Por Esteban Ierardo
El
universo es amplio. Siempre decimos que es infinito. Es complejo,
rico. Y siempre misterioso. Pero una vida permanente dentro del
misterio es imposible para el hombre. Porque el hombre debe ordenar
e interpretar la vida para habitarla. Es decir debe, al menos
parcialmente, decir que la vida responde a tal sentido o ley. Así
toda cultura contiene y da significado. Pero esta acción
ineludible encierra un peligro. El olvido de lo des-conocido como
rasgo primario de la existencia.
Lo
no conocido es lugar del no saber. Y el saber necesario para la vida
social y cultural muchas veces pierde la conciencia del no saber
constitutivo que traspasa al hombre como subjetividad finita.
Pretender saber ahí donde no se sabe es región de peligro.
Heidegger habló de Die Gefahr, el peligro del olvido del
ser. No recuerdo de lo que permite el acontecer del sentido en la
modernidad regida por la ciencia que no piensa, o por una técnica
cuya esencia no es técnica.
La
noche estira su oscuridad. La nocturnidad sin la luz es la que no ve
lo ausente; lo que no ve la imposibilidad de cualquier afirmación
conceptual que diga qué es lo real.
El
cofre de la verdad puede ser interpretado desde los distintos
posibles contenidos que acaso ocupen su cavidad. Pero nunca el
intelecto puede extender su mano hasta el fondo del cofre abismal.
Las
corrientes más secretas siempre escapan a la voluntad de
transparencia del saber. El saber puede enfrentar el no saber. O
puede alentar un saber que ignora su límite, y los felinos
misterios que siempre escapan de las jaulas de cualquier
explicación.
Intentar
saber no ignorando que al final no se sabe es la actitud que
desbarata el peligro de saber lo que no se sabe. Esta actitud doble
es posible encontrarla en el cruce de los voltajes pensantes de
Blanqui y Borges. ¿Por qué relacionar estas dos mentes inquietas?
Primero por lo dicho arriba, porque ambos frotan el saber que no
olvida el no saber; y segundo porque el escritor argentino tuvo en
alta estima al activista francés. Lo menciona en su Historia de
la eternidad como ejemplo de un pensar del eterno retorno.
Blanqui
es conocido como el "encerrado". El signo más evidente de
su vida es el activismo político. Blanqui promueve la revuelta.
Ataca el orden burgués; busca extirpar el puñal de la injusticia
social. El poder lo persigue y encarcela. Y buena parte de su vida
trascurre en prisiones. Por eso su mote característico. En prisión
escribe una obra notable, particular y extraña: La eternidad por
los astros (1). Una meditación especulativa sobre el tiempo y
el espacio, el origen del universo y las leyes de una repetición
eterna de cada instante del tiempo. Blanqui pretendía un saber de
lo cosmológico. Pero no dejó de advertir la distancia entre el ser
y la capacidad de comprensión humana.
Borges
comparte con el "encerrado" el fervor por el tiempo y lo
eterno. Pero también cultiva una conciencia de la ficcionalidad de
todo saber. Todo es metáfora. Ningún postulado de la filosofía o
la ciencia hunde sus dientes en la médula misma de la verdad. A lo
sumo, hay aproximaciones. Nunca actos de posesión definitiva de lo
real. El escritor argentino también decapita espectros engañosos;
desactiva el peligro de saber lo que no se sabe.
Meditaremos
desde estos dos espíritus heterodoxos. Para ambos, a su manera, el
intelecto humano rueda sobre un lecho que alimenta una especulación
legítima.
Pero
el lecho no desnuda su rostro más profundo.
