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Dos hombres
contemplan la belleza de la luna que emerge lentamente
en el horizonte. Una pintura del romántico
Kaspar David Friedrich, contemporáneo de las estéticas
filosóficas de Kant y Schiller.
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KANT,
SCHILLER Y LA EXPERIENCIA DE LA BELLEZA
Por Esteban Ierardo
1. Kant forjó una de las filosofías más influyentes de la
modernidad. Su filosofar impuso infranqueables límites al sujeto de
conocimiento. La dimensión de la belleza, la singularidad de la
experiencia estética, adquiere un lugar fundamental en la Crítica
del juicio. Schiller, en sus Cartas sobre la educación
estética del género humano, continuó una aguda indagación
del significado de lo bello, de la libertad de la creación
artística pensada como el instinto del juego. En ambas estéticas,
la belleza late en tanto es experimentada por el sujeto.
En
el ensayo que ahora iniciamos nos proponemos apreciar algunas de las
ideas estéticas cruciales del filósofo de Konigsberg, y del poeta
y dramaturgo alemán. Y también en nuestro ensayar navegaremos
hacia el puerto donde hurgaremos ciertos pliegues de una quizá
olvidada belleza que rebasa al sujeto.
2. Descartes
inició la aventura. El mundo de la experiencia es tierra movediza,
arena precaria. Es el paisaje de la fragilidad donde se hunden los
principios sólidos. En las dunas de la materia y el espacio, vive
el error, la opinión de piel tornadiza, las torres elevadas sobre
tradiciones que se repiten sin pensamiento ni demostraciones de sus
certezas. La verdad firme no se halla en el afuera, ni en las
colisiones de los sistemas filosóficos, o el perfeccionamiento de
retóricas escolásticas.
La
verdad reposa en la interioridad. En el yo, la conciencia, el alma,
la mente, lo psíquico no espacial. En el sujeto. El sujeto que
vuelve sobre sí mediante un método, e intuye su propia presencia.
Y las formas intelectuales de su arquitectura conceptual.
Con
Descartes, el sujeto se abre al discurso de una verdad fundamentada
mediante el pensamiento que, luego de descubrirse a sí mismo,
actúa como sustancia que ordena y explica el mundo natural y el
universo abrazado por la mirada de la ciencia moderna. Con
Descartes, comienza un realismo trascendental. Una fundamentación
de la existencia y la realidad del mundo exterior. Del mundo que
trasciende al sujeto y que halla todavía en Dios al garante de
que la idea de que existen cosas, cuerpos y colores en el espacio,
es efectivamente verdadera.
Y luego
es Kant.
Junto
con Berkely, Fichte, Schelling, Hegel, Kant consuma el salto
idealista. El sujeto ya no encuentra afuera un mundo preexistente
permeable a la diegesis o explicación racional. El sujeto
ahora crea. Crea lo conocido, lo representado, el objeto, el
horizonte de toda experiencia posible, la arquitectura universal y
objetiva de la naturaleza. Como en la teoría artística romántica,
el sujeto ya no es espejo, sino candil o lámpara que, detrás de su
desbordamiento, desde la interioridad del sujeto, abre el afuera,
proyecta el espacio y el tiempo, el tejido de los objetos de nuestra
experiencia. El candil romántico es afín a la revolución
copernicana kantiana (1). El humano, el sujeto-tierra, antes giraba
en torno al sol-centro, al sol-objeto, una realidad o ser que ya
era. Ahora, el círculo de los objetos evoluciona en derredor del
sujeto-sol, el sujeto a priori que despliega la realidad
cognoscible. Pero el sujeto del idealismo kantiano no padece
aún la ambición del conocimiento total del Espíritu Absoluto
hegeliano. Donde en Hegel hay infinitud y absoluto, en Kant pulsa la
finitud y la limitación del conocimiento. La metafísica platónica
o escolástica pueden pretender el conocimiento de un ser absoluto
en cuanto éste se pone a sí mismo, como causa sui, libre de
toda exigencia o condición ontológica previa. Mas el sujeto
kantiano no conoce desde una primigenia libertad total; sólo puede
conocer desde condiciones de posibilidad a priori. La conciencia del
conocimiento condicionado emerge desde el resplandor de las lanzas
de la crítica cuando éstas atraviesan el torso de toda metafísica
dogmática, de toda razón pura que pretende conocer la totalidad
última y eterna. La razón que se autocomprende y se autocrítica
demuestra que el sujeto de conocimiento no puede romper la coraza de
su propia limitación. El sujeto sólo convive con aquello que surge
desde sí mismo, desde un horizonte a priori y trascendental.
