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EL
CUERPO ILUSTRADO
Realidad
e imaginación en Ray Bradbury
Por
Esteban Ierardo
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Portada
de una versión inglesa de El hombre ilustrado,
de Ray
Bradbury
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El ensayo que sigue a continuación se concentra en primer
grado en El hombre ilustrado, una de las máximas obras de
Ray Bradbury. Pero su pretensión más amplia es entrever la
dinámica general de la imaginación de uno de los máximos
escritores del género fantástico. Por eso, a pesar de que nos
concentramos en los relatos del hombre tapizado por misteriosos
tatuajes, consumamos también relaciones con otros momentos
significativos de la vasta creación bradburiana, donde los viajes
espaciales, las escenas futuristas y los paisajes marcianos
son el contexto imaginativo donde se plasma un peculiar humanismo y
una religiosidad abierta al poder de las lejanías afiebradas de
estrellas.
E.I
EL
CUERPO ILUSTRADO
Realidad
e imaginación en Ray Bradbury
Por
Esteban Ierardo
I.
La tarde destila sudor. Un viajero solitario recorre el camino.
En el atardecer, quiere descansar. Comer. Leer. Pero entonces
llega otro viajero. Su cuerpo robusto recibe el abrazo ya lánguido
de la luz del ocaso. En sus cuarenta años, nunca gozó
de la seguridad de un trabajo permanente. Siempre vagó
entre breves labores en ferias y circos. Y el hombre nómada
se libera de su camisa. Su cuerpo brilla bajo un tejido de ilustraciones.
En su mano una rosa exhala una delicada fragancia. Unas gotas
de agua traslúcida serpentean en el extremo de los pétalos.
Pero la gota, su inminente caída, es una ilusión.
Sin embargo, las imágenes misteriosas son entradas, ventanas
al interior de las historias, que existen dentro de un cuerpo
ilustrado, donde las narraciones resplandecen. En el mar de
la piel...
II.
Bradbury es el hacedor de un intenso universo imaginativo. En
este ensayo nos concentraremos esencialmente en los relatos
de El hombre ilustrado (1951). Antes de bracear en el
universo de imágenes-relatos que pueblan la piel del
hombre ilustrado, nos aproximaremos a la concepción bradburiana
de la escritura literaria. Y, en el momento final de meditación
sobre algunos de los principales procesos de la imaginación
en Bradbury, y aun antes, delinearemos relaciones con momentos
de otras obras, e intentaremos una meditación filosófica
sobre una literatura de la proyección en el espacio.
En
su recopilación El zen en el arte de escribir
titilan numerosas señales de la concepción bradburiana
del arte (1). Bradbury concibe a la escritura como forma de
supervivencia. "No escribir, para muchos de nosotros, es
morir". Frente a los taladrantes horrores de la existencia
contemporánea (destilada por la polución masmediática
del entretenimiento superficial y el periodismo simplificador)
la creación es bálsamo. Un refugio activo. Escribir
es acción auténtica si la pluma danza libre de
las exigencias del mercado o de los "círculos de
vanguardia" que, subrepticiamente, demandan el sometimiento
a un supuesto patrón literario elevado.
El arte surge del inconciente, y los griegos personalizaron
su influjo inspirador bajo la figura femenina de las musas.
Identificación que Bradbury continúa: "lo
que para todos los demás es el inconciente, para el escritor
se convierte en la Musa " (2). El creador no sólo
recibe. También debe alimentar a la Musa. Nutrición
que es el "almacenamiento" de las experiencias personales,
y una "alimentación deliberada" que es la lectura.
La lectura se apropia de la linfa centelleante de la poesía,
ensayos o novelas de la llamada "alta cultura"; pero
también de los abanicos imaginativos de las "culturas
de masas", con sus comics o cine clase B. El escritor "bien
alimentado" volará entre nubes altas: "Un hombre
bien alimentado guarda y serenamente dará cauce a su
infinitesimal porción de eternidad" (3).
La alimentación que guía los blancos corceles
de la imaginación en Bradbury comienza, en 1932, a su
doce años. Entonces lo asombran el mundo futurista y
espacial de Buck Rogers, la novelística de Edgar Rice
Borroughs, el programa radial nocturno "El mago Chandu".
Y el Señor Eléctrico...un personaje de feria que
le anima en la mágica empresa "de intentar como
fuera vivir para siempre". Continuidad de la vida más
allá de la precaria brevedad humana, que es posible superar
mediante la inmortalidad sustitutiva de la textualidad literaria.
En 1942, tras una disciplina de elaboración de un cuento
por semana, entorna sus labios complacido ante su primer cuento
logrado: "El lago". Como percibió el romanticismo,
la infancia, o su evocación, es puente que persiste hacia
los mares más azulados y viscerales de la sensibilidad.
Waukegan, su ciudad natal, es la unión de un vivo "pasado
sensorial" que continúa en su vida adulta como camino
que" dice todo aquello que de alguna manera era verdad"
(4).
La literatura renuncia al descubrimiento de lo sorpresivo si
desmembra sus fibras imaginativas. Bradbury siempre buscó
brindar renovada elasticidad a la musculatura imaginativa de
su escritura, que se acomoda a un ejercicio de literatura fantástica.
Pero el autor de El hombre ilustrado repite la autocaracterización
de su literatura como "ciencia ficción", aunque
esta denominación en su vocabulario es muy amplia y trasciende
la imaginación ceñida a la anticipación
futurista, hasta el punto de incluir la potencialidad aún
no realizada del pensamiento filosófico: "cada filosofía
que no existe pero intenta existir es ciencia
ficción" (5). En su ensayo de 1980, "A hombros
de gigantes. Anoche en el Museo del Robot: el renacimiento de
la imaginación", Bradbury recuerda que la Fantasía
suele ser condenada por su aparente condición escapista.
Pero, frente a esto, los niños devienen maestros por
su celebración de la ciencia ficción y otras formas
de lo fantástico. Porque saben que "sin fantasía
no hay realidad". Y la acusación de libertad escapista
no comprende "la estrategia de Perseo", que anima
a la Fantasía. El héroe griego mata la Medusa
al desviar su mirada de los letales ojos del monstruo y ver
su imagen reflejada en el bruñido escudo que le entrega
Atenea. La literatura de desinhibido voltaje imaginativo puede
enfrentar los problemas culturales del presente, o las agonías
abismales y eternas del ser humano mediante lo oblicuo, a través
de su desplazamiento a escenarios aparentemente lejanos, o evadidos
de lo real inmediato. Así, "la ciencia ficción
es un intento de resolver problemas mientras se finge mirar
para otro lado" (6).
La visualidad es vivo cromatismo en las obras del autor de El
hombre ilustrado. Los relatos bradburianos impresionan por
su fluida narratividad visual, "cinematográfica".
Para algunos, la fuerte imbricación palabra-imagen es
degradación de las posibilidades "más altas"
de una escritura vanguardista. La visualidad fílmica
no amilana a Bradbury, que se autopercibe como "hijo del
cine", y no duda en sentenciar que sus cuentos son guiones
ya consumados que pueden ser filmados dado que "cada párrafo
es una toma". Bradbury es guionista de Moby Dick,
la versión fílmica de John Huston de la célebre
novela de Melville. Y concibe el guión cinematográfico
de su novela La feria de las tinieblas donde la labor
de simplificación que realiza supone "la filmación
de un haiku" (7). También Bradbury conoce el camino
de la integración entre el texto y la fotografía
(8).
Junto a los caracteres de una escritura, lo esencial es el acto
mismo de la creación. Aquí se despliega la posición
específica de Bradbury respecto a la génesis de
sus textos. Su postura se asienta sobre la "lección
de la lagartija" y el camino del "arco zen".
La enseñanza del ligero reptil es que "en la rapidez
está la verdad". La escritura debe fluir veloz.
No debe ser obstruida por el anhelo imitativo, por la tensión
de imitar un estilo o un autor consagrado, ni por el deseo de
dinero o el reconocimiento. Quien escribe bajo estos móviles
es prisionero de la mentira. La vida literaria real es aproximación
a lo auténtico. El camino zen (que Bradbury conoce por
la obra El zen y el arte del tiro al blanco de Eugene
Herrigel) nace en la comprensión de que la flecha da
en el blanco cuando no se piensa en él. En el ensayo
"El zen en arte de escribir", Bradbury compone su
preceptiva para la creación que destila los principios
del "trabajo", "la relajación", y
el "no pensamiento". El trabajo supone el constante
escribir que enciende un ritmo donde se rompen los anclajes
mecánicos en lo conocido y en los modelos preconcebidos
que reclaman repetición. Entonces, surge la relajación,
con la emergencia del cuerpo, como nivel más primario
de las sensaciones, donde la mano danza ya sin pensamiento.
En el no pensar las potencialidades inconcientes brotan espotáneamente.
Entonces, los personajes se inventan a sí mismos. La
escritura se autoescribe. El capitán Ahad escribe Moby
Dick, o Montag siembra las palabras de Fahrenheit 451.
Bajo el no pensamiento brotan las selvas imaginativas de Bradbury.
Y de su poesía, como su cantata "Cristo Apolo",
o sus incursiones como dramaturgo en el Studio Theatre de Los
Ángeles (9).
La escritura zen posee obvios antecedentes en el arte zen del
Oriente (donde la pintura o el dibujo son concebidos como escritura
libre y espontánea), y en la escritura automática del
surrealismo. El libre chorreado de Jackson Pollock también es
afín al arte que reconoce que en la libertad sin programas
estallan los más resonantes rayos creadores.
III.
Muchos fenómenos se repiten. Siempre vuelve el Sol o
la Luna. Siempre es el cielo. Las nubes. La Tierra. O la imagen
de animales y hombres. Lo que es presencia reiterada corre el
riesgo de convertirse en lo familiar, lo natural. Y lo familiar
y cotidiano repite funciones y definiciones conocidas. Lo habitual
obstruye la percepción de la extrañeza del mundo en general,
y del hombre y su cuerpo. Dentro de la realidad reiterada, el
cuerpo se opaca, su raro brillo se desvanece. Mas una imagen
sobre la piel desnuda, un tatuaje impreso en el cuerpo, quiebra
su carácter natural, su saturante halo de trivialidad.
