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LO LEJANO Y LO PLENO
Arte, filosofía y teología en Walter
Benjamin
Por Esteban Ierardo
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Walter
Benjamin |
Walter Benjamin es uno de los pensadores más singulares
del siglo XX. Su obra no es clasificable bajo un género o temática
exclusiva. Benjamin siempre eludió la especialización; de ahí la
múltiple y heterodoxa riqueza de su pensar que, por la vía expresiva
fundamental del ensayo, se abrió a la crítica literaria, la
evocación de la infancia, la meditación sobre el significado del
arte en el mundo moderno de la reproductibilidad técnica, y una
visión crítica de la historia donde su unen teología, marxismo, y el
mesianismo de raíz judaica. Aquí, en el extenso ensayo que sigue a
continuación, intentamos vislumbrar el legado benjaminiano como reflexión sobre el lenguaje y
arte, la restitución de la particularidad y la redención del dolor
humano en la historia. Detrás de esto, siempre late la evocación de
una plenitud originaria perdida. Y pensaremos, también, el trasfondo
de la recuperación de la experiencia infantil y los posibles
sentidos de una "teología negativa" que, en Benjamin, actúa como
esperanza mesiánica.
E.I
LO LEJANO Y LO PLENO
Arte, filosofía y teología en Walter
Benjamin
Por Esteban Ierardo
I
Las cañones cierran sus gargantas de metal. Las últimas
humaredas se dispersan. En los campos, colmados de trincheras,
la sangre aún mancha los alambres. Los que han sobrevivido a las
tormentas asesinas regresan a los hogares. Vuelven mudos. Sin qué
decir. Con el lenguaje ahogado bajo palabras que no llegan a la
superficie. Los que regresan están empobrecidos. Abundante dolor y
espanto no los ha enriquecido.
A pesar de los cercos del terror, algunos niños siguen
jugando en el campo, o dentro de un cuarto. Ven unos colores
amarillos de hierbas y soles que brotan del costado de un coyote
moribundo. Para los niños la experiencia es todavía irradiación,
lunas de voz intensa. Benjamin fue uno de esos niños. Y aún lo es,
aún cuando agita el plumaje de la intelectualidad aguda o de la
forma libre del ensayo. El pensador que en el silencio de su deseo
más hondo repite la ronda infantil hace de la palabra una
experiencia exuberante. Que enciende los rostros, en lugar de
desaparecer en un gesto de mudez.
La experiencia saludable, rica y vivaz, la asocia
Benjamin con la erfahrung, la experiencia no dividida, no
estallada todavía en pedazos. La experiencia como continuidad de las
cuerdas sabias de una tradición, como comunidad con las voces y
relatos de un ayer acogedor. La erfahrung colisiona con la
erkenntnis. Erkenntnis es la experiencia fragmentada, la
percepción disgregada del hombre moderno, desmembrado entre
fragmentos y el caos sensorial de la vida urbana.
En nuestro deambular entre las calles de la reflexión
benjaminiana nos deslizaremos primero entre los pasaje de la
demolición de la erfahrung, y, luego, vislumbraremos la
esperanza crítica de su restitución. El pensador que unirá teología
y materialismo histórico le confiere al cine, en un momento de
confianza que luego será revisado, una potencialidad revolucionaria.
Pero, al final de la jornada, tras su obligado suicidio en 1940, en
la frontera franco-española, en los Pirineos, Benjamin piensa, acaso
desde un fracaso asumido, que la liberación de una sociedad opresiva
no será sólo construcción humana, sino también intervención de un
inminente relámpago divino.
También des-plegaremos otros pliegues del pensar
benjaminiano: los orígenes teológicos del lenguaje como facultad de
otorgar nombres originarios a las cosas, el flaneur y
Baudelaire; el surrealismo; el arte arcaico y su aura, el arte
moderno de la reproducción técnica y la supresión de lo aurático;
las relaciones de Benjamin con la Escuela de Frankfurt y Adorno; la
defensa de una gnoseología de lo particular y la alteridad; el
coleccionismo de Fuchs, y la experiencia infantil. Pero las
distintas aristas que exploraremos se encastran en la doble
perspectiva del legado benjaminiano como ensayismo de la restitución
de la particularidad y como ruptura mesiánica que redime el dolor de
las generaciones vencidas y olvidadas en la historia. Y estos dos
caminos se sostienen, a su vez, sobre la evocación benjaminiana del
ser como plenitud originaria perdida.
Pensaremos entonces el pensar de Benjamin como "pensamiento
poético (Hanna Arendt), como una estética de la memoria lúcida, que
medita en el ser como una plenitud primaria. Y como restitución de
una otredad que pueda manifestarse como real fuerza transformadora,
y no sólo como declamación discursiva.
II
En su ensayo "Experiencia y pobreza" Benjamin piensa
el proceso aniquilador de la experiencia. Luego de la devastadora
guerra de las trincheras "pudo constatar que las gentes volvían
mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en
cuanto a experiencia comunicable" (1). En la guerra el hombre se
sabe indefenso. También, en la dinámica moderna de la técnica, en
los torbellinos de la vida moderna, no hay escucha de la
corriente de valores del pasado que, en sus orígenes, fluían de boca
a oído. Sobre las masas galopa la mudez, lo terrorífico, el
grotesco de la apariencia de la vida feliz, los desiertos de
confusión y soledad. La intuición artística ve los tumores
escondidos de una época. Benjamin entonces recuerda a Ensor, el
pintor de los esqueletos y máscaras. Festivos climas de carnaval
pueblan muchos de sus lienzos. Pero la alegría es engañosa. Es el
barniz que embellece o deslumbra y luego se quiebra entre los
volcanes salvajes de la Primera Guerra Mundial.
El empobrecimiento del individuo y de la humanidad se
relaciona con el copalso del arte de narrar.
"¿Quién encuentra hoy gentes capaces de narrar como
es debido? ¿Acaso dicen hoy
los moribundos palabras perdurables que se transmiten de generación
en generación? ¿A quién hoy le ayuda un proverbio? ¿Quién
intenta habérsela con la juventud apoyándose en la experiencia?"
(2).
La
meditación sobre el significado empobrecedor de la pérdida del arte
del narrar se expande en "El narrador. Consideraciones sobre la obra
de Nicolai Leskov", en Sobre el programa de la filosofía
futura. Pensar en Leskov (3) como narrador es acercarse a un
arte perdido y "más bien aumentar la distancia que con él tenemos"
(4). El hombre contemporáneo es incapaz de contar, de narrar, de
intercambiar experiencias. Así se distancia y desvanece la fuente de
la que se han nutrido siempre los narradores, "la experiencia que
corre de boca en boca". La riqueza de la narración es arte popular.
Es creación anónima que preserva imágenes colectivas. La narración
fluye mediante historias de la propia tierra, o de la exótica
diversidad de lejanos países. La cadencia narrativa se pronuncia
junto a una chimenea, en el descanso nocturno, en la fascinación y
atención que promueven las llamas que bailan sobre la oscuridad. El
narrar es no sólo un arte de la voz y de la memoria, sino también de
la fuerza expresiva de las manos y los gestos. Las velas de las
palabras que el narrador sopla son historias que brotan de dos tipos
arcaicos: el agricultor sedentario y el marino mercante. El primero
narra tradicionales historias de su país; el segundo narra los
relatos que trae de tierras lejanas. Así," los aldeanos y los
marinos han sido los antiguos maestros de la narración". ¿Pero qué
se transmite, circula y vive en lo narrado?": "El lado épico de la
verdad, la sabiduría", que "está en trance de desaparecer" (5). La
sabiduría es un largo y silencioso proceso de respuestas a los
enigmas y abismos de la vida: ¿cuál es la vida auténtica? ¿Cómo no
perderse en la estupidez y la violencia? ¿Dónde encontrar la
fraternidad o el amor? La sabiduría nace luego de largos caminos de
errores, caídas y pérdidas. La sabiduría es un saber que madura en
el caldero de las tentativas y el sufrimiento. Y en ella confluyen
los caminos de multitud de individuos, generalmente desvanecidos en
la voz colectiva y anónima. Una voz que sólo se repite y continúa en
los relatos del buen narrador. Pero la facultad antigua se disipa en
lo moderno. Y en esa desaparición reverbera "una nueva
hermosura".
El
epítome de la escritura moderna, la novela, es también un proceso
que socava la vieja oralidad narrativa. El narrador narra desde su
inserción en una experiencia viva y colectiva. El narrador es
eventual encarnación de la voz popular. Lo que sus labios dicen
procede de una fuente común. El novelista, en cambio, escribe desde
su aislamiento, desde su soledad que gime en su separación de lo
colectivo. La novela escribe la evocación de una dicha perdida. Por
lo que el novelista, en su arte de escritor solitario, "nos hace
saber cuál sea la profunda desorientación de los seres
humanos" (6). La desorientación comienza cuando desaparece un modelo
de sabiduría asequible. En el Don Quijote, arquetipo de la
desorientación novelesca, la disposición caballeresca a prestar
ayuda, a sembrar soles de ideales, se revela finalmente como intento
vano, como locura. Y la novela de formación (bildungs roman),
la novela de los años de aprendizaje del joven Werther de Goethe, o
La educación sentimental de Flaubert, no recuperan la
sabiduría perdida. Enfatizan la ansiedad de una búsqueda donde reina
lo inalcanzable.
Y el
arte de narrar involucra lo artesanal. Lo anónimo o impersonal de
las historias narradas no se opone a una impregnación de huellas
personales. Leskov es un ejemplo. En ocasiones, recuerda situaciones
de la propia vida que interpola en sus relatos. La artesanía halla
un equilibrio entre lo colectivo y lo individual. En esta
coordinación resopla un rechazo de la impersonalidad de la técnica
industrial. Benjamin recuerda un relato de Leskov, La pulga de
acero, donde un platero, en un prodigio de habilidad artesanal,
llega a fabricar una pulsera de acero. Que enorgullece a Pedro el
grande. Y la pulsera en cuestión es esgrimida como ejemplo de la
valía de los rusos ante los ingleses.
Paul Valery
estimula un pensamiento agudo sobre la labor artesanal. Primero es
la naturaleza como ejemplo de serena y paciente labor en la
maduración de una perla o el vino. Y luego es la imitación que el
artesanado hace de este lento madurar, con su paciente
perfeccionamiento de tallados, pulidos, miniaturas o pinturas de
varias capas. Pero el esmero artesanal sucumbe porque el hombre
moderno sólo acepta lo que surge con rapidez. En el orden de la
escritura, la abreviación del esfuerzo produce el relato corto
(short story). El cuento breve es renuente a la lenta
sedimentación de finos pliegues que enriquecen la
narración.
Karl
Kraus fue lúcido conocer y crítico de las distintas formas del
empobrecimiento. Benjamin, en el décimo aniversario de su
muerte, le dedica un ensayo. Kraus arremete contra las hipocresías
de su tiempo; es el satírico que imita, desnuda y fogocita a los
falsos artistas. Kraus sostiene su propio faro, el periódico La
antorcha. Entre las tribulaciones de la Primera Guerra Mundial,
en la Viena capital del imperio de los Habsburgos, Kraus es
pacifista, cuando casi todos braman acentos marciales. Defiende a
homosexuales, prostitutas, cuando la hipócrita mojigatería vienesa
condena esas "desviaciones" al mismo tiempo que las promueve o
disfruta. Y, ante todo, Kraus convierte en una misión épica el
blandir la espada contra la hiedra de la simulación periodística.
Kraus es amigo de Adolf Loos. Loos también esgrime la voz de
denuncia en su artículo "Ornamento y delito" (7). La obra de arte es
distinta al objeto utilitario. Para la obra es innecesario el
ornamento. El artista, el pintor, escultor, o poeta, no es un
decorador. Pero Kraus advierte que el literato de su tiempo "en el
fondo de su corazón, coincide con el decorador" (8). Heine es su
vocero. En él, la expresión deviene raquitismo informativo,
entretenimiento, periodismo, folletín. La palabra colapsa en la
sangría de lo inauténtico. Los titulares aplastan la integridad de
las palabras, de modo que sólo quede la frase, el titular que
embruja y simplifica. Y que engaña por todo lo que no dice. En su
empobrecimiento, el lenguaje deviene espectral instrumento de
manipulación y surtidor de sensacionalismos varios. En esta caída,
la razón se ensombrece, es astucia sin vida. Frente a esto, Kraus,
en una continuación del fervor romántico, piensa que lo femenino es
el origen de la fantasía, de la inspiración, de la creación. Lo
moral y lo estético resplandecen en el encuentro de la razón y la
intuición. La fantasía es el ave que guía la mirada hacia un cielo
profundo. Para Kraus, cuando el hombre y la mujer se encontraron se
encendieron en el "origen", donde la razón se hizo fértil por la
llama femenina. La salud del lenguaje es recuperar ese origen. La
belleza lírica, la música de la rima y el ritmo, la libertad de la
fantasía, danzan entre las palabras. El arte se oscurece bajo el
demonio de la última noticia del periodismo, y su desdén orgánico
por la metáfora o la gratuidad de la belleza. En la trinchera de
periodistas y falsos literatos se venera el arte por el arte, o la
obra como ser reducido a la pureza estilística y formal. Pero la
sola forma no asegura el arte auténtico. Para Kraus, parte esencial
de la autenticidad artística es la integración entre la obra y el
autor. El divorcio entre la vida del escritor y el acto de la
escritura es desmembramiento empobrecedor. La potencia de una obra
procede de la integridad moral de su autor. Pero la ética que nace
en esa integración no posee un fundamento racional. El valor es
inexpresable. Su hogar es la acción. Por eso, la ética real no se
demuestra ni fundamenta. Es en el obrar. Un camino que siguió
Wittgenstein, discípulo indirecto del polémico Kraus (9).
Kraus
protege la "separación creadora" entre los hechos terrenos de la
información, la ciencia, la historia o el periodismo, y el acto
artístico. El arte retorna al origen por la fantasía o la sátira,
donde el maestro de Kraus es Nestroy (10). La fantasía del arte
encendido es pulsión erótica. Y el nombre de una palabra siempre se
aleja. Pero puede ser invocada: "en el círculo lingüístico del
nombrar, y sólo en él, se configura la básica experiencia polémica
de Kraus" (11). Cuando se llama o convoca una palabra por su propio
nombre no se degrada a instrumento, no se banaliza. La palabra
entonces regresa al origen, donde reina un frescor creador. Pero la
defensa de la fantasía creadora en Kraus es una pequeña isla de
fuego vivaz, rodeada por las palabras sin cielo de la sociedad
capitalista.
III
Con mirada
alerta, Benjamin observa vidrieras y fachadas dentro de bruñidas
galerías. Camina por pasajes. En uno de ellos quizá repite la
promesa de Stendhal, que atribuye al arte la promesa del bienestar.
Una promesa que depende de la recuperación de resplandecientes
ágatas en una playa abandonada. La regeneración de la experiencia
será redención de una naturaleza y un hombre caídos.
A los
veintitrés años Benjamin inicia una perdurable amistad con Gershom
Scholem. Scholem se convertirá en el fundamental difusor del
misticismo judío mediante su obra La cábala y su simbolismo
(12). Scholem, junto con Adorno, será el principal propalador de los
ensayos benjaminianos. Scholem guía al joven Benjamin al encuentro
con sus raíces judaicas, con la constelación de la teología mística,
un paraje sacro que barniza toda la obra benjaminiana, aun después
de su explícita adhesión al marxismo.
El temprano
ensayo sobre "El lenguaje en general y sobre el lenguaje de los
hombres", evidencia la caladura teológica del pensador de la "Tesis
de la filosofía de la historia".
Para
Benjamin, cada cosa reclama una forma de lengua. Porque toda cosa
propende a la expresión de su esencia espiritual. Y ésta "se
comunica en el lenguaje y no a través de la lengua" (13). La cosa
preserva un sentido no apropiable completamente por lo lingüístico.
Su centro es diferente a la lengua.
Pero dicha diferencia
sólo puede ser expresada en el lenguaje. Lo comunicable o
expresable de una lámpara no es la lámpara misma; es sólo la lámpara
del lenguaje, "la lámpara-en-la expresión". Sin embargo, el ser
espiritual y el lingüístico coexisten indisolublemente. Si el ser
espiritual pude expresarse en el lenguaje es sólo como revelación. Y
lo que se revela es el nombre de origen divino, que es derramado o
puesto en las cosas por el hombre. La participación humana es
inevitable para que las cosas puedan acceder a un nombre. Las cosas,
como tales, carecen de sonidos. El hombre le otorga a las cosas los
sonidos de su nombre.
La creación se ha
consumado merced al verbo divino. Y "todo lenguaje humano es sólo
reflejo del verbo en el nombre" (14). El nombre es extensión de la
palabra divina. Por el nombre se cristaliza la comunidad del hombre
y Dios. El hombre es mediador. Pues las cosas reciben su nombre por
el hombre. Por lo que, por el nombre, también se da la comunidad
entre el hombre y las cosas. Entre el lenguaje humano y las cosas
brilla la correspondencia, la continuidad, la identidad. Desde la
equivalencia adánica nombre-cosa, Benjamin impugna dos concepciones
del lenguaje: la teoría burguesa y la mística. La idea burguesa
puede entroncarse con la posición saussuriana. La palabra es signo
convencional, es unidad arbitraria de un significante y un
significado. La palabra no es la cosa. Por el contrario, para la
otra posibilidad, para la creencia mística del lenguaje, la cosa
sólo es desde su adecuación plena con el lenguaje, con la palabra,
como en la doctrina de Von Hulmbolt (15). Pero "ello es inexacto,
porque la cosa en sí no tiene palabra: la cosa es creada por el
verbo de Dios, y es conocida en su nombre según la palabra humana"
(16). La cosa en principio carece de palabra. Sólo luego recibe
su nombre del hombre. Pero esta donación lingüística precisa de un
acto previo de traducción. La cosa, sin palabra, sin sonido, debe
ser traducida, y en esta traducción la cosa es transformada. La
traducción es pasaje de aquello que no tiene nombre al nombre. Al
lenguaje.
En otro rellano del pensamiento, en
sus Meditaciones Metafísicas, Descartes descubre que el
pensamiento es la única verdad. La exterioridad de lo sensible, los
cuerpos y formas materiales son dudosas. Pero el genio cartesiano
debe restablecer la adecuación entre el intelecto y la cosa, entre
sujeto y objeto, entre intimidad psíquica y mundo exterior.
Recuperación de una adecuatio necesaria para evitar el
solipsismo. Adecuación que brota finalmente por la mediación de la
garantía divina (17). En un ritmo coincidente del pensar, en la
tradición que Benjamin evoca, la autenticidad de la traducción que
le confiere a las cosas su nombre "tiene su garantía en Dios" (18).
La cosa está muda. Pero la detonación del nombre le da sonido y
expresividad, la libera de la mudez petrificante. La naturaleza
entonces habla por los nombres que el hombre le concede a las cosas.
Pero el hombre y su pecado original pervierten la comunión entre los
nombres y las cosas. Por su avidez de igualarse a Dios, el hombre
pierde la pronunciación de los nombres y cae en la degradación de la
palabra que juzga y castiga. Él mismo ahora vive en el castigo de la
precariedad e inseguridad. Tras la caída, y el fallido salto al
cielo de la torre babélica y la consiguiente confusión de las
lenguas, la palabra naufraga. Las palabras no son ya la expresión de
las cosas sino la exhalación de los juicios falsos de la opinión. La
palabra es ahora charla o concepto abstracto. Remanente desmembrado
del fallido asalto al cielo de la torre babélica, y de la
consiguiente multiplicidad confusa de las lenguas. La palabra ahora
rueda en los devaneos de la información, en la confusión cotidiana,
en los murmullos sin sabiduría. La navaja de la palabra caída
desangra también a la naturaleza. La condena a regresar al mutismo.
El hombre ha perdido el don adánico de decir desde los nombres. Por
lo que la naturaleza es ahora tristeza silente, sufrimiento sin voz.
La caída sólo detiene su peso descendente en la promesa de la
redención. En la esperanza de recuperar la palabra que expulsa la
negación.
La facultad lingüística que otorga
nombres actúa dentro de una lengua universal. Esa lengua, tras la
caída, estalla, se deshace en la confusión babélica. La babelización
supone la profusión de lenguas como entierro y olvido de la lengua
única. Sólo subsisten fragmentos dispersos de aquel lenguaje.
Residuos que pueden ser restituidos en el acto de la traducción. En
"El trabajo del traductor" (Die Aufgabe des Uberstzens),
texto de 1923, escrito como introducción de Tableaux
parisiens de Baudelaire, Benjamin elabora su doctrina sobre la
traducción. Lo influyen nuevamente las concepciones judaicas
cabalísticas, el modelo de traducción ensayado por Hölderlin a
propósito de Sófocles, y las notas introductorias de Goethe al
Diván.
La multiplicidad de lenguas es
fragmentación o desprendimiento de una lengua pura (die reine
Sprache). La pureza del lenguaje originario sobrevive tras la
Torre de Babel, como "el Logos que da sentido al discurso pero que
no se muestra en ninguna lengua viva particular...es como una
corriente oculta empeñada en explayarse en los canales obstruidos de
nuestras diversas lenguas" (19). Tras la redención mesiánica todas
las lenguas separadas regresarán a la unidad. Mientras tanto, el
brillo soterrado de la lengua común surge en la traducción o pasaje
de una lengua posbabélica a otra. Si la lengua A y otra B pueden ser
traducidas es porque todos los hombres, todas las culturas, desean y
necesitan decir un universo común de hechos, cosas y sentimientos.