La finitud del sujeto se evidencia en la necesidad de la
receptividad de una materia dada o preexistente que le es dada a la
facultad de la sensibilidad. El rumor del conocimiento se inicia
así en las sensaciones aún sin forma, incapaces de transmutar su
caos originario en objetos.
El
sujeto kantiano (el sujeto de la apercepción trascendental)
mediante la proyección de un espacio-tiempo que le es propio, que
no preexiste en el afuera, y por medio de la aplicación de las
categorías del entendimiento, procreará la posibilidad de
proposiciones con valor cognoscitivo respecto a los objetos que se
muestran como fenómenos. Pero el sujeto sólo conoce lo
que él mismo constituye o crea. Por lo que lo nouménico o
incognoscible surgirá como región sin significado o entidad
propia; es aquello que puede pensarse o postularse (Dios, la
inmortalidad del alma, el mundo como totalidad); pero que nunca
será parte del conocimiento posible y legítimo.
La
finitud del conocimiento se compensará con el contacto de lo
absoluto en el terreno de la ley moral, en la dinámica de la
autonomía de la razón práctica. En la adecuación de la máxima
de una acción al imperativo categórico que late en la ley moral,
el hombre reencuentra la magnificencia de una experiencia absoluta.
Pero que es en el obrar, no en el conocer. Por lo que el deseo y la
voluntad, la racionalidad práctica, y el conocer de la razón
teorética, el conocer de la naturaleza bajo las leyes de la
causalidad, quedan separados.
Inicio de la escisión trágica del sujeto dual, continuidad
kantiana de las figuras anteriores de una subjetividad fragmentada
en Occidente (2).
3. El
entendimiento con sus categorías (la causalidad entre ellas)
constituye el horizonte universal de la naturaleza, un orden a
priori, e invariable en cuanto a su estructura trascendental. En el
caso de que primero es lo universal, y luego se le integra lo
particular, los juicios son determinantes. Si primero es lo
particular que luego debe subsumirse en lo universal, el juicio
será reflexionante. El territorio de las particularidades no
es estático. Crece y se expande mediante la indagación
científica. Las ciencias particulares exploran la realidad,
descubren nuevas propiedades y relaciones de los seres y los
objetos, integran sus nuevas conquistas particulares en el marco
general, universal, de la naturaleza. El científico busca subsumir
leyes empíricas y particulares dentro de otras más generales. Las
leyes no se agregan simplemente. Se interrelacionan e integran
dentro del sistema de la naturaleza. Esta integración sólo es
posible en tanto supongamos una finalidad en el mundo natural; es la
suposición según la cual la naturaleza es una unidad inteligible
que integra en su orden a priori las nuevas leyes empíricas.
Esta unidad supone una naturaleza como si hubiera sido creada por
una inteligencia divina y suprema (3).
El
principio de la finalidad, o juicio teleológico, es sólo
regulativo. No constituye la posibilidad misma de la realidad, como
sí lo hace la categoría de la causalidad. Es por lo tanto
subjetiva y a priori. El juicio estético, el juicio vinculado a la
valoración de la belleza y su generación de placer, será también
apriorístico y subjetivo. Kant así, en su Crítica del juicio,
pensará la estética más allá de las apreciaciones personales
respecto a lo que es bello. Como veremos a continuación, el
pensador de la mirada trascendental iniciará la reflexión que
descubrirá la estética como sitio de la liberación de los objetos
de la naturaleza, y como placer de la reintegración o
reconciliación del sujeto, antes herido por el dolor, por el
displacer de la dualidad.
Baumgarten
elabora la estética racionalista. Los juicios estéticos son
universales en tanto perciben, aunque fuera confusamente, la
perfección del objeto. Desde otro acantilado del pensamiento
estético, los empiristas aseguran la imposibilidad de todo juicio
estético universal, dado que la apreciación de lo bello es sólo
una impresión subjetiva. Lo bello para Kant no es ni un estado
propio del objeto percibido ni una percepción agotaba en la mera
subjetividad de los individuos.
La estética kantiana se suspende sobre una primera afirmación o
principio: "Lo bello es el objeto de un placer
desinteresado" (4). La experiencia estética no
surge del deseo, de la expectativa de un embargarse en una
sensación de agrado. Lo desinteresado alude a la índole
esencialmente contemplativa del placer estético. La percepción de
lo bello no es inicio de una senda de medios hacia un fin
específico. En la dimensión estética, el sujeto se emancipa de
una acción orientada hacia un logro particular. Por otro lado, el
conocimiento estético bulle sin conceptos, sin el imperativo
de una demostración conceptual o justificación lógica del
singular contenido de belleza del objeto bello. La belleza no
expresa al objeto en sí mismo, no revela así un concepto universal
y necesario que determine lo bello de una cosa, sea ésta un lago,
una rosa, un paraje nevado o el cuerpo ondulante y espumoso del mar.
El objeto bello no posee explicación, es indefinible, inútil y
gratuito. No es efecto de un concepto ni, como observamos antes, de
una finalidad.
Pero la
ausencia del concepto no significa ausencia de forma. El juicio
estético expone una forma universal y a priori de la
experiencia. "La belleza es la forma de la finalidad de un
objeto en cuanto ésta es percibida sin la representación de un
fin" (5). El juicio estético es una
"finalidad sin fin", el objeto experimentado desde el
placer estético es libre de toda finalidad, de todo concepto. El
juicio estético siempre se remitirá a la percepción de un objeto
singular, en un sitio particular del espacio y el tiempo. Pero la
experiencia de este objeto bello concreto, empírico y singular, se
despliega como universal dado que puede afectar a la diversidad de
los sujetos. Lo bello no desciende desde un mero concepto; sólo
nace cuando el objeto afecta a un sujeto. La belleza no brota del
objeto mismo sino del modo como un sujeto lo percibe; y esta
recepción sí adquiere la condición de una forma apriorística y
universal.
La universalidad del juicio estético satisface al entendimiento y
su determinación de un orden general. Pero lo universal del juicio
estético carece de un concepto dado, carece de un fin, está libre
de una ley condicionante; es una "legalidad sin ley". La
imagen de la belleza experimentada por el sujeto nace así de la
imaginación, de la imaginación estética. Entonces, "sea lo
que sea el objeto (cosa o flor, animal u hombre), no es representado
y juzgado en términos de su utilidad, ni de acuerdo con cualquier
propósito al cual pueda servir, ni tampoco en vista de su
finalidad...En la imaginación estética, el objeto es representado
más bien libre de todas esas relaciones y propiedades, siendo libre
él mismo" (6). La imaginación se
representa ahora un objeto liberado. La belleza de un girasol no
obedece a un concepto universal o a un propósito utilitario. La
belleza de la planta, cuyo vegetal cuello sigue el baile del sol en
el cielo, existe en la libre imagen imaginada por el sujeto. La
experiencia estética, en lo que posee de universal, remite al
entendimiento. Pero la imagen bella de la planta se origina en la
respuesta imaginativa del sujeto afectado por ella. El placer frente
al objeto bello entonces sería el resultado de la armonización
entre el entendimiento y su objetividad, y la imaginación como
sensual y espontánea respuesta del sujeto. El placer surge de esta
armonía entre lo racional y universal, y lo imaginativo y
subjetivo. Lo conceptual y lo sensual se reconcilian. El sujeto
recobra su unidad.
En la imaginación estética, a su vez, actúa una doble
fulguración de la libertad. La libertad en cuanto producción
imaginativa de la imagen bella desde la que se experimenta un algo.
Y la libertad del objeto que ya no se muestra sometido a la
repetición de una ley. El objeto bello irradia el brillo de una
presencia libre de todo interés o finalidad. La libertad, entonces,
no pertenecerá únicamente al campo de la autonomía de la moral,
de la razón práctica. La libertad no es sólo moralidad autónoma;
es también libertad estética. La libertad se expande en la belleza
del objeto como fuente de un placer desinteresado en el sujeto.
Pero lo
estético preludia lo moral.
La
estética señala, por vía indirecta o simbólica, la ley moral que
se da a sí misma sin someterse a ninguna legalidad previa. La
belleza así es "símbolo de la moral" (7).
La libertad moral se reconcilia con una naturaleza que, gracias a la
imaginación estética, se hace libre, y supera su anterior existir
bajo el entendimiento, y su orden necesario. La libertad del sujeto
ahora impregna la polifonía de formas de la naturaleza.
Un
señorío de la libertad del sujeto es también, y esencialmente, la
creación artística. Kant pensará la diferencia entre belleza
natural y arte. En el arte impera una obra o producir (agere);
por su parte, lo bello de la naturaleza deriva de un mero hacer (facere).
El arte es la obra (opus) que surge por medio de la libre
voluntad creadora, del talento natural del genio que le confiere una
regla al arte. Apreciar los objetos bellos es parte del gusto; su
creación es atributo del genio. El genio apela al entendimiento
como forma ordenadora de una imaginación desenfrenada. La belleza
natural, valorada principalmente como producto de la naturaleza,
carece de la mediación de una voluntad creadora. A su vez, "la
naturaleza era bella cuando al mismo tiempo parecía ser
arte..."(8). Lo natural fulgura con el aura
de lo bello cuando parece derivado de una activa libertad creadora.
Sin embargo, la belleza natural sin la mediación del sujeto y del
arte, en su simple inmediatez, no podría igualar el poder de la
belleza artística nacida del genio creador.
Pero la
belleza no agota la experiencia estética. También lo sublime
invade el pulso humano.
La
preocupación kantiana por la diferencia entre lo bello y lo sublime
comenzó ya en el estadio juvenil y precrítico de su pensamiento (9). Lo bello siempre resplandece a través de las formas de lo
visible y limitado. Lo bello es aprehensión de un objeto limitado,
mesurado. Lo sublime, en cambio, es el reino de lo desmesurado, lo
inacabable, lo ilimitado. Lo sublime matemático es la experiencia
de la grandeza desmesurada. Es la bóveda estrellada del cielo. Lo
sublime dinámico es la potencia desmesurada. Es la violencia
desaforada de una tempestad, la roja lava de las laderas de un
volcán; la exaltada caída del agua de una cascada. Lo sublime,
lejos de empequeñecer al hombre, lo eleva, lo afirma en su propia
grandeza porque "la sublimidad no está encerrada en cosa
alguna de la naturaleza, sino en nuestro propio espíritu, en cuanto
podemos adquirir la conciencia de que somos superiores a la
naturaleza dentro de nosotros y por ello también a la naturaleza
fuera de nosotros" (10). Lo sublime, como
potencia incontenible es propiciada por la naturaleza. Pero la
experiencia de la sublimidad como tal sólo acontece en el sujeto.
Por lo que la capacidad humana de pensar la determinación de lo
sublime asegura la superioridad humana sobre la exterioridad del
mundo natural, incapaz de la experiencia de un estado de desmesurada
potencia.
4.
Y es
oportuno ahora atender a una propagación de la reflexión estética
kantiana sobre la belleza en las cercanas colinas de la teoría
romántica del arte. En la interpretación de Marcuse, Schiller
continúa el poder reconciliador de opuestos que aflora en la
estética kantiana. El romántico autor de Wallestein,
crítica y supera, acaso, al Kant de la Critica de la razón
práctica.
En sus Cartas
sobre la educación estética del género humano, Schiller
introduce el ideal de una libertad superior a la autonomía de la
ley moral. La facultad de juzgar actuaba en Kant como tercera
facultad mediadora entre la razón teórica y la razón práctica.
En Schiller existe también un esquema tripartito, una visión del
sujeto compuesta por una trilogía de instintos, que luego
exploraremos.
En
la materia por sí sola no resplandece lo bello. El contenido
material actúa en lo particular, en lo inmediato y sensorial. La
belleza, centro de lo estético, precisa de la forma y su
universalidad. Esta forma expresa también la idea, la esencia
humana, el hombre ideal. La humanidad genuina que revela el estadio
estético es la unidad donde la forma, la razón, el pensamiento, y
lo material, lo corporal y sensual, se integran armoniosamente. Para
Schiller, como para otros románticos, arquetipo de la humanidad no
fragmentada es la antigüedad griega. Semejante a la naturaleza que
todo lo une, la cultura helénica integraba todas las facultades
humanas en un fluido y equilibrado ritmo.
Lejos
de la armoniosa idealidad griega, el hombre moderno se desangra
entre las múltiples heridas de la fragmentación. Su racionalidad
actúa como entendimiento, como facultad que, para comprender
y conocer, analiza; y el analizar es un dividir en partes
el objeto. Y toda división, fragmenta, empobrece, debilita.
El hombre no experimenta ya la unidad y el todo. Sólo late
dentro de una partícula: "el hombre se educa como
mera partícula, llenos sus oídos del monótono rumor de la
rueda que empuja, nunca desenvuelve la armonía de su esencia
y lejos de imprimir a su trabajo el sello de lo humano,
tornase él mismo un reflejo de su labor o de su ciencia"
(11).
El hombre gime en la disociación. La fragmentación
lo despoja de su genuina humanidad. Su vida oscila entre
lo mecánico y lo artificial. Sólo en el sendero de la reconciliación
con su unidad ideal, el hombre podrá recuperar su fulgor
verdadero, su auténtica condición humana. Sólo lo estético
podrá cauterizar y re-unir, al superar lo falso, y refundar
al hombre. Según Schiller, la experiencia estética
de la belleza exhuma un instinto hasta ahora desconocido,
no cultivado, que surge de la superación de los dos instintos
iniciales que dividen al hombre.
En el hombre
obra, por un lado, un "impulso sensual", el orden de los sentidos, el cuerpo,
la materia, lo particular, la existencia que atiende a los mandatos
biológicos y las exigencias externas. Por otra parte, el "impulso de la
forma" es la aceptación de un principio interior, racional,
necesario y ordenador. Ambos impulsos lanzan al sujeto a la
turbulencia opresiva de la no libertad. Que se expresa como
dimensión externa, fáctica, de la necesidad (a la que se halla
sometida el cuerpo y su sensualidad); y la dimensión interna de
subordinación a la ley, a la ley moral. El hombre es constreñido
así desde la exterioridad biológica, y desde la interioridad
racional y moral. Esta es la realidad dada y establecida sobre el
sujeto. La libertad genuina sólo erupciona en la salida de la
realidad como necesidad o seriedad, y en la superación de la
diferencia entre los instintos iniciales del sujeto. Desde el centro
de la subjetividad emerge una fuerza mediadora que, como un imán,
atrae e integra. La magnética pulsión de la unidad brota de la
belleza que "conduce al hombre, que sólo por los sentidos
vive, al ejercicio de la forma y del pensamiento; la belleza
devuelve al hombre, sumido en la tarea espiritual, al actuar con la
materia y el mundo sensible" (12). La belleza no puede refulgir
en las meras sensaciones, en un mero vértigo sensorial. Necesita de
una forma, de un principio ordenador afín al pensamiento. A su vez,
la forma no podría ser belleza sin su cristalización en un
contenido material.
Y la belleza es propiamente la apariencia.
La mera realidad natural, reino de la necesidad biológica,
territorio de la inmediatez, es la "realidad efectiva
ordinaria", distinta de "la realidad efectiva
estética". Lo real estético sólo aflora como apariencia
mediante el adorno y lo lúdico. Un hacha o una cabaña pueden
sólo ser objeto útiles para la supervivencia, o la defensa.
Su significado así no supera la existencia sometida al estado
de la necesidad. La casa de madera o el filoso instrumento
(que puede oficiar como elemento para el ataque o la subsistencia)
pierden su condición utilitaria cuando su extensión es embellecida
por el adorno. Los objetos, ahora, no responden sólo a la
utilidad. Renacen como apariencia estética. El adorno,
como acción del embellecer, no responde a ninguna necesidad.
Es expresión innecesaria, inútil, superflua, que envuelve
una cosa en el manto de una bella apariencia.
La apariencia estética es el más vivo resplandor de la libertad
artística. Es un espontáneo jugar. Que crea la obra, la
cosa bella. La lúdica espontaneidad creadora tiene sus paralelos
en la propia naturaleza. El insecto aletea, o el pájaro
canta, no para obedecer al mandato de la necesidad, sino
para expandir libremente su intensidad vital. Lo mismo ocurre
cuando un árbol crea más semillas que las que necesita para
reproducirse, o cuando desarrolla más raíces, hojas o ramas
que las que emplea en su conservación. La naturaleza así
expresa su libertad. Juega. No trabaja. Es espontánea creación.
No imperiosa necesidad. Pero el jugar en la naturaleza es
juego físico, no aún juego estético. Juego
estético que nos estremece al superar la mera sucesión de
las imágenes. Desde su libertad imaginativa, el sujeto puede
moverse de una imagen a otra. Expresa así su independencia
de la coacción exterior, de la imposición de una misma sucesión
de causas y efectos, de este crepúsculo, al que le sigue
siempre esta noche, de esta noche, a la que siempre le sigue
esta nueva mañana. Pero la imaginación como libre sucesión
de imágenes e ideas, nos habla de una libertad aún pasiva.
Es la libertad de un orden natural, necesario y repetido.
Mas, en su más alta libertad, la imaginación baila cuando
crea una nueva forma libre que se introduce dentro de lo
transitorio y sensible. Así el hombre juega. Su instinto
de juego vive y actúa cuando crea una nueva forma, que enriquece
las cosas, los objetos, o la presencia humana, con una bella
apariencia estética. No se trata de un pathos lúdico
que juegue con algo en particular. Es el juego como dimensión
plena de la libertad y la vida. Es despliegue (schein).
Es el tercer instinto, el instinto de juego. Cuya creación
de belleza conduce al agrado y al placer. El hombre se adorna.
Juega. Y así, el "impulso estético", lo guía hacia
"un tercer reino, un reino alegre de juego y de apariencia,
donde el hombre se despoja de los lazos que por doquier
le tienen sujeto y se libera de todo cuanto es coacción,
tanto en lo físico como en lo moral" (13).
Y
el hombre que juega en la libre creación artística de la belleza
construye la utópica anticipación de la postergada sociedad libre.
Sólo mediante la libertad estética se arribará a la libertad
política. En la
síntesis entre Freud y Marx que ensaya Marcuse, la civilización en
general, y la sociedad capitalista como manifestación de la
modernidad, nace de una represión básica de los instintos. La
opresión capitalista no sólo se construye sobre el mercado y
trabajo alienado. Es inicialmente también un exceso en la
represión instintiva indispensable para la fundación de lo social.
Este exceso represivo se encarna en un "principio de
actuación", bajo cuya sombra el trabajo se denigra en
plusvalía y alienación. La sofocación capitalista de lo humano
niega la espontaneidad del juego, el poder más alto de la libre
creación artística. Cuando la utopía ya no sea lejanía, sino
calor de un cuerpo libre y un espíritu expandido, nacerá la
"civilización humana genuina", y "el hombre vivirá
en el despliegue, el fausto antes que en la necesidad" (14).
5. En la estética kantiana el hombre se reintegra en una
unidad placentera. Y el objeto se libera, no en su pura
existencia fáctica, sino en su ser percibido por el sujeto.
La naturaleza pareciera así que ingresa en el prado radiante
de la libertad; ya no sería sólo la estructura invariable
exhalada por el sujeto de conocimiento. Sin embargo, estimamos
que la naturaleza encendida por la imaginación estética
kantiana desconoce una forma originaria de la libertad.
La naturaleza, el orden universal de la materia, que podría
ser belleza con independencia del sujeto. Son conocidas
las razones kantianas para negar el conocimiento de esa
realidad natural preexistente, que trasciende o supera al
sujeto. El sujeto sólo comprende el afuera desde la mediación
de su estructura cognoscitiva a priori. El sujeto
nunca ve lo que es, sino lo que su mirada le permite abrazar
y conocer. La finitud del sujeto se convierte así en la
única playa donde las olas de un mundo posible y "real"
pueden entregar su rumor continuo. Las cosas mismas, una
naturaleza sin hombre, sin sujeto, es postulable, es pensable.
Pero no es habitable; es lugar negativo, sin significado
ni real existencia. La modernidad kantiana se contenta con
la libertad estética del sujeto, o de un objeto que sólo
es en tanto es percibido como libre forma desinteresada
por ese sujeto. La naturaleza en su orden necesario, y en
su posible libertad en el juicio estético depende del monárquico
sujeto moderno.
Lo
sublime pareciera una senda de una potencia desmesurada que podría
anonadar al sujeto, y restituirle la sospecha de una naturaleza cuyo
poder prescinde de su mirada. Pero para Kant, como antes
observamos, aún la experiencia de lo sublime dinámico agranda y
consolida la autovaloración exaltada del sujeto (15).
Lo estético en Kant habla del sujeto y no de una posible
realidad anterior o independiente a la subjetividad. En
su Introducción a la estética, Hegel asegura que
la estética kantiana "es, a fin de cuentas, sólo subjetiva,
es decir, realizada por el sujeto, y existe sólo en virtud
de su juicio, no responde a la verdad y a la realidad en
sí" (16). Esta subjetividad de lo estético se repite
también en Schiller dado que belleza sólo es en tanto
tenemos una sensación de ella, porque lo bello es "un
estado nuestro y un acto nuestro" (17). En el autor
de las Cartas ... la lúdica creación de la belleza
existe en el sujeto y su percepción antes que en
la propia realidad natural. Lo bello, en su más alta cumbre,
expresa la plenitud realizada de un hombre ideal, no el
brillo más incandescente o autosuficiente de la geografía
material de la naturaleza.
La
teoría estética de la "finalidad sin fin", o el
instinto del juego de Schiller, celebran lo bello en la
propia mirada; inhiben así toda apertura a la alteridad
de la belleza que resplandece donde el sujeto se extingue
o desaparece. Se elabora entonces una estética de lo bello
para el sujeto donde se pierde la alteridad de
lo bello. La comprensión de esta alteridad surge, estimo,
cuando repensamos la belleza, el arte y el sujeto en
el contexto de una historia natural. La reducción de lo
bello a un estado del sujeto, a "un estado nuestro
y un acto nuestro", se diseña sobre una violenta ilusión
temporal. La naturaleza como posible orden y belleza empieza
a ser en tanto es ordenada, producida o experimentada por
un sujeto como legislador y creador de la posibilidad de
lo bello artístico. La realidad es únicamente desde
el sujeto. Antes de su actividad constituyente, la naturaleza
sólo podría ser una dispersión caótica de sensaciones, o
una región de particularidades. La forma universal de lo
natural sólo es al ser pensada por el sujeto. La belleza
verdadera es la introducida en el espacio y el tiempo por
la creación artística. Si existe una belleza natural es
siempre inferior a lo bello artístico que vierte el sujeto
sobre las cosas, sobre la materia antes mecánica y desespiritualizada.
La estética subjetivista subestima o no comprende la posibilidad
de una belleza plena sin la mediación del sujeto. Es la
incapacidad del antropocentrismo moderno de abrirse a lo
real que no precisa de un acto ordenador de nuestra conciencia.
Bien lo sabemos: es imposible eludir el ver a través de
nuestra visión particular como especie, y como sujetos situados
históricamente. La montaña de bella cima blanca, que ya
era antes de la aparición del hombre entre los otros seres
vivos del planeta, es distinta para el otro ver del águila,
el tigre, o del hombre prehistórico. La elevación de bella
corona blanca quizá sea algo muy distinto a la maontaña
que vemos. Pero sólo la desmesurada importancia de nuestro
ver le arrebata a la montaña su posible existir bello y
enigmático, con independencia de nuestra presencia y nuestro
mirar.
Y
quizá es una belleza del mundo, que se irradia y
es sin necesidad de ser vista. Y quizá el concierto de lo
bello entrega su música que no depende del canto y la composición
humana. Tal vez una belleza renuente a ser expresada por
cualquier estética filosófica ya era antes de que el ojo
humano parpadeara ante el cielo extraño, y el primer crepúsculo.
La alteridad y preexistencia de lo bello que no es para
el sujeto, sino que es en su presencia enigmática, late
en un salvaje estar ahí. Que brilla. Sin conceptos. Insoportable
existir para el sujeto que necesita ordenar y explicar.
La extraña aura de esa belleza que las montañas y los ríos
ya poseían, antes que el hombre caminará en la tierra sin
entender. La belleza que no precisa del sujeto que le permita
a los objetos ser. La belleza del cielo sembrada de lluvias.
Que acaso imaginó la gran fuerza misteriosa. Que ahora se
oculta. Pero que aún respira en el viento.
Citas:
(1)
Sobre la métafora del espejo y la lámpara, véase M. Abrahms, El
espejo y la lámpara, Buenos Aires, editorial Nova.
(2) La
subjetividad fragmentada que puede hallarse, por ejemplo, en la
antropología platónica, cristiana y cartesiana.
(3) Cf.
Kant, 1977, p.25).
(4) Kant, 1977, p.
70.
(5) Kant, 1977,
p.114.
(6)
Marcuse, 1983, p.167.
(7) Cf.
Kant, 1977,
parágrafo 5.
(8) Kant, 1977, p.
235.
(9)
Véase, Kant,
Immanuel (1995) Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y
lo sublime, Madrid: Alianza.
(10) Kant, 1977,
p.163.
(11)
Schiller,
Johann Christoph Freidrich, "Cartas sobre la educación
estética", en Escritos sobre estética, Tecnos, Madrid,
1991, p.114.
(12)
Ibid., p.163.
(13)
Ibid., p.214
(14) Marcuse,
1983, p.175.
(15)
Edmund Burke explora también famosamente las características
propias de lo sublime. Una de sus fuentes es la experiencia
de la vastedad, donde lo vasto no es únicamente lo amplio
en el espacio sino también la infinita divisibilidad
de la materia. Así, la desmesura de lo sublime no
se halla sólo en la máxima amplitud sino también en lo pequeño
por lo que "quedamos asombrados y confusos al ver lo
maravillosa que es la pequeñez, y siendo extremada, no podemos
distinguirla por sus efectos de la vastedad misma".
E. Burke, Indagación filosófica sobre el origen
de nuestra ideas acerca de lo bello y lo sublime, Valencia,
Arte Gráficas Soler, 1985, p. 134.
(16) G.W.F.
Hegel, Introducción a la estética, Barcelona, Península,
p.111.
(17) Schiller.,
p. 98. El pasaje al que nos referimos manifiesta: "La belleza
es, pues, para nosotros, un objeto, porque la reflexión es
la condición bajo la cual tenemos una sensación de ella; pero al
mismo tiempo es un estado de nuestro sujeto, porque el
sentimiento es la condición bajo la cual tenemos una
representación de ella. Es, pues, forma, porque la contemplamos;
pero al mismo tiempo es vida, porque la sentimos. En una palabra: es
la vez un estado nuestro y un acto nuestro".
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