II
El
día se ha repetido. Pero no es la repetición del día de ayer sino
de un día eterno. Ese tipo de intuición invade al hombre
encarcelado. En su cautiverio no puede ver el cielo amplio. No puede
contemplar el mar, cuyas olas salvajes se rompen cerca, sobre
ásperos acantilados. Pero puede pensar el universo entero. Una
compensación quizá. El que sólo se mueve dentro de recintos
estrechos se da a sí mismo el infinito, acaso para remediar el
agobio del enclaustramiento. Una forma imaginaria de libertad. El
deseo de lo que se carece. Pero el móvil psicológico es un proceso
secundario respecto a la meditación sobre el universo del
"encarcelado". Una especulación extraña, que luego
recordaremos. Y más extraña si se piensa que procede de un hombre
consagrado a la inmediatez de la lucha política en su tiempo
histórico, en la miseria particular de su época.
Louis
Auguste Blanqui (1805-1881) es hijo de un profesor de filosofía y
astronomía. Estudia medicina y abogacía. En 1848 participa en la
sublevación contra Luís Felipe, el último rey de los franceses.
Su condena a muerte se permuta por cadena perpetua. Liberado poco
antes de la Comuna de París. En 1871, es encerrado nuevamente en la
Fortaleza de Tareau. Allí, en 1872 escribe La eternidad por los
astros. Liberado después muere en1881, por un ataque de
apoplejía tras un discurso en un meeting político.
De
Blanqui nace el blanquismo. El nombre de un movimiento insurgente.
Un sinónimo de lo revolucionario. Blanqui, el hombre enjuto, alto,
de mirada centelleante, de entusiasmo incendiario, y organizador
hiperactivo de la protesta. Admirado por los estudiantes. El
blanqusimo es protesta callejera y abierta. No la retórica
combativa o filosofías contestatarias de salón. Es participación
directa en las barricadas; es el discurso exaltado como preámbulo
de la acción ineludible.
Para
Marx, Blanqui es el inspirador de la rebelión de la Comuna de
París (2). Y Blanqui es contemporáneo de Baudelaire. El poeta de
la noche, de las letanías de Satán, del elogio de la belleza del
maquillaje, de las correspondencias secretas entre el cielo y la
tierra. El poeta de Las flores del mal hace un dibujo del
rostro completo del revolucionario.
Muchos
sintieron una viva sorpresa ante el texto especulativo que nace del
cautiverio del "encerrado". No un texto programático
sobre un nuevo nivel de acción revolucionaria, no unas memorias de
la experiencia del hombre de las barricadas, no una reflexión sobre
el vínculo entre teoría y praxis anti-sistema. Lo que mana de la
pasión del "encerrado" es una inesperada sed de
conocimiento cosmológico.
Su
hermana luego se opondrá a la publicación del ensayo. Dar a la
lectura del público este texto sería una confirmación del triunfo
de la locura sobre el hombre del realismo político. Con dificultad,
Blanqui consigue que su especulación llegue a la imprenta.
Como
Edgar Allan Poe en Eureka, Blanqui está informado sobre el
estado de la ciencia, la astronomía y la cosmología de su tiempo.
Conoce y frecuenta las especulaciones de Pascal, las investigaciones
de Herschell y, fundamentalmente, la cosmogonía de Laplace.
Blanqui
especula que la vida como movimiento surge de cien tipos de cuerpos
simples. Cada uno de estos cuerpos es un patrón de átomos finitos.
Los cuales producen combinaciones finitas. Pero que se repiten
infinitamente en lo infinito del espacio y el tiempo.
Cada
hecho se repite eternamente en mundos paralelos y duplicados. Cada
uno de nuestros hechos es eternidad que se repite sin fin. Y, a su
vez, cada hecho se abre a variaciones o alternativas donde nos
bifurcamos en copias, en sosias o suplentes. A un hecho en este
mundo le corresponde todas las alternativas posibles en todos los
otros mundos (3).
La
repetición eterna de cada hecho, y las infinitas variaciones o
bifurcaciones de ese hecho acontecen en un eterno presente
simultáneo. El círculo de lo eterno en el tiempo gira sin fin. Y
el hombre atrapado en la prisión abre el pensamiento en pos de una
intuición del universo:
"El
universo es infinito en su conjunto y en cada una de sus fracciones,
estrella o grano de polvo. Así como es en este momento, así fue,
así será siempre sin un átomo ni un segundo de variación. No hay
nada nuevo bajo los soles. Todo lo que se hace, se hizo y se hará.
