades filigranas para ver a través de su opaco
y ficticio espesor" (24).
Luego
le sigue un especial sueño-símbolo del Gran Jan. Dentro de la
ensoñación, se descubre un paisaje desolado, sólo tachonado por
dispersas piedras y meteoritos. Una imagen cercana a un paisaje de
Max Ernst. Entonces, en la distancia, se alza una ciudad que se
eriza en una sucesión de puntiagudos pináculos. Sobre ellos, en
intervalos, reposa la luna durante su viaje opalino por la noche.
Marco Polo interpreta la imagen. Por el sueño, el Emperador ve un
filamento de realidad. El sueño, como en los antiguos, como entre
los románticos o el psicoanálisis, descubre un filón de lo real
profundo. Marco no duda en afirmar que la ciudad soñada es la ciudad
real de Lalage. Sus habitantes construyen sillares para el reposo
lunar; y la Dama plateada le "concede a todas las cosas el don de
crecer y volver a crecer sin fin". En el simbolismo arcaico, la Luna
es estímulo de gestación, de germinación. Potencia de crecimiento de
las semillas y del vientre femenino fertilizada por los sutiles
efluvios lunares.
Y el
Emperador profundiza la comprensión de la ciudad sutil. Por eso
asegura que "agradecida, la luna ha otorgado a la ciudad de Lalage
un privilegio más caro: crecer en ligereza"(25). Lalage es símbolo
de la ciudad como crecimiento y trasformación. De ligereza y levedad
capaz de una reinvención ilimitada. Una realidad opuesta a la
pesadez estática.
Las
ciudades proliferan, rebosan y se mutan, en un vasto arco
poliédrico. El ejemplo más directo de pérdida de pesadez y levedad
transformadora se encuentra en el espectro de las ciudades sutiles.
Octavia es la ciudad telaraña que se suspende sobre un abismo.
Isaura, "la ciudad de los mil pozos", emerge de un lago subterráneo.
Y se mueve hacia lo alto a través de roldanas, acueductos, columnas
de aguas o tuberías verticales. Isaura es así la "ciudad que se
mueve hacia lo alto" (26). Zenobia que se asienta sobre elevados
pilotes y zancos superpuestos. Las casas de esta ciudad carecen de
paredes y techos porque son una maraña de tuberías que se elevan y
ramifican y se cruzan en "grifos, duchas, sifones, rebosaderos".
Parece deshabitada, pero alguna mujer solitaria se distingue en
alguna bañera; quizá una ninfa o náyade, antiguas dueñas míticas de
las aguas, han colonizado los conductos de la humedad líquida creada
por los hombres. Sofonia es la ciudad que "se compone de dos medias
ciudades". Una parte pertenece a una montaña rusa; la otra reposa
encastrada en una ciudad de piedra y mármol y cemento. La parte
aparentemente más férrea e inmóvil es desmontable y puede ser
trasplantada totalmente a otro sitio.
En los
diálogos entre Polo y el Gran Jan irrumpe con frecuencia el
sentimiento de irrealidad. El imperio quizá contiene una íntima
médula fantasmal que lo condena a una existencia que sólo es en el
representar y no en la realidad física. La amplitud inabarcable del
Imperio contribuye a su evanescencia. Una sensación de inexistencia
que en parte retrocede ante las sucesivas historias de ciudades
narradas por Marco. Entonces, el Emperador llega a conjeturar:
"Quizás el imperio, pensó Kublai, es sólo un zodíaco de fantasmas en
la mente" (27). La sospecha sobre la condición mental del mundo se
propaga a la duda sobre la realidad del propio viaje. Así, el Kublai
le comenta al visitante viajero: "No sé cuándo has tenido tiempo de
visitar todos los países que describes. A mí me parece que nunca te
has movido de este jardín" (28). Tal vez la única realidad sea que
el Gran Jan y el ilustre visitante son dos miserables ocupados en
remover pilones de basura, mientras urden quimeras intangibles.
Quizá la inmundicia tritura y domina el mundo. Pero Marco entonces
repite el cerrar los ojos, la intimidad de los párpados donde
siempre renacen las ciudades invisibles, la belleza del jardín, y la
augusta presencia del Emperador brillando en el centro de un anillo
de calidez matinal. Mas, a pesar de todo, la realidad es prisionera
de una existencia puramente mental. Tal vez las figuras del mundo
sólo existen porque el Kublai y Marco las piensan.
A la
sospecha sobre la condición ficcional del mundo se le agrega la
inquietud por la naturaleza y la finalidad del viaje. El viajero
viaja quizá para reinventar su pasado. Para ser conciente de él. De
un pasado visto como desde un espesor negativo. La plétora
fantástica de las ciudades invisibles revela lo que nunca se tuvo ni
se tendrá.
Y
las ciudades pueden ser diversas, su diferencia
es aparentemente irreductible a un modelo común. Pero no se pude
diferenciar algo sino a partir de un modelo previo. Ese modelo es
Venecia, la patria del viajero. Polo así aclara: "Para distinguir
las ciudades de las otras, he de partir de una primera ciudad que
permanece implícita. Para mí es Venecia" (29). Las distintas
ciudades descubiertas son quizá máscaras de una sola ciudad. Y un
medio para la preservación del hogar o para el recuerdo. Un viaje en
la memoria y para la memoria.
Y siempre,
como filigrana constante y angustiante de los diálogos entre Kublai
y Polo, surge la sospecha de la precariedad del gran imperio. Un
sentimiento de descomposición, de gradual corrupción del fasto
imperial, asedia al Emperador.
La
insistencia de esta impresión de fragilidad fantasmal suscita una
primera forma de resistencia contra la desintegración: el relato de
las distintas ciudades invisibles de Polo, que descubre en las
diversas misiones que cumple por encargo del Emperador. La narración
es esbozo ansioso de una medicina contra la putrefacción gradual del
poder. Resistencia ante el roer de la muerte y la degradación, como
en la narración de Sherezade o los diez días de convivencia para el
olvido de la peste a través del narrar historias en el
Decamerón.
Las
ciudades invisibles pertenecen a distintas especies; además de su
relación con la levedad o la sutileza ya comentada, se vinculan
también con la memoria, los ojos, los deseos (30).
La
narración de las muchas ciudades despierta en el Gran Jan el tenue
vaho de la esperanza, la expectativa de que las riquezas escondidas
de las muchas urbes extraordinarias demuestren la realidad y firmeza
del Imperio. Pero...
V. Juego,
cartografía y el espacio sin infierno.
... los
relatos de Marco reciben muchas veces los dardos de las dudas, de la
desconfianza del Emperador. El relato de las ciudades fantásticas es
intento de reversión del desangramiento del organismo del imperio.
Pero tal vez la confirmación del jaspe y la espada imperial no puede
ser lograda por la narración sobre sus ricas y extrañas ciudades;
quizá se debe apelar a otra estrategia, otro camino para encontrar
una certeza que reencienda el brillo del cetro del
imperium.
La
alternativa tal vez sea lo lúdico. El juego. El juego de ajedrez.
Tal vez cada ciudad representa una partida de ajedrez. Quizá lo que
permite conocer las ciudades singulares no es el relato sino la
identificación con el juego ajedrecístico y el movimiento de sus
piezas. Entonces, el Emperador piensa: "Si cada ciudad es una
partida de ajedrez el día que llegue a conocer sus leyes poseeré
finalmente mi imperio, aunque jamás consiga conocer todas la
ciudades que contiene" (31).