En esta unicidad de las aspiraciones expresivas despuntan los restos
del lenguaje común, la Ur-Sprache que pretende una
circulación de significaciones traducibles entre las distintas
lenguas. Señal de emergencia de esta lengua originaria es cómo el
traductor modifica y eleva su lengua de partida. La traducción de
Hölderlin de la Antígona sofoclea, se diferencia vivamente
del alemán corriente. En este ejercicio de la traducción el trabajo
o misión del traductor es acercar su propia lengua al fondo otro de
la lengua primera; al fondo del "lenguaje de la verdad". Y
"...entonces el lenguaje de la verdad es auténtico lenguaje. Y
justamente este lenguaje, en cuya intención y en cuya descripción se
encuentra la única perfección a que pueda aspirar el filósofo,
permanece latente en el fondo de la traducción" (20). Frente a las
lenguas divididas y sus traducciones el filósofo intuye la
reverberación de una luz casi totalmente oculta. Las acumulaciones,
despliegues y transformaciones de las traducciones, en su capacidad
de catalizar la liberación de lo originario, se asemejan a la labor
de la hermenéutica cabalística del texto bíblico. Las distintas
técnicas interpretativas que aplica el cabalista sobre la escritura
revelada buscan desenterrar la velada esencia divina.
La traducción hace emerger algún
retazo del esplendor de la lengua única. El fondo es sitio de
concentración e intensidad de sentido. La superficie de las lenguas
distintas es lugar de la escisión, distanciamiento y olvido de la
Ur-sprache. La traducción aproxima el fondo a la superficie.
En la acción traductora, desde el tejido-superficie de la lengua
traducida actúa la memoria, no como acumulación de recuerdos, sino
como restitución de una plenitud originaria. La restitución
mnemónica de la traducción es, a su vez, un acto de liberación de lo
obturado y olvidado.
El recuerdo de los nombres primeros de
las cosas de la lengua adánica es afín a la memoria restitutiva que
subyace a la traducción. El lenguaje así pensado pertenece no sólo
al ámbito de la interpretación, la definición, la expresión
artística o la organización racional del conocimiento. Dentro de la
historia posbabélica, el lenguaje es medio para la memoria de la
plenitud perdida.
IV
Entre las vértebras
quebradas de la lengua adánica, subsisten todavía residuos de
claridad, destellos de la primera mañana. La genuina traducción es
restitución. Y también lo es el coleccionar. En lo particular
sobrevive alguna raya del cielo. Entre el desierto gris quizá
algunas gemas singulares pueden ser coleccionadas. Fuchs, el
coleccionista, responde al llamado de algunas piedras
preciosas...
Fuchs es coleccionista de caricaturas
de arte erótico y de cuadro de costumbres. Su visión del arte le
permite a Benjamin pensar la embestida contra el historicismo que
luego continuará en "Tesis sobre filosofía de la historia". El
historiador del historicismo contempla su objeto desde la distancia.
El pasado se solidifica en una imagen eterna que responde al "Érase
una vez", donde el acontecimiento histórico sólo es leído desde la
repetida mirada de los vencedores. El materialismo histórico debe,
por el contrario, hacer estallar el continuum histórico a fin
de pensar en el pasado de dolor de los "vencidos" que aún
relampaguea en el presente.
Una recepción dialéctica del arte
siempre está mediada por la historia, y por las técnicas de creación
propias de una época determinada. Por la caricatura, por ejemplo, es
posible auscultar las fuerzas que circulan en un presente histórico.
Lo grotesco, que es elemento propio de lo caricaturesco, es
manifestación dual de un tiempo. Porque lo grotesco puede ser "la
expresión de salud rebosante de una época", o señal inequívoca de
decadencia dado que "los tiempos decadentes y los cerebros enfermos
son propensos a las configuraciones grotescas" (21). La caricatura
que Fuchs colecciona se desprende así de toda condición risible o
intrascendente. Es vehículo superior para la comprensión de un
tiempo.
Para Fuchs la creación es sana y
exuberante biología, fuerza de origen corporal que no es contenida
por un "erotismo taponado", como el que caracteriza a los maestros
del barroco: el Greco, Murillo, Ribera. Frente a la restricción de
la sobreabundancia, Fuchs, como Nietzsche o
Buckhardt, encuentra en el Renacimiento la creatividad en su
fase más intensa. Fuchs acoge entusiasmado al psicoanálisis y su
postulación del origen erótico de las fuerzas creadoras. El "placer
orgiástico" es valorizado como uno de los momentos más importantes
de la cultura. Y en su concepto de arte hay sitio para la
visión progresista, para la esperanza de progreso. El arte
decimonónico es más rico en rumbos y concreciones que el arte del
Renacimiento, "y el arte del futuro tiene necesariamente que
significar lo más alto". Progresión histórica donde Fuchs comulga
con el Víctor Hugo que anuncia, cual un profeta: " El progreso es el
paso del mismísimo Dios". Las aspiraciones democráticas francesas de
1830, el sufragio universal, son parte de ese progreso, y de una
Francia como "vanguardia de la libertad y la
cultura".
Y el coleccionista Fuchs repudia el
museo que sólo alberga las "piezas importantes". Piezas que son
seleccionadas bajo la mirada de los vencedores de la historia. El
museo protege una idea de lo relevante que excluye lo aparentemente
insignificante. Por lo que los lujosos trajes de una fiesta
cortesana serán más importantes que un humilde traje raído de un
trabajador.
En la modernidad surgen
grandes colecciones de gemas, de grabados. Así se preserva "el arte
superior". Pero "Fuchs es el primero que busca un arte aparentemente
secundario, interior, no digno del museo eternizador"(22). Fuchs
colecciona caricaturas. Daumier lo impresiona vivamente.
Daumier es caricaturista por su inmersión en su tiempo, por la
lucidez crítica de su mirada, por una voluntad de ver y proteger al
desamparado. Aspiración protectora que Fuchs entreve reflejada en el
simbolismo de los árboles. Un árbol de ramas que se abren y
proyectan a lo lejos "forma un techo impenetrable, que mantiene todo
el peligro lejos de aquellos que se han puesto bajo su protección
"(23).
Las caricaturas de Daumier, y toda
caricatura en general, se confunden con el ritmo de un tiempo
histórico y una sociedad concretas. Sólo mediante la violencia de un
proceso de fetichización, la obra de arte se encierra en el mercado,
y el fetiche fundamental del arte "es el nombre del maestro". Para
forjar una actitud liberadora de la obra, Fuchs se nutre de sus
estudios de la escultura china del periodo Tang. El movimiento de la
obra en ese momento de la cultura del Extremo Oriente "es una prueba
particular del modo y manera en que la colectividad contempló
entonces las cosas y el mundo" (24). La identificación entre un
individuo creador y la obra le impide a ésta ser resonancia
colectiva, expresión cifrada de un entramado social. Cuando la firma
exclusiva del artista individual retrocede la obra es restituida al
arco de la fuerzas colectivas del presente. La obra vuelve a vivir
como destello de un arte popular, como reflejo de un arte de masas.
La caricatura es expresión nítida de ese arte de masas. Imposible es
alejar a la obra de las redes de hechos y clases sociales. En esta
compenetración, el materialismo histórico halla su elemento
propicio. El arte de masas siempre está atravesado de historia. Y el
mundo peculiar de una época determina nuevas técnicas de expresión
artística que, a su vez, provocan específicos cambios de percepción.
La caricatura así sólo puede surgir por las posibilidades de
difusión masiva que permite la reproducción técnica del original. En
la antigüedad, la forma común de circulación son las monedas, un
soporte demasiado pequeño para albergar las imágenes caricaturescas.
Por otra parte, el arte oficial de
museos y academias sitúa a la caricatura, o al cuadro de costumbres,
en una condición de debilidad despreciable. Y precisamente, para
Fuchs, el verdadero fuerte del arte caricaturesco y de costumbres
"lo constituyen sus atisbos de cosas despreciadas, apócrifas" (25).
Lo excluido y negado emerge con el resplandor de una gema individual
y particular donde se refleja el aliento general de un tiempo.
En la modernidad, el arte es el
fetiche del nombre del artista. Exaltación en concordancia con la
preeminencia del caudillo y la cultura de la personalidad. El
peligro de un voluntad única que enmudece el vasto tejido de las
voces individuales.
V
En su ensayo
"El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia
europea"(26), Benjamin piensa desde el valle de la "distancia
alemana", lejos de las fuentes donde pretende nadar la audacia de
los pioneros del surrealismo (Breton, Aragon, Soupault). El
surrealismo no desea un nuevo tipo de literatura; lo que quiere es
la experimentación vanguardista y los aullidos burlescos ante el
establishment. Lo que busca es la experiencia. La ebriedad de
un libre discurrir de fuerzas creativas emancipadas de toda
tradición conservadora.
Ante la realidad oscurecida por
acumulaciones de dolor, por la insensibilidad ante lo misterioso o
lo poético, o la sistemática explotación capitalista de los cuerpos
y el tiempo; ante la realidad oscurecida, sin luz para la
comprensión de lo reprimido o sofocado, el deseo clama por recuperar
lo iluminador. La iluminación religiosa fue modelo del pasaje de lo
no percibido ni vívido hacia el conocimiento. Pero el surrealismo
supera esta forma religiosa del esclarecimiento. Y también supera el
fugaz arrebato artificioso de los estupefacientes. Porque "la
verdadera superación creadora de la iluminación religiosa no
está...en los estupefacientes. Está en una iluminación profana, de
inspiración materialista antropológica, de la que el haschis, el
opio u otra droga no son más que una escuela primaria"(27).
Entre
los reflejos de esta iluminación, el surrealista se libera de la ley
repetida, de la costumbre sofocante, anquilosada, de la convención
lingüística, esclerosada. El surrealista se ejercita en los
"experimentos mágicos de las palabras", en "apasionados juegos de
transformación fonética y gráfica". Los surrealistas no practican
sólo un exótico malabarismo verbal, sino también la percepción de la
rareza de los objetos dentro de la ciudad moderna. "Ningún rostro es
surrealista en el grado en que lo es el verdadero rostro de una
ciudad" (28). El surrealista confraterniza con Stavgorin, personaje
de Dostoievski que sabe que el mal vive dentro de la naturaleza y el
tiempo humano. El dios de Dostoievski "no sólo hace el cielo y la
tierra, el animal, sino además la indignidad, la venganza, la
crueldad". Así el mal brota espontáneamente en el obrar humano y su
irrupción nos purifica de la ilusión de la santidad superior del
bien. Para el surrealista, y para la mirada reinvindicadora
benjaminiana, el culto del mal es "un aparato romántico de
desinfección y asilamiento contra todo diletantismo
moralizador"(29).
El
surrealismo navega en una experiencia secular de iluminación, en la
dinamitación de un agotado arte burgués, y en la veneración de un
mal que libera de toda moralidad filistea. Pero la libertad
surrealista no pasaría de un pasatiempo de ociosos burgueses
desocupados si el surrealismo no transitara la angustia de integrar
la libertad artística y la praxis revolucionaria. La participación del arte en una revolución real, la
delineación de un arte proletario, un arte de masas liberador, debe
gestarse mediante imágenes que inviten no a la contemplación sino a
una acción colectiva y liberadora. La iluminación profana
surrealista se alimenta siempre de un "materialismo antropológico",
de un "inconciente concreto" o " empírico", de sensaciones y
experiencias liberadoras. Pero lo corpóreo que se libera en el
surrealismo no es sólo individual. "También lo colectivo es
corpóreo". Las imágenes que deben ser iluminadas y descubiertas no
deben ser estímulos para nuevos actos de refinada contemplación
estética. Las imágenes de un arte revolucionario deben implicar el
cuerpo y una transformación material y colectiva de la vida: "Cuando
cuerpo e imagen se interpenetran tan hondamente, que toda tensión
revolucionaria se hace excitación corporal colectiva y todas las
excitaciones corporales de lo colectivo se hacen descarga
revolucionaria, entonces, y sólo entonces, se habrá superado la
realidad tanto como el manifiesto comunista exige"(30). Las imágenes
capaces de encender la excitación corporal colectiva se producen en
un mundo moderno mediado, de forma inescindible, por la técnica.
Benjamin, que escribe después del advenimiento de la reproducción
técnica de la imagen, buscará en las imágenes cinematográficas una
incierta cantera de potencialidad revolucionaria.
Vl
El arte es pensado por Benjamin en un
territorio político. Los términos que se enfrentan, sin mediación
dialéctica alguna en este caso, son el fascismo por un lado, y el
arte progresivo y revolucionario por el otro. La estrategia fascista
frente a lo artístico consiste en una "estetización de lo político".
Lo político aquí es praxis de dominación autoritaria o manipulación
totalitaria de las masas. El fascista encuentra en el arte
futurista, en los manifiestos de Marinetti, un aliado. Que atribuye
dignidad estética a la guerra. A la afirmación bélica del poder.
Marinetti ensalza la belleza de los cañones, el sonido de la
metralla, las columnas de humo que levantan dagas oscuras en el
cielo, las chisporroteantes selvas de colores de las explosiones. El
embellecimiento de la guerra favorece al fascismo igualador y su
falso nacionalismo. La estetización de la política en el fascismo
impulsa la movilización completa de la sociedad en pos de la guerra.
Movilización que es subordinación exclusiva al Estado, proceso de
sujeción colectiva donde sucumben las diferencias de las
individualidades. La movilización total pensada por Ernst
Jünger (31). El fascismo es, en su esencia, la negación de la
revolución. Benjamin piensa la dinámica de un arte inutilizable para
la justificación fascista. Por eso, frente a la estetización de la
política, alienta la politización del arte. Pensar la interacción de
la sociedad, la técnica y el arte contribuyen a "la formación de
exigencias revolucionarias en la política artística"
(32).
Y la guerra, la Primera Guerra, y su
deshumanización organizada y su potencia destructiva, son parte de
la innovación y transformación tecnológicas. Mientras la técnica se
desarrolla, el hombre se empobrece. Pero, para Benjamin, este
empobrecimiento es paradójico. Porque puede destilar también "un
concepto nuevo y positivo de barbarie", como se destaca en el ya
mencionado ensayo "Experiencia y pobreza". Ante el vaciamiento de
una riqueza precedente surge una situación de tabula rasa que le
permite al hombre "comenzar desde el principio". El arquitecto
expresionista de vanguardia Paul Scheebart es un ejemplo, destacado
por Benjamin, de una imaginación que proyecta una nueva cultura
basada en el vidrio, donde no quedan huellas del pasado, de las
costumbres ya agotadas. El vidrio es exponente de la omnipresencia
técnica. Y su negación del aura, dado que "las cosas de vidrio no
tienen aura". Una arquitectura de la trasparencia visual, de lo
vítreo resplandeciente, sin acumulación o sedimentación de lo ya
inerte, será aquello que "transformará por completo al hombre". Es
la posibilidad, aunque fuera utópica, de que, desde la pobreza de la
experiencia "salga...algo decoroso". Una imaginación relacionada con
lo técnico y la supresión del aura puede dar un salto hacia adelante
en términos de una transformación perceptiva capaz de reinventar al
hombre.
El sesgo progresista de un empezar de
nuevo desde el cruce de imaginación y tecnología, en en la segunda
parte de "Experiencia y pobreza", es preludio de la posición
optimista de Benjamin respecto a la integración entre el cine y la
reproducción tecnológica.
Benjamin persigue la inserción
del arte en un entramado histórico y social, como Fuchs. La creación
artística, anclada en su temporalidad histórica, no puede enajenarse
de la mediación técnica. En este sentido, la especificidad
fundamental del tiempo moderno es la reproductibilidad técnica de la
obra. El cine es la máxima expresión de este proceso. La obra
cinematográfica es circulación y reproducción masiva. El film, en
cuanto obra acabada, es efecto de yuxtaposiciones, agregados e
interpolaciones. Montajes. El montaje impide la predominancia de un
lugar o momento originario en la composición fílmica. Ahora, la
ejecución del film "no es unitaria, sino que se compone de muchas
ejecuciones" (33). El actor se extraña a sí mismo ante el ojo de la
cámara. Es un accesorio. Benjamin recuerda el afán de Dreyer en su
búsqueda de los actores del jurado que procesa a Juana de Arco bajo
el cargo de herejía. Dreyer se empeña en impedir repeticiones de
fisonomía, estatura o edad entre los actores. El actor como
accesorio es víctima también de la pauta temporal que determina una
duración predeterminada para una escena. La representación actoral
en el cine es temporalmente divisible, y se descompone en una
adición de segmentos de filmación que sólo alcanzan su unidad en la
instancia secundaria del montaje.
El cine como arte por excelencia de la
reproducción técnica es el ejemplo más nítido de la pérdida del
aura. Para Benjamin, el aura es el atributo esencial del arte en sus
orígenes. En el horizonte mítico y arcaico, la obra no es
reproductible. Es irrepetible. Es singular. La singularidad acontece
en un aquí y ahora únicos. La escultura del dios o el arte de la
pintura en la piedra, sólo pueden ser contempladas en el lugar de su
emplazamiento original, y en un momento de valor ritual específico.
La obra así percibida rebosa el fulgor de lo auténtico. "El aquí y
ahora del original constituye el concepto de su autenticidad" (34).
Lo auténtico no puede ser repetido. La diferenciación
autenticidad-falsedad es una labor ineludible del comercio del arte,
y por eso "la imagen de una virgen medieval no era auténtica en el
tiempo en que fue hecha; lo fue siendo en el curso de los siglos
siguientes" (35).
La obra que se manifiesta en la
singularidad de su lugar y tiempo, aunque brille en una cercanía
física, siempre desborda un resplandor lejano. En el instante de la
contemplación, la lejanía nunca desaparece. Distancia que expresa la
alteridad, la condición otra de la obra dentro de su pertenencia a
su ámbito cultural. Pero, a su vez, la lejanía del aura subraya la
presencia sagrada de la obra, su condición numinosa e inalcanzable.
De ahí que la obra aurática se manifiesta en la esfera cultual, en
el entramado de una experiencia religiosa. Es inevitable advertir
así que el aura participa de la fenomenología general de lo sacro en
el horizonte arcaico. Lo sagrado es presencia numinosa, intensidad
extraordinaria, sobrenatural; es manifestación de otredad y,
paralelamente, apertura dentro del tiempo profano hacia la
experiencia de la rareza de lo divino, que siempre se revela como
sobreabundancia. El arte imbuido de aura es el esplendor de la
superioridad divina frente a la mirada humana. La experiencia
artística, al ser parte del culto religioso, es puente ritual, zona
de tránsito hacia la percepción de la lejana intangibilidad del ser.
La lejanía de la obra es
confirmada por la existencia de la imagen artística en lugares
ocultos. Las estatuas de los dioses se mantienen ocultas en la
"cella", reservada a los sacerdotes. En el largo proceso de la
secularización, la imagen oculta e inmóvil cede su lugar a lo
exhibitivo y lo móvil. Así, "la capacidad exhibitiva de un retrato
de medio cuerpo, que puede enviarse de aquí para allá, es mayor que
la de la estatua de un dios, con su puesto fijo en el interior del
templo" (36).
El aura es una noción dual ya
que pertenece al ámbito de las obras de arte, pero también se
vincula con los objetos naturales: "Descansar en un atardecer de verano y
seguir con la mirada una cordillera en el horizonte o una rama que
arroja su sombra sobre el que reposa, eso es aspirar el aura de esas
montañas, de esa rama" (37). El aspirar el aura de lo natural no
debe ser interpretada como con-fusión o unión con lo observado. La
distancia o lejanía es condición de preservación de la diferencia o
alteridad de la naturaleza contemplada, o de las emanaciones de la
sacralidad de la obra lejana. Cuando hay aura, hay lejanía. Pero al
desaparecer lo aurático, se impone el deseo de proximidad. Por eso,
en el mundo moderno desacralizado y sin aura, "acercarse espacial y
humanamente a las cosas es una aspiración de las masas actuales"
(38). La desaparición de la lejanía aurática supone también la
eliminación de lo irrepetible, de lo que sólo puede darse en un aquí
y ahora determinados. Ante la pérdida del aura, el arte, que es
conciente de su ingreso definitivo en la reproducción igualadora y
la condición de mercancía, reacciona con la doctrina del arte por el
arte; o con la "teología negativa en el arte", por la cual la obra
pierde toda remisión a una función social, como ocurre con Mallarmé
(39).
Una práctica peculiar del gran
pintor romántico del paisaje, Kaspar David Friedrich, puede ser
señalada como una de las reacciones, más o menos desesperadas,
frente al desvanecimiento aurático. Friedrich colocó su obra Cruz en la montaña
en un lugar escondido dentro de su taller. El pintor tapó las
ventanas con cortinas. De forma lenta y expectante, el visitante
recorría un camino de penumbras hasta arribar a la imagen que exhibe
una colina, sobre la que se alza una cruz, con el Cristo crucificado
bajo un cielo pintado con los tonos del ocaso. El cuadro revive algo
de la lejanía inherente a la presencia única e irrepetible de la
obra dotada de aura. La puesta en escena, la mise en escene
del lienzo del romántico alemán puede extenderse a la atmósfera
mágica y el efecto metafísico que Artaud pretendía liberar en el
espacio mediante el acto teatral (40). También en la tradición de
las perfomans iniciadas por Klein acaso emerge una
empobrecida supervivencia de la irrepetible y aurática manifestación
de la obra (41). Pero el aura colapsa definitivamente ante las
técnicas de los grabados y su reproducción de las imágenes. En el
horizonte griego, sólo era dable reproducir una imagen mediante el
fundir y el acuñar. En la Edad Media se agrega la xilografía y la
litografía (42). A partir del siglo XIX, la fotografía amplía las
posibilidades de la reproducción técnica. El retrato, muy en boga en
los comienzos de la reproducción fotográfica, es el refugio último
de la lejana fugacidad del rostro humano. Pero al desaparecer el
rostro, lo fotográfico es succionado, finalmente, por lo
reproductivo y exhibitivo, sin lugar ya para la dimensión cultual.
Benjamin sitúa al fotógrafo francés Atget como epítome de
este proceso. Atget fotografía las calles de París sin
movimiento humano. Los espacios urbanos vacíos parecen "el lugar de
un crimen" donde todo es exhibido en una desnudez cercana, sin la
extrañeza de una misteriosa lejanía.