Y sin embargo, aunque el mismo, el universo de hace un momento no es
el de este instante, y el de este instante no será más el de
dentro de un momento, porque no permanece para nada inmutable e
inmóvil. Muy por el contrario, se modifica sin cesar. Todas sus
partes están en movimiento discontinuo. Destruidas aquí, se
reproducen simultáneamente en otra parte, como individualidades
nuevas" (4).
La
repetición de lo mismo es a la vez modificación, cambio,
renovación. Lo que se destruye o pasa en su ahora renace en otro
tiempo simultáneo. Y cada hecho luego de desaparecido se restaura
en su secuencia de eterno regreso. Lo mismo que regresa en el
círculo de la repetición cambia en su movimiento repetitivo. Lo
estable es paralelamente devenir. Así, "cada ser humano es
eterno en cada uno de los segundos de su existencia". Y cada
segundo es el mismo diferente en su secuencia de repetición,
y simultáneo a sus variaciones en los mundos duplicados en
los que habitan nuestros sosias.
El
eterno retorno como lo mismo y lo renovado se cruza con el
pensamiento de Nietzsche (5). Y la cosmovisión de la trasformación
eterna de lo mismo y lo renovado colisiona con el mecanicismo del
universo-reloj, propio del cartesianismo, del determinismo y la
ciencia clásica. En la naturaleza-máquina, los estados o leyes se
repiten sin variación; y los fenómenos y sus regularidades se
repiten dentro de la perspectiva de un universo de hechos en sí
mismos irreversibles, que no vuelven a revertirse, a repetirse.
El
"encerrado" alienta una suerte de mística secularizada
del instante eternizado. Su eternidad es circulación incesante de
la vida como posibilidad inagotable. No basta con que un hecho sea
una vez. Su potencia sobreabundante necesita de la repetición y
variación sin fin. El rayo es tan pletórico de vida que no le
basta con estallar una vez. Debe hacerlo sin descanso ni final.
Estas
especulaciones parecen alejadas de una reflexión política sobre el
presente histórico y social. Pero esto es consecuencia de una
mirada precipitada y parcial. Si todo se repite, se repite también
el fracaso de la promesa de progreso de la modernidad. Se repite la
ilusión del hombre que se pretende centro del universo; pero que en
realidad sólo es hoja frágil que pende de un bosque inabarcable.
La fricción social, la división entre ricos y pobres devela que la
sociedad es reino del conflicto. No el huerto deseado de la
armonía. Y lo conflictivo aquí no es preludio de una superación
feliz, como surge de la dialéctica hegeliana o el optimismo
ilustrado. La tensión social es sangría de la idea de justicia. Es
perturbación constante de la posibilidad de una felicidad no
obstruida por obstáculos materiales y la concentración de la
riqueza.
El
progreso es espejismo. A lo sumo es esperanza consoladora, o
directamente falacia ideológica que desplaza hacia el futuro la
cicatrización de las heridas del presente. Blanqui declama la
negación del progreso. Un fracaso, y este es el punto, que se
potencia al existir dentro del tiempo de la repetición eterna. La
desolación de la injusticia volverá entonces, siempre, con su
desgarramiento, y también la necesidad de combatirla (6). La
cosmología especulativa del "encerrado" entonces habla no
sólo de los procesos del universo sino también sobre la más tensa
actualidad política. Le sirve a Blanqui para fundamentar la
amargura escéptica ante el mundo. Y para abrir el pensamiento a la
realidad más amplia. La apertura desde la herida política del
presente histórico hacia lo infinito para buscar una salida. Una
huida o evasión. Pero no la evasión como impotente fuga del mal;
por el contrario, una evasión o huida positiva. Como dice Maurice
Blanchot: "El coraje reside en aceptar huir, más que vivir
quieta e hipócritamente en falsos refugios" (7).
