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LO
LEJANO Y LO PLENO
Arte,
filosofía y teología en Walter Benjamin
Por
Esteban Ierardo
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Walter
Benjamin
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Walter Benjamin es uno de los pensadores más singulares
del siglo XX. Su obra no es clasificable bajo un género
o temática exclusiva. Benjamin siempre eludió
la especialización; de ahí la múltiple
y heterodoxa riqueza de su pensar que, por la vía expresiva
fundamental del ensayo, se abrió a la crítica
literaria, la evocación de la infancia, la meditación
sobre el significado del arte en el mundo moderno de la reproductibilidad
técnica, y una visión crítica de la historia
donde su unen teología, marxismo, y el mesianismo de
raíz judaica. Aquí, en el extenso ensayo que sigue
a continuación, intentamos vislumbrar
el legado benjaminiano como reflexión sobre el lenguaje
y arte, la restitución de la particularidad y la redención
del dolor humano en la historia. Detrás de esto, siempre
late la evocación de una plenitud originaria perdida.
Y pensaremos, también, el trasfondo de la recuperación
de la experiencia infantil y los posibles sentidos de una "teología
negativa" que, en Benjamin, actúa como esperanza
mesiánica.
E.I
LO
LEJANO Y LO PLENO
Arte,
filosofía y teología en Walter Benjamin
Por
Esteban Ierardo
I
Las
cañones cierran sus gargantas de metal. Las últimas humaredas
se dispersan. En los campos, colmados de trincheras, la
sangre aún mancha los alambres. Los que han sobrevivido
a las tormentas asesinas regresan a los hogares. Vuelven mudos.
Sin qué decir. Con el lenguaje ahogado bajo palabras
que no llegan a la superficie. Los que regresan están
empobrecidos. Abundante dolor y espanto no los ha enriquecido.
A pesar de los cercos del terror, algunos niños siguen jugando
en el campo, o dentro de un cuarto. Ven unos colores amarillos
de hierbas y soles que brotan del costado de un coyote moribundo.
Para los niños la experiencia es todavía irradiación,
lunas de voz intensa. Benjamin fue uno de esos niños. Y aún
lo es, aún cuando agita el plumaje de la intelectualidad
aguda o de la forma libre del ensayo. El pensador que en el
silencio de su deseo más hondo repite la ronda infantil
hace de la palabra una experiencia exuberante. Que enciende
los rostros, en lugar de desaparecer en un gesto de mudez.
La
experiencia saludable, rica y vivaz, la asocia Benjamin con
la erfahrung, la experiencia no dividida, no estallada
todavía en pedazos. La experiencia como continuidad de
las cuerdas sabias de una tradición, como comunidad con
las voces y relatos de un ayer acogedor. La erfahrung
colisiona con la erkenntnis. Erkenntnis es la experiencia
fragmentada, la percepción disgregada del hombre moderno,
desmembrado entre fragmentos y el caos sensorial de la vida
urbana.
En
nuestro deambular entre las calles de la reflexión benjaminiana
nos deslizaremos primero entre los pasaje de la demolición
de la erfahrung, y, luego, vislumbraremos la esperanza
crítica de su restitución. El pensador que unirá
teología y materialismo histórico le confiere
al cine, en un momento de confianza que luego será revisado,
una potencialidad revolucionaria. Pero, al final de la jornada,
tras su obligado suicidio en 1940, en la frontera franco-española,
en los Pirineos, Benjamin piensa, acaso desde un fracaso asumido,
que la liberación de una sociedad opresiva no será
sólo construcción humana, sino también
intervención de un inminente relámpago divino.
También
des-plegaremos otros pliegues del pensar benjaminiano: los orígenes
teológicos del lenguaje como facultad de otorgar nombres
originarios a las cosas, el flaneur y Baudelaire; el
surrealismo; el arte arcaico y su aura, el arte moderno de la
reproducción técnica y la supresión de
lo aurático; las relaciones de Benjamin con la Escuela
de Frankfurt y Adorno; la defensa de una gnoseología
de lo particular y la alteridad; el coleccionismo de Fuchs,
y la experiencia infantil. Pero las distintas aristas que exploraremos
se encastran en la doble perspectiva del legado benjaminiano
como ensayismo de la restitución de la particularidad
y como ruptura mesiánica que redime el dolor de las generaciones
vencidas y olvidadas en la historia. Y estos dos caminos se
sostienen, a su vez, sobre la evocación benjaminiana
del ser como plenitud originaria perdida.
Pensaremos
entonces el pensar de Benjamin como "pensamiento poético
(Hanna Arendt), como una estética de la memoria lúcida,
que medita en el ser como una plenitud primaria. Y como restitución
de una otredad que pueda manifestarse como real fuerza transformadora,
y no sólo como declamación discursiva.
II
En su ensayo "Experiencia y pobreza" Benjamin
piensa el proceso aniquilador de la experiencia. Luego de la
devastadora guerra de las trincheras "pudo constatar que
las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas,
sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable"
(1). En la guerra el hombre se sabe indefenso. También,
en la dinámica moderna de la técnica, en los torbellinos
de la vida moderna, no hay escucha de la corriente de valores
del pasado que, en sus orígenes, fluían de boca
a oído. Sobre las masas galopa la mudez, lo terrorífico,
el grotesco de la apariencia de la vida feliz, los desiertos
de confusión y soledad. La intuición artística
ve los tumores escondidos de una época. Benjamin entonces
recuerda a Ensor, el pintor de los esqueletos y máscaras.
Festivos climas de carnaval pueblan muchos de sus lienzos. Pero
la alegría es engañosa. Es el barniz que embellece o
deslumbra y luego se quiebra entre los volcanes salvajes de
la Primera Guerra Mundial.
El
empobrecimiento del individuo y de la humanidad se relaciona
con el copalso del arte de narrar.
"¿Quién
encuentra hoy gentes capaces de narrar como es
debido? ¿Acaso dicen hoy los moribundos palabras perdurables
que se transmiten de generación en generación?
¿A quién hoy le ayuda un proverbio? ¿Quién
intenta habérsela con la juventud apoyándose en
la experiencia?" (2).
La
meditación sobre el significado empobrecedor de la pérdida
del arte del narrar se expande en "El narrador. Consideraciones
sobre la obra de Nicolai Leskov", en Sobre el programa
de la filosofía futura. Pensar en Leskov (3) como
narrador es acercarse a un arte perdido y "más bien
aumentar la distancia que con él tenemos" (4). El
hombre contemporáneo es incapaz de contar, de narrar,
de intercambiar experiencias. Así se distancia y desvanece
la fuente de la que se han nutrido siempre los narradores, "la
experiencia que corre de boca en boca". La riqueza de la
narración es arte popular. Es creación anónima
que preserva imágenes colectivas. La narración
fluye mediante historias de la propia tierra, o de la exótica
diversidad de lejanos países. La cadencia narrativa se
pronuncia junto a una chimenea, en el descanso nocturno, en
la fascinación y atención que promueven las llamas
que bailan sobre la oscuridad. El narrar es no sólo un arte
de la voz y de la memoria, sino también de la fuerza
expresiva de las manos y los gestos. Las velas de las palabras
que el narrador sopla son historias que brotan de dos tipos
arcaicos: el agricultor sedentario y el marino mercante. El
primero narra tradicionales historias de su país; el
segundo narra los relatos que trae de tierras lejanas. Así,"
los aldeanos y los marinos han sido los antiguos maestros de
la narración". ¿Pero qué se transmite, circula
y vive en lo narrado?": "El lado épico de la
verdad, la sabiduría", que "está en trance
de desaparecer" (5). La sabiduría es un largo y
silencioso proceso de respuestas a los enigmas y abismos de
la vida: ¿cuál es la vida auténtica? ¿Cómo
no perderse en la estupidez y la violencia? ¿Dónde encontrar
la fraternidad o el amor? La sabiduría nace luego de
largos caminos de errores, caídas y pérdidas.
La sabiduría es un saber que madura en el caldero de
las tentativas y el sufrimiento. Y en ella confluyen los caminos
de multitud de individuos, generalmente desvanecidos en la voz
colectiva y anónima. Una voz que sólo se repite
y continúa en los relatos del buen narrador. Pero la
facultad antigua se disipa en lo moderno. Y en esa desaparición reverbera
"una nueva hermosura".
El
epítome de la escritura moderna, la novela, es también
un proceso que socava la vieja oralidad narrativa. El narrador
narra desde su inserción en una experiencia viva y colectiva.
El narrador es eventual encarnación de la voz popular.
Lo que sus labios dicen procede de una fuente común.
El novelista, en cambio, escribe desde su aislamiento, desde
su soledad que gime en su separación de lo colectivo.
La novela escribe la evocación de una dicha perdida.
Por lo que el novelista, en su arte de escritor solitario, "nos
hace saber cuál sea la profunda desorientación de los
seres humanos" (6). La desorientación comienza
cuando desaparece un modelo de sabiduría asequible. En
el Don Quijote, arquetipo de la desorientación
novelesca, la disposición caballeresca a prestar ayuda, a sembrar
soles de ideales, se revela finalmente como intento vano, como
locura. Y la novela de formación (bildungs roman),
la novela de los años de aprendizaje del joven Werther
de Goethe, o La educación sentimental de Flaubert, no
recuperan la sabiduría perdida. Enfatizan la ansiedad
de una búsqueda donde reina lo inalcanzable.
Y
el arte de narrar involucra lo artesanal. Lo anónimo
o impersonal de las historias narradas no se opone a una impregnación
de huellas personales. Leskov es un ejemplo. En ocasiones, recuerda
situaciones de la propia vida que interpola en sus relatos.
