I
A
veces, además de crear, los artistas quieren decir qué es el arte,
o qué debe hacer el artista enfrentado a la vida y la angustia. La
mejor respuesta del artista es, tal vez, la que renuncia a la nada;
o, tal vez, la respuesta más fértil no es ser fiel a un solo
camino, estilo o visión de las cosas, sino siempre estar abierto a
la exploración de paisajes no todavía suficientemente apreciados o
conocidos. En todos los casos, la mejor respuesta artística quizá
sea la que se mantiene abierta a la aparición de lo nuevo.
Lo
que debe hacer el artista frente a lo angustiante en el tiempo lo
dice Andrei Tarkovski no por un manifiesto o ensayo (aunque sí lo
hace también) sino por una obra. Una obra en particular: Andrei
Rublev (1966). Rublev: personaje real e histórico, pintor de
íconos. Sensibilidad ansiosa de exaltaciones espirituales y
místicas. Rublev (1369-1430), pintor con hambre visionario. Pinta
íconos para la Catedral de la Asunción del Kremlin de Moscú, y la
Dormición de la Virgen en Vladimir. Monje en la Laura de la
Trinidad, se forma como pintor bajo la enseñanza del venerable
Nikon Radonezhski. Teófanes el Griego, gran pintor griego
bizantino, de vasta erudición filosófica, autor de La
transfiguración de Jesús, es su principal mentor. En la
mencionada catedral de la Asunción, Rublev pinta junto a Teófanes.
Hoy, muchos de los íconos fundamentales de Rublev brillan en el
Museo del Monasterio Andronikov, inaugurado en 1959. En este
monasterio Rublev pasa los últimos años de su vida, pinta sus
paredes y en sus inmediaciones es enterrado en 1430.
Rublev,
el artista medieval de la Rusia bizantina, continúa el paradigma de
la iconografía religiosa en el que la belleza debe ser revelación
de la absoluta trascendencia divina. Pero todo creador es primero
re-creador del lenguaje que recibe. En el cristianismo oriental la
verdad se encarna en Cristo. Así salva a los hombres y los libera
de la idolatría. El ícono es lo contrario del ídolo, no es la
imagen que sustituye falsamente lo divino sino la que lo representa
legítimamente. El ícono re-presenta a Cristo como Pantocrátor,
como Señor del Universo. La pintura del ícono es creación de una
iconografía, de una escritura por lo visual. En los íconos, los
textos de origen bíblico se convierten en imágenes y así hablan
aun a los analfabetos, cono las decoraciones de las catedrales
góticas.
El
arte iconográfico entrega una imagen arquetípica, es ajeiropoietoi,
no hecha por manos humanas. El artista reproduce ese patrón
arquetípico. El acto de su recreación es en sí mismo acto
religioso y ritual. Por lo que el monje pintor, como Rublev, antes
de pintar ayuna y ora.
Rublev
pinta dentro de los límites de la pintura bidimensional bizantina.
El eje vertical es fundamental para estimular el impulso ascensional
hacia la altura, el lugar de lo divino. Lo horizontal es el punto de
partida, el lugar de la pesadez terrestre, la cárcel de la materia.
Por eso, el ascenso por la verticalidad es una des-materialización.
La mirada del Salvador debe hipnotizar, con una magia que exprese la
profundidad de su sentimiento de amor, justicia y piedad. El Cristo
redentor y pantocrátor que pinta Rublev consigue esa mirada. Una
expresión indefinible que nos hace recordar a La resurrección
de Piero Della Francesa, pintado al fresco en la municipalidad de su
pueblo, Santo Sepulcro, en Toscana.
Pero
Rublev no sólo repite; también introduce sus marcas distintivas:
aligera el hieratismo de las figuras del arte bizantino tradicional.
Introduce cierta ligereza y estilización que rompe la rigidez. El
hijo más preciado de sus pinceles es el ícono de La trinidad.
La belleza de la imagen es recuerdo o anamnesis del ser que,
en su profundidad propia, es luz e incandescencia divina.
Rublev
es contemporáneo de Fray Angélico, por tanto del quatroccento italiano,
el preámbulo del Renacimiento. Pero Rusia se halla todavía
plenamente en la edad media. Los escasos datos sobre la vida del
pintor ruso alimentan especulaciones, como la de un posible viaje a
Venecia. Lo que lo habría puesto en comunicación con el arte
occidental. Viaje incomprobable; pero que tiene semejanzas con el
presunto paso por Venecia del Greco que, lo mismo que Rublev, es
inicialmente pintor de íconos en su Creta natal, antes de su
adopción plena del arte renacentista occidental que desarrolló
principalmente en Toledo.
