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I.
Introducción
El arte expresa mediante sensaciones las ideas y la cosmovisión
que componen la arquitectura de toda cultura. El arte japonés
tradicional exhala la profunda huella del zen en la mentalidad
japonesa. Mediante la pintura, la poesía, la arquitectura,
el arte de los jardines, el teatro Noh, el combate
de espadas o la ceremonia del té, el zen manifestó
su concepción fundamental de la realidad como vacío
subyacente, como una universal e indefinible fuerza creadora
desde la que eclosiona el mundo y sus seres.
Algunos senderos del moderno arte occidental pueden ser relacionados
con la sensibilidad zen. Esta coincidencia surge a través
de comparaciones o semejanzas, o por una directa y conciente
influencia del zen nipón. Pero las coincidencias no
suprimen las profundas diferencias entre las matrices culturales
desde la que brotan los estilos artísticos orientales
y occidentales.
En este ensayo propongo dos caminos. Primero la reconstrucción
y, luego, la comparación y la tesis. Lo reconstructivo
se vincula con la presentación del espíritu
esencial del zen como preludio a la presentación de
los principales aspectos del arte zen japonés relacionados
principalmente con las pinturas de Sesshu, Hokusai y Hiroshige.
Tras la reconstrucción, nos deslizamos hacia la comparación
entre el arte zen y ciertas exhalaciones del arte moderno
occidental: la pintura romántica de paisajes, el surrealismo,
el expresionismo abstracto, o la música indeterminada
de John Cage. El hallazgo de coincidencias e influencias del
Oriente respecto a Occidente, es la senda hacia una tesis
según la cual entre el arte zen oriental y la aventura
artística occidental existe una distancia irreductible.
La experiencia de lo vacío e indefinible en el arte
zen revela una intuición vital que no se abroquela
en una coraza intelectual que busque ordenar lo indefinible
o inefable mediante las palabras. En Occidente el arte romántico
o de impronta zen puede vislumbrar un infinito vacío
en la profundidad de lo real. Pero la visión de lo
vacío e indefinible que propone el arte en Occidente
descansa sobre una aceptación de la pérdida
o lejanía de un ser originario e inefable. Este ser
indefinible es luego encorsetado por palabras, a través
de una voluntad que sólo tolera convivir con la definición
de lo indefinible y no con lo indefinible mismo. Aquí
surge entonces la distancia insalvable entre la experiencia
oriental y la occidental de lo real primario como vacuidad
indefinible.
En el comienzo de nuestro ensayo, una narración poética
recrea el célebre discurso de la flor de Buda. Su respuesta
a la pregunta sobre el sentido del ser no se cristalizó
a través de retahílas de conceptos de alta filosofía
o teología, sino mediante el mostrar una flor. El misterioso
vacío indefinible de lo real no se entrega el concepto.
Sólo se abre a la experiencia.
II.
La respuesta de Buda
Llegan los viajeros.
Allí
está el hombre que buscaban.
Una
agitación leve zumba en los pechos de los recién
llegados. En sus miradas, tremola una ansiedad incontenible.
Hay
mucho para atender: la curva azulada del cielo, los blancos
cabellos de las nubes, que se descuelgan sobre la frente de
la altura, los pájaros y su música serena y
discontinua. Y los árboles. Y las plantas que exhalan
aromas de húmedo frescor.
Hay mucho para atender.
Pero una cuerda ansiosa empuja el carro del tiempo, para que
las ruedas de los segundos avancen hacia el futuro con más
rapidez.
Todos
quieren que Buda hable ya.
Y
Buda contempla, caviloso, las cercanas ramas de un árbol.
Un remolino de ansiedad quiebra la espera. Ya imposible. Y
alguien pregunta:
¿Cómo
llegar a Dios?
Buda escucha. No contesta. Se aviva la luz de sus ojos. En
sus manos brilla el aire tibio de la mañana. Sus dedos acarician
una flor.
El
discípulo repite la pregunta.
Buda
dice: esta es la respuesta.
Y
muestra la flor.
III.
Los senderos del budismo zen
En los antiguos textos hindúes del Vedanta, la realidad
es una serpiente extraña que respira a espaldas de las teorías
y especulaciones. Los sabios de la India se sumergieron en
el bosque. Allí meditaron. Allí comprendieron.
Brahman (el todo) y el atman (el yo) son idénticos.
La multiplicidad es ilusoria. La diversidad es un engaño óptico.
No hay muchas selvas, ni muchos dragones. Hay un solo ser
de fuego. Todo lo que es resplandece desde una única
llama. Y la llama es demasiado ardiente. Las palabras no podrán
expresar y calmar la luz. En una flor, o en cualquier cosa,
lo luminoso refulge antes de todo concepto, de toda teoría
o pregunta. Por eso, Buda no habla sino que muestra la flor.
El Vedanta alentó una intuición metafísica
esencial: todo es uno, y la unidad y la divinidad son
en todo. No hay exterioridad; no hay un no ser equivalente
a una absoluta carencia de sentido. La totalidad prelógica,
prelingüística, silenciosa, centellea en lo particular. Desde
la hojarasca sobre la que camina el viento, hasta cada yo
humano. El budismo buscará la disolución del
ego en Brahman como realidad divina que trasciende todo concepto
o símbolo. Es el nirvana. Es la liberación del
deseo que condena al dolor que nunca puede ser colmado. Es
la liberación del samsara, de la rueda de los
nacimientos y muertes. La pasión búdica por
la serenidad, por la liberación del tiempo y de la
materia asfixiante, es el gran fin de la vida individual.
El budismo es la nostalgia de un único ser al que los
seres deben regresar luego de un largo sueño.
El budismo es así una técnica para el despertar.
El budismo zen y el arte japonés florecen en la experiencia
del despertar. Que no es un despertar pasivo, un mero salir
de un ensueño. Es un despertar para luego mostrar o sugerir
una realidad libre de la ficción y de los falsos sueños.
Pero aun despiertos, lo real siempre conserva las huellas
de su pasado onírico. Lo brumoso y el aire extraño,
velado y etérico de los sueños quedara. Por lo que
la pictórica japonesa de inspiración zen siempre
sugerirá la realidad profunda entre las brumas tan evanescentes como los sueños.
IV.
Daruma y el camino zen
A
finales del siglo V llega a China Bodhidharma (conocido
en Japón como Daruma, y Tamo en China). Es el primer
patriarca del zen. De Daruma nacerá el camino del budismo
zen. Daruma siguió la inspiración del Mahayana,
el budismo del gran vehículo. Daruma afirmaba la doctrina
del anatman o "no-ego"; el yo individual
es una ilusión; no hay ego-sustancia, un alma independiente
o personal. Pero tampoco hay un Dios reconocible, expresable
en los términos de una teología esclarecida.
No hay un creador personal o Isvara, que luego de crear
el mundo goce con su dominio de las cadenas de causas y efectos
creadas. La doble negación de la existencia última
de los yoes o de una divinidad creadora reconocible ha inducido
a calificar a la escuela Mahayana como sunyavadin o
nihilista. Pero este nihilismo no se relaciona con la nada
como negación de todo sentido. Por el contrario, esta
negación es "sólo un camino para alcanzar
una forma superior de afirmación" (1). Al trascender
la negación misma arribamos a la tattva o talidad
(2), o dharmakaya. El dharma, concepto fundamental
en la tradición hinduista, puede ser traducido como
doctrina, ser, ley, esencia. Dharmakaya sería
el ser como fuente, como matriz originaria o primera de la
que brota la existencia.
Pero
la talidad o el dharmakaya, como tal, trasciende el
intelecto y su capacidad conceptualizadora. Nagarjuna, fundador
de la escuela Madhyamika en la India, afirmaba: "ser
y no ser: el sabio no se apega a la uno ni a lo otro".
La realidad total trasciende la dualidad del fundamento afirmado
y negado. Del ser propiamente no puede hablarse (3). Esto
significa: lo real no puede ser experimentado por el orden
del concepto, por el lenguaje definidor. El intelecto debe
aceptar su impotencia para descender o expandirse hacia la
máxima profundidad; debe ceder su lugar a dhyana
(la meditación) y prajna (la sabiduría).
Así, "la filosofía debe inclinar humildemente
su cabeza en el umbral de la talidad y dejar proceder por
sí misma a la religión en la desconocida
inmensidad, 'wulde' o 'abgrund', como designan los místicos
alemanes a este dominio del 'eterno sí', o lo que es
igual, del eterno no; en este punto, el Mahayanismo se convierte
en misticismo" (4).
Sólo mediante una acción sensible y ya no por
la idea-definición se podrá percibir la realidad
como tal, la talidad que supera el intelecto.
Y
Daruma se impregnó del ser no conceptual, del nihilismo
mahayánico. En su camino entonces no hubo fortalezas
teológicas, cordilleras de especulaciones metafísicas.
"Daruma no era un lógico; quería simplemente
vivir la verdad" (5).
Bodhidharma,
Daruma, pretendió explorar y descubrir el interior
del ser personal para llegar hasta "el sereno fundamento
de la mente", el anjin (an-hsin). La meditación
particular que difundió Daruma es el Hekkwan
(pi-kuan), o "la contemplación-de-la-pared".
El Vimalakirti, uno de los sutras budistas, inspiró
a Daruma: "Cuando la mente ordenada es controlada, fijándola
primeramente a un objeto, uno no realizará nada".
El Hekkwan es concentración o fijación
de la atención en un solo objeto. La tradición
diría luego que Daruma pasó nueve años quieto
meditando frente a una sola cosa: una pared. El Hekkwan
es "estar como un acantilado o una pared". Pero
esta expresión no debe ser entendida en un sentido
literal. A lo que se aspira es a un estado interior donde
se quiebra o inmoviliza la frenética cadena de ideas
de la mente dispersa. Mediante este acto, el sujeto se libera
de la ansiedad y de los deseos y sus proyecciones, y deviene
así una "sólida roca o bloque de madera.
No hay en ella ni vida ni muerte ni memoria ni intelecto"
(6). Ahora la mente, entendida como inmovilidad, como remolino
repetido de ideas, como recuerdos y asociaciones, se desvanece
con la delicadeza y contundencia de las últimas luces
del ocaso. Ahora es la no-mente, anjin, "el sereno
fundamento de la mente".
Pero la inmovilidad mental, lo que propiamente es el estado
de no-mente o anjin, por sí solo no procura
un abrirse de la conciencia al relampagueo extraño del ser
profundo. El zen todavía no emana su frescor y belleza
indefinibles. Una nueva conciencia debe extenderse primero
hacia cada respiración, gesto y acción. Es en
la experiencia diaria de la vida donde el zen adquiere su
cumbre más elevada.
En un eco con la doctrina del Bhágavad
Gita del acto desinteresado
(7), Daruma postuló la doctrina del Mukudoku
(wu-kungtsé en chino): el no-mérito.
Para el Primer Patriarca del budismo zen toda acción
realizada para afirmar o satisfacer al ego carece de grandeza
moral. El Dharma es el despojamiento, la renuncia o indiferencia,
no respecto a la acción sino a los resultados de la
acción. Daruma aseguró que "como en la
esencia del Dharma no hay deseo de poseer, el hombre sabio
está siempre dispuesto a practicar la caridad con su
cuerpo, su vida y sus propiedades; nunca envidia nada ni conoce
mala disposición de ánimo. Una perfecta
comprensión del vacío (sunyata). Está
por encima de inclinaciones y apegos "(8). El desapego
no debe ser entendido como opuesto o antítesis del
apego o la posesividad; la acción de la no-mente fluye
por encima de la oposición o el entrecruzamiento conflictivo
de los conceptos o categorías del "apego"
o el "desapego". El acto ético no destila
ningún aliento dual, ninguna arista filosa que cercene
la unidad. La acción moral es ajena a toda finitud
o escisión. En la educación monástica
del zen, la "virtud secreta", la "acción
sin mérito" (anabhogacarya), es "la
práctica del bien sin pensar en el reconocimiento por
parte de los demás" (9).
El sol matinal bendice con tierna tibieza al mar y las
tierras. Vierte su claridad generosa. Y después se
desvanece en la oscuridad, sin pretender ningún gesto
o voz de la tierra y los océanos como señal de recompensa.
Así debe el aprendiz del zen actuar, verter, regalar,
desparramar la hierba de la luz sin aspirar a ningún
reconocimiento, y sin formular ningún reproche por
una eventual ausencia de retribución. Por lo que "en
el zen no han de quedar detrás huellas de autopresunción,
o autoglorificación, incluso después de obrar
bien y mucho menos el pensamiento de recompensa, ni siquiera
de parte de dios".