La artesanía halla un equilibrio entre lo colectivo y
lo individual. En esta coordinación resopla un rechazo
de la impersonalidad de la técnica industrial. Benjamin
recuerda un relato de Leskov, La pulga de acero, donde
un platero, en un prodigio de habilidad artesanal, llega a fabricar
una pulsera de acero. Que enorgullece a Pedro el grande. Y la
pulsera en cuestión es esgrimida como ejemplo de la valía
de los rusos ante los ingleses.
Paul
Valery estimula un pensamiento agudo sobre la labor artesanal.
Primero es la naturaleza como ejemplo de serena y paciente labor
en la maduración de una perla o el vino. Y luego es la
imitación que el artesanado hace de este lento madurar,
con su paciente perfeccionamiento de tallados, pulidos, miniaturas
o pinturas de varias capas. Pero el esmero artesanal sucumbe
porque el hombre moderno sólo acepta lo que surge con
rapidez. En el orden de la escritura, la abreviación
del esfuerzo produce el relato corto (short story). El
cuento breve es renuente a la lenta sedimentación de
finos pliegues que enriquecen la narración.
Karl Kraus fue lúcido conocer y crítico de las
distintas formas del empobrecimiento. Benjamin, en el décimo
aniversario de su muerte, le dedica un ensayo. Kraus arremete
contra las hipocresías de su tiempo; es el satírico
que imita, desnuda y fogocita a los falsos artistas. Kraus sostiene
su propio faro, el periódico La antorcha. Entre
las tribulaciones de la Primera Guerra Mundial, en la Viena
capital del imperio de los Habsburgos, Kraus es pacifista, cuando
casi todos braman acentos marciales. Defiende a homosexuales,
prostitutas, cuando la hipócrita mojigatería vienesa
condena esas "desviaciones" al mismo tiempo que las
promueve o disfruta. Y, ante todo, Kraus convierte en una misión
épica el blandir la espada contra la hiedra de la simulación
periodística. Kraus es amigo de Adolf Loos. Loos también
esgrime la voz de denuncia en su artículo "Ornamento
y delito" (7). La obra de arte es distinta al objeto utilitario.
Para la obra es innecesario el ornamento. El artista, el pintor,
escultor, o poeta, no es un decorador. Pero Kraus advierte que
el literato de su tiempo "en el fondo de su corazón,
coincide con el decorador" (8). Heine es su vocero. En
él, la expresión deviene raquitismo informativo,
entretenimiento, periodismo, folletín. La palabra colapsa
en la sangría de lo inauténtico. Los titulares
aplastan la integridad de las palabras, de modo que sólo
quede la frase, el titular que embruja y simplifica. Y que engaña
por todo lo que no dice. En su empobrecimiento, el lenguaje
deviene espectral instrumento de manipulación y surtidor
de sensacionalismos varios. En esta caída, la razón
se ensombrece, es astucia sin vida. Frente a esto, Kraus, en
una continuación del fervor romántico, piensa
que lo femenino es el origen de la fantasía, de la inspiración,
de la creación. Lo moral y lo estético resplandecen
en el encuentro de la razón y la intuición. La
fantasía es el ave que guía la mirada hacia un
cielo profundo. Para Kraus, cuando el hombre y la mujer se encontraron
se encendieron en el "origen", donde la razón
se hizo fértil por la llama femenina. La salud del lenguaje
es recuperar ese origen. La belleza lírica, la música
de la rima y el ritmo, la libertad de la fantasía, danzan
entre las palabras. El arte se oscurece bajo el demonio de la
última noticia del periodismo, y su desdén orgánico
por la metáfora o la gratuidad de la belleza. En la trinchera
de periodistas y falsos literatos se venera el arte por el arte,
o la obra como ser reducido a la pureza estilística y
formal. Pero la sola forma no asegura el arte auténtico.
Para Kraus, parte esencial de la autenticidad artística
es la integración entre la obra y el autor. El divorcio
entre la vida del escritor y el acto de la escritura es desmembramiento
empobrecedor. La potencia de una obra procede de la integridad
moral de su autor. Pero la ética que nace en esa integración
no posee un fundamento racional. El valor es inexpresable.
Su hogar es la acción. Por eso, la ética real
no se demuestra ni fundamenta. Es en el obrar. Un camino que
siguió Wittgenstein, discípulo indirecto del polémico
Kraus (9).
Kraus
protege la "separación creadora" entre los
hechos terrenos de la información, la ciencia, la historia
o el periodismo, y el acto artístico. El arte retorna
al origen por la fantasía o la sátira, donde el
maestro de Kraus es Nestroy (10). La fantasía del arte
encendido es pulsión erótica. Y el nombre de una
palabra siempre se aleja. Pero puede ser invocada: "en
el círculo lingüístico del nombrar, y sólo en
él, se configura la básica experiencia polémica
de Kraus" (11). Cuando se llama o convoca una palabra por
su propio nombre no se degrada a instrumento, no se banaliza.
La palabra entonces regresa al origen, donde reina un frescor
creador. Pero la defensa de la fantasía creadora en Kraus
es una pequeña isla de fuego vivaz, rodeada por las palabras
sin cielo de la sociedad capitalista.
III
Con
mirada alerta, Benjamin observa vidrieras y fachadas dentro
de bruñidas galerías. Camina por pasajes. En uno
de ellos quizá repite la promesa de Stendhal, que atribuye
al arte la promesa del bienestar. Una promesa que depende de
la recuperación de resplandecientes ágatas en
una playa abandonada. La regeneración de la experiencia
será redención de una naturaleza y un hombre caídos.
A
los veintitrés años Benjamin inicia una perdurable
amistad con Gershom Scholem. Scholem se convertirá en
el fundamental difusor del misticismo judío mediante
su obra La cábala y su simbolismo (12). Scholem,
junto con Adorno, será el principal propalador de los
ensayos benjaminianos. Scholem guía al joven Benjamin
al encuentro con sus raíces judaicas, con la constelación
de la teología mística, un paraje sacro que barniza
toda la obra benjaminiana, aun después de su explícita
adhesión al marxismo.
El
temprano ensayo sobre "El lenguaje en general y sobre el
lenguaje de los hombres", evidencia la caladura teológica
del pensador de la "Tesis de la filosofía de la
historia".
Para
Benjamin, cada cosa reclama una forma de lengua. Porque toda
cosa propende a la expresión de su esencia espiritual.
Y ésta "se comunica en el lenguaje y no a través
de la lengua" (13). La cosa preserva un sentido no apropiable
completamente por lo lingüístico. Su centro es diferente a la
lengua. Pero
dicha diferencia sólo puede ser expresada en el lenguaje.
Lo comunicable o expresable de una lámpara no es la lámpara
misma; es sólo la lámpara del lenguaje, "la
lámpara-en-la expresión". Sin embargo, el
ser espiritual y el lingüístico coexisten indisolublemente.
Si el ser espiritual pude expresarse en el lenguaje es sólo
como revelación. Y lo que se revela es el nombre de origen
divino, que es derramado o puesto en las cosas por el hombre.
La participación humana es inevitable para que las cosas
puedan acceder a un nombre. Las cosas, como tales, carecen de
sonidos. El hombre le otorga a las cosas los sonidos de su nombre.
La creación se ha consumado merced al verbo divino. Y
"todo lenguaje humano es sólo reflejo del verbo
en el nombre" (14). El nombre es extensión de la
palabra divina. Por el nombre se cristaliza la comunidad del
hombre y Dios. El hombre es mediador. Pues las cosas reciben
su nombre por el hombre. Por lo que, por el nombre, también
se da la comunidad entre el hombre y las cosas. Entre el lenguaje
humano y las cosas brilla la correspondencia, la continuidad,
la identidad. Desde la equivalencia adánica nombre-cosa,
Benjamin impugna dos concepciones del lenguaje: la teoría
burguesa y la mística. La idea burguesa puede entroncarse
con la posición saussuriana. La palabra es signo convencional,
es unidad arbitraria de un significante y un significado. La
palabra no es la cosa. Por el contrario, para la otra posibilidad,
para la creencia mística del lenguaje, la cosa sólo
es desde su adecuación plena con el lenguaje, con la
palabra, como en la doctrina de Von Hulmbolt (15). Pero "ello
es inexacto, porque la cosa en sí no tiene palabra: la
cosa es creada por el verbo de Dios, y es conocida en su nombre
según la palabra humana" (16). La cosa en principio
carece de palabra. Sólo luego recibe su nombre del
hombre. Pero esta donación lingüística precisa de un
acto previo de traducción. La cosa, sin palabra, sin
sonido, debe ser traducida, y en esta traducción la cosa
es transformada. La traducción es pasaje de aquello que
no tiene nombre al nombre. Al lenguaje.
En
otro rellano del pensamiento, en sus Meditaciones Metafísicas,
Descartes descubre que el pensamiento es la única verdad.
La exterioridad de lo sensible, los cuerpos y formas materiales
son dudosas. Pero el genio cartesiano debe restablecer la adecuación
entre el intelecto y la cosa, entre sujeto y objeto, entre intimidad
psíquica y mundo exterior. Recuperación de una
adecuatio necesaria para evitar el solipsismo. Adecuación
que brota finalmente por la mediación de la garantía
divina (17). En un ritmo coincidente del pensar, en la tradición
que Benjamin evoca, la autenticidad de la traducción
que le confiere a las cosas su nombre "tiene su garantía
en Dios" (18). La cosa está muda. Pero la detonación
del nombre le da sonido y expresividad, la libera de la mudez
petrificante. La naturaleza entonces habla por los nombres que
el hombre le concede a las cosas. Pero el hombre y su pecado
original pervierten la comunión entre los nombres y las
cosas. Por su avidez de igualarse a Dios, el hombre pierde la
pronunciación de los nombres y cae en la degradación
de la palabra que juzga y castiga. Él mismo ahora vive
en el castigo de la precariedad e inseguridad. Tras la caída,
y el fallido salto al cielo de la torre babélica y la
consiguiente confusión de las lenguas, la palabra naufraga.
