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 LA SENSACIÓN Y LA PRESENCIA 

Ausencia y presencia de lo real en Jorge Luis Borges 

 

Por Esteban Ierardo

 

 

 

 

 

 

 

Jorge Luis Borges

 

    Borges medita sobre los límites de la razón y la naturaleza del lenguaje. Pero también, en su obra palpita una apertura estética a lo real como presencia física, sensorial. En el ensayo que sigue a continuación atenderemos, primero, a los modos como lo borgeano  deconstruye toda pretensión de un conocimiento conceptual de lo real. Cuando el intelecto y el lenguaje pretenden capturar una presunta verdad última, lo real se retira. Se convierte en ausencia. Y, segundo, observaremos los caminos por los que lo real, que se ausenta frente al conocimiento, regresa como misteriosa presencia de lo físico.

En este ensayo nos remitiremos fundamentalmente al análisis de los textos borgeanos sin una mediación continua de obras críticas. Es una forma de adhesión a la actitud del propio Borges de privilegiar la lectura directa de una obra antes que las dilatas bibliografías críticas que pueda promover. 

Y, esencialmente, observaremos como Borges, el escritor primero escéptico respeto a todo conocimiento filosófico o teórico sobre lo real se abre, finalmente, a una celebración poética de la epifanía sensorial de la realidad. 

E.I

  

 LA SENSACIÓN Y LA PRESENCIA 

Ausencia y presencia de lo real en Jorge Luis Borges 

 

Por Esteban Ierardo

I.

   Furioso, el laberinto propaga sus senderos a cada resquicio del espacio. Primero, los pensadores confiaron en el conocimiento completo de la realidad laberíntica. Pero una verdad supuestamente final es una fundamentación que posee, a su vez, su posible refutación. Cada explicación racional sobre lo laberíntico se pierde en un corredor de espejos infinitos. El Gran Sentido se oculta en un sitio oculto. Lo real exhala distancia, ausencia. 

 Y un habitante de la construcción sin salida, creador de la idea de una biblioteca infinita, elige, una vez, el deleite del asombro, ya no la tensión de una proposición hambrienta de  verdad. Las galerías opresivas entonces se desvanecen. El mundo no es la idea, la ley o una supuesta  verdad racional. Es la extensión de las muchas polifonías, de las muchas formas. Es el día donde el mundo es presencia. Que irradia las sensaciones continuas, cambiantes. Las sensaciones de las cosas múltiples de rostros misteriosos.

 Entre las muchas presencias camina el poeta. Con el verbo que ya no ambiciona conocer. Sólo celebrar. 

 

II.

 La literatura poderosa no se contenta con una levedad sin abismos. Una literatura plena es una forma de filosofía narrativa. Desde la ficción literaria y el ensayo, Borges filosofa sobre los límites de la razón y la naturaleza del lenguaje. Esta arista de lo borgeano, y tantas otras, ha suscitado ingentes bibliografías, junglas de textos, mareas incesantes de comentarios. Nuestra intención no es esbozar una ponderación académica más sobre el enésimo sentido de la literatura borgeana. Nuestro propósito es meditar la relación entre Borges y una apertura estética a lo real como presencia sensorial. Este proceso de la experiencia en Borges puede ser hallado en las diversas andaduras de su obra: en su ficción, ensayo o poesía. 

  Nos deslizaremos en dos movimientos fundamentales; primero, atenderemos a los modos como en la obra borgeana se deconstruye todo ideal de conocimiento conceptual de lo real. Cuando el intelecto, y el lenguaje como explicación sistemática, pretenden capturar una presunta verdad fundamento estable, lo real se retira. Se convierte en insondable niebla de ausencia. Y, segundo, luego de navegar en la bahía donde naufragan los navíos de toda ambición de un conocimiento conceptual último sobre lo que sea la realidad, llegaremos a la otra costa, la otra orilla. Donde lo real, que se ausentaba frente al conocimiento, regresa como la misteriosa presencia de lo físico. Lo físico compuesto por la corriente de sensaciones que proceden de las cosas y los hechos (de un tiempo pasado o presente). El escritor, primero escéptico respeto a todo conocimiento filosófico o teórico sobre lo real se abre, finalmente, a una celebración poética de la epifanía sensorial de la realidad. 

 

III. 

   Parménides inicia la creencia en la racionalidad intrínseca del ser. Sólo es real lo racional. Y el pensamiento racional es el único medio para expresar el ser. Desde sus propios modos, la Edad Media, el Renacimiento, Descartes o Hegel, continuaron la certeza filosófica inaugurada por la filosofía parmenídea en cuanto a la adecuación o integración entre el pensamiento racional y el mundo, entre el lenguaje, las palabras y las cosas. Pero, detrás de la confianza de la filosofía y la ciencia en la integración entre la palabra y un orden objetivo del mundo, se escondía, desde el comienzo, la sangría de un despedazamiento. El fracaso de la torre de Babel, la confusión de las lenguas, la pérdida de la lengua adánica, eran ya las señales antiguas del quiebre entre la palabra, como pensamiento racional, y la realidad.

  Desde una visión religiosa judeocristiana, el hombre caído sólo puede acceder a lo real por la revelación, o por la lateralidad del símbolo. Pero, en el creciente oleaje del escepticismo nietzscheano, en el siglo XIX, ni la revelación ni la objetividad de las matemáticas como modelo de un filosofar racional aseguran el salto hacia una verdad estable. Entonces, el lenguaje se aleja de la cosa. Lo real sólo podrá ser epifanía sensorial. Un friso de sensaciones intraducibles por la razón.

 En la Viena de la década del 20', Mauthner realizó su crítica del lenguaje. Este filósofo austriaco, contemporáneo de Kraus, asegura el divorcio entre las palabras y las cosas. El lenguaje no expresa lo real (1). Durante su viaje a Europa en 1919, Borges accede a la obra de Mauthner. Subraya profusamente un ejemplar de Worterbuch der Philosophie: Neue Beitrage zu einer der sprache con observaciones al margen. En Mauthner, Borges encuentra el impulso inicial hacia un escepticismo lingüístico; hacia una postura que afirma que existe una separación insuperable entre los enunciados del lenguaje, las proposiciones de la ciencia o la filosofía, y las cosas. Es el inicio, en Borges, de un seguro nominalismo. La palabra es convención, signo social y arbitrario. Los nombres del lenguaje son conceptos generales que ordenan la experiencia. La cosas en su particularidad, en su individualidad, no pueden ser dichas. Son indefinibles. Lo individual inefable de Guillermo de Ockham, arquetipo del nominalismo en el tiempo medieval y escolástico, resurge en la tópica borgeana. El nominalismo observa la división entre el universo de los signos lingüísticos y lo individual. Sólo tenemos percepción de lo individual. La cosa como tal es un nombre (nomina), un concepto general que no se corresponde con lo real como particularidad. Esa división infranqueable adquiere distintas facetas en la escritura del autor de "El sur". Atendamos a algunas de ellas...

    En su poema "Singladura", el joven Borges contempla arrobado la inmensidad marina. Entre la deleitosa aspiración del aire salino, el poeta afirma: "El mar es un antiguo lenguaje que ya no alcanzo a descifrar" (2). La amplitud del espacio físico contiene la vastedad marina. Y la multiplicidad de los fenómenos. El mar no es sólo una apabullante presencia física. Es, también, quizá, una "antigua lengua". Pero indescifrable. Pues: "Impenetrable como de piedra labrada / Persiste el mar ante los muchos días" (3). Si hay un lenguaje en la amplitud material éste no se dona al hombre. Permanece como ausencia. No como presencia. Esto es expresión, a su vez, de la imposibilidad del lenguaje humano para descifrar el sentido último de la realidad material.

 El ideal de una simetría entre el orden humano (cimentado en el lenguaje) y la amplitud de la tierra y lo físico se desploma bajo la burla en "Del rigor en la ciencia", en El hacedor. En un imperio se practica febrilmente el arte de la cartografía. Una disciplina que busca la perfección. Entonces, "el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia"(4). Inconformes, los cartógrafos imperiales realizan un mapa del tamaño del imperio. Ahora existe una estricta adecuación entre el mapa (la imagen, la representación humana) y la realidad física. Pero esa correspondencia es ilusoria. Y así lo comprendieron las generaciones posteriores, que "entendieron que este dilatado Mapa era Inútil, y no sin piedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos"(5). El lenguaje de la representación, el universo de los signos humanos (asociado con el mapa en este caso), nunca podrá expresar la riqueza del vasto imperio, de la vasta y dilatada realidad de lo material. El lenguaje es sólo un mapa imaginario de una realidad que nunca será totalmente representable. Porque no es cognoscible en toda su extensión y complejidad.