Y refunda lo corporal como entidad de una semántica múltiple.
Mediante los tatuajes que untan de imágenes el pecho,
la espalda o las piernas, el cuerpo se convierte en texto,
lienzo y pintura, en portal o condensada imagen de lo universal.
La
relación cuerpo-tatuaje que hormiguea en El hombre
ilustrado de Bradbury recupera una práctica ancestral.
El término tatuaje deriva de la voz polinesia tatau,
su difusión comenzó en Europa a finales del siglo XVIII,
mediante los relatos de viajes del capitán James Cook.
Durante su famosa exploración del Pacífico sur,
Cook descubre el arte polinesio de la decoración de la piel
llamado tatau. Sydney Parkinson dibuja rostros tatuados
maoríes vistos en el norte de Aotearoa (Nueva Zelanda)
desde el Endeavour, el barco de Cook, en 1769. En Oceanía,
el tatuaje se extiende desde Papúa y las Islas Fiji en la Melanesia,
hasta las islas Carolinas y Marshall de Micronesia (10). Los
tatuajes generan vínculos simbólicos-mágicos
con los espíritus, los antepasados y los dioses, o con
signos de rango social, sacerdotal, o guerrero. Entre los maoríes,
el arte del tatuaje es denominado moko y, según
el mito de su origen aparece en la tierra porque fue traído
por un visitante del inframundo de los espíritus. Mediante
trazos curvilíneos, hombre y mujer reciben en su piel
un tatuaje o dibujo, que les confiere una identidad personal,
particular. Por los avatares del destino pueden perderse las
cosas materiales, pero no el moko.
El
tatuaje siempre se asocia con un uso ritual y religioso. Una
significación que se propaga en numerosas culturas, desde
los pueblos mesoamericanos hasta las célebres imágenes
tatuadas de los guerreros pictos. En el siglo XX, en Estados
Unidos, Sailor Jerry Collins se convirtió en el más
afamado tatuador del cuerpo (11). Los tatuajes se expanden luego
con frenesí multiplicador en la actualidad que adora
la inmediata apariencia corporal. Pero, en nuestra cultura,
el cuerpo tatuado es exhibicionismo exótico, busca de
pertenencia a un grupo, o intento de diferenciación entre
la igualación de lo multitudinario; pero nunca es el
brillo de imágenes-ventanas hacia posibles galerías
de alteridad.
En
El hombre ilustrado, el cuerpo tatuado actúa,
acaso, en cuatro planos paralelos: como cuerpo-libro, cuerpo-portal,
cuerpo-lienzo y como imago mundi intra-corporal. Todos
estos niveles se interrelacionan y ofrecen antiguos antecedentes.
El
cuerpo-libro puede ser pensado como extensión de la creencia
en el libro de la naturaleza. En el Renacimiento, la naturaleza
es un vasto y dilatado libro. Una escritura de caracteres matemáticos
(para Galileo) o de símbolos (para la filosofía
hermética), o de signaturas (12).
La naturaleza como libro es cuerpo tatuado por signos de un
lenguaje trascendente. El cuerpo tatuado de Bradbury es, a su
vez, anatomía cubierta por tejidos de ilustraciones,
donde la imagen visible, al caer bajo una contemplación
continua, deviene legibilidad, relato, cuento. La secuencia
temporal de una narración escrita. La piel humana ya
no es sólo envoltura protectora de los órganos,
sino receptáculo de diversos universos narrativos. El
cuerpo tatuado es libro orgánico, en contraposición
a la materialidad del libro objeto y su soporte en el papel
impreso.
El cuerpo-escritura también surge, por vías más
indirectas, en Fahrenheit 451, la más consagrada
novela de Bradbury. Aquí el libro y su lectura es un
peligro para el orden totalitario de un mundo futuro. En la
ciudad la vida es sofocada por un control estricto, donde los
libros son amenazas en tanto estimulan el libre pensamiento
y el sentido crítico. Los bomberos no apagan incendios.
Su función es quemar libros ocultos, bibliotecas veladas,
las semillas de una clandestina rebeldía. Montag es uno
de los bomberos. Que, lentamente, bajo el influjo de la poética
Clarisse, siente el llamado de los lirios del campo y de los
cristales de las páginas escritas. Escapa al fin de su
vida rutinaria y de los áridos golpes de soledad, de
su esposa Mildred y su existencia desértica frente a
una televisión mural. Y en el campo, en el bosque, en
el mundo exterior, se encuentran los que resisten a la ígnea
destrucción de la cultura mediante un acto de memoria.
Lo rural es contracara de la opresión urbana. Es residuo
de una pérdida arcadia donde cada hombre o mujer es una
obra recordada. Es un libro que ha memorizado. Alguien es La
República de Platón, el Walden de Thoreau,
o Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift. Regreso a
la cultura oral, a la oralidad del estadio ágrafo. Así,
la cultura asediada, devastada por las llamas, sobrevive a través
de "vagabundos por fuera, bibliotecas por dentro"(13).
Cada sujeto es ahora una escritura internalizada, un texto impreso
sobre el cuerpo de la memoria.
La escritura implícita en el cuerpo del hombre ilustrado
modifica la condición inexpresiva de la piel humana.
En su desnudez, el cuerpo humano es homegeneidad sin dibujos
particulares de formas. Entre los animales, los felinos son
quizás el ejemplo más claro de una piel jaspeada
por figuras heterogeneas de alta riqueza visual. La variedad
de rayas en el tigre, o de manchas en el jaguar, convierten
a la piel felina en sitio magnético. Y en posible receptáculo
de una escritura divina, tal como lo imaginó J. L. Borges
en su relato "La escritura del dios". Aquí,
un sacerdote azteca descubre la palabra poderosa de un dios
escrita en la piel de un jaguar. La relación entre el
felino y la escritura divina surge de la posible condición
del animal como atributo del dios y, por tanto, de manifestación
sensible de un orden trascendente. La variedad de manchas del
felino se desdobla en posibles variaciones de puntos y palabras
de un texto. La traducción de la variedad de signos-rayas
de la piel felina en textualidad mágica se continúa
en las ilustraciones-relatos del cuerpo del hombre ilustrado.
Por
otro lado, la noción de portal o umbral, siempre remite a un
salto o transición hacia otro tipo de realidad. El continuum
de lo cotidiano y profano se detiene y abre para vislumbrar
otro plano más pleno y efervescente de existencia. Así,
en el cuerpo del hombre ilustrado, en su anatomía "totalmente
tatuada": "los colores ardían entre tres dimensiones,
eran como ventanas abiertas a mundos luminosos" (14). El
cuerpo ilustrado es así cuerpo-portal, ventana abierta
hacia la alteridad de una pluralidad de mundos. La ilustración
en la piel es ruptura de lo conocido y salto a una desconocida
variedad de tiempos y espacios. Las imágenes no son estáticas.
En la noche, la condición no racional del inconciente
aflora en el momento de suspensión de la conciencia lógica
y diurna. Entonces "de noche...las pinturas se mueven.
Las imágenes cambian". La movilidad de las imágenes
destilan la función de portal mágico del cuerpo
ilustrado. Y las ilustraciones tatuadas deben poseer, a su vez,
un origen extraordinario o sobrenatural. La autora de las ilustraciones,
la maestra tatuadora, es una misteriosa mujer, " una vieja
bruja que, en un momento, parecía tener cinco años y
poco después no más de veinte". Ella "podía
viajar por el tiempo". Y tras su enigmática creación
de tatuajes, ha vuelto al futuro.
Y
en el cuerpo ilustrado fulgen las más hermosas escenas
del universo. El hombre ilustrado es también cuerpo-lienzo,
arte corporal o viviente. Entre las corrientes más singulares
del arte contemporáneo se encuentra el body art,
camino iniciado por Ives Klein y sus antropometrías, y seguido
por Gunter Brus (15). El cuerpo tatuado de las culturas antiguas
es arte viviente donde el componente de belleza artística
es, como en todo horizonte arcaico, tributario de un significado
religioso o ritual. La belleza del hombre ilustrado no es explicada
desde una función religiosa, sino desde una cierta autonomía
del esplendor de lo bello. En el cuerpo ilustrado la ilustración
es pintura. Piel-lienzo. Piel sobre la que pululan "ilustraciones,
y no tatuajes", "ilustraciones artísticas".
El cartel de la casa de la bruja en el campo promete "ilustraciones
en la piel". Esas ilustraciones son "el trabajo de
un genio, una obra vibrante, clara y hermosa". Lo hermoso
de la obra asegura el tenor estético, el radiante valor
artístico de las imágenes. La pintura en el cuerpo
es una síntesis o compensación de las características
de varios de los grandes exponentes del arte occidental: "Las
imágenes del hombre ilustrado resplandecían en
la sombra como carbones encendidos, como esmeraldas y rubíes,
como los colores de Rouault, y de Picasso o los cuerpos enjutos
y alargados del Greco" (16). La brillantez cromática
de Roualt; o, en Picasso, el color de atrayente pureza de su
período azul o rosa o el color luego dentro del juego
vanguardístico de la descomposición abstracta.
Y la salida del mundo corriente mediante la alteración
de la forma o el color natural se acentúa aún
más con el estímulo ascensional, el empuje hacia
la otredad sobrenatural en las estiradas figuras del Greco de
su último período. Las ilustraciones son pinturas,
que existen enmarcadas, y que pueden desajustarse y acumular
pátinas polvorientas. Por eso, el hombre ilustrado "movía
las manos sobre las ilustraciones, como para ajustar los marcos
y sacarles el polvo, con los ademanes de un conocedor, de un
aficionado al arte" (17). El cuerpo lienzo del hombre ilustrado
tiene también, en otro momento de la ficción bradburiana,
un equivalente femenino, una "mujer ilustrada" (18).