Las palabras no son ya la expresión de las cosas sino
la exhalación de los juicios falsos de la opinión.
La palabra es ahora charla o concepto abstracto. Remanente desmembrado
del fallido asalto al cielo de la torre babélica, y de
la consiguiente multiplicidad confusa de las lenguas. La palabra
ahora rueda en los devaneos de la información, en la
confusión cotidiana, en los murmullos sin sabiduría.
La navaja de la palabra caída desangra también
a la naturaleza. La condena a regresar al mutismo. El hombre
ha perdido el don adánico de decir desde los nombres.
Por lo que la naturaleza es ahora tristeza silente, sufrimiento
sin voz. La caída sólo detiene su peso descendente
en la promesa de la redención. En la esperanza de recuperar
la palabra que expulsa la negación.
La facultad lingüística que otorga nombres actúa dentro
de una lengua universal. Esa lengua, tras la caída, estalla,
se deshace en la confusión babélica. La babelización
supone la profusión de lenguas como entierro y olvido
de la lengua única. Sólo subsisten fragmentos
dispersos de aquel lenguaje. Residuos que pueden ser restituidos
en el acto de la traducción. En "El trabajo del
traductor" (Die Aufgabe des Uberstzens), texto de
1923, escrito como introducción de Tableaux parisiens
de Baudelaire, Benjamin elabora su doctrina sobre la traducción.
Lo influyen nuevamente las concepciones judaicas cabalísticas,
el modelo de traducción ensayado por Hölderlin a
propósito de Sófocles, y las notas introductorias
de Goethe al Diván.
La multiplicidad de lenguas es fragmentación o desprendimiento
de una lengua pura (die reine Sprache). La pureza del
lenguaje originario sobrevive tras la Torre de Babel, como "el
Logos que da sentido al discurso pero que no se muestra en ninguna
lengua viva particular...es como una corriente oculta empeñada
en explayarse en los canales obstruidos de nuestras diversas
lenguas" (19). Tras la redención mesiánica
todas las lenguas separadas regresarán a la unidad. Mientras
tanto, el brillo soterrado de la lengua común surge en
la traducción o pasaje de una lengua posbabélica
a otra. Si la lengua A y otra B pueden ser traducidas es porque
todos los hombres, todas las culturas, desean y necesitan decir
un universo común de hechos, cosas y sentimientos. En
esta unicidad de las aspiraciones expresivas despuntan los restos
del lenguaje común, la Ur-Sprache que pretende
una circulación de significaciones traducibles entre
las distintas lenguas. Señal de emergencia de esta lengua
originaria es cómo el traductor modifica y eleva su lengua
de partida. La traducción de Hölderlin de la Antígona
sofoclea, se diferencia vivamente del alemán corriente.
En este ejercicio de la traducción el trabajo o misión
del traductor es acercar su propia lengua al fondo otro de la
lengua primera; al fondo del "lenguaje de la verdad".
Y "...entonces el lenguaje de la verdad es auténtico
lenguaje. Y justamente este lenguaje, en cuya intención
y en cuya descripción se encuentra la única perfección
a que pueda aspirar el filósofo, permanece latente en
el fondo de la traducción" (20). Frente a las lenguas
divididas y sus traducciones el filósofo intuye la reverberación
de una luz casi totalmente oculta. Las acumulaciones, despliegues
y transformaciones de las traducciones, en su capacidad de catalizar
la liberación de lo originario, se asemejan a la labor
de la hermenéutica cabalística del texto bíblico.
Las distintas técnicas interpretativas que aplica el
cabalista sobre la escritura revelada buscan desenterrar la
velada esencia divina.
La traducción hace emerger algún retazo del esplendor
de la lengua única. El fondo es sitio de concentración
e intensidad de sentido. La superficie de las lenguas distintas
es lugar de la escisión, distanciamiento y olvido de
la Ur-sprache. La traducción aproxima el fondo
a la superficie. En la acción traductora, desde el tejido-superficie
de la lengua traducida actúa la memoria, no como acumulación
de recuerdos, sino como restitución de una plenitud originaria.
La restitución mnemónica de la traducción
es, a su vez, un acto de liberación de lo obturado y
olvidado.
El recuerdo de los nombres primeros de las cosas de la lengua
adánica es afín a la memoria restitutiva que subyace
a la traducción. El lenguaje así pensado pertenece
no sólo al ámbito de la interpretación,
la definición, la expresión artística o
la organización racional del conocimiento. Dentro de
la historia posbabélica, el lenguaje es medio para la
memoria de la plenitud perdida.
IV
Entre las vértebras quebradas de la lengua
adánica, subsisten todavía residuos de claridad,
destellos de la primera mañana. La genuina traducción
es restitución. Y también lo es el coleccionar. En lo
particular sobrevive alguna raya del cielo. Entre el desierto
gris quizá algunas gemas singulares pueden ser coleccionadas.
Fuchs, el coleccionista, responde al llamado de algunas piedras
preciosas...
Fuchs
es coleccionista de caricaturas de arte erótico y de
cuadro de costumbres. Su visión del arte le permite a
Benjamin pensar la embestida contra el historicismo que luego
continuará en "Tesis sobre filosofía de la
historia". El historiador del historicismo contempla su
objeto desde la distancia. El pasado se solidifica en una imagen
eterna que responde al "Érase una vez", donde
el acontecimiento histórico sólo es leído
desde la repetida mirada de los vencedores. El materialismo
histórico debe, por el contrario, hacer estallar el continuum
histórico a fin de pensar en el pasado de dolor de los
"vencidos" que aún relampaguea en el presente.
Una
recepción dialéctica del arte siempre está
mediada por la historia, y por las técnicas de creación
propias de una época determinada. Por la caricatura, por ejemplo,
es posible auscultar las fuerzas que circulan en un presente
histórico. Lo grotesco, que es elemento propio de lo
caricaturesco, es manifestación dual de un tiempo. Porque
lo grotesco puede ser "la expresión de salud rebosante
de una época", o señal inequívoca de decadencia
dado que "los tiempos decadentes y los cerebros enfermos
son propensos a las configuraciones grotescas" (21). La
caricatura que Fuchs colecciona se desprende así de toda
condición risible o intrascendente. Es vehículo
superior para la comprensión de un tiempo.
Para
Fuchs la creación es sana y exuberante biología,
fuerza de origen corporal que no es contenida por un "erotismo
taponado", como el que caracteriza a los maestros del barroco:
el Greco, Murillo, Ribera. Frente a la restricción de
la sobreabundancia, Fuchs, como Nietzsche o Buckhardt, encuentra
en el Renacimiento la creatividad en su fase más intensa.
Fuchs acoge entusiasmado al psicoanálisis y su postulación
del origen erótico de las fuerzas creadoras. El "placer
orgiástico" es valorizado como uno de los momentos
más importantes de la cultura. Y en su concepto
de arte hay sitio para la visión progresista, para la
esperanza de progreso. El arte decimonónico es más
rico en rumbos y concreciones que el arte del Renacimiento,
"y el arte del futuro tiene necesariamente que significar
lo más alto". Progresión histórica
donde Fuchs comulga con el Víctor Hugo que anuncia, cual
un profeta: " El progreso es el paso del mismísimo
Dios". Las aspiraciones democráticas francesas de
1830, el sufragio universal, son parte de ese progreso, y de
una Francia como "vanguardia de la libertad y la cultura".
Y
el coleccionista Fuchs repudia el museo que sólo alberga
las "piezas importantes". Piezas que son seleccionadas
bajo la mirada de los vencedores de la historia. El museo protege
una idea de lo relevante que excluye lo aparentemente insignificante.
Por lo que los lujosos trajes de una fiesta cortesana serán
más importantes que un humilde traje raído de
un trabajador.
En
la modernidad surgen grandes colecciones de gemas, de grabados.
Así se preserva "el arte superior". Pero "Fuchs
es el primero que busca un arte aparentemente secundario, interior,
no digno del museo eternizador"(22). Fuchs colecciona caricaturas. Daumier
lo impresiona vivamente. Daumier es caricaturista por su inmersión
en su tiempo, por la lucidez crítica de su mirada, por
una voluntad de ver y proteger al desamparado. Aspiración
protectora que Fuchs entreve reflejada en el simbolismo de los
árboles. Un árbol de ramas que se abren y proyectan a
lo lejos "forma un techo impenetrable, que mantiene todo
el peligro lejos de aquellos que se han puesto bajo su protección
"(23).
Las caricaturas de Daumier, y toda caricatura en general, se
confunden con el ritmo de un tiempo histórico y una sociedad
concretas. Sólo mediante la violencia de un proceso de
fetichización, la obra de arte se encierra en el mercado,
y el fetiche fundamental del arte "es el nombre del maestro".
Para forjar una actitud liberadora de la obra, Fuchs se nutre
de sus estudios de la escultura china del periodo Tang. El movimiento
de la obra en ese momento de la cultura del Extremo Oriente
"es una prueba particular del modo y manera en que la colectividad
contempló entonces las cosas y el mundo" (24). La
identificación entre un individuo creador y la obra le
impide a ésta ser resonancia colectiva, expresión
cifrada de un entramado social. Cuando la firma exclusiva del
artista individual retrocede la obra es restituida al arco de
la fuerzas colectivas del presente. La obra vuelve a vivir como
destello de un arte popular, como reflejo de un arte de masas.
