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ENTREVISTA
A PAOLO VIRNO
"Crear
una nueva esfera pública, sin Estado"
Entrevista
por Héctor Pavón
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Paolo
Virno |
Paolo Virno sostiene que vivimos en una época de crisis que,
como ocurrió en el siglo XVII, impone repensar todos los
conceptos y categorías. Apuesta a una democracia de la
"multitud" que ya no debe tomar el poder sino crear
una nueva esfera pública que prescinda del Estado y valorice al
individuo. Aquí, un fragmento de su último libro, "Cuando
el verbo se hace carne", en el que reivindica con razones
científicas y filosóficas la visión materialista de la vida.
Héctor Pavón
ENTREVISTA
A PAOLO VIRNO
"Crear
una nueva esfera pública, sin Estado"
Entrevista
por Héctor Pavón
El futuro
puede estar cargado de promesas pero también puede venir lleno de
terrores". Así, con un realismo crudo, se refiere al
presente Paolo Virno, filósofo italiano y protagonista de la
escena del pensamiento contemporáneo europeo y de algunos
circuitos de las ideas argentinas. "Intento elaborar una
filosofía materialista que parte del hecho de que el ser humano
es un animal lingüístico y político, como dice Aristóteles. La
condición biológica de nuestra especie provoca el hecho de
hablar y del hacer político. El materialismo que yo propongo
busca unir naturaleza e historia", dice, como declaración de
principios, Virno. Marx, Hobbes, Spinoza, Deleuze, Simondon, son
sus referencias canónicas. Entre sus libros, ha sido Gramática
de la multitud (Colihue) el que ha puesto de manifiesto su
pensamiento filosófico político y lo convirtió en un autor
clave para entender las lecturas sobre la "multitud" a
la que también ha hecho referencia otro italiano más conocido:
Toni Negri. Pero los postulados de Imperio y Multitud,
los libros que escribieran Negri y Michel Hardt, fueron
cuestionados por Virno que considera la idea de Imperio como un
análisis "prematuro". El nombre de Virno comenzó a
sentirse en la Argentina al compás de las cacerolas que sonaron
en diciembre de 2001. Cuando vinculó esos hechos con las
protestas de Seattle y Genova le llovieron tantas opiniones
acordando con él como respuestas polémicas a su interpretación.
Ahora se publica en la Argentina Cuando el verbo se hace carne
(editado por Tinta limón con el grupo Cactus), un libro complejo
y profundo de reflexiones filosóficas en torno al lenguaje, la
naturaleza humana, el concepto de multitud y Ludwig Wittgenstein.
Desde Roma, amable y generoso, habló sobre sus pasiones
filosóficas.
- —Vivimos una nueva época que como tal necesita nuevos
valores, conceptos. Pero, ¿quién los pensará, quién los
construirá?
- —Ese es el problema de las nuevas formas políticas.
Pienso que estamos en una situación bastante parecida a la que se
vivió en Europa en el siglo XVII cuando se inventaron todas las
categorías, los conceptos que ahora parecen obvios, triviales y
comunes. Fue en ese momento cuando se creó la idea del Estado
nacional, central, y se inventaron conceptos como la soberanía y
la obligación de obedecer. Tengo la impresión de que estamos en
una fase en la que todos esos conceptos están en crisis y se
construyen otros. ¿Quién los construye? Es una pregunta muy
acertada. Y no hay que pensar que haya filósofos o pensadores que
inventan conceptos políticos porque ése es un modo de concebir
la política desde el peor Platón o la peor Ilustración. Estos
conceptos emergen poco a poco dentro de experiencias colectivas
por prueba y error. Está emergiendo un nuevo modo de ser en la
esfera pública que se caracteriza por el hecho de que el Estado
es algo que se ha vuelto viejo, inadecuado, al igual que una
máquina de escribir respecto de una computadora.
