La
pradera es un relato rebosante de anticipaciones culturales.
Antes de la aparición de internet y lo virtual,
el Cuarto de Juegos construye imágenes que transmiten
la ilusoria pulsación de pertenencia a un espacio tridimensional.
Antes, el escritor argentino Bioy Casares, en La invención
de Morel (1940), había imaginado una máquina
que proyecta imágenes de seres pasados. En tres dimensiones.
Como si todo estuviera ocurriendo otra vez. Y en "La
pradera", los paisajes virtuales obran o actúan, de hecho,
como "una película en tres dimensiones".
Tal vez, aquí, bulle una anticipación del cine
del futuro.
El
cuarto crea un espacio físico como virtual prolongación
de un pensamiento deseante. La ilusión tridimensional
vivida es efecto de un proceso de materialización del
deseo a través de una mediación tecnológica.
Situación semejante y diferente al mismo tiempo, de
la ficción cortazariana "Bruja" (24). En este relato,
Paula, desde su niñez, descubre que es capaz de darle
existencia a sus pensamientos. Al morir sus padres, y para
mitigar su vida solitaria, proyecta una casa, el proceso de
su construcción, y un amante, e incluso el lugar de
su velatorio luego de su muerte. Pero Paula siempre materializa
su pensamiento, reitera una directa interacción entre
la mente y la materia, sin un medio tecnológico. El
poder de Paula late en una mayor afinidad con las atípicas
artes de Leonard Mark, personaje de otra ficción de
El hombre ilustrado,"El visitante". Aquí,
Saul Williams vive en Marte rodeado por el fondo seco de un
mar desértico. Es un solitario entre otros hombre afiebrados
de soledad. Nubla su espíritu muchas veces la nostalgia
de New York. Mitiga vanamente su desolación departiendo
sobre Aristóteles con otro terrestre agobiado por el
destino inclemente de Marte. Los hombres cansados comparten
su aislamiento en reuniones donde intercambian recuerdos de
las lejanas delicias del planeta azul. Un cohete llega. Se
adiciona a las palpitaciones de los hombres tristes la
palpitación de Leonard Mark, quien alucina a Saul Williams
con las imágenes neoyorkinas. Bajo la "telepatía
y transmisión de pensamiento", la maravilla mental
de Mark, Williams respira otra vez, entre las calles de la
urbe cosmopolita. Gracias al raro don mental del visitante,
lo deseado se materializa con vivaz veracidad tridimensional:
"Nueva York surgió alrededor de los hombres, desde
las rocas hacia el cielo. El sol brillante en los edificios.
El tren aéreo tronaba sobre las calles. Los remolcadores
se desplazaban en el agua" (25). La fantasía tridimensional
concluirá con la muerte del hacedor de la ensoñación ambiental,
ultimado por la miseria colectiva de los individuos desesperados,
donde cada uno pretende usufructuar de forma exclusiva los
dones del visitante.
El
paisaje virtual en "La pradera" depende de la sinergia
entre el deseo humano y la magia tecnológica. Pero
lo virtual, afín a la intangibilidad del sueño, puede
adquirir una existencia plenamente real. El crimen es evento
real ejecutado por medios imaginarios. La imagen tridimensional
de factura técnica puede actuar sobre el mundo físico
"real", y así agrega un hecho dentro de la
sucesión objetiva del tiempo y el espacio. El asesinato
dentro de la imagen virtual es acuerdo entre la resistencia
de los niños a abandonar un reino de satisfacción
ilusoria y la máquina del cuarto que también
busca perdurar. En su diálogo con el psiquiatra, George
le manifiesta su temor: "Me pregunto si (la máquina)
me odiara porque quiero apagarla...". La máquina
creadora de la geografía virtual rechaza la posibilidad
de la muerte como el supercomputador Hal de 2001.
El
asesinato de los padres involucra, paralelamente, el fracaso
de una recuperada lucidez humanista. Allí donde renace
el deseo de autodeterminación, de nuevo "aire
libre", el hombre perece bajo la imagen ilusoria creada
por la hechicería tecnológica.
V.
Alguna
vez, el cielo se abrió en una desaforada catarata primigenia.
Desde entonces, el zumbido de las gotas es continuo. Su
sinfonía es árida. El ímpetu constante
de la lluvia es incontenible vértigo de dagas líquidas.
En la atmósfera de Venus, se chocan los dragones de
las nubes en una incansable efusión acuosa.
Y
entre los cabellos de agua que caen desde los rizos del cielo
caminan los astronautas sobrevivientes. La nave ha colisionado
en la superficie venusina. La única salvación
posible es buscar una cúpula solar, un circular refugio
donde prima la calidez, las ropas secas, los alimentos y cómodos
asientos. Pero los hombres no tienen mapas ni brújulas.
La selva húmeda que los rodea es un virtual laberinto
donde no hay salida, salvo el consuelo salvador de unos cientos
de cúpulas dispersas. Sólo queda deambular con
la esperanza vaga de avanzar hasta uno de los refugios. Mientras
tanto, no es posible dormir. El golpeteo de la lluvia estremece,
enloquece. La lluvia continua es un universo donde el explorador
recupera la vivencia de su fragilidad y desamparo. Es el reino
de la lluvia "constante...minuciosa y opresiva".
La lluvia como "...un chisporroteo, y una catarata, un
latigazo en los ojos, un resaca en los tobillos." (26).
Y diversos ríos reptan entre murmullos crepitantes.
Buscan desembocar en un mar único. A veces, mediante
un tronco de madera, es posible improvisar un bote y unos
remos y remontar un río tranquilo. Los ríos
son de diversas tonalidades. Algunos tiene el color del mercurio,
otros el monótono plateado de la Luna, de blancura
láctea. Siempre la serpiente líquida, fluida,
fluye hacia el único mar. Los empapados viajeros son
sorprendidos por una monstruosa tormenta eléctrica.
"Que tenía mil metros de altura y quinientos de
ancho, e iba de un lado a otro como un gigante ciego".
Miles de quemantes jabalinas eléctricas descienden
desde el vientre sombrío de la tempestad. Y los sobrevivientes
descubren el cohete destruido. Para atizar aún más
su desesperación constatan que han caminado en círculo.
Todo parece inútil. Los destinos extraviados hallan
una cúpula, pero su techo, semidestruido, no impide
el azote del agua. Pickard, uno de los hombres perdidos, es
cercenado implacablemente por el filo metálico de la
desesperanza. En su derrumbe, brota una repetición
circular y estéril: "No sé qué hacer,
para salir de esta lluvia, no sé que hacer, para salir
de esta lluvia. No sé qué hacer...".
Pickard
permanece inmóvil, con los ojos extraviados en el firmamento
de los efluvios salvajes. Simmons, otro subordinado del teniente,
lo ayuda a liberarse del dolor con un disparo. Termina así
para él la "hidroterapia china", una antigua
tortura del país creador de la pólvora y la imprenta
donde un desdichado es atado a un muro. Cada media hora cae
una gota que golpea su cabeza. La espera de una nueva gota,
lentamente va enloqueciendo a la víctima.
El
teniente es el de la esperanza más recia. Simmons exige
el razonamiento, la necesidad de pensar la realidad con un
impecable rigor lógico. Llega así a la conclusión
de que la única salida posible es un balazo. Un suicidio
autocompasivo.
Pero
el teniente, con su esperanza solitaria, continúa.
Entre el fango, los arroyos y la crepitación continua,
columbra un resplandor amarillo. Con expectantes pasos quiebra
vidriosos espejos, roza con sus tobillos piedras preciosas
y diamantes, y "se detuvo ante la puerta amarilla donde
lucía la cúpula solar". Entra al recinto
donde "el sol colgaba en el centro del cuarto grande,
amarillo y cálido". El teniente olvida los cuchillos
de agua. Su cuerpo, lentamente, se seca con un cálido
don.
En
los bastidores del simbolismo arcaico, el agua es originalmente
magma informe, caos amorfo, fuente sin forma de la que emana
el mundo con sus formas. El agua es lo caótico originario.
Lo líquido que envuelve, que abraza, que inunda.
Y disuelve las formas, que regresan así al caos líquido,
primario, universal. En su deambular bajo la lluvia continua
venusina, los astronautas supervivientes descubren la potencia
disolvente, desintegradora y amorfa de lo líquido.
La lluvia arrebata, disuelve las diferencias. Así,
la cara del teniente, antes morena, ahora ha perdido su
coloración natural. "La lluvia le había
quitado el color de los ojos. Tenía los ojos blancos,
blancos como dientes blancos como el pelo. El teniente era
todo blanco" (27). La blancura es lugar de disipación
de formas, de diversidad. Todo se hacía blanco, o
negro. "La selva blanca, blanca y las hojas del color
del queso. Y la tierra como húmedos trozos de queso
Camembert...todo negro y blanco".
El agua conspira contra la diversidad de las formas. Iguala.
Todo quiere devolverlo al homogéneo abrazo del mar
Único, donde todo es amorfo, o dimana un estado no
dividido en figuras. Por todo ello,
el agua socava la solidez de la diferenciada identidad corporal:
"unos pocos días bajo esta lluvia y uno ya no
tiene ni cara, ni piernas ni manos". Con sorpresa, Simmons
descubre que le cuesta escuchar. El agua devuelve al único
mar sus orejas: "Por Cristo -dijo, y se tocó las
orejas-. Mis orejas. Ya no las tengo. Esta lluvia me pelará
hasta los huesos". (28). El teniente improvisa un sombrero
con hojas. Pero después de intentarlo varias veces,
advierte que "la lluvia le disolvió las hojas
sobre la cabeza".
Agua
y disolución. Desaparición de la diversidad
natural de los colores. Sólo es el blanco y el negro.
Regreso lento. Memoria y recuerdo sigiloso del caos inicial. Disolución
en lo líquido que coexiste con la perduración solar
de la forma. Dentro de la cúpula del sol artificial,
la identidad puede ser presencia invariable, las diferencias
no se disuelven. El orden no colapsa. No se disgrega. Desde
la antigüedad, el sol es expresión simbólica
de una fuerza creadora, potencia que conjura el caos líquido.
El sol es creación del universo, de una forma ordenada,
de una realidad de identidades y diferencias estables. Lo
solar es plenitud de la forma. Es cosmos sin disolución,
que permite la multitud de las conciencias individuales.
Para los estoicos la fuerza creadora es pensada como un fuego
artesano. Un solo principio dirige lo múltiple. Una razón
divina, universal, se concentra en la región etérea, estelar
del sol. El alma es parte del soplo ígneo. El hombre es llama
del único fuego. En la teología solar estoica, el sol
es expresión del orden, justicia y renovación
cíclicas (29). Y la creadora calidez solar vive en
Venus a través de cúpulas, pequeños templos
seculares, sustitutos de la imaginería arquitectónica
gótica con sus cúpulas donde el cielo desciende,
con su halo de superior luminosidad solar (expresión
física de un fuego sobrenatural y divino) que alivia,
o eleva.
En
"La lluvia" se revive el enfrentamiento mítico
agua- caos-oscuridad y sol-orden-claridad. El agua disuelve,
todo lo restituye al mar Único. Lo solar preserva el
plexo de las formas diferenciadas.
Pero el agua también puede aliarse al crecimiento de
las formas, y brindar nueva vida mediante el movimiento
y la humedad. Frente al agua disolvente,
Bradbury imagina la gracia de una líquida fertilidad
musical en "El día que llovió para siempre",
en Remedios para Melancólicos. En
este relato, la lluvia es la respuesta poética a la
poesía liberada por unas manos de mujer recorriendo las delicadas
y resonantes cuerdas de un arpa. Los habitantes de un hotel
padecen una larga sequía, la agobiante aridez de un cielo
sin gotas. En el mundo antiguo, para obtener el alivio de
la húmeda liquidez de las alturas, el hombre desesperado por
la fiebre de la tierra reseca apela a la danza, la invocación
de los dioses, la pronunciación de palabras mágicas. Pero
ahora, en una agobiante escena del mundo moderno, una anciana
profesora de música, la señorita Hillgood, hábil musa del
arpa, acaricia con poesía el espacio. Y el cielo responde
con la lluvia. Que devuelve la calidez de lo fértil.