En
ocasiones, algunos artistas encienden sus lámparas a través del
rostro de otros artistas, o de personajes lúdicos. Goethe a través
de Fausto; Virgilio mediante Homero; Joyce por medio de Homero;
Borges por intermedio de Stevenson o Chesterton.
Tarkoskvi
por Rublev.
El
cineasta nace en 1932 sobre la mesa de madera de una casa rural a
ochocientos kilómetros de Moscú. Nace en el interior de la Rusia
compleja. Tierra de extremismos, excesos, fatalidades violentas.
Pero también con sed de lo divino, con deseo de un color más
fuerte que el gris del deterioro. Los colores vivos de los íconos
rusos son rescatados por Tarkovski mediante su recreación ficcional
del otro artista. Imagina una "biografía imaginaria" del
pintor medieval. Inventa un guión que parte del pintor conocido
pero para sumergirlo en un viaje iniciático, una "noche
oscura", que lo prepara para los acantilados más altos de la
vida artística.
Son
muchos otros los diamantes del arte tarkovskiano. Primero La
infancia de Iván, un niño atrapado en el círculo de muerte de
la segunda guerra mundial. Pero la dureza de su destino
militarizado, se atenúa con un paralelo plano de recuerdos de una
niñez idealizada y poética. La evocación de algo mejor por los
sueños. A veces, cuando se es estrangulado por la fatalidad, el
único consuelo es el sueño. Después, la obra que consideramos. Y
en 1979 nace Stalker, filmada dos veces. El stalker
(Alexander Kaidanovski), una suerte de sacerdote laico que defiende
una percepción distinta y más alta de la vida frente al
escepticismo de El escritor y El científico. En la
naturaleza encuentra una sacralidad sin valor para el nihilismo
hiperintelectualizado. En El espejo, filmada antes, en 1975,
el cine se convierte en un estado sensorial. El simbolismo poético
y visual no se acobarda al momento de suplantar la narración
lineal, que hace que el intelecto entienda y se quede tranquilo. El
retorno simbólico a la infancia parece un volver a esa época en la
que todo es verdad, al decir de Ray Bradbury. En Nostalgia,
el creador ruso imagina a otro artista compatriota, a un poeta ruso
en el exilio. Domenico (Erland Josephson, acto emblemático de
Bergman, junto con Max Von Sidow) es exilado no sólo de su patria
sino también del mundo moderno sin poesía ni sensibilidad ante lo
abismal o profundo. Y en El sacrificio, su última gran obra
antes de su muerte por cáncer de pulmón en 1986, el cineasta
"religioso" concibe un sacrificio. Un silencioso acto de
amor de Alexander (también protagonizado por Erland Josephson) para
atraer el auxilio divino en una época amenazada por la destrucción
nuclear. Una destrucción por una fuerza incendiaria exterior, que
sería una forma de proyectar la capacidad humana para destruirse
primero en su interior, por el olvido de su costado de luminosidad y
nobleza.
Tarkovski:
artista del deseo de eternidad dentro del tiempo. Tarkovski,
siempre crítico de la mediocridad y linealidad del cine comercial,
de la vacuidad del vivir moderno sin asombro ni preguntas por el
sentido, por el origen o naturaleza de la vida. Frente a la
liviandad y lo frívolo, el pez que baja a lechos abismales. Pero
siempre desde un cine que sospecha una temperatura mística
acalorando las cosas y los seres.
Para
Tarkovski lo fatal arroja al hombre al horror. Pero también a la
belleza, que no salva ni redime. No borra las heridas en la carne.