   En su "Arte poética", Borges asume esta lección porque sabe que la poesía "es inmortal y pobre" (6). El arte poético es como la Itaca de Ulises, "verde y humilde". Ni siquiera la poesía, y su capacidad sutil para expresar significados, puede trasponer las tinieblas y fiordos que nos separan de las cosas, en su presencia y misterio.

   El límite del lenguaje bulle también en una serie de textos borgeanos que pueden ser pensados como un canon impugnador de toda esperanza de un conocimiento sistemático. Aquí pueden ubicarse "Una rosa amarilla", "El idioma analítico de John Wilkins", o "Tlön, uqbar orbis tertius".

  En "Una rosa amarilla" (7), un poeta, Marino, convalece en su lecho de muerte. Cerca, en un recipiente, palpita una flor amarilla. Ante la evidencia de su belleza, cual un acto reflejo, Marino recuerda los versos ya entonados tantas veces para celebrar la lírica y delicada belleza de la flor: "Púrpura del jardín, pompa del prado...". Pero después es visitado por una súbita iluminación. El poeta ve por primera vez la rosa. Y comprende que la poesía (y por extensión el lenguaje) no es un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo. La palabra no refleja lo que es. Lo que es no puede ser expresado por ninguna trasposición conceptual. Entonces, lenguaje y realidad fluyen en corrientes separadas. De una corriente a otra pueden existir breves correspondencias y sugerencias metafóricas o simbólicas. Pero la rosa, la cosa, como una realidad primigenia, nunca será traducida por ningún nivel de lo verbal.

 El hombre recibe un lenguaje desde su tradición cultural. Pero algunos se abocan a crear nuevos lenguajes, o nuevas ideas de lenguaje. Borges se interesa por John Wilkins (1614-1672), el primer Secretario de la Real Sociedad de Londres. Wilkins buscó crear un idioma universal, donde "cada palabra se define a sí misma" (8). Wilkins divide el mundo en categorías y géneros, subdividibles a su vez en especies. La recreación borgeana de las artificiosas descripciones lingüísticas de Wilkins oculta un leve movimiento irónico. Ironía que aumenta cuando se alude también a la fantástica clasificación de los seres por una enciclopedia china (9), y la clasificación del Instituto Bibliográfico de Bruselas con su parcelamiento del universo en 1000 subdivisiones. Finalmente, la ilusión de las clasificaciones estrafalarias se revela para sentenciar que "notoriamente no hay filosofía del universo que no sea arbitraria y conjetural" (10). La arbitrariedad no disuelve el hecho de que todas las clasificaciones proceden de nuestro desconocimiento sobre lo que sea el universo. Lo real quizá sea sólo caos renuente a toda ley organizadora. Y aunque exista un ser que fundamente y dé un sentido final al tiempo en el que nada el hombre, a éste le es imposible "penetrar en el esquema divino del universo".

  Al indagar sobre el ser primario del devenir con ojos de agudos destellos escépticos, el universo es impenetrable, indefinible, dado que "no hay universo en el sentido orgánico, unificador que tiene esa ambiciosa palabra" (11). Por eso, frente al flujo sensorial indefinible e incapturable sólo cabe "planear esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son sólo provisorios" (12).  

  Y también, si no es posible ningún conocimiento totalizador, la única respuesta legítima ante el fenómeno de la existencia no será "ni la verdad ni la similitud sino el asombro". Esto es lo que se afirma en Tlön. 

  En Tlön, el sentido común, resuma idealismo filosófico. Para el idealismo filosófico de Schopenhauer, Kant o Hegel, el objeto sólo es en tanto es pensado desde la estructura cognoscitiva racional y universal del sujeto. Algo sólo es en tanto construcción mental. Por eso, en Tlön, la realidad material no pude reposar en una existencia independiente; no puede existir desde la alteridad. Una postura que declare la continuidad de los objetos allí donde se suspende el pensamiento, supondría una posición herética, una heterodoxia inadmisible. Es esto lo que ocurre con el heresiarca y su sofisma de las nueve monedas de cobre (13).

  En Tlön, las cosas dependen de una sucesión temporal de actos mentales. Pero esta dependencia del objeto material respecto al pensamiento no supone que la subjetividad racional constituya la realidad en un sentido absoluto. En Tlön, se sabe que la ciencia se vincula no con la realidad como tal, sino con la psicología, con el modo humano de configuración de la experiencia. El saber descansa sobre una base psicológica (los procesos mental que condicionan la percepción) y un principio de asociación de las ideas. La causalidad es una forma asociativa, que es inherente a una necesidad de organización de los fenómenos por parte del sujeto, y no a la realidad misma. No hay ciencia entonces como conocimiento objetivo de la totalidad. Porque la ciencia, como la filosofía, constituyen ramas de la literatura fantástica. Y también la idea de una literatura realista es falsa y pertenece al orden general de lo fantástico, tal como Borges lo manifiesta en uno de sus diálogos con Osvaldo Ferrari (14). 

   La cosa fluye siempre esquiva en el tiempo. Escapa a la palabra. Elude al verso poético (en "La Rosa amarilla"), a toda clasificación del lenguaje (en "El Idioma analítico de John Wilkins"), o al poder del sujeto y su representación de un mundo de objetos (en "Tlön...").

 Por eso, cuando el hombre quiere trasponer el límite de su finitud cae, como en las antinomias de la crítica de la razón pura kantiana (15), en distintas experiencias de contradicción, extravío o angustia.

 

IV. 

   El cazador anhela cazar con armas racionales misteriosos cuerpos de dioses en la arena. Pero al capturar la arena, ésta huye entre un viento que quiebra las lanzas del arrogante cazador.

 En Borges, se delinea una simbólica de la desorientación o la desrrealización de un supuesto cazador de la verdad. Esta simbólica se sostiene sobre la imagen de los laberintos y los espejos.

 La imagen clásica del laberinto es la construcción cretense inventada por Dédalo, servidor de Minos, rey de Creta, y proveedor de las alas de su hijo Ícaro. Las alas de cera que, cuando el deseo humano pretendió volar más allá de lo debido, se derritieron en la proximidad del sol. Al enfrentarse con el todo, el hombre se siente desorientado en un laberíntico mundo carcelario. Al ser conciente de la existencia como prisión, sólo queda el consuelo de una muerte redentora como en "La casa de Asterión". Donde Asterión, el minotauro, sabe que el laberinto es el universo. Todo se repite, salvo arriba el cielo y, abajo, en la tierra, Asterión. Asterión sólo encuentra la paz y la redención a través de la espada de Teseo, que, con la ayuda de Ariadna, lo encuentra el centro secreto del dédalo.

La construcción laberíntica es también una metáfora arquitectónica de la condición irracional del mundo como en "El inmortal". Por un misterioso y desfalleciente jinete que llegó del oeste, Marco Flaminio Rufo, "tribuno militar de una de las legiones de Roma", se entera de que en algún lugar de Occidente existe el río cuya aguas confieren la inmortalidad. A través de vastedades desérticas, Rufo van en su búsqueda. Y tras un cúmulo de accidentes y zozobras, el romano llega a una solitaria meseta. Al descender en su interior, descubre un cámara circular con nueve puertas que conducen a sendos laberintos. Luego, halla lo laberíntico en la propia Ciudad de los Inmortales; aquí, el laberinto, a diferencia de su versión clásica, carece de fin: "Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el laberinto que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundan el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y la balaustrada hacia abajo" (16). La arquitectura arbitraria de la Ciudad de los Inmortales fue concebida, acaso, como tributo a dioses irracionales. El laberinto del sinsentido, con sus escaleras invertidas, o sus puertas que no llevan a ninguna parte, recuerda también a los grabados de las cárceles imaginarias de Piranesi, o los dibujos de Escher (17). 

    El laberinto como zona privilegiada de desorientación, de perplejidad impotente o muerte, se extiende a la prosa "Los dos reyes en sus dos laberintos", donde se contrapone un laberinto en Babilonia, un laberinto arquitectónico, y un laberinto geográfico, natural: el desierto. Un rey árabe es encerrado en el dédalo babilónico por su anfitrión, el rey de la ciudad que gobernó Nabucodonosor. Luego, el huésped sometido a la angustia laberíntica, invade el reino del rey de Babilonia. Conquista sus tierras. Y le devuelve la gentileza. Lo hace visitar el laberinto que existe en su país. Montado en un camello, lo abandona en la profundidad despoblada del desierto.

  El laberinto artificial, el edificio desorientador creado por el hombre, o la solitaria amplitud desértica, confunde o desorientan, aniquilan las referencias claras. Impiden al hombre percibir la totalidad y cuadricular el todo en un mapa ordenador sujeto a su control. El hombre se pierde en una realidad que lo encierra, lo agobia, lo enclaustra. La realidad inabarcable encierra al hombre pequeño.