VI.
El
cohete hunde su cabeza bruñida en el frío mar del cosmos.
Atrás queda Nueva York. Delante, entre el paño oscuro
del espacio se agiganta el Planeta Rojo. Sobre la superficie
marciana, un remanente superviviente de magia medieval anuncia
sus conjuros. Tres brujas, émulas del aquelarre shakesperiano
en el comienzo de Macbeth, pronuncian sus sortilegios.
Agitan un caldero. Manipulan un muñeco, blanden agujas letales
y hechiceras. Atraviesan el tambor que late en el pecho de
la víctima, que asegura que un murciélago lo
amenazaba desde una ventanilla. Antes de la conclusión
definitiva de sus latidos, Perse le revela al médico
de la nave que alucinaba con muñecos de cera derritiéndose,
y agujas hundiéndose en su corazón. La autopsia
no revela ninguna causa orgánica del deceso. Sin embargo,
"ha muerto de algo". Las anomalías inverificables
para la ciencia médica del cuerpo o la mente se suceden.
El capitán y los otros tripulantes del cohete experimentan
alucinaciones. El capitán en particular, no había
experimentado ningún sueño en cinco décadas.
Sin embargo, luego de iniciado el viaje espacial a Marte "todas
las noches sueño que soy un lobo blanco. Me cazan en una colina
de nieve y me matan con una bala de plata. Y con una estaca
me atraviesan el corazón" (30).
Y
todas las perturbaciones son porque "ellos" saben
que los astronautas de una tierra racional se acercan. "Ellos"
son los que sobreviven en el lado nocturno, en la libertad
de la imaginación, en la otredad del arte de lo fantástico,
lo siniestro y la poesía. Ellos son los que, otrora,
entre las tinajas del licor de lo misterioso y lo terrible, encendieron
volcanes de fuerza imaginativa. Ellos son ahora los desterrados.
Hace casi un siglo, una ley prohibió las obras de la
libre imaginación. En los museos fueron encerrados
los ejemplares finales de las obras de un amplio arco de la
ensoñación, desde Poe y Bierce, pasando por Stoker,
Irving y Blackwood, hasta Lovecraft o Huxley (31).
Los
viajeros de la Tierra que desterró la otredad imaginativa
llegan a Marte. Su misión es clara: destruir definitivamente lo
antes desterrado. En el destierro marciano sobrevive, como
sutil presencia, un mundo de sensibilidad fantástica
a orillas de un seco mar. Imperceptible para los astronautas,
la verde ciudad de Oz alza sus torres. Desde lo alto de una
de esas elevaciones, escruta las novedades el líder
de la resistencia de lo otro. Edgar Allan Poe.
Es
el momento de la última resistencia. Shakespeare despliega
su ejército feérico: "Oberón, el
padre de Hamlet, Pack...". Poe busca aliados. Desea reavivar
las últimas fuerzas para un agónico contraataque.
Poe "parecía el demonio de una oscura causa perdida,
un general derrotado en una desastrosa invasión".
El autor de La caída de la casa Husher no desestima
la oportunidad del retorno a la tierra. Pero el principal
desafío es contener la marea invasora de la cultura
de la ciencia y el progreso, de aquellos que "no quieren
dejar nada sin clasificar". Los que "carecen de
la imaginación" son "esos jóvenes
del cohete, tan límpios, con sus escobas antisépticas
y sus cascos como peceras" (32). Ellos, en realidad,
son los "sacerdotes de un nuevo culto", que ansían
edificar, aun en la solitaria sequedad marciana, otra catedral
de religión científica con sus dogmas de verificaciones
empíricas, sus ritos matemáticos, y sus ceremonias
de industrias y eficacias tecnológicas. Poe teje sus
conciliábulos estratégicos con Bierce, Blackwood.
Busca convocar a la Muerte Roja, el letal espectro de su afamada
ficción de antaño. Solicita inútilmente el auxilio
de la elegancia expresiva de Dickens, también desterrado
a pesar de su desdén por lo terrorífico o fantástico.
Blackwood, conciente del peligro, propone un nuevo éxodo,
una fuga a Júpiter, Saturno o Plutón. Pero el
cansancio aguijonea al líder de la otredad. El último
refugio es la resistencia desesperada. O la extinción
irrevocable de los desterrados. El crujido de la garganta
bajo un puñal de cenizas. Es momento entonces de la
apelación a los polvos mágicos, a las serpientes
y fuegos, "vientos y lluvias que pasaron sobre las arenas
del mar". Pero las fuerzas mágicas sólo
son efectivas sobre aquellos que creen en ellas. Los hombres
que descendieron del cohete caminan con el seguro resplandor
en los ojos de la evidencia científica como irrebatible
verdad. No creen en la fantasía ni en cascabeles ilógicos.
Con el hombre arcaico y su universo mágico, quizá
sólo comparten una creencia en común: el fuego,
las rojas llamas físicas, como ejercicio de purificación,
como expulsión del peligro demoníaco. Los humanos
recién llegados a Marte edificarán allí
un nuevo mundo en el que se abocarán "con mayor
firmeza aún, a la ciencia y el progreso". Y lo
nuevo demanda la superación definitiva de lo viejo.
Su aliento retrógrado se extinguirá en el alarido
ígneo, en la hoguera purificadora. Los mensajeros de
la tierra racional han traído los últimos ejemplares
de la obra imaginativa. Su destino es asegurar la extinción
completa de lo antes desterrado. Por la perduración
de aquellos libros viven todavía los autores "inquietantes". Los
creadores, de escrituras malditas. Entonces, "el capitán
arrancó las páginas de los libros. Las hojas
marchitas alimentaron la hoguera". Los quemantes reflejos
de las llamas se contonean sobre el vasto océano desértico.
Primero un estremecimiento del aire, y luego el silencio se
emplaza donde antes "había habido algo".
Un miembro de la tripulación exterminadora, entreve,
como un evanescente fucilazo, una "ola negra", una
ciudad verde que sucumbe. El testigo del colapso último
recuerda una vieja lectura de la infancia sepultada, la visión
de la verdosa urbe derrumbada se asemejaba a un cuento, "un
cuento, Oz, creo que se llamaba. Sí , Oz, La ciudad
esmeralda de Oz" (33).
Los
hombres progresan en el desierto marciano; expectantes, aferran
sus armas. Nada los conmueve, ni sorprende. Ya ningún
sobreviviente de la luna extraña deambula por allí.
La
intuición artística, libre del límite
lógico, es parte de lo siniestro para la civilización
unilateralmente racional. La siniestra libertad de la imaginación
es consumida por el fuego destructor. Recurso que Bradbury
imaginó también en Fahrenheit 451, donde
la peligrosa cultura escrita del pasado es aniquilada por
las llamas de especiales escuadrones de bomberos. También
en Crónicas marcianas, en "Usher II", la
otredad maldita es destruida por una gran hoguera. La ficción
se inicia con la interpolación de un párrafo
de "La caída de la Casa Usher". El rico
señor Stendhal construye en Marte una réplica de la
casa siniestra imaginada por Poe. Stendhal (coincidencia seguramente
no casual con el autor de Rojo y Negro). En el diálogo
con el señor Bigelow, Stendhal propone una meticulosa
radiografía de las razones del rechazo de "las
hermosas mentiras literarias". El miedo de la oscuridad
o de lo extraño indecible alimenta la expulsión
de la fantasía. El imperio del temor desborda prohibiciones. El
hombre temeroso vomita sus espectro en todas las tierras (incluso
más allá de su planeta madre). La interdicción
llega también hasta Marte mediante Garrett, "Inspector
de Climas morales". Garrett es la conciencia vigilante
que recuerda al dueño de la nueva casa Usher: "ya
conoce esta ley...Nada de libros, nada de casas, nada que
pueda sugerir de alguna manera fantasmas, vampiros, hadas
y otras criaturas de la imaginación" (34). La
amenaza de la prohibición y la clausura de lo imaginativo
revive el esquema de la racionalidad expulsora de la imaginación.
Las fuerzas negadoras de lo otro matan lo temido mediante
el fuego (35).
El
Sr. Stendhal recuerda con pesar el realismo inculcado a los
productores de cine, y el modelo de una repetida y estrecha
estética realista. Ernst Hemingway. Dentro del conflicto
de la razón represora y la fantasía desgarrada,
el Sr. Stendhal convierte a Garrett en víctima de una
repetición de la literatura en la realidad: lo transforma
en involuntario actor de la repetición del destino
trágico del personaje de "El tonel del amontillado".
Y la réplica marciana de la casa Usher sucumbe, finalmente,
como su versión original. Pero el derrumbe de la casa
aquí, es una forma de combativa victoria frente a la
extinción impotente en "Los desterrados".
Bradbury consuma una variación ficcional de un proceso
cultural central del siglo XIX. La oposición ilustración-romanticismo.
Es la colisión, dentro de los términos de la
meditación filosófica, entre el discurso de
la transparencia lógica del todo (Voltaire, Hegel,
Holbach) y la intuición de una palpitación prerracional
del ser (Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger). La era de la
ciencia positivista, y el pensamiento de un absoluto racional,
destierra la otredad maldita. Como condición del progreso
de un conocimiento emancipado de incrustaciones irracionales.
El saber racional que destierra pretende la sólida
salud de una homogeneidad sin fisuras. Un saber sin agujeros,
como manifiesta el personaje central de "El perseguidor",
un fundamental relato cortazariano (36).
En un paisaje marciano, Bradbury ensaya su variación
imaginativa de la acción cultural que obliga al éxodo
al perfil extraño de la realidad. Ese costado siempre oculto,
por el velo de la metáfora, tras el lunar rostro opalino.
En "Los desterrados" los astronautas llegan exudando
seguridad. Pero en otro viaje espacial de El hombre ilustrado,
el capitán Hart arriba con sus hombres a Marte. Espera
ser recibido triunfalmente en una ciudad. Pero se le informa
que alguien de la Tierra ha llegado antes, alguien que cura
a los leprosos, y devuelve la vista a los ciegos. Es el regreso
de "el hombre", de aquel que padeció martirio
en una cruz. El capitán Hart no puede aceptar la realidad
de ese regreso. No puede tolerar tampoco su insignificancia
ante ese supuesto arribo. Busca explicaciones racionales,
otras expediciones que pudieron adelantársele, para luego
urdir un engaño colectivo. No puede aceptar la fe.
Pero Hart termina por ser devorado por la duda ante las evidencias
de la llegada sobrenatural; y con la conciencia de su vacío,
y con su cohete, se lanza tras Aquel que pasó por la
ciudad marciana, para después llegar a algún
otro planeta. Pero la persecución es una reacción
ante la incapacidad de creer en lo que no necesita fundamentación.
Por eso, Hart irá de un planeta a otro, y siempre llegará
tarde. "...Y un día lo perderá ( a "el
hombre") por unos segundos. Y cuando haya visitado trescientos
planetas, y tenga setenta u ochenta años de edad, lo
perderá por una fracción de segundo, y luego
por una fracción todavía más pequeña"
(37). Como Aquiles, en las aporías de Zenón,
Hardt nunca alcanzará a la tortuga (la espiritualidad
crística en este caso) que avanza delante. El hombre
racional ya no es el seguro ejecutor del exterminio de lo
irracional desterrado. Ahora, él es el desterrado entre
los ecos de la soledad. Que siempre se multiplica.
Y
por otro lado, en "El niño del mañana",
en Fantasmas de lo nuevo, la alteridad, a diferencia
de "Los desterrados", en El hombre ilustrado,
es aceptada. Polly Horn pare un bebé con el auxilio
de una máquina de partos. El fruto de su vientre se
revela como extraordinario. Un niño con forma de pirámide
azul. Que posee conciencia y ve a los seres de su entorno
como formas geométricas. El niño ha nacido en
otra dimensión. En la otredad. Es un ser visible de
un mundo otro donde todo adquiere la figuración geométrica
de conos, cuadros, pirámides. Sus atónitos padres,
Peter y Polly Horn, aceptan la propuesta del doctor Wolcott
de ingresar a la dimensión del niño, Py. El
matrimonio Horn, a través de una máquina especialmente
inventada para este fin, ingresa al lugar otro de su infantil
descendencia piramidal. Un lugar o sitio axial que promete
revelaciones filosóficas superiores. Así, el
médico les asegura que, luego de su experiencia de
encuentro con la alteridad, "muy bien pueden escribir
un tomo de filosofía que les moverá el piso
a Dewey, Bergson, Hegel, o cualquiera de los otros".
