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Imagen
de Orfeo en la pared de una casa de Pompeya. El divino
cantor aparece junto a las fieras cuyo canto serena. |
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EL SILENCIO DE ORFEO
Por Esteban Ierardo
I.
Presentación.
Orfeo
es el protagonista de un mito fundamental de la Grecia antigua.
Orfeo es el cantor inspirado por las musas. Es el divino cantor. Es
quien, mediante el canto, comunica a los hombres y animales los
poderes de lo sagrado. Es un mensajero del ser profundo.
En
este ensayo, El silencio de Orfeo, desarrollo la siguiente tesis: el
mensaje de Orfeo es la revelación de la realidad como continuo
estado vibratorio y como ser musical, que existe a través de la
combinación sin fin de nuevos sonidos, palabras, formas visuales o
instantes temporales. El mensaje de Orfeo es anuncio de la música y
la vibración no como un atributo de lo real, sino como la
realidad misma en su más dinámica manifestación.
Pero
Orfeo, el mensajero, traicionará su misión al descender al Hades
en busca de Eurídice. El móvil de su acción no será ya la fiel
expresión de lo real divino y vibratorio, sino la persecución de
su propio interés. Esta motivación humana e individual iniciará
en Orfeo un proceso de degradación que concluirá con su silencio
final. Y, a nuestro entender, el silencio órfico es preludio de la
modernidad que no escucha lo que el divino cantor, antes de callar,
escuchaba y decía: lo real como creatividad musical que recrea y
combina sin fin lo particular.
II.
Lo que relata el mito.
El extraño ser llega hasta el claro del bosque. Y canta.
Y cercanos árboles desentierran sus raíces para avanzar
luego, lentos,
entre la hojarasca. Los animales, antes amenazantes, ahora
dibujan en sus rostros gestos amables y serenos.
Y el viento riega con voces cálidas el mundo creado
por los dioses.
Y
el canto viene hacia nosotros.
Es Orfeo, hijo del rey tracio Eagro, y de la musa Calíope.
La condición de su madre revela su origen divino.
Calíope es la musa más sublime entre las divinas
cantoras.
Su hijo respira con un cuerpo mortal. Pero su espíritu resplandece
con fulgores sagrados, parecidos a los del dios bello y
fulgurante, émulo del sol, Apolo. De esta deidad Orfeo recibió
su lira, las cuerdas
de delicada tensión y mágica vibración.
Y el hijo de Calíope
funde su voz con el instrumento del melódico hechizo. Entonces,
nace el canto, que encanta a las fieras. Y los árboles y
las rocas quiebran su reposo. Y adquieren un inesperado
movimiento para seguir la expansiva brisa de los sonidos
musicales.
Tracia
es la patria del divino cantor. Allí, para los griegos antiguos,
varios robles enderezaron sus ramas al cielo en el mismo lugar
donde escucharon el canto órfico.
Luego, Orfeo se une a la empresa de Jasón: el buscador del
vellocino de oro. Jasón construye la nave Argo para llegar
hasta la Cólquide, el reino del rey Eetes, donde fulgura
el áureo vellocino. En la corte de la Cólquide enlazará
su destino con la trágica y hechicera Medea. Luego de la
construcción del navío para el viaje, Jasón reúne a sus
compañeros de aventuras: los argonautas. Orfeo es uno de
ellos. Es el único que no rema. Su fuerza no nace del brío
de los músculos. El poder del cantor es el sutil viento
de su voz y las resonancias de la lira. Así, cuando
Orfeo canta, irradia su cantar desde la cubierta del Argo,
y los "peces saltaban por encima del profundo mar y
les seguían, los grandes mezclados con los chicos,
saltando por los húmedos caminos" (1).
Tras el regreso de la expedición, Orfeo habita entre
los cicones de Tracia. Entonces se une con Eurídice.
Y el río divino Peneo fluye cerca del Tempe, región
de encanto paradisíaco. Allí, la esposa de
Orfeo se encuentra con Aristeo. Aristeo advierte la belleza
de Eurídice y, con vehemencia, con exaltación,
desea acalorarse entre las piernas de la mujer. Pero la
mujer escapa. En su huida pisa una serpiente. Y el reptil
hunde su veneno en su delicada piel.
Y Eurídice desciende a las oscuridades subterráneas,
al reino del Hades, al ancho espacio de penumbras donde
deambulan las sombras de los muertos.
Pero Orfeo no teme a las fronteras. Orfeo traspasa el confín
del mundo mortal de las superficies. En Aorno, halla el
pasaje para penetrar en la morada de Hades, hermano de Zeus
y esposo de Perséfone. Orfeo lleva los poderes de
la magia en sus labios. Sólo debe cantar entonces
para encantar al perro Cerbero, el guardián del Hades,
y al barquero Caronte y a los tres jueces de los muertos.
Su canto infunde el ensueño, las suavidades de la dulzura.
Entonces, el dolor de los condenados se suspende. Hades
renuncia a su habitual dureza. Y el rey infernal permite
que Orfeo regrese a la luz del mundo de los vivos con su amada
Eurídice. El hijo de Calíope sólo debe
observar una exigencia: no debe mirar hacia atrás
hasta que Ella regrese primero al mundo donde brilla el
sol. Orfeo acepta y apela a su canción para orientar
a Eurídice a través de sombríos pasajes.
Cuando llega al mundo exterior, la ansiedad estruja cruelmente
su garganta. El cantor voltea. Quiebra la regla. Quiere
encontrar con la mirada a la bella Eurídice antes
del debido tiempo. La mujer entonces se disipa en una impenetrable
oscuridad. Por siempre.
El
heroico amante regresa a Tracia. Detrás de las ásperas
montañas de la región hormiguean los crecientes ritos
de Dioniso y su cortejo. Orfeo no se inclina ante la recién
arribada divinidad del éxtasis y la vid. El dios
nacido del muslo de Zeus trae sus ritos, sacrificios y misterios;
Orfeo desdeña las supuestas virtudes religiosas del sacrificio
y, al incendiarse el Sol en las mañanas, siempre
saluda a la aurora desde la cima del Monteo Angeo. Entonces,
pregona que Helios, que también es Apolo, es el dios
supremo. Dioniso interpreta aquella veneración al
dios solar como una ofensa. Ordena así a sus seguidoras,
a las ménades oriundas de Macedonia, que silencien
al rebelde.
Y Orfeo se adentra en el templo de Apolo. Es allí
entusiasta sacerdote de la divinidad resplandeciente. Otros
seguidores del dios de Delfos lo acompañan y aguardan sus
melodiosas invocaciones. Entonces, las mujeres dionisíacas
rompen el recogimiento. Irrumpen con violencia en el templo
que alberga al cantor. Sus manos sudan muerte. Matan a los
hombres. Descuartizan a Orfeo. Su cabeza es lanzada al río
Hebro. Pero no se hunde. Flota con suavidad entre las aguas.
Los labios no renuncian al canto. Orfeo continúa
su canción entre el oleaje marino. Y llega a la isla
de Lesbos.
Un calor divino cubre los restos del gran cantor. Las musas
que llegan al sitio del asesinato, entierran los restos
en Liebetra, junto a la morada de Zeus en el Olimpo. Allí,
los ruiseñores crean sus cantos más bellos.
Y la cabeza sobreviviente y cantora de Orfeo encuentra su
hogar en una cueva de Antisa. Desde la subterránea
cavidad emite sin descanso clarividentes profecías.
Alarmado, Apolo advierte que sus oráculos, el de
Grineo, Claro y el fundamental de Delfos, son olvidados.
El dios hermano de Artemis acude veloz hasta la caverna
de la cabeza profética. Increpa al mutilado Orfeo.
Desde entonces, Orfeo, la cabeza, ya no canta. La voz inspirada
por las musas se disuelve en el silencio.
A través del camino de las aguas, la lira del cantor
Orfeo también arriba a Lesbos. Apolo y las musas
la recogen y la colocan en la altura celeste, la convierten
en una constelación.
Los que invocan al divino cantor que ya no canta se autoproclaman
órficos, y pueblan uno de los paisajes más
atrayentes en la religiosidad griega. El órfico introduce
varias singularidades en la antigua Hélade: el tiempo
como origen de todo; la exaltación de un brumoso
corpus de textos sagrados; el más allá
como infierno del castigo repetido para compensar las faltas
de los mortales luego de desafiar la deisaimonia de
los dioses (2); el ascetismo como vía privilegiada
de la purificación (3).
Para
los órficos, en el comienzo es "el tiempo
que nunca envejece". Luego laten el caos y el éter.
Del tiempo nace después un huevo de plata. Y del
huevo emerge Fanes, el creador del mundo; para Aristófanes
es Eros la primera divinidad creadora. Pero también
los Fragmentos órficos (4) dicen que es la
noche, y no el tiempo, quien engendra el huevo y luego a
Fanes y Eros y así "los órficos dicen
que la noche de alas negras, diosa por la que incluso Zeus
sentía un temor reverente, fue cortejada por el viento
y puso un huevo de plata en el seno de la oscuridad"
(5).
El universo nace del tiempo, o la noche, o el huevo; y Fanes
y Eros crean el mundo conocido; y dentro de la arquitectura
universal del cielo y la tierra el hombre es sombra que
sufre. El orfismo profesa una visión pesimista respecto
al hombre en tanto ser corpóreo. El hecho de que
el humano palpite encadenado en un cuerpo testimonia su
confusión y degradación. El hombre debe liberarse
de sus ataduras corporales. Y convertirse en ser puro y
libre. Para explicar la génesis del humano encarnado,
los órficos apelan a la llamada variante órfica
del mito del origen del dios Dioniso (6).
Algunos hacen de Orfeo no el opositor de Dioniso, sino su
máximo sacerdote. El orfismo le da vida así
a Dioniso Zagreo. Esta variante de la divinidad dionisíaca
nace en el mundo subterráneo mediante la hierogamia,
el matrimonio sagrado, entre Zeus y Perséfone. El
niño Dioniso alberga en su pecho divino la potestad suficiente
como para abrazar y controlar el universo. Pero, luego de
su nacimiento, los titanes lo atraen con juguetes. Lo persiguen
y capturan. Lo destrozan. Hierven su carne. Comen lo cocinado.
Y son destruidos después por el rayo de Zeus. Son
reducidos a cenizas. De esos restos calcinados surge el
hombre. Su cuerpo es prolongación de la "naturaleza
titánica", de la dureza caótica y de
la incapacidad para aceptar y celebrar un orden divino y
superior. Lo titánico es la ceniza, lo pantanoso y residual
atado a lo finito y al tiempo del desgaste (cronos).
Pero los titanes habían comido carne divina, por
lo que en el centro de las cenizas de los asesinos de Dioniso
sobrevive la chispa divina, el pneuma, espíritu
inmortal. El órfico deberá recuperar el oculto
fuego recluido en el cuerpo. La identificación con
la propia esencia divina demanda una creciente conciencia
del propio yo eterno; y esa conciencia crece también por
la ascesis, por la renuncia a la carne animal, por
la purificación ascética; y por la revelación
de un conocimiento secreto en una escena mistérica
e iniciática (7).
III.
Voz, vibración y la combinación sin fin.
Orfeo
ahora no canta.
Pero antes, bajo la plenitud de su voz inspirada, los animales
se amansan, los árboles y rocas se mueven. La voz
órfica actúa sobre la naturaleza mediante la sutileza
de las vibraciones. Es un camino diferente a la acción
sobre las cosas por medio del poder de las manos o del intelecto.
La sutileza de la acción órfica es un acto
de comunicación entre el sujeto que canta y los seres
que escuchan o reciben el canto. Es así un vínculo
sonoro, vibratorio. Un lenguaje musical. Este lenguaje órfico-musical
pertenece al mundo arcaico de la magia. En el universo mágico
el espacio es lugar de constante circulación de fuerzas
sutiles. Quien domina una de esas fuerzas (el mago, el hechicero)
interviene en la corriente del devenir, en la arquitectura
natural de las leyes, y las emplea según su voluntad.
Orfeo canta, entona su atávico lenguaje mágico-musical,
quiebra así la ley natural, la ley de la inmovilidad
de la roca o el árbol, y comunica serenidad a los
animales, o movimiento a las piedras y las plantas.
Los
antiguos chamanes cantaban un canto de la creación
para crear y expulsar demonios (8); las mujeres cantaban
para fertilizar la tierra arada (9); el Ba del
egipcio momificado entonaba himnos y oraciones para invocar
dioses y recibir su protección en el incierto viaje
a través del más allá (10). Las musas
cantaban para recordar el origen de todo (11).
El canto comunica poderes mágicos, virtudes curativas
o impulsos fertilizantes. Pero lo que comunica el lenguaje
cantado depende siempre de la producción física
del cantar. El lenguaje del canto, vehículo de la
magia, es sutil fuerza material desplegada.
La
condición material o sensorial del lenguaje musical
de Orfeo no tolera su reducción a medio para transmisión
de significados. La cima del canto no es comunicación
de conceptos, de ideas, definiciones, significados. Cantar
es avivar el regreso del lenguaje a la realidad como espacio
de comunicación entre sensaciones sonoras. El cantar
declara que lo real es efervescencia incesante de sonoridades,
de vibraciones. En la amplitud espacial de la naturaleza
no hay vacío vibracional. La vibración constante
se manifiesta mediante múltiples y repetidos patrones
sonoros. Patrones sonoros: el viento que susurra con la
finura de una brisa cálida o la aridez apabullante
de la tormenta o el huracán; la identidad sonora
del agua como oleaje, o río torrentoso, o arroyo;
o la identidad o patrón sonoro que brota del choque
de las espadas o el leve chasquido de la gota de lluvia
que se estrella sobre una piedra, un tronco o la tierra.
Y las identidades vibrantes del trueno, el grito repentino,
o la boca enrojecida del volcán en erupción,
o los cantos de las aves, o los sonidos propios de cada
especie animal.
No hay espacio ajeno a algún patrón sonoro.
Las espumas de los sonidos se esparcen e impregnan cada
sitio, cada retazo de espacio. La naturaleza es así
inmediata y omnipresente sonoesfera, realidad de continuos
remolinos sensoriales y sonoros. El lenguaje de la filosofía
racional olvida esa precedencia del mundo como sonoridad.
El lenguaje constreñido a la comunicación cotidiana
entre individuos tampoco tiene la experiencia de la realidad
o naturaleza como planeta vibrante.
Antes que una idea, o un símbolo, o un entorno de
exigencias o recursos, la naturaleza primero es jungla sutil
de sonidos siempre renovados. La vibración, la agitación
física de la materia, el sonido estruendoso o inaudible,
es un efecto inevitable de todo movimiento que acontece
en el espacio.
Y el canto es prolongación de la naturaleza que vibra.
Es continuidad de las vibraciones que viajan. Por eso, el
canto necesita de la expansión sin interrupción,
y goza con los sonidos que se propagan. El canto de Orfeo
es la apropiación humana de la naturaleza como fuerza
sutil que se mueve, circula y vibra.
El Orfeo que canta es el sujeto que se comunica y expresa
dentro del tejido vibrante del espacio. En el hijo de Calíope
aún se expande, sin estrangulamientos, la sonoridad
continua de la naturaleza.
El lenguaje de Orfeo no silencia todavía el rumor
sonoro de la vida. Orfeo acompaña e intensifica este rumor.
Orfeo adormece a los animales. Y esto ocurre acaso porque
en la voz órfica los animales escuchan una intensificación
de las voces del viento o de las aves que ya le son naturales.
Quizá el árbol y las rocas se mueven y experimentan
una nueva vida, al recibir la confirmación del mundo
natural como expansiva música que les regala el canto
órfico.
Pero el canto de Orfeo no es sólo prolongación
de la naturaleza. Es también canto divino. Lo divino,
lo daimónico, es lo que abre a un sujeto a
la máxima plenitud, a la más alta realidad.
El canto órfico abre a la realidad universal,
a la vida colmada por familias multitudinarias de sonidos.
Y la sonoridad no es sólo vibración presente
en todo sitio. Es también el movimiento combinatorio
sin fin. El viento nunca repite la misma entonación
de silbidos ululantes. La líquida garganta del río
que fluye nunca exhala un idéntico encadenamiento
de murmullos. Los patrones vibratorios pueden combinarse,
siempre, de una nueva manera. En las culturas antiguas,
la música es la expresión más clara
de una realidad universal y divina del movimiento combinatorio
sin fin. En cada sitio del espacio emergen sonidos que se
integran con otros, en nuevas combinaciones. Tal como acontece
en la música, con su poder de recombinar los sonidos
predeterminados en una inagotable línea infinita.
Lo real es corriente sonora que se recombina incesantemente.
Como música de las recombinaciones sin fin. La naturaleza
es realidad divina, divina música, cuando canta el
poder creador de las combinaciones infinitas.
Sin embargo, Orfeo no es sólo guardián de
una naturaleza como omnipresencia del sonido y de la combinatoria
sin fin.
Orfeo es hijo de la musa Calíope, descendiente indirecto
de Zeus, el dios rey. Pero también proviene de la
estirpe humana por su padre sanguíneo, Eagro, rey
de Tracia. Orfeo es hemitheoi, mezcla de lo divino
y lo humano, como otros héroes míticos (12).
La semilla humana que crece en su cuerpo lo enlaza asimismo
con la tentación egocéntrica. Cuando el humano
recibe un don divino deviene mensajero de la revelación
superior. Pero a un mismo tiempo estalla en el mensajero
la tentación del uso personal del mensaje.
Orfeo recibe el don del canto divino. Su primer destino
es cantar e irradiar la realidad como devenir sonoro y sensorial,
lo real como poder musical de las nuevas combinaciones sin
fin. Pero ahora, como veremos, el mensajero quiere para
sí, no para lo otro; quiere cantar para
la consumación de su propio deseo herido.
El descenso al infierno (katábasis) es tradicional
viaje al más allá, al otro mundo. Es abandono
del mundo de lo inmediato y conocido hacia una otredad desconocida.
La penetración en el Hades es equivalente a la exploración
del inconciente, del vientre materno generador de vida,
de la cueva-vientre de la diosa terrestre, ctónica,
del caos amorfo que late en el comienzo para diversidad
de mitologías. La profundidad infernal es, por lo
tanto, a un mismo tiempo, hondura inconciente, sustrato
cavernario, intimidad del vientre, oscuridad silenciosa
de la materia. Territorio lejano y no tocado por la respiración
humana. Lo infernal es así geografía esencialmente
sobrehumana, divina. Allí se ingresa en un espacio
de inmediato gobierno divino. Quien pretenda burlar o someter
ese plexo de lo real olvida que el ser finito es inferior
a los dioses. La premeditada negación de la superioridad
divina provocaba entre los griegos la hybris, la
desmesura, la violación de la correcta medida. A
veces se olvida la superioridad de los dioses cuando se
pretende burlarse o abusar de ellos. Es el caso de Sísifio
o Ixión. A veces, el que lesiona el reconocimiento
de la majestas divina lo hace por un inconciente
deseo de igualación con lo sagrado (Beleforonte,
Faetón); o por una involuntaria ruptura de la regla.
Esto último es quizá el caso de Ícaro
y Orfeo. Ícaro recibió un don excepcional,
una habilidad ausente en su constitución natural.
No es el destino del cuerpo humano mortal el rozar o traspasar
las nubes. El excepcional atributo de las alas extendidas
y el cuerpo volador lo recibe Ícaro en tanto aceptación
de una regla o condición que le impone su padre Dédalo:
el no volar demasiado alto. Pero Ícaro ascendió
a las altivas avenidas celestes. Observó embelesado
los bellos contornos de la tierra y el centelleante lomo
de los mares. Pero luego fue invadido por la ansiedad, por
la irreprimible tentación de conocer de cerca los
rojos y fulgurantes parpadeos del sol. Quizá, el
hijo de Dédalo fue dominado entonces por una embriaguez
estética, o por la ambición de ser un dios
resplandeciente. Fue así estrangulado por la confusión
y la ansiedad. Y por un deseo exaltado de luz, de sol, de
poder divino. Su avidez excesiva por lo luminoso lo convirtió
en un ser apagado. Caído. La ansiedad del Orfeo visitante
del Hades es, pensamos, de otra índole. No es la
ansiedad por una exaltada ambición de devenir resplandor
divino. La ansiedad aquí es reconocimiento de la
fragilidad humana y de la inseguridad que esto provoca.
Veamos: en el comienzo de la penetración de Orfeo
en el Hades, impera el sujeto que domina o sujeta
un poder. La voz órfica subyuga, hechiza, somete
al barquero Caronte; durante su katábasis,
Orfeo se adentra en la región infernal como individualidad
triunfante. Como yo que controla con éxito un territorio
extraño y desconocido. Orfeo llega al centro del laberinto,
a la morada de Hades, y allí sus poderes trepan hasta
su cima: con su voz disipa el enojo de Hades, lo persuade,
lo convence de generar una excepción, un hecho singular,
que transgrede la ley, la ley que dice que ningún
muerto puede regresar a la vida. Pero ahora, un alma del
Hades, un ser del mundo de los muertos, podrá regresar
a la tierra de los vivos. Pero la concesión excepcional
que el hermano de Zeus le hace a Orfeo es condicional. La
excepción a la ley general crea una ley particular.
Una regla única para un evento singular. Orfeo podrá
regresar al mundo de la superficie sólo si cumple
una condición: no contemplar nuevamente a la bella
Eurídice antes de que ésta se halle plenamente
bañada por la luz del día.
Orfeo
es aún sujeto avasallador, voluntad soberana, yo
pródigo de recursos de dominación. Seguramente
con una leve sonrisa arrogante torneándose en sus
labios, escucha el sometimiento de Hades, un dios, a su
solicitud. El canto del regreso de Orfeo con Eurídice
sería no sólo canto victorioso sino también
bella melodía que preludia el goce de la reunión
del amante con la mujer amada. La satisfacción del
dominar y el inminente placer futuro, brillan en un Orfeo
todavía seguro de sí.
En la consumación del regreso, el poder-canción
órfico guía entre los oscuros caminos infernales
a la mujer pronta a renacer. Luego del deambular entre oscuridades
y frías rocas, la luz de Helios muerde los bordes
de una cercana abertura, que comunica el reino de los muertos
y el de los vivos. Orfeo percibe cerca los emocionados latidos
de Eurídice. Ella también ansía la
próxima liberación. El canto de Orfeo ha triunfado
hasta aquí. Su voz hechicera lo ha convertido en
un sujeto dominador, victorioso. Desde que Orfeo ingresó
al Hades, la profundidad del mundo infernal se le ha sometido.
Pero, allí, en el Hades, durante todo su viaje, el
canto de Orfeo suspendió su carácter de celebración
de la realidad divina, de la realidad como música
de las combinaciones inagotables. Al trasponer el umbral
del Hades, la voz de Orfeo degeneró en instrumento
de una obsesión individual. En su canto ya no se
cantaba la universal sonoridad de la existencia sino los
pasos y demandas de su propio deseo personal, de
su deseo de reunirse con la mujer amada y revivirla.
Esta degradación prefigura el fracaso de Orfeo como
individuo (ya no como mensajero del movimiento vibratorio
y universal). Cuando el mensajero actúa por un fin
exclusivamente propio, se desarraiga de las fuerzas divinas.
El yo se separa de las pujantes fuerzas sagradas. El mensajero
ahora actúa para sí, no para el mensaje, para
lo otro, lo sagrado. El que ahora sólo es mensajero
de sí mismo, depende únicamente de su potencia
individual, particular, de una minúscula porción
de los poderes totales. Orfeo, el que ha olvidado su exclusiva
misión divina, es ahora voluntad pequeña aunque
sueñe con ser una fuerza autosuficiente. Antes del
regreso al mundo de los vivos, Orfeo cae entonces en la
ansiedad, asume el conocimiento, hasta ahora reprimido,
de la propia insuficiencia, de su particularidad débil.
Ahora siente la ansiedad, la inseguridad. Quizá su
canto no ha hechizado y conquistado; quizá la concesión
de Hades fue un engaño; tal vez la deseada Eurídice
no viene con él. Acaso no hay dominio ni victoria
para el individuo en el reino del exclusivo gobierno divino.
La duda contamina a Orfeo. La ansiedad cruje en sus entrañas.
El miedo, la inseguridad, tuerce su cuello. Y Orfeo mira
hacia atrás. Eurídice desaparece. Nunca estuvo.
Lo que se desvanece en realidad es la imaginaria historia
del dominio del Orfeo humano sobre el mundo divino.
IV.
Orfeo y el silencio de las sirenas.
El griego observa la nave en la costa de la isla. El viento
susurra entre las velas. Sus marinos se embarcan. Muchos
aún sienten en sus entrañas flujos de sensaciones
extrañas. Antes sufrieron una transformación. Una
diosa-maga les invitó con una bebida compuesta por
la mezcla de "queso, harina y rubia miel con vino de
Pramnio"; y luego de beber los hombres de mar quedaron
"con cabeza, voz, pelambre y figura de cerdos"
(13). El jefe de los engañados marinos no fue burlado. Recibió
la ayuda de Hermes, el dios mensajero. Le dijo cómo
proceder para no ser él también transformado.
La
maga, la diosa, se enamoró de Ulises, el de la astucia
brillante, el de la extraordinaria intervención en
la guerra de Troya. Ahora, el héroe de la estrategia
astuta quiere el regreso. Sus sueños se pueblan con el quieto
rostro de Itaca, la isla, de Penélope, la esposa,
de Telémaco, el hijo.
La aventura es penetración en desconocidas costas
y contemplación de cielos de colores vivos. Es también
desfiladeros ásperos, la posibilidad del peligro
mortal. Cuando Circe ya no puede retener a su amante se
lo advierte: en alta mar quizá escuche el canto de
las dos mujeres-pez (14), hijas del río Aqueloo y
la Musa Melpómene. Ellas enrollan cadenas de oro
en las orejas de los embelesados oyentes de su canto. Entonces,
ellas jalan las áureas cadenas hacia sí. Y provocan
el lento y desesperante ahogamiento de sus prisioneros.
Es el canto mortal. El canto de las sirenas del que se debe
escapar. El canto que ahora se agazapa entre peligrosas
ráfagas de viento.
Y Ulises y sus hombres regresan al mar. La tierra se angosta
en lontananza hasta desaparecer. Ahora sólo es el
océano, la ola, el cielo, las nubes, los caballos
de nubes veloces. La soledad. Y la canción de Ellas.
Que comienza...
Las
sirenas inician su canto en el libro XI de la Odisea. El
destino de su canción se une al de Orfeo. El hijo
de Calíope y las mujeres-pez poseen sentidos afines.
Primero atenderemos a la actitud de Ulises llamado por la
voz de las sirenas para, luego, entrever el lazo común
entre el canto de las bellas habitantes de las olas, y el
que fue despedazado por las ménades. Para revelar
significados escondidos en el mito escucharemos un diálogo
filosófico, que se plasma luego en escritura en
una obra que salta del silencio hacia una bulliciosa aclamación
en la década del 70'.
Dos pensadores discuten. Nutren una dialéctica dialógica.
Reviven el pensar a través del diálogo, como
los estoicos que dialogan a los pies de la Estoa, los epicúreos
del jardín de Epícuro, o Platón y sus discípulos
que deambulan y filosofan entre los árboles del bosquecillo
de Academos.
La
discusión filosófica verdadera es creación.
Es un escuchar y decir con. Lo opuesto es degradación
del diálogo en términos de confrontación
beligerante, de avidez por derrotar a un interlocutor mediante
la refutación.
Pero Adorno y Horkheimer no combaten. Crean en común.
Mediante la pensante retroalimentación del diálogo.
Y piensan el mito y la ilustración, la identidad
secreta entre el cielo de los dioses paganos y la Europa
del imperium de la razón y la ciencia (15).
El mito prefigura la mentalidad ilustrada y su organon
propio: la razón instrumental. Platón apeló
a una dialéctica que se alzaba aún hacia la
verdad eterna, hacia la idea del bien inmutable, del eidos
imperturbable y último. La razón era todavía
epifanía de una verdad sustantiva. La modernidad
ilustrada transformó la concepción tradicional
de lo racional. La razón es ahora ratio, cálculo,
determinación de los medios más adecuados
para la consecución de los fines. Ya no revelación
del arjé, del primer principio de lo real,
o de su télos, de su fin evolutivo o trascendente.
Ahora el intelecto es cálculo pragmático para
la producción de beneficios y saberes. Pero la modernidad
instrumental no es una novedad histórica. Por el
contrario, la moderna razón formal es continuidad
del mito griego antiguo, matriz esencial de la tradición
occidental, que actúa como la prehistoria de la subjetividad
burguesa. Odiseo es "el prototipo del mismo individuo
burgués" (16). El que canta supuestamente como
medium de las musas, Homero, es el constructor del
universo que es "producto de la razón ordenadora
que destruye al mito". En la poesía homérica
se enzarzan tradiciones míticas ancestrales "pero
su exposición, la unidad impuesta a las leyendas
difusas es también la descripción de la órbita
mediante la cual el sujeto se sustrae a las potencias míticas.
Esto vale ya para la Ilíada" (17).
La Odisea es fuente de la novela de aventuras modernas.
Pero la aventura odiseaica no es sucesión de episodios
que valen en sí mismos; no es tampoco el camino circular
del monomito heroico universal (18). La errancia de Ulises
desde Troya hasta Itaca no sería un mero entramado
de aventuras o una realización heroica sino que es
el "itinerario del sujeto que sólo se preocupa
por formarse como autoconciencia, el itinerario del Sí
a través de los mitos" (19).
En
el contexto de la Ilíada, el vínculo
entre Aquiles y Odiseo es revelador del orden mítico
resquebrajado por el sujeto que es autoconciencia racional.
Aquiles es proclive a la emoción exaltada, al orgullo
hipersensible y a la ambición de una gloria nublada
a veces por mezquindades egocéntricas (20). Ulises,
por contrapartida, es la mesura, el análisis sereno
sobre una situación incierta; es el razonamiento
prudente que evalúa los momentos oportunos y los
beneficios de una acción. Es astucia que puede engañar
para conseguir sus fines (21). Ulises es autoconciencia
de sí mediante los poderes de una razón instrumental.
En su regreso a Itaca, Ulises continúa sus muchas
habilidades que definían su personalidad durante
la guerra de Troya. Es polytropos, el de los muchos
recursos. Pero ahora no perseguirá la destrucción
final del odiado enemigo abroquelado tras gruesas murallas
durante veinte años de asedio. Ahora busca la autoafirmación
mediante la disolución de la integración entre
el humano y la naturaleza poblada por mitos, misterios y
presencias.
El
Sí se autoafirmará si evita la simbiosis con
las fuerzas naturales. Para ello, Ulises debe silenciar
el canto provocado por las mujeres-pez...
En el canto de las sirenas viven los poderes de la naturaleza
que exigen, con bellas maneras, el regreso humano al agua,
a la profundidad marina, al conocimiento de la fuente líquida
desde la que brota la vida en un radiante acto inicial de
creación (22). El humano que responde al canto de
la sirena sería así una parte reintegrada
al círculo primario de la vida. Pero Ulises
ya no acepta ser punto dentro de una geometría mayor.
Ahora su deseo es ser individuo pleno frente (no dentro)
del universo natural gobernado por el mito y los dioses.
El no regreso al agua de la naturaleza originaria y superior
demanda una astuta razón instrumental, una estrategia
de autopreservación cuya táctica central será
"la secularización del sacrificio" (23).
En la antigüedad mítica, el sacrificio es estrategia
ritual para el ejercicio de un discreto dominio mágico
sobre lo divino. El humano entrega a los dioses un bien
(animal, hombre, primicias de cosechas), en el contexto
de un rito con el propósito de consumar un intercambio.
Lo humano da a lo divino para recibir de los dioses un bien
entendido como protección o benevolencia. Ulises
apela a un acto sacrificial, pero animado con una conciente
intención de engaño. Bajo sus órdenes, todos
sus marinos se tapan los oídos para no escuchar la
hechicera canción de las bellas mujeres-pez. Ulises,
como es sabido, es atado al mástil de la nave. Sus
oídos permanecen libres. Ulises se entrega como sacrificio,
como bien que sustituye o compensa la indiferencia respecto
al canto de las sirenas por parte de sus compañeros
de viaje; éstos no volverán al origen, a la fuente.
Ulises sí. Además, Ulises es bien entregado,
en el contexto del sacrificio, para obtener a cambio el
don de un viaje feliz, un libre paso concedido a los marinos
por parte de las sirenas.
Pero
la dinámica del sacrificio está intoxicada
de falsedad. Ulises no pretende entregarse en realidad;
las sirenas no quieren que el humano eluda el regreso a
la fuente primitiva de la naturaleza. Así, mediante
el engaño, Ulises y sus hombres se liberan del canto
de las sirenas, del regreso al sagrado poder creador de
la naturaleza. El sujeto se emancipa de la gran Madre arcaica.
El sacrifico ha perdido la eficacia, que quizá nunca
tuvo, de comunicar al mortal con una naturaleza divina y
sagrada (24). El sujeto, el Sí,
el yo "se salva de la disolución en ciega naturaleza".
El humano no se sumerge en el agua primaria custodiada por
las bellas cantoras de caderas ictiformes. Pero la no disolución
no supone real liberación; porque ahora el Sí
" queda en servidumbre respeto al contexto natural,
un viviente que busca afirmarse contra lo viviente"
(25). Ulises no se funde con la naturaleza mítica, divina.
Es ahora sujeto independiente. Pero, por esto mismo, se
encuentra en una situación de enfrentamiento, de oposición
con el mundo natural. Es el sujeto (teóricamente libre)
frente (ya no dentro) a la naturaleza reducida a objeto
dominado. Pero Ulises, para preservarse como yo independiente,
no sólo debe dominar y negar la naturaleza exterior; también
debe domeñar el instinto como residuo de una naturaleza
arcaica que perdura enquistada en el cuerpo.
La
naturaleza exterior o interior (el instinto) no puede ser
ya espontáneo hontanar de placer. Para encarnar el
Sí autoconciente e independiente, Ulises debe diferenciarse
de una naturaleza vivida como extraña y peligrosa otredad.
La independencia del Sí necesita del dominio de la naturaleza
interior, corporal, instintiva, y de la exterior (y ese
dominio de la naturaleza que está afuera incluye también
el control de los cuerpos humanos en el contexto de la sociedad
desigualitaria capitalista).
Ulises se
encadena inmóvil al mástil, al altar del sacrificio.
Las
sirenas cantan pero no son escuchadas ya.
Las mujeres-pez callan. Sus delicadas gargantas son
burladas por la astucia del griego. Que regresa a Itaca.
Y el silencio de las sirenas homéricas se funde con
el callar final de Orfeo.
En 1966, Foucault escribe un poco apreciado ensayo que es,
a su vez, una pieza de crítica literaria destinada
a Maurice Blanchot. Es El pensamiento del afuera.
Foucault brega aquí por un "afuera" o territorio
más allá del sujeto atrapado por la ilusión
de la verdad proposicional (26).
En esa misma obra incluye un artículo titulado "Eurídice
y las sirenas"; sobre el final de estas líneas
el pensador de Las palabras y las cosas medita en
la naturaleza del canto de las sirenas homéricas
(27) y en el canto órfico durante su katábasis,
su descenso al infierno en busca de Eurídice.
La pérdida definitiva de la mujer amada significa
para Orfeo "la pérdida absoluta, las lamentaciones
eternas" (28). Pero, siguiendo la meditación
órfica del pensador francés nos preguntamos:
¿cuál es la extensión de la pérdida
absoluta de Orfeo? El mundo mítico crea el esplendor
de una cosmovisión sagrada y, al mismo tiempo, el
veneno disolvente que socavará la realidad mítica.
El hombre mítico venera a los dioses que gobiernan
la naturaleza. Pero, a la vez, los utiliza para sus propios
fines, para asegurarse protección y vida feliz y
fértil. Tras la exaltación de lo divino late
ya un antropomorfismo in nuce; tras la atribución
de realidad a las sirenas, a los dioses o los cíclopes
en la Odisea homérica, palpita ya una estrategia de ordenamiento
y dominio racional de la existencia.
Y tras el poder mágico del canto de Orfeo se anuncia
el silencio de lo perdido.
Antes de volver su cabeza hacia atrás, Orfeo era
el sujeto dueño de sí. Esta seguridad sólo
podía emanar de un Orfeo que se autocomprende como
mensajero del mundo experimentado como sonoridad divina.
La naturaleza es el atávico hogar de las combinaciones
infinitas de sonidos (y de hechos y relaciones). Todo se
combina de manera inacabable dentro de la existencia múltiple
y abierta del espacio. A un día le sigue una nueva
noche; la última noche se combina o liga con el nacimiento
de otro día; el canto de un mismo pájaro se
funde con los gorjeos de otras aves, o con los susurros
de un viento en el atardecer; y, luego, mañana, el mismo
canto, el mismo patrón sonoro, será otro al
combinarse con los sonidos de una lluvia o de cercanas voces
humanas. La combinación no tiene fin. Como la música.
La realidad universal se mueve en una ininterrumpida práctica
musical. Lo real es combinatoria musical. El mundo es nada
brahma (29), sonido divino. Y lo sonoro o musical es
metáfora de todas las nuevas sucesiones de combinaciones
posibles entre los cuerpos, los días y las noches,
y las palabras de un lenguaje cualquiera de los miles de
lenguajes humanos.
Y ese movimiento de la combinación musical interminable
es la expresión de la vivacidad de cada sitio del
espacio. Es expresión de una intensidad de hechos
y fuerzas del cambio que, en su origen último, el
hombre mítico asocia con lo divino, con la temperatura sagrada
del mundo.
Y la voz de Orfeo es mensajera del universo de las combinaciones
inacabables. El canto órfico es lo que canta, celebra
y confirma el sagrado movimiento musical de las nuevas combinaciones
de lo real.
Orfeo sólo puede ser seguridad sin fisuras en su
condición de mensajero de la realidad sonora y sagrada.
Pero Orfeo es
también humano.
Su
humanidad lo abruma con la vacilación
de la ansiedad en el momento en el que Eurídice estaba
a punto de regresar al mundo exterior.
Antes,
durante el episodio de las sirenas, Ulises adelantaba el
triunfo en la historia, muchos siglos después, del
sujeto calculador, del sujeto que domina a los otros y a
la naturaleza mediante las estrategias y la coacción
de la razón instrumental. Ahora, el Orfeo que duda,
preanuncia un lento proceso histórico: el crecimiento
del sujeto que sólo escucha sus conflictos y que
olvida escuchar toda realidad divina que lo trascienda.
En nuestro tiempo, el yo escucha principalmente sus propias
disonancias, no una realidad mayor, universal, que existe,
más allá de sus propias turbulencias.
Orfeo callará finalmente. Hace silencio no por la
amenaza de Apolo sino porque sufrirá los primeros
efectos del proceso iniciado con su fracaso en el Hades.
Un proceso que demandará varias centurias hasta consumarse
plenamente. Orfeo, al vacilar, al ver hacia atrás
para cerciorarse de la proximidad de Eurídice, escinde
su escucha. Ya no escucha la viva música total de la realidad
que se recombina como música infinita.
En
el momento de la ansiedad, de la inseguridad, en el alma
órfica brota lo interior como turbulencia,
como conflicto que atrae y absorbe la conciencia, y captura
con los oídos, la atención. Orfeo no escucha
ya su canto verdadero, ese canto que cantaba la febril combinación
sonora del mundo. Ahora sólo se autoescucha; escucha
el rumor de su inseguridad y conflicto. No podrá
escuchar ya la expansión y combinación bella
de los sonidos. Ahora sólo se escucha a sí
mismo. Ya no es la audición de la vibración
universal. El sujeto que sólo escucha la hiriente
cacofonía, de sus temores y perturbaciones.
En la escucha que sólo es autoescucha no hay realidad
verdadera que escuchar. Donde antes vibraba la sana música
del espacio de apabullante vida, ahora se repite el rumor
grotesco del yo lacerado por sus conflictos.
El
silencio del canto verdadero de Orfeo es la inversión
antropocéntrica de la escucha. Donde antes el yo escuchaba
una realidad universal ahora sólo escucha su atormentado
deseo personal.
El Orfeo derrotado en el Hades es sólo una de las
figuras de su destino: es el cantor caído, el hablante
despojado del bello lenguaje; antes era el sujeto abierto
a lo divino, y ahora es el hombre atrapado entre los barrotes de su
insegura pequeñez.
El
Orfeo derrotado en el Hades es el que ya no escucha a la
musa, al universo como gran animal musical. Es el Orfeo
aturdido por los crujidos de la insegura humanidad solitaria.
El Orfeo que ya no es mensajero de las musas y de la sonora
realidad sagrada, abandona el mito y la religión
y se convierte en sujeto atestado de historia. Lo mismo
que Ulises, el Orfeo derrotado es prefiguración del
futuro histórico de Occidente.
Y llega el silencio.
Ya no se escuchará la música extraña y no
humana de la naturaleza.
Y
aunque la realidad siga siendo el canto de lo que se combina
sin fin, ya no habrá respuesta.
Ya no habrá el canto humano que confirme el otro
canto.
La cabeza de uno de los Orfeos, el de la confusión
y la condena, calla. Pero el otro Orfeo, el que escucha,
sigue cerca quizá.
Y entonces la cabeza conocida de Orfeo hace silencio.
Pero, quizá, el otro, el que todavía escucha, vuelva
a cantar.