 El hombre también experimenta su imposible posesión de la realidad a través de la inacabable duplicación de imágenes proyectadas en los espejos. 

   Desde su infancia, los espejos significaron para Borges una forma de estremecimiento, de temor, la duplicación de la propia imagen en la superficie reflectante. Verse duplicado en un espejo afantasma, amenaza toda sensación de solidez, de segura existencia. En la ficción mítica, o en algunas obras como Alicia a través del espejo de Lewis Carroll, o El espejo (Zerkalo) de Tarcovski, lo especular es portal o zona de tránsito hacia otro nivel de existencia, hacia una evocación de la plenitud pasada de la infancia. En Borges, en cambio, el espejo es región de pérdida, de desrrealización. El desvanecimiento de lo real por los reflejos especulares se enlaza con el gnosticismo. En Tlön, Borges afirma: "Para uno de esos gnósticos el visible universo era una ilusión...Los espejos y la paternidad son abominables (mirror and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan" (18). El gnosticismo afirma la falsedad de dios veterotestamentario que crea este mundo de la materia, y suscribe la condición del cuerpo como prisión del hombre. El universo terrenal es sitio de engaño. Y confusión. Desde esta perspectiva, la cúpula y la reproducción son una forma de perpetuación de la ilusión corporal. Es la multiplicación de una imagen falsa. Semejante a la imagen duplicada por los espejos.

   Los espejos son lugar de horror: "yo sentí el horror de los espejos" (19). Y se relacionan con un "acto generativo", que ya denunciaba el gnóstico: "Infinito los veo, elementales / Ejecutores de un antiguo pacto/ Multiplicar el mundo como el acto generativo, insomnes y fatales" (20). La desrrealización especular no sólo evidencia la ilusión del mundo material, donde todo son reflejos que se multiplican, sino también es impugnación del sueño de la grandeza humana:  "Para que el hombre sienta que es reflejo/ Y vanidad. Por eso nos alarman" (21).

  Los laberintos son el extravío del hombre, en el nivel de la existencia horizontal, entre el cielo y la tierra. Lo especular extravía dentro de los reflejos sin fin. El espejo y el dédalo son expresiones así de una simbólica de la desorientación y la desrrealización. Símbolos de la incapacidad humana para encontrar el Oriente donde brille la trasparencia de una verdad asequible al intelecto. 

 

V

    La desrrealización, puntualmente, a través de la sucesión de espejos y reflejos puede ser entrevista también en "En busca de Averroes", en El Aleph. Averroes, el médico y filósofo árabe del siglo XII, autor de Destructio destructionis, intenta comprender la vasta obra aristotélica. No conocedor del siríaco, ni del griego, Averroes debe apelar a traducciones de traducciones. Al leer la Poética de Aristóteles se detiene, estupefacto, ante las palabras tragedia y comedia. Mediante esfuerzo e imaginación, se entrega a ensayar relaciones con posible correlatos de lo trágico y lo cómico dentro de la tradición que brota del manantial originario del Corán, de la Madre del libro, el modelo platónico de toda existencia y verdad. Cree arribar, finalmente, a cierta esclarecida correspondencia, pero, entonces, lo absorbe el sueño. Se contempla en un "espejo de metal". Y entonces se desvanece "bruscamente" como si lo fulminara "un fuego sin luz". A la vez, desaparecen su arábigo entorno de mobiliarios, libros, esclavos, jardines, y el próximo y dulce murmullo del Guadalquivir. Antes de consumar plenamente su propósito, Averroes desaparece. 

   Y Borges revela, al final, su deseo de narrar, mediante las sugerencias veladas de su ficción, "el proceso de una derrota". Primero, evalúa varias opciones preliminares de esa "derrota". Milton se decide por la historia de la rebelión luciferina en el cielo y la caída adánica, luego de considerar cientos de temas posibles para un vasto poema épico. Borges se decide tras una más breve pesquisa. Después de imaginar una fallida argumentación de un dios único por el arzobispo de Canterbury, o la vana busca de la piedra filosofal, decide un fracaso que sea inherente a todos los hombres. Recuerda entonces a Averroes; recuerda su angustia insuperable ante el hecho de, "encerrado en el ámbito del Islam", pretender comprender el significado de las voces tragedia y comedia. Y entonces: 

  " Sentí que Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo, queriendo imaginar a Averroes, sin otro material que unos adarmes de Renan, de Lane y de Asín Palacios. Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui, mientras la escribía y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta lo infinito. (En el instante en que yo dejo de creer en él, "Averroes" desaparece)". 

   Averroes nunca puede comprender plenamente algo de lo que nunca tuvo una experiencia. Su deseo de comprender siempre es mediado por traducciones de traducciones, comentarios de comentarios de una fuente perdida. Una fuente que no puede ser experimentada desde una mera reconstrucción lingüística, desde una pesquisa intelectual. Averroes está condenado a fracasar, porque pretende conocer lo trágico o lo cómico desde la intelección, la generalización, el discurso. De forma semejante, la reconstrucción del Averroes real es una tarea imposible. Es una absurda pretensión revivir al lejano pensador árabe "sin otro material que unos adarmes de Renan, de Lane y Asín Palacios". Desde las palabras es posible a lo sumo una evocación metafórica, no la restitución de una presencia viva. El Averroes de la ficción "La busca de Averroes" sólo existe en el tejido autónomo de las palabras, en la narración. Y Borges, el autor de esa ficción sobre Averroes, sólo existe dentro de esa narración. La narración borgeana sobre Averroes sólo es posible por la preexistencia del hombre Borges. Pero, a su vez, "para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta el infinito". Una narración, una red de términos lingüísticos, un acto enunciador del lenguaje, no expresa una experiencia real, una presencia. La narración, y su autor, son reflejos de otro hombre y otra narración. Y así hasta el infinito. El narrar, el lenguaje, no sale de sí mismo para aprehender un algo real, en un afuera de sí mismo, para luego decir ese algo. Por el contrario, la narración sólo existe como reflejo que se multiplica en nuevos reflejos, cual si fuera una imagen prisionera entre el poder multiplicador de dos espejos enfrentados. Así, en el narrar, lo narrado, Averroes, desaparece dentro de los reflejos especulares que, incesantemente, se reflejan a sí mismos.  

   La experiencia de la tragedia en Aristóteles, el Averroes que intenta comprender lo trágico, y Borges, narrando todo aquello, es un reflejo dentro de infinitos reflejos. Los espejos se convierten así en símbolo del lenguaje autorreferente, donde una palabra es reflejada por otra, en un círculo especular sin fin. 

 

 VI. 

    Las pretensiones de poseer el universo por el conocimiento, por la narración o el lenguaje, fracasan. El sujeto no posee sino que es poseído. El hombre es poseído por el tiempo. La esencia primaria de la vida. Desde un juego especulativo, Borges imagina una "nueva refutación del tiempo" (22). Pero luego del juego de ideas, Borges sabe que "negar la sucesión temporal, negar el yo...son desesperaciones aparentes y consuelos secretos" (23), Por lo que reconoce que "el tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata..." (24).

 La caída en el tiempo no es sólo ineludible camino hacia la muerte. La marca desgarradora que trae el tiempo es posible desvanecimiento del valor originario de las cosas. En "Mutaciones", prosa de El hacedor, Borges atiende a una flecha como señal de dirección; imagen que impele el recuerdo de "una cosa de hierro, un proyectil inevitable y mortal, que entró en la carne de los hombres y de los leones y nubló el sol en las Termópilas" (25). La flecha es ahora "un símbolo inofensivo". Pero antes fue un efectivo y letal instrumento de guerra. Luego, el escritor se encuentra con la fotografía de antaño, de un jinete magyar, cerca de un lazo destinado a sujetar reciamente toros en un pastizal. Pero ahora el lazo es sólo parte de la "gala insolente del apero de los domingos". Y el escritor, asimismo, recuerda un cementerio, una cruz rúnica. La cruz evoca la figura cruciforme del "patíbulo en que un dios padeció...". La cruz, el lazo o la flecha, ahora son símbolos de algo pasado. Son ejemplos de las mutaciones; son el testimonio tangible de que "no hay en la tierra una sola cosa que el olvido no borre o que la memoria no altere" (26). La sedimentación del pasado, el trazo incesante y silencioso del tiempo, la niebla del olvido, las distorsiones de la memoria, imponen la distancia y el desvanecimiento, donde se pierden los sentidos de cosas o seres que antes eran comprendidos o vividos. Así, ante el Borges entusiasmado por las literaturas germánicas medievales, por el mundo de la vieja poesía épica sajona, emerge el recuerdo de un poeta sajón. Que "hoy es dispersión y olvido". Pero que antes fue llamado por la "antigua voz de la épica", y cantó la victoria de Brunanburh, la derrota del viking, o el "el festín del cuervo y el águila". Mas el poeta que antes pronunciaba palabras firmes como el trueno, o sutiles como nubes ligeras, ahora es sólo una sombra empobrecida dentro del tiempo: "Hoy no eres otra cosa que unas palabras/ Que los germanistas anotan" (27). 