Los Horn consuman el viaje y, transformados, renacen en la
otredad fuera del límite de lo conocido. En este caso,
la dimensión extraña no es desterrada, sino
que encuentra una forma, aunque sea precaria, de integración
con la realidad conocida.
VII.
Es
el tiempo de la invasión. Marte conquistará
la Tierra presuntuosa. Entre los marcianos, el fervor bélico
es casi absoluto. Casi. Porque Etil Vrye es la excepción.
Es lector asiduo de la literatura terrestre. Leyó cuantiosos
volúmenes fantásticos. Sabe que los terrestres
han imaginado muchas invasiones marcianas. Pero todas fracasan.
Etil cree que la literatura prefigura la realidad. Desde esta
predeterminación textual, la invasión está
destinada al fracaso. Además, la guerra es el cercenamiento
absurdo de los cuerpos saludables. Bajo la amenaza de
una muerte ignominiosa frente a su hijo, Etil acepta lo fatal:
ser uno más en el estúpido ataque. Llega a la
Tierra donde no lo esperan cañones rugientes, activos
fuegos de metralla o misiles. Los terrestres reciben a los
invasores con aplausos, hurras y fanfarrias. Los marcianos
son agasajados con frutillas, perfumes, jabones, cervezas,
copos de maíz o pescado. Etil es la conciencia lúcida
que advierte el inicio de la estrategia contraofensiva terrestre:
conquistar a los invasores no por las armas sino por una oferta
de comodidades y halagos. Lentamente, los marcianos se tornan
"desmemoriados y perezosos". La ilusión de
placeres y aventuras en los cines, fiestas continuas, el frenesí
por los automóviles, inoculan en los antes fieros guerreros
una desorientada fragilidad de sonámbulos. En su carta
a Tylla, su esposa marciana, Etil desnuda con claridad la
meticulosa sangría de la libertad: " Y hemos sido
arrojados en esta civilización como un puñado
de semillas, en una mezcladora de cemento. Ninguno de nosotros
podrá sobrevivir. Nos matarán a todos pero no
con balas, sino con un amable apretón de manos. Nos
destruirán a todos, pero no con cohetes, sino con un
automóvil..." (38). En la civilización
del estrangulamiento silencioso, la pesadez y rudeza de cemento
es metáfora del páramo donde no es posible ya
germinar. Florecer. Ser. La semilla del posible resplandor
individual muere en el disimulado yermo de la vida moderna
y sofisticada.
Etil es tentado por la industria cinematográfica, por
la feria hollywoodense de ilusiones, para oficiar como consejero
técnico de un prometedor film que mostrará la
invasión marciana a la tierra. Hasta el final, Etil
mantiene su alteridad crítica, su independencia radical.
Con estremecedora claridad, entreve el futuro: llegarán
a Marte las conocidas tecnologías terrestres. Brillantes
luces de neón, casinos de juegos, "picnic en cementerios",
mareas frenéticas de turistas. Etil entreve que "la
guerra es mala, pero la paz puede ser algo horrible".
Otra
peculiar invasión marciana que
imagina Bradbury en El hombre ilustrado ocurre en "La
hora cero". Aquí los niños terrestres juegan
un juego de la invasión, la espera de unos misteriosos
visitantes marcianos. Los adultos creen que sólo se
trata de ocurrencias infantiles. Pero en "la hora cero",
en una noche de zumbidos y sombras inquietantes, el niño
Mink conduce a sus aliados, los visitantes del planeta marciano,
al cuarto de sus padres. Luego el juego continuará
con la dominación del mundo y los niños que
ciegan a los que antes despertaron su odio.
La sociología de la manipulación
que mana de "La mezcladora de cemento" abriga semejanzas
con la perspectiva del hombre subyugado en El discurso
de la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie
(39). El joven pensador francés del siglo XVII se enfrenta
al hecho del amplio sometimiento de las masas bajo los regímenes
monárquicos absolutistas. La esclavitud es voluntaria.
Nadie es dominado si previamente no lo consiente. La elección
por la pérdida de la libertad es consecuencia de las
costumbres y la educación. El poder infunde la amnesia
de la libertad, para socavar la energía guerrera y
la comprensión de la propia realidad. La Boétie
recuerda, como principal ejemplo de una estrategia aplacadora
del deseo de libertad, al rey Creso. Creso conquista Sardes,
capital del reino de Lidia. Su población es celosa
defensora de su libertad. Tras su derrota militar es previsible
una inminente y furiosa sublevación en pos de la recuperación
de la gema perdida de la vida libre. Reprimir el estallido
demandaría a Creso una poderosa guarnición permanente,
ingentes recursos, una tensa alerta continua. En una anticipación
de la astucia maquiavélica, Creso decide saturar la
capital de Lidia de casas de juegos, donde el azar promete
lujuriosas riquezas como premio. Los habitantes de Sardes,
antes orgullosos guerreros, ansiosos por brillar con el ascua
vehemente de la libertad, olvidan su sometimiento. La compulsión
lúdica, la avidez por una fácil y fulminante
ganancia, los despoja de toda sed de rebelión.
La estrategia de Creso se reitera en la ficción
bradburiana. Una antigua práctica de consolidación
del poder sin armas es isomorfa con los modernos brebajes
anestesiantes de las culturas de masas, donde el inmediato
placer de la industria del entretenimiento succiona la pasión
por el paso libre.
VIII.
El
imperio romano conquista. Agita estandartes. Crea derecho.
Sostiene la copa de un cosmos político bullicioso.
Y abriga una filosofía. Para la doctrina estoica en
el universo obra una ley natural. La virtud del sabio estoico
es vivir en conformidad con la naturaleza. En la altura de
la ley fulge la luz de un valor continuo, ajeno a las zozobras
del cambio azaroso y a la mudanza relativista de las opiniones
o de la fortuna. Hoy, alguien resplandece en la cima del poder,
de la riqueza o la fama. Pero mañana puede rodar entre
rocas y estacas feroces. El vaivén pendular de la fortuna
es especialmente activo en la turbulenta realidad política
del imperio. Intrigas, disputas, el restallar fulminante de
la ambición, condena al derrumbe o la muerte al que
antes brillaba complacido en el cielo de los privilegios.
Para el estoico, la felicidad dependerá de la apatía
o la ataraxia respecto a las cambiantes contingencias
de la vida. Cuando aúlla la desgracia, la respuesta no será
el lamento, la ira o la queja. La respuesta es la serena aceptación
de lo trágico.
La
apacibilidad estoica ante el infortunio se infiltra entre
las hendiduras de "La última noche del mundo",
otra ficción de El hombre ilustrado. En 1969,
con la dirección de Jack
Smight y el papel protagónico
Rod Steiger, se llevó al cine la fundamental obra de
Bradbury. Se adaptan los relatos de "La pradera",
"Lluvia ", y la "La última noche del
mundo". La adaptación en particular de este último
relato altera y pierde el espíritu de impasibilidad
original del texto (40).
En
el relato originario es la mañana. El sol besa con
sus labios rojos la tierra. Una vez más. Luego, tras
el mediodía, en el sucesivo dorso del tiempo, la tarde;
y después descenderá el manto aterciopelado
de estrellas. Y el ciclo del tiempo deberá reiterarse.
El amanecer. La mañana. La nueva germinación
de claridad solar. Y la tarde. La nueva tarde. Después,
la siguiente noche. Pero hoy será la última
noche del mundo. El hombre, el esposo, anuncia la novedad
a su esposa. Luego del cercano réquiem de oscuridad y antorchas
estelares, no habrá una nueva sonrisa matinal. La causa
quiere saber la mujer. ¿La causa será una guerra
bacteriológica, la detonación de una bomba atómica
o de hidrogeno? No. El fin no será una destrucción
nítida, rugiente. El final será "un libro
que se cierra". Todo simplemente terminará.
El
conocimiento de la extinción
no es individual. Es una revelación colectiva que se
anuncia en un sueño común, compartido. Todos
soñaron el final. Y quizá hoy, "por primera
vez en la historia del mundo, todos saben qué van a
hacer de noche" (41). Nada le dirán a sus hijos.
Nada se alterará. Ninguna acción especial surgirá
para recibir la última noche. Ninguna imploración
terminal. El libreto de la existencia no sumará o borrará
renglones. El hombre y la mujer, al acercarse la noche definitiva,
lavan platos, leen, se distraen con periódicos, escuchan
música. Quizá sea inevitable un temblor de despedida.
"¿Tienes ganas de llorar?", pregunta el hombre.
"Creo que no", contesta la mujer que, luego, extiende
su cuerpo en la cama de límpidas sábanas. Y
un comentario sobre el placer del reposo es obligado porque
"todos estamos cansados". Y la mujer que se aleja
por un momento para cerrar un grifo. Y vuelve luego con una
sonrisa por ese olvido doméstico. Y los cuerpos cómodos
sobre el lecho "con las cabezas unidas y las cabezas
rozándose". "Buenas noches", es el sereno
saludo final. Y la llegada del viento letal que detendrá
el laberinto de los corazones humanos.
En su relato, Bradbury ha buscado la impersonalidad.
El esposo y la esposa carecen de nombres propios. Son el hombre
y la mujer. Sus diálogos postreros, su respuesta apacible
al final de todo son así expresión de lo genérico.
No un estado individual. Todos han soñado la noche
última, y todos están cansados. El agotamiento
por el tedio, la saturación de lo repetido sin creación,
roe acaso la voluntad de continuidad. El sueño que
reveló la conclusión de todo, es productiva
afloración de imágenes de un inconciente colectivo.
O más exactamente de un deseo común. La decisión
de acabar. Un disfrazado consenso para escapar al fin de una
vida hace tiempo concluida. Estoica es la serena respuesta
ante la inevitable tragedia. Pero la apacibilidad no promete
ahora una nueva sabiduría. Es sólo la cansada
resignación ante un mundo cuya única alternativa
es una última noche. La indiferencia ante lo que sólo
es desierto.
IX.
El
cohete se hunde en la longitud interminable del espacio. Dentro
del tubo de fuego y movimiento, un astronauta fuma nervioso.
Cerca, otro viajero no fuma. Escucha los extraños comentarios
de Hitchcock envuelto por una retahíla de humeantes cigarrillos.
El fumador compulsivo recuerda por un instante la Tierra,
el supuesto lugar de su anterior vida, el planeta que es,
que debería ser, en alguna parte. Pero todo lo que
desaparece de las más directa percepción desaparece
también. "No creo en nada que no puedo ver o tocar".
Sólo existe lo que está frente a los ojos. Si
un hombre abandona nuestro campo perceptivo, deja de existir.
Pero si Hitchcock se reencuentra con ese sujeto en la calle,
es "como una resurrección". El recuerdo podría
corregir el drástico proceso de las desapariciones
y ausencias. Alguien ya no está, pero si lo recordamos
su existencia no se interrumpe. Mas para Hitchcock los recuerdos
son "como puercoespines". Recordar lastima, fuerza
la desconcentración, inhibe la eficacia en el trabajo.
Y sólo existe lo inmediatamente visible, en el vuelo
por el espacio la Tierra ya no es. La única realidad
es el espacio que abraza a la nave. Sólo es verdadera
la conciencia que piensa ese espacio. O, en último
término, el espacio al que arriba esa conciencia.
Hitchcock
come frenético, voraz, como si fuera la última
vez. A través de la ventanilla del cohete columbra
las estrellas remotas. Su afligido y perplejo interlocutor,
Clemens, le asegura que los fuegos estelares son demasiados
distantes: "no vale la pena ocuparse de cosas tan lejanas".
Si Hitchcock alude al pecho extenso y vacío del espacio
es por la atracción del espacio, de la vacuidad espacial
donde nada hay arriba ni abajo, ni nada hay entre esas imprecisables
posiciones.
Clemens arriesga que pensar en el pasado podría recuperar
los antiguos pensamientos de su compañero de viaje.