Y
podría parecer que Blanqui se asoma al conocimiento de lo que no se
sabe. Pero no cae en el peligro de saber lo que no se sabe. Porque
sabe que sólo en otros globos existen cerebros capaces de
comprender tal vez los diamantes más reales de la verdad. Cuando el
saber se sabe especulación o conjetura, se autopercibe como verdad
débil. O como ficción.
III
Y
la conciencia de la ficcionalidad de todo saber fluye en Borges. En
la Historia de la eternidad, Borges recuerda al
"encerrado" luego de aludir a la creencia en el retorno
eterno del autor de Así hablaba Zaratustra:
"El
segundo -concepto del eterno retorno- está vinculado a la gloria de
Nietzsche, su más patético inventor o divulgador. Un principio
algebraico lo justifica: la observación de que un número n
de objetos- átomos en la hipótesis de Le Bon, fuerzas en la de
Nietzsche, cuerpos simples en la del comunista Blanqui- es incapaz
de un número infinito de variaciones. De las tres doctrinas que he
enumerado, la mejor razonada y la más compleja, es la de Blanqui.
Éste, como Demócrito, abarrota de mundos facsimilares y de mundos
disímiles no sólo el tiempo sino el interminable espacio también.
Su libro hermosamente se titula L´Eternité par les astres"
(8).
Borges
es continua alerta que esquiva las trampas que hacen caer en el
peligro ya consumado de saber lo que no se sabe.
Borges
es pródigo en su concesión de entrevistas; una generosa entrega a
la palabra compartida en el diálogo. Su interlocutor tal vez más
asiduo es Osvaldo Ferrari. En uno de sus intercambios de preguntas y
respuestas, Borges expresa que toda literatura es fantástica. La
literatura realista es una convención, porque también es ficción.
El periodismo, por su parte, pretende emplazarse en un realismo
ejemplar. Los diarios versan supuestamente sobre la realidad fuerte
o claramente contrastable respecto a lo fantástico o ficcional.
Pero esto es nuevamente una convención arbitraria (9).
La
condición ficcional de todo tipo de literatura puede extenderse
también, más allá del periodismo, a la ciencia, la filosofía o
la religión. Para el escritor de El aleph, las filosofías,
las doctrinas científicas o religiosas sólo tienen un valor
estético. Su verdadero brillo es agregar belleza al mundo, no
capturar la verdad última de la vida. Toda metafísica es herida y
límite, no conquista del oro más vivo.
Desde
el relato literario o el ensayo Borges rastrea puntos de ruptura en
la superficie de la razón. El escritor invita al lector a ser
espectador del borboteo de lo incontrolable e irracional. Lo que
aflora así es la expresión patética de la realidad del no saber.
Patetismo que puede adquirir, por ejemplo, la figura de un tigre en
movimiento, de un felino del Asia que se trasforma, por vías
desconocidas, en animal de nuevos colores: en tigres con el color
del mar…
En
La memoria de Shakesperare (1983), se incluye el relato Tigres
azules. El personaje central se impregna con algunas pasiones
personales del propio autor. Como Borges desde niño, le fascinan
los tigres. Alexander Craigie, narrador en primera persona, es
escocés, profesor de lógica occidental y oriental. Lee la
insólita noticia del descubrimiento en un lugar de la India de una
nueva especie de felinos, unos tigres azules. Viaja al país del
Vedanta y Kipling. Llega hasta una aldea. Allí descubre que los
supuestos tigres de color azulino son en realidad piedras con forma
de discos que se multiplican o engendran. Las piedras y las grietas
lo ponen en contacto con la sospecha, o el descubrimiento efectivo,
de que la irracionalidad es el lechos más abismal y esencial de la
vida: "En el fondo, en su esperada grieta, las piedras, que
eran también Behemoth o Leviatán, los animales que significaban en
la Escritura que el Señor es irracional" (10).