   La arena es metáfora d la temporalidad como destrucción irreversible, gradual, implacable, como acción del tiempo cronos, el que disgrega, envejece, mata. Porque "todo arrastra y pierde este incansable hilo sutil de arena numerosa" (28). La arena contiene todo el tiempo cósmico e histórico. En el tiempo que mide la arena se deshacen la salud, la solidez, las esperanzas de un amor eterno. Los rumores incesantes del arenoso tiempo traen el ahogo de toda salvación: "No he de salvarme yo, fortuita cosa/ Del tiempo, que es materia deleznable" (29).

   El hombre no puede poseer la verdad. No puede obligar a una eternidad impoluta a emerger dentro de las aguas temporales. Ni puede superar las corrosivas dentelladas del tiempo.

Y tampoco puede contemplar la belleza esencial sin castigo. La imprudente audacia que transgrede un límite domina las acciones de un rey y un poeta en "El espejo y la máscara".

  Un rey irlandés convoca a un poeta para celebrar con sus versos la gloria de una batalla ganada. El poeta apela a todo su virtuosismo, a todos los recursos tradicionales de su oficio. El poeta acude a todos "los artificios de la docta retórica", a tejidos tradicionales de metáforas, a la aliteración, la asonancia, la rima. El poeta sostiene un manuscrito. Recita sin leer. Pronuncia con una "lenta seguridad", de memoria. Todo es preciso en su forma. El rey aprueba o destaca que el recitado del poeta es "otra victoria", pero, sin embargo, también asegura: "sin embargo...no ha pasado nada". En las venas de los hombres, la sangre no corre más a prisa, y las "manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido" (30). Luego de la primera loa, el poeta recibe un primer premio: un "espejo que es de plata". Y el rey sentencia que todos somos fábulas. Y el número de las fábulas es tres. Como las tríadas de las deidades paganas, o la trinidad del dios que es uno y tres a la vez. Por eso, el poeta hará su loa en tres oportunidades. En la segunda ocasión, luego de un año, trae otro manuscrito, que lee con "visible inseguridad", como si no entendiera del todo sus versos. El poema "no era una descripción de la batalla, era la batalla"(31). Las formas de los versos son de pulcra exactitud. No destilan imprecisiones, irregularidades, alteraciones de los modos convencionales. El poeta recibe ahora un nuevo obsequio real como su retribución a su logro: una máscara de oro.

Y para su tercer recitado, que cumplirá con el esencial número de la tríada, el poeta regresa tras otro año. Regresa con algo, con algo que no es el tiempo, y que ha "surcado y transformado sus rasgos" (32). La nueva oda del poeta es una sola línea. El poeta no se atreve a recitarla a viva voz. Por lo que sólo recita como "si fuera una plegaria secreta o una blasfemia". El rey y el poeta comprenden que han trascendido un límite, han franqueado la frontera de la finitud humana. La falta es "haber conocido la belleza, que es un don vedado a los hombres" (33).

   Luego de los premios del espejo y la máscara, el presente es ahora una daga. Con la que el poeta pone fin a sus auroras. Y el rey, luego, se convierte en un mendigo. 

  La muerte del rey no es física, literal. Es una muerte civil. Un morir para el antiguo poder. Ambos, el poeta y el rey deben pagar su precio por haber pretendido ver más allá de lo permitido a los mortales. La palabra del poeta pretendió poseer la belleza. Un bien inquietante, cuya luz más viva siempre es ajena a los hombres.

  La imposibilidad de la posesión se entrelaza con la imposibilidad de evitar el ser poseído. El sujeto que pretende cazar la verdad no eludirá el ser determinado y atrapado por el círculo de las repeticiones. Repeticiones en el tiempo. La historia es el eterno retorno de unos escasos arquetipos.

La circularidad de un tiempo que incesante vuelve tiene sus insignes antecedentes. En la Historia de la eternidad, Borges explora algunas de las formas de la temporalidad circular. Los estoicos, Platón, Polibio. Nietzsche, en el siglo XIX, recuerda la vieja idea del tiempo circular que, inevitable, regresa como las olas. Borges se sorprende de la extravagante tabula rasa que la genialidad nietzscheana hace respecto a los antecedentes antiguos y clásicos de la idea del eterno retorno (34).

 En "La noche cíclica", en El otro, el mismo, el poema borgeano comienza con el verso "Lo supieron las arduos alumnos de Pitágoras", y todas las noches, en una sola noche, vuelven. Por eso "volverá toda noche de insomnio. Minuciosa". Y regresa la noche, en la "eternidad constante". El poema palpita, en el final, con el mismo verso del comienzo: "Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras". Circularidad del tiempo que siempre regresa. El círculo es metáfora propia del ser divino infinito. Que se oculta y se revela. Como ocurre en "La escritura del dios", donde el mago Tzinacán busca la palabra secreta del dios. Una sentencia que puede brindarle la potencia mágica que le permita expulsar al invasor español, a Pedro de Alvarado, destructor de Tenochtitlán. El arcano divino, la proposición oculta, duerme en la piel del jaguar. Tzinicán memoriza las manchas moteadas de la piel del felino, que vive en una celda contigua a su cautiverio, hasta que, finalmente, lee la escritura velada. La escritura del dios. Y bajo una imagen se revela el todo. Totalidad que asume la figura de una rueda, una geometría circular y movediza como expresión viva del ser. Y del tiempo. 

Y en el círculo del tiempo todo regresa.

Y en la ficción borgeana "El Libro de arena" dentro de la constante circularidad temporal coinciden la permanencia y el cambio. La noción de libro reposa sobre la idea de continuidad que, en su volver, supera lo efímero o volátil. El libro que perdura como "clásico", o como texto religioso, como revelación divina, se convierte en textualidad asociada a lo eterno, la permanencia. Pero las formas de permanencia implicadas en la existencia del libro se impregnan de sucesión, de temporalidad. Impregnación del devenir representada por la arena. El libro es de arena porque "ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin" (35). El número de páginas del libro de arena "es exactamente infinito", y pertenece a un tiempo circular. Porque un libro infinito es un "volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente" (36).

  Y dentro del círculo repetido regresan los arquetipos, las metáforas y los ciclos. Vuelven, siempre, en la historia cuatro ciclos.

 En "Los cuatros ciclos", en El oro de los tigres, se despliega la cuaternidad arquetípica que regresa en la arena incesante de la historia. La primera historia o ciclo recurrente es "la de una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes" (37). Es Troya que se defiende ante los embates de los aqueos, de Agamenón, Ulises, Ayax, Aquiles. Borges no las menciona. Pero también es la historia de Masada protegida por rebeldes judíos ante los romanos; es la Numancia española que también resiste a las águilas romanas; es la Jerusalén en sus múltiples defensas ante cristianos o musulmanes, como sus alternativos sitiadores; es Paysandú, que soporta con fiereza leonina el acoso brasileño en la Guerra de Paraguay; es Leningrado o Stalingrado en su áspera resistencia al alemán.

 Y Ulises, uno de los sitiadores célebres de la Troya de Príamo, y de Paris, enamorado de Helena. Ulises, el inventor del caballo de madera, regresa a Itaca. Y su regreso es el segundo ciclo repetido. El regreso a la patria. Como el regreso de los judíos luego del destierro en Egipto o Babilonia; o el regreso del soldado que combatió en tierra lejanas a su país; o el volver del viajero, del valeroso explorador  (el regreso de Sebastián Elcano y Pigafetta a España luego de la heroica primera circunnavegación del planeta).

Y las olas del tercer ciclo que vuelve es la historia de una busca. La busca de una verdad que debe ser encontrada en su guarida. Es la historia de Jasón y el vellocino de oro; los treinta pájaros del persa, que cruzan montañas y mares, y ven la cara de su dios. El Simurg, que es cada uno de ellos y todos (38). Es también la persecución del Grial. Y esta busca es estrangulada por el inexorable fracaso. Como la derrota de la búsqueda del capitán Ahab, o de los personajes en la novelística de James o Kafka. La figura del buscador que se desprende de este ciclo, no experimentará el feliz goce del encuentro con una verdad plena. Por eso, "no podemos creer en el cielo, pero sí en el infierno" (39).

  Y el cuarto y último ciclo es el del sacrificio de un Dios. El dios que nace, padece, muere. Y renace. Attis. Odin. Dioniso. Quetzalcóatl. Cristo.