Acaso podría ser una meseta para expulsar viejos errores
o dudas y luego evolucionar hacia un nuevo estado sin desesperación.
Pero lo pasado no tiene entidad. Es también espectro
sin sangre ni sudor. Hitchcock insiste: "no creo en nada
que no exista y actúe en mi presencia" (42). Entre
la tripulación crece el consenso de que la escéptica
filosofía compulsiva de Hitchcock precisa auxilio psiquiátrico,
porque éste "ha caído en un pozo sin fondo".
Pero la psiquiatría a bordo no podrá, con palabras
y caricias, suturar las grietas.
Hitchcock
sube hasta un piso superior. Duda nuevamente de su existencia.
Acaricia frenético los mamparos. Los toca. Sólo
así sabe que es real. Clemens le comunica que abajo
lo espera el resto de la tripulación. ¿Pero
cómo probar su existencia? Ahora, en este instante,
no tiene ninguna evidencia sensorial de su realidad. No es
posible llevar consigo las cosas físicas, incorporarlas,
incrustarlas en un cuerpo expandido para así, siempre,
poder, por una vía física, verificar su continuidad.
Al abandonar la percepción directa de algo, este algo
se desmenuza en la nada. Por eso, Hitchcock confiesa: "odio
los objetos físicos. Los dejas atrás y no puedes
creer en ellos". La imposible comprobación empírica
constante sólo podría ser remediada por la mente;
la demostración mental de la realidad de algo permitiría
"saber cómo es algún sitio cuando ya no
estoy allí". Pero la realidad es que todo acto
pasado estalla en la desintegración. Y Hitchcock recuerda
que alguna vez quiso ser escritor. Sintió, una vez,
que su nombre estampado sobre un cuento publicado no era ya
su nombre. El relato ya concluido era un acto pretérito,
algo ya sin inmediatez ni realidad. Así, el nombre
asociado a un acto irrecuperable "sería siempre
una mancha de hollín, unas cenizas". Y si nada
puede demostrarse, la única felicidad concebible sería
perderse en la nada oceánica del espacio.
Y se produce el silencio, el choque de un meteorito,
y el estremecimiento de la columna metálica de la nave
en el frágil abismo cerebral del astronauta de la duda
continua. Y Hitchcock mudo, recluido en sí mismo. Con
los viejos puentes verbales ya rotos. Sus piernas recuperan
la movilidad sólo para embutir su conmoción
neuronal en un casco y un traje. Luego, abre una compuerta.
Y Hitchcock flota sobre un camino de siniestras mariposas
ingrávidas...
El astronauta perdido en el espacio sideral pone en
acto, dentro de un veloz cohete, la perplejidad filosófica.
Hitchcock evoca las figuras filosóficas que repliegan
la realidad al único imperio del instante vivido. La
realidad es sólo ahora en este instante actual. Predominio
de la inmediatez. Equivalencia de una figura puntual del espíritu
en el pensar hegeliano: la certeza sensible. El verdadero
conocimiento es totalidad conciente de sí misma. Pero
la precariedad de un saber rayano en el no saber es la verdad
restringida al instante inmediato. En la certeza sensible
hegeliana sólo es verdadero lo que es percibido en
el ahora; el pasado se ahoga en la tiniebla del olvido, o
en el mañana, en lo posterior, en lo que aún
no contiene ninguna presencia. Pero lo sensible no es conciente,
por sí mismo, de su precariedad, como sí lo
es Hitchcock. La reducción de lo real al ahora que
se puede ver o tocar es actitud afín a la ingenuidad
positivista. Al más elemental positivismo donde lo
verdadero es lo verificable por alguna evidencia sensorial.
Hitchcock no entreve la liberación
del empirismo más primario de la inmediatez en pos
de una primacía del pensamiento, de un orden psíquico
o mental, ajeno a los datos sensoriales inmediatos. Sabe de
la miserabilidad de una realidad aplastada por la comprobación
física. Por eso, el "odio de los objetos físicos"
espolea un predominio "de la mente sobre la experiencia.
El deseo de saber cómo sería un lugar cuando
yo no estoy allí", un orden mental que asegure
la existencia y su continuidad más allá de un
sujeto individual y su comprobación personal de los
hechos. Berkeley, tal vez, pudo ayudar a Hitchcock, con su
obra Tres diálogos entre Hilas y Filonus. Allí
donde no está el individuo el espacio continúa
en tanto la mente divina piensa, y construye desde su pensar,
ese lugar. Pero el idealismo filosófico no salvará
al astronauta perplejo.
El
último acto de su duda filosófica es una suerte
de epojé husserliana sin conciencia. El gran
creador de la fenomenología perfecciona un viejo recurso
filosófico: la epojé como puesta entre
paréntesis de la actitud natural, como suspensión
de las creencias habituales aceptadas sin discusión.
En el escepticismo antiguo la epojé, en la andadura
filosófica de Pirrón de Elis, es suspensión
de la atribución de realidad a una existencia sobre
la que nada puede decirse con seguridad. En Descartes se produce
una momentánea y metódica suspensión
de las creencias en la realidad del mundo exterior. En Husserl
lo aceptado habitualmente se suspende para llegar al fundamento
que actúa como primera fuente de sentido: la conciencia
(43).
Clemens informa sobre las últimas palabras de Hitchcock
al abandonar la nave: "Ya no existe el cohete. Nunca
existió. Ni la gente. No hay nadie en todo el universo.
Nunca hubo nadie. Ni planetas. Ni estrellas. Ya no tengo mano.
Nunca las tuve. Ni cuerpo. Ni boca. Cara. Ni cabeza. Nada.
Solamente el espacio. Solamente abismo" (44).
Radicalización de una epojé al rozar
las playas del espacio sin fin. Suspensión enfática,
convertida en negación explícita, de las viejas
creencias. Lo que antes es una "actitud natural"
daba por ciertas certezas del mundo exterior, los hombres
y los planetas, y el cuerpo y sus partes, ya no es tras la
remoción de los antiguos contenidos "reales".
Sólo subsiste la única realidad que no puede
ser negada, suspendida, impugnada: el espacio. Que no es conciencia
que luego devolverá el sentido de las cosas, sino abismo,
situación final que teatraliza la paradoja del hombre
moderno y newtoniano que descubre una ley válida para
el gran espacio cósmico. El hombre capaz de viajar,
por el ingenio tecnológico, en la amplitud del espacio,
no puede trascender la cercanía y la inmediatez. El
espacio, tras la epojé radical de Hitchcock,
ya no es presencia ilimitada. Es sólo espacio infestado
de cenizas y angustia. Laberinto sin "nada arriba, nada
abajo", y "mucha nada en el centro".
X.
Hitchcock
se confunde con su abismo. Aquí no hay premeditada
estrategia de fuga o de negación conciente del dolor.
La premeditada evasión de un presente agobiante ocurre
en "El zorro y el bosque", otra de las prosas de
El hombre ilustrado. Roger y Susan Kristen acuden
a los Servicios de Viajes por el tiempo SA para escapar al
futuro de su presente en el 2155. Kristen trabaja en una fábrica
de bombas, y Susan en un laboratorio de cultivos patógenos.
Escapan de un mundo concentrado en perfeccionar los poderes
de destrucción. Escapan al México de 1936. Pero
el supuesto refugio seguro para la evasión es vulnerado:
un supuesto director de cine les presenta una idea de film
que es su propia historia. Recurso shakespereano para producir
la nerviosa reacción de una verdad oculta en los rostros
de los sospechosos de un delito (45).
Evasión de la acción destructiva. Otra
forma de fuga es la negación conciente de una ausencia
imposible de obturar. En "El hombre del cohete"
un astronauta se ausenta durante largos períodos. Al
regresar con su hijo y su esposa, desea convencerse de que
la Tierra con sus mares, con sus ciudades y paisajes, son
"cosas buenas". Para así ya no regresar al
reino de las distancias cósmicas. Pero siempre lo absorbe
la nostalgia, y sus ojos, con un inevitable parpadeo repetido,
contemplan las "joyas de Orión". Y de nuevo
se inicia el largo viaje, la ausencia y la soledad. Y su esposa
vive en la aceptación de una muerte acontecida en una
misión sin regreso: "y cuando tu padre regresa
-le revela la madre a su hijo- tres o cuatro veces al año,
no es él realmente, sólo es un sueño,
un recuerdo agradable, o el sueño se interrumpe, o
el recuerdo se borra, y ya no puede durar mucho. Así
que casi siempre me lo imagino ya muerto" (46).
"El hombre del cohete" finalmente morirá,
de hecho, en la ardiente caída de su nave en el sol.
El largo viaje en el espacio le enseña al astronauta
la imposibilidad de arraigarse en una amplitud inacabable.
El contrapunto de esta angustia es la simple y dulce seguridad
en una realidad de horizontes cercanos, ajena al remoto dorso
estrellado de las galaxias. Realidad sin distancias vertiginosas,
como la de Hernando, en "La carretera". El hombre
que trabaja en una estación de servicio. Entre el largo
frío y soledad de la carretera, descubre cambios imprevistos,
flujos de automóviles y viajeros. Y la llegada de un
auto con jóvenes bajo la lluvia. Muchachas que lloran.
Y el juvenil conductor le anuncia: "ha empezado...".
Ha empezado el grito letal de las bombas. Los rayos atómicos
de la devastación. Es el fin del mundo. Pero Hernando
se despide y regresa al surco donde destilará sudor
sobre un arado. Y no puede evitar un asomo de confusión:
"¿A qué llamarán el mundo?"
(47). Dentro de la multitud de ficciones de El hombre ilustrado,
afiebrada de distancias espaciales, la simplicidad de la rusticidad
de Hernando, un sobreviviente de lo rural y medieval, que
desconoce toda abrumadora lejanía.
Indiferencia respecto a la amplitud. Contrapuesta a la avidez
por la travesía en lo lejano de Fiorello Bondoni, otra
figura de la humildad, un trabajador en un depósito
de chatarra. Una labor incapaz de alejarlo de la pobreza a
él, y a su esposa, María, y a sus tres hijos.
El destino le trae el ofrecimiento de un cohete que nunca
viajó, un primer modelo de aluminio, de una nave futura.
El cohete brilla en el depósito. A diferencia de Hernando,
Bondoni siempre quiso la exploración espacial. Siempre
acarició la posibilidad del viaje, de una travesía
física que le es negada por la estrechez, la pobreza.
Y
Bondoni juega en la cabina del piloto. Grita, ordena, insulta,
para que la nave rompa la estéril inmovilidad. Para
que comience el movimiento que promete la llegada a la roja
superficie marciana. Pero lo inmóvil y pesado determinan
la imposibilidad de la travesía. Sólo la imaginación
puede crear una nueva posibilidad. Entonces, nuevos arreglos,
el perfeccionamiento del ingenio mecánico. Y el anuncio
a los niños de un viaje a Marte. María estalla
en quejas y advertencias sobre el peligro de volar en un cohete
precario. Pero Bondoni se empecina. Él y sus hijos
suben al cohete. Entonces, el viaje comienza dentro de un
relato. El padre pide a su descendencia: "Oled los olores
del cohete. Sentid". Y Bondoni anuncia la visión
de la Luna, la llegada a Marte. En la ensoñación,
los niños duermen para después despertar. El
viaje de millones de kilómetros concluye. Afuera sigue
el depósito de chatarra. Los niños despiertan.
Recordarán por siempre la gran travesía hacia
Marte. Y le reprochan después a su madre: "Mamá,
tendrías que haber venido, a ver Marte y los meteoros,
y todo!" (48). La esposa comprende. Acaricia al "mejor
padre del mundo". Y marido y mujer proyectan un futuro
"viaje corto".
La
precariedad material estimula otra forma de travesía.