La acción sin mérito libera la llama silenciosa
del Dharma. Daruma, el Primer Patriarca, fue el primer maestro
compelido a traducir en una diáfana exposición
la doctrina del dharma. Pero no hay Dharma. No hay ley. No
hay verdad. El maestro entonces callará.
Y desde el vientre de lo vacío asciende un rumor silencioso.
Mas el discípulo, antes de recibir la lluvia cálida
de la primera e inesperada visión del zen, querrá
saber. Querrá entender. Frente a esto, el maestro reacciona
con un recurso que es el fundamento mismo de la práctica
zen: el koan. La meditación con el cuerpo quieto
y las piernas cruzadas nace en la India. Este zazen
o meditación sedente se propagó después
por todo Oriente. Los actuales seguidores del zen cumplen
rigurosamente el zazen. Pero su propósito no
es preparar o inducir una iluminación súbita
durante la postura meditativa. Su finalidad es "concentrarse
para alcanzar la solución del koan"
(10). En el núcleo del koan refulge una verdad
espiritual que, mediante la meditación, impregna al
discípulo. Así, "el koan y
el zazen son siervos del zen, el primero es el ojo
y el segundo es el pie" (11).
En sus comienzos, el maestro zen creció como autodidacta.
No poseía educación escolar. Se forjó
a sí mismo. Este camino de soledad autoformadora cinceló
al sabio zen como un espíritu de rudeza simple, de
áspero vigor. La rudeza de estos inicios se complementa
con la dureza y frontalidad del impacto de la transmisión
del koan al discípulo estrangulado por la ansiedad
del saber. Una vez, el monje Myo preguntó al Sexto
Patriarca sobre el sentido del zen. El maestro respondió:
"Cuando tu mente no mora en el dualismo del bien y del
mal, ¿cuál es tu rostro original antes de que nacieras?" La
sorpresa usurpó rápidamente el lugar de una
respuesta clara y precisa. La respuesta no responde. O lo
hace fuera de la intencionalidad lógica que la pregunta
quiere imponer. La respuesta lógica busca la conclusión
de una premisa. El que responde, el maestro, quiebra la pregunta.
El verdadero ser no puede nacer de un sereno e intelectual
juego de preguntas y respuestas. El ser que el zen intuye
no palpita como centro racional de una filosofía o
teología. La verdadera respuesta no responde. Mata
o supera la pregunta. La respuesta del maestro debe abrir
la mente a la percepción de la verdad, debe enseñar
que el ser no es el colorario de ninguna interrogación
finita. Lo que se experimenta no se traduce y ordena en ningún
sistema explicativo. Entender el rostro original, el nervio
del koan del Sexto Patriarca, demanda una lúcida
inquisición, un inflexible soportar la incapacidad
de la mente lógica para experimentar el ser enigmático.
El koan no respira dentro del mundo del significado
coherente e intelectual. Myo deberá aprender a saltar
desde el seguro peñasco de la lógica hacia la brumosidad
sin fondo ni lógos de la vacuidad (sunyata).
Aún hoy se discute la cantidad de koans que
la tradición zen ha producido. La estimación
aceptada es que son unos 1700. Que se agrupan en el Hekigan,
el Shoyoroku, Mumonkwan, el Kwaiabkokugo, y
otros (12). Pero los volúmenes atiborrados de koans
no son lo relevante. Un solo koan puede cumplir
su misión esclarecedora en la formación de un
monje. De hecho, la tradición recuerda en particular
sólo unos pocos koans; además del
koan del rostro original, son especialmente recordados
y repetidos el de la mano de Hakuin y el ciprés de
Joshu.
El gran maestro Hakuin gustaba extender una de sus manos;
luego, pedía a sus discípulos que escucharan
su sonido. En nuestra experiencia convencional sólo
esperamos que el sonido de una mano surja al chocarse con
otra; esto es lo previsible, lo habitualmente conocido. El
maestro zen quiere barrenar la seducción que la realidad
lógica y posible ejerce sobre nosotros. De ahí
la demanda ilógica: escuchar la vibración resonante
de una sola mano. Aquí el sonido, y no la imagen (como
en el koan del rostro original), es el golpe liberador
de la realidad corriente (13).
En
una oportunidad, al maestro Joshu se le preguntó sobre
el significado de Bodhidharma en Oriente, o lo que es igual
a pedir saber sobre la raíz o significación
de la enseñanza budista. El maestro le respondió: "El
ciprés en el patio".
"Hablas",
continuó el monje, "de un símbolo objetivo".
"No,
no hablo de un símbolo de objetividad".
"Entonces",
preguntó el monje una vez más: "¿Cuál
es el principio último del budismo?"
"El
ciprés en el patio", replicó, otra vez,
Joshu...
En
su vida monástica, los monjes zen practican con fruición
diversas actividades manuales. Hyakujo (Pai-chang, 720-814),
el fundador del sistema monástico zen, hizo proverbial
la expresión: "Un día sin trabajo es un
día sin comida", es decir: "no hay comida
sin trabajo". En los cinco monasterios zen del Japón
se vive cada trabajo como un acto religioso. Se barre, se
limpia, se cocina, se amontona leña, se labra la tierra o
se recorre poblaciones cercanas en busca de caridad. Pulcritud,
disciplina, laboriosidad. Un actuar que es la negación
de la espiritualidad como radicalizada actitud contemplativa,
o como una intensa senda introspectiva. La medicina para evitar
el descendente rodar del espíritu hacia una maraña
de abstracciones, es el trabajo. Pero existe un periodo entregado
exclusivamente a la disciplina mental. Es el Sesshin,
el periodo de "recogimiento o concentración de
la mente". Durante esta práctica, los monjes viven
casi exclusivamente en la Sala de meditación o zendo
(14). Cada día hay una plática Koba o
Teisho. Además de las pláticas, los monjes
cultivan el sanzen, una práctica por la cual
el monje se presenta ante el maestro para expresarle sus opiniones
sobre el sentido de algún koan comentado en
las pláticas. El discípulo acude ante el maestro
cuatro o cinco veces al día. Cuando los monjes son
numerosos, el maestro es sometido a un duro examen, dado que
debe evaluar si cada discípulo indaga de manera lúcida
o torpe los enigmáticos koans. Si el maestro
percibe que el monje aún prosigue atrapado entre la
maleza de las palabras acude a bofetazos o golpes para
despertarlo por una vía drástica.
Hakuin, que llegaría luego a ser un gran maestro, acudió
a su maestro para expresarle una interpretación sobre
una enseñanza búdica. Su maestro sólo respondió:
"Tontería y necedad", y lo abofeteó
y lo echó violentamente de su morada y le increpó
con un mote metafórico: "¡Oh tú,
habitante de la caverna negra!". En otra ocasión,
Hakuin insistió en debatir dialécticamente con
su maestro sobre un punto central de las enseñanzas del zen.
El maestro escuchó primero en silencio; luego estalló
enfurecido y repitió la escena de las bofetadas y la
árida expulsión de su discípulo mientras
no dejaba de exclamar: "¡Oh, tú habitante
de la caverna negra!"
Hakuin se sintió estrangulado por la confusión
y la desesperación. Pensó en abandonar a su
maestro por ser incapaz éste de comprender la luz de
su pensamiento. Hasta que, en un nuevo día durante
el cual el sol desparramaba los rubios bucles de su caballera
dorada sobre la tierra, la visión de la verdad no-lógica
del zen irrumpió repentinamente en su mente como un
relámpago súbito que ilumina la oscuridad en el vientre
de la tormenta. Un mar de centelleante exaltación inundó
el espíritu de Hakuin. Y volvió entonces con
su maestro. Antes de que entrara a su recinto, el maestro
percibió un nuevo brillo en la frente del discípulo.
Hakuin habló sobre la inesperada y clara iluminación.
Habló del satori. Y el maestro dijo:"¡Ahora
lo tienes! Lo tienes!" Y
nunca volvió a relacionar a su discípulo con
una cavidad oscura.
La mejor interpretación de un koan es la que
comprende que no hay interpretación correcta. La comprensión
del satori demanda una acción mental de
liberación de toda interpretación intelectual
sobre lo real. El satori o iluminación como
tal es una experiencia imposible de traducir en términos
conceptuales. No puede ser transmitida por ninguna explicación
argumentativa. El discurso que habla sobre el satori
ya no es satori. En el aprendizaje zen sólo
puede indagarse o sugerirse un camino hacia una mente alerta
y atenta. Ningún método asegura una gradual
y serena aproximación hacia aquella meta. Cuando la
sensibilidad madura lo suficiente como para percibir la inefable
fosforescencia vital de las cosas, el satori podrá
llegar con la naturalidad y facilidad de una corriente de
viento. Entonces, "un sonido inarticulado, una observación
inteligente, una flor, que brota, o un incidente trivial como
un traspié, son la condición o la ocasión que
abrirá la mente al satori...Cuando la mente
está lista por una razón u otra, vuela un pájaro,
suena una campana, y al instante usted retorna a su hogar
original... Usted descubre su nuevo yo real" (15).
El
satori, y no el koan por tanto, es la cumbre
espontánea y sorpresiva de la vida zen. En algunas
ocasiones, no se entendió esta jerarquía. Por
lo que el esfuerzo de comprensión del enigmático
koan desvió al discípulo del camino hacia
la mente abierta. Entonces, ocurrió lo que en muchas
tradiciones religiosas: la interpretación teológica
o normativa de la tradición inaugurada por el fundador
de la religión se convirtió en más relevante
que la propia experiencia religiosa. La hermenéutica
teológica, o la jerarquía eclesiástica
en la historia del cristianismo, se erigieron como más
importante que la propia vida cristiana. Los anacoretas en
el desierto representaron una reacción contra el peligro
de la sustitución de la vivencia por la forma litúrgica.
En la tradición protestante, el pietismo demandó
el regreso a la piedad o la fe como sentimiento interior,
como reacción contra el debilitamiento del inicial
luteranismo. Daiye, en la historia del zen, entendió
el peligro de que la actitud inquisitiva ante el koan
reemplazara la espontánea fulguración plena de lo real
en el satori. Decidió entonces quemar el libro de los
cien koans que había recuperado su maestro Yengo.
Era una medida radical para impedir que el comentario sobre
los koans fagocitara la indecible experiencia de la
iluminación. (16).
El zen es una empecinada rebelión contra la supuesta
superioridad del orden lógico sobre la presencia y
el fluir de las cosas. El zen es una recia gimnasia espiritual
para la liberación de la tiranía de la lógica.
En esta actitud vital del zen no es importante discernir lo
correcto de lo indebido, lo verdadero de lo falso, el no del
sí, la afirmación de la negación. La
única afirmación legítima es una acción
que trasciende las dudas o los opuestos. La oposición
puede manifestarse no sólo como contraposición
de términos lógicos sino también como
el conflicto entre lo "tuyo" y lo "mío".
En el monasterio de Nansen, en una ocasión, los monjes
del Pabellón Oriental disputaron con los del Pabellón
Occidental por la posesión de un gato. El maestro detuvo
el tumulto al atrapar al animal. Alzó luego al pequeño
felino frente a los monjes. Entonces, anunció: "Si
alguien puede decir algo que salve al pobre animal, lo dejaré
ir". Nadie expresó ninguna afirmación que
pudiera salvar a la desdichada criatura. Entonces, el maestro
partió en dos a su prisionero. Luego, llegó
el maestro Joshu. Nansen le comentó los hechos y le
preguntó qué hubiera dicho para salvar al pequeño
y frágil pariente del tigre. Joshu se despojó de sus
sandalias y las colocó sobre su cabeza. Nansen comprendió,
y aseguró: "Si en este momento hubieses estado
aquí, habrías salvado al gato" (17).
Joshu comprendió la pregunta de Nansen. La mejor respuesta
no era una respuesta lógica o una exhortación
racional o moral, que convenciera o persuadiera sobre la conveniencia
de salvar al gato en apuros. La única respuesta es
una afirmación que sea un acto o hecho fuera del círculo
de las palabras explicativas. Y un hecho verdadero sólo
emana del vacío originario sin divisiones. El hecho
poderoso brota de una vaciedad previa al concierto de
las palabras que interpretan. El hecho o la cosa fulgura siempre
desde el vacío continuo que no concluye. ¿Cómo expresar
la patria original, infinita, que misteriosamente da el espacio
finito y las cosas finitas que lo ocupan? La palabra debe
detenerse para no sustituir el vacío vivo y creador
por un estático sistema filosófico. La cosa
sólo resplandece sobre el lomo del dragón vacío.
Sólo podrá ser percibida por la experiencia,
es decir, por una música de sensaciones. Y el arte
compone músicas sensoriales que flotan sobre la corriente
misteriosa de lo vacío.