  El barco de la historia siempre regresa a cuatro puertos, cuatro bahías recurrentes. Y es ineludible el volver de algunas metáforas. Como la metáfora que reza que la divinidad es la esfera cuya circunferencia no está en ninguna parte, y su centro en todas. Metáfora que regresa en diversos meandros de la historia mediante distintos voceros: Jenófanes de Colofón, Platón (en El Timeo), Empédocles, el Asclepios (texto dentro del corpus hermeticum), Giordano Bruno (el del amor por los espacios inmensos), Pascal (el del temor por el espacio infinito que aterra). Así, "la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas" (40). Un invariable corpus de ciclos y metáforas traspasan la sucesión de la historia.

   La repetición se asocia también con un modelo mítico-ritual. En el universo mítico, la realidad se revela mediante el relato de la creación. El mito narra los orígenes del mundo concebido como conjunción del cielo y la tierra. El mito cosmogónico se repite periódicamente. Actúa, en el decir de Mircea Eliade, como modelo ejemplar que, al repetirse, reitera el acto cosmogónico. En la dinámica mítica, la repetición es garantía de reinstauraciones del sentido, de renovación, de purificación. Esta forma de la repetición revive en una prosa de la literatura borgeana: "El evangelio según Marcos", en el Informe de Brodie.

  En este relato, Baltasar Espinosa visita en 1928 una estancia de la Pampa Argentina. Su anfitrión, dueño de la estancia, debe ausentarse unos días. Frente a los paisanos, Espinosa queda como el patrón,  como el hombre que manda. Deseoso de superar las distancias y generar un acercamiento con la gente humilde, Espinosa lee la Biblia durante los almuerzos. Traduce en realidad los pasajes del Evangelio de San Marcos de una Biblia en inglés. Los gauchos lo escuchan con reverencial respeto. Durante su exposición, Espinoza recuerda antiguas clases de oratoria que había tomando, y se le ocurre pensar que "los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota" (41). Ulises repite el viaje de regreso a su patria, Itaca. Y se repite el sacrificio de un dios, hijo de un Dios, en la cumbre de una colina. Se reitera el martirio de Cristo que murió para consumar una misión salvadora. En relación con este último hecho, el capataz le pregunta a Espinosa "si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres". Espinoza es libre pensador; íntimamente descree de todo plan divino abriéndose paso entre la turbiedad de la historia. Pero, para no desmoronar el puente de comunicación que intenta construir con las gentes sencillas de la estancia, contesta afirmativamente. Asegura, sin vacilar, que Cristo muere para salvar a todos del infierno.

  Unos días antes, una abundante lluvia había amenazado con una inundación, y fuertes vientos habían desmantelado parte del techo del galpón de herramientas. 

   Y, en un atardecer, Gutre y otros hombre buscan a Espinoza. Le piden primero la bendición y, después, lo maldicen. Y lo conducen hasta el galpón que luce sin techo. Porque han "arrancado las vigas para construir la cruz" (42).

    Entre la humilde peonada de la Pampa se repite un rito. Se repite la arquetípica historia de un Dios que se sacrifica para salvar a los hombres. 

   La repetición arquetípica puede ser también la de una forma de vida, como el tipo de existencia del jinete, ávido de horizontes libres y renuente a la estrechez de las ciudades (43). Y lo que se repite irradia y liga dos caminos en "La historia del guerrero y la cautiva", en El aleph. Droctulft, es el guerrero lombardo que, frente a las murrallas de Ravena, siente una brusca revelación, que lo lleva a defender la urbe que antes recibió el calor y el filo intimidante de su espada. El pasaje de una cultura a otra opuesta, e incluso enemiga, se reitera con los hechos de la cautiva inglesa, en la Pampa Argentina, que Borges conoce por su abuela. La cautiva en cuestión es una mujer, nativa de la patria de Shakespeare, que es capturada por un malón indio. Luego de largo tiempo de cautiverio, visita un Fuerte donde comercia baratijas. La abuela inglesa del autor de "El inmortal" conversa con ella. Quiere extender un puente para el regreso de su compatriota a la "civilización"; pero ésta prefiere el retorno Tierra Adentro; el regreso al vientre de la llanura salvaje, a la precariedad de los toldos y la libertad áspera de la vida india. El guerrero y la cautiva repiten una misma historia. Reiteración que también se consuma en "Tema del traidor y del héroe", en Ficciones, donde un traidor de la causa libertaria irlandesa, Fergus Kilpatrick, luego de ser descubierto, acuerda su muerte, que es un acto de redención, y que repite escenas prefiguradas por la historia y la literatura; de modo que los hechos de la ejecución del traidor son "de carácter cíclico: parecen repetir o combinar hechos de remotas regiones, de remotas edades".

   Y, asimismo, la repetición de las figuras recurrentes en los senderos de la historia puede latir entre la sangría y el patetismo del asesinato del César. Son conocidas sus palabras finales ante Bruto: "Tú también, hijo mío". Un cristal se rompe por el puñal del crimen. Primero, en la antigua Roma y, luego de largos siglos de devenir histórico, en la Pampa Argentina: "Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías, diecinueve siglos después, en el sur de la Provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a su ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa estas palabras que hay que oírlas, no leerlas: ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena" (44).

    Pero las repeticiones pueden pertenecer también a un régimen positivo de reincidencias o bifurcaciones. En "El zahir", Borges imagina una moneda, cuya imagen vuelve una y otra vez, como obsesiva recurrencia del recuerdo. El Zahir y su incesante dinámica de reincidencias es asociada con la repetitividad ritual del sufismo. De ahí que el continuo rasgar de una moneda, el obsesivo rememorar su imagen, su condición de Zahir, se relaciona acaso con el hecho de que para "perderse en Dios, los sufíes repiten su nombre o los noventa y nueve nombres divinos hasta que éstos ya nada quieren decir. Yo anhelo recorrer esa senda. Quizá yo acabe por gastar el Zahir a fuerza de pensarlo y de repensarlo; quizá detrás de la moneda esté Dios" (45).

  Un hecho, a su vez, puede estallar en infinitas bifurcaciones, en sus proliferantes jardines de senderos que se bifurcan. 

  Durante la segunda guerra mundial, un curioso espía alemán, de origen chino, resuelve, mediante el auxilio de un sinólogo inglés, Stephen Albert, un enigma sobre su antepasado, el monarca Ts'ui Pen. El rey renunció abruptamente al poder para retirarse al Pabellón de la Límpida Soledad y escribir una novela y edificar un laberinto. Pero el verdadero propósito de Ts'ui Pen era dejar "un invisible laberinto de tiempo". Todos pensaron que la novela, el libro, y el laberinto, eran dos objetos diferentes, pero eran uno. Ts'ui Pen dejó una novela caótica, que era a su vez un laberinto temporal de bifurcaciones infinitas. El tiempo no es lineal, absoluto, uniforme. Cada hecho es dentro de una "trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o secularmente se ignoran"(46). La bifurcación puede hacer que en un capítulo de la novela de Ts'ui Pen un ejército obtiene la victoria luego de atravesar un desierto y, en otro, la victoria despliega sus estandartes después de disfrutar una fiesta en un palacio. Cada hecho se bifurca en inagotables serie temporales paralelas. Así, en un tiempo posible, le manifiesta Albert a su visitante: "usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma" (47).

 Cada hecho se repite en su bifurcarse. Que al mismo tiempo es modificación o variación incesante. El descubrimiento de esta propiedad no evidente del tiempo podría hacer suponer un control de lo temporal. Lejos de eso, las bifurcaciones son otro ejemplo de la repetición que introduce en el dorso de cada hecho inmediato un estallido de infinito. Que rebasa el conocimiento.

  El tiempo es inalterable devenir de hierro. Devenir de repeticiones de lo pasado en el nuevo presente. La única excepción de esta intuición de lo temporal es una singular experiencia que Borges recuerda, donde la única repetición sería lo que es en un presente eterno. El hacedor de Ficciones confiesa un posible encuentro con la eternidad. Al caminar por una calle de Barracas, descubrió una tapia rosada. Se quedó mudo e inmóvil ante aquella visión; y supo que esa tapia era la misma que hace algunas décadas. Se percibió entonces "muerto"; y no creyó regresar hacia atrás en el flujo temporal. Por el contrario, sintió una presencia atravesada por un puro y eterno presente (48).

 

VII. 

  El sujeto es poseído por un continuo volver de procesos arquetípicos y símbolos. Pero arquetipos, metáforas, son un acto creador. Creación detrás de la que no se hallan los individuos concientes.