La fuerza de la evocación imaginativa. Que contrasta
con el viaje físico de una tecnología futura
sofisticada. Como el dispositivo técnico que permite
el periplo dentro del sol. Una tecnología que ahora
no es sombra sobre lo humano (como en "La pradera"
por ejemplo) sino medio de expansión o refinamiento
de la conciencia. La nave Copa de oro crea una corteza
hiperhelada para recibir el fuego y los secretos de la gran
estrella. La nave se sumerge en el sol mientras el capitán
pide "extender la mano con la copa del mendigo"
(49). Religiosidad nacida en el viaje
físico dentro del astro solar, convertido en un "árbol
en llamas". Sus frutos son doradas manzanas cuyo "culto
crece y se extiende" en los hombres, en astronautas místicos,
que ya no perciben la magnificencia del sol como una incandescente
masa gaseosa sin espíritu, sino como misteriosa poesía
de la luz.
También, en "Canto del cuerpo eléctrico",
en Fanstasmas de lo nuevo, el despliegue tecnológico
concentrado en un humanoide corporiza un modelo de elevado
pensamiento, lucidez y sensibilidad. Una máquina, un
humanoide eléctrico, una abuela destinada a cumplir
su rol de tal en una familia, actúa como fuente de
enseñanzas; es una colmena de abejas-pensamientos que
poetizan el mundo. El cuerpo eléctrico, la máquina
espiritualizada, transmite a sus nietos una visión
más alta de la existencia. Función similar al
cohete Copa de oro que es el portento tecnológico
que dona a los hombres la oportunidad del viaje hacia el núcleo
mágico de la fuerza solar.
XI.
La
modernidad racional y el positivismo de la ciencia clásica
enseñaron que lo vivo es lo orgánico. Lo inorgánico
no posee las funciones de la sensibilidad nerviosa o de la
conciencia. Una montaña no puede vivir en este sentido.
Y tampoco una ciudad. La ciudad moderna es aglomeración
de construcciones artificiales, de entidades mecánicas.
Las ciudades antiguas, en cambio, son un microcosmos, una
duplicación de un modelo celeste.
La
ciudad antigua es fundada bajo ritos ancestrales que sacralizan
el espacio urbano. La urbe romana, por ejemplo, nace desde
un rito fundacional, que le asegura una fluida comunicación
con las fuerzas divinas de lo alto y las potencias subterráneas
de lo telúrico. La ciudad así no se reduce a
una función de refugio y hábitat humano. Para
la mentalidad mítica, la ciudad es una forma de vida
sacralizada.
Pero
dentro de la desacralización del tiempo moderno, la
ciudad es sitio colectivo de valor estético, histórico,
o mero lugar. La ciudad sólo es círculo de resonancias
y valores humanos. Carece de vida propia. En la cultura de
la vida concentrada en la humanidad, la ciudad viviente sólo
puede ser redescubierta por la libertad imaginativa. Tal es
lo que ocurre en la ficción "La ciudad" de
El hombre ilustrado. Aquí, unos viajeros espaciales
de la Tierra visitan un planeta. Allí propagan una
enfermedad letal. La lepra, monstruo feroz de incontables
dagas, extermina a muchos habitantes del otro mundo. Los sobrevivientes
construyen una ciudad conciente, capaz de sentir y pensar
para cristalizar un propósito expreso: la espera y
la venganza. Luego de doscientos siglos, los astronautas de
la humanidad retornan al planeta antes devastado por los demonios
patógenos. Los visitantes creen que la ciudad está
desierta. Que es un lugar de muerte y olvido. No es así.
La ciudad está despierta, viva. Posee una Oreja que
escucha. Una nariz poderosa que percibe aromas, perfumes.
Y unos ojos que, ante la llegada de los extraños, dispersan
las brumas del letargo, para ver con alerta agudeza. Así,
"todos los sentidos de la ciudad hormigueaban ahora como
ante la caída de una nieve invisible", y "contaban
las respiraciones, y los sordos latidos de los corazones ocultos..."
(50). La ciudad examina a sus visitantes. Realiza evaluaciones
precisas. Y la urbe revivida posee una Mente, que luego de
los metódicos cálculos necesarios, determina
que los recién llegados son hombres "de un planeta
llamado Tierra, que hace veinte mil años declaró
la guerra a Taollan, que nos esclavizó y nos arruinó
y nos destruyó con una peste mortífera".
La ciudad ha cumplido su primer meta: la espera. Ahora debe
ser arrancada la rama de la venganza de un árbol predestinado.
La ciudad inicia la matanza serena, implacable. Antes de completar
su tarea reparadora ejercita otra de sus capacidades programadas:
el lenguaje. Con voz humana anuncia un nombre: "el nombre
de esta ciudad ha sido y es una venganza". El exterminio
es completado. Luego, son creados los simulacros, los hombres-simulacros,
los astronautas artificiales que dirigirán un cohete
hacia la Tierra, con varias bombas de gérmenes patógenos.
La venganza alcanzará la madriguera del mal. La ciudad
entonces ya no tiene misión. Puede disfrutar ahora
del placer de una suave expiración.
La ciudad de la venganza vive "en el planeta de las Sombras,
a orillas del mar de los Siglos, al pie de la montaña
de la Suerte" (51), una descripción que hace recordar
algo de la atmósfera mítico-poética
de La maldición que cayó sobre Sarnath
de Lovecraft.
Otro ejemplo de vida en lo supuestamente inanimado
es la ficción "El que espera", en Las
maquinarias de la alegría. Aquí, un pozo
de agua es conciente de sí, es voz en primera persona.
Los astronautas terrestres llegan hasta la superficie del
Planeta Rojo. Clavan una bandera. Anuncian la colonización
del territorio marciano. Ven el pozo. De agua. Una construcción
antiquísima. De indeterminable antigüedad. Y los curiosos
exploradores y colonizadores investigan el agua. Un astronauta,
Stephen Leonard, toma ese agua. Y el agua viviente, plena
autoconciencia, es fuerza posesiva, contaminante. Absorbe
y enajena la conciencia de Leonard, del viajero. Después
de diez mil años, ahora el agua-hombre se piensa, respira.
Y las palabras son como agua: "me maravilla las palabras.
Se forman como agua en la lengua y caen con una lenta belleza
en el aire" (52). Y Jones, otro viajero que bebió
el agua, se afiebra. Tiembla su cuerpo. Muere.
Y
el agua del pozo, del pozo del Alma, cada vez que es bebida
se apodera de una nueva conciencia. Y trabaja en un submarino
secreto para que cada astronauta, uno por uno, detenga su
corazón y regrese al fondo oscuro del pozo.
En una narración de magnéticas transformaciones,
la conciencia del agua es vida versátil, metamórfica.
El agua es forma sin forma definida. Así puede devenir
y mutarse en las distintas conciencias individuales de los
viajeros recién llegados. El agua es, como advertimos antes
al encontrarnos con "La lluvia", memoria de un magma
primario, que espera el regreso de lo separado y dividido
a su profundo y oscuro cuerpo líquido. Y, así,
todos los astronautas caen al pozo. Vuelven al agua. Que es
viva conciencia. De una larga espera.
XII.
Cada
nuevo mundo es un desafío para los evangelizadores.
Fue primero América. La Europa cristiana desembarcó
para llevar el conocimiento de la "verdad superior"
al nuevo mundo, a los pueblos indígenas. Y Marte es
un nuevo mundo. El deseo de conquista de las almas se reaviva.
La compulsión evangelizadora llega a las áridas
extensiones marcianas mediante el tesón misionero del
padre Stone y el Padre Pelgrine. Es preciso ayudar a los marcianos
para que reciban la verdad. Tal vez los nativos del Planeta
Rojo aún no conocen el pecado original y viven en la
gracia de Dios. Acaso haya un Adán y Eva marcianos.
Sea como sea, la voluntad del único dios quiere que
los nuevos idólatras ignorantes de la revelación
sean bendecidos por los translúcidos rayos del Señor
que es uno y tres. Para cumplir con esa misión es menester
construir una iglesia, dotarla de órganos, pilas bautismales,
vitrales jaspeados de imágenes hagiográficas.
Los cruzados de la fe cristiana en el planeta marciano edifican
entonces la iglesia. El padre Pelgrine desliza sus dedos sobre
las teclas del órgano. La solemne resonancia del instrumento
sacro crea el ave delicada de la música. La dulzura
musical apacigua el aire, y se vierte sobre cercanas colinas.
Los hombres de la fe ortodoxa romana creen que los otros,
los marcianos, los desconocidos, se manifestarán al
fin. Esperan. Rezan. Oran. Suspiran. Para que el encuentro
se produzca. Y los otros llegan. Entonces, en el pensamiento,
con una sutil voz, se revelan los "viejos marcianos".
Seres que viven en colinas, luego de una superada vida material.
Fueron alguna vez hombres encarnados en una anatomía,
con los debidos brazos y piernas. Pero un hombre sabio, mediante
un "método que ha sido olvidado", descubrió
la vía de liberación de la mente, y fue así
que "tomamos esta forma de luz y fuego azul y comenzamos
a vivir, para siempre en el viento, el cielo y las colinas,
ya nunca orgullosos ni arrogantes, ni ricos ni pobres, ni
apasionados ni fríos" (53). Los viejos marcianos
son ahora inmortales, y viven libres de toda ambición
de bienes. Se han emancipado de las pasiones violentas. No
les absorbe los antiguos deleites del cuerpo. No los seduce
la guerra. Están libres del pecado. "Sus pecados
han ardido como hojas", y no es preciso levantar ningún
templo para su purificación, porque "cada uno
de nosotros es un templo en sí mismo". Por lo
que los padres pueden llevar sus templos a las ciudades. "Vivimos
felices, y en paz". Los evangelizadores lloran. El Padre
Pelgrine comprende: "No podemos levantar una iglesia
para vosotros. Sois la belleza misma! ¿Qué iglesia
puede competir con el fuego de una alma pura?". Y tal
vez los globos de fuego azulado sean otra manifestación
de Él. Quizá cada mundo, entre el carnaval de
estrellas, posee su verdad. Y las distantes formas de la verdad
diseminadas en las titilantes praderas cósmicas "son
parte de una misma verdad. Un día todos se unirán
como trozos de un gran rompecabezas" (54).
Los evangelizadores iniciaron su obra como mensajeros
de la humanidad poseedora del monopolio de la verdad. Dios
sólo se ha revelado a los humanos, en su bello planeta
azul. Lo sagrado a su vez se refugia en un templo, en un lugar
especial del espacio, en un locus sacer. Pero los globos
de fuego marcianos enseñan una verdad más amplia.
La realidad secreta divina traspasa y puebla la completa multiplicidad
de los mundos. La tierra no es el único altar que recibe
la verdad. La verdad es puente esquivo de misterio, cuyas
escamas vibran en todas partes. Y el templo no es el edificio
separado. El cristianismo concentra la sacralidad en sus casas
de oración. Para la sensibilidad pagana, el templo
es el construido por el hombre. Pero también es la
naturaleza. Y para los viejos marcianos el templo es la propia
identidad de profundidad radiante. El cuerpo que flota sobre
la cumbre no es pesadez orgánica. Es luz ingrávida.
La antigua materia devenida vivaz luminosidad. Futuro de una
corporalidad espiritualizada semejante al cuerpo que se muta
en pensamiento luminoso en 2001. Una odisea en el espacio
(55). Y los evangelizadores parten del presupuesto de su presunta
superioridad espiritual sobre los seres que deben ser esclarecidos.
Los presuntos seres confundidos, se revelan como una forma
de existencia superior. Un proceso de transformación
del lugar de la sabiduría muy próximo a "Los
tres staretzi" de Tolstoi. En este relato, un Arzobispo
se encuentra en una isla con tres staretzi (tres ermitaños)
que viven, desaliñados, desentendidos del mundo e ignorantes
de la correcta forma de pronunciar el Padre nuestro. El Arzobispo
se despide luego de enseñarles la fundamental oración
cristiana. El pomposo dignatario de la Iglesia ortodoxa regresa
a su barco. Los tres staretzi olvidan algún verso de
la plegaria al único Padre. Y van en busca del Arzobispo
para pedirle la repetición de la oración. Van
en busca del alto prelado eclesiástico flotando sobre
el río como ligeras esferas de luz (56).
El viejo cuerpo se enciende de luminosa conciencia.
Un anatomía que se muta en destello, en resplandor
asombroso también acontece en "Calidoscopio"
(57). Una nave es golpeada de muerte por una lluvia de meteoros.
Los hombres caen en el vacío cósmico. Sólo
los une la posibilidad de la comunicación por radio.