La
irracionalidad se desnuda como fondo del ser a través del colapso
de la idea de orden que supone las matemáticas. En la antigüedad,
la matemática pitagórica no desconoce los cálculos y operaciones
con la manipulación de piedras. En ese regreso a la raíz física
del cálculo matemático, mediante la adición de piedras que se
engendran, Craigie descubre la incapacidad de lo matemático para
fundamentar un orden racional que puede a su vez ser la base de una
escritura racional del universo. Estas fisuras surgen ya en la
historia de las matemáticas, con el número irracional pi en
Pitágoras, los números transfinitos de Cantor, o el teorema de
Godel. Craigie no puede encontrar una ley detrás de los números
que entregan la multiplicación de las piedras:
"…Contaba
con los ojos las piezas y anotaba la cifra. Luego las dividía en
dos puñados que arrojaba sobre la mesa. Contaba las dos cifras, las
anotaba y repetía la operación. Inútil fue la búsqueda de un
orden, de un dibujo secreto en las rotaciones. (…) Las piedras se
negaban a la aritmética y al cálculo de probabilidades. Cuarenta
discos podían, divididos, dar nueve; los nueve, divididos a su vez,
podían ser trescientos. (…) Al término de un mes comprendí que
el caos era inextricable." (11).
Las
cifras ya no son estables. No hay orden matemático. Todo es caos.
No hay ley humana que pueda comprender ese caos.
Blanqui
antes quiso saber desde un arrebato especulativo la ley primaria del
tiempo. Descubre entonces la repetición eterna. Y la bifurcación
infinita de cada hecho en los mundos duplicados sin fin. El
"encerrado" piensa el universo desde una cosmología
unificadora, construida sobre unas mismas leyes. El universo es
múltiple, fecundo, diverso. Pero un equivalente de la vida
inteligente puede existir en lo recóndito. Acaso muchas
civilizaciones se ocultan en la distancia cósmica. Posibles seres
inteligentes de otras esferas planetarias quizá penetran con más
lucidez sapiencial en la dinámica del ser. Pero en el hombre el
saber posible se fuga hacia el no saber irreductible.
En
Borges, la intuición de lo incognoscible, de lo que quiebra el
deseo de saber, acontece también en el universo-biblioteca de La
biblioteca de Babel. El universo no es ahora lo contenido por
una cosmología especulativa, sino por una escritura universal.
La
biblioteca borgeana (Biblioteca Total porque equivale al universo y
contiene todos los libros posibles), se compone de galerías
hexagonales (12). Su naturaleza no es clara, o inmediata. Para
algunos, los idealistas, es una intuición a priori del espacio
absoluto; parta los místicos es un gran libro circular infinito.
Pero todos aceptan el axioma de que la biblioteca es eterna y
divina. Y también es imposible ignorar el hecho de "la
naturaleza informe y caótica de casi todos los libros". En los
libros se esparcen sucesiones caóticas de letras. ¿Late un posible
orden escondido detrás de los signos confusos? La ausencia de la
respuesta directa permite y exige distintas interpretaciones y
supersticiones, que entran en colisión. Y para algunos existe
"el Hombre del Libro". En un hexágono existe un libro que
ordena o da sentido a todos los demás. Un bibliotecario lo ha
encontrado, lo ha leído. Ese lector es equivalente a un dios.
Pero
aunque todas las creencias humanas sean equivocadas, o aunque la
humanidad al fin desaparezca, lo seguro es que "la Biblioteca
perdurará; iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil,
armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible,
secreta". El hombre puede desaparecer. Pero aun así
continuaría el enigma de la existencia de un orden o de un puro
caos como sustento de la biblioteca-universo. Para despejar esta
incógnita, el narrador propone entonces una solución elegante,
pero también desesperada y tal vez engañosa:
"La
biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la
atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los
siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden
(que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con
esa elegante esperanza". (13)
Al
final, un viajero universal que recorre el espacio infinito, que es
libro y escritura, quizá podría descubrir el sentido que unifique
los signos en apariencia caóticos. Pero el descubrimiento del orden
que justifique el universo es parte de una espera, una expectativa.