El cine potencia y excede la
reproducción fotográfica. Los fotogramas inmóviles adquieren
movimiento. La aparente continuidad de secuencias ocultan la
manipulación de las escenas-fragmentos por el montaje. La novedad
del lenguaje cinematográfico exige la teorización sobre su sentido.
La teorización del montaje de Eisentein, la defensa de la imagen
surrealista del primer Artaud, coexiste con la especulación teórica
de Abel Gance, que compara la imagen fílmica con los jeroglíficos
egipcios (43).
Pirandello, en su novela Se
rueda, piensa la enajenación actoral ante la cámara. La
incomunicación entre el actor y el público, lo que lo diferencia con
el actor de teatro, permite al público de cine emplazarse en "la
actitud del experto que emite un dictamen sin que para ello lo
estorbe ningún tipo de contacto personal con el artista"
(44).
La distancia o lejanía era antes parte
de la intensidad aurática. La distancia, garantía de la condición
otra de la obra, ahora (en el ámbito de la modernidad reproductiva)
se convierte en medio sustentador de la acción crítica del
espectador. En la distancia respecto a la obra cinematográfica, que
se repite o exhibe sus copias en múltiples lugares, el espectador
desarrolla una actitud crítica. Progresiva. Frente al cine, "la
actitud de las masas es retrograda frente a una Picasso, por
ejemplo, y se transforma en progresiva de cara a un Chaplin" (45).
El arte abstracto inhibe la comprensión, obstruye la sensibilidad,
paraliza el ver. Invade al espectador con sensaciones confusas,
donde el significado se diluye. Obliga a una pasividad retrógrada.
Por el contrario, la imagen cinematográfica cobija la coincidencia
de una opinión experta y del placer por parte del público. Así, la
"actitud crítica y la fruitiva coinciden".
La distancia entre el público y
el cine en Benjamin deriva de la doctrina del teatro de Bertol
Brecht. En su Breviario de Estética teatral, Brecht crítica
la tradición aristotélica de la catarsis. Para el Estagirita, la
representación de la tragedia cataliza la identificación
público-personaje. El espectador así experimenta piedad o terror.
Vivencia catártica liberadora (46). Por el contrario, el autor
de La ópera de los dos centavos, defiende la
Verfredung, la distancia entre el público y la representación
teatral. La obra debe estimular el lúcido ejercicio crítico y
agudizar la comprensión del conflicto social. En esta distancia
bulle entonces una fuerza liberadora (47).
Pero el modelo del arte progresivo en
Benjamin no sólo es Brecht sino también el cine ruso. Adorno, profundamente crítico de todo
arte de masas (lo que incluye obviamente al cine), tendrá como
referente a los Estados Unidos de la década del 40'; el horizonte
histórico-social en el que los medios masivos, y su base técnica,
componen lo que Adorno, junto con Horkheimer, llamaron luego "la
industria cultural" en su Dialéctica del iluminismo. Pero
Benjamin admira el arte popular y revolucionario forjado en la Rusia
de los años 20'. La doctrina del cine-ojo (kinoglaz) de Vertov es típico ejemplo de un cine ruso progresista (48).
Y Benjamin visita la capital rusa en 1926, invitada por Asja Lacis,
una lituana bolchevique. Escribe entonces su Diario de Moscú,
y se entusiasma con las potencialidades de la imbricación
técnica-revolución en el futurismo soviético.
Junto a la
distancia de la opinión experta y crítica pulsa la actitud del
acercamiento, la compenetración entre el ojo artificial de la cámara
y lo observado. Benjamin acude aquí a una ilustrativa comparación.
El pintor o el mago mantienen la distancia respecto a su modelo o a
su paciente respectivamente; el cirujano, en camino, introduce su
instrumental en la interioridad de los órganos. La cámara quirúrgica
entonces "se adentra hondo en la textura de los datos"
(49).
Paralelamente, la
condición fotográfica de la imagen fílmica permite una mayor
cantidad de elementos susceptibles de análisis. La precisión
fotográfica es científica y artística a la vez. Esta dualidad
auspicia la integración cine y arte. El cruce entre lo artístico y
lo tecnológico que fue cultivado por el ya aludido futurismo ruso
(50).
El objetivo de la cámara se
zambulle en la textura trivial y polimorfa de la existencia. Y con
su sensible percepción del detalle óptico o acústico amplia lo real,
"nos asegura un ámbito de acción insospechado enorme" (51). La trama
conocida y cotidiana de casas, fábricas, oficinas, era antes un
límite. Pero entonces "vino el cine y con la dinamita de sus décimas
de segundo hizo saltar ese mundo carcelario" (52). Los límites de la
percepción estallan. Entre los restos de la explosión son posibles
"viajes de aventuras". El primer plano amplía el espacio, el
retardador lentifica y modifica el movimiento. Pero la ampliación,
cuestión fundamental, no es sólo clarificar lo que ya hay sino
motivar la aparición de "formaciones estructurales del todo nuevas".
El ámbito perceptivo conciente del hombre es ampliado. Así, la
cámara depara la emergencia de "otro entramado inconciente". Cada
hecho, cada encadenamiento de partes de ese hecho, contiene riquezas
de detalles, escorzos, superficies y ángulos que escapan al ojo. Por
la imagen cinematográfica se hacen visibles o "concientes" todos los
pasos en la manipulación de una cuchara o los movimientos de las
piernas en una caminata que antes permanecían inconcientes. Benjamin
así piensa un "inconciente óptico" equivalente, desde sus
diferencias, con el inconciente pulsional freudiano.
La ampliación perceptiva del
mundo físico natural o cultural que nos rodea no es inquietud
monopolizada por el cine. Desde otros caminos del arte, se intuyen
también la pérdida en nuestra experiencia cotidiana de la rica
complejidad de las cosas. Lord Chandos, alter ego de Hugo von
Hofmannsthal, advierte la rareza de las cosas y confiesa que "...una
regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al
sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso
puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de
esos objetos, y los otros mil similares sobre los que suele vagar un
ojo con natural indiferencia, puede de pronto adoptar para mí en
cualquier momento, que de ningún modo soy capaz de propiciar, una
singularidad sublime y conmovedora; para expresarla todas las
palabras me aparecen demasiado pobres" (53). Husserll pensaba que el
objeto sólo sería percibido si fuera visto desde todos los ángulos
de observación posibles a la vez. Al mismo tiempo, sólo vemos un
perfil en desmedro de todos los otros, que son succionados así
por el "entramado inconciente". Desde la expresión plástica, el
cubismo intentó paliar esta deficiencia perceptiva con la
descomposición analítica del objeto para representar sus distintos
escorzos de forma simultánea. A su vez, la preocupación por
recuperar una visión de la cosa y sus diversos matices es propio de
la percepción poética desde la muy conocida, pero no por ello
agotada, noción de ostranenie o
extrañamiento que formuló Viktor Sklovski, en 1917, en su artículo
"El arte como artificio" (54). En nuestra vida corriente sólo
reconocemos los objetos. Frente a una cosa, le aplicamos, de forma
automática, nuestro concepto convencional sobre esa cosa. La cosa
como tal no es percibida en su presencia y rareza. Por el contrario,
la lengua poética recoge el proceso de extrañamiento del poeta ante
la cosa. Acontece así un acto de visión en contraposición al
reconocimiento. La ostranenie supone un distanciamiento del
objeto diluido en un torrente de apariciones y percepciones
automáticas. Este alejamiento es en realidad el preámbulo de un
posterior acercarse (tal como lo consuma el ojo de la cámara) al
objeto singular para percibir su porosidad propia.
Y en su ensayo de 1923 "Literatura y
cine", Sklovski forja una imagen sugestiva: "Vivimos en un
mundo cerrado y mezquino. No sentimos el mundo en el que vivimos
como no sentimos la indumentaria que llevamos puesta. Volamos a
través del mundo como los héroes de Julio Verne a través del espacio
cósmico en el vientre de un cohete. Pero nuestro cohete no tiene
ventanas". Trascurrimos con veloz fugacidad entre las selvas de las
cosas sin atender a sus diferencias propias. Es el "mundo cerrado y
mezquino" desde el que no se ve; es el mundo estrecho sin ventanas
abiertas que promuevan un acto de visión. Desde la perspectiva
benjaminiana, la visibilidad que nos acerca a la singularidad de la
cosa es consumada por el ojo de la visión cinematográfica, y la
emergencia del inconciente óptico.
Y también mencionemos que, sólo siete
años después del ensayo de Benjamin y su mención del inconciente
óptico, Borges, en "Funes el memorioso", imagina un personaje
que se empeña en retener en las redes de la memoria cada
particularidad irrepetible.
La cámara absorbe
particularidades que se convierten, desde entonces, en parte de la
memoria de la imagen. El primer plano capta las fulguraciones
particulares con su penetración quirúrgica en la materialidad. Y
esta particularidad filmada, además de ingresar a la memoria de la
imagen, se bifurca en multitud de copias; y, por lo tanto, en una
dinámica de repeticiones.
Pero, en la tópica benjaminiana
sobre el efecto de la imagen cinematográfica, el encuentro entre el
espectador y la riqueza singular de lo antes no percibido no
pertenece a ninguna contemplación serena. Esta experiencia pertenece
al goce de la disipación y dispersión. Y frente a la dispersion está
la introspección. La pintura reclama introspección. Un acto de
concentración del contemplador. El dadaísmo construyó objetos
artísticos inútiles, despojados de toda atribución de belleza
formal, para motivar así una actitud de distracción ante la obra, y
no de contemplación. Las condiciones escandalosas de la obra
justificaban la distracción del público, su desparramarse o verterse
en un acontecimiento fuera de la vida corriente o lineal. Antes, la
obra era lo agradablemente bello, o la melodía que acariciaba a los
oídos. Ahora, la obra es un "proyectil" que impacta en lo táctil, en
lo corpóreo del espectador. "Como un choque". Así, "el efecto de
choque del cine" propicia una recepción donde lo importante "no es
ya la serenidad contemplativa sino la disipación, en la dispersión.
El público es un examinador, pero un examinador que se dispersa"
(55).
Benjamin encuentra en el dadaísmo una fuerza esencialmente positiva.
En su ensayo "El autor como productor"(56) exalta el impulso
revolucionario de las técnicas de fotomontaje de John Heartfield. Lo
mismo que Grosz o Piscator, Heartfield, se afilió al KPD
(Komunistische Partei deutschlands: Partido comunista
alemán). El origen del fotomontaje es atribuido al dadaísta Hausmann
por un lado, o a Grosz junto con Heartfield (57). Para Andreas
Huyssen, en su obra Después de la gran división, Benjamin
encontró en Heartfield un modelo de plena combinación de dos
perfiles fundamentales: un arte popular, y un artista
revolucionario. En Heartfield puede encontrarse "la aplicación y uso
de técnicas artísticas modernas (fotografía y montaje ) y la
adhesión y participación del artista en la lucha de clases"(58). En
el ya aludido "El autor como productor", Benjamin estima que lo
esencial no es que la obra de arte actúe como un vis-á-vis
(cara a cara) de las relaciones de producción sino que actúe
dentro de este proceso. Benjamin acude entonces al concepto
de Brecht de "transformación funcional"
(Unfunktionierung) como un desplazamiento de las
formas de producción de la sociedad capitalista desde su uso opresor
a una función liberadora. Esta conversión es el desafío de una
intelligentsia progresista. La cuestión entonces no es ya
"pertrechar el aparto de producción", sino "modificarlo en un
sentido socialista". El artista se considera ahora como productor, y
su meta es, por medio de las técnicas modernas de producción,
situarse en una posición crítica, liberadora, y próxima a un arte
popular capaz de elevar y liberar al
proletariado.
El posible uso
liberador de la técnica fotográfica en la variante de su montaje
dadaísta es precursor de un uso igualmente liberador que Benjamin
encuentra en el cine. La ya aludida dispersión dadaísta en la
captación de la obra también es modelo de influencias progresistas.
Y la disipación del espectador del cine (prolongación de la
dispersión dadá) es, a su vez, una extensión de la atmósfera
sensorial de la vida moderna. Desde este ángulo, el cine como
ejemplo de la transformación técnica del arte es sólo entendible
mediante la previa relación entre el individuo y la ciudad
moderna.
VI
La ciudad moderna y su impacto
sensible sobre el individuo. Este es el momento de invocar la
fecunda hermenéutica benjaminiana de Baudelaire, como poeta del
París del siglo XIX, arquetipo de la pujante ciudad de
masas. Benjanin
proyectaba una obra que sería su gran legado. El libro de los
pasajes (Passagenarbeit) sería una visión
histórica-filosófica sobre el siglo XIX a través de París, sus
calles, sus cambios edilicios, sus tipos sociales, y la interacción
multitud-urbe, mercado-mercancía. Benjamin nunca completó esa obra.
Una diferencia con la obra adorniana, en sí misma acabada, de la
Dialéctica negativa o La teoría estética. Un rasgo de
inacabamiento que confirma la condición fragmentaria de la escritura
benjaminiana. Muchos de los papeles que habrían de integrar la obra
no consumada fueron entregados por Benjamin, antes de abandonar
París hacia la frontera franco-española, en diciembre de 1940, al
secretario de la Biblioteca Nacional: Georges Bataille, otro
pensador destinado a resignificar la filosofía de la historia de
cuño ilustrado (59).
París, capital del siglo XX, es
uno de los textos que esbozan el proyecto del libro de los Pasajes.
Y dentro de esa meditación, Baudelaire es el poeta esencial para
Benjamin. A través de la obra del autor de Las flores del
mal, puede ser pensada la modernidad. En lo moderno se expande
la desertificación fetichista de la mercancía. Frente a esto, el
artista protege la percepción de lo bello, y su contenido eterno y
platónico, dentro del propio tiempo, en el espectro variado y
colorido de las costumbres, los vestuarios, los pasajes, las
arquitecturas y personajes de la gran ciudad (60). Ante la
mercantilización de las obras de arte, y la creciente
homogeneización, Baudelaire piensa una actitud de resistencia en la
singularidad del dandi y el flaneur. El dandi hace de su
vestimenta no el exhibicionismo de la moda pasajera, sino una forma
de autoconstrucción de la subjetividad, desde un "cuidado de sí"
(61). El dandi es un coletazo de las épocas aristocráticas que
sobrevive antes de la consolidación completa del impulso
igualador de la democracia. El dandi es el "carácter de oposición y
de rebeldía" que pugna por "combatir y destruir la trivialidad"
(62).
El flaneur, por su parte,
es el individuo que deambula en un límite fronterizo. Es el
paseante, el que deriva entre las calles sin un propósito o meta
definida. En su bohemia, el flaneur no pertenece a la clase
obrera ni a la burguesía. Es el solitario. Pero que deambula entre
la muchedumbre. Su relación con un tiempo de caminata y placer es
negación de los mandatos de Taylor, o de Rattier en su Paris
no existe pas (63).
En el París del flaneur lo
público devora lo privado. Las calles devienen continuación de la
vivienda íntima. Las luces de gas iluminan ahora los pasajes en la
noche. La luz eléctrica derrama seguridad y claridad en las horas
nocturnas. Comienza "el esplendor del noctambulismo", y las calles
del pasaje se convierten en nuevo interior. En los pasajes los
vehículos aún no compiten con los peatones. Ante el centelleo de las
llamas de gas, el cielo estrellado desaparece. La luz artificial,
más que las casas elevadas, conspiran contra su visión. Entonces,
"la luna y las estrellas no merecen ya mención alguna"
(64).
Y el flaneur vaga entre
esa nueva realidad urbana. Y también deambula por el bazar, el
laberinto de las mercancías. El flaneur es un abandonado,
como las mercancías, abandonadas en la espera del comprador. La
multitud es asilo y narcótico. Baudelaire, crítico de la falsa
ansiedad del haschisch y sus "paraísos artificiales" (65),
habla de la "ebriedad religiosa de las grandes ciudades". El caminar
por la ciudad moderna es cambio constante de perspectivas y ángulos.
Sucesión cambiante de peatones, carruajes, destellos de fachadas y
escaparates. El paseo por la ciudad de Baudelaire, que es preámbulo
de la megalopolis contemporánea, es invadido por bruscos golpes
sensoriales, cambios súbitos, shocks, colisiones.
Y el avance de la mecanización
reduce a un solo acto lo que antes suponía un proceso. El encendido
de la luz por un fósforo, o la comunicación telefónica mediante el
levantar un receptor, sustituyen las numerosas acciones necesarias
para hacer fuego o para girar la manivela de los primitivos aparatos
telefónicos. La fotografía es otro ejemplo del proceso de
simplificación de lo complejo en una brusca acción única al
comienzo. Una fotografía implicaba numerosos pasos que luego son
sustituidos por la instantaneidad del disparo.
Entre la ebullición sensorial
de la ciudad el hombre debe permanecer en una alerta decodificadora
de signos. Debe avanzar ateniéndose a las cambiantes señales de
tránsito, al paso de otros peatones. En esta corriente cotidiana de
exaltación, el individuo se aísla. Benjamin cita a Paul Valery,
observador sagaz de la civilización contemporánea: "El habitante de
las grandes ciudades vuelve a caer en estado salvaje, es decir en
estado de aislamiento" (66).
El aislamiento dentro las
multitudes hace que cada individuo se pierda o extravíe en sus
intereses privados. En la masa los individuos se disipan en una
generalidad abstracta. No hay algo común que los una. La única
unidad es el mercado, donde los intereses privados no giran en torno
a la persona sino a la acción instrumental del intercambio.
Baudelaire se aproxima a las
masas por su admiración de Poe, por su traducción de "El hombre de
la multitud" (67), donde el genio de "La caída de la Casa Usher"
imagina un narrador en Londres que, sentado en un bar, a través
de una ventana, contempla el paso de la muchedumbre. En la visión de
Poe sobre la multitud no hay lugar para ninguna reflexión sobre el
abandono fetichista de la mercancía, y su paralelo proceso de la
división social del trabajo y la desintegración de la libertad en el
capitalismo. El trasfondo de Poe es otro. Es el desvanecimiento de
lo individual y su reducción a tipos sólo detectables por su
vestimenta y su aspecto fisonómico; o la keep smailing como
respuesta a los empellones que se reciben de los otros dentro de la
multitud. Cunde entonces la incapacidad para la privacy, para
la soledad de la introspección.
Y "El hombre de la multitud", en el
que el narrador de Poe volcará su atención finalmente, es aquel que
no puede encontrarse a gusto más que en la calle, en lo público, en
lo multitudinario (68).
El hombre sometido a los schocks
constantes somete su sistema sensorial, su sensorium, "a un
complejo trainning" (69). Es aquí donde, desde Baudelaire y el flaneur y la
brusquedad sensorial de la urbe de masas, Benjamin regresa a la
meditación sobre el cine, el arte de masas por excelencia que
liquida la unicidad aurática. La reflexión es ahora breve, y esta
brevedad no es secundaria. Si el hombre de la multitud debe
entrenarse en sus reacciones a la sobrestimulación sensorial
contemporánea, es esperable que llegará "el día en que el film
corresponda a una nueva y urgente necesidad de estímulos"
(70). Se inicia aquí el distanciamiento en Benjamin de su
primera postura optimista respecto a las posibilidades liberadoras
del cine de masas. Las críticas de Adorno surten su efectos. Adorno
entiende que sólo el arte hermético y de talante elitista, generado
por unos pocos, y destinado a la lucidez interpretativa de unos
pocos, encierra una potencialidad utópica liberadora. Un arte
vinculado a la diversión, al entretenimiento de las masas, no podría
ser genuina expectativa de una transformación dialéctica. Ahora, el
espectador de la distancia crítica y el goce en la dispersión, se
pierde en una marea de sobreestimulaciones.
La brusquedad de los schoks es parte
también del trabajo alienado del obrero como apéndice de la máquina.
Antes del reino fabril de la máquina, el trabajador producía con sus
manos. La manufactura era efecto de un ejercicio, una habilidad
desplegada en una tradición, en una experiencia transmitida de
generación en generación. Pero bajo las garras del capital, y como
advierte Marx: " no es el trabajador el que utiliza la condición de
trabajo, sino la condición de trabajo es la que utiliza al
trabajador; sólo con la maquinaria esta inversión conquista una
realidad técnicamente tangible" (71). El obrero ya no es hábil
practicante de un ejercicio manual; ahora es un autómata amaestrado
por la máquina para que ejecute una sucesión de actos mecánicos que
sostiene la producción de mercancías con un ritmo
determinado.
Y ahora, el cine, lejos de su
potencia liberadora, es parte de la alienación de la producción
fabril: "En el film la percepción por schoks se afirma como
principio formal. Lo que determina el ritmo de la producción en
cadena condiciona, en el film, el ritmo de la recepción"
(72).
La multitud ya no es salvada por la
magia de la cámara. Ya no es posible el sendero progresista. La
conmoción sensorial y la producción capitalista desembocan en un
mismo estremecimiento alienante. Sin en la historia hay lugar para
la salvación, para el salto revolucionario, éste procederá desde una
costa distinta a la del arte.
VII
Benjamin piensa en la proximidad de la
Escuela de Frankfurt. La intención de los fundadores de esta Escuela
es el estudio del marxismo, libre de intromisiones partidarias o de
la institución universitaria. Desde su fundación, en 1924, hasta la
asunción de Horkheimer como director (del Instituto de
Investigaciones sociales como era su nombre inicial), no se
trasciende el marxismo ortodoxo. Desde entonces se inicia un
neomarxismo que se construye sobre varios principios neurales. Uno
de ellos es la teoría crítica en colisión con la teoría tradicional.
Esta última pretende conocer desde la neutralidad valorativa y desde
una supuesta objetividad del sujeto cognoscente. El positivismo será
el producto más recalcitrante de esta mirada gnoseológica espuria.