- —Este presente parece pleno de miedos, angustias, conocidos
y desconocidos; es una era de incertidumbre. ¿Dónde está la
salida, en la filosofía, el arte, el psicoanálisis, la
política?
- —Creo que ese miedo como sentimiento difuso,
característico de nuestra época, es un miedo en el cual se
mezclan dos cosas antes separadas: por un lado el miedo por
peligros concretos, por ejemplo, "pierdo el puesto de
trabajo". Por el otro, un miedo mucho más general, una
angustia, y que no tiene un objeto preciso que es el sentido de la
propia precariedad. Es la relación con el mundo en su conjunto
como fuente de peligro. Estas dos cosas normalmente estaban
separadas. El miedo por un motivo determinado era algo socialmente
gobernable mientras que la angustia por la propia precariedad, por
la propia finitud, era algo que las religiones o la filosofía
trataban de administrar. Ahora, en cambio, en la globalización,
las dos cosas son una sola. Vale decir: cuando tengo miedo por un
peligro concreto siento también toda mi precariedad respecto de
mi vida, del mundo como tal, del significado de mi vida. Es como
si experimentásemos en situaciones sociales —como la crisis
argentina de hace dos años, o la vida de los inmigrantes que
llegan a Europa— al mismo tiempo un problema económico social
concreto y una relación con el mundo que nos aparece con todo su
dramatismo. Yo creo que lo que puede constituir un remedio, una
cura para ese miedo angustiante es la construcción de una nueva
esfera pública. Entiendo por esfera pública nuevas formas de
vida que no tengan más en su centro la obediencia al Estado y la
obligación del trabajo asalariado en tanto trabajo despojado de
significado que está por debajo de lo que hombres y mujeres
pueden hacer con su colaboración inteligente. Una nueva esfera
pública donde se pueda valorizar la propia singularidad y no
converger hacia esa especie de unidad trascendente que es el
soberano, el Estado.
- —Usted ha expresado que hoy el objetivo de la política es
la felicidad. Una expresión que puede parecer poética pero,
¿cuál es su interpretación social?
- —Cuando se habla de felicidad muchos piensan quizás en
aquel artículo de la Constitución de Estados Unidos que habla
del derecho a ser felices. Yo pienso sobre todo en el uso que hizo
Hannah Arendt de la expresión felicidad pública. Es difícil
pensar en una felicidad como una especie de posesión secreta, de
bien privado. La felicidad es algo relacionado con el hecho de que
nuestra mente, la mía, la suya, es siempre como tal una mente
pública, social y no puede realizarse si no es en relación con
los propios semejantes. Pensar que somos mentes realizadas en sí
mismas, completas, y que sólo en un segundo tiempo nos ponemos en
relación con los otros me parece poco verosímil, falso. Y por
ende pienso que ese estado de bienestar que llamamos felicidad es
algo que tiene que ver con el tiempo. Pienso en el 68 en Europa, o
en EE.UU., o en América latina, como una ocasión en la fuimos
personalmente felices. Hay un punto en el cual lo que sucede a
nuestro alrededor y lo que sucede en nuestros sentimientos más
íntimos tiene una relación muy fuerte. El nexo entre política y
felicidad ha sido negado durante mucho tiempo en nombre del
ascetismo, de la separación entre lo público y lo privado, pero
llegó quizás el momento de pensar de nuevo la vinculación entre
ambas cosas.
- —La unión entre naturaleza e historia es la base de su
filosofía materialista. ¿Cómo se entiende esta unión y qué
implicancias políticas contiene?
- —Creo que por naturaleza humana es necesario entender el
conjunto de condiciones invariantes que son verdaderas desde
siempre y que constituyen la base para todo lo que cambia en
nuestra vida. Existen condiciones fijas, constantes siempre
iguales que en el ser humano permiten luego la gran mutabilidad,
el gran cambio de modos de producción, costumbres, culturas.