Una fe. Una creencia optimista. Nunca una seguridad inconmovible;
nunca el destello de un saber completo. Sin astillas de no saber.
En
Blanqui la aceptación de la frontera infranqueable, de lo
incognoscible insuperable es la postulación de los cerebros
inteligentes superiores en otras regiones del cosmos. Por eso,
afirma:
"Por
cierto, el universo infinito es incomprensible, pero el universo
limitado es absurdo. Esta certeza absoluta de lo infinito del mundo,
unida a su incomprensibilidad, constituye una de las más crispantes
molestias que atormentan al espíritu humano. Existe, sin duda, en
alguna parte, en los globos errantes, cerebros lo bastante vigorosos
como para comprender el enigma impenetrable al nuestro. Es preciso
que nuestros celos hagan su duelo" (14).
En
Borges, por su parte, la presentación de lo no cognoscible se
reviste con muchos ropajes. Pero aquí hemos elegido recordar dos
formas en particular del escape de la trampa de la pretensión de
saber lo que siempre es a lo sumo sospecha, o creencia. Pero no
conocimiento verificable. Estas dos formas son la profusión de los
números imprevisibles; el caos de una matemática aleatoria, y no
controlable o previsible por ningún saber; y el misterio del orden
último del universo-escritura, sólo disipable por un acto de fe,
no de sapiencia asegurada.
Asumir
el saber como ficción, sueño o especulación no es negar la
legitimidad de los saberes de la erudición, de la reflexión
filosófica, o las ciencias en su doble faz de generación de
hipótesis y verificación, y de aplicación técnica. El saber es
legítimo cuando asume sus limitaciones fuera de las retóricas que
siempre dicen aceptar el carácter incompleto de un saber
determinado. Bajo presión, la cosmología contemporánea acepta que
el Big Bang es en definitiva una teoría; sin embargo el
prestigio del saber científico hace que, en la práctica, la gran
explosión sea internalizada como descripción de una realidad ya
conocida; bajo presión, los evolucionistas puede reconocer que su
descripción del mundo biológico es alta probabilidad pero no
certeza apodíctica. Sin embargo, la interpretación evolucionista
del origen y desarrollo de la vida orgánica es
"consumida" como ley. Los poderes racionales de muchas
filosofías reconocen el límite de la propia razón; principalmente
cuando la filosofía en cuestión es irracionalista o abierta a un
ser no racional. Pero esto no asegura una real apertura a lo
incognoscible como atributo de la vida y no sólo como concepto de
lo no cognoscible.
Evitar
la trampa de vivir en la creencia de saber lo que no se sabe es
ejercicio de la observación repetida del límite. Nuestro límite.
Sin olvido. Sin engaño. Sólo así, tal vez, el peligro de un falso
saber deje de agazaparse en nuestra mirada.
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "El
saber, el no saber y el peligro. Incitaciones al pensar desde
Borges y Blanqui", versión escrita de la ponencia pronunciada
en el
Seminario Central, Die Gefahr, de la Fundación Centro
Psicoanalítico Argentino, en octubre del año 2009.
Citas:
(1)
Existe
en castellano una valiosa edición de La eternidad por los
astros (L´Eternité par les astres), de editorial
Colihue, de Buenos Aires, con prefacio de Jacques Ranciére, y
posfacio de Miguel Abensour, y Valentín Pelosse. También incluye
los "Apuntes sobre Louis Auguste Blanqui para el proyecto de
los Pasajes de París", y "París, capital del siglo XX.
Versión de 1839. Introducción y conclusión" de Walter
Benjamín. La traducción del ensayo de Blanqui es de Margarita
Martínez.