La caricatura es expresión nítida de ese arte
de masas. Imposible es alejar a la obra de las redes de hechos
y clases sociales. En esta compenetración, el materialismo
histórico halla su elemento propicio. El arte de masas
siempre está atravesado de historia. Y el mundo peculiar
de una época determina nuevas técnicas de expresión
artística que, a su vez, provocan específicos
cambios de percepción. La caricatura así sólo
puede surgir por las posibilidades de difusión masiva
que permite la reproducción técnica del original.
En la antigüedad, la forma común de circulación
son las monedas, un soporte demasiado pequeño para albergar
las imágenes caricaturescas.
Por
otra parte, el arte oficial de museos y academias sitúa
a la caricatura, o al cuadro de costumbres, en una condición
de debilidad despreciable. Y precisamente, para Fuchs, el verdadero
fuerte del arte caricaturesco y de costumbres "lo constituyen
sus atisbos de cosas despreciadas, apócrifas" (25).
Lo excluido y negado emerge con el resplandor de una gema individual
y particular donde se refleja el aliento general de un tiempo.
En
la modernidad, el arte es el fetiche del nombre del artista.
Exaltación en concordancia con la preeminencia del caudillo
y la cultura de la personalidad. El peligro de un voluntad única
que enmudece el vasto tejido de las voces individuales.
V
En
su ensayo "El surrealismo. La última instantánea
de la inteligencia europea"(26), Benjamin piensa desde
el valle de la "distancia alemana", lejos de las fuentes
donde pretende nadar la audacia de los pioneros del surrealismo
(Breton, Aragon, Soupault). El surrealismo no desea un nuevo
tipo de literatura; lo que quiere es la experimentación
vanguardista y los aullidos burlescos ante el establishment.
Lo que busca es la experiencia. La ebriedad de un libre discurrir
de fuerzas creativas emancipadas de toda tradición conservadora.
Ante la realidad oscurecida por acumulaciones de dolor, por
la insensibilidad ante lo misterioso o lo poético, o
la sistemática explotación capitalista de los
cuerpos y el tiempo; ante la realidad oscurecida, sin luz para
la comprensión de lo reprimido o sofocado, el deseo clama
por recuperar lo iluminador. La iluminación religiosa
fue modelo del pasaje de lo no percibido ni vívido hacia
el conocimiento. Pero el surrealismo supera esta forma religiosa
del esclarecimiento. Y también supera el fugaz arrebato artificioso
de los estupefacientes. Porque "la verdadera superación
creadora de la iluminación religiosa no está...en
los estupefacientes. Está en una iluminación profana,
de inspiración materialista antropológica, de
la que el haschis, el opio u otra droga no son más que
una escuela primaria"(27).
Entre
los reflejos de esta iluminación, el surrealista se libera
de la ley repetida, de la costumbre sofocante, anquilosada,
de la convención lingüística, esclerosada. El surrealista
se ejercita en los "experimentos mágicos de las
palabras", en "apasionados juegos de transformación
fonética y gráfica". Los surrealistas no
practican sólo un exótico malabarismo verbal, sino también
la percepción de la rareza de los objetos dentro de la
ciudad moderna. "Ningún rostro es surrealista en
el grado en que lo es el verdadero rostro de una ciudad"
(28). El surrealista confraterniza con Stavgorin, personaje
de Dostoievski que sabe que el mal vive dentro de la naturaleza
y el tiempo humano. El dios de Dostoievski "no sólo
hace el cielo y la tierra, el animal, sino además la
indignidad, la venganza, la crueldad". Así el mal
brota espontáneamente en el obrar humano y su irrupción
nos purifica de la ilusión de la santidad superior del
bien. Para el surrealista, y para la mirada reinvindicadora
benjaminiana, el culto del mal es "un aparato romántico
de desinfección y asilamiento contra todo diletantismo
moralizador"(29).
El
surrealismo navega en una experiencia secular de iluminación,
en la dinamitación de un agotado arte burgués,
y en la veneración de un mal que libera de toda moralidad
filistea. Pero la libertad surrealista no pasaría de
un pasatiempo de ociosos burgueses desocupados si el surrealismo
no transitara la angustia de integrar la libertad artística
y la praxis revolucionaria. La participación
del arte en una revolución real, la delineación de un arte proletario,
un arte de masas liberador, debe gestarse mediante imágenes
que inviten no a la contemplación sino a una acción
colectiva y liberadora. La iluminación profana surrealista
se alimenta siempre de un "materialismo antropológico",
de un "inconciente concreto" o " empírico",
de sensaciones y experiencias liberadoras. Pero lo corpóreo
que se libera en el surrealismo no es sólo individual.
"También lo colectivo es corpóreo".
Las imágenes que deben ser iluminadas y descubiertas
no deben ser estímulos para nuevos actos de refinada
contemplación estética. Las imágenes de
un arte revolucionario deben implicar el cuerpo y una transformación
material y colectiva de la vida: "Cuando cuerpo e imagen
se interpenetran tan hondamente, que toda tensión revolucionaria
se hace excitación corporal colectiva y todas las excitaciones
corporales de lo colectivo se hacen descarga revolucionaria,
entonces, y sólo entonces, se habrá superado la
realidad tanto como el manifiesto comunista exige"(30).
Las imágenes capaces de encender la excitación
corporal colectiva se producen en un mundo moderno mediado,
de forma inescindible, por la técnica. Benjamin, que
escribe después del advenimiento de la reproducción
técnica de la imagen, buscará en las imágenes
cinematográficas una incierta cantera de potencialidad
revolucionaria.
Vl
El
arte es pensado por Benjamin en un territorio político.
Los términos que se enfrentan, sin mediación dialéctica
alguna en este caso, son el fascismo por un lado, y el arte
progresivo y revolucionario por el otro. La estrategia fascista
frente a lo artístico consiste en una "estetización
de lo político". Lo político aquí
es praxis de dominación autoritaria o manipulación
totalitaria de las masas. El fascista encuentra en el arte futurista,
en los manifiestos de Marinetti, un aliado. Que atribuye dignidad
estética a la guerra. A la afirmación bélica
del poder. Marinetti ensalza la belleza de los cañones, el sonido
de la metralla, las columnas de humo que levantan dagas oscuras
en el cielo, las chisporroteantes selvas de colores de las explosiones.
El embellecimiento de la guerra favorece al fascismo igualador
y su falso nacionalismo. La estetización de la política
en el fascismo impulsa la movilización completa de la
sociedad en pos de la guerra. Movilización que es subordinación
exclusiva al Estado, proceso de sujeción colectiva donde
sucumben las diferencias de las individualidades. La movilización
total pensada por Ernst Jünger (31).
El fascismo es, en su esencia, la negación de la revolución.
Benjamin piensa la dinámica de un arte inutilizable para
la justificación fascista. Por eso, frente a la estetización
de la política, alienta la politización del arte.
Pensar la interacción de la sociedad, la técnica
y el arte contribuyen a "la formación de exigencias
revolucionarias en la política artística"
(32).
Y
la guerra, la Primera Guerra, y su deshumanización organizada
y su potencia destructiva, son parte de la innovación
y transformación tecnológicas. Mientras la técnica
se desarrolla, el hombre se empobrece. Pero, para Benjamin,
este empobrecimiento es paradójico. Porque puede destilar
también "un concepto nuevo y positivo de barbarie",
como se destaca en el ya mencionado ensayo "Experiencia
y pobreza". Ante el vaciamiento de una riqueza precedente
surge una situación de tabula rasa que le permite al
hombre "comenzar desde el principio". El arquitecto
expresionista de vanguardia Paul Scheebart es un ejemplo, destacado
por Benjamin, de una imaginación que proyecta una nueva
cultura basada en el vidrio, donde no quedan huellas del pasado,
de las costumbres ya agotadas. El vidrio es exponente de la
omnipresencia técnica. Y su negación del aura,
dado que "las cosas de vidrio no tienen aura". Una
arquitectura de la trasparencia visual, de lo vítreo
resplandeciente, sin acumulación o sedimentación
de lo ya inerte, será aquello que "transformará
por completo al hombre". Es la posibilidad, aunque fuera
utópica, de que, desde la pobreza de la experiencia "salga...algo
decoroso". Una imaginación relacionada con lo técnico
y la supresión del aura puede dar un salto hacia adelante
en términos de una transformación perceptiva capaz
de reinventar al hombre.
El sesgo progresista de un empezar de nuevo desde el cruce de
imaginación y tecnología, en en la segunda parte
de "Experiencia y pobreza", es preludio de la posición
optimista de Benjamin respecto a la integración entre
el cine y la reproducción tecnológica.
Benjamin persigue la inserción del arte en un entramado
histórico y social, como Fuchs. La creación artística,
anclada en su temporalidad histórica, no puede enajenarse
de la mediación técnica. En este sentido, la especificidad
fundamental del tiempo moderno es la reproductibilidad técnica
de la obra. El cine es la máxima expresión de
este proceso. La obra cinematográfica es circulación
y reproducción masiva. El film, en cuanto obra acabada,
es efecto de yuxtaposiciones, agregados e interpolaciones. Montajes.
El montaje impide la predominancia de un lugar o momento originario
en la composición fílmica. Ahora, la ejecución
del film "no es unitaria, sino que se compone de muchas
ejecuciones" (33). El actor se extraña a sí mismo
ante el ojo de la cámara. Es un accesorio. Benjamin recuerda
el afán de Dreyer en su búsqueda de los actores
del jurado que procesa a Juana de Arco bajo el cargo de herejía.
Dreyer se empeña en impedir repeticiones de fisonomía,
estatura o edad entre los actores. El actor como accesorio es
víctima también de la pauta temporal que determina
una duración predeterminada para una escena. La representación
actoral en el cine es temporalmente divisible, y se descompone
en una adición de segmentos de filmación que sólo
alcanzan su unidad en la instancia secundaria del montaje.