  En el comienzo de "La flor de Coleridge", se recuerda a Paul Valéry y su idea de una historia de la literatura sin autores. Una postura semejante a la de Wolfflin y su anhelo de construir una historia del arte sin indicaciones de nombres personales (49). Si lo esencial no son ya los autores es porque la instancia creadora originaria de la literatura es un proceso universal e impersonal. Es la visión de la "historia del espíritu como productor o consumidor de literatura" (50). Esa historia podría llevarse acabo sin mencionar un sólo escritor. Si hay un autor, tal como se cree en Tlön, éste es "impersonal y es anónimo", y la eventual denuncia de plagio pierde todo sustento: "En los hábitos literarios (de Tlön) también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto de plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y anónimo". 

    Dentro de esta rapsodia de ideas respecto al acto literario, Borges siempre insistió en su condición de lector antes que de autor. Insistencia presente, por ejemplo, en el prólogo de su libro de poemas Fervor de Buenos Aires, de 1923, o en el prólogo de la Historia universal de la infamia. En la visión borgeana la escritura es efecto de la lectura. La lectura de una textualidad previa ya dada conduce al escribir como acto de transformación de esa textualidad precedente. Así surge la intertextualidad. Julia Kristeva, en su clásica Semiótica, introduce el término intertextual, intertextualidad, para entender el proceso de la producción de un texto mediante otros textos. Lo intertextual puede ceñirse a dos textos. Las relaciones que exceden ese encuentro textual binario y que entrelazan más de dos textos se convierten, para Gérard Genette, en su Palimpsestos, en "transtextualidad" o "hipertextualidad". No hay obra literaria que no evoque a otra, y, en este sentido, todas "las obras son hipertextuales". Así, todo texto refiere especularmente a otros, en una variación o transformación de un horizonte hipertextual heredado. 

   La lectura recorre el entramado hipertextual previo. La lectura promueve actos de reescrituras sobre una sedimentación previa de escrituras. La lectura de un texto previo siempre estimula una reescritura. La nueva escritura sobre las huellas del texto anterior (tal como acontece en un palimpsesto), hace que lo viejo se convierta en lo nuevo. Así, Paul de Man, en su artículo "Un maestro moderno: Jorge Luis Borges", manifiesta que la reescritura enriquece un trazo previo de escritura, "porque cada imagen reflejada en el espejo es estilísticamente superior a la anterior, como el paño teñido es más bello que el simple, la traducción deformada más rica que el original...".

  La reescritura, sobre un trazo anterior, que hace nuevo lo viejo, supone, como recién recordamos, la idea del palimpsesto. Que, en Borges, se despliega en una esencial muestra de texto crítico y ficcional al mismo tiempo: "Pierre Menard, autor del Quijote". Menard quería componer el Quijote. Su propósito no es "una trascripción mecánica del original". Su deseo es crear una versión que coincidiera "palabra por palabra y línea por línea" con la obra del Manco de Lepanto. Menard concebirá un texto que es verbalmente idéntico al Quijote. Pero, en el comienzo de la ironía borgeana, que oficia como preludio de su teoría sobre la escritura, el segundo texto, el de Menard, "es infinitamente más rico". El palimpsesto es el texto que permite borraduras para reescribir sobre una escritura anterior. La escritura borrada se sedimenta, se conserva. Menard llegará a una obra idéntica en sus palabras a la del Quijote. Pero luego de previos actos parciales de escritura. Así, el verdadero texto se plasma como creciente estratificación de reescrituras que nacen de la previa lectura del texto quijotesco original. De esta forma, la versión de Menard no será pensada ya como posterior al Quijote primigenio, sino como un camino previo, que lleva finalmente a la coincidencia o repetición "palabra por palabra, y línea por línea" del Quijote cervantino. Menard erige como "una técnica nueva el arte técnico y rudimentario de lectura". Lectura que instituye el anacronismo, que es a su vez, una "atribución errónea", en tanto lo nuevo o lo actual es trasladado al pasado. Lo posterior se convierte en lo anterior, y será posible entonces "recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida" (51).

   La literatura es una breve y continua galaxia de textos originales. La textualidad primaria es efecto de una riqueza literaria que se autoproduce. La lectura de lo ya escrito es fuente de la reescritura que cada autor consuma respecto a la tradición precedente. No hay invención personal, originalidad individual. El autor es efecto de un encuentro de diversos textos mediante el acto de la lectura. 

  Antes vimos que el sujeto consciente no domina la escurridiza arcilla innombrable del tiempo y la materia del mundo. Ahora, otro bastión del sujeto como posesión se derrumba. El autor no es ya el sujeto que, desde su individualidad conciente, domina o posee la idea original de su obra. Su escritura (aparentemente) personal, es transtextualidad que transforma o varía una riqueza literaria anterior.

   Ejemplo de la impersonalidad de la producción literaria es la Biblia como texto único, que apela a una pluralidad de redactores humanos para ocultar la condición impersonal del texto bíblico como espíritu santo. El espíritu, como autor, no es persona. Es autor abstracto e inmortal. En el "El inmortal", Homero se convierte en figura simbólica del autor inmortal de metáforas constituyentes de Occidente. Homero es el poités, el creador que, tras su nombre personal, oculta una subyacente espiritualidad creadora. En la Ilíada y la Odisea se confunden la metáfora de la ciudad sitiada, y el viaje de regreso a la Patria que, como vimos, suponen modelos arquetípicos fundamentales. Que traspasan la historia. Los diversos autores situados en un tiempo determinado, imbuidos de una personalidad creadora individual, son máscaras provisionales de un único autor. Todo escritor es inconciente alquimista de un transtexto producido por un solo autor universal e inmortal. Los jardines de los textos plurales y distintos son ejercicios de variación de la transtextualidad (52).

  La pluralidad de autores-textos se remiten a la unidad del espíritu, de la literatura. Un proceso formalmente semejante a la supresión de las diferencias individuales en beneficio de un único individuo. Los diversos autores son Homero. Y Homero es un estado de la creatividad literaria impersonal. Los distintos nombres, a su vez, son reflejos, latidos, pliegues de un solo hombre. Todos los hombres repetirán la existencia de un único hombre. Y lo que hizo un hombre en el comienzo del tiempo puede contaminar a las sucesivas generaciones, pues "lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo...yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres"(53).

   El hombre vive habitualmente bajo la ilusión de los yoes opuestos, separados, contrastados. Ese es el lugar de partida de la relación entre Aureliano y Juan de Panonia en "Los teólogos". Ambos se consagran a las refutaciones de las peligrosas herejías que cabalgan sobre la Europa medieval. Bajo el cielo de ángeles y luces divinas, surge la herejía de los monótonos o los anulares. Su  fe se vincula con la rueda, y con la serpiente que se muerde la cola. Predican que el tiempo es circular. Todo se repite. Aureliano elabora pacientemente una detenida, extensa y compleja refutación. Juan de Panonia reduce su impugnación a una breve sentencia. El lúcido laconismo de Panonia sorprende, admira a Aureliano. Aureliano siente una secreta humillación intelectual. El paso del submarino pulpo de la envidia en la profundidad de su alma. Y en el río de las noches y días medievales emerge otra herejía: la de los histriones, para los que la vía de la liberación es la purificación por el mal. Así, "el justo debe eliminar (cometer) los actos más infames, para que éstos no manchen el porvenir y para acelerar el advenimiento del reino de Jesús" (54). Por otro lado, los heterodoxos de la diócesis de Aureliano sostienen que el tiempo no tolera repeticiones; todo acto en la tierra es único porque se refleja en el cielo. Esta afirmación le hace recordar a Aureliano una sentencia que, años antes, Juan de Panonia había escrito para la confutación de las aberraciones de los anulares. La sospechosa coincidencia provoca que la Iglesia cite a Juan para que éste dé explicaciones de sus dichos ante un tribunal eclesiástico. Juan se niega, tozudamente, a despejar la confusión. Su presunción de inocencia se convierte en certeza de culpabilidad. Juan es condenado a purgar su culpa en una pira ardiente. Aureliano presencia la ejecución. Su silenciosa envidia contra el otro, el diferente, contra el teólogo secretamente repudiado, ha encendido una llama mortal. Y otro llama también mortal brota. Una llama  que desciende del cielo como un rayo en una tormenta. Por ese fuego arrasador y concentrado, Aureliano también deja este mundo de envidias y temores. Y una vez ante Dios, en el cielo fuera del tiempo, Aureliano conversa con Dios, pero éste cree que es Juan de Panonia. Esto supondría la sospecha de una confusión en la divinidad; pero ocurre que "para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo, y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona" (55). 

   "Los teólogos" es uno de los peldaños especialmente significativos de la escalera imaginativa borgeana, donde los yoes, aparentemente distintos, se reducen a un único individuo. Así, el poeta dirá en "Tú", en una suerte de manifiesto de la existencia de un solo hombre:  "un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra...Un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en la alcoba del hábito y el amor" (56).