Polo acepta
la ocurrencia imperial. Le atribuye a las piezas ciertos
significados; sus movimientos le permiten así describir distintos
escorzos de las ciudades invisibles. Por el movimiento de las
piezas, por lo visible, Polo expresa las fantásticas urbes
descubiertas en sus viajes. Kublai observa. Trata de entrever un
orden invisible de las ciudades. Ya no habría quizá que enviar al
veneciano en nuevos viajes. Porque mediante sucesivas partidas de
ajedrez podría conocer el imperio y, así retenerlo, vigorizarlo,
consolidarlo. Porque el imperio está escondido en el "diseño"
trazado por el conocimiento del movimientos de cada partida. Pero en
las partidas, al llegar a su fin, al obtener la victoria con la
muerte del rey enemigo, sólo queda la desnudez del casillero blanco
o negro. Lo que queda luego del triunfo es el tablero de madera
cepillada, de ébano y arce. En las protuberancias, en los pequeños
detalles de la madera laten los bosques lejanos (de los que proceden
el ébano) y, de nuevo, las ciudades. Las ciudades invisibles. No en
la solemnidad de un juego cortesano sino en la humildad de la madera
que soporta las piezas se halla el conocimiento de un orden
imperial. Que, de nuevo, se repliega y oculta.
Y si el
relato y el juego no entregan un saber claro sobre el imperio, sobre
su orden y destino, la nueva esperanza acaso palpite en la
cartografía ...en un mapa...en un gran atlas...
El Gran Jan
"posee un atlas cuyo dibujos figuran el orbe terráqueo entero y
continente por continente, los confines de los reinos más lejanos,
las rutas de los navíos, los contornos de las costas, los planos de
la metrópolis más ilustres, y de los puertos más opulentos" (32).
Marco Polo hojea la multitud de mapas de las ciudades pasadas (Ur,
Jerico, Cartago, Troya), de las ciudades presentes, y de las que
sólo son visitadas por el pensamiento utópico (La nueva Atlántica,
Icaria, Utopía, La Ciudad del Sol).
El
atlas es también un muestrario interminable de formas. Cada forma
puede mutarse en una ciudad. Y cuando "las formas agotan sus
variaciones y se deshacen, comienza el fin de las ciudades" (33).
Por eso, las ciudades seguirán surgiendo. Tal vez el despliegue de
las nuevas formas es el avance de un caballo de creciente perfección
hacia la ciudad más lograda, el culmen de todo sueño utópico.
Pero la
"ciudad perfecta" quizá nunca resplandezca porque la "ciudad
infernal" es la destinada al triunfo definitivo. El Gran
Jan teme el desmembramiento final del imperio, el cuello imperial
quebrado por los dedos infernales. Pero lo infernal, replica Polo,
no es un estado venidero. El infierno ya es ahora, y es el que
"habitamos todos los días, el que formamos estando juntos". Frente a
lo infernal sólo caben dos respuestas. La primera es aceptar el
infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. Y
la otra es más poderosa y peligrosa: "buscar y saber quién y qué, en
medio del infierno, no es infierno y hacer que dure, y dejarle
espacio" (34). El infierno es un pantano creado por el hombre. Allí,
el hombre se hunde y sufre. Lo endurece la desconfianza hacia el
semejante. Cuando el valor sólo se dona a la propia persona o a lo
más familiar, reina el conflicto con lo distinto; lo diferente es
territorio a dominar. Pero aun entre el crujido y la sofocación,
sobreviven puentes hacia lo abierto, hacia el espacio no-infernal.
Entre la sensación continua de derrumbe y turbulencia, hay aún
algunos capaces de defender los puentes de salida, las escaleras de
aromas frescos, hacia el tramo de cielo que subsiste en una noche
sin luces.
El puente
hacia el espacio que resiste al infierno, es tránsito hacia lo leve
de otro oxígeno no enrarecido. Es el tránsito hacia la potencia
creadora.
VI.
Bosque y levedad.
La levedad
abre lo pesado, le devuelve el poder de la reinvención y las
trasformaciones. En la dinámica imaginativa de Calvino, este proceso
impregna también al bosque y su relación con la ciudad y el yo. Un
ejemplo de transformación recíproca bosque-ciudad surge en el texto
poco conocido de Calvino, El bosque raíz-laberinto. Aquí
reproduciremos parcialmente un análisis sobre este texto que hemos
realizado en un ensayo anterior:
"El rey Clodoveo, monarca medieval, regresa en cabalgata triunfante
con su ejército. Lo acompaña su escudero Amalberto. Retorna a su
ciudad, Arbolburgo, capital de su reino. En su viaje, de forma
inesperada, escuchan el canto de un pájaro. Tras cesar el trinar del
ave, Clodoveo y sus hombres se adentran en un bosque subterráneo
cuyas raíces campean en la altura y se empotran en el cielo como si
la bóveda fuera la tierra firme.
"Mientras tanto, en Arbolburgo, la princesa Verbena, hija de
Clodoveo, aguarda impaciente el regreso de su padre. Mediante un
catalejo, advierte que el bosque se aproxima. Al colocarse, luego,
bajo una morera, ubicada en el centro de la ciudad, escucha el
sonido de un pájaro e intuye una realidad escondida que pulula bajo
la urbe. La princesa le dice al sonoro ser emplumando: "Has volado
hasta allá abajo", y, luego, con el énfasis de un trascendental
descubrimiento, sentencia: "Hay un bosque subterráneo que levanta
los fundamentos de la ciudad". Entonces, Verbena penetra en el
bosque invertido, que vive bajo la superficie. Luego de la partida
de Clodoveo, su esposa, madrastra de Verbena, Ferdibunda, y su
primer ministro Curvaldo, abandonan la ciudad para sitiarla con sus
propias fuerzas y sojuzgar a los hombres leales al rey ausente.
Pero, en este empeño, se extravían en los senderos sin fin del
bosque.
"Y, casi al mismo tiempo, llega a Arbolburgo el joven Arándano.
Arándano es el hijo rustico del bosque, que trae un cesto con
frutillas silvestres, bellones y bayas. Posado sobre una rama
extendida, el recién llegado anhela que las frutillas y otras
plantas caminen apoyadas sobre sus raíces como si fueran pies para
llegar a la ciudad "cerrada e inalcanzable como una árida urna
de piedra".
"Luego, en la penumbra inextricable del bosque, el pájaro del canto
misterioso guía a Verbena y su padre por un túnel secreto que los
devuelve a los confortables recintos de Arbolburgo. Ferdibunda
y Curvaldo quedan boca abajo, adheridos sus pies a una raíz
que se yergue en la altura cual si fuera una oscilante
rama.
"Mientras tanto, Clodoveo y su ejército se
extravían en la maraña vegetal del bosque. Asombrados, descubren la
inversión del orden tierra-cielo. La raíz que rasga la altura es
ahora prolongación celeste; su lugar de nutrición y la fuente de su
propia existencia no se hallan ya en la entraña oscura del
suelo sino en la etérica arteria del cielo. Y la inversión conduce a
su vez a la integración: el bosque ya no es vida
distanciada de la cúpula celeste; ahora, la exuberancia boscosa se
descuelga desde la altura y hunde luego sus ramas en la tierra. Lo
terrestre deviene entonces florescencia, brote y fruto de lo alto.
Ahora, a través del tronco del árbol, la oposición
cielo-tierra se desvanece: lo celeste es tierra donde brota el
árbol; lo terrestre es cielo donde las ramas se mecen y danzan entre
las voces ululantes del viento.
"En la mitología ancestral viven ilustres
árboles invertidos. Es el caso del árbol del Vedanta, o el árbol
sefirótico de la cábala. Las raíces que se empotran en la bóveda
convierten al árbol y, por extensión a su aglomeración, el bosque,
en proyección de lo trascendente, lo sagrado. Por lo que, entonces,
la vegetación boscosa es directa irradiación de lo divino
celeste en la tierra.
"Durante su viaje por el bosque
subterráneo, el rey Clodoveo y su ejército se sienten perdidos en
los complejos caminos de un laberinto. Atrapados en la incertidumbre
de los muchos senderos, Clodoveo y sus soldados sólo tienen como
guía el trinar del pájaro y su misterioso: koac koac.
Aunque ya no poseen aceite para alimentar la llama de las linternas,
los ojos de los guerreros adquieren una luminosidad semejante a la
brillante mirada de los búhos. Esta fantástica luminosidad concede
claridad en medio de la oscuridad. Y, durante este mágico avanzar,
el sonido metálico de las armas y corazas es reemplazado por el
ronroneo crujiente de las ramas. La gracia verde del follaje parece
brotar de los contornos de los soldados. Es así que el viejo
escudero Amalberto percibe como el musgo crece sobre su
espalda.
"Lo que produjo el acceso al subterráneo bosque invertido es el
canto de un pájaro. Desde el paleolítico, el pájaro monopoliza el
simbolismo del impulso ascensional, de la levedad en tanto elevación
que libera de la pesadez terrenal y como visión de una verdad
celestial. El ave como guía del alma hacia la revelación de lo
verdadero. Pero la vía privilegiada de acceso al orden secreto de lo
real es la abertura de una centralidad dominada por el árbol, por la
morera que se alza en el centro de Arbolburgo.
"Verbena gira alrededor del centro de la morera. Las raíces
comienzan a sobresalir, se hinchan los brazos de madera; y,
entonces, la mujer, con la naturalidad de una espontánea exhalación,
desciende al bosque. Al subterráneo río de savia.
"Ya
dentro del especial bosque, Verbena se pregunta si está
prisionera dentro del tronco de la morera o de sus raíces, o si ya
late en la maraña de un bosque exterior a la ciudad. La sensación de
aprisionamiento acerca a Verbena a la vivencia del bosque como
laberinto, como red de senderos carcelarios.
"Los caminos serpenteantes de árboles
pueden convertir al bosque en arquitectura carcelaria o en lugar de
perdida o extravío. Por el contrario, la ciudad brilla como espacio
habitable, previsible; espacio que irradia una placentera
sensación de orden. Por eso, durante el extravío de su fuerza
armada en el bosque intraterreno, el rey Clodoveo no puede evitar
pensar: "¡Oh, ciudad inalcanzable! Me enseñaste a caminar por tus
caminos rectos y luminosos y, ¿de qué me sirve eso? Ahora debo
abrirme paso por senderos serpenteantes y enmarañados y me he
perdido" (35). El bosque laberíntico diferente a la ciudad
ordenada, expresa un simbolismo ancestral. El laberinto como
territorio de caminos sin fin es símbolo de la desorientación, la
pequeñez humana ante una realidad indescifrable. Pero, en el mar de
los símbolos y religiones, el laberinto también es llave hacia la
verdad.
"Suele exaltarse el tono sombrío del laberinto. La construcción de
enredados caminos como prisión del alma acribillada de angustia,
impotencia, desorientación. El extravío en el laberinto puede ser
también el preámbulo del viaje hacia la sabiduría. En el piso de
numerosas catedrales medievales existen laberintos. Recorrerlos es
consumar, de manera simbólica, la peregrinación hacia Tierra Santa.
Laberintos con forma de cruz, llamados "nudos de Salomón" en
Italia, se presentaban con profusión en el arte céltico, germánico y
románico. En ellos se fusionan la cruz y el laberinto, por lo que
son estimados como señal de la divina inescrutabilidad.
"... Dentro del
laberinto de árboles, Verbena asume la escisión o enfrentamiento
entre el bosque y la ciudad: "La ciudad de piedra es cuadrada
y el bosque enmarañado siempre me parecieron enemigos y separados,
sin comunicación posible" (36). Pero también la princesa será la
conciencia que unifique esos opuestos: "...ahora que he
encontrado el pasaje me parece que se transforman en una sola
cosa...querría que la savia del bosque atravesase la ciudad y
llevase la vida entre sus piedras, querría que en el medio del
bosque se pudiese ir y venir y encontrarse y estar juntos como en
una ciudad" (37).
"En la meditación femenina, la necesidad de unidad que integra, es
descubrimiento de lo que debe ser pero que aún no ha se
cristalizado en la experiencia humana. De ahí que dicha unidad
emerge como deseo de la integración todavía no plasmada. El deseo de
la princesa es, por un lado, anhelo de que la "savia del bosque
atraviese la ciudad". Es el deseo de la vegetalización de lo urbano.
Sed de que la piedra lisa, la calle recta, la ciudad del estricto
orden, adquiera el frescor de lo silvestre.
"El deseo de la vegetalización de la ciudad también es compartido
por Arándano, cuando éste, meditabundo, reclinado sobre una rama se
dice: "querría que los ramos cargados de moros se encaramaran
por los muros; querría que el romero y la salvia, y la albahaca, y
la menta invadiesen las calles y las plazas".
"Y frente a la deseada forestación de lo urbano, borbotea otro signo
del deseo de Verbena: "querría que en el medio del bosque, se
pudiese ir y venir y encontrarse y estar juntos como en una ciudad".
Necesidad de que el bosque se entregue como capilla vegetal para el
encuentro entre los seres en principio separados.
"La mujer, Verbena, valora el encontrarse no como fría
coincidencia de intereses sino como el compartir un solo fuego
común. No el encontrarse por conveniencias comunes sino el encuentro
como placer de la integración. Encuentro placentero representado,
por ejemplo, en el goce nupcial, en la pareja matrimonial como
gozosa superación de los contrarios. Verbena manifiesta ese deseo de
encuentro nupcial al declarar: "Arándano y yo queremos
casarnos y unir ciudad y bosque en solo reino". Y este
encontrarse erótico es medio para la fusión del bosque, el árbol, y
la ciudad, burgo. Arbolburgo es así la síntesis, la identidad de lo
arbóreo y lo urbano.
"Bosque y ciudad superan su oposición. Desde el
laberinto de la floresta subterránea, se inició un proceso que,
ahora, conduce hacia una realidad donde árboles y las calles
ordenadas antes enfrentadas, ahora son sólo una misma
fosforescencia" (38).
En la superación de la oposición bosque-ciudad ambos términos se
transforman, abandonan su anterior identidad estática y cerrada;
para así adquirir un nuevo estado de realidad. El bosque, antes
laberinto de la pérdida se abre y confunde con las calles rectas y
luminosas de lo urbano; la ciudad, antes escindida de lo vegetal y
aprisionada entre sus estrictos límites pétreos, ahora acepta el
frescor ondulante de ramas, hojas y plantas. En su interpenetración
y superación de contrarios, bosque y ciudad son traspasados por la
alquimia de la levedad y recuperan así la potencia de la
trasfiguraciones.
VII.
Otras figuras de levedad en el bosque: los relatos-imagen y el
Barón rampante.
En El
castillo de los destinos cruzados, Calvino sitúa dentro del
bosque un proceso creativo vinculado con la combinación de las
distintas imágenes-cartas del tarot.
A partir de
la influencia de una conferencia de Paolo Fabbri, en 1968, sobre el
lenguaje de la cartomancia, el escritor italiano concibe una
especial idea creadora. Mediante el tarot de Visconti y Marsella,
elabora una libre combinatoria de cartas que le sugieren diversas
secuencias o tramas narrativas. En un castillo o en una taberna, en
el bosque, un grupo de personajes medievales, desprovistos del
natural don del habla, transmiten diversas historias mediante el
lenguaje figurativo de las cartas. Así, Calvino compone una orquesta
narrativa cimentada sobre una libre y continua pulsión combinatoria.
Cada carta, que elige y muestra el eventual narrador, entrega una
imagen que luego se transforma en una secuencia narrativa que, al
combinarse con otras cartas-combinaciones, enhebra un relato.
Y,
como observamos, los viajeros que se encuentran dentro del bosque,
en una taberna o un castillo, pierden el habla. La suspensión de la
capacidad verbal promueve la nueva comunicación por la exhibición de
las cartas, de las imágenes que detonan un tramo narrativo que se
enreda y liga con otras secuencias narrativas inspiradas por
cartas-imágenes. La materialidad sensible de la imagen es fuente de
la narración. Lo visual ya no es sólo efecto de una acción
descriptiva del lenguaje.
Dentro del
bosque, el sujeto se modifica, adquiere levedad, diversifica su
competencia expresiva. La narración ya no es sólo comunicación como
ejercicio intelectual creativo inherente al sujeto, sino
continuación de la fuerza expresiva preverbal de las imágenes. La
experiencia creadora así regresa a la fuente de lo sensorial, de la
empírico, que no es sustituible por el significado intelectual o la
gramática y sus reglas libres de la materialidad. Un proceso con
semejanzas a la aspiración del arte de vanguardias de recuperar el
valor de lo sensorial. Hugo Ball, fue pionero en este rumbo, al
crear poemas fonéticos, cuyas palabras no son ya combinación de
palabras-significados sino de letras sin significación. La letra en
su materialidad, el sonido en su fonética física, tejen una
experiencia de la primacía de la sensación, donde lo sensorial no es
sólo soporte o medio del significado conceptual.
Y en el
bosque acontece también la salida u olvido de la repetida y "pesada"
identidad del yo. Así, en "Historia del ingrato castigado", la
figura de la papisa, una monja coronada, revela a un joven la
expiación que busca: "Ahora perteneces al bosque. El bosque es
pérdida de uno mismo, mezcolanza. Para unirte a nosotros debes
perderte, despojarte de tus atributos, desmembrarte, transformarte
en lo indiferenciado, unirte al tropel de la Ménades que corren
gritando por el bosque" (39).
La levedad
que otorga el bosque, trasforma entonces en un doble sentido: la
expresión lingüística que sale de los límites corrientes, y el
olvido del yo que propicia la reintegración de una naturaleza
representada en términos míticos-simbólicos por las Ménades, las
seguidoras de Dioniso que, en su ritos entre bosques y montañas,
olvidan su yo en la cresta del delirio de la danza y acceden al
ex-tasis, a la salida del propio yo para un instante de efímera
reintegración con una fluida totalidad divina.
En
El castillo...
nuevas historias pueden multiplicarse y yuxtaponerse sobre el
universo finito de las imágenes-cartas (pero de combinación
inagotable). La capacidad de proliferación, multiplicación y
yuxtaposición remite a redes narrativas crecientes, que se enmarañan
como las ramas de un bosque, o como los senderos de un laberinto
rizomático incesante. Una idea de crecimiento como superposición de
líneas de desarrollo que, en Si una noche de invierno un
viajero , da contenido a la idea de escritura sin centro ni
linealidad únicos de la Lectora, quien expresa su deseo de seguir
una "fuerza motriz". Que acumula. Yuxtapone. Multiplica. Bifurca
"historias sobre historias, sin pretender imponer una visión del
mundo, sino sólo hacerte asistir a su propio crecimiento, como una
planta, un enmarañarse como de ramas y hojas". La planta, la
yuxtaposición de ramas, líneas, caminos, y el bosque como posible
potenciación simbólica de ese efecto de multiplicación ramificada y
de su traspolación a la acción de la escritura.
Y en Calvino
el bosque abriga otra forma de vida leve como salida de la estrechez
terrestre. La otra vía: una mirada más amplia y libre a través de un
vivir entre las ramas de los árboles. Esto es lo que le ocurre a
quizá el personaje más logrado de Calvino: Cósimo Piovasco de Rondo,
el barón rampante. El Barón rampante pertenece al ciclo
Nuestros antepasados, que también incluye El vizconde
demediado, y El caballero inexistente. En estas últimas
obras impera una simbolización de la menguada identidad del hombre
moderno (40).
En el
Barón rampante, Cósimo, a la temprana edad de doce años, el 15
de junio de 1767, decide quebrar la pesada normalidad y darse a sí
mismo una existencia leve y distinta. Se encarama en las ramas de
los árboles; hogar vegetal que no abandonará hasta su muerte,
cincuenta y tres años después. Cósimo plasma su autorrealización no
por la mera repetición pasiva de la tradición sino por una autonomía
cercana al valor del sujeto racional ilustrado que sólo obedece a
una ley que se da a sí mismo.
Lejos de
aislarse del mundo enfundado en una ríspida misantropía, Cósimo es
testigo de diversos hechos de su tiempo, como la Revolución
francesa, las invasiones napoleónicas, la Ilustración. De hecho, en
su bosque de Umbrosa, es visitado por Napoleón, y dirige a un
poeta-soldado, el teniente Papillon, en la lucha contra los
austrosardos. Desde su atípica elevación arbórea el barón no se
aleja, desprecia o ignora la sociedad, sino que obra con ánimo
compasivo y humanista en beneficio de su prójimo. Pontifica la Razón
Universal, y ante un sorprendido público de viajeros en el bosque
pregona un "proyecto de constitución de un Estado Ideal" fundado en
los árboles. La "República de Arbórea" será habitada exclusivamente
por hombres justos. El optimismo histórico, típico del espíritu
diocechesco, se continúa en la soledad del Barón que, a través de su
atípica morada, ensaya perspectivas diferentes sobre su presente y
preserva su criterio independiente.
La mirada
desde el apartamiento induce, de forma paradojal, una visión más
lúcida sobre los meandros significativos del propio tiempo. El ver
indirecto supera a la tensa y concentrada observación directa de un
proceso. La superioridad de este modo indirecto de visión se asemeja
a "la estrategia de Perseo" de Bradbury. Frente a la crítica de
escapismo que suele zaherir a la ciencia ficción, el autor de El
hombre ilustrado reacciona relacionado los hechos de Perseo con
el poder de la imaginación fantástica. El héroe griego cortó la
cabeza de la Medusa al verla proyectada en el reflejo de un escudo.
Su aproximación al peligro y su éxito al conjurarlo, fue desde lo
indirecto. Mediante la aparente desviación de la ciencia ficción a
un universo otro o a una situación fantástica ajena al propio
tiempo, se promueve una mirada de mayor agudeza sobre la propia
epocalidad. La lateralidad del ver de Cósimo y la imaginación
fantástica confluyen en un regreso a la propia historicidad desde
una visión de acrecentada lucidez. Artaud, también, en un poco
frecuentado texto, "El cristal del amor", defiende la superioridad
de un "pensamiento oblicuo" (41).
Dentro de su
vida arbórea, la aspiración de levedad de Cósimo aflora nítidamente
en el capítulo XXV, donde se narra que el Barón "empezó a adornase
la cabeza con plumas, como los aborígenes de América, plumas de
upupa o verderol, de colores vivos y además de en la cabeza las
llevaba diseminadas por la ropa" (42). En su identificación con las
aves "recitaba también apologías de los pájaros", y entonces "se
proclamaba ora chamarrón, ora lechuza, ora petirrojo, con oportunos
camuflages, y pronunciaba discursos de acusación contra los hombres,
que no sabían reconocer en los pájaros a sus verdaderos amigos,
discursos que eran una acusación a toda la sociedad humana, bajo la
forma de parábolas" (43). Lo leve denuncia la facilidad de la vida a
ras de suelo. La existencia aérea y arbórea del Barón vierte su
verbo apologético de otra humanidad, más elevada, en oposición al
hombre que no es amigo de las aves y que, por lo tanto, no se
enciende con un deseo de altura.
El salto de
Cósimo hacia los árboles como metáfora de levedad se continúa
también en el particular modo de morir del Barón. Un perdido globo
roza el ramaje arbóreo. Entonces Cósimo, ya agonizante, urde su
último salto, y se agarra con pies a la cuerda del globo en cuyo
extremo cuelga un ancla. Cósimo desaparece en las leves alturas. Y
su hermano, el narrador de toda la historia, aclara: "no nos dio
siquiera la satisfacción de verlo volver a la tierra muerto"
(44).
A través de
las elevaciones del bosque, de sus atalayas de madera y ramas, se
transfigura la existencia. El vivir en la pesadez terrestre deviene
un ver y ser en el rasguño de algo más alto.
VIII. El
cosmos y el signo.
El universo
no siempre fue una lejanía que se aleja. El cuerpo es ahora pequeño,
torpe, pesado, se adhiere a la tierra y sólo puede trascender la
atmósfera terrestre mediante un auxilio tecnológico. Las estrellas
son fuegos remotos. La luna no disminuye su distancia. Pero en el
comienzo, en el origen, vive Qfwfq.
En el
comienzo del cosmos vive Qfwfq, una voz que no pertenece a un
personaje; no es un cuerpo organizado e individual; es una presencia
que, potencialmente, puede aparecer en diversos lugares del universo
y ser protagonista o testigo de distintos procesos
cosmofísicos.
Mediante la voz genérica de Qfwfq, Calvino se imagina
en el origen del universo. Su propósito no es especular sobre la
génesis o el fin del cosmos. Preocupación que sí estimula a Poe en
su ensayo especulativo-cosmológico Eureka, o Leopoldo Lugones
en Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones incluidas en
Las fuerzas extrañas(45). Tampoco su intención es una proyección
a lo universal para luego emplazarse en una visión crítica respecto
al hombre contemporáneo y las amenazas de la libertad, tal como
ocurre en El hacedor, de Olaf Stlapedon (46). Calvino le
devuelve levedad a un universo convertido en máquina por el
racionalismo científico en la modernidad. Desde Descartes hasta
Newton, el universo se asimila a un gran mecanismo universal. Una
máquina donde se repiten leyes causales y predecibles. El
determinismo mecanicista, su condición maquinal, le arrebata al
universo su perfil abierto a lo imprevisible, lo azaroso, lo nuevo.
El universo expulsa los milagros, resabio regresivo de un saber
teológico. Pero, también impide que el espacio infinito oficie como
gran teatro o escena para el descubrimiento o la indagación
imaginativa de otro mundo con leyes diferentes.
El pesado
universo-máquina se convierte en universo flexible, versátil, en
dinámico devenir o transformación hacia nuevos estados. El universo
recupera así su condición leve, ligera, abierta al devenir de las
trasfiguraciones. El conocimiento científico aceptado es
transmutado. Por eso, en Las cosmicómicas, Calvino siempre
parte de un enunciado científico sobre el universo de los comienzos,
sobre la vida de los dinosaurios o los moluscos. La primera
proposición científica actúa como catalizadora del relato que altera
y transforma el espacio inicial.
A la
cosmología real, objetiva, se le contrapone un "duplicado
imaginativo". Duplicado imaginativo opuesto a su vez al "duplicado
fotográfico"; el primero abre a un estado hacia su modificación; el
segundo, es reflejo o repetición de la inmediatez. El "duplicado
imaginativo" del cosmos y sus atributos es continuado por Calvino en
Tiempo cero (47).
El
empeño humorístico de Las cosmicómicas convierte el solemne
espacio infinito en un lúdico y divertido escenario de
experimentación, y en vivaz caja de sorpresas. Entonces, las
distancias se debilitan. Los extremos se acercan. Qfwfq puede correr
libremente por la superficie del espacio para protagonizar o ser
testigo de las diversas cosmicómicas. Y desarrolla tambien los
méritos de un voz omnisciente y ubicua.
Una de
las aventuras recordadas por Qfwfq se relaciona con el signo. La
premisa científica de partida es la de que una revolución solar
alrededor de la Vía Láctea demanda doscientos millones de años.
Desde su posición en los arrabales galácticos, en los orígenes del
universo, Qfwfq traza un signo en algún lugar del espacio. La
producción de un signo, cuando aún no existen otros, es un desafío a
la inventiva. El primer signo no se produce por copia de un signo
anterior inexistente, o por imitación de líneas, rectas o curvas
también ausentes.
El
signo es finalmente producido en un lugar de la órbita solar. El
signo señala un punto. Al completar un giro a través de las
constelaciones de planetas, nubes, estrellas, el signo debería
reaparecer ante Qfwfq. Pero los recuerdos se debilitan en el tiempo
y luego de varios millones de años, Qfwfq olvida el signo. El olvido
provoca la incertidumbre. Tal vez el signo no aparece en el momento
esperado porque ha quedado atrás en algún sitio indeterminable de la
órbita. Entonces a Qfwfq no le queda más que esperar nuevos e
inmensos giros circulares. Así, luego de tres completos círculos, el
signo se muestra al fin. Pero "en lugar del mismo signo había un
borrón informe, una raspadura del espacio mellada y machucada" (48).
El signo se ha invertido. Se ha convertido en su contrario. Porque
la tachadura es la negación del signo. La borradura no es casual,
azarosa o espontánea. Un tal Kgwgk, un individuo devorado por la
envidia, borra el signo originario. Desde entonces, Kgwgk inicia una
imitación del primer signo. Una réplica fallida. El signo primero y
verdadero es olvidado por el propio Qfwfq, y para fastidiar a su
rival, realiza "signos fingidos, muescas en el espacio, agujeros,
manchas, engañifas que sólo un incompetente como Kgwk podía tomar
por signos" (49).
La
práctica de sustituir el signo original por otro se multiplica. Se
inicia un proceso de acumulación de signos sobre el signo primario.
Los signos se espesan. Ya no es posible reconocer el signo de
partida, por la cadena inabarcable de signos que pretende
reemplazarlo. Y en un segundo momento, el signo ya no significa
otras cosas sino sólo a sí mismo. Así, los signos se multiplican en
nuevas series de signos de signos.
Los
signos ya sólo se autorrepresentan. No hay un referente fuera de sí
mismo. El aumento de la yuxtaposición de los signos genera un
"espesor general de signos superpuestos y aglutinados que ocupaba
todo el volumen del espacio, era una salpicadura continua,
menudísima, una retícula de líneas y arañazos y relieves y
cortaduras, el universo estaba garabateado en todas partes. A lo
largo de todas las dimensiones" (50). Y, entonces, "independiente de
los signos el espacio no existía y quizá no había existido nunca"
(51).
El
relato de Calvino es una metáfora de la historia del lenguaje.
Primero es la Urs-sprague, la lengua adánica, donde la
conciencia graba un signo, que es un nombre sobre las cosas. El
nombre, el signo, es la cosa y viceversa. Pero la identidad entre el
signo y el punto-cosa se quiebra. El lenguaje se aparta de las
cosas. En Babel se inicia el largo camino que conduce de los signos
que dicen algo exterior y real del mundo, a lo que sólo es un
autodecirse. Los signos sólo hablan de
sí mismos o remiten a otros. En series que giran sobre sí mismas,
sin tocar un punto o retazo de realidad exterior, distinto del
signo. En los comienzos del universo, Calvino condensa en una
situación fantástica el arco que se extiende desde Adán y Babel
hasta el moderno lenguaje autorreferente del signo convencional que
no dice la cosa sino que sólo vale como relación a otros signos
dentro de un sistema de la lengua, tal como lo postula Saussure.
Para el lingüista suizo, fundador del estructuralismo lingüístico
con su Curso de Lingüística general (1924) el signo como
unión de un significado (concepto) y significante (imagen acústica,
sonido) es convencional. No produce remisiones a nada cósico y no
expresa ninguna sustancia individual o independiente. El signo sólo
es en un sentido negativo, es decir significa lo que no significan
los términos de un sistema de la lengua. El signo árbol no refiere a
una ninguna entidad arbórea objetiva que destile frescor de hoja y
dureza de madera desde un resquicio determinado de la
tridimensionalidad espacial. El signo árbol es arbitrario y
significa lo que no significan los otros signos. El primer
Wittgenstein, el de El tractatus logicus-philosophicus (1928)
estimaba que los límites del mundo son los límites de nuestro
lenguaje, por lo que nuestra realidad efectivamente perceptible a
nivel de la cultura o de nuestro vínculo intersubjetivo y social no
trasciende el horizonte determinado por nuestras representaciones
lingüísticas (52).
El hombre así se convierte en prisionero del
lenguaje, en esclavo de la gramática de los discursos compuestos por
signos que se espesan. Condensan. Multiplican. Se absorben a sí
mismos. Sin poder rozar, marcar o decir el espacio o alguna entidad
en el espacio exterior al sujeto de la enunciación.
El lenguaje entonces se espesa, se
hace densidad, pesadez. Y frente a la pesadez sígnica que se abstrae
del espacio y lo físico, Calvino imagina el contramovimiento de la
imagen o el gesto que dice algo real. En El castillo...la
presencia de una imagen-dibujo, de una carta sin palabra, dice o
remite a hechos, personas, lugares. En Las ciudades
invisibles el relato por la palabra en un momento determinado
convive con gestos, muecas. Así, luego de un comentario con vocablos
precisos sobre las ciudades sigue "un comentario mudo, alzando las
manos de palma, de dorso o de canto, en movimientos rectos u
oblicuos, espasmódicos o lentos" (53). Ante el peligro de la
palabra-signo que violenta o suprime un referente exterior, el
cuerpo y el gesto conservan la intuición de la proximidad de un
espacio real.
VIII
El sentido principal de la
literatura para Calvino es quitar peso. La realidad frotada por el
diapasón de lo leve adquiere la potencia de las transformaciones,
las reinvenciones, la liberación de la potencialidad creciente de
creación. La salud vital depende de la continuidad de las
variaciones y combinaciones. Por eso, "donde las formas agotan sus
variaciones y se deshacen, comienza el fin de las
ciudades".
Cuando lo real se torna leve
descubre su potencialidad de innovación incesante. Esta levedad
depende de la sutileza infundida por la imaginación artística. En
Calvino hemos exhumado la triangularidad ciudad-bosque-cosmos. En
Nietzsche, lo leve bulle en el camino de abismos y elevaciones que
avivan los primeros rayos del superhombre.
La dimensión de levedad puede
ser auscultada en multitud de costas de la creación artística. Los
ejemplos en la conferencia de Seis propuestas para el nuevo
milenio de Calvino son una posible ilustración de esta
afirmación. Pero también, en el siglo XX, las obras escultóricas de
Brancusi, o la pictórica de Marc Chagall, son posibles expresiones
arquetípicas de los cuerpos que pierden pesadez, densidad sofocante,
volúmenes excesivos. En el escultor rumano, una columna romboidal
patentiza el impulso de levedad ascensional, mediante su
estiramiento y adelgazamiento hacia lo alto. En Chagall, los cuerpos
levitan, flotan, emancipados de la opresión gravitatoria.
También la temprana experimentación
cinematográfica de las bahías surrealistas de Entreacto de
René Clair, abriga las escenas de carreras de individuos a grandes
zancadas, con vivos saltos, donde se sospecha el estallido de una
electricidad de levedad que se emancipa del rígido avanzar erecto de
los cuerpos.
Toda brisa de levedad es
superación de las formas cerradas e inmóviles. La dinámica de esta
experiencia no se ciñe únicamente al continente de lo artístico,
sino también a la plétora de las saberes. Lo leve insuflado dentro
de los tejidos de los conocimientos múltiples fractura la propensión
a lo inmovilidad, para situar las ideas o teorías en regiones de
trasformación y ascenso hacia nuevos estados de ser.
El salto hacia la levedad y su
efecto de trasformación no puede ser absolutizado. El regreso a la
estabilidad, la continuidad, la pesadez de ciertos principios e
ideas, es ineludible. Luego de su vuelos leves, el ave debe regresar
a la solidez pétrea, a su nido en una cima. Pero el peligro
constante son las alas debilitadas, cuyas sombras no puedan
sobrevolar el pesado rostro. El rostro pesado de las rocas. (*)
(*) Fuente: Esteban
Ierardo, "Ciudad, bosque y cosmos. Levedad y trasformación en
Calvino, y algunas relaciones con Nietzsche", editado aquí de
forma original.
Citas:
(1) En Si una noche de invierno un viajero Calvino
ofrece una novela considerada habitualmente en la crítica literaria
como "metanovela" o "hipernovela", y como ejemplo recurrente de una
literatura "posmoderna". Calvino deconstruye la narración novelesca
sometida a una trama lineal. Así introduce levedad y quita peso a la
narratividad tradicional de la linealidad y del autor como continua
función omnisciente. El autor es eliminado como instancia
todopoderosa, que todo lo ve y controla de forma unilateral. Un
"tú", un "lector ficticio", una Lectora, Ludmilla, se introducen
dentro del flujo narrativo e interactúan con el devenir de la
escritura, se convierten en parte de lo desplegado por la ficción.
El lugar del lector no es ya la mirada exterior, el relato-ficción
que es conciente de su exterioridad, de su condición "real" frente a
la ficción. Esta separación desaparece al integrarse vida-ficción.
Para una evaluación de esta obra como ejemplo de "posmoderno", se
puede apelar al análisis habermasiano de Si una noche de invierno
un viajero en H. Habermas, El pensamiento posmetafísico,
Madrid, Taurus.
(2) Italo
Calvino, "Levedad" en Seis propuestas para el próximo
milenio, Madrid, Siruela, 1994, p. 15 (trad. Aurora Bernárdez).
(3) El 12 de
septiembre de 1940 se descubrió la cueva de Lascaux. En una de sus
paredes se muestra un bisonte atravesado por una lanza. Un hombre
con cabeza de pájaro yace recostado junto a un ave. Una especulación
habitualmente aceptada es que este hombre puede ser un antiguo
chamán que, mediante su identificación con las aves, pretendía
superar los límites de la pesadez terrestre y proyectarse, ligero,
en un vuelo hacia el más allá.
(4) Respecto
a la cosmovisión, prácticas iniciatorias, ritos y símbolos del
chamanismo, es muy recomendable: Mircea Eliade, El chamanismo y
las técnicas arcaicas del éxtasis, México, Fondo de Cultura
Económica.
(5) Perseo
es hijo de Zeus. Acrisio, padre de Dánae, madre de Perseo, recibió
el vaticinio de que su hijo causaría su muerte. Para evitarlo,
encerró a Dánae en una cámara subterránea de bronce. Pero Zeus, en
un ejemplo de metamorfosis y aligeramiento, se unió con Dánae
mediante una fina lluvia de oro. Sobre Perseo, ver su artículo
dedicado a su mitología en Pierre Grimal, Diccionario de
mitología griega y romana, Barcelona, Paidos,
pp.425-427.
(6) I.
Calvino, "Levedad", op. cit., p. 20.
(7) Sobre la
doctrina epicúrea de la "desviación", parénklisis o
clinamen, Armstrong afirma: "La doctrina de la desviación
constituye el medio de que se vale Epicuro para asegurarse contra
toda suerte de determinismo que pudiera deslizarse en su sistema.
Ella exige, ante todo, suponer que en el espacio existe una
dirección absoluta, que en cierto sentido hay un verdadero "arriba"
y "abajo". En consecuencia, los átomos caen normalmente en línea
recta, llevados por su propio peso. Pero de tiempo en tiempo, de un
modo absolutamente arbitrario y sin ninguna razón posible, algunos
de ellos se desvían ligeramente, inclinándose hacia un lado con
respecto a su línea de caída vertical. Como es obvio, chocan
entonces con otros átomos, y de esta primera colisión, así como de
todas las contracolisiones e intrincamientos que produce, nace un
mundo con su contenido. De modo, pues, que toda existencia depende
en parte, no de una voluntad divina o de una rígida ley mecánica,
sino de movimientos absolutamente indeterminados, y en un mundo
constituido por tales movimientos no hay razón para que no puedan
existir movimientos absolutamente indeterminados de compuestos
atómicos, es decir, acciones humanas libres", en A.H. Armstrong,
Introducción a la filosofía antigua, Buenos Aires, Eudeba, p.
221.
(8) I.
Calvino, "Levedad", op. cit., p. 21.
(9) Edmund
Spenser estuvo bajo la influencia de John Dee, gran conocedor de la
filosofía hermética, diplomático, alquimista y arquitecto del
proyecto de una reforma mundial encabezada por Isabel I. Sobre estas
cuestiones puede consultarse Francis Yates, "El neoplatonismo y la
filosofía oculta: John Dee y "The Faerie Queene", en La Filosofía
Oculta en la Época Isabelina, México, Fondo de Cultura
Económica, 1979, pp. 161-188.
(10)
Shakesperare, La tempestad, Madrid, Cátedra, 1994, p. 381
(edición bilingüe por Manuel Ángel Conejero).
(11) I.
Calvino, "Levedad", op. cit., p.32.
(12) Calvino
afirma: "...Cyrano llega a proclamar la fraternidad de los hombre
con los repollos, y así imagina la protesta de un repollo que va a
ser cortado: 'Hombre, mi querido hermano, ¿qué te he hecho que
merezca la muerte? (...) ¡Me alzo de la tierra, me abro, te tiendo
mis brazos, te ofrezco a mis hijos en semilla y, por recompensa de
mi cortesía, tú me haces cortar la cabeza' ", en I. Calvino,
"Levedad", op. cit., p.33-34.
(13) Dice
Swift: "Parece ser que la mente de esta gente se sumerge en tan
intensas especulaciones, que no pueden ni hablar ni prestar atención
a lo que otras hablan a menos que se los despabile con algún toque
externo sobre los órganos del habla y del oído; por tal razón,
quienes pueden permitirse tal lujo tiene un sacudidor ( en su
lengua climenole) en la familia, como otro miembro de la
servidumbre, y nunca salen de casa o van de visita sin él", en
Jonathan Swift, Los viajes de Guilliver, Madrid, Cátedra,
1992, p. 385 (trad. Pollux Hernúñez).
(14) Ver
G.A. Bürger, Las aventuras del Barón de Münchhausen, Madrid,
Alianza, 2003, p.33 (trad. Miguel Sáenz y grabados de Gustavo Doré).
(15) I.
Calvino, "Levedad", op. cit., p.20.
(16)
Sobre el héroe y su poder de vuelo y levedad, manifiesta Propp:
"El cuento maravilloso ruso presenta muchas variedades de traslados.
Hablaremos únicamente de las típicas, que aparecen más a menudo: el
héroe, por ejemplo, se transforma en un animal o un pájaro y corre o
vuela, o se sube a un pájaro, a un caballo o a la alfombra voladora,
se pone las botas que andan solas, le llevan el diablo o un
espíritu, viaja en una nave o se traslada en una barca voladora,
atraviesa un río con la ayuda de alguien, desciende a un precipicio
o escala las montañas mediante escaleras, cuerdas, cinchas, cadenas
o zarpas, el árbol crece hasta el cielo, o el héroe trepa por un
árbol o, finalmente, es conducido por una guía a quien sigue",
Vladimir Propp, Las raíces históricas del cuento, Madrid,
Editorial Fundamentos, 1984, p. 295. (trad. José Martín
Arancibia).
(17) Ver F.
Nietzsche, "De los prejuicios de los filósofos", en Más allá del
bien y el mal, Madrid, Alianza, 1986, p.21 (trad. Andrés Sánchez
Pascual).
(18) En "Del
gran anhelo", Zaratustra canta: "Oh alma mía, te he dado nuevos
nombres y juguetes multicolores, te he llamado 'destino' y 'contorno
de los contornos' y 'ombligo del tiempo' y 'campana azul'", F.
Nietzsche, Así hablaba Zaratustra, Madrid, Alianza, 1993,
p.226 (trad. Andrés Sanchéz Pascual). El alma se expande hacia "el
contorno de los contornos", hacia el borde de todos los seres o
formas, o hacia la altura del cielo. El cuerpo recupera la amplitud
del espacio. Y vive en el "ombligo del tiempo", en el centro del
tiempo circular donde todo vuelve en la danza de la transfiguración.
(19) Italo
Calvino, Las ciudades invisibles, Madrid, Siruela, 1994, p.15
(trad. Aurora Bernárdez).
(20) Ver
Tomasso Campanella, La Ciudad del Sol, en Utopías del
Renacimiento, México, Fondo de Cultura Económica, 1966 (Primera
Edición: 1623).
(21) Ver
Paul Scheerbart, Arquitectura de cristal (1914), en Simón
Marchan Fiz, La arquitectura del siglo XX. Textos, Madrid, Alberto
Corazón Editor, pp.87-99.
(22)
Hundertwasser (su verdadero nombre era Friedrich Stowasser) nació en
Viena, en 1928. Murió en el año 2000. Hundertwasser desarrolló su
arte en dos dimensiones fundamentales: la pintura y la arquitectura.
Su conciencia de ciudadano sensible, lo impulsó a reaccionar contra
la asfixia y anemia de la arquitectura funcional, racionalista, de
superficies rectas y lisas, huérfanas de toda ornamentación.
Hundertwasser se rebeló contra el funcionalismo arquitectónico de
Adolf Loos. Consideró que la arquitectura moderna está enferma, por
lo que es necesario curarla. Hundertwasser, el pintor, se reinventó
entonces como "médico de la arquitectura". Se opuso con valentía a
la corporación de los arquitectos profesionales; remodeló edificios,
fábricas, casas, una iglesia; confeccionó multitud de maquetas de
edificios a recrear. Antes de la intervención del artista austriaco
aquellas edificaciones eran sombríos volúmenes monocromos. Luego, la
arquitectura renació con brillo, resplandor y magnetismo.
Hundertwasser elaboró una maqueta para la escuela Heddernheim donde
se puede advertir claramente el techo-hierba que nace del suelo para
trazar una espiral y luego regresar al suelo.
(23) Italo
Calvino, Las ciudades invisibles, op.cit.,
p.16.
(24) Ibid.,
p. 87.
(25) Ibid.,
p.88.
(26) Ibid.,
p.35.
(27) Italo
Calvino, Las ciudades invisibles, op.cit.,
p.37.
(28) Ibid.,
p.115.
(29) Ibid.,
p.100.
(30) En las
ciudades sutiles impera la levedad con ligereza y transformación.
Pero la trasformación se expresa también mediante las ciudades de la
memoria, el deseo, los signos, el trueque, los ojos, los muertos, el
cielo, lo continuo y lo escondido. Un ejemplo de ciudad de la
memoria es Zaire. En Zaire la ciudad no es estrictamente material,
sino un coágulo diseminado de las relaciones espacio-temporales. En
las calles, esquinas, ventanas, escaleras, se concentran el pasado
como una incisiva escritura que, como un lenguaje de la memoria, se
conserva en las líneas de una mano. Una ciudad del deseo es Despina,
que es vista de forma diferente por el que se acerca por tierra o
por el mar. La ciudad es moderna, con rascacielos y antenas de
radar, pero lo que se ve es lo que se desea. Así, el camillero la ve
como un gran barco que lo sacará del desierto, y el marino, que se
aproxima por mar, encuentra en la ciudad un camello que lo llevará
del desierto hacia un oasis de agua dulce. De Olivia, ciudad de los
signos, sólo se puede hablar de una cierta manera, con ciertas
palabras. La Olivia descripta únicamente existe dentro del círculo
de los signos. La posible Olivia real fuera de los signos sería lo
opuesto de la ciudad, pues sería un "mísero agujero negro de
moscas". Por las diversas especies de ciudad se obra una
transformación respecto al modelo arquetípico de ciudad que domina,
a veces, la mente de Polo: Venecia.