El
cine como arte por excelencia de la reproducción técnica
es el ejemplo más nítido de la pérdida
del aura. Para Benjamin, el aura es el atributo esencial del
arte en sus orígenes. En el horizonte mítico y
arcaico, la obra no es reproductible. Es irrepetible. Es singular.
La singularidad acontece en un aquí y ahora únicos.
La escultura del dios o el arte de la pintura en la piedra,
sólo pueden ser contempladas en el lugar de su emplazamiento
original, y en un momento de valor ritual específico.
La obra así percibida rebosa el fulgor de lo auténtico.
"El aquí y ahora del original constituye el concepto
de su autenticidad" (34). Lo auténtico no puede
ser repetido. La diferenciación autenticidad-falsedad
es una labor ineludible del comercio del arte, y por eso "la
imagen de una virgen medieval no era auténtica en el
tiempo en que fue hecha; lo fue siendo en el curso de los siglos
siguientes" (35).
La
obra que se manifiesta en la singularidad de su lugar y tiempo,
aunque brille en una cercanía física, siempre
desborda un resplandor lejano. En el instante de la contemplación,
la lejanía nunca desaparece. Distancia que expresa la
alteridad, la condición otra de la obra dentro de su
pertenencia a su ámbito cultural. Pero, a su vez, la
lejanía del aura subraya la presencia sagrada de la obra,
su condición numinosa e inalcanzable. De ahí que
la obra aurática se manifiesta en la esfera cultual,
en el entramado de una experiencia religiosa. Es inevitable
advertir así que el aura participa de la fenomenología
general de lo sacro en el horizonte arcaico. Lo sagrado es presencia
numinosa, intensidad extraordinaria, sobrenatural; es manifestación
de otredad y, paralelamente, apertura dentro del tiempo profano
hacia la experiencia de la rareza de lo divino, que siempre
se revela como sobreabundancia. El arte imbuido de aura es el
esplendor de la superioridad divina frente a la mirada humana.
La experiencia artística, al ser parte del culto religioso,
es puente ritual, zona de tránsito hacia la percepción
de la lejana intangibilidad del ser.
La lejanía de la obra es confirmada por la existencia
de la imagen artística en lugares ocultos. Las estatuas
de los dioses se mantienen ocultas en la "cella",
reservada a los sacerdotes. En el largo proceso de la secularización,
la imagen oculta e inmóvil cede su lugar a lo exhibitivo
y lo móvil. Así, "la capacidad exhibitiva
de un retrato de medio cuerpo, que puede enviarse de aquí
para allá, es mayor que la de la estatua de un dios,
con su puesto fijo en el interior del templo" (36).
El
aura es una noción dual ya que pertenece al ámbito
de las obras de arte, pero también se vincula con los
objetos naturales: "Descansar
en un atardecer de verano y seguir con la mirada una cordillera
en el horizonte o una rama que arroja su sombra sobre el que
reposa, eso es aspirar el aura de esas montañas, de esa rama"
(37). El aspirar el aura de lo natural no debe ser interpretada
como con-fusión o unión con lo observado. La distancia
o lejanía es condición de preservación
de la diferencia o alteridad de la naturaleza contemplada, o
de las emanaciones de la sacralidad de la obra lejana. Cuando
hay aura, hay lejanía. Pero al desaparecer lo aurático,
se impone el deseo de proximidad. Por eso, en el mundo moderno
desacralizado y sin aura, "acercarse espacial y humanamente
a las cosas es una aspiración de las masas actuales"
(38). La desaparición de la lejanía aurática
supone también la eliminación de lo irrepetible,
de lo que sólo puede darse en un aquí y ahora
determinados. Ante la pérdida del aura, el arte, que
es conciente de su ingreso definitivo en la reproducción
igualadora y la condición de mercancía, reacciona con
la doctrina del arte por el arte; o con la "teología
negativa en el arte", por la cual la obra pierde toda remisión
a una función social, como ocurre con Mallarmé
(39).
Una
práctica peculiar del gran pintor romántico del
paisaje, Kaspar David Friedrich, puede ser señalada
como una de las reacciones, más o menos desesperadas,
frente al desvanecimiento aurático. Friedrich
colocó su obra Cruz en la montaña en un lugar
escondido dentro de su taller. El pintor tapó las ventanas
con cortinas. De forma lenta y expectante, el visitante recorría
un camino de penumbras hasta arribar a la imagen que exhibe
una colina, sobre la que se alza una cruz, con el Cristo crucificado
bajo un cielo pintado con los tonos del ocaso. El cuadro revive
algo de la lejanía inherente a la presencia única
e irrepetible de la obra dotada de aura. La puesta en escena,
la mise en escene del lienzo del romántico alemán
puede extenderse a la atmósfera mágica y el efecto
metafísico que Artaud pretendía liberar en el
espacio mediante el acto teatral (40). También en la
tradición de las perfomans iniciadas por Klein
acaso emerge una empobrecida supervivencia de la irrepetible
y aurática manifestación de la obra (41). Pero
el aura colapsa definitivamente ante las técnicas de
los grabados y su reproducción de las imágenes.
En el horizonte griego, sólo era dable reproducir una
imagen mediante el fundir y el acuñar. En la Edad Media se agrega
la xilografía y la litografía (42). A partir del
siglo XIX, la fotografía amplía las posibilidades de la reproducción
técnica. El retrato, muy en boga en los comienzos de la reproducción
fotográfica, es el refugio último de la lejana
fugacidad del rostro humano. Pero al desaparecer el rostro,
lo fotográfico es succionado, finalmente, por lo reproductivo
y exhibitivo, sin lugar ya para la dimensión cultual.
Benjamin sitúa al fotógrafo francés Atget como
epítome de este proceso. Atget fotografía
las calles de París sin movimiento humano. Los espacios
urbanos vacíos parecen "el lugar de un crimen"
donde todo es exhibido en una desnudez cercana, sin la extrañeza
de una misteriosa lejanía.
El
cine potencia y excede la reproducción fotográfica.
Los fotogramas inmóviles adquieren movimiento. La aparente continuidad
de secuencias ocultan la manipulación de las escenas-fragmentos
por el montaje. La novedad del lenguaje cinematográfico
exige la teorización sobre su sentido. La teorización
del montaje de Eisentein, la defensa de la imagen surrealista
del primer Artaud, coexiste con la especulación teórica
de Abel Gance, que compara la imagen fílmica con los
jeroglíficos egipcios (43).
Pirandello,
en su novela Se rueda, piensa la enajenación actoral
ante la cámara. La incomunicación entre el actor
y el público, lo que lo diferencia con el actor de teatro,
permite al público de cine emplazarse en "la actitud
del experto que emite un dictamen sin que para ello lo estorbe
ningún tipo de contacto personal con el artista"
(44).
La
distancia o lejanía era antes parte de la intensidad
aurática. La distancia, garantía de la condición
otra de la obra, ahora (en el ámbito de la modernidad
reproductiva) se convierte en medio sustentador de la acción
crítica del espectador. En la distancia respecto a la
obra cinematográfica, que se repite o exhibe sus copias
en múltiples lugares, el espectador desarrolla una actitud crítica.
Progresiva. Frente al cine, "la actitud de las masas es
retrograda frente a una Picasso, por ejemplo, y se transforma
en progresiva de cara a un Chaplin" (45). El arte abstracto
inhibe la comprensión, obstruye la sensibilidad, paraliza
el ver. Invade al espectador con sensaciones confusas, donde
el significado se diluye. Obliga a una pasividad retrógrada.
Por el contrario, la imagen cinematográfica cobija la
coincidencia de una opinión experta y del placer por
parte del público. Así, la "actitud crítica
y la fruitiva coinciden".
La distancia entre el público y el cine en Benjamin deriva de
la doctrina del teatro de Bertol Brecht. En su Breviario
de Estética teatral, Brecht crítica la tradición
aristotélica de la catarsis. Para el Estagirita, la representación
de la tragedia cataliza la identificación público-personaje.
El espectador así experimenta piedad o terror. Vivencia
catártica liberadora (46). Por el contrario, el
autor de La ópera de los dos centavos, defiende
la Verfredung, la distancia entre el público y
la representación teatral. La obra debe estimular el
lúcido ejercicio crítico y agudizar la comprensión
del conflicto social. En esta distancia bulle entonces una fuerza
liberadora (47).
Pero el modelo del arte progresivo en Benjamin no sólo
es Brecht sino también el cine ruso. Adorno,
profundamente crítico de todo arte de masas (lo que incluye
obviamente al cine), tendrá como referente a los Estados Unidos
de la década del 40'; el horizonte histórico-social en el que
los medios masivos, y su base técnica, componen lo que Adorno,
junto con Horkheimer, llamaron luego "la industria cultural"
en su Dialéctica del iluminismo. Pero Benjamin admira
el arte popular y revolucionario forjado en la Rusia de los
años 20'. La doctrina del cine-ojo (kinoglaz)
de Vertov es típico
ejemplo de un cine ruso progresista (48). Y Benjamin visita
la capital rusa en 1926, invitada por Asja Lacis, una lituana
bolchevique. Escribe entonces su Diario de Moscú, y se
entusiasma con las potencialidades de la imbricación técnica-revolución
en el futurismo soviético.
Junto a la distancia de la opinión experta y crítica
pulsa la actitud del acercamiento, la compenetración
entre el ojo artificial de la cámara y lo observado.
Benjamin acude aquí a una ilustrativa comparación.
El pintor o el mago mantienen la distancia respecto a su modelo
o a su paciente respectivamente; el cirujano, en camino, introduce
su instrumental en la interioridad de los órganos. La
cámara quirúrgica entonces "se adentra hondo
en la textura de los datos" (49).
Paralelamente, la condición fotográfica de la imagen fílmica
permite una mayor cantidad de elementos susceptibles de análisis.
La precisión fotográfica es científica y artística a la vez.