Cuando hablamos de una nueva época hablamos de cómo esas
condiciones invariantes, que es nuestra naturaleza, como la
facultad del lenguaje, emerge de una u otra manera, como lo
"siempre presente", lo verdadero perpetuo, en una
sociedad histórica que cambia. Por naturaleza humana debe
entenderse un conjunto de condiciones que abren a la Historia, a
la temporalidad, a la mutabilidad y que este conjunto de
condiciones pueden reducirse al hecho de que somos animales
lingüísticos y , que no nacemos ya sabiendo qué hacer, sino que
debemos aprender. En la globalización, la precariedad,
inestabilidad, ausencia de un ambiente determinado, que es un
elemento de la naturaleza humana, se convierten también en
características sociales, sociológicas. En los inmigrantes, por
ejemplo, el hecho de que haya que modificar varias veces en la
vida el propio saber laboral, o sea un elemento que siempre fue
verdadero, adquiere una visibilidad particularmente fuerte.
- —¿Cuando usted se refiere al virtuosismo de los hombres y
de sus acciones piensa en modelos en particular? ¿Dónde
encuentra los virtuosos hoy? ¿En qué mundo o disciplinas?
- —En un tiempo, cuando se decía virtuoso, se pensaba en el
gran bailarín, el gran pianista. Para mí, las características
del virtuoso en una forma mucho menos artística, mucho menos
sublime, hoy se encuentran en el trabajo intelectual de masa. En
la economía postfordista, basada en la comunicación, la cultura,
la información. Cuántas veces, en los trabajos —digamos, post-fordistas—
es necesario improvisar, comprender qué hacer respecto de una
situación imprevista: es como si las características del
virtuoso no se terminan en un objeto, es algo que es un fin en sí
mismo, es tener una relación con quien lo escucha, con un
público. Esas características hoy están presentes en el trabajo
industrial. Se han socializado.
- —El historiador Jacques Revel dice que le tememos al
futuro, nos refugiamos en el pasado y sobrestimamos el presente.
¿Estamos viviendo un presente que se resiste a ser pasado?
- —Creo que cierto miedo al futuro se debe al fin de la idea
de progreso, a la idea de que el futuro sería mejor que el
presente. Ahora tenemos frente a nosotros un futuro totalmente
contingente: es decir que puede estar cargado de promesas pero
también lleno de terrores. Es como si faltase una ética, un
hábito de cómo enfrentar un futuro que ya no está garantizado
por la idea de progreso. Por eso hay cierto miedo del futuro.
Tengo la impresión de que hay una total concentración sobre el
propio presente y que para ordenarlo, comprenderlo, se evocan
figuras del pasado. Se trata, sin embargo, de una evocación en
función de intentar hacer algo nuevo aquí y ahora.
- —¿No cree que los ciclos del capitalismo y del imperio, o
imperialismo, son un déjà-vu, - esa figura que usted
trabajó en "El recuerdo del presente"?
- —Pueden parecer un déjà-vu sólo porque el
capitalismo contemporáneo evoca la naturaleza humana como tal,
pero en una configuración histórica muy particular: hecha de
explotación. Por otra parte, existe justamente en el capitalismo
contemporáneo esa unión entre aquello que vale desde siempre y
aquello que vale sólo ahora y también puede ser modificado. De
ahí surge la impresión del déjà-vu. En el fondo, los
capitalistas siempre han dicho: somos una economía ligada a la
naturaleza humana. Eso es verdadero y falso a la vez, en el
sentido de que el capitalismo, cuando se habla de fuerza de
trabajo, se refiere a algunas dotes del ser humano que valen desde
siempre. Pero es falso porque el capitalismo adopta esta
naturaleza humana, esas dotes humanas que siempre estuvieron
presentes de un modo absolutamente particular que no es de hecho
el único posible.