En contra de la asepsia de la teoría tradicional se yergue la teoría
crítica que revela el condicionamiento histórico-social de toda
postulación teórica del sujeto. El sujeto de conocimiento no es
abstracto. No es la subjetividad kantiana de la apercepción
trascendental, o el espíritu absoluto hegeliano, o el sujeto
matemático-racional newtoniano. El lugar del sujeto, su mirada, sus
productos, su misma existencia es efecto de campos de fuerzas que el
materialismo histórico sitúa en la infraestructura económica, en la
dinámica de los imperativos de las fuerzas y relaciones de
producción. No hay neutralidad axiológica. El sujeto conoce desde un
cúmulo de valores socialmente condicionados.
La teoría crítica reivindica un
aspecto luminoso de la Ilustración: la acción crítica como
desenmascaramiento de ilusiones y dogmas. Esta actitud es afín a la
crítica desenmascaradora, con pretensiones de rigor científico, del
capitalismo que Marx consuma en El capital. Pero la salud de
la crítica ilustrada se corrompe en su contacto con la dimensión
instrumental propia de la lógica del mercado y del
capital.
La teoría crítica frankfurtiana
se empeña en diferenciar una razón emancipadora, la razón sustantiva
u objetiva, y la razón instrumental, subjetiva o formal (73). Esta
racionalidad instrumental se extiende al ámbito del Estado y de las
relaciones interpersonales, y a la búsqueda de los mejores medios
para las máximas utilidades. El medio es la forma elegida por un
sujeto calculador para la concreción de resultados. En su uso
instrumental la razón se divorcia de un tejido de valores objetivos
que se oponen a la opresión, y a la denigración de la dignidad
personal en el trabajo alienado de la producción capitalista y la
injusticia de la plusvalía. La razón instrumental o subjetiva niega
la acción crítica-liberadora como cumbre de la facultad racional.
Por eso, la razón sustantiva debe ser protegida por las lanzas de
una teoría crítica. Que también, desde uno de sus vectores más
enérgicos de investigación, explora las causas de la adhesión de las
masas al totalitarismo.
La Escuela de Frankfurt, compuesta por
intelectuales judíos, emigra a Estados Unidos en 1933. En ese
entonces, pertenecen a la escuela Adorno y Marcuse. Adorno es músico
y filósofo. Admira a Arnold Schoenberg cuya música conoce en Viena.
Adorno representa otro de los aspectos innovadores de los teóricos
de Frankfurt: la valorización del arte como herramienta crítica y
como garantía utópica de una futura liberación. El marxismo ortodoxo
sitúa al arte en la superestructura, como efecto mecánico de la
infraestructura. El arte como el derecho, la filosofía o el Estado,
sería un instrumento de la lucha de clases y del oscurecimiento
ideológico del verdadero proceso social. Pero la Escuela de
Frankfurt piensa a la cultura como proceso autónomo, no totalmente
deducible de las tensiones de la base socioeconómica. En el arte
centellea la alteridad, la visión de la otredad que niega la
repetida afirmación del monstruo cotidiano de la alienación
capitalista. Para Adorno, el arte es reservorio utópico de lo otro,
de una sociedad de la libertad que aún espera. Estética y política
se encastran en una expectativa revolucionaria común. Pero siempre
subsiste el reparo de nombrar la sociedad que preserva lo utópico,
como si en esto resonara el mandato cabalístico de la prohibición de
nombrar a Dios (74).
La integración entre lo estético
y lo político es afín a la fusión de discursos diferentes. Así,
Marcuse integra marxismo y psicoanálisis, y Benjamin teología y
materialismo histórico; y Horkheimer, en su última etapa, fundirá en
un elixir común el materialismo dialéctico con la indagación
religiosa sobre el sufrimiento y la caída (75).
Otro sonido del tambor de la
teoría crítica es el rechazo de la idea de totalidad. Hegel es el
arquetipo ineludible de la racionalidad totalizante. En el pensar
hegeliano lo real es racional y, por lo tanto, el ser se muestra en
el gran relato de una totalidad conceptual. La primacía de los
conceptos generales sofoca lo particular. No hay sitio para lo
diferente al sistema racional. Frente a la negación de una
afirmación, la dialéctica hegeliana asegura el triunfo de una
superación (Aufhebung) que reintegra lo opuesto en una
restablecida identidad.
La totalidad hegeliana, donde
toda negación es superable en términos dialécticos, impide que nada
sea exterior al sistema.
Frente a la dialéctica afirmativa
Adorno contrapone la dialéctica negativa. El destino de lo
dialéctico no es ahora absorber oposiciones o diferencias. Su misión
más alta es mantener la comunicación entre lo conceptual y lo no
conceptual, entre lo racional y lo no racional, entre el sujeto y el
objeto. El objeto como instancia diferente del sujeto no será
engullido por una afirmación conceptual general. La esfera objetual
de las cosas y las formas de la naturaleza son aceptadas en su
independencia. El objeto no es fagocitado por el sujeto. Ahora
brilla en su valor propio. En Adorno y Benjamin el objeto posee
primacía. En el terreno del coleccionismo, el objeto guía al sujeto
coleccionista. Y, en Adorno, contrariando a Kant y su doctrina del
entendimiento a priori y sus categorías constituyentes del
objeto, " el objeto, y no el sujeto era lo preeminente: era la
previa estructura históricamente desarrollada de la sociedad la que
hacía que las cosas fuesen como eran incluyendo las reificadas
categorías de la conciencia kantiana" (76).
El objeto es determinado
históricamente, pero esto no significa que su significado sea
plenamente aprehensible en términos racionales. De hecho, el objeto
no es plenamente racional, aunque su alteridad puede ser comprendida
racionalmente. El objeto no es efecto de un sujeto apriorístico o
metahistórico. Pero el objeto no puede ser tampoco recibido
pasivamente como quería el positivismo sino a través de lo que
Adorno llama la "fantasía exacta". En su conferencia inaugural La
actualidad de la filosofía, la filosofía recupera el ars
inveniendi. La fantasía inventiva supone que "el sujeto disponía
activamente sus elementos, ubicándolos en relaciones diversas hasta
que cristalizarán en una que hiciera que su verdad fuera
cognitivamente accesible" (77). El sujeto recombina el orden o
disposición de los elementos que le ofrece la realidad. Pero no para
ir más allá de los fenómenos, sino para descubrir nuevos destellos
entre las "enigmáticas figuras de la existencia empírica". La
fantasía es "exacta" porque se atiene "al material que las ciencias
les presentan". En este contexto, la tarea de una filosofía
materialista, como la que pretende Adorno, no es entonces ya ninguna
totalidad, como en el idealismo filosófico, sino construir figuras,
constelaciones de elementos particulares cuya combinación y análisis
permiten la comprensión sin el sometimiento de lo particular bajo un
sujeto que reduce lo real a una representación general y abstracta
(78).
En Passagenarbeit,
Benjamin se proponía desplegar un "calidoscopio de constelaciones"
para comprender al siglo XIX, en cuyo centro brilla París. La
constelación benjaminiana integra la diversidad del flaneur,
el coleccionista, la prostituta, la moda, la fotografía, el empleo
frecuente del acero y el vidrio en las reformas edilicias urbanas.
En la multiplicidad de las
constelaciones se abriga la relación entre el fenómeno, el concepto
y el nombre. En Kant el sujeto está imbuido de la facultad a
priori del entendimiento que, de forma espontánea, produce los
conceptos de validez objetiva que determinan o poseen al objeto. El
sujeto que construye el horizonte de los objetos responde al terreno
del conocimiento como erkenntnis. En la posición
benjaminiana, la forma contraria del conocimiento es la
erfahrung, de la que ya hablamos desde otro lugar, y que
ahora es la traducción ideal de lo empírico. La independencia de lo
sensorial no es sólo la sensación como ámbito previo a la acción
modeladora del espacio y el tiempo apriorísticos y la aplicación de
las categorías kantianas. Lo sensible es determinación empírica,
fenómeno que brilla en su autonomía y
particularidad.
En Sobre el programa de la filosofía
futura, Benjamin se propuso la fundación de "un concepto más
elevado de la experiencia". La filosofía futura debe superar la
restricción del concepto de la experiencia a las ciencias
matemáticas de la naturaleza tal como ocurre en la Escuela
neokantiana que gira en torno a Hermann Cohen, cuya obra,Teoría
kantiana de la experiencia , es leída por Benjamin. La búsqueda
de un conocimiento más puro, que supere los límites del horizonte
kantiano, supone un retrotraerse al lenguaje y la idea de dios (como
hemos consignado al analizar el ensayo benjaminiano del lenguaje).
Este giro se consuma desde un sustrato teológico judaico y
cabalístico. La verdad sólo se manifiesta desde el ámbito del
lenguaje. Y la filosofía debe pensarse desde el regreso al vínculo
lenguaje-divinidad. Así, el problema capital de la filosofía
venidera "puede concebirse como la de descubrir o crear un concepto
de conocimiento que...haga posible no solamente la experiencia
mecánica, sino también la experiencia religiosa. No se pretende
decir que con ello ha de lograrse el conocimiento de Dios, pero sí
que ha de hacerse posible su experiencia y la teoría que a Él se
refiere" (79). La apertura a lo teológico desde lo filosófico no es
una postura exclusiva de Benjamin en su tiempo; también fue un
momento importante de la gestación del pensamiento heideggeriano
(80). Una actitud de regreso a una indagación de un sentido
primordial que recuerda a los románticos en su volver a la mitología
ante la racionalidad sofocante de la modernidad científica. Una
revitalización de lo filosófico ante el agotamiento del mundo
burgués desde lo premoderno, o en una relectura de los románticos
como ocurre también con La teoría de la novela de Luckács, y
el Espíritu de la utopía, de Bloch (81).
En El origen del drama
barroco (Ursprung des deutschen Trauerspiels) (82) Benjamin ya
había meditado en la complejidad del vínculo fenómeno-idea.
En la representación de
las ideas (Darstellung der Ideen) lo empírico es traspolado a
lo ideal. En la cultura moderna que se cristaliza desde el
pensamiento cartesiano en el siglo XVII, lo empírico es sustituido
por la representación conceptual o mental del sujeto. Pero los
fenómenos no pueden ser plenamente traspuestos a la idea (o a una
representaión general); sólo dejan translucir los elementos
particulares. "Los fenómenos...no entran en su totalidad en el reino
de las ideas, sino que son redimidos sólo en sus elementos" (83).
Para Benjamin, el fenómeno no es subsumido en una totalidad cerrada
y plenamente conceptual, en una representación que absorbe o diluye
lo particular dentro de lo general. Las ideas pertenecen a la
dimensión propia del sujeto; "no están dadas en el mundo de los
fenómenos". El conocimiento legítimo nunca puede ser posesión de un
orden de cosas (desde la representación unilateral del sujeto).
El genuino conocimiento filosófico,
para Benjamin, abre sus poros allí donde es la revelación y
presentación de la verdad. En el Trauerspiel, Benjamin
diferencia con claridad entre el conocimiento como posesión o
adquisición de datos o propiedades sobre conjuntos de objetos o
seres, y la verdad. El conocimiento no existe desde el comienzo como
lo que se presenta a sí mismo. Lo que directamente se presenta a sí
mismo, en cambio, es la verdad. La filosofía, se revela como verdad
allí donde el lenguaje transforma las cosas en palabras. Por la
mediación del lenguaje la verdad fulgura en la síntesis entre la
recepción de la cosas y la espontaneidad del sujeto que le brinda un
nombre. Por el contrario, en el conocimiento como posesión, falso
conocimiento, la particularidad se suprime. El concepto absorbe lo
particular y lo disuelve. En la genuina representación filosófica de
la verdad, los elementos particulares de los fenómenos constituyen
ciertas relaciones para formar una idea. Así, la cosa, lo empírico,
el fenómeno se transforma en idea. Y, por esta vía, la cosa es
preservada y no absorbida por los conceptos generales y
apriorísticos.
El concepto en su función
legítima es equivalente al nombre. El nombre, como advierte Benjamin
en el comentado ensayo sobre el lenguaje, no es lo general sino la
traducción en palabra de la específica particularidad de una cosa.
El concepto así entendido protege lo particular, en su centelleo
singular, dentro de la universalidad de la lengua. Entonces, la
cosa, al ser pensada en su particularidad, es redimida
(Rettung). Lo empírico recupera parte de su esplendor. Ahora,
la alteridad de lo particular no es aplastada por los sistemas (de
Platón, Hegel, Leibniz, Descartes) donde la idea absorbe al objeto.
Luego del concepto que brinda un nombre a lo particular como
particular, el sujeto amplía el conocimiento al descubrir las
relaciones que unen a los fenómenos.
Pero Benjamin no puede
conformarse con la preservación de lo particular como cosa pura.
Sobrevive en esta actitud un peligroso misticismo. Que mediante la
influencia correctiva del materialismo histórico conduce al
Benjamin, pensador de la mística del nombre, que protege lo singular
de las cosas, al recuerdo del dolor que pavimenta con grietas y
heridas el camino de la historia. Ese dolor aún no redimido, de las
generaciones abatidas y olvidadas.
IX
La última pieza ensayística
benjaminiana, su manifiesto definitivo es la "Tesis de la filosofía
de la historia". Lugar del cruce entre teología y marxismo. El
testimonio de un peculiar misticismo humanista. Desde muy joven,
Benjamin cultivó la valoración religiosa de un orden divino que
irrumpe en lo histórico, en abierto desafio a la idea racional del
progreso histórico: "Los elementos del estado final no se
manifiestan con una tendencia progresiva aún sin configurar, sino
que se encuentran incrustados en el presente en forma de obras y
pensamientos absolutamente amenazados, precarios y hasta burlados.
La tarea de la historia no es otra, en consecuencia, que representar
el estado inmanente de la perfección como algo absoluto, y hacerlo
visible y actuante en el presente" (84).
También influye en él el método de la
interpretación cabalista del texto bíblico. El cabalista descompone
y recompone el texto sagrado. En este juego hermenéutico de las
recombinaciones puede estallar algún destello del misterio divino
más profundo. El proyecto más audaz y genuino del libro de los
pasajes de Benjamin era una obra compuesta exclusivamente de citas,
de combinaciones de lecturas, de visiones intempestivas en cuyas
combinaciones podría brotar una comprensión no sistemática del
horizonte histórico del siglo XIX.
El ojo místico de Benjamin coexiste
con su ojo marxista y materialista. Pero el modo de ver que
prevalece en este ojo es la visión religiosa. Benjamin inicia el
ensayo de la Tesis con la imagen de un muñeco, vestido a la
turca, con una pipa que juega al ajedrez. El muñeco se cobija dentro
de un enano jorobado que, mediante sutiles hilos, dirige las manos
del jugador. El enano es la teología. La acción revolucionaria en la
historia, meta del marxismo, es dirigida, en silencio, por la
voluntad divina. Pero esta prioridad de lo teológico debe ser
ocultada. Porque en un mundo plenamente secularizado la teología "es
vieja y fea". El ocultamiento de la primacía de lo teológico no
disuelve el hecho de que el muñeco es guiado por el enano-teología.
La alegoría se inspira en un cuento de Poe, traducido por
Baudelaire, "El jugador de ajedrez de Maelzel". Aquí, un ajedrecista
autómata es presentado por el barón Wolfgang von Kempelen ante la
corte de Viena en 1769. La exhibición de su rareza se extiende
luego a los Estados Unidos mediante una gira organizada por Johann
Nepomuk Maelzel. La descripción del autómata benjaminiano es casi un
calco del que existe en el relato de Poe. La relación entre el autor
de "Ligeia" y Benjamin en este punto surge al cotejar la relación
entre el autómata y un influjo espiritual: "...la conclusión
filosófica de "El jugador de ajedrez de Maelzel" es la siguiente:
'No hay duda alguna de que los movimientos del autómata son los
regulados por el espíritu y no por otra cosa". En Benjamin, el
espíritu de Poe se convierte en la teología, es decir, el espíritu
mesiánico, sin el cual el materialismo histórico no puede "ganar la
partida ni la revolución, triunfar" (85).
La construcción revolucionaria del
hombre no es pensada por Benjamin, como en el marxismo ortodoxo,
desde una provisional dictadura del proletariado que oficie de
preludio de la sociedad sin clases. El protagonismo directo de la
clase proletaria es sustituida por la memoria, como acto protector
de la potencialidad revolucionaria. El sentido de la memoria no
puede divorciarse del hecho de cómo se vive el recuerdo. El
historicismo recuerda desde las alturas de la minoría que domina y
vence en la historia. El historicista se une con lo que recuerda, y
lo que recuerda es lo que elige recordar desde la unilateralidad de
su mirada del pasado. "La empatía historicista resulta ventajosa
para los dominadores de cada momento" (86). El historiador
materialista, en cambio, con lúcida claridad, puede percibir que los
bienes culturales "deben su existencia no sólo al esfuerzo de los
grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre
anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura
sin que lo sea a la vez de la barbarie" (87). El recuerdo que
recupera el historiador materialista no son los supuestos grandes
hechos acontecidos desde la óptica de los vencedores. No recuerda a
los grandes hombres, sino a la "servidumbre anónina", a los hombres
que, desde el anonimato, como postulaba Brecht, construyeron la
Tebas de la siete puertas. El Mesías, luego de ser pensado como
redentor, debe ser también "vencedor del Anticristo". Y esto, en una
traducción materialista, significa: la victoria es la liberación de
los opresores que masacran, silencian y olvidan a los
oprimidos.
Para el historiador
materialista, la imagen del pasado sólo regresa como "imagen que
relampaguea", imagen inestable, que fulgura siempre en el borde de
la extinción. La retrovisión del pasado bajo el peligro y la
instantaneidad relampagueante no entrega una tormenta de
información, sino una catastrófica acumulación de ruinas. Sobre la
devastación vuela el "ángel de la historia", el angelus novus
de un cuadro de Klee, el ángel del pasado. Su intención sería
"despertar a los muertos y recomponer lo despedazado". Pero su
voluntad liberadora es obstruida por un viento del paraíso que
fragua un huracán, y que golpea sus alas hacia el futuro, "al cual
da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él
hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos
progreso." En contra de la filosofía ilustrada del progreso
constante, Benjamin descubre la aridez de las ruinas, la historia
como conmoción destructiva. Es la historia bajo el castigo bíblico,
asociado al viento que expulsa y aleja del paraíso. El quejido
continuo de los olvidados necesita de una acción
redentora.
También la idea de la naturaleza de la
socialdemocracia cae bajo la crítica benjaminiana por su
absolutización del trabajo como forma de "resurrección secularizada
", y como "fuente de toda riqueza y toda cultura". El concepto
marxista del trabajo, sin una mediación conceptual que le devuelva
el dinamismo dialéctico, no piensa suficientemente los efectos del
trabajo sobre la naturaleza. La explotación de la naturaleza se
ofrece ingenuamente como alternativa a la salida de la explotación
del proletariado. Benjamin reinvindica al escarnecido Fourier, con
su idea de una comunidad, el falansterio, y su respeto por la
naturaleza a fin "de hacer que alumbre las criaturas que como
posibles dormitan en su seno" (88).
La impugnación de la socialdemocracia
actúa en un registro parecido a la descomposición crítica que
Benjamin consuma en su "Ensayo contra la violencia", a propósito de
la violencia policial como medio ejecutor de la normatividad
jurídica del Estado, bajo la complacencia de la democracia
parlamentaria (89).
La ilusión del progreso, bajo cuyo
hechizo caen tanto la teoría socialdemócrata como la historia
digitada por la ilustración, es deudora de un tiempo vacío y
homogéneo. El tiempo vacío es repetición del pasado que oprime y
cosifica. Es la continuidad que quieren los vencedores, desde sus
cumbres del poder. El tiempo vacío pretende ser un impulso constante
de progreso. Pero todo idea de progreso en la historia es un brillo
engañoso. Antecesor de la denuncia benjaminiana del falso ideal del
progreso, fue Auguste Blanqui. El autor de L'Éternite par les
astres. Un personaje opositor al poder, habitante repetido de
las cárceles monárquicas, republicanas o imperiales. Blanqui
denunció la historia como repetición de lo mismo, como reiterada
irrupción de la catástrofe de la opresión. El infierno es la
asfixiante repetición de lo opresivo en el contexto de la cultura
decimonónica o de la Primera Guerra Mundial. En la historia como
infernal repetición de lo mismo, no hay progreso. Y la repetición
sólo es quebrada por el estallido de un tiempo-pleno, un
"tiempo-ahora" (Jetztzeit), que hace saltar el
continuun de la historia. Es la revolución de lo temporal
vacío por la introducción de un tiempo impregnado de significado
festivo y redentor. La Revolución Francesa restablece un nuevo
calendario, inspirado en la Roma Antigua y pagana, que regresa a un
tiempo donde lo actual no es espectral reiteración de lo mismo sino
potencialidad transformadora. La energía revolucionaria se vincula
con la conmemoración, con los días festivos que conmemoran una
intensidad pasada. El tiempo pleno propicia la liberación del
tiempo-reloj, de la temporalidad medida. Por eso, Benjamin recuerda
la espontánea acción de los revolucionarios de la Revolución de
Julio. Al extinguirse la luz "del primer día de lucha ocurrió que en
varios sitios de manera independiente y simultáneamente, se disparó
sobre los relojes de las torres" (90).
El tiempo pleno y su condición
detonante implica la incorporación de la detención dentro del
movimiento de la homogenidad vacía. El historicismo repite siempre
el despliegue de la historia, como historia universal, mediante la
sumatoria o adición de hechos; y pregona el regreso a un presunto
origen invariable mediante el lema "érase una vez". Para la historia
materialista, tal como la entiende Benjamin, lo propio de lo
histórico no es sólo el movimiento y continuidad de hechos e ideas,
sino una construcción asociada con la detención y la monada.