Pero acerca a una sensibilidad alerta y al regocijo ante el
misterio. Cuando la vida es presencia fuerte y enigmática, el
artista debe responder a su interpelación; debe mantener abiertas
las preguntas. Preguntas: ¿qué es lo absoluto y lo eterno? ¿el
tiempo es sólo destrucción y muerte? ¿lo divino es sólo una
necesidad, una ilusión y juego de los hombres? ¿nada justifica la
existencia más que el poder y el reconocimiento de la mirada ajena,
aunque ésta mire y juzgue desde una mediocridad sin aspiraciones
ideales? Las preguntas no deben ser cerradas. Las respuestas
parciales mantienen la tensión de las obras. Como en la metáfora
de El arco de Kim Ki-duk, lo importante es mantenerse en la
tensión vital del arco, no el lanzamiento de la flecha para dar en
un blanco definitivo. Andrei Rublev muestra la fecundidad del
arco tenso del artista frente a las grandes preguntas. Frente a lo
infinito dentro del tiempo.
Andrei
Rublev es
filmada en blanco y negro. El típico recurso para infundir una
atmósfera de intimidad, o lejanía histórica, como la que consigue
Eisenstein en Iván el terrible o Alexander Nevsky.
Tarkovski sufre la incomprensión y acoso de la ex Unión
Soviética, ávida de realismo socialista, del arte del proselitismo
político. Por eso, el film es exhibido luego de la medianoche en
Cannes de modo de que pase lo más desapercibido posible, y no
reciba premio alguno. Y así ocurre. Pero, a la larga, lo auténtico
prevalece.
Tarkovski
comienza su obra que recrea a otro artista a través de un
sorpresivo comienzo surrealista. Los hechos ocurren en el siglo XV.
No se han inventado los globos aerostáticos todavía. Habrá que
esperar a los hermanos Montgolfier en 1782. Pero en ese Rusia
cristiana y tártara alguien sube en globo. Un desconocido inventor
hace un globo con cueros y harapos. Una multitud campesina lo acosa
antes de despegar, porque creen que es un ser demoníaco. Desde las
alturas el desconocido ve los paisajes de la tierra antes conocida,
pero que ahora se muestra extraña, o en su verdad extensión, en
decir: en su verdadera realidad. Desde arriba el navegante de las
alturas ve. Vuela. Es el primero en volar. Y después cae
sobre la orilla de un río. Tal vez muere. Un caballo desplomado,
que se incorpora luego, parece recordar el peso de lo terrestre que
termina por devolver al hombre-pájaro al suelo.
A
nuestro entender, una metáfora sintética del lugar desde el que el
artista ve, vive y responde: el vuelo. El artista debe volar para
abrir las cosas desde una mirada más incisiva y abarcadora. El
artista que no vuela es sólo restaurador de porcelanas rotas. No es
visionario de posibilidades más altas y secretas.
Pero
no se puede volar todo el tiempo. Por eso el globo baja. El artista
que vuela debe bajar. La predisposición al vuelo puede ser
permanente. Pero el efectivo acto del vuelo es el esporádico cambio
de la percepción normal y limitada de las cosas. Este cambio
perceptivo es parte indispensable de la mirada otra del
artista, de su ver lo que otros no perciben. Pero el que vuela debe
bajar, y el vuelo mismo encierra sus peligros. El peligro a veces de
caer de forma violenta, exponiéndose a la muerte.
El
vuelo del artista, metaforizado por el vuelo en globo, es continuado
en el film Elegía de un viaje, de Alexander Sokurov,
admirador del cineasta compatriota de Stalker. Sin necesidad
ya de ningún vehículo físico, una mente, un deseo de arte, un ser
de sensibilidad liberada de lo cotidiano vuela desde algún lugar de
Rusia hasta la galería del Rijk Museum de Amsterdam. El viajero se
encuentra entonces con una pintura de Saenredam (1597-1665), Un
ayuntamiento en Amsterdam (1657), en la que se sumerge como si
la imagen de un lugar del pasado fuera algo presente y vivo.
Y
el arte y el artista bajan a la horizontal del suelo. Y ahí se
suceden las figuras graduales de la historia. Primero Rublev (Anatoli
Solonitsin) deja su monasterio. Empieza entonces un descenso a los
infiernos. Como Sidartha Gautama, primero vive aislado y protegido.
Dentro de un cerco protector. Después sale al mundo. Escucha el
canto ronco del mal. Se ensucia con el barro. Le salta a la cara la
mugre de lo miserable, la entraña corrupta del hombre. Conoce a
otro monje pintor, Kirill (Ivan Lapikov), quien visita al gran
maestro Teófanes el griego (Kikolai Serguelev), para su
colaboración. Pero el maestro elige a Rublev para transmitirle su
arte, no a Kirill. Kirill se marcha indignado del monasterio,
acusando de mercaderes a los otros monjes. Mata a palos a un perro,
que era el único que quería acompañarlo. Lo devora la envidia. Se
entabla entre Kirill y Rublev una relación que algunos gustan
comparar con la de Salieri y Mozart.