- —El historiador británico Seton Watson ha dicho que los
pueblos balcánicos producen más historia de la que pueden
consumir. ¿Esta idea puede extenderse a toda la humanidad? ¿El
mundo produce demasiado presente y memoria?
- —Es acertadísimo. Me parece una frase excelente. En El
recuerdo del presente yo sostengo lo contrario de lo que dice
Fukuyama sobre el fin de la Historia. Estamos viviendo una
situación de exceso de Historia. ¿En qué consiste ese exceso?
Es cierto que obviamente suceden muchos hechos históricos, pero
el exceso se debe al hecho de que en estos acontecimientos
históricos ha pasado a ser objeto de historia también la
capacidad humana de hacer Historia. Es decir: nuestra
historicidad, la capacidad de poder hacer Historia se ha
convertido en un objeto de la praxis. Por ejemplo, nosotros
hacemos y tenemos Historia porque tenemos lenguaje y porque somos
seres potenciales. Estas dos cosas, nuestra potencialidad y
nuestra lingüisticidad, condiciones de la Historia, hoy pasan a
ser materia prima de la economía globalizada. El trabajador debe
estar abierto a la potencialidad, debe ser comunicativo. En vez de
hablar del fin de la Historia, yo hablaría, junto con Seton, de
un exceso de Historia o de una hiperhistoria. Falta una ética y
una política a la altura de ese exceso de Historia y por eso hay
una situación de angustia, miedo. Hay incertidumbre respecto de
las formas políticas, hay una crisis del Estado pero no hay una
alternativa que ya se defina. ¿Por qué? Este exceso de Historia
constituye una desproporción respecto de nuestros hábitos,
nuestra ética, y nuestras categorías políticas.
- —Usted dijo que el concepto de multitud puede tener cierta
familiaridad para los liberales porque allí se valora la
individualidad. ¿Pero no cree que también los asusta porque ven
en ella a una multitud comunista?
- —Absolutamente. La idea de individuo de los liberales y la
de singularidad de la multitud son como dos gemelos pero opuestos
uno al otro. Son muy parecidos pero con dos significados
profundamente distintos. Porque el liberal piensa que el individuo
es el elemento primero y después se trata de comprender cómo el
individuo actúa en relación a los otros y al Estado. Desde el
punto de vista de la multitud, el individuo, la singularidad es el
resultado de un proceso. Por eso se puede hablar con un viejo
concepto filosófico de principio de individuación en el cual la
singularidad es como el fruto, el resultado de un proceso de
individuación, de diferenciación. Todos nosotros, usted, yo,
somos singularidades irrepetibles, pero es así porque provenimos
de elementos, por el contrario, universales, comunes. Como el
tener, ambos, usted y yo, características que pertenecen a toda
la especie: la facultad de lenguaje, de pensamiento. Que luego se
singularizan. Por lo tanto, el individuo es un resultado de
elementos comunes y universales.
- —La multitud dice no a la democracia representativa y
propone una democracia participativa. Pero de todos modos elige
gobernantes. Vota en la Argentina, España, Estados Unidos... La
gente todavía vota.
- —Sí, ciertamente, vota. Vota como se hacen tantas otras
cosas que no obstante no cuentan mucho. El problema no es no votar
sino construir formas de democracia que estén a la altura de
estas fuerzas productivas. La producción contemporánea ha
llegado a un punto tal que es mucho más compleja, mucho más
madura que los aparatos administrativos y legislativos de los
Estados. Entonces, la cuestión es qué tipo de democracia se
plantea. No se trata de una democracia simplificada, de asamblea,
de democracia directa, sino al contrario. La democracia no
representativa debería lograr traducir en política, en nuevas
instituciones, lo que ya se ve en el plano de la producción
global. Cuando se dice democracia no representativa es fácil
pensar en el mito de la democracia directa, que naturalmente es un
bello mito. Pero da la idea de una política simplificada y
elemental. Por eso la cuestión es que esté a la altura de la
complejidad de la producción social en la que se valorizan todas
las capacidades cognitivas y comunicativas del animal humano, lo
que Marx llamaba con una bella expresión el "General
Intellect", el cerebro social en cuanto pilar de la
producción moderna.
- —Respecto de la toma del poder usted ha calificado de
"enemigos" a aquellos que la reivindican. ¿Quiénes
encarnan el papel de enemigo?
- —Pienso que el problema del enemigo político todavía
existe. Lo demuestra, por otra parte, que no estamos en un mundo
más suave, más dulce. La multitud no tiene el problema de tomar
el poder, tiene el problema en todo caso de limitarlo y hacer
decaer al Estado construyendo instituciones y una esfera pública
fuera de él. Entonces, desde ese punto de vista el enemigo está,
pero se parece más al faraón del libro Exodo de La
Biblia que persigue un éxodo, una fuga. No se trata de una
fuga en el espacio. Es una fuga en el sentido de salir de las
categorías de las instituciones estatales. Enemigo hay, pero ya
no es el enemigo que está enfrente y ha constituido el modelo de
las guerras civiles o está detrás de la idea de la toma del
poder. Es un enemigo que traba, sabotea la construcción de
democracia no representativa, de nuevas experiencias comunitarias.
- —El multiculturalismo que atraviesa Occidente, ¿ayuda a la
conformación de la multitud o es un obstáculo?
- —El multiculturalismo que cuenta es el que se da en el
interior de experiencias de lucha social y de construcción de
nueva esfera pública. Una especie de deber ser kantiano
multiculturalista corre el riesgo de ser como los buenos
propósitos electorales. Puede haber un multiculturalismo virtuoso
pero impotente. A mí lo que me parece importante es, en cambio,
un discurso sobre las singularidades. Y la singularidad, no la
liberal, sino la de la multitud, es justamente el resultado de
muchos factores, algunos de ellos multiculturales. Pero lo que
cuenta es cada Uno con todo su carácter irrepetible que es el
fruto de ser, en todo caso un chino emigrado a California o un
italiano en la Argentina. Pero ese cada Uno es el aspecto que
cuenta, la valoración de su singularidad. Releyendo a Marx, hoy
después de la crisis y el fin del socialismo, de esos regímenes
dictatoriales y odiosos que fueron el socialismo real, viene a la
mente que él es por muchos aspectos un pensador de la
singularidad y su valorización. Hay frases en las que Marx dice:
hay que valorizar lo individual frente a todas las abstracciones
que hoy se le vienen encima. Una frase así hoy podría ser tomada
por una frase de un liberal. Cuando en realidad significa lo
opuesto.
- —¿Y el futuro de la clase obrera? ¿Cuál es su papel
dentro de la multitud?
- —La clase obrera existe. Sólo que tiene el modo de ser de
la multitud y ya no el del pueblo. No hay que creer que porque se
habla de multitud se ha dicho un largo adiós a la clase obrera.
La clase obrera es un concepto científico. Quiere decir producir
ganancia, plusvalía. El movimiento socialista y el comunista
pensaron la clase obrera en términos de pueblo, algo compacto,
unitario, que en el fondo quería constituir un nuevo Estado. En
mi opinión, la clase obrera actualmente se piensa en términos de
multitud, de singularidades ricas, pero siempre se trata de clase
obrera.
- —Y después de la invasión de Irak, ¿comienza la
verdadera Historia, el opúsculo 'después del Muro de Berlín'?
- —Sí, exactamente, así es. Pienso que los 90 fueron años
de espera, un interregno mientras que el verdadero después del
Muro comienza recién con Bush y la invasión a Irak. Lo que un
terrible teórico de la política, Carl Schmitt, llamaba el nomos
de la tierra, el orden mundial. La redefinición de ese orden
comenzó con la guerra en Irak, no con Clinton en los 90 que fue
una tierra intermedia, un período de espera, como un entreacto.
- —¿No cree que el nuevo gobierno de Bush muestra dónde
está el corazón del imperio y quiénes son sus jefes?
- —Sí, pienso que muestra en suma lo que en el pensamiento
de la política es decisivo: la relación de fuerza. Que se haya
hablado durante tantos años de política sin pensar más en la
relación de fuerza demuestra solamente que no se llegaba a
pensar, a hablar realmente de política. Personalmente, en cuanto
al concepto de imperio, tengo muchas dudas porque me parece un
intento de fotografiar la situación post muro, la del fin del
socialismo, tomando la administración Clinton como modelo.
¿Cuáles serán las nuevas palabras que deberán adoptarse para
nombrar el nuevo orden mundial? Lo comprenderemos justamente a
partir del desarrollo de las cosas post Irak, en los próximos
años, en la relación con China. ¿Cómo decirlo? Estamos recién
en el inicio de una redefinición de las formas de dominio
mundial. Es muy prematuro ponerles una etiqueta como por ejemplo
"Imperio".
- —Usted pertenece a un grupo generacional italiano que
luchó por la revolución. El Estado los reprimió, usted fue
preso. ¿Está desilusionado con este mundo que debe vivir hoy?
¿Le habría gustado vivir en otra época?
- —No. Digo sin reservas sí a mi presente. Lo que no
significa aprobar el mundo tal como es. Lo considero
extremadamente rico e interesante, pese a que sea dramático,
trágico. Pienso que recién ahora algo como lo que hace tanto
tiempo fue llamado comunismo se ha vuelto actual, una cuestión de
sentido común. Para nada extremista. ¿Qué hacer, qué forma
política y social dar a la naturaleza humana? Retomo una frase de
Walter Benjamin que decía algo así: "Criticar el propio
presente, sentir horror por algunos de sus aspectos pero adherir
sin reservas".
- —¿Para usted cuál es el sentido de la palabra revolución
hoy?
- —Prescindiría quizá de la palabra revolución porque
ése modelo fue el de tomar el poder y construir un nuevo Estado.
Hablaría más bien de éxodo. Pienso que el modelo del éxodo es
un modelo rico. Exodo significa, más que tomar el poder o
someterse a él, salir. Salir significa construir un contexto
distinto, nuevas experiencias de democracia no representativa,
nuevos modos de producción. Se da una tercera posibilidad y no
hablo, ¡por favor!, de "Tercera vía" sino de una
política de la extinción del Estado construyendo en positivo,
oponiendo la palabra república a la palabra Estado. Construyendo
una república ya no estatal con un movimiento que está hecho
más de éxodo, de experimentaciones en positivo que de
revoluciones en el sentido clásico, que no obstante fueron una
actividad inteligente de muchas generaciones pero que lleva la
idea de construir un nuevo Estado. No tener que vérselas más con
un monopolio de la decisión, quiere decir multitud: muchos,
pluralidad.
- —¿Continuó observando a la Argentina después de la
crisis de 2001, con este nuevo gobierno?
- —Sí, he tratado de mantenerme lo más informado posible.
Y sobre este nuevo gobierno, me interesaba mucho entender cómo
funcionaría. Porque contiene en sí una ambivalencia: ¿Es
posible que pueda abrir, aun involuntariamente, espacios
constitucionales a los movimientos de lucha que se dieron en
Argentina durante la crisis? Y, naturalmente, en otros aspectos,
es un gobierno que debe reconciliarse con el orden mundial, con la
globalización. Es un gobierno bifronte, como Jano. Me interesa
mucho comprender concretamente la conducta de este gobierno. Me
quedo por el momento con esta palabra en la boca: ambivalencia.
Pero trato de comprender más. (*)
(*)
Fuente: Entrevista
realizada por Héctor Pavor a Paolo Virno editada originalmente en Suplemento
Cultural Ñ, del Diario Clarín, Buenos Aires, Argentina.
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