Detención no es anulación de la potencialidad o del impulso de
innovación o superación dialéctica. La detención
es cristalización de lo temporal en un fugaz centro donde las
tensiones de lo pasado se vierten en el tiempo-ahora. Ese lugar de
concentración es la monada. Sitio de concentración de la expectativa
y el recuerdo. La monada es inclusiva. Las obras de una vida se
concentran en la obra, " y en la obra de una vida la época, y
en la época el decurso completo de la historia" (91). Y lo
monádico, en un momento de detención, puede abrirse. La monada se
abre entonces en su detención, y adquiere la doble valencia de
proceso mesiánico y liberación-redención de las generaciones
ahogadas en la opresión. Así, eclosiona la "detención mesiánica del
acaecer", o dicho de otra manera: irrumpe "una coyuntura
revolucionaria en la lucha en favor del pasado oprimido" (92). El
presente del tiempo homogéneo es vacío. En cambio, la actualidad del
tiempo-ahora es monádica concentración de la "historia toda de la
humanidad". El presente no es efecto o causa. No se desplaza en la
causalidad. No es sucesión cacafónica de datos. Por el tiempo-ahora
se infiltra en lo histórico "las astillas de lo
mesiánico".
Los judíos experimentaban el tiempo
pasado como conmemoración. Como un revivir lo pretérito mediante la
memoria. La persistencia de la conmemoración protege y retiene la
mudez sufriente de lo pasado, la voz de las generaciones sepultadas
bajo el frío lodo del olvido. La memoria concentra en el presente el
torrente de tensiones y expectativas; por lo que el ahora es
traspasado por lo inminente. Por la inminente detención que es el
acaecer mesiánico, "ya que cada segundo era la pequeña puerta por la
que podía entrar el Mesías".
IX
Los trenes,
las máquinas, las fábricas gritan sobre la tierra dolorida. Las
sombras caen sobre las sombras. Dominar, poseer, acumular, ostentar
y reír es lo que complace al vientre del capital. La satisfacción
del poder aplasta girasoles, tritura semillas radiantes ya antes de
su florecer.
Pero
la hierba y las piedras, los mares y las montañas, recibieron alguna
vez la luz de una extrema fuerza creadora. A pesar del velo
oscurecedor, algo queda de la radiación inicial de las cosas y los
seres. Algo aún centellea.
Ver
los destellos del jardín perdido entre el desierto. Coleccionar los
destellos de una intensidad sobreviviente. Pensar desde la palabra
que sabe que su dignidad superior no es la clasificación, la
descripción de la ley matemática, o las definiciones de lo histórico
más gratas para el poder triunfante.
Benjamin, pensador ensayista, ya no es topógrafo del
gigantismo conceptual del sistema. No construye las columnas de una
racionalidad omniabarcante. Pero tampoco encuentra su principal
deleite en golpear los pies de barro de las filosofías de la
totalidad.
El
pensador se deleita cuando es coleccionista de ágatas en una playa
de tesoros sobrevivientes, cuando es defensor de la teoría crítica y
de la creencia religiosa que quiebra el cuello de la historia que
olvida el sufrimiento pasado.
Nietzsche asegura que el verdadero filósofo es un
niño o un farsante. El auténtico amante del sofos es un
adulto que piensa desde el asombro infantil. Para Benjamin, el
hechizo de la infancia no es sólo evocación nostálgica sino el
modelo de un pensar sensible ante la rareza de lo diverso. Actitud
opuesta al pensar sólo receptivo a las grandes estructuras de un
conocimiento sistemático.
Benjamin pondera el coleccionismo de Fuchs. Pero él
también fue coleccionista de libros infantiles ilustrados (93).
Antes de la teorización sobre el coleccionista, experimentó la
relación específica que el coleccionar inaugura con los objetos. En
su artículo "Alabanza de la muñeca (1930). Un comentario sobre las
muñecas y títeres de Max von Boehen", manifiesta: "la verdadera
pasión del coleccionista, la que por lo general se ignora es siempre
anárquica, destructiva". Y se distingue "por la porfiada y
subversiva protesta contra lo típico, lo clasificable" (94).
Benjamin habla de la falta de actitud del verdadero coleccionista en
Boehn. Habla desde su propia praxis como coleccionista. Sabe así que
en el comienzo del proceso del coleccionar se destaca "lo anárquico"
y "destructivo", es decir una "protesta" contra aquello que sólo
existe dentro de un tipo general, de una clasificación o taxonomia.
Las clasificaciones de los conjuntos de los seres, o la indicación
del supuesto conjunto que a todos los contiene, es supresión o
liquidación del "objeto único" al que el coleccionista es fiel. Pero
el respeto por la singularidad del objeto no es refractario a un
nuevo orden. Mas este orden son los tesoros individuales que
componen una "enciclopedia mágica". Así se preserva al objeto en su
individualidad siempre expuesta al olvido, o a su rechazo como
residuo en un mundo de objetos genéricos, útiles,
descartables.
El objeto
que atrae la atención de Benjamin en este momento es,
alternativamente, el juguete o el libro infantil. La percepción de
la rareza del objeto lúdico-infantil es silenciosa resistencia ante
el desvanecimiento del aura y su lejanía bajo la reproductibilidad
técnica. El coleccionista ve la textura fisonómica propia de colores
y formas del objeto coleccionable. Así, al observar al anticuario
que manipula el objeto antiguo en una vitrina, Benjamin descubre que
"los coleccionistas son fisonomistas del mundo de los objetos" (95).
El tacto, la proximidad física con el objeto singular, inspira o
enciende una luz de asombrada concentración en su rostro. Cuando
tiene entre sus manos la cosa coleccionable, el coleccionista parece
"...un mago que viera a través de ella su lejanía" (96).
Benjamin
piensa primero el coleccionismo en el ámbito del mundo de la
infancia. En este horizonte, el objeto aún conserva su lejanía,
una impronta aurática. Una intensidad originaria. El objeto
impregnado de infancia concentra y conserva una rica plenitud. Donde
lo diverso no es todavía ahogado por lo genérico.
Además de
coleccionista de libros infantiles, Benjamin tuvo oportunidad de
hablar para los niños a través de la radio entre 1929 a 1932. Aunque
no valoró mucho esta actividad, aquí se aprecia una recuperación de
la condición del narrador por la vía de un medio técnico aún no
totalmente contaminado por la degradación manipuladora del fascismo
hitlerista, o de la industria cultural norteamericana
(97).
Las
reflexiones sobre el coleccionismo desde el interés por los objetos
infantiles son continuación del Benjamin que evoca su propia vida
infantil en Berlín. En Infancia en Berlin hacia 1900, el
pensador se sumerge en la versatilidad mágica de la niñez. Benjamin
recuerda lugares, hechos, personajes, de su pasada vida de niño
berlinés. El ensayista coleccionista recuerda su pupitre, el sitio
preferido de su habitación. Un pupitre especialmente construido para
el niño miope que era Benjamin. El niño Benjamin que, al volver del
colegio, celebra la presencia de su pupitre. Entonces, es feliz al
disponer sobre su superficie racimos de libros para darle imágenes a
un juego de calcomanías. El calcar es una asombrada navegación entre
muchas figuras. Al frotar y raspar, al advertir las coloridas formas
calcadas, "todo, humedecido por el rocío que lo refrescaba en el
crepúsculo, resplandecía por la proximidad de un nuevo día de la
creación" (98).
El
valor del objeto coexiste con el placer del juego, del calcar que
impide el desvanecimiento, la fatiga, el envejecimiento. Lo diverso
conserva su radiación intensa, sin acumulación de ruinas, heridas o
destrucciones. El día de la creación subsiste aún sin caídas en la
opacidad de lo empobrecido.
Y los
armarios también son motivo de veneración por el pensador que
recuerda su infancia berlinesa (99). Un armario atrae especialmente
su atención. Un mueble que siempre mantiene sus puertas
abiertas; un orden sagrado aparece detrás "de las puertas de los
armarios abiertos de par en par como el fondo de un relicario del
altar" (100). Algunos regalos en el árbol de navidad son guardados
en el armario, para que el regalo permanezca más tiempo nuevo. Pero
el pensador recuerda que su intención no es "conservar lo nuevo,
sino renovar lo antiguo"(101).
La
renovación demanda salida de la repetición de lo mismo. Hay una
repetición que es reconfirmación compulsiva de una experiencia
placentera anterior. La naturaleza repetitiva y conservadora del
instinto descripta por Freud en Más allá del principio del
placer. Y hay una repetición que cosifica, que obliga a la
inmovilidad desértica. Es el trabajo alienado en la sociedad
capitalista. La repetición infantil, por el contrario, se cristaliza
en el espacio del juego. Un juego y una situación vivida
anteriormente como placentera es repetida no desde "un hacer de
cuenta que...", sino desde un "hacer una y otra vez". La repetición
puede ocurrir como reiteración teatral, como nueva escenificación de
una experiencia pasada. Pero el niño no acepta la recreación como
representación de una matriz original perdida. Sólo tolera la
repetición de la misma situación revivida como parte de un
eterno presente. La repetición así vivida, y su contenido, reviven
por el hábito y la repetición del jugar una y otra vez. El niño
aprende a dormir o a vestirse, a lavarse y comer, por el juego. Por
eso, detrás de los hábitos se sedimenta el humus de los juegos
infantiles, de "las formas irreconocibles, petrificadas, de nuestra
primera dicha, de nuestro primer horror" (102). Así, la respuesta
infantil ante la dicha o el horror originario es "la ley de la
repetición" del juego. Repetición en la que siempre palpita la
recreación de la intensidad originalmente vivida.
Pero
la repetición creadora actúa también como creación a partir de los
residuos, de los desechos. En Calle de Mano única, Benjamin
señala la tendencia de los niños a acudir a lugares de trabajo,
donde les atraen los desechos de la construcción en edificios,
casas, huertas, o talleres de carpintería. Mediante los residuos,
los niños crean un nuevo mundo de cosas. Este acto lúdico y creador
desde lo residual puede extrapolarse al plano histórico. Actitud
vinculada con los hermanos Goncourt, autores de las primeras novelas
de la literatura francesa de temática social, sostenidas en un
estudio del medio. Ellos, a través de lo marginal y residual
lograron hacer "historia con los desechos de la historia" (103).
Logro que se acerca a la sensibilidad que percibe lo olvidado por la
historia escrita en los impolutos pergaminos de los
vencedores.
Como la
poesía y la mística, la percepción infantil del mundo es una forma
de apertura a la alteridad que escapa al sujeto clasificador y
ordenador. El estado
común de la infancia es la percepción de intensidades encantatorias.
El asombro infantil ante un árbol de susurrantes hojas, o el horror
ante la oscuridad nocturna, son aperturas a la realidad como
desborde de vida misteriosa y singular. Cada cosa pueda atraer al
niño por la rareza de su presencia. En esta experiencia ninguna cosa
es más rara que otra. Lo que no significa que todo sea igualmente
raro, sino que cada cosa irradia su rareza propia.
El niño camina por selvas de
rarezas todavía no sofocadas por un centro opresivo. La realidad aún
no gime en la relación entre el dominador y lo dominado, entre el
amo y el esclavo. El mundo de la infancia es la existencia de la
asombrosa rareza diseminada, donde toda cosa fulgura en una
existencia que susurra un nombre propio, inconfundible, que no se
diluye en ninguna generalización.
La rareza de la presencia es
quizá la supervivencia de una percepción paradisíaca o
edénica. Su pérdida o caída abre el llamado de la redención o
restitución de lo perdido. Restitución que Benjamin, en la última
llama de su pensamiento, pretende consumar mediante lo mesiánico. El
niño vive entre las ruinas del paraíso. Y a veces, muchas veces, es
devorado por el infierno sin salida de la explotación infantil,
el hambre y la muerte prematura. Pero cuando el niño puede vivir su
niñez, la realidad de las personas y objetos es intensa. El niño
sabe que en cada cosa vibra una serpiente de color único.
La recuperación adulta de la
intensa magia infantil espolvorea sobre Benjamin, como lo
recuerda Adorno, la condición del mago: ..."si he reproducir lo
exterior, tendría que decir que Benjamin tenía algo de mago, pero en
un sentido nada metafórico, muy literal. Uno se lo podía imaginar
con un alto cucurucho y una especie de varita mágica" (104). La
varita mágica que sostiene Benjamin en su trato habitual con las
cosas se armoniza con el desarrollo adulto de la facultad analítica.
Benjamin integra las armas de la agudeza intelectual con la fluida y
alerta sensibilidad del niño ante los fenómenos que se suceden. La
varita mágica campea sobre una fusión de aptitudes lógicas,
discursivas y sensitivas que producen un raro tipo de intelectual
artista. Cuya acción principal no es la reducción de lo real a
conceptos esqueléticos o la declamación sofisticada de consignas
revolucionarias, sino la conservación, en la propia persona, de una
inteligencia sensible, cuyas dedos, al frotar las superficies,
encuentran grietas de horror. Pero también las diseminadas raíces
burbujeantes de un arco iris.
La percepción infantil de la
rareza de las cosas es afin a la experiencia del coleccionista.
Porque el acto de coleccionar es una forma de volver a percibir la
rareza mágica, aurática, irrepetible, de la cosa en su antigüedad,
en su singularidad, en su presencia.
Y el Benjamin "mago", el intelectual
sensitivo, siempre curioso y asombrado ante los tesoros de las
pequeñas cosas, muestra cualidades semejantes a las que Baudelaire
le atribuye a Constantin Guys; a ese "hombre-niño" que "todo lo ve
como novedad" y que siempre "está embriagado" (105). Aquí actúa, tal
vez, una forma de salvación más discreta, más particular, menos
apabullada por la espera de la ruptura mesiánica. Cuando se piensa o
crea desde la evocación de la infancia, desde un volver a inclinarse
ante la rareza de las presencias, el pensamiento o el arte avanzan
entre algunos castillos perdidos.
X
La experiencia de la infancia sólo sería nostálgica evocación sin
poder de desencadenar ninguna cosmovisión crítica si la
espontaneidad de la sensación no fuera resignificada por el
intelecto. La fertilización del sentido depende aquí del encuentro
entre la experiencia sensible y la comprensión del concepto,
que profundiza o amplía lo vivido. La necesidad de la integración
entre intelecto y experiencia, Benjamin ya la había vislumbrado en
su El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán,
de 1918 (106). Friedrich Schelegel es arquetipo del crítico
romántico, con su crítica del Meister de Goethe. Schelegel es
ejemplo de una "absolutización de la obra creada" en tanto que,
mediante la crítica, el texto se hace sensible en una imagen y
provoca "el deslumbramiento en la obra". Deslumbramiento como
reminiscencia de la experiencia mística de la revelación luminosa
del ser. Elemento que motiva que Benjamin se sitúe en una "postfase
esotérica" para meditar sobre el concepto de crítica romántica. Ésta
no se vincula con un pensar sistemático, con clasificaciones rígidas
o formales de elementos. "La crítica no es pues (a diferencia
de la concepción actual de su esencia) juicio, en cuanto a su
intención central, sino que por una parte es realización,
acrecentamiento suplementario...y por otra parte su resolución en lo
absoluto" (107). La crítica es resignificación intelectual de la
experiencia. Que no sustituye la experiencia sensible del arte por
el concepto sino que profundiza, intensifica, la potencia resonante
de la obra. Las afinidades electivas ( Die
Wahlverwandtschaften) de Goethe será el texto motivador del
propio modo benjaminiano de crítica acrecentadora de la obra. Aquí,
metafóricamente, Benjamin piensa a la obra como "hoguera inflamada".
Frente a ella, el comentarista (falsamente llamado crítico) actúa
como "químico", para el cual "la madera y las cenizas son el objeto
de su análisis". En cambio, el verdadero crítico es el alquimista;
para "éste la llama misma es el permanente enigma, el enigma de la
vida. De ahí que el crítico pregunte por la verdad, cuya llama viva
continúa ardiendo sobre los pesados restos de lo pasado y sobre las
livianas cenizas de lo vivido" (108). La aprehensión de la llama, su
acrecentamiento luminoso mediante el acto crítico, abre la obra de
arte a un espesor de significado que trasciende los elementos
formales. En la obra subyace una verdad abierta, mudable,
acrecentable. Desde la vision benjamininia, la respuesta que, en el
romanticismo, el crítico le da a la obra, no se vincula con la
racionalidad sistemática del intelectual moderno, sino con la
percepción mágico-poética del mundo premoderno.
La
fuerza sensible de la obra pide una crítica que prolongue, ramifique
y avive sus sentidos. La critica así concebida de la obra de arte es
parte del acto creador.
En
este caso lo que nos interesa es observar que el encuentro
entre la experiencia (como obra de arte) y el intelecto (como
crítica) no es institución del conflicto entre lo conceptual y lo
sensible, tal como sí ocurre en la modernidad kantiana, cartesiana o
científica. La experiencia y el concepto se integran
dialécticamente. Se intensifican recíprocamente. El pensamiento
puede así abrirse a aquello que brilla en la obra como presencia
distinta al puro concepto clasificador u ordenador. Lo distinto en
la obra es el enigma de la vida; lo distinto en la experiencia
infantil es la espontánea magia renovadora de las cosas en el
tiempo; lo distinto como presencia no racional en el tiempo
histórico es lo mesiánico.
XI
Para el pensador de la "Tesis de la filosofía de la historia", la
liberación se asocia a una milenaria creencia religiosa que convoca
la intervención mesiánica.
Zachur es un imperativo judío del
recuerdo. El recuerdo de la esclavización en Egipto. El exilio en
Babilonia, la destrucción del templo por Tito. El recuerdo del
dolor pasado es demanda de redención en el presente. El hombre debe
acelerar o apresurar el momento del estallido mesiánico. Así,
Benjamin "pertenece a una tradición disidente, la de aquellos a
quienes se llamaba Dohakei Haretz, los que precipitan el fin
de los tiempos" (109). Frente a la aceleración de la irrupción
divina en la vacuidad histórica puede caber la reacción perpleja y
algo airada de Rudolf Tiedeman (110), o aceptar el elemento de
alteridad divina en la ruptura mesiánica, que se confunde con la
preparación humana y colectiva de este momento liberador en la
historia.
La
experiencia mesiánica en Benjamin no es promoción de un
intervencionismo unilateral de lo divino, en tanto fuerza que
asegure una salvación que cierre la historia como cumplimiento de un
plan sagrado. En Benjamin, lo mesiánico judío es despojado de toda
revelación sustantiva y conclusiva, de toda fulguración donde obre
una restitución completa del sentido. Aquí es decisiva la influencia
de legado kafkiano, y de su breve relato "Ante la ley". En la
narración de Kafka, la puerta de la ley siempre está abierta ante un
campesino que espera. Pero nunca llega el momento en que el guardián
(que custodia la puerta) le permita el acceso a lo secreto. El que
espera desea intensamente que se le revele el sentido de la ley. Mas
la revelación no ocurre. El pasaje de un sentido salvífico oculto a
su ardiente manifestación no se supedita a ningún proceso evolutivo,
a ninguna acumulación de méritos o progresos espirituales que
desencadenen o fuercen la revelación. Lo divino no es garantía de
una intervención en lo histórico como consecuencia de una lenta
procesión evolutiva. Aquí se sitúa el Benjamin que denuncia todo
ideal ilustrado o cristiano de progreso. La aparición repentina de
una otredad redentora no puede acontecer dentro de la repetición de
lo mismo del tiempo homogéneo y vacío (que se presenta engañosamente
bajo los oropeles del progreso). Dentro de la repetición maldita de
la opresión, del olvido y la negación de la vida feliz, nunca obrará
el rayo trasformador del instante mesiánico.
Nada asegura el salto de tigre hacia un
tiempo-pleno; nada asegura la salida de la historia repetida. La
relación Benjamin-Kafka es comprendida por Scholem: "Benjamin
descubre en el mundo de Kafka la inversión negativa de las
categorías judías. Nada de doctrina positiva. Apenas subsiste...una
promesa estrictamente utópica, imposible todavía de reformular.
Benjamin reconocía en Kafka la teología negativa de un judaísmo que
perdió el sentido de la revelación, pero que no perdió su
intensidad"(111). Scholem agregará que si hay revelación en el
judaísmo kafkiano sólo es en tanto revelación negativa, revelación
paradojal que revela su propia nada, y su "imposibilidad de
realización". Y como el propio Benjamin luego le manifiesta a
Scholem, el gran mérito de Kafka es determinar que la redención sólo
es "en el reverso de esta nada". Lo redentor no actúa entonces como
calculada intervención divina, como revelación positiva. La
detonación mesiánica dentro de la historia se envuelve así, en un
doble movimiento de incertidumbre profunda y de esperanza únicamente
alimentada por la fortaleza de la espera. La incertidumbre vigoriza
la intensidad de la espera de una ruptura inminente. Que ya no es
efecto de ningún proceso, sino estallido intenso, irrupción de lo
redentor por una estrecha puerta dentro de lo histórico. Y aunque
ocurra alguna vez la instantánea erupción redencional, ésta no
asegurará ninguna salvación completa, definitiva, sino una redención
parcial del pasado ahogado en la ciénaga del sufrimiento
olvidado.
Espera sin garantías de la ruptura mesiánica. Mesianismo que vierte
su originario fluido religioso en las copas de la acción humana, que
a lo sumo puede favorecer o alentar la ruptura por la memoria, por
la traducción de los restos de la lengua adánica perdida, por el
asombro infantil ante las presencias radiantes, por la atención a
los fragmentos subsistentes de una luz originaria. Una luz que se
oscurece dentro de las clasificaciones generales, y del trabajo
alienado capitalista.
En el fragmento teológico-político Benjamin obtura el peligro de
todo regreso a una historia de fuste teocéntrico como consecuencia
de la invocación de un rupturismo mesiánico: " El reino de Dios no
es el telos de la dynamis histórica; no puede ser
propuesto aquél como meta de ésta...Por eso el orden de lo profano
no debe edificarse sobre la idea del Reino divino; por eso la
teocracia no tiene ningún sentido político." (112).
La historia
vista desde la mirada de la irrupción mesiánica rodea acantilados
abruptos, una región de arduos desniveles. El desnivel entre la
aspiración humana a la liberación colectiva y su innegable
incapacidad histórica para la concreción de ese acto transformador.