Y
el cuerpo ilustrado es cuerpo-constelación, cuerpo totalidad,
imago mundi intracorporal. Es una idea milenaria aquella
que asegura que en lo pequeño se refleja el todo. Es la correspondencia
entre el micro y macrocosmos (19). En la parte llamea la inmensidad.
En un paralelo literario, el relato borgiano de "El aleph"
imagina una pequeña esfera tornasolada, un punto singular,
donde se vierte o concentra el poliédrico universo desde
todos sus ángulos de observación posibles. El
multum in parvo. El hombre ilustrado es aleph
corpóreo, donde se reconcentra la amplitud y variedad
de lo vasto:
"El hombre ilustrado era una acumulación de cohetes,
y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad
que uno creía oír las voces y los murmullos apagados
de las multitudes que habitaban su cuerpo...Había prados
amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas
y soles y planetas, extendidos por el pecho del hombre ilustrado
como una vía láctea" (20).
Cohetes
y multitudes, "estrellas, soles y planetas" se propagan
por la piel del hombre ilustrado. Que es como "una vía
láctea". El cuerpo es receptáculo y morada
de la amplitud y diversidad. El cuerpo es constelación
encarnada. Como en el Renacimiento, o en La Filosofía
oculta de Agrippa, o en las ilustraciones del cuerpo en
Robert Fludd, entre cada parte del cuerpo y el mundo celeste
existe una correspondencia. El cuerpo ilustrado bradburiano
es anatomía estelar donde vibra y rebota la lejanía
de las estrellas, los tendales innúmeros de planetas
y las "galerías de retratos" de las muchedumbres.
Pero la constelación de lo diverso no es aquí
símbolo. Es vida universal intracorporal; existe dentro
de la interioridad corporal. El símbolo convierte una
cosa presente en remisión a algo distinto o más
allá. La montaña puede ser símbolo. Entonces,
la parte empírica actualiza un contenido simbólico,
por el que la cumbre de la montaña es el lugar de unión
del cielo y la tierra, sitio de reintegración de los
opuestos, de lo solar celeste y lo terrestre. Ese significado
simbólico vive más allá del soporte material
del símbolo, de la montaña física. En el caso
del cuerpo constelado no hay remisión simbólica. Ahora,
en su interioridad organizada, la corporalidad contiene numerosos
mundos. Este cuerpo es quizá réplica del universo
entendido como lo corpóreo sin límites, que contiene
dentro de sí una multitud posible de entidades, relatos,
tramas, paisajes, tal como acontece en el cuerpo taoísta
o lo que podría especularse respecto a la "variedad
cromática y paisajística" que surge en la
moderna investigación de los tejidos histológicos (21).
En el cuerpo ilustrado existen planetas y estrellas. Algo semejante
a lo que el niño de "El hombre del cohete"
siente al contemplar el uniforme de su padre astronauta. En
aquel traje espacial podía encontrar estrellas, y los
olores de Marte, Venus, Mercurio. Y polvo de Júpiter,
de colas de cometas y meteoros. Solo luego de pasar por el tintorero,
el uniforme queda desnudo de "mundos y travesías".
Y
si las ilustraciones del hombre ilustrado se contemplan por
unos minutos, se convierten en las historias. En los relatos....
IV.
Dentro
de la "la Casa de la Vida Feliz" una familia palpita
en el futuro. George y Lydia Hardely, y sus hijos, Wendy y Pater.
Su casa es impermeable a los ruidos exteriores. Su casa "los
alimentaba, los acunaba de noche y jugaba y cantaba, y era bueno
con ellos" (22). Dentro de la casa existe un Cuarto de
Juegos. Las paredes poseen la capacidad de recoger las ondas
mentales de sus visitantes. Las emanaciones telepáticas
son pensamientos y deseos. El cuarto puede darle apariencia
de realidad tridimensional a lo deseado por el eventual visitante.
Produce así "una película suprasensible en
tres dimensiones", dentro de la que se puede caminar y
respirar como si el entorno fuera una fascinante e inmediata
realidad, y no una ilusión. Mediante orodófonos
ocultos surgen aromas que impregnan el aire. Y también,
de los muros brotan sonidos y luces. En el cuarto de la Casa
de la Vida Feliz los niños juegan en una pradera africana. Una
pradera salpicada de selvas y guijarros, briznas de paja. Y
leones. Y Sol. Las ráfagas de un hormigueo de muerte ocupan
a los leones. George y Lydia contemplan, a la distancia, la
concentración leonina en los restos de una víctima.
Antes, al traspasar la puerta del cuarto, solían
encontrarse "en el país de las maravillas con Alicia
y su tortuga, con Aladino y su lámpara maravillosa, o
con Jack cabeza de calabaza, o en el país de Oz..."
(23). Pero ahora la atmósfera es tórrida, el paisaje
quemante. Una geografía salvaje de animales cazadores
y presas. George decide ordenar al cuarto un cambio de escena.
Ya que sabe que "uno pensaba cualquier cosa, y los
pensamientos aparecían en los muros". Pero la pradera persiste.
Los leones no desaparecen. Acaso existe un desperfecto técnico.
O tal vez los niños, víctimas ahora de una monomaníaca
pasión africana, manipularon la máquina para que
ésta no altere su creación ambiental. Sospecha
avalada por el hecho de que Wendy y Peter parecen vivir "para
el cuarto". Quizá sea necesario el auxilio de un
psiquiatra, de David Mcclean. Pero la obsesión por el
primitivo paisaje africano no es tal vez el único nubarrón
en la mente de los niños. Quizá, en ellos, o en sus propios
padres, ha surgido el apego a la comodidad y la repetición.
De hecho, compraron la Casa de la Vida Feliz para no hacer nada.
La vida cómoda predispone al repudio de cualquier tarea
fatigosa. La vida plácida promueve la reiteración
de un fácil placer que no exige inventiva, iniciativa
o variación.
George recrimina a sus hijos la imagen continua de África.
Wendy lo niega. El padre visita el cuarto. Ahora, allí
vive el hada Rima, con su cabellera que se mece entre árboles
y mariposas. Pero George sospecha un engaño. Decide cerrar la
casa por un tiempo, para unas vacaciones. Para así recuperar
"una vida más libre y más responsable".
Peter reacciona. Le atemoriza tener ahora que atarse los cordones
de los zapatos, o peinarse o bañarse por sí mismo. Entonces,
la niñez confirma su deseo de pasividad: "Sólo
quiero mirar, escuchar y oler. ¿Para qué hacer otra cosa?".
La pasividad e indolencia estimulan la desobediencia infantil,
su insolencia y subestimación de la autoridad paterna. Lo que
justifica el lamento del padre ante la madre: "nos tratan
como si nosotros fuéramos los chicos".
George
decide el cierre definitivo del cuarto. Es como si lo visitara
una conciencia que despierta plenamente a la lucidez. Sabe que
han enajenado la libertad en beneficio del predominio de la
tecnología. "Nos hemos pasado los días contemplando
el ombligo, un ombligo mecánico y electrónico".
Frente a la anterior dependencia y dominación, ahora
es el deseo de una libertad recuperada.
La
casa de las múltiples funciones absorbe las actividades
que antes pertenecían a las habilidades humanas. La comodidad
mecánica exige el tributo del sacrificio de la iniciativa
y la libertad individuales. El móvil de la compra de
la tecnología doméstica autosuficiente es "el
orgullo, el dinero, la ligereza". Es
necesaria la recuperación de la vida, del aire libre.
Es preciso desactivar el prodigio mecánico. Pero los
niños se alían con los placeres de la eficacia técnica.
Se resisten al cambio. Prefieren recibir golosinas virtuales
antes que recorrer la exigencia de una dificultosa autodeterminación.
Abrumados, los padres reclaman la ayuda especializada. McClean
realiza su primera visita al cuarto. El psiquiatra confirma
que "el cuarto ha encauzado el pensamiento destructivo
de los niños". Por lo que, desde una certeza del instinto,
de la intuición o el olfato, aconseja el cierre de la
sala del ensueño virtual. Los niños estallan en un brote
de ira y llanto. Consiguen una última visita al cuarto
antes de la partida. Regresan a la primitiva aridez africana.
Sus padres los buscan. Ellos también se encuentran con
los leones, pero de otro modo...Un especial y definitivo encuentro
como comprueba, estupefacto, McClean al visitar por segunda
vez el cuarto del sueño tridimensional...
La
pradera es un relato rebosante de anticipaciones culturales.
Antes de la aparición de internet y lo virtual,
el Cuarto de Juegos construye imágenes que transmiten
la ilusoria pulsación de pertenencia a un espacio tridimensional.
Antes, el escritor argentino Bioy Casares, en La invención
de Morel (1940), había imaginado una máquina
que proyecta imágenes de seres pasados. En tres dimensiones.
Como si todo estuviera ocurriendo otra vez. Y en "La
pradera", los paisajes virtuales obran o actúan, de hecho,
como "una película en tres dimensiones".
Tal vez, aquí, bulle una anticipación del cine
del futuro.
El
cuarto crea un espacio físico como virtual prolongación
de un pensamiento deseante. La ilusión tridimensional
vivida es efecto de un proceso de materialización del
deseo a través de una mediación tecnológica.