(2)
La Comuna de París es un movimiento de autogobierno de la comuna
parisina en 1871, que se enfrenta al gobierno encabezado por el
político conservador Thiers. En 1870, Francia se halla inmersa en
la guerra con la Prusia de Bismark. El ejército galo es derrotado
en Sedan. Francia presenta su rendición, mientras la capital
francesa es sitiada por los prusianos. La deposición de las armas
es interpretada por el proletariado como una traición. La Comuna se
apropia entonces de las armas de los arsenales. Se prepara la
resistencia. En el interior de Francia la actitud del pueblo
parisino no tiene resonancia. Mientras tanto, y atemorizados por el
peligro de rebelión del proletariado, la clase dirigente (integrada
por monárquicos y republicanos burgueses) acuerda un gobierno
conjunto que pacta un armisticio con Prusia. La capital se traslada
a Versalles, para eludir la agitación contestataria de París. En
las elecciones nacionales de febrero de 1871 los monárquicos y
conservadores son mayoría. El nuevo gobierno decide la
contrarrevolución, la represión de la Comuna independiente de
París. El oficialismo pacta con Bismark la liberación de los
prisioneros de guerra a fin de utilizarlos en el sometimiento de la
ciudad luz. La comuna parisina no se amilana. La Guardia Nacional la
apoya, y se evalúa la oportunidad de tomar por asalto Versalles.
Pero se opta por la cautela, el respecto al Banco Nacional de
Francia, la propiedad privada, el derecho de libre circulación de
personas, incluso de los grupos conservadores enemigos de la Comuna.
El
26 de marzo de 1871, luego de las elecciones libres, se proclama
oficialmente la Comuna de París. En la elección participan una
variedad de posiciones políticas vinculadas con un ideario
socialista, anarquista, blanquista, proudonista; e incluye también
a algunos representantes de los barrios burgueses que después
recularán. El 21 de mayo de 1871 un ejército de alrededor 180.000
hombres invade París. Se inicia una cruenta lucha calle por calle.
La Comuna se defiende mediante el sistema de las barricadas.
Sostienen rifles y bayonetas por igual hombres y mujeres. La
desigualdad en la preparación militar y de recursos impone de
antemano el fracaso de la Comuna. El 28 de mayo, es tomada la
última barricada defendida por un solo hombre luego de la muerte de
los otros defensores. En la misma Francia que alguna vez derribó el
Antiguo Régimen no se duda en la masacre y el fusilamiento sumario.
Caen fusilados sin distinción hombres, mujeres y niños. Como en la
peor época de la caza de brujas, una denuncia sin fundamento
probado sirve para decretar la muerte en el paredón. Algunas
fuentes hablan de 30.000 comuneros fusilados. Unas 40.000 personas
son enviadas a colonias, encerradas en lo que tal vez sea el
comienzo del sistema de los ominosos campos de concentración, luego
proseguidos, en el siglo XIX, por los ingleses en lucha con los
bóers en Sudáfrica. Muchos mueren por enfermedades o por los
efectos de los trabajos forzados. El brote socialista, que para
algunos tiene como principal norte orientador a Blanqui, es así
salvajemente cegado. Marx y Engels, celebran la Comuna, pero estiman
que aún no habían madurado las variables sociales, históricas y
económicas para una revolución socialista, tal vez definitiva.
También critican la moderación del movimiento, y su exceso de
orientaciones ideológicas, lo que provocó que la Comuna no tuviera
una capacidad de respuesta rápida y efectiva ante la contingencia.
(3)
El que cada hecho en el fluido del tiempo se bifurque en todas sus
variantes hace recordar, inevitablemente, a El Jardín de los
senderos que se bifurcan, en el volumen Ficciones, de
Jorge Luís Borges. Aquí se imagina que cada hecho se bifurca en
infinitas series temporales paralelas por lo que cada hecho resuena
o se desdobla en todas sus bifurcaciones posibles en "un
jardín de los senderos que se bifurcan", que no es otra cosa
que la entraña esencial y secreta del tiempo.