El
budismo zen no es filosofía ni teología ni religión
en un sentido ortodoxo. Es una estética. Es la música
de la percepción alerta. El arte, la sensibilidad artística,
es el cuerpo desnudo que nada entre el vapor de las cosas
y el agua vacía que las abraza y empapa...
V.
El arte zen
El poeta camina dentro del bosque. Es de día. En el
cielo brilla algún sol del siglo XVII. Algo atrae la
atención del viajero. Allí respira un seto.
Cerca, a su abrigo, con un delicado y casi imperceptible movimiento,
contonea sus pétalos una planta silvestre, en apariencia
insignificante. Una diminuta flor silvestre que no debiera
hechizar a ningún caminante. Sin embargo, el poeta,
Basho, se inclina respetuoso y emocionado ante la planta,
la nazuna. La acaricia. La contempla. La reverencia:
Cuando,
miro con cuidado
¡Veo
florecer la nazuna
junto
al seto! (18)
El
poema es una exhalación de breve intensidad. Es un
haiku. Una forma poética de tres versos, compuesto
por diecisiete sílabas. Pequeña fonética donde
relampaguea una brisa absoluta que encontró la flor.
O quizá la flor encontró la brisa infinita.
No importa distinguir quién encuentra y quién
es encontrado. Lo esencial es el repentino brillo de la coincidencia
entre el poeta y la flor. Es el encuentro entre la conciencia
humana y la naturaleza multiforme. Lo que permite la unión
del viajero y la nazuna es un previo movimiento de
la mente. Es su estar abierta al efluvio extraño y singular
aun de lo más pequeño.
El poeta sabe del oro que fulge en las cosas pequeñas y humildes.
Sabe que el destino más alto de esa diminuta riqueza
dorada es ser percibida por un alguien. Pero el encuentro
con la cosa pequeña, con la flor, no puede ser preparado
ni forzado. El encuentro será. Acontecerá. Entonces,
no sólo habrá un respetuoso reconocimiento entre
el viajero y la flor que resplandece. También ocurrirá
una fusión, una empatía, la identificación
profunda entre el contemplador y lo contemplado. El poeta
(contemplador) será la flor (lo contemplado). Y sólo
entonces el hombre de letras escribirá. Sólo
entonces hablará poéticamente. Ya no habrá
un poeta que hable del humilde oro de una flor. Será
la flor que está ahí la que hablará por
sí misma. Entonces el poeta escuchará lo que
se dice a través de sus labios:
Cuando veo con cuidado
veo
florecer la nazuna
junto
al seto.
La
nazuna habla. La naturaleza no es una extensión
abstracta. Es la llama de un fuego universal. El poeta entonces
no dice su parecer sobre la cosa. La cosa se dice.
La flor es sensación que habla y se muestra. Sólo
entonces el artista deja de perderse en sus propias invenciones
para devenir puente por el que se muestra lo que brilla allí
fuera.
Para el artista japonés es esencial una previa empatía
o compenetración íntima con la vida que se anhela
expresar. La distancia entre el artista y la realidad viva
y en movimiento, debe ser anulada. En una ocasión,
un pintor kano (19) fue convocado para pintar un dragón
en el techo de un templo. El pintor quería que la criatura
fantástica se convirtiera en su gran obra maestra.
El ser flamígero tendría que nacer de su propia
imaginación. El dragón sería así
una imagen emanada de la fantasía del artista. El dragón
sería una creación del pintor. Pero éste
sentía que el ser que germinaba en su imaginación
distaba mucho de ser convincente. Entonces, transido por la
angustia y la duda, acudió a un abad de un monasterio
zen. Le expuso su problema. El maestro escuchó y, luego,
con simplicidad y brevedad le aconsejó: "Conviértete
en dragón". El pintor se despeñó al principio
en la confusión. Pero, después, una mañana clara
comenzó a brotar en él. Entendió. Se
permitió la posibilidad de la transformación.
Se metamorfoseó. Regresó con el maestro. Y ya
no era el pintor que quería pintar un dragón.
Era el dragón. Y el artista se expresó entonces
finalmente, y fue "un dragón pintándose
a sí mismo", no "un artista humano tratando
de representar a una criatura mítica" (20). En
el arte zen, una pintura nunca surgirá de una copia
o representación del modelo; el artista debe permitir
que el modelo mismo se exprese. Y para esto, el pintor debe
convertirse en lo expresado. El
creador no expone o plasma un motivo. Es el motivo, el dragón
en el caso del pintor kano; la nazuna, en el caso del
poeta Basho. Y lo que el artista en la tradición japonesa
saturada de zen deberá expresar es la naturaleza y,
en último término, la vida como inconciencia
universal que deviene. La inconciencia de lo vacío.
El poder originario creador. Y para que lo vacuo se manifieste
en la imagen debe predominar la vacuidad misma, y no una abigarrada
profusión de cosas o colores.
La
amplitud del vacío conteniendo lo pequeño de una cosa
emerge con nitidez en la "pintura de ángulo",
en Bayen (Ma Yuan, 1175-1225), uno de los máximos creadores
de la dinastía Song meridional.
Esta pintura es llamada también del "paisaje vacío",
"blanco vacío", o "blancura hueca",
o sumiye.
El
sumiye apela al blanco y el negro, rechaza cualquier pirotecnia
policromática. Una multitud de colores adormecería
la percepción.
El
pintor emplea un pincel de pelo de oveja o tejón capaz
de absorber mucha tinta (hecha con hollín y cola).
Se pinta luego sobre un papel delgado. Este rasgo del papel
se contrapone a la dureza del lienzo como soporte principal
de la pintura al óleo en varios momentos del arte occidental.
La fragilidad del papel permite al artista plasmar su inspiración
con mayor libertad. El papel se dañaría si el pincel
no se mueve con agilidad y rapidez. Esto estimula que el pintor
trace líneas rápidas y escasas. La rapidez promueve,
a su vez, una espontaneidad no interrumpida por ninguna evaluación
conciente sobre lo que se está expresando. El artista
no debe ser perturbado por ninguna deliberación. Tampoco
deberá borrar o repetir. Cada pincelada es un hecho
irreversible. El dibujo no nace mediante lentas rectificaciones.
Se despliega mediante un solo aliento. En una sola exhalación
creadora surgirá una obra que emerge así no
de la voluntad o la conciencia del artista, sino del pincel
como directo instrumento o canal de la inconsciencia vacía.
La lógica, o el deseo y los criterios personales del
pintor, no deben interponerse entre la fuente inspiradora
y el pincel y el papel. La obra brotará así
desde la orilla vacía hacia la margen humana donde
viven las muchas formas y los muchos seres.
Unas breves líneas respirarán rodeadas de un
continuo espacio vacío. El sumiye, en comparación
con la exaltación figurativa de El Bosco, Rousseau
o Serraut, es lo sencillo. Es la pobreza, es la economía
de medios expresivos. Es lo mínimo. Esta austeridad
se integra armoniosamente con el camino wabi, literalmente
"pobreza", como tradicional ideal japonés
de la vida correcta y sabia. El wabi es un vivir desligado
de la riqueza, la fama o el poder. Es la existencia rizada
por olas de austeridad y simplicidad. Como vía concreta
de vida consiste en conformase con lo esencial, con sentirse
a gusto en una habitación con unas pocas tatamis
o esteras, o con una humilde cabaña, o una frugal comida vegetal
obtenida de la naturaleza. Esta austeridad inhibe también
cualquier barroquismo especulativo, cualquier frondoso anhelo
de construir grandes sistemas filosóficos para ordenar
la realidad. La sencilla y sugerente sobriedad del sumiye,
y el desdén por los inflamados pulpos teóricos
de las filosofías especulativas, nutre el amor a la
rica e inmediata vida de la naturaleza. Construir pocas formas
(pictóricas o intelectuales) es un liberarse de lo
innecesario que enturbia los ojos. Es un intuir lo realmente
significativo: el vacío que contiene las formas, la
naturaleza que brilla y vive dentro de una inasible vacuidad.
La pobreza del wabi favorece así " la contemplación
mística de la naturaleza" que consiste en un sumergirse
"en el seno de la naturaleza y sentir directamente su
pulsación" (21).
En el sumiye lo pequeño sugiere la presencia de una totalidad
viva y magnética. Una pintura arquetípica
del estilo sumiye, una obra de Ma Yuan, muestra el pequeño
bote de un pescador rodeado por el océano. La embarcación
es diminuta, insignificante en principio. Pero su pequeñez
resalta el inmenso anillo de las aguas circundantes. El exiguo
punto flotante enfatiza aquello que permite todo flotar: el
mar, las aguas, una amplitud previa, una totalidad vacía
que subyace y contiene cada cosa. El propósito de la
pintura sumiye no es así copiar ni imitar nada exterior,
sino un intuir la vida interior de lo objetos, y su origen
en lo vacío. Así, "cuando se dice que la
pintura sumiye plasma en un cuadro el espíritu de un
objeto que da forma a lo que no tiene forma, ello implica
que debe haber un espíritu de creatividad moviéndose
sobre el cuadro. La misión del pintor no es, pues,
copiar ni imitar la naturaleza, sino conferir a su obra un
hálito de vida" (22). El sumiye no reproduce una
forma; expresa la pulsión viviente que recorre un paisaje.
El arte no es la excelencia en la representación de
figuras, sino la manifestación de la vida profunda
que circula en el espacio. Este ritmo vital puede ser sugerido
mediante una estética de lo asimétrico. En el
sumiye no hay líneas que compensan a otras líneas;
no hay volúmenes que se equilibren entre sí
para generar orden y simetrías. La ausencia de
una línea compensadora impide la belleza como
perfección simétrica.
Desde
la visión simétrica lo asimétrico es
imperfección. Pero lo imperfecto sugiere o evoca el
vacío, carente de toda forma ordenada, del que procede
el propio espacio. La asimetría que produce el sumiye
también brota en la arquitectura donde las partes del
templo se distinguen por sus líneas irregulares, como
los santuarios de Iyeyasu (23). De ahí que Suzuki manifieste:
"Donde se espera ver una línea o masa esto falta
y esta vacancia, en vez de contrariar sugiere algo más
allá y es completamente satisfactorio. Un pequeño trozo
de papel, generalmente oblongo, de menos de dos pies y medio
por seis pies, incluirá ahora todo el universo"
(24).
La
belleza de lo imperfecto puede también sugerir un resplandor
de algo arcaico, plasmado sin esfuerzo y con economía
de medios. Esta simplicidad en la ejecución es el sabi
que dimana una pintura sumiye, o un objeto de arte antiguo,
o los utensilios que impregnan el rito del té (25).
El sumiye se enlaza también con la caligrafía.
El japonés escribe con el pincel. La ductilidad del
pincel acompaña con vigor y naturalidad la voluntad
del escritor. La escritura no sólo plasma letras que
simbolizan un significado. Manifiesta también algo
de la elegancia y gracia de los propios objetos animados de
la naturaleza. La escritura caligráfica realizada por
un pincel que escribe, no se desarraiga de la forma y el movimiento
de las formas naturales.
El más grande pintor japonés es Sesshu, quien
vivió durante el periodo Muromachi (1336-1573). Se
le estima como "el artista zen más inspirado y
famoso", que "concibió, como Basho, esa cierta
unidad del mundo visible con el invisible a través
de la pintura" (26). Hijo de un guerrero pobre, fue colocado
bajo la instrucción de los sacerdotes zen del tempo
Shokuku-ji, en Kyoto, dirigido entonces por Shunrin-Shuto,
que se convertirá en el maestro de pintura de Sesshu.
Sesshu
estudió el budismo y su vínculo con el arte.
Aprendió la lengua china. Investigó las grandes
colecciones artísticas del país-continente,
y admiró a los pintores chinos Liang k'ai, Li T'ang,
o Yu-Chien. Como parte de su aprendizaje copió las
pinturas chinas del estilo ch'an.
En
1468 fue enviado en una misión a China. Al principio,
habitó en el monasterio del norte T'ien-t'ung. Luego,
emprendió un viaje que, para los entendidos en su obra,
lo influenció de manera decisiva para profundizar en
su concepción del espacio. Así Sesshu alcanzará
la plenitud de su arte mediante el devenir corporal; mediante
un largo viaje como peregrinación. Su camino no fue
el de la quieta meditación en los templos zen. El recuerdo
o comparación con otros artistas viajeros, como Basho,
es inevitable: "su deambular contemplativo le convirtió
en hermano de la naturaleza, del pino, de la grulla; en cualquiera
de esos casos su pincel aludió a las cosas menudas
con la misma veneración que hizo Mtsuo Basho,
el poeta viajero" (27).