Y
Rublev conocerá una taberna gobernada por el histrionismo de un
juglar. El juglar canta una canción obscena, en la que se burla de
los nobles. Es acusado y enviado a la cárcel. Por cobardía, Rublev
no hace nada por salvarlo. Después, en compañía de la sombra de
Teófanes, rodeado de nieve y frío, reflexiona sobre la Pasión. En
camino a Moscú con su aprendiz para encontrarse con el maestro que
lo llama, lo sorprende un rito pagano. Algunos campesinos conservan
viejas prácticas de un paganismo heredado, reprimido por el
cristianismo. Practican todavía el Mayo florido. Rublev es atado a
un poste. Pide ser puesto cabeza abajo, como San Pedro en su
martirio. Siente los labios de una mujer. Una Eva sensual, bella,
desnuda, tentadora. Ella lo libera. La mujer como fuerza que desata
al hombre. Inclusión encubierta quizá de una mirada contraria a la
misoginia cristiana. Queda en lo sugerido la posibilidad de que el
pintor goce en la noche con la mujer; el goce del fuego erótico de
la vida. Luego, llega la mañana. La autoridad representada por una
soldadesca y unos monjes captura a los paganos. Pequeña
teatralización de la lucha entre cristianismo y paganismo. Buscan
apresar en especial a la mujer. Rublev la reconoce, pero se calla.
De vuelta, por cobardía nada hace para salvarla. Pero la mujer
desnuda escapa nadando. Un largo y bello plano de la Eva que se
aleja en el agua. La mujer, o lo femenino, que sobrevive a la
agresión e incomprensión de lo masculino cristiano, siempre en
conflicto con el erotismo.
Y
la mujer se libera en el agua. El agua: presencia de lo elemental
que se repite en el cine de Tarkosvki. El agua en su fuerza de
circulación, devenir, renovación, o como presencia que abre hacia
lo más primario. También el fuego despierta en el film estas
asociaciones de renovación o trasformación. Agua y fuego hablan
del poder simbólico de los elementos, de lo que es en este mundo y
por tanto es paralela valoración de la vida que, aunque infinita,
siempre es en lo físico y temporal.
Y
la vida de Rublev se enfrenta a las elecciones difíciles, a las
bifurcaciones. En una discusión con Daniil Chorny (Nikolai Grinko),
su amigo pintor en el monasterio, defiende otra senda para el arte.
Daniil dice que el artista debe ser un maestro del espectáculo;
debe provocar miedo en el pecador, ante la cercanía del Juicio
Final. Pero Rublev se niega a causar miedo, no quiere pintar un
Cristo vengador y amenazante. El arte, mejor, debe ser una escalera
de belleza y símbolos. Un camino a la elevación.
Rublev
se encuentra con una mujer sordomuda, con un retraso mental. La
protege. En la Rusia medieval los locos son vistos con veneración.
Son los "locos de Cristo". Por su inocencia están más
cerca de Dios. Según la leyenda, a treinta y tres locos se les
permitía ir desnudos, y podían reclamar al Zar por la miseria de
sus súbditos. Estos locos fueron canonizados y uno de ellos, San
Basilio el Beato, le da su nombre a una de las catedrales de Moscú.
Luego,
llegan a la cuidad de Vladimir. Dos príncipes hermanos se recelan y
detestan. En la puja por el poder uno de ellos pacta con el khan
tártaro. Rusia aún no se ha liberado de los tártaros. Sufre
todavía las correrías de los nómadas de las estepas. La
liberación gradual empieza con la batalla de Kulikovo (1370).
Entonces, el gran Duque de Moscovia Dimitri Donskoi vence a los
tártaros de la Horda de Oro. Recién Iván el terrible, en 1480,
emancipa a Rusia definitivamente de los descendientes de Gengis
Khan.
Uno
de los príncipes rusos se alía con el tártaro para tomar Vladimir
y sacar de en medio a su hermano. Entonces es el saqueo. La
violencia ansiosa de matar y violar. Los cuerpos desmembrados. Las
escenas componen una detallada escenificación teatral del infierno
no en otra parte, sino en este mundo.