Todo está perdido. Nadie los salvará. La certeza
del final desinhibe. Por lo que fluyen ahora, sin diques represores,
los rencores antes silenciados. Es un rocío de sinceridad
antes del silencio final. Uno de los astronautas, Hollis,
regresa "a la vieja madre Tierra", a más
de diez mil kilómetros por hora. El humano en su caída
conoce su destino: "arderé como un meteoro".
Al penetrar en la atmósfera su resignada humanidad
fosforece como una fúlgida y breve estrella blanca
en el cielo terrestre. La última luz que mana de la
carne consumida es contemplada por un niño. Al que
su madre le pide: "desea algo". El astronauta no
puede convertirse en inmortal irradiación de sabiduría,
como los circulares seres ígneos de Marte. Pero es,
al menos, una fugaz claridad propiciatoria. El deseo de una
esperanza.
XIII.
La
magia de la imaginación en Bradbury cristaliza varios
juegos. Uno de ellos es la lúdica liberacion del tiempo
lineal. En "El zorro y el bosque", en El hombre
ilustrado, es posible viaje al pasado (réplica a la proyección
en el futuro de la Time machine de H.G.Wells). En "El
Ruido del trueno", en Las doradas manzanas del sol,
una empresa del futuro organiza safaris al pasado para matar
dinosaurios. Y desde la distancia temporal llega al presente
una mariposa (también réplica-homenaje de la
flor del futuro que el Viajero del Tiempo recibió de
Genna). La alquimia de lo temporal, los saltos del futuro
al pasado, integran a Bradbury al típico juego imaginativo
de la literatura fantástica: la transformación
temporal.
Pero una mayor obsesión bradburiana es la proyección
estelar, la constante invocación al salto al enjambre
remoto de las estrellas. En continuidad del gran anhelo nietzscheano,
la imaginación en Bradbury arroja la flecha que siempre
ansía la lejanía. Como en Withman, Dylan Thomas,
Theilhard de Chardin, o Giordano Bruno, en Bradbury siempre
burbujea la pasión por la amplitud espacial. Una forma
de religiosidad. El rasguño humano sobre los bordes
de una cima de plateada espiritualidad surge al extender la
piel y los sentidos hacia los fuegos de las galaxias. El cohete
es el altar movedizo, un sustituto del viejo tabernáculo,
para llevar la devoción hasta los límites de
la divinidad del espacio. En su poema "No han visto las
estrellas", el escritor lírico se alza en vuelo
religioso que aletea entre las constelaciones. Libera su anhelo
de puentes de devoción hacia la distancia estrellada: "Despierta,
dice Dios. Mira allí. Ve a buscarlas/ Las estrellas,
oh señor, muchas gracias/ Las estrellas" (58).
Y, en otra poesía de Bradbury, en el "El este
está arriba" se confirma la vehemencia del ascenso
felino a lo lejano: "Nuestro propósito es mirar
más allá del cielo...y conocer primero la Luna,
después Marte...Un mundo y después un mundo
y después un mundo". Proyección del humano
hacia la progresión vertiginosa y apabullante de los
mundos. Mundos inacabables, como la energía creadora.
Y si la Tierra es nuestra prisión de piedra y agua,
"rompamos la cerradura", "soltemos nuestras
naves espaciales", y auscultemos el sol que arde más
allá de nuestro sol. Dejemos entonces "los dogmas
terrestres, Vamos a descubrir y a tocar..." (59).
Pero
el viaje a lo lejano pude borbotear también en la inmediatez
de una travesía mental. Wilder es personaje de "La
ciudad perdida de Marte", un relato de Fantasmas de
lo nuevo. En una cámara de la urbe antigua marciana,
Wilder recuerda la infancia. Rememora una noche estrellada
en la Tierra. Las estrellas distantes, indiferentes. Recuerda
"un viejo sentido de la belleza". Y de nuevo se
derrama hacia los millones de billones de fibras eléctricas
en la noche cósmica; y sin necesidad del viaje tecnológico,
de la incomodidad dentro de la pequeñez alada de un
cohete, experimenta la proyección al universo como
"una catedral, una multitud de vastos santuarios universales"
(60). Es un viaje mental a los fuegos del dragón universal.
La exaltación religiosa en el escritor de las múltiples
aventuras marcianas, encastra en un mismo anillo expansiones
cósmicas e himnos de renacimiento. La cantata "Cristo
Apolo" es el verbo más emocionado donde se canta
al "octavo día del hombre, en el octavo día
de Dios", desde donde el poeta de El hombre ilustrado
anuncia: "Volverás a nacer/ y oirás la
trompeta que irrumpe en el aire tembloroso de cohetes, todo
humilde, todo despojado/ de orgullo. Pero libre de suspensión/
Escucha ahora? ¡Oye ahora! / Es la mañana del
noveno día/" (61).
Pero,
en Bradbury, la religiosidad espacial no aleja del desamparo
sufriente del hombre aún aplastado en la Tierra. Para
comprobar esto basta con leer "El mendigo del puente
de O' Connell" (62), o su poema
"Cuando mueren los mendigos no se ven cometas" (63).
La pulsión destructora tiene muchas formas:
la alienación tecnológica, la tiranía racional,
la destructividad bélica, el poder represivo y manipulador.
Diversos rostros de la oscuridad del propio tiempo. Que Bradbury
impugna desde el promontorio lateral del relato imaginativo.
La humanidad dividida, afiebrada por el enfrentamiento continuo,
es incapaz de la cooperación. El deseo de reconciliación
y reintegración flota como libre modelo utópico
en la hermosa narración bradburiana "La dorada
cometa, el plateado viento". Dos ciudades se refugian
tras murallas. Las murallas de una ciudad exhibe la forma
de un cerdo. Y la otra de una naranja. El mandarín
de la urbe-naranja afirma que el cerdo devorará la
naranja. "La vida está llena de símbolos
y presagios", por lo que un nuevo símbolo podrá
contener al cerdo simbólico de la ciudad enemiga. El
mandarín ordena la fatigosa reconstrucción de
sus murallas, con la nueva forma de un garrote para golpear
al cerdo. La ciudad de Kwan-Si replica rediseñando
sus muros con el trepidante fulgor de una hoguera. Estalla
una guerra de símbolos. Las cambiantes permutaciones
de formas de las ciudades constituyen una estrategia de enfrentamiento,
donde la agresión y el temor no son claramente distinguibles.
La energía que demanda el conflicto perjudica el tiempo
pleno del amor, de la pesca, la caza, la devoción familiar
o la veneración de los antepasados. Los mandarines
de las dos ciudades al fin comprenden. En la loma donde se
reúnen unos niños remontan cometas. Una cometa
en el suelo es inerte cuerpo frío. Para ser necesita
del viento. La ciudad de Kwan-Si cambiará, por última
vez, la forma de sus muros para que sea viento. La ciudad
que antes fue su enemiga, adquirirá la apariencia de
una cometa dorada. Una será La Ciudad del Viento plateado,
y la otra La ciudad de la Cometa Dorada. Y "la cometa
quebrará la uniformidad de la existencia del viento
y le dará sentido. Uno no es nada sin el otro. Juntos,
todo es cooperación y una larga y prolongada vida"
(64).
Desde
un horizonte utópico de reintegración se invoca
la salud de la unidad, y la existencia de la diferencia complementaria.
La ancestral sabiduría china es el lugar desde donde
Bradbury imagina una crítica simbólica de la
cultura de la división y el conflicto sin cooperación.
La superación del conflicto acontece también
en "El otro pie", otra de las ficciones de El
hombre ilustrado, donde la división es racial.
El negro Willie, antes lleno de odio y resentimiento, acepta
la integración, la igualdad con el blanco al verlo,
por primera vez, en su fragilidad luego de llegar a Marte
sin hogar, tras dejar atrás la Tierra envuelta en llamas
y destrucción.
El espectro del dolor también carcome al hombre en
un posible futuro donde es negada la hechicería elevadora
de la lectura. La incendiaria descomposición del sentido
de humanidad y belleza tal como ocurre en Fahrenheit 451.
Y aquí, como sabemos, ante el olvido la respuesta más
poderosa es el arte de la memoria. Ese arte desplegado por
los hombre y mujeres que memorizan y recuerdan en los bosques
las antiguas y grandes obras. El recuerdo
que custodia la palabra creadora es afín a la contemplación
poética que percibe al sol como "un árbol
en llamas".
Y George Smith también recuerda. En "En
una estación de buen tiempo"(65), Smith admira
a Picasso. Sin entenderlo, sin comprenderlo, encuentra al
genio español en una playa. Con un humilde palito de
helado, el artista dibuja sobre la arena un jeroglífico
de imágenes de docenas de sátiros, toros, unicornios,
ninfas. El artista crea espontáneamente. Sin premeditación.
Sin pensar. Como la escritura zen que pide Bradbury. Y el
artista se va. Y Smith recorre, una y otra vez, "el friso
de arena" hasta que lo noche se compenetra con la tierra.
Y el mar murmura con las sentencias pendulares de olas y espumas.
Smith sabe lo que pasará. Entonces, el testigo recuerda.
Y preserva la fuerza del relámpago espontáneo
del arte cuando la marea sube y trae los líquidos murmullos
del olvido.
Y, como Smith, Bradbury ejerce, mediante su oficio
de la imaginación, un arte del recordar: la memoria
de la omnipresencia del espacio. La divinidad del espacio,
como antes lo llamamos, a propósito de los arrebatos
poéticos bradburianos. Una mirada apresurada puede
reducir la profusión de cohetes y vastedades espaciales
a mera escenografía. Pero el viaje a otros escenarios
planetarios, el recorrido de inmensas distancias astronómicas,
no es decorado o trasfondo arbitrario. El predominio del elemento
espacial no es sólo punto de partida para arribar luego
a lejanos horizontes planetarios. Las últimas afirmaciones
de Hitchcock en una de las ficciones de El hombre ilustrado
son especialmente reveladoras. Se podrá dudar de todo.
Las certezas podrán desvancerse en hogueras de agresiva
incertidumbre. Pero algo siempre sobrevive al aguijón
de la duda. No es el pensamiento (como en Descartes), o la
conciencia (como en Husserl). Es la evidencia indestructible
del espacio. El poder de la ilusión o el engaño
tiene un límite. Aun cuando todo fuera sueño,
bruma, o devastación, siempre será el espacio
el que contiene y permite el tejido de los sueños o
las dudas. Y ese espacio es vasto. Pero lo vasto debe ser
pensado en sus resonancias más finas. Sólo secundariamente
lo espacial es escena que soporta a los hombres y sus historias.
En primer término, el espacio es lo real como amplitud
poética. La distancia entre la piel de un hombre y
una remota constelación no es ya sólo cantidad
o información, inmensidades de frío o silencio.
Lo poético de lo amplio, o la amplitud del espacio
como poesía física, enciende en la mirada despierta
la posibilidad de la gran expansión. Expandir es ponerse
más allá del límite de lo cotidiano o
de nuestra posición en lo pequeño y cercano.
Cohetes y viajes espaciales se convierten, mediante una escritura
imaginativa, en gramática de la percepción que
se expande, con asombro poético y un secular fervor
religioso, hacia los secretos que tiemblan en los párpados
estelares. Si la amplitud del espacio es matriz y posibilidad
de toda vida, el destino poético ineludible del hombre
es desplegarse, expandirse, ponerse fuera de sí en
la fuerza de lo grande y lejano.
La
proyección en la distancia espacial despierta ineludiblemente
la sospecha de evasión. Sin embargo, la experiencia
literaria que respira en la detonación de lo amplio
es un puño conceptual que golpea las variantes de la
existencia monadológica del sujeto. Mónada es
realidad replegada sobre sí, con escaso o nulo contacto
con la exterioridad. Es el sujeto lógico enclaustrado
en la unilateralidad de su pensar racional. Y la autorreferencia
de la mónada es también la megalópolis,
la ciudad-océano, universo artificial, sin percepción
de la presencia distinta del viento, la lluvia, la luz solar.