Las revoluciones que anunciaban grandes procesos de transformación
colapsaron quizá en el momento mismo de su inicio. La Revolución
Francesa, la Comuna de París, las revoluciones liberales
decimonónicas, el Octubre Rojo. Acumulación de las ruinas del dolor
(que ve Benjamin a través de la criatura angélica de Paul Klee).
Pero también sedimentación de escombros de torres revolucionarias
derrumbadas. El fracaso de lo revolucionario en la historia hace
pensar en la impotencia del hombre para autodonarse la sal de una
vida feliz. En el amplio escenario de la historia la obra que parece
representarse es el eterno retorno de la barbarie, la palabra falaz,
y las negociaciones de los oprimidos para obtener parciales
concesiones del poder opresor. En ningún lugar late una libertad que
crece de a poco hasta superar, finalmente, las relaciones de
dominación.
La única alternativa ante un nihilismo de la derrota es la
secularización de la fuerza divina como intensidad que no se
debilita ante el obstáculo o la negación. La repetición de fracasos
puede oscurecer o debilitar la voluntad humana. Pero la no humanidad
de la fuerza divina conserva una intensidad positiva. En la creencia
religiosa originaria, en la matriz judaica mesiánica, la fuerza
divina asegura su regreso como irrupción trasformadora. En su
trasposición secularizadora, en su reelaboración benjaminiana, lo
mesiánico entrega el don de la resistencia y la espera. Una
inspección de la historia, a contra pelo, que, ante el repetido
triunfo del poder que oprime, asume la imposibilidad del cambio. El
cambio entonces sólo puede ser preservado desde una espera no
racional. La espera que espera el fragor
redentor del rayo. El súbito rayo del instante mesiánico.
Y
la espera siempre es riesgo. Es confortable ver
el tiempo como alegres caravanas del progreso que avanzan
hacia el futuro. Distinto es resistir con la mirada hacia lo alto
durante una continua caída. Sin ninguna certeza racional de que el
caer concluya alguna vez, para conceder entonces una tierra nueva.
Una tierra que no sea el infierno de las repetidas selvas del
dolor. Y la espera no es pasiva resignación. Es
activa resistencia. Cuya fuerza no es gracia o auxilio sobrenatural,
aunque en la espera del estallido súbito sobreviven astillas de la
mística de la iluminación, de la predisposición a un repentino
fulgurar de una luz divina. Pero lo iluminante que se espera aquí no
es ya el fulgor de una divinidad, de una profundidad ontológica
ultramundana, sino el irruptivo estallar de la potencialidad
redentora que duerme en el fondo de la historia. El ser, en el
derrotero de la memoria y la iluminación benjaminia, es la
historicidad de la humanidad sufriente postergada y de la naturaleza
silenciada. La voz de la plenitud fracturada de las generaciones
vencidas y de las cosas enmudecidas, esperan su instante de
resurrección.
La espera del acontecimiento mesiánico es espera en estado de
combate, en la memoria y la conmemoración donde lo humano y la
naturaleza olvidada y reprimida, no aceptan el consuelo de las
lentas concesiones del poder barbarizador. La invocación de la
ruptura mesiánica en Benjamin es espera desde la dureza combativa.
Es el humilde limar los bordes de una grieta que no se cierra. Para
que lo otro pueda ingresar con fuerza. Por la delgada abertura.
(*)
(*) Fuente: Esteban Ierardo, "Lo lejano
y lo pleno. Arte, filosofía y teología en Walter Benjamin",
editado aquí de manera original.
Citas:
(1) Walter
Benjamin, Discursos interrumpidos I, Madrid, Taurus, p.168.
(2) Ibid,
p.167.
(3) Respecto
a Nicolai Leskov (1831-1895), en una nota a pie de página en el
inicio del ensayo que le dedica a este olvidado escritor ruso,
Benjamin expresa: "... por sus intereses campesinos y sus simpatías,
revelaba cierta analogía con Tolstoi, pero su orientación religiosa
se parecía a Dostoievski. Pero justamente aquellos escritos suyos
que dan expresión a su posición básica doctrinaria, las novelas de
la juventud, son los que han demostrado ser la parte más olvidable
de su obra. La importancia de Leskov se encuentra en sus relatos,
que pertenecen todos ellos a una etapa tardía de su producción.
Desde fines de la guerra mundial (de 1914) se han emprendido
diversas tentativas para hacer conocer en alemán esas narraciones",
en W. Benjamin, "El narrador. Consideraciones sobre la obra de
Nicolai Leskov", en Sobre el programa de la filosofía
futura, Barcelona, ed. Planeta-Agostini, p. 189. Entre las
principales obras de Leskov, que son aludidos por Benjamin en su
análisis se encuentra: ¿Por qué son caros los libros en Kiev?
, o los cuentos "El engaño, "El águila blanca", o "La pulga de
acero".
(4) W.
Benjamin, "El narrador...", op. cit., p.189.
(5) Ibid.,
p.192.
(6) Ibid. p.
193.
(7) En su
denuncia del ornamento Loos, en 1908, manifiesta: "...El impulso de
ornamentarse el rostro y cuanto se halle al alcance es el primer
origen de las artes plásticas. Es el primer balbuceo de la pintura.
Todo arte es erótico...El primer ornamento que surgió, la cruz, es
de origen erótico. La primera obra de arte, la primera actividad
artística que el artista pintarrajeo en la pared fue para despojarse
de sus excesos. Una rayo horizontal: la mujer yacente. Una raya
vertical: el hombre que la penetra. El que creó esta imagen sintió
el mismo impulso que Beethoven, estuvo en el mismo cielo en el que
Beethoven creó la Novena Sinfonía. Pero el hombre de nuestro tiempo
que, a causa de un impulso interior pintarrajea las paredes con
símbolos eróticos, es un delincuente o un degenerado. Obvio es decir
que en los retretes es donde este impulso invade del modo más
impetuoso, a las personas con tales manifestaciones de degeneración.
Se puede medir el grado de civilización de un país, atendiendo a la
cantidad de garabatos que aparezcan en las paredes de sus retretes.
En el niño, garabatear es un fenómeno natural; su primera
manifestación artística es llenar las paredes con símbolos eróticos.
Pero lo que es natural en el papúa y en el niño, resulta en el
nombre moderno un fenómeno de degeneración. Descubrí lo siguiente y
lo comuniqué al mundo: la evolución cultural equivale a la
eliminación del ornamento del objeto usual", Adolf Loos, "Ornamento
y delito", en La arquitectura del siglo XX. Textos (edición
de Simón Marchan Fiz), Madrid, Alberto Corazón editor, Madrid,
pp.48-49.
(8) W.
Benjamin,"Karl Kraus, hombre universal" en Sobre el programa de
una filosofía futura, op. cit., p.
(9) Kraus y
su defensa de la autenticidad influyó sobre el gran filósofo
austriaco. Sobre este pensador y su salida "ética" del lenguaje como
ilusionismo de la fundamentación racional y del uso ilegítimo
de los términos, en otro momento manifestamos: "Para muchos,
Wittgenstein, el filósofo vienes, con la redacción de las setentas y
cinco crípticas páginas del Tractatus, pretendió legitimar el
uso de las proposiciones del lenguaje descriptivo de las ciencias de
la naturaleza como el único válido para decir el orden objetivo de
las cosas. Estas proposiciones podrían ser traducidas en una segura
red de términos lógicos y simbólicos. Estas proposiciones formales
aseguran la consistencia racional de una teoría, su liberación de
cualquier contradicción. Luego de esta "salud lógica", los
postulados de la teoría científica deben ser lanzados a la
experiencia para su comprobación. Desde esta perspectiva,
Wittgenstein, como miembro conspicuo de la corriente del
neopositivismo lógico auspiciada por Bertrand Russell, Gottlob Frege
o Rudolf Carnap, habría hecho uso del instrumento de la lógica
simbólica para determinar el uso correcto del lenguaje científico en
su intento de expresar los hechos empíricos, verificables.
Sin embargo, el primero en desmentir la perspectiva de
un Wittgenstein puramente logicista fue el propio Wittgenstein
cuando, en la búsqueda de publicar el Tractatus, en una carta
al editor austriaco Ludwig Ficker del periódico Der Brenner
(el único respetado por el gran polemista vienés de la época,
Karl Kraus), le aseguraba que esta obra " es al mismo tiempo
estrictamente filosófica y literaria" y que el "punto central del
libro es esencialmente ético". ¿Pero cuál era
ese talante esencialmente eticista de esa obra aparentemente sólo
filosófico-logicista como el Tractatus y qué vinculación se
desprende de esto con la postura borgeana respecto al lenguaje y lo
real? Tal como lo expresa Wittgenstein en su último famoso aforismo
de la obra antes mencionada, "de aquello de lo que no se puede
hablar es mejor callar". ¿Y qué es aquello que no puede ser dicho en
tanto insuficiencia de la palabra humana? El hombre no puede
aprehender lingüísticamente, por ejemplo, las esferas de los
valores, lo bueno o lo malo, dado que la naturaleza de lo valioso
escapa a lo decible. Esta región de realidad es esencialmente
inefable; lo cual no significa que sea inexistente o ilusoria, sino
sólo que no es expresable por afirmaciones descriptivas o
proposiciones normativas. Lo ético indecible sólo se manifiesta por
la acción. La ética entonces, para Wittgenstein,
tal como lo manifiesta en sus Conferencias sobre ética,
publicadas póstumamente, es el impulso por forzar los confines de lo
lingüístico, por trascender las palabras y despeñarse sobre los
farallones de una realidad que sólo puede experimentarse mediante el
actuar, el obrar. De ahí que, para Wittgenstein, lo más importante
de la vida humana es aquello que no puede ser dicho sino a lo sumo
mostrado a través de acciones, no de conceptos", en Esteban Ierardo,
"Borges y Wittgenstein", conferencia en 1995, en la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en el marco de
una jornada sobre Borges y la filosofía. Sobre la relación entre
Kraus, la Viena de comienzos del siglo XX, y su influencia en
Wittgenstein es recomendación ineludible el excelente trabajo de
Allan Janik y Sthepen Toulm, La Viena de Wittgenstein,
Madrid, 1987.
(10) Sobre
la relación entre Kraus y Nestroy, Janik y Toulm destacan: " Johann
Nepomuk Nestroy habría tal vez quedado en el olvido si no hubiese
sido por los esfuerzos reivindicadores de Kraus. A Nestroy lo
consideraba el público vienés.. no más que un cómico lleno de
ingenio, en el mismo sentido en el que encontró que las más
devastadoras sátiras de Kraus estaban "llenadas de ingenio". Nestroy
era, en una sola pieza, director, escritor, director de escena, así
como actor principal. En cuanto escritor, transformó los argumentos
de las sátiras sociales francesas en centelleantes parodias de la
vida vienesa, ...en las comedias de Nestroy, es donde podemos
entender la noción krausiana, según la cual el lenguaje del satírico
llega al "origen" conforme va poniéndose al descubierto el carácter
moral de la persona que habla. En este tipo de arte lingüístico, el
escritor y su obra se funden en una unidad tal que aquel ya no tiene
identidad fuera de ésta. En suma, el hombre y su obra están
perfectamente integrados, ...se expresaba su personalidad por medio
de los matices mismos de la gramática empleada para exponer las
debilidades de hipocresías de la sociedad. Kraus se vio a sí mismo
continuando esta tarea", en Allan Janik y Sthepen Toulm, La Viena
de Wittgenstein, op. cit., p.106-108.
(11) W.
Benjamin,"Karl Kraus, hombre universal" en Sobre el programa
de..., op. cit. p.183.
(12) La
tarea de recuperación y difusión de la tradición cabalística fue
impulsada por Gershom Sholem mediante obras como La cábala y su
simbolismo , Siglo XXI, Madrid, 1979; Fidelité et utopie.
Essais sur le judaisme contemporain, Calman-Lévy, Paris, 1978;
Conceptos básicos del judaísmo, Trotta, Madrid, 1998. O
Las grandes tendencias de la mística judía, que recoge un ciclo
de nueve conferencias: "Características generales del misticismo
judío"; "El misticismo de la Merkabá y el gnosticismo judío", "El
hasidismo en la Alemania Medieval"; "Abraham Abulafia y la doctrina
de la Cábala Profética"; "El Zóhar I. El libro y su autor"; "El
Zóhar II. La doctrina teosófica del Zóhar", "Yitshac Luria y su
escuela"; "Shabetaísmo y herejía mística"; "El hasidismo: la última
etapa". Scholem, junto con Adorno, fue inicial editor y difusor de
la obra benjaminiana. Su relación con el autor de la Tesis de la
filosofía de la historia queda reflejada en Scholem, G,
Walter Benjamin. Historia de una amistad, Península,
Barcelona, 1987; y W. Benjamin y G. Scholem, Correspondencia
1933-1940. Taurus, Madrid, 1987.
(13) W.
Benjamin,"Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los hombres"
en "Sobre el programa de una filosofía futura", op. cit."
p.140. Sobre este ensayo benjaminiano y sus relaciones con el
pensamiento judío y la cábala, puede consultarse Ricardo Forster,
"Las relaciones entre el ensayo 'Sobre el lenguaje en general y el
lenguaje de los humanos" y la cábala", en Walter Benjamin y el
problema del mal, Buenos Aires, ed. Altamira, 2001,
pp.100-111.
(14)
Ibid.
(15) Wilhelm
Von Humboldt (1767-1835), hermano del famoso naturalista y
explorador Alexander Von Humbolt (1969-1859), en su obra capital
Sobre la estructura diferenciada del leguaje humano y su
influencia sobre la evolución espiritual de la humanidad
(Ueber die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaues und ihren
Einfluss auf die geistige Entwicklung des Menschengeschlechts),
entendió al lenguaje como centro de la vida humana. El lenguaje es
el medio de todo conocimiento posible. El lenguaje se impone sobre
las sensaciones constituyendo un orden. El lenguaje es un "tercer
mundo" en tanto se encuentra entre el mundo fenoménico y el mundo de
la conciencia. Por su poiesis, por su acto creativo, el
lenguaje, en Humboldt, como en Schiller, se acerca a la condición de
obra de arte. El lenguaje configura una cosmovisión; en este sentido
la palabra se confunde con las cosas o con el orden objetivo que
constituyen. En su análisis lingüístico, el griego o el latín
evidencian horizontes valorativos, afectivos y sociales
diferentes. La lengua griega irradia ligereza, delicadeza,
plasticidad. El latín implica gravedad, sobriedad, solemnidad. Así
la condición estructurante de un universo cultural por el lenguaje
implica, en el decir de Steiner: " Cada lenguaje engendra una
organización y una interpretación espiritual de la realidad: "der
dadurch hervorgebrachte verschiedene Geist schwebt, wie ein leiser
Hauch, uber dem Ganzen" (así el espíritu diferenciante planea como
una respiración inaudible por encima de todo")", en George Steiner, Después de
Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción, México, Fondo de
Cultura Económica, p.103. Así sprache y geist se
equivalen. El lenguaje es el espíritu conformador de una
welschaunntang. El momento relativista y universalista
coexisten. La diversidad de los lenguajes significa distintos mundos
de sentidos. Pero el lenguaje se mueve como la estructura universal
en tanto entramado cultural. No hay ya aquí una ur-lengua, como la
universalidad de la lengua adánica. El lenguaje, en Humboldt, actúa
como mediación ineludible que constituye un orden de las cosas. Pero
desde el movimiento unilateral del lenguaje hacia la cosa
constituida; no se produce entonces, como observa Benjamin, la
aparición del nombre como respuesta a una solicitación de la
cosa.
(16) W.
Benjamin,"Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los hombres"
en "Sobre el programa de una filosofía futura", op. cit."
p.147.
(17) Ver René
Descartes, Meditaciones metafísicas. En la tercera meditación
se desarrolla las pruebas de la existencia de dios.
(18) W. Benjamin,"Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de
los hombres" en Sobre el programa de una filosofía futura, op.
cit., p.148.
(19) G. Steiner,
Después de Babel, op. cit, p. 85
(20) Traducción de
Héctor Murena incluida en versión española de Después de Babel,
op.cit., p.85.
(21) Walter Benjamin, "Historia y coleccionismo: Eduards Fuchs",
en Discursos interrumpidos I, op. cit., p.18.
(22)
Ibid.
(23) Ibid.,
p.128
(24)
Ibid., p.132
(25)
Ibid., p.134
(26) Walter
Benjamin, "El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia
europea", Madrid, Taurus (trad. Jesús Aguirre).
(27)
Ibid.
(28)
Ibid.
(29) En mal
como una forma de rebelión romántica ante un orden falso y
asfixiante, y desde un ropaje mítico-poético de invocación de lo
demoníaco, puede encontrarse en William Blake, Las bodas del
cielo e infierno (The Marriage of Heaven and the Hell),
en Obra poética, Ediciones 29, Barcelona; o en Charles
Baudelaire, en la Oración de "Las letanías de Satanás": "Gloria a ti
y alabanza, Satanás, en la altura/ donde antaño reinaste, y en las
simas hondas/ del Infierno, en que sueñas, en silencio y vencido. /
Haz que mi alma, a la sombra de aquel Árbol de Ciencia, / a tu lado
repose, cuando sobre tu frente/ como un templo novísimo sus ramajes
se extiendan", en C. Baudelaire, Las flores del mal, La
maison de la l'ècriture, p.178.
(30) W.
Benjamin, "El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia
europea", op.cit.
(31) Jünger
es un pensador polifacético, fascinante en su diversidad
desarrollada a lo largo de una vida que alcanzó a los 103 años de
edad (murió en 1998). Su obra fluye desde la experiencia
visionaria, psicodélica (creó por ejemplo el término
psiconauta ) hasta sus meditaciones sobre la guerra, la
técnica, "el final de la
historia", la "retirada de los dioses", o "la entrada en escena de
los titanes". El viejo culto de los dioses es reemplazado en la
cultura occidental por un materialismo que despoja al universo de
alma y lo expone a la posibilidad de la destrucción por las
potencias bélicas acumuladas de la humanidad. Nuestro
tiempo también es el primero en la historia que se muestra
indiferente a la muerte como posible paso a otro estado de
existencia, lo que se relaciona con la desaparición del culto a los difuntos. Entre sus grandes obras están,
entre otras, Radiaciones I y II (diarios de la Segunda Guerra
Mundial), Tempestades de acero, La tijera, El tirachinas, El
trabajador o Visita a Godenholm. Jünger elaboró
el concepto de "movilización total". La
guerra contemporánea atraviesa todo espacio civil y laboral. Todo
gira en derredor del conflicto; se liquidan así las diferencias
entre soldados y trabajadores, vanguardia y retaguardia, las
grandes urbes y los lugares de combate, el Estado y el individuo.
La "movilización total" no sólo impera en tiempos de guerra
sino también durante la paz que, como también piensa Foucault,
oculta la persistente continuidad de la guerra.
(32)
W. Benjamin, "La obra de
arte en la época de la reproductibilidad técnica", en Discursos
interrumpidos I, op. cit., p.18
(33)
Ibid., p.37.
(34) Ibid.,
p.21
(35)
Ibid.
(36) Ibid.
p.29.
(37) Ibid.,
p. 24.
(38)
Ibid.
(39) El
lenguaje de Mallarmé renuncia al lenguaje como poder de expresión de
las cosas y su presencia. La verdadera rosa no es la dicha, sino la
sugerida desde la metáfora y la ausencia. La incapacidad de decir
del lenguaje poético, desemboca finalmente el silencio, en
una "teología
negativa en el arte". Así, Octavio Paz expresa
sobre el autor del poema "El juego de dados": "El silencio
humano es un callar y, por tanto, es implícita comunicación, sentido
latente. El silencio de Mallarmé nos dice nada, que no es lo
mismo que nada decir. Es el silencio anterior al silencio", en
Octavio Paz, El arco y la lira, México, Fondo de cultura
económica, p. 56.
(40) La
relación entre aura, obra y otredad en Benjamin puede ser puesta en
relación, desde un análisis diagonal, con la actitud de Artaud de
restituir una condición otra a la escena teatral para que ésta sea
medio de recuperación de la percepción del espacio que, aunque sea
entorno cercano, refleja una lejanía u otredad irreductible ( ver
Antonin Artaud, Primero y segundo manifiesto del Teatro de la
Crueldad, en El teatro y su doble, Ed. Fahrenheit). En un
ensayo dedicado a Artaud y Van Gogh, respecto a la relación
teatro-escena y la recuperación del espacio "cercano y lejano" en
Artaud, manifestamos: "La escena, y su espacialidad, ya no contiene
o soporta la escenografía y los personajes. Ahora es la escena el
centro de un "espectáculo giratorio" que no separa público y
escenario sino que integra o comunica la totalidad de los presentes
a través de un verter "resplandores visuales y sonidos sobre la masa
entera de los espectadores". La escena frota "el organismo
entero" mediante objetos, gestos, signos, colores, sonidos, gritos,
luces, onomatopeyas. Un envolvente lenguaje material sobre la
sensibilidad del espectador. Lenguaje que, con vigor y obsesión
crueles, frota el cuerpo del público y del
espacio-escena".
(41) Ives
Klein, notable precursor de la práctica de la perfomans y del
arte conceptual, fue muy influenciado por la filosofía zen. Esto,
junto a su relación con un cristianismo de matiz rosacruziano,
estimuló en él un fuerte interés por la expresión de lo inmaterial.
De ahí su famosa exposición Le Vide (El vacío): una
exposición del vacío como tal en una sala despojada de todo objeto y
pintada de blanco. Si la obra aurática es aquella que no puede ser
repetida masivamente por su duplicación y que se expresa en unidad
del tiempo y espacio, en un aquí y ahora intransferibles, Klein
produce quizá un inconciente atisbo nostálgico de esa forma perdida
de arte a través de sus perfomans llamadas antropometrías. En
esta situación creadora, las huellas corporales de color azul, rosa
o dorado de mujeres desnudas, convertidas en "pinceles vivientes",
se impregnan sobre lienzos o en papeles de gran formato. Si bien las
imágenes así producidas pueden caer luego en el vértigo
multiplicador de lo reproductivo, su producción ritualizada y
singular, envuelta en una especial singularidad aurática, es aquí el
centro del acto creador.