Tarkoski,
asociado a lo intimista y lo que tiende a la lentitud e inmovilidad,
pasa bien el examen de la filmación del movimiento de masas. Y
acepta un elemento de improvisación en su planificación detallada
de las tomas. Durante una imagen ascendente de la ciudad violentada,
se arrojan unos patos, que le confieren un encanto poético y casi
surrealista a la escena de brutalidad.
Y
en medio del saqueo ni siquiera la catedral es un refugio. Los
sitiadores profanan el lugar sagrado. Y entre la locura, Rublev mata
a un soldado ruso para proteger a la muchacha. Su aprendiz, muerto
por una flecha, cae en un río que lo recibe y trasporta, como una
tumba flotante. El agua que limpia y presagia el paso a otro lado.
Rublev
ha matado. El cielo está perdido. La culpa lo destruye por dentro;
no merece liberarse de ella. La Sombra de Teófanes le dice:
"Dios va a tener misericordia de ti, pero lo importante es que
tú no te perdones." Y el artista decide no perdonarse. La
espera y la fe caen rotas desde sus dedos, que sueltan los pinceles.
La humanidad es irredimible. No merece que se le regalen actos de
belleza. Y él, además, es indigno. Por eso ya no creará más. Ya
no pintará. No hablará. Voto de silencio. Autocastigo. Reclusión
en el monasterio.
Su
única misión será cuidar a la chica muda que, luego, se va con un
tártaro por un trozo de carne de caballo. La noche es más oscura
todavía. Sólo queda implorar perdón. Y renunciar a que la mañana
vuelva a brillar.
II
Un
muchacho se despide de su padre. Antes de morir no alcanza a
revelarle a su hijo los secretos de un oficio ancestral: la
construcción de campanas. Aunque inseguro, Boriska, el muchacho,
sigue el oficio heredado. La única forma de sobrevivir y comer.
Trabajar para los príncipes y clérigos. Hacer campanas que
resuenen con su garganta de hierro. Traducir con campanadas los
distintos matices de la voz de dios, o los distintos momentos del
día con sus labores y rutinas.
Boriska
convence al Príncipe para hacerle una gran campana. El Príncipe
buscaba a su padre, pero éste murió. Por lo que el soberano
termina aceptando la propuesta del hijo. Comienza la tarea. Y cerca,
sin hablar, alguien lo observa, se interesa por su rito creador, que
consiste en la excavación de una fosa, el molde de barro, la
fundición de metales, el vertido… Un fuego constructor, diferente
al fuego destructor que incineró la voluntad creadora de un viejo
pintor de íconos. Luego, el fundido del metal, la destrucción de
la capa de barro sobre la masa metálica enfriada. Y después el
momento bautismal. Para escuchar la primera campanada llega el
príncipe, acompañado de una nutrida comitiva, y de unos visitantes
italianos. Entre ellos se rumorea que la campana no sonará, que
todo es un fiasco, que un muchacho no puede ser un maestro
constructor fiable.
Y
el badajo comienza a oscilar. Se mueve lento al principio. El que lo
mueve es el propio Rublev. El chico teme. Duda. ¿Y si la campana no
suena como es debido? Entonces, su cabeza podría rodar. Boriska
suda. El badajo se acerca a la campana. Y la primera campanada suena….
le agrega otra mañana a todas las mañanas. Y el chico escapa,
confundido, se desploma ante una de las fogatas donde ardió su
fuego creador. ¡Lo hizo! Creó la campana, a pesar de sus dudas y
temores. Cae sobre el fango. Y el que lo miraba, desde cerca, sale
de la sombra. Se le acerca para rescatarlo, lo alza como María a
Jesús caído de la cruz. Es ahora la piedad. Ya no la impotencia,
el resentimiento o la culpa. Antes, se había reencontrado con
Kirill. Kirill asumió su envidia, y le rogó que hiciera lo que
antes no quería que hiciera. Pintar: "Tu gran pecado es que
Dios te ha dado el talento para pintar, cosa que no me ha dado a mí
a pesar de mi vida sin pecados, y sin embargo, te has permitido el
lujo de no querer pintar".
Y
en Rublev y Boriska todavía resuenan las campanadas. El muchacho
llora, le revela al monje que lo acompañó en silencio durante la
construcción de la campana que su padre no le comunicó ningún
secreto. Todo fue audacia, necesidad, desesperación. Y la decisión
de crear a como dé lugar. Y el artista que estaba muerto al final
renace. Aprende a superar la cobardía, la cobardía de no haber
ayudado al juglar y la mujer pagana, la cobardía de no haber tenido
el valor de crear sin refugiarse en excusas. El pintor al fin
responde. Vuelve a hablar. Le dice al chico que vuelva a crear otras
campanas, y que él volverá a pintar sus íconos.
Sí,
al fin de cuentas: el deber del artista es no retroceder ante el
miedo y el horror.
III
El
imaginario mítico imagina que la conciencia llega a alguna cima
sólo cuando muere para lo conocido y renace. Vida, muerte
simbólica, y renacimiento. O iniciación. El viaje iniciático como
sendero hacia la maduración de la percepción alerta y sensitiva.
Rublev muere al dejar la seguridad del monasterio. Muere entre las
estacas del dolor y la indignación moral. Pero renace, al fin, al
recobrar la voluntad creadora.
En
su salida al mundo renuncia, en su momento crítico, a la creación.
Su renuncia es una flagelación, la vía para saldar la culpa por
haber matado a un hombre, y como desprecio de la humanidad (lo que
encierra un autodesprecio).
La
renuncia puede ser definitiva.
Como,
tal vez, en el caso de Rimbaud. El poeta de Carta de un vidente,
Iluminaciones, o Una estancia en el infierno renuncia
a la poesía. Viaja a Indonesia, Yemen, y después África. Se
convierte allí en traficante de armas. Abandono o negación de la
palabra poética.
Pero
en la negación de Rublev al acto creador late en silencio,
inadvertidamente, el germen de una nueva afirmación. Un retorno al
arte creador como la fuerza capaz de abrir puertas hacia elevaciones
olvidadas. El arte como superación de la atracción de lo pesado y
destructivo, de lo horroroso. Y se puede conservar la decisión
creadora como forma de sublimación del horror, pero sin superarlo
en una alternativa de la vida como goce o elevación. Es la
situación de Otto Dix, absorbido por sus dibujos de la primera
guerra mundial, o del Goya de Los desastres de la guerra o de
las pinturas negras.
Pero
Rublev supera al final el horror. Para esto no juega a ser otro. Se
encuentra con lo que siempre fue, pero sin asumirse. El artista de
la afirmación; el artista de la evocación de una realidad más
enérgica. Su arte de los íconos afirma al final la potencialidad
dormida que intuye fuerzas religiosas superiores no sólo por una
imposición o condicionamiento de la época bizantina, de grandes
demandas espirituales (y también de dogmatismos), sino también por
una afinidad real entre el artista y las imágenes capaces de hacer
presente lo real sobrehumano. No necesita Rublev desdoblarse en
heterónimos como el Pessoa que, como hombre real, se acerca al
quejido, la nostalgia y el hastío de El libro del desasosiego
(en el que el portugués se oculta en su figura más próxima, casi
su alter ego: Bernardo Soares). Pero el mismo Pessoa, en su
desdoblamiento heteronómico en Álvaro de Campos, le canta, cual un
Whitman renacido, a un universo eléctrico y encendido.
¿Pero
cuál es en definitiva la fuerza que lleva a Rublev a la final
decisión creadora luego de la renuncia, tras su largo caer en una
frialdad apática? Es la regeneración de sí mismo por el
reencuentro con la inocencia creativa de la infancia. Zaratustra-Nietzsche
anuncia que la energía creadora sólo se recupera a través de un
camino de transformaciones, precedidas por unas figuras simbólicas.
Al principio es el camello de la paciencia, de una pasividad que
repite la tradición. Después de la primera mutación es el león
de la rebelión y el deseo creador. Pero sin verdadero poder
creador. Y finalmente la mutación de la rebeldía leonina en la
niñez, en el azar y la espontaneidad, en las pulsiones libres del
juego. La recuperada potencia de la creación. La infancia en su
peor costado es crueldad e insensibilidad; pero en su mejor cristal
es símbolo de una percepción asombrada, en movimiento e
incandescencia, siempre en contacto con las cosas llenas de rareza.
La comunicación o encuentro con un mundo incandescente y en devenir
sólo es por actos creadores. Sólo por la reapropiación o
conservación del costado más vital y luminoso de la niñez el
artista asume su destino creador. Al que ya no podrá escapar ni
renunciar.