    La multiplicidad se desnuda como sensaciones distintas, irreductibles a un concepto general. Pero lo múltiple también puede disolverse en una subterránea unidad integradora. Los muchos autores se conjugan en el único autor sin yo de la literatura. La firme apariencia de los yoes distintos y sólidos se refunden en un único hombre que recorre cada desierto. Y sueña con un jardín perdido. 

 

 VIII. 

   Y en lo más hondo siempre susurra el caos. En la mitología arcaica, el caos es fuente primaria de la vida, que luego es superada o conjurada por la creación divina. Lo caótico sería así un peldaño antes del salto hacia el orden. En momentos especialmente significativos de la ficción borgeana, el caos es origen y conclusión, lugar irreductible del ser.

    El caos es escollo para la lógica. Es enemigo de la claridad racional. Para la ambición de un orden lógico, el caos es una forma del mal. El mal no es entendido aquí desde una tradicional confrontación con el bien. Sólo secundariamente el mal pertenece al territorio de lo ético. Su reino es otro: "Hay un concepto que es el corruptor y desatinador de los otros. No hablo del Mal, cuyo ilimitado imperio es la ética, hablo del infinito" (57). El infinito como forma de un mal cósmico u ontológico vive en las aporías de Zenón, en la carrera de Aquiles con la tortuga (58); late también en la especial relación de Judas con Cristo (59); o en la sospecha de un dios que sueña el mundo y que, a su vez, es soñado por otro, que a su vez es soñado por otro...

 El infinito ingobernable expulsa o exilia al hombre. Lo infinito entonces se manifiesta también como caos. Como fuente renuente a todo control lógico. Y el caos infinito puede mostrarse como azar, tal como acontece en "La lotería de Babilonia". Aquí, el azar destruye los velámenes de todo conocimiento seguro. Así, el narrador anuncia que producto de su estancia en Babilonia: "He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre"(60). En Babilonia el azar es una presencia continua. Que la lotería revela. El narrador también aclara: "Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad" (61). A través de la lotería se hace visible la condición lúdica de lo real. Si el ser es azar, la realidad es ahora fenómeno lúdico, y no inexorable, necesaria o previsible ley lógica. La actividad profana del apostar se convierte luego en parte de un rito, que se aproxima al trasfondo irracional de la realidad.

   La importancia trascendental del jugar es regulada por la Compañía, que adquiere la suma del poder público. La Compañía fija las reglas del juego, que primero es público, abierto, colectivo. Pero, luego, y siempre bajo el influjo de la Compañía, la "lotería se convierte en secreta" gratuita y general. El juego que expone al azar, a lo incierto, es ya clara expresión ritual de la fuente de la vida que atraviesa el tiempo: "ya iniciados en los misterios de Bel, todo hombre libre automáticamente participaba en los sorteos sagrados que se efectuaban en los laberintos de dios" (62). Y los efectos de los azarosos sorteos son vastos. Pueden deparar gran felicidad o "la mutilación, la variada infamia, la muerte". El resto de los sorteos pueden prolongarse a su vez. Si un sorteo determina la muerte de un hombre, otro sorteo podrá fijar su número de ejecutores. Y cada ejecutor, por su parte, puede efectuar nuevos sorteos para determinar el modo de ejecución. De esta forma, "el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final; todas se ramifican en otras" (63). El azar se repite y bifurca, infinitamente. La Compañía protege este conocimiento, pero desde el ocultamiento, desde lo secreto. Por eso, surgen las discusiones sobre la naturaleza de la Compañía. Para algunos, la Compañía nunca ha existido, y nunca existirá; para otros, es eterna; y, para otros, las disquisiciones especulativas sobre la Compañía son estériles. Como también lo sería reelaborar una teoría sobre los juegos. Lo único relevante es saber que en el fondo de lo real bulle continuo un "sacro desorden", que es "un infinito juego de azares".

   La irrupción de lo caótico como trasfondo del ser también acontece en los "Tigres azules", prosa de La memoria de Shakespeare. Aquí, Alexander Craigie es un entusiasta admirador de la belleza felina del tigre (belleza que es expresión del mal en Blake, o de "una terrible elegancia" en Chesterton). La extraordinaria noticia de una variedad azul de tigres descubierta en una región del delta del Ganges, lleva a Craigie hasta las tierras orientales. Arriba a una aldea habitada por gentes que parecen ocultar un secreto. Temen a una meseta, un lugar misterioso y sagrado. Violando una prohibición, Craigie trepa por una ladera. Allí, descubre un suelo surcado por una grieta. Una hendidura colmada de piedrecitas, "todas iguales, circulares, muy lisas y de pocos centímetros de diámetro" (64). La primera sorpresa del descubrimiento se agiganta cuando advierte que las piedras se multiplican. Son "las piedras que engendran", unos discos de una "monstruosa índole". El mágico fenómeno de multiplicación de las piedras horroriza a los aldeanos, los envuelve el estupor. Las piedras pueden también disminuir. Así, tres piedras más una puede disminuir a dos, en una suma matemáticamente imposible, o puede multiplicarse a catorce. Este desborde es expresión del trasfondo de irracionalidad que brotan desde los abiertos labios de una hendidura mágica. "En el fondo, en su esperada grieta, las piedras, que eran también Behemoth o Leviathan, los animales que significan en la Escritura que el Señor es irracional" (65). Craigie experimenta con las piedras azules. Hace una incisión en una piedra, talla la forma de una cruz; en otra esculpe un agujero en su centro. Y arroja las dos piedras al torrente multiplicador. Las mágicas piedras se multiplican, y desaparecen unas detrás de otras. Nada asegura que las piedras modificadas regresen. Una de ellas, la de la estampa cruciforme vuelve, reaparece; la otra no. Este proceso vigoriza el sentido de incertidumbre. Que abre la duda respecto a si la reaparición o desaparición de las piedras responden a "leyes inescrutables o un arbitrio inhumano". Craigie se entrega a la busca de alguna ley subyacente que pueda ser forzada a entregarse al arpón del intelecto mediante la fijación de patrones estadísticos de cambios, u otras estrategias. Pero inútil es "la búsqueda de un orden, de un dibujo secreto en las rotaciones" (66). Craigie reconoce que "al término de un mes comprendió que el caos era inextinguible" (67).

   Pero, como antes se vio en "La lotería en Babilonia", el desorden puede revelarse como una forma lateral de orden. Una posibilidad de orden paradojal que nutre un último resquicio de la esperanza. Tal como ocurre en "La Biblioteca de Babel" donde Borges imagina una biblioteca, que es el universo, que contiene galerías hexagonales, acaso infinitas. Cada hexágono posee cinco anaqueles, con treinta y dos libros de cuatrocientas diez páginas. La biblioteca se edifica sobre ciertos axiomas: existe ab aeterno, y el "número de símbolos ortográficos es veinticinco" (las veintidós letras del alfabeto, el espacio, el punto, la coma). Dichos símbolos se combinan informe y caóticamente en casi todos los libros. Un vasto caos similar al efecto de la babelización o confusión de las lenguas tras la caída y la pérdida, en la tradición judeocristiana, de un lenguaje único adánico, de clara y unívoca correspondencia con las cosas. La Biblioteca es de Babel en cuanto coexistencia desordenada de signos confusos que reclaman un posible código que asocie los caracteres caóticos con distintos lenguajes traducibles entre sí.    

  Un bibliotecario genial descubre la ley fundamental de la biblioteca: la idea de la Biblioteca Total, ya "que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos". Todo lo que se puede expresar, en todos los idiomas, está contenido entre las vastas líneas de los libros. Así ya todo está escrito. Por lo que es posible avizorar la existencia de un libro total, que "sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás" (68). Pero el libro total es una presunción, una sospecha, una posibilidad indemostrable. El brillo inasible de una perla distante. Porque hay quien también piensa que "el disparate es normal en la biblioteca y que lo razonable ( y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción" (69). El desorden se reconcentra, profundo e irreductible, en el espinazo de la biblioteca. Ese desorden se nutre también de proliferantes bifurcaciones semánticas. En uno de los posibles e indeterminables lenguajes, una palabra posee un significado, una definición, y otra completamente distinta en otro de los n lenguajes posibles. Bifurcación de los significados que, lejos de conceder el consuelo de una ley liberadora de la confusión, aumenta lo caótico, los rumores cacofónicos que rebotan desde los intersticios de las letras. Frente a la evidencia de la omnipresencia del desorden, el narrador alienta la sospecha de un paradojal orden subrepticio: la biblioteca es ilimitada, y también periódica. Entonces, "si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza" (70).

  Así late un último resplandor de un orden, que se erige sobre el generalizado clamor del desorden. Destello ordenador que únicamente vive como agónico consuelo ante la imposibilidad de un orden lógico y universal.