Situación semejante y diferente al mismo tiempo, de
la ficción cortazariana "Bruja" (24). En este relato,
Paula, desde su niñez, descubre que es capaz de darle
existencia a sus pensamientos. Al morir sus padres, y para
mitigar su vida solitaria, proyecta una casa, el proceso de
su construcción, y un amante, e incluso el lugar de
su velatorio luego de su muerte. Pero Paula siempre materializa
su pensamiento, reitera una directa interacción entre
la mente y la materia, sin un medio tecnológico. El
poder de Paula late en una mayor afinidad con las atípicas
artes de Leonard Mark, personaje de otra ficción de
El hombre ilustrado,"El visitante". Aquí,
Saul Williams vive en Marte rodeado por el fondo seco de un
mar desértico. Es un solitario entre otros hombre afiebrados
de soledad. Nubla su espíritu muchas veces la nostalgia
de New York. Mitiga vanamente su desolación departiendo
sobre Aristóteles con otro terrestre agobiado por el
destino inclemente de Marte. Los hombres cansados comparten
su aislamiento en reuniones donde intercambian recuerdos de
las lejanas delicias del planeta azul. Un cohete llega. Se
adiciona a las palpitaciones de los hombres tristes la
palpitación de Leonard Mark, quien alucina a Saul Williams
con las imágenes neoyorkinas. Bajo la "telepatía
y transmisión de pensamiento", la maravilla mental
de Mark, Williams respira otra vez, entre las calles de la
urbe cosmopolita. Gracias al raro don mental del visitante,
lo deseado se materializa con vivaz veracidad tridimensional:
"Nueva York surgió alrededor de los hombres, desde
las rocas hacia el cielo. El sol brillante en los edificios.
El tren aéreo tronaba sobre las calles. Los remolcadores
se desplazaban en el agua" (25). La fantasía tridimensional
concluirá con la muerte del hacedor de la ensoñación ambiental,
ultimado por la miseria colectiva de los individuos desesperados,
donde cada uno pretende usufructuar de forma exclusiva los
dones del visitante.
El
paisaje virtual en "La pradera" depende de la sinergia
entre el deseo humano y la magia tecnológica. Pero
lo virtual, afín a la intangibilidad del sueño, puede
adquirir una existencia plenamente real. El crimen es evento
real ejecutado por medios imaginarios. La imagen tridimensional
de factura técnica puede actuar sobre el mundo físico
"real", y así agrega un hecho dentro de la
sucesión objetiva del tiempo y el espacio. El asesinato
dentro de la imagen virtual es acuerdo entre la resistencia
de los niños a abandonar un reino de satisfacción
ilusoria y la máquina del cuarto que también
busca perdurar. En su diálogo con el psiquiatra, George
le manifiesta su temor: "Me pregunto si (la máquina)
me odiara porque quiero apagarla...". La máquina
creadora de la geografía virtual rechaza la posibilidad
de la muerte como el supercomputador Hal de 2001.
El
asesinato de los padres involucra, paralelamente, el fracaso
de una recuperada lucidez humanista. Allí donde renace
el deseo de autodeterminación, de nuevo "aire
libre", el hombre perece bajo la imagen ilusoria creada
por la hechicería tecnológica.
V.
Alguna
vez, el cielo se abrió en una desaforada catarata primigenia.
Desde entonces, el zumbido de las gotas es continuo. Su
sinfonía es árida. El ímpetu constante
de la lluvia es incontenible vértigo de dagas líquidas.
En la atmósfera de Venus, se chocan los dragones de
las nubes en una incansable efusión acuosa.
Y
entre los cabellos de agua que caen desde los rizos del cielo
caminan los astronautas sobrevivientes. La nave ha colisionado
en la superficie venusina. La única salvación
posible es buscar una cúpula solar, un circular refugio
donde prima la calidez, las ropas secas, los alimentos y cómodos
asientos. Pero los hombres no tienen mapas ni brújulas.
La selva húmeda que los rodea es un virtual laberinto
donde no hay salida, salvo el consuelo salvador de unos cientos
de cúpulas dispersas. Sólo queda deambular con
la esperanza vaga de avanzar hasta uno de los refugios. Mientras
tanto, no es posible dormir. El golpeteo de la lluvia estremece,
enloquece. La lluvia continua es un universo donde el explorador
recupera la vivencia de su fragilidad y desamparo. Es el reino
de la lluvia "constante...minuciosa y opresiva".
La lluvia como "...un chisporroteo, y una catarata, un
latigazo en los ojos, un resaca en los tobillos." (26).
Y diversos ríos reptan entre murmullos crepitantes.
Buscan desembocar en un mar único. A veces, mediante
un tronco de madera, es posible improvisar un bote y unos
remos y remontar un río tranquilo. Los ríos
son de diversas tonalidades. Algunos tiene el color del mercurio,
otros el monótono plateado de la Luna, de blancura
láctea. Siempre la serpiente líquida, fluida,
fluye hacia el único mar. Los empapados viajeros son
sorprendidos por una monstruosa tormenta eléctrica.
"Que tenía mil metros de altura y quinientos de
ancho, e iba de un lado a otro como un gigante ciego".
Miles de quemantes jabalinas eléctricas descienden
desde el vientre sombrío de la tempestad. Y los sobrevivientes
descubren el cohete destruido. Para atizar aún más
su desesperación constatan que han caminado en círculo.
Todo parece inútil. Los destinos extraviados hallan
una cúpula, pero su techo, semidestruido, no impide
el azote del agua. Pickard, uno de los hombres perdidos, es
cercenado implacablemente por el filo metálico de la
desesperanza. En su derrumbe, brota una repetición
circular y estéril: "No sé qué hacer,
para salir de esta lluvia, no sé que hacer, para salir
de esta lluvia. No sé qué hacer...".
Pickard
permanece inmóvil, con los ojos extraviados en el firmamento
de los efluvios salvajes. Simmons, otro subordinado del teniente,
lo ayuda a liberarse del dolor con un disparo. Termina así
para él la "hidroterapia china", una antigua
tortura del país creador de la pólvora y la imprenta
donde un desdichado es atado a un muro. Cada media hora cae
una gota que golpea su cabeza. La espera de una nueva gota,
lentamente va enloqueciendo a la víctima.
El
teniente es el de la esperanza más recia. Simmons exige
el razonamiento, la necesidad de pensar la realidad con un
impecable rigor lógico. Llega así a la conclusión
de que la única salida posible es un balazo. Un suicidio
autocompasivo.
Pero
el teniente, con su esperanza solitaria, continúa.
Entre el fango, los arroyos y la crepitación continua,
columbra un resplandor amarillo. Con expectantes pasos quiebra
vidriosos espejos, roza con sus tobillos piedras preciosas
y diamantes, y "se detuvo ante la puerta amarilla donde
lucía la cúpula solar". Entra al recinto
donde "el sol colgaba en el centro del cuarto grande,
amarillo y cálido". El teniente olvida los cuchillos
de agua. Su cuerpo, lentamente, se seca con un cálido
don.
En
los bastidores del simbolismo arcaico, el agua es originalmente
magma informe, caos amorfo, fuente sin forma de la que emana
el mundo con sus formas. El agua es lo caótico originario.
Lo líquido que envuelve, que abraza, que inunda.
Y disuelve las formas, que regresan así al caos líquido,
primario, universal. En su deambular bajo la lluvia continua
venusina, los astronautas supervivientes descubren la potencia
disolvente, desintegradora y amorfa de lo líquido.
La lluvia arrebata, disuelve las diferencias. Así,
la cara del teniente, antes morena, ahora ha perdido su
coloración natural. "La lluvia le había
quitado el color de los ojos. Tenía los ojos blancos,
blancos como dientes blancos como el pelo. El teniente era
todo blanco" (27). La blancura es lugar de disipación
de formas, de diversidad. Todo se hacía blanco, o
negro. "La selva blanca, blanca y las hojas del color
del queso. Y la tierra como húmedos trozos de queso
Camembert...todo negro y blanco".
El agua conspira contra la diversidad de las formas. Iguala.
Todo quiere devolverlo al homogéneo abrazo del mar
Único, donde todo es amorfo, o dimana un estado no
dividido en figuras. Por todo ello,
el agua socava la solidez de la diferenciada identidad corporal:
"unos pocos días bajo esta lluvia y uno ya no
tiene ni cara, ni piernas ni manos". Con sorpresa, Simmons
descubre que le cuesta escuchar. El agua devuelve al único
mar sus orejas: "Por Cristo -dijo, y se tocó las
orejas-. Mis orejas. Ya no las tengo. Esta lluvia me pelará
hasta los huesos". (28). El teniente improvisa un sombrero
con hojas. Pero después de intentarlo varias veces,
advierte que "la lluvia le disolvió las hojas
sobre la cabeza".
Agua
y disolución. Desaparición de la diversidad
natural de los colores. Sólo es el blanco y el negro.
Regreso lento. Memoria y recuerdo sigiloso del caos inicial. Disolución
en lo líquido que coexiste con la perduración solar
de la forma. Dentro de la cúpula del sol artificial,
la identidad puede ser presencia invariable, las diferencias
no se disuelven. El orden no colapsa. No se disgrega. Desde
la antigüedad, el sol es expresión simbólica
de una fuerza creadora, potencia que conjura el caos líquido.
El sol es creación del universo, de una forma ordenada,
de una realidad de identidades y diferencias estables. Lo
solar es plenitud de la forma. Es cosmos sin disolución,
que permite la multitud de las conciencias individuales.
Para los estoicos la fuerza creadora es pensada como un fuego
artesano. Un solo principio dirige lo múltiple. Una razón
divina, universal, se concentra en la región etérea, estelar
del sol. El alma es parte del soplo ígneo. El hombre es llama
del único fuego. En la teología solar estoica, el sol
es expresión del orden, justicia y renovación
cíclicas (29). Y la creadora calidez solar vive en
Venus a través de cúpulas, pequeños templos
seculares, sustitutos de la imaginería arquitectónica
gótica con sus cúpulas donde el cielo desciende,
con su halo de superior luminosidad solar (expresión
física de un fuego sobrenatural y divino) que alivia,
o eleva.
En
"La lluvia" se revive el enfrentamiento mítico
agua- caos-oscuridad y sol-orden-claridad. El agua disuelve,
todo lo restituye al mar Único. Lo solar preserva el
plexo de las formas diferenciadas.