En
1486 realiza una de sus obras esenciales: Rollo del extenso
paisaje, en un makimono horizontal. En la extensión
desenrollada del paisaje puede seguirse la captación
del artista de la naturaleza durante las cuatro estaciones.
El espacio se profundiza en su extensión y, a diferencia
del estilo sumiye, se puebla de numerosas figuras que remiten
al agua, las montañas, los árboles y ríos; y
en especial el pintor anima el magnetismo de las rocas, entablando
quizá una relación con el elemento pétreo
en los paisajes zen (28). El espectador contempla la obra
extendida mediante un hondo ambiente de impresiones visuales
que nos sumergen en el espacio, en la naturaleza como fuerza
dinámica e ilimitada. Las imágenes no son una
sumatoria de visiones personales del pintor sino la afloración
en la pintura de la subyacente e inexpresable serpiente vacía
que traspasa el corazón de las cosas. Para vigorizar
la transmisión plástica de la naturaleza animada
por el evanescente y misterioso reptil vacío, Sesshu
combinó diversos trazos, algunos breves e incisivos,
otros largos y angulosos, otros rectos; a veces, el baile
de los trazos urde la sugestión sutil de una bruma
suspendida sobre techos de templos, construcciones
sagradas, o humildes chozas campesinas. En ocasiones se advierten
pequeñas presencias humanas.
El Rollo del extenso paisaje es la obra máxima
de Sesshu. Pero también sobresale El paisaje de
invierno, El paisaje de las cuatro estaciones, Pescador y
leñador, un kakemono pintado en tinta sobre papel; y
una especial expresividad narratividad exhibe Hui-k'o ofreciendo
su brazo a Bodhirdarma. Aquí Sesshu se nutre de
una historia de un discípulo de Daruma. El Primer Patriarca
meditaba absorto frente a su pared, sin moverse ni ceder ante
ninguna distracción. Su seguidor, obsesionado por mostrarle
su interés por sus enseñanzas, se cortó
su brazo izquierdo y se lo entregó. La figura del fundador
del zen surge de un solo y grueso trazo. De perfil, se destaca
su ojo transido de concentración, que se concentra
en un único objeto, a pesar de la desesperada petición
de atención por parte de Hui-k'o. Especial significación
adquiere también Haboku sansui, o Paisaje en el estilo
Haboku, o machismo a la tinta, técnica creada por
Yu-Chien, pintor de la época Sung. Aquí, la
fuerza de la evocación de la vacuidad o la inconciencia
creadora mediante la abstracción "están
propuestas mediante aguadas y pequeños trazos de pincel que
acercan la sugestión del árbol, la montaña,
la nube, la roca, el bote o la morada como si se hallarán
profundizando ese vacío casi inasible del zen, esa
segura majestad de lo inefable" (29).
En Sesshu el pintor camina entre las brumas y la hojarasca,
entre torsos áridos de rocas, perfiles ásperos
de montañas, y el recio organismo de madera de los
árboles. El artista respira dentro del licor rico de
la vida múltiple. Pero sin olvidar el vacío
espacio sin rostro que precede al espacio de las cosas visibles.
El arte pictórico japonés no sólo reveló
lo trascendente. También creó un arte popular
en la época Momoyama, que luego prosigue en la era
Tokugawa. Es el estilo ukiyo-e, fuertemente relacionado
con la estampa. El "mundo flotante" es la vivacidad
que dimana la cultura cotidiana con sus imágenes procedentes
desde los ámbitos teatrales, cortesanos, prostibularios.
La clase chonin atravesaba esta efervescencia de la
vida diaria. Chonin era la clase integrada por los
comerciantes, los fabricantes, artistas y artesanos que superaban
ahora en importancia social a los samurais. El arte del Ukiyo-e
exaltaba el valor estético de las escenas cotidianas
que flotan en un tiempo efímero que sólo dura
una exhalación. El universo de las imágenes
flotantes no repiten una escena mítica, eterna, no
expresan una fuerza sacra constante. Por el contrario, el
arte eterniza aquí lo efímero, dignifica lo humano
y trivial, colorea con bellos colores y hábiles trazos
las situaciones que brotan de la costumbre social. En esta
estética de lo cotidiano sobresalían las imágenes
de las cortesanas de Utamaro. Y también emergió
con toda su efervescente potencia el artista esencial del
Japón luego de Sesshu: Hokusai.
La
identidad misma de Hokusai era flotante, un incontenible cambiar
entre los remolinos espumeantes del tiempo. Primero se llamó
Katsukawa Shunro, pero después adquirió más
de cincuenta nombres (30).
Pero Hokusai es el único nombre que se aferró
a la roca de una fama permanente.
Hokusai vivió sin disciplinas sofocantes. No era suya
la senda del monje de la conducta regulada por una tradición
irrecusable. Sus caminos eran los del placer por la expresión,
el nomadismo, y la burla de las costumbres apropiadas según
los cánones sociales en boga. Hokusai cambió
noventa y tres veces de vivienda porque éstas ya eran
inhabitables a causa del descuido en la limpieza; o a causa
de una obligada huida forzada por el no pago de la renta.
La
miseria fue fiel y constante compañera de Hokusai.
Nunca la desdeñó u oculto. Su pobreza destilaba dignidad.
Su creatividad fue prodigiosa: más de mil pinturas,
quinientos volúmenes ilustrados por su mano. Cerca
de treinta mil grabados.
Hokusai fue longevo. Pero, a pesar de lo cuantioso de sus
obras y de sus años, nunca creyó haber nacido plenamente
como artista. En su famoso prólogo a La cien visitas
del Fuyi, manifestó luego de superar las siete
décadas. "A los setenta y tres años, creo haber
adquirido algún conocimiento de las estructuras verdaderas
de los seres naturales, animales, plantas, árboles,
peces, insectos. Opino que cuando haya cumplido los ochenta
habré progresado notablemente. A los noventa penetraré
el misterio de las cosas; a los cien hare una obra asombrosa,
y a los ciento diez cuanto dibuje, aunque solo sea un punto
o una línea, poseerá el soplo de la vida "(31).
Al llegar a los noventa años, su corazón de sol se
oscureció bajo la sombra cercana del rey Ema, el dios
de los infiernos. El vasto creador entrevía ya su futura
morada en alguna calle del subsuelo infernal. Pero en su lecho
de agonía reclamó diez años más; al menos
cinco, para llegar a ser un artista. El hombre que tenía
detrás de sí una cascada tronante de miles de
obras, aún no se sentía un acabado hacedor de
belleza; una lección para los que, en el afiebrado
mundo contemporáneo, demandan rápidos resultados
y alto reconocimiento. Hay muchos que, luego de una primera
obra, se autoproclaman escritores, pintores o poetas. Hokusai
creó un universo dentro del universo y, aun así,
nunca se pensó dueño de ninguna cima donde agitar presuntuosamente
la bandera de un ego envanecido.
La contribución más prominente de Hokusai al
ukiyo-e fue la manga (término viable
de ser traducido como "bocetos", "diseños",
"esbozos rápidos", "esbozos para la
vida", "dibujos de las cosas tal como aparecen",
"caricaturas". En el mundo flotante la estampa brilló
con fuerza. Y Hokusai alimentó esta fascinación
mediante la estampa de imágenes en negro, rosa tenue,
o un gris anémico. Los croquis o bocetos de estampas
de la manga se distribuyen en quince volúmenes
cuyo primer ejemplar apareció en 1814, y se distribuyó
inicialmente en Tokyo y Nagoya. En la manga chispean
cascadas de diversos seres y cosas: desde palacios, nubes,
luchadores y olas, hasta mendigos, montañas, puentes, rocas,
barrios, insectos, monjes y calígrafos. La variedad
calidoscópica de lo vivo. Un monumento visual de las
ricas formas de la vida. Una comedia humana japonesa que coexiste
con piedras, crustáceos, árboles o flores; por
lo que, en la manga , lo humano se manifiesta en su
imbricación indisoluble con la naturaleza y con diversas especies
de seres deformados por la sátira o el ridículo.
Pero lo satírico aquí no testimonia una visión
amarga de la existencia sino su engrandecimiento mediante
el júbilo fresco de la risa y la ocurrencia.
El amor por la naturaleza es un atributo del Japón
tradicional. Es parte de su identidad colectiva. Por eso,
Hokusai caminó también, como otros tantos pintores
de la China y el Japón, dentro de la bella brisa del
espacio natural. Allí encontró La ola,
su célebre imagen de la materia como plástico
y rítmico desplazamiento, como movimiento ebrio de
gracia. Pero una forma quieta y silenciosa también
puede bailar como ocurre en el Fuji visto desde Kanagawa,
o Las treinta seis vistas del Fuji. Para un ojo no
despierto al asombro estético, una forma estática
es devorada por la lánguida repetición en el
tiempo. Más, para la mirada siempre emocionada del
artista, lo quieto nunca es monótona repetición.
Siempre es un acantilado de nueva vida. Así, ocurre
con el Fuyi, montaña sagrada por excelencia del Japón.
Para Hokusai, la aparente serenidad inmóvil de la montaña
tapiza o disfraza su renacer continuo mediante las transformaciones
que trae el paso del tiempo o los cambios de la luz.
Las alas del pintor japonés vuelan a través
de una naturaleza acalorada por los dioses. El arte japonés
desciende a lo flotante y cambiante de lo cotidiano, pero
sin nunca dejar de percibir la música extraña e inefable
del mundo natural. Este estado se relaciona con el myo
(en chino mioyu). Myo es lo abismal impenetrable
para la mente; o también lo maravilloso e inefable
que emanan las cosas. Puede ser el encanto sutil (yugen)
de un maestro, o el brillo de un sable en manos de un samurai.
Myo es una vitalidad original y espontánea que dimana
cada cosa. Lo maravilloso puede manifestarse asimismo en el
asombro que despierta la instintiva inteligencia constructora
de los animales (el nido del castor, las telarañas,
las construcciones de hormigas y avispas). Por extensión,
el maravilloso poder constructivo animal puede extenderse
a la naturaleza, pues la propia naturaleza es efecto de una
misteriosa mente creadora que no agota nunca sus creaciones;
frente a esta inagotable y cotidiana fecundidad de la naturaleza
se experimenta una intensa maravilla (myoyu).
La cotidiana creación natural coexiste con las cambiantes
imágenes de la vida diaria de los hombres. Lo inefable
y maravilloso también nace de los hechos cotidianos,
aparentemente insignificantes. El aura de encanto maravilloso
de un instante de lo cotidiano es quizá lo que consigue
expresar La lluvia repentina sobre el puente de Ohashi,
de Hiroshige. Unos hombres atraviesan un puente. La lluvia
se descuelga desde las alturas con una serena firmeza. Las
aguas, abajo, reciben las gotas ligeras. Los humanos que caminan,
el agua que fluye, el espacio empapado por la danza descendente
de la lluvia, expresan una escena cotidiana repetida, efímera,
evanescente, flotante. Pero la fina y vigorosa compenetración
entre el agua, el cielo, la horizontalidad del agua y la tierra,
dimanan un soplo de bella e indefinible rareza. Lo cotidiano,
destinado a desaparecer en su fugacidad, renace en una imagen
de vivo hechizo. Aun lo efímero trivial resurge con
el aura permanente que le brinda la imagen artística.
Una escena cotidiana es transformada por la mirada artística.
Y así ocurre también con la presencia de los
objetos sencillos en el chanoyu, en la ceremonia del
té. En otro lugar desarrollamos con cierta amplitud
este ritual (32). Aquí sólo diremos que la sencillez
de una tetera, de los pocillos, y otros utensilios, relacionados
con la bebida del té, son una forma de manifestación
del vacío trascendente que persigue el zen. Dentro
de la sukiya, la casa del té, el espacio ya
no es el ámbito donde las cosas se dispersan en lo
extenso y en la multiplicidad de las formas. Dentro de la
sukiya, el espacio adquiere gravedad, espesor, magnetismo,
presencia. La extensión del espacio es saturada y atravesada
por los efluvios inasibles de lo vacío y cada objeto,
dentro de ese espacio intensificado, manifiesta un resplandor
poderoso.
Antes expresamos que, en la pintura de estilo sumiye, el pincel
es guiado por lo inconsciente creador. El pintor no pinta,
la pintura acontece. La pintura es creada desde la espontaneidad
de la inconsciencia. Esta emergencia de lo otro inconsciente
es zen. Así ocurre también en la práctica
con el tiro al arco (33). Y en el combate con espada, el
kendo. En este arte marcial, el espadachín no lucha
evaluando las técnicas de sus adversarios o sopesando
concientemente sus movimientos. Debe combatir entregándose
a una espada guiada por lo inconsciente. La espada además
de arma de guerra, es presencia numinosa, u obra de arte (34).