Esta dualidad auspicia la integración cine y arte. El cruce
entre lo artístico y lo tecnológico que fue cultivado por el
ya aludido futurismo ruso (50).
El
objetivo de la cámara se zambulle en la textura trivial
y polimorfa de la existencia. Y con su sensible percepción
del detalle óptico o acústico amplia lo real,
"nos asegura un ámbito de acción insospechado
enorme" (51). La trama conocida y cotidiana de casas, fábricas,
oficinas, era antes un límite. Pero entonces "vino
el cine y con la dinamita de sus décimas de segundo hizo
saltar ese mundo carcelario" (52). Los límites de
la percepción estallan. Entre los restos de la explosión
son posibles "viajes de aventuras". El primer plano
amplía el espacio, el retardador lentifica y modifica el movimiento.
Pero la ampliación, cuestión fundamental, no es
sólo clarificar lo que ya hay sino motivar la aparición
de "formaciones estructurales del todo nuevas". El
ámbito perceptivo conciente del hombre es ampliado. Así,
la cámara depara la emergencia de "otro entramado
inconciente". Cada hecho, cada encadenamiento de partes
de ese hecho, contiene riquezas de detalles, escorzos, superficies
y ángulos que escapan al ojo. Por la imagen cinematográfica
se hacen visibles o "concientes" todos los pasos en
la manipulación de una cuchara o los movimientos de las
piernas en una caminata que antes permanecían inconcientes.
Benjamin así piensa un "inconciente óptico"
equivalente, desde sus diferencias, con el inconciente pulsional
freudiano.
La ampliación perceptiva del mundo físico natural
o cultural que nos rodea no es inquietud monopolizada por el
cine. Desde otros caminos del arte, se intuyen también
la pérdida en nuestra experiencia cotidiana de la rica
complejidad de las cosas. Lord Chandos, alter ego de Hugo von
Hofmannsthal, advierte la rareza de las cosas y confiesa que
"...una regadera, un rastrillo abandonado en el campo,
un perro tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una
granja pequeña, todo eso puede convertirse en el recipiente
de mi revelación. Cada uno de esos objetos, y los otros mil
similares sobre los que suele vagar un ojo con natural indiferencia,
puede de pronto adoptar para mí en cualquier momento, que de
ningún modo soy capaz de propiciar, una singularidad sublime
y conmovedora; para expresarla todas las palabras me aparecen
demasiado pobres" (53). Husserll pensaba que el objeto
sólo sería percibido si fuera visto desde todos
los ángulos de observación posibles a la vez.
Al mismo tiempo, sólo vemos un perfil en desmedro de
todos los otros, que son succionados así por el
"entramado inconciente". Desde la expresión plástica,
el cubismo intentó paliar esta deficiencia perceptiva
con la descomposición analítica del objeto para
representar sus distintos escorzos de forma simultánea.
A su vez, la preocupación por recuperar una visión de la cosa
y sus diversos matices es propio de la percepción poética desde
la muy conocida, pero no por ello agotada, noción de
ostranenie o extrañamiento que formuló Viktor Sklovski,
en 1917, en su artículo "El arte como artificio" (54).
En nuestra vida corriente sólo reconocemos los objetos. Frente
a una cosa, le aplicamos, de forma automática, nuestro concepto
convencional sobre esa cosa. La cosa como tal no es percibida
en su presencia y rareza. Por el contrario, la lengua poética
recoge el proceso de extrañamiento del poeta ante la cosa. Acontece
así un acto de visión en contraposición al reconocimiento. La
ostranenie supone un distanciamiento del objeto diluido
en un torrente de apariciones y percepciones automáticas. Este
alejamiento es en realidad el preámbulo de un posterior acercarse
(tal como lo consuma el ojo de la cámara) al objeto singular
para percibir su porosidad propia. Y
en su ensayo de 1923 "Literatura y cine",
Sklovski forja una imagen sugestiva: "Vivimos
en un mundo cerrado y mezquino. No sentimos el mundo en el que
vivimos como no sentimos la indumentaria que llevamos puesta.
Volamos a través del mundo como los héroes de Julio Verne a
través del espacio cósmico en el vientre de un cohete. Pero
nuestro cohete no tiene ventanas". Trascurrimos con veloz
fugacidad entre las selvas de las cosas sin atender a sus diferencias
propias. Es el "mundo cerrado y mezquino" desde el
que no se ve; es el mundo estrecho sin ventanas abiertas que
promuevan un acto de visión. Desde la perspectiva benjaminiana,
la visibilidad que nos acerca a la singularidad de la cosa es
consumada por el ojo de la visión cinematográfica, y la emergencia
del inconciente óptico.
Y
también mencionemos que, sólo siete años después
del ensayo de Benjamin y su mención del inconciente óptico,
Borges, en "Funes el memorioso", imagina un personaje
que se empeña en retener en las redes de la memoria cada particularidad
irrepetible.
La cámara absorbe particularidades que se convierten,
desde entonces, en parte de la memoria de la imagen. El primer
plano capta las fulguraciones particulares con su penetración
quirúrgica en la materialidad. Y esta particularidad
filmada, además de ingresar a la memoria de la imagen,
se bifurca en multitud de copias; y, por lo tanto, en una dinámica
de repeticiones.
Pero,
en la tópica benjaminiana sobre el efecto de la imagen cinematográfica,
el encuentro entre el espectador y la riqueza singular de lo
antes no percibido no pertenece a ninguna contemplación
serena. Esta experiencia pertenece al goce de la disipación
y dispersión. Y frente a la dispersion está la
introspección. La pintura reclama introspección.
Un acto de concentración del contemplador. El dadaísmo
construyó objetos artísticos inútiles,
despojados de toda atribución de belleza formal, para
motivar así una actitud de distracción ante la
obra, y no de contemplación. Las condiciones escandalosas
de la obra justificaban la distracción del público,
su desparramarse o verterse en un acontecimiento fuera de la
vida corriente o lineal. Antes, la obra era lo agradablemente
bello, o la melodía que acariciaba a los oídos.
Ahora, la obra es un "proyectil" que impacta en lo
táctil, en lo corpóreo del espectador. "Como
un choque". Así, "el efecto de choque del cine"
propicia una recepción donde lo importante "no es
ya la serenidad contemplativa sino la disipación, en
la dispersión. El público es un examinador, pero
un examinador que se dispersa" (55).
Benjamin encuentra en el dadaísmo una fuerza esencialmente positiva.
En su ensayo "El autor como productor"(56) exalta
el impulso revolucionario de las técnicas de fotomontaje de
John Heartfield. Lo mismo que Grosz o Piscator, Heartfield,
se afilió al KPD (Komunistische Partei deutschlands:
Partido comunista alemán). El origen del fotomontaje es atribuido
al dadaísta Hausmann por un lado, o a Grosz junto con Heartfield
(57). Para Andreas Huyssen, en su obra Después de la gran
división, Benjamin encontró en Heartfield un modelo de plena
combinación de dos perfiles fundamentales: un arte popular,
y un artista revolucionario. En Heartfield puede encontrarse
"la aplicación y uso de técnicas artísticas modernas (fotografía
y montaje ) y la adhesión y participación del artista en la
lucha de clases"(58). En el ya aludido "El autor como
productor", Benjamin estima que lo esencial no es que la
obra de arte actúe como un vis-á-vis (cara a cara) de
las relaciones de producción sino que actúe dentro de
este proceso. Benjamin acude entonces al concepto de Brecht
de "transformación funcional" (Unfunktionierung)
como un desplazamiento de las formas de producción de la sociedad
capitalista desde su uso opresor a una función liberadora. Esta
conversión es el desafío de una intelligentsia progresista.
La cuestión entonces no es ya "pertrechar el aparto de
producción", sino "modificarlo en un sentido socialista".
El artista se considera ahora como productor, y su meta es,
por medio de las técnicas modernas de producción, situarse en
una posición crítica, liberadora, y próxima a un arte popular
capaz de elevar y liberar al proletariado.
El posible uso liberador de la técnica fotográfica en la variante
de su montaje dadaísta es precursor de un uso igualmente liberador
que Benjamin encuentra en el cine. La ya aludida dispersión
dadaísta en la captación de la obra también es modelo de influencias
progresistas. Y la disipación del espectador del cine
(prolongación de la dispersión dadá) es, a su vez, una extensión
de la atmósfera sensorial de la vida moderna. Desde este
ángulo, el cine como ejemplo de la transformación técnica
del arte es sólo entendible mediante la previa relación
entre el individuo y la ciudad moderna.
VI
La
ciudad moderna y su impacto sensible sobre el individuo. Este
es el momento de invocar la fecunda hermenéutica benjaminiana
de Baudelaire, como poeta del París del siglo XIX, arquetipo
de la pujante ciudad de masas. Benjanin
proyectaba una obra que sería su gran legado. El libro
de los pasajes (Passagenarbeit) sería una visión
histórica-filosófica sobre el siglo XIX a través
de París, sus calles, sus cambios edilicios, sus tipos
sociales, y la interacción multitud-urbe, mercado-mercancía.
Benjamin nunca completó esa obra. Una diferencia con
la obra adorniana, en sí misma acabada, de la Dialéctica
negativa o La teoría estética. Un rasgo
de inacabamiento que confirma la condición fragmentaria
de la escritura benjaminiana. Muchos de los papeles que habrían
de integrar la obra no consumada fueron entregados por Benjamin,
antes de abandonar París hacia la frontera franco-española,
en diciembre de 1940, al secretario de la Biblioteca Nacional:
Georges Bataille, otro pensador destinado a resignificar la
filosofía de la historia de cuño ilustrado (59).