Pero el agua también puede aliarse al crecimiento de
las formas, y brindar nueva vida mediante el movimiento
y la humedad. Frente al agua disolvente,
Bradbury imagina la gracia de una líquida fertilidad
musical en "El día que llovió para siempre",
en Remedios para Melancólicos. En
este relato, la lluvia es la respuesta poética a la
poesía liberada por unas manos de mujer recorriendo las delicadas
y resonantes cuerdas de un arpa. Los habitantes de un hotel
padecen una larga sequía, la agobiante aridez de un cielo
sin gotas. En el mundo antiguo, para obtener el alivio de
la húmeda liquidez de las alturas, el hombre desesperado por
la fiebre de la tierra reseca apela a la danza, la invocación
de los dioses, la pronunciación de palabras mágicas. Pero
ahora, en una agobiante escena del mundo moderno, una anciana
profesora de música, la señorita Hillgood, hábil musa del
arpa, acaricia con poesía el espacio. Y el cielo responde
con la lluvia. Que devuelve la calidez de lo fértil.
VI.
El
cohete hunde su cabeza bruñida en el frío mar del cosmos.
Atrás queda Nueva York. Delante, entre el paño oscuro
del espacio se agiganta el Planeta Rojo. Sobre la superficie
marciana, un remanente superviviente de magia medieval anuncia
sus conjuros. Tres brujas, émulas del aquelarre shakesperiano
en el comienzo de Macbeth, pronuncian sus sortilegios.
Agitan un caldero. Manipulan un muñeco, blanden agujas letales
y hechiceras. Atraviesan el tambor que late en el pecho de
la víctima, que asegura que un murciélago lo
amenazaba desde una ventanilla. Antes de la conclusión
definitiva de sus latidos, Perse le revela al médico
de la nave que alucinaba con muñecos de cera derritiéndose,
y agujas hundiéndose en su corazón. La autopsia
no revela ninguna causa orgánica del deceso. Sin embargo,
"ha muerto de algo". Las anomalías inverificables
para la ciencia médica del cuerpo o la mente se suceden.
El capitán y los otros tripulantes del cohete experimentan
alucinaciones. El capitán en particular, no había
experimentado ningún sueño en cinco décadas.
Sin embargo, luego de iniciado el viaje espacial a Marte "todas
las noches sueño que soy un lobo blanco. Me cazan en una colina
de nieve y me matan con una bala de plata. Y con una estaca
me atraviesan el corazón" (30).
Y
todas las perturbaciones son porque "ellos" saben
que los astronautas de una tierra racional se acercan. "Ellos"
son los que sobreviven en el lado nocturno, en la libertad
de la imaginación, en la otredad del arte de lo fantástico,
lo siniestro y la poesía. Ellos son los que, otrora,
entre las tinajas del licor de lo misterioso y lo terrible, encendieron
volcanes de fuerza imaginativa. Ellos son ahora los desterrados.
Hace casi un siglo, una ley prohibió las obras de la
libre imaginación. En los museos fueron encerrados
los ejemplares finales de las obras de un amplio arco de la
ensoñación, desde Poe y Bierce, pasando por Stoker,
Irving y Blackwood, hasta Lovecraft o Huxley (31).
Los
viajeros de la Tierra que desterró la otredad imaginativa
llegan a Marte. Su misión es clara: destruir definitivamente lo
antes desterrado. En el destierro marciano sobrevive, como
sutil presencia, un mundo de sensibilidad fantástica
a orillas de un seco mar. Imperceptible para los astronautas,
la verde ciudad de Oz alza sus torres. Desde lo alto de una
de esas elevaciones, escruta las novedades el líder
de la resistencia de lo otro. Edgar Allan Poe.
Es
el momento de la última resistencia. Shakespeare despliega
su ejército feérico: "Oberón, el
padre de Hamlet, Pack...". Poe busca aliados. Desea reavivar
las últimas fuerzas para un agónico contraataque.
Poe "parecía el demonio de una oscura causa perdida,
un general derrotado en una desastrosa invasión".
El autor de La caída de la casa Husher no desestima
la oportunidad del retorno a la tierra. Pero el principal
desafío es contener la marea invasora de la cultura
de la ciencia y el progreso, de aquellos que "no quieren
dejar nada sin clasificar". Los que "carecen de
la imaginación" son "esos jóvenes
del cohete, tan límpios, con sus escobas antisépticas
y sus cascos como peceras" (32). Ellos, en realidad,
son los "sacerdotes de un nuevo culto", que ansían
edificar, aun en la solitaria sequedad marciana, otra catedral
de religión científica con sus dogmas de verificaciones
empíricas, sus ritos matemáticos, y sus ceremonias
de industrias y eficacias tecnológicas. Poe teje sus
conciliábulos estratégicos con Bierce, Blackwood.
Busca convocar a la Muerte Roja, el letal espectro de su afamada
ficción de antaño. Solicita inútilmente el auxilio
de la elegancia expresiva de Dickens, también desterrado
a pesar de su desdén por lo terrorífico o fantástico.
Blackwood, conciente del peligro, propone un nuevo éxodo,
una fuga a Júpiter, Saturno o Plutón. Pero el
cansancio aguijonea al líder de la otredad. El último
refugio es la resistencia desesperada. O la extinción
irrevocable de los desterrados. El crujido de la garganta
bajo un puñal de cenizas. Es momento entonces de la
apelación a los polvos mágicos, a las serpientes
y fuegos, "vientos y lluvias que pasaron sobre las arenas
del mar". Pero las fuerzas mágicas sólo
son efectivas sobre aquellos que creen en ellas. Los hombres
que descendieron del cohete caminan con el seguro resplandor
en los ojos de la evidencia científica como irrebatible
verdad. No creen en la fantasía ni en cascabeles ilógicos.
Con el hombre arcaico y su universo mágico, quizá
sólo comparten una creencia en común: el fuego,
las rojas llamas físicas, como ejercicio de purificación,
como expulsión del peligro demoníaco. Los humanos
recién llegados a Marte edificarán allí
un nuevo mundo en el que se abocarán "con mayor
firmeza aún, a la ciencia y el progreso". Y lo
nuevo demanda la superación definitiva de lo viejo.
Su aliento retrógrado se extinguirá en el alarido
ígneo, en la hoguera purificadora. Los mensajeros de
la tierra racional han traído los últimos ejemplares
de la obra imaginativa. Su destino es asegurar la extinción
completa de lo antes desterrado. Por la perduración
de aquellos libros viven todavía los autores "inquietantes". Los
creadores, de escrituras malditas. Entonces, "el capitán
arrancó las páginas de los libros. Las hojas
marchitas alimentaron la hoguera". Los quemantes reflejos
de las llamas se contonean sobre el vasto océano desértico.
Primero un estremecimiento del aire, y luego el silencio se
emplaza donde antes "había habido algo".
Un miembro de la tripulación exterminadora, entreve,
como un evanescente fucilazo, una "ola negra", una
ciudad verde que sucumbe. El testigo del colapso último
recuerda una vieja lectura de la infancia sepultada, la visión
de la verdosa urbe derrumbada se asemejaba a un cuento, "un
cuento, Oz, creo que se llamaba. Sí , Oz, La ciudad
esmeralda de Oz" (33).
Los
hombres progresan en el desierto marciano; expectantes, aferran
sus armas. Nada los conmueve, ni sorprende. Ya ningún
sobreviviente de la luna extraña deambula por allí.
La
intuición artística, libre del límite
lógico, es parte de lo siniestro para la civilización
unilateralmente racional. La siniestra libertad de la imaginación
es consumida por el fuego destructor. Recurso que Bradbury
imaginó también en Fahrenheit 451, donde
la peligrosa cultura escrita del pasado es aniquilada por
las llamas de especiales escuadrones de bomberos. También
en Crónicas marcianas, en "Usher II", la
otredad maldita es destruida por una gran hoguera. La ficción
se inicia con la interpolación de un párrafo
de "La caída de la Casa Usher". El rico
señor Stendhal construye en Marte una réplica de la
casa siniestra imaginada por Poe. Stendhal (coincidencia seguramente
no casual con el autor de Rojo y Negro). En el diálogo
con el señor Bigelow, Stendhal propone una meticulosa
radiografía de las razones del rechazo de "las
hermosas mentiras literarias". El miedo de la oscuridad
o de lo extraño indecible alimenta la expulsión
de la fantasía. El imperio del temor desborda prohibiciones. El
hombre temeroso vomita sus espectro en todas las tierras (incluso
más allá de su planeta madre). La interdicción
llega también hasta Marte mediante Garrett, "Inspector
de Climas morales". Garrett es la conciencia vigilante
que recuerda al dueño de la nueva casa Usher: "ya
conoce esta ley...Nada de libros, nada de casas, nada que
pueda sugerir de alguna manera fantasmas, vampiros, hadas
y otras criaturas de la imaginación" (34). La
amenaza de la prohibición y la clausura de lo imaginativo
revive el esquema de la racionalidad expulsora de la imaginación.
Las fuerzas negadoras de lo otro matan lo temido mediante
el fuego (35).
El
Sr. Stendhal recuerda con pesar el realismo inculcado a los
productores de cine, y el modelo de una repetida y estrecha
estética realista. Ernst Hemingway. Dentro del conflicto
de la razón represora y la fantasía desgarrada,
el Sr. Stendhal convierte a Garrett en víctima de una
repetición de la literatura en la realidad: lo transforma
en involuntario actor de la repetición del destino
trágico del personaje de "El tonel del amontillado".
Y la réplica marciana de la casa Usher sucumbe, finalmente,
como su versión original. Pero el derrumbe de la casa
aquí, es una forma de combativa victoria frente a la
extinción impotente en "Los desterrados".
Bradbury consuma una variación ficcional de un proceso
cultural central del siglo XIX. La oposición ilustración-romanticismo.