(4)
L. Auguste Blanqui, La eternidad por los astros, Buenos
Aires, Colihue, 2002, p. 94.
(5)
Sobre el vínculo entre Nietzsche y Blanqui, Montinari observa:
en
Máximo Montinari, Nietzsche. Los hombres de la historia,
CEAL, 1978 (trad. Oberdan Caletti).
(6)
En cuanto a la reticencia de Blanqui sobre la idea de progreso,
Benjamín afirma: "En La eternidad por los astros,
Blanqui no manifiesta antipatía hacia la creencia en el progreso.
No obstante, entre líneas, acumula desprecio por la idea. De esto
no se debería necesariamente concluir que él traicionaba su credo
político. La actividad de un revolucionario profesional como
Blanqui no presupone de ningún modo fe en el progreso; presupone
solamente la decisión de erradicar la injusticia social", en
W. Benjamín, "Apuntes sobre Louis Auguste Blanqui",
incluido en A. Blanqui, La eternidad por los astros, op. cit.,
p. 180.
(7)
Maurice Blanchot, La amistad, citado en A. Blanqui, La
eternidad por los astros, op. cit., en "Posfacio: Liberar
al encerrado", de Miguel Abensour y Valentín Pelosse.
(8)
Jorge Luís Borges, Historia de la eternidad, en Obras
completas, v.I, Buenos Aires, Emecé, pp.393-394.
(9)
"…yo diría que toda literatura es esencialmente fantástica;
que la idea de la literatura realista es falsa, ya que el lector
sabe que lo que se está contando es una ficción. Y además, la
literatura empieza por lo fantástico, o, como dijo Paul Valery, el
género más antiguo de la literatura es la cosmogonía, que
vendría a ser lo mismo. Es decir, la idea de literatura realista
quizá date de la novela picaresca, y haya sido una invención
funesta, porque -sobre todo en este continente- todo el mundo se ha
dedicado...a una novela de costumbres, que vendría a ser un poco
descendiente de la novela picaresca. O si no los ‘alegatos
sociales’, que también son una forma de realismo. (…) Yo diría
que la literatura fantástica es parte de la realidad. Ya que la
realidad tiene que abarcar todo. Es absurdo suponer que ese todo es
lo que muestran a la mañana los diarios", Jorge Luís Borges,
Osvaldo Ferrari, Diálogos, Barcelona, Seix Barral, 1992, pp-108-109.
(10)
J. L. Borges, "Tigres azules", en La memoria de
Shakespeare, en J. L. Borges, Obras completas, v.III,
Buenos Aires, Emecé, p.386.
(11)
Ibid., p.387.
(12)
La imaginación del universo como una Biblioteca Total le viene a
Borges de Kurd Lasswitz en su volumen de relatos fantásticos Traumkristalle.
Luego de mencionar un antecedente del desplazamiento del lenguaje
corriente a un sistema de combinaciones, en un artículo de Sur
de agosto de 1939, Borges afirma: "…llega Kurd Lasswitz a
veinticinco símbolos suficientes (veintidós letras, el espacio, el
punto, la coma) cuyas variaciones con repetición abarcan todo lo
que es dable expresar: todas las lenguas. El conjunto de tales
variaciones, integraría una Biblioteca Total, de tamaño
astronómico", en J. L. Borges, La Biblioteca Total, en Borges
en Sur (1931-1980), Buenos Aires, Emecé, p. 26. Pero también
no es imposible negar, a nuestro entender, la influencia en la
generación de la idea de La biblioteca de Babel de la
actividad recurrente de Borges como bibliotecario. Su elemento más
cotidiano y repetido, la biblioteca y el libro, se trasforman, por
las vías de la literatura fantástica, en metáfora del universo
desmedido y misterioso.
(13)
J. L. Borges, La Biblioteca de Babel, en Ficciones, en
Obras completas, v. II, Buenos Aires, Emecé, p.471.
(14)
L. Auguste Blanqui, La eternidad por los astros, op.cit.,
p. 30.