El
propio Tarkovski encuentra en la evocación de la infancia un acto
espiritual y poético, un estar cerca siempre de un fresco manantial
creador. Sólo la mirada fresca de la infancia acerca a ese
manantial. Y esto es lo que en parte muestra El espejo, su
obra de la belleza poética y simbólica. Y el artista que no
renuncia al acto creador por su afinidad con el frescor infantil
también es el que no duda ya en entregarse por entero para que la
obra sea. Antes habíamos reflexionado sobre la primera
escena de Andrei Rublev, sobre el vuelo en globo, sobre el
acto de volar. En una entrevista a Positif (recogida por
Pablo Capanna en Andrei Tarkovski: el ícono y la pantalla)
el director ruso dice, pensando en esa escena y yendo más allá:
"símbolo de la audacia, del sentido de la creación que exige
al hombre la entrega de todo su ser. Volar antes que sea posible,
fundir una campana sin saber hacerlo, o pintar un ícono. Todos
estos actos exigen que como premio a su trabajo de creación, el
hombre muera, se disuelva en su obra, se entregue por entero…El
artista no se pertenece a sí mismo. Su talento no es de él, es de
dios y debe ser puesto al servicio de la colectividad".
Entonces
el Rublev que se encuentra con el ejemplo del niño creador de
campanas, se encuentra a la vez con la infancia que le devuelve al
mundo un sentido de vibración y excitación. Y en ese encuentro el
artista ya no duda en entregarse para que el arte, que no es suyo, sea.
Y
el film de Tarkovski se resuelve en la secuencia final de las
pinturas del Rublev real. Luego del pedido del pintor de que Boriska
siga creando, se muestran los testimonios del regreso del propio
artista al acto creador: las imágenes de sus íconos. En una
combinación de paneos horizontales y verticales, y con sublime
música coral, resplandecen las imágenes por primera vez en color.
El final paso del blanco y negro al color carga a los colores de una
fuerza casi teofánica, el vigor de una fuerza que siempre estuvo
ahí, cercana. Pero oculta. Y que finalmente estalla, con su
potencia elevadora, con su mover al espectador hacia algo más leve
y amplio. Los íconos de Rublev componen un fresco en el que el
lenguaje calla. Lo que comunica es la música y la imagen
compenetradas. Antes fue la música de las campanadas la que ayudó
a devolver a Rublev a su realidad creadora. Ahora lo musical, junto
con los íconos, mueve hacia una realidad más secreta y
evanescente. Irrumpen la paloma del Espíritu, la Adoración de los
Reyes, la Virgen. Y La trinidad, compuesta por tres alargadas
y estilizadas figuras de ángeles alados que dan una sensación de
levedad y equilibro. Y el Cristo Pantocrátor, de la mirada severa y
penetrante. Su majestad solemne, junto con los otros íconos, parece
atraer la fuerza del algo infinito. Pero lo infinito es
irrupción en este mundo de materia y tiempo. Por eso quizá la
imagen final de la lluvia y tres caballos. El cielo que baja y
vuelve a la tierra por las gotas; la tierra que se hunde y afirma en
su propio peso que da el sustento y el espacio donde el hombre
habita. El cielo elevado y lejano de la trinidad de los ángeles
simbólicos baja a la otra trinidad de los caballos, la fuerza
instintiva, la soltura, el vigor y belleza de este mundo. Los
caballos y la lluvia después de los íconos. El cristianismo y su
simbolización visual de una realidad trascendente y lejana unida
con el agua, la luz, la tierra, el cielo, la vida de este mundo.
Síntesis de cristianismo y paganismo. Unión del espíritu
inmaterial y la materia en una realidad en la que lo espiritual no
puede ser sin el aire, el agua, el misterio de la vida en el tiempo.
La materia, entonces, brilla en algo espiritual.
Rublev,
al fin, responde. Crea. Entonces, la única respuesta del artista es
crear. Porque es lo único que permite perdurar en un combate de
logros e insatisfacciones. La lucha ya sin retirada ante esas dagas
siempre prepotentes de la muerte.
La Trinidad,
uno de los íconos más famosos de Andrei Rublev.
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(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "Andrei
Rublev. O la respuesta del artista", texto escrito en el
marco de un curso de Cine y Literatura en La Facultad Libre
de Rosario, en el 2009.