Las estrellas. La gran ciudad gira sobre su sombra sin conciencia
de borde o frontera. Lo exterior a la mónada es distancia
sembrada de diferencias. Y la mónada es efecto del
poder que oprime y encierra el torrente de las sensaciones
y posibilidades de cada individuo dentro de lo cerrado. La
conciencia de la inmensidad espacial, en una literatura como
la de Bradbury, es salto de una humanidad que redescubre que
lo real continua fuera de la mónada, en lo amplio.
Y la distancia entre la hierba del campo y el lienzo llameante
de una remota galaxia es, paralelamente, la amplitud donde
no puede agotarse la proyección del libre acto creador.
Y
la expansión en lo amplio puede ser también
implosión. Retorno de lo distante a la superficie de
la piel, a la intimidad del cuerpo del hombre ilustrado, cuyo
mundo interior contiene mundos lejanos. La implosión
de lo lejano vive sobre y dentro del hombre constelado de
ilustraciones. Una realidad extraordinaria que parece tortura
o castigo. Pero que quizá es también preámbulo
de un nuevo cuerpo futuro, y de otra sensibilidad.
Si
el espacio y su amplitud es evidencia inconmovible, el cuerpo
propende hacia lo amplio. Y en esa experiencia los fuegos
de las galaxias, o los jardines o volcanes a espaldas de las
estrellas, se acercan, rozan y propagan dentro del cuerpo
que venera el vértigo de las distancias. Y la catedral
invisible cuyo altar se reparte entre cada estrella. Las estrellas.
Siempre las estrellas. (*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, El cuerpo ilustrado.
Realidad e imaginación en Ray Bradbury, editado
aquí de manera original.
Citas:
(1)
Ray Bradbury, El zen en el arte de escribir, Barcelona,
Minotauro, 1995. La obra se compone de diez ensayos, escritos
durante treinta años, y una entrevista para la revista
Film Comment realizada por Mitch Tuchman.
(2)R.
Bradbury, El zen en el arte de escribir, op. cit.,
p.35.
(3)
Ibid., p.44.
(4)
Los recuerdos de la infancia de Bradbury en su ciudad natal
de Waukegan, Illinois, donde nace el 22 de agosto de 1920,
se expresan en su obra A este lado de Bizancio. El vino
del estío.
(5)
R. Bradbury "La ciencia ficción: antes de Cristo
y después del 2001", en Fueiserá.
Respuestas obvias a futuros imposibles, Emecé,
p.264. Una ineludible discusión respecto a su escritura
es si pertenece o no efectivamente al género de la
fantasy science. Bradbury, por ejemplo en el recién
mencionado artículo "La ciencia ficción:
antes de Cristo y después del 2001", o en "El
arte y la ciencia ficción" (también en
Fueiserá) piensa el género de ciencia
ficción en términos muy amplios, que trascienden
en mucho el elemento exclusivo de la anticipación de
tecnologías futuras o de reflexiones sobre sus fundamentos
científicos. La literatura bradburiana, estimamos,
se afinca, íntegramente, en los vergeles del género
fantástico. La imaginería espacial, los cohetes,
los viajes a Marte o Venus, no obran dentro de una imaginación
condicionada por los parámetros monopólicos
de la ciencia y la tecnología. La anticipación
de mundos futuros impregnados de avance tecnológico
no es el centro de la dinámica creadora en Bradbury.
La travesía espacial o el desplazamiento temporal al
futuro es el horizonte narrativo elegido para activar una
crítica del hombre enajenado por sus medios tecnológicos,
o por diversas amenazas a la libertad. También, el
escenario futurista es corteza sobre la que ondulan arroyos
de reflexiones filosóficas que salpican el sentido
mismo de la existencia. En Bradbury, tras el aparente anclaje
en la ciencia ficción bulle un humanismo apostado sobre
la gramática de la imaginación.
(6)
R. Bradbury, El zen..., op. cit., p.87.
(7)
La relación con el cine es vasta en Bradbury. Desde
su vínculo, también presente en su literatura,
con el suspenso o lo policial, Bradbury escribió cuatro
episodios de Alfred Hitchock presenta (1955); como
guionista participa también en Moby Dick (1956);
y en Steve Canyon (1958) de Arthur Miller. En 1959,
la célebre serie En los límites de la realidad,
de Rod Serling, adaptó el relato de Bradbury "Canto
del cuerpo eléctrico". Francois Truffaut participa
en la adaptación de su Fahrenheit 451 (1966);
Jack Smight hace lo propio con El hombre ilustrado
(1969). Serge Bourguignon y Robert Sallin adaptan el cuento
"En una estación de buen tiempo" en The
Picasso Summer (1969); Crónicas Marcianas
(1980) es adaptada por Michael Anderson. En 1983 Jack Clayton
filma La feria de las tinieblas con guión del
propio Bradbury. El comic El pequeño Nemo (1992)
de Winsor McCay tiene guión también de Bradbury
y Chris Columbus; y también oficia de guionista en
The Halloween Tree (1993) de su obra El árbol
de las brujas, que fue también convertido en una
serie de televisión. Recientemente, Peter Hyams adaptó
el relato bradburiano "El ruido del trueno".
(8)
Bradbury participó en dos obras con ilustraciones del
fotógrafo argentino Aldo Sessa: Fantasmas para siempre
(1980); y Sesiones y Fantasmas (2000), prólogo
de Ray Bradbury, fotografías de Aldo Sessa.
(9)
Bradbury cultivó sus experiencias teatrales en Los
Ángeles y Nueva York. Leviathan 99, a pesar
de su condición de ópera, fue escrita como obra
de teatro. En 1969 presentó en el Royce Hall de la
Universidad de California de Los Ángeles su cantata
Christus Apollo, con texto leído por Charlton Heston
y música de Jerry Goldsmith para orquesta, coro y soprano.
También escribió unos Madrigales para la
Era espacial (1972) con música del argentino Lalo
Schifrin.
(10)
Las
herramientas más típicas del tatuaje son punzones
dentados de hueso. Se los untaba con pigmento y eran golpeados
sobre la piel con un pequeño martillo, el color se
impregna en los agujeros producidos por los pinchazos. El
tatuaje era logrado por maestros tatuadores.
(11)
Sailor Jerry Collins
(1911-1973)
fue efectivamente marinero. Viajó alrededor del mundo
como hombre de mar; esto lo puso en contacto con los tatuajes
de Oceanía. En Chinatown de Honolulu, abrió
la primera tienda de tatuajes.
(12)
Foucault, en su célebre obra Las palabras y las
cosas, realiza un exhaustivo análisis de la cosmovisión
del Renacimiento donde las palabras aún se corresponden
estrictamente con las cosas y expresan un orden divino superior.
Para Paracelso, el gran médico, pensador y alquimista
del Renacimiento, la voluntad de Dios no queda nunca oculta
y se manifiesta por signos exteriores, visibles, como señales
de un tesoro diseminadas en la naturaleza. Un signo o signatura
es necesaria para que lo invisible salga a luz. Los signos
o signaturas son blasones o jeroglíficos que se deben
descifrar. El espacio de la naturaleza es así "un
gran libro abierto ... plagado de grafismos; todo a lo largo
de la página se ven figuras extrañas que se
entrecruzan y, a veces, se repiten. Lo único que hay
que hacer es descifrarlas", en M. Foucault, Las palabras
y las cosas, México, ed. siglo XXI, p.35.
(13)
Ray Bradbury, Fahrenheit 451, Barcelona, Minotauro,
p. 157.
(14)
Ray Bradbury, El
hombre ilustrado,
Barcelona, Minotauro, p.11.
(15)
El body art se halla fuertemente relacionado con los
conceptuals performances donde el cuerpo del artista
es el medio de la acción artística. Yves Klein,
con sus antropometrías (impresiones de cuerpos desnudos
impregnados de pintura en lienzos o paredes), es pionero en
esta forma artística. Gunter Brus con su perfomance
Autopintura, en 1965, donde pintó su propio
cuerpo, es otro ejemplo típico de arte corporal.
(16)
Ray Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.,
p.13.
(17)
Ibid.
(18)
Ver R. Bradbury, "La mujer Ilustrada", en Las
maquinarias de la alegría, Barcelona, Minotauro,
pp. 115-126. Una mujer muy gorda, Emma, se encuentra en una
feria con el Hombre que Adivina el Peso, quien entabla una
relación afectiva con la obesa mujer con el propósito
de plasmar su arte del tatuaje sobre la piel de su ingente
cuerpo. Así, en pp.120-121: "...¿por qué
crees que he trabajado años enteros en la feria como
el Hombre que Adivina el Peso? ¿Por qué? Porque
he estado buscando toda la vida a alguien como tú.
Noche tras noche, verano tras verano, he estado observando
las sacudidas y temblores de las balanzas. ¡Y ahora
al fin tengo el medio, la manera, la pared, la tela en que
expresar mi genio!".
(19)
En "La Tabla de Esmeralda", importante texto de
la tradición hermética, se afirma: "Es
verdad, sin mentira, cierto y muy verdadero: lo que está
abajo es como lo que está arriba y lo que está
arriba es como lo que está abajo para hacer milagros
de una sola cosa...", en Hermes Trismegisto, "La
Tabla de Esmeralda", en Obras completas. Corpus Hermeticum,
Barcelona, ed. Continente, p.453.
(20)
R. Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.,
p.11.
(21)
Entre los taoístas, un sendero indispensable
para propiciar un existir sin conclusión es la retención de
los dioses que habitan en los diversos órganos y regiones
corporales. Es así que "nuestro cuerpo rebosa de dioses,
y estos son los mismos que los del mundo exterior. He ahí
una de las consecuencias de que el cuerpo humano sea idéntico
al mundo (...) Los dioses que moran dentro del cuerpo son
muchísimos...es un múltiplo elevado de 360, y se habla generalmente
de 36.000 dioses. A cada extremidad, articulación, víscera,
órgano o parte del cuerpo le corresponde uno o varios dioses",
en Henri
Maspero, "En busca de la inmortalidad. El taoísmo en
las creencias religiosas de los chinos durante la época de
los seis dinastías (ca.400-600d.c)", en Mircea Eliade,
Historia de la creencias y de las ideas religiosas,
Barcelona, Editorial Herder, pp.87-88.
Por otra parte, en la moderna investigación médica,
mediante el estudio de los tejidos histológicos se
abre una perspectiva de variados y apasionados paisajes o
mundos intracorporales. Mediante el coloreado de las muestras
de tejidos éstos adquieren diversas combinaciones cromáticas
que, en muchos casos, parecen superficies de otros planetas,
pero que existen dentro del orden corporal.
(22)
R. Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.,
p.15.
(23)
Ibid., p.20.
(24)
Paula "...concentra su deseo en los ojos, proyecta la
mirada sobre la mesa baja puesta al lado de la mecedora, toda
ella se lanza tras su mirada hasta sentir de sí misma
como un vacío, un gran molde hueco que antes ocupara,
una evasión total que la desgaja de su ser, la proyecta
en voluntad...Y ve surgir poco a poco la materialización
de su deseo", en Julio Cortázar, "Bruja",
La otra orilla, en Cuentos Completos 1, Buenos
Aires, Alfaguara, pp.66.72.
(25)
R. Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
p.200.
(26)
Ibid., p.80.
(27)
Ibid., p.80-81.
(28)
Ibid., p.94.
(29)
Sobre la filosofía estoica puede consultarse el clásico
Anthony A. Long, La filosofía helenística, capítulo
"El estoicismo", pp.111-203; o "Filosofía
helenística: Cínicos y estoicos", en A.
H. Armstrong, Introducción a la filosofía
antigua, pp.188-213.
(30)
R.
Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
, p.142.
(31)
Es interesante el listado completo de las obras "desterradas":
"Cuentos de misterio e imaginación, por
Edgard Allan Poe; Drácula, por Bram Stoker;
Frankestein, por Mary Shelley; Otra vuelta de tuerca,
por Henry James; La leyenda del valle del sueño,
por Washington Irving; La hija de Rapaccini, por Nathaniel
Hawthorne; Un incidente en el puento del arroyo del Búho,
por Ambrose Bierce; Alicia en el país de las maravillas,
por Lewis Carroll; Los sauces, por Algernon Blackwood;
El mago de Oz, por L. Frank Baum; La extraña
sombra sobre Insmouth, por H. P. Lovecraft. ¡Y más!