(42) La xilografía
es el arte grabar sobre planchas de madera. Esta técnica es conocida
en Asia desde el siglo VII. La madera ingresó en Europa en el siglo
XIV; durante el siglo siguiente se generalizó. Durero y Michael
Wolgemut fueron grandes maestros de esta forma del grabado. La
litografía es el arte de dibujar o grabar en piedras preparadas para
esta tarea. Permite así la multiplicación de ejemplares de lo
dibujado o escrito. Fue descubierto en Praga, en 1796, por Aloys
Senefelder. Sobre una piedra lisa se dibuja con lápiz graso o tinta.
Luego se realiza un baño de ácido nítrico. El ácido impide el paso
de nuevas adherencias de grasa, y fija las zonas dibujadas. Luego se
encinta con un rodillo y se imprime por presión. Daumier, Delacroix,
Toulouse-Lautrec, E. Nolde o Picasso fueron grandes cultivadores de
la litografía. Sobre estos procesos de reproducción, que sedimentan
el camino hacia la liquidación moderna del aura, Benjamin expresa
puntualmente: "La obra de arte ha
sido siempre fundamentalmente susceptible de reproducción. Lo que
los hombres habían hecho, podía ser imitado por los hombres. Los
alumnos han hecho copias como ejercicio artístico, los maestros las
hacen para difundir las obras, y finalmente copian también terceros
ansiosos de ganancias. Frente a todo ello, la reproducción técnica
de la obra de arte es algo nuevo que se impone en la historia
intermitentemente, a empellones muy distantes unos de otros, pero
con intensidad creciente. Los griegos sólo conocían dos
procedimientos de reproducción técnica: fundir y acuñar. Bronces,
terracotas y monedas eran las únicas obras artísticas que pudieron
reproducir en masa. Todas las restantes eran irrepetibles y no se
prestaban a reproducción técnica alguna. La xilografía hizo que por
primera vez se reprodujese técnicamente el dibujo, mucho tiempo
antes de que por medio de la imprenta se hiciese lo mismo con la
escritura. Son conocidas las modificaciones enormes que en la
literatura provocó la imprenta, esto es, la reproductibilidad
técnica de la escritura. Pero a pesar de su importancia, no
representan más que un caso especial del fenómeno que aquí
consideramos a escala de historia universal. En el curso de la Edad
Media se añaden a la xilografía el grabado en cobre y el aguafuerte,
así como la litografía a comienzos del siglo diecinueve.
(...) Con la litografía, la técnica de la reproducción
alcanza un grado fundamentalmente nuevo. El procedimiento, mucho más
preciso, que distingue la transposición del dibujo sobre una piedra
de su incisión en taco de madera o de su grabado al aguafuerte en
una plancha de cobre, dio por primera vez al arte gráfico no sólo la
posibilidad de poner masivamente (como antes) sus productos en el
mercado, sino además la de ponerlos en figuraciones cada día nuevas.
La litografía capacitó al dibujo para acompañar, ilustrándola, la
vida diaria. Comenzó entonces a ir al paso con la imprenta. Pero en
estos comienzos fue aventajado por la fotografía pocos decenios
después de que se inventara la impresión litográfica. En el proceso
de la reproducción plástica, la mano se descarga por primera vez de
las incumbencias artísticas más importantes que en adelante van a
concernir únicamente al ojo que mira por el objetivo. El ojo es más
rápido captando que la mano dibujando; por eso se ha apresurado
tantísimo el proceso de la reproducción plástica que ya puede ir a
paso con la palabra hablada. Al rodar en el estudio, el operador de
cine fija las imágenes con la misma velocidad con la que el actor
habla. En la litografía se escondía virtualmente el periódico
ilustrado y en la fotografía el cine sonoro", en W. Benjamin, "La
obra de arte..., op. cit., p18-20.
(43) "Abel
Gance, por ejemplo, compara el cine con los jeroglíficos: "Henos
aquí, en consecuencia de un prodigioso retroceso, otra vez en el
nivel de la expresión de los egipcios... El lenguaje de las imágenes
no está todavía a punto, porque nosotros no estamos aún hechos para
ellas. No hay por ahora suficiente respeto, suficiente culto por lo
que expresan", W. Benjamin, "La
obra de arte...", op. cit., p.32-33. Benjamin también destaca
como ejemplo significativo de una incipiente teoría cinematográfica
el pensamiento de Franz Werfel: "Es significativo que autores especialmente
reaccionarios busquen hoy la importancia del cine en la misma
dirección, si no en lo sacral, sí desde luego en lo sobrenatural.
Con motivo de la realización de Reinhardt del Sueño de una noche
de verano afirma Werfel que no cabe duda de que la copia estéril
del mundo exterior con sus calles, sus interiores, sus estaciones,
sus restaurantes, sus autos y sus playas es lo que hasta ahora ha
obstruido el camino para que el cine ascienda al reino del arte. 'El
cine no ha captado todavía su verdadero sentido, sus posibilidades
reales... Estas consisten en su capacidad singularísima para
expresar, con medios naturales y con una fuerza de convicción
incomparable, lo quimérico, lo maravilloso, lo sobrenatural',
W. Benjamin, "La obra de arte...", op. cit., p.33-34.
(44)
W. Benjamin, "La obra de
arte en la época de la reproductibilidad técnica", op. cit.,
p.37.
(45) Ibid.
p.34
(46) "Hablemos
ahora de la tragedia, resumiendo la definición de su esencia, según
que resulta de las cosas dichas. Es, pues, la tragedia
representación de una acción memorable y perfecta, de magnitud
competente, recitando cada una de las partes por sí separadamente, y
que no por modo de narración, sino moviendo a compasión y terror,
dispone a la moderación de estas pasiones", en Aristóteles, El
arte poética, México, Colección Austral, p. 39.
(47) Desde el mundo antiguo, el teatro
( y el arte en general) fue concebido como mimesis o imitación de la
realidad. Para Aristóteles, la tragedia es "reproducción imitativa
de las acciones de los hombres". Esta situación se extenderá hasta
el teatro realista de fines del siglo XIX, con su pretensión de
representar en escena "un trozo de vida". Fundamentalmente luego de la
Primera Guerra, el teatro adquiere
el carácter de experimentación y problematización de la cultura y la
vida, ya no sólo es su espejo lírico-dramático. Así, se definen dos
posiciones: 1) Los dramaturgos que suponen que la cultura y
la sociedad burguesas sudan vaciamiento, angustia y absurdo. Sus
ejemplos son Pirandello, Camus, Ionesco
y Beckett. Y 2) la posición que ve en el agotamiento otra
expresión del orden burgués, que debe ser subvertido y superado por
otra forma de sociedad. Este es el caso
de Shaw y Bertolt Brecht. En la crítica al teatro aristotélica
realista Brecht propone un nuevo realismo y una forma teatral a la
que llama "teatro épico". La crítica y superación de la
simpatheia aristotélica es paralelamente la desactivación de
la representación teatral como forma de suavización y control de las
tensiones sociales. Así: "Desde la Atenas de Pisístratos y Solón, la tragedia cumplió una
función social voluntariamente establecida: el aquietamiento de las
masas. Luego de identificarse con el protagonista, el espectador,
realizando la catarsis de sus propias emociones, hace su
reconocimiento - anagnórisis - como ser limitado, para llegar
a la resignación y moderación, sofrozine. Este efecto
sometedor se logra haciendo del teatro un fenómeno popular, de
masas, que operando en lo psíquico - individual, rinde sus réditos
en lo colectivo. De hecho los tiranos atenienses citados, lograron
por este mecanismo aplacar rebeliones campesinas y de pequeños
propietarios de tierras. La tragedia ateniense concreta una forma de educación
sometedora, es didáctica, pero para amoldar a las multitudes a
ciertos comportamientos de sumisión. La identificación aristotélica
promueve que el espectador "sufra con" el protagonista
(simpatheia: sufrir con), fusione con las miserias de la
ficción sus propias miserias reales, y en esta conmoción emocional
se asimilan ilusoriamente la realidad escénica y la vida cotidiana
del hombre de carne y hueso. El espectador se concibe entonces como
objeto más que como sujeto, resignándose a su lugar en el mundo y al
orden universal presentado como estático. De esta manera con variantes
históricas, el teatro realista ha hecho que el espectador se
involucre en lo que ocurre en la escena, no distinguiendo con
claridad donde acaba la realidad y donde empieza la ficción,
paralizándose en la contemplación ingenua de categorías que no puede
cuestionar dada su conmovida recepción emocional. Los dramaturgos
que apelan a esta identificación son solo "acunadores"-
señala Brecht -, para quien, así como la ciencia "se opone a los
objetos", ("un zoólogo no se identifica con una langosta, a lo más
la describe"), "los hombres de teatro no podemos hacer como si
viviéramos en una era pre-científica", exigiendo "del
espectador que deje su corazón en el vestuario", sino "invitarlo a
una sesión donde los actores, vueltos hacia él, entablen con él un
coloquio de la realidad social". (Cita: "Nueva Técnica del arte
del comediante"). Esta
ruptura, verdaderamente revolucionaria, es uno de los más
importantes hallazgos de Brecht, y ha sido llamado "distanciamiento"
o "efecto de extrañeza" (Verfredung). En sus "Escritos sobre
Teatro", el autor ejemplifica el efecto que ambos procedimientos
–identificación aristotélica y distanciamiento brechtiano - provocan
en los espectadores. En el primer caso estos dirán: "Sí, es así,
lo he comprobado en mí", " Es así que soy yo"; "Esta cosa es bien
natural""; Esto será siempre así""; El dolor de este ser me conmueve
porque no hay ninguna salida para él""; Es desde todo punto de vista
el gran arte: no hay nada chocante"; "Lloro con quien llora y
río con quien ríe". El espectador frente a los efectos V
(verfredung), dirá: "No hubiera imaginado nunca una
cosa parecida"," No hay derecho de actuar así"," Esto es insólito,
es imposible lo que ven mis ojos"," Es necesario que esto se
detenga"," El dolor de este ser me golpea porque habría para él una
salida"," He ahí donde está el gran arte, todo eso es chocante"," Yo
río con aquel que llora y lloro con aquél que ríe". El teatro de Bertolt Brecht es
entonces didáctico, educativo también, pero con un carácter
liberador, promovedor del cambio, donde el espectador se involucra
intelectualmente con la situación de la escena, logra objetivarla,
constituyéndose como sujeto que analiza la ficción, pero también la
realidad, como fenómenos manejables desde su situación, que es
concreta y dinámica", Margarita Ferro, El teatro de Bertolt Brecht
(o el artificio de la realidad), en Escaner cultural, Revista
Virtual, N2, www.escaner.cl
(48) "El
cine-ojo (kinoglaz) en cuanto herramienta de la visión se
sitúa en el interior de las cosas (las cosas sociales, únicas que
interesan al cineasta); lo que cuenta no es un punto de vista
adoptado frente a unos acontecimientos que se desarrollan fuera de
nosotros, sino un movimiento que no es esclavo de la conciencia y
que explica la dinámica de las cosas, de la sociedad. Como miembro
de la totalidad social, el kinok (el operados del
kinoglaz), puede estar virtualmente en todas partes, ir a
todas partes, sólo él lo vera toda, porque cuenta con la posibilidad
material (el super-ojo) e intelectual (la teoría del
kinoglaz) para ello. ... Vertov postula que el cine...debe
hacer ver lo real. La construcción teórica insiste en la
excepcionalidad de una relación de comprensión y análisis de lo real
(lo real social, de los hombres ordinarios en sus ocupaciones
cívicas y económicas)." en Jacques Aumont, Las teorías de los
cineastas, Madrid, Paidós, pp.25-26. También puede consultarse
la obra de Vertov: Dziga Vertov, Memorias de un cineasta
bolchevique, Colección Maldoror, Editorial Labor, Barcelona,
1974.
(49)W. Benjamin,
"La obra de de arte en la época de la reproductibilidad técnica", en
Discursos interrumpidos I, op. cit., p.43.
(50) La
fusión entre ciencia, técnica y arte puede ser vislumbrada ya en
Leonardo y su definición de la pintura como ciencia. Pero en el
contexto cultural y político que ejerce su influencia sobre el
optimismo benjaminiano en cuanto a la mediación tecnológica del arte
cinematográfico es importante el intento ruso, tras el Octubre Rojo,
de promocionar el progreso social a través del desarrollo técnico.
En el film La tierra (Zemlia, 1930) de Alexander Dovzhenko se
muestra la llegada de los primeros tractores en un humilde pueblo
ruso, que en un sistema zarista feudal sólo habían conocido el arado
y los bueyes. Las modernas máquinas, que llegan cual si fueran un
prodigio celestial, son un ejemplo de las expectativas respecto a la
influencia positiva del despliegue tecnológico en favor de la
revolución. La integración entre técnica, arte y revolución es lo
que caracteriza al grupo Lef, encabezado por el poeta
Maiakowski, y el modelo del constructivismo de Tatlin, cuyas ideas
influyen sobre Ródechenko y Barbara Stepanova que publicaron el
Programa del grupo productivista en 1920. Aquí se dice:
"Misión del grupo productivista es la expresión comunista del
trabajo constructivo materialista. El grupo se ocupa de la solución
de este problema basado en hipótesis científicas y poniendo de
relieve la necesidad de sintetizar el aspecto ideológico y formal
para orientar el trabajo experimental por la vía de la actividad
práctica... Las consignas de los constructivistas son: 1. ¡Abajo el arte, viva la técnica!; 2.
¡La religión es mentira, el arte es mentira!; 3.
Se matan hasta los últimos restos del pensamiento humano cuando se
los liga al arte. 4. ¡Abajo el mantenimiento de las tradiciones
artísticas! ¡Viva el técnico constructivista!; 5. ¡Abajo el arte,
que sólo enmascara la impotencia de la humanidad!; 6. ¡El arte
colectivo presente es la vida constructiva!", en A. Ródochenko y B.
Stepanova, Programa del grupo productivista, en Mario De
Micheli, Las vanguardias artísticas del siglo XX, Madrid,
Alianza, pp. 403-405.
(51)
W. Benjamin, "La obra de
de arte en la época de la reproductibilidad técnica", en
Discursos interrumpidos I, op. cit., p.47
(52)
Ibid. p.47.
(53) Hugo
von Hofmannsthal, Carta de Lord Chandos, Alba
editorial, traducción Antón Dieterich.
(54) La salida del
enclaustramiento automático de nuestra experiencia cotidiana
empobrecida es el centro del extrañamiento liberador de la ostranenie. Sklovski
afirma que: "Para dar sensación de vida, para sentir los objetos,
para percibir que la piedra es piedra, existe eso que se llama arte.
La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y
no como reconocimiento; los procedimientos del arte son el de la
singularización de los objetos, y el que consiste en oscurecer la
forma, en aumentar la dificultad y duración de la percepción. El
acto de percepción es en el arte un fin en sí, y debe ser
prolongado. El arte es un medio de experimentar el devenir del
objeto, lo que está ya realizado no interesa para el arte", en V.
Sklovski, "El arte como artificio", en T. Todorov,
Teoría de la literatura de los formalistas rusos, Madrid,
Siglo p. 60. La percepción del objeto en cuanto tal es
propiciada por el arte si logra emanciparse de lo ya realizado en un
doble sentido: la clausura de la obra que, ya cerrada en su
acabamiento, no hace durar la percepción; o el carácter realizado
del objeto en cuanto imbuido ya de características definidas que
reconocemos o proyectamos ante él, sin percibir al objeto en su
presencia.
(55) W. Benjamin,
"La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica",
op. cit., p.55.
(56) W. Benjamin, "El autor como productor", en
Madrid, Taurus, 1975 (traducción de Jesús
Aguirre).
(57) Hans Richter, en su clásica obra
sobre la historia del dadaísmo, informa sobre la posible creación
conjunta del fotomontaje por Grosz y Heartfield: "Grosz cuenta:
'Cuando en 1916, a las 5 de una mañana de mayo, en mi taller ubicado
en el extremo sur de la ciudad, John Heartfield y yo inventamos el
fotomontaje, ambos estábamos lejos de sospechar las inmensas
posibilidades de nuestra invención, ni el camino espinoso que la
llevaría al éxito. Habíamos pegado sobre un cartón, todo mezclado, anuncios de
fajas herniarias, de álbumes de canciones estudiantiles y de
alimentos para perros, etiquetas de botellas de vino y ginebra,
fotos de revistas ilustradas cortadas de cualquier modo y reunidas
de manera que se decía mediante la imagen todo aquello que,
expresado en palabras, hubiera sido inmediatamente eliminado por los
censores. De este modo, hicimos tarjetas postales que supuestamente
habrían sido enviadas desde el frente o de los hogares al frente. De
ahí que algunos amigos...crearan la leyenda del 'pueblo anónimo'
inventor del fotomontaje...En verdad, lo que sucedió fue que
Heartfield se sintió impulsado a desarrollar una técnica artística
conciente a partir de lo que al principio no era más que una
agresiva broma política", Hans Richter, Historia del
dadaísmo, Buenos Aires, ed. Nueva Visión, p.125-126.
(58) Andreas Huyssen, Después
de la gran división. Modernismo, cultura de masas,
posmodernismo, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2002,
p.268.
(59) Georges Bataille es uno de los grandes pensadores de la
otredad. El Ser late próximo a la religión, la sexualidad, el
juego, el rito. A lo sensorial y prerracional. En este pensar de lo
otro, el Ser siempre es evasión del sereno cobijo de la razón
y de lo sistemático. Bataille elabora una nueva y sugerente
filosofía de la historia en su obra La parte maldita
(1949) (atípica obra de Bataille en cuanto a su innegable pretensión
de pensamiento sistemático, y donde concede especial importancia a
la fiesta arcaica del potlatch). Allí, el Ser es
manifestación generosa, derroche, gasto, exceso orgiástico,
trasgresión, sacrificio, rito. Ver G. Bataille, La parte maldita,
ed. Icaria.
(60) Partiendo de
su modelo de "pintor de la vida moderna", del Señor G, de Constantin
Guys, Baudelaire hacia su definición del concepto de
modernidad, expresa: "....va, corre, busca. ¿Qué busca? Sin duda,
este hombre, tal como lo he pintado, este solitario dotado de una
imaginación activa, viajando siempre a través del gran desierto
de hombres, tiene un fin más elevado que el de un simple
paseante, un fin más general que el placer fugitivo de la
circunstancia. Busca algo que se nos permitirá llamar la
modernidad; pues no surge mejor palabra para expresar la idea
en cuestión. Se trata para él de separar de la moda lo que puede
contener de poético en lo histórico, de extraer lo eterno de lo
transitorio", en C. Baudelaire, "El pintor de la vida moderna, en
Salones y otros escritos sobre arte, Visor, p.
361.
(61) La
expresión "cuidado de sí" caracteriza al último período del
pensamiento de Foucault. Su significado, vinculado a una
autoconstrucción de la subjetividad, que se relaciona , como uno de
sus ejemplos, con Baudelaire.Ver M. Foucault, ¿Qué es la ilustración?, ed. La
Piqueta. La conferencia en cuestión posee dos partes; en una de
ellas el autor de Vigilar y castigar aborda la construcción
de la subjetividad en el dandi de raíz baudelariana; y, en la
segunda, consuma una hermenéutica de la condición ilustrada en el
pensamiento kantiano.
(62) Con términos más amplios
Baudelaire caracteriza al dandismo en estos términos: "Se hagan
llamar refinados, increíbles, bellos, leones o dandis, todos
proceden de un mismo origen; todos participan del mismo carácter de
oposición y de rebeldía; todos son representantes de lo que hay de
mejor en el orgullo humano, de esa necesidad, demasiada rara entre
los de hoy, de combatir y destruir la trivialidad. De ahí nace, en
los dandis, esa actitud altanera de casta provocadora, incluso en su
frialdad. El dandismo aparece sobre todo en las épocas transitorias
en las que la democracia no es todavía todopoderosa, en la que la
aristocracia sólo está parcialmente vacilante y envilecida. En la
confusión de esas épocas algunos hombres desclasados, hastiados,
desocupados, pero todos ricos en fuerza natural, pueden concebir el
proyecto de fundar una especie de nueva aristocracia tanto más
difícil de romper cuanto que estará basada en las facultades más
preciosas, las indestructibles, y en los dones celestes que el
trabajo y el dinero no pueden conferir... El dandismo es el último
destello de heroísmo en las decadencias...Los dandis se hacen cada
vez más raros entre nosotros, mientras que entre nuestros vecinos,
en Inglaterra, el estado social y la constitución (la verdadera
constitución, la que se expresa por las costumbres) dejarán todavía
largo tiempo un lugar a los herederos de Sheridam de Brummel y de
Byron, si es que se presenta alguien digno de ellos", en C.
Baudelaire, "El pintor de la vida moderna, op. cit,
p.379.
(63)
Sobre la libertad del flaneur y su encuentro con
sus enemigos (Taylor y Rattier) deseosos de negar su libre
deambular, Benjamin escribe: " Había transeúntes que se apretaban en
la multitud; pero había además el flaneur que necesita ámbito
de juego y que no quiere privarse de su vida privada. Desocupado, se
las da de ser una personalidad y protesta contra la división del
trabajo que hace a las gentes especialistas. De la misma manera
protesta contra su laboriosidad. Hacia 1840 fue, por poco tiempo, de
buen tono llevar de paseo por los pasajes a tortugas. El
flaneur dejaba de buen grado que estas les prescribiesen su
"tempo". De habérsele hecho caso, el progreso hubiera tenido que
aprender ese "pas". Pero no fue él quien tuvo la última palabra,
sino Taylor, que hizo una consigna de un "abajo el callejeo".