Y la otredad que revela la experiencia zen dentro del mundo
humano, a través del arte, alcanza asimismo a la escena
del teatro Noh. En esta tradicional forma teatral,
una divinidad o antepasado se manifiesta mediante las máscaras,
el atuendo, y la propia presencia del actor. La corporalidad
del actor pierde su condición estrictamente humana.
El cuerpo, normalmente expuesto al envejecimiento, la muerte
o la posibilidad de la enfermedad en el mundo profano, es
ahora irradiación de potencias sagradas. El actor y
el espacio escénicos derraman dentro del tiempo algo
de la espuma divina del ser vacío, siempre huidizo
(35).
El arte zen: la acción creadora desde la espontaneidad
inconsciente. La imagen o el espacio artístico como
indirecta expresión de un trasfondo infinito. La expresión
estética mediante la reducción de las formas
y la sugerencia desde un espacio envolvente, cercano, misterioso
y vacío. El arte que estimula una revelación
instantánea del todo, no puede ser forzado sino sólo
inducido, convocado. Estos atributos del arte japonés,
imbuidos de zen, animan los nubes más hechiceras del
cielo oriental. Algunas de esas nubes llegaron hasta el arte
occidental. Pero, a pesar de un flujo de coincidencias e influencias,
el Occidente siempre respirará lejos de la percepción
oriental de la tierra de la diosa solar Amateratsu.
VI.
La distancia occidental
El
arte se adormece en el gran museo, en las galerías
de exquisita preparación. Las obras son respetadas,
protegidas. Cualquier visitante puede observarlas con serenidad
y comodidad. Pero los brazos ansiosos de las obras quieren
propagarse con fragancias y pigmentos nuevos, para recrear
al hombre, y soplar un nuevo aire en el pulmón de las
cosas. Mas los brazos del arte se estrellan en las paredes.
El arte languidece encerrado en un jardín de belleza
pulcra. No puede salir afuera. Hacia la vida.
Algún martillo decidido deberá entonces demoler
las paredes, los muros rectangulares. Para que el arte y la
vida se reencuentren es necesaria alguna voluntad osada que
avance al frente, en la vanguardia, para golpear el muro,
el límite, la muralla fría que encierra al
arte en la ilusión de un pequeño orden bello. El que
avanza sin dudas, con el martillo descargándose sobre
el muro, es Breton.
Breton destruyó el museo, la galería, el límite;
pero, a diferencia de los dadaístas, también
construyó, desde la teoría, un nuevo camino
para el arte. El pensador francés le dio existencia
al surrealismo mediante un manifiesto fundacional de 1924.
El surrealismo, antes que una práctica artística,
era primero una ambiciosa cosmovisión, no sólo
un lenguaje estético. El surrealismo era pretensión
de regreso al origen, a una escena paradisíaca, donde
un espíritu, aún inocente, puede escuchar y
ver, y expresar la realidad que es más allá
incluso de nuestra conciencia (36). En el origen, la realidad
es directa creación de una fuente inconsciente, acaso
divina. El hombre también es invención de esa
fuente. En el origen, en el principio, lo real es plena actividad
creadora. La única manera de experimentar y conocer
esa realidad primaria es mediante el acto creativo. Una realidad
viva y creadora sólo puede ser expresada por un
arte creador. Pero la realidad, luego, es absorbida por el
tiempo histórico y humano, y se enfría, se aquieta.
Lo real como fuente creadora es sustituido entonces por una
cultura que, luego de una inicial creatividad, se repite y
agota.
Frente
a la pérdida que una cultura (y específicamente
la cultura moderna occidental) experimenta respecto a lo real
como fuente creadora, lo revolucionario es la rebeldía
surrealista. Actitud rebelde que impulsó a Octavio
Paz, compañero de ruta de Breton y los surrealistas, a decir:
"el surrealismo es revolucionario porque es una vuelta
al principio del principio" (37). En el arte surrealista
se regresa a la fuente, el origen, a la vida creadora que
sólo perdura como inconciencia. Se regresa allí
por la poesía, la pintura o el cine. La palabra poética,
en especial, es la que restablece la comunidad entre el hombre
y la misteriosa y primaria realidad creadora.
Lo inconsciente es fuente, principio, manantial. Su expresión
se plasmó en el surrealismo mediante la escritura automática.
Lo surreal se autodefine como "automatismo psíquico
puro", como un directo expresar el profundo mundo inconsciente
del psiquismo. Una mano que escribe con rapidez sobre una
hoja en blanco, sin corregir, sin pensar ni dominar lo escrito,
será el medio ya no de un escribir, sino de un escribirse
de lo inconsciente creador (38). Aquí, se vislumbra
una primera coincidencia entre la práctica artística
occidental y el arte japonés zen: "más
allá de su dudoso valor como método de creación,
la escritura automática puede compararse a los ejercicios
espirituales de los místicos y, sobre todo, a las prácticas
del budismo zen. Se trata de llegar a un estado paradójico
de pasividad activa, en el que 'yo pienso' es sustituido
por un misterioso 'se piensa' " (39). Para el Occidente
surreal y el Oriente zen, la eficaz expresión de lo
inconsciente exige la anulación del yo. El ego es pequeño,
es lo finito; es una hoja dentro de la profusión vegetal
del bosque. Ser solo yo, es ser solo pequeñez, que inhibe
la experiencia de la totalidad. Lo pequeño debe disolverse
en lo grande para que el todo poderoso aflore.
El hombre proyecta sus propias representaciones en el telón
de fondo de lo real. Su cerebro genera imágenes particulares
con las que pretende aprehender el todo (40). Frente a esto,
la experiencia que recupera lo inconsciente es un despertar
que Enrich Fromm llamaba "desrepresión" (41).
Durante la entrega al inconciente se suspenden el enfrentamiento
entre el sujeto y el objeto, entre el yo y el mundo.
La totalidad inconsciente habla mediante la poesía.
En el cielo surrealista no se renuncia a la palabra. El surrealista
deja que el lenguaje diga. La escritura, que se escribe
desde la ebullición inconsciente en el surrealismo,
sería tal vez una "de las últimas consecuencias
del principio romántico de la inspiración"
(42). Aquí emerge una diferencia sustantiva con
el Oriente búdico que destruye la ilusión del
yo "no en beneficio del lenguaje sino del silencio"
(43).
La
expresividad automática del inconsciente en el surrealismo
abrió la senda a otras formas de una expresividad espontaneísta.
El action paiting (en expresión de Harold Rosenberg)
de Jackson Pollock fue un ejemplo emblemático. La
pintura de la acción aspiraba a un "simplemente
pintar", a la espontánea expresión de una potencialidad
creadora. El cuerpo, sus gestos, sus movimientos, era el instrumento
para aquella manifestación. Pollock desplegaba sus
lienzos al aire libre, sobre la tierra, para luego caminar
en su entorno, y devenir con el pincel y el color sin
ningún plan o idea de representación preestablecida.
El viento soplaba libre y espontáneo. La luz solar
simplemente descendía en trenzas de resplandor dorado.
Y Pollock simplemente arrojaba su pintura. Y en el lienzo,
antes desnudo en su blancura, ahora habitaban tormentas de
puntos coloreados, o selvas de irregulares líneas entrecruzadas.
Una obra informal, sin forma reconocible, abstracta. En el
coloreado espontáneo el artista participaba de un proceso
que no comprendía plenamente.
La
obra abstracta nace a través del libre movimiento corporal,
de los gestos y movimientos del pintor. El expresionismo abstracto
en Pollock no era un rechazo puro de la figuración.
Era la condición para el libre acto de pintar. La atención
estaba esencialmente en el proceso de la creación,
no en la generación de una obra pulcra y acabada. Lo
esencial en el proceso de la pintura es que se hace a sí
misma: o más exactamente: se hace desde una potencialidad
inconsciente que reclama una libertad sin obstáculos
para la expresión de sus posibilidades. Pero, antes
de Pollock, mediante Mark Tobey, y también en cierta
medida por medio de Willen de Kooning (44), el informalismo
trazó sus primeros balbuceos.
Tobey
fue también un primer vaso comunicante con la influencia
pictórica zen. En 1934 viajó al Oriente. Comenzó
entonces a desarrollar "una pintura caligráfica
inspirada en el arte japonés " (45). Se adhirió
luego a una rama del budismo zen y plasmó su Radiación
ciudadana, en 1944, en la que la superficie pictórica
se colma con un irregular tejido de líneas entrecruzadas.
La
influencia del vigoroso trazo caligráfico de cuño oriental
afloró también en la pintura de Franz Kline,
como en su Horizontal Rust (1960). En California, el
emigrado ruso Mark Rothko acusó también el impacto
del Extremo Oriente. Rothko se liberó de todo condicionamiento
intelectual. Y, en grandes telas, pintó nubes suspendidas
sobre colores homogéneos despojados de toda figuración.
Estas imágenes exigen un acto de activa contemplación
por parte del espectador, como por ejemplo Marrón
y negro sobre plomo.
En
el fauve Raoul Dufy, en sus pinturas de botes en las costas
del sur de Francia, se sugiere la presencia de personas y
objetos mediante delicados y libres trazos que recuerdan la
espontaneidad de la pintura zen. En el alemán Hans
Hartung, en su famoso H-30, una figura estilizada y
sutil es rodeada por un espacio vacío y oscuro. El
objeto, como forma gráfica, vive suspendido dentro
de un vacío del que parece emanar como signo visible
de un trasfondo invisible. Los pintores de acción,
o en un artista de la graficación en lo vacío
como Hartung, delatan explícita o subrepticiamente
la influencia del arte zen ya que "Gillo Dorfles se ha
referido a algunos temas característicos de la nueva
pintura como los de vacuidad, indeterminación, simplicidad,
asimetría, o velocidad de expresión, como algo
demasiado lejos del pensamiento occidental mientras presiden
buena parte del arte influido por el zen" (46). Y Dorfles
también destaca la proximidad de la pintura sumiye
con las nuevas formas de creación, del arte informal
y la abstracción pictórica. Estas analogías
explican también la influencia ejercida desde dentro
por algunos artistas japoneses que se trasladaron a Occidente.
Tal es el caso de Jiri Yoshihara y su grupo Gutai, fundado
en 1950 (47).
VII.
Romanticismo, zen y las formas de la fusión.
Es 1842. El Ariel, un barco de muchas batallas entre las olas,
abandona el puerto de Harwich. En alta mar, túnicas
borrascosas cubren el cielo. El viento golpea amenazantes
tambores. El océano se quiebra en un caos de espumas.
El Ariel tiembla dentro de la tempestad. Los marinos creen
que la muerte se acerca.
Y, en la cubierta, un pintor contempla la orquesta rabiosa
de los elementos. Se asombra. Y ve algo que se mueve dentro
de las olas. Lo que se mueve en el movimiento visible es algo
procedente del espíritu mismo de la naturaleza. Eso
es lo que el artista quiere experimentar. Le pide entonces
a los marinos que lo aten al mástil para experimentar,
para absorber una imagen que recoja el movimiento que hierve
en el mar y la tormenta. Pero es mucha la ira. El pintor cree
que no tendrá oportunidad de plasmar la imagen del
movimiento invisible en alguna tela. Cree que morirá.
Pero el barco sobrevive. La tempestad calla. El mar recobra
su rostro amable. La pintura será...
Turner luego pintó su imagen en su cuadro Tormenta
de nieve, un vapor antes de entrar al puerto da señales
en un paraje vadoso y avanza con sonda. El artista inglés
no pintó el recuerdo de la tormenta, sino la tormenta
que fue. El pintor encadenado al mástil se convirtió
en lo observado. Se fundió con la tempestad marina.
La fusión de Turner con el motivo a pintar puede recordarnos
al pintor japonés obsesionado por el deseo de pintar
con excelencia un dragón. El artista del Oriente aprendió
a convertirse en lo otro, en la criatura de fuego; y sólo
así pintó un convincente dragón.
Pero
la fusión de Turner con la tempestad en alta mar es
una situación aislada. El pintor romántico pintará
una naturaleza perdida, trágicamente distante; aunque siempre
sueñe nostálgicamente con refundirse con el mundo natural.
"El monje contemplando el mar", de Caspar David
Friedrich, expresa de manera arquetípica, la lejanía
y no la fusión con la naturaleza. Un cielo de brumosas
y opresivas tonalidades se suspende sobre un mar oscuro y
una angosta playa. Allí, una diminuta figura se desplaza.