París,
capital del siglo XX, es uno de los textos que esbozan el proyecto
del libro de los Pasajes. Y dentro de esa meditación,
Baudelaire es el poeta esencial para Benjamin. A través
de la obra del autor de Las flores del mal, puede ser
pensada la modernidad. En lo moderno se expande la desertificación
fetichista de la mercancía. Frente a esto, el artista
protege la percepción de lo bello, y su contenido eterno y platónico,
dentro del propio tiempo, en el espectro variado y colorido
de las costumbres, los vestuarios, los pasajes, las arquitecturas
y personajes de la gran ciudad (60). Ante la mercantilización
de las obras de arte, y la creciente homogeneización, Baudelaire
piensa una actitud de resistencia en la singularidad del dandi
y el flaneur. El dandi hace de su vestimenta no el exhibicionismo
de la moda pasajera, sino una forma de autoconstrucción
de la subjetividad, desde un "cuidado de sí"
(61). El dandi es un coletazo de las épocas aristocráticas que
sobrevive antes de la consolidación completa del impulso
igualador de la democracia. El dandi es el "carácter de
oposición y de rebeldía" que pugna por "combatir y
destruir la trivialidad" (62).
El
flaneur, por su parte, es el individuo que deambula en
un límite fronterizo. Es el paseante, el que deriva entre
las calles sin un propósito o meta definida. En su bohemia,
el flaneur no pertenece a la clase obrera ni a la burguesía.
Es el solitario. Pero que deambula entre la muchedumbre. Su
relación con un tiempo de caminata y placer es negación
de los mandatos de Taylor, o de Rattier en su Paris
no existe pas (63).
En
el París del flaneur lo público devora
lo privado. Las calles devienen continuación de la vivienda
íntima. Las luces de gas iluminan ahora los pasajes en
la noche. La luz eléctrica derrama seguridad y claridad
en las horas nocturnas. Comienza "el esplendor del noctambulismo",
y las calles del pasaje se convierten en nuevo interior. En
los pasajes los vehículos aún no compiten con
los peatones. Ante el centelleo de las llamas de gas, el cielo
estrellado desaparece. La luz artificial, más que las
casas elevadas, conspiran contra su visión. Entonces,
"la luna y las estrellas no merecen ya mención alguna"
(64).
Y
el flaneur vaga entre esa nueva realidad urbana. Y también
deambula por el bazar, el laberinto de las mercancías.
El flaneur es un abandonado, como las mercancías,
abandonadas en la espera del comprador. La multitud es asilo
y narcótico. Baudelaire, crítico de la falsa ansiedad
del haschisch y sus "paraísos artificiales"
(65), habla de la "ebriedad religiosa de las grandes ciudades".
El caminar por la ciudad moderna es cambio constante de perspectivas
y ángulos. Sucesión cambiante de peatones, carruajes,
destellos de fachadas y escaparates. El paseo por la ciudad
de Baudelaire, que es preámbulo de la megalopolis contemporánea,
es invadido por bruscos golpes sensoriales, cambios súbitos,
shocks, colisiones.
Y el avance de la mecanización reduce a un solo acto
lo que antes suponía un proceso. El encendido de la luz
por un fósforo, o la comunicación telefónica
mediante el levantar un receptor, sustituyen las numerosas acciones
necesarias para hacer fuego o para girar la manivela de los
primitivos aparatos telefónicos. La fotografía
es otro ejemplo del proceso de simplificación de lo complejo
en una brusca acción única al comienzo. Una fotografía
implicaba numerosos pasos que luego son sustituidos por la instantaneidad
del disparo.
Entre la ebullición sensorial de la ciudad el hombre
debe permanecer en una alerta decodificadora de signos. Debe
avanzar ateniéndose a las cambiantes señales de tránsito,
al paso de otros peatones. En esta corriente cotidiana de exaltación,
el individuo se aísla. Benjamin cita a Paul Valery, observador
sagaz de la civilización contemporánea: "El
habitante de las grandes ciudades vuelve a caer en estado salvaje,
es decir en estado de aislamiento" (66).
El aislamiento dentro las multitudes hace que cada individuo
se pierda o extravíe en sus intereses privados. En la
masa los individuos se disipan en una generalidad abstracta.
No hay algo común que los una. La única unidad es el
mercado, donde los intereses privados no giran en torno a la
persona sino a la acción instrumental del intercambio.
Baudelaire se aproxima a las masas por su admiración
de Poe, por su traducción de "El hombre de la multitud"
(67), donde el genio de "La caída de la Casa Usher"
imagina un narrador en Londres que, sentado en un bar,
a través de una ventana, contempla el paso de la muchedumbre.
En la visión de Poe sobre la multitud no hay lugar para
ninguna reflexión sobre el abandono fetichista de la
mercancía, y su paralelo proceso de la división
social del trabajo y la desintegración de la libertad
en el capitalismo. El trasfondo de Poe es otro. Es el desvanecimiento
de lo individual y su reducción a tipos sólo detectables
por su vestimenta y su aspecto fisonómico; o la keep
smailing como respuesta a los empellones que se reciben
de los otros dentro de la multitud. Cunde entonces la incapacidad
para la privacy, para la soledad de la introspección.
Y
"El hombre de la multitud", en el que el narrador
de Poe volcará su atención finalmente, es aquel que no
puede encontrarse a gusto más que en la calle, en lo público,
en lo multitudinario (68).
El
hombre sometido a los schocks constantes somete su sistema sensorial,
su sensorium, "a un complejo trainning" (69).
Es aquí
donde, desde Baudelaire y el flaneur y la brusquedad
sensorial de la urbe de masas, Benjamin regresa a la meditación
sobre el cine, el arte de masas por excelencia que liquida la
unicidad aurática. La reflexión es ahora breve,
y esta brevedad no es secundaria. Si el hombre de la multitud
debe entrenarse en sus reacciones a la sobrestimulación
sensorial contemporánea, es esperable que llegará
"el día en que el film corresponda a una nueva y
urgente necesidad de estímulos" (70). Se inicia
aquí el distanciamiento en Benjamin de su primera postura
optimista respecto a las posibilidades liberadoras del cine
de masas. Las críticas de Adorno surten su efectos. Adorno
entiende que sólo el arte hermético y de talante
elitista, generado por unos pocos, y destinado a la lucidez
interpretativa de unos pocos, encierra una potencialidad
utópica liberadora. Un arte vinculado a la diversión,
al entretenimiento de las masas, no podría ser genuina
expectativa de una transformación dialéctica.
Ahora, el espectador de la distancia crítica y el goce
en la dispersión, se pierde en una marea de sobreestimulaciones.
La
brusquedad de los schoks es parte también del trabajo
alienado del obrero como apéndice de la máquina.
Antes del reino fabril de la máquina, el trabajador producía
con sus manos. La manufactura era efecto de un ejercicio, una
habilidad desplegada en una tradición, en una experiencia
transmitida de generación en generación. Pero
bajo las garras del capital, y como advierte Marx: " no
es el trabajador el que utiliza la condición de trabajo,
sino la condición de trabajo es la que utiliza al trabajador;
sólo con la maquinaria esta inversión conquista
una realidad técnicamente tangible" (71). El obrero
ya no es hábil practicante de un ejercicio manual; ahora
es un autómata amaestrado por la máquina para
que ejecute una sucesión de actos mecánicos que
sostiene la producción de mercancías con un ritmo determinado.
Y
ahora, el cine, lejos de su potencia liberadora, es parte de
la alienación de la producción fabril: "En
el film la percepción por schoks se afirma como principio
formal. Lo que determina el ritmo de la producción en
cadena condiciona, en el film, el ritmo de la recepción"
(72).
La
multitud ya no es salvada por la magia de la cámara.
Ya no es posible el sendero progresista. La conmoción
sensorial y la producción capitalista desembocan en un
mismo estremecimiento alienante. Sin en la historia hay lugar
para la salvación, para el salto revolucionario, éste
procederá desde una costa distinta a la del arte.
VII
Benjamin
piensa en la proximidad de la Escuela de Frankfurt. La intención
de los fundadores de esta Escuela es el estudio del marxismo,
libre de intromisiones partidarias o de la institución
universitaria. Desde su fundación, en 1924, hasta la
asunción de Horkheimer como director (del Instituto de
Investigaciones sociales como era su nombre inicial), no se
trasciende el marxismo ortodoxo. Desde entonces se inicia un
neomarxismo que se construye sobre varios principios neurales.
Uno de ellos es la teoría crítica en colisión
con la teoría tradicional. Esta última pretende
conocer desde la neutralidad valorativa y desde una supuesta
objetividad del sujeto cognoscente. El positivismo será
el producto más recalcitrante de esta mirada gnoseológica
espuria. En contra de la asepsia de la teoría tradicional
se yergue la teoría crítica que revela el condicionamiento
histórico-social de toda postulación teórica
del sujeto. El sujeto de conocimiento no es abstracto. No es
la subjetividad kantiana de la apercepción trascendental,
o el espíritu absoluto hegeliano, o el sujeto matemático-racional
newtoniano. El lugar del sujeto, su mirada, sus productos, su
misma existencia es efecto de campos de fuerzas que el materialismo
histórico sitúa en la infraestructura económica,
en la dinámica de los imperativos de las fuerzas y relaciones
de producción. No hay neutralidad axiológica.
El sujeto conoce desde un cúmulo de valores socialmente
condicionados.
La teoría crítica reivindica un aspecto luminoso
de la Ilustración: la acción crítica como
desenmascaramiento de ilusiones y dogmas. Esta actitud es afín
a la crítica desenmascaradora, con pretensiones de rigor
científico, del capitalismo que Marx consuma en El
capital. Pero la salud de la crítica ilustrada se
corrompe en su contacto con la dimensión instrumental
propia de la lógica del mercado y del capital.