Es la colisión, dentro de los términos de la
meditación filosófica, entre el discurso de
la transparencia lógica del todo (Voltaire, Hegel,
Holbach) y la intuición de una palpitación prerracional
del ser (Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger). La era de la
ciencia positivista, y el pensamiento de un absoluto racional,
destierra la otredad maldita. Como condición del progreso
de un conocimiento emancipado de incrustaciones irracionales.
El saber racional que destierra pretende la sólida
salud de una homogeneidad sin fisuras. Un saber sin agujeros,
como manifiesta el personaje central de "El perseguidor",
un fundamental relato cortazariano (36).
En un paisaje marciano, Bradbury ensaya su variación
imaginativa de la acción cultural que obliga al éxodo
al perfil extraño de la realidad. Ese costado siempre oculto,
por el velo de la metáfora, tras el lunar rostro opalino.
En "Los desterrados" los astronautas llegan exudando
seguridad. Pero en otro viaje espacial de El hombre ilustrado,
el capitán Hart arriba con sus hombres a Marte. Espera
ser recibido triunfalmente en una ciudad. Pero se le informa
que alguien de la Tierra ha llegado antes, alguien que cura
a los leprosos, y devuelve la vista a los ciegos. Es el regreso
de "el hombre", de aquel que padeció martirio
en una cruz. El capitán Hart no puede aceptar la realidad
de ese regreso. No puede tolerar tampoco su insignificancia
ante ese supuesto arribo. Busca explicaciones racionales,
otras expediciones que pudieron adelantársele, para luego
urdir un engaño colectivo. No puede aceptar la fe.
Pero Hart termina por ser devorado por la duda ante las evidencias
de la llegada sobrenatural; y con la conciencia de su vacío,
y con su cohete, se lanza tras Aquel que pasó por la
ciudad marciana, para después llegar a algún
otro planeta. Pero la persecución es una reacción
ante la incapacidad de creer en lo que no necesita fundamentación.
Por eso, Hart irá de un planeta a otro, y siempre llegará
tarde. "...Y un día lo perderá ( a "el
hombre") por unos segundos. Y cuando haya visitado trescientos
planetas, y tenga setenta u ochenta años de edad, lo
perderá por una fracción de segundo, y luego
por una fracción todavía más pequeña"
(37). Como Aquiles, en las aporías de Zenón,
Hardt nunca alcanzará a la tortuga (la espiritualidad
crística en este caso) que avanza delante. El hombre
racional ya no es el seguro ejecutor del exterminio de lo
irracional desterrado. Ahora, él es el desterrado entre
los ecos de la soledad. Que siempre se multiplica.
Y
por otro lado, en "El niño del mañana",
en Fantasmas de lo nuevo, la alteridad, a diferencia
de "Los desterrados", en El hombre ilustrado,
es aceptada. Polly Horn pare un bebé con el auxilio
de una máquina de partos. El fruto de su vientre se
revela como extraordinario. Un niño con forma de pirámide
azul. Que posee conciencia y ve a los seres de su entorno
como formas geométricas. El niño ha nacido en
otra dimensión. En la otredad. Es un ser visible de
un mundo otro donde todo adquiere la figuración geométrica
de conos, cuadros, pirámides. Sus atónitos padres,
Peter y Polly Horn, aceptan la propuesta del doctor Wolcott
de ingresar a la dimensión del niño, Py. El
matrimonio Horn, a través de una máquina especialmente
inventada para este fin, ingresa al lugar otro de su infantil
descendencia piramidal. Un lugar o sitio axial que promete
revelaciones filosóficas superiores. Así, el
médico les asegura que, luego de su experiencia de
encuentro con la alteridad, "muy bien pueden escribir
un tomo de filosofía que les moverá el piso
a Dewey, Bergson, Hegel, o cualquiera de los otros".
Los Horn consuman el viaje y, transformados, renacen en la
otredad fuera del límite de lo conocido. En este caso,
la dimensión extraña no es desterrada, sino
que encuentra una forma, aunque sea precaria, de integración
con la realidad conocida.
VII.
Es
el tiempo de la invasión. Marte conquistará
la Tierra presuntuosa. Entre los marcianos, el fervor bélico
es casi absoluto. Casi. Porque Etil Vrye es la excepción.
Es lector asiduo de la literatura terrestre. Leyó cuantiosos
volúmenes fantásticos. Sabe que los terrestres
han imaginado muchas invasiones marcianas. Pero todas fracasan.
Etil cree que la literatura prefigura la realidad. Desde esta
predeterminación textual, la invasión está
destinada al fracaso. Además, la guerra es el cercenamiento
absurdo de los cuerpos saludables. Bajo la amenaza de
una muerte ignominiosa frente a su hijo, Etil acepta lo fatal:
ser uno más en el estúpido ataque. Llega a la
Tierra donde no lo esperan cañones rugientes, activos
fuegos de metralla o misiles. Los terrestres reciben a los
invasores con aplausos, hurras y fanfarrias. Los marcianos
son agasajados con frutillas, perfumes, jabones, cervezas,
copos de maíz o pescado. Etil es la conciencia lúcida
que advierte el inicio de la estrategia contraofensiva terrestre:
conquistar a los invasores no por las armas sino por una oferta
de comodidades y halagos. Lentamente, los marcianos se tornan
"desmemoriados y perezosos". La ilusión de
placeres y aventuras en los cines, fiestas continuas, el frenesí
por los automóviles, inoculan en los antes fieros guerreros
una desorientada fragilidad de sonámbulos. En su carta
a Tylla, su esposa marciana, Etil desnuda con claridad la
meticulosa sangría de la libertad: " Y hemos sido
arrojados en esta civilización como un puñado
de semillas, en una mezcladora de cemento. Ninguno de nosotros
podrá sobrevivir. Nos matarán a todos pero no
con balas, sino con un amable apretón de manos. Nos
destruirán a todos, pero no con cohetes, sino con un
automóvil..." (38). En la civilización
del estrangulamiento silencioso, la pesadez y rudeza de cemento
es metáfora del páramo donde no es posible ya
germinar. Florecer. Ser. La semilla del posible resplandor
individual muere en el disimulado yermo de la vida moderna
y sofisticada.
Etil es tentado por la industria cinematográfica, por
la feria hollywoodense de ilusiones, para oficiar como consejero
técnico de un prometedor film que mostrará la
invasión marciana a la tierra. Hasta el final, Etil
mantiene su alteridad crítica, su independencia radical.
Con estremecedora claridad, entreve el futuro: llegarán
a Marte las conocidas tecnologías terrestres. Brillantes
luces de neón, casinos de juegos, "picnic en cementerios",
mareas frenéticas de turistas. Etil entreve que "la
guerra es mala, pero la paz puede ser algo horrible".
Otra
peculiar invasión marciana que
imagina Bradbury en El hombre ilustrado ocurre en "La
hora cero". Aquí los niños terrestres juegan
un juego de la invasión, la espera de unos misteriosos
visitantes marcianos. Los adultos creen que sólo se
trata de ocurrencias infantiles. Pero en "la hora cero",
en una noche de zumbidos y sombras inquietantes, el niño
Mink conduce a sus aliados, los visitantes del planeta marciano,
al cuarto de sus padres. Luego el juego continuará
con la dominación del mundo y los niños que
ciegan a los que antes despertaron su odio.
La sociología de la manipulación
que mana de "La mezcladora de cemento" abriga semejanzas
con la perspectiva del hombre subyugado en El discurso
de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie
(39). El joven pensador francés del siglo XVII se enfrenta
al hecho del amplio sometimiento de las masas bajo los regímenes
monárquicos absolutistas. La esclavitud es voluntaria.
Nadie es dominado si previamente no lo consiente. La elección
por la pérdida de la libertad es consecuencia de las
costumbres y la educación. El poder infunde la amnesia
de la libertad, para socavar la energía guerrera y
la comprensión de la propia realidad. La Boétie
recuerda, como principal ejemplo de una estrategia aplacadora
del deseo de libertad, al rey Creso. Creso conquista Sardes,
capital del reino de Lidia. Su población es celosa
defensora de su libertad. Tras su derrota militar es previsible
una inminente y furiosa sublevación en pos de la recuperación
de la gema perdida de la vida libre. Reprimir el estallido
demandaría a Creso una poderosa guarnición permanente,
ingentes recursos, una tensa alerta continua. En una anticipación
de la astucia maquiavélica, Creso decide saturar la
capital de Lidia de casas de juegos, donde el azar promete
lujuriosas riquezas como premio. Los habitantes de Sardes,
antes orgullosos guerreros, ansiosos por brillar con el ascua
vehemente de la libertad, olvidan su sometimiento. La compulsión
lúdica, la avidez por una fácil y fulminante
ganancia, los despoja de toda sed de rebelión.
La estrategia de Creso se reitera en la ficción
bradburiana. Una antigua práctica de consolidación
del poder sin armas es isomorfa con los modernos brebajes
anestesiantes de las culturas de masas, donde el inmediato
placer de la industria del entretenimiento succiona la pasión
por el paso libre.
VIII.
El
imperio romano conquista. Agita estandartes. Crea derecho.
Sostiene la copa de un cosmos político bullicioso.
Y abriga una filosofía. Para la doctrina estoica en
el universo obra una ley natural. La virtud del sabio estoico
es vivir en conformidad con la naturaleza. En la altura de
la ley fulge la luz de un valor continuo, ajeno a las zozobras
del cambio azaroso y a la mudanza relativista de las opiniones
o de la fortuna. Hoy, alguien resplandece en la cima del poder,
de la riqueza o la fama. Pero mañana puede rodar entre
rocas y estacas feroces. El vaivén pendular de la fortuna
es especialmente activo en la turbulenta realidad política
del imperio. Intrigas, disputas, el restallar fulminante de
la ambición, condena al derrumbe o la muerte al que
antes brillaba complacido en el cielo de los privilegios.
Para el estoico, la felicidad dependerá de la apatía
o la ataraxia respecto a las cambiantes contingencias
de la vida. Cuando aúlla la desgracia, la respuesta no será
el lamento, la ira o la queja. La respuesta es la serena aceptación
de lo trágico.