Es un monje. Que contempla la vastedad. Quizá contempla
el paisaje fascinado, pero, a su vez, siente en su piel las
mordeduras de un angustiante espasmo ante la inconmensurable
e inquietante grandeza de la naturaleza. El hombre es pequeño.
Y lo pequeño no puede expandirse hacia lo grande e
infinito. El hombre puede contemplar lo inmenso. Pero su visión
no es un fundirse con el paisaje sino un contemplar el lugar
escindido desde el cual el sujeto moderno observa la naturaleza.
El artista, así, contempla y pinta su desposesión,
no su integración con el movimiento natural; al decir
de Rafael Argullol: "tras la gran aventura del Renacimiento
y de las luces, vencido Dios por la razón, ahora el
hombre percibe una nueva angustia más desmesurada y
más titánica que la medieval, pues él
mismo, con su audacia y su temeridad, se la ha procurado"
(48).
Para el hombre ilustrado del siglo XIX, la naturaleza es el
espacio físico sólo ordenable y cognoscible
desde una razón analítica y una mathesis
universalis. La naturaleza se convirtió en objeto-máquina,
en una exterioridad material, distinta e inferior al pensamiento
racional. El sujeto se concibió como distinto y superior
a la naturaleza muda, material e inferior. La conciencia romántica
adviertió el costo de este proceso. El sujeto podrá
dominar (o pretender dominar) al objeto, a la naturaleza,
pero ya no podrá sentirse como en casa en ella. Será
siempre un invasor, un usurpador. La naturaleza será
así lo otro y distante donde el hombre avanza.
Como un extraño con sus aires de conquista.
La
pintura romántica del paisaje pintó este trágico
alejamiento entre el hombre y el universo natural. Pero en
el romántico latió una desgarradora nostalgia
por la unidad perdida, un respeto poético por la alteridad
y la superioridad de la naturaleza (49). Este proceso del
hombre escindido, despojado de la feliz integración
con un mundo abierto, se prefiguraba en Giovanni Batista Piranesi
(50), en sus Cárceles imaginarias (1750) o en El
artista conmovido por la grandeza de los Fragmentos antiguos
de Henry Fussli, Fuseli (51). Estamos ante la pérdida
de la unión con la naturaleza. Que se plasmó
también en el pincel romántico obsesionado por
las ruinas de las antiguas civilizaciones mediterráneas,
de las iglesias góticas, o castillos medievales (52).
Lo ruinoso era otro medio para insinuar la intervención
trágica de la temporalidad en el desvanecimiento de
la naturaleza paradisíaca de la edad de oro. En el
inicio del tiempo, en el esplendor paradisíaco, el
hombre vivía con la naturaleza y gozaba con
su belleza. Pero el error humano y la avalancha incontenible
del tiempo arrebata los paraísos, oculta en la distancia
las entradas a cuevas con los viejos tesoros, despedaza la
juventud y el cetro radiante de las civilizaciones.
Esta radicalizada conciencia de la pérdida de la naturaleza,
y el látigo inapelable del tiempo, se diferencia de
la filosofía que subyace a la pintura oriental de paisajes.
En las pinturas de numerosos pintores chinos o japoneses,
el hombre siempre celebra su vivir dentro de la inmensidad
natural. El sujeto oriental no contempla la vastedad con la
angustia de estar ante una grandiosidad extraña e inalcanzable.
El pintor oriental se une emocionalmente con el paisaje que
emana del pincel; y, en el caso de la pintura de estirpe zen,
el pintor, como observamos, es guiado por la espontaneidad
natural del inconsciente.
El
artista, y el hombre oriental en general, viven dentro del
espacio de la naturaleza. Y cuando el hombre luce pequeño
en el paisaje no será porque una naturaleza mancillada
regresa para socavar y aplastar la soberbia humana. El contraste
entre la inmensidad natural y la pequeñez del hombre es una
forma de subrayar la fascinación de vivir dentro de
los superiores poderes naturales. Algo de este tenor podemos
encontrar en un grabado de Hokusai donde un gran árbol se
yergue seguro y majestuoso. Su grueso tronco insinúa
fortaleza, el vigor de la vida vegetal y también la
riqueza de su historia, sus largos años, de lento y silencioso
crecimiento. Un cielo azul brilla detrás. En el horizonte,
se erizan lejanos picos nevados. Y, a los pies del árbol,
se alzan unos campesinos que miran absortos y respetuosos
al gran ser de ramas, raíces y madera. Y los hombres
alzan sus brazos, como si desearan abrazar al árbol,
en un gesto de calidez que habla de veneración y hermandad
entre el hombre y la naturaleza. En la pintura del estilo
ch'an, Pescador y leñador, de Sesshu, las figuras
humanas son apenas esbozadas con un delgado trazo de tinta
sobre papel. Fiel a la pintura zen arquetípica, lo
que prevalece es el vacío circundante. Aquí,
se manifiesta otro ejemplo de desigualdad espacial entre la
amplitud natural y la presencia humana. Pero la desproporción,
como en la obra antes mencionada de Hokusai, no busca apabullar
o subrayar la inferioridad y el extravío humano en
una realidad no comprendida ni dominada. Por el contrario,
aquí, la pequeñez del pescador y el leñador
es expresión del aflorar del ser humano, como todo
lo demás, desde la vacuidad, desde un vacío
primario del ser que ya no es un trasfondo de abrumador
pathos trágico, sino un inefable y no representable manantial
creador.
Entre la pintura romántica de paisaje y el arte pictórico
oriental existe otra coincidencia formal que es, a la vez,
una diferencia sustantiva: la apelación a estados brumosos
y a figuras veladas. En ambas tradiciones, las brumas sugieren,
insinúan, denotan. Pero es distinto lo insinuado.
Lo
semioscuro, brumoso y confuso posee mayor poder expresivo
que lo lineal y transparente. El gran teórico inglés
de la estética del siglo XVIII, Edmund Burke, en su
conocido tratado sobre lo bello y lo sublime, manifiesta que
"en la naturaleza las imágenes sombrías,
confusas e inciertas tiene un mayor poder para suscitar en
la imaginación las grandes pasiones que aquellas que
son claras y límpidas" (53). Lo confuso y velado nutre
una recepción imaginativa de la naturaleza, lo que
coincide con la práctica romántica de imaginar
para revelar lo real, y eludir así toda mera
imitación de lo visible. Revelar es trascender la apariencia
dada de las cosas por lo que la forma inmediata debe ser alterada
y superada por la desfiguración propia de lo brumoso.
Así, Caspar David Friedrich aseguraba que: "un
paisaje desarrollado en la bruma parece más vasto,
más sublime... El ojo y la imaginación se siente generalmente
más atraído por lo vaporoso y lo lejano que por lo
que se ofrece próximo y claro a la mirada" (54).
En
Niebla matinal en la montaña, obra de 1807 de Friedrich,
las brumas se expanden sobre el cuerpo de la naturaleza. En
su clásica obra Viajero sobre el mar de nubes,
un hombre vestido de negro, se muestra en el centro de la
imagen, de espaldas. Sobre un oscuro peñasco, contempla la
blanca extensión brumosa que oculta la visión
directa de la naturaleza. Lo real sólo emerge en lo
que se desvanece, en lo que se difumina. Turner será
el maestro de la difuminación o desvanecimiento. Turner
difuminaba en alto grado las formas naturales. Turner "tiende
a crear un mundo imaginario, es decir, más real desde
un punto de vista romántico, en el que se refleje la
verdadera relación entre el hombre y la naturaleza"
(55). El mundo pintado ya no es el de la impresión
inmediata. Lo real aparente es una corteza encantadora y superficial.
El ojo romántico penetra en la forma mediante la desfiguración,
la difuminación. Numerosos son los ejemplos del paisaje
difuminado turneriano: Yate aproximándose sobre
la costa (1835-1849); el ya mencionado Tormenta de
nieve... (1842); también, a pesar de sus trazos
algo más nítidos, su conocido El barco de
guerra Teneraire es transportado a su último ancladero
para ser desmantelado (1838); Procesión de botes
con humo en la lejanía (1845); y sin duda el célebre
lienzo Lluvia, vapor, velocidad, donde Turner consiguió
magistralmente su efecto de difuminación.
Los estudios cromáticos de Turner son numerosas
acuarelas donde el color parece independizarse de la forma.
El color ya no es un atributo de las cosas sino la expresión
del espacio mismo y de lo que existe en él. En su Trama
de colores (1819), un ejemplo de este tipo de pintura,
Turner pintó varias franjas horizontales de diversos
colores que tanto se pueden interpretar como una playa (franja
rosada y amarilla) a la que luego le sigue el mar (franja
azulada), y el cielo (expresado como una franja celeste claro
rematada con tonos oscuros); o bien, por el contrario, puede
interpretarse que se está sobre una lomada desde la
que se contempla un valle coronado por unas montañas en el
horizonte. La obra se torna indeterminada, indefinida. Lo
indefinido es una noción afín a lo asimétrico,
lo que recuerda el conocido carácter asimétrico
de las pinturas o la arquitectura japonesas. La indefinición
e imprecisión adquieren preeminencia en el pintor inglés,
pero en esto "no hay que ver ningún defecto, sino
que se trata de la expresión adecuada de la insondabilidad
del mundo" (56). La evaporación del trazo definido
y nítido en Turner se expresó también
en Bote en el mar (1835). Aquí, el artista británico
pintó un mar y un cielo homogéneos, que sólo
se diferencian por una pequeña variación de
una tonalidad ocre. Cielo y mar están vacíos,
salvo por dos pequeñas imágenes en el centro, dos botes,
uno rojo y otro negro, que proyectan sus sombras en el agua.
Sus formas nacen de un trazo que evita precisiones o detalles.
Las embarcaciones se sugieren por una mínima figuración.
Ambos botes indefinidos parecen emanar del vasto espacio de
cielo y mar vacíos que lo rodean. Los pequeños botes
que brotan de la vacuidad circundante parecen vivos, animados,
preñados de una vitalidad intensa. Es una imagen que hace
recordar a Pescador y leñador de Sesshu; allí,
dos hombres en el centro palpitan animados por mínimos
y vivos trazos negros y son rodeados por un paisaje velado,
difuminado, que insinúa la desmaterialización
del espacio o, quizá, la sutil emergencia de las formas
desde un velo vacío que todo lo envuelve.
Sin
embargo, la pintura romántica en Turner es la sugerencia
del enigma extraño y distante de lo real. Los paisajes brumosos
y con mínimos trazos del arte oriental son también
la sugerencia del misterio. Pero lo misterioso aquí
no es el enigma impenetrable de un ser absoluto, distante
y no visible. Por el contrario, en la pintura oriental lo
velado oculta pero sin aniquilar la posibilidad del encuentro
entre lo humano y la fuerza vacía y creadora desde
la que todo emerge.
En el indefinido paisaje romántico el centro de la
naturaleza es ausencia que se aleja. En Oriente, lo velado
es vida absoluta. Que se acerca.
Y está a punto de revelarse.
VIII.
Cage, el sonido y la atención al pequeño rumor
En la sala de conciertos saltan las notas desde los instrumentos
hacia el público. Los oídos, con respeto y deleite,
escuchan lo que su educación les ha enseñado que es
la música en su expresión más excelsa:
la sinfonía, los pentagramas de pulcras notaciones,
el escenario animado por la orquesta compuesta por eximios
músicos profesionales.
Y
resuena la gran música, que no percibe una lluvia que,
afuera, se precipita intensamente sobre las calles; y que
entrega su sonido.
Y
un hombre habla con otro. Y también entrega su sonido.
Y un pájaro bate sus alas; los automóviles se deslizan
sobre las superficies mojadas, y cruje el pedal de una humilde
bicicleta que se desplaza sobre una vereda.
Y
todo entrega su sonido.
Y ningún sonido se desperdicia. Ninguna sonoridad pasa
sin antes resonar dentro de una sinfonía general, que
rompe las paredes de la música del concierto.
Y en todos los sitios brota como lava de un activo volcán
los sonidos. Los sonidos audibles, y otros que son silencio.
Pero que también pueden ser escuchados.
Los
sonidos emanan de todas las cosas que se chocan o encuentran.
Y todos los sonidos por igual son música. Que es digna
de ser escuchada, percibida, atendida. Así lo afirmó
John Cage, el máximo agitador cultural de la escena
norteamericana, el pregonero de la música indeterminada,
una apertura a la sonoridad completa del mundo. Cage abandonó
el mundo de unos pocos sonidos relevantes para luego habitar
el universo de los infinitas sonoridades. En esta ampliación
de la percepción sonora fue fundamental la influencia
del zen. El vínculo de Cage con el zen nació
de sus encuentros con Suzuki en la Universidad de Columbia.
"Una de las postulaciones del zen que Cage encuentra
totalmente acorde con sus propias ideas es que debemos aceptar
la totalidad de nuestra realidad perceptual; la música
que nos rodea todo el tiempo" (57). La totalidad involucra
también lo azaroso, lo aleatorio, lo casual. Cage apeló
a métodos que provocaban la manifestación de
lo azaroso y su poder creativo. En ocasiones, marcaba las
diversas imperfecciones que pueden hallarse en una hoja de
papel, como agujeros, manchas, decoloraciones. Luego yuxtaponía
una hoja trasparente sobre la hoja marcada. Las marcas eran
así recogidas y trasladadas después a un pentagrama
donde se transformaban en notas de composición.
Cage también componía mediante el método
de tirar dados y revolear monedas que obtuvo del I ching,
o Libro de los cambios, uno de los textos más antiguos
y fundamentales de la filosofía china. Asimismo, su
obra Winter music (1957) fue el resultado de una partitura
consistente en cúmulos de notas distribuidas de manera
irregular en veinte páginas de papel pentagramado.
Esta partitura no exigía una lectura única;
por el contrario, los músicos podían leerla
de manera discontinua, combinando diversas agrupaciones de
notas. También la duración de las ejecuciones
era indeterminada. La ejecución implicaba así un azar
inducido.
En los últimos años de la década del treinta
Cage inventó su famoso "piano preparado"
que consistía en agregar al encordado del instrumento
bulones, tuercas, tornillos, pedazos de goma. Este piano transformado
podía así entregar una nueva e inesperada gama
de combinaciones sonoras.
En muchos conciertos de Cage, los ejecutantes alternaban la
producción de sonidos con largos periodos de silencio,
y la obtención de sonidos concretos mediante el pellizcar
las cuerdas del piano y sus costados. A lo que se le agregaba
la sintonización en una radio de alguna onda al azar.
La música ya no es sonoridad intencional, sino un torrente
azaroso de sonidos. Todo sonido es así música.
Y el silencio es alta musicalidad como lo testimonia 4'
33'', la pieza quizá más célebre
de Cage. En su primera ejecución, el pianista David
Tudor se dispuso frente al piano. En silencio. La única acción
consistió en mover las manos en tres ocasiones. Todos
los sonidos, incluso el silencio, son componentes válidos
de una experiencia ampliada de una música, que ya no
reproduce la vida, sino que la expresa en su libre fluir.
El
aprendizaje musical no es ya la formación académica
del Conservatorio sino la desnudez desprejuiciada del oído que
percibe todos los sonidos que borbotean en el tejido completo
de lo real. El punto culminante de esta apertura a la audición
de la música completa del mundo es el callar. Un no
hacer que es una activa receptividad. El atento callar de
la música preconcebida ante la musicalidad del todo.
De ahí que Cage manifestaba: "la música
que prefiero aún más que la mía, o que la de
cualquiera otra compuesta por alguien, es la que escuchamos
cuando nos callamos" (58).
En su práctica de la vanguardia, en su condición
de "profeta de la desorganización musical",
y "gran sacerdote de lo casual", Cage exhibió
una "dialéctica zen perfectamente ortodoxa"
(59).
Cage expuso la acción que quiebra el letargo de la
percepción e instaura la atención ante la riqueza
sonora de la existencia. Pero...
IX.
Es un largo respiro la distancia...
...
es un largo respiro la distancia entre Occidente y lo percibido
en Oriente.
La filosofía y el arte occidentales pueden pregonar
la realidad superior de lo irracional, lo silencioso, lo vacío,
lo no pensable y ausente. Pero la mente occidental no supera
la paradoja de convertir lo indefinible en un nuevo nivel
de la definición. El zen, y sus manifestaciones artísticas,
restituyen el espontáneo frescor de una realidad indefinible.
El zen descubre el manantial de aguas no traducibles en palabras.
Todo su anhelo es no interrumpir la corriente de la existencia
mediante ninguna definición. En varias oportunidades,
la cultura occidental arribó a una aprehensión
de lo real como dinámica indefinible. Lo sublime en
la estética de Burke o Kant, el paisaje deformado turneriano,
lo dionisíaco nietzscheano o el objeto ausente mallarmeniano,
denotan la intuición de un nivel primario del mundo
ajeno a toda forma ordenada. La ciencia contemporánea
también, mediante Heisenberg y los caminos cuánticos,
descubrió lo indeterminado imprevisible como raíz
del movimiento en el plano microscópico de la materia.
Wittgenstein suspendía la palabra ante aquello sobre
lo que no se puede hablar (60); Heidegger reservaba para el
ser un carácter siempre oculto, por lo que el ser nunca
se congela o cristaliza en un sentido último. Foucault
postulaba siempre una esfera de lo otro, del afuera (61).
Diversos senderos en la cultura moderna, como ya señalamos
antes, por los que lo indefinible resplandece como la arteria
más subterránea de lo real.
El carácter abierto, indeterminado y no concluido de
las creaciones de Pollock, o del arte cinético, son
una forma de sugerir el movimiento de lo real y lo indefinible
y dinámico del mundo.
Sin embargo, los saltos occidentales desde la filosofía,
la ciencia o el arte, hacia el ser indeterminado e indefinible
no disuelven la necesidad más desesperada de la mente
occidental: el imperativo de ordenar aun no lo ordenable.
Las presuntuosas cumbres de nuestro saber no renuncian a definir
una realidad indefinible. Umberto Eco suscribe la necesidad
occidental de vivir en un paradójico mundo de lo indefinible
definido, dado que, aunque se celebre lo mudable e inexpresable,
no se renuncia a definir la realidad "nuevamente a través
de las leyes provisionales de la probabilidad, estadística,
porque el orden y la inteligencia que distingue constituye
su vocación" (62).
Los estallidos zen de Cage o del arte informal chocan así
con la rígida vocación definidora Occidental.
El camino oriental para la salida de lo definible se convierte
en Occidente en la elección de un nuevo método
de explicación filosófica o de salvación
espiritual. Kerouak, en El camino del dharma, creyó
que la salida de lo real limitado y definido hacia una realidad
libre y vivaz puede encontrarse al deambular por el bosque
y al sentir que "todo es bueno para siempre, y para siempre
y para siempre", y que "si pudiera comprender, si
pudiera olvidarme de mí mismo y dedicar mis meditaciones
a la liberación, a la conciencia y a la beatitud de
todas las criaturas vivas, comprendería que todo lo
que es es éxtasis" (63). Es el deseo del éxtasis
antes que la real apertura a una realidad no definible ni
comprensible por la lógica. Pero este deseo de lo extático
no asegura, porque nada puede hacerlo, la posibilidad efectiva
y espontánea del éxtasis. El anhelo de éxtasis
es nueva manera definir la realidad buena, querida, ideal.
El deseo de lo extático es otra expresión de
la vocación definidora occidental.
Además,
a pesar de sus condiciones de moda cultural en ciertos momentos,
el zen en Occidente es alimento para una minoría. Situación
distinta a una tradición nacional, como es el caso
del zenismo en Japón.
Entre la bendición del satori en Oriente, y
la avidez trascendente en Occidente, late la fría distancia.
En Oriente, el absoluto sin nombres es, en su misterio, una
brisa cercana. En Occidente, ya sea alguna cima del arte romántico,
o un arte que gozosamente acepta su estirpe zen, la realidad
como río ajeno a las definiciones se desvanece en una
orilla perdida.
Y
los pájaros del Oeste vuelan.
Pero
sin encontrar las ramas del gran árbol.
Mientras
tanto, llueve.
Los
pájaros del Este vuelan dentro de la lluvia.
Citas:
(1)
Daiset Suzuki, Budismo zen, ed. Troquel, p.27.
(2)
El término talidad surge de la traducción al
español del termino suchness procedente de versiones
inglesas de textos búdicos. El suchness no tiene
un estricto equivalente en castellano y su traducción
literal sería such, -tal; ness,-idad. La teoría
mahayanista del no-ego, vinculada con la talidad, al adquirir
un tinte religioso, se convierte en la noción de dharmakaya.
(3)
Sobre Nagarjuna, puede consultarse El budismo nihilista,
Buenos Aires, editorial Eudeba, del gran y casi olvidado hinduista
argentino Vicente Fatone; y también: Nihilismo budista.
La doctrina de la vaciedad, México, Premi editora,
con varios textos de Nagarjuna traducidos por otros grandes
hinduistas sudamericanos: Fernando Tola y Carmen Dragonetti.
(4)
D. Suzuki, Budismo zen, op.cit., p.30.
(5)
Ibid., p.42.
(6)
Ibid., p.45.
(7)
En el Bhágavad Gita, incluido en el Mahabarata,
Krsna, encarnación del dios Visnú, se presenta
ante el príncipe Arjuna, y le revela una sabiduría
trascendente, uno de cuyos contenidos fundamentales es la
doctrina de la acción desinteresada basada en la liberación
del apego entendido como principal fuente del deseo como forma
de sufrimiento, pasión violenta y pérdida de
autocontrol. Así manifiesta: "Contemplando los
objetos sensibles internamente, analizándolos y meditando
sobre ellos, creamos el apego a los objetos; del apego viene
el deseo, la furia, la pasión violenta; de la pasión
violenta, el aturdimiento, la confusión; del aturdimiento,
la pérdida de la memoria y del autodominio consciente;
de esta turbación o ruina del autocontrol viene la
desaparición del entendimiento intuitivo; y de la ruina
del entendimiento intuitivo viene la ruina del hombre mismo".
Citado en Heinrich Zimmer, Filosofías de la India,
Buenos Aires, EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires),
1965, p. 318.
(8) D. Suzuki, El budismo zen,
op.cit., p.46.
(9)
D. Suzuki, Introducción al budismo zen, Buenos
Aires, ed. Kier, p.168.
(10)
Ibid., p.129.
(11)
Ibid.
(12)
Las obras fundamentales que contienen tradicionales koans
son el Shoyoroku, el Mumonkwan, el Kwainkokugo.
Existe una clase de escrito zen llamado Goroku ("dichos
y diálogos"), que recogen los gorokus que
legaron por los grandes maestros y, que constituyen la literatura
zen. Los koans también pueden ser criticados
poéticamente. Ejemplos de esta última modalidad
literaria zen son el Hekigan-shu o el Shoyo-Roku.
(13)
Sobre el poder de la experiencia de escuchar un solo sonido,
Suzuki escribe en Introducción al budismo zen,
op.cit : "Mientras la mente no esté libre como
para percibir un sonido producido por una mano, está
limitada y dividida contra sí. En vez de captar la
clave de los secretos de la creación, la mente está
desamparadamente sepultada en la relatividad de las cosas
y, por lo tanto, en su superficialidad. Hasta que la mente
esté libre de las cadenas, jamás llega el tiempo
de que contemple todo el mundo sin monto alguno de satisfacción.
El sonido de una mano como hecho en sí alcanza el cielo
más excelso al igual que el más bajo infierno,
así como el propio rostro original observa por encima
del campo entero de la creación incluso hasta el fin
del tiempo. Hakuin y el Sexto Patriarca están sobre
la misma plataforma con sus manos mutuamente unidas".
(14)
Sobre la práctica Sesshin, y el sanzen o
el presentar las opiniones de los monjes respecto a las opiniones,
puede consultarse el capítulo "La sala de meditación
y la vida monástica", en Introducción
al budismo zen, op.cit., pp. 151-171.
(15)
Suzuki, Introducción al budismo zen, op.cit.,
pp.117-118.
(16)
Los kaons de Yengo fueron comentados por Seccho (Hsueh-ton).
El libro arrojado por Daiye a las llamas sobrevivió,
por lo que aún hoy es uno de los fundamentales tratados
del zen.
(17)
Suzuki, Introducción al budismo zen, op.cit.,
p.90.
(18)
D.Suzuki y Enrich Fromm, Budismo zen y psicoanálisis,
México, 1982, p.9.
(19)
Kano es una escuela
pictórica del final del siglo XVI y comienzos del XVII,
fundada por Kanu Eitoku.
(20)
D. Suzuki, Budismo zen, op.cit., p.106.
(21)
Ibid., p.84.
(22)
Ibid., p.99.
(23)
Suzuki relaciona la arquitectura budista con un ejemplo esencial
de lo asimetría. A este respecto observa: "La
asimetría ...es otro rasgo característico del
arte japonés. El ejemplo más claro y destacable
es la planificación de la arquitectura budista. Las
principales estructuras, como la puerta de entrada, el Salón
del Dharma, el Salón de Buda y otras, pueden estar
trazadas a lo largo de una línea recta, pero estructuras
de importancia secundaria o suplementarias, a veces incluso
algunas de mayor importancia, no aparecen simétricamente
ordenadas como alas a los lados del eje principal. Se las
puede encontrar irregularmente repartidas por el terreno en
concordancia con las peculiaridades tipográficas. Quien
tenga ocasión de visitar algunos de los templos budistas
diseminados por las montañas, por ejemplo el santuario
de Iyeyasu en Nikko, de inmediato quedará convencido
de ello. Podemos afirmar que la asimetría es una característica
esencial en este tipo de arquitectura japonesa" (en Suzuki,
Budismo zen, op.cit., p87).
(24)
D. Suzuki, Ensayos sobre budismo zen, Buenos Aires,
ed. Kier, p.361.
(25)
El sabi ("soledad, o " aislamiento")
es por un lado el encanto y vigor de una sencillez rústica
e imperfecta, pero también es un aura de antigüedad,
de un vivo pasado histórico que dimana un objeto de
arte. El jardín japonés también debe
poseer sabi que se expresa en el aspecto vetusto de
las rocas y troncos de árboles cubiertos de musgo,
y en la madera y la piedra desgastadas por el tiempo.
(26)
Osvaldo Svanascini, La pintura zen y otros ensayos sobre
arte japonés, Buenos Aires, ed. Kier, p.26.
(27)
Ibid., p.30.
(28)
Sobre el valor de las rocas en el jardín japonés
del estilo del "paisaje seco", y sobre el jardín
zen en general, puede consultarse "El jardín japonés",
en Francesco Fariello, La arquitectura de los jardines.
De la antigüedad al siglo XX, Madrid, Librería
Mairea, pp. 271-291.
(29)
O. Svanascini, La pintura zen.., op. cit., p.135.
(30)
Entre los más de cincuenta nombres de Hokusai se encuentran:
Katsu Shunro Gwa, Shunro Gwa, Katsushika Taito hitsu, Zen
Hokusai litsu hitsu, Hokusai aratame litsu hitsu, Gwakyojin
Hokusai hitsu, Sori Hokusai gwa, Zen Hokusai Manji, Shinsei
Hokusai, y muchos otros.
(31)
O. Svanascini, La pintura zen..., op.cit., p.63.
(32)
Nos referimos al ensayo "El sencillo resplandor de los
objetos. La ceremonia del té y el arte occidental".
Una obra clásica sobre la ceremonia del té o
chanoyu fue escrita por O. Kakuzo. Ver Okakuro Kakuzo,
El libro del té, ed. Leviatán.
(33)
Eugen Herrigel, El tiro del arco en el zen, Buenos
Aires, ed. Kier.
(34)
Sobre el arte de la espada en el zen, ver D. Suzuki, Budismo
zen, op.cit., pp 30-32. y Carmelo G. Ríos,
Ronin. El guerrero errante, Barcelona, ediciones
Obelisco.
(35)
Sobre el teatro Noh, y sobre su comunicación
con lo sagrado, Gabriel Sarando, investigador argentino de
esta ancestral expresión teatral japonesa, afirma:
" Ezra Pound acertó a definir al Noh como
un teatro "no-mimético". Aquí no se
busca imitar alguna acción humana - al estilo de la
mímesis praxeos del drama griego tardío
y de la tragedia isabelina- más bien se trata de evocar,
a través de una sutil coreografía que recuerda
el movimiento de los títeres, la acción de espíritus
sobrenaturales. Dioses, Fantasmas, Héroes o Demonios
que, aun habitados por pasiones humanas, no guardan con lo
humano más que una lejana similitud -indescifrable
a veces entre el vasto sistema de gestos simbólicos-;
una mano que se levanta sobre la frente, mientras el cuerpo
se contrae; una rápida caminata, algunas pisadas rítmicas
acompañadas por el canto gutural y profundo de un instrumento
viviente. Estos son los recursos de un teatro nacido de las
danzas de máscaras y la manipulación de marionetas
que, por partes en Asia - desde la India hasta Java e Indonesia,
China y Japón- ha sabido coexistir con la magia y la
música perpetuando experiencias del más lejano
pasado.", en Gabriel Sarando, Dioses, magos y marionetas,
Buenos Aires, Editorial Vinciguerra, 1996, p.15-16.
(36)
Sobre la relación entre surrealismo y el regreso al
paraíso adánico y edénico puede consultarse:
Julio Cortázar, "La teoría del túnel",
en Teoría crítica, v. 1, ed. Alfaguara.
(37)
Octavio Paz, La búsqueda del comienzo (escritos
sobre el surrealismo), Madrid, editorial Fundamentos,
p.59.
(38)
Respecto a la escritura automática, Breton expresa
sus condiciones en El primer manifiesto surrealista:
"Ordenad que os traigan recado de escribir, después
de haberos situado en un lugar que sea lo más propicio
posible a la concentración de vuestro espíritu,
al repliegue de vuestro espíritu sobre sí mismo.
Entrad en el estado mas pasivo, receptivo, de que seáis
capaces. Prescindid de vuestro genio, de vuestro talento,
y del genio y del talento de los demás. Decíos
hasta empaparos de ello que la literatura es uno de los más
tristes caminos que llevan a todas partes. Escribid deprisa,
sin temor preconcebido, escribid lo suficientemente deprisa
para no poder refrenaros, y para no tener la tentación
de leer lo escrito..", en El primer manifiesto surrealista,
en Las vanguardias artísticas del siglo XX,
Alianza, p. 337.
(39)
Octavio Paz, op.cit., p.37.
(40)
Enrich Fromm vincula este proceso con la "cerebración":
"...queda por mencionar otro aspecto que no conduce a
una deformación, sino a hacer que la experiencia sea
irreal por cerebración. Me refiero al hecho
de que creo que veo- pero sólo veo palabras;
creo que siento, pero sólo pienso sentimientos.
La persona que está en la caverna y que, como en la
alegoría de Platón, sólo ve sombras y
las confunde con la realidad inmediata. Este proceso de cerebración
se relaciona con la ambigüedad del lenguaje. Tan pronto como
he expresado algo en una palabra, se produce una enajenación,
y la experiencia plena ya ha sido sustituida por la palabra.
La experiencia plena existe sólo, en realidad, hasta
el momento en que es expresada por el lenguaje. Este proceso
general de cerebración está probablemente más
difundido y es más intenso en la cultura moderna que
en ningún otro momento de la historia" (en S.
Suzuki y E. Fromm, Budismo zen y psicoanálisis, op.cit.,
pp.118-119.
(41)
La desrepresión surge cuando se comprende que "el
descubrimiento del propio inconsciente no es...un acto intelectual,
sino una experiencia afectiva, que sólo difícilmente
puede traducirse en palabras, si acaso puede hacerse"
(en D. Suzuki y E. Fromm, op. cit., p.120).
(42)
Mario de Michelis, Las vanguardias artísticas del
siglo XX, Madrid, Alianza, p. 181.
(43)
Octavio Paz, op. cit., p.57.
(44)
Willem de Kooning (1904-1997), pintor holandés, se
inició como decorador y se integró luego a la
Academia de Artes Plásticas Wetenschappen. Siendo muy
joven, a los 22 años, se trasladó a Estados
Unidos y se estableció en Nueva York. Fue uno de los
iniciadores de la abstracción, aunque aún su
pintura observaba incrustaciones figurativas. Luego de la
Segunda Guerra Mundial se transformó en una de las
máximas personalidades de la action painting
norteamericana, junto a Jackson Pollock. Dentro de su universo
abstracto, la figura femenina es imaginada en tonos desgarradores
y es sometida a una salvaje violencia. Ejerció la docencia
en la Universidad de Yale y, en 1960, fue nombrado miembro
del Instituto Nacional de Artes y Letras de Washington.
(45)
Alfredo Aracil y Delfín Rodríguez, El siglo XX. Entre la
muerte del arte y el arte moderno, Madrid, Ediciones Istmo,
Colección Fundamentos 80, p.349.
(46)Ibid.,
p.365.
(47)
El movimiento artístico Gutai, liderado por Jiro Yoshihara
y Shozo Shimamoto, comenzó en 1955 a publicar Magazine
Gutai, órgano de difusión de sus ideas fuera de Japón.
Shimamoto escribiría: "queríamos decir
con Gutai que debíamos mostrarnos directa y concretamente.
No queríamos mostrar nuestros sentimientos indirecta
o abstractamente." Las "presentaciones directas"
de Gutai consistieron en diversos happenings. Shimamoto
creó un proyectil de óleo de colores dentro
de un tubo de acero y lo hizo estallar contra un lienzo. Kazuo
Shiraga, suspendido desde un techo, esparcía pintura
a los lienzos con sus pies. Saburo Murakami, en 1955, corrió
a través de 17 hojas de papel coloreadas hasta caer
exhausto.
(48)
Rafael Argullol, La atracción del abismo. Un
itinerario por el paisaje romántico., p.14.
(49)
Esta nostalgia de fusión con la naturaleza perdida
se relaciona también con la experiencia con una divinidad
que muchos románticos estimaban como creadora del universo
material. Turner dejó muchos escritos con anotaciones
sobre su obra o su vida interior. Muchos se han perdido, pero
algunos breves pensamientos aforísticos se han rescatado;
en uno de ellos el pintor inglés manifiesta: "Viajaré
sujeto a la misma tempestad que azota mi alma. Nada detendrá
mi anhelo de respirar el aliento de Dios" (citado en
Javier Cófreces, Alberto Muñoz, "El cuaderno
rescatado", en Venecia negra, Buenos Aires, Ediciones
en danza, p. 190). Se cree que este pensamiento turneriano
se vinculaba con su experiencia a bordo del Ariel durante
la famosa tormenta. El anhelo de respirar lo divino no significa
la posibilidad de senitr a un absoluto creador como realidad
cercana y efectivamente experimentada.
(50)
El arquitecto y grabador italiano Giovanni Battista Piranesi
nació el 4 de octubre de 1720 en Mogliano, próximo
a Mestre. Sus primeros veinte años transcurrieron en
Venecia. Parte esencial de su creación se relacionó
con las veduta,
una serie de grabados que consistía en la fiel representación
de lo urbano cotidiano. En estos grabados, vinculado con el
arte del aguafuerte, Piranesi plasmó su emoción
ante la Roma imperial. La serie Vedute di Roma llegó
a constar de 135 estampas realizadas durante 30 años,
hasta la muerte de Piranesi, en 1778, en Roma, ciudad en la
cual se había instalado. Con la difusión de
las Vistas de Roma, Piranesi transformó un género
de imágenes descriptivas en un poderoso medio evocador
de una Roma antigua definitivamente perdida y reducida a un
cúmulos de ruinas.
(51) Respecto a Fuseli, Argullol destaca: "El pintor
suizo Fuseli -italianización de Fussli-, escasamente
conocido en la actualidad, tuvo gran importancia en el desarrollo
de la sensibilidad romántica en el terreno de la pintura
y, sobre todo, del dibujo. Sus ilustraciones de Shakespeare,
Milton y Wieland marcan el camino de la posterior tradición
romántica en este camino, desde William Blake y Eugene
Delacroix hasta Joseph Anton Koch y Gustav Doré. El
mismo Edgar Allan Poe se ha referido al "terror intenso,
indescriptible que Fussli pinta en las telas". (En R.
Argullol, La atracción.., op.cit., p.29.
(52)
Algunas de las obras románticas de una realidad en
ruinas son Giovanni Paolo Pannini, Capricho de ruinas romanas;
Johann Christian Klengel, Ruinas del Templo de MInerva;
Templo de Minerva en Agrigento e Invierno de
Caspar David Friedrich; Karl Blechen, Iglesia gótica
en ruinas; Ernst Ferdinad Ochme, Ruinas de una iglesia
gótica; John Constable, Hadleigh castle.
(53)
Edmund Burke, "A philosophical enquiry into the origin
of our ideas of the sublime and beatiful", J. Dods-ley,
Londres, 1764, II, cap. IV, citado en R. Argullol,op.cit.,
p.110.
(54)
R. Argullol, op. cit., p.110.
(55)
Ibid., p.114.
(56)
H. Burke, Turner, Taschen ediciones, p.74.
(57)
Richard Kostenetz, Usa: revolución cultural?,
Buenos Aires, Rodolfo Alonso editor, 1972, p.187.
(58)
Ibid., p.177.
(59)
Umberto Eco, Obra abierta, Planeta-Agostini, 1992,
p.261.
(60)
L. Wittgenstein, Tractus logicos-Philosophicus, ed.
Alianza.
(61)
Michel Foucault, El pensamiento del Afuera, ed. Pre-textos.
(62)
Citado en Umberto Eco, op.cit., p.274.
(63)
Ibid. p.256-57.
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