(31) Italo
Calvino, Las ciudades invisibles, op.cit.,
p.131.
(32) Ibid.,
p.146.
(33) Ibid.,
p.148.
(34) Ibid.,
p.171.
(35) Italo
Calvino, El bosque-raíz-laberinto, Bergamo, Nordan Comunidad,
1981 (traducción Julio Millares e ilustraciones Gianni
Ronco).
(36)
Ibid.
(37)
Ibid.
(38) Esteban
Ierardo, El bosque, editado en temakel.com
(39) Italo
Calvino, El castillo de los destinos cruzados, Madrid,
Siruela, 1999, p.129 (trad. Aurora Bernárdez).
(40) Además
de El barón Rampante, el ciclo Nuestros antepasados lo
componen El Vizconde demediado, y El caballero
inexistente. En esta última novela, Calvino construye una
posible metáfora de la condición inconsistente o fantasmal del
individuo moderno a través de una historia medieval que involucra al
particular Agilulfo, el "caballero inexistente". Desde un yelmo
cerrado emerge una voz metálica, pero que no nace de un cuerpo y un
yo tangible. El interior de la armadura está hueca. El yo depende de
una ajena e impersonal coraza metálica. Cuando ésta se desarticula
el yo precario termina por desvanecerse sin dejar siquiera una
secuela de cenizas.
(41) En
Artaud, lo lateral puede relacionarse también con el encuentro sin
la tensión de un búsqueda metódica que pretenda someter un objeto de
deseo a una posesión directa. En este sentido en otro texto
señalamos: " La experiencia del encontrar sin buscar late en "El
cristal del amor", un cuento de Artaud...donde narración, poesía y
"un pensamiento oblicuo" se entrelazan en la historia de un joven.
Un joven estudiante enamorado de una bella criada de una taberna, un
personaje inspirado por los cuentos de Hoffmann, el autor de El
hombre de arena.
El joven en cuestión sufre un amor no
consumado. Compensa su deseo insatisfecho con ensoñadoras
idealizaciones de la mujer deseada. El amante ve así "pequeños
volcanes" enganchados en sus axilas; y la contempla rodeada por el
espesor sutil del cielo. La visión ensoñadora del estudiante se
repite como un ver a la mujer de su deseo a través del cuarto que
habita, o de sus ex-amantes, o del cabello amarillo de su madre. El
joven construye así una búsqueda apasionada. Busca encontrar a la
mujer que hierve en el vientre de sus sueños. Pero Hoffmann irrumpe
en su ensoñación para advertirle sobre la inutilidad de este
proceder. "No la busques ahí", le advierte. Gerard de Nerval y Lewis
acuden también para auxiliar al amante desesperado. Y Lewis le
entrega la clave del secreto: el encuentro con lo femenino sólo
ocurrirá "transversalmente". La unión con lo que se busca será
cuando el buscador ya no piense en lo que busca. Será cuando el
buscador ya no piense en Ella. El camino no es la captura frontal de
un bien deseado. El camino no es una búsqueda. Sólo por un acontecer
oblicuo, lateral, espontáneo, un trasfondo de hierba podrá ascender
hasta los ojos y la piel. No hay entonces caminos frontales. Sólo
inmanejables sendas laterales, oblicuas. El amante antes buscaba
para poseer; ahora comprende "que el amor es oblicuo, que la vida es
oblicua, que el pensamiento es oblicuo, y que todo es oblicuo",
Esteban Ierardo, "Artaud, el ser en la tormenta", en Artaud. El
arte y la muerte. Otros escritos, Buenos Aires, Caja Negra
Editora, 2005, p.18-19.
(42) Italo
Calvino, El barón rampante, Barcelona, 1980, p. 209 (trad.
Francesc Miravilles).
(43) Ibid.,
p.209-213.
(44) Ibid.,
p.251.
(45) Ver
Leopoldo Lugones, "Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones", en
Las fuerzas extrañas, Buenos Aires, Espasa Calpe Argentina,
1993, pp.189-235.
(46) Ver
Olaf Stapledon, Hacedor de estrellas, ed. Minotauro (con
prólogo J.L.Borges).
(47) Ver
Italo Calvino, Tiempo Cero, Barcelona, ed. Minotauro.
(48) Italo
Calvino, Las cosmicómicas, Buenos Aires, Minotauro, p.48
(trad. Aurora Bernárdez).
(49) Ibid.,
p.51.
(50) Ibid.,
p.53.
(51) Ibid.,
p.54.
(52) Ver
Ludwig Wittgenstein, El tractatus logicus-philosophicus,
Madrid, Alianza Editorial. El que en el mundo cultural esté
condicionado por el lenguaje no significa que no existe un ámbito de
experiencia que trasciende o rompe los límites de lo lingüístico. En
este sentido, incorporamos lo explicado sobre esta cuestión en otro
momento: "Para muchos, Wittgenstein, el filósofo vienes, con la
redacción de las setentas y cinco crípticas páginas del
Tractatus , pretendió legitimar el uso de las proposiciones
del lenguaje descriptivo de las ciencias de la naturaleza como el
único válido para decir el orden objetivo de las cosas. Estas
proposiciones podrían ser traducidas en una segura red de términos
lógicos y simbólicos. Estas proposiciones formales aseguran la
consistencia racional de una teoría, su liberación de cualquier
contradicción. Luego de esta "salud lógica", los postulados de la
teoría científica deben ser lanzados a la experiencia para su
comprobación. Desde esta perspectiva, Wittgenstein, como miembro
conspicuo de la corriente del neopositivismo lógico auspiciada por
Bertrand Russell, Gottlob Frege o Rudolf Carnap, habría hecho uso
del instrumento de la lógica simbólica para determinar el uso
correcto del lenguaje científico en su intento de expresar los
hechos empíricos, verificables. Sin embargo, el
primero en desmentir la perspectiva de un Wittgenstein puramente
logicista fue el propio Wittgenstein cuando, en la búsqueda de
publicar el Tractatus, en una carta al editor austriaco
Ludwig Ficker del periódico Der Brenner (el único respetado
por el gran polemista vienés de la época, Karl Kraus), le aseguraba
que esta obra " es al mismo tiempo estrictamente filosófica y
literaria" y que el "punto central del libro es esencialmente
ético". ¿Pero cuál era ese talante esencialmente
eticista de esa obra aparentemente sólo filosófico-logicista como el
Tractatus y qué vinculación se desprende de esto con la
postura borgeana respecto al lenguaje y lo real? Tal como lo expresa
Wittgenstein en su último famoso aforismo de la obra antes
mencionada, "de aquello de lo que no se puede hablar es mejor
callar". ¿Y qué es aquello que no puede ser dicho en tanto
insuficiencia de la palabra humana? El hombre no puede aprehender
lingüísticamente, por ejemplo, las esferas de los valores, lo bueno
o lo malo, dado que la naturaleza de lo valioso escapa a lo decible.
Esta región de realidad es esencialmente inefable; lo cual no
significa que sea inexistente o ilusoria, sino sólo que no es
expresable por afirmaciones descriptivas o proposiciones normativas.
Lo ético indecible sólo se manifiesta por la acción. La ética entonces, para Wittgenstein, tal como lo manifiesta
en sus Conferencias sobre ética, publicadas póstumamente, es
el impulso por forzar los confines de lo lingüístico, por trascender
las palabras y despeñarse sobre los farallones de una realidad que
sólo puede experimentarse mediante el actuar, el obrar. De ahí que,
para Wittgenstein, lo más importante de la vida humana es aquello
que no puede ser dicho sino a lo sumo mostrado a través de acciones,
no de conceptos", en Esteban Ierardo, "Borges y Wittgenstein",
editado en www.temakel.com.
(53)
Italo Calvino, Las ciudades invisibles,
op.cit., p.54.