La
teoría crítica frankfurtiana se empeña en diferenciar
una razón emancipadora, la razón sustantiva u
objetiva, y la razón instrumental, subjetiva o formal
(73). Esta racionalidad instrumental se extiende al ámbito
del Estado y de las relaciones interpersonales, y a la búsqueda
de los mejores medios para las máximas utilidades. El
medio es la forma elegida por un sujeto calculador para la concreción
de resultados. En su uso instrumental la razón se divorcia de
un tejido de valores objetivos que se oponen a la opresión,
y a la denigración de la dignidad personal en el trabajo
alienado de la producción capitalista y la injusticia
de la plusvalía. La razón instrumental o subjetiva
niega la acción crítica-liberadora como cumbre
de la facultad racional. Por eso, la razón sustantiva
debe ser protegida por las lanzas de una teoría crítica.
Que también, desde uno de sus vectores más enérgicos
de investigación, explora las causas de la adhesión
de las masas al totalitarismo.
La Escuela de Frankfurt, compuesta por intelectuales judíos,
emigra a Estados Unidos en 1933. En ese entonces, pertenecen
a la escuela Adorno y Marcuse. Adorno es músico y filósofo.
Admira a Arnold Schoenberg cuya música conoce en Viena.
Adorno representa otro de los aspectos innovadores de los teóricos
de Frankfurt: la valorización del arte como herramienta
crítica y como garantía utópica de una
futura liberación. El marxismo ortodoxo sitúa
al arte en la superestructura, como efecto mecánico de
la infraestructura. El arte como el derecho, la filosofía
o el Estado, sería un instrumento de la lucha de clases
y del oscurecimiento ideológico del verdadero proceso
social. Pero la Escuela de Frankfurt piensa a la cultura como
proceso autónomo, no totalmente deducible de las tensiones
de la base socioeconómica. En el arte centellea la alteridad,
la visión de la otredad que niega la repetida afirmación
del monstruo cotidiano de la alienación capitalista.
Para Adorno, el arte es reservorio utópico de lo otro,
de una sociedad de la libertad que aún espera. Estética
y política se encastran en una expectativa revolucionaria
común. Pero siempre subsiste el reparo de nombrar la
sociedad que preserva lo utópico, como si en esto resonara el
mandato cabalístico de la prohibición de nombrar
a Dios (74).
La
integración entre lo estético y lo político
es afín a la fusión de discursos diferentes. Así,
Marcuse integra marxismo y psicoanálisis, y Benjamin
teología y materialismo histórico; y Horkheimer,
en su última etapa, fundirá en un elixir común
el materialismo dialéctico con la indagación religiosa
sobre el sufrimiento y la caída (75).
Otro sonido del tambor de la teoría crítica es
el rechazo de la idea de totalidad. Hegel es el arquetipo ineludible
de la racionalidad totalizante. En el pensar hegeliano lo real
es racional y, por lo tanto, el ser se muestra en el gran relato
de una totalidad conceptual. La primacía de los conceptos
generales sofoca lo particular. No hay sitio para lo diferente
al sistema racional. Frente a la negación de una afirmación,
la dialéctica hegeliana asegura el triunfo de una superación
(Aufhebung) que reintegra lo opuesto en una restablecida
identidad.
La
totalidad hegeliana, donde toda negación es superable
en términos dialécticos, impide que nada sea exterior
al sistema.
Frente
a la dialéctica afirmativa Adorno contrapone la dialéctica
negativa. El destino de lo dialéctico no es ahora absorber
oposiciones o diferencias. Su misión más alta
es mantener la comunicación entre lo conceptual y lo
no conceptual, entre lo racional y lo no racional, entre el
sujeto y el objeto. El objeto como instancia diferente del sujeto
no será engullido por una afirmación conceptual
general. La esfera objetual de las cosas y las formas de la
naturaleza son aceptadas en su independencia. El objeto no es
fagocitado por el sujeto. Ahora brilla en su valor propio. En
Adorno y Benjamin el objeto posee primacía. En el terreno
del coleccionismo, el objeto guía al sujeto coleccionista.
Y, en Adorno, contrariando a Kant y su doctrina del entendimiento
a priori y sus categorías constituyentes del objeto, "
el objeto, y no el sujeto era lo preeminente: era la previa
estructura históricamente desarrollada de la sociedad la que
hacía que las cosas fuesen como eran incluyendo las reificadas
categorías de la conciencia kantiana" (76).
El
objeto es determinado históricamente, pero esto no significa
que su significado sea plenamente aprehensible en términos racionales.
De hecho, el objeto no es plenamente racional, aunque su alteridad
puede ser comprendida racionalmente. El objeto no es efecto
de un sujeto apriorístico o metahistórico. Pero
el objeto no puede ser tampoco recibido pasivamente como quería
el positivismo sino a través de lo que Adorno llama la
"fantasía exacta". En su conferencia inaugural
La actualidad de la filosofía, la filosofía
recupera el ars inveniendi. La fantasía inventiva
supone que "el sujeto disponía activamente sus elementos,
ubicándolos en relaciones diversas hasta que cristalizarán
en una que hiciera que su verdad fuera cognitivamente accesible"
(77). El sujeto recombina el orden o disposición de los
elementos que le ofrece la realidad. Pero no para ir más
allá de los fenómenos, sino para descubrir nuevos
destellos entre las "enigmáticas figuras de la existencia
empírica". La fantasía es "exacta"
porque se atiene "al material que las ciencias les presentan".
En este contexto, la tarea de una filosofía materialista, como
la que pretende Adorno, no es entonces ya ninguna totalidad,
como en el idealismo filosófico, sino construir figuras, constelaciones
de elementos particulares cuya combinación y análisis permiten
la comprensión sin el sometimiento de lo particular bajo un
sujeto que reduce lo real a una representación general y abstracta
(78).
En
Passagenarbeit, Benjamin se proponía desplegar
un "calidoscopio de constelaciones" para comprender
al siglo XIX, en cuyo centro brilla París. La constelación
benjaminiana integra la diversidad del flaneur, el coleccionista,
la prostituta, la moda, la fotografía, el empleo frecuente
del acero y el vidrio en las reformas edilicias urbanas.
En la multiplicidad de las constelaciones se abriga la relación
entre el fenómeno, el concepto y el nombre. En Kant el
sujeto está imbuido de la facultad a priori
del entendimiento que, de forma espontánea, produce los
conceptos de validez objetiva que determinan o poseen al objeto.
El sujeto que construye el horizonte de los objetos responde
al terreno del conocimiento como erkenntnis. En la posición
benjaminiana, la forma contraria del conocimiento es la erfahrung,
de la que ya hablamos desde otro lugar, y que ahora es la traducción
ideal de lo empírico. La independencia de lo sensorial
no es sólo la sensación como ámbito previo
a la acción modeladora del espacio y el tiempo apriorísticos
y la aplicación de las categorías kantianas. Lo
sensible es determinación empírica, fenómeno
que brilla en su autonomía y particularidad.
En Sobre
el programa de la filosofía futura, Benjamin se propuso
la fundación de "un concepto más elevado de la experiencia".
La filosofía futura debe superar la restricción del concepto
de la experiencia a las ciencias matemáticas de la naturaleza
tal como ocurre en la Escuela neokantiana que gira en torno
a Hermann Cohen, cuya obra,Teoría kantiana de la experiencia
, es leída por Benjamin. La búsqueda de un conocimiento más
puro, que supere los límites del horizonte kantiano,
supone un retrotraerse al lenguaje y la idea de dios (como hemos
consignado al analizar el ensayo benjaminiano del lenguaje).
Este giro se consuma desde un sustrato teológico judaico y cabalístico.
La verdad sólo se manifiesta desde el ámbito del lenguaje. Y
la filosofía debe pensarse desde el regreso al vínculo lenguaje-divinidad.
Así, el problema capital de la filosofía venidera "puede
concebirse como la de descubrir o crear un concepto de conocimiento
que...haga posible no solamente la experiencia mecánica, sino
también la experiencia religiosa. No se pretende decir que con
ello ha de lograrse el conocimiento de Dios, pero sí que ha
de hacerse posible su experiencia y la teoría que a Él se refiere"
(79). La apertura a lo teológico desde lo filosófico no es una
postura exclusiva de Benjamin en su tiempo; también fue un momento
importante de la gestación del pensamiento heideggeriano (80).
Una actitud de regreso a una indagación de un sentido primordial
que recuerda a los románticos en su volver a la mitología ante
la racionalidad sofocante de la modernidad científica. Una revitalización
de lo filosófico ante el agotamiento del mundo burgués desde
lo premoderno, o en una relectura de los románticos como ocurre
también con La teoría de la novela de Luckács, y el Espíritu
de la utopía, de Bloch (81).
En El origen del drama barroco (Ursprung des deutschen Trauerspiels)
(82) Benjamin ya había meditado en la complejidad del vínculo
fenómeno-idea.
En la representación de las ideas (Darstellung der
Ideen) lo empírico es traspolado a lo ideal. En la
cultura moderna que se cristaliza desde el pensamiento cartesiano
en el siglo XVII, lo empírico es sustituido por la representación
conceptual o mental del sujeto. Pero los fenómenos no
pueden ser plenamente traspuestos a la idea (o a una representaión
general); sólo dejan translucir los elementos particulares.
"Los fenómenos...no entran en su totalidad en el
reino de las ideas, sino que son redimidos sólo en sus
elementos" (83). Para Benjamin, el fenómeno no es
subsumido en una totalidad cerrada y plenamente conceptual,
en una representación que absorbe o diluye lo particular
dentro de lo general. Las ideas pertenecen a la dimensión
propia del sujeto; "no están dadas en el mundo de
los fenómenos". El conocimiento legítimo nunca puede
ser posesión de un orden de cosas (desde la representación unilateral
del sujeto).
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