   Junto a la imposibilidad de un conocimiento de la verdad, cruje el áspero aullido del mal, de la luz oscura del desorden, la proliferación incontrolable del infinito, el azar, la incertidumbre.

    Las manos humanas sudan y se resbalan en los bordes de la deseada esfera ideal de la verdad. Que siempre se evade. Y adelanta.     

 

IX.

    Entre el pensamiento, el conocimiento, el sujeto, y lo real, existe una inexpugnable distancia. Una no correspondencia. El universo como tal siempre huye. Se desvanece para el sujeto que quiere aprenderlo desde el concepto. Desde su lenguaje conceptual, el cazador racional siempre pierde su presa. Por eso, "es aventurado pensar que una coordinación de palabras (otra cosa no son las filosofías) pueda parecerse mucho al universo" (71). Lejos de su pretensión cognoscitiva, las filosofías son siempre región de pérdida de lo real. 

El mundo de los hombres es quizá sólo una imagen tridimensional a priori, una representación o alucinación creada por "una indivisa divinidad que opera en nosotros". En Schopenhauer, Borges encuentra al pensador y "lúcido y apasionado" que descubre "el carácter alucinatorio del mundo", porque entendió que "el mundo es la fábrica de la voluntad". En El mundo como voluntad y representación, la cumbre de la filosofía de Schopenhauer, la Voluntad es lugar del ser originario, fuente que, en su desborde, produce la finitud, la diversidad fenoménica. El sujeto humano y racional constituye un mundo como representación; que sólo existe para ese sujeto creador. El mundo es así invención del sujeto que, en tanto es tomada como real, oculta su condición irreal, ilusoria. Cuando el invento de un mundo, que sólo existe en su invención, es vivido como real, como independiente al acto de su invención, el hombre cae en la hechicería del autoengaño. Borges recuerda aquí a Novalis y su idea de que hechicero es quien inventa fantasmas y luego le atribuye una existencia autónoma (72).

   Hemos inventado nuestro mundo. Pero lo vivimos como si pudiera trascendernos, y existir de forma independiente. El mundo es así irreal. Como un sueño. El mundo es sueño. Tal como descubre una de las más sorprendentes criaturas borgeanas: el mago de "Las ruinas circulares". El mago que desde el sur (sitio simbólico de lo que está debajo, lo inconciente, lo mágico no racional), llega a un lugar quizá de la Mesopotamia asiática, en la antigüedad. Llega en una canoa; llega a las ruinas circulares de un templo; llega con el propósito de soñar a un nuevo ser, que nazca no por la vía natural de la procreación biológica, sino por la fuerza visionaria de los sueños. Y el mago fracasa en su primer intento. Acude entonces al auxilio sobrenatural de las aguas y su poder purificador, recurre a las fuerzas de los planetas, a la pronunciación de nombres secretos. Y recibe finalmente la ayuda del dios del olvidado templo, que, antaño, sufrió un arrasador incendio.

El dios le ayuda a completar su tarea. La criatura nace entonces desde el intangible limo de los sueños. Adquiere vida propia. Abandona a su creador. Y cuando, una vez, lo buscan las lenguas de fuego, su carne no recibe estrago alguno. Su padre sale en su busca, pues teme que los otros descubran su condición fantasmal, irreal. Y al buscar a su sobrenatural descendencia, también a él lo visitan las llamas. También él atraviesa unas concéntricas y circulares murallas de fuego sin sufrir heridas ni menoscabo. También él es un sueño.

 Todos los hombres son las máscaras o fachadas de un solo hombre. Un macroanthropos. Un único sujeto colectivo, universal, que, como el mago, sueña. Su criatura no es un joven irreal. Es un mundo que respira bajo la apariencia de realidad. Así, "hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, invisible, ubicuo en el espacio y el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso" (73).

 

 X.

    La fortaleza puede ser presentida. Pero la niebla no se despeja. No permite que vean con claridad los ojos que necesitan luz clara para ver. Entonces, la fortaleza que abriga y protege una presunta verdad se retira. El hombre lleva en sus manos las redes de sus conceptos para atrapar peces misteriosos, para cazar luciérnagas extrañas. Para envolver la fortaleza cerrada. Y luego abrazarla. Y destruir sus puertas. E iluminar cada recoveco con la luz de la razón. Pero cuando el hombre pretender ser cazador conquistador de la verdad, el ser retrocede. 

  La realidad retrocede. Se convierte en ausencia. Es demasiado veloz lo real en su fuga como para ser alcanzada y comprendida por las lupas del análisis racional. La realidad verdadera se repliega sobre sí misma. Sobre el espacio de su retirada, el hombre proyecta su mundo-invención, su universo-sueño. En su mundo, en su sueño, el hombre pretende que el conocimiento sea un riguroso sistema para capturar y decir un orden sustantivo. Pero cuando se pretende conocer y poseer el Gran Sentido, lo real se escabulle  entre densos velos.

 Por eso, todo es inútil. Siempre que el hombre avanza como cazador seguro de sí, la gacela de la verdad se oculta en un bosque impenetrable. Nunca podrá poseerla.

 Si el hombre sólo puede abrirse al mundo con la actitud posesiva del cazador, con las redes del conocimiento, lo real sólo sería ausencia vacía, negatividad. De la que el sujeto sólo podría protegerse anteponiendo su irreal mundo soñado. Hasta aquí el Borges del escepticismo gnoseológico, del nominalista que hace del lenguaje una usina creadora de convenciones, y no la garantía de una apropiación conceptual de las cosas. 

 Pero, estimamos, que la literatura borgeana también puede ser leída desde otro ángulo. No solamente desde la óptica de un imposible conocimiento de una realidad siempre ausente, sino también desde la celebración sensorial de la realidad física. Lo real regresa y es presencia cuando es percibida como fenómeno físico, como oscilación material. Que se entrega no al hombre cazador de la verdad sino al asombrado contemplador del abierto misterio de la materia y la sensación.

   La salida a la presencia sensorial de lo físico puede verse con claridad en "El otro Whitman", prosa del volumen Discusión. Aquí, Borges recoge una poesía del autor de Hojas de hierba:

" When I heard the learned a astronomer

Cuando oí al docto astrónomo

Cuando me presentaron en columnas las pruebas, los guarismos,

Cuando me señalaron los mapas y diagramas, para medir, para dividir y sumar,

Cuando desde mi asiento oí al docto astrónomo que disertaba con mucho

aplauso en la cátedra, 

Qué pronto me sentí inexplicablemente aturdido y hastiado,

Hasta que escurriéndome me alejé solo

En el húmedo místico aire de la noche, y de tiempo en tiempo,

Miré en silencio perfecto las estrellas" (74).

   El astrónomo construye la realidad como representación matemática y racional. Su visión del universo respira fuertemente mediatizada por un discurso analítico, por una interpretación intelectual. Entonces, las galaxias, los enjambres de estrellas, no son directa radiación sensorial, anillos-sensaciones que se expanden y tocan al cuerpo que percibe. Bajo el predominio de la realidad como representación conceptual ( lo real del astrónomo fustigado por Whitman), las junglas estelares se debilitan, se apagan. Se retiran. Oscilan sobre una huella ausente. Sólo queda entonces el frío concepto generalizador que habla sobre los cuerpos de fuego. Las estrellas. Pero sin percibir el fuego.

  Allí donde la ausencia se extiende, el poeta presiente, sabe, que el espesor enigmático de lo físico es presencia. Entonces, "miré en silencio perfecto las estrellas". Lo real como amplia e indefinible presencia de lo físico es percibida por un silencio que no es ausencia, sino percepción sensorial, libre de la abstracción y limitación de la verbalización. 

  El sujeto racional se repliega sobre su propia imagen o representación conceptual de lo real. El poeta es el que sale afuera y percibe lo que siempre estuvo emanando la misteriosa agitación de las sensaciones. 

   El cuerpo percibe la presencia sensorial, física, que es ausencia para el concepto que, invariablemente, generaliza y pierde contacto con lo particular. Pero el concepto no sólo generaliza. También simplifica. Y pierde así el contacto con la compleja realidad poliforme de lo físico. "La simplificación conceptual de estados complejos es ...una operación instantánea". Y esto es así, señala Borges, porque todo percibir es necesariamente un "orden selectivo", donde "toda atención, toda fijación de nuestra conciencia, comporta una deliberada omisión de lo no interesante" (75). Así como todo concepto generalizador simplifica y selecciona, el cuerpo, por su parte, actúa desde la inconciencia, "que es una necesidad de los actos físicos". Pero esta inconciencia no supone la pérdida de la proximidad respecto al mundo físico, y su presencia como hecho, cosas, tiempo y espacio. Porque, desde su inconciencia, el cuerpo sabe actuar dentro de lo real como presencia física: