ARTIGAS
El
oberá pacarai, "el señor que resplandece".
Por
Esteban Ierardo
I. En el cielo, las nubes galopan entre algodones. Y los vientos
soplan, indiferentes a los corazones humanos que palpitan
abajo. Los pechos que laten son los de mil trescientos buscadores
de la libertad de su tierra, del suelo oriental. Quieren que
sean libres los hombres y mujeres de su patria. Su patria:
los ríos y bosques, las llanuras y rocas, el pasado y presente
vivo de un pueblo. Quieren que todo se emancipe del puño español.
Que oprime los espíritus. Andrés La torre está al mando.
Y La Torre recuerda las órdenes del Protector de los
Pueblos Libres.
Y un oriental disfruta la suave calidez de una brisa pasajera.
Otro, acaricia su caballo; otro, en silencio, ensimismado
y con una tenue sonrisa colgándole de los labios, evoca los
colores de la mujer que dejó en un lejano campamento. Y la
tierra misteriosa, la Madre, piensa entre las plantas y la
firmeza de las piedras.
Y se desata una inesperada tormenta. Una tempestad hecha de
dardos letales, de cientos de balas. Los puñales de fuego
silban con indiferencia antes de destrozar los pechos; antes
de perforar las caras y los cráneos. Y ochocientos valientes,
ochocientos hijos de la Banda Oriental, se desploman entre
salpicados regueros de sangre. No tienen tiempo para recordar
el último amanecer.
En Tacuarembó sólo quedan quinientos orientales
que pueden recordar su suelo y el Grito de Asencio, el primer
grito oriental de la libertad. Son ahora prisioneros del ejército
portugués que invadió su patria y que los atacó
por sorpresa. Dentro de su alma sufrida, corren las imágenes
y los recuerdos de la última visión del líder,
del caudillo, del Protector, de José Gervasio de
Artigas. Artigas: el que no traiciona, el que no defrauda, el que señala por
donde cabalga la esperanza.
Unos pocos sobrevivientes que escaparon de la masacre de Tacuarembó
le relatan al Protector el día de la larga muerte.
Poco después, llega la confirmación de que Fructuoso
Rivera, al frente del gobierno en Montevideo, ha firmado un
armisticio con los lusitanos. Artigas confiaba en Rivera.
Rivera lo ha defraudado. Lo mismo que Ramírez, tras
la batalla de Cepeda (1).
Y el Protector de los Pueblos Libres se reúne con los
delegados de Corrientes y Misiones, los territorios que aún
lo apoyan. Se consuma el último Congreso convocado
por Artigas, el 24 de abril de 1820. La asamblea sanciona
el Pacto de Ábalos, donde se pondera, una vez más,
la forma federal de gobierno. Así, en su artículo
quinto se dispone que: " las provincias de la Liga no
pueden ser perjudicadas en la libre elección ni en
su administración económica según los
principios de la federación" (2).
Luego de la unidad política federal entre la Banda
Oriental, Corrientes y Misiones, se acuerda darle batalla
a Ramírez, el caudillo entrerriano. Una vez más,
el coraje arde en el Protector. Otros bravos acompañan su
firme puño de fuego de líder federal. Pero la sangre triste
de muchos guerreros caídos va pintando el derrumbe final en
las batallas de Yuquerí, Mocoretá, Sauce de
Luna, las Osamentas. Los hombres mueren. Mas otros emergen
tras las huellas de los muertos. En las memorias de un gaucho,
del gaucho Cáceres, se asegura que "era tal el
prestigio de Artigas entre aquella gente que, a pesar de verse
perseguido incesantemente en su tránsito salían
los indios a pedirle su bendición y marchaban con él
como en procesión con sus familias, abandonando sus
casas, sus vaquitas, sus ovejas" (3).
Caciques
indígenas brotaban de la espesura del bosque chaqueño
para ofrecerle sus flechas y sus vidas al Protector. Pero
el hombre con la llamarada libre entre los párpados,
atisba aquellos pájaros...esos negros pájaros
que se descuelgan desde un cielo oscuro, sólo poblado
con cenizas de estrellas. La ladera hacia la cima se derrumba.
No es el tiempo aún para celebrar la libertad en una cumbre
desnuda.
Artigas debe cabalgar solo hacia el horizonte. Pero lo acompañan
su ordenanza, el negro Ansina, y dos sargentos. Luego de algunas
semanas de veloz cabalgata, logran dejar atrás a la
vanguardia de Ramírez, que los persigue. Finalmente, en lontananza,
cabrillean los fucilazos de verde de la selva paraguaya.
Allí, gobierna el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, el
supremo dictador de Paraguay. El Protector imagina su inminente
cabalgata hacia Asunción, el corazón paraguayo.
Y ya cabalga. No llora. Flota en pensamientos secretos. Aún
lo acaloran las muchas caricias que sus manos sembraron en
el rostro de su tierra...
II. El 19 de junio de 1764, José Gervasio Artigas nació
en Montevideo. Su padre, Martín José Artigas,
fue cabildante real y capitán de milicias. Por
sus servicios al rey le fueron entregadas numerosas hectáreas
de fértiles tierras que consolidaron la economía
familiar.
José Gervasio recibió su primera educación
de los padres franciscanos del colegio de San Bernardino.
Gustaba del placer de cabalgar por las llanuras y cuchillas
de la Banda Oriental. Su personalidad era vigorosa, predispuesta
a la acción física pero también inclinada
a la reflexión. Sus padres le auguraron un destino
religioso. Pero el joven optó por las labores campestres.
Se encargó de la administración de la estancia
paterna El Sauce. En la proximidad de la tierra el bisoño
Artigas descubriría no sólo la geografía
de su patria, sino también el paisaje espiritual de
los humildes gauchos que habitaban la campaña.
Ávido de independencia, a los 18 años renunció
a las propiedades familiares y se dedicó a arriar tropillas
de vacunos y caballos hacia la frontera portuguesa. Se convirtió
en contrabandista de ganado. Sus habilidades para eludir y
humillar la persecución de las autoridades coloniales
le granjearon fama en toda la provincia oriental. El propio
virrey Olaguer Feliú advirtió que era mejor
atraer al rebelde personaje al bando del orden establecido
antes que continuar persiguiéndolo. Así, le
ofreció la jerarquía militar de teniente del
cuerpo de Blandengues.
En
1805 el Almirante Nelson derrotó inapelablemente a
los españoles (aliados entonces con los franceses) en la batalla
de Trafalgar. Esto abrió a Gran Bretaña el camino hacia
las colonias de la América hispana. En 1806 estalló
la primera invasión británica a Buenos Aires.
Artigas combatió en las calles de la gran ciudad-puerto
del Río de la Plata. La resistencia fue organizada
por el capitán de navío Santiago de Liniers.
Los soldados de las casacas rojas fueron derrotados.
Artigas recibió el encargo de llevar el anunció
de la victoria al gobernador de Montevideo Pascal Ruiz Huidobro.
En el viaje a través de las aguas del río descubierto
por Solís, su embarcación naufragó. Mediante
sus habilidades como nadador, el mensajero logró arribar
hasta la costa.
Luego llegaría la debacle de una segunda invasión
de Buenos Aires consumada por los hijos de la tierra de Shakespeare
y de famosos corsarios. La soberanía española sobrevivía
airosa. Pero los nativos de Buenos Aires que pudieron derrotar
a los soldados del rey Jorge III, descubrieron su propia valía,
un estímulo para una futura acción independentista.
En 1808, Napoleón invadió España. En la llamada
farsa de Bayona, la corona se transfirió de manos de
Fernando VII a José Bonaparte. La resistencia española
fue organizada por la Junta de Sevilla. Pero, en 1810, aquel
frágil organismo de gobierno se derrumbó al
caer la urbe sevillana en manos galas. Había llegado
la oportunidad para la liberación de España, para demoler
su asfixiante monopolio económico y acceder a la libertad
de comercio.
Bajo la famosa "máscara de Fernando", en
Buenos Aires, el 25 de mayo de 1810 (y tras un cabildo abierto
tres días antes), se constituyó una junta de
gobierno independiente. Su secretario, Mariano Moreno, convocó
a Artigas. Como consta en el Plan revolucionario de operaciones
del autor de la Representación de los hacendados,
al capitán de Blandengues José Gervasio Artigas
y al capitán de dragones José Rondeau se le
concedían "facultades amplias, concesiones, gracias
y prerrogativas"; ya que, de esta manera, "harán
en poco tiempo progresos tan rápidos que antes de seis
meses podría tratarse de formalizarse el sitio de la
plaza de Montevideo" (4).
El 25 de febrero de 1811, cien hombres se reunieron en los
campos de Asencio Grande, cerca de la desembocadura del Río
Grande. Dirigían a los paisanos Pedro Viera y Venancio
Benavídez. Sus gargantas se hermanaron para proferir
el famoso grito de Asencio, el "vencer o morir" (5). Este lema se imprimió también en la espada
y la voluntad de Artigas. El 18 de marzo de 1811, en Las piedras,
el gran oriental derrotó a mil doscientos veteranos soldados españoles.
Artigas puso luego sitio a Montevideo junto a las tropas de
Buenos Aires conducidas por José Rondeau. El gobernador
Elío, convertido en nuevo virrey del Río de
la Plata tras la expulsión de Baltasar Hidalgo de Cisneros,
ordenó la expulsión de la ciudad de todos los
sospechosos de simpatizar con los rebeldes. Nueve religiosos
franciscanos fueron expulsados. Entre ellos se encontraba
el cura José Monterroso, quien luego actuaría
como diligente secretario de Artigas.
Buenos Aires no deseaba concentrar demasiados recursos en
la lucha con los realistas de Montevideo. Prefería atender
a su endeble Ejército del Norte; pero tampoco podía
desentenderse porque Montevideo podría oficiar de plataforma
para un peligroso ataque español contrarrevolucionario. Manuel
de Sarratea, comisionado por la ciudad-puerto argentina, influyó
fuertemente para concertar un armisticio con Elío durante
el Primer Triunvirato de Buenos Aires, instituido en 1811.
Aquí comienza el resquemor de Artigas hacia la orgullosa
ciudad que venció a los ingleses; resquemor que luego
crecerá hasta convertirse en abierto repudio mutuo.
Poco después del Cabildo Abierto del 22 de mayo de
1810 y después de la constitución de la primera
junta de gobierno patrio, su secretario, Mariano Moreno, envió
una circular al interior; por la misma se invitaba a las provincias
a que enviasen representantes para unirse a la junta según
su orden de llegada. Uno de los propósitos
de la ampliación de la junta gubernativa era acordar
una nueva forma de gobierno. Era el inicio del largo proceso
de fallidas tentativas para la concreción de una constitución
que rigiera sobre la amplitud del territorio del antiguo virreinato
del Río de la Plata.
En 1813 fue convocada una asamblea
legislativa. En el Congreso de las Tres Cruces se sancionaron
las instrucciones de los representantes de la Banda oriental
para esa reunión legislativa. Encabezados por Artigas,
los orientales exigían en primer término "la
independencia absoluta de estas colonias", y que "ellas
están absueltas de toda obligación de fidelidad
a la corona de España y la familia de los borbones" (6).
Mientras Buenos Aires aún alentaba proyectos monárquicos
(7), Artigas arremetió con encono contra toda
tentativa de regresión a una situación prerrevolucionaria.
La constitución a discutir debía
garantizar "a las provincias unidas una forma de
gobierno republicano" y "no admitir otro sistema
que el de la Confederación para el pacto recíproco
con las provincias que forman nuestro estado" (8).
Los diputados orientales fueron rechazados. La propuesta artiguista
de una confederación, de un plexo de provincias independientes
unidas bajo un posible gobierno nacional, era inaceptable
para las pretensiones de concentración del poder político
de los dirigentes porteños. Los acres muros de la distancia
entre el gran oriental y Buenos Aires se ensanchaban.
Elío recuperaría el control de la Banda Oriental
y la mitad de la provincia de Entre Ríos. La situación
era inaceptable para el orgullo oriental. Había que
abandonar todo cobijo bajo las armas españolas. Había
que emigrar. Comenzó entonces el célebre éxodo
oriental. Una caravana de seis mil personas hilvanaron un serpenteante
camino hacia el norte. Durante meses cabalgaron, con la frente
en alto y en un mismo torrente humano, mujeres y hombres,
gauchos, militares, hacendados, indios, negros, niños y ancianos.
Luego de quinientos kilómetros de tenaz marcha se establecieron
en el campamento de Ayuí, en las proximidades de Concordia,
Entre Ríos.
Luego de restablecer un nuevo sitio del Montevideo, Artigas
se retiró del cerco. En enero de 1814, en Buenos Aires,
se creó una nueva magistratura para la unificación
del poder ejecutivo, el Directorio Supremo, que sería
ejercido por primera vez por Gervasio Posadas, sobrino del
intrigante Carlos María de Alvear (9). El Director
Supremo se lanzaría contra la peligrosa energía
federal artiguista. En un oficio declaró al jefe oriental
"infame privado de sus empleos, enemigo de la Patria...se
recompensará con seis mil pesos al que entregue la
persona de don José de Artigas vivo o muerto" (10).
Y el 12 de marzo de 1814, el gobernador de Corrientes, el
porteño José León Domínguez, fue
depuesto. La provincia correntina se integraba a la llama
libertaria de Artigas. Posadas decidió entonces un
cambio de táctica. Envió comisionados para negociar
con el Protector de los Pueblos Libres. En abril de 1814,
firmaron un tratado donde, en el artículo tercero,
se aclaraba la enfática independencia de la Banda Oriental
de Uruguay. Pero esta reclamada libertad política no
debe ser confundida con un proceso separatista, con una escisión
de las Provincias Unidas, ya que "esta independencia
no es una independencia nacional; por consecuencia ella no
debe considerarse como bastante para separar de la gran masa
a unos ni a otros pueblos, ni a mezclar diferencia alguna
en los intereses de la revolución" (11). La confederación
propuesta con anterioridad en las instrucciones de los diputados
orientales a la Asamblea legislativa de 1813, no es unión
entre estados independientes (lo cual sería el sentido
más riguroso o estricto de la unión confederada)
sino unidad federativa entre provincias fuertemente autónomas
que acepta la pertenencia a la unidad mayor de la nación
que las contiene y define.
El tratado fue categóricamente rechazado por
Posadas. La abierta repulsa entre orientales y porteños recuperó
su quemante vehemencia.
En
1815, Artigas era el indiscutido conductor de la Banda Oriental
desde la recientemente fundada Villa Purificación.
Andresito y Lavalleja estaban entre los lugartenientes más
destacados del Protector.
Tras la invasión portuguesa de la Provincia Oriental
en 1811, el saqueo del ganado se había incrementado.
En esta actividad depredadora participaron las tropas españolas,
las de Buenos Aires, y los gauchos orientales que no encontraban
otra forma de subsistencia. La mortandad creciente del ganado
vacuno favorecía a estancieros y comerciantes que acumulaban
miles de cueros para lucrar luego con su exportación.
Ante el desorden y empobrecimiento de la campaña, Artigas
reaccionó con el revolucionario Reglamento de Tierra
(llamado puntualmente Reglamento provisorio para el fomento
de la campaña y seguridad de sus hacendados, del 10 de
septiembre de 1815). La aspiración revolucionaria de
Artigas era radical, no se contentaba sólo con la
ruptura política con la corona española. La independencia
debía colmarse con contenidos sociales igualitarios.
Se debía buscar que "los más infelices
fueran los más privilegiados".
La
pretensión de Artigas era mutar a muchos negros libres,
zambos, indios y criollos pobres, en una nueva clase de pequeños
hacendados propietarios. A cada hombre de humilde condición
se le entregaría una legua y media y de cien a cuatrocientas
cabezas de ganado. Las tierras y ganado surgirían de
la expropiación de los "emigrados, malos europeos
y peores americanos". La confiscación afectaba
principalmente a los hacendados partidarios del bando porteño,
a los que se habían adueñado fraudulentamente de terrenos,
y a los grandes propietarios españoles.
Cada beneficiario por la concesión de tierras debía
" formar un rancho y dos corrales en el término
preciso de dos meses" (12). Si no se cumplía con
este requisito, los terrenos se donarían " a otro
vecino más laborioso y benéfico a la provincia".
Se evitaba la acumulación de la tierra a fin de impedir
el surgimiento de un sistema de testaferros manipulado por
grandes terratenientes. De modo que cada beneficiario sólo
poseería "una suerte de estancia" que no
podría ni enajenar ni vender.
El reglamento ambicionaba eliminar el saqueo de ganado y aumentar
la riqueza agrícolo-ganadera, meta indispensable para
la recuperación económica de la Banda Oriental.
Pero, a su vez, su innovador propósito era mejorar
la condición social del gauchaje empobrecido. La revolución
no es sólo libertad para una burguesía mercantil,
ilustrada y ambiciosa. Es también la distribución
del oro de la vida digna entre el pueblo (13).
La trascendencia histórica de Artigas se entreteje
fuertemente con la doctrina federal. En la segunda mitad del
siglo XVIII y a comienzos del siglo XIX, Estados Unidos no
era todavía el epítome de la rapacidad imperialista.
Su política irradiaba entonces una saludable luminosidad pionera.
Bolívar encontró en el gobierno republicano
federal estadounidense el faro que iluminaba el camino de
las libertades políticas (14). La sanción
de la constitución de Estados Unidos de 1787 era el
corolario del pensamiento político de Hamilton en los
artículos de El Federalista (15). En 1815, el
Director Supremo Martín de Pueyrredón desterró
a Estados Unidos a Manuel Moreno, French, Chiclana, y a Manuel
Dorrego, personajes éstos vinculados con una incipiente ideología
federal en la ciudad de Buenos Aires. Dorrego (16), principal
líder de esta tendencia, pudo observar in situ
el sistema político norteamericano. Su posterior regreso
al Río de la Plata significó una continuidad
del ideario federal del norte y su incierta gestación
en el sur.
En el federalismo se respeta la independencia de cada provincia
o estado cohesionados bajo una constitución común.
Tras la búsqueda de la libertad política artiguista también
existía un vigoroso fundamento económico. La
Banda Oriental es una unidad geográfica y social, diferente
al resto de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Y, además, poseía independencia económica. Sus
puertos de Colonia, Maldonado y Montevideo, su vasta y profunda
costa atlántica, le permitía una directa comunicación
comercial con Europa. Así, bajo la conducción
de Artigas, la Banda Oriental se habría puesto al frente
de la causa federal porque "ella tenía la única
salida al mar libre de Buenos Aires, ella podría ofrecer
puertos para la exportación de productos del litoral
e interior argentinos" (17).
Pero el seductor magnetismo del federalismo artiguista trascendía
las motivaciones políticas y económicas. El federalismo
se difundió a través de Artigas. Y Artigas creció
en el reconocimiento popular por el brillo de su nobleza ética.
El 15 de mayo de 1815, el jefe español Joaquín de Pezuela
le envió una carta en la que le proponía: "por
lo mismo cuente V.S. y sus oficiales y tropas con los premios a
los que se han hecho acreedores, y por lo pronto con los auxilios
y cuanto pueda necesitar...". El 28 de julio, el jefe
de los orientales respondió con convicción:
"Yo no soy vendible ni quiero por mi empeño más
que ver libre mi nación del Poderío Español"
(18).
En
la antigüedad, Yugurta, el rey de Libia, creyó descubrir
un poder que ningún hombre resiste: el oro del soborno.
"Todos los hombres tienen su precio", sentenció
célebremente. Verdad exacta e inapelable como la de
las matemáticas para muchos. Pero hay hombres que son
extraordinarios por trascender las ordinarias debilidades
humanas. Artigas no tenía precio. No usufructuaba en
su favor el poder. En el cuartel de Villa Purificación
recibió una carta de Martín José Artigas,
su padre. Su padre vivía en la miseria. Los enemigos
de su hijo arrasaron su hacienda, saquearon sus cabezas de
ganado. Ahora sólo pedía que se le enviaran
una vacas para comer. Artigas podría haber satisfecho
el pedido paterno, pero el apetecido ganado era propiedad
colectiva. El caudillo envió entonces una carta al
cabildo de Montevideo para solicitar que se le entregaran
a su padre unas cuatrocientas reses, dado que "todo el
mundo sabe que él era un hacendado de crédito
antes de la revolución y que por efecto de ella misma,
todas sus haciendas han sido consumidas y extraviadas"
(19). Artigas evitó adueñarse del patrimonio público
para satisfacer intereses privados familiares.
El cabildo montevideano entendió la situación
crítica de otros miembros de su familia, de su esposa
e hijo. Se les otorgó una pensión generosa. Pero
Artigas envió una carta a los cabildantes en la que solicitaba que la pensión no resultara gravosa a
"nuestro estado naciente" y que se le entrega a
su esposa e hijo sólo cincuenta pesos. Y agregaba:
" no ignora V. S. mi indigencia y en obsequio a mi patria
ella me empeña a no ser gravoso y sí agradecido"
(20).
Artigas alentó también la formación de
una biblioteca pública. Y su sensibilidad ante la trascendencia
de la educación lo impulsó a pregonar la consigna:
"sean los orientales tan ilustrados como valientes".
El 24 de febrero de 1816, Artigas recibió del cabildo
el título de "Capitán General de la provincia
y padre de la libertad de los pueblos". Respondió
afirmando que "los títulos son los fantasmas de
los estados...enseñemos a los paisanos a ser virtuosos. Por
lo mismo he conservado para el presente, el título
de un simple ciudadano sin aceptar la honra con el que el
año pasado me distinguió el cabildo"(21).
La voluntad de enseñar a los paisanos la virtud se manifestó
en un bando que dirigió al pueblo acampado en Ayuí
el 12 de diciembre de 1811 luego de la captura de unos delincuentes
comunes: "Si aún queda alguno mezclado entre vosotros
que no abriga sentimientos de honor, patriotismo y humanidad,
que huya lejos del ejército que deshonra y en
el que será de hoy en más escrupulosamente perseguido"
(22). Artigas no se sometería a ninguna opresión
exterior o a la facilidad seductora del vicio o la traición
o la acción miserable: "Esclavo de mi grandeza,
sabré llevarla acabo siempre dominado de mi justicia
y razón. Un lance podrá arrebatarme la vida,
pero no envilecerme. El honor ha formado siempre mi carácter.
El reglará mis pasos" (23). En su Leviathán,
Hobbes pensaba que los cuerpos se mueven con un impulso inercial.
De manera semejante, la propensión humana al egoísmo
y la maldad es constante. Tiende a repetirse. Sólo
una acción exterior (la espada de un monarca o de una
asamblea de gobierno con la concentración total de
los poderes) podría quebrar la lineal proyección
humana hacia valles escabrosos. Pero Artigas quiebra el inercial
deslizamiento del hombre hacia la veleidad mediante la energía
moral. "La energía es el recurso de las almas
grandes. No hay un solo golpe de energía que no sea
marcado con un laurel" (24). La energía ética
se expresa como sereno triunfo sobre las flaquezas humanas.
Y como poder de un pueblo: "la grandeza de los orientales
es sólo comparable a su abnegación en la desgracia,
ellos saben acometer y desafiar los peligros y dominarlos;
y resisten la imposición de sus opresores, y yo al
frente de ellos marcharé donde primero se presente
el peligro" (25).
El
líder auténtico no convierte a los pueblos en
alimento para la voracidad de su ego. Por el contrario, los dirige hacia su cima
más alta.
En 1820 el destino de Artigas como conductor de los pueblos
orientales se extinguía. Pancho Ramírez, aliado con
el caudillo santafecino Estanislao López, enfrentó
al poder porteño en la batalla de Cepeda. Venció y
firmó luego el Tratado de Pilar donde se incluían
cláusulas secretas que favorecían al caudillo
entrerriano. Ramírez eludía la autoridad del
"Capitán General de la Banda Oriental". Sin
ambages, Ramírez le manifestó a Lucio Mansilla: "Si Artigas
no acepta, lo hecho, lo pelearé". El gran oriental
luego le contestará: "Usted ha elegido el choque
de las armas y yo estoy resuelto a resistirlas" (26).
Como antes destacamos, Artigas fue derrotado por su antiguo
subordinado entrerriano. Comprendió entonces que se
había extinguido su liderazgo. Muchos querían
seguirlo hasta el final; pero Artigas comprendió que
su vendaval de protagonismo histórico se había
alejado. Marchó entonces hacia el exilio paraguayo.
Al principio, se alojó en el convento de la Merced,
en Asunción. El doctor Francia nunca lo recibió.
Desconfiaba del caudillo emigrado. Pero, al mismo tiempo,
lo respetaba. Francia lo enviará a una selvática
morada cerca de la frontera con Brasil, a la lejana aldea
de Curuguaty. El villorrio se distinguía por la producción
de yerba mate, y por un anillo vegetal donde se erguían
cedros y lapachos. Entre árboles y plantas irradiaban
su fascinante magnetismo los yaguaretés y el canto de variados
coros de aves. Allí Artigas vivió veinte años.
Sólo acompañado por el negro Ansina y los campesinos
e indios guaraníes. Vivía en la pobreza. Labraba la
tierra. Era granjero. Recibía una magra pensión
de 32 pesos mensuales. Pero Artigas necesitaba muy poco para
vivir. Los frutos de su pequeña chacra, como su pensión,
se la entregaba a los indios, a los humildes. Al enterarse
de esta actitud, Francia le retiró el auxilio.
En
1840 murió el dictador. Sobre Artigas se extendió
una bruma de sospecha. Los nuevos gobernantes lo llamaban
"bandido" y ordenaron que fuera engrillado y encarcelado
(27). En 1845, Carlos Antonio López (padre del célebre
Francisco Solano López) asumió el poder. López
admiraba al vencedor de Las Piedras. Le devolvió la
libertad y lo alojó en Ibiray, cerca de Asunción.
Allí, en los últimos cinco años de su vida,
lo visitarán el general José María Paz,
un médico francés, un ministro brasileño, un
emisario de Rosas y su hijo José María, que
le traía la proposición de Fructuoso Rivera
(convertido en presidente del Uruguay) de volver a su patria.
Artigas no aceptó.
...Y allí juega...
III. La historiografía liberal argentina, Bartolomé
Mitre y Vicente Fidel López, forjaron la leyenda del
Artigas "antisocial", representante "de una
democracia bárbara". Los dirigentes e intelectuales
de Buenos Aires no podían comprender la dimensión
integral del gran oriental. Artigas fue la encarnación
de un ideal político de democracia y federación.
En Artigas, el discurso y la vida se amalgamaron en una radiante
cohesión. Como los sabios antiguos, Artigas fue un
genuino individuum (un sujeto no dividido entre sus
palabras y sus acciones). La unidad de una personalidad auténtica
irradia liderazgo y estimula el despertar de fuerzas colectivas.
La persona deviene ser íntegro, brillante. Los indios
guaraníes que lo conocieron en Curuguaty percibieron
la singularidad del Artigas no dividido. Por eso, lo llamaron
oberá pacarai, el "señor que resplandece".
La personalidad radiante es armoniosa integración.
También es integración sin violencia la lógica
intrínseca del federalismo que predicaba Artigas. Diversas
regiones, provincias y tradiciones locales se integran en
la unidad superior de un estado federal y nacional. La federación
es la coexistencia igualitaria de lo distinto. Es respeto
mutuo entre lo diferente. Para que las distintas expresiones
de lo distinto se respeten entre sí debe existir un
reconocimiento de la igual dignidad de cada parte. La historia
de Artigas fue la lucha desigual por el reconocimiento de
una misma dignidad entre los diferentes latidos de la federación.
El federalismo puede ser sólo retórica política
o un sistema impuesto por las circunstancias históricas
o geográficas; o puede ser también el emergente
de la percepción de la dignidad de lo particular, de
la particularidad de un pueblo y de su tierra. El apego a
la propia tierra no es mecánico determinismo. Es la
vivencia de una legalidad no escrita que contempla el valor
de lo telúrico, el fulgor único de la tierra
de los padres. De la patria.
Desde sus diversos caminos, la ética clásica
y cristiana exigen la adecuación de la acción
a un orden divino preexistente. El iusnaturalismo (de Grecia,
Spinoza, o Kant) demanda que la ley positiva sea continuación
de una ley natural universal. La ética artiguista,
por su parte, es la fusión de un proyecto político
de la libertad con la percepción y valoración
de la singularidad de cada tierra.
La doctrina federal no nace de estructuras racionales apriorísticas
y atemporales. La lógica pluralista de un federalismo
real es la percepción de una ley no formal encarnada
en cada tierra y en su valor independiente. El federalismo
genuino no brota de la lógica instrumental del poder,
o de un Dios autor de las leyes. Federalismo es la respuesta dentro de
la historia a la dignidad específica de un suelo, y
de un pueblo que se forja sobre él. Lo federal es así integración de una idea política
general con la particularidad de las tierras, los pueblos
y sus tradiciones. El federalismo de Artigas fue el intento
de fundir armoniosamente la idea y el suelo.
Pero sus manos no alcanzaron a modelar
la idea federal en la arcilla del propio tiempo y el propio
hogar. Desvanecida la idea, las manos del líder
federal se reencontraron con la tierra en su simple desnudez.
En sus últimos años, la acción de Artigas fue
esencialmente el trabajo del suelo, el arar, el cultivar,
el ayudar a la tierra en su fertilidad. Sólo superficialmente
puede hablarse de una muerte de Artigas en el destierro, en
el exilio. El desterrado es el sin tierra; el exiliado es
el que perdió el lazo de comunicación con una
tierra, con un hogar. Artigas nunca abandonó la tierra
y su dignidad, la salud de lo terrestre. Aquí es inevitable
el recuerdo de Lucio Quincio Cincinato, el romano que trabajaba la tierra
cuando Roma lo llamó para hacerse cargo de sus ejércitos,
y que volvió a ella luego de cumplir su labor como
líder y conductor de un esfuerzo colectivo.
El Artigas que se realizó desde el trabajo en la tierra
y no desde la acumulación del poder, recuerda, efectivamente,
la ética de los primeros romanos. Pierre Grimal, en
un estudio sobre Virgilio, observa con lucidez que los romanos
fueron auténticos patriotas, austeros y probos, cuando
se forjaron labrando el suelo, mediante su propio sudor y
su propio trabajo amoroso volcado sobre la tierra fértil.
La profunda corrupción se inició entre los hijos
de la Ciudad Eterna cuando abandonaron la agricultura y se
fascinaron con la vida cómoda de las ciudades y la
acumulación de bienes mobiliarios (28).
La
pérdida de la tierra, del suelo, conduce a la desaforada
obsesión por los bienes exteriores, los títulos
y riquezas. El sujeto se complace ahora en retener y ostentar,
en ser fachada, exterioridad reluciente, porque ya no puede
labrar y modelar la tierra, ni a sí mismo.
Artigas no pudo cristalizar en su tiempo el principio federal
que respeta la dignidad e independencia de las distintas tierras;
debió dejar de ser federal desde la idea pero
siguió siéndolo con la simple sinceridad de
las manos. Ese era el Artigas que entregaba los frutos del
suelo por él cosechados a los más humildes,
a los pobres; era el Artigas labrador que daba, entregaba,
distribuía, el que no hacía del alimento, del
fruto, un bien propio, sino un don común, un acto de
comunidad en la igualdad; era el Artigas de un último
acto político consumado mientras apoyaba firmemente
los pies en la tierra que nutre y da energía y templa
a los hombres. Un acto que transforma al individuo en presencia
franca, luminosa, resplandeciente. Los guaraníes comprendieron
este proceso que no entendieron muchos historiadores y observadores
de época. Artigas, el oberá pacarai,
el "señor que resplandece", el brillo que surge
del que promueve que todos los hombres participen por igual
de los bienes generosos de la tierra.
IV
...Y... allí juega el sol con su disco de luz. Los
pájaros renuncian a un tiempo de vuelo para pensar
entre las ramas.
Pocos pelos blancos brotan de la cabeza del hombre anciano,
donde duermen muchas tormentas. El hombre saborea un mate
que le preparó el negro Ansina, el servidor de fidelidad
inquebrantable. Su cuerpo avejentado se enfunda en un poncho
paraguayo. Sus piernas son ahora frágiles. Una gruesa
rama le ayuda a caminar.
Las luces del día acarician a Ibiray. La bóveda
de un cielo caliente le habla a las plantas y los animales con
palabras hechas con suaves pétalos de aire.
Y el hombre avanza con su rama. Se detiene y escucha un pensamiento,
terroso, húmedo, de la tierra, de la Vieja Madre, que
le sube por los tobillos, y las piernas endebles, y el pecho
acostumbrado a los latidos de un corazón noble, y la
garganta que tronó con arengas y palabras bravas, y
la frente que ardió siempre con la franqueza del sol
del mediodía.
Y el pensamiento terrestre le dice al anciano: "Ella
está cerca, vendrá por ti con susurros tiernos
como los de tu madre, cuando eras niño".
"Déjeme recibirla como en los viejos tiempos",
sólo pide el hombre de los escasos pelos albos. Y le
dice a su hermano, a la fidelidad con forma humana, al negro
Ansina: "No debo morir en la cama sino montado sobre
mi caballo. Tráigame al Morito que voy a montarlo".
Y llega otra noche, otra selva de estrellas en el torso negro
del infinito. Y llega otro grito de sol que saluda a los árboles,
al rocío y al aire que frota a los seres.
Y, de nuevo, el pensamiento de humedad, agua y barro, le sube
por el cuerpo, por las entrañas. Ahora, el aviso es más
claro, más nítido: "Ella ya está
muy cerca, te recibirá con la ternura de la madre por
el hijo".
"Sí, ya lo sé. Creo que no estoy para montar
a Morito. Mejor caminaré. Antes de recibir a Ella,
déjeme acariciarla a usted un poco más, por
última vez...".
Y te veo avanzar con tu rama. Todos los que ya se fueron de
tu pueblo, tus bravos orientales, vienen para acompañarte,
para estar contigo. Vienen los ríos, las rocas, las
llanuras que te vieron cabalgar valiente, noble y sencillo.
Vienen los gritos de las batallas, las proclamas que dictabas
a Monterroso. Vienen Andresito, y los indios a los que respetaste
y que te vieron brillar.
Todos te acompañan. Todo quiere estar contigo porque nunca
traicionaste. Porque fuiste la nobleza vestida de hombre.
Porque, ahora, como antes, eres generoso como la tierra que
acaricias. Que ahora acaricias.
Y resplandeces, don José Gervasio de Artigas, aun cuando
por última vez se cierran tus ojos.
CITAS:
(1) Como se
aclarará luego, Francisco Ramírez, el líder de la provincia
de Entre Ríos, a pesar de ser lugarteniente de Artigas,
actuó de manera independiente y alentó una actitud
conciliadora con Buenos Aires que no podía ser aceptada por
el Protector de los Pueblos Libres. Ramírez moriría en
1821 cuando, en una romántica actitud, se lanzó a la carga
contra superiores fuerzas del ahora su enemigo López (su
aliado durante la batalla de Cepeda), para defender a su
amante, a la bella Delfina.Véase en María Esther de Miguel,
"Ramírez", en Historia de caudillos argentinos,
edición Jorge Laforgue y estudio preliminar de Tulio
Halperín Donghi, Buenos Aires, Alfaguara, 1999, pp.49-81.
(2) El texto
original del tratado se encuentra en el Archivo Nacional,
Montevideo, República Oriental del Uruguay. Incluido en José
Gervasio Artigas (varios autores), Colección de grandes
protagonistas de la historia argentina, Buenos Aires, edición
Planeta, 2000.
(3) José
Gervasio Artigas, op.cit., pp.136-37.
(4) Mariano
Moreno, Plan revolucionario de operaciones, Buenos Aires, Plus
Ultra, 1993.
(5) Tras el
famoso grito de Asencio, los paisanos inflamados por el clamor
revolucionario ocuparon las villas de Mercedes y Santo
Domingo de Soriano. Y luego cayeron otros poblados como Colla,
Maldonado, Paso del Rey, Santa Teresa y Santo José; y más
allá del río Uruguay, Gualeguay, Gualeguachú y Arroyo de la
China. Esta rápida propagación del movimiento revolucionario
oriental hizo que el impulso independentista llegara pronto
hasta los muros de Montevideo.
(6) José
Gervasio Artigas, op.cit., p.14.
(7) Uno de los
proyectos monárquicos era solicitar el protectorado
portugués, con asistencia de Gran Bretaña, a través de la
Infanta Carlota, de la Casa Braganza; otra posibilidad era el
restablecimiento de una monarquía incaica. Estas maniobras
eran alentadas por la logia masónica en Buenos Aires, y
siempre eran defendidas por la debilidad de la revolución en
el Río de la Plata y por la necesidad de apoyo externo. Estas
tentativas monárquicas fueron discutidas en sesiones secretas
del Congreso de Tucumán en 1816. El 22 de abril de 1819, bajo
el Directorio Supremo de Pueyrredón, se sancionó una
constitución de carácter unitario. Durante la sanción de
esta constitución, que sería drásticamente rechazada por el
interior, se realizaron gestiones secretas para acelerar la
venida del Príncipe Luca, francés pariente del duque de
Orleáns, para que se convirtiera en monarca de las Provincias
Unidas.
(8) José
Gervasio Artigas, op.cit.
(9) Por diversas
razones Carlos María de Alvear fue un modelo de político
arribista y obsesionado por el acceso al poder. De familia
acomodada, viajó a la Argentina en 1812, en la fragata
inglesa George Canning , junto a José de Martín. Sus
relaciones con el futuro vencedor de Chacabuco y Maipú, y
liberador de Argentina, Chile y Perú, sería tensa. En 1815,
Carlos María de Alvear se convirtió en Director Supremo,
alto cargo que perdería luego por sus intrigas y desmanes.
Alvear fue el jefe del ejército argentino en la batalla de
Ituziangó en 1827, durante la guerra con el Brasil. Su
actuación como estratega militar fue pésima; una de sus más
desgraciadas órdenes consistió en enviar inútilmente a una
muerte segura al coronel Bradsen y su regimiento de
caballería al ordenarle la toma imposible de una fortaleza
brasileña. Murió en Nueva York actuando como ministro
plenipotenciario de Rosas. Sobre la relación Alvear y San
Martín, donde se evidencia la turbiedad de Alvear, puede
verse: Agustín Pérez Pardella, José de San Martín, Buenos
Aires, Planeta, 2000, pp.43-52.
(10) José
Gervasio Artigas, op.cit., p.52.
(11) Ibid., p.62.
Pocos después de la sanción de las instrucciones para los
diputados orientales a la Asamblea legislativa de 1813,
Artigas y José Rondeau, el jefe de las fuerzas de Buenos
Aires, firmaron la Convención de la Provincia Oriental del
Uruguay, en cuyo artículo primero se dice: "La provincia
Oriental del Uruguay ... es una parte integrante del Estado
denominado Provincias Unidas del Río de la Plata. Su pacto
con las demás provincias es el de una estrecha e indisoluble
Confederación ofensiva y defensiva. Todas las provincias
tiene igual dignidad, iguales privilegios y derecho y cada una
de ella renunciará al proyecto de subyugar a otra", en
Félix Luna, Los caudillos, Buenos Aires, editorial Jorge
Alvarez, 1967, pp. 67-68. Este es otro documento que avala que
la propuesta de Artigas era lai ntegración, bajo el sistema
federal, con el resto de las Provincias Unidas del Río de la
Plata y no su separación.
(12) José
Gervasio Artigas, op.cit., p.84.
(13) La
aplicación del Reglamento... fue altamente conflictiva.
Produjo una gran conmoción social en la Banda Oriental.
Incluso algunos estancieros que adscribían al bando
artiguista vieron amenazados sus derechos de propiedad. Los
campesinos arrendatarios dejaron de pagar sus rentas; y los
gauchos sin tierra se avalanzaron sobre las estancias, incluso
sobre tierras de algunos grandes propietarios ligados a la
causa independentista. Esta conmoción en el interior de la
Banda Oriental se vincula a su vez con la condición
esencialmente rural del movimiento revolucionario artiguista;
tal como lo manifiesta Tulio Halperín Donghi: "La
revolución artiguista es entonces esencialmente un alzamiento
rural; en ella el desplazamiento de las bases del poder de la
ciudad al campo que se da en un proceso paulatino y casi
secreto en todo el Río de la Plata a lo largo de la primera
década revolucionaria, alcanza una intensidad excepcional y
conduce a conflictos abiertos que en otras partes logran ser
soslayados", en Tulio Halperín Donghi, Revolución y
Guerra, Formación de una élite dirigente en la Argentina
criolla, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1994, p.80.
(14) Como es
sabido, Bolívar aspiraba a una gran unión federal de los
estados americanos. En el momento de abocarse a una
organización federal de Venezuela, su modelo directo fue el
sistema político norteamericano. En el discurso pronunciado
por Bolívar ante el Congreso de Angostura el 15 de febrero de
1819, manifiesta: "...el ejemplo de los Estados Unidos
por su peregrina prosperidad era demasiado lisonjero para que
no fue seguido. ¿Quién puede resistir al atractivo
victorioso del goce pleno y absoluto de la soberanía, de la
independencia, de la libertad?...Mas por halagüeño que
parezca en efecto este magnífico sistema federativo, no era
dado a los venezolanos gozarlo repentinamente al salir de las
cadenas", en Rufino Blanco-Fombona, El pensamiento vivo
de Bolívar, Buenos Aires, Losada, 1983, pp.75-76.
(15) El
Federalista es la matriz de la constitución republicana y
federal norteamericana. La obra surgió como una serie de
artículos de periódico publicados por "Publio"
durante el debate en torno al texto constituyente
norteamericano. Una de sus consecuencias fue el paso de la
Confederación (entre las antiguas trece colonias) a una
Unión Federal. La obra, inicialmente publicada en 1780, tuvo
como autores a Hamilton, Madison (que llegaría a ser
Presidente de los Estados Unidos) y Jay (futuro Gobernador del
Estado de Nueva York). En los artículos se debate sobre los
motivos a favor o en contra de una constitución que avale un
gobierno representativo, el equilibrio y la separación de
poderes, y los principios de la federación. Véase Hamilton,
Alexander y otros, El federalista, México, Fondo de Cultura
económica, 1943.
(16) Dorrego
fue estimado por Martín de Pueyrredón como un especial peligro
contra sus proyecto monárquicos. Fue puntualmente desterrado
a Cuba, aún bajo el dominio español. Un destino que podía
implicar una muerte segura. Pero, tras superar novelescas
peripecias, Dorrego logró llegar a Estados Unidos. A su regreso
en 1820, y luego de recibir una amnistía, su prestigio creció
hasta convertirse en gobernador de la provincia de Buenos
Aires y activo promotor del federalismo en una ciudad, como
Buenos Aires, partidaria en su mayoría de un gobierno concentrado,
"unitario" y autoritario sobre el resto de las provincias.
Manuel Dorrego fue cobardemente fusilado por las intrigas
del partido unitario en 1828. Véase Lily Sosa de Newton, Dorrego,
Buenos Aires, Plus Ultra, 1967.
(17) José P.
Barrán y Benjamín Nahum, Bases económicas de la revolución
artiguista, citado en José Gervasio Artigas, op.cit., p.18.
También puede verse el análisis de Tulio Halperín Donghi
que destaca una gran influencia de los factores económicos en
la política revolucionaria artiguista: Tulio Halperlín
Donghi, "La otra revolución: Artigas y el litoral",
en Revolución y Guerra, Formación de una élite dirigente en
la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1994,
pp.279-315.
(18) José
Gervasio Artigas, op.cit., p.59.
(19) Ibid.,
pp.80-81.
(20) Ibid, p. 90.
(21) Los
caudillos, op.cit, p.63.
(22) Ibid., p.64.
(23) Ibid., p.65.
(24) Ibid., p.75.
(25) José
Gervasio Artigas, op.cit., p.131.
(27) Las nuevas
autoridades del gobierno paraguayo, luego de la muerte de
Francia, enviaron una orden al comandante de Curuguaty que
decía: "los representantes de la república por muerte
con esta fecha del excelentísimo señor dictador de la
república prevenimos a Vmo. que inmediatamente al recibo de
esta orden ponga la persona del bandido José Artigas en
seguras prisiones hasta otra disposición de este gobierno
provisional", citado en José Gervasio Artigas, op.cit.,
p.143.
(28) Pierre
Grimal, "La agricultura en la vida romana", en
Virgilio o el segundo nacimiento de Roma, Buenos Aires, Eudeba,
1987, pp.111-123. Aquí se destaca cómo la pérdida de los
valores dimanados del cultivo preocupó a Catón, y de ahí la
redacción de su Tratado sobre la agricultura; y al emperador
Augusto que, por esta razón, estimuló a Virgilio a recuperar
los valores telúricos mediante las Bucólicas y las
Geórgicas.
BIBLIOGRAFÍA:
María
Esther de Miguel (1999), "Ramírez", en Historia de
caudillos argentinos, edición Jorge Laforgue y estudio
preliminar de Tulio Halperín Donghi, Buenos Aires: Alfaguara.
Autores varios (2000), José Gervasio Artigas
(2000), Colección de
grandes protagonista de la historia argentina, Buenos Aires:
edición Planeta.
Mariano
Moreno (1993), Plan revolucionario de operaciones, Buenos
Aires: Plus Ultra.
Agustín
Pérez Pardella (2000), José de San Martín, Buenos
Aires: Planeta.
Félix
Luna (1967), Los caudillos, Buenos Aires:
editorial Jorge Álvarez.
Tulio
Halperín Donghi (1994), Revolución y Guerra, Formación de
una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires:
Siglo Veintiuno.
Rufino
Blanco-Fombona (1983), El pensamiento vivo de Bolívar,
Buenos Aires: Losada.
Hamilton,
Alexander y otros (1943), El federalista, México:
Fondo de Cultura económica.
Lily
Sosa de Newton (1967), Dorrego, Buenos Aires: Plus Ultra.
Pierre Grimal (1987), "La agricultura en la vida romana", en
Virgilio o el segundo nacimiento de Roma, Buenos Aires:
Eudeba.