Temprano procuraron algunos hacerse una imagen de lo que iba a
venir. En su utopía Paris n'existe pas, escribe
Rattier en 1857: "El flaneur, que habíamos encontrado en las
calles pavimentadas y antes los escaparates, ese tipo
insignificante, sin importancia, eternamente deseoso de ver, siempre
dispuesto a emociones de cuatro perras, ignorante de todo lo que no
fuese adoquines, landós, y farolas de gas...se ha convertido ahora
en agricultor, en vinatero, en fabricante de telas, en refinador de
azúcar, en industrial del hierro", en Walter Benjamin, "El
flaneur" en Iluminaciones I, Madrid. Taurus, p.
70.
(64) Walter
Benjamin, "El flaneur", op. cit., p.
66.
(65) Baudelaire,
en su obra dedicada a los "paraísos artificiales", pondera el
benéfico valor natural de vino, pero critica la práctica del
haschisch, por nociva e innecesaria para la estimulación creativa
del sujeto realmente traspasado por el fervor creador. Así
manifiesta: "El vino exalta la voluntad; el haschisch la aniquila. El
vino es un apoyo físico; el haschisch es un arma para el suicidio.
El vino hace bueno y sociable; el haschisch aísla. El uno es
laborioso, por así decirlo; el otro, esencialmente perezoso. ¿Para
qué trabajar, en efecto, laborar, escribir, fabricar lo que sea,
cuando se puede obtener el paraíso de un solo golpe? En fin, el vino
es para el pueblo que trabaja y que merece beberlo. El haschisch
pertenece a la categoría de los goces solitarios; está hecho para
los miserables ociosos. El vino es útil, produce resultados
fructíferos. El haschisch es peligroso e inútil. (...)
Terminaré este artículo con algunas hermosas palabras que no son
mías, sino de un notable filósofo poco conocido, Barbereau, teórico
musical y profesor del Conservatorio. Yo estaba cerca de él en una
reunión donde algunas personas habían tomado el bienaventurado
veneno, y me dijo entonces con acento de desprecio indecible: 'No
comprendo por qué el hombre racional y espiritual se sirve de medios
artificiales para llegar a la beatitud poética, puesto que el
entusiasmo y la voluntad bastan para elevar lo a una existencia
supernatural. Los grandes poetas, los filósofos, los profetas, son
seres que, por el puro y libre ejercicio de la voluntad, consiguen
llegar a un estado en el que son a la vez causa y efecto, sujeto y
objeto, hipnotizador y sonánibulo'. Yo pienso exactamente lo mismo",
C. Baudelaire, De los paraísos artificiales, México,
Editorial Aguilar, 1961 (traducción de Nydia
Lamarque). Benjamin manifiesta también su experiencia con el
haschisch (en W. Benjamin, Haschisch, Madrid, Taurus).
Benjamin subraya que el haschisch induce la percepción de lo
particular desde la esfera de lo infinito, en la perspectiva de la
eternidad, como lo quería Blake al postular que, al abrirse las
puertas de la percepción, el hombre vería las cosas tales cuales
son: infinitas. La particularidad, y la mirada subjetiva o
particular de la cosa particular, quedan subsumidas en un todo de
intensidad ilimitada: "En la imagen del mundo propia de la alegría
la perspectiva subjetiva queda, por tanto, totalmente absorbida en
la economía del todo". La experiencia de la embriaguez, sea por el
vino o el haschisch, pertenecen a un esquema de restitución del
perdido estado adánico de unidad entre el sujeto y el
mundo.
(66)
Walter Benjamin, "Sobre
algunos aspectos en Baudelaire" en Sobre un programa...,
op. cit., p.107.
(67) Baudelaire le
dedica a Poe también sus escritos: "Edgar Poe, su vida y sus obras",
y "Nuevas notas sobre Edgar Poe, en C. Baudelaire, Escritos sobre
literatura, Barcelona, ed. Bruguera, 1984. pp.
209-263.
(68) Para el
análisis de Benjamin sobre la relación entre Poe, su relato "El
hombre de la multitud" y Baudelaire, ver Walter Benjamin, "El
flaneur", op.cit., p.67-71.
(69)
Walter Benjamin, "Sobre
algunos aspectos en Baudelaire", op. cit., p.108
(70)
Ibid.
(71) Citado en
W. Benjamin, en Sobre el programa de la
filosofía futura, op. cit., p. 108.
(72)
Ibid.
(73) Sobre la distinción entre razón sustantiva y razón
instrumental puede consultarse: Martín Jay, "La génesis de la
teoría crítica", en La imaginación dialéctica. Una historia
intelectual de la Escuela de Frankfurt, Buenos Aires, Taurus. O
George Friedman, La filosofía política de la Escuela de
Frankfurt, México, Fondo de Cultura Económica, 1981. Sobre la
razón objetiva particularmente Max Horkheimer manifiesta: "El
concepto razón objetiva denuncia así que su esencia es por un lado
una estructura inherente a la realidad que requiere por sí misma un
determinado comportamiento práctico o teórico en cada caso. Esta
estructura es accesible a todo el que asume el esfuerzo del pensar
dialéctico... Los sistemas filosóficos de razón objetiva implicaban
la convicción de que es posible descubrir una estructura del ser
fundamental o universal y descubrir de ella una concepción del
designio humano. Entendían que la ciencia, si era digna de ese
nombre, hacía de esa reflexión o especulación su tarea. Se oponían a
toda teoría epistemológica que redujera la base objetiva de nuestra
comprensión a un caos de datos descoordinados y que convirtiese el
trabajo científico en mera organización, clasificación o cálculos de
tales datos", en Max Horkheimer, " Medios y fines", en Crítica de
la razón instrumental, Buenos Aires, Sur. 1973,
p23.
(74) Sobre
la relación de los miembros de la Escuela de Frankfurt con la
prohibición religiosa del nombre de Dios y el vínculo con lo
utópico, Jay observa: "Sería un error, en efecto, tratar a sus
miembros como ateos dogmáticos. En casi todas las discusiones de
Horkheimer sobre religión, éste toma una posición dialéctica...
escribió que la religión no debiera ser comprendida solamente como
una falsa conciencia, porque ayudaba a preservar una esperanza de
justicia futura, la cual era negada por el ateísmo burgués. Así
puede darse algún crédito a su más reciente afirmación en el sentido
de que la prohibición judía tradicional de nombrar o describir a
Dios o el Paraíso se reprodujo en la negativa de la Teoría Crítica a
dar sustancia a su visión utópica. Como ha observado Jurgen
Habermas, la renuencia de la filosofía idealista alemana a encarnar
sus nociones de utopía fue muy similar al énfasis cabalístico sobre
las palabras antes que sobre las imágenes.", en M. Jay, La
imaginación dialéctica..., op. cit., p.106.
(75) La posición
de Horkheimer donde genera una interacción dialéctica entre la
posición religiosa que acepta una realidad trascendente y el
pensamiento crítico se encuentra en Max Horkheimer, Anhelo de
justicia, Teoría crítica y religión (edición de Juan José
Sánchez), Madrid, Trotta, 2000. Aquí, en p. 85, Horkheimer
manifiesta: "Pero la verdad, la verdad enfática y perdurable más
allá del error humano, es inseparable en último término del
teísmo... Es inútil querer salvar un sentido incondicional sin dios.
Por muy independiente, diferenciada y en sí necesaria que sea una
determinada expresión en cualquier esfera cultural, arte o religión,
con la fe teísta debe renunciar a la vez a la pretensión de ser
objetivamente algo más elevado que cualquier quehacer práctico. Sin
referencia a lo divino pierde su gloria la acción
buena".
(76) Susan
Buck-Morss, Origen de la dialéctica negativa, Theodor W. Adorno,
Walter Benjamin y el Instituto de Frankfurt, México, Siglo
veintiuno editores, 1981, p.184.
(77) Ibid., p.
185.
(78) En
La actualidad de la filosofía, Adorno manifiesta: "Si la
filosofía ha de aprender a renunciar la cuestión de la totalidad,
esto significa de antemano que tiene que aprender a apañárselas sin
la función simbólica en la que hasta ahora, al menos en el
idealismo, lo particular parecía representar lo general; y
sacrificar los grandes problemas de cuya grandeza pretendía antes
salir fiadora la totalidad, mientras que hoy la interpretación se
escapa entre las anchas mandíbulas de los grandes problemas....La
deconstrucción en pequeños elementos carentes de toda intención se
cuenta según esto entre los presupuestos fundamentales de la
interpretación filosófica; el viraje hacia la 'escoria del mundo de
los fenómenos' que proclamara Freud tiene validez más allá del
ámbito del psicoanálisis, así como el giro de la filosofía social
más avanzada hacia la economía proviene no sólo del predominio
empírico de ésta, sino asimismo de la existencia inmanente de
interpretación filosófica", Theodor W. Adorno, La actualidad de
la filosofía, Buenos Aires, Planeta-Agostini, 1994 (trad. José
Luis Arantegui Tamayo), pp.90-91.
(79) W.
Benjamin, en Sobre el programa de la filosofía futura,
op. cit., pp.12-13.
(80) "Ningún
aspecto de esta formulación podría hacer pensar que el retorno de
Benjamin a la teología debe entenderse como idiosincrasia
particular. Por el contrario, en esa época se observa el mismo giro
teológico en las obras de numerosos intelectuales. Martin Heidegger,
para citarlo sólo a él, emprendió el camino del retorno a la
filosofía medieval del lenguaje, que Benjamin consideró, como se
manifiesta en la tesis de doctorado sobre Duns Escoto (1916), que
Benjamin leyó en 1920, cuando estaba en busca de un tema para su
propia tesis de doctorado, y en la que reconoció la proximidad de
sus propias preocupaciones", Bernd Witte, Walter Benjamin. Una
biografía, Barcelona, Gedisa, 1990, p.48.
(81)
"Luckács, Bloch y Benjamin tratan de superar el derrumbe, posterior
a la guerra, de la imagen burguesa del mundo que se presenta como
filosofía de la vida (positivismo o neokantismo) dando a la
filosofía crítica contenidos metafísicos, de la misma manera en que
ya los románticos (en la perspectiva en que se encontraban de
intelectuales no inmediatamente alcanzados por el aniquilamiento de
las estructuras feudales tardías en Alemania) habían reaccionado
abandonando la filosofía kantiana a la que reprochaban su
formalismo, abandono que desembocó en la constitución de una nueva
mitología", Bernd Witte,Walter Benjamin,... op.cit,
p.49.
(82) W.
Benjamin, El origen del drama barroco alemán, Madrid, Taurus
(trad. J.Muñoz Millanes). En esta obra, con la que Benjamin intentó
infructuosamente su ingreso como docente a la universidad, se amplia
la concepción del lenguaje iniciada en el ensayo sobre lo
lingüístico incluido enSobre el programa de la filosofía
futura. Frente a una concepción reduccionista del lenguaje,
donde el concepto designa a los objetos empíricos y por inducción
llega a conceptos generales, Benjamin continúa su doctrina, de
origen judeo cabalístico, de que las palabras nombran las cosas y
absorben sus ideas o esencia espiritual. En su investigación
sobre del drama barroco Benjamin busca una totalidad, pero no ya
como una imagen simbólica del mundo donde los extremos son
armonizados, como en la concepción clásica o en el idealismo
filosófico. La totalidad o idea de la realidad que transmite el
drama barroco está condicionada históricamente. Y en esta mediación
histórica de la totalidad surgirá una totalidad fragmentada,
disgregada en ruinas y escombros. Esta concepción emerge por ejemplo
al estudiar el legado del héroe en el Trauerspiel. El
rey-héroe puede ser mártir o tirano. La corte será lugar de las
inspiraciones, intrigas, o del idealismo cortesano. El tiempo será
así lugar de lo catastrófico, o sitio del idilio paradisíaco. Entre
los extremos contradictorios no hay armonización o salida posible.
En la tragedia clásica el héroe consuma su destino superior por la
muerte. En el drama barroco, la muerte, la mortalidad, es punto
insuperable, no es medio superador. Y "desde el punto de vista de la
muerte, la vida es producción de cadáveres". La vida está atravesada
por la muerte, la culpa, el derrumbe. El desplomamiento del destino
individual contamina la historia. Así "la historia, tal como ella
determina la acción en el Trauerspiel barroco, queda
desenmascarada: no es más que un lugar de escombros, de ruinas,
desprovisto de todo sentido metafísico. Esta visión de la
historia...revela en un lejano pasado el derrumbe de la razón
objetiva que sólo se hizo manifiesto en el siglo XX", Bernd Witte,
Walter Benjamin,... op.cit, p.88. Benjamin también forjará
una intensa defensa de la alegoría en desmedro del símbolo como
forma universal de sentido que pierde el contacto con lo particular.
Por eso, la alegoría, en el drama barroco, supone la recuperación de
la presencia de lo caduco y su proyección hacia la eternidad. De ahí
la afirmación de Benjamin: "uno de los móviles más poderosos de la
alegoría es la intuición de la caducidad de las cosas y el cuidado
para salvarlas en lo eterno".
(83)
Citado por Susan
Buck-Morss, Origen de la dialéctica negativa,
op. cit.,
p.196.
(84) W.
Benjamin, "Vida de los estudiantes", en La metafísica de
juventud, Barcelona, Paidós, p. 117.
(85) Michael
Lowy, Walter Benjamin. Aviso de incendio. Una lectura de la tesis
Sobre el concepto de historia, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, p. 49.
(86) W. Benjamin,
Tesis de filosofía de la historia, en Discursos interrumpidos I,
op. cit., p.181.
(87) Ibid.,
p.182.
(88) Ibid.
p.185
(89) Ver W.
Benjamin, Para una crítica de la violencia y otros ensayos,
Taurus, Madrid, (trad. de R. Blatt). Benjamin distingue también aquí
entre un violencia mítica y politeísta, y la violencia de la
religión monoteísta. La violencia mítica de Apolo se consuma como
derramamiento de sangre de las hijas de Niobe; la violencia
"santificada" del Dios Bíblico es la que se da contra Core y los
levitas, tal como se narra en el Libro de los Números. Este
análisis de la violencia Benjamin lo relaciona con procesos
históricos-políticos de su tiempo: "la huelga general política" de
1917-18 de los espatarquistas, es reactualización de la violencia
mítica donde se repite un mismo orden, porque en esta rebelión lo
que se buscaba era reemplazar un puño gobernante por otro. Por
contraste, la "huelga general proletaria", inspirada por Sorel, la
huelga no violenta, significaría la abolición o supresión de la
dominación en tanto ruptura o salida de la violencia como repetición
mítica de lo mismo.
(90)
W. Benjamin, "Tesis de
filosofía de la historia", op. cit., p.17.
(91)
Ibid. p.190.
(92)
Ibid.
(93) "Al
parecer, Benjamin siguió ampliando su Colección de libros para la
infancia hasta comienzos de los años treinta, considerándolo no
obstante (como resulta de una carta hallada recientemente en uno de
los ejemplares) de propiedad de su mujer Dora, que en los años
treinta -después del divorcio - cuidó de esos libros en la Francia
Meridional y los llevó luego con ella a Londres a comienzos de los
años cuarenta. Desde de la muerte de Dora en 1964, la colección fue
heredada por el hijo Stefan y desde la muerte de éste último, en
febrero de 1972, está custodiado por la viuda, Janet Benjamin, en
Londres", Giulio Schiavoni, "Frente a un mundo de sueño.
Walter Benjamin y la enciclopedia mágica de la infancia", en W.
Benjamin, Escritos. La literatura infantil, los niños y los
jóvenes, Buenos Aires, ed. Nueva visión, 1989,
p.26.
(94) W.
Benjamin, Escritos. La literatura infantil, los niños y los
jóvenes, op.cit, p.122
(95) Ibid.,
p.123.
(96)
Ibid.
(97) Desde
la magia del relato oral bien ejecutado, Benjamin transportó a su
auditorio infantil hacia sus recuerdos infantiles en un "Berlín
demónico", y sus relación con los cuentos de Hoffmann; también evoca
los teatros de marionetas y juguetes en la urbe berlinesa; o recrea
las historias de Caspar Hauser, Cagliostro, o la erupción del
Vesubio. Ver W. Benjamin, El Berlín demónico, Relatos
radiofónicos, Barcelona, Icaria, 1987.
(98) Walter
Benjamin, Infancia Berlín hacia 1900, Madrid, Alfaguara,
1982, p.96 (trad. Klaus Wagner).
(99) Ver en
W. Benjamin, "Armarios" en Infancia Berlín hacia 1900, op. cit.,
pp.102-107.
(100) Ibid.,
p.105
(101)
"Yo...no pensaba en conservar lo nuevo, sino en renovar lo antiguo.
Renovar lo antiguo mediante su posesión en el objeto de la colección
que se me amontonaba en los cajones. Cada piedra que encontraba,
cada flor que cogía y cada mariposa capturada, todo lo que poseía
era para mí una colección única. "Ordenar" hubiese significado
destruir una obra llena de castañas, con púas, papeles de estaño,
cubos de madera, cactus, y pfennigs de cobre era respectivamente
manguales, un tesoro de plata, ataúdes, palos de orden y escudos",
W. Benjamin, "Armarios" en Infancia Berlín hacia 1900, op.
cit., p.105-106.
(102)
Ibid., p.96.
(103) W.
Benjamin, Escritos. La literatura infantil..., op.cit.,
p.124.
(104) Es
interesante continuar la caracterización adorniana de Benjamin
elaborada a partir de sus recuerdos: "...si he reproducir lo exterior, tendría
que decir que Benjamin tenía algo de mago, pero en un sentido nada
metafórico, muy literal. Uno se lo podía imaginar con un alto
cucurucho y una especie de varita mágica. Muy curiosos resultaban
sus ojos, bastantes hundidos, cortos de vista, y que a veces
parecían disparar las miradas, de una forma al tiempo suave e
intensa. Muy particular también su pelo, que tenía algo de
peculiarmente flamígero. Su rostro tenía un corte muy regular, pero
al mismo tenía algo- una vez más, es difícil hallar la palabra
correcta- de animal que acumulara víveres en sus mejillas. El punto
de vista del anticuario y el coleccionista, que representa un papel
destacado en su pensamiento, se había marcado también en su aspecto
fisonómico. Sin embargo, había otra cosa muy esencial en la
experiencia de él: que con él no había algo así como inmediatez y
calor humano en el sentido usual del término. Tampoco se trataba de
la idea ordinaria de la llamada intelectualidad fría. Era más bien
como si hubiera pagado un precio terrible a la fuerza metafísica de
aquello que veía y que intentó expresar en palabras inefables: como
si hablara por así decirlo como un muerto a cambio de poder ver con
serenidad y calma cosas que los vivos no pueden ver. Aunque no era
en modo alguno ascético ni escuálido ni nada por el estilo, tenía un
punto de acorporalidad. Nunca he visto otro hombre en el que toda la
existencia, incluso la empírica, estuviera tan plenamente marcada
por la espiritualización. Y sin embargo, cada palabra que decía
traía consigo una especie de felicidad sensorial a través del
espíritu que probablemente le estaba vedada como felicidad meramente
sensorial, inmediata, viva. ", Theodor Adorno, Sobre Walter
Benjamin, Madrid, Cátedra, 1970, p79-80.
(105) "Imaginen a un artista que se encontraría siempre
espiritualmente en estado convaleciente, y tendrían la clave del
carácter del Sr G. Ahora bien, la convalecencia es como un retorno a
la infancia. El convaleciente disfruta el más alto grado, como el
niño de la facultad de interesarse vivamente por las cosas, incluso
las más triviales en apariencia. Remontémonos, si es posible, por un
esfuerzo retrospectivo de la imaginación, hacia nuestras impresiones
más jóvenes, primeras y reconoceremos que tenían un singular
parentesco con las impresiones, tan vivamente coloreadas, que
recibimos más tarde tras de una enfermedad física, siempre que esa
enfermedad haya dejado pura e intactas nuestras facultades
espirituales. El niño todo lo ve como novedad; está siempre
embriagado. Nada se parece más a lo que se llama inspiración
que la alegría con que el niño absorbe la forma y el color. Me
atrevería a ir más lejos; afirmó que la inspiración tiene alguna
relación con la congestión, y que todo pensamiento sublime va
acompañado de una sacudida nerviosa, más o menos fuerte, que resuena
hasta el cerebelo. El hombre de genio tiene los nervios sólidos; el
niño los tiene débiles. En uno, la razón ha ocupado un lugar
considerable, en el otro, la sensibilidad ocupa casi todo el ser.
Pero el genio no es más que la infancia recuperada a voluntad, la
infancia dotada ahora, para expresarse, de órganos viriles y del
espíritu analítico que le permite ordenar la suma de materiales
acumulada involuntariamente...Les rogaba antes considerar al Sr.G.
como un eterno convaleciente; para completar su concepto, mírenlo
también como un hombre-niño, un hombre que posee cada minuto,
el genio de la infancia, es decir un genio para el que ningún
aspecto de la vida está embotado", C. Baudelaire, "El pintor de la vida
moderna...", op. cit., p. 361.
(106) W.
Benjamin, El concepto de crítica de arte en el romanticismo
alemán, Barcelona, Península (trad. F. Yvars y
V.Jarque).
(107)Citado
en Bernd Witte,Walter Benjamin, op. cit., p.52.
(108) W.
Benjamin, "Las afinidades electivas de Goethe", en Sobre el
programa de la filosofía futura, op. cit., p.
22.
(109)
Michael Lowy, Walter Benjamin. Aviso de incendio..,
p.164.
(110)
Tiedemann es autor de uno de los clásicos estudios sobre el
pensamiento benjaminiano, realizado bajo la supervisión de Adorno:
Rolf Tiedemann, Estudios sobre la filosofía de Walter
Benjamin,
(111)
Ricardo Forster, Walter Benjamin y el problema del mal,
Buenos Aires, ed. Altamira, 200, p.56-57.
(112) W.
Benjamin, "Fragmento político-teológico", en Discursos
interrumpidos I, op. cit., p.193. Aquí también se agrega, y en
función a lo expresado arriba: "El orden de lo profano tiene que
erigirse sobre la idea de felicidad".
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