Libros por Walter de la Mare, Wakefield, Harvey, Wells, Asquith,
Huxley...todos autores prohibidos.", en R. Bradbury,
El hombre ilustrado,
op. cit.,
pp.142-143.
(32)
R.
Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
, p.146.
(33)
Ibid., p.155.
Luego de un ciclón que lo lleva hasta El país
de Oz, Dorothy debe llegar hasta La ciudad esmeralda de Oz,
donde vive el Mago de Oz para buscar el auxilio de éste
para regresar hasta su rural hogar en Kansas.
(34)
Ray Bradbury, "Usher II", en Crónicas
marcianas, Barcelona, Minotauro, p. 170.
(35)
Irritado, el Sr. Stendahl le recrimina a Garrett: "Oh,
ya nadie se acordaba de Poe, de Oz y de los otros. Pero yo
tenía mi pequeño refugio. Unos pocos ciudadanos
conservamos nuestras bibliotecas hasta que llegaron ustedes,
con antorchas e incineradores, y destrozaron y quemaron mis
cincuenta mil libros", en
R. Bradbury, "Usher II", en Crónicas marcianas,
op. cit., p. 171.
(36)
Ver Julio Cortázar, "El perseguidor", en
Las armas secretas, en Cuentos completos, Buenos
Aires, Alfaguara. En la p. 246 de esta edición, Johnny
Carter, el músico de jazz personaje central del relato,
dialoga Bruno, su amigo, crítico musical, que escribe
su biografía. Entonces, le recuerda su internación
en un hospital. Esta es la ocasión para criticar las
ilusiones de conocimiento seguro de la ciencia: "Eso
era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros.
Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo
con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía
bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea,
que todo temblaba alrededor, que no había más
que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para
descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros...
Pero ellos eran la ciencia americana, ¿comprendes,
Bruno? El guardapolvo los protegía de los agujeros;
no veían nada, aceptaban lo ya visto por otros, se
imaginaban que estaba viendo".
(37)
R. Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
, p.79.
(38)
Ibid., p.218.
(39)
Así, La Boétie (1530 -1563) manifiesta: "Pero
esa astucia de los tiranos, que consiste en embrutecer a sus
súbditos, jamás quedó tan evidente como
en lo que Ciro hizo a los lidios, tras apoderarse de Sardes,
capital de Lidia, al apresar a Creso, el rico monarca y hacerlo
prisionero. Le llevaron la noticia de que los habitantes de
Sardes se habían sublevado. Los habría aplastado
sin dificultad inmediatamente; sin embargo, al no querer saquear
tan bella ciudad, ni verse obligado a mantener un ejército
para imponer el orden, se le ocurrió una gran idea
para apoderarse de ella: montó burdeles, tabernas y
juegos públicos, y ordenó que los ciudadanos
de Sardes hicieran uso libremente de ellos. Esta iniciativa
dio tan buen resultado que jamás hubo ya que atacar
a los lidios por la fuerza de la espada. Estas pobres y miserables
gentes se distrajeron de su objetivo, entregándose
a todo tipo de juegos; tanto es así que de ahí
proviene la palabra latina (para los que nosotros llamamos
pasatiempos). Ludi que, a su vez, proviene de Lydi. No todos
los tiranos han expresado con tal énfasis, su deseo
de corromper a sus súbditos. Pero lo cierto es que
lo que éste ordenó tan formalmente, la mayoría
de los otros han hecho ocultamente. Y hay que reconocer que
esta es la tendencia natural del pueblo, que suele ser más
numeroso en las ciudades; desconfía de quien le ama
y confía en quien lo engaña. No creáis
que ningún pájaro cae con mayor facilidad en
la trampa, ni pez alguno muerde tan rápidamente el
anzuelo como esos pueblos que se dejan atraer con tanta facilidad
y llevar a la servidumbre por un simple halago, o una pequeña
golosina. Es realmente sorprendente ver cómo se dejan
ir tan aprisa por poco que se les dé coba. Los tragos,
los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores,
los animales exóticos, las medallas, las grandes exhibiciones
y otras drogas eran para los pueblos antiguos los cebos de
la servidumbre, el precio de su libertad, los instrumentos
de la tiranía",en Étienne
de La Boétie, El discurso de la servidumbre voluntaria",
Barcelona, ed. Tusquets.
(40)
La versión fílmica de El hombre ilustrado
fue realizada por Jack Smight en 1969. En el resto de la filmografía
de Smight quizá sobresale La batalla de Midway
(1976). El guión es de Howard B. Kreitsek. La adaptación
se sitúa en la época de la Depresión
en Estados Unidos. Un joven, Willie (Robert Drivas), se encuentra
con el "hombre ilustrado", Carl ( Rod Steiger),
quien vaga por el país realizando breves trabajos en
circos o ferias. Su cuerpo está cubierto con los tatuajes
que le hizo la misteriosa mujer del futuro, Felicia (la bella
Claire Bloom). Sobresale la brillante actuación de
Steiger que, un año después del film en cuestión,
protagonizó magistralmente a Napoleón en Waterloo
(1970). Carl y Willie se encuentran en un lugar solitario,
cerca de un camino y dominado por la bella presencia de un
río, las montañas y un radiante cielo azul.
Carl le revela sus tatuajes a su ocasional interlocutor. Con
acento irritado y sombrío, recrea la especial historia
de su cuerpo ilustrado. Alternativamente, Willie se concentra
en tres ilustraciones del extraño nómada tatuado
que lo conducen a la adaptación de tres historias,
tres relatos de la obra de Bradbury: "La pradera",
"Lluvia" y "La última noche del mundo".
La mejor adaptación es quizá la del Cuarto de
Juegos de los niños en La Casa de la Vida Feliz con
su pradera africana. "La lluvia" se concentra en
la gradual desesperación de los astronautas sobrevivientes
en un planeta Venus apabullado por la lluvia constante. En
la época en que Bradbury escribió el relato,
aún no había llegado al segundo planeta del
Sistema Solar la sonda rusa Venera que, en 1975, sobrevivió
sólo unos minutos en la atmósfera venusina,
compuesta esencialmente de dióxido de carbono, con
un desaforado efecto invernadero, que precipita la temperatura
de la superficie a 470 grados centígrados; una temperatura
superior a la de Mercurio y capaz de fundir el plomo. Este
infierno dantesco hace imposible, obviamente, el libre deambular
humano sobre su superficie. En el último relato "La
última noche del mundo", el guionista introdujo
notables modificaciones respecto a la versión original
ya que, en el texto bradburiano, el matrimonio reacciona con
serenidad estoica ante la certeza del inminente final. En
la adaptación de Smight la acción dramática
se concentra en la discusión entre los esposos sobre
la cuestión de sacrificar o no a los niños para
evitarles el sufrimiento. En apariencia, no se toma ninguna
decisión final. Pero la noche que supuestamente sería
la última, pasa y, horrorizada, la esposa descubre,
bajo la luz de una nueva mañana, los cuerpos exánimes
de sus hijos junto al rostro de espanto irreversible de su
esposo. La película exhibe buenas actuaciones (donde,
como ya se comentó, sobresale la de Steiger). Tal vez,
se concentra demasiado en los diálogos y escenas compartidas
entre Carl, el hombre ilustrado, y Willie. De todos modos,
logra establecer un clima de intriga y los tres relatos recreados
se interpolan de forma fluida en la narración central
del solitario hombre ilustrado que, entre paisajes solitarios,
exhibe sus ventanas-imágenes de las ilustraciones que
cubren su piel.
(41)
R.
Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
, p. 136
(42)
Ibid., p.160.
(43)
La epojé se relaciona con la reducción eidética,
donde se deja de lado todo lo fáctico de un hecho para
llegar a la esencia, un trasfondo invariable que ya no puede
ser reducido. Que es la conciencia. Mientras que, en el relato
de Bradbury, para Hitchcock el único sustrato que no
puede ser negado es el espacio. Ver E. Husserl, Ideas para
una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica,
trad. José Gaos, México, Fondo de cultura económica.
(44)
R.
Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
, p. 167.
(45)
En el relato se aclara que, al viajar al pasado, los viajeros
del futuro sufren una "barrera psicológica",
que asegura que no hagan revelaciones sobre la realidad futura
de la que proceden: "No era
posible decir dónde o cuándo se había nacido, ni hablar del futuro
con los hombres del pasado. El futuro y el pasado debían protegerse
el uno del otro.", en R.
Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
p.177.
(46)
R.
Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
, p.109.
(47)
Ibid.,
p.64.
(48)
Ibid., p.268.
(49)
Ray Bradbury, Las doradas manzanas
del sol, Barcelona, Minotauro, p.218.
(50)
,R.
Bradbury, El
hombre ilustrado, op. cit.
, p.240.
(51)
Ibid. p. 243. La ciudad viviente en
Taollan es asociable con la casa de "Vendrán lluvias
suaves" en Crónicas Marcianas. Sus habitantes
han desaparecido, pero la casa vive y repite sus funciones
y rutinas sin necesidad de una directa o constante intervención
humana. La ciudad viviente capaz de la imitación de
la voz y el pensamiento humano se reitera como ejemplo de
un "animismo urbano", en la casa como conciencia
narradora de la novela La casa, del escritor argentino
Manuel Mujica Lainez. Todos estos modelos
de ciudades animadas difieren de la imposibilidad y el
abandono corporizados por la ciudad del relato borgiano "El
inmortal".
(52)
Ray Bradbury, "El que espera", en Las maquinarias
de la alegría, Barcelona, Minotauro, p.30.
(53)
,R. Bradbury,
El hombre ilustrado,
op. cit.,
p.131.
(54)
Ibid., p.132.
(55)
En 2001 de Arthur Clarke se abre la postulación
imaginativa de lo que podríamos llamar alteridad
corporal. El cuerpo orgánico es quizá sólo
el comienzo de una evolución superadora. Esta primera
forma de corporalidad es superada por un cuerpo cibernético,
compuesto por metal y plástico, posible vía
hacia la inmortalidad, dirigida por el órgano cerebral;
así, el cerebro dirige "sus miembros mecánicos",
y observa "el universo a través de sus sentidos
electrónicos...sentidos muchos más finos y sutiles
que aquello que la ciega evolución pudiera desarrollar
jamás "(10). De esta forma, la escisión
mente-máquina encuentra una "completa simbiosis".
Y, en un peldaño más alto de la especulación
biológica en relación a la alteridad corporal,
algunos biólogos de tendencias místicas "especulaban
que la mente terminará por liberarse de la materia.
El cuerpo-robot, como el de carne y hueso, sería solamente
un peldaño hacia algo que, hacía tiempo, habían
llamado los hombres "espíritu" ". El
cuerpo, en esta línea evolutiva, deviene finalmente
luz. Ver Arthur Clarke, 2001. Una odisea espacial, Hyspamérica
ediciones Argentina, Buenos Aires, 1986, (trad. Antonio Ribera)
(56)
Ver León Tolstoi, "Los tres staretzi", en
Antología del cuento extraño, Buenos Aires,
Editorial Hachette, 1976, pp.95-104; traducción Rodolfo
Walsh.
(57)
Ver R. Bradbury, "Calidoscopio", en El hombre
ilustrado, op. cit., pp.33-43.
(58)
R. Bradbury, "No han visto las estrellas", en Antología
poética, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos
Cooperativos, Buenos Aires, 2000 (selección y traducción
Marcial Souto), p. 64.
(59)
Ibid., p.73.
(60)
R. Bradbury, Fantasmas de lo nuevo, Barcelona, Minotauro,
p. 281.
(61)
R. Bradbury, "Cantata Apolo", en Fantasmas de lo
nuevo, op. cit., pp. 288-295.
(62)
Ver E. Bradbury, "El mendigo del puente de O'Connell",
en Las maquinarias de la alegría, op. cit., pp.169-185.
(63)
R. Bradbury, Antología poética,
op. cit., p.105.
(64)
R. Bradbury, Las doradas manzanas,
. pp. 11-17. del sol, op. cit.,
p.84.
(65)
Ver R. Bradbury, "En una estación de buen tiempo",
en Remedio para melancólicos, op. cit., pp.11-17.