La
apacibilidad estoica ante el infortunio se infiltra entre
las hendiduras de "La última noche del mundo",
otra ficción de El hombre ilustrado. En 1969,
con la dirección de Jack
Smight y el papel protagónico
Rod Steiger, se llevó al cine la fundamental obra de
Bradbury. Se adaptan los relatos de "La pradera",
"Lluvia ", y la "La última noche del
mundo". La adaptación en particular de este último
relato altera y pierde el espíritu de impasibilidad
original del texto (40).
En
el relato originario es la mañana. El sol besa con
sus labios rojos la tierra. Una vez más. Luego, tras
el mediodía, en el sucesivo dorso del tiempo, la tarde;
y después descenderá el manto aterciopelado
de estrellas. Y el ciclo del tiempo deberá reiterarse.
El amanecer. La mañana. La nueva germinación
de claridad solar. Y la tarde. La nueva tarde. Después,
la siguiente noche. Pero hoy será la última
noche del mundo. El hombre, el esposo, anuncia la novedad
a su esposa. Luego del cercano réquiem de oscuridad y antorchas
estelares, no habrá una nueva sonrisa matinal. La causa
quiere saber la mujer. ¿La causa será una guerra
bacteriológica, la detonación de una bomba atómica
o de hidrogeno? No. El fin no será una destrucción
nítida, rugiente. El final será "un libro
que se cierra". Todo simplemente terminará.
El
conocimiento de la extinción
no es individual. Es una revelación colectiva que se
anuncia en un sueño común, compartido. Todos
soñaron el final. Y quizá hoy, "por primera
vez en la historia del mundo, todos saben qué van a
hacer de noche" (41). Nada le dirán a sus hijos.
Nada se alterará. Ninguna acción especial surgirá
para recibir la última noche. Ninguna imploración
terminal. El libreto de la existencia no sumará o borrará
renglones. El hombre y la mujer, al acercarse la noche definitiva,
lavan platos, leen, se distraen con periódicos, escuchan
música. Quizá sea inevitable un temblor de despedida.
"¿Tienes ganas de llorar?", pregunta el hombre.
"Creo que no", contesta la mujer que, luego, extiende
su cuerpo en la cama de límpidas sábanas. Y
un comentario sobre el placer del reposo es obligado porque
"todos estamos cansados". Y la mujer que se aleja
por un momento para cerrar un grifo. Y vuelve luego con una
sonrisa por ese olvido doméstico. Y los cuerpos cómodos
sobre el lecho "con las cabezas unidas y las cabezas
rozándose". "Buenas noches", es el sereno
saludo final. Y la llegada del viento letal que detendrá
el laberinto de los corazones humanos.
En su relato, Bradbury ha buscado la impersonalidad.
El esposo y la esposa carecen de nombres propios. Son el hombre
y la mujer. Sus diálogos postreros, su respuesta apacible
al final de todo son así expresión de lo genérico.
No un estado individual. Todos han soñado la noche
última, y todos están cansados. El agotamiento
por el tedio, la saturación de lo repetido sin creación,
roe acaso la voluntad de continuidad. El sueño que
reveló la conclusión de todo, es productiva
afloración de imágenes de un inconciente colectivo.
O más exactamente de un deseo común. La decisión
de acabar. Un disfrazado consenso para escapar al fin de una
vida hace tiempo concluida. Estoica es la serena respuesta
ante la inevitable tragedia. Pero la apacibilidad no promete
ahora una nueva sabiduría. Es sólo la cansada
resignación ante un mundo cuya única alternativa
es una última noche. La indiferencia ante lo que sólo
es desierto.
IX.
El
cohete se hunde en la longitud interminable del espacio. Dentro
del tubo de fuego y movimiento, un astronauta fuma nervioso.
Cerca, otro viajero no fuma. Escucha los extraños comentarios
de Hitchcock envuelto por una retahíla de humeantes cigarrillos.
El fumador compulsivo recuerda por un instante la Tierra,
el supuesto lugar de su anterior vida, el planeta que es,
que debería ser, en alguna parte. Pero todo lo que
desaparece de las más directa percepción desaparece
también. "No creo en nada que no puedo ver o tocar".
Sólo existe lo que está frente a los ojos. Si
un hombre abandona nuestro campo perceptivo, deja de existir.
Pero si Hitchcock se reencuentra con ese sujeto en la calle,
es "como una resurrección". El recuerdo podría
corregir el drástico proceso de las desapariciones
y ausencias. Alguien ya no está, pero si lo recordamos
su existencia no se interrumpe. Mas para Hitchcock los recuerdos
son "como puercoespines". Recordar lastima, fuerza
la desconcentración, inhibe la eficacia en el trabajo.
Y sólo existe lo inmediatamente visible, en el vuelo
por el espacio la Tierra ya no es. La única realidad
es el espacio que abraza a la nave. Sólo es verdadera
la conciencia que piensa ese espacio. O, en último
término, el espacio al que arriba esa conciencia.
Hitchcock
come frenético, voraz, como si fuera la última
vez. A través de la ventanilla del cohete columbra
las estrellas remotas. Su afligido y perplejo interlocutor,
Clemens, le asegura que los fuegos estelares son demasiados
distantes: "no vale la pena ocuparse de cosas tan lejanas".
Si Hitchcock alude al pecho extenso y vacío del espacio
es por la atracción del espacio, de la vacuidad espacial
donde nada hay arriba ni abajo, ni nada hay entre esas imprecisables
posiciones.
Clemens arriesga que pensar en el pasado podría recuperar
los antiguos pensamientos de su compañero de viaje.
Acaso podría ser una meseta para expulsar viejos errores
o dudas y luego evolucionar hacia un nuevo estado sin desesperación.
Pero lo pasado no tiene entidad. Es también espectro
sin sangre ni sudor. Hitchcock insiste: "no creo en nada
que no exista y actúe en mi presencia" (42). Entre
la tripulación crece el consenso de que la escéptica
filosofía compulsiva de Hitchcock precisa auxilio psiquiátrico,
porque éste "ha caído en un pozo sin fondo".
Pero la psiquiatría a bordo no podrá, con palabras
y caricias, suturar las grietas.
Hitchcock
sube hasta un piso superior. Duda nuevamente de su existencia.
Acaricia frenético los mamparos. Los toca. Sólo
así sabe que es real. Clemens le comunica que abajo
lo espera el resto de la tripulación. ¿Pero
cómo probar su existencia? Ahora, en este instante,
no tiene ninguna evidencia sensorial de su realidad. No es
posible llevar consigo las cosas físicas, incorporarlas,
incrustarlas en un cuerpo expandido para así, siempre,
poder, por una vía física, verificar su continuidad.
Al abandonar la percepción directa de algo, este algo
se desmenuza en la nada. Por eso, Hitchcock confiesa: "odio
los objetos físicos. Los dejas atrás y no puedes
creer en ellos". La imposible comprobación empírica
constante sólo podría ser remediada por la mente;
la demostración mental de la realidad de algo permitiría
"saber cómo es algún sitio cuando ya no
estoy allí". Pero la realidad es que todo acto
pasado estalla en la desintegración. Y Hitchcock recuerda
que alguna vez quiso ser escritor. Sintió, una vez,
que su nombre estampado sobre un cuento publicado no era ya
su nombre. El relato ya concluido era un acto pretérito,
algo ya sin inmediatez ni realidad. Así, el nombre
asociado a un acto irrecuperable "sería siempre
una mancha de hollín, unas cenizas". Y si nada
puede demostrarse, la única felicidad concebible sería
perderse en la nada oceánica del espacio.
Y se produce el silencio, el choque de un meteorito,
y el estremecimiento de la columna metálica de la nave
en el frágil abismo cerebral del astronauta de la duda
continua. Y Hitchcock mudo, recluido en sí mismo. Con
los viejos puentes verbales ya rotos. Sus piernas recuperan
la movilidad sólo para embutir su conmoción
neuronal en un casco y un traje. Luego, abre una compuerta.
Y Hitchcock flota sobre un camino de siniestras mariposas
ingrávidas...
El astronauta perdido en el espacio sideral pone en
acto, dentro de un veloz cohete, la perplejidad filosófica.
Hitchcock evoca las figuras filosóficas que repliegan
la realidad al único imperio del instante vivido. La
realidad es sólo ahora en este instante actual. Predominio
de la inmediatez. Equivalencia de una figura puntual del espíritu
en el pensar hegeliano: la certeza sensible. El verdadero
conocimiento es totalidad conciente de sí misma. Pero
la precariedad de un saber rayano en el no saber es la verdad
restringida al instante inmediato. En la certeza sensible
hegeliana sólo es verdadero lo que es percibido en
el ahora; el pasado se ahoga en la tiniebla del olvido, o
en el mañana, en lo posterior, en lo que aún
no contiene ninguna presencia. Pero lo sensible no es conciente,
por sí mismo, de su precariedad, como sí lo
es Hitchcock. La reducción de lo real al ahora que
se puede ver o tocar es actitud afín a la ingenuidad
positivista. Al más elemental positivismo donde lo
verdadero es lo verificable por alguna evidencia sensorial.
Hitchcock no entreve la liberación
del empirismo más primario de la inmediatez en pos
de una primacía del pensamiento, de un orden psíquico
o mental, ajeno a los datos sensoriales inmediatos. Sabe de
la miserabilidad de una realidad aplastada por la comprobación
física. Por eso, el "odio de los objetos físicos"
espolea un predominio "de la mente sobre la experiencia.
El deseo de saber cómo sería un lugar cuando
yo no estoy allí", un orden mental que asegure
la existencia y su continuidad más allá de un
sujeto individual y su comprobación personal de los
hechos. Berkeley, tal vez, pudo ayudar a Hitchcock, con su
obra Tres diálogos entre Hilas y Filonus. Allí
donde no está el individuo el espacio continúa
en tanto la mente divina piensa, y construye desde su pensar,
ese lugar. Pero el idealismo filosófico no salvará
al astronauta perplejo.
El
último acto de su duda filosófica es una suerte
de epojé husserliana sin conciencia. El gran
creador de la fenomenología perfecciona un viejo recurso
filosófico: la epojé como puesta entre
paréntesis de la actitud natural, como suspensión
de las creencias habituales aceptadas sin discusión.
En el escepticismo antiguo la epojé, en la andadura
filosófica de Pirrón de Elis, es suspensión
de la atribución de realidad a una existencia sobre
la que nada puede decirse con seguridad. En Descartes se produce
una momentánea y metódica suspensión
de las creencias en la realidad del mundo exterior. En Husserl
lo aceptado habitualmente se suspende para llegar al fundamento
que actúa como primera fuente de sentido: la conciencia
(43).
Clemens informa sobre las últimas palabras de Hitchcock
al abandonar la nave: "Ya no existe el cohete. Nunca
existió. Ni la gente. No hay nadie en todo el universo.
Nunca hubo nadie. Ni planetas. Ni estrellas. Ya no tengo mano.
Nunca las tuve. Ni cuerpo. Ni boca. Cara. Ni cabeza. Nada.
Solamente el espacio. Solamente abismo" (44).
Radicalización de una epojé al rozar
las playas del espacio sin fin. Suspensión enfática,
convertida en negación explícita, de las viejas
creencias. Lo que antes es una "actitud natural"
daba por ciertas certezas del mundo exterior, los hombres
y los planetas, y el cuerpo y sus partes, ya no es tras la
remoción de los antiguos contenidos "reales".
Sólo subsiste la única realidad que no puede
ser negada, suspendida, impugnada: el espacio. Que no es conciencia
que luego devolverá el sentido de las cosas, sino abismo,
situación final que teatraliza la paradoja del hombre
moderno y newtoniano que descubre una ley válida para
el gran espacio cósmico. El hombre capaz de viajar,
por el ingenio tecnológico, en la amplitud del espacio,
no puede trascender la cercanía y la inmediatez. El
espacio, tras la epojé radical de Hitchcock,
ya no es presencia ilimitada. Es sólo espacio infestado
de cenizas y angustia. Laberinto sin "nada arriba, nada
abajo", y "mucha nada en el centro".
X.
Hitchcock
se confunde con su abismo. Aquí no hay premeditada
estrategia de fuga o de negación conciente del dolor.
La premeditada evasión de un presente agobiante ocurre
en "El zorro y el bosque", otra de las prosas de
El hombre ilustrado. Roger y Susan Kristen acuden
a los Servicios de Viajes por el tiempo SA para escapar al
futuro de su presente en el 2155. Kristen trabaja en una fábrica
de bombas, y Susan en un laboratorio de cultivos patógenos.
Escapan de un mundo concentrado en perfeccionar los poderes
de destrucción. Escapan al México de 1936. Pero
el supuesto refugio seguro para la evasión es vulnerado:
un supuesto director de cine les presenta una idea de film
que es su propia historia. Recurso shakespereano para producir
la nerviosa reacción de una verdad oculta en los rostros
de los sospechosos de un delito (45).
Evasión de la acción destructiva. Otra
forma de fuga es la negación conciente de una ausencia
imposible de obturar. En "El hombre del cohete"
un astronauta se ausenta durante largos períodos. Al
regresar con su hijo y su esposa, desea convencerse de que
la Tierra con sus mares, con sus ciudades y paisajes, son
"cosas buenas". Para así ya no regresar al
reino de las distancias cósmicas. Pero siempre lo absorbe
la nostalgia, y sus ojos, con un inevitable parpadeo repetido,
contemplan las "joyas de Orión". Y de nuevo
se inicia el largo viaje, la ausencia y la soledad. Y su esposa
vive en la aceptación de una muerte acontecida en una
misión sin regreso: "y cuando tu padre regresa
-le revela la madre a su hijo- tres o cuatro veces al año,
no es él realmente, sólo es un sueño,
un recuerdo agradable, o el sueño se interrumpe, o
el recuerdo se borra, y ya no puede durar mucho. Así
que casi siempre me lo imagino ya muerto" (46).
"El hombre del cohete" finalmente morirá,
de hecho, en la ardiente caída de su nave en el sol.
El largo viaje en el espacio le enseña al astronauta
la imposibilidad de arraigarse en una amplitud inacabable.
El contrapunto de esta angustia es la simple y dulce seguridad
en una realidad de horizontes cercanos, ajena al remoto dorso
estrellado de las galaxias. Realidad sin distancias vertiginosas,
como la de Hernando, en "La carretera". El hombre
que trabaja en una estación de servicio. Entre el largo
frío y soledad de la carretera, descubre cambios imprevistos,
flujos de automóviles y viajeros. Y la llegada de un
auto con jóvenes bajo la lluvia. Muchachas que lloran.
Y el juvenil conductor le anuncia: "ha empezado...".
Ha empezado el grito letal de las bombas. Los rayos atómicos
de la devastación. Es el fin del mundo. Pero Hernando
se despide y regresa al surco donde destilará sudor
sobre un arado. Y no puede evitar un asomo de confusión:
"¿A qué llamarán el mundo?"
(47). Dentro de la multitud de ficciones de El hombre ilustrado,
afiebrada de distancias espaciales, la simplicidad de la rusticidad
de Hernando, un sobreviviente de lo rural y medieval, que
desconoce toda abrumadora lejanía.
Indiferencia respecto a la amplitud. Contrapuesta a la avidez
por la travesía en lo lejano de Fiorello Bondoni, otra
figura de la humildad, un trabajador en un depósito
de chatarra. Una labor incapaz de alejarlo de la pobreza a
él, y a su esposa, María, y a sus tres hijos.
El destino le trae el ofrecimiento de un cohete que nunca
viajó, un primer modelo de aluminio, de una nave futura.
El cohete brilla en el depósito. A diferencia de Hernando,
Bondoni siempre quiso la exploración espacial. Siempre
acarició la posibilidad del viaje, de una travesía
física que le es negada por la estrechez, la pobreza.
Y
Bondoni juega en la cabina del piloto. Grita, ordena, insulta,
para que la nave rompa la estéril inmovilidad. Para
que comience el movimiento que promete la llegada a la roja
superficie marciana. Pero lo inmóvil y pesado determinan
la imposibilidad de la travesía. Sólo la imaginación
puede crear una nueva posibilidad. Entonces, nuevos arreglos,
el perfeccionamiento del ingenio mecánico. Y el anuncio
a los niños de un viaje a Marte. María estalla
en quejas y advertencias sobre el peligro de volar en un cohete
precario. Pero Bondoni se empecina. Él y sus hijos
suben al cohete. Entonces, el viaje comienza dentro de un
relato. El padre pide a su descendencia: "Oled los olores
del cohete. Sentid". Y Bondoni anuncia la visión
de la Luna, la llegada a Marte. En la ensoñación,
los niños duermen para después despertar. El
viaje de millones de kilómetros concluye. Afuera sigue
el depósito de chatarra. Los niños despiertan.
Recordarán por siempre la gran travesía hacia
Marte. Y le reprochan después a su madre: "Mamá,
tendrías que haber venido, a ver Marte y los meteoros,
y todo!" (48). La esposa comprende. Acaricia al "mejor
padre del mundo". Y marido y mujer proyectan un futuro
"viaje corto".
La
precariedad material estimula otra forma de travesía.
La fuerza de la evocación imaginativa. Que contrasta
con el viaje físico de una tecnología futura
sofisticada. Como el dispositivo técnico que permite
el periplo dentro del sol. Una tecnología que ahora
no es sombra sobre lo humano (como en "La pradera"
por ejemplo) sino medio de expansión o refinamiento
de la conciencia. La nave Copa de oro crea una corteza
hiperhelada para recibir el fuego y los secretos de la gran
estrella. La nave se sumerge en el sol mientras el capitán
pide "extender la mano con la copa del mendigo"
(49). Religiosidad nacida en el viaje
físico dentro del astro solar, convertido en un "árbol
en llamas". Sus frutos son doradas manzanas cuyo "culto
crece y se extiende" en los hombres, en astronautas místicos,
que ya no perciben la magnificencia del sol como una incandescente
masa gaseosa sin espíritu, sino como misteriosa poesía
de la luz.
También, en "Canto del cuerpo eléctrico",
en Fanstasmas de lo nuevo, el despliegue tecnológico
concentrado en un humanoide corporiza un modelo de elevado
pensamiento, lucidez y sensibilidad. Una máquina, un
humanoide eléctrico, una abuela destinada a cumplir
su rol de tal en una familia, actúa como fuente de
enseñanzas; es una colmena de abejas-pensamientos que
poetizan el mundo. El cuerpo eléctrico, la máquina
espiritualizada, transmite a sus nietos una visión
más alta de la existencia. Función similar al
cohete Copa de oro que es el portento tecnológico
que dona a los hombres la oportunidad del viaje hacia el núcleo
mágico de la fuerza solar.
XI.
La
modernidad racional y el positivismo de la ciencia clásica
enseñaron que lo vivo es lo orgánico. Lo inorgánico
no posee las funciones de la sensibilidad nerviosa o de la
conciencia. Una montaña no puede vivir en este sentido.
Y tampoco una ciudad. La ciudad moderna es aglomeración
de construcciones artificiales, de entidades mecánicas.
Las ciudades antiguas, en cambio, son un microcosmos, una
duplicación de un modelo celeste.
La
ciudad antigua es fundada bajo ritos ancestrales que sacralizan
el espacio urbano. La urbe romana, por ejemplo, nace desde
un rito fundacional, que le asegura una fluida comunicación
con las fuerzas divinas de lo alto y las potencias subterráneas
de lo telúrico. La ciudad así no se reduce a
una función de refugio y hábitat humano. Para
la mentalidad mítica, la ciudad es una forma de